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Petra miraba distraída el paisaje pasar, pero no

dejaba de darle vueltas en la cabeza a lo que había dicho la presuntuosa abuela de Clementine, si bien el verdadero objetivo de aquella escuela de verano era la promoción del internado… ¿No estarían sus padres considerando la idea de abandonarla allí? Cuando ya estaba mareada de seguir con la mirada los árboles que pasaban, decidió alejar esos furibundos pensamientos y echar una ojeada a los libros que había sacado de la biblioteca el día anterior, ya que no encontraba qué más podía hacer allí.


En cuanto la anciana y la niña habían abandonado el compartimento, Petra no tardó ni dos minutos en hacerse con él, buena parte de sus pertenencias ya ocupaban todo espacio útil, incluso se había tomado la libertad de quitarse las zapatillas y subir los pies al asiento. Pero todavía quedaba un largo camino por delante, así que abrió la maleta y descartó primero el cuaderno de cálculo, había otro de gramática… Que horrible verano le esperaba. Había también dos novelas y… De entre todos los libros había uno mucho más viejo y desgastado que los demás. En la cubierta gruesa, las letras plateadas y retorcidas rezaban:

MANUAL CONTRA UNAS VACACIONES ABURRIDAS Por más que la niña se esforzaba no recordaba haber cogido aquel libro en la biblioteca, ni tampoco aparecía en la lista que le habían dado para las tareas del verano. Examinó el tomo, no figuraba el autor ni la editorial por ninguna parte; lo abrió, las hojas estaban muy gastadas y amarillentas, incluso manchadas. Verdaderamente aquel libro debía de tener muchos años. Tras la portadilla aparecía una dedicatoria: “Dedicado a aquellos que son valientes, a aquellos que son intrépidos, a quienes son inquietos, a los que se aburren y a todos los insensatos”.


Petra pensó que alguno de esos adjetivos casaba con su personalidad y continuó leyendo: “Asegúrese de que este manual vuelve a la biblioteca antes del último día de las vacaciones. O, no obstante, él volverá a su estante”. A continuación venía un índice con los capítulos más extraños que hubiese visto jamás. 1. -Botánica práctica, útil y fácil. 2. -Los elementales de su jardín. 3. -Algunos monstruos y espíritus y una correcta higiene en su hogar. 4. –Puertas, pórticos, portones y portales. 5. -El correcto uso de las palabras correctas. La palabra clave. 6. – La fórmula. 7. - Anaras un verdadero destino de vacaciones. 8. –Crónicas del explorador. Tuvo una extraña sensación en el estómago con aquel libro entre las manos, pero pensó que era por haberse saltado el almuerzo. Todo aquello parecía muy emocionante. El primer capítulo hablaba sobre plantas, y aunque en un primer momento prometía ser un largo aburrimiento, le dio una oportunidad. Consistía en un listado dónde se mencionaba las propiedades mágicas de plantas y helechos que podías encontrar en prácticamente cualquier jardín y su utilidad si se recogían dependiendo de en que fase estuviera la luna, algunos


incluso venenosos, como el Acónito, tan sólo 10 g. de su raíz constituían una dosis letal, o cosas curiosas como el Hinojo usado contra posesiones demoníacas o hechizos de magia negra. Pero en general era un capítulo bastante denso, así que le dio un vistazo por encima y pasó a ojear el segundo capítulo mientras se comía el sándwich que le había preparado su madre para comer. Este le pareció algo más interesante y curioso, leyó sobre los espíritus elementales, seres mágicos como duendes y gnomos o hadas y sirenas, y dónde encontrarlos, y que no todo el mundo podía verlos, solo aquellos que los buscan bien y están predispuestos. Aquel libro le causaba una sensación de nervios en la barriga, esa sensación que tienes justo antes de saltar de un trampolín al agua, aquel libro le transmitía sensación de aventura, así que decidió que el trabajo de lectura lo haría de aquel libro. Empezaba con el capitulo de los fantasmas y monstruos cuando un golpeteo en la puerta le interrumpió. -Hola, sus billetes por favor. –el revisor se asomó al compartimiento donde casi no pudo distinguir a la pequeña niña entre todo aquel caos y casi oculta tras el libro. Sin mediar palabra, Petra sacó el billete arrugado del bolsillo y se lo extendió al revisor, que frunció el ceño.


-¿Viajas sola?- Preguntó extrañado mientras le devolvía el billete. -Si, ¿Y usted?- le respondió la voz tras el libro. - Yo estoy trabajando. –Los ojos de Petra asomaron entonces unos centímetros sobre la cubierta.


- ¿A caso no resulta obvio que yo también?- El empleado ferroviario no quiso responder, los niños no le gustaban y hoy había demasiados en el tren -… Si no se le ofrece nada más…- Petra volvió a desaparecer tras el manual, al momento escuchó la puerta cerrarse y dedujo que el revisor se había marchado, le escuchó murmurar algo pasillo abajo. Pero pasados unos minutos ya no podía concentrarse en la lectura, y tampoco quería terminarlo antes de llegar, quedaban semanas por delante y necesitaría el apoyo del libro. Guardó los libros y se puso las zapatillas, era hora de estirar las piernas.


Salió al pasillo y decidió tomar el camino opuesto al que había seguido el revisor. De los compartimientos salía el rumor de varias voces, se cruzó con dos niñas, una era alta y rubia con el pelo largo y gafas, la otra era castaña y más bajita con el pelo corto, ambas con aires de suficiencia. Al pasar miraron a Petra por encima del hombro examinando su aspecto, y cuando la dejaron atrás pudo escuchar sus cuchicheos y sus risas estridentes. De veras esperaba que esas dos estuviesen en aquel tren con un destino completamente distinto al suyo.


No mucho más lejos, tras una puerta entreabierta, encontró a Clementine dibujando en un cuaderno, la arpía de su abuela se había dormido y roncaba a coro junto a dos señoras rechonchas que estaban sentadas enfrente. A Petra se le antojaron dos gorrinos y una gallina vieja en su cubil. La pequeña se sorprendió al ver a Petra en la puerta, pero esta le hizo una señal con el pulgar hacia arriba y continuó su camino tren arriba. Pasó por el vagón restaurante y tomó una taza de leche caliente con miel para merendar después de que el barman se negara a servirle un martini con vodka agitado, no mezclado. Regresó a su compartimiento justo a tiempo de recoger sus cosas, el tren llegaba a su destino. El sol de la tarde se precipitaba lentamente como si quisiera darse un chapuzón sobre el mar, el mar gris del Cabo Fierro Monte.

Capítulo tercero EL MANUAL  

cap 3

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