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Gustos atrevidos Janelle Denison

Gustos atrevidos (2007) Historia corta incluida en la antología “Dulce pecado” Título Original: Wickedly delicius (2006) Editorial: Harlequin Ibérica Sello / Colección: Deseo Especial 6 Género: Contemporáneo Protagonistas: Connor Bassett y Rebecca Moore

Argumento: Todos ellos estaban a punto de descubrir el excitante poder del chocolate.

Los propietarios de una tienda de dulces querían demostrar la teoría de que el chocolate era el mejor afrodisíaco del mundo. Para ello llevaron a cabo un estudio muy poco ortodoxo que disfrazaron de promoción de San Valentín. Cuando los confiados clientes empezaron a probar el chocolate… los resultados fueron sorprendentes. La sensata Rebecca Moore se atrevió a aceptar la propuesta de tener una aventura erótica con un millonario playboy llamado Connor Bassett.


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Prólogo Con una ligera sonrisa de satisfacción, Ellie Fairbanks le dio la vuelta al cartel del impoluto escaparate para que los residentes de Austell supieran que la última tienda de la ciudad, Dulce Pecado, estaba abierta. Experimentó una mezcla de nervios y expectación ante la perspectiva de que entrara el primer cliente. Se preguntó si esa tienda terminaría teniendo el mismo éxito que la última que Marcus y ella habían abierto. Como si pensar en el nombre de Marcus invocara a su marido desde hacía veintisiete años, los brazos fuertes la rodearon por la cintura desde atrás. —Mmm —murmuró él, besándole esa parte sensible detrás de la oreja. Después de tantos años… bueno, no había nada científico en la reacción que se producían el uno al otro—. Hueles… délicieux. —El chocolate huele delicioso, tonto —dijo, sonriendo ante el atroz acento francés, inclinando el cuello para ofrecerle un mejor acceso. Respiró hondo y el exuberante olor a chocolate llenó su cabeza. La científica lógica que llevaba dentro sabía que hacía falta más investigación para determinar los efectos amorosos exactos que tenía el chocolate sobre el cuerpo humano, pero la mujer intuitiva sabía que bastaba ese olor maravilloso para hacer que se sintiera bien. —Cierto —convino él, mordisqueándole el lóbulo de la oreja—. Pero hueles aún mejor. Como Ellie Bañada en Chocolate, mi favorito. Irguiéndose, apoyó la sien contra su sien y Ellie supo que observaba la tienda. Como científico, Marcus era brillante, pero como decorador era decididamente… prefirió no catalogarlo. En los últimos tres años, desde que habían aceptado los planes de jubilación anticipada de Winthrop Laboratories y se habían embarcado en un experimento propio de investigación, había estado contento con dejarle la tarea de la decoración a ella. Hasta el momento, había aplaudido sus elecciones. Cruzando los brazos, Ellie se apoyó en él y absorbió la serena fortaleza y la masculina calidez que irradiaba. El centro de la decoración era el enorme cuenco de cristal lleno de corazones de chocolate envueltos en celofán de color rojo, dorado y plata, una decoración perfecta para San Valentín, y las peculiares mitades de corazones de color rosa y azul que formaban parte del premio especial que tenía la tienda para el día de San Valentín. Luego proyectó su mirada clínica sobre el lustroso suelo de madera, los relucientes candelabros de pared de latón que adornaban los frisos, los sencillos pero elegantes jarrones de plata para una sola flor con rosas rojas de tallo largo. Todo era perfecto. Sintió que Marcus asentía. —El lugar se ve hermoso, Ellie. Incluso mejor que la última tienda en la última ciudad. Es una pena que sólo estemos aquí tan poco tiempo. Te has superado.

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—Nos hemos superado —corrigió—. Sin embargo, estoy preocupada. Este local… no estamos en una calle principal, como siempre. Sé que nuestro estudio de mercado mostró que Austell encaja perfectamente en nuestro perfil de ciudad… a dos horas de coche de una ciudad importante, con una población creciente y bajas ventas de chocolate, pero ¿y si los clientes potenciales no nos encuentran? ¿Y si…? —Ellie —cortó, dándole la vuelta hasta que se miraron—. Nos encontrarán — afirmó con suavidad—. ¿Quién podría resistirse a una tienda que se llama Dulce Pecado? Y el ingenioso certamen que has ideado para San Valentín sin duda tentará e intrigará a los residentes de Austell. —Eso espero. Él frunció el ceño. —Lo que yo espero es que no termine costándonos un ojo de la cara, lo que podría suceder si tenemos múltiples ganadores. Desterró sus temores con un movimiento de la mano. —Es un gasto del negocio. Además, aunque el certamen no termine ayudando a nuestra investigación, promete aportar resultados muy divertidos e interesantes — sonrió. Marcus apoyó la yema de un dedo sobre su labio inferior. —Esa sonrisa no augura nada bueno. Ella le mordisqueó el dedo y luego le rodeó el cuello con los brazos. —Sólo pienso en la parte del premio de cien corazones de chocolate. Como bien sé, gracias tanto a la experiencia personal como a la investigación, una velada que tenga chocolate es mucho más excitante. —No podría estar más de acuerdo. Lo que necesitamos ahora son más pruebas para la comunidad científica. Y si todo sale según lo previsto en la tienda y en la competición, habremos dado otro paso en esa dirección —miró su boca—. Hablando de chocolate, estar rodeado de estas delicias comienza a liberar un torrente de endorfinas… —Que tendrás que guardar para después —contuvo una carcajada—. Además, primero debes comerte el chocolate para que las endorfinas se liberen. —No necesariamente, y espero demostrarlo con mi nueva hipótesis… ¿puede el simple olor del chocolate activar la liberación de endorfinas? Nuestra investigación hasta ahora indica que la ingestión de chocolate conduce al comportamiento amoroso en una mayoría de sujetos. Añadir el olor a la mezcla no es tan descabellado. —No puedo negar que cada vez que huelo chocolate, pienso en ti. —Es porque fue lo que nos unió. —Exacto. Probablemente no me habría fijado en ti de no ser por la bolsa de besos de chocolate que siempre tenías en tu escritorio en el laboratorio —bromeó. —Lo más inteligente que he hecho jamás. Conseguí un buen trofeo con esos chocolates. Encontrar datos que sustenten una correlación científica entre el consumo

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de chocolate y la conducta amorosa es lo menos que puedo hacer para pagarle a la comunidad científica que te trajera a mi vida. —Lo mismo digo. Además, el aspecto de la investigación es… —Delicioso —bajó la cabeza y le dio un beso leve en los labios. —Mmm. En más de un sentido. ¿Sabes? eres bastante romántico para ser científico. —Y tú, cariño. —Deberías verme cuando no llevo este mandil. —Vivo para el momento. Riendo, Ellie escapó de su abrazo. Miró hacia la puerta y su corazón se alegró al ver que un coche aparcaba delante de la tienda. —Parece que vamos a tener a nuestro primer cliente —comentó. Marcus le apretó el hombro. —Excelente. Que empiecen los juegos.

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Capítulo Uno Rebecca Moore siguió a su hermana menor, Celeste, por el amplio vestíbulo del Delaford Resort & Spa, sintiéndose como un gorrión en una jaula de oro, fuera de su elemento y rodeada de una opulencia que le era completamente ajena. Convencida de que jamás volvería a pisar un hotel tan exclusivo, asimiló todo, desde las plantas exuberantes y la decoración neutra hasta la fuente grande que dominaba el centro del vestíbulo. En cambio, Celeste iba a casarse con un hombre rico y se había acostumbrado a gastar el dinero. Rebecca había aprendido desde muy joven a ser frugal y a economizar. Después de años de severidad y ahorro, de ser pragmática con sus compras, se había convertido en un estilo de vida para ella. En ese momento, incluso con treinta y dos años, no era capaz de derrochar cientos de dólares en una instalación de lujo, cuando una habitación en el Holiday Inn cumpliría la misma función. Pero los siguientes tres días no tenían nada que ver con lo que ella habría preferido. Ese fin de semana estaba dedicado a su hermana y su muy anticipado matrimonio con Greg Markham III. Y tanto la boda como la recepción tendrían lugar en el Delaford, gracias a la infinita generosidad de los Markham y a sus inagotables recursos financieros. Como Greg era hijo único, los padres habían insistido en celebrar una boda lujosa, por no mencionar pagarlo todo, incluido lo que debería haber corrido por cuenta de la familia de la novia. Muertos sus padres, y sin parientes cercanos, la familia de la novia, es decir, Rebecca, carecía del dinero para pagar algo tan lujoso. —¿Quieres dejar de pensar en lo que va a costar todo y, simplemente, disfrutar del fin de semana? —pidió Celeste mientras apretaba el botón del ascensor. Desde luego, Rebecca no podía discutir hacia dónde se habían desviado sus pensamientos. El hábito de cuidar el dinero estaba tan arraigado en ella que no valía la pena negarlo. —No te preocupes, tengo la plena intención de pasármelo bien mientras estemos aquí —le aseguró con sonrisa indulgente. Celeste rió. —Y como juegues bien tus cartas, puede que tengas suerte este fin de semana. Cuando iba a interrogarla por el tono de voz malicioso que había empleado, las puertas del ascensor se abrieron y entraron. El interior era tan elegante como el resto del hotel, con un suelo de mármol y unas paredes de espejo con rebordes dorados. Al ver su reflejo juntas, volvió a notar las diferencias extremas que había entre ellas y que iban más allá de los seis años que las separaban. Así como las dos tenían el pelo rubio y los ojos azules, el cabello de Celeste era largo y con volumen, sin un estilo definido, mientras que el suyo era lacio y le llegaba hasta la barbilla. Su hermana llevaba siempre ropa de moda que se adaptaba a la actitud efervescente que

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exhibía, mientras que ella prefería un aspecto más sensato y pragmático, reflejo directo de su personalidad. Aunque había que reconocer que a los dieciséis años ella había adoptado un papel de madre con Celeste mientras su padre trabajaba, y había hecho todo lo que había estado a su alcance para que su hermana de diez años no recibiera el tipo de presión, responsabilidad y preocupaciones que Rebecca había asumido a la muerte de su madre. En muchos sentidos, había tratado a Celeste más como a una hija que como a una hermana, en un intento de cerciorarse de que disfrutara de una infancia tan despreocupada como lo permitiera el estilo de vida tan poco convencional que llevaban. A juzgar por la mujer vivaz y radiante en que se había convertido Celeste, supo que había hecho bien su trabajo. Cuando el ascensor comenzó a subir, se volvió hacia su hermana pequeña, reacia a dejar pasar el anterior comentario sin tratar de averiguar qué había detrás de esas palabras crípticas. —¿Qué quería decir con «tener suerte»? Los labios rosados y brillantes de Celeste esbozaron una sonrisa inocente. —Bueno, es el fin de semana de San Valentín y alguien especial va a estar presente —respondió de forma significativa—. Y como tú eres mi dama de honor y él es el padrino de Greg, vais a pasar mucho tiempo juntos. Es un escenario perfecto para que Cupido actúe sobre dos personas que necesitan amor y pasión en sus vidas —suspiró con gesto soñador. Sabía muy bien a quién se refería su hermana y dudaba que Connor Bassett, uno de los solteros más deseados y ricos de San Francisco, tuviera algún problema en encontrar amor y pasión. Movió la cabeza ante las esperanzas caprichosas de Celeste. —Eres demasiado romántica, Celeste —y ella demasiado práctica como para creer en un personaje mítico como Cupido. —Una de los dos ha de serlo —agitó una mano—. Has dedicado todos estos años a criarme y a abandonar tu vida personal en el proceso. ¿Es tan negativo por mi parte querer que encuentres la tuya? El enorme diamante de tres quilates que lucía en el dedo anular captó la luz del ascensor y a punto estuvo de cegar a Rebecca con su centelleo. Su hermana tenía un corazón de oro, pero si creía que Connor Bassett era su caballero andante, estaba muy equivocada. Ese hombre podía tener la capacidad de desbocarle las hormonas siempre que estaba cerca, pero no era la imagen que tenia del compañero perfecto. Era seis años más joven que ella y dedicaba los días ocupado en los videojuegos. Sí, había ganado millones como experto en ellos, pero despilfarraba el dinero en las cosas más frívolas y sibaritas. El estilo de vida despreocupado que llevaba chocaba con la actitud modesta y pragmática de Rebecca. Aparte de la intensa atracción física que había, no encajaban. —Lamento decepcionarte, Cece —empleó el apodo que le había dado de niña —. Pero mi Príncipe Azul bajo ningún concepto es Connor.

