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Índice UNA POLÍTICA FEMINISTA PARA EL PROYECTO REVOLUCIONARIO Avance del Documento para la Conferencia Estatal ...............

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Propuesta Comunista

BREVE RECORRIDO POR LA HISTORIA DEL FEMINISMO Diana Bazo .....................................................................................

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Partido Comunista de los Pueblos de España Junio 2008, nº 53

CONTRADICCIONES DE GÉNERO EN LAS ORGANIZACIONES REVOLUCIONARIAS Rosa Gómez ..................................................................................

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LA MUJER, REPUDIADA POR LA HISTORIA Mila de Frutos ...............................................................................

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LA HIPOCRESÍA DEL PSOE EN LOS ASUNTOS DE GÉNERO Belén Castellanos Rodríguez .......................................................

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LUCHA DE LA MUJER TRABAJADORA IMIGRANTE EN ESPAÑA Asociación de Trabajadores y Trabajadoras Inmigrantes “Rosa Vivar”.....................................

67

VICTORIA EN PORTUGAL EN LA LUCHA POR EL DERECHO AL ABORTO Adriana Lopera ..............................................................................

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ALEJANDRA KOLLONTAI: FEMINISTA, SOCIALISTA Y REVOLUCIONARIA Zulema Facciola .............................................................................

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PROSTITUCIÓN, SEXUALIDAD Y TRABAJO Belén Castellanos ...........................................................................

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Revista política

Propuesta Comunista Director: Juan R. Lorenzo Consejo de Redacción: Área Ideológica del PCPE Diseño de Portada: C. Suárez Maquetación: J. Mora Edita: Partido Comunista de los Pueblos de España Depósito Legal: M-12283-1990 Redacción: C/ Carretas nº 14 - 6º, G-1 28012 Madrid Telf. y Fax 91 532 91 87 e-mail: propuestacomunista@pcpe.es www.pcpe.es

LA NOVÍSIMA TEOLOGÍA DE HARDT Y NEGRI (o de cómo la Sagrada Dicotomía derrota a toda dialéctica) Julián Iglesias ................................................................................. 107


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n próximos meses se convocará la Conferencia Estatal del PCPE sobre Feminismo. Por ello, este número de Propuesta Comunista recoge, casi monográficamente, artículos preparatorios de esa Conferencia, con el fin de estimular y orientar el debate. La selección de trabajos que ofrecemos refleja el nivel de elaboración colectiva, de conciencia y de reflexión individual sobre el patriarcado y la necesidad del movimiento de liberación de la mujer. Opiniones contradictorias, divergentes, se dan cita en las siguientes páginas abordando importantes problemáticas. Su discusión colectiva preparará al PCPE para obtener en la Conferencia Estatal las conclusiones más coherentes con el proyecto revolucionario.


Una política feminista para el proyecto revolucionario

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la lucha de liberación de las mujeres

UNA POLÍTICA FEMINISTA PARA EL PROYECTO REVOLUCIONARIO

Avance del documento de debate para la I Conferencia Estatal del PCPE sobre Feminismo

“En la familia, el hombre ejerce el rol del burgués, y, la mujer, el del proletario” Engels

Dadas nuestras carencias en el ámbito de la reflexión y el trabajo en el frente feminista, uno de los acuerdos del VIII Congreso de nuestro Partido fue el de apostar firmemente por reforzar e impulsar esta tarea. Para ello, se adoptó el compromiso de avanzar hacia una Conferencia Estatal de carácter monográfico sobre Mujer y Feminismo, a celebrar antes de finalizar el primer trimestre del año 2008. La Comisión Feminista del Comité Central desde su conformación ha tenido entre sus principales objetivos el de trabajar para hacer posible esta Conferencia, aunque la realidad del día a día nos haya hecho imposible garantizar el cumplimiento de la fecha establecida para la misma. En este número de nuestra revista teórica presentamos un documento de debate a partir del cual la Comisión está trabajando para elaborar el material con la propuesta política que se remitirá al conjunto de


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la militancia y que será la base de las reflexiones de nuestra Conferencia. Por lo tanto, como tal deberá ser considerado (un primer borrador), y no como el material de debate definitivo. Esperamos tener las condiciones para haceros llegar la convocatoria de nuestra I Conferencia Estatal sobre Feminismo en poco tiempo. Y, sobre todo, esperamos que el conjunto de la militancia de nuestra organización afronte el trabajo para la misma con la convicción firme de que es imprescindible dotarnos de las mejores herramientas (teóricas y prácticas) para luchar contra la doble opresión de las mujeres: la de clase y la de género. Es nuestro objetivo, y no nos cansaremos de repetirlo, avanzar hacia un mundo de seres humanos libres e iguales. Reforzar nuestra militancia feminista es una condición imprescindible para lograrlo. EL HILO CONDUCTOR DEL FEMINISMO MATERIALISTA El descubrimiento de Engels según el cual “toda forma de organización del trabajo es una organización social” constituye un punto de partida absolutamente determinante para la teoría y la praxis feminista porque pone de manifiesto que la división sexual del trabajo no es la proyección natural de unas diferencias biológiLa familia patriarcal (tanto en su cas o fisiológicas, sino una versión burguesa como proletaria) forma específica, aleatoria e esconde relaciones de poder, de interesada de organización del trabajo. Por tanto, es producción y de explotación susceptible de experimentar transformaciones; por tanto, puede ser derribada en un contexto económico y social más progresivo, quedando impugnado definitivamente uno de los principales axiomas del patriarcado. Otro hito en el desarrollo del feminismo materialista, casi tan catártico como el anterior, es que “en la familia, el hombre ejerce el rol del burgués, y, la mujer, el del proletario”: algo más que una metáfora, algo más que una denuncia retórica, algo más que una afortunada frase ilustrativa. La familia patriarcal (tanto en su versión burguesa como proletaria) esconde relaciones de poder, de producción y de explotación. Pero esa familia patriarcal no existe al margen de otras relaciones sociales, sino en relación dialéctica con las mismas. Alejandra Kollontai

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sostiene que la propiedad y la familia están ligadas demasiado estrechamente, y que, para la mujer, la solución del problema familiar no es menos importante que el establecimiento de su plena independencia económica. Aunque la clarividencia intelectual de esta pensadora no logró formular el concepto de patriarcado, adelantó buena parte de sus contenidos, estableciendo que la disolución de la familia y de la propiedad, así como la plena independencia económica de las mujeres, conforman el núcleo de la liberación femenina. Sin embargo, debemos tener presente que el pensamiento de cada época no puede superar los límites que su tiempo impone, al menos así pensaba Engels. De manera que, partiendo de estas primeras formulaciones materialistas, tan paradigmáticas como elementales, debemos proseguir la tarea permanente de superación del pensamiento de una época y dar un nuevo impulso a esa ciencia social que es el materialismo, aplicada, en este caso, a la correcta comprensión del patriarcado. El pensamiento feminista experimentó un salto cualitativo durante los años setenta del siglo XX con la teoría del patriarcado y el análisis de las contradicciones de género en el interior de la clase obrera. La más emblemática de las teóricas de esa generación, H. Hartmman, escribió el sugerente artículo “Un matrimonio mal avenido entre marxismo verdadero carácter del y feminismo” en el que afirmaba patriarcado como estructura que las categorías marxistas transversal a las clases sociales son ciegas en cuanto al sexo. Tal afirmación es una exageración producto de la frustración ante un movimiento obrero y comunista que sí era ciego en cuanto al carácter del patriarcado. Pero no es una idea tan absurda si la aplicamos a la concepción materialista clásica de “la cuestión femenina”. Porque aquellas primeras sentencias sobre la unidad entre la revolución socialista y la liberación de las mujeres fueron recurridas por la propia realidad de las revoluciones triunfantes, sin que esa praxis moviera ni un ápice la teoría feminista. Hasta que la fuerza de la realidad, siempre tan elocuente, se impuso y dejó varada esa primaria convicción de que la subordinación femenina constituye únicamente un subproducto del capitalismo, revelándose con relativa claridad el verdadero carácter del


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patriarcado como estructura transversal a las clases sociales. La necesidad de completar los planteamientos teóricos de una época en que la lucha de las mujeres por la El feminismo de clase plantea igualdad había sido derrotada y una lucha contra el capitalismo la moral victoriana impregnaba y contra el patriarcado el análisis marxista en cuanto a la concepción de los géneros, exige una mejora y un desarrollo audaz de la teoría feminista. Pero el feminismo, además, es un movimiento social amplio que persigue la igualdad real entre hombres y mujeres, por lo que en su seno conviven diversas concepciones teóricas, una de las cuales, la nuestra, es materialista. El feminismo de clase plantea una lucha contra el capitalismo y contra el patriarcado partiendo de los intereses, diferencias y alianzas estratégicas que mantienen entre sí ambas estructuras clasistas. DISECCIÓN DEL PATRIARCADO La estructura patriarcal en el modo de producción capitalista

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desarrollo social de las fuerzas productivas. La estructura patriarcal, por su parte, propone al modo de producción una organización previa, una división sexual del trabajo y de la sociedad. Es una alianza estratégica entre dos sistemas clasistas: modo de producción y supremacía masculina. La alianza del patriarcado con el capitalismo es natural, duradera y firme, porque comparten una concepción clasista de la sociedad y del trabajo. El entendimiento, la comprensión y la falta de contradicciones serias entre ambos sistemas son de la máxima consistencia. Sin embargo, el capitalismo puede llegar a suavizar muchísimo el patriarcado cuando el desarrollo social así lo exija, porque la división sexual del trabajo es funcional al capitalismo, pero no esencial. Su lógica es la plusvalía, no la hegemonía masculina. Si el patriarcado favorece la obtención de plusvalías, como sucede de hecho, el capitalismo lo suscribe; cuando ese apoyo le cuesta un precio elevado, el capitalismo presiona sobre el patriarcado para su relajación o adaptación, y, si llegara el momento en que el patriarcado dejara de ser rentable al capitalismo, se desprendería de dicha estructura.

El patriarcado se define como una estructura transversal que divide la sociedad en función del sexo de las personas. Una diferencia biológica que no debiera significar más que una determinada capacidad reproductiva sustenta la construcción cultural y social de dos géneros que deben cumplir roles diferentes y desarrollar obligaciones y tareas impuestas de forma artificial y jerárquica. Esta división es común a todas las clases sociales, aunque se concreta de forma muy distinta en cada una de ellas. La inferioridad femenina, el acoso sexual, el menosprecio de las “tareas propias del género” o la violencia patriarcal se dan en todas las clases sociales.

De manera que el patriarcado no es sólo un elemento de la superestructura capitalista, sino que constituye además una forma de explotación del género femenino por el masculino, toda vez que las mujeres realizan unos trabajos en el ámbito familiar o privado del que se apropia no sólo el capital, sino también el colectivo masculino. La mujer le resuelve al modo de producción la cuestión de la reproducción de la especie y de la clase obrera, y le permite una mayor explotación de la parte masculina, que puede dedicarse exclusivamente a vender su fuerza de trabajo, libre de todas las servidumbres familiares y personales. Y, por otro lado, entrega al género masculino el producto de unos trabajos gratuitos o a cambio del sustento.

Pero el patriarcado no existe al margen de la economía, sino que opera desde un sistema económico determinado y en relación dialéctica con el mismo. El patriarcado no es un sistema total, sino una estructura transversal sobre la que se asienta un sistema económico determinado, el cual puede asumir la estructura patriarcal heredada o transformarla. Si la asume, establecerá con ese patriarcado una alianza, que no es necesariamente estable ni perenne, sino que puede ser renegociada en función del

La base material de la explotación patriarcal está constituida por el trabajo doméstico, las tareas reproductivas, la crianza y socialización de la prole, los cuidados y ayuda a las personas dependientes en situaciones de enfermedad o minusvalía y el intercambio desigual en las relaciones afectivas y sexuales, en la pareja, en la familia y en la sociedad, en general, en las cuales los varones se apropian de una cantidad mayor de la que ofrecen.


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A este tipo de relación el marxismo lo denomina relaciones de producción. Los hombres particulares extraen la fuerza laboral durante un tiempo mayor del que pagan, y se apropian del producto. Dicha apropiación se transforma en el valor añala familia constituye la célula dido de una mercancía: la fuerza básica sobre la que se levanta de trabajo masculina, que se concreta en una diferencia salarial del todo el edificio patriarcal 42 por ciento. Y, en consecuencia, si establecemos un paralelismo, más que sólido, con el análisis de la explotación de clase, podemos concluir que nos encontramos ante el hallazgo de la plusvalía de género. Y, por ello, hablamos de doble explotación de las mujeres: por el capitalismo y por el género masculino. Familia patriarcal y división sexual del trabajo La doctrina patriarcal tiene su principal fundamento en la división sexual del trabajo, y establece la oportuna vertebración social a través de la familia, que constituye la célula básica sobre la que se levanta todo el edificio patriarcal. El primer clasismo de la historia, según el propio Engels, es la división del trabajo en función del sexo, división que NO ES NATURAL, sino social, como cualquier otra forma de organización del trabajo. En la célula familiar se practica una asignación de funciones económicas, laborales y sociales por sexos, y el modo de producción se construye en relación dialéctica con tal asignación previa. La familia patriarcal y la familia burguesa no son equivalentes, sino que coinciden de forma circunstancial, coyuntural o instrumental (al igual que puede coincidir con el modelo de familia proletaria y/o socialista). El modelo actual de familia patriarcal es un producto de la división sexual del trabajo y de la economía capitalista. Cada sistema económico puede adoptar un modelo de familia para organizar la cuestión de la reproducción y cuantas derivaciones y extensiones artificiales considere, pero el patriarcado sólo contempla un modelo familiar, basado en la división del trabajo y de la sociedad por sexos. En la célula familiar se establece también el control de la sexualidad femenina, que es ejercido férreamente no sólo para controlar la reproducción de la especie y de la clase, sino también para apropiarse de los derechos sexuales femeninos, expresión del doble carácter de la explo-

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tación de las mujeres: como clase y como género. El patriarcado exige al sexo femenino una servidumbre sexual y reproductiva distinta al masculino, y, concretamente, en contradicción antagónica. Y el mercantilismo añade elementos de propiedad o posesión. El estigma de la homosexualidad femenina es, por tanto, un presupuesto ideológico del patriarcado y, sólo tácticamente, del capitalismo, porque no es consustancial a este modo de producción el modelo sexual patriarcal, aunque le resultara tan funcional que lo adoptó como propio y lo “perfeccionó”. Y las insolentes lesbianas vulneran el sagrado mandamiento de la familia patriarcal porque incumplen sus obligaciones “naturales”: la reproducción y los servicios sexuales. De manera que el vigente modelo heterosexual obligatorio, falocéntrico, homofóbico y mercantilista se contrapone al principio de la libertad sexual. Un proyecto revolucionario debe contemplar un modelo familiar y sexual propio. Cada clase social ha propugnado un modelo de familia y de pareja acorde con su escala de valores y su proyecto económico y social. El modelo socialista debe ser el de la libertad sexual, la igualdad de derechos y obligaciones y el reparto equitativo de todo el trabajo familiar y social. El amor libre propugnado por Alejandra Kollontai, en su concepción de la mujer nueva, excluye cualquier elemento de apropiación y de control de un miembro de la pareja por el otro, así como cualquier forma de ejercicio de poder, y debemos extraer todas las consecuencias de tal apreciación. Pero el modelo patriarcal-burgués fue incorporado, como si fuese natural, al proyecto revolucionario erróneamente, por carecer de un modelo propio surgido de los nuevos valores y la nueva ideología, o por resultar muy costosa social y económicamente la implantación del nuevo. Ideología y principales instituciones del patriarcado Para mantener su hegemonía y legitimar su implantación, el patriarcado se dota de una ideología propia, la cual adquiere también características concretas del sistema económico donde se desenvuelva. De manera que sus parámetros específicos se nos presentan amalgamados con elementos ajenos, a los que nutre y complementa, o se subsume en otra ideología más amplia o mejor analizada. Pero no son la misma ideología.


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El elemento principal de la ideología patriarcal es que las mujeres y los hombres son diferentes por naturaleza, que existen diferencias naturales, objetivas, analizables y constatables entre ambos géneros, independientemente de la presión cultural El elemento principal de la y social sobre los individuos desde ideología patriarcal es que su nacimiento. Como consecuencia, cada género está especiallas mujeres y los hombres son diferentes por naturaleza mente dotado para desarrollar unas diferentes tareas familiares y sociales. Ambos sexos nacen estrictamente diferenciados, tanto en actitudes como en aptitudes: comportamientos, trabajos, formas de sentir, de proyectar, de priorizar o de establecer relaciones familiares, laborales, amistosas, políticas o sexuales. El mito y el culto a la maternidad constituyen la máxima expresión ideológica, en el objetivo de establecer un eficaz control sexual y reproductivo de las mujeres, cuya naturaleza, según el patriarcado, las orienta hacia las tareas y servidumbres familiares. Las mujeres se constituyen en objeto sexual a beneficio masculino y, así, se establecen relaciones sexuales en términos jerárquicos, de poder, de apropiación de placeres y de personas. La ideología patriarcal presiona a las mujeres para que sientan la necesidad de priorizar la maternidad y el desarrollo de los afectos, la sensibilidad, la emotividad, etc., frente a otras actividades sociales, convirtiéndose la procreación y la familia en el eje sobre el que debe girar la vida de una mujer, colocándose el resto de ocupaciones y proyectos en función de esta centralidad maternal. Por su parte, la supuesta naturaleza masculina esculpe varones independientes, dotados para la producción y el gobierno, para la vida pública y la empresa, para la economía y la política. La ideología patriarcal, además de proclamar dos naturalezas distintas, las concibe como no equivalentes, sino jerárquicas, otorgando superioridad a la naturaleza masculina, a sus roles y habilidades sociales, mientras que relega los valores y tareas femeninos a una esfera complementaria de la principal. Para sostener semejante estructura de segregación y explotación es preciso instituir el monopolio de la violencia en manos de la parte hegemónica, institución consustancial a todos los sistemas de dominación,

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que en este caso adopta la forma de violencia patriarcal, desde la que se ejerce toda la presión necesaria para mantener la supremacía masculina. El uso, la amenaza y la simple posibilidad de ejercer la violencia contra las mujeres sirve para someter al género subordinado, incluso aunque no se rebele contra la opresión o explotación. La historiografía patriarcal es la institución que se encarga de excluir sistemáticamente a las mujeres de su proyección en la historia, las aparta del espacio público y oculta su actividad en las luchas y su intervención en la sociedad, demosEl uso del lenguaje contiene una trando, también en dimensión política y es algo más que un el devenir histórico, vehículo de comunicación, es vehículo y que las mujeres y es pensamiento; por tanto, ideología los hombres tienen dedicaciones distintas en todo momento y lugar. Una vez que se borra de los libros sólo falta afianzar esa invisibilidad en el discurso político y social del momento presente: el sexismo lingüístico. Lo que no se nombre es porque no existe, porque resulta indiferente o para mantener la subordinación. La exclusión de lo femenino de la historia y del lenguaje nos crea un quebradero de cabeza a las personas que luchamos por la igualdad entre hombres y mujeres porque no podemos aceptar este instrumento ideológico tan difícil de combatir. El uso del lenguaje contiene una dimensión política y es algo más que un vehículo de comunicación, es vehículo y es pensamiento; por tanto, ideología. La iglesia católica es una institución aliada del patriarcado que ha jugado y sigue jugando un papel fundamental en el mantenimiento de la ideología de las dos naturalezas, de la inferioridad y de la sumisión femenina. Su actitud agresiva y su misoginia contribuyen a perpetuar los valores del patriarcado, presionando a hombres y mujeres para que acepten las condiciones del sistema que les ha tocado vivir por decisión divina. La Iglesia insta a las mujeres a soportar todo tipo de trato vejatorio por parte del compañero, cultiva el mito de la maternidad y los dos modelos femeninos contrapuestos: el de madre y el de puta, que es aquella mujer independiente, que se rebela contra la sumisión impuesta; y culpa a la “naturaleza femenina” de todos los males de la humanidad, porque sale más rentable a las clases poseedoras a las que sirve que impartir la teoría de la lucha de clases desde el púlpito.


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DOBLE EXPLOTACIÓN Y DOBLE LUCHA Habida cuenta de que el trabajo femenino no asalariado beneficia a la producción capitalista y también al género masculino, debemos perfeccionar el concepto relativo al doble carácter de la explotación de las mujeres, para orientar y dirigir correctamente la lucha de liberación de las mujeres, que es una lucha doble: Explotación capitalista. Las mujeres venden su fuerza de trabajo al capital del mismo modo que los compañeros de clase, pero más barata. Y, además, asumen las tareas de reproducción y reposición de la fuerza de trabajo, que constituye la forma específica de explotación capitalista de las mujeres. Por tanto, la explotación de las mujeres, en tanto que clase, contiene una significación amplia como trabajadora-reproductorareponedora, pero no constituye, en ningún caso, explotación de género. La explotación de género alude al trabajo no asalariado que realizan las mujeres en el ámbito familiar y en las relaciones sociales, trabajo del que se benefician los varones, es decir, del que se apropian a cambio del sustento (en el caso de las amas de casa) o gratuitamente (en el caso de la mujer que, además, desarrolla un trabajo asalariado, o en el caso de las relaciones amistosas, laborales y sociales). Aunque no existe relación asalariada, sí existe apropiación del trabajo ajeno y, por tanto, explotación. Dos tercios del trabajo socialmente necesario que se realiza fuera de esas relaciones asalariadas es un trabajo que debe incorporarse al análisis económico y cuantificarse, porque es trabajo real sin el cual no puede explicarse el modelo concreto de explotación capitalista ni las relaciones sociales de producción, ni tampoco aquellos sistemas socialistas que dejan intacta la estructura patriarcal. Los trabajadores también juegan un doble rol: como clase social explotada (mercancía que se vende en calidad de fuerza de trabajo) y como género explotador (el “burgués” de Engels), que se apropia de un trabajo mayor del que paga, obteniendo plusvalías que, si bien no se transforman directamente en capital, sí añaden valor a su mercancía, que es la fuerza de trabajo masculina (en la actualidad, un 42 por ciento más cara que la mercancía “fuerza de trabajo femenina”). Se constata de esta manera el verdadero carácter de la doble explotación de las mujeres y, por tanto, una de sus consecuencias peor analizada:

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que existen intereses antagónicos de género en el interior de la clase obrera porque la parte masculina tiene un interés material objetivo en el mantenimiento del patriarcado. Y estos intereses deben analizarse y reconocerse a fin de renunciar sinceramente a ellos y poder superar dicho antagonismo de género. Una vez establecido el distinto carácter de las dos explotaciones que padece la mujer, que responden a orígenes y lógicas dispares, y que cada una de las cuales deberá superarse por su propio cauce, la consecuenEl feminismo de clase cia de la doble lucha es incuestio- ataca simultáneamente al nable. Y, alcanzado ese punto del patriarcado y al capitalismo análisis y del proceso, podremos transformar la doble lucha de las trabajadoras (contra el patriarcado y contra el capitalismo) en una sola lucha: la lucha de la clase obrera contra el estado burgués, capitalista y patriarcal. El sujeto político de la lucha de liberación femenina, a la luz de la doble explotación capitalista y patriarcal, lo constituyen las mujeres de la clase obrera. Y, algún día, cuando los intereses antagónicos en el interior de la clase sean superados y la doble lucha se transforme en una sola lucha, deberemos reconsiderar esta definición, porque, en ese momento, el socialismo se habrá hecho feminista, como un día se hizo materialista, científico, y, más tarde, abrió sus puertas a las luchas de liberación nacional. El socialismo se halla actualmente en una etapa de desarrollo que permite una correcta comprensión del patriarcado, en línea de superación de las primeras concepciones utópicas sobre las contradicciones de género, para dar el salto a una concepción materialista y científica de tales contradicciones. FEMINISMO DE CLASE O FEMINISMO INTERCLASISTA El feminismo de clase, por tanto, persigue la articulación correcta de la lucha de clase y la de género para enfrentar y liquidar la doble explotación que afecta a las trabajadoras. El feminismo de clase ataca simultáneamente al patriarcado y al capitalismo, es decir, a la alianza entre ambas estructuras (a diferencia del feminismo burgués, orientado únicamente a las mujeres que soportan una sola explotación, la de género).


