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Blog de creacion


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Toda escritura establece un pacto con el lector, cierto, pero en este espacio llevamos ese pacto un paso más allá. Con la apertura del Blog de creación, patrocinado por Banamex, los lectores fueron parte fundamental del proceso creativo de los narradores, ensayistas y cuentistas que desfilaron por este espacio a lo largo de un año. Se contemplaron dos modalidades de participación: Disyuntivas: Un narrador planteó el comienzo de una historia y fueron los lectores quienes, a través de sus votos, decidieron el rumbo que tomó la historia. Cuento temático: Después de anunciar el tema del cuento, tres narradores, convocados por Letras Libres, publicaron durante tres semanas relatos relacionados con dicho tema. Durante esas tres semanas recibimos en las narraciones de cientos de lectores-narradores que sometieron sus textos al concurso. El mejor relato fue publicado durante la cuarta semana. –Los editores


D i s y u n t i v a s


di s y un t i va s

Noche perpetua por

Bernardo Esquinca

parte i

La primera vez que vi al viejo me preguntó la hora. Estaba afuera de su departamento, recargado en el quicio de la puerta, con el bastón entre las manos y la mirada perdida en las sombras. Yo venía bajando del piso superior, donde se encontraba mi casa, y me llamó la atención su espigada y frágil figura, con la carne pegada a los huesos y la nariz aguileña resaltando en su rostro, apuntando decididamente hacia el suelo, como si la gravedad la hubiera vencido antes que al resto de su cuerpo. Tenía unos mechones de cabello grises detrás de las orejas y le costaba trabajo jalar aire; su respiración era c­omo la de un conejo asustado. Le dije que eran las cuatro de la tarde, y le pregunté si se le ofrecía algo. Me di cuenta que no me miraba a los ojos y que se guiaba por el sonido de mi voz, por lo que deduje que debía estar casi ciego. “Ciego y solo”, pensé. “Los que afirman que la vejez es una mierda, no se equivocan.” El viejo dijo que no, me dio las gracias, y yo continué mi camino escaleras abajo. Vivía en un edificio de los años cuarenta en la calle de Ayuntamiento, cercano a Bucareli, en esa extraña zona que es la frontera entre el Centro de la ciudad y la colonia Juárez. Un lugar que en épocas pasadas fue un tranquilo paseo adornado con árboles y fuentes, y recorrido por carruajes, y que ahora se había convertido en un sitio decadente, con edificios ruinosos o invadidos por paracaidistas. Además, constituía el epicentro de manifestaciones y plantones debido a la proximidad de la Secretaría de Gobernación. Carmen, mi mujer, solía quejarse del ruido y del caos; había un antro de música cubana justo enfrente de nuestro edificio, y a un costado un Politécnico, cuyos alumnos invadían la banqueta por las tardes armados con caguamas y churros de mota. Yo le pedía que fuera paciente y le recordaba que aquella situación era transitoria: en cuanto me otorgaran la beca que había solicitado, nos mudaríamos a un lugar más tranquilo.


Otro día, mientras subía las escaleras de granito, me volví a topar con el anciano. “¿Quién eres?”, me preguntó con su voz cascada. “Soy el vecino del seis”, le respondí, aproximándome. Me pidió que lo ayudara con sus medicinas. Me hizo pasar a su departamento, y para mi sorpresa este no lucía tan deprimente como cabía imaginar. Los muebles eran viejos, pero haciendo a un lado ese detalle, la casa se veía limpia, organizada e iluminada. “Alguien ha de venir a ayudarle”, pensé. “Una sirvienta de entrada por salida.” Estaba seguro que no tenía parientes, o al menos no alguno que quisiera estar en contacto con él, porque nunca recibía visitas. En la mesa del comedor había una serie de pequeños frascos con gotero y un vaso con agua. Me los fue entregando uno a uno, indicándome cuántas gotas correspondían a cada medicina. Cuando terminé de preparar su mejunje, el anciano tomó el vaso con mano temblorosa y comenzó darle pequeños sorbos, como si hubiera olvidado que yo estaba ahí. Aproveché para mirar con detenimiento a mi alrededor, y vi que en la pared de la sala colgaban varias fotografías antiguas. Algunas eran retratos de familia y otros individuales. Destacaba una fotografía en color sepia del rostro de una niña. Tenía los cabellos claros, que le colgaban en forma de bucles hasta los hombros, y poseía los mismos ojos tristes del viejo. “¿Su hija?”, le pregunté, señalando con una mano hacia el retrato. Me percaté de mi estupidez, y añadí: “Me refiero a la niña de la fotografía.” Los ojos del anciano parecieron iluminarse por un segundo. Dejó el vaso sobre la mesa, me tomó del brazo con una mano que parecía una garra, y con una fuerza inusitada me condujo a la puerta. “Muchas gracias por su ayuda, joven”, dijo, sacándome de su casa, y después cerró con un portazo. Aquel episodio me dejó intrigado y decidí averiguar más sobre el viejo. Tenía dos opciones: hablar con el señor Cinquetti, un jubilado que llevaba treinta años viviendo en el edificio, y que conocía buena parte de su historia –y la de sus inquilinos–, o dedicarme a espiarlo, aprovechándome de su ceguera. Durante la cena, le comenté mis planes a Carmen. “Quizá pueda escribir algo al respecto”, agregué. “El hecho de ser narrador no te autoriza a meterte en la vida de los demás”, me dijo, con su habitual desconfianza hacia mis pesquisas. “Deja a ese pobre viejo en paz.” Y, mientras tomaba el cuchillo para partir un pedazo de pan, agregó una frase que, lejos de desanimarme, me persuadió a continuar: “Acuérdate que el que busca, encuentra.” ~

porcentajes

49% Hablar con el conserje

51% Espiar al vecino

Por el mas apretado de los margenes, el protagonista espiara al vecino


parte ii

El viejo salía continuamente al umbral de su puerta para interceptar a los vecinos. Las medicinas no eran el único motivo. Si se iba la luz o no pasaba la basura, si necesitaba abrir un frasco cuya tapa se había puesto dura o se le descomponía el flotador del escusado, él acechaba pacientemente el paso de alguna sombra en el pasillo. A partir de que decidí espiarlo, procuré no prestarle ayuda, sino dedicarme a observar y catalogar sus peticiones. Sé que era egoísta y cruel, pero el camino de la creación no admite otra actitud. Sin ningún remordimiento, me sentaba al borde de las escaleras de mi piso, desde donde podía observarlo a través del barandal. En una pequeña libreta anotaba la cantidad de veces que salía a su puerta durante el día, los minutos que transcurrían hasta que pasaba algún vecino, y el tipo de favor que solicitaba. Mi comportamiento parecía el de un psicópata, pero así somos los escritores cuando perseguimos nuestras obsesiones. Por supuesto que me cuidé de que Carmen no viera esa libreta. Los autores no podemos permitir que los demás conozcan todas las ideas extrañas que se nos ocurren, principalmente si es la pareja. Si nuestras mujeres pudieran atisbar en la cantidad de basura mental que acumulamos, nos abandonarían de inmediato. ¿A dónde me llevarían aquellas anotaciones? ¿A un relato? ¿Al inicio de una novela? ¿A un ensayo sobre la vejez? ¿Era solo un pasatiempo? Imposible saberlo. Esa incertidumbre fue la que me impulsó a continuar. Si no existieran las dudas, tampoco existiríamos los escritores. En una ocasión, me di cuenta que el timbre del viejo se había quedado pegado. Uno de los hombres de la basura solía pulsar todos los botones del interfón para anunciar su presencia; lo hacía de manera brusca e insistente, sin importarle que fuera temprano. Aquella mañana, el timbre del departamento

tres se quedó trabado, y el viejo salió al pasillo en busca de alguien que pudiera bajar y arreglarlo. Yo permanecí en mi posición habitual, espiándolo, contabilizando el tiempo con el cronómetro de mi reloj, atento a la expresión angustiada de su rostro. Transcurrieron una hora y cuarenta y tres minutos hasta que un vecino entró al edificio, subió las escaleras, y atendió la súplica del viejo. Una vez que realicé las últimas anotaciones en la libreta, me escabullí de vuelta a mi departamento. A pesar de que mi obsesión estaba siendo encausada, espiarlo pronto comenzó a ser aburrido. Comprendí que necesitaba hacer algo más. Quizá era momento de intentar volverme su amigo, y llevarle té y galletitas y esas cosas que les gustan a los viejos. Sin embargo, era consciente de su carácter huraño, y de la manera en que me había tratado cuando le pregunté por la niña del retrato. Me encontraba estancado en mi proyecto y, por más que le daba vueltas, no lograba darle una nueva perspectiva. Días después, las cosas se me presentaron solas, y de la manera menos esperada. A veces la vida es generosa y comienza a parecerse a un cuento. Eso es, finalmente, lo que buscamos los escritores: que este mundo no se parezca tanto a sí mismo. Era domingo y tenía que hacer unas compras. Al salir del edificio me encontré con una imagen que me dejó boquiabierto: el viejo estaba en la banqueta, apoyado en su bastón, con la mirada oculta tras unos lentes oscuros. “Así que puede bajar las escaleras”, fue lo primero que pensé. Después observé que una camioneta negra se detenía junto a él y que el chofer descendía para ayudarlo a subir. Al mismo tiempo, un taxi dobló en la esquina. Venía libre. Cuando la camioneta arrancó, supe que debía tomar una rápida decisión: abordar el taxi y seguir al viejo, o aprovechar su ausencia y buscar la manera de introducirme en su casa. Todo sucedió en segundos, pero me bastaron para intuir que aquella elección cambiaría mi vida para siempre. ~

62% 38% Tomar el taxi y seguir al viejo

Aprovechar para meterse a casa del viejo


parte iii

Agité los brazos en el aire y detuve al taxi. “Siga a la camioneta negra”, le ordené, como si fuera el protagonista de un film noir. Dimos vuelta sobre Enrico Martínez, después en Morelos y cruzamos Bucareli detrás del vehículo del viejo. Me coloqué entre los dos asientos delanteros del taxi y agucé la mirada para ver lo que ocurría en el interior de la camioneta. Los hombres no conversaban, pero sucedió algo extraño: el chofer le entregó un fólder al viejo. Este analizó su contenido y sacó algo que parecía una fotografía, luego la alzó hacia la luz y la miró con detenimiento. Sentí una mezcla de intriga e indignación: aquel viejo veía más de lo que todos creíamos. La camioneta dio vuelta a la derecha en Reforma y se dirigió hacia Garibaldi. Minutos después se detuvo en la Lagunilla, justo en la esquina donde confluyen los vendedores de antigüedades. El viejo bajó del auto y se adentró entre las chácharas. Hice lo mismo y lo seguí con cautela. Tras pasar de largo varios puestos en los que se amontonaban las cosas más insólitas –exvotos pintados treinta años atrás, ceniceros conmemorativos de las olimpiadas del 68, retratos de asesinos seriales, y hasta una cabeza de rinoceronte–, el viejo se detuvo en uno que ofrecía fotografías de época. Me quedé a un metro atrás, fingiendo interesarme en una colección de soldados de plomo mientras observaba por el rabillo del ojo la transacción del viejo. Le mostró al vendedor las imágenes que llevaba en el fólder –pude darme cuenta que eran fotografías tomadas a algunas de las fotografías que se mostraban en el puesto–, y este localizó las originales y se las entregó. Acto seguido, el viejo las acercó a su rostro y las analizó