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El ascensor se detuvo. Cuando las puertas se abrieron en silencio, salieron y fueron hacia la izquierda, donde estaba situada la habitación de Celeste. —Tienes que reconocer que mirarlo es como un sueño —comentó sobre el mejor amigo de su prometido—. Y desde luego, no podría ser más obvio el interés que siente por ti. Rebecca rio, porque durante los tres años en que su hermana había salido con Greg, había aprendido que Connor había convertido el coqueteo en una forma de arte. No podía negar que la tentaba y provocaba con comentarios sexys siempre que sus caminos se cruzaban, pero era lo bastante inteligente como para saber que el interés que mostraba por ella no era exclusivo. En todo caso, disfrutaba con la emoción de la caza y sin duda ella había resultado ser un desafío para él. El hombre era un playboy consumado, y sus breves y conocidas relaciones con otras mujeres demostraban que estaba más interesado en pasar un buen rato que en establecer una relación importante o duradera. —Connor está fascinado con cualquier cosa que lleve falda y tacones altos — comentó con ligereza—. Creo que jamás lo he visto dos veces con la misma mujer. Esa observación no pareció preocupar a su hermana. —Bueno, este fin de semana viene solo. Pero Rebecca no buscaba ser la sustituta de quien fuera durante el fin de semana. —A Connor sólo pienso ofrecerle mi brazo durante tu boda —le dijo a su hermana—. Ahí se acabó. —Te estás volviendo demasiado tediosa con los años —le dijo Celeste preocupada—. Necesitas vivir un poco, Becca. Destierra esa actitud de madre que adoptaste desde que falleció mamá. Convertirse en una figura materna para su hermana de diez años había sido una transición necesaria para ella, y luego una costumbre que no pudo romper. Su padre, Curtis, había trabajado para una empresa de repuestos de fontanería que lo obligaba a viajar a menudo, lo que había hecho que ella estuviera a cargo de todo en casa, no sólo de criar a Celeste, sino de cocinar, limpiar e incluso encargarse de las finanzas. Y no había tardado mucho en descubrir que su padre gastaba más dinero que el que ganaba. Principalmente porque no podía hacer otra cosa. —Voy a casarme e irme de nuestro apartamento en cuanto vuelva de mi luna de miel con Greg —continuó Celeste con su sermón fraternal—. Por primera vez en tu vida, vas a estar sola, y ni siquiera tienes un novio que te haga compañía. Diablos, se puede decir que no has salido con nadie en los últimos cinco años. —No he encontrado a nadie con quien mereciera la pena salir —se encogió de hombros con indiferencia—. Hay un chico en el departamento de contabilidad del hospital que me ha invitado un par de veces. Quizá después de este fin de semana vaya a cenar con él y compruebe adónde vamos desde ahí.

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—Oooooh, eso suena excitante y arriesgado —su hermana puso los ojos en blanco—. Mientras cenáis, podréis hablar de la política de facturación del hospital. —Stuart es un chico agradable —lo defendió de forma automática. Se detuvieron ante unas puertas dobles y Celeste extrajo una tarjeta de plástico del bolso. —Estoy segura de que es muy agradable, pero si se gana la vida haciendo cálculos, mi conjetura es que es muy aburrido… igual que los demás chicos con los que has salido —añadió en voz baja. Stuart era estable, responsable y de fiar. Aunque no esperaba que su hermana comprendiera la necesidad que tenía de encontrar a un hombre con la clase de cualidades v rasgos que le habían faltado a su padre. Se había afanado en proteger a Celeste de las duras realidades de su vida tras la muerte de su madre, de modo que jamás llego a ser consciente de las erráticas juergas de despilfarro de su padre, que terminaron por sacar a subasta su casa y que él tuviera que declararse en quiebra. Celeste había llevado una vida alegre, sin tener que preocuparse jamás por el dinero siendo niña porque ella se había encargado de que su hermana tuviera siempre lo que necesitara. Pero para ella, la pérdida del único hogar que había conocido había sido devastadora. A pesar de que su padre había muerto de un ataque al corazón hacia diez años, aquel acontecimiento había cimentado la profunda determinación de asegurase de no volver a hallarse en esa situación financiera. Y eso significaba encontrar a un hombre que supiera cómo manejar el dinero. Celeste abrió la puerta y Rebecca la siguió al interior de la habitación. Una vez más miró en silencio maravillado la opulencia de la suite, desde el elegante mobiliario, pasando por la rica y fina tapicería, hasta la decoración de aspecto opulento. Por doquier había flores frescas en jarrones de cristal y su perfume embriagador llenaba la estancia. —Desde luego, la familia de Greg no ha escatimado gasto alguno en la suite nupcial, ¿verdad? —¿Quieres parar ya? —dijo con exasperación al dejar el bolso de marca sobre una mesa de cristal. Rebecca sonrió. —Eh, tú has tenido tres años para acostumbrarte a llevar esta clase de vida — pasó el brazo por el de su hermana y la guió hacia la terraza. Ante la barandilla de hierro forjado, disfrutaron de una vista perfecta del impecable jardín que tenían abajo, al igual que del ondulado campo de golf—. Bueno, ¿qué tienes en tu agenda para esta tarde? —preguntó, esperando que dispusieran de algún tiempo a solas antes de la locura de la boda. —He quedado con la madre de Greg para repasar unos detalles de último minuto con el organizador —repuso con expresión de disculpa—. No tengo ni idea de lo que nos llevará. —Está bien —aceptó, tragándose el nudo que sintió en la garganta al pensar que iba a perder a su hermana—. Lo entiendo.

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—Gracias —Celeste pareció aliviada—. En mi ausencia, necesito que me hagas un favor, si puedes. Apretó la mano de Celeste. —Lo que sea, ya lo sabes —indicó con absoluta sinceridad. No había nada que no hiciera por su hermana. —Hay una tienda nueva de caramelos a unas manzanas de aquí en Larchmont Street que prepara los chocolates y confituras más increíbles —dijo Celeste con expresión arrobada—. Cuando estuve aquí la semana pasada, les hice unos pedidos especiales para el coctel familiar de esta noche. Esperaba que pudieras ir a recogerlos por mí y así quitarme una cosa de la que preocuparme hoy. Rebecca supuso que hacerle ese recado a su hermana era mejor que estar sola en la habitación del hotel hojeando una revista durante las próximas horas. —Considéralo hecho. Celeste la abrazó con calor y entusiasmo. —La tienda esta justo calle abajo y lo bastante cerca como para ir a pie, o si lo prefieres puedes tomar un taxi. —Creo que pasearé —no pensaba pasar por alto la oportunidad de perderse un día tan maravilloso y soleado—. ¿Cómo se llama la tienda? —Dulce Pecado. Y te puedo asegurar que está a la altura del nombre. El comentario de su hermana despertó su curiosidad. Así como no era tan fanática del chocolate como Celeste, disfrutaba de algún dulce esporádico. Bajaron juntas hasta el vestíbulo y luego se despidió con un gesto de la mano de su hermana, saliendo del hotel y yendo por el sendero que conducía a las calles principales. Sin prisa por llegar hasta la tienda, fue a un ritmo pausado, disfrutando del sol cálido sobre la piel y de la ligera brisa que le revolvía el pelo. Al llegar a Larchmont Street giró a la derecha tal como le había indicado su hermana. Pasó por delante de boutiques, la terraza de una cafetería curiosa y otros locales atractivos. Al llegar al escaparate, vio los chocolates y las confituras de aspecto más delicioso que jamás había visto. El nombre negro y dorado en los cristales le confirmó que había alcanzado su destino. Entró en el local y al instante quedó envuelta en el intenso y dulce aroma del chocolate. Estaba rodeada por una exposición de dulces tentadores, incluidas cajas de diferentes tamaños en forma de corazón para el día de San Valentín y docenas de chocolates en envoltorios coloridos expuestos en una mesa en el centro de la tienda. Todo en la tienda parecía Dulce Pecado y olía perversamente delicioso. Aparte de un rápido «enseguida voy» procedente de la parte de atrás de la tienda, Rebecca estaba sola, algo que no desaprovechó. Cerró los ojos y respiró

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hondo y despacio, inhalando el olor embriagador del chocolate. Eso sólo resultaba un afrodisiaco para cada uno de sus sentidos. Asombroso. Volvió a inhalar, sin poder evitarlo. Había algo en ese sitio que la hacía sentirse sensualmente cargada y se preguntó si era posible que una mujer tuviera un orgasmo sólo con el olor opulento y decadente del chocolate. En ese caso, ella era la principal candidata. —Bienvenida a Dulce Pecado. La voz de una mujer a su espalda la devolvió al presente. Abrió los ojos y se dio la vuelta, recuperada la compostura… al menos por fuera. —Gracias —sonriendo, se acercó al mostrador y estudió el expositor que exhibía más delicias de chocolate—. Tiene un local fantástico, y el olor es maravilloso. La bonita mujer mayor sonrió encantada mientras se alisaba el mandil blanco. —Bueno, personalmente puedo garantizarle que los productos saben aún mejor que huelen. Empleamos los mejores ingredientes disponibles y nos ha llevado años perfeccionar cada producto que ofrecemos. Y Rebecca notó que había docenas de los que elegir. —¿O sea que están hechos de recetas secretas? —preguntó con curiosidad. —Bueno… —Sí, así es —respondió un hombre mayor antes de que la mujer pudiera acabar su frase. Apareció desde una puerta que conducía al cuarto de atrás con una bandeja llena de fresas recién bañadas en chocolate, que depositó en el mostrador delante de ella—. Todas muestras recetas son máximo secreto. Clasificadas y sólo para nuestros ojos. ¿No es así, Ellie? La mujer llamada Ellie le sonrió. —Así es, Marcus. Éste le dio un beso afectuoso en la mejilla y luego miró a Rebecca. —A mi esposa le gusta alardear sobre nuestros chocolates exclusivos, pero una vez que los haya probado, estoy seguro de que convendrá en que son los mejores que jamás haya probado. Lo difícil es decidir cuáles probar. Rebecca empezaba a pensar que esas fresas recubiertas de chocolate tenían un aspecto estupendo en ese momento. La idea de comer una hizo que le aleteara el estómago. —¿Ha venido a buscar algo para esa persona especial para el fin de semana de San Valentín? —preguntó Ellie. —No —movió la cabeza—. No hay nadie especial.

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—Ahhh, es una pena —repuso la otra mujer, adelantándose a Rebecca—. Pero estar soltera y sin compromiso la hace elegible para la competición que vamos a celebrar en San Valentín. ¿Ve esa mesa con todos los chocolates envueltos en celofán? Rebecca asintió. —Sí. —Bueno, pues cada uno es una mitad de un corazón de chocolate, con un mensaje dentro —explicó Ellie con entusiasmo—. La mitad rosa se le da a una mujer soltera, como usted, y la mitad azul es para algún hombre afortunado. Si los dos logran encontrar a la otra persona con el mensaje concordante antes del día de San Valentín, recibirán un premio romántico de Dulce Pecado, que incluye una cena para dos en el Winery y cien corazones de chocolate. El concepto de conocer a alguien a través de un «juego de parejas» era decididamente fascinante, pero el momento no era el propicio. Además, tampoco vivía en la zona, sino a ciento cincuenta kilómetros de San Francisco. Si conocía a alguien allí, la distancia no ayudaría a desarrollar una relación duradera. ¿Por qué empezar algo que no podría acabar? —Suena divertido, pero solo estaré en la ciudad durante unos días para una boda en el Delaford. Odiaría decepcionar a alguien que podría estar buscando en serio un corazón afín, cuando yo no dispongo de tiempo para hacer lo mismo. —¿No cree en el destino, querida? —preguntó Marcus—. Si tiene que ser, encontrará al hombre que tenga la otra mitad de su corazón. —Lo pensaré —dijo, ya que no quería ser grosera, pero sabiendo que lo más probable era que se marchara de la tienda sin tocar uno de esos corazones—. Mientras tanto, he venido a recoger un pedido para mi hermana, Celeste Moore. —Ahh, los petits fours —Ellie asintió—. Están listos, pero hay que ponerlos en cajas, lo que requerirá unos diez minutos. —Está bien. Ellie desapareció en el cuarto de atrás, pero Marcus se quedó. —¿Desea algo mientras finalizamos su pedido? —indicó el expositor de cristal con diversas creaciones. Mordiéndose el labio inferior, Rebecca volvió a observar esas fresas bañadas en chocolate. Prácticamente la llamaban por su nombre y descubrió que no podía resistir la tentación. —Tomaré una de esas fresas. —Excelente elección —con un gesto de asentimiento, Marcus eligió la pieza más grande de la bandeja y luego se la entregó en una taza pequeña de papel antes de marcar la compra en la caja registradora—. Tenga la libertad de mirar lo que quiera en la tienda mientras aguarda su pedido. —Lo haré —pero primero iba a disfrutar de esa fresa.

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Aguardó hasta que Marcus se reunió con Ellie antes de centrar su completa atención en la delicia que acababan de entregarle. Llevándose la fresa a la boca, mordisqueó la punta. Un chocolate suave y de gran textura se derritió de inmediato en su lengua y un calor trémulo se extendió por su cuerpo. El sabor era embriagador. Excitante. Se sintió mareada y sensual, como si el chocolate hubiera disparado un ansia en ella que tenía poco que ver con la confitura y todo con un deseo sin extinguir. La sensación que corrió por su interior fue extremadamente agradable, instándola a dar un mordisco mayor. Cerró los ojos y gimió cuando los sabores más suculentos llenaron su boca. Anhelando más de ese sabor exquisito, dejó que los labios se deslizaran más sobre la capa de chocolate y succionó los jugos de la fruta. —Cielos, haces que desee ser esa fresa —dijo una voz masculina… destrozando el momento eufórico. Estuvo a punto de atragantarse con el néctar que goteaba por su garganta y a duras penas logró tragárselo. Dios, reconoció esa voz ronca y sexy y supo exactamente a quién tenía detrás. No era otro que Connor Bassett. Había estado tan cautivada con el manjar que no lo había oído entrar. Avergonzada de que le hubiera sorprendido disfrutando de forma tan íntima la fresa bañada en chocolate, pensó que no había manera de evitarlo. A pesar del rubor que invadió sus mejillas y del modo en que sus pezones se habían contraído ante el sonido de esa voz seductora, giró y miró a Connor, arrebatador con una camiseta, vaqueros y una cazadora negra de piel. Llevaba el pelo rubio oscuro revuelto. Debía de haber llevado uno de los varios deportivos descapotables que tenía el hotel para el fin de semana. Los ojos, del color del chocolate que acababa de comer, se veían velados, encendidos y llenos de lujuria… como si de verdad hubiera imaginado que era la fresa y que sus labios habían estado cerrados en torno a él. Otra descarga de calor se asentó debajo de su vientre mientras se preguntaba cuánto tiempo había estado mirándola lamer la fresa jugosa, al tiempo que se imaginaba un escenario tan provocador. Él se acercó y clavó la vista en su boca. —Mmmm. Parece jugosa. Y muy dulce. ¿Se refería a la fresa o a su boca? Ese hombre era un maestro con las indirectas y no pudo evitar limpiarse con la lengua el labio inferior pegajoso. —Es muy jugosa y dulce —¿cuándo se había vuelto tan ronca su voz? Él esbozó una leve sonrisa y en su mejilla izquierda apareció un hoyuelo. —Quizá yo mismo debería probarla.