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Cuando vivimos y padecemos una sociedad de clases, el feminismo siempre será de clase: de clase obrera o de clase burguesa, conjugará los intereses de género con la clase a la que se pertenece, porque el patriarcado no existe en el éter, al margen de las restantes relaciones socioeconómicas, sino inserto en un modo de producción, en cuya superestructura juega un papel importante, y establece alianzas o vínculos con el mismo de forma dialéctica. Cada clase social teoriza su lucha feminista en función de los privilegios de clase que disfruta o de la explotación que padece. Las feministas de las clases medias españolas niegan el elemento de clase existente junto al elemento de género porque están conformes con su posición de clase y consideran indeseable la transformación de las relaciones de producción. En regiones donde las condiciones de vida son más duras, las trabajadoras ponen el acento mayor en la clase social. Pero debemos buscar el equilibrio teórico. Al capitalismo, lo que es del capitalismo; y al patriarcado, lo que es del patriarcado. Como consecuencia de la derrota teórica del feminismo socialista durante la prolífica década del 70 y 80, surgió el feminismo radical, que planteó una lucha interclasista interpretando que el patriarcado que combate, el del capitalismo, es interclasista. Su análisis contiene un acierto: puso de manifiesto el histórico pacto interclasista contra la completa y profunda liberación de las mujeres, pero, también, una contradicción irresoluble, porque ignora el interés del capitalismo en el sostenimiento del patriarcado, así como el carácter coyuntural del pacto interclasista. El feminismo radical es mecanicista, porque rechaza la concepción materialista y dialéctica de la realidad, y, como consecuencia, desconoce las relaciones entre el capitalismo y el patriarcado, aceptando, en definitiva, las estructuras burguesas clasistas y de producción. Por tanto, es un feminismo reformista, burgués, y, como tal, carece de capacidad liberadora suficiente, a pesar de las importantísimas contribuciones analíticas efectuadas a los estudios de género. En una sociedad socialista, en un proyecto revolucionario que se plantee con seriedad la liberación de las mujeres, la doble lucha se reducirá a una sola lucha: la lucha contra el patriarcado. Que “sin liberación de las mujeres no hay revolución socialista” debe ser algo más que una romántica consigna vacía de contenido político real. El patriarcado no

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es un producto del modo de producción capitalista y, por tanto, no desaparece automáticamente junto con la propiedad privada de los medios de producción. Sobrevive durante décadas en los procesos de construcción del socialismo por algo más que la inercia de las costumbres arraigadas. Un análisis materialista debe dar cuenta de la enorme cantidad de trabajo socialmente necesario que realizan las mujeres a beneficio de la sociedad, en general, y del género masculino, en particular. Y ese trabajo no se puede explicar sólo como un elemento cultural profundamente interiorizado. EL MOVIMIENTO FEMINISTA Perspectiva histórica y formas de intervención desde planteamientos comunistas, hoy El feminismo, por el origen histórico y circunstancias políticas en que germinó, fue reducido por el movimiento comunista a una determinada concepción del mismo, al feminismo burgués, y, por tanto, en confrontación con la clase obrera, incluida la parte femenina de la clase. La teoría comunista de la liberación femenina persistió hasta hace unas décadas en la huida obsesiva de la contaminación burguesa, contemplando únicamente la parte de explotación que soportan las mujeres en tanto que víctimas del modo de producción capitalista, eso sí, en su dimensión dual: como asalariadas y como encargadas de las tareas de reproducción y reposición de la fuerza de trabajo. Pero no era consciente esa teoría de la estructura transversal que es el patriarcado, ni de las contradicciones de género dentro y fuera de la clase obrera, ni de la explotación de un género por el otro cuando éste se apropia de un trabajo y unos servicios realizados por aquél. La teoría socialista ignoraba la verdadera dimensión del patriarcado y, por tanto, lo reproducía en su teoría y en su praxis. Sabía interpretar únicamente la función que el patriarcado juega en la superestructura capitalista. Hoy existe base teórica suficiente para desarrollar y reivindicar un feminismo de clase que plantee la batalla contra ambas formas de explotación, que persiga la superación del antagonismo de género en el interior de la clase trabajadora y que comprenda la alianza estratégica y la


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relación dialéctica entre el capitalismo y el patriarcado, partiendo de sus diferentes orígenes. El movimiento feminista moderno experimentó un desarrollo ingente cuando comenzó a comprender las limitaciones y las consecuencias de la confrontación entre ambas concepciones sobre la liberación de las mujeres: la del marxismo clásico y la del feminismo reformista. La vanguardia del movimiento feminista asumió con un éxito notable la responsabilidad de elaborar la síntesis entre ambas teorías desde una concepción materialista de las relaciones de género. Así nació el feminismo de clase, el polo que dirigió durante dos o tres décadas un vigoroso movimiento feminista capaz de sumar las reivindicaciones antipatriarcales a las históricas reivindicaciones anticapitalistas. Ese movimiento feminista comenzó a declinar como consecuencia de la conjunción existente entre dos procesos políticos de calado histórico que se reforzaron mutuamente: por un lado, el desmantelamiento de los movimientos sociales de la mano de la traición eurocomunista y la quiebra de la estrategia revolucionaria, y, por otro, la firme indiferencia, cuando no la férrea oposición de corte patriarcal, con que los partidos de vanguardia y los sindicatos de clase excluyeron de su ideario los nuevos parámetros del feminismo de clase. La situación del movimiento feminista en la actualidad es de una enorme debilidad porque su dirección claudicó, por fin, ante las promesas feministas del ala izquierda del bloque burgués. Entregó las riendas de un movimiento ya exhausto a cambio de unos puestos en las inútiles asesorías del Estado y unas leyes paliativas y filantrópicas, renunciando, definitivamente, a la transformación de las estructuras clasistas, renunciando a combatir contra los intereses de tales estructuras en la perpetuación del patriarcado. El movimiento ha entrado, así, en fase de descomposición definitiva, atomizándose, anarquizándose, avanzando y retrocediendo sin dirección, quebrado por la utilidad del feminismo del voto y las instituciones. Pero la realidad es que la violencia patriarcal se expande, asesina cada año a decenas de mujeres en el Estado Español y propina cientos de miles de palizas (tomando en cuenta que las más de 100.000 denuncias

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constituyen la punta del iceberg de la violencia realmente ejercida). Las agresiones y el acoso sexual están tan extendidos y naturalizados que resulta dificilísimo de cuantificar. La tasa de paro femenina casi duplica la masculina, la diferencia salarial es del 42 por ciento, la temporalidad y la precariedad femenina supero en 7 puntos a la masculina. La doble jornada afecta, fundamentalmente, a las mujeres, y existen dos tercios del trabajo socialmente necesario fuera de las relaciones asalariadas que es realizado mayoritariamente por las mujeres. La desproporción entre hombres y mujeres en las cúpulas del poder económico, político, judicial y social es de 5 a 1. La feminización de la pobreza se traduce en que un 70 por ciento de pobres del planeta son mujeres. Pero las leyes del Estado tendentes a paliar las consecuencias más sangrantes de las relaciones patriarcales constituyen intentos baldíos, porque dejan intactas aquellas estructuras económicas y sociales de las que se derivan: el capitalismo y el patriarcado. Por tanto, queda por delante toda una tarea de reconstrucción de un movimiento feminista, que deberá definirse como interclasista y plural e integrar posiciones dispares. Nuestra tarea es dotar a ese frente de lucha de un polo anticapitalista y de clase a fin de evitar el sesgo burgués y el avance a la deriva. Ese polo anticapitalista tendrá la misión de elevar la conciencia de género en intersección con la conciencia de clase para que el feminismo resultante trabaje por la emancipación de todas las mujeres y no sólo a favor de las clases medias y burguesas. En ese proceso de acumulación de fuerza y elevación de la conciencia hemos de plantear alianzas tácticas programáticas con el feminismo progresista, colocar nuestras consignas y cortejos en ese mar de progresía filantrópica y trasladar al movimiento nuestra capacidad analítica y organizativa, aplicando sin prejuicios la tecnología social del marxismo.


Diana Bazo

Historia del Feminismo

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BREVE RECORRIDO POR LA HISTORIA DEL FEMINISMO

Diana Bazo Comisión Feminista del CC del PCPE

Los orígenes: el siglo XVIII y el pensamiento ilustrado Aunque existen precedentes históricos del ideal igualitarista que conduce a la propuesta feminista, se suelen situar los orígenes de las reivindicaciones de las mujeres en el contexto de la Revolución Francesa. Aunque bastantes damas de la aristocracia liberal eran ya en este momento protagonistas de excepción en el ámbito intelectual ilustrado (Madame de Staël, Madame Roland, Madame Lambert….), pocas de ellas se interesaron por la igualdad entre hombres y mujeres. Fue Condorcet, discípulo de Voltaire, quien revindicó que se otorgara la ciudadanía a las mujeres y defendió, entre otras cosas, un proyecto de educación igualitaria para ambos sexos.


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Cuando estalla la revolución, mujeres de todas las clases sociales se implicaron en ella y participaron de manera activa en las acciones populares que facilitaron su triunfo. En 1791, Olympe de Gouges publica la réplica feminista a la “Declaración de los Derechos del Hombre”, de 1789, titulada “Los derechos de la mujer y de la ciudadana”. La contradicción entre la defensa ilustrada de la universalidad de la razón y la exclusión de las mujeres de los derechos de ciudadanía quedaba así evidenciada. “Mujer, despiértate; el rebato de la razón se hace oír en todo el universo; reconoce tus derechos. El poderoso imperio de la naturaleza ya no está rodeado de prejuicios, de fanatismo, de superstición y de mentiras. La antorcha de la verdad ha disipado todas las nubes de la necedad y de la usurpación”, podemos leer en su epílogo. En 1793 fue guillotinada la autora de este texto pionero de la reivindicación igualitarista, pero también en Inglaterra y en EEUU comenzaban a surgir propuestas similares. Mary Wollstonecraft, por ejemplo, escribió, en 1792, su Vindicación de los derechos de la mujer siguiendo los pasos de de Gouges.

El siglo XIX: la “Declaración de Seneca Falls”, el sufragismo y el socialismo En Estados Unidos, muchas mujeres se incorporaron de manera activa a los movimientos abolicionistas de la esclavitud, constituyendo, en los Estados del norte, organizaciones femeninas. Cuando, en la Convención Mundial de Antiesclavistas, celebrada en 1840, fue censurada su presencia y fueron obligadas a permanecer detrás de las cortinas, muchas de ellas entendieron la necesidad de ampliar su lucha para combatir también la discriminación en función del sexo (Lucrecia Mott, Lucy Stone, Elizabeth Candy Stanton y Susan B. Anthony fundaron la American Equal Rights Association (AERA) para luchar por el voto negro y el femenino, uniéndolos en una sola campaña por el sufragio universal, por ejemplo).

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En 1848, se celebra una Convención de la que sale un texto que ha pasado a la historia con el nombre de “Biblia Feminista”: la Declaración de Seneca Falls, de Elisabeth Stanton. Tras una justificación de la razón de ser de este texto, se incorporan una serie de “decisiones” que, entre otras, incluyen la afirmación de la igualdad entre el hombre y la mujer, la importancia de que la mujer hable y predique en las reuniones religiosas, la ampliación de los límites impuestos a la mujer que “unas costumbres corrompidas y una tergiversada interpretación de las Sagradas Escrituras han señalado para ella”, el reconocimiento de que la raza humana es idéntica en cuanto a capacidad y responsabilidad y el deber de las mujeres de “asegurarse el sagrado derecho del voto”. Ése, precisamente, será el elemento clave en la siguiente fase de la lucha de las mujeres, que llevará, entre otras cosas, a la conformación del movimiento sufragista, cuyo desarrollo fundamental se dará fuertemente en Estados Unidos (en 1920 se concluye esta batalla con la incorporación de la enmienda 19 de la Constitución, que elimina la discriminación sexual para el ejercicio del sufragio en todos los Estados) y, principalmente, en Inglaterra. Allí, ya a mediados del siglo XIX, Harriet Taylor y el que más tarde será su esposo, John Stuart Mill, defienden la igualdad de derechos civiles y políticos para ambos sexos. Juntos escriben, entre otras cosas, sus Ensayos sobre la igualdad sexual. Mientras tanto, las mujeres burguesas ponen en marcha el llamado “movimiento sufragista”, que tendrá en Emmeline Pankhurst una de sus principales líderes. Ante la reiterada negativa del Parlamento a conceder el voto a las mujeres, ante las burlas y ridiculizaciones permanentes, ante las vejaciones a las que son sometidas por parte de las instituciones políticas y religiosas, las sufragistas optan por la acción directa: encadenamientos, incendios, interrupción de mítines… Esto las conduce repetidamente a la cárcel, a la que responden con huelgas de hambre.


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La I Guerra Mundial supone un inevitable cambio de tendencia: todas las sufragistas son amnistiadas y se demanda su colaboración para que organicen a las mujeres y las pongan al frente de la producción. Si bien el fin de la guerra supone la desmovilización forzosa femenina y el retorno obligado al ámbito de lo doméstico, en 1918 se consigue el derecho al voto para las mujeres británicas mayores de 30 años y, en 1926, el derecho al voto en las mismas condiciones que los hombres. En el campo del pensamiento socialista, la reivindicación de género está presente desde sus inicios. El socialismo utópico incorpora la defensa de la educación de las mujeres como un elemento crucial para el progreso de las clases trabajadoras y reivindica la transformación de la institución familiar. Podemos leer a Fourier diciendo “la extensión de las privilegios a la mujer es el principio general de todo proceso social”. De hecho, en torno a la propuesta de Saint-Simon de la defensa de la igualdad entre hombres y mujeres, se agrupa un núcleo de mujeres lideradas por Suzanne Voilquin, que comienzan a editar, en 1832, un periódico propio: The Women´s Tribune. A la cuestión nuclear de la familia dedica F. Engels su obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado en la que reflexiona sobre el nacimiento del patriarcado y la necesidad que tiene el sistema capitalista de éste. En esta obra, Engels sitúa la contradicción de género como la primera forma de opresión: “…el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino. La monogamia fue un gran progreso histórico, pero al mismo tiempo inaugura, juntamente con la esclavitud y con las riquezas privadas, la época que dura hasta nuestros días y en la cual cada progreso es, al mismo tiempo, un regreso relativo, y el bienestar y el desarrollo de unos se verifican a expensas del dolor y de la represión de otros”.

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De hecho, aunque Marx y Engels no dedicaron ninguna obra monográfica a la emancipación de género, tienen bien presente en su obra la dialéctica revolución socialista – liberación de las mujeres. La doble opresión, de clase y de género, a la que están sometidas es recogida por ellos como una realidad que sólo podrá ser subvertida mediante la lucha por la igualdad de derechos y, en última instancia, por la consecución de una sociedad libre de toda forma de explotación: la sociedad socialista. Será Auguste Bebel el autor de una obra titulada La mujer y el socialismo, que se convertirá en clave para el movimiento organizado de mujeres socialistas que, por aquel entonces, está desarrollándose con gran intensidad, especialmente en Alemania. De hecho, diez años más tarde de la aparición del libro de Bebel, Clara Zetkin pronuncia, ante el Congreso Fundacional de la II Internacional (1889), un discurso en el que se resumen las bases del llamado “feminismo de clase” o “feminismo socialista”. Será también Clara Zetkin quien, en 1910, impulse la celebración del “Día Internacional de las Mujeres” que, años más tarde, se fijará en el día 8 de marzo. Su propuesta se lanza, y se recoge por las participantes en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas que se celebra, en esa fecha, en Copenhague. También a ella se le encomienda la creación del Internacional Women´s Bureau, que agrupaba a las mujeres asociadas a la II Internacional y que se había dotado de una publicación propia –Die Gleichheit (Igualdad)– y, años después, se la eligió para ocupar la Secretaría Internacional de las Mujeres Comunistas por el Comité Ejecutivo de la III Internacional. En Rusia, la figura clave del movimiento socialista de mujeres es Alexandra Kollontai, si bien no se pueden dejar de mencionar a otras revolucionarias, como Nadezhda Krupskaya o Inessa Armand. Alexandra Kollontai era miembro del Internacional Women´s Bureau, colaboradora de Die Gleichheit, participó en la I Conferen-


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cia de la Unión para la Igualdad de las Mujeres, en 1905, y, en el I Congreso de las Mujeres Rusas, en 1908, escribió obras fundamentales sobre la cuestión de las mujeres (Las bases sociales de la cuestión de la mujer (1908), La nueva mujer, de 1914, entre otras), y fue la principal impulsora del “Día Internacional de las Mujeres” en Rusia. En relación con esto último, hemos recordado en otras publicaciones del Partido ya su clarificadora reflexión:

El siglo XX: la segunda ola y las distintas corrientes feministas

“El Día de las Mujeres o el Día de las Mujeres Trabajadoras es un día para la solidaridad internacional y un día para revisar la fuerza y la organización de las mujeres proletarias. Pero no es un día especial sólo para las mujeres. El 8 de marzo es un día histórico y memorable para los trabajadores y para los campesinos, para todos los trabajadores rusos y para los trabajadores de todo el mundo” (Alexandra Kollontai)

Como obra de referencia obligada para las mujeres que impulsan la lucha por la igualdad en el siglo XX, hay que citar inevitablemente la obra de la filósofa, novelista y periodista francesa Simone de Beauvoir El segundo sexo, publicada en 1949. Hundiendo sus raíces en el pensamiento igualitarista de los siglos anteriores y siguiendo los planteamientos existencialistas, aborda la cuestión de la “esencia femenina” y pone de manifiesto el carácter socio-cultural de la construcción de género (la feminidad).

Logrado el triunfo de la revolución, Alexandra Kollontai luchó intensamente para evidenciar que la socialización de los medios de producción per se no llevaba aparejada la emancipación de género, y que, por lo tanto, era necesaria la puesta en marcha de muchos otros mecanismos para romper con la opresión secular de las mujeres. Inspirado en buena medida por estas ideas, el Partido Bolchevique (que disponía de una revista llamada Rabotnitsa –Mujer Obrera– desde hacía tiempo) impulsó, en 1919, la creación de un Departamento de la Mujer (dirigido, inicialmente, por Inessa Armand) y una nueva revista, llamada Kommunistka (Mujer comunista), cuya dirección recayó en Nadezhda Krupskaya. Con el objetivo de contribuir al triunfo de la revolución en todo el mundo y de reforzar el movimiento organizado de mujeres socialistas, se impulsó la I Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas, en 1920. Un año después, la Internacional Comunista aprueba sus principios tácticos para el trabajo con las mujeres proletarias y se celebra una II Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas.

Tras esta primera gran eclosión de la lucha de las mujeres que se produce en el siglo XIX, y que nos conduce hasta las primeras décadas del XX, se suele hablar de la aparición de una “segunda ola del feminismo” en torno a los años 60 del siglo pasado.

Habiendo sido consideradas las mujeres durante siglos como “lo otro” (lo no-masculino, lo no-hombre) –“ella no es nada fuera de lo que el hombre decide: así, la llama “el sexo”, con lo que quiere dar a entender que se le parece al macho esencialmente como un ser sexuado; ella es sexo para él, así que lo es en absoluto. La mujer se determina y diferencia con relación al hombre, y no éste con relación a ella; ésta es lo inesencial frente a lo esencial. Él es el sujeto, es lo Absoluto: ella es el Otro”–, se hace inminente, para S. de Beauvoir, un cambio que haga que el mundo no esté habitado por hombres y mujeres, sino por “seres humanos”. Son muchas las mujeres que, en esta clave, optan por impulsar, en la década de los años 60, en el marco de la aparición de los nuevos movimientos sociales (pacifismo, ecologismo…), un movimiento basado en el principio de la autoorganización de las mujeres. En Estados Unidos, será Betty Friedan la impulsora de una organización (N.O.W. –Organización Nacional de Mujeres– ) que resulta paradigmática del llamado “feminismo liberal”. En su obra La mística de la feminidad, B. Friedan destapa las ataduras que para las mujeres supone la vida dedicada al cuidado y entregada en exclusiva al ser-


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vicio de otras personas, y reivindica su incorporación al mundo del trabajo remunerado como camino para la realización personal. Destacando las contradicciones de esta concepción liberal, se consolidaron en los años 70 colectivos feministas marxistas, que situaban el capitalismo como responsable de la división sexual del trabajo y, por ende, de la opresión de las mujeres. Escritoras como Sheila Rowbotham (autora, entre otras, de Mujer, resistencia y Revolución y La conciencia de la mujer en el mundo) o Zillah Einsenstein (autora, por ejemplo, de la obra Patriarcado capitalista y feminismo socialista) apostaron por conciliar marxismo y feminismo tomando como referencia la idea de la doble opresión de las mujeres: por el capitalismo y por el patriarcado. Considerando que la discriminación de género no desaparece con la desaparición de la propiedad privada, reivindicaron la autonomía de la lucha feminista. En la Introducción de la obra arriba citada de Z. Einsenstein podemos leer: “Definir el patriarcado capitalista como la raíz del problema significa, al mismo tiempo, proponer el feminismo socialista como la respuesta. Mi trabajo utiliza el análisis de clase marxista como la tesis, el análisis radical feminista del patriarcado como la antítesis y de ambos resulta la síntesis del feminismo socialista”. El “feminismo radical” al que hace alusión Einsenstein es el nombre que recibe otra corriente que se desarrolla a partir de la década de los 60 y que sostiene que el origen de la explotación de la mujer no está en el capitalismo, sino en el patriarcado, y que, por lo tanto, el antagonismo fundamental y determinante de los procesos históricos es el existente entre hombres y mujeres. Kate Millet, autora de Política sexual, es una de sus inspiradoras, al igual que Sulamita Firestone (autora de La dialéctica del sexo). Los grupos de autoconciencia fueron (y son) uno de sus pilares de la acción política. Su análisis de estructuras como la familia o la sexualidad las llevaron a formular el eslogan, ya patrimonio de todo el movimiento, de “lo personal es político”.

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Detrás de las grandes movilizaciones (manifestaciones, marchas, actos de sabotaje…) de los 60 y 70 están, en gran medida, los colectivos feministas radicales, que, además, apostaron por crear espacios propios de estudio (sobre salud, sexualidad…) y autoorganización de las mujeres, como centros de autoayuda, centros de defensa personal, centros para mujeres maltratadas, … Algunos colectivos, fundamentalmente en Francia e Italia, fueron evolucionando desde el feminismo radical hacia el llamado “feminismo de la diferencia”. El grupo “Psicoanálisis y política”, francés, las también francesas Annie Leclerc, Hélène Cixous, Luce Irigaray, el “Manifesto de Rivolta Femminile”, así como el texto de Carla Lonzi “Escupamos sobre Hegel”, son referencias ineludibles en esta corriente. Bajo la idea de que varones y mujeres tienen identidades propias bien diferenciadas, pues la naturaleza humana es dual (masculina y femenina), las feministas de la diferencia reivindican el orden simbólico y aquellas cualidades que consideran características de la mujer. En base a ellas, proponen una nueva forma de discurso y comunicación específicamente femenina que ha de oponerse al ideario y al mundo masculino. La igualdad es, para ellas, un subterfugio para seguir garantizando el sometimiento de las mujeres. Leemos en los primeros párrafos del “Manifiesto de Rivolta Femminile”: “La mujer no se halla definida por su relación con el varón. La conciencia de este hecho es fundamental tanto para nuestra lucha como para nuestra libertad. El varón no es el modelo al que la mujer debe adecuar el proceso de descubrirse a sí misma. Respecto al varón, la mujer es el otro. Respecto a la mujer, el otro es el varón. La igualdad es un intento ideológico para someter a la mujer en niveles más elevados”.

Últimas reflexiones sobre el feminismo de nuestros días La multiplicidad de corrientes fue la nota distintiva del desarrollo del feminismo de “la segunda ola” en todo el mundo: feministas liberales, feministas socialistas, feministas radicales, feministas de la diferencia…. Y el auge de las movilizaciones (por el divorcio, por el


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aborto, por la libertad sexual…) y la creación de colectivos de mujeres, sus expresiones en el campo de la acción. El final del siglo pasado trajo consigo la aparición de un nuevo fenómeno que ha dado en llamarse “feminismo institucional”, el cual ha cristalizado en forma de ministerios o instituciones específicas en los distintos países. Si bien no se trata de una corriente al uso por su carácter (concebido desde el poder y para el ejercicio del poder), ha tenido un enorme impacto en el movimiento de mujeres y ha obligado a todos los colectivos a iniciar reflexiones sobre su grado de participación y de colaboración con las estructuras y los discursos creados desde este “feminismo oficial”. Los debates sobre empoderamiento, liderazgo, instituciones… han sido una constante en los colectivos de mujeres desde las décadas de los 80 y los 90. El descenso en la capacidad movilizadora del frente feminista –que coincide con el descenso en la capacidad movilizadora de la izquierda anti-sistema en general– y el papel propagandístico jugado por los medios de comunicación, entre otros aspectos, han hecho que el feminismo institucional haya ganado enormes espacios. Su no cuestionamiento del sistema y su capacidad para asimilar contradicciones insalvables hacen de él una magnífica herramienta en manos de quienes hoy siguen gestionando eficazmente el capitalismo mundial. Junto a él, las universidades –fundamentalmente– han sido protagonistas de la aparición de un nuevo fenómeno: los “estudios de género”. En forma de cátedras, cursos de doctorado, seminarios interdisciplinares o departamentos específicos, se ha abierto una línea de trabajo para la investigación basada en la utilización de la categoría de género como vertebradora del estudio histórico, filosófico, legislativo, filológico, científico, … También el final del siglo XX, y esta primera década del XXI, nos ha traído nuevas líneas de reflexión y acción: el ecofeminismo, la teoría Queer, los colectivos de hombres que trabajan por las nuevas masculinidades…

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Por su parte, el movimiento feminista organizado sigue nutriéndose del trabajo cotidiano de los colectivos herederos de aquella segunda ola que no renuncian a su papel de movimientos sociales y que, también hoy, mantienen su adhesión a unas u otras expresiones del feminismo, así como su reivindicación de la acción política para lograr el cambio. La historia del feminismo, por lo tanto, sigue escribiéndose en nuestros días, y, de ella, hombres y mujeres del PCPE, queremos ser también co-protagonistas.


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CONTRADICCIONES DE GÉNERO EN LAS ORGANIZACIONES REVOLUCIONARIAS

Rosa Gómez Comisión Feminista del CC del PCPE

“No se puede llamar revolucionario un militante que tenga preconceptos y actitudes machistas” Lenin

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n todos los grandes movimientos revolucionarios de la historia, las mujeres siempre tuvieron una participación importante. La gran revolución rusa de octubre de 1917 comenzó con una huelga de las operarias textiles de Petrogrado.

La lucha por la emancipación de las mujeres continúa en muchos países, aunque la dirección política del movimiento intenta ser monopolizada por la llamada Marcha Mundial de Mujeres –compuesta por variedad de ONGs y organizaciones reformistas, burguesas y socialdemócratas, bajo mandato de la ONU–, una dirección ligada a los gobiernos neoliberales que desarrollan sus políticas en contra de los intereses de la clase trabajadora.