una por una –pude contar quince–; escogió tres retratos de tamaño grande y desechó el resto. Pagó su compra y después enfiló de regreso a Reforma, pasando a mi lado. Apenas tuve tiempo de volver el rostro y clavar la mirada en el soldado de plomo que sostenía en mi mano desde hacía varios minutos. Hasta ese momento me percaté de que le faltaba una pierna, como al del cuento de Hans Christian Andersen. Pagué trescientos pesos por él y me acerqué a Reforma, donde vi cómo el viejo volvía a subir a la camioneta negra y se alejaba. Sin perder tiempo, paré un taxi y reanudé la persecución. Mientras avanzábamos por Insurgentes hacia el sur de la ciudad, metí la mano en la bolsa del pantalón y palpé la figurilla; la ausencia de su pierna me hizo reflexionar sobre las cosas rotas y abandonadas. ¿Acaso el viejo era un cazador de fotografías antiguas que colgaba en las paredes de su casa para conformar un árbol genealógico imaginario? ¿Estaba tan solo que necesitaba crearse sus propios fantasmas para que le hicieran compañía? Era probable, aunque eso no lo explicaba todo. Pensé en el retrato de la niña de los bucles, el parecido con el viejo, los mismos ojos tristes que miraban desde un mundo sepia. ¿Llegaba a tal grado su obsesión que buscaba retratos de personas que se parecieran a él? Seguí elucubrando hasta que la camioneta se estacionó, y el chofer y el viejo descendieron de ella. Al bajarme del taxi me di cuenta a qué lugar habíamos llegado: al Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino. Entré al vestíbulo detrás de ellos y los vi alejarse por un pasillo. Necesitaba un pretexto para ingresar como visitante, así que aguardé unos minutos junto a la puerta mientras pensaba la manera de engañar a la recepcionista. No se me ocurrió nada, pero en ese momento el


chofer apareció en el vestíbulo y me hizo una seña para que me acercara. Luego, dirigiéndose a la recepcionista, dijo: –Viene con nosotros. Me tomó por sorpresa; sin embargo, mi curiosidad nunca me había llevado tan lejos, y ahora no me iba a echar para atrás. Obedecí y dejé que el chofer me condujera por diversos pasillos hasta que desembocamos en un jardín. En el camino se me ocurrieron varios desenlaces posibles para aquella historia. Dos de ellos los recuerdo bien, porque dan fiel testimonio de mi paranoia latente: el viejo me odiaba y, al igual que yo había hecho con él en los últimos días, registró mi comportamiento, juntando suficiente evidencia para encerrarme en aquel manicomio. O quizá solo era conducido al pabellón de locos peligrosos, donde uno de ellos se encargaría de asesinarme, en la ejecución del crimen perfecto... El viejo estaba sentado en una banca, junto a una mujer de unos sesenta años. El chofer me indicó que continuara solo, y aguardó a la entrada del jardín. Cuando llegué ante ellos, lo comprendí todo. Aunque ahora era una persona mayor, la mujer seguía teniendo los mismos ojos tristes del retrato, y se parecía aún más al viejo. Su mirada estaba perdida, y un hilo de baba le escurría por la comisura de los labios. –Siéntate –ordenó el viejo. Tenía las dos manos cerradas sobre su bastón, y los lentes oscuros aún puestos. Me coloqué a su lado, sintiendo una mezcla de vergüenza y compasión. –Ahora puedes estar satisfecho –dijo con voz cansada–. Me has desenmascarado: en efecto, busco a los vecinos porque necesito compañía. Pero también es cierto que solo salgo del edificio cuando vengo a visitarla a ella.

–No es su hija, ¿cierto? –Escúchame con atención –dijo, ignorando mi comentario–. Te dejaré en paz, a cambio de que tú también me dejes en paz. No dirás nada sobre mi ceguera parcial ni de la visita a este hospital, y yo no diré que eres un sujeto peligroso que acecha ancianos de manera enfermiza. Y, si alguna vez llegas a escribir sobre esto, tendrás que hacerlo utilizando otros nombres. –De acuerdo –mascullé. No supe qué más decir. Me puse de pie, sintiendo cómo me temblaban las piernas. Cuando me retiraba, el viejo volvió a hablar: –Una última cosa –en su voz había una mezcla de melancolía y resignación–: ¿Es esta una buena historia? –Sin duda –respondí. –Entonces más te vale que escribas un buen cuento. En el taxi de regreso, saqué el soldado de plomo y lo sostuve en la palma de la mano mientras lo observaba. Sabía que ya no podría vivir en ese edificio –el viejo y yo nos habíamos expuesto mutuamente–, y que era momento de hacerle caso a Carmen con la mudanza. Al igual que aquella figurilla, el viejo me había encontrado. Ambos llegaron hasta mí sin que yo los buscara. El viejo tocaba vidas ajenas –los vecinos, los retratos, la paciente del hospital–, intentando iluminar su noche perpetua. En el camino, me había regalado un cuento, un relato donde él era el protagonista. ¿Y el soldado? De momento se me escapaba su significado. Sin embargo, ahora tenía otra cosa en la qué ocupar mi mente. Desde entonces, la figurilla ocupa un lugar privilegiado en mi escritorio. ~


Final Alternativo

En cuanto la camioneta se alejó, di media vuelta y regresé al edificio. Era una locura: no sabía de cuánto tiempo disponía ni qué era exactamente lo que esperaba encontrar en la casa del viejo. Primero entré a mi departamento y marqué el número de un cerrajero que tenía su changarro a una cuadra, en la calle de Morelos. “Se lo dejo al destino”, pensé. “Si no está disponible, se acabó.” Pero el cerrajero contestó al tercer timbrazo, y cinco minutos después se reunió conmigo frente a la puerta del departamento tres. Era muy solicitado por los inquilinos del edifico, y nos conocía a la mayoría. Le dije que Don Aurelio había olvidado su llave dentro, y que me encargó solucionar el problema mientras visitaba a un pariente. El cerrajero encogió los hombros y comenzó a trabajar en la cerradura. Para él, solo era un trabajo más. Para mí, una aventura que estaba llegando demasiado lejos. “¿Qué haré si pasa algún vecino?” La pregunta me atormentó durante los diez largos minutos que el cerrajero tardó en abrir la puerta. Por fortuna, era domingo. Algunos inquilinos habían salido y el resto no tenía intención de asomar la cabeza fuera de sus casas. Despaché al cerrajero con una generosa propina y me introduje al departamento. Cerré la puerta suavemente y recargué la espalda contra ella, sin atreverme a dar un paso. Temía dejar alguna huella, como si me encontrara en la escena de un crimen. El departamento seguía en las mismas condiciones que en mi visita anterior –iluminado, ordenando–, pero noté algo que se me había escapado: estaba lleno de polvo. Una gruesa capa gris cubría los objetos y muebles como una segunda piel, y también

flotaba en partículas, provocando una sensación de irrealidad: sentí que traspasaba a una dimensión paralela. Entonces escuché algo. Era el tic tac de un reloj de pared, que me hizo cobrar conciencia del paso del tiempo y me sacó de mi inmovilidad. Lo primero que hice fue dirigirme a la sala. En la pared faltaba un retrato: el de la niña de bucles y ojos tristes parecidos a los del viejo. Había sido sustituido por una fotografía en blanco y negro de la Alameda, fechada en los años treinta. Se veía una profusa vegetación –palmeras incluidas– y en medio la aparición fantasmagórica de una estatua blanca. En la orilla derecha, asomaba el fragmento de una fuente, y al fondo, detrás de unos árboles, se alzaban las columnas del Hemiciclo a Juárez. ¿Por qué la había cambiado? De pronto, tuve la impresión de que el viejo sabía que yo entraría en su casa y que me estaba dejando un mensaje. Revisé las demás fotografías en busca de otras sustituciones, pero eran las mismas que ya había visto: personas que posaban con la expresión severa de los retratos antiguos, como si la solemnidad fuera el único camino de acceder a la posteridad. En ese momento, revisé mi reloj y vi con asombro que llevaba dos horas en el departamento. “Es imposible”, pensé. “Habrán transcurrido quince minutos cuando mucho; seguramente mi reloj se descompuso.” Busqué el reloj de pared que había escuchado al entrar para comprobar la hora, pero no lo encontré por ningún lado. El pánico me invadió y quise salir corriendo de ahí; sin embargo, respiré hondo y me obligué a tranquilizarme. Mi mente fantasiosa comenzaba a jugarme trucos, pero yo no iba a permitir que estropeara la culminación de un proyecto al que le


había invertido muchas horas, y que seguramente terminaría en la escritura de un cuento. Con el nervio recobrado, revisé las habitaciones. En el baño encontré algo que me inquietó: de la regadera colgaba un pequeño vestido azul. “Tranquilo”, me dije. “Debe pertenecer a la hija de la mujer que le ayuda a hacer el aseo.” Pero el departamento no parecía muy limpio, así que estiré la mano y lo toqué: estaba mojado. Entonces ya no tuve duda: era otro mensaje del viejo, y me estaba retando. Casi podía escuchar su voz cascada diciendo: ¿Vas a huir o te adentrarás en el misterio? “Solo faltan dos puertas más”, me dije. “Ábrelas y lárgate de aquí.” La primera era una especie de dormitorio-biblioteca. Había una cama en el centro, y alrededor las paredes estaban cubiertas de repisas con libros. Revisé algunos títulos al azar: todos eran volúmenes relacionados con arcanos y rituales esotéricos. Uno de ellos llamó mi atención. Estaba empastado en tapa dura y se titulaba: Las fotografías antiguas y los portales de transportación. “Viejo loco”, pensé. Quedaba una habitación. La del fondo. Quise ver mi reloj pero me contuve: algo me decía que sus manecillas indicarían un horario que no se correspondería con la luz del exterior. Salí al pasillo, respiré hondo y enfilé con decisión. Antes de abrir la puerta, pensé: “Encontraré el cadáver momificado de una niña o quizá un montón de muñecas viejas.” Lo que había dentro, sin embargo, era algo totalmente inesperado: un círculo de veladoras encendidas en el suelo y un retrato colgado en la

pared del fondo. No sé cuánto tiempo estuve mirando aquellos ojos tristes, pero cuando cerré la puerta del cuarto ya era de noche. Mientras caminaba por el pasillo, escuché un carraspeo. En la sala me encontré con el viejo, que me aguardaba sentado en un sillón. –No fue nada fácil –me dijo, con voz cansada–. Arrojé muchos anzuelos, y pasaron meses antes de que algún vecino mordiera. El problema es que el conjuro solo funciona si la persona se interesa genuinamente, y hoy en día son pocos los que se fijan en un viejo como yo –hizo una pausa y después agregó, en tono melancólico–: Sobre todo, hoy en día nadie cree en la magia. Y entonces llegaste tú... Miré mi ropa y me percaté de que había cambiado: ahora llevaba puesto un abrigo elegante. También noté que portaba un sombrero. –He intentado recuperar a mi hija muchas veces sin éxito –dijo el viejo, resignado–. Y ahora estoy muy grande como para seguirla buscando yo mismo. Asentí, con una extraña calma. El miedo había desaparecido, dando paso a la claridad de la revelación. Abrí la puerta, consciente de que afuera me esperaba otro mundo. Un mundo antiguo, de palmeras y estatuas blancas, donde una niña de vestido azul se había perdido cerca de una fuente. Mi deber era encontrarla, y tenía que hacerlo antes de que el viejo muriera. De lo contrario, la niña y yo quedaríamos confinados en la noche perpetua de la ciudad. ~


