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PETRA! ¡El taxi ya está aquí!-La señora Rodel gritaba

desde el patio mientras cargaba el equipaje, consistente en una pequeña maleta, en el portaequipajes del taxi. En una hora saldría el tren que la llevaría a su tortura estival. Pero ella no estaba lista, sin que su madre lo supiese, había ido cambiando las cosas de la maleta y solo le quedaba un detalle.


La niña entró en la cocina y vació el contenido de un tarro de alcaparras en vinagre en el fregadero y lo limpió lo mejor que pudo, corrió al salón, y subida a una silla, cogió la urna funeraria con los restos mortales incinerados de su abuelo de la repisa sobre la chimenea, donde descansaba junto a unas fotos familiares. Con todo el cuidado que pudo traspasó las cenizas del recipiente al bote de cristal, cerró la tapa metálica con rosca, metió el bote en su bolsa de piel y salió al patio como si no hubiese roto un plato en su vida. -¿Qué hacías?- La niña entró en el taxi enfurruñada sin decir ni una palabra. La madre de Petra dio las indicaciones al chofer para ir a la estación de tren, después de reclinarse sobre el respaldo del asiento e inspirar profundamente, se giró hacia la niña.- Llevas la cara llena de hollín ¿Por qué me haces esto? – Se chupó el pulgar y le limpió la cara. Petra había planeado no hablar con sus progenitores hasta septiembre, cuando tuviera que pedirles comida, pero antes de darse cuenta las palabras salieron sin su permiso.-… ¡¿Q-Que por q?!… ¡¿Por qué me hacéis esto a mí?! ¡No quiero ir a ese lugar!- Petra apartó a manotazos a su madre que le ponía un lazo rojo en el pelo. La mujer, algo incomoda por la presencia del taxista bajó un poco el tono. –Esa academia le ha costado una fortuna y varios favores a tu padre. Deberías estar entusiasmada y agradecida, es un lugar privilegiado.- Siempre el dinero o las apariencias… La niña no entendía qué tenia que ver nada de aquello con unas vacaciones, no pensaba que gastando más fueran a ser mejores. -¿Y por qué no puedo ir con vosotros? Nunca me lleváis. -Son viajes organizados por la empresa, no son para


niños. - ¡Pues no vayáis! Podemos quedarnos en casa, hacer una excursión a la playa o… - ¡Ya es suficiente!- La señora Rodel, exasperada, puso punto y final a aquella rabieta.

El taxista algo agobiado durante el trayecto por la discusión, detuvo el coche frente a la estación de trenes. La madre de Petra pagó la carrera, y ya con el equipaje en una mano y la niña en la otra, se dirigieron a los andenes, donde uno de los trenes llevaría a esta última lejos de su casa y de sus padres. Petra estaba furiosa y sentía ganas de llorar, pero quería mostrarse firme ante su madre, aunque por más fuerza que hizo, dos silenciosos lagrimones se le escurrieron por las mejillas. Extrañaba tanto a su abuelo… y esto lo hacía todo más difícil. La señora Rodel había reparado en todo momento en el estado de ánimo de su hija mientras se habían sumergido entre la muchedumbre y se centraba en buscar el tren correcto, se arrodilló frente a ella y le secó las lagrimas.- ¿Entiendes que no te puedo dejar así?-. Petra se abrazó a su madre en silencio y como por arte de magia, ya no estaba enfadada. Son esas cosas que sólo las madres pueden hacer. Así permanecieron un


tiempo y ya no se atrevió a protestar más.

Subieron al tren, y la señora Rodel acomodó a la niña en el asiento de un compartimiento ocupado por una anciana de aspecto arrogante y una niña abrazada a un conejo blanco de peluche, era de piel algo paliducha, tenía mucho pelo e iba


llena de lazos, tal y como a la madre de Petra le hubiera gustado que fuera su hija. La pequeña parecía de su edad. -Buenos días. –Saludó la señora Rodel a las dos. -Buenos días tenga usted. –Respondió la señora altivamente. -Petra, te dejo en compañía de estas señoritas tan guapas. Se educada. -Hola.- Dijo únicamente Petra. Su madre se inclinó y con un beso en la frente de su hija y un “pórtate bien”, se bajó del tren. Petra pegó la cara al cristal, el tren dio una sacudida, ya se ponían en marcha, la niña pudo ver a su madre despidiéndose con la mano, ella la imitó, hasta que se hizo tan pequeña que ya no la diferenciaba del resto de personas que ya parecían manchitas y, al mismo tiempo, tuvo una desagradable sensación como si se hubiese dejado las tripas allá en el andén. -¿A dónde viajas niña?- La pregunta obligó a Petra a volver al vagón. La niña observó unos instantes a aquella mujer. No estaba del todo segura si debía dar ese tipo información a una persona extraña, pero su madre le había dicho que fuese educada. Tras evaluar a la niña que la acompañaba, dedujo que; a) debía de ser su nieta, o; b) una niña que había secuestrado. Tras unos minutos de silencio, la anciana ya comenzaba a irritarse. Petra decidió responder.


-Voy a Cabo Fierro Monte, a la academia Las virtudes.- A la anciana se le dibujó una leve sonrisa en su arrugado rostro. – Excelente. Mi nieta Clementine también.- dijo mirando a la niña de aspecto introvertido sentada junto a ella. - Mi sobrina es la directora del centro. Es un lugar maravilloso, se inaugura este mismo verano, pero el auténtico propósito es abrirlo oficialmente como un internado para señoritas el próximo curso. Tus padres tienen que ser personas de categoría muy exquisita si te envían allí… El edificio ha sido restaurado completamente, fue una antigua mansión majestuosa y las instalaciones son… -Mi padre me ha dicho que fue un hospital de campaña en la guerra. ¡Mi abuelo estuvo en un hospital así durante la guerra! Le hirieron en combate, solo tenía 15 años. Contaba que allí solo se escuchaban por los pasillos los gritos y lamentos de decenas de heridos moribundos-. La anciana miró a la niña, ofendida por la brusca interrupción y aquel lenguaje. Clementine se contrajo contra el asiento con cara de ansiedad.Mi abuelo me explicó una vez una historia increíble: Durante su estancia en aquel hospital, las noches eran interminables, el olor a sangre y a muerte era horrible.- ¡Por el altísimo!-


Inquirió la anciana sujetándose el pecho mientras el tono de piel de su nieta pasaba del blanco a verde.- Y los soldados contaban que, durante la noche, aparecía aquí y allí un monstruo que les devoraba lentamente. Mi abuelo mismo una noche después de una horrible pesadilla producida por las altas fiebres, despertó y pudo ver al monstruo. La horrible criatura le sujetaba por la pierna y con la mirada fija en él la devoraba fatalmente… -¡¡¡¡KYYYAAAAAAAHHH!!!!- Clementine hundió la cara en el regazo de su abuela y comenzó a llorar histérica. Petra, complacida por el entusiasmo que estaba causando con el relato, continuó: - Así fue como mi abuelo perdió la pierna. Mi madre


dice que es una mentira, que la perdió por una infección o un trozo de metralla durante un ataque aéreo en una trinchera o algo así, pero lo cierto es… - ¡No escucharé ni una sola palabra más!- La señora se levantó del asiento horrorizada mientras murmuraba las santas escrituras, llevándose consigo a la pequeña aferrada al conejo de peluche en estado catatónico. -… Que mi abuelo llegó allí solo con un disparo en el hombro.- Terminó de decir a la estancia vacía.

Capítulo segundo EL VIAJE  
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