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El pulso de Rebecca se disparó, y entre el chocolate que acababa de consumir y los comentarios seductores de Connor, luchó por mantener la compostura. —Adelante —señaló la bandeja que Marcus había dejado en el mostrador—. Hay un montón de donde elegir. Él alzó la mano y la sorprendió con la caricia cálida y atrevida que realizó con el dedo pulgar sobre su labio inferior. —No hablaba de las fresas, cariño. El deseo y la necesidad le causaron un nudo en el estómago. Quería probar… no, devorar… su boca, que parecía electrizada por el contacto. Se sintió tentada de ceder finalmente a la atracción que vibraba entre ellos y dejar que la besara, como ya había fantaseado en secreto en los últimos años. Tanto que entreabrió los labios y se inclinó hacia él de forma casi imperceptible. —Bienvenido a Dulce Pecado —saludó Ellie alegremente a Connor—. ¿Puedo ayudarlo a elegir algo? Atónita por su comportamiento descarado, de inmediato estableció una distancia respetable con él. Agradeció que la dueña del local hubiera aparecido en ese momento; de lo contrario estaba segura de que habría dejado que Connor hiciera lo que quisiera con ella allí mismo. Santo cielo. Se preguntó qué diablos le pasaba. Lo achacó al entorno y al chocolate, ya que jamás había actuado con semejante temeridad. La mirada de Connor la abandonó y se centró en Ellie, a quien sonrió con absoluta inocencia y encanto. —Sólo estaba echando un vistazo para ver qué tenía. Ellie ladeó la cabeza con curiosidad mientras los estudiaba con ojos especulativos. —¿Ustedes dos se conocían? Connor asintió. —Mi mejor amigo se va a casar con su hermana. —Ahh, la boda. ¿Y ustedes dos son…? —Sólo amigos —repuso con rapidez Rebecca, queriendo dejar bien claro el asunto desde el principio. Ellie miró a Connor, quien se encogió de hombros y repitió esa sonrisa cautivadora. —Lo que ella diga. Ellie no pareció convencida, pero abandonó el tema. —Bueno, sigan mirando lo que quieran. Ya casi tenemos listo su pedido, así que volveré en unos minutos. —Estupendo —«cuanto antes, mejor», pensó Rebecca.

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Para su alivio, Connor se acercó a la mesa que contenía los corazones de chocolate envueltos. Leyó el cartel que anunciaba la competición para el día de San Valentín, y fue a otra sección de la tienda donde se exponían cajas de golosinas. Negándose a terminar la fresa, colocó la mitad que quedaba en el pequeño recipiente en que se la habían dado para terminarla después. —¿Qué te trae por aquí? —preguntó con indiferencia, tratando de no mirar cómo los vaqueros moldeaban su trasero perfecto—. No das la impresión de ser un adicto al chocolate. Él miró por encima del hombro. —Desde luego, el chocolate tiene su momento y su lugar. En cuanto te vi comer esa fresa deseé con fervor algo dulce y delicioso. Los dos sabían que se refería a algo más que al chocolate. —Pero al ver que se me ha negado ese manjar en particular, tendré que ceñirme al motivo original que me llevó a venir aquí. —¿Y cuál era? Bajo una de las cajas de terciopelo rojo con forma de corazón de la estantería que tenía delante y leyó el contenido. —He venido a comprar varios regalos para San Valentín. No uno, sino varios. Lógico en él. —¿Y cada una de esas amigas tuyas conoce la existencia de la otra? Él se volvió con tres cajas de corazones en las manos. —¿Amigas? —preguntó, momentáneamente desconcertado por la pregunta—. Al comprenderlo, en sus ojos bailó un destello de diversión—. Oh, no son para ninguna amiga. Son para mi madre, mi hermana y mi abuela. Siempre les mando chocolates en el día de San Valentín. El gesto parecía muy dulce, y Rebecca no supo si creerlo o no. Connor dejó las cajas sobre el mostrador. —Es verdad —dijo al ver el escepticismo en la expresión de ella—. Y para que quede constancia, no tengo ninguna amiga, de modo que si estás interesada… —¿Puedo solicitar el puesto? —enarcó las cejas. —No, no es necesario. La atracción entre nosotros dos es innegable, y ya sé que serías la «amiga» perfecta. En todos los sentidos —le apartó un mechón de pelo que le había caído sobre la mejilla y con gentileza se lo acomodó detrás de la oreja antes de bajar lentamente los dedos por su cuello—. Bien, ¿qué dices, Becca? ¿Quieres ser mi amiga? Su tono era burlón, pero sus ojos eran muy serios al mirarla. Se sintió hipnotizada y el impulso de decir que sí fue una tentación poderosa y abrumadora. Qué experiencia sentir el efecto pleno de ese deslumbrante atractivo sexual de Connor. Aunque fuera una aventura temporal.

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—Aquí tiene sus petits fours —dijo Ellie al regresar. Se detuvo bruscamente al percibir el modo íntimo en que Connor aún la tocaba—. ¡Oh, perdón! No era mi intención interrumpirlos. Rebecca se apartó de Connor y trató de desterrar el hechizo sensual que con tanta facilidad él había urdido a su alrededor. —No ha interrumpido nada —le aseguró a la mujer. «De hecho, acaba de salvarme de cometer un error colosal». Sucumbir a un playboy de veintiséis años no era una opción, no para una mujer pragmática y responsable de treinta y dos años. La situación proyectaba «corazón roto» por los cuatro costados. Como su hermana había pagado por adelantado el pedido, ya no había razón para que continuara en el local. —Gracias, Ellie —aceptó la bolsa que le entregó la otra mujer—. Estoy segura de que los petits fours serán un éxito en el coctel de esta noche. Se dirigió hacia la puerta. —¡Aguarde! —exclamó Ellie—. ¡Se olvida la mitad de su corazón rosa! A pesar del deseo de correr, se detuvo, giró y forzó una sonrisa mientras Ellie elegía un corazón y luego se lo plantaba en la mano. Realmente, no quería tener nada que ver con el certamen de Dulce Pecado, pero la cortesía la impulsó a aceptar la golosina. Luego salió de la tienda, lejos de Connor y de la influencia que estaba ejerciendo sobre su sensatez tanto chocolate embriagador.

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Janelle Denison – Gustos atrevidos

Capítulo Dos Connor miró en la dirección que había tomado Rebecca y se pregunto por qué diablos continuaba persiguiendo a una mujer tan obstinada, cuando lograba frenar cada avance que realizaba hacia ella. La respuesta era sencilla. Entre ellos remolineaba una atracción intensa y una tensión sexual, aunque no podía achacar a esos elementos el interés duradero por ella. Era bonita en un sentido clásico, sin nada estrafalario o artificial en ella, lo que le gustaba. Sin embargo, tampoco eso lo mantenía enganchado. Eran otros rasgos y cualidades que había visto a lo largo de los anos, su honestidad, su fortaleza interior, su lealtad… lo que lo convertían en un adicto a su castigo, lo que mantenía la esperanza de que algún día le diera una oportunidad. Resignado, pensó que ése no iba a ser el día. —Está loco por ella, ¿verdad? Connor devolvió su atención a la mujer que había detrás del mostrador y sonrió irónicamente. —¿Soy tan obvio? —¿o sólo era terriblemente patético? —Para alguien que sabe qué buscar, sí —repuso Ellie—. Ella también se siente atraída por usted, pero no está dispuesta a reconocerlo, ¿verdad? —Desde luego, ha sido muy duro atravesar sus defensas —pero también eso le daba atractivo ante él. No era como las otras mujeres que le echaban un vistazo a su rango de millonario y decidían que querían convertirse en algo fijo en su vida. Su dinero jamás había influido en ella. —¿Y a qué cree que se debe eso? —inquirió Ellie mientras registraba las cajas que había elegido él. —Bueno, soy lo bastante «afortunado» de conseguir información de primera mano a través de mi mejor amigo… Parece que ella me considera irresponsable y cree que tengo un problema gastando dinero —por no mencionar el tema de que Becca le sacaba seis años de edad y de que él se ganaba la vida con los videojuegos, lo que no encajaba con la imagen que tenia ella de una ocupación profesional. Ellie aceptó su tarjeta de crédito y titubeó antes de pasarla por el lector. —¿Tiene un problema de consumismo? Connor rio ante la pregunta directa, sintiendo como si hablara con su pragmática y sensata abuela y no con una desconocida. —No. Tengo un montón de cosas agradables porque me las puedo permitir — sin embargo, en el último año había llegado a comprender que tendía a comprar artículos y juguetes caros para compensar lo que faltaba en su vida: una relación fuerte y sólida con una mujer. Y nada podía compensar esa clase de compañía.

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Tampoco ayudaba perseguir a la única mujer que no quería tener nada que ver con él. Llego a la conclusión de que era patético. —Da la impresión de que necesita llegar a conocer su verdadero yo. Connor firmó el resguardo y volvió a guardar la tarjeta de crédito en su cartera. —Gran consejo, pero me temo que es más fácil decirlo que hacerlo —conseguir que Rebecca saliera con él había resultado ser infructuoso y frustrante. —Bueno, yo soy una firme creyente de que un modo de llegar al alma de una mujer es a través del chocolate, y parecía que ella sentía debilidad por las fresas recubiertas de chocolate. Connor tuvo la impresión de que había ganado una aliada con la mujer mayor. —Tiene toda la razón —después de todo, era el fin de semana de San Valentín, ¿por qué no aprovecharlo?—. Me llevaré media docena, envueltos con un bonito lazo y acompañados de una tarjeta. Complacida con sus intentos de emparejamiento, Ellie se puso a elegir las fresas más grandes de la bandeja. Mientras las preparaba en una caja blanca y le ponía un lazo rojo, Connor rellenó unas etiquetas para que ella pudiera entregar las otras cajas. —Aquí tiene —le presentó la caja hermosamente arreglada—. Estoy segura de que no será capaz de resistirse a las fresas bañadas en chocolate —rodeó el mostrador y fue a la mesa donde estaban las mitades de los corazones. Con cuidado, eligió uno de los envueltos en color azul, y fue hasta donde él seguía junto a la caja—. Y si esas fresas no lo consiguen, puede que esto sí —plantó el corazón en la palma de su mano y le guiñó un ojo—. Lo he elegido especialmente para usted.

Rebecca salió del ascensor y se dirigió hacia su habitación del hotel, contenta de que el coctel hubiera terminado y de poder marcharse sin llamar la atención. Lo había pasado bien con los invitados y la familia de Greg y había logrado evitar a Connor. Sin embargo, sus intentos de mantener distancia entre ambos no habían impedido que el truhan la observara desde lejos. Cada vez que por casualidad miraba en la dirección de él, sus ojos se encontraban, y con un recorrido perezoso con la vista, él hacía que se sintiera como si llevara una lencería provocativa y reveladora, en vez de la blusa abotonada, la falda recta y los zapatos prácticos. Y si aquello no hubiera sido suficiente, siempre lo acompañaba con una sonrisa devastadora que había mantenido su cuerpo vibrante toda la velada. Incluso en ese momento, un hormigueo placentero de deseo parecía recorrerle las venas. De hecho, ese anhelo íntimo había sido una compañía constante desde que Connor la había sorprendido comiendo la fresa recubierta de chocolate de aquella manera tan seductora. Lo que había comenzado como un ardor lento en la tienda

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había aumentado poco a poco en el transcurso de la velada hasta convertirse en un deseo descarnado. Por Connor. Sacó la tarjeta del bolso y desterró esa idea de la cabeza, para reemplazarla por la imagen de lo arreglado que había estado en comparación con la camiseta y los vaqueros con que lo había visto en la confitería. Se había puesto unos pantalones marrones y una camisa de color ocre que hacia cosas increíbles con sus ojos de pecado. Se había peinado y echado el pelo hacia atrás, pronunciando aún más sus facciones maravillosas y definidas. Y ella no había sido la única en notarlo, ya que lo mismo había sucedido con las damas de honor de Celeste. Había esperado que coqueteara con esas otras mujeres más jóvenes tal como hacía con ella, pero la sorprendió y permaneció correcto y sociable, sin expresar interés en ninguna de ellas, para gran decepción de las jóvenes. Entró en la habitación y encendió la luz de la zona dedicada al salón, demasiado consciente de lo silenciosa que estaba la habitación, ya que su hermana iba a pasar la noche en la suite nupcial. Dejando el bolso y la tarjeta sobre una mesilla, se descalzó y dobló los dedos de los pies sobre la mullida alfombra. Al llegar aquella tarde de Dulce Pecado, había dejado la mitad del corazón sobre la mesa, sin abrir, para demostrarse que tenía el poder de voluntad de resistir su atracción seductora. Pero en ese momento, parecía tentarla y llamarla con su sola presencia como un lujurioso y cremoso bocado de ambrosía. —Qué diablos —murmuró. No deseaba tomar parte en el certamen que patrocinaba el local, pero no había razón alguna para desperdiciar una ración tan generosa del chocolate más delicioso y asombroso que jamás había probado. Abrió el dulce y lo comió a placer, con tanto gozo como había hecho con la fresa aquella tarde. Sus gemidos de placer fueron sólo para sus oídos mientras sus papilas gustativas saboreaban cada bocado de puro éxtasis. Para su decepción, el momento de felicidad celestial se acabó demasiado pronto, dejándola insatisfecha, inquieta y anhelando mucho más. Menos mal que no había comprado una caja entera o se habría tumbado en la cama con un buen libro y se habría comido hasta el último chocolate. Recogió el envoltorio para tirarlo a la papelera, pero una tira de papel con un mensaje escrito captó su atención. No pensaba ir por la ciudad en busca de la otra mitad, pero sí sintió un poco de curiosidad por ver lo que podría revelar el mensaje oculto. Abrió el trozo de papel y leyó: Los opuestos se atraen. Sé atrevida. Sé espontánea. ¡A por ello! Soltó una risa divertida mientras regresaba al dormitorio para cambiarse, porque en realidad era poco atrevida y aventurera.