C o n c u r s o t e m a t i c o m ú s i c a


concruso temático música

I n s ta n ta n e as pa r a morphinomanos por

Maur icio Montiel Figueiras

I morfina s. f. (del griego Morpheús, dios del sueño). Alcaloide principal del opio, que es un potente analgésico e hipnótico, y cuyo uso continuado origina una grave toxicomanía. morphine s. m. (de la escena musical de Boston y Cambridge, Massachusetts, Estados Unidos). Trío fundado en 1989 por Mark Sandman (1952-1999) que combinó elementos del blues, el jazz y el rock para crear un coctel conocido como low rock, sumamente adictivo para el escucha que buscaba acelerar su ritmo cardíaco con pulsaciones graves. Con apenas cinco discos de estudio en su haber, el trío se desintegró a raíz de la muerte de Sandman, acaecida poco antes de la medianoche del sábado 3 de julio de 1999 en pleno escenario montado en Palestrina, a las afueras de Roma, como parte de la undécima edición del festival Nel Nome del Rock. Dos años atrás, en Buenos Aires, Sandman había declarado: “Mi apellido es como los castillos que los niños hacen en la playa. Siento que vivo de imágenes que se construyen y destruyen en un solo día. Como la palabra morphine, tengo algo de ensueño.” II Caminar de noche por una ciudad que habla al oído en el idioma de la lluvia tiene las ventajas secretas de una inyección, piensa Mark Sandman, líder de Morphine, mientras su bajo eléctrico de dos cuerdas teje como una araña la red a donde caen, en un vértigo de facciones sudorosas, los cientos de rostros que pueblan el foro rendido al encanto lunar de Palestrina. Los objetos y sus reflejos se acomodan por las calles con una precisión que estimula la memoria del noctámbulo, proclive a transformar las vitrinas en mundos al otro lado del mundo. Así, por ejemplo, recuerda


Sandman, en la cabeza de un maniquí femenino han logrado convivir sucesivamente Lisa, Dawna y Lilah, ahora meros registros instrumentales de cuerpos que alguna vez relampaguearon en la penumbra de una habitación anímica; Claire, en quien la impuntualidad despertaba instintos asesinos; Candy, que creía que la muerte era un lugar al que se accedía a través de la arena; Mary, que ocultaba a sus amantes en un granero en la granja de su padre; Sheila, la hechicera que halló en un gato a su siervo más fiel, y tres mujeres sin nombre: la esposa de un predicador vuelta emblema mortuorio, la que hizo del jueves un billar ideal para las carambolas del adulterio, la que envió una caja vacía exigiendo que le regresaran los restos de su relación amorosa. Hundido en los acordes finales de “Potion”, el segundo corte de Like Swimming (1997), Sandman comprende que los cinco discos del grupo son solo cajas que él ha ido llenando de pérdidas convertidas en letras, estampas de una tibia desolación, “fábulas de deseo y romance amargo” en las que se perfila la presencia de Jim Thompson y James Ellroy. Por ello no le sorprende descubrir, al levantar la vista de su bajo balsámico, que el parque Barberini es ya una calle y el escenario una caja de cristal, una vitrina desde la que él –jeringa en ristre– contempla la lluvia nocturna junto a un maniquí cuya sonrisa han borrado las sombras. III Humo. Ligeramente inclinado hacia adelante, sosteniendo su instrumento como una lengua dorada que lanza los destellos iniciales de “Honey White”, el primer corte de Yes (1995), Dana Colley, sax barítono de Morphine, no deja de pensar en imágenes de humo: cigarros que trazan en la oscuridad luminosos pentagramas donde él encaja sus notas, alcantarillas que develan enigmas urbanos en forma de blancas boas que caza con el aliento en vilo, el saxofón ardiendo en sus manos con llamaradas que iluminan a un auditorio vacío excepto por la multitud de jeringas que cubre el suelo. Desde Good (1992), el debut de la banda, Colley supo que su destino como músico estaría ligado al

humo y que no se iría en silencio a la tumba; para demostrarlo, en Cure for Pain (1993) plantó su instrumento como una vela en medio del funeral de Miles Davis, figura tutelar que lo ha acompañado en su fraseo cool, de volutas que se extienden para atenazar el bajo y la ocasional guitarra rabiosa de Sandman. Humo, entonces: el escenario, la noche y Palestrina se esfuman tras un cortinaje del que el vocalista de Morphine se cuelga para cantar a su día de suerte con Mabel, a la libertad para dirigir una película o escribir un libro, a un pacto con el diablo de la dulzura, a una mujer vestida de azul espléndido, a la ceguera que debería detonar el amor. A través del humo, Colley distingue una puerta hacia la que se dirige sin soltar el saxofón. Entra en una recámara ocupada por ceniceros donde parpadean colillas manchadas de lápiz labial. Luego sale a una calle lluviosa por la que empieza a caminar, consciente de la estela de humo que su instrumento olvida frente a ventanas y edificios como una pálida noche dentro de la noche, hasta introducirse en la vitrina donde un hombre inyecta a un maniquí en el brazo. IV Para Billy Conway, baterista de Morphine desde que Jerome Deupree se retiró del grupo a partir de Yes, la fotografía titulada Au Tambour, tomada por Eugène Atget en el París extrañamente desolado de 1908, ha devenido un talismán que su memoria conjura durante cada concierto. Ahora, una vez más, inmerso en las sensuales palpitaciones de “Thursday”, el octavo corte de Cure for Pain, recuerda con nitidez, como si estuviera dentro de la foto, el tambor que pende de la fachada de un bistró parisino sobre un letrero que reza “H. Cousin” y una puerta a través de cuyo cristal –en donde se refleja el tripié del retratista– se insinúan dos rostros fantasmales que devuelven la mirada del ojo que les ha concedido la inmortalidad. Es ese tambor trocado en benéfica espada de Damocles, piensa Conway, la figura que ha seguido sus pasos desde el día en que descubrió que su corazón podía ser doble con ayuda de las baquetas que


se detienen, finos lápices en el aire amoratado del foro, un segundo antes de acometer los últimos latidos de la canción y dibujar el vacío que inundará el torrente de aplausos que nunca llega. Atónito, Conway advierte que por efecto de alguna mágica percusión ha irrumpido finalmente en la foto de Atget; voltea a izquierda y derecha, oteando la calle donde parece concentrarse el espíritu de un París solitario a la luz del crepúsculo, para luego observar la puerta tras la que dos juegos de facciones familiares lo miran con una expresión no exenta de ironía. Poco después, sentado entre Sandman y Colley, el baterista empieza a tocar el tambor de sus sueños mientras la tarde parisina muda en noche lluviosa, el saxofonista llena de humo la vitrina en que se ha convertido el bistró y el vocalista inyecta una buena dosis de Morphine al maniquí donde se funden sus obsesiones. V “Gracias, Palestrina. Es una noche magnífica y me da gusto estar aquí. Les quiero dedicar una canción súper sexy.” Los relojes marcan las 11:15 p.m. Con el bajo entre las manos, Mark Sandman comienza a desgranar los acordes de “Super Sex”, séptimo corte de Yes y octava interpretación de la velada, cuando siente que el corazón lo traiciona. Hay una serie de contracciones dolorosas al cabo de las cuales viene un estertor, una súbita noción de ausencia, el agujero que se abre bajo los pies para devorarlo todo de un mordisco voraz. Mientras cae bañado en sudor sobre el escenario, víctima de un ataque cardíaco que los rumores adjudicarán a diversas causas –el sofocante verano italiano, el exceso de nicotina, los numerosos medicamentos localizados en su cuarto de hotel–, Sandman alcanza a tener una última visión: al otro lado de la vitrina que estalla en añicos, dejándolos a él y a sus cómplices morphinómanos a la intemperie, un hombre de arena echa a andar entre maniquíes sonrientes hacia el resplandor que emite un farol sembrado en la lejanía de donde se desprenden las notas de “Eleven O’Clock”, décimo corte de Like Swimming. “Every night about eleven o’clock I go out.” ~


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L a m u s i ca e s como el amor por

Daniel Krauz e

A veces hablamos del amor como si fuera algo que solo puede suscitarse entre las personas, o entre las personas y sus mascotas. Amamos a nuestras novias, a nuestros perros y gatos, a nuestros abuelos. ¿Y a nuestras cosas? Es difícil amar a un objeto. La gente que dice estar “enamorada” de su nuevo iPhone/iPad/guitarra eléctrica cae en hipérbole deliberada. Lo que quieren decir es que están contentos con su nuevo gadget, que les satisface el diseño, la interfaz, la facilidad con la que puedan acceder a contenidos en línea. No obstante, el arte no entra en esta categoría. Más allá del dvd y el mp3 que las contienen, el cine y la música son intangibles: ambas “ocurren” en nuestra cabeza, se manifiestan (como un sueño) cuando decidimos verlas y escucharlas. Y tal y como pasa en un romance entre seres humanos, esas visitas degradan, mantienen o ensanchan el cariño que les profesamos. Hay idilios fugaces, constantes, explosivos, de por vida. A principios de la década pasada me enganché con un grupo danés llamado Mew. Y durante diez años, y a través de tres discos y numerosos hallazgos en la red, le he sido absolutamente fiel. Cual canción de Pérez Botija: Mew me ha hecho compañía en las buenas, las malas y las peores. Los he escuchado cuando estoy fregado, de buenas, crudo, insomne. Los he escuchado mientras escribo, mientras voy en el coche, mientras pretendo hacer ejercicio. Hay meses en los que una de sus canciones parece hablarme al oído; otros en los que esa canción pierde sentido y otra, que había olvidado, vuelve a insinuarse en mi iPod. Nos conocimos en el 2003, a través de ese gigante desvirtuado que solía ser Music Television y que ahora, por lo menos, tiene la decencia de solo usar sus siglas, mtv, como nombre. Fue a través del primer sencillo de su tercer disco, “Am I Wry? No”, una canción que a fe mía, y después de escucharla 4,582 veces, habla de una chica, Farah, y los extraños intentos de Jonas Bjerre, el vocalista de Mew, por reconquistarla.