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Como consecuencia del imperialismo, cada vez más las mujeres están condenadas al trabajo precario, sin derechos en el ámbito laboral: uno de los ejemplos más dramáticos lo constituye el trabajo en las maquilas, trabajo esclavo que, en muchos casos, les está costando la vida a las mujeres trabajadoras. Continúa la lucha por la legalización del aborto, evitando con ello la muerte de miles de mujeres y el sufrimiento de graves secuelas, la lucha contra la violencia doméstica y contra la utilización de la mujer como mercancía y objeto sexual, convirtiéndola en esclava del hogar, en responsable por el trabajo doméstico, alienándola y apartándola de la producción social. A partir de los años 80 hubo un significativo incremento de la participación de las mujeres en los partidos de izquierda, en los sindicatos, en las huelgas… cobrando gran importancia entonces la constitución de comisiones feministas o de la mujer en tales organizaciones como medio para aglutinar a las compañeras, organizando una vanguardia y su formación política. Las comisiones también cumplen un papel fundamental en la sistematización del programa de reivindicaciones específicas de las mujeres para ser integrado en el programa general de la clase trabajadora. Promover la discusión entre la militancia sobre la problemática de la opresión de la mujer tiene también el objeto de combatir las actitudes machistas que puedan existir en las filas de las organizaciones de carácter revolucionario, el machismo que divide a la clase trabajadora y que ha de ser enfrentado sin tregua. El feminismo y la lucha feminista contribuyen al análisis crítico y a la transformación de la realidad El feminismo ha creado nuevos términos y conceptos no por mera elucubración, sino para poder denominar realidades no nombradas, invisibilizadas. Se han elaborado distintas teorías, que han manifestado el carácter androcéntrico de muchos presupuestos no sólo de la ideología patriarcal, sino de los que fueron bases del pensamiento crítico y revolucionario de la izquierda. El feminismo ha evidenciado también

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que las relaciones sociales de género están condicionadas por los elementos de clase, raza y nación. La aportación básica del feminismo a la práctica política se expresa en el lema clásico “lo personal es político”. El feminismo sitúa lo político también en lo cotidiano, directamente en las condiciones de vida de las mujeres y de una forma transversal, en todos los aspectos de la realidad (político, social, laboral, económico, salud, educación, cultural…). La izquierda debe asumir como propia la lucha contra la falsa igualdad. Los diferentes gestores de los intereses del mantenimiento de la sociedad capitalista y patriarcal a todos los niveles, están alimentando elementos de conciencia social que reconocen la discriminación que sufrimos las mujeres, pero considerando que la política asistencialista e institucional modifica las diferentes expresiones de la discriminación. Los derechos como ciudadanas existen en el papel, pero no en la realidad. El déficit de derechos democráticos básicos va desde la absoluta negación a la imposición restrictiva de los mismos. Se carece del derecho a decidir sobre el propio cuerpo y la sexualidad, a optar por una vida digna, a opinar sobre decisiones cuyas consecuencias directas recaen sobre las mujeres. Gran parte de las organizaciones de izquierdas, inclusive las de carácter revolucionario, han asimilado el falso discurso del avance en la conquista de los derechos de las mujeres, sin reconocer que la realidad más bien responde a un paulatino, pero ascendente, proceso de pérdida de derechos y libertades. No han asumido el desarrollo de una estrategia y práctica política feminista. El feminismo y la lucha feminista contribuyen al desarrollo de las luchas de la izquierda La izquierda debe reconocer el carácter político de la lucha feminista, considerando al movimiento feminista como un sujeto de carácter socio-político. Este sujeto es irrenunciable para la transformación de la sociedad.


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La asignatura pendiente más importante que tiene la izquierda es la integración de la lucha feminista en el proyecto revolucionario. No estaremos ante un proyecto de izquierda sin hablar de feminismo de clase. Superando la confusión ideológica existente acerca del feminismo y del movimiento feminista con la lucha contra los hombres, cuando desde el feminismo se lucha por una sociedad no patriarcal, donde las relaciones sociales entre las mujeres y los hombres no hundan sus raíces en el sometimiento de las primeras. Históricamente, la mayor parte de las organizaciones de izquierda portan rasgos patriarcales, tanto en sus concepciones como en la práctica de gran parte de sus militantes. Desconociendo o rechazando su existencia, se elude resolver el problema de la explotación de las mujeres, ignorándose la importancia de transformar las relaciones interpersonales en lo que tienen de relaciones de poder. Relaciones articuladas íntimamente con las relaciones sociales que impone el sistema económico imperante. El sistema patriarcal es pieza clave para el sistema económico capitalista neoliberal. Las reivindicaciones de las mujeres no son cosa de mujeres (sexualidad, violencia, peores condiciones laborales…), no constituyen una revolución de carácter privado que sólo afecta a la mujer trabajadora. La situación económica y social de las mujeres es sustancialmente más dramática que la de los hombres (doble explotación, feminización de la pobreza…), teniendo en cuenta que el proceso de involución democrática que sufre la clase trabajadora avanza a medida que las políticas que emanan de la globalización neoliberal se tornan más agresivas, empeorando gravemente esta situación. Contra el discurso dominante que considera al capital como garante de la igualdad, la izquierda debe luchar por un modelo de sociedad no patriarcal y articular vías que lo posibiliten. Las organizaciones revolucionarias deben incluir en sus objetivos estratégicos un modelo de sociedad participada de los valores del feminismo

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Reivindicar el marxismo en la lucha de las mujeres, la visión de clase de su opresión y explotación logrando recuperar la militancia femenina, para recobrar, en el marco de la revolución socialista, todo el potencial revolucionario de la lucha por la liberación de las mujeres, la mitad más oprimida y explotada de la clase trabajadora mundial. Como apuntó Lenin, sin la participación efectiva de las mujeres será imposible hacer la revolución socialista. Desde el reformismo y la socialdemocracia, conocedores de este hecho, se esfuerzan por alejar a las mujeres trabajadoras de la lucha contra el capitalismo, desvirtuando el carácter político, el carácter de clase, de la lucha de las mujeres, afirmando que se trata una “cuestión de género” que puede ser resuelta en el capitalismo. No identificando como raíz de la desigualdad a la sociedad capitalista y patriarcal, el feminismo burgués, de manera consciente, usurpa y anula las potenciales fuerzas revolucionarias, conduciendo al movimiento feminista a una política de carácter reformista. Sólo desde el marxismo se establece con claridad que la opresión que sufren las mujeres está íntimamente ligada a la explotación capitalista, que la miseria, la degradación humana, la barbarie en que viven millones de mujeres en el mundo es la razón fundamental de su opresión. Por todo ello, la mujer trabajadora debe trasladar sus luchas al seno de la clase trabajadora por el socialismo, y la lucha organizada por el socialismo debe asumir la liberación de la mujer como específica y como una batalla vital para su consecución. La toma de conciencia feminista en las militantes revolucionarias, desde el Manifiesto Comunista hasta nuestros días, pasando por el rechazo de la familia y el matrimonio burgués con El origen de la familia…, de Engels, han ido sentando las bases para una crítica radical del lugar que ocupan las mujeres en la sociedad, pero todo ello ha devenido en un posicionamiento político demasiado abstracto. Ha sido una presunción determinista por parte de las organizaciones revolucionarias creer que la situación de opresión sufrida por las mujeres cambiaría después de la revolución, dejando a un lado, por una cuestión de


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“eficacia”, lo que muchos denominaron “problemas personales” (sin importar, por tanto, en qué se convertían los y las militantes en sus casas). Es imprescindible transformar las bases que estructuran la vida familiar, así como las costumbres del ámbito doméstico. Se precisa una toma de conciencia colectiva de los problemas causados por las desigualdades dentro de las propias organizaciones, para evitar caer involuntariamente en las relaciones de dominación impuestas entre los sexos, anidando en filas revolucionarias la ideología dominante. La adquisición de la conciencia feminista de una militante revolucionaria es fundamental, pero este hecho ha sido complejo debido a que, por un lado, su mayor nivel de formación la permite comprender mejor la opresión, pero, por otro, el militantismo ha infundido, en ocasiones, la idea de haber con ello superado muchos de estos problemas. Lejos de tal afirmación, la realidad es que la militancia revolucionaria debe colocar a las mujeres en las mejores condiciones para afrontarlos. La implicación política de las mujeres en las organizaciones revolucionarias, en los partidos comunistas, es muy insuficiente, a pesar de su mayor participación en las luchas y los movimientos sociales. En parte debido a la situación de opresión, se retrasa la incorporación de la mujer a la lucha a través de su militancia en organizaciones de carácter revolucionario. Sus condiciones de vida como mujer trabajadora son las peores; históricamente han demostrado ser militantes más decididas y avanzadas. Es preciso adoptar medidas concretas para fomentar una participación equitativa. Es necesario superar las actitudes sexistas que se dan en la práctica militante de las organizaciones de izquierda, y que se manifiestan en comportamientos, reparto de responsabilidades y tareas, ….

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Las organizaciones revolucionarias no pueden obviar el movimiento feminista y lasreivindicaciones populares que históricamente ha generado La necesidad de crear una estrategia feminista práctica dentro de las organizaciones revolucionarias y comunistas, asegurando la incorporación de la lucha por los derechos de las mujeres al proyecto político y desarrollando un trabajo feminista transversal e integral. El proyecto estratégico de la izquierda debe contemplar iniciativas feministas en todos los ámbitos de la sociedad. No sólo las mujeres deben de ser parte activa de la lucha por sus derechos, dinamizadoras y líderes, es necesaria la implicación de los hombres en esta lucha construyendo espacios conjuntos de intervención política, porque el objetivo principal es la transformación de la sociedad y esto es un trabajo de todas y de todos. Las mujeres feministas de izquierdas saben que si bien esto es necesario, no es suficiente. La igualdad entre trabajadores y trabajadoras se conseguirá cuando los hombres se hagan cargo de lo que les corresponde en esta lucha por la igualdad. Una lucha que no pasa solamente por trabajar fuera de casa y militar en organizaciones con discursos revolucionarios. Pasa también por reconocer que las mujeres tienen derecho a ser protagonistas de su destino y que no están dispuestas a seguir siendo el reposo del guerrero y la madre eterna. Las mujeres no quieren ser la retaguardia del proceso revolucionario, quieren estar en la dirección, ni que sus reivindicaciones se pospongan, como se pospusieron en la revolución rusa y en tantas otras revoluciones. En demasiadas ocasiones las mujeres lucharon a la par de los hombres en las guerras y, una vez terminados los conflictos armados, nos mandaron a casa con la pata quebrada. Es posible que la lectura de los clásicos demuestre, como dicen algunas teóricas feministas, que la cuestión de la mujer ocupó un lugar en la teoría y práctica del marxismo revolucionario. Pero esta presencia no ha sido “central”. En ese caso, no se hubiera caído en el simplismo de suponer que la liberación de la mujer pasa porque haya más o menos


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guarderías y más o menos leyes. La liberación de la mujer empieza en la visualización de la importancia del patriarcado y en su relación con el capitalismo, en el papel que juega el hombre adulto, aprovechándose del tiempo de la mujer para ser objeto de cuidados, cuando se puede cuidar a sí mismo y a los demás, y el abuso que implica no hacerse cargo íntegramente del proyecto de familia La desaparición del sometimiento social redundará en el fin del patriarcado, pero no es cuestión tan simple como que lo uno implica lo otro. No hay liberación real en el sistema capitalista, pero la igualdad mujer–hombre entre personas revolucionarias debería ser una realidad ya. Si no, ¿qué se puede esperar de las demás? Es fundamental ampliar el espectro de acción de las mujeres dentro de la lucha revolucionaria Dentro de los revolucionarios, la cuestión del machismo es algo que ha de ser superado no sólo en las formas. El machismo favorece a los oligarcas, es parte de la moral burguesa, la que inculca que la mujer es sexo débil y es objeto de placer para el hombre, estando a él sometida. El revolucionario no debería solo entender, debería actuar conforme a la moral de un revolucionario. “Los problemas de la moral revolucionaria se confunden con los problemas de la estrategia y de la táctica revolucionarias” (Trotsky). Es una realidad enseñada y aprendida, pero que puede y debe ser transformada logrando consolidar una nueva, la cultura revolucionaria. En conclusión, la cuestión de la mujer tiene que estar siempre contextualizada en la lucha de clases confrontando actitudes patriarcales y machistas dentro del movimiento socialista, entre los y las propias militantes. De este modo, Lenin atribuía la debilidad del trabajo con la mujer en la Internacional a la persistencia de ideas machistas, que llevaban

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a la subestimación de la vital trascendencia de la construcción de un movimiento de masas de la mujer. La organización revolucionaria, comunista, debe luchar por la emancipación de la mujer y por las reivindicaciones del feminismo socialista; porque dichas reivindicaciones feministas sean asumidas tanto por hombres como por mujeres dentro de las organizaciones al igual que ocurre con el resto de reivindicaciones de la lucha de clases, sin olvidar el carácter específico de la lucha por la emancipación de la mujer.


Mila de Frutos

La mujer, repudiada por la historia

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LA MUJER, REPUDIADA POR LA HISTORIA

Mila de Frutos Comisión Feminista del CC del PCPE

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n oficial del ejército nazi transmitía con mudada sorpresa que las mujeres judías participaban de forma masiva en los levantamientos de los ghettos con granadas en la mano y que a menudo disparaban con las 2 manos a la vez. Que infundían tal terror a los miembros de las SS que decidieron no encarcelar a esas mujeres, sino liquidarlas enseguida. (“Partisanas”. Ingrid Strobl). En octubre de 1789, una manifestación de 6000 mujeres recorre las calles de París y marchan hacia Versalles para traerse al rey de vuelta y exigirle medidas políticas contra la carestía de la vida. Buscaron armas, requisaron carruajes para cargar los cañones que no podían arrastrar por el peso, y partieron bien pertrechadas en busca del parásito vil que pisoteaba el símbolo revolucionario en los banquetes de Versalles.


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Otra manifestación de mujeres recorre las calles de Petrogrado, en 1917, al grito de “pan y paz”. La protesta se extiende como una ráfaga por otras ciudades y, a los cuatro días, abdica el zar. Nadia Krupskaya recuerda que las mujeres tomaron parte muy activa en la guerra civil, que muchas de ellas sucumbieron en los combates y otras muchas se templaron en ellos. Que, por su activa participación en los soviets y en los frentes de guerra, buen número de mujeres fueron condecoradas con la Orden de la Bandera Roja. Y que no pocas exguerrilleras ocuparon después puestos prominentes del poder revolucionario. En 1909 miles de obreras de Nueva York se declaran en huelga y, durante trece semanas, sostienen la lucha en la calle exigiendo mejoras salariales y derecho a la sindicación. Murieron 149 huelguistas encerradas en su fábrica por un incendio provocado. Es la insurrección de las 20.000. La Segunda República española fue defendida por miles de mujeres que lucharon con las armas en la mano. Se alistaban voluntarias para ir al frente y algunas dirigieron batallones y operaciones de sabotaje. Un batallón femenino hizo la defensa del puente de Segovia y, en Getafe, fueron las últimas en retirarse ante el avance del ejército fascista. Cien mil partisanas lucharon en el ejército de liberación de Yugoslavia. Aprendieron a disparar y a poner bombas contra el ejército nazi. Más de 2.000 alcanzaron el rango de oficial y 91 de ellas la distinción más elevada: el título de héroe del pueblo. La mayoría de las mujeres que participó en la resistencia antifascista era comunista o judía, o ambas cosas. La revolución cubana contó con un batallón de mujeres en la Sierra Maestra y algunas habían participado en el asalto al Moncada. La trinchera de Guantánamo está defendida en la actualidad por un pelotón femenino del ejército popular cubano, en el que el 30 por ciento de los efectivos son mujeres. Sin embargo, la doctrina patriarcal, cuyo núcleo irreductible es la diferencia entre hombres y mujeres por naturaleza, sostiene, con Hegel, que “el varón representa la fuerza y la actividad, mientras que la mujer

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supone la debilidad y la pasividad”. Pero es una expresión impregnada de subjetivismo ideológico tendente a legitimar un modelo social, del que Hegel se muestra férreo defensor, afirmación impugnada por la fuerza de la realidad, aunque esa realidad se Los sistemas sociales opresivos, entre halle en un estadio de los que destaca el patriarcado (...) conocimiento marginal. desarrollan poderosos mecanismos La exclusión sistemática de legitimación y perpetuación de las mujeres del relato histórico es una constante. Los centros del conocimiento y del saber interpretan la Historia desde el punto de vista del patriarcado, de la nación hegemónica y de la clase social dominante (hoy, la burguesía). Los sistemas sociales opresivos, entre los que destaca el patriarcado por su enorme capacidad de supervivencia en modos de producción contrapuestos y en sociedades tan alejadas como la Grecia clásica, la socialdemocracia sueca o la Rusia soviética, desarrollan poderosos mecanismos de legitimación y perpetuación, más sofisticados cuanto mayor es la parte robada que se arriesgan a perder y cuanto más ilegítima es la naturaleza de la estructura opresiva que defienden. El poder simbólico de la memoria colectiva induce a los poderes coercitivos a fabricar interpretaciones de la historia en sintonía con el mantenimiento del status quo.

Por ello existe una historiografía patriarcal según la cual las mujeres no participan de los acontecimientos históricos y de los cambios sociales. Y cuando lo hacen es en tareas subalternas, complementarias o en la retaguardia. Ese discurso es interesadamente acientífico, toda vez que el desarrollo de la ciencia histórica excluye todavía de sus parámetros la perspectiva de género. Al menos no ha sido sistematizada, sino que apenas se abre camino en estudios marginales y desconocidos, seminarios puntuales o departamentos de tercera categoría extraviados en el laberinto de pasillos de las universidades progres. Y, así, el discurso histórico mantiene de hecho una contaminación antimaterialista estructural no desenmascarada, la cual silencia el protagonismo de la mitad de la humanidad y niega la verdadera intervención de las mujeres en ámbitos


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tan masculinos y excluyentes como son la confrontación política y la guerra.

somos y qué hemos hecho las mujeres a lo largo de la historia, esa Historia que nos desconoce, silencia y repudia.

La revolución historiográfica del materialismo operada en el último siglo y pico desnaturaliza e impugna aquellos relatos añejos de hazañas bélicas medievales y matrimonios que emparentaban o enemistaban casas reales. En ellos aparecía un campesinado lejano, vociferante y harapiento, con tendencia a la vagancia y la algazara, sin saber muy bien por qué, como si estuviera prescrito por su naturaleza de chusma ignorante. La opacidad respecto del desarrollo económico y social quiebra por fin con el hallazgo de la economía y la lucha de clases como el motor de la historia.

Sin embargo, tales planteamientos contribuyen a perpetuar el ghetto de la subcultura femenina, porque aceptan, a su pesar, la doctrina patriarcal de subordinación y marginalidad de las mujeres respecto del “genuino” sujeto histórico, que es el hombre. Es una historiografía que, aceptando la exclusión, elabora un discurso paralelo desde esos márgenes donde el patriarcado coloca los intereses femeninos. Y trata de validar esa marginalidad con la esperanza puesta en el cuantioso colectivo al que se dirige y defiende: la mitad de la población desheredada de la Historia.

Paulatinamente se van incorporando nuevos aspectos de la realidad a los estudios, y las modernas corrientes historiográficas analizan problemas no investigados tradicionalmente, como la situación de la mujer, la estructura familiar, la cultura popular o la función social de las creencias religiosas. Pero los intereses específicos de las mujeres, su participación en la lucha de clases, su lucha específica de género y su derrota no han sido incorporados en toda su extensión a la nueva concepción historiográfica. El materialismo nació impregnado de ideología patriarcal, no desvelada a pesar de algunos encomiables esfuerzos dedicados al análisis de la postración de la mujer; pero se concluyó que la burguesía era la única responsable de la esclavitud femenina y encendieron velas al advenimiento del paraíso socialista, que nos libraría mecánicamente de la servidumbre de género.

Es cierto que el contenido androcéntrico y sexista, cuando no misógino, de la historiografía hegemónica constituye una invitación constante al abandono y la autoexclusión, siendo ya famosas algunas de sus expresiones más elocuentes, como aquella de los nómadas, que “se trasladaban con su ganado, mujeres y enseres”, o la de aquel político que exclamó, como si fuera un halago, “¡qué gran hombre es esa mujer!”. Pero no contribuyen a la transformación del punto de vista historiográfico patriarcal, que es lo que merece la pena combatir a fin de que la Historia sea explicada e interpretada en toda su amplitud, sin exclusiones ideológicas, a fin de que la Historia se perfeccione y expulse de sus parámetros los últimos elementos idealistas contaminantes.

Algunos trabajos relativamente recientes presentan una Historia de las mujeres alternativa centrada en la vida cotidiana, los trabajos que realizan, el conocimiento ancestral de la medicina natural (sepultada por el surgimiento de la universidad sólo para hombres), la evolución que experimentan esas relaciones, el rol desempeñado en el grupo familiar, etc. Y proponen una nueva división en etapas y una cronología acorde con esta nueva interpretación de lo que es relevante para el universo femenino. La elección de estos otros parámetros de mayor significación para las mujeres, en opinión de esta corriente historiográfica feminista bienintencionada, responde a la necesidad de comprender quiénes

Para la clase obrera-campesina fue determinante la revolución historiográfica del materialismo histórico, porque le otorgó el carácter de clase social (y clase explotada), y, por tanto, con unos intereses, una capacidad de lucha, una aspiración revolucionaria y una Historia propias; es decir, que adquirió la categoría de sujeto político e histórico. Y, en esa misma medida, es importante para las mujeres ocupar su legítimo espacio en las páginas que interpretan lo que es relevante en el desarrollo social, lo que adquiere significación y lo que es insignificante para la humanidad; es importante, en definitiva, para que le sea reconocido el carácter de sujeto histórico y se abandone definitivamente el tratamiento patriarcal de animal doméstico multifunciones.


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Durante las etapas de agudización de los conflictos políticos, se lanzan a la conquista del propio espacio social amplios sectores femeninos, amparándose en las enormes posibilidades y esperanzas que un presente impugnado y unas estrucLa convulsión social conforma el turas caducas ofrecen a escenario óptimo para acometer el los sujetos que combaten derribo de las estructuras opresivas a favor de ese futuro en construcción. La convulsión social conforma el escenario óptimo para acometer el derribo de las estructuras opresivas, y las mujeres hacen su intento una y otra vez. Así ocurrió en la Francia de 1789, donde actuaron desde el principio como sujeto político, luchando en la calle y planteando sus exigencias a la Asamblea Nacional a fin de reconstruir la sociedad en general y sus lastradas vidas femeninas en particular.

Y se abrieron cien flores y compitieron cien escuelas. Los cuadernos de quejas que las mujeres de los gremios, de los salones, de los clubes políticos, de los círculos revolucionarios dirigieron a la Asamblea exigían el reconocimiento de la ciudadanía, el derecho al sufragio, al divorcio, a la enseñanza, al trabajo, al uso de las armas. Presentaron la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, constatando y denunciando que la revolución ignoraba los derechos de las mujeres. Crearon el Club de Republicanas Revolucionarias para luchar armadas contra los girondinos. Pero, una y otra vez, fueron derrotadas. Perdieron cada una de las batallas y también la guerra. El 30 de octubre de 1793 fueron disueltos todos los clubes y asociaciones de mujeres de cualquier ideología o finalidad. Todos los derechos políticos por los que habían luchado fueron desestimados, excepto el derecho al cadalso, al que hubieron de subir algunas de ellas. Y triunfó un patriarcado de corte burgués, endurecido, inflexible e impermeable a toda forma de igualdad entre géneros. Las mujeres tuvieron que grabar a sangre y fuego en su memoria la sentencia de Rousseau que las condenaba, igual que hizo el dios cristiano, al sufrimiento conyugal: “una criatura frecuentemente viciosa, y siempre con defectos, debe aprender a ser sumisa ante la injusticia y a sufrir, sin quejarse, los males que le inflija su marido”.

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Las revoluciones socialistas manifiestan el mayor y más sincero compromiso con la liberación femenina. Potencian escenarios realmente favorables a la igualdad de género, y el patriarcado se debilita batiéndose en retirada, pero sin claudicar. La experiencia de tantos siglos de implantación en contextos disímiles otorga sabiduría y la contrarrevolución patriarcal templanza. El patriarcado ataca, denuncia los estragos de la sabe esperar; y espera, pero vida cotidiana y la liberalización no por mucho tiempo, por- de las relaciones de género; y se que la resistencia de amplios hace fuerte en el orden familiar, sectores masculinos reacios su feudo más preciado a perder sus privilegios de género en la nueva sociedad se suma al elevado coste económico de unos servicios públicos necesarios para aliviar el trabajo doméstico y familiar en sociedades desestructuradas por los efectos de la convulsión y con las arcas de la Hacienda pública en números rojos Entonces, la contrarrevolución patriarcal ataca, denuncia los estragos de la vida cotidiana y la liberalización de las relaciones de género; y se hace fuerte en el orden familiar, su feudo más preciado. En él establece su cuartel general y dirige el proceso de adaptación a la nueva situación, comprendiendo que su alianza con el modo de producción debe ser renegociada a la baja, pero es mejor que perecer. La división sexual del trabajo, que aparentaba agonizar, se consolida en una versión más apacible y blanda. Y, entonces, la mujer sale nuevamente derrotada, aunque avanza posiciones. Recoge la poderosa contradicción histórica que se resiste a sucumbir y la carga a sus espaldas otra vez, se adapta, cría hijos e hijas, trabaja en la casa, cuida de las personas dependientes o enfermas, ejerce la vigilancia revolucionaria en el barrio, estudia, trabaja en el campo, en la fábrica, defiende las conquistas del pueblo como el que más y exprime todas las promesas revolucionarias mirando de soslayo al inaccesible macropoder masculino, que elabora las definiciones de la realidad desde su punto de vista androcéntrico. La mujer despliega entonces una estrategia más funcional a los tiempos de paz: aceptar la doble jornada y ejercer una presión sostenible y constante sobre la estructura social para ablandar y moldearla lentamente.