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Al ver una caja blanca con un lazo rojo encima de la almohada, se detuvo en seco. Desvanecida la sorpresa inicial, se acercó. Dedujo que sería un regalo del hotel a los huéspedes. Se puso cómoda en la cama y depositó la caja en su regazo. Muriéndose de curiosidad por ver lo que había dentro, apartó el lazo y levantó la tapa, revelando seis perfectas fresas recubiertas de chocolate, cada una envuelta individualmente en celofán y sujeta con una pegatina con el logo de Dulce Pecado. Había un sobre pequeño con su nombre y sacó la tarjeta del interior. Escrita con una fuerte letra masculina, ponía: Sé mía, seguido del nombre de Connor. Debajo había escrito el número de la habitación que ocupaba. El estómago le aleteó con una extraña excitación interior y no pudo contener la sonrisa que asomo a las comisuras de sus labios. No podía negar que era creativo. Y desde luego, persistente, incluso ante otro posible rechazo. «Los opuestos se atraen». Al menos eso era verdad con Connor y ella. Eran tan opuestos como podía llegarlo a ser una pareja. Él despreocupado y ella con un estilo de vida estructurado. Él impetuoso y ella cautelosa… en especial con los hombres. Incapaz de resistirse a las fresas, abrió el celofán que sellaba una y dio un gran mordisco, convencida de que el lunes regresaría a trabajar con cinco kilos de más de todo lo que comiera ese fin de semana. Pero en cuanto la fruta y el chocolate dulces se derritieron en su boca, dejó de importarle. «Sé atrevida. Sé espontánea», repitió una vocecilla, aprovechándose de sus profundos anhelos y fantasías cuando estaba débil y susceptible, tanto por el excitante chocolate como por la soledad de perder a su hermana ese fin de semana. Pero cuanto más sonaban esas palabras en su cabeza, más capacitada y osada la hacían sentir. Dio otro mordisco a la fresa y el jugo dulce que tragó fue como un empujón líquido de valor. «¡Ve por ello!». Tres palabras que resultaron increíblemente eficaces y persuasivas, en particular cuando se hallaba bajo la influencia de un dulce tan seductor. Todos los motivos por los que había resistido a Connor durante tanto tiempo se iban al garete cuando pensaba en el en términos básicos, elementales, físicos. Él la deseaba y el cielo sabía que ella lo deseaba. Era viril y más sexy que ningún hombre con el que hubiera salido. Y no albergaba duda alguna de que el sexo con él sería asombroso. Tembló al imaginar ese cuerpo fuerte moviéndose sobre el suyo, dentro del suyo, con embates lentos y hondos… El pensamiento pecaminoso hizo que juntara las piernas, y la oleada de calor entre los muslos fue un recordatorio directo del tiempo que llevaba sin estar con un hombre. En ese momento, le pareció una eternidad. Quizá, sólo quizá, si aceptaba la invitación de ser suya, los dos pudieran satisfacer ese anhelo que sentían y quitarse mutuamente de las respectivas cabezas.

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Entonces ella podría seguir adelante en la búsqueda del hombre con el que pudiera asentarse. Alguien centrado, firme y que tuviera los mismos objetivos que ella. Por una vez en la vida, quería hacer algo salvaje, impulsivo y perverso. Por decirlo de alguna manera, soltarse el pelo, abrazar su sensualidad oculta y dejar que sus fantasías se hicieran realidad. No había mejor hombre para ello que Connor Basset. Iba a lanzarse. El pensamiento le provocó una sonrisa. Ames de poder cambiar de idea o de convencerse de no seguir una idea tan atrevida, fue al armario con la esperanza de encontrar algo más tentador que ponerse que el atuendo conservador que había llevado al coctel. Pero su guardarropa se quedaba per1osamente corto en el ámbito de la seducción. No era una mujer fatal ni propensa a la ropa elegante y de marca. Lo mejor que pudo encontrar fue una falda de color coral y vuelo amplio y una enagua de satén y encaje por debajo de una blusa abotonada. En cuanto se cambió, un rápido vistazo al espejo del tocador le reveló que la blusa la hacía parecer mucho más tensa y virginal. Muchas veces había visto a su hermana llevar únicamente un body con una falda. A pesar de sus propias inseguridades, se obligó a desprenderse de la blusa severa y quedó placenteramente sorprendida por el resultado. El body con rebordes de encaje resultaba sexy, de un modo sutil y bonito. Sus pechos eran plenos y firmes y el sujetador incorporado del body proporcionaba un escote agradable al tiempo que mantenía la ostentación excesiva al mínimo. Satisfecha con el aspecto logrado, se puso las únicas sandalias que había llevado y respirando hondo para darse ánimos, recogió la caja de fresas bañadas en chocolate y se dirigió al cuarto de Connor.

Connor empezaba a pensar que había vuelto a morder el polvo con Rebecca cuando de forma insegura llamaron a la puerta. Desconcertado, se levanté del sofá donde miraba una película en el televisor y con unas pocas zancadas se plantó en el recibidor. Un rápido vistazo por la mirilla le confirmó que era Rebecca quien estaba en el pasillo, y sostenía la caja de fresas que le había pedido al personal del hotel que dejara en su habitación mientras se hallaban en el coctel. En su estómago se formó un nudo nervioso y con celeridad se pasó las palmas de las manos por los vaqueros. ¡Santo cielo, se sentía tan ansioso como un adolescente en su primera cita!

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Su reacción era cómica y ridícula, pero después de tres años de perseguir a Rebecca y finalmente obtener una respuesta positiva de ella, no quería estropear cualquier oportunidad que pudiera tener. No quería asustarla antes de poder demostrarle que entre ellos había mucho más que una simple atracción física. Sin embargo, si tenía que explotar la tensión sexual para llegar hasta la profundidad emocional, que así fuera. Era un pequeño sacrificio por una causa mayor. Respirando hondo y sintiéndose más en control de sus reacciones, abrió la puerta, echó un vistazo a lo que Rebecca llevaba puesto y se sintió mareado. Experimentó el impulso súbito de poner las manos sobre ella, pero lo que hizo fue poner los dedos pulgares en los bolsillos delanteros de los vaqueros. —Vaya, estás asombrosa. —Gracias —el rubor invadió sus mejillas—. ¿Puedo pasar? —Claro —retrocedió para que pudiera entrar, luego cerró y la siguió a la zona del salón. De pronto, ella se volvió para encararlo, pegando la caja al pecho de un modo que resaltó las curvas provocativas de sus pechos. —Nunca antes he hecho algo así —soltó. Su manifestación de inseguridad potenció lo que sentía por ella, porque era un lado que jamás había visto de Rebecca hasta esa noche. —¿Qué es lo que no has hecho antes? —preguntó con sonrisa ladeada—. ¿Visitar a un chico en la habitación de su hotel? —Bueno, también eso —convino con ojos brillantes—, junto con lo que estamos a punto de hacer. Hacía que sonara tan clínico… y aunque sabía muy bien la dirección que tomaba la conversación, quería oír lo que Becca tenía en la cabeza. Ella se encogió de hombros, haciendo que los dedos de Connor hormiguearan de deseo de tocar esa piel suave y cremosa. —Tener una… no sé… una aventura. —Una aventura —repitió él, odiando lo sórdido que sonaba. Ella agitó una mano en el aire. —Una cita, un amorío, como quieras llamarlo. Él quiso llamarlo el comienzo de una relación, pero se reservó el comentario. Ella se lanzaba a toda velocidad, pero no sin tomar medidas obvias de protección para que sus emociones permanecieran fuera de la ecuación. Comprendió que tenía unos miedos profundamente arraigados. Desconocía qué los causaba, y en el transcurso de los próximos días estaba decidido a averiguar los motivos.

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Ella dejó la caja con las fresas en la mesita de centro, pero no se sentó. —Antes de que vayamos más lejos, creo que sería adecuado que estableciéramos unas reglas básicas. Él tuvo ganas de soltar una carcajada, pero se contuvo. —Yo no tengo ninguna regla. Ella alzó el mentón con obstinación. —Bueno, tú estás acostumbrado a este tipo de cosas, yo no. Esbozó una leve sonrisa. No se molestó en corregir su creencia de que él se permitía ese tipo de caprichos; no estaba seguro de que confiara en él en ese punto. Era evidente que ella necesitaba establecer límites entre ambos, y supuso que si sabía cuáles eran desde el principio, dispondría de la ventaja de conocer con qué trataba. Además, si las restricciones hacían que se sintiera mejor y más cómoda con él, entonces no pensaba discutir. Se sentó en el centro del sofá y apoyó los brazos sobre los cojines. —De acuerdo, oigamos lo que tienes que decir. Rebecca se puso a caminar delante de la mesita, como si moverse la ayudara a mitigar su ansiedad. —Estoy segura de que la primera petición no te va a resultar difícil, pero de todos modos necesito expresarla. Esta aventura no irá más lejos que el fin de semana en el Delaford. Lo que pase aquí, se queda aquí. En cuanto haya terminado la boda de Celeste y Greg, lo mismo pasara con nosotros. «Diablos, no», quiso decir Connor, pero apretó la mandíbula y continuó escuchando esas pautas idiotas. No quiso refutar porque no deseaba que la relación con Rebecca terminara antes de que tuviera la oportunidad de comenzar. —Segundo, quiero tener la certeza de que después de este fin de semana, seguiremos siendo amigos —lo miró a los ojos—. Mi hermana va a casarse con tu mejor amigo, y estoy segura de que nos veremos bastante. «Dios, está estropeado la atmósfera». Y aún no habían empezado. —Bien —convino ella—. Y por último, necesito estar segura de que nadie va a saber nada sobre nosotros. No quiero que Celeste conozca nuestra aventura y quiero que me prometas que no le contaras nada a Greg, ya que éste entonces se lo contaría a mi hermana. Oh, y cuando estemos en público juntos, no habrá ninguna manifestación abierta de afecto, ni nada que llame la atención sobre el hecho de que somos… amantes. Lo mareaba con tantas reglas racionales. Si hacían algo ese fin de semana, iba a cerciorarse de sacudirle esa personalidad sensata y pragmática. Le mostraría cómo relajarse y divertirse.

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También quería demostrar que «los opuestos se atraen», como había puesto el mensaje en la mitad de su corazón. Lo había abierto al regresar a su habitación y había quedado encantado de cómo encajaban esas palabras con la situación. A partir de ese mismo momento. —¿Rebecca? —musitó con voz ronca, destinada a tranquilizar. Ella dejó de caminar y su expresión reflejó cierta incertidumbre. —¿Sí? —Ven aquí y siéntate —palmeó el cojín a su lado—. Le das demasiadas vueltas en la cabeza. Ella titubeó un instante, rodeó la mesa y ocupó el rincón más alejado del sofá. Juntó las manos en el regazo, con la espalda demasiado rígida. —No quiero que ninguno de los dos alimente falsas expectativas sobre la realidad de esto. Connor dio por hecho que hablaba más por sí misma que por él, teniendo en cuenta que ya lo había encasillado como un playboy. Dios, tenía ganas de tumbarla sobre el sofá y alborotarle el cabello demasiado perfecto, y besarle los labios brillantes hasta que cada centímetro de ella se ablandara y gimiera solo por él. Pero se conformó con pasarle el dorso de la mano por su mejilla. —Cariño, sé de qué va esto —dijo, observando cómo su respiración se ralentizaba y tornaba más profunda a medida que la caricia bajaba al costado de su cuello—. Es sobre ti y sobre mí, y actuar en consonancia con una atracción que lleva bullendo en nosotros demasiado tiempo. Y ahora, ésta es mi regla. Ella esbozo una sonrisa lenta y dulce mientras lo miraba de reojo. —Creía que habías dicho que no tenías ninguna regla. —Ésta es absolutamente necesaria. Quiero que te relajes y disfrutes del fin de semana conmigo. Haz lo que te siente bien sin racionalizar cada pequeña cosa. ¿Crees que podrás? Contempló la caja de fresas que había llevado consigo y se mordió el labio inferior al volver a mirarlo. —Alimentarme con una de esas fresas recubiertas de chocolate y creo que podré hacer cualquier cosa. Si eso no era una invitación, no sabía qué era. Y bajo ningún concepto pensaba rechazar una oportunidad tan magnífica de convertir una conversación demasiado seria en algo más divertido y seductor. Desenvolvió uno de los manjares, pero en vez de dárselo como ella esperaba, mordió la punta. —Eh —la risa ronca le iluminó los ojos—. Ésa es la mejor parte.