Aunque puedo equivocarme: las letras de Mew son siempre vagas, ni oníricas ni reales, como los últimos vestigios de un sueño que permanecen nadando en nuestra cabeza después de despertar. No lo niego: al principio no me interesó, y supongo que yo tampoco le llamé la atención. ¿Cómo puedo inferir que el grupo tampoco me necesitaba? Porque a diferencia de como ocurre con Lady Gaga (cuyo tour debería de llamarse “I’d Like the World to Buy My cd”) el sencillo de Mew desapareció de la rotación de mtv en cinco minutos, jamás lo escuché en la radio y, de todos mis amigos, solo uno, el melómano de hueso colorado que vivía en los pasillos dizque futuristas de Mixup, compró su disco. Fue él quien quiso hacerla de celestino, llevando el disco de Mew, Frengers, a mi casa, para ponerlo en mi estéreo y convencerme de que tenía que darles una segunda oportunidad. Y nada: nuestra segunda cita fue igual de inconsecuente que la primera. Escuché 156, “Behind the Drapes” y una canción melancólica y medio estridente llamada “She Came Home for Christmas”. No me convencieron. Para seguir con el símil de las relaciones amorosas: a Mew ni le pedí el teléfono. Nos reencontramos casi dos años después, en el 2005, cuando otro amigo, que amaba darse largos baños acompañado por su iPod, me recomendó la última canción del disco: “Comforting Sounds”. “Llevo dos horas en la tina escuchándola”, me dijo. No le presté atención, hasta que se paró en mi casa, me pidió que lo acompañara por una hamburguesa y puso el cd en el estéreo de su coche. “Escucha esto y cállate.” ¿Cómo describir la escena? Intentaré valerme de referencias de la cultura pop: escuchar “Comforting Sounds” fue como esa escena de The Breakfast Club en la que Molly Ringwald viste a Ally Sheedy como niña fresa y Emilio Estevez la ve, por primera vez, como una chica con la que podría salir. Lo desaliñado convertido en algo hermoso, lo opaco en brillante. “Comforting Sounds” entró en mi lista de diez mejores canciones de la historia esa misma noche, y, una semana después, se desplazó hacia el primer lugar sin mayor problema. Desde entonces ha sido mi canción predilecta, la que guardo para momentos clave, la que marca cada impasse significativo en mi vida. He estado enamorado, claro, y el amor no se siente distinto a escuchar “Comforting Sounds”. Escucharla es dialogar con mi pasado, verme refractado en la orquesta de su coro, recordar cómo era cuando la escuché manejando en carretera durante un atardecer, corriendo junto a un río, solo en mi departamento, a los 22, a los 25, a los 28. Pero escucharla es también encontrar nuevos vínculos: volver a interpretar su letra, volver a sumergirme en la potencia de su coro, hallando instrumentos que otras veces se escondían de mis oídos. En suma, escucharla es una sensación tan potente, tan única, que no me lo permito a menos de que la ocasión sea importante. Me duele y me satisface demasiado. A través de ella, el tiempo es traslúcido, inmaterial, casi inconsecuente: soy todos

los yo que he sido y el yo que soy ahora y el yo que seré la próxima vez que la escuche. Todo. Cada vez que la oigo. Y por eso, porque esa cita en el coche de mi amigo fue tan extraordinaria y única, me enamoré de Mew. Salimos al cine, a la universidad, a beber, a comer, a casa de la novia con la que le era infiel. Y el inicio del idilio puso en perspectiva esas primeras citas malogradas. Volví a escuchar todas las canciones de su disco y, una por una, comenzaron a gustarme. Después, como quien descubre un billete de quinientos pesos en un pliegue recóndito de la bolsa de su pantalón, me di cuenta de que Mew había sacado otro disco. Fui a Mixup, lo compré, y de manera paulatina, también me enamoré de And the Glass Handed Kites. Me enamoré de un grupo que premiaba la paciencia, que escondía secretos entre sus acordes (¡ese violín!, ¡esa harpa!), cuyas letras estaban abiertas a interpretación, que no dictaban qué sentir, ni cómo sentirlo. En ese disco había una cierta furia progresiva, una melancolía envuelta en rabia, que me hablaba al oído. Otras canciones –y otros grupos– seducen, prometen, conquistan y abandonan; se van por el coro sencillo y pegajoso, optan por la melodía que es fácil de tararear, por un estribillo cuyas palabras podemos colgar en el dintel de nuestra puerta. Mew me susurraba al oído. No me pedía acompañarlos con mi voz desentonada, ni aprenderme sus letras, ni invitar a otros a formar parte de mi devoción. Bastaba con escucharlos en la intimidad de mis audífonos. Me fui a vivir fuera de México y Mew se fue conmigo. Durante aquella experiencia conocí su pasado: dos discos por un tiempo inéditos en el mercado anglosajón, que daban indicios de un grupo menos pulcro, proclive a ser breve, más ruidoso. Y todas esas canciones me hicieron compañía, como solo la música sabe hacerlo: de cerca cuando la necesitas, de lejos si así lo requieres, siempre a la vuelta de la esquina. Vi la primer nevada neoyorquina mientras “Snowflake” sonaba en mi iPod, salí a correr al ritmo encarnizado de “Panda”, visité Coney Island de la mano de Half the World Is Watching Me. Unos meses antes de volver a México me enteré de que pronto saldría su quinto disco, No More Stories... Rápidamente bajé los dos sencillos disponibles en internet y dejé que la anticipación del estreno me embelesara. Aterricé en la ciudad de México tres semanas antes de que se presentaran en concierto, por primera vez, en mi país. Su arribo sería mi regreso definitivo. Ni mandado a hacer. Un día antes de su concierto en el Salón 21, y tras arreglar el encuentro por medio de la embajada de Dinamarca, entrevisté al vocalista de Mew en un pequeño hotel de la colonia Roma. Fui en compañía de ese primer amigo melómano que jugó el papel de cupido entre el grupo y yo. Saludé a Jonas Bjerre, saqué mi grabadora, formulé las preguntas, escuché sus respuestas, y, sin embargo, durante la hora y media que duró la entrevista no pude zafarme de un sentimiento: agradecimiento y cariño, mezclados con la más honda desesperación. Entre Bjerre y yo había


una brecha insalvable: jamás podría saber lo que su música significaba para mí. Parece absurdo, pero me resultó extraño que, al saludarlo, no me reconociera. Él –o, al menos, su voz, sus letras y melodías– me conocían de pies a cabeza. ¿A qué rincón de nosotros le habla la música?, ¿dónde –en el amasijo de profundísimos vericuetos que nos compone– están las cuerdas que vibran con una canción? Van más allá de la memoria y, paradójicamente, esquivan lo oscuro de nuestro inconsciente. Viven en las venas, mezcladas con la sangre: son transporte, sustento, aliciente y somnífero. La música observa –y a veces propicia– instantes irrepetibles, como un testigo que no ve, que no siente, que se contenta con acompañar. Es el acento o el tropiezo de nuestros días. Eso es la música cuando es verdaderamente íntima. ¿Cómo podía presentarme, extender la mano, decir mi nombre por vez primera, frente a la persona que, sin saberlo, había estado junto a mí por casi una década? Dicho lo cual, el romance entre Mew y yo ha comenzado a mostrar señales de desgaste, como un viejo matrimonio. Algunas de sus letras me parecen demasiado abstractas y bobas; otras simplemente perezosas. Me quejo, claro, olvidándolas en mis archivos mp3, relegándolas de las listas de reproducción. Sin embargo, a diferencia de como ocurre entre dos seres humanos, el romance entre un individuo y un grupo musical desdobla los tiempos: el pasado es presente. ¿Cómo recuperar a esa persona con la que estuvimos hace cinco años? Imposible. Nos quedan fotos, recuerdos. Nada más. Para recuperar un disco basta darle play, escucharlo – al mismo tiempo– con oídos nuevos y viejos. Escuchar una canción es siempre recordar, pero también es reinterpretar. Encariñarse de nueva cuenta u olvidar de una vez por todas. Sin rencores, sin malas pasiones. Sin dolor. ~


concruso temático música

Ca r i e s por

Julián Herbert [En colaboración con Jorge Rangel]

Un día Ramón Rigual encontró partituras en sus dientes. Fue un suceso peculiar pero no extraordinario: Ramón era en esa época un artista conceptual, por lo que estaba habituado a semejantes contratiempos. Naturalmente, lo primero que hizo fue acudir al dentista. Tras un examen breve, minucioso y rutinario, el dentista declaró: –Hace años que no veía un caso semejante: tiene usted una dentadura muy discreta y a la vez perfectamente podrida. ¿A que nunca hasta hoy se la ha hecho revisar? Ramón había dejado de acudir a consultorios como aquel desde los doce años. Cierta ocasión, una auxiliar elogió la buena salud de sus piezas, producto, creía ella, de un pH altamente alcalino en la saliva. A partir de ese momento, Ramón dejó de interesarse en las citas de limpieza anual que su madre programaba. –¿Gague ugueg ago gue gúguiga? –preguntó cortésmente. No: el doctor nada sabía de música. Así que Ramón renunció de inmediato y por segunda ocasión a su salud dental. Salió a la calle, anestesiado, en persecución de la experiencia estética más profunda. Su próximo paso consistiría en realizar un levantamiento objetivo: trasladar al lenguaje de las artes su percepción peculiar de lo humano y lo trascendente. Se tomó una serie de fotografías digitales abriendo mucho la boca. Lo siguiente, decidió, sería aprender a leer las notas: en un principio había podido reconocerlas; descifrarlas, no. No solo era analfabeta al respecto sino que, desde sus desavenencias con Bobo Lafragua, sentía una pesarosa animadversión hacia todo lo que tuviera qué ver con la música: Bobo era o había sido productor musical, y rebajarse a la altura de un rival le habría parecido a Ramón el colmo de la desgracia.


Bobo y él fueron amigos y colaboradores durante años, e incluso Ramón llegó a hacer un cameo artístico en uno de los múltiples proyectos de juventud emprendidos y dejados siempre a medias por Lafragua. Lo que los divorció agria y definitivamente fue una muy distinta actitud hacia el tópico de la originalidad: Rigual desconfiaba del arte retiniano, mas tenía una fe ciega en su propio punto de vista; en su conciencia estética. Lafragua, por el contrario, creía ante todo en la apropiación, el reciclaje y el pastiche. Esta divergencia llegó a su punto culminante la cuarta o quinta vez que Bobo plagió ideas o proyectos de los que su colega había hablado en alguna conversación casual. Ramón reclamó, furioso. Bobo Lafragua, hierático y tabernario como es, respondió parafraseando a su antihéroe cinematográfico favorito: –Yo soy tu padre, cabrón. Lo paradójico era, columbraba Ramón, que ahora él se consagraría –estaba seguro: lo que había entre sus muelas era la obra de una vida– precisamente a través del dibujo inconsciente (aunque muy masticado) de una pieza musical. No un plagio sino, como dijera Cai Guo-Qiang: “tomamos prestadas las flechas de nuestros enemigos”. Seguramente, pensó, Bobo Lafragua va a morirse de la envidia (la expresión era metafórica; el deseo de que aquello realmente aconteciera, no). Tras largos meses de arduo y disciplinado estudio (más de uno de sus vecinos se quejó con la administración u olfateó perrunamente ante la puerta de su departamento en un maltrecho edificio de la colonia Doctores, tratando de identificar si aquella peste provenía de una inclemente cantidad de basura acumulada o de un cuerpo humano en estado de descomposición), Ramón Rigual emergió de sus habitaciones con la joya entre sus dedos: seis pliegos de papel pautado. Su curador había preparado todo: en una pequeña y exclusiva galería del sur de la ciudad mandó montar –impresas en gran formato sobre acrílico– las fotos de la dentadura de Rigual, así como los pliegos de su partitura. Para rematar la exhibición, contrataron a un par de intérpretes que ejecuta-

rían la breve pieza (minuto y medio escaso) cuarenta veces a lo largo del coctel. El show habría sido una de las fiestas (valga decir: uno de los eventos culturales) más potentes de aquel otoño en la capital de no ser por un infortunado incidente. Alrededor de la vigésima ocasión en que “Caries” era interpretada, un irrecusable y joven melómano exclamó entre el público: –¡Ya sé qué es eso! Es “All Fours”, de J. Zimmerman. Como sucede a diario en nuestro país, el escándalo se difundió mucho más rápido y más extensamente de lo que podría aspirar cualquier obra o manifestación artística: “Caries”, la pieza maestra del creador conceptual Ramón Rigual, no era sino un grupo de asquerosos autorretratos dentales acompañado de un vulgar plagio de la pieza mejor conocida de un músico minimalista neoyorquino, discípulo de Steve Reich. Los cronistas más encarnizados se centraron en dos aspectos del ridículo: las reiteradas defensas de la originalidad que Rigual había vertido durante años en entrevistas, debates y piezas, y que ahora sonaban fraudulentas; y la ignorancia de este artista en materia musical, pues lo que había hurtado, afirmaban, no tenía siquiera la gracia de erigirse como oscura referencia: estaba en iTunes. Por su parte, Ramón sufría menos el escarnio público que aquello que consideraba una traición de la naturaleza. Si alguien podía estar seguro de que nunca existió la apropiación ilegal de la que se hablaba, ese era él. Y sin embargo, la identidad entre el documento que se había sacado de la boca y la pieza de Zimmerman era absoluta. Rigual siempre había optado por una instrumentación confrontadora y hasta libertina de sus medios de expresión, pero el concepto básico del arte que yacía en su mente no se diferenciaba mucho de los principios románticos: unicidad, originalidad del creador. Y pura mierda: para confirmarlo bastaba con verse a diario, cada mañana, la dentadura en el espejo. Esa imagen le hechizó lo suficiente como para –de manera sutil y paulatina– empujarlo en brazos de un episodio psicótico.