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La historiografía de las revoluciones triunfantes rinde homenaje sincero a las mujeres que tuvieron un papel destacado en la lucha y las presenta como referentes y ejemplos para las nuevas generaciones; reconoce la importancia del compromiso femenino en el proceso revolucionario y educa en la escuela para que ese compromiso alcance un grado superior. Pero no se produce la quiebra definitiva del punto de vista androcéntrico. Una revolución sabe que debe afrontar la reconstrucción de la Historia desde parámetros materialistas para eliminar el sesgo ideológico burgués o colonial, pero casi siempre desconoce que existe otro sesgo, también acientífico, además de injusto, que es el sesgo patriarcal. La Historia de las mujeres permanece inhabilitada, como si nunca antes de la revolución hubieran operado en calidad de sujeto histórico, como si fuese un hecho incontrovertible que las mujeres permanecieron al margen de los procesos significativos y relevantes, que es el sustento de la historiografía patriarcal, como si únicamente a la revolución en abstracto, y no a su propia lucha, debieran la liberación. En el caso de las revoluciones derrotadas, como ocurrió con el intento español durante la II República, además de perderse tantas vidas, tanta esperanza, todo el futuro, la justicia social, la democracia popular, etc., etc., se pierde también algo menos tangible, como es la memoria histórica de las mujeres, sepultada por un radiante patriarcado con olor de sacristía que barre todo vestigio de liberación femenina. Las fuerzas revolucionarias derrotadas carecen de capacidad, así como de voluntad, para reconocer el papelón interpretado por ese otro sujeto histórico desheredado que es la parte femenina de la clase obrera. Incluso las más destacadas protagonistas minimizan la importancia y amplitud de su epopeya antifascista, como destaca Ingrid Strobl en las entrevistas efectuadas a múltiples combatientes europeas, sorprendidas porque alguien mostrara interés por una biografía que ni ellas mismas consideran significativa. Tardan en reconstruir los recuerdos y aún más en reconocer el verdadero alcance de la participación de miles de mujeres en la resistencia armada, olvidadas por todos y negadas incluso por sus propios compañeros de partido y de lucha.

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Pero lo cierto es que miles de jóvenes españolas se vistieron el mono miliciano y partieron a la guerra. En el frente tuvieron que luchar contra el fascismo y contra las ancestrales contradicciones de género para eludir, también allí, la división sexual del trabajo que los compañeros de armas pretendían imponer como cosa natural. Y se ganaron día a día el derecho a la igualdad haciendo guardias, durmiendo en la nieve, caminando por el fango, pasando hambre y disparando contra el enemigo. Incluso después de la expulsión de las mujeres del frente, muchas se quedaron, como Mika Etchebéhere, que continuó al mando de su columna una vez integrada en el ejército regular, como La Dinamitera, que recorría las trincheras esquivando balas para distribuir y recoger las cartas con la única mano que salvó de la explosión, como Julia Manzanal, a la que llamaban Chico, como Fidela Fernández, como tantas otras. Mujeres Antifascistas debatió las dos posturas internas: una, favorable a que las mujeres lucharan en el frente, y, otra, partidaria de que se mantuvieran en la retaguardia. Pero, cuando el PCE tomó postura a favor de la retaguardia, se cerró el debate. Durante los primeros meses de la guerra, la izquierda revolucionaria hizo llamamientos vehementes a las mujeres para que se alistaran voluntarias y la propaganda ensalzaba la figura de la miliciana. Pero, después de la expulsión, lanzaron campañas de desprestigio y recriminación basadas en la necesidad de suplir a los varones en la producción y en la idea supersticiosa de que las únicas mujeres del frente eran prostitutas, haciéndose eco de aquel singular pensamiento de la España fascista. Las mujeres sostuvieron la producción con sobrada eficacia y dignidad, esa labor masculina, ardua y compleja para la que no estaban capacitadas en tiempos de paz. Otras muchas se alistaron en el Batallón del talento (del Quinto Regimiento) para la defensa republicana desde la poesía y las canciones, en las guerrillas del teatro, que montaban funciones propagandísticas itinerantes en los puestos avanzados de la guerra, y también en el teatro de trinchera, como el de Alberti, de genuina vocación agitativa. Muchas mujeres tuvieron un papel destacado en los medios de comunicación, dirigiendo publicaciones, como la revista del


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Socorro Rojo, “Ayuda”, por María Teresa León; o escribiendo artículos de tanta resonancia como el de Margarita Nelken “Ni perdón, ni olvido”; y también en las milicias de la cultura, que se trasladaban a los frentes para alfabetizar a los soldados, y en la Alianza de Intelectuales Antifascistas. ¿Y a dónde fue a parar toda esa ruptura con la perfecta casada española, además de a las cárceles como Las Ventas, en la que se hacinaban doce mil reclusas y fusilaron a las trece rosas y a mil doscientas revolucionarias más? ¿A dónde fue a parar esa parte de la realidad si no se halla en los libros de historia ni se estudia en la escuela, a pesar de haber sucedido y constituir un capítulo relevante en el devenir de la humanidad? Dice Engels, analizando la situación de la clase obrera en Inglaterra, que “el empleo de mujeres con frecuencia rompe la familia, porque si la esposa trabaja doce o trece horas diarias en la fábrica y el marido trabaja el mismo tiempo, ¿qué ocurre con los niños?”. Obviamente, es un planteamiento incorrecto y sesgado de corte patriarcal. Presume que la organización interna de la familia y el cuidado de niños y niñas es responsabilidad natural exclusiva de la mujer, sin explicar por qué, naturalizando una división sexual del trabajo, que no puede ser más que social. Los prejuicios de la ideología patriarcal siembran un camino de errores metodológicos y analíticos que refuerzan el sistema de dominación y explotación femenina (cuya base material es la ingente cantidad de trabajo que se vende más barato en el mercado laboral o que se realiza gratuitamente en el ámbito familiar). Una consecuencia inmediata es la inhabilitación parcial de las mujeres para intervenir en todos los ámbitos de la sociedad y del poder. La concepción materialista de la Historia nació contaminada de ideología patriarcal y excluyó de sus parámetros la contradicción entre los géneros por considerarla inexistente, irrelevante o burguesa. Como consecuencia, se mantiene una fuerte presión ideológica tendente a minimizar la intervención de las mujeres en las luchas y en la historia, reconociendo únicamente unos cuantos casos memorables de mujeres excepcionales (aquellas biografías difíciles de ocultar), pero que no alcanzan para declarar el carácter de sujeto histórico colectivo

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ganado en la guerra, en la producción, en la reproducción, en la familia y en la vida cotidiana. La rehabilitación de las mujeres como sujeto histórico es la gran cuestión pendiente de resolución en el campo del materialismo histórico, contemplado por la especialidad historiográfica del conocimiento bajo el prisma idílico de las ciencias acabadas. Las dificultades con que vamos a tropezar en la reconstrucción de esa Historia incompleta son aún mayores que las superadas por las revoluciones historiográficas precedentes. Pero es una elaboración igualmente realizable, inexcusable y necesaria.


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Belén Castellanos Rodríguez Asamblea de Mujeres de La Rioja

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esde los tiempos de la transición hasta nuestros días, la historia social de España ha sido una continua sucesión de esperanzas fracasadas, que ha acabado cristalizando en un triste escepticismo y despolitización de la ciudadanía. El panorama sociopolítico se ha tornado espectáculo sofista de complacencia, impostura e invención de conceptos vacíos, espectáculo asumido cada vez más abiertamente por los políticos profesionales con creciente ironía y desvergüenza. Sin embargo, cada uno de los gobiernos que ha ido sucediéndose, ha buscado una especie de fundamento primordial que le diera un sentido preciso y que funcionara en el imaginario popular a modo de slogan. En el caso del PP, fiel a la tradición de la derecha más brutal, este fundamento ha sido la generalización del miedo y la reacción contra el enemigo interior y exterior, promocionando así sentimientos de unidad nacional basados


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en el odio a lo diferente en general y a cualquier cosa que pudiera representar un modo de vida u organización social alternativo. El segundo gobierno del PSOE, por su parte, ha buscado un fundamento que, por un lado, limpiase la imagen de traición el matrimonio gay, que y corrupción de su primer gobierno, y, sirve para afianzar la por otro, inventara la linde de demarinstitución matrimonial, cación con respecto a su derecha en la en creciente desprestigio oposición, sin comprometer, por ello, ni un ápice el sistema capitalista y neoliberal a ultranza. Este fundamento ha sido el del “buenrollismo” populachero dentro de un estrecho marco de políticas sociales. El PSOE se ha autoproclamado vengador de los discriminados. Pero si algo caracteriza a este gobierno es la superficialidad y la frivolidad perfectamente medidas para desplazar las verdaderas problemáticas del país. Uno de sus empeños más fuertes es el de aparecer ante la opinión pública como el partido del feminismo y de la lucha por la liberación de la mujer. Sin embargo, los derechos del colectivo gay y de las mujeres que se han puesto en funcionamiento tan sólo cubren, y como mucho, preocupaciones específicamente aburguesadas. Así, se ha preferido poner sobre la mesa el matrimonio gay, que sirve para afianzar la institución matrimonial, en creciente desprestigio, dándole un barniz de modernidad, y potenciando el consumismo hacia nuevos mercados y espectáculos, antes que sacar a la luz la problemática gay, que, lejos de la televisión y los escenarios, se vive en las fábricas, en el medio rural, en las escuelas, en los centros de salud y tras la enfermedad del SIDA, que se sufre habitualmente en términos de desprotección, estigmatización y pauperización. Y es que atajar estos problemas implica financiación pública y no sólo palabras, intenciones y ceremonias. Recordemos, además, que el matrimonio de por sí es una institución opresiva para la mujer. De ello hay muestras en una buena lista de estudios antropológicos. Sabemos que la institución familiar que trata de fundar es el marco fundamental en el que se reproduce la discriminación hacia la mujer. El matrimonio, y la familia que se diseña a partir de él, suponen un acuerdo económico, y, en ese acuerdo económico, se perfilan unos repartos de tareas, incluyendo tareas afectivas y comunicativas, adaptadas a un sistema econó-

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mico también opresor. Se produce también la represión sexual como contrato de exclusividad en la pareja y como modo de educación hacia los hijos. La familia no sólo es unidad económica de consumo, sino también de producción de orden, de afectos y de construcción personal. La familia se propone como el lugar en el que finalmente descansa la propiedad privada y se modeliza de acuerdo con ella: la mujer y los hijos aparecen como propiedad privada, y ésta será la forma de inocular este patrón incluso en las relaciones interpersonales. No entendemos el matrimonio gay como una amenaza, al modo en que lo toma la derecha más extrema, ni nos molesta. Creemos que la igualdad es buena, pero siempre y cuando no sea una simple tendencia a la homogeneización. En el matrimonio gay, tal como se ha tratado, no vemos más que una extensión de los patrones heterocentrados y de la familia ideal-occidental, a partir de la cual poder reducir al mínimo todo aquello que se sale de la norma. Lo mismo ocurre con el tratamiento de la problemática de la mujer: es un abordaje hipócrita e inútil que sólo ha servido, a nivel de conciencia, para oponer falsamente los intereses de la mujer a los de la clase trabajadora, haciendo pasar por política feminista los proyectos regionales y municipales de mujeres empresarias, y a los del colectivo inmigrante, bajo la consigna repetida hasta la saciedad, de una u otra manera, de que el problema del machismo es un problema que viene de fuera, de otras culturas que estorbarían el natural progreso de la nuestra. En términos realistas, resulta que, haciendo balance, desde la transición hasta ahora, en lo referente a la situación legislativa de la mujer, no ha habido ningún avance substancial, sino el de recuperar los derechos conquistados en la República, derechos entre los cuales destaca el sufragio femenino y el divorcio. En los últimos años se ha querido aparentar un progreso en esta línea por parte del gobierno con la promulgación de las leyes de igualdad, dependencia y violencia de género. En la ley de igualdad no se plantea una verdadera liberación de la mujer, sino, como mucho, una invitación a que la mujer adopte el rol masculino. No se atiende a las verdaderas necesidades específicas de las mujeres. No encontramos en esta ley una verdadera feminización de las condiciones laborales, tales como una baja por maternidad mucho más


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amplia, construcción de guarderías cercanas a los espacios laborales, acomodación de horarios, etc. Vivimos en un país en el que se espera que las abuelas se encarguen del cuidado de los hijos y, así, de nuevo, el Estado capitalista, puede disimular y aprovecharse de un trabajo que en ningún momento se va a remunerar ni a reconocer. Ninguna mujer puede desarrollar su maternidad y a la vez competir con los hombres en el mercado. La ley de igualdad sólo rige, además, en lo referente a contratación más o menos paritaria, para empresas de más de 250 empleados. Sin embargo, muchas personas tienen que buscar trabajo en empresas menores, donde los empresarios impunemente descartan a mujeres en edad fértil, o sea, a mujeres en edad laboral. De hecho, ninguna mujer puede desarrollar los valores que puede ofrecer al mundo y, al mismo tiempo, ser reconocida socialmente. Hay una reivindicación irrenunciable del feminismo, que es el potencial femenino para proponer una renovación general en el modo de relacionarnos y de estructurar la producción y la vida. Nada tiene que ver con esta reivindicación la paridad de las mujeres para ocupar los puestos de mercenarios, maltratadores y explotadores. El potencial de la liberación feminista es revolucionario en cuanto que trata más bien de desactivar estas fuerzas reaccionarias y reproponer modos sociales. Vivimos en un mundo en el que el sector servicios ha ido tomando un progresivo protagonismo en la esfera productiva y económica. Una gran parte de lo que se había identificado como tarea reproductiva aparece hoy como trabajo, y el capitalismo se ha propuesto producir afectos y ponerlos en circulación en el mercado. Sin embargo, todavía encontramos un enorme número de mujeres que realizan a diario este trabajo (paren hijos, procuran cuidados a niños y ancianos, limpian, cocinan, enseñan, coordinan todo tipo de tareas 1) Anna Bosch, Cristina Carrasco y Elena Grau: “Verde que te quiero violeta. Encuentros y desencuentros entre feminismo y ecología”, p. 19: “Sin embargo, tanto este personaje como el sistema económico oficial, sólo pueden existir porque sus necesidades básicas –individuales y sociales, físicas y emocionales— quedan cubiertas con la actividad no retribuida de las mujeres. De esta manera, la economía del cuidado sostiene el entramado de la vida social humana, ajusta las tensiones entre los diversos sectores de la economía y, como resultado, se constituye en la base del edificio económico. En particular, las mujeres actúan como “variable de ajuste” para proporcionar la calidad de vida a las personas del hogar, siendo seguramente su propia percepción la mejor medida de la calidad de vida de dichas personas” (http://www.ecodes.org/pages/publicaciones/historia_cuenta_epilogo.pdf).

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domésticas, reinventan modos de comunicación, etc.) en condiciones de economía sumergida(1). En su caso, no vale la pena medir la tasa de explotación a la que están sometidas porque es integral. Esta falta de reconocimiento salarial hacia el valor y la riqueza social que generan, no les afecta sólo a nivel económico sino que además dificulta su proceso de auto-concienciación como trabajadoras. La sociedad capitalista en la que estamos les ha hecho creer que todas estas tareas que desarrollan no son más que obligaciones biológicas y las confunde culpabilizando a toda aquella que pretenda un reconocimiento salarial por lo que, parece ser, deben hacer gratuitamente. Sin embargo, un alto grado de implicación sentimental no elimina el estatuto de trabajo de actividades como el cuidado. En el otro lado, encontramos que, para muchos hombres, pero también para muchas mujeres, en el reto de “llegar a ser hombres”, las actividades afectivas y dedicadas al cuidado de otras personas son consideradas como indignas o rebajadoras del prestigio(2). Por ello, lo que se debe reclamar no es sólo el reparto sexualmente indistinto de estas tareas, sino, fundamentalmente su reconocimiento sociolaboral. En ningún momento la ley de dependencia hace frente a este problema porque ni siquiera lo reconoce como lo que es: un problema del anticuado estatuto de trabajo. Lo que hace esta ley es desplegar un código de beneficencia que dispone una serie de paliativos, a los cuales, además, sólo se accede en el caso de partir de una situación prácticamente de indigencia, ya que, de lo contrario, estos servicios deberán ser abonados, y, ello, tras unos trámites burocráticos sumamente dificultosos y temporalmente largos. Pero lo más irónico es que las entidades previstas para proporcionar estas prestaciones tienen carácter mixto público-privado con una clara tendencia privatizadora. Además, dentro de una visión conservadora de la realidad y de los deberes sociales, los permisos retribuidos para atender a personas enfermas del entorno, no salen del marco familiar 2) En cualquier caso, el no reconocimiento y la no remuneración de este tipo de trabajos produce una desigualdad cada vez más acusada no ya sólo entre sexos, sino entre clases sociales, en el sentido riguroso de la palabra, ya que se considera signo de triunfo el poder despreocuparse de la atención humana hacia las personas que nos rodean. El trabajo doméstico acaba siendo bien una imposición, bien una elección laboral no reconocida social ni económicamente.


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(recordemos que bien podría ser el caso de un amigo o, incluso, de una pareja sentimental)(3). En cuanto a la ley de violencia de género, se materializa en: la impartición de unos contenidos curriculares de carácter transversal en colegios e institutos referidos al desarrollo de habilidades para la resolución pacífica de conflictos, al estilo de la psicología empresarial, que, por supuesto, no haga mención de la raíz económico-patriarcal del machismo y del sexismo; el control estatal, vacío, impotente, sin criterio y carente de una formación teórica feminista para la eliminación de estereotipos, de unos estereotipos que, sin embargo rigen en las propias representaciones político-institucionales (sólo hay que ver a las ministras del actual gobierno); el establecimiento de derechos pobres y superficiales para la víctima, como el que garantiza su movilidad geográfica, reservándole el puesto de trabajo o la extinción de contrato, de tal manera que puedan disfrutar el mero derecho a paro que le corresponda o la escasa bonificación equivalente a seis meses del mismo, si es imposible su reinserción en el mercado laboral; e introducción de un nuevo agravante penal en los delitos de asesinato y agresión: cuando la víctima sea esposa o pareja del agresor. Tras el pompo nominal de esta ley no hay ni una pedagogía social respecto al problema ni un poner en evidencia el verdadero carácter y origen de la violencia de género, que se ejerce no sólo en la pareja, sino en casi todos los estratos de la vida social ni, por supuesto, una partida presupuestaria seria que permita a las víctimas hacer habitable su vida. 3) Creemos incluso que la denominación de esta ley, haciendo referencia a personas dependientes como si tal cosa fuera una especificidad minoritaria y no constitutiva de todo ser humano, no hace sino ahondar en el mito ideológico-burgués de la autonomía individual. En este sentido afirma María Jesús Izquierdo, de la Universitat Autónoma de Barcelona, en “La solidaridad y los intereses en la base de la ciudadanía”, p. 3: “Para empezar, una sociedad auto constituida por individuos es ficticia, un mito, como la pretendida autonomía y autosuficiencia del ciudadano. El individuo y la pretendida autonomía sólo son viables en tanto haya un espacio regido por la solidaridad y por el compromiso (…)La ficción de que el individuo es autónomo depende de la consistencia de dos figuras: el hombre en tanto que cabeza de familia y proveedor de medios de vida, y la mujer en tanto que ama de casa, cuidadora de las personas dependientes y de las personas que desarrollan su trabajo fuera de casa” (http://147.83.75.104/Doc/cols_new/contenidos/downloads/obtener?id=160& artcl=2&artcr=2)

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Para acabar, nos llama muchísimo la atención que un gobierno como el que tenemos, que pretende abanderarse con el lema del laicismo y de las libertades civiles, no haya verdaderamente mostrado intención alguna de modificar la ley del aborto. La tipificación del aborto como delito, junto con los tres supuestos de permisividad, deja ver un modo moralista y reaccionario de legislar, ya que no necesitamos un análisis muy extenso para notar que lo que pretende culpabilizar son las relaciones sexuales libres. Si bien estos supuestos facilitan la opción de interrumpir el embarazo, en lo teórico son absolutamente perversas e hipócritas, puesto que, al mismo tiempo que toman el aborto como un atentado contra la vida humana, abandonan tal consideración en el caso de ser el hijo fruto de violación o portador de algún tipo de malformación, en cuyo caso parece ser que ya no merecen el respeto y estatuto de humanidad. Si añadimos que el médico puede decidir no practicar un aborto de acuerdo a la objeción de conciencia, nos encontramos con la situación real: las mujeres, aún dentro de los supuestos, tienen que acabar abortando en clínicas privadas para evitar todo el enrarecimiento y atmósfera inquisidora que se crea en torno a tal decisión, que ya de por sí es difícil y no supone una fiesta para la afectada. La doble moral redunda, como siempre, en un enriquecimiento empresarial y en una precariedad de los servicios públicos, que afecta de modo especial en la clase obrera. Otra reivindicación antisexista que ha aparecido en varios frentes de lucha y a la cual también se ha hecho oídos sordos por parte del gobierno es la de la eliminación del género como dato requerible en el DNI, del mismo modo que el DNI no informa de la raza, de la orientación sexual o de la profesión. La legislación del PSOE en materia de mujer no sólo es deficiente, sino contradictoria y abstracta. En ningún caso se puede pretender que la creación de nuevas leyes periféricas y meramente ideológicas vaya a arreglar los desastres estructurales y la problemática inherente a la normativa con la que se organiza una sociedad en su aspecto vertebral, es decir, en lo que tiene que ver con la gestión productiva y de recreación de las condiciones que permiten satisfacer necesidades y vivir en comunidad. No queremos caer aquí en esa petición de principio que consiste en exigir la revolución para solventar todos y cada uno de los problemas sociales


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y para producir una conciencia social suficientemente eficaz para ello, puesto que entonces tendríamos que hablar de cuáles son las condiciones de posibilidad de esa revolución, cayendo en la cuenta de que son aproximadamente las mismas, y de que estamos proponiendo en círculo. No es conveniente, además, postular esa metafísica del antes y del después, que nos devolvería a una filosofía La urgencia real es la de crear escatológica y esperantista. Si no la revolución, la práctica espacios abiertos en los que el trabajo doméstico y afectivo revolucionaria tiene cabida en cualquier momento, ya pueda llegar a convertirse, como ha sucedido con las demás que no se trata de ninguna promesa trascendental, sino actividades productivas, en trabajo socializado, colectivizado que, inmanentemente, su tarea fundamental es habilitar los espacios necesarios para apuntalarla y renovarla incesantemente. Para ello, no vale con entender la promulgación de leyes como actividad de retaguardia, como cuerpo escrito que codifica y asienta la moral vigente mediante pequeñas y tímidas reformas, sino como actividad vanguardista, que nos permita reinventar la comunidad más allá de la creación de unos derechos individuales siempre insuficientes y abstractos respecto a la concreción de las macrosituaciones, regidas por una lógica del mercado que no es efecto del orden legal, sino condicionante del mismo. Para explicarnos un poco más, hemos de decir aquí que la institución matrimonial es uno de los más importantes obstáculos para la liberación feminista. Pero no nos referimos sólo al matrimonio heterosexual y, si apuramos, tampoco sólo al matrimonio legal, sino a todos esos amane4) Isabel Castro, Mari Luz Esteban, Arantza Fernández de Garaialde, Maria Luisa Menéndez, Isabel Otxoa, Mari Carmen Saiz (de la Plataforma por un Sistema Público Vasco de Atención a la Dependencia): “No habrá igualdad sin servicios públicos y reparto del cuidado. Algunas ideas para una política feminista”, documento de las IV Jornadas Feministas de Euskal Herria (Portugalete, 12-13 de Abril de 2008): “La responsabilidad respecto al sufrimiento y la dependencia debe pasar de ser un asunto privado a ser una responsabilidad de todos y de todas. Socializar el cuidado implica reconocernos como seres dependientes de los demás y, al mismo tiempo, comprometidos inexcusablemente con la atención de las personas que lo requieren, y asumir que el cuidado es un compromiso colectivo, responsabilidad en la que participa solidariamente todo miembro de la sociedad. El mantenimiento de la vida, con todo lo que exige, debe ser un objetivo prioritario social y político”.

Belén Castellanos

La hipocresía del PSOE en los asuntos de género

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ramientos de interrelación personal que consignan roles, estatus y condiciones en torno a estructuras nucleares, individualistas o gregarias, en las que sólo se puede ser propietario o propiedad o jugar en un triste intercambio de tales papeles. No nos parece que la integración sin más de la mujer en el mercado laboral sea la fórmula mágica. Tampoco el reparto de tareas en grupitos de a dos. La urgencia real es la de crear espacios abiertos en los que el trabajo doméstico y afectivo pueda llegar a convertirse, como ha sucedido con las demás actividades productivas, en trabajo socializado, colectivizado, libre de enclaustramientos y de chantajes emocionales y, libre, también, de la excesiva y ampulosa especialización, que parcela a los individuos estrechando sus potencialidades(4). Estas condiciones deberían ser condiciones universales de trabajo ya que, sin ellas, no es posible que hombres ni mujeres puedan realizarse y disfrutar con su contribución a la mejora social. Para ello, habría que cambiar incluso el paisaje urbanístico que habitamos(5), resistiendo esa tendencia a la atomización y a la consiguiente desconfianza y extrañamiento hacia los otros, que nos hace incapaces de solidaridad y delegación, y, por tanto de avanzar hacia la comunidad de hijos y hacia la desactivación de la división entre trabajo manual, intelectual y afectivo. También deberíamos superar el marco conceptual de la conciliación entre trabajo y cuidados, asumiendo íntegramente que la actividad dedicada a los cuidados es una actividad laboral como cualquier otra y que, en todo caso, si entendemos que desempeñar tareas de distinta índole es más enriquecedor y redunda en la democratización de las formas de vida, tal propuesta debería afectar por igual al estatuto de cualquier tarea: si la persona cuidadora debiera ser también administrativa, por ejemplo, entonces también el escritor debería ser albañil.

5) Para ampliar la información sobre interpretaciones feministas en torno al espacio urbano podemos consultar en: Inés Sánchez Madariaga “Urbanismo con perspectiva de género”, editado por el Instituto Andaluz de la Mujer.