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—Mmmm. No del todo, pero, desde luego, es muy buena —alzó la fresa a los labios de ella. Rebecca suspiró y gimió con júbilo mientras comía lentamente la fruta, al parecer más y más excitada con cada mordisco que daba. Los ojos se le pusieron vidriosos y la expresión adquirió un aspecto soñador y extático que hizo que Connor se pusiera duro. Zumo de esa fresa goteó por su mano, y para su sorpresa y placer, ella cerró los ojos y limpió la dulzura pegajosa con largos y sedosos lametones, para luego cerrar la boca sobre la punta del dedo y succionar. Estuvo a punto de perder el control allí mismo. En algún momento a lo largo del camino, ella había pasado de recatada y cautelosa a seductora manifiesta. De hecho, siempre había soñado que fuera así con él. De la fresa solo quedaba el tallo; Connor se apartó el tiempo suficiente para dejarlo y apagar la lámpara que había junto al sofá, lo que dejó como única fuente de iluminación la lámpara que había en el otro extremo del dormitorio. Luego enmarcó el rostro de Rebecca en sus manos. —Esta es la mejor parte —murmuró antes de pegar la boca sobre la de ella. La besó suavemente al principio, a pesar del impulso instintivamente masculino de tomar y poseer. Le mordisqueó el labio inferior, y luego lo acarició con la lengua, como si Rebecca fuera una exquisitez rara y no tuviera suficiente de ella… lo que súbitamente fue así. Después de años de desearla, estaba hambriento de ella, y mantener a raya su control le requería toda su fuerza de voluntad. Ella suspiró, devolviéndole los besos encendidos con una urgencia cada vez mayor; que al final dio paso al ansia y a la necesidad. Abrió los labios e introdujo la lengua en la boca de él, arrastrándolo más profundamente al beso. El deseo y la lujuria se enroscaron en el vientre de Connor, encendiéndole la sangre. Deslizando la mano para posarla en su nuca, introdujo los dedos en el cabello sedoso, le ladeó la cabeza y le dio exactamente lo que quería: un beso ardiente, que ella le devolvió con igual fervor. Sabía a fresas y a chocolate y a tentación femenina, y se perdió en la dulzura de su boca, en su respuesta desinhibida. Con un ronroneo suave que nació del fondo de su garganta, Rebecca cerró las manos en la camiseta de Connor y lo atrajo al sofá con ella. Él estuvo dispuesto a ir a donde lo llevara. El sofá era confortable y amplio y se acomodó de tal modo que la cubrió con la mitad del cuerpo y una de las piernas quedó acomodada entre sus muslos abiertos. El beso codicioso e insaciable continuó. Las manos impacientes de Rebecca le quitaron la camiseta de los vaqueros y él gimió cuando posó las palmas en su estómago y comenzó a subirle la prenda en un intento presuroso por desprendérsela. Cuando se atascó bajo sus brazos y ella emitió un sonido de frustración, Connor se apartó un poco para quitársela por encima de la cabeza y arrojarla a un lado.

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Ella observó el torso con deleite femenino. —Vaya —jadeó y le acarició los pectorales y los hombros—. Eres magnífico. Las manos resultaban frescas contra su piel febril y la necesidad de tocarla lo estaba volviendo loco. Bajó la vista, vio la presión de los pezones duros contra la tela sedosa del body y también quiso verla desnuda. —Tu turno —murmuró, y ella no dijo una palabra para detenerlo cuando le bajó una de las tiras finas del body por el brazo, luego la otra, hasta que los dos pechos hermosos quedaron desnudos a su vista. Tenían una forma perfecta y llenaban sus manos como si Becca hubiera sido creada específicamente para él. Pasó el pulgar por la punta aterciopelada y la vio contener el aliento, arqueando la espalda en una súplica silenciosa de más. Ella llevó las manos al pelo de él, cerró los dedos y le guió los labios hacia un seno. Connor la tomó con la boca, le mordisqueó el pezón compacto con los dientes y mitigó el escozor con el suave remolineo de la lengua antes de concederle igual atención al otro pecho. Ella se movió impaciente bajo él y Connor le separó las piernas con una mano en la rodilla. Luego deslizó los dedos por debajo de la falda y pasó las yemas por la delicada parte interior del muslo. Ella tembló y gimió, sin ofrecer resistencia mientras él continuaba la lenta y perezosa búsqueda hasta llegar a la tela húmeda de la parte baja del body. Presionó los dedos contra ella y todo el cuerpo de Rebecca se sacudió. Abandonando su pecho, aplastó la boca sobre la suya en un beso ardiente, profundo y explícitamente carnal al mismo tiempo que metía los dedos por debajo de la tela que le cubría el sexo. Era tan suave y cálida y estaba tan deliciosamente mojada que comenzó a acariciarla y a provocarla al mismo ritmo que seguía con la lengua en su boca. Ella enloqueció. Bajó las manos por la espalda de Connor hasta llegar a la cintura de los vaqueros. Con los dedos se agarró del cinturón y tiró de sus caderas, tratando desesperadamente de colocar los cuerpos de ambos en una postura más íntima. Sin decir una palabra, él supo que lo quería tener dentro. Diablos, él mismo deseaba estar dentro de ella, pero no llevaba un preservativo encima jamás habría previsto que las cosas irían tan rápidamente esa noche. De modo que improvisó. Sin quebrar el beso, se situó encima de ella y colocó la extensión dura y palpitante de su erección, aún confinada bajo sus vaqueros, justo contra la barrera del body de Rebecca. Le subió la pierna por encima de su cadera y se meció contra ella, ahondando el contacto. La rocosa protuberancia de su erección presionó y frotó la piel sensible con cada embestida, reanudando el contacto allí donde sus dedos lo habían dejado. Ella tembló y gimió sobre sus labios, y el sonido hambriento y la forma en que se arqueó contra él le indicó a Connor que se hallaba casi ante el precipicio. Y entonces ella llegó a la cumbre y cayó al vacío, y fue una visión hermosa que contemplar. Echó la cabeza atrás, apretó con fuerza los muslos contra los suyos y se soltó.

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La intención de Connor había sido que todo el placer recayera en Rebecca, pero entre el orgasmo de ella y el deseo manifiesto que sentía él, había llegado a un punto sin retorno. De modo que ni siquiera intentó contenerse. Se frotó contra ella una última vez y de su pecho salió un gruñido entrecortado a medida que la fricción lo lanzaba al clímax justo detrás de ella. Al rato, los músculos de Rebecca se relajaron y su respiración se tornó acompasada. Él se apartó a un lado para que el grueso de su peso no recayera sobre ella, y luego le volvió a bajar la falda y le subió los tirantes del body. Poco a poco, ella abrió los ojos y lo miró con una expresión atónita y aturdida. —¿Estás bien? —preguntó Connor. Ella asintió con un movimiento brusco, bajó otra vez las piernas temblorosas al sofá y se cubrió la cara, lanzando un gemido. —No puedo creer que tú, que yo, que nosotros… Él rió entre dientes porque estaba preciosa cuando se agitaba. —Créelo —con suavidad le apartó las manos y le acarició el mentón con el dedo pulgar—. Y lo último que deberías sentir es bochorno. —No puedo decir que haya tenido una gran experiencia con estas cosas — reconoció levemente ceñuda—. Y jamás había tenido un orgasmo con la ropa puesta. —Si te hace sentir algo mejor, yo tampoco —ironizó. Sólo podía imaginar cómo iba a ser cuando estuviera de verdad dentro de ella. Devastador, sin duda. Pensó en los próximos tres días que tendría con Rebecca, y entre las actividades nupciales y la ceremonia, quería cerciorarse de disponer del máximo tiempo posible con ella. Y no solo por el sexo que ella creía que era lo único que aportaría esa aventura. Quería disponer de la oportunidad de conocerla de verdad, y al revés. Sonrió al pensar en la idea y esperó que ella no se mostrara reacia cuando descubriera lo que planeaba, porque iba a demostrar lo aventurera que estaba dispuesta a ser con él. —Mañana por la noche, después del ensayo de la boda y de la cena, ¿qué te parece si nos escabullimos de aquí y hacemos algo divertido? Eso despertó su interés. —¿Qué tienes pensado? Quería que fuera una sorpresa, pero empezaba a pensar que Rebecca era una mujer a la que le gustaba estar preparada. De modo que sólo le dio la información que consideró que necesitaría para prepararse para la aventura. —Lo único que necesitas saber es que has de llevar pantalones y una chaqueta. Yo me ocuparé del resto.

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Capítulo Tres —¿Qué tal vuestro día en el spa? —le preguntó Greg a Celeste y a las damas de honor sentadas a la mesa a su alrededor durante la cena. El ensayo de la ceremonia nupcial había transcurrido sin incidentes y en ese momento los invitados y la familia de Greg disfrutaban de la cena en el restaurante de cinco estrellas del Delaford, el Winery. Adrede, Rebecca había ocupado el asiento junto a su hermana y frente a Connor con el fin de ofrecerse distancia. Pero en ese instante comprendía su error. La situaba directamente en el campo de visión de él, lo que terminaba por distraerla demasiado. De hecho, lo había tenido toda la mañana en su mente, y eso que no habían practicado el sexo, y se hallaba impaciente por descubrir qué era lo que había planeado para los dos esa noche. Se sentía tan embriagada como una adolescente que aguardara con ansiedad su primera cita, y hacía siglos que no experimentaba esa clase de reacción con un hombre. Era una sensación emocionante que abrazaba con todo su corazón. —Esos tratamientos en el spa deben de haber hecho maravillas —comentó Connor al dejar el tenedor en el plato vacio de la ensalada antes de mirar al otro lado de la mesa—. Desde luego, a Rebecca se la ve resplandeciente y más relajada que nunca. Rebecca estuvo a punto de atragantarse con el agua que bebía. Sabía que el comentario no tenía nada que ver con el spa y todo con el orgasmo que le había proporcionado la noche anterior. Diablos, prácticamente se estaba regodeando. Celeste miró primero a su hermana y luego a Connor y sonrió. —Sí, está resplandeciente, ¿verdad? Rebecca dejó el vaso en la mesa y se negó a permitir que él sacudiera su compostura en público. —Hay algo maravilloso en un largo y placentero masaje. Permite liberar toda clase de tensiones. —Mmm, puede que tenga que probarlo —indicó Connor con su incorregible sonrisa. Rebecca tuvo que contenerse para no soltar una carcajada. La cena transcurrió con un ritmo agradable, entre conversaciones divertidas entre las damas de honor y los padrinos, carcajadas y demasiados coqueteos entre Connor y ella. Si alguien los notó, especialmente su hermana, nadie hizo mención de ello. O quizá todos estaban acostumbrados a la atracción que sabían que existía entre ellos y no le prestaron más atención.

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La cena concluyó pasadas las diez y todo el mundo siguió su propio camino. Mientras Rebecca salía del restaurante con el resto del grupo, Connor se situó al lado de ella y le tocó ligeramente la base de la espalda al tiempo que inclinaba la cabeza. —Ve a cambiarte y reúnete conmigo abajo, en la entrada lateral del hotel — susurró antes de irse. Tardó cinco minutos en separarse de su hermana y de las otras damas de honor, y diez minutos adicionales hasta que atravesó las puertas dobles de cristal para salir a la zona lateral del hotel enfundada en unos vaqueros, una blusa de manga larga y una chaqueta de lana. Connor no estaba allí, aunque unos segundos más tarde, una Harley Davidson negra y plateada se detenía delante de ella, el típico sonido ronco del motor tan llamativo como el hombre que la conducía. Él le sonrió. —Sube —le entregó un casco negro idéntico al que llevaba puesto él—. Vamos a dar una vuelta. Hasta donde llegaban las sorpresas, ésa era una que jamás habría imaginado. —Bromeas —nunca en la vida había montado en una moto, y la idea de hacerlo le intimidaba—. ¿Por qué no podías haber venido con uno de tus deportivos? —Porque así es mucho más divertido. Ya lo verás. Ella movió la cabeza, todavía indecisa. —Creo que soy demasiado mayor para esto. Él puso los ojos en blanco ante esa excusa tan poco convincente. —Eres tan joven como te sientas. Vamos, Becca —instó con dulzura—. Sé un poco espontánea y prueba algo nuevo. «Sé espontánea». Tuvo la certeza de que su elección de palabras no era más que una coincidencia. Sin embargo, bastaron para darle valor para ser más aventurera que nunca antes en la vida. Antes de recobrar la sensatez, aceptó el casco, se lo puso y dejó que él le asegurara la correa debajo del mentón. Luego, con la ayuda de Connor, se sentó detrás de él, de modo que sus muslos lo enmarcaron en una posición increíblemente íntima. —Debes sujetarte con fuerza —le agarró las muñecas, la pegó más contra su espalda y le juntó las manos por debajo de su cazadora de cuero—. Puede que de otro modo se te enfríen los dedos. Esto los mantendrá cálidos. Rebecca plantó las palmas de las manos sobre el algodón suave de su camiseta y notó los músculos marcados del abdomen, sintiendo el calor que emanaba de él como si fuera un horno.