Una tarde, luego de haber pasado la mañana entera hurgándose la boca frente al espejo con un curette, Ramón Rigual asaltó el consultorio del dentista que nada sabía de música, secuestró el instrumental quirúrgico, huyó, volvió a su podrido departamento en la Doctores y, tratando de sacarse del cuerpo la posesión supersticiosa de la belleza como una idea fija, se arrancó las piezas dentales una a una. Los policías asignados a indagar su delito lo encontraron varias horas después sobre su cama, cobijado en sangre, vómito y orina. Fue destinado a un hospital psiquiátrico. Al despertar, Rigual reconoció junto a su cama las facciones de su exrival, Bobo Lafragua, quien se limitó a decir, acariciándole los cabellos: –Ah, qué mi compadre tan pendejo. La historia tiene un epílogo ligeramente menos sombrío: por instrucciones de Bobo Lafragua, el curador Miguel Oriflama recuperó la dispersa dentadura de Rigual y la incorporó al catálogo de la muestra Jardín entero, jardín deslactosado, colectiva de arte mutilante expuesta en el museo Marco de Monterrey. Hasta esa ciudad voló J. Zimmerman desde Nueva York para conocer los restos de una anécdota que había llegado a él en retazos, equívoca y luminosamente. El montaje no le pareció especialmente significativo. Pero en cuanto exploró detenidamente los fragmentos de dentadura, sintió un estremecimiento. Así lo explica él mismo en una entrevista: –Pude leer de inmediato la partitura: solo un novato la consideraría poco evidente. Pude leer con claridad, asimismo, que esa partitura no era mía. O al menos, no hasta entonces. La deficiencia del maestro Rigual nunca fue de índole estética sino retórica: transcribió de manera dolorosamente torpe aquello que estaba escrito dentro de su boca. Para mayor desasosiego, la casualidad hizo que su disparatada transcripción resultase idéntica a una de mis obras. Para reivindicar al artista conceptual mexicano, J. Zimmerman accedió generosamente a realizar la correcta transcripción de la pieza, solicitando como único beneficio para sí la firma coautoral del trabajo. En homenaje a su desdentado interlocutor, le dio a la composición el título de “Curette”. La grabación se ha vendido bien. Sobre todo en Estados Unidos. Tanto que, con su parte de las regalías, J. Zimmerman ha podido comprar un costoso presente: la dentadura de Ramón Rigual. Ahora que se han vuelto parcialmente amigos (nunca hablan: se sientan uno frente al otro por horas), Zimmerman la trajo de regreso, envuelta para regalo. Al principio, Ramón la rechazó: abrió la cajita de madera en que venía y arrojó los fragmentos de hueso sobre la mesa. J. Zimmerman los cogió en un puño y lo imitó: volvió a arrojarlos. Pocos horas después, y desde entonces hasta ahora, ya se habían embarcado en algo que parece ser un juego de dados (y que nos obliga a reunirnos cada tarde en este parque, frente a la mesa de recreo que ellos dos ocupan): apuestan en efectivo, arrojan la antigua boca de Ramón Rigual (ahora tiene una postiza) sobre la mesa y, dependiendo como caigan las caries, uno u otro recoge el dinero del pozo. Las cifras que leen en las piezas dentales solo son discernibles para ellos dos en el mundo. ~


La convocatoria para el cuento temático de música estuvo abierta del 3 al 21 de octubre de 2011. A lo largo de estas semanas recibimos:

no pudieron concursar

llegaron vencida la fecha

excedía el límite de palabras

cuentos

C U E NT O G ANA D O R Numeralia

De los cuentos que concursaron, participaron: mujeres

hombres cuentos participantes

Las tematicas fueron: Canciones Músicos Instrumentos musicales Partituras Amor, nostalgia y música Sinfonías Reproductor de música Baile Música y naturaleza Melodía Música-alimento Orquesta Son Fado Jazz Concierto Primer disco Silencio Confesión de sugerencia erótica, nada de música

17 11 6 3 2 2 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1


Cuento ganador música

“La música del mundo”de Santiago Casero González


cu ento ga n a d o r concruso temático música

L a m u s i ca Del mundo por

Santiago Casero González

A qué negarlo, la orquesta no iba bien. Disonaba, como poco: faltaban algunos instrumentos esenciales cuyo silencio se sentía como un despojo, y los que estábamos, desafinábamos, no nos concertábamos salvo en el error, extraviábamos el derrotero de la melodía, hacíamos más ruido que nueces. Además, los músicos no acudíamos a los ensayos sino caprichosamente, dejándonos llevar por las razones erráticas de nuestro albur que defendíamos sin embargo como si fueran inexcusables. Procedíamos, en fin, a nuestro antojo y sin remordimientos. Algunos ejemplos: la percusionista, que hacía chocar los platillos siempre a destiempo, padecía de migrañas y de desengaños amorosos que la postraban indistintamente durante semanas; el oboe cuidaba de sus sobrinos por las tardes, y los miércoles y domingos prefería ver el fútbol por televisión a torturar su instrumento hasta la apnea; una porción importante de la ya de por sí menguada sección de viento amenizaba cada sábado bodas, funerales y corridas de toros en todos los pueblos a cincuenta kilómetros a la redonda. Al principio, sin embargo, ciertos ayuntamientos y sociedades culturales de tercera división habían contratado los servicios de nuestra compañía, haciendo uso de la liberalidad de quien tira con pólvora del rey y tal vez seducidos por el pomposo título con que el director, no en vano apodado “Charanga”, la había bautizado: Moderna Orquesta Filarmónica Europea de Tajamontes (conocida rencorosamente en los alrededores de nuestro pueblo como “la Mofeta”). No obstante, no tardó en cundir la venenosa especie de nuestra incompetencia y el teléfono un día dejó sencillamente de sonar. Y, aunque parecía imposible, todo empeoró todavía un poco más. Los músicos, resentidos no tanto por el fracaso como por una imprecisa sensación de agravio para la que era imprescindible pasar por alto el concurso de nuestra propia ineptitud, empezamos a entregarnos a un rencor sordo y


creciente que tenía la eficacia de la reciprocidad: la sección de cuerda boicoteaba las entradas de la de viento alargando más de lo necesario sus desafinados arpegios, y las tubas respondían entonces resoplando como cargueros cuando los violonchelos atacaban su partitura. Durante un ensayo, en medio de un basso continuo de Brahms tocado de verbena, el segundo violín intentó sacarle un ojo al violín primero con el hueso afilado de la punta de su arco. Poco después, una tarde ya colmada de rencores, al pianista le engrasaron los pedales y el impromptu sonó como cuando se purga una estufa chubesqui. Pero lo peor de todo era que el joven tañedor de lira flirteaba con toda desfachatez en pleno ensayo con la fagotista, a la sazón esposa del director, el cual, resistiendo como podía hasta el segundo movimiento, se dejaba finalmente caer sobre el atril sollozando, arrebatado por el desconsuelo. Devinimos en fin un cuerpo en descomposición. En cada convocatoria de ensayo de la orquesta contábamos bajas, incluso físicas, y era difícil no dejarse llevar por el desaliento de un espectáculo que se parecía cada día más a la franja de Gaza. Un día, sin embargo, Charanga apareció con expresión enigmática. Tenía que decirnos algo pero quería que se lo preguntáramos. –Han llamado –informó lacónico. Al parecer la noticia de una orquesta en guerra se había extendido como una mancha de aceite y de pronto éramos necesarios por razones inesperadas. El director fingió despecho pero le delataba su sonrisa. Interesábamos por nuestra anomalía pero simularíamos no saberlo. Lo importante fue que volvieron los

contratos, mejorados, multiplicados, espléndidos: todo el mundo quería contemplar al monstruo; los pueblos cercanos, ciertos ayuntamientos medianos de la provincia, la pequeña capital, todos ansiaban asistir al prodigio de una orquesta caótica que se atormentaba a sí misma. Lo cierto es que nosotros lo hacíamos sin esfuerzo, no sobreactuábamos, éramos unos artistas sinceros. Sencillamente nos odiábamos y, además, la naturaleza no había tenido a bien surtirnos de talento musical, bien lo sabíamos. Y así, una tarde en que ensayábamos en medio del desbarajuste en que nos desenvolvíamos habitualmente, volvió a sonar el teléfono. Charanga corrió como siempre a descolgar el aparato, pero esta vez lo vimos palidecer, dijo: “sí, sí, sí”, colgó y, mirándonos con lágrimas en los ojos, gritó: “¡Viena!” Actuamos en el concierto de Navidad, fue un éxito, el público se conmovió hasta la médula, como seguramente no lo había hecho jamás asistiendo a los conciertos de su engolada Philarmonica. Acaso nuestro fracaso les recordaba el cataclismo de sus propias vidas nunca afinadas del todo. No sé. Así llevamos ya ocho años, alrededor del mundo, como heraldos de la mediocridad. Lo cierto es que yo he pensado alguna vez en dejarlo, creyendo quiméricamente haber sido llamado a empresas mayores, sintiendo la extrañeza de triunfar fracasando. Pero sigo aquí, arrojando las baquetas de mi xilófono contra mis compañeros, que me devuelven cada vez el reproche de sus notas disarmónicas y sus miradas de resentimiento. A lo mejor lo que me gusta es que la orquesta, con su ruido, evoca la imperfección de un mundo que se pretende vanamente ordenado. ~


D i s y u n t i v a s


di s y un t i va s

R e t r i b u c i o n pa r a l o s corazones rotos por

Jaime Mesa

parte i

Allá en la Costa Chica siempre se han matado. Y es por temporadas pero se matan por cualquier cosa. El lugar común de verse feo en una cantina; el robo de una mujer; la dirección del caudal de un riachuelo; o la acalorada sensación de que “esta noche soy su padre, cabrones”. Me cuentan que el machete y la escopeta son las armas predilectas. La cólera prefiere el machete: aquellos lances de titanes, los dedos volando y ese crujido de la clavícula cuando el metal la parte luego de un golpe vertical. La escopeta es para las venganzas, para el plan un poco más estudiado. No falla. Aunque el tirador sea poco experimentado acertará. Luego, también, para el remate se usa el machete. Pocos cortan cabezas porque es difícil, y ya para cuando el otro cayó al suelo el cansancio duele en todos los músculos. Más común es dejarlos sin brazo, sobre todo si quien da el golpe es un tipo fuerte y está extremadamente enojado. Fue noticia de una semana, la matanza de los jóvenes de aquella huerta pero nada más. Vinieron los federales y se los llevaron sin dar explicaciones. Los rumores decían que unos les robaban a los otros. Y ya. Qué más contar, la anécdota se desgasta rápido. En los bailes ocurre más. Pero si uno va tranquilo sin ver a las mujeres de los otros, y alejándose de donde hay tres borrachos gritando, todo está bien. Pero, me cuentan, lo de 1957 fue distinto. Todos conocían a los Bernardino. Familia de maestros que no se metía con nadie. Un día amanecieron muertos allá en su casa de la esquina. A todos los mataron con machete. Las dos niñas menores no tenían cabeza y esa era su única herida. A la madre la tasajearon feo, como si la hubieran tenido en uno de esos maderos para cortar marranos. Al padre le fue peor, solo quedó en el patio como un torso. Había una pierna por allá, cerca del tamarindo, y los brazos, cosa curiosa, estaban en la cocina.