Lucha de la mujer trabajadora imigrante en España

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LUCHA DE LA MUJER TRABAJADORA IMIGRANTE EN ESPAÑA

Asociación de Trabajadores y Trabajadoras Inmigrantes “Rosa Vivar”

H

istóricamente, las mujeres hemos tenido que luchar mucho para alcanzar independencia, libertad de pensamiento y estar un poquito al nivel de los hombres. Hasta hoy, todavía nos cuesta desprendernos de nuestros propios temores y de quienes nos reprimen con las diferentes formas de represión que han existido a lo largo de los siglos. En la actualidad, la situación de la mujer no ha cambiado mucho con respecto a la sociedad; todavía en muchos países somos consideradas objetos que cambiamos de dueño según nuestro estado civil: solteras, del padre; y, casadas, del marido, por lo que es difícil que se integre a una organización política que le haga entender primeramente que ella es un ser libre, sin ataduras, y que no tiene dueño, que puede pensar y


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tener sus ideas propias sin que influya lo que piense su padre o marido, luego que le ayude a comprender cual es su sitio en la sociedad, que no sólo existe para ser la criada de su marido y de sus hijos, que puede desarrollarse, educándose, profesionalmente, organizándose para buscar mejoras para el bienestar de su familia y del suyo propio. En los países desarrollados, cuando la mujer ha empezado a liberarse de sus yugos, con el tiempo ha caído en el otro problema, como es el libertinaje, porque tampoco se plantea la necesidad de buscar una orientación política que le ayude a entender qué es lo que le ofrece la sociedad y cómo afrontarla sin caer en las excentricidades, como sucede en los actuales momento. Al referirnos a la inmigración, debemos decir que la masiva inmigración se produce en el año 2000, y es la mujer ecuatoriana la que primero viene en busca de mejoras para su familia (muy pocos son los hombres que se arriesgan a emigrar), y se intensificó a España porque se presenta ante Latinoamérica como un país desarrollado, muy humanitario, consciente de que nos une la historia, porque es un país que sus gentes también tuvieron que emigrar cuando lo de la guerra civil y lo hicieron para América del Sur, en donde fueron acogidos en las mejores condiciones; con mucha cultura, porque, siendo la cuna de grandes poetas, pintores y cantautores, no podía ser lo contrario; por su educación, siendo la cuna de la lengua castellana, y, con el mismo idioma y dialectos, era más fácil para comunicarse y adaptarse a una tierra que nos abría sus puertas hacia nuestros objetivos: conseguir un empleo digno para poder sobrevivir y ahorrar para mandar a los nuestros, que quedaron en casa con lo justo. En Ecuador, empezaron a aparecer los que ofrecían, a cambio de dinero, un sitio donde alojarse en España. Pero los costos, tanto del billete de avión como de un provisional alojamiento, no están al alcance de nuestros bolsillos, muchas familias hipotecaban su escaso patrimonio para cubrir los costos que representaban el viaje. En principio, la mujer que emigró (teniendo cualificación profesional) fue la que perdió su trabajo en su país y su marido tampoco tenía un trabajo estable.

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Al llegar a España, no hay nada de los ofrecimientos, eran, como siempre, estafadores, que se aprovechan de las necesidades de las personas para hacer su agosto, y, en los mejores casos, el ofrecimiento era a medias y, luego, a buscarse la vida como pueda -no sirve de nada la cualificación, porque los únicos trabajos que podíamos desempeñar son los de servicio doméstico, de interna en una casa de familia opulenta, aguantando, en muchos casos, el maltrato de personas racistas, jornadas de trabajo extensas e, inclusive, en nuestras horas de descanso, por la noche, levantándonos para satisfacer algún capricho de los patrones o hijos de estos, restringidos en la alimentación, como en la época esclavista, en la que los esclavos no podían comer la comida de sus amos, sin ningún derecho a un seguro de salud, inclusive a riesgo de que si no le da la gana a los señores pagarnos cuando llega el fin de mes, hacerlo, y echarnos a la calle con insultos y comparándonos con delincuentes o prostitutas, experiencias contadas por mujeres que han sido víctimas de acoso sexual, porque creen equivocadamente que al haber dejado a nuestros maridos lo que venimos a buscar es eso, y sin decir nada, para que no nos delaten a la policía de inmigración, no nos detenga y nos mande de regreso, incluso hasta para comunicarnos con nuestros familiares lo hacíamos a escondidas, suplicio que terminaba cuando encontrábamos a alguna persona solidaria que quisiera arreglarnos los papeles para poder buscar un mejor empleo. Hoy en día, a la mayoría de mujeres inmigrantes se las encuentra en otros trabajos, como en limpieza, cuidadoras en residencias de ancianos o similares, servicio de ayuda domiciliaria en empresas que tienen convenios con los Servicios Sociales de las Comunidades Autónomas, sin ningún tipo de cualificación. Incluso, ni siquiera el Ministerio de Educación nos convalida los títulos a tiempo para seguir preparándonos o, a su vez, poder emplearnos en algo relacionado con nuestra profesión. Mientras, nos vamos dando cuenta de la realidad y que lo maravilloso que nos imaginamos no existe, nos encontramos con una sociedad consumista, poco preparada, mal educada y, en su ignorancia, sobrevalorada, la sabelotodo que ya no necesita aprender más, que


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desprecia la riqueza cultural con la que venimos y que contribuiríamos en la diversidad social. Vemos, con mucha tristeza, que, siendo en Europa donde se han producido los mayores cambios sociales que se iniciaron a primeros de siglo XX con la Revolución Soviética, las experiencias vividas en la Segunda Guerra Mundial y, concretamente en España, la Guerra Civil, la izquierda no haya aprendido nada, esté cada vez más desunida y debilitada, bailando al son que le toque uno u otro partido político burgués. Permitiendo y siendo cómplice de la pérdida de los derechos alcanzados por miles de mujeres trabajadoras y luchadoras, que fueron sacrificadas por la mano opresora. Cuando tendríamos que estar unidas desarrollando, primero, nuestras conciencias de obreras oprimidas y, luego, crear conciencia en las demás mujeres y participar con los trabajadores, sin feminismos baratos, en la lucha por defender nuestros derechos. Nos critican que venimos a hacinarnos en pisos -que los llaman “pisos patera”- cuando, después de la Guerra Civil de España, familias enteras (abuelos, padres, hermanos, tíos, sobrinos, etc.) se hacinaban en un solo piso para poder subsistir la hambruna que quedó después de la destrucción, en la que muchos perdieron sus viviendas -ya de esto, los que lo han vivido, no se acuerdan o lo quieren olvidar. Sólo ayudándonos se puede salir adelante, y los jóvenes, que ni siquiera aún habían nacido en esa época, lo ignoran; y a muchos les suena como cuento chino y nada más. El hacinamiento no es sinónimo de inmigración, sino de bajos salarios, de especulación en la venta de pisos, de falta de fuentes seguras de trabajo, de contratos basura, de una gran oferta de mano de obra barata inmersa en el mercado sumergido por falta de permisos de trabajo; inmigración tampoco es sinónimo de delincuencia; al contrario, muchos actos delictivos no podemos denunciarlos por miedo a que nos regresen a nuestro país las autoridades de inmigración. La mujer inmigrante no tiene alternativa, tiene que necesariamente coger el trabajo que le ofrecen por muy precario que éste sea, porque

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tiene que subsistir y ahorrar para mandar a su familia, y, si está con ella, mantenerla, de lo cual se aprovecha el empresario para bajar más los salarios y aumentar la jornada laboral, de esta manera hacernos competir con la clase obrera española, poniéndonos en contra, para él sacar ventaja y jugosas ganancias. Se ve obligada a tener más de un trabajo, lo que quiere decir que la familia va desapareciendo, los hijos no tienen quién los cuide o, incluso, cuando son pequeños, se ve obligada a dejarlos encerrados para poder irse a trabajar y ser sometida a las críticas malintencionadas de los medios de comunicación, tachándola de deshumanizada con una serie de epítetos discriminatorios. Somos objeto de extorsión por parte de entidades financieras sin escrúpulos, aprovechándose de nuestra debilidad y nuestra ignorancia en cuestiones de leyes y derechos que nos asisten, envolviéndonos con su zalamería y su sonrisa irónica, haciéndonos soñar y endeudándonos a su conveniencia, hipotecamos toda nuestra vida útil como trabajadoras, y de nuestros hijos como los continuadores de la deuda, por un derecho como es el de la vivienda. Para esta sociedad los extranjeros que vienen a España procedentes de países desarrollados no son considerados inmigrantes, así se hagan intervenciones quirúrgicas en la seguridad social con costos elevados que en sus países no se pueden permitir; pero nosotros, como venimos de países pobres, que venimos a trabajar y a ganarnos el pan para nuestros hijos, sí ocasionamos gastos a la seguridad social, aunque todos los meses la pagamos con nuestros salarios, produciendo un superávit de más de cinco mil millones de euros el año anterior. Mientras no haya un trabajo estable, un salario acorde a las necesidades, una educación científica que le permita desarrollarse e integrarse profesionalmente, el derecho a la salud pública gratuita, no podemos hablar de igualdad. Analizando todo el contexto que hemos desarrollado, podemos decir que la mujer trabajadora inmigrante no se integra ni participa en ninguna organización social, política y económica formalmente.


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En nuestro país, la educación es clerical, es decir que la única forma de organización la conocemos en las procesiones de la iglesia por semana santa o cuando el papa ha visitado nuestro país, pero, al desfile del día del trabajador, cuando se trata de reivindicar nuestros derechos, ni nos enteramos: saldrán nuestros padres o nuestros maridos pero nosotras quedamos en casa con nuestros hijos. Cuando emigramos, la vía para buscar trabajo son las ONG`s solidarias, que disponen de bolsas de empleo -algunas pertenecen a la iglesia y otras son privadas o concertadas. Como veis, las cosas no cambian mucho, seguimos metidas en las iglesias o en instituciones que tengan referencia a la religión que profesamos (en este caso, la católica) y empezamos a vivir de la caridad, a pedir comida y ropa usada, lo que los gobiernos han promovido y han aplaudido de sobremanera, acordándonos que el subdesarrollo de nuestros pueblos se produce de la misma manera: nos pagan salarios baratos, sobreexplotan nuestros recursos, sacan inmensas cantidades de dinero en beneficio de empresas transnacionales y, en compensación a ello -y frente al hambre, la desnutrición, el analfabetismo, la insalubridad que viven nuestros pueblos-, nos entregan ONG`s. Muchas mujeres, cuando han podido, se han independizado de esta atadura y empiezan a vivir dignamente, de su trabajo, pero otras, puede decirse la mayoría, se han dejado atrapar por la forma de vivir de la mujer obrera española, a preocupase de estar al día en la prensa rosa, de que sus días libres la pasen de cuchicheo, de no perderse un fin de semana en la discoteca bebiendo y bailando hasta el amanecer, le dan un giro a su vida de 360º, que muchas terminan desbocándose y perdidas en el laberinto de su propia locura, sobre todo las jóvenes. Necesitamos elevar la conciencia de la mujer inmigrante, la mujer trabajadora: seguimos estando en los puestos de trabajo cada vez menos cualificados, con salarios precarios, horarios interminables e infernales, atrapadas en préstamos hipotecarios con cuotas mensuales más caras, pero también cabe indicar que esto lo compartimos con los trabajadores y trabajadoras españoles, porque las crisis nos afecta a todos los trabajadores y pobres, seamos de donde seamos.

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Hoy, los trabajadores nos enfrentamos a una nueva situación, el temor de ser despedidos del puesto de trabajo, aceptando condiciones más precarias todavía, tragando todo para no ser objeto de despido. Hoy más que nunca necesitamos reconocer que los problemas no son individuales, que la lucha individual y aislada a lo único que nos llevará es a ver cómo cada vez hay más pobreza y cada vez más concentración de riqueza en manos del que más tiene.


Adriana Lopera

Derecho al aborto

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VICTORIA EN PORTUGAL EN LA LUCHA POR EL DERECHO AL ABORTO

Adriana Lopera Miembro del Bloco d’Esquerda de Portugal

Para entender la historia de la lucha por el aborto en Portugal hay que tener en cuenta tres fechas fundamentales: – Año 1982: se aprueba la primera ley que regula el aborto; hasta esta fecha estaba totalmente prohibido. El aborto pasa a ser permitido en caso de violación, por malformación del feto y en caso de grave problema de salud para la mujer relacionado con el embarazo. – Año 1998: se realiza el primer referéndum sobre el aborto. – 11 de Febrero de 2007, fecha en que se realiza el segundo referéndum. La lucha por el derecho al aborto tiene ya muchos años en Portugal. El movimiento feminista portugués siempre tuvo el aborto como tema central de la lucha; ésta fue, durante muchos años, la piedra en el camino


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del movimiento feminista, era una lucha tan importante como básico es el derecho a abortar para el conjunto de las mujeres. En 1998, un 28 de junio, un día de sol radiante, en que las playas de la costa portuguesa estaban a rebosar, se realizaba el primer referéndum sobre el aborto. La abstención ganó, un 70%. El NO tuvo el 51% de los votos frente al 49% del SI. La ley no cambió. Una mujer podía ser sometía a pena de dos años de prisión si se arriesgaba a someterse a un aborto fuera de los casos establecidos en la Ley de 1982: a) Si supone peligro de muerte o de grave lesión para el cuerpo o para la salud física o psíquica de la mujer; b) si hay motivos seguros de que el feto sufre de forma incurable alguna enfermedad o malformación; y c) si el embarazo es resultado de crimen contra la libertad y autodeterminación sexual. Durante todos estos años, las mujeres que no eran violadas, que no tenían problemas de salud y cuyo feto no estaba bajo peligro inminente de muerte o malformación, no podían abortar en buenas condiciones sanitarias. Las mujeres que no deseaban ese embarazo y decidían abortar tenían que recurrir al aborto clandestino en Portugal o, si tenían dinero, recurrían a las clínicas privadas de España. La clínica más conocida era la Clínica los Arcos, en Badajoz (la secretaria de la clínica incluso atendía el teléfono en portugués), donde muchas mujeres portuguesas se encontraban en su sala de espera. Para las mujeres que se sometieron al aborto clandestino dentro de Portugal hubo juicios, condenas, persecuciones, muertes y muchos internamientos hospitalarios por complicaciones graves de un aborto mal realizado. Era una situación insostenible, sobre todo a partir del momento en que los hombres pasaron a ser también juzgados, ya que la ley criminalizaba no sólo a la mujer, sino a todas las personas que la ayudaban a realizar el aborto en Portugal: a la madre, por haber llamado por teléfono; a la matrona; al padre, por pagar el aborto; al taxista, por hacer el transporte... En 2005, salimos a la calle a recoger firmas, una a una, para la realización de un nuevo referéndum sobre el aborto. Eran necesarias 150.000

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firmas para que el Parlamento portugués se pronunciase sobre el asunto. En ese momento, se relanzó el debate en los medios de comunicación y en la sociedad en general. Conseguimos, después de casi cuatro meses, las firmas necesarias; las presentamos en el Parlamento y la solicitud de referéndum fue rechazada. Gobernaba el PSD, con Duräo Barroso como primer ministro. En las elecciones generales gana el PS, que, en su programa, llevaba la propuesta de la realización de un nuevo referéndum sobre el aborto. En 2006, se propone, y se lleva a cabo el 11 de febrero de 2007. Partidos de izquierda y movimientos de ciudadanas y ciudadanos participaron activamente en la campaña por el SI. La pregunta era la siguiente: “¿Está de acuerdo con la interrupción voluntaria del embarazo hasta las 10 semanas, por opción de la mujer, en establecimiento legal de salud?” La campaña por el SI en el referéndum de 11 de febrero de 2007 tuvo un contexto bien diferente del de 1998. La realidad se encargó de demostrar que los principales argumentos de los defensores del NO eran mentira: los anti-opción tenían como argumento, en 1998, que ninguna mujer había sido nunca juzgada ni encarcelada por aborto, pero después hubo mujeres perseguidas, juzgadas y condenadas. La negación de la diferencia entre maternidad y sexualidad se presentaba como base de aquella ley incriminatoria. Cambiar la ley era una contribución esencial para dar a las mujeres el derecho de ser ciudadanas efectivas, negando la idea de ser seres inferiores que no podían tomar decisiones ni siquiera sobre su propio cuerpo. Esta campaña fue la campaña más dura que la izquierda nunca enfrentó, la campaña contra el reaccionarismo, contra los moralismos de la Iglesia Católica y por uno de los factores fundamentales para la emancipación de las mujeres. En la campaña participaron partidos políticos, como el PS, en el gobierno, el Bloque de Izquierda, el PCP y cinco movimientos de ciudadanas y ciudadanos que se organizaron por el SI, así como el Movimiento Democrático de Mujeres. También Médicos por la Opción, el más importante de todos, porque fue el que fortaleció al SI, siendo lo que


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faltó en el 98. Un movimiento compuesto por médicos/as, enfermeros/ as, psicólogos/as e investigadores/as en el área de la ciencia y de la genética, que se pronunció sin pudor sobre la necesidad de acabar con el aborto clandestino, con las infecciones, con los internamientos, por una práctica seria, en condiciones, realizado en el sistema público de salud y por la planificación familiar eficaz. Cada movimiento tuvo que recoger 5000 mil firmas para poder hacer campaña, para poder tener un panfleto, tiempo de antena, carteles... Este trabajo fue uno de los más importantes de la campaña: estar en la calle y hablar con las personas sobre aborto para que firmasen y permitiesen que estos movimientos pudiesen tener voz y voto. La campaña tenía varias posibilidades de ser abordada; podíamos hacer una campaña feminista, una campaña victimista, defensiva, ofensiva… El NO tenía variados argumentos: la cuestión de la vida, de la familia, que el aborto pasara a ser un método anticonceptivo… Las fuerzas conservadoras enfocaron el debate con propuestas sobre la continuidad de la ley, pero sin una aplicación efectiva. Era un discurso hipócrita. Nuestro discurso se oponía a esta “cultura de la tolerancia”, que hace de la mujer una víctima, a la vez que se arroga el estatuto de redentora de la moral social impuesta. La denuncia del extremismo persecutorio contra las mujeres y la lucha contra la abstención estuvieron en el centro de nuestras preocupaciones. Pero nuestros argumentos fundamentales fueron dos: la cuestión del aborto clandestino y la de la pena de prisión de dos años para la mujer que abortase. Gracias a los Médicos por la Opción, salieron en los medios de comunicación casos de mujeres muertas por aborto clandestino, una de ellas tenía 12 años; estas noticias impactaron a la sociedad. Anteriormente, en Aveiro, ciudad del norte de Portugal, y en Damaia, se habían realizado juicios a mujeres, jóvenes, en su mayor parte, y de barrios pobres. Fueron juzgadas en la plaza pública, condenadas con penas impuestas que finalmente fueron absueltas todas, excepto la matrona, que realizaba los abortos y que, la mayoría de las veces, no cobraba nada.

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Eran argumentos y hechos fuertes que pusieron al campo del NO en una posición defensiva. Al final, ¿quien mata a las mujeres con el aborto clandestino?, ¿quien las pone en la cárcel? El discurso de la vida y de la ley que nunca se aplicó cayó por tierra. El 11 de Febrero de 2007 fue un día de nervios, de expectativa, de deseos de vivir en un país más justo y en una sociedad más libre La respuesta de los portugueses y de las portuguesas fue: 59%, sí; 41%, no; y una abstención del 60%. El SI ganó y se introdujo un nuevo punto en la ley: “El aborto es legal si es realizado por opción de la mujer en las primeras 10 semanas de embarazo”. Este punto fundamental permite que las mujeres aborten en Portugal, por opción de ellas mismas, de forma gratuita, en el sistema nacional de salud, hasta las 10 semanas. Teniendo en cuenta que el 85% de las mujeres que abortaban en Portugal por año lo hacían antes de las 9 semanas, este parágrafo de la ley permite que la mayor parte de los abortos se realicen, a petición de la mujer, en condiciones de salud adecuadas y de forma gratuita. En marzo la ley estaba aprobada y en julio se practicaban los primeros abortos de toda la historia de Portugal por opción de la mujer en el sistema nacional de salud. La victoria del referéndum de 11 de febrero de 2007 fue el fin de la persecución de las mujeres que abortan, fue el mayor avance en la conquista de derechos sociales, sexuales y reproductivos desde el 25 de Abril del 74, fue un retroceso para las fuerzas más reaccionarias de nuestro país y el mayor golpe a la Iglesia Católica en Portugal de todos los tiempos. La victoria del SI fue un fuerte golpe a la cultura reaccionaria y autoritaria. Inició el camino para el debate y la lucha de tantos derechos negados a las mujeres basados en la lógica moralista que intenta a la fuerza estructurar nuestra sociedad. Compañeras y compañeros del Estado Español, desde Portugal, fuerza en esta lucha por derechos fundamentales. ¡Venceremos!


Zulema Facciola

Alejandra Kollontai

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ALEJANDRA KOLLONTAI: FEMINISTA, SOCIALISTA Y REVOLUCIONARIA

Zulema Facciola Movimiento de Mujeres “Juana Azurduy” (Argentina)

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n 1917, el primer gobierno revolucionario presidido por Lenin, tuvo entre sus miembros una mujer, Alejandra Kollontai, inteligente, audaz, creativa, apasionada, que durante toda su vida desafió los esquemas puritanos e hipócritas de la moral burguesa. Luchadora por el socialismo, por los derechos de la mujer, por la igualdad de los sexos, enfrentó sin concesiones al patriarcado en el seno mismo de la sociedad zarista. Combatió ese sistema vertical, donde el hombre se encuentra en la cúspide mientras la mujer es relegada a un segundo plano, donde se asignan roles jerárquicos de acuerdo al sexo: marido-esposa; padre-hija; patrón-empleada, y esto se reproduce en todos los aspectos de la vida. La Rusia plagada de miserias de principios del Siglo XX, donde abundaba la mano de obra masculina barata, donde no se necesitaba ni valoraba el trabajo de la mujer -incluso se lo consideraba una competencia desleal, por ser aún peor pagado que el del hombre-, fue el terreno donde


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germinó la rebeldía de ésta feminista, que luchó toda su vida y cuyo pensamiento aún hoy continúa vigente. Alejandra Kollontai… …nació en San Petesburgo, en 1872, en una familia de la nobleza: hija de un general del ejército del zar y nieta de un terrateniente, siendo su madre finlandesa de origen campesino. En su niñez, viajó a menudo a Finlandia, donde pasó momentos felices con sus abuelos maternos. Fue educada en su propio hogar, para evitar las malas influencias que podría haber recibido en escuelas y liceos. Pero también le inculcaron la dedicación al trabajo y al esfuerzo para alcanzar la superación personal. Además, tuvo acceso a una vasta cultura, que, casi como un adorno, era necesaria para convertirse en digna esposa de algún rico y buen partido. Durante su adolescencia, una hermana suya fue obligada a casarse, por imposición paterna, con un hombre de sesenta años. Eso no sólo la afectó mucho, sino que la impulsó a una abierta rebeldía y a proponerse firmemente “casarse por amor”. “Desde niña hice sufrir a mi madre por no querer vivir como los demás”, escribió en su autobiografía. Siendo adolescente, se enamoró de un primo suyo, Vladimir Kollontai, alumno de un instituto militar, con poco dinero e hijo de una humilde maestra. Sus padres se opusieron a esta relación y, de inmediato, la mandaron a París, donde estuvo dos años. Desde allí amenazó: “Si no me permiten ser la esposa de Kollontai, me escapo con él”. Sus padres transigieron y, cuando regresó de Francia, un poco por amor y otro poco para independizarse de su familia, se casó, por fin, con el hombre que quería, tuvo un hijo, pero a los tres años se divorció, no porque dejara de querer a su marido, sino porque -según sus palabras- “se sentía prisionera”. Alejandra Kollontai es una auténtica revolucionaria. Si bien en ella están íntimamente ligados su perfil político y su compromiso por la emancipación de la mujer, ambos ideales reflejados en su pasión por la justicia y la libertad, a fin de organizar la escritura, voy a diferenciar dos líneas temáticas:

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Militante revolucionaria marxista Alejandra Kollontai vivió en un tiempo convulso, preñado de acontecimientos que transformaron la historia: la Revolución de Octubre, dos guerras mundiales, la consolidación del Estado soviético, la aparición del imperialismo yanqui, etc. En este contexto complejo, se destacó como revolucionaria marxista, profundamente internacionalista y convencida feminista, que nunca dejó de reconocer errores o expresar dudas y que supo defender enérgicamente sus convicciones, aunque no siempre fueran comprendidas por sus camaradas. Siempre fue sensible ante la injusticia social que padecían las clases desposeídas, especialmente las mujeres, situación que percibía en su Rusia natal. En Francia había conocido las obras de Saint Simon, Owen y otros socialistas; también leyó el Manifiesto Comunista, que le abrió amplios horizontes. Después de su divorcio, comenzó a colaborar en asociaciones culturales junto con grupos marxistas, dio clases en escuelas para obreros, organizó círculos de estudios semiclandestinos y participó en ricos debates intelectuales e ideológicos. Posteriormente, viajó a Suiza para estudiar Ciencias Económicas y Sociales. Cuando regresó a Rusia para ver a su hijo, en una reunión clandestina conoció a Lenin, En 1899 se afilió al Partido Obrero Socialdemócrata Ruso y, más tarde, al Partido Comunista. Viajera incansable, conoció a Clara Zetkin y a Rosa de Luxemburgo, con quienes se sintió totalmente identificada en el ideal feminista. Estudió con Plejanov, teórico del reformismo. Colaboró con los Partidos Socialdemócratas alemán y belga, con el Partido Laborista inglés, con el Partido Socialista de Francia, donde organizó una huelga de amas de casa por el coste de los alimentos. En Rusia, ante las divisiones surgidas en el Partido entre bolcheviques y mencheviques, si bien simpatizaba con los primeros y las tesis de Lenin, que consideraba a proletarios y campesinos como fuerza motriz de la revolución, no rompió totalmente con los mencheviques por respeto a su maestro Plejanov, ofreciéndose a ambos grupos como agitadora en cuestiones relativas a los derechos de las mujeres. Esto demuestra la profundidad de su vocación feminista, que anteponía a las diferencias internas del Partido.