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Cuando aceleró, todo el cuerpo de Rebecca vibró junto con la moto. Aunque aún no se habían puesto en marcha, ya podía notar el poderío latente de la máquina. —Como ésta es mi primera vez, ve despacio y tranquilo —no quería que su primera experiencia fuera algo salvaje—. Preferiría no estar escayolada de cuerpo entero para la boda de mi hermana mañana. Él rió entre dientes. —Seré gentil contigo, cariño. Te lo prometo.

Cumplió su palabra. Nunca había sido un conductor temerario ni sentido la necesidad de la velocidad, y esa noche tuvo un cuidado especial. Quería la confianza de Rebecca. Quería que viera que no era la clase de hombre rebelde y salvaje, ni que corría riesgos innecesarios, tal como sabía que pensaba de él. Hacia una noche magnífica, fresca pero despejada, y se llevó a Rebecca en un paseo turístico alrededor del perímetro de Crystal Lake. Poco a poco, notó cómo ella se relajaba contra su espalda, y las manos que se habían unido alrededor de su estómago perdieron esa rigidez mortal. Pasado un rato, encontró un rincón a un lado del camino que disponía de una vista perfecta del lago y allí frenó. —Bien, ¿qué te ha parecido? —le preguntó una vez que desmontaron y se quitaron los cascos y ella se extendió el cabello sedoso con los dedos. La respuesta vivaz fue justo lo que Connor había estado esperando. —¡Ha sido asombroso! —Bien, me alegro —le ofreció la mano—. Vamos a sentarnos junto al lago. Sin titubear, ella entrelazó los dedos con los suyos de forma íntima. Fue un gesto sencillo, espontáneo, pero era una de esas pequeñas cosas que Connor apreciaba y disfrutaba, porque parecía una extensión de la fe que Rebecca tenía en él. O así le gustaba considerarlo. La condujo por la hierba hasta un grupo de rocas grandes cerca del borde del lago. Se sentó sobre la más grande y la ayudó a acomodarse a su lado. —¿Por qué me da la impresión de que no te has divertido mucho ni tenido suficientes aventuras en la vida? —preguntó él. Lo miró con un centelleo divertido en los ojos. —No todos podemos permitirnos el tipo de diversión que tú puedes darte. —No hablo necesariamente de cosas materiales —dijo, bajándose la cremallera de la cazadora para disfrutar del frescor de la noche—. Hace tres años que te conozco y siempre has dado la impresión de ser reservada, completamente opuesta a la personalidad abierta y jovial de tu hermana. Más seria.

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—Celeste es también seis años menor que yo —repuso, como si eso explicara por sí solo las actitudes contrarias. Connor sabía que también eran seis años los que lo separaban a él de Rebecca, y se negó a emplear eso como una defensa con su hermana o un modo de distanciarse de él. —No creo que las diferencias en vuestras personalidades tengan algo que ver con la edad. Ella adelantó el mentón. —Que yo sea mayor que Celeste tiene que ver todo. —¿Por qué, porque te hace mucho más madura? —preguntó, arrastrando la última palabra en un intento de establecer una atmósfera ligera entre ellos. Ella esbozó una leve sonrisa, pero eso no desterró por completo la incomodidad que transmitía su mirada. —Digamos que tuve que crecer deprisa. Pasaban de lo superficial a lo emocional, justo lo que él quería. —¿Por qué? —preguntó con voz baja. Ella observó la luz plateada que rebotaba en el agua y él rezó para que no lo aislara en el momento en que al fin había podido escalar una de sus laderas. Tras un minuto de silencio, Rebecca habló. —Mi madre falleció cuando yo tenía dieciséis años y Celeste diez. Ya fue bastante duro tratar de adaptarme a la muerte de mi madre, a la que siempre teníamos en casa, pero el trabajo de mi padre requería que él viajara a menudo, lo que hacía que estuviera fuera más tiempo que en casa, incluso después de que mi madre muriera. —No debió de ser fácil para ti o tu hermana. —No, no lo fue —subió las rodillas y rodeó sus piernas con los brazos, con la vista aún clavada en el agua—. Nuestra vecina de entonces, la señora Sedgewick, se quedaba con nosotras mientras mi padre se hallaba fuera de la ciudad, pero automáticamente yo asumí las responsabilidades que mi madre solía tener en casa: cocinaba, limpiaba, hacía la compra, ese tipo de cosas. —Y cuidar de Celeste —añadió él, comprendiendo la infancia anormal que había vivido Rebecca. Tanta responsabilidad para alguien tan joven. —Sí —lo miró a los ojos y sonrió, y en su expresión no hubo ni el más mínimo atisbo de pesar por lo sacrificado durante sus años de adolescente—. En muchos sentidos, me convertí en una figura maternal para ella. Nuestra situación ya era bastante difícil con mi madre muerta y mi padre fuera de la ciudad, y lo último que quería era que Celeste se sintiera insegura, como si no tuviera a nadie en la vida con quien poder contar. Y como mi hermana era en realidad todo lo que tenía, fue fácil centrar mi atención en ella. También él tenía una hermana y sabía lo fuertes que podían ser esos lazos.

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—Es muy afortunada de tenerte. —Somos afortunadas de tenernos la una a la otra —corrigió con énfasis—. En particular desde el momento en que mi padre no aportaba mucho en el campo del apoyo emocional, o incluso en seguridad financiera. Le sorprendió ese comentario. Sabía que el padre de ellas había fallecido hacía unos años de un ataque al corazón, pero los comentarios de Rebecca parecían aplicarse a sus vidas antes de que muriera. —¿Qué quieres decir? —preguntó. Ella volvió a titubear y Connor esperó en silencio que confiara en él. —Siempre pensé que mi padre tenía un trabajo con unos ingresos decentes — comenzó finalmente—. Jamás supe cuánto ganaba de verdad, pero vivíamos en una casa agradable en un buen vecindario y mi padre conducía un BMW descapotable. Teníamos un televisor de pantalla grande, una piscina y un jacuzzi en el patio de atrás, y un ordenador de última tecnología, que en su momento costó una fortuna. Cualquier artilugio electrónico nuevo que salía al mercado, debía tenerlo, y no se lo pensaba dos veces en sus ataques de consumo. Una suave brisa le agitó el cabello. —En cualquier caso, al morir mi madre, siempre que mi padre debía salir de la ciudad me dejaba dinero para comprar comida y lo que fuera que Celeste y yo necesitáramos para la escuela. Aprendí a ser frugal y ahorradora con lo que me daba, que a menudo apenas alcanzaba, porque odiaba pedirle más y siempre quería cerciorarme de que me ocupaba de las necesidades de Celeste —se encogió de hombros—. Yo nunca necesité mucho. Ver lo increíblemente generosa que había sido era otro motivo para caer rendido ante esa mujer. —Lo que no comprendí hasta mucho más adelante fue que mi padre tenía un problema de consumismo, y lo cargaba todo a las tarjetas de crédito, que nunca pagaba. De modo que con el tiempo terminó por acumular una deuda enorme que era casi imposible… —Lo haría otra vez sin pensármelo dos veces. —No lo dudo —la suave caricia de sus dedos en la mejilla de ella hizo que girara la cabeza para mirarlo, y entonces le preguntó—: Pero ¿qué me dices de ti, Rebecca? Parpadeó confusa. —¿Qué pasa conmigo? —Has hecho un trabajo extraordinario ocupándote de tu hermana, pero ahora que va a casarse y a comenzar una vida propia con Greg, ¿qué me dices de tu vida? Era como si supiera lo mucho que le costaba perder a su hermana, aunque no pensaba reconocerlo en voz alta. —Mi vida es buena.

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—¿Tan buena como querrías que fuera? —Nadie tiene una vida perfecta —repuso con evasivas. —Cierto —convino—. Pero quizá ya es hora de que pienses en lo que tú quieres, para variar, y vayas por ello. «Ve por ello». Otra vez esa frase, tentándola a ceder a sus deseos más profundos, que parecían intrínsecamente vinculados a ese hombre. En corazón, cuerpo y alma. Ese pensamiento aterrador la sacudió por dentro, pero se negó a dejar que sus temores cancelaran lo que tanto había anhelado. —Durante este momento, por este fin de semana, te deseo —dijo, luego se inclinó, apoyó la mano sobre el fino algodón de la camiseta que cubría el torso de Connor y lo besó. La boca de él era increíblemente cálida y suave bajo la suya, y cuando poco a poco abrió los labios, fue ella quien ahondó el beso hasta satisfacer lo que buscaba. Las lenguas se tocaron y un nudo de pura necesidad sensual se formó en su estómago y más abajo. Su limpio olor masculino le llenó los sentidos. Los pechos se le inflamaron, los pezones se le contrajeron y al rato deseó mucho más con todo el cuerpo. Como arrojar la cautela y el recato al viento y hacerle el amor a Connor allí mismo. Fue él quien al final interrumpió el beso, y luego apoyó la frente contra la suya. —Se está haciendo tarde —comentó con voz ronca por la excitación—. Deberíamos regresar al hotel. Ella logró asentir, agradecida de que al menos él pudiera pensar con sensatez. Una cama blanda sería mucho más cómoda que el suelo duro o moverse sobre una roca. —De acuerdo. El trayecto de vuelta pareció requerir el doble de tiempo. En cuanto llegaron al hotel, Connor la dejó en la entrada lateral y fue a aparcar la moto. Entró sola, preguntándose si sería el fin de la noche, ya que él no había mencionado nada de verla en unos minutos o más tarde. Evidentemente, respetaba su deseo de mantener la relación discreta y que no los vieran juntos en público. Sin saber muy bien qué hacer, fue a su habitación y se dirigió al cuarto de baño, quitándose la chaqueta de lana. Sonrió al ver el regalo sin envolver que habían dejado sobre la almohada. Al inspeccionarlo más de cerca, descubrió que era tan tentador como las fresas bañadas en chocolate de la noche anterior. Alzó el bote de pintura corporal de chocolate de Dulce Pecado y la mente comenzó a darle vueltas con escenarios perversos y eróticos. En la tapa había un lazo rojo que sostenía dos pinceles pequeños, junto con una tarjeta que ponía ¿Te atreves?, escrita con la caligrafía de Connor.

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Por una vez en la vida no se lo pensó dos veces, ni analizó la respuesta… simplemente, siguió su instinto y deseos femeninos. Desde luego que se atrevía.

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Capítulo Cuatro En cuanto Connor abrió la puerta de su habitación, Rebecca experimentó una oleada de anticipación y apretó con fuerza el bote con el chocolate líquido. Tocó la punta de los pinceles y tembló al imaginar la sensación ligera de esas cerdas suaves deslizándose por su piel desnuda. —No soy una gran artista, pero si no te importa que sea una aficionada, entonces estoy más que dispuesta a probar. Él esbozó una sonrisa manifiestamente sexual. —No creo que la pintura corporal de chocolate requiera que seas una profesional. De hecho, creo que cuanto más descuidado, mejor, porque la mejor parte es limpiarlo todo a lametones. —Suena divertido. —Esperaba que lo creyeras así —la tomó de la mano y la metió en la habitación echó el cerrojo a la puerta y luego la llevó al dormitorio. Los dos sabían lo que querían y ninguno quería perder tiempo con charlas innecesarias. Connor encendió la luz junto a la cama y luego se quitó la camiseta, tirándola a un lado. A Rebecca se le resecó la boca al estudiar otra vez ese cuerpo cincelado y pensó en las diferentes formas que quería de pintarlo. Su torso sólo era un lienzo muy inspirador. —Yo seré la primera en pintar —jadeó ella. —Puedes ser la primera, pero quiero que nuestra ropa desaparezca, porque no hará más que estorbar. Le quitó el frasco y los pinceles de la mano y los dejó en la mesilla, junto con unos preservativos ya preparados para la aventura de la noche. Luego comenzó a desabotonarle la blusa. Tardaron menos de un minuto en quedarse en ropa interior. Y Rebecca agradeció esa mínima barrera. Sin ella, tenía la sensación de que esa primera vez juntos habría terminado antes incluso de que hubieran disfrutado de la oportunidad de pintarse. Ya temblaba por las caricias de Connor mientras le quitaba la blusa, el sujetador y los vaqueros. Para su deleite, era imposible confundir el grado de excitación que tenía Connor. La sólida erección, gruesa y larga, tensaba los escuetos calzoncillos. Se relamió los labios al imaginar esa parte de él cubierta con delicioso chocolate y lo oyó gemir.