El único que faltaba era Pedro Bernardino, el casi niño casi hombre que se había ido al monte una noche antes a cuidar a las seis vacas que tenían. Para no meterse en problemas con los vecinos, el padre lo había mandado allá al Camalote, donde, además de una parcelita, tenían cerca un riachuelo. Me cuentan que después de la matanza solo volvieron a ver a Pedro aquella vez que entró a la tienda de abarrotes. Decían que todo ese tiempo había estado escondido en el monte. Y que solo salía en las madrugadas a cobrar venganza. Uno veía a ese flacucho, me cuentan, con el sombrero muy grande, los pantalones detenidos solo por un cinturón gastado, esa expresión congelada en el tiempo, y era difícil creer que ya hubiera matado a catorce de aquella otra familia. La mitad eran mujeres, otros ancianos, y solo cuatro eran, probablemente, los verdaderos asesinos. Me cuentan que parecía como si cada muerto lo fuera acercando a quien lo dejó huérfano. Así llevaban un mes, y cuentan que la policía de la región andaba despreocupada sin buscarlo. Ningún vecino se angustió tampoco porque el jovencito sangriento anduviera suelto. De alguna forma todos sentían que ese asunto era cosa de ellos y punto. Pero nadie podría asegurar que la policía (tres gendarmes con carabina) no lo buscaba por miedo o por respeto. Me cuentan que, como se acostumbraba, aquella tienda de abarrotes, tenía un mostrador de una pieza construido a partir de un árbol enorme. Solo había ropa, abarrotes, combustibles (petróleo, gasolina), municiones, a modo de una línea de producción que transporta todo lo que era necesario para el día a día.

porcentajes El protagonista debe:

La niña de diez años, hija del abarrotero, fue quien primero lo vio entrar. Sin saberlo, le gustó el porte del jovenzuelo. La camisa raída pero fajada; la pistola, pero sobre todo la dureza de la quijada, y la forma en que llevaba en la mano derecha la escopeta vieja de su padre. Pedro Bernardino, con una voz seca y cansada, sin dudarlo, le pidió carne seca, azúcar, sal, manteca: todo en porciones para uno. La niña solía atender los pedidos si su padre, como ahora, estaba en la trastienda, pero se puso nerviosa cuando empezó a meter todo en un costal. Sin embargo, las maneras cuidadas del joven le dieron algo de confianza. Y también ese silencio elegante y respetuoso. Pedro no la miró mientras buscaba las cosas. Y eso también le gustó. Cuando estaba por terminar, el padre entró y reconoció al instante al joven. Cubrió sus nervios sonriendo y ayudándole a su hija. Sin miedo, pero con un apresuramiento desacostumbrado le dijo cuánto era y Pedro pagó. Ya en la calle, antes de subirse al caballo el joven volvió la vista y observó que uno de aquella familia platicaba despreocupado a unos trescientos metros. Lo reconoció por la risotada y el caballo negro. Guardó con cuidado los suministros en la bolsa de la grupa de su caballo, revisó su pistola y la escopeta. Entonces empezó a caminar como si fuera de madrugada y todos durmieran y él fuera el único espíritu despierto sobre la faz de la tierra. Así, con esa confianza. ~

58% Alcanzar al tipo de la otra familia y enfrentarlo

42% Espiar al tipo y seguirlo a la distancia


parte ii

De algún modo la hija del tendero supo lo que iba a pasar. Primero fue esa frialdad en el rostro cuando vio a Pedro volverse hacia la izquierda y luego la parsimonia con que guardó el costal, y la manera confiada en que revisó sus armas. Me cuentan que quiso advertirle a su padre, que había salido a la trastienda a contarle a su esposa lo que acababa de suceder. La niña guardó silencio, solo camino sigilosamente hacia la puerta y se asomó. Pedro estaba a unos cien metros de su objetivo y disparó. A casi todos los había matado de cerca, con la pistola o con la escopeta. Y nunca había fallado. A veces estaban dormidos o borrachos. Desde hacía una semana la búsqueda de aquellos se había hecho más difícil porque se andaban escondiendo y no dormían en el mismo lugar. Quedarían unos siete, o seis si lograba matar a este, y eso sería todo. Los primeros dos muertos le habían dado miedo. Aunque cuando los mató sentía una cólera voraz y cada detonación le abría los ojos hacia el pasado y hacia los gritos de su propia familia, la carne rota y toda esa sangre, además de la angustia petrificada en los rostros de aquellos cadáveres, le habían hecho pensar que no podría matar al resto. Cuando volvió a su escondite en el monte, comparó las sensaciones: sufrir por la matanza de su familia, agonizar lentamente por ese dolor; o la tensión brava y angustiante de la espera por otro asesinato. Revisó lo que sentía luego de haber matado a los dos primeros, y sintió algún tipo de satisfacción cuando imaginó la noticia desperdigada. Gozó con el rapto inicial de temor de aquellos. Me cuentan, claro está, que todo esto son especulaciones porque Pedro Bernardino, ni siquiera al final, le dijo a nadie lo que sentía ni por la matanza de su familia ni por su venganza. Pero, también me cuentan, que por aquella zona de la Costa Chica todos comparten más o menos el mismo espíritu. Y los pensamientos de Pedro Bernardino en esas noches eran tejidos por los viejos desde sus mecedoras, o por los jóvenes maduros que ya habían matado a alguien. Me cuentan que luego de esos dos muertos, Pedro tardó una semana en volver a matar. Y luego no se detuvo. Casi todos los días llegaba la noticia de uno más. El pueblo se quejó un poco cuando las mujeres o los niños también amanecían balaceados. Pero entonces alguien recordaba aquella fiesta de sangre que los de la otra familia habían iniciado y la razón prevalecía. Era justo, pues. Terrible pero justo. Cuando la detonación retumbó en medio de la tranquilidad de esa calle, que estaba a dos del zócalo, todo mundo se quedó quieto. Me cuentan que hasta los dos gendarmes que pasaban por ahí y que vieron, antes que todos, a Pedro acercarse a su objetivo, se detuvieron para comentar la acción pero sin esfuerzo visible en apurar las carabinas para estar preparados. “Qué flaco está”, me cuentan que alguien dijo cuando Pedro apuntaba su escopeta. La niña, hija del tendero, se asustó con el escopetazo, y se metió a la tienda a esperar a su padre que seguramente saldría corriendo.


Pedro se quedó sorprendido cuando vio que había fallado. Imaginó los perdigones perdidos en alguna pared o en el suelo. Su mente no podía registrar el error. No era tanta la distancia, creía, y llevaba catorce aciertos. Y esa vez ni siquiera estaba nervioso. Era, ya casi, un acto mecánico. Pero había fallado. Entonces apresuró la segunda carga y volvió a fallar. Vio cómo aquél corría hacia una de las casas sin darle la espalda, y a los demás a su alrededor que desaparecían. Sintió como si estuvieran solos. Pedro Bernardino, me cuentan, aventó la escopeta y preparó la pistola. Volvió a disparar de manera apresurada y le dio al caballo negro que por más que jalaba no lograba desprenderse de su atadura a la herrería de una de las ventanas cercanas. Pedro no escuchó el balazo de vuelta pero sintió un mazazo que casi lo derribó. Lo sintió en la boca del estómago aunque la bala le había entrado por el costado derecho. No era un piquete frío como tantas veces imaginó. Y aunque de alguna forma se preparó para recibir una bala en algún momento, aquel golpe expansivo, como una piedra chocando con él lo aterró y lo hizo temblar. Sin detenerse a revisar la herida corrió para acercarse al otro. En cámara lenta vio cómo le volvía a apuntar y esta vez sí escuchó la detonación. Me cuentan que cuando los gendarmes vieron que Pedro se tambaleaba corrieron hacia él. La segunda bala le había dado en la espinilla derecha y lo había derribado. El tipo de la otra familia, asustado, salió al encuentro de los gendarmes y comenzó a dispararles. Aunque se había defendido, la visión de sus catorce muertos y la angustia agridulce de haber sobrevivido a ese atentado lo hizo estar demasiado alerta y pensar que todo, entonces, era una amenaza. Vio a Pedro tirado en el suelo y trató de acordarse de cuántas balas le quedaban. Quizá dos o tres. Pensó en rematar a Pedro Bernardino pero se acobardó cuando a lo lejos las detonaciones de las carabinas anunciaron que de nuevo venían por él. Había gritos pero su rostro, me cuentan, advertía que estaba como escuchando más que observando. Era un animal asustado y, en efecto, me cuentan que en la calle, por un momento, no hubo más que silencio. Pero el hombre aún tenía balas en la pistola. ~

porcentajes El tipo de la otra familia debe:

46% huir

54% enfrentarse a los federales


parte iii

A pesar de las detonaciones la hija del tendero no le quitó la mirada a Pedro que yacía en el suelo malherido. A la niña le entristeció esa imagen patética de aquel joven que momentos antes, cuando compraba víveres, representó la valentía y el tesón. Lo había admirado. Y ahora ahí, desfallecido, parecía un animalito que esperaba con paciencia la llegada del fin. La niña luchaba con las manos de su padre que insistentemente la mantenían detrás de él. Pero lo había presenciado todo. El tipo que había herido a Pedro y que hasta hacía unos minutos solo era la víctima, prefirió dejar al muchacho para después. Midió bien a los federales controlando el temblor de su cuerpo y le disparó al que estaba más próximo. Vio a uno de los federales desplomarse y al otro frenar su carrera para refugiarse en un angosto callejón. Entonces se acercó donde Pedro y buscó la pistola que aún tendría algunos tiros. Revisó la suya y se sintió más seguro. Se quedó ahí de pie, tranquilizándose y echándole una mirada de vez en cuando al federal que, creía, estaba muerto. La adrenalina, ahora, era su aliada. Al sentir la situación controlada, llenó de balas su pistola, se acercó a Pedro y lo remató. Antes lo miró cuidadosamente, no encontró en él ningún rastro de odio o de frustración. Su rostro, agotado y con una extraña mueca, que era como una risa candorosa, estaba ahí, tan indefenso como la mirada. El hombre le dijo algo que no se alcanzó a escuchar; me cuentan que le dio una patada sin mucha fuerza en uno de los costados y por fin, sin mayor ceremonia, buscó la frente y disparó. La bala, sin embargo, entró por el ojo izquierdo y el tipo volvió a jalar el gatillo. Ahora, Pedro tenía una

herida, ya no mortal, en la mejilla. La niña solo gritó, un sonido débil y agudo, con la última detonación y el padre decidió que esa calma prefiguraba más violencia. Se metió y cerró la puerta de la tienda. El federal temblaba contra una pared. Nunca había sentido tanto miedo, ni cuando vio caer a su compañero, como al oír esos dos últimos estruendos. Pensó en el tiro de gracia, pero no supo para quién había sido. Apretó la carabina contra su cuerpo y vio del otro lado de la calle al tendero desapareciendo tras la puerta de madera. Sintió que cada segundo que pasaba lo orillaría a salir corriendo. Alejarse o no: en su mente la escena había concluido: Pedro muerto, su compañero herido o muerto, pero ahí no había nada más que hacer. Entonces escuchó el grito: “ahora faltas tú, pendejo. Sal de una vez”. Miró hacia su izquierda y calculó que si empezaba a correr podría escapar sin problemas. Aquel trabajo no le hacía falta, era soltero y con facilidad encontraría otra cosa. Vio cómo había rostros asomados por las ventanas, y a una señora que le hacía señas como de acercarse. Luego una más, y otra mirada acusadora por allá. La señora no lo llamaba, lo alentaba a enfrentar al tipo. Entonces lo hizo, sin pensarlo, revisó la carabina, se limpió el sudor de las manos en el pantalón y se acercó a la esquina para poder observar el panorama. Miró al hombre que poco a poco avanzaba hacia él y que se alertaba un poco cuando lo descubrió asomándose. El federal, quizá debía tener dos años más que Pedro, alzó la carabina, cerró uno de los ojos mientras recargaba el cañón contra la pared y disparó. La bala se incrustó en el brazo derecho del tipo, y sin du-


darlo, el federal recargó el arma y volvió a disparar. Esta vez fue más certero y el proyectil entró en el vientre del hombre que, de inmediato, perdió las fuerzas y se derrumbó. Esa facilidad le dio al federal confianza y mientras recargaba salió de su escondite, se acercó y le disparó una vez más a la cabeza. Hasta ese momento sintió el silencio en su piel. Caminó hasta su compañero, lo notó malherido y gritó por ayuda, que alguien se acercara chingada madre, dijo. Fue a revisar a Pedro y sintió que no podría sostener mucho más la carabina que se le resbalaba. No tenía ya fuerza en las manos. Cuando estuvo junto al joven, se arrodilló solo para encontrar el rostro destrozado y la sangre que había empapado la ropa del muerto. No sintió nada. A pesar de conocer la historia, de haber participado, de alguna forma, en aquella venganza familiar, sintió que sus sentimientos no correspondían. Pensó que debía sentir una exaltación triunfadora, al menos, por no haber dejado impune el asesinato de aquel joven valiente. Pero era eso, de alguna forma su cerebro no le asignaba “valentía” a Pedro. Aquello había sido la misma historia de siempre. Alguien mata y alguien, en respuesta, mata. Tal como él lo había hecho. Ni siquiera era un desperdicio de vidas ni actos memorables. Era nada. Así que con parsimonia se levantó, retiró la escopeta y fue a buscar las dos pistolas que el otro hombre debía tener cerca. Al final, como un sacerdote que termina misa, ayudó a dos hombres que cargaban a su compañero y les dijo que lo llevaran a la casa del doctor, que ahí los alcanzaba. El federal, cansado por la tensión, tocó dos veces la puerta de madera del tendero y cuando este le abrió luego de gritar quién era y asegurarse por una rendija de ello, le pidió un par de fuertes para el susto. La niña miró al federal los minutos que necesitó para tomarse el aguardiente. Estaba pálido y no recuperaba el color. Pensó decirle el nombre de Pedro, mencionarlo de alguna forma. Se dio cuenta de que era inútil. Cuando el federal terminó, cargó con todas las armas y salió sin prisa y sin avisar a dónde iba. Incluso esa desolación que empezó a sentir al caminar en silencio era nada. En la Costa Chica, aquellas cosas y esas matanzas, me cuentan, son nada. Nada. ~


Final Alternativo

Durante dos segundos el tipo que había herido a Pedro, quien hasta hacía unos minutos era la presa, midió sus posibilidades. Vio el avance rápido de los federales, el rostro del joven moribundo y decidió huir. Disparó dos veces en dirección de los dos hombres que corrían hacia él; logró detenerlos y asustarlos. Recogió la pistola de Pedro y corrió para rodear una de las casonas detrás de él. Su caballo aún resoplaba de dolor y prefirió dejarlo. Mientras se alejaba pensó en la ausencia de deseo de rematar a Pedro y ni siquiera le perturbó que, entonces, aquello, si el joven no moría, no habría terminado. Continuarían las noches de asedio y las horas largas refugiado allá por donde empezaba el pueblo. La niña se perturbó por la figura patética de Pedro tirado ahí como animal malherido. No entendió cómo aquel cuerpo tan recio y decidido, que había comprado víveres apenas hacía unos minutos, estaba ahí tendido sin fuerzas y esperando el fin. Salió junto a su padre, siempre detrás, cuando este caminó en dirección al joven ahora que el peligro había pasado. Los federales emergieron de su escondite y también se acercaron. Al poco tiempo, unos tres hombres más llegaron y uno de ellos se arrodilló a ver el estado en que estaba Pedro. Lo halló mal, desangrándose a prisa y con la mirada tiesa, perdida en algún punto del cielo. Primero pensó que ya estaba muerto pero luego la respiración lenta pero constante lo alertó. “Hay que ir por el médico”, dijo pero nadie se movió. “Ándale, hija, ve por don Pascual”, dijo el tendero. Los federales parecían confusos respecto a su papel. Uno de ellos entendió que cuando empezaron a correr hacia aquel hombre no tenían idea de lo que iba a pasar o a qué iban. Era la inercia de traer las carabinas al hombro, de ver a Pedro cayendo, de saber que para eso estaban pero nada más. El tendero los miró por un mo-

mento, luego retiró la mirada pero, en ese instante, volvió a clavárselas, ahora, con decisión. “Y ustedes qué hacen ahí, cabrones, vayan por aquél. En caballo lo alcanzan. Yo los acompaño.” Y eso fue todo. Los federales atendieron la instrucción como si no tuvieran conciencia. Al poco rato, cinco hombres salieron a perseguir al hombre que le había disparado a Pedro. La niña llegó jadeando a casa del doctor, explicó en dos frases lo que había ocurrido con el poco aliento que le quedaba y se fue de la mano con el médico. Cuando llegaron ya había mucha gente alrededor del herido. El médico atravesó la pared humana, se arrodilló y empezó a revisar a Pedro. La bala en el costado era mortal, la de la espinilla muy escandalosa. Le dio un par de cachetadas leves al joven, y empezó a hablar con él sin obtener respuesta. “Este hombre está muerto”, pensó pero no lo dijo. Elevó un par de órdenes, que entre todos lo quitaran del sol y trajeran una cobija y agua. Pedro sentía un dolor nuevo pero tranquilizador. Al mismo tiempo que un ardor se expandía por su cuerpo, la poca energía que conservaba lo hacía relajarse. De alguna forma sabía que todo estaba bien. Era cosa de esperar pacientemente que el dolor se fuera, era dueño de una conciencia que le indicaba eso: si esperaba todo acabaría bien. A los quince minutos, alguien alzó la cabeza y miró a los cinco jinetes y a un hombre que llevaban caminando y atado por un lazo que le rodeaba el cuerpo. Cuando llegaron, alguien más vio el rostro del tipo hinchado por los golpes. Nadie dijo nada cuando el tendero lo arrastró con el lazo hasta donde estaba Pedro, lo hizo arrodillarse y luego se alejó diciéndoles a los federales, “ahí está bueno, hagan su trabajo, cabrones”. La niña lo escuchó y no supo cómo interpretar el desplante de su padre. Nunca lo había visto así: enojado.

Los federales asintieron y con ligeros golpes con las culatas de sus carabinas acercaron al tipo a uno de los costados de Pedro. “Ahí está, compa...”, le dijeron. Pedro no respondió, continuó con la mirada clavada ahí arriba, me cuentan. Entonces el tendero se acercó, le dijo algo al oído y le movió un poco la cabeza en dirección al tipo. Luego se alejó de nuevo. Pedro contempló al tipo, le puso atención y no lo reconoció. Es más, no reconoció la situación en la que estaba. Miraba todo como desde lejos y como si nada importara. Comenzó a sentir un poco de náuseas y quiso cerrar los ojos. Entonces vio una sombra y distinguió a un hombre colocando una pistola, ¿era su pistola?, en la sien del tipo arrodillado. No supo quién era quién ni por qué tenía que ver aquello. Cuando todos guardaron silencio, Pedro solo deseaba que hablaran para guiarlo o para decirle de qué se trataba aquello. “Llévense a la niña”, alguien dijo pero el joven no entendió. De pronto, la figura arrodillada recibió un disparo y se desplomó. Hubo un sonido ensordecedor que le dolió en lo más profundo del vientre. Tuvo conciencia de sus heridas, supo, por un segundo, lo que acababa de pasar y, entonces, dejó de pensar y murió. El tendero ya se había ido con su hija y el doctor revisó a Pedro. Los federales recogieron las armas y empezaron un diálogo desinteresado con la gente que se acercaba. Nadie dijo nada, tenían la actitud de estar limpiando una casa luego de una fiesta. Dos hombres se llevaron el cuerpo de Pedro luego de decidir dónde lo pondrían, y quién se encargaría del velorio. Nadie cuestionó aquello. Y cuando lo decidieron la gente se dispersó para volver a sus vidas. Me cuentan que así son las cosas allá en la Costa Chica. Hoy y desde siempre. La gente se mata por cualquier cosa y luego regresan a sus vidas. ~


di s y un t i va s

El brazo Robado por

Bernardo Esquinca

parte i

En el medio de los investigadores privados se me conoce como el Pepenador. Mi especialidad son los casos extraños, los que nadie más quiere, los que mis otros colegas desechan aunque estén urgidos de dinero. A mí no me importa. Siempre he dicho que la basura de uno es la oportunidad de otro. Basta ir a cualquiera de los tianguis de chácharas que pululan en la ciudad para darse cuenta de ello. Mis colegas quieren espiar a los infieles, fotografiar a los apostadores compulsivos, señalar a los embaucadores. Magnífico. Yo prefiero ensuciarme las manos. Las manchas conducen a las revelaciones, leí en algún lado. Como no abundan este tipo de casos –sorullos resbalosos, les llamo yo–, tengo mucho tiempo libre. A veces pasa una semana sin que suene el teléfono, así que me pongo a leer. Nota roja, avisos clasificados para adultos, la prensa de espectáculos: quizá no estoy bien enterado sobre los políticos que gobiernan esta ciudad, pero sí sobre las pasiones que gobiernan a sus habitantes. Suficiente para mí. A veces también leo libros. O voy al cine. Mi oficina está en un cuartucho en la calle de Iturbide, en el centro. Desde mi ventana se ve la marquesina del Palacio Chino. Un ruinoso buque que se hunde irremediablemente junto con el Centro Histórico. Por más que los poderosos alardeen que la zona se está rescatando. Puro maquillaje para los reflectores y los ingenuos. Solo tengo que salir de mi oficina y caminar hacia Artículo 123 para ver a los indigentes cagando en la vía pública a plena luz del día. No me quejo: mi barrio me gusta. Es ideal para el tipo de trabajo que realizo; ideal para los que, como yo, escarban en la basura. Si en verdad limpiaran el centro, me quedaría sin modus vivendi. Así que es mejor que lo dejen como está. Solo espero que cuando el centro termine de hundirse en el subsuelo, se lleve de corbata al resto de la ciudad. El efecto remolino. Las cosas que me piden investigar son sin duda peculiares. Cierta vez, aparecieron dos gallinas degolladas en el parque de la Ciudadela, a unas me-


tros de la Biblioteca de México, un templo de sabiduría, según entiendo. Por eso me gusta el centro: en pocas partes de la ciudad se dan contrastes tan radicales y sugerentes. Evidentemente las gallinas eran parte de un rito santero, pero lo que se me solicitó fue que averiguara quién lo había hecho y, sobre todo, en contra de quién. Los mismos locatarios del mercado de artesanías estaban inquietos. Querían ponerle rostro a la maldición y conocer el nombre de la persona de la que debían cuidarse. Envidias y pugnas intestinas. Pero esa no es la historia que deseo relatar. Lo que quiero contar es el caso más insólito en el que me he visto involucrado. Hace dos meses recibí una llamada de Godínez, uno de los pocos colegas que me guarda algo de respeto. –Tengo chamba para ti –dijo, yendo al grano. Me explicó que se trataba del caso de un honorable padre de familia cuya hija murió al dar a luz. No había anomalías en el deceso: el parto se complicó y los médicos hicieron todo lo humanamente posible para salvarla. Lo extraño ocurrió después, cuando el forense se disponía a hacerle la autopsia. Al cadáver le faltaba el brazo derecho. –Alguien se lo robó –dijo Godínez–. Y el padre quiere recuperarlo. Dice que no puede enterrar a su hija si está incompleta. Godínez, por supuesto, no quería el caso. Me lo estaba turnando a mí, el Pepenador. –¿Con o sin comisión? –pregunté. –¿Cómo crees? –rezongó–. Solo te pido un favor: si resuelves el misterio, llámame y cuéntame cómo estuvo la cosa. La curiosidad no abandona incluso a aquellos que son indignos de ella. Al día siguiente me entrevisté con el padre, y me dio todos los detalles que pudo. Su hija tenía 24 años. Iba a ser madre soltera. No sabían quién era el papá. Había varios candidatos, pero la hija nunca quiso aclarar el tema.

–No sé si me entienda –me comentó al final de nuestra conversación–. Perder a una hija es una tragedia. Pero que encima le roben un brazo al cadáver, eso es obsceno. Lo entendí. No podría recuperar a su hija, pero tal vez podría recuperar la dignidad. Mi primera labor consistió en interrogar a los médicos del Semefo. Nadie sabía nada, pero me di cuenta que señalarían a su madre si eso les garantizaba dejar de ser sospechosos. El asunto se complicaba, pues las cámaras de seguridad tampoco habían captado nada. ¿Quién carajos se roba el brazo de una muerta? Era la pregunta que rondaba a todos los involucrados. A la semana surgieron dos pistas interesantes. Por un lado, me llamó la madre de la muchacha muerta para decirme que ella sospechaba de Arnulfo, un ex novio de su hija, que durante años la acechó a niveles obsesivos. Poco antes de que ingresara al hospital había dejado una carta en el buzón. “Podrás tener un hijo, y continuar ignorándome, pero yo debo tener algo tuyo”, concluía la misiva. ¿Un trofeo de amante despechado? Por otra parte, mientras revisaba mis archivos de periódicos de nota roja, me topé con un caso de unos años atrás que había olvidado: el de un asesino ritual que se dedicó a arrojar restos humanos en las zonas arqueológicas del Centro Histórico, con el objetivo de revivir a los antiguos dioses. Nunca he sido experto en el pasado prehispánico, pero una corazonada me señaló que ambos sucesos –el brazo robado y el asesino ritual– podían estar relacionados. Jorge Mondragón, policía judicial y antiguo conocido mío, se había encargado del caso. No soy experto en el pasado prehispánico, pero recordé que para los antiguos mexicanos las encrucijadas eran equivalentes a infortunio. Y yo estaba parado justo encima de una. ~

porcentajes El protagonista debe

40% entrevistarse con el judicial

60% entrevistarse con el exnovio


parte ii

La cita fue en el mercado Juárez. A Jorge Mondragón le encantan los caldos de gallina. Yo puedo comer prácticamente cualquier cosa; mi dieta se basa en la oferta de los puestos callejeros de dudosa reputación que se han apoderado de Balderas, así que no puse objeción. Además, sabía que la cuenta correría de mi parte, y esos caldos son muy económicos. La información que obtuve a cambio pagó con creces la inversión. Mientras arrojaba montañas de cebolla, cilantro y chile de árbol en su platillo, Mondragón me dijo: –El caso del asesino ritual me sacó canas verdes. Casi me cuesta el puesto... Los datos fluyeron con lentitud. Mondragón estaba sumamente interesado en la media pechuga que nadaba en su caldo. Y si a eso le agregamos las tortillas que rebañaba en abundante salsa, y devoraba como si fueran cacahuates, el asunto requería de mucha paciencia. Temí que se atragantara, así que no lo apresuré. –Ese loco arrojó corazones humanos en el Templo Mayor, en el Antiguo Palacio del Arzobispado, en el metro Pino Suárez e incluso depositó un cerebro en una estatua del Chac-Mool, que se exhibía en una muestra temporal en el Museo Nacional de Arte. Era astuto, y tardamos mucho en detenerlo... Entre bocado y bocado, pude sacar en claro lo siguiente: en un cateo encontraron el diario del asesino; en sus páginas se proclamaba como el instrumento de los antiguos dioses y aseguraba

que con el baño de sangre instauraría un nuevo orden en la ciudad: el triunfo del mundo prehispánico por encima del mundo moderno. –¿Y qué fue de él? –me atreví a preguntar, porque ya me había terminado mi caldo. Tuve que aguardar a que Mondragón acabara de sacrificar a su gallina, para aproximarme a una de las dos revelaciones que me haría aquel día. –Murió –dijo, mientras daba cuenta del último bocado–. Lo teníamos acorralado y se arrojó del tercer piso del Museo del Templo Mayor, junto con una arqueóloga que era su rehén. Cayeron sobre la lápida de Tlaltecuhtli. Pagué la cuenta, un tanto decepcionado por el final de la historia. Mondragón se limpió la boca con una servilleta, y agregó: –Hay algo más que muy pocos saben. Cogió un palillo, y comenzó a hurgarse los dientes con él. Como buen policía, sabía esconder la información más sustanciosa hasta el final. –El cadáver del asesino ritual desapareció del Semefo poco después de que le hicieran la autopsia. –No mames. –Así como lo oyes. El caso se ocultó a la prensa para evitar el escándalo. Nunca se recuperó el cuerpo. Nos despedimos afuera del mercado. El tráfico saturaba Chapultepec, y la contaminación creaba un cielo oscuro y cercano a nuestras cabezas.


–¿Te digo la verdad? Mondragón aún me reservaba una última estocada. Una muy difícil de encajar. –Vas a pensar que estoy loco, pero creo que ese hijo de puta aún sigue vivo. Aquella comida con Mondragón me costó cincuenta y seis pesos y una larga noche de insomnio. Me acabé una cajetilla de cigarros mientras el letrero del Palacio Chino arrojaba destellos de neón sobre la ventana. Tenía dos letras fundidas, así que solamente se leía “lacio Chino”. Pensé que era una señal de su inminente desaparición. Tras su desvanecido esplendor –antes las taquillas simulaban pagodas– ahora era un monumento a la ruina. El antiguo cine era probablemente uno de los edificios que mejor ejemplificaban la transformación del Centro Histórico: de Ciudad de los Palacios a Ciudad de Menesterosos. Pero esta reflexión no pretende ser una oda al pasado, sino a las luces de neón: contemplarlas como un insecto tiene sus ventajas. Antes de freírme las pupilas en el letrero del viejo cine tuve una revelación. Ya lo saben: quien sigue las manchas o los letreros de neón en esta urbe siempre llega a algún lado. Y en esta ciudad –ahora lo sé– todos los caminos conducen a la calle de Donceles. Al día siguiente fui a visitar a Camargo, quien tiene una librería de viejo. En su juventud fue conchero y bailaba al lado de Catedral. Era experto en temas prehispánicos y ocultos. Lo encontré sentado en su escritorio, como de costumbre, oculto detrás de una pila de libros polvosos. Le resumí el caso que investigaba y las resonancias con el asesino ritual. Tras meditar

unos segundos, Camargo fue a la parte trasera de su librería y consultó algunos tomos. Después regresó con cara de circunstancia. –Los aztecas concedían una especial veneración a las mujeres muertas durante el parto –dijo, mientras encendía una pipa. Su rostro moreno se había curtido con incontables danzas al sol, y sus manos eran enormes y callosas: un auténtico Caballero Águila–. Le otorgaban a sus cuerpos poderes mágicos. Particularmente los guerreros, que solían profanar sus tumbas para robarse el brazo derecho. Según ellos, dicho miembro cegaba al enemigo y los volvía invencibles en el combate. Imaginé la noche azteca, poblada de recovecos siniestros, de sombras al acecho, y regida por antiguas supersticiones. No muy distinta a la noche de la urbe moderna. Una ciudad en la que, por cierto, el pasado siempre estaba abriéndose camino hacia la superficie. –Es un tema complejo que plantea una encrucijada –agregó Camargo, envuelto en una espesa nube de tabaco–. En el mundo prehispánico, a las mujeres muertas en parto también se les consideraba espectros, las llamaban cihuateteo. Tenían el rostro descarnado, bramaban en la noche y aparecían en los cruces de caminos para espantar a los incautos. Son el antecedente de la leyenda de la Llorona. Tengo un amigo antropólogo que hizo un libro al respecto, te puedo poner en contacto con él... Me quedé estupefacto. Tras una semana en el caso, tenía dos sospechosos, y ambos eran fantasmas. Uno la sombra de un asesino ritual, y el otro el eco de una antigua leyenda. Magnífico. ¿En qué clase de detective me había convertido? ~

porcentajes El protagonista debe

Buscar al asesino virtual

Buscar al cihuateteo


parte iii

Buscar a un asesino en una ciudad como esta es algo muy similar a buscar una aguja en un pajar. Sin embargo, el accionar de mi presa se limitaba a un perímetro muy claro: las ruinas prehispánicas del Centro Histórico. No sabía si en verdad el Asesino Ritual continuaba vivo, como creía Mondragón, o