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Fue testigo directo del inicio de la revolución de 1905. “Me dirigía con los manifestantes hacia el Palacio de Invierno -recuerda-, la imagen de la masacre cruel de obreros desarmados se grabó para siempre en mi memoria un día de enero extraordinariamente soleado, los rostros confiados en la espera, la señal fatídica de las tropas desplegadas en torno al Palacio... mares de sangre sobre la blancura de la nieve, los látigos de cuero, los gritos, los gendarmes, los muertos, los heridos... los niños tiroteados. El comité del partido desconfiaba de esta manifestación del 9 de enero. Un buen número de camaradas, en reuniones obreras convocadas a este efecto, trataron de disuadir a los obreros de participar en esta manifestación, que les parecía no ser más que una provocación y una trampa. En cuanto a mí, yo pensaba que había que acudir. Esta manifestación demostraba la determinación de la clase obrera, era una escuela de actividad revolucionaria. Yo entonces era una apasionada de las decisiones del Congreso de Amsterdam sobre las acciones de masas”. Tras estas jornadas, multiplicó su actividad revolucionaria, sobre todo en el diario clandestino que comenzaron a editar los bolcheviques de Petrogrado, donde colaboraba no sólo como periodista, sino también técnicamente en la imprenta y en la difusión. Promovió en el Partido la organización de las mujeres obreras animando reuniones específicas para ellas. También se esforzó en estimular la unidad de acción entre los socialdemócratas rusos y finlandeses. Escribió un libro, “Finlandia y el socialismo”, en el que explicaba las condiciones de vida de los obreros finlandeses y los impulsaba a rebelarse contra el zar. Esto produjo que le abrieran un proceso por llamar a la insurrección. Tenía, además, otro juicio abierto por organizar a las obreras textiles. Para preservar su libertad, se vio obligada a partir al exilio, donde permaneció hasta 1917. Al estallar la primera guerra mundial, adoptó una posición revolucionaria e internacionalista; escribió un folleto, “¿A quien sirve la guerra?”, donde denunciaba los intereses imperialistas y el patriotismo burgués como responsables de la feroz contienda. La Revolución de febrero de 1917 le permitió regresar a Rusia, donde fue la primera mujer elegida para el Comité Ejecutivo del Soviet de Petrogrado, mientras desarrollaba su tarea revolucionaria entre los marinos de la flota del Báltico y entre los soldados de la guarnición local.

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Con el triunfo de la Revolución de Octubre, Lenin la incorpora a su gobierno como Comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública. Era la primera vez en la historia que una mujer fue nombrada ministra, como también, más adelante, fue la primera mujer Embajadora de su país. Durante su gestión promovió medidas que ningún gobierno anterior ni siquiera había imaginado. Firmó la supresión de los cultos y el reparto de las tierras de los monasterios a los campesinos. Redactó los primeros decretos de asistencia maternal y protección a la niñez, hasta llegar a la promulgación del Código sobre el matrimonio, la familia y el cuidado infantil. Las leyes civiles hicieron del matrimonio una relación voluntaria. Se facilitó el derecho al aborto. Se simplificaron los trámites de divorcio. Se anuló la distinción entre hijos legítimos e ilegítimos. Se abolieron las trabas que impedían el acceso de la mujer al trabajo y a la administración. Surgieron guarderías, comedores y lavanderías populares. Las mujeres consiguieron el pleno derecho al voto. Se igualó el salario de hombres y mujeres y se estableció un salario universal de maternidad. Las mujeres pudieron participar en todos los sectores de la vida pública en igualdad de condiciones con los hombres. Pretendió, así, poner fin a siglos de poder patriarcal e instaurar una nueva doctrina basada en la igualdad de los sexos. Haciendo una evaluación, escribió en 1921: “Durante los tres años de revolución, en los que se derribaron los pilares fundamentales de la sociedad burguesa y se intentaba tenazmente erigir con la mayor rapidez posible las bases para la sociedad comunista, reinaba una atmósfera en la que las tradiciones rebasadas se extinguían con rapidez increíble. En su lugar brotaban ante nuestros ojos formas totalmente nuevas de sociedad humana. La familia burguesa ya no era indispensable. La mujer, por razón del trabajo general obligatorio para la comunidad y en ésta, se encontraba con formas de vida totalmente originales. Debía trabajar no solo exclusivamente para su propia familia, sino también para la colectividad; surgían nuevas condiciones de vida y también nuevos tipos de matrimonio”. El Primer Congreso de Mujeres Trabajadoras de toda Rusia, del cual Alejandra Kollontai fue alma y nervio, involucró a las mujeres en proyectos sociales, las atrajo a la vida política, llamó a una revolución


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cultural que transformase las relaciones interpersonales y propuso una nueva forma de vida basada en el amor y el compañerismo. Allí surgió el Zenotdel, institución femenina de carácter estatal, desde donde se trabajó para mejorar las condiciones de vida de las mujeres, se planificó a gran escala la alfabetización y el trabajo pedagógico y político para hacerles tomar conciencia de sus nuevos derechos, en el matrimonio, el trabajo, la asistencia pública, etc. Sin embargo, no se produjo un avance lineal: la mentalidad, las costumbres populares, las tradiciones y -sobre todo- lo concerniente a la moral familiar, no siguieron el mismo ritmo que las transformaciones políticas y legales. La emancipación de las mujeres que vivían en un país poco desarrollado no era fácil, y el drenaje humano y económico que imponían las guerras (primero, con Alemania, y, luego, interiormente, con el ejército blanco, nutrido por las clases desplazadas por la Revolución) empeoraron la situación. Creció el desempleo y las mujeres fueron las más perjudicadas. Las conquistas se fueron desvaneciendo o anulando en una situación de crisis. Alejandra Kollontai también fue, hasta 1922, responsable del Secretariado Femenino Internacional, adjunto a la Internacional Comunista. Unos años después, participó en una fracción del Partido, de tipo anarcosindicalista, denominada “Oposición Obrera”, que postulaba que la economía fuera dirigida por los sindicatos. El X Congreso del Partido analizó y criticó estas tesis. Alejandra Kollontaí comprendió más profundamente la cuestión sindical y aceptó las resoluciones adoptadas. La época de Stalin significó una política de género conservadora: la mujer volvió a sus roles tradicionales familiares, centrados en la procreación. Años más tarde, fue criminalizada la homosexualidad, y se llegó a ilegalizar el aborto, salvo en casos extremos. Alejandra Kollontai fue marginada políticamente, y, para alejarla de su campo de acción, se le encomendaron tareas diplomáticas. Durante veinte años se limitó a representar al país con la máxima eficiencia, consiguiendo importantes éxitos comerciales y políticos, como el reconocimiento oficial de la URSS por Noruega, o los acuerdos comerciales logrados en Dinamarca, buscando romper el bloqueo impuesto por los

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países ricos a la URSS. Se la conocía como “la Embajadora bolchevique”, ejerciendo ese cargo en Noruega, México y Suecia, donde trabajó activamente en la preparación del Tratado de Paz con Finlandia, por lo que fue candidata para el Premio Nobel de la Paz en 1943. En una de sus esporádicas estadías en Moscú, llegó a tener una gran amistad con Isabel de Palencia, Embajadora de la II República Española, quien la describió como “muy preocupada, deprimida, desengañada de la humanidad, sin permitirse nunca atacar a Stalin”. Regresó a Moscú, definitivamente, en 1945, y murió en 1952. Militante revolucionaria feminista No cabe duda de que lo más notable en Alejandra Kollontai fue su aporte teórico y vital a la emancipación femenina. Ella misma fue prototipo de mujer libre que supo desprenderse de las ataduras que le imponían las convenciones sociales, con pensamiento propio, con un proyecto de vida autónomo, que en su actividad política jamás adoptó modos masculinos para ejercer autoridad. Al contrario, su capacidad de convocatoria e influencia se basó en haberse ganado el respeto de las mujeres trabajadoras en movimientos por la defensa de sus derechos y en ser consecuente crítica ante cualquier muestra de discriminación de género. Según Ann Foremann, “Kolontai fue la única de los dirigentes bolcheviques que integró teóricamente los problemas de la sexualidad y la opresión de la mujer dentro de la lucha revolucionaria”. Esto es rigurosamente cierto. Muestra de ello fue su lucha para crear organizaciones femeninas autónomas, a pesar de que la mayoría de sus camaradas no lo creían necesario (algunos, sólo la “soportaban” porque conocían su influencia sobre gran cantidad de mujeres trabajadoras). Se desconfiaba de los círculos de mujeres cuyos temas de discusión, ritmos y dinámicas se decidían en forma asamblearia, que algunos juzgaban carentes de disciplina. Además, el hábito de las mujeres de hablar de sus experiencias, de sus relaciones, de asuntos que los varones consideraban “privados”, hacía que muchos pensaran que perdían el tiempo en simples confidencias o meros cotilleos. El mismísimo Lenin, que no era antifeminista y que propugnaba un futuro igualitario para hombres y mujeres, sin


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embargo reclamaba: “No pude dar crédito a lo que llegó a mis oídos, el primer Estado de dictadura proletaria lucha contra los contrarrevolucionarios de todo el mundo y, mientras tanto, las comunistas activas examinan los problemas sexuales y matrimoniales en el presente, el pasado y el provenir”. En general, se pensaba que “la cuestión femenina” era sólo superestructural, que encontraría solución, automáticamente, cuando cambiase la base económica de la sociedad. Alejandra Kollontai, como Marx, sabía que acabar con la sociedad de clases o transformar las relaciones de producción no bastaba para garantizar la liberación femenina. Había ejemplos claros de instrumentalización política. Muchas mujeres habían participado en movimientos progresistas sin que ello cambiara su situación. En la Revolución Francesa, las mujeres contribuyeron a derrocar el antiguo régimen sin que eso supusiera el reconocimiento de sus derechos. Cuando los jacobinos tomaron el poder, cerraron los clubes de mujeres, y les decían: “Vuestra misión como ciudadanas es tener hijos, criarlos y educarlos en los valores revolucionarios”. Algo similar ocurrió con las sufragistas estadounidenses: colaboraron para abolir la esclavitud y, luego, los líderes pactaron con el gobierno, que concedió el voto a los hombres negros. Se justificaron diciendo que era mejor conseguir el voto para algunos que para ninguno. Alejandra Kollontai buscaba hacer “una revolución en la Revolución”. Su empeño era “la renovación psicológica de la humanidad”, llegar a generar “la mujer nueva”, que deja de ser “un simple reflejo del varón”. Analizó la doble opresión femenina (como trabajadoras, frente al Estado, y, como mujeres, frente al hombre), uno de cuyos efectos más significativos era la represión de la sexualidad femenina. Mientras a la mujer se la encerraba casi exclusivamente en su papel de esposa y madre, para el hombre, el amor era sólo una parte de su vida. Por eso, consideraba importante alcanzar la liberación sexual de las mujeres, aunque no reducía las relaciones sexuales a algo banal, o sólo a una necesidad fisiológica, pensaba que abarcaban también los sentimientos y la ética. Esa liberación terminaría con la injusticia de una doble moral, que medía con distinta escala al hombre y a la mujer. La igualdad inauguraría una nueva relación basada en la libertad, la solidaridad, el respeto mutuo y la reciprocidad, donde estaría presente “la actitud de escuchar y comprender los movimientos anímicos del ser querido”, abandonando el “amor”

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enfermizo que considera al otro objeto de su propiedad. Comprueba que el matrimonio tiene dos principios que lo envenenan: la indisolubilidad (como si la psicología y los sentimientos fueran inamovibles) y la idea de propiedad con respecto al cónyuge (que considera inadmisible la ruptura unilateral). Afirmaba: “En lugar del matrimonio indisoluble, base de la servidumbre femenina, veremos imponerse la unión libre, reforzada por el amor y el respeto… Sobre las ruinas de la antigua familia veremos erigirse otra basada en una unión de afecto y camaradería de dos individuos iguales de la sociedad comunista, los dos libres, los dos independientes”. Los procesos revolucionarios avanzan cambiando la vieja sociedad. Según ella, el proletariado debía generar una ideología y una cosmovisión propia, crear nuevos valores, nuevas costumbres, es decir, hacer una revolución humana. El amor es una poderosa fuerza psíquico-social que desarrolla la sensibilidad y engrandece a quien lo siente o lo inspira. Al amar sólo se puede cometer un “pecado”, perder la propia personalidad aceptando un rol de subordinación respecto al otro miembro de la pareja. Ella admite todo tipo de unión por amor, sobre la base del consentimiento y el respeto, y, como el “amor verdadero” es difícil de conseguir, el “amor juego” puede reemplazarlo en la espera. Los revolucionarios deben poner el amor a su servicio. Por eso, la emancipación de la mujer, la nueva moral sexual y familiar, es un deber para quien aspira a un mundo mejor, a una sociedad justa y libre, y una herramienta para su efectiva construcción. A modo de conclusión, diría que, ante temas tan actuales en el Estado Español como la violencia de género, la desigualdad de derechos y oportunidades, la conciliación de la vida laboral y familiar, el pensamiento y la acción de Alejandra Kollontai continúa arrojando luz sobre problemas que muy pocos afrontan en profundidad.


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Belén Castellanos Asamblea de Mujeres de La Rioja

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ntendemos que, para tratar el asunto de la prostitución, debemos analizar algunas cuestiones clave: en primer lugar, la estigmatización y criminalización de la prostituta a lo largo de la historia del orden patriarcal; después, para tratar de posicionarnos respecto a las formas legales que cubren el fenómeno de la prostitución en la actualidad, sería necesario preguntarnos si la prostitución o trabajo sexual puede considerarse un trabajo (en sentido marxista); finalmente, podríamos pensar de qué tipo es la repercusión de este trabajo en la sociedad y qué consecuencias trae para la mujer en concreto. La prostituta y la verdad sobre la sexualidad en el patriarcado De momento, vamos a tratar, en la medida de nuestras posibilidades, el primer asunto, tal y como aquí lo vemos. Respecto al asunto de por qué la prostituta ha sido encasillada en su actividad económica o


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forma de obtener beneficios (sin meternos aún a valorar si es trabajo o no), es decir, reducida su imagen como mujer y persona a algo que sólo es una de sus actividades (en la medida en que otras formas de ganarse la vida no definen ni identifican por entero a la persona) y por qué ha sido rebajada, humillada, temida y desacreditada en términos generales, podría ser bastante útil averiguar qué tipo de amenaza constituye la prostituta para el orden patriarcal-capitalista. Uno de los más específicos hechos que aparece en el mundo de la prostitución es la transparencia de la transacción. Esta transparencia puede resultar peligrosa en la medida en que supone un cierto desenmascaramiento del orden general de la jerarquía sexual, es decir, de la situación habitual de la mujer dentro del sistema. Esta transparencia parece teatralizar y poner de relieve la esencia del contrato sexual entre hombres y mujeres, contrato en el que el rol femenino es el de ofrecer sexo a cambio de otra cosa (puede ser dinero, pero el dinero también es la raíz o símbolo de otras cosas, como seguridad económica y afectiva, modo de entrada en la sociedad, búsqueda de aceptación, necesidad de sentirse útil) y no del propio placer sin más. La obviedad con la que este contrato parte de situaciones desiguales de poder halla plena luz en la prostitución, poniendo en peligro el relato o cobertura ideológica que supone la idea del amor romántico. La prostituta estaría transgrediendo así los códigos (o, mejor dicho, descodificando las convenciones dentro de las cuales nos relacionamos), y ese sería su crimen, más que otra cosa.(1) Por otro lado, la actividad sexual como actividad económica, contribuiría a separar aún más el sexo de la reproducción como finalidad. Aunque en la sociedad occidental actual resulta bastante admitido el sexo por placer y no inmediatamente orientado a la reproducción, el fantasma de ésta sigue dirigiendo de modo fuerte no sólo el sexo sino la afectividad en general. Ahora se admite el sexo por placer hasta cierta edad, dado que la procreación temprana supondría un problema debido a la tardía incorporación al mundo laboral de los 1) Dolores Juliano dice que una aproximación al mundo de la prostitución puede ayudarnos a conocer las relaciones de poder entre sexos y las desigualdades económicas, descubriendo valores y contradicciones que subyacen en el escenario de las relaciones sociales legitimadas y nos permitirá conocer más las discriminaciones que queremos superar.

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jóvenes. Sin embargo, la reproducción como meta última, una vez que se ha superado “la juventud y la diversión”, sigue siendo la ley tendencial de la sexualidad, aquello que parece representar su cumplimiento final, su promesa retardada. La sexualidad como negocio implica también la adquisición de una dimensión que la sitúa fuera de la simple destinación al colmar el deseo masculino. Finalmente, y fundamental, la prostitución saca la sexualidad del estrecho marco del matrimonio, institución en la que debe fluir (o hacia la que debe fluir) toda la economía libidinal para asegurar que la pulsión, la libido y el deseo no atentarán contra la economía de consumo, sino que servirán a la misma. También hoy son admitidas las relaciones sexuales prematrimoniales, pero en la medida en que prometen un futuro en pareja o aumentan las posibilidades de encontrarla. Está bien visto a modo de test busca-marido y busca-esposa. La prostitución se presenta como un contexto en el que la relación se agota en la propia relación sexual y de antemano están cercenados los caminos que convertirían el sexo en un preámbulo de la pareja. No olvidemos, además, que, si bien se dice que “la prostitución es el trabajo más antiguo del mundo”, habría que matizar que lo que es seguro es que fue el único posible para la mujer durante mucho tiempo. Por tanto, no es de extrañar que las primeras estigmatizaciones de la mujer prostituta se debieran al pánico que provocaba el hecho de que las mujeres hubieran encontrado una estrategia laboral en un mundo en el que el trabajo remunerado les era totalmente negado. La prostitución aparece como astucia de la mujer que burla e ironiza la ley sexista encontrando en su opresor también un cliente, que revela así su debilidad. Así, la prostitución se presentó como una de las primeras posibilidades para la mujer de salir de la economía masculina y obtener autonomía en este campo. Esto parece doblemente amenazante: la mujer que, al tiempo que gestiona fuera del orden su sexualidad, comienza también a gestionar su economía. Por último, recordemos que, así como la homosexualidad representa la mayor amenaza para la instalación del hombre en la cultura sexual dominante (y, por eso, “maricón” es uno de los mayores insultos masculinos), la prostitución se presenta como el límite que administra la


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dignidad para una mujer (y, por eso, “puta” es lo peor que una mujer puede ser). No conviene para nada que eso que actúa como límite, que representa el abismo en la vida de una mujer y aquello en lo que nunca jamás se debe convertir, se normalice dado que entonces toda una escala de valores se tambalearía. El trabajo y el mito de la sexualidad como naturaleza Si nos introducimos en el segundo apartado que nos hemos propuesto para dilucidar el carácter de una actividad tan polémica como la prostitución, deberemos, en primer lugar, recordar brevemente el concepto de trabajo que implica la obra de Marx. No obstante, atenderemos sólo a los aspectos que nos parecen más relevantes para el tema que nos ocupa. Una de las objeciones más frecuentes a la consideración de la prostitución como trabajo pasa por entender que, al pertenecer la actividad de la prostituta al ámbito “natural”, no se está dando lugar a producción alguna, sino que se está comercializando “artificialmente” el ejercicio de una actividad biológica. Por esta razón misma, se añadiría que la prostituta no añade valor con su actividad. Sin embargo, desde consideraciones realmente marxistas, se estarían cometiendo aquí varios abusos del idealismo y de la economía política premarxista. Para empezar, encontramos en Marx un concepto amplio de trabajo, que no se reduce al trabajo productivo. Del mismo modo, no reduce el trabajo productivo a una mera actividad instrumental. Contra la instalación de algunos prejuicios que no han hecho sino debilitar el cuerpo teórico del marxismo, Marx no entiende el trabajo bajo un prisma productivista (como sí ocurría precisamente en los teóricos liberales) ni esencialista (ya que sus planteamientos antimetafísicos y posthumanistas -por lo menos en lo que respecta al Marx maduro- le llevan a rechazar fórmulas que busquen una naturaleza esencial humana, y si la humanidad tiene algún lugar privilegiado de aparición es en la relación social situada más allá del ámbito de la necesidad y no en la fabricación de subsistencia). Marx es un filósofo sutil, que no desatiende, como

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decíamos, las distintas acepciones de trabajo. Así, contempla el trabajo como actividad productivo-instrumental, llamada a satisfacer alguna necesidad a partir de la acumulación de conocimientos, pero también como interacción social y comunicativa, en la que el ser humano se expresa prácticamente. De hecho, esta múltiple concepción del trabajo en Marx es la que le permite proponer la posibilidad de articular un trabajo libre bajo el concepto de plustrabajo. Sin embargo, no es necesario contentarnos con esta ampliación del concepto de trabajo para hacer una defensa del carácter laboral de la prostitución. Además, esto no nos hubiera servido de mucho de cara al posterior análisis de la situación legal de las prostitutas en el momento en que nos preocupamos, sobre todo, por asuntos como una seguridad social, una constancia de cotización, una jubilación, etc., es decir, por situaciones devenidas, en teoría, del reconocimiento de un trabajo productivo que haya entrado en los flujos económicos del capital, que es el sistema en que vivimos. Marx entiende que sólo es trabajo productivo aquel que produce plusvalor, bien como beneficio del capitalista, bien como índice de añadiduras en el valor de uso u otras potencialidades de la producción. Este trabajo es el que convierte al trabajador/a en un medio de revalorización del capital, y, por consiguiente, en un modo de enriquecimiento del capitalista. El concepto de trabajo y de trabajador se constituyen como categorías económicas que se especifican en unas relaciones sociales determinadas y, por eso mismo, en ningún momento se circunscriben a una ecuación primitiva como es la de actividad-utilidad. Si así fuera, la economía marxista no habría adquirido el estatuto de ciencia con el que de hecho cuenta, ya que habría que pasar a discernir metafísica, especulativa y subjetivamente, qué entendemos por utilidad, qué escala de utilidad se nos antoja adecuada, qué elementos de la realidad formarían parte de sus clasificaciones derivadas, etc. Recordemos, sin embargo, que las categorías económicas de Marx se presentan como funciones que cobran especificación en la dinámica de una estructura a la que sirven, lo cual les permite describir la realidad durante tanto tiempo como sobreviva el capital, independientemente de sus reformulaciones, desplazamientos o coberturas.


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El hecho de que la prostitución produce plusvalía, en tanto que enriquece a capitalistas, es indiscutible, y, si admitimos la plusvalía extraída a las prostitutas por cuenta ajena, tendremos que admitir la generación de ese mismo plusvalor en las trabajadoras por cuenta propia. La realidad da noticia de la explotación a la que están sometidas las prostitutas, lo cual les confiere la categoría de trabajadoras, que emplean buena parte de su tiempo en una actividad que no es ocio o tiempo libre, sino tiempo a cambio de un salario: “Los obreros fabriles en Francia llaman a la prostitución de sus hijas y esposas la enésima hora de trabajo, lo cual es literalmente cierto”.(2) Si hay algo seguro en la reivindicación marxista es la eliminación de privilegios de posesión o de goce en base a la diferencia de actividad laboral. Tanto o más idealista sería entrar a discutir el asunto del carácter natural de la sexualidad, y no sólo porque siguiendo este criterio tendríamos que eliminar, por lo menos, todos los restaurantes de la lista de lo que consideramos centros de trabajo, sino porque la sexualidad, como todo lo que forma ya parte de nuestro mundo, no es algo natural ni meramente artificial. Lo que sí podríamos afirmar es que ha sido construida socialmente, y no sólo en cuanto a sus modos, imaginario, despliegues particulares o dispositivos, sino que la sexualidad es en sí misma un dispositivo. No existe sexualidad en la naturaleza (si es que podemos seguir hablando de algo así en estado puro). Lo que entendemos por sexualidad es una forma en que hemos disciplinado el cuerpo; es tan sólo una de las posibles múltiples representaciones del goce. Es el goce sometido a una teleología determinada. Pero la gran variedad de perversiones que, desde dentro, hacen implosionar el dogma de esta teleología propia de la sexualidad, pone en evidencia la frágil capacidad del concepto sexualidad para agrupar prácticas similares u objetivos prefijados. Se diría que la sexualidad se ha salido de sus contornos. No es una función biológica, y, como toda actividad productiva, no se resiste a sofisticarse, diversificarse, y, finalmente, disolverse en esa diversificación, dejando obsoleto al propio concepto que la nombraba. 2) K. Marx: Manuscritos Económicos y Filosóficos. Tercer Manuscrito: Propiedad privada y trabajo. Economía política como producto del movimiento de la propiedad privada.