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Lo miró a la cara, asombrada por la intensidad de su expresión. Era una sensación poderosa saber que sólo una mirada y humedecerse los labios podía encenderlo de esa manera. Ansiosa por entregarse a las descaradas fantasías que bailaban en su cabeza, apoyó las yemas de los dedos en el torso de él y le dio un leve empujón. —Túmbate en la cama para mí —pidió con voz ronca. Obedeció, estirando el cuerpo largo y fibroso en el centro del colchón, y ella no titubeó en seguirlo a la cama y sentarse a horcajadas sobre sus caderas. Nunca antes había sido tan atrevida e impertinente con un hombre, pero el calor y el deseo que nublaban los ojos de Connor, junto con la dura lanza que le presionaba el trasero, la instaron a mostrarse tan desinhibida como le apetecía. Tomó el bote con pintura de chocolate, abrió la tapa y el embriagador aroma del chocolate avivó un apetito más profundo en su interior. Con una sonrisa, introdujo un pincel en la salsa y juguetonamente lo deslizó por el torso de Connor, trazando líneas irregulares aquí y allí antes de hacerlo remolinear en torno a los pezones. Connor contuvo el aliento y cerró las manos sobre sus muslos mientras ella continuaba, pintándole el estomago y la bonita cavidad del ombligo. Cuando quedó suficientemente cubierto con chocolate líquido, se inclinó y lo probó con los labios, los dientes y con largos lametones de la lengua, disfrutando del sabor dulce y delicioso de Connor empapado en exquisito chocolate. —Mmmm —murmuró ella sobre los duros abdominales—. Sabes cien veces mejor que las fresas. La única respuesta que logró manifestar él fue un gruñido gutural. Sonriendo, Becca movió la lengua en su ombligo y le mordisqueó la parte baja del abdomen hasta llegar a la cintura elástica de los calzoncillos. Deseándolos fuera del camino, se los bajó por las piernas y los tiró antes de centrar toda la atención en la enhiesta erección. Hipnotizada por la visión de esa parte de él tan arrebatadoramente masculina, metió un dedo en la salsa de chocolate y rodeó la cabeza del miembro viril con una caricia ligera que hizo que el sexo de Connor se sacudiera sorprendido. Disfrutando de su reacción, sacó más chocolate, lo tomó en la mano empapada y le acarició toda la extensión de la lanza… una, dos veces, antes de bajar la cabeza y tomarlo en la boca para concluir la tarea. El chocolate jamás había sabido más rico, más erótico y tentador. Y no tenía suficiente. Se lo introdujo profundamente, disfrutando con el gemido de placer, ronco y bajo, que emitió Connor y el modo en que metía los dedos en su pelo. Lo lamió despacio, lo mordisqueó con delicadeza y lo provocó con movimientos circulares de la lengua que hicieron que levantara las caderas de la cama y tensara todo el cuerpo con la acometida del palpitante orgasmo. —Aún no —jadeó antes de que ella pudiera lanzarlo al vacío.

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Con un movimiento asombrosamente coordinado, se alzó, la empujó sobre el colchón y pasó una pierna sobre sus caderas, de modo que fue él quien en ese momento quedó a horcajadas sobre ella. Lo miró muda. —Es mi turno de jugar —sonrió Connor y recogió el bote con chocolate. En vez de usar uno de los pinceles, metió los dedos en la sustancia pegajosa y le pintó el cuerpo con ellos. Le cubrió los pechos y frotó los dedos pulgares sobre los palpitantes pezones. Bajando, trazó un corazón sobre su estómago y añadió las iniciales «C» y «R», y al llegar a las braguitas, las quitó con eficacia y celeridad hasta dejarla desnuda como él. Se arrodilló entre las piernas separadas y se dio un festín visual con ella, con una expresión mezcla de adoración y lujuria. —Estoy impaciente por comerte… —murmuró. Pero primero la pintó hasta empaparla y, lentamente, comenzó a lamerla desde las rodillas. Se tomó su tiempo, cerciorándose de que limpiaba hasta la última gota. Le mordisqueó la piel con los dientes y usó la lengua cálida y suave para lamer el caos de chocolate que había creado en el interior de los muslos, hasta que finalmente llegó al lugar ultrafemenino que aún le quedaba por probar. Lo hizo en ese momento. Acomodándose entre los muslos, le pasó las piernas sobre sus hombros, bajó la cabeza y cumplió su promesa de devorarla. Volvió a tomarse su tiempo, potenciando la necesidad de Becca hasta cotas casi dolorosas. Ella agarró la manta y arqueó las caderas, suplicándole en silencio con el cuerpo la liberación que él se empeñaba en mantener a distancia. Al final, con un lametón profundo e íntimo y una profunda penetración de los dedos, le dio el orgasmo por el que se desesperaba. Cayó al vacío y todo el cuerpo le tembló por la increíble fuerza del clímax. Necesitó un minuto para recobrar los sentidos, y cuando lo hizo, encontró a Connor entre sus muslos, colocándose un preservativo. Esperaba que la penetrara y obtuviera también la liberación, pero en vez de eso, bajó la cabeza y comenzó a lamerle el chocolate de su vientre trémulo. Subió hasta darse un festín con sus pechos y succionarle los pezones como si fuera un postre que quería devorar y disfrutar. Cuando terminó de quitarle hasta el último fragmento de chocolate, Rebecca volvía a temblar y a estar más que lista para tenerlo dentro. Él se extendió plenamente encima de ella, de modo que su torso quedó sobre los pechos y su erección acunada en la unión de los muslos. Los ojos le ardían de necesidad y con una emoción aún más profunda que disparó el corazón de Rebecca. No le dio tiempo a demorarse en lo que había captado en su mirada. Al siguiente instante él la tomó por el pelo y le reclamó la boca en un beso exigente y voraz. Al mismo tiempo, la penetró hasta el fondo, haciendo que sólo pensara en cómo la llenaba. El instinto la llevó a rodearle la cintura con las piernas mientras sus

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caderas la embestían con un ritmo duro que los lanzó a los dos más allá de todo control. Otro orgasmo sensacional la recorrió, provocando que los músculos internos se cerraran en torno al miembro de Connor. Gimiendo sobre los labios de ella, éste aceleró los embates y se entregó a su propia e incandescente liberación. Enterró la cara en la curva de su cuello y Rebecca sintió el aliento ardiente y húmedo sobre su piel. Tardó más que ella en recuperarse, y con el tiempo se apoyó sobre los antebrazos y la miró, los ojos entornados llenos de una calidez y una ternura que hicieron que ella anhelara esa clase de intimidad de forma asidua. En sus labios apareció una sonrisa lenta. —Eres asombrosa, ¿lo sabías? —Agradezco el cumplido, pero creo que el honor es todo tuyo. Le besó el cuello y le susurró al oído: —¿Qué te parece si convenimos en que los dos somos asombrosos? Connor no sólo era un amante sobresaliente, sino que lograba sacar lo mejor de ella de formas que había considerado imposibles. Aparte de que la hacía reír más que cualquier otro hombre. Le sería fácil enamorarse de Connor Bassett, si es que una parte de ella ya no lo había hecho. Esa idea le aterró.

El sonido de unas pisadas suaves instó a Connor a alzar la vista del ordenador portátil y vio a Rebecca salir del dormitorio, somnolienta, satisfecha e increíblemente sexy con la camiseta de algodón que él había llevado antes. La tela suave resaltaba sus pechos plenos y el bajo a mitad de sus muslos le impedía descubrir si llevaba puestas las braguitas. La idea de que estuviera completamente desnuda debajo le lanzó una descarga de calor a la entrepierna. No recordaba haber deseado jamás a una mujer tanto como deseaba a Rebecca… en su cama y en su vida. Sabía que sólo disponía de ese día y del siguiente para lograr que se diera cuenta de que lo suyo era algo más que una aventura pasajera. Conteniendo un bostezo, ella se acercó hasta donde él estaba sentado en el sofá. —Son más de las tres de la mañana —murmuró con voz ronca—. ¿Qué haces levantado a estas horas? —No podía dormir —de hecho, era un ave nocturna, y era por la noche cuando se le ocurrían las mejores ideas para los juegos de ordenador. Esa noche había estado puliendo el último que había creado—. ¿Qué haces tú levantada a estas horas?

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—Desperté y no estabas —se sentó junto a él y acomodó las piernas debajo de su cuerpo. Luego alisó la camiseta sobre sus rodillas—. Como ésta es tu habitación, supuse que no podrías haber ido lejos. A pesar de la ducha que se habían dado juntos, Rebecca aun olía a chocolate y sexo estupendo, una deliciosa mezcla que le avivaba el hambre por ella. —¿Me echabas de menos? —murmuró contra su oído. Ella soltó un suspiro y ladeó la cabeza para darle mejor acceso a su cuello. —Sí. Sonrió satisfecho. —Bien —suponía que ese reconocimiento era un pequeño comienzo y sólo esperaba que cuando llegara el domingo, no tuvieran que ponerle fin a la aventura. De repente ella lo miró con curiosidad. —¿Por qué te dedicaste a esto? —De adolescente pasaba casi todo mi tiempo libre ante un ordenador. Si no estaba con algún videojuego estaba desmontando el disco duro para descubrir cómo funcionaba. Con el tiempo, me puse a crear juegos para ordenador sólo para divertirme, pero mis amigos me pedían copias y se dedicaban a jugar con ellos. —¿Y cómo terminaste vendiendo los juegos que creabas? —le preguntó. —De hecho, fue Greg quien me animo a enviar uno de mis juegos a una empresa de software que produce todo tipo de juegos para ordenador, y a las pocas semanas me hicieron una oferta muy lucrativa por los derechos exclusivos del programa, que ahora se llama Al filo de la locura —le pasó los dedos por el cabello—. Entonces tenía dieciocho años, y cuando me di cuenta de que podía ganar mucho dinero creando y vendiendo juegos de acción y aventura, me dediqué a ello. —Suena como el trabajo soñado por un adolescente —comentó con una ligera sonrisa—. Pero ahora que eres mayor, ¿no piensas nunca en conseguir un trabajo de verdad? —Tengo un trabajo de verdad —indicó—. Me encanta lo que hago y me pagan muy bien por hacerlo. —Jugar en el ordenador. Era evidente que no podía pensar en lo que hacía para ganarse la vida como en una carrera. Trató de aclarárselo. —Primero creo y programo los juegos, lo que representa un trabajo duro y largas horas dedicado a ello. Y me gustan los beneficios adicionales que conlleva mi trabajo. Establezco mi propio horario, y puedo trabajar a cualquier hora del día o de la noche. Y la mejor parte es que soy mi propio jefe. No hay nada mejor que eso. —Bueno, otro de los beneficios es haber sido votado como el soltero más rico y más deseado de San Francisco. Él hizo una mueca; odiaba ese título superficial que le habían encasquetado.

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—Eso se parece más a una maldición. La sorpresa iluminó los ojos de ella. —¿Salir con las mujeres que te apetece es una maldición? Él movió la cabeza. —No, pero descubrir que una mujer sale contigo porque tu cuenta bancaria le resulta más atractiva que tu personalidad sí es una maldición. —Oh —musitó—. Supongo que eso sería frustrante, pero no todas las mujeres son así. —Estoy de acuerdo —y ella era prueba de esa afirmación. Acabada la conversación sobre su trabajo y su dinero, Connor se acercó a ella y le dio algo más placentero en que pensar. Le metió la mano por debajo de la camiseta y no fue el único al temblar cuando descubrió que se hallaba completamente desnuda debajo. —Deberíamos dormir un poco —dijo ella, aunque no muy convencida, y menos después de dejar que la tumbara sobre el sofá y se acomodara entre sus muslos—. Hemos de levantarnos en unas horas. —Yo ya estoy levantado —con sonrisa traviesa, le tomó la mano y la apoyó sobre sus calzoncillos de algodón para que cerrara los dedos sobre su erección—. En más sentidos que uno. Ella rió, y luego gimió cuando Connor deslizó los dedos entre su piel suave y húmeda y la acarició muy lentamente. Después de aquello, el sueño tardó en llegar.

Desde el otro extremo del elegante salón del Delaford, Rebecca observó cómo los novios se despedían de familia y amigos. La hermosa ceremonia al aire libre había salido a la perfección. En cuanto a la recepción, había sido una celebración divertida y lujosa que jamás olvidaría. En ese momento, los novios se iban a disfrutar de la suite nupcial esa noche. Rebecca ya había abrazado a Celeste y a Greg, deseándoles lo mejor. Pero mientras miraba como una radiante Celeste contemplaba a su marido con un amor puro e incondicional, sintió un enorme nudo en la garganta, cuyo resultado fue un choque extraño de felicidad y tristeza. Agradecía que su hermana hubiera encontrado a un hombre tan maravilloso y entregado, que la adoraba y sin duda cuidaría de ella en todos los sentidos que importaban. Sin embargo, no podía detener el flujo de soledad que ya se asentaba como un nudo frío y duro en su estómago.

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—La orquesta toca la ultima canción —dijo una voz profunda y masculina a su espalda—. Como ya nos hemos despedido de los novios, ¿qué te parece si disfrutamos del último baile antes de que acabe la velada? Agradecida por la distracción, se volvió y le sonrió a Connor, quien se veía elegante y fantástico en un esmoquin negro con una pajarita roja que hacia juego con su vestido de noche. Habían sido pareja de baile casi toda la noche y como no tenía ganas de subir a su habitación del hotel, aceptó. —Claro, me encantaría. La condujo a la pista. Una vez allí, le pasó un brazo por la cintura y alineó sus cuerpos de forma íntima desde el pecho hasta los muslos. Se movieron al ritmo de la música lenta y mientras Connor le acariciaba la cintura con el dedo pulgar ella se permitió relajarse. En ese momento, quería, necesitaba, la intimidad que él le ofrecía para compensar la sensación de vacío que la invadía. —¿Estás bien? —preguntó él, mirándola como si tratara de llegar a su alma. Rebecca le dedicó una sonrisa veloz y forzada. —Estoy bien. —Mentirosa —repuso, divertido—. Vi el modo en que mirabas a tu hermana y a Greg cuando se despedían. Te cuesta perderla, ¿verdad? Su primer impulso fue negarlo, mostrarse fuerte y no dejar entrever la más mínima vulnerabilidad. Pero estaba cansada de mantener sus emociones embotelladas en su interior, de ser siempre fuerte, cuando tenía preocupaciones y miedos como todos los demás. —De acuerdo, reconozco que la separación me produce un poco de ansiedad. Ha sido una parte tan importante en mi vida durante tanto tiempo, que cuesta imaginar cómo será no verla ni hablar con ella a diario. —No es como si se hubiera ido por completo de tu vida —dijo con gentileza. —No, pero ahora tiene otra familia, y es como una hija para los padres de Greg —teniendo en cuenta que Celeste había pasado media vida sin padres, estaba segura de que su hermana gozaría con una familia de verdad. Connor le acarició la mejilla mientras seguían bailando. —Rebecca, tú siempre serás su familia. Emocionada, se mordió el labio inferior. —Sólo es… duro —dijo, incapaz de explicarlo. —No dudo de que lo es —convino con comprensión—. Pero tú eres la hermana de Celeste por sangre, y ése es un lazo que jamás se romperá ni se debilitara. «Eso espero», pensó mientras la orquesta terminaba de tocar. Espero que Connor la soltara, pero lo que hizo fue acercar la boca a su oído y susurrar: —¿Te quedarás conmigo esta noche?

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Creyó oír un deje casi imperceptible de inseguridad en su voz, y comprendió que Connor no daba nada por sentado. Exponía abiertamente su deseo por ella, y realizaba una invitación para que compartiera su cama y otros placeres con él esa noche, sin saber si ella quería lo mismo. Su respuesta fue muy sencilla. Connor empezaba a convertirse rápidamente en otra debilidad, como los chocolates de Dulce Pecado que habían estado comiendo las dos últimas noches. No quería estar sola esa noche. No quería pensar en la vida vacía y aburrida que la esperaba de vuelta en casa. Lo que quería por encima de todo era sentir, y Connor conseguía que lo hiciera como nadie en la vida. Lo miró y sonrió. —Sí, me quedaré contigo esta noche.

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Capítulo Cinco Aunque estaba completa y absolutamente saciada, Rebecca no podía dormir. Ahí estaba, después de haber hecho el amor dos veces, con los ojos como platos. De pronto, se sintió enjaulada e inquieta. Necesitaba espacio y aire para respirar que no incluyera la fragancia de Connor. Con cautela, se levantó de la cama. Se puso una camiseta de él que recogió del suelo y fue en silencio al salón. Con las luces apagadas, se plantó ante el ventanal que ofrecía una hermosa vista de Crystal Lake. La luna titilando sobre el agua le recordó la noche anterior, cuando Connor la había llevado a dar una vuelta en moto. Sonrió al recordar lo estimulante que había sido y la atención que él le había prestado al hablar de su pasado. Así como su lado más pragmático y sensato le decía que el tiempo pasado juntos no era más que una breve aventura, una parte nueva y caprichosa de ella se preguntaba sobre la posibilidad de más. Movió la cabeza ante esa tontería y fue a buscar agua a la mini nevera. Pero al abrir la puerta no fueron las botellas de agua mineral las que captaron su atención, sino una mitad de corazón envuelto en celofán azul que reconoció de Dulce Pecado. Por el celofán arrugado, era obvio que Connor lo había abierto para leer su mensaje secreto antes de volver a taparlo sin comerlo. Curiosa, tomó el corazón y sacó el trozo de papel metido en el interior. Leyó el mensaje mecanografiado: Los opuestos se atraen. Sé atrevida. Sé espontánea. ¡Ve por ello! Con un nudo en el estómago, leyó y releyó las palabras familiares que le habían dado valor para lanzarse a una aventura con Connor, incapaz de creer que hubiera recibido el mismo mensaje que ella. Se preguntó cuáles eran las probabilidades de que Connor y ella terminaran con mensajes idénticos y corazones a juego. Sabía que muy escasas. Pensó en todas las veces que sutilmente él había empleado esas mismas palabras con ella. Podría haber sido una coincidencia, pero su instinto femenino le decía que había algo más que el destino en juego. Empezaba a sospechar que Connor había aprovechado la oportunidad que se le había presentado. Aunque tampoco podía culparlo por lo sucedido entre ellos, dada la celeridad con que ella se había subido al tren de la aventura. Pero descubrir la verdad de cómo la había manipulado le devolvía la perspectiva adecuada a toda la situación. Como que la relación era efímera y que él no había hecho ninguna promesa de algo más. Seguía siendo un hombre seis años menor que ella, seguía dedicado a los videojuegos para ganarse la vida y era demasiado frívolo en el modo en que gastaba su dinero.

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Entonces, en esencia, poco había cambiado en los últimos tres días, a menos que contara su demasiado entregado corazón. —Eh, ¿te encuentras bien? El sonido de la voz somnolienta de Connor la sacó de su ensimismamiento. Se volvió, con la mitad del corazón de chocolate en una mano y el mensaje en la otra. Sólo llevaba puestos unos calzoncillos y el cuerpo magnífico que tenía delante amenazó su sensatez y determinación para manejar esa situación. —Vine a buscar una botella de agua, pero encontré esto —con serenidad alzó las pruebas descubiertas—. Tienes el mensaje que hace juego con la mitad de mi corazón de chocolate. Pero ya lo sabías, ¿no? La miró con resignación en los ojos. —Lo sospechaba, sí. Lo respetó por su sinceridad y honestidad, aunque el corazón le doliera más de lo que era capaz de recordar. —Bueno, nuestra aventura del fin de semana fue divertida mientras duró, ¿verdad? Connor fue consciente del hecho de que Rebecca empezaba a alzar uno de sus muros. —Rebecca… no tiene por qué terminar. —Claro que sí —rió, aunque le sonó frágil a sus oídos—. Somos dos personas diferentes que llevamos unas vidas muy diferentes. Una cosa es el sexo, pero una relación de verdad requiere tiempo y trabajo entre dos personas con los mismos objetivos. Comprendió que sus inseguridades empezaban a manifestarse, lo que había activado su mecanismo de protección. —Nuestros objetivos son muy similares, Rebecca, si te permites dejar atrás todo por lo que tu padre te hizo pasar. Ella se puso rígida, pero no trató de defenderse. Confiar en que un hombre cuidara de ella, en que le proporcionara la clase de seguridad y estabilidad que necesitaba en la vida, no le resultaba fácil. Connor suspiró, sabiendo que se enfrentaba a algo muy complicado. —Escucha, sé que todo ha ido muy deprisa, pero hace mucho que te deseo. Para mí, este fin de semana ha sido real y quiero que dure. Y no hay motivo para que no lo haga. Tu hermana es adulta y acaba de casarse, tiene una vida propia —adrede tocó uno de sus puntos más vulnerables, porque necesitaba que encarara lo que la esperaba en el futuro—. Has realizado un trabajo magnífico con Celeste, pero es hora de dejarla ir y tener una vida propia. Para variar, deja que alguien cuide de ti. «Deja que sea esa persona para ti», le transmitió con la mirada. Ella alzo el mentón y cerró los dedos sobre la tira de papel que sostenía. La nota que los había unido… y que estaba a punto de separarlos.

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—Puedo arreglarme bien sola —repuso a la defensiva. —Pero estar sola no te mantiene abrigada por la noche, ¿verdad? Ella no respondió. Se pregunto qué había pasado con la mujer vibrante con la que había estado durante los últimos tres días. Esa mujer que se había mostrado atrevida y corrido riesgos y disfrutado. Ya no estaba. Había vuelto a ser alguien que creía que debía tener el control de sus emociones y actos. De algún modo, logró contener su frustración. —Nos marcharemos de aquí como amigos, tal como pediste, pero quiero que sepas algo —suponiendo que no tenía nada que perder, mostró todas sus cartas—. Me estoy enamorando de ti, Rebecca. Y no tiene nada que ver con el sexo y el deseo, y todo con quién tú eres. Eres auténtica, leal y cariñosa, cualidades que hacen que te quiera tanto como lo hago. Pero nada de eso importa si no estás dispuesta a encontrarte a mitad de camino conmigo. Ella lo miraba conmocionada, y como no parecía inclinada a responder a nada de lo que él había dicho, supo que era el fin. Para ellos y para lo que habría podido ser. Con el corazón atribulado, Connor dio media vuelta y regresó al dormitorio, dejándola sola en el salón. Tal como ella prefería.

Cuando se cerró la puerta del dormitorio detrás de Connor, Rebecca respiró hondo y se sintió aturdida por el reconocimiento de él. Cuando al fin su mente se despejó, su primer impulso fue negar lo que él había dicho… pero si algo había aprendido en esos tres días, era que Connor era un hombre de honor. Y lo que era más importante, tenía más integridad que la que alguna vez había poseído su padre. Tenía dos opciones. Marcharse del hotel con su dignidad, corazón y emociones intactos, o enfrentarse de una vez a los miedos que habían gobernado tantos años de su vida. Abrió el puño y miró el trozo de papel arrugado. «Atrevida», «espontánea» y «ve por ello» la miraron. Quizá ella había recibido el mismo mensaje por una razón. No quizá tanto por el destino, sino porque su vida, y su coraje, necesitaban ese impulso. Ese empujón. ¿Estaba dispuesta a correr el riesgo de perder a Connor para siempre? Sorprendentemente, la respuesta fue muy clara y reverberó en su interior con un vibrante «no». Enderezó los hombros, preparándose para ser más atrevida y espontánea que nunca antes, fue hacia el dormitorio de Connor, abrió la puerta y entró. Lo encontró haciendo la maleta. —¿Te marchas? —preguntó, y oyó pánico en su propia voz.

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Él le dedicó una mirada breve antes de guardar unas camisetas. —No queda nada aquí por lo que quiera quedarme. Le dolieron sus palabras, porque sabía que se refería a ella, a ellos. Tragó saliva, tratando de contener al mismo tiempo sus miedos. —¿Y si te dijera que deberías quedarte por nosotros? Fue al cuarto de baño y salió unos segundos más tarde con su neceser. —Ahí afuera me dio la impresión de que no existía ningún «nosotros». Se movía tan deprisa, que la mareaba. —Para, Connor. Por favor —algo en su voz debió de llegar hasta él, porque al final se detuvo junto a la cama—. Cuando acepté tener nuestra aventura el fin de semana, jamás pensé que sería algo más que físico. A cambio, me ha hecho comprender lo que falta en mi vida. Él cruzó los brazos y enarcó una ceja. —¿Y qué es? —Diversión. Risa. Espontaneidad —una sonrisa vaciló en sus labios—. Y todo gracias a ti. Connor se encogió de hombros. —¿Para qué están los amigos? —comentó con sarcasmo. Tenía toda la razón en estar frustrado con ella, pero luchó por continuar ante semejante oposición. —Lo que estoy a punto de decir no es fácil para mí, pero espero que me oigas — interpretó la quietud y el silencio que mostró como una buena señal—. Ya sabes cómo fue mi infancia, y algunos miedos tardan más que otros en morir. Es como si hubiera sido programada para ser responsable y práctica, porque mi padre jamás fue esas cosas. —Eso es comprensible —comentó, ablandándose un poco. Ella se humedeció el labio inferior. —Y luego está el hecho de que eres seis años menor que yo. Él descruzó los brazos y dejó que colgaran a los lados. —No es más que un número, Rebecca. —Tienes razón —asintió. Ni una sola vez lo había considerado inmaduro—. Luego está el tema de que gastas el dinero de forma que yo no puedo entender por cómo soy y cómo crecí. —No soy como tu padre, Rebecca —respondió con firmeza—. Yo invierto mi dinero y tengo bastante. Quiero más de lo que tengo en la vida, pero no me refiero a cosas materiales. Esas cosas tangibles no son importantes para mí —se acercó a ella y le acarició los brazos—. Quiero una relación que no se base en una mujer que me

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quiera por mi dinero o lo que pueda brindarle. Te quiero a ti, porque eres todo lo que siempre he querido en una mujer y más. ¿Podía ser realmente tan afortunada? Al parecer, así era, y ya no pensaba cuestionar más el destino o a Cupido. —De acuerdo —susurró. Él frunció el ceño, inseguro. —¿De acuerdo? —Puedes tenerme, como quieras —le gustó cómo sonó—. Pero sé paciente conmigo, porque tengo muchas inseguridades que superar. —Lo sé —sonrió, exhibiendo su hoyuelo juvenil—. Pero no pasa nada, porque te amo, Rebecca Moore. Tal como eres. El corazón de ella pareció darle un vuelco y se dejó llevar con la increíble sensación cálida que brotó de su interior. —Yo también me estoy enamorando de ti. Connor la besó, larga, ardiente y profundamente, proyectando una emoción y una sensación de seguridad que mitigaron los miedos de Rebecca. Cuando el beso concluyó, estaba sin aliento y excitada. —¿Te das cuenta de que es San Valentín? —le sonrió. —Mmmm —musitó él, empujándola hacia atrás hasta que cayeron sobre la cama y quedó tendido encima de ella—. Supongo que eso significa que tendré que comprarte un kilo de chocolate de Dulce Pecado, ¿no? —Tengo todo el chocolate que necesito —alzó la mano y le mostro la mitad del corazón envuelto en celofán azul que aún sostenía en la mano—. Y tengo tu corazón. —Eso es cierto —convino. Al mirar el chocolate, Rebecca comprendió que no eran tan opuestos, después de todo. Igual que el corazón de chocolate que lo había iniciado todo, Connor era su otra mitad. Su espíritu afín. El hombre con el que estaba predestinada a pasar su vida. Y era justo lo que planeaba hacer.

Fin

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Dulce Pecado 01 - Gustos atrevidos (Janelle Denison)  

Primera parte de la Antología "Dulce Pecado"

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