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No olvidemos, además, que los procesos de producción, seducción y mercantilización se han mezclado de tal modo que resultan ya casi indistinguibles por cuanto el último prácticamente ha fagocitado a los dos primeros. Derecho, moralidad y sexo: Los sistemas legales en torno a la prostitución Demos un breve repaso a algunos de los acontecimientos más significativos en materia de legislación. Para seguir una metodología que nos permita encuadrar estos datos dentro de la pertenencia a distintas tradiciones políticas respecto a la prostitución, comenzaremos recordando las principales formas en las que se ha afrontado esta realidad, una realidad, entiendo, laboral (económica, seguro). El prohibicionismo criminaliza a la prostituta y al proxeneta (no al cliente), por entender que realizan actividades del todo inmorales. Esta perspectiva ni siquiera cuenta con un mínimo alcance político, ya que proviene de una concepción moralista del derecho como forma, no de asegurar un orden comunitario aceptable, sino de tipificar los distintos regímenes de subjetividad. Irlanda es el único país de la UE que criminaliza a la prostituta siguiendo de alguna manera este modelo prohibicionista. Otra manera de abordar legalmente el asunto es bajo la despenalización de la prostitución voluntaria, a menudo acompañada de cierto reglamentarismo, basado, sobre todo, no en medidas relacionadas con la laboralidad ni con la protección de la dignidad de la prostituta en general, sino en cuestiones de salud pública. Desde este punto de vista, la prostituta ya no es una inmoral (o, al menos, eso no importa), pero es un delito para la salud pública. Se trata igualmente de moralidad, sólo que aquí toma una forma más técnica, adecuada a una sociedad tecnocrática, que construye verdad científico-técnica, deslizando así todos los matices morales de forma más efectiva, y provocando el rechazo de ciertas personas generando alarmas sociales. Las medidas, de acuerdo a este modelo, pueden consistir en someter a las prostitutas


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a controles oficiales, como ocurre en Grecia y Turquía. Sin embargo, no se controla a los consumidores de los servicios sexuales, cuando, en todo caso, son éstos los que pueden representar un problema: quien demanda a la prostituta, que vive la prostitución como ámbito público, ya sabe que las relaciones sexuales son un medio de propagación de enfermedades venéreas y que, por la frecuencia de la actividad llevada a cabo por la prostituta, aumenta el riesgo; dado esto, tomará o debería tomar medidas oportunas en la medida, como siempre, de lo posible; sin embargo, a esos clientes no se les reviste con tal imaginario ya que para ellos la prostitución es una esfera de su privacidad; con la consecuencia de que en muchas ocasiones contagian a sus esposas, a las que a veces les imponen sexo sin protección, bajo la justificación del matrimonio y su supuesta monogamia. Otras medidas pueden ser la prohibición de la prostitución callejera, como ocurre en Inglaterra, Francia e Italia. En este caso, la salud pública deviene psicológica, ya que, al parecer, el ejercicio del concierto de citas en la calle podría herir nuestra sensibilidad o constituir un agravio estético para la ciudad. Austria sólo admite la prostitución en prostíbulos registrados. En este caso, habría que estudiar de un modo más pormenorizado el posible interés empresarial que hay de por medio, ya que la medida imposibilitará muy a menudo que la prostituta pueda ejercer de modo autónomo, de manera que, en la mayor parte de los casos, se verá obligada a ofrecer sus servicios sexuales por cuenta ajena. Por otro lado, el abolicionismo equipara la prostituta a una esclava. Este enfoque, además de presentar aún ciertas deudas con la teoría moral del derecho y con el prohibicionismo (aunque quiera presentarse como alternativa esencialmente diferente, y aunque deslice la culpa de la prostituta al cliente, convirtiendo a la primera en una víctima que debe reintegrarse y salir de la indignidad que la rodea), también se está incurriendo en una clara falta de rigurosidad a la hora de emplear el concepto de esclavismo al proyectar el caso de la trata ilegal de personas para el comercio sexual a la totalidad del mundo de la prostitución. Si partimos de estos supuestos estamos usando un punto de arranque

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totalmente erróneo, ya que en cualquier ámbito laboral no es lo mismo la explotación ilegal que la explotación legal, y, como ya sabemos, los casos de explotación ilegal se dan en miles de sectores, además de en la prostitución. Recordemos, en este sentido, las palabras de Engels: “Con la diferenciación en la propiedad, es decir, ya en el estadio superior de la barbarie, aparece esporádicamente el trabaja asalariado junto al trabajo de los esclavos; y, al mismo tiempo, como un correlativo necesario de aquél, la prostitución profesional de las mujeres libres aparece junto a la entrega forzada de las esclavas”.(3) En el prohibicionismo, la prostituta era una pecadora; en el reglamentarismo, era una enferma; y, ahora, el abolicionismo nos la presenta como una inadaptada social, como un resto, como alguien que no ha sabido emanciparse, como una indigna y una irresponsable. Se la está infantilizando y, por eso, el abolicionismo tiene ese tufillo paternalista institucional que de nuevo le dice a la mujer cuándo y cómo debe programar su “emancipación” y cuál debe ser el objeto de su liberación. Además, lo más reaccionario del abolicionismo es la necesaria implicación de que el sexo debe acontecer bajo determinados cauces y enmarcado en determinadas estructuras sociales para ser digno. En este caso, si se trata de sexo voluntario, pero remunerado, de pronto se convierte en algo que elimina la dignidad de una mujer. De pronto, el sexo remunerado es vender el propio cuerpo. Esta afirmación nos parece aquí insultante por cuanto la sexualidad en sí queda explicada como una alienación del cuerpo y no como una forma de vivirlo; porque parece que aún hace falta insistir en que las mujeres en lucha no vamos a permitir que se cifre nuestra dignidad como personas en base a supuestas limpiezas o impurezas sexuales: no vamos a permitir que nuestro cuerpo sea constantemente fiscalizado ni vamos a permitir que se relate nuestra historia en base a esa fiscalización. Además, las medidas abolicionistas, que no permiten regularizar la prostitución como trabajo, implican la constante impunidad de los empresarios de este sector cuando tienen que enfrentarse a denuncias por delitos laborales. En Suecia, siguiendo este patrón, se considera la prostitución como caso de violencia de género. 3) F. Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Cap. 2: La familia.


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En último lugar, nos encontramos con la postura que aquí defiendo, que es la laboralización o, mejor dicho, el reconocimiento del ejercicio de la prostitución como trabajo. En consecuencia, pediré la atribución a las prostitutas de derechos laborales y seguridad social, tal y como ocurre en Holanda y Alemania, no sin, por ello, analizar más profundamente la repercusión de esta actividad a nivel individual y también en cuanto a sus repercusiones sociales y en el imaginario cultural. Si hablamos de la legislación española en la actualidad, debemos remontarnos a 1962, en que el Estado ratifica un convenio adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas denominado Tratado de Lake Success. Su carácter es más bien abolicionista y se centra en asuntos como la represión de la trata de personas y la prostitución ajena. Para adaptarse, se llevaron a cabo algunas modificaciones en el Código Penal. No obstante, España nunca ha cumplido de modo coherente con los planteamientos y las exigencias de este sistema, dado que se ha tendido a desplazar estas medidas, cobrando así un carácter más propio del prohibicionismo o el reglamentarismo, recayendo la presión más bien en la prostituta y no ofreciéndole a ésta los programas de integración social propios del abolicionismo que no fueran únicamente la colaboración con la Justicia y cuerpos policiales. En 1970, aparece una ley en materia de peligrosidad y rehabilitación social en la que el ejercicio o promoción de la prostitución convierten a la persona en “peligrosa”. El Código Penal de 1995 deroga esta ley, dado que despenaliza la prostitución voluntaria, y se acompaña, en 1999 y en 2003, con dos Leyes Orgánicas que prevén el castigo para las personas que se lucren explotando la prostitución. A partir de este momento, aparecen, a nivel regional o municipal, algunas medidas reglamentistas, que regulan los locales en los que se ejerce la prostitución, caso de Bilbao y Cataluña, y otras de tipo abolicionista, como sea el caso de Galicia, que equipara la explotación de la prostitución ajena a violencia de género.(4) Así, llegamos a tiempos más recientes 4) Para ver la referencia de las Leyes citadas se puede acudir, entre otras fuentes, a un artículo de José Fernando Lousada Arochena, titulado “Prostitución y Trabajo: La Legislación Española”, que aparece entre los materiales aportados al Congreso Internacional sobre Explotación Sexual y Tráfico de Mujeres, que tuvo lugar en Madrid entre los días 26 y 28 de Octubre de 2005.

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en los que encontramos que, después de todo, la prostitución es prácticamente alegal y el debate social acerca de la misma se reabre con creciente intensidad. Hacia 2004, asociaciones de prostitutas, como Hetaira, reclaman ya en alto convenios que regulen el trabajo sexual, incluyendo el derecho de decisión selectiva de la propia prostituta en cuanto a clientes y servicios, la jornada laboral y el sistema de impuestos y seguridad social. En este contexto, se producen las iniciativas de distintos Ayuntamientos y Autonomías: Andalucía pone en marcha un programa abolicionista en colaboración con la Policía Nacional destinado a facilitar la denuncia de proxenetas por parte de las prostitutas que desean abandonar esta práctica y la integración de éstas, ofreciéndoles una nueva identidad. Valencia promueve un programa, junto con Cáritas, destinado a la inserción laboral y social de las prostitutas callejeras; Madrid lleva a cabo el diseño de un plan que persiga al proxeneta, y presione a clientes y locales, acompañado de un red de información sobre programas para abandonar la prostitución. Se trata, en todos estos casos, de planes que hallan su coherencia, sobre todo, en la ideología abolicionista. Por ello, nos merece atención aparte el caso de Cataluña, que, habiendo aprobado en 2002 un decreto, más bien reglamentarista, destinado a fijar las condiciones de las instalaciones, seguridad, horarios y control sanitario de las prostitutas, presencia la propuesta no de ley en el Congreso de ERC, ya en el Gobierno tripartito, de regular la prostitución, reconociéndola profesionalmente para dotarse de un cobertura social como trabajadores/as autónomos/as o por cuenta ajena. Así, en ese mismo año, la Generalitat de Cataluña anuncia que legalizará la prostitución como profesión y cotizarán a la Seguridad Social, acompañando de medidas más activas para perseguir la prostitución de menores o involuntaria, e impulsando programas de ayuda e información a prostitutas que desean abandonar tal trabajo. Prevén, además, que el contrato entre la persona que se prostituye y el dueño de la instalación no podrá tener como objeto la obligación de prestar determinados servicios, ni la forma o los clientes con quienes hacerlo, ni tampoco el pago, por tanto, podrá ser un porcentaje de los honorarios de la prostituta.


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Ahora nos situaremos ya en el panorama político de 2007. El Gobierno español se opone a esta regulación bajo argumentos que nos parecen indignantes, a saber: que la práctica de la prostitución es degradante e indigna intrínsecamente, que es una lacra social y que fomenta la violencia de género. En el terreno legislativo, denuncia el hecho de que tal regulación supondría una invasión de competencias estatales por ser contraria al Tratado de 1962 y a la Ley de Extranjería, que no permite la residencia de inmigrantes dedicadas a la prostitución. Mencionan, también, el Convenio sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, ratificado por España, en 1983, aunque hay que tener en cuenta que este convenio sólo insta a la supresión de la trata de blancas y la explotación de la prostitución ajena. Lo que ya es del todo especulativo es pretender, como el gobierno hace, hallar contradicciones entre la regularización catalana y el Código Civil, que presentaría como ilícito la vulneración de la dignidad de la persona, reducida supuestamente a mercancía y despojada de la condición de persona (desde aquí volvemos a insistir en la necesidad de desmitificar la sexualidad y de dejar de valorar la dignidad de la mujer por el uso que haga de sus órganos sexuales. La prostituta no hace sino vender sus propios servicios o su fuerza de trabajo, según el caso de contratación. En ningún momento está vendiendo el instrumento de su trabajo. De lo contrario, sólo podría ser prostituta una vez. Nadie compra ni el cuerpo total, ni partes ni órganos del mismo de las prostitutas, sino un servicio que habitualmente no desempeñan sólo con su cuerpo, sino también con su imaginación). Otro punto de conflicto se encontraría en el artículo 14 de la Constitución. En todo caso, aquí entiendo más bien lo contrario, ya que la falta de derechos sociales de la prostituta derivada de la no regularización de su actividad económica y laboral constituye una discriminación basada en sus circunstancias sociales. El Gobierno también reafirma su competencia única a la hora de reconocer derechos sanitarios. En definitiva, tras entender que la prostitución no es un trabajo y que está muy relacionada con la trata de mujeres, el Grupo Socialista en el Congreso no impulsará la regulación, pero tampoco perseguirá al cliente,

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sino sólo el tráfico de mujeres (medida muy cómoda). El PP también rechaza la regulación, así como CiU. IU la apoya. Se hace necesario afinar el debate dentro del PCPE para lograr una posición en algo tan importante como es el tema planteado, no sólo por la importancia social actual, sino por la invitación que supone a valorar los distintos feminismos que pueden manejarse, a teorizar sobre la sexualidad y a considerar el concepto de trabajo. Las fantasías y las miserias de la sexualidad Una vez establecidos los parámetros con los que podemos valorar la prostitución en la dimensión cultural, en la dimensión laboral y en la dimensión legal, y habiéndome posicionado respecto a ellos, me quedaría considerar el impacto que puede tener la regulación laboral de la prostitución en la sociedad, a partir de la normalización inherente esperable. Aquí, entendemos, se centra el debate más difícil. Habría, en honestidad, que preguntarse qué tipo de obstáculos puede generar una práctica tal a la hora de conseguir una sociedad igualitaria respecto de hombres y mujeres y, sobre todo, a la hora de esperar una futura sexualidad libre de imaginarios machistas que circule por cauces diferentes a los de las relaciones de poder. Siendo conscientes de la dificultad de llegar a un acierto en la evaluación y pronóstico en dicha cuestión, debido a los miles de matices que caracterizan temas tan resbaladizos como la vida sexual, la subjetivación de la misma, su práctica, los dispositivos de deseo, etc., vamos a aventurar una postura también en este terreno. Sabemos que el capital ha sabido no reprimir nuestros deseos, sino conducirlos, y, una vez conducidos y ligados, multiplicarlos hasta niveles compulsivos. La pregunta spinozista de por qué los seres humanos luchan a favor de su propia opresión queda claramente contestada cuando entendemos que la propia formación del Sujeto como interioridad requiere de procesos psíquicos de autocontrol, que a menudo buscan su estrategia en la represión, en la mala conciencia y en la alienación en general. La propia subjetividad es un efecto de superficie originado en este repliegue sobre el propio cuerpo, sobre los propios actos e incluso sobre los pensamientos, como alojando una


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instancia vigilante ajena. En pocas palabras: la subjetividad está cargada socialmente y, lo social, de momento, está estructurado en base a un poder con unos intereses muy determinados. La subjetividad, como pliegue de esa realidad, reproduce en su interior un resonar de las imágenes creadas por el poder para inyectarlas en el deseo.(5) Estamos hablando de la fantasía, que además encuentra en la sexualidad un alojamiento privilegiado, un escenario inmejorable para hacer pasar todas las seducciones ritualizadas que toman el sometimiento de unos por otros como reglas y metas del juego. Así, nos encontramos a menudo alienados en nuestra sexualidad, turbados por esa contradicción que permite que defendamos unas cosas pero que nos seduzcan otras, a veces avergonzados en nuestra más preciada intimidad al vernos jugar al amo y al esclavo, al vernos cegados y complacidos en la repetición de fantasías de sometimiento, al ver que nuestro deseo no es ya constituyente, no es ya capaz de producir, de inventar nuevos lazos afectivos, sino que tan sólo reproduce fantasmas de un poder ya instituido. La pregunta es: ¿podemos prescindir de la seducción?, ¿podemos salvar al deseo libre de esa purga?, ¿deberemos, si no, reprimirlo en base a una supuesta razón pura? Tal vez esto no sea posible y quizá ni tan siquiera deseable: el camino de la represión siempre ha resultado altamente ineficaz dado que, además, no se trata de reprimir actos, sino fantasías, escenarios teatrales psíquicos, y, a menudo, ha dado lugar a desplazamientos más peligrosos y más sibilinos. Tal vez se hace necesario buscar nuevas estrategias que no repriman las fantasías y seducciones del poder, sino que la parodien, que las descarguen emocionalmente, que las conviertan en un juego de dramatización que revele su propia pobreza. Podemos hacer que la prostitución o la pornografía signifiquen otra cosa hasta que no puedan ya capturar nuestro deseo. Pero, mientras tanto, reconozcamos los derechos de las prostitutas como trabajadoras, dejemos a un lado nuestras filias clericales y abordemos su importancia en su justa medida, libres de moralina sexual. Dejemos, también, de trazar esa falsa línea que convierte la sexualidad prosti5) Para seguir este tema es recomendable la lectura de Mecanismos psíquicos del poder. Teorías sobra la sujeción de Judith Butler, publicado por Ed. Cátedra con la Universidad de Valencia e Instituto de la mujer en 2001.

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tuida y la sexualidad cotidiana en ámbitos tan distintos y observemos las propias miserias de nuestra sexualidad devenida, a partir de la teleología del orgasmo y de la fuerza con que se amarran las fantasías políticamente construidas, casi en masturbación asistida e intercambio de placeres fáciles, en el que pagamos orgasmo por orgasmo. Este tipo de igualitarismo no pasa de ser una actividad mercantil encubierta.(6)

6) Recordemos, además, otra cuestión: si queremos mantener una mínima coherencia entre marxismo y apuesta por la ilegalidad de la prostitución, deberíamos promulgar también la ilegalización del matrimonio, que constituye, a ojos de Marx y Engels, una forma, como otra cualquiera, de prostitución, como podemos leer y deducir de tantos textos como éste: “El matrimonio burgués es, en realidad, la comunidad de las esposas. A lo sumo, se podría acusar a los comunistas de querer sustituir una comunidad de las mujeres hipócritamente disimulada, por una comunidad franca y oficial. Es evidente, por otra parte, que con la abolición de las relaciones de producción actuales, desaparecerá la comunidad de las mujeres que de ellas se deriva, es decir, la prostitución oficial y no oficial”. Manifiesto comunista.


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LA NOVÍSIMA TEOLOGÍA DE HARDT Y NEGRI (o de cómo la Sagrada Dicotomía derrota a toda dialéctica)

Julián Iglesias Miembro del CC del PCPE

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labamos aquí una novísima actitud teológica que, ¡mostrando incomparable sabiduría!, reduce el análisis de cualquier problema a dos términos absolutamente opuestos y que reitera, con fe inquebrantable, una y mil veces, atribuyéndole en cada caso nombres diferentes a esa misma distinción. Es característico de esta novísima actitud trabajar sin reposo por absorber, bajo la simplicísima división que practica, toda clase de disquisiciones conceptuales relativas al asunto de que se trate. El amor sin límite por la dicotomía, la constante consideración de los opuestos como absolutos y el esfuerzo por distribuir cualesquiera conceptos entre las dos partes fijadas de una vez por siempre instauran tamaña simplicidad analítica, que consiguen anonadar a todos aquellos impíos investigadores que durante años han perdido su alma entre la inmundicia de datos empíricos y teorías


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demoníacamente complejas (¡dialécticas!). Estos últimos, así obnubilados, exclaman que, con los planteamientos de la novísima Teología, el estudio de cualquier fenómeno no adquiere desarrollo, que se limita a fingir análisis diferentes y a inventar o reinventar nuevos nombres para los términos de una única intuición original. ¡De tal manera maldicen contra la Sagrada Dicotomía! Pero que nadie se deje engañar: ¡Son enviados de la maligna dialéctica para confundir nuestras almas, y la Sagrada Dicotomía triunfará sobre ellos! La obra Imperio, de Hardt y Negri, es, no sólo la que mayor devoción ha mostrado por la Sagrada Dicotomía, sino también aquélla por la que los mortales, en nuestra humilde condición, podemos convertirnos a la novísima fe. Imperio (y esto debe interpretarse literalmente, y en ningún caso con asomo de ironía, burla o irreverencia) es el libro sagrado escrito por las manos humanas de Hardt y Negri, pero directamente inspirado por la Sagrada Dicotomía. Quien no comprenda esto, minusvalorando la importancia que la divina lógica ejerce sobre la obra, malinterpretará por sistema a nuestros apóstoles, y saltará con asombro creciente de revelación en revelación sin entender nada. Sin ser un fiel siervo de la Sagrada Dicotomía, Imperio tenderá a ser vista como sucesión de intuiciones sin correlato de ningún tipo en la realidad (sin estadísticas ni contraste de datos…) o como cúmulo de argumentaciones infantiles o simplemente descabelladas. ¡Líbrenos la novísima Teología de tales consideraciones! De cabo a rabo, el libro sagrado se encuentra atravesado por infinidad de pares de opuestos de este estilo: “Imperio-Multitud”, “PoderDeseo”, “Constituido-Constituyente”, “Trascendente-Inmanente”, “Política-Sociedad”, “Disciplina-Libertad”, “Totalidad-Singularidades”, etc. Y, sin embargo, lo único que nos hace posible comprender el sentido íntegro del libro, alcanzando la fe, es reconocer el sentido profundo que se manifiesta por debajo de las diferencias nominales: ¡se trata siempre, básicamente, de la misma dicotomía! ¡La misma distinción y el mismo esquema lógico reproduciéndose ad infinitum por toda la eternidad! En verdad, ¡una Única y Sagrada Dicotomía es la que, una y mil veces, por medio de uno y mil ejemplos, por medio de

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una y mil parábolas, por medio de uno y mil nombres, se nos manifiesta en el libro sagrado Imperio! Ahora bien, una vez que reconocemos la existencia y la omnipotencia de la Sagrada Dicotomía, en ese mismo instante estamos en disposición de ver cómo todo misterio, todo campo hasta ahora inaccesible para la ciencia, es fácilmente desvelado, roturado. Sólo la novísima Teología ha descubierto que el secreto de la Sabiduría consiste en el establecimiento de insulsas correspondencias entre un par de conceptos y cualquier otro, entre el par de conceptos de la metafísica y el de la política, entre el par de conceptos de la política y el de la psicología, entre el par de conceptos de la psicología y el de la historia… Como el Absoluto de la filosofía romántica, la Sacro-santa Dicotomía es la misma siempre, y así, quien lea a Hardt y Negri con verdadera devoción, se volverá, no ya experto en teoría política, no ya experto en filosofía, no ya experto en psicología, no ya experto en historia… de un solo golpe, y por la Gracia de una sola distinción, ¡se volverá Sabio Integral! Pero procedamos sin dilación a conocer las novísimas verdades, las sagradas enseñanzas que Hardt y Negri han predicado conducidos por la Sagrada Dicotomía. Veamos, también, en cada caso, algunas objeciones planteadas por los necios e impíos dialécticos, y cómo, finalmente, sin embargo, todos los dogmas del libro sagrado resultan restaurados como verdad absoluta. Primer Dogma inspirado por la Sagrada Dicotomía Cuando la Sagrada Dicotomía se manifiesta bajo los nombres de Imperio y Multitud, presentándonos ambos términos como todos sin fragmentación y sin interpenetración posible, el imperialismo (que implica tanto la pluralidad de potencias imperialistas como su relación normalmente conflictiva) desaparece, las potencias imperialistas (con necesidad lógica) se “disuelven” y “funden” en la unidad. Es la unidad del Imperio. Y no se trata de una unidad política o territorial concreta (EEUU, Europa o cualquier suerte de super-confederación que nos hubiera pasado inadvertida), sino de una enteramente abstracta, ideal,


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que está por dentro y por fuera de cualquier Estado, en ningún lugar y en todos, al margen de todo territorio y toda nación, pero, a la vez, en todos ellos… Las compañías “transnacionales” se nos aparecen, a su vez, como desprendidas del viejo lastre de los estados nacionales, y las Naciones Unidas se presentan como emancipadas por completo de los intereses de cualquier gran potencia… La Multitud sólo tiene, frente a sí, al todo que recibe por nombre “Imperio”. En ese espíritu, Hardt y Negri han escrito: “Los diferentes colores del mapa imperialista del mundo se han unido y fundido en el arco iris imperial global”. “Lo que solía ser competencia o conflicto entre diversas potencias imperialistas ha sido reemplazado, en gran medida, por la idea de un poder único que las sobredetermina a todas, estructurándolas de un modo unitario, y tratándolas con una noción común del derecho, que es, decididamente, poscolonial y posimperialista”. La Guerra del Golfo “presenta a EEUU como la única potencia capaz de administrar la justicia internacional, no en función de sus propios motivos nacionales, sino en nombre del derecho global”. “Hoy las organizaciones internacionales (las Naciones Unidas, las organizaciones monetarias internacionales e incluso las organizaciones humanitarias) le piden a los Estados Unidos que asuman el papel central en el nuevo orden mundial”. “Esta expansión imperial no tiene nada en común con el imperialismo, ni con aquellos organismos estatales diseñados para la conquista, el pillaje, el genocidio, la colonización y la esclavitud. Contra esos imperialismos, el Imperio extiende y consolida el modelo de redes de poder”. “La historia de las guerras imperialistas, interimperialistas y antiimperialistas ha terminado”, etc. Hablaremos, por tanto, de Imperio y, si acaso, reconoceremos “conflictos menores e internos”… Del mismo modo que el Dios de la vieja teología excluye la existencia de otros dioses, el Imperio (concepto eminentemente teológico) destierra cualquier pluralidad de potencias imperiales, y, lógicamente, cualquier conflicto entre ellas. Objeciones impías contra el Primer Dogma Esta tesis, este Primer Dogma, se encuentra ya, salvando las formas, en antiguos autores, como Kautsky. No es, por ello, contra lo que Hardt y Negri sugieren, una “anticipación” de Lenin. Antes bien, se trata de una tesis rebatida por el propio Lenin, en la considera-

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ción de que la noción de ultra-imperialismo (¿Imperio?) constituye una categorización dulcificadora del sistema, algo que plantea una posibilidad “tan abstracta, simplista e inexacta” (palabras de Lenin en su prólogo a La economía mundial y el imperialismo, de Bujarin) que se volvería, de hecho, irrealizable: “…el desarrollo marcha, en tales circunstancias, con tal ritmo, con tales contradicciones, conflictos y conmociones -no sólo económicas, sino también políticas, nacionales, etc.- que, inexorablemente, antes de que se llegue a un único trust mundial, a la unión ‘ultraimperialista’ de los capitales financieros internacionales, será inevitable que estalle el imperialismo y el capitalismo se convierta en su contrario” (de ahí, claro, que el imperialismo venga siendo entendido por el leninismo como fase “superior”, y no, por ejemplo, fase “media” o fase “de transición”). Hardt y Negri han dicho al respecto que “las contramarchas lógicas de Lenin entre propuestas analíticas y posiciones políticas son realmente tortuosas”. Para ellos, admitir que “analíticamente” se contemple una posibilidad abstracta, simplista e inexacta y que, ¡por su propia naturaleza!, se rechace, resulta inconcebible, pues ellos distribuyen la posibilidad del lado de las “propuestas analíticas” y la imposibilidad del lado de las “posiciones políticas”, y entre ambas descartan a priori cualquier articulación posible... ¡Hasta esos extremos llega la Sagrada Dicotomía! Por supuesto, nada de esto refuta concluyentemente a Hardt y Negri, pero sí nos alerta contra su dulcificación, su idealización del capitalismo, su ocultamiento de las contradicciones… Como tantos ensayistas han subrayado, lo que verdaderamente ha puesto en ridículo las tesis de Imperio ha sido la guerra de Irak. Ésta ha evidenciado que conflictos entre potencias (derivados de intereses materiales inequívocos), como es el caso del representado por la oposición europea (francesa, alemana…) a la invasión estadounidense, no pueden ser reconocidos por Imperio (¿cómo el Sistema Imperial podría escindirse?). Queda aún más en entredicho la afirmación de que el Imperio se encuentra por encima de los intereses nacionales, o la de que (¡bendita candidez!) EEUU se limita a ejercer de policía de la “comunidad internacional” cuando ésta se lo demanda: ¿acaso EEUU no se saltó toda legislación internacional ninguneando a la ONU, y condicionó decisivamente ulteriores decisiones de la “comunidad


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internacional” al respecto? ¿Quién está aquí dictando sus mandatos? ¿Es el Imperio o es el imperialismo de las principales potencias? Simplificando hasta el absurdo para que nuestros apóstoles Hardt y Negri puedan entenderlo: ¿La ONU o EEUU? De forma más general, cuando no se confunde el alcance mundial de las compañías con su propiedad, que sigue teniendo base nacional, ¿no es preciso rechazar la idea de que el imperialismo ha desaparecido? ¿Acaso la apertura de mercados, la defensa de los intereses de las compañías en el extranjero o la legislación que regula el comercio y la producción no siguen corriendo a cargo (directa o indirectamente) de las grandes potencias imperialistas? Cuando simplemente se reconoce (por ejemplo, con datos de James Petras en Imperio vs resistencia) que casi un 48% de las mayores compañías y bancos en el mundo son de EEUU, un 30% de la Unión Europea, un 10% de Japón… ¿cómo no asombrarse por la hipótesis de Imperio? ¿No están los planteamientos al respecto de Samir Amín, de Atilio Borón, de Manuel Menéndez Díaz (director, hasta su fallecimiento, de Cuba Socialista), o de organizaciones políticas como el PC de Grecia (por citar una mínima representación de posicionamientos procedentes de ámbitos geográficos y políticos diversos) muchísimo mejor fundamentados que los de Hardt y Negri? Así lo entendemos, y es por ello que recomendamos encarecidamente la lectura de las críticas demoledoras que desde puntos tan diversos han sido vertidas contra Imperio. Restauración teológica del Primer Dogma ¡Pero nada de esto vence a la Sagrada Dicotomía! Las insidiosas objeciones vertidas contra el Primer Dogma se apoyan en datos empíricos y razonamientos humanos que, no obstante su apariencia de verosimilitud, deben ser desterrados por absurdos. Efectivamente, todos ellos plantean lo imposible, plantean que unas potencias se oponen a otras, o dicho en lenguaje teológico: ¡el Poder opuesto al Poder…! Pero, ¿cómo? El libro sagrado nos ha enseñado que el Poder se opone al Deseo; si, además, el Poder se enfrentara al Poder, ¿no habría entonces que reconocer que entre Poder y Deseo la oposición

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es sólo relativa? ¿No habría que admitir que el conflicto entre poderes podría redundar, entonces, en beneficio del “deseo” revolucionario? ¿Y no sería eso caer en las tentaciones de la maldita Dialéctica? ¿No requeriría eso negar la existencia nada menos que… de la Sagrada Dicotomía? Ahora bien, que nadie tema, y afiancen todos su fe: es un hecho revelado que la Sagrada Dicotomía existe. Por lo tanto, por encima de la ciencia y del movimiento obrero, de forma praeter-racional y por vía teológica (la única que realmente nos vuelve sabios), queda inequívocamente restaurada la verdad del Primer Dogma. Segundo Dogma inspirado por la Sagrada Dicotomía Como la distinción Política-Sociedad no admite discriminar partes en cada uno de los ámbitos a los que estos conceptos se refieren, como lo político sólo puede ser “uno” se decreta: Entre centros imperialistas y periferia oprimida no existe distinción, y no cabe, por tanto, hablar de relaciones internacionales de dependencia o de asimetrías estructurales entre el Primer y el Tercer Mundo, y así, tal y como Hardt y Negri han escrito, entre el Estado brasileño y EEUU, entre la India y Gran Bretaña “no hay diferencia de naturaleza, sólo diferencias de grado”. “La división espacial de los tres Mundos (Primero, Segundo y Tercer Mundo) se ha entremezclado de modo tal que hallamos continuamente al Primer Mundo en el Tercero, al Tercero en el Primero, y al Segundo, en verdad, en ningún lado”. “Ya no es posible demarcar grandes zonas geográficas como centro y periferia, Norte y Sur”. Así nos lo enseña el libro sagrado Objeciones impías al Segundo Dogma Permítasenos aportar aquí el siguiente comentario de Atilio Borón (cap. 2 de Imperio & Imperialismo): “La tesis de Hardt y Negri sobre la indiferenciación de las naciones al interior del Imperio evoca un cínico comentario que Kissinger hiciera sobre este tema. Manifestando su rechazo a la idea de la dependencia económica de las naciones del Tercer Mundo y cuestionando la extensión e importancia de las asimetrías estructurales en la economía mundial,


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Kissinger observó que `hoy todos somos dependientes. Vivimos en un mundo interdependiente. EEUU depende de las bananas hondureñas tanto como Honduras depende de las computadoras norteamericanas´. Como puede concluirse muy fácilmente, algunas de las afirmaciones expresadas con tanta contundencia en Imperio -por ejemplo, que no hay más diferencias entre el centro y la periferia del sistema, que no hay más un ‘afuera’, que los actores tienen una mera diferencia de grado, etc.-, están lejos de ser novedosas y habían sido puestas en circulación por teóricos reconocidamente afiliados a la derecha, que oponían una teoría de la ’interdependencia’ a la dependencia y el imperialismo, y que rehusaban aceptar que la economía internacional se caracterizaba por la radical asimetría que separaba a las naciones del centro de aquéllas de la periferia del sistema”. La tesis de que no cabe hablar de centros y periferias, y que no viene justificada por medio de datos contrastables (es una sagrada intuición), ofende, cuando menos, a cuantos viven y luchan en países subdesarrollados, es decir, a aquellos que, viviendo en regiones que ni siquiera han alcanzado la “modernidad” (y que, con la intensificación de la dominación imperialista de las últimas décadas, han visto, incluso, desaparecer avances históricos), deben escuchar ahora un discurso sobre la actual situación (posmoderna), de conformidad con el cual las diferencias entre potencias imperialistas y países oprimidos no existen. No en vano varios autores han hablado del eurocentrismo de Hardt y Negri (¡ellos, que habían acusado de eurocentrismo a Marx!). Por otra parte, ¿qué alcance pueden tener las generalizaciones idealistas de Hardt y Negri frente a lo que, por fijar unas mínimas referencias, Samir Amín ha llamado los “cinco monopolios nuevos de los centros imperialistas” (es decir, el control de nuevas tecnologías, de recursos naturales, de flujos de capital financiero, de las comunicaciones y de la información y de las armas de destrucción masiva)? ¿Qué valor pueden tener sus intuiciones, apoyadas casi exclusivamente en estrechas dicotomías, frente al expolio sostenido y probado del Tercer Mundo por parte del imperialismo? El hecho de que en las grandes ciudades del Primer Mundo existan barriadas miserables y que en otras del Tercer Mundo encontremos determinadas empresas punteras, ¿autoriza a confundir unas regiones con otras? ¿No debe-

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rían nuestros autores investigar un poco más seriamente las inmensas barreras estructurales que el imperialismo impone al desarrollo de los países tercermundistas (y que no sólo no se disuelven, sino que han ido generando más desigualdad durante las últimas décadas)? Restauración teológica del Segundo Dogma Pero la novísima Teología traspasa tales objeciones sin dificultad: Sólo si los pobres están todos en el Tercer Mundo podría éste coincidir con la Multitud y el Deseo, mientras que el Primer Mundo habría de ser identificado absolutamente con el Poder. Mas, de no ser así… ¿cómo solapar, cómo hacer coincidir la división Primer Mundo/ Tercer Mundo con la división entre Poder y Deseo? ¡Sería imposible! Tendríamos, entonces, que reconocer que existen dos o más Sagradas Dicotomías, y no una. ¿Y cabe mayor blasfemia? ¡Cómo puede haber dominación (de clase) en cada país y, simultáneamente, dominación entre países ricos y países pobres! La dominación sólo puede ser una, pues sólo así puede presentarse como opuesto absoluto al Deseo, a la Multitud… Cualquier otro planteamiento repugna a la fe en una Única Sagrada Dicotomía. Mas, como la novísima Teología ha mostrado, sólo una existe, y, en base a esta certeza, queda restaurada la verdad del Segundo Dogma. Tercer Dogma inspirado por la Sagrada Dicotomía Por idénticos motivos, es decir, porque la Sagrada Dicotomía ha expulsado del mundo las asimetrías internacionales, se decreta: Los movimientos de liberación nacional y el nacionalismo de las potencias imperialistas se vuelven indistinguibles (ambos son movimientos políticos, “estatales”, ambos conducen a lo mismo, al control sobre la multitud). Hardt y Negri han escrito: “Con la liberación nacional y la construcción del Estadonación, todas las funciones opresivas de la moderna soberanía afloran con toda su fuerza”… “El concepto mismo de una soberanía nacional liberadora es ambiguo, si no completamente contradictorio”. En fin: “El tiempo de ese internacionalismo proletario ha pasado”. Así lo enseña el libro sagrado.


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Objeciones impías al Tercer Dogma De ser uno de los bastiones principales en la lucha contra el capitalismo, los movimientos de liberación nacional se convierten, bajo la pluma de Hardt y Negri, en movimientos contrarrevolucionarios… ¿No nos deja, así, la Sagrada Dicotomía en manos de los nacionalismos de los opresores, de las potencias más fuertes? Negar, por ejemplo, a Cuba la soberanía, o negar al pueblo saharaui el derecho de autodeterminación (considerando estúpidamente que ese derecho significa nacionalismo), ¿no significa arrojar la Revolución a los pies del nacionalismo imperialista de EEUU y condenar al pueblo saharaui a resignarse a padecer el nacionalismo marroquí? Las críticas de Lenin (Sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación, de 1914) a Rosa Luxemburgo mantienen, en este punto, su más absoluta vigencia. Justamente, Hardt y Negri han tomado de Rosa Luxemburgo aquello (y sólo aquello) por lo que la gran comunista no puede ser elogiada, es decir, su tratamiento de la cuestión nacional de forma precisamente “dicotómica” y reduccionista: o nacionalismo o negación del derecho de autodeterminación. Pero sostener que la defensa de (o la lucha por) la soberanía de los pueblos oprimidos es nacionalismo -y, por tanto, censurable-, es apoyar el nacionalismo verdaderamente opresor. Y esta es justamente la postura que, por debajo de sus declaraciones confusionistas, Hardt y Negri mantienen (¿a alguien puede, entonces, sorprenderle que se les haya acusado de comulgar con el imperialismo estadounidense?). Nuestros apóstoles no han entendido ni una palabra del internacionalismo proletario, y aluden a polémicas que, patentemente, desbordan sus facultades intelectuales (bajo la erudición se esconde, en este caso, la ignorancia -¿o la mala fe?- más escandalosa). Desde luego, resultan especialmente sintomáticos aquellos pasajes donde estos señores encaran el tratamiento de la “política bolchevique” sobre la cuestión nacional. Se nos dice, “también el bolchevismo entró en el terreno de la mitología nacionalista, en especial mediante el festejado panfleto prerrevolucionario de Stalin sobre el marxismo y la cuestión nacional”. Ciertamente, el escrito al que se alude es un escrito “festejado”, y, ante todo,

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por Lenin, quien, en su reseña Acerca del programa nacional del POSDR, escribe: “En la literatura marxista, esta cuestión y las bases del programa nacional socialdemócrata han sido esclarecidas en el último tiempo (aquí destaca sobre todo el artículo de Stalin)”. Es decir, que el artículo juzgado por Lenin como esclarecedor de las bases del programa del Partido, es tachado por Hardt y Negri de “panfleto prerrevolucionario” y vinculado a la “mitología nacionalista”. Es más, según estos autores, y, sin darnos respiro para salir de nuestro asombro, se nos revela que, “de acuerdo con Stalin, las naciones son inmediatamente revolucionarias”(?). Esto es: los bolcheviques (e incluyan aquí a Lenin, al Partido, a la Internacional y a cuantos “festejan” o, al menos, no descuidan los criterios planteados en el artículo de Stalin) ¡son puros nacionalistas! O globalismo o nacionalismo: El internacionalismo proletario debe hacerse coincidir con una de estas dos posiciones, pues la Sagrada Dicotomía así lo impone. Pueden, por tanto, concluir: “Es una trágica ironía que el socialismo nacionalista en Europa viniera a tomar la forma de nacional-socialismo. Y esto no se debe a que ’los extremos se unen’, como gustan pensar algunos liberales, sino a que la máquina abstracta de la soberanía nacional está en el corazón de ambos”. En plata: Bolchevismo = Nacional-socialismo… ¡Y viva el rigor histórico! Desde luego, lo que menos se comprende es que Hardt y Negri se esfuercen tanto por hacer pasar su rechazo al leninismo como un resultado del cambio reciente de las condiciones internacionales, cuando, por lo que se ve, ya era absolutamente condenable (¡por nacionalista!, ¡por nacional-socialista!) incluso antes de la Revolución Rusa... ¿Operación de camuflaje? Restauración teológica del Tercer Dogma La Sagrada Dicotomía no tolera que la cuestión nacional, los temas de la soberanía, del derecho de autodeterminación, etc., sean abordados de una forma que no sea puramente abstracta, espiritual y teológica. Distinguir nacionalismo imperialista de liberación nacional significaría recaer en el leninismo, en el internacionalismo proletario, etc. Y, ¿qué es esto sino contaminarse de dialéctica? ¡Atrás, Satán! La


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existencia de la Sagrada Dicotomía prueba inequívocamente que ¡también de esta batalla, el libro sagrado sale triunfante! Por toda la eternidad, queda, así, restablecida la verdad del Tercer Dogma Cuarto Dogma inspirado por la Sagrada Dicotomía Como la distinción Poder-Deseo es absoluta, como el Deseo debe, por ello, ser entendido como un todo, se decreta: Los deseos no confrontan nunca entre sí. Es decir, que los intereses de los trabajadores de distintos sectores o países, los intereses de los movimientos feministas, de los inmigrantes, etc., confluyen armónicamente, sin más, cual mónadas de la divina metafísica de Leibniz. Los apóstoles Hardt y Negri han escrito que “las luchas se han vuelto incomunicables”, que “la figura de un ciclo internacional de luchas basadas en la comunicación y traducción de los deseos comunes del trabajo en rebeliones parece no existir más”. Sin embargo, cuando por ello nos apenamos, la Sagrada Dicotomía nos consuela: “Precisamente porque todas estas luchas son incomunicables y, por ello, están bloqueadas para desplazarse horizontalmente en la forma de un ciclo, se ven forzadas a saltar verticalmente y tocar inmediatamente los niveles globales”, “cada una salta verticalmente, directo al centro virtual del Imperio”. Las “explosiones de la multitud”… “llegan de inmediato a los niveles más altos del poder imperial”. Y, por tales motivos, paternalmente, nuestros apóstoles nos advierten: tal vez “ya no sea útil insistir en la vieja distinción entre estrategia y táctica”… Así dice el libro sagrado. Objeciones impías al Cuarto Dogma Las décadas (siglos) de coordinación internacional entre fuerzas revolucionarias se nos aparecen ahora como vanas, ¡qué decimos vanas!, ¡son, incluso, imposibles! Los discursos de las distintas fuerzas son “intraducibles”, las oleadas de contagio ya no se producen, la incomunicación entre partículas lo domina todo. Los Foros Mundiales, Internet, la prensa de diversas organizaciones, los contactos internacionales entre partidos revolucionarios, etc., nada pueden contra la incomunicabilidad decretada por la Sagrada Dicotomía. Es decir, que toda política de alianzas, toda estrategia y todo esfuerzo de coordi-

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nación se vuelven innecesarios. Samir Amín ha escrito recientemente (cap. 2 de Por la Quinta Internacional) que “esta pluralidad a través de la que se expresa una capacidad invencible del movimiento social es, al mismo tiempo, debido a su dispersión, la manifestación inmediata de la debilidad de este mismo movimiento Puesto que la mera adición de reivindicaciones -por legítimas que sean, y, de hecho, lo son- y la suma de luchas llevadas a cabo en su nombre no constituyen una alternativa eficaz; alternativa eficaz que exige la coherencia necesaria de una concatenación de avances sucesivos”. La posición de Hardt y Negri es, en esta materia, la afirmación del irracionalismo más radical: Las luchas, al margen de toda coordinación temporal, al margen de todo debate de ideas, al margen de toda valoración sobre la oportunidad del momento, al margen de los contenidos programáticos que cada movimiento tenga a bien plantear… ¡simplemente coinciden! El aventurerismo más frenético, que ha llevado siempre a todo movimiento al fracaso, y que ni siquiera los anarquistas suelen atreverse a proponer con tal contundencia, es lo que ahora se nos revela. ¿No es la armonía entre todas las luchas un supuesto meramente infantil? Sólo en el caso de que la revolución sea reconvertida en contestación ética, y sin el más mínimo afán de éxito en la transformación social, puede ser comprendida una postura así. Es decir, hay que renegar de la revolución para rechazar con coherencia toda estrategia. Pero, incluso si de lo que se trata es simplemente de boicotear sin propósito definido el sistema, o de “desertar” éticamente del mismo (rompiendo con lo convencional en la cama o molestando en clase al maestro), incluso para ello, decimos, es necesaria la coordinación y la estrategia. ¿Acaso es lo mismo desertar en solitario que organizar una deserción masiva y coincidente en el tiempo? ¿Acaso es lo mismo “desobedecer” en una sola fábrica que paralizar un Estado o un conjunto de Estados por medio de una huelga general? ¿Y alguien cree que una huelga general no requiere una orquestación, un análisis de las condiciones, una estrategia de prolongación de la lucha hasta el éxito? ¿Alguien puede ser tan cándido como para presuponer que la mayoría participará en la deserción, la desobediencia y el boicot si no es por medio de la comunicación, la formulación de propósitos comunes, la certeza de que se va a recibir apoyo desde otros puntos?


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Las heroicidades al margen de toda comunicación y toda estrategia son, además, generalmente, contrarrevolucionarias: muchas veces consiguen desmovilizar, sacrifican estérilmente a grandes cuadros, bloquean la posibilidad de luchas de más amplio alcance… En síntesis, benefician al capital, al “poder”. ¿Acaso es esto lo que los apóstoles Hardt y Negri persiguen? ¡Horror! ¡El Deseo se convierte en su contrario! Restauración teológica del Cuarto Dogma Pero, ¿qué vale la experiencia de todo el movimiento obrero internacional frente a las verdades inspiradas por la Sagrada Dicotomía? ¡Avancemos en la diversidad y la dispersión! ¡Qué antiguo y alejado de la novísima Teología aquello de “proletarios del mundo, uníos”! Cuando los apóstoles Hardt y Negri escriben que entre el Poder y la Multitud no hay “mediaciones”, lo que revelan es que el Poder (no obstante la pluralidad de redes) va siempre en un sentido y la Multitud (no obstante su diversidad) siempre en el contrario. Dos sentidos sobre una recta son suficientes para comprender toda la complejidad del mundo y definir, además, la novísima actitud “posestratégica”. Se restaura, por tanto, de una vez por siempre, la verdad insuperable del Cuarto Dogma. Quinto Dogma inspirado por la Sagrada Dicotomía Como Disciplina y Libertad son opuestos absolutos, un nuevo decreto: La liberación comunista no requiere ningún tipo de disciplina… La dictadura revolucionaria del proletariado (de la que Marx habló con estos precisos términos en su Crítica del Programa de Gotha) ya no puede tener sentido. El ejército de la revolución, el ejercito de liberación de los proletarios, es un contrasentido, y es que, como los apóstoles Hardt y Negri han escrito: “la idea de ejército pesa mucho sobre la de liberación”. Y, por supuesto, también conceptos como centralismo democrático, en nombre de la Sagrada Dicotomía, han de ser desterrados… ¿o acaso no osan conjugar democracia y disciplina?

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Objeciones impías contra el Quinto Dogma ¿Qué valor puede tener que Hardt y Negri se declaren comunistas cuando niegan la dictadura revolucionaria del proletariado? ¿De qué valen sus puntuales loas a Lenin cuando rechazan el centralismo democrático y todo el leninismo? ¿A quién se quiere confundir? Ni concepto de imperialismo, ni de contradicciones interimperialistas, ni de asimetrías entre centro y periferia, ni estrategia revolucionaria, ni movimientos de liberación nacional, ni disciplina en la lucha revolucionaria, ni comprensión del internacionalismo proletario… Y, a cambio: irracionalismo, espontaneísmo de índole anarquista, ausencia de proyecto, propuestas de dispersión y de aislamiento de los movimientos… ¿Cuántas más pruebas son necesarias de que estamos en presencia de una obra anti-comunista? Por supuesto, si se nos exigen, estamos dispuestos a presentar muchas más. Estos señores no comprenden (o no quieren comprender) ni una palabra de Marx o de Lenin. Y, evidentemente, no lo decimos porque debieran o no seguirlos (allá ellos y sus deseos), sino para no tener que ser testigos de la desfachatez que representa autoproclamarse comunista sin mostrar ni idea sobre lo que esta línea política representa o sobre sus formulaciones histórica y actualmente más relevantes. En toda la obra Imperio, el análisis de clase brilla por su ausencia. Desconsiderando totalmente al marxismo, sus autores buscan “inspiración” en autores como Duns Scoto, Maquiavelo y Spinoza, que, por ser anteriores al desarrollo de la clase obrera, anteriores al materialismo histórico, anteriores al desarrollo de la dialéctica marxista, no pudieron tener nada de esto en cuenta. Lo triste es que Hardt y Negri no van más lejos que ellos. Atilio Boron ha mostrado también, de forma contundente, las influencias del liberalismo norteamericano sobre su obra. Influencias que, desde luego, desequilibran hacia ese lado la balanza frente a la levedad de cualquier influencia procedente de la tradición revolucionaria. Imperio sólo puede ser vista como una pésima obra teórica. Aventura tesis que son meras hipótesis sin ninguna apoyatura en datos mínimamente contrastables, ignora una amplísima literatura sobre el


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imperialismo, sobredimensiona determinados cambios recientes hasta oscurecer o idealizar completamente cuanto pretende esclarecer, emplea intencionadamente un lenguaje confuso por afán de originalidad e innovación y, sobre todo, muestra una forma de razonar y de afrontar los problemas que, como creemos haber ido dejando claro, ¡produce vergüenza ajena! Sus apreciaciones sobre la dialéctica motivan a la carcajada por su ramplonería. Estos señores suponen siempre (por medio de una disyunción excluyente) que o los opuestos son absolutos o que entre ellos se produce la fusión y la identidad absoluta. No conciben otra posibilidad fuera de esa disyuntiva. No conciben que la identidad pueda entenderse como transición, no conciben el carácter relativo de las oposiciones, no conciben que entre los opuestos puedan mediar relaciones de interpenetración, es decir, relación entre las partes de esos opuestos, pues los toman siempre como absolutos, como todos indivisibles. Tampoco parecen entender que el conocimiento de la realidad requiere reconocer la existencia de múltiples contradicciones y cómo los diferentes conflictos se articulan de forma compleja, limitándose, en cambio, muy tercamente, a yuxtaponer, a superponer oposiciones una sobre otra, y sobre otra, y sobre otra… hasta aburrir soberanamente a cuantos carecemos de fe en la Única y Sagrada Dicotomía. Y, claro, con tal estrechez de miras, cuando pretenden “superar” la distinción del marxismo entre base y superestructura, cuando discurren sobre la supuesta “autonomía e independencia” de la política y sobre su desaparición, cuando quieren ir más allá de la teoría del valor, etc., etc., lo único que hacen es el más espantoso ridículo. ¿No tienen amigos que se lo adviertan? En fin, lamentamos no disponer de más espacio para mostrar cómo esta novísima Teología afronta otra serie de cuestiones. No obstante, como siempre lo hace desde el prisma que venimos reflejando, ustedes mismos, pacientes lectores, podrán practicar fácilmente el ejercicio de extraer dogmas teológicos inspirándose en la Sagrada Dicotomía, y reproducir y extender así la sabiduría en la que Hardt y Negri nos han iniciado.

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Restauración teológica del Quinto Dogma y validación a priori de todos los venideros ¡Pero, si la novísima Teología es novísima!, ¡si el aventurerismo (tanto teórico como práctico) está de moda y causa furor!, ¿cómo los dialécticos podrían vencerla cuando ésta tiene la capacidad inagotable de hacer valer cualquier Dogma, no ya ofreciendo pruebas objetivas y argumentos, sino simplemente saltando hacia otro Dogma, y luego hacia otro, y hacia otro más, hasta eliminar, por fatiga, toda posibilidad de crítica exhaustiva? Para el piadoso pensamiento “dicotómico”, la verdad se prueba hallando la misma Sagrada Dicotomía bajo otros nombres, y bajo otros, y bajo otros… Mas, como tamaña “creatividad” es inextinguible e inagotable fuente de novísimas verdades (mientras que la dialéctica es limitada por ser un vulgar producto humano), no sólo cabe restablecer así, por siempre, el Quinto Dogma, sino que igualmente se validan, y enteramente a priori, cuantos Dogmas futuros se inspiren en la Sagrada Dicotomía. Amén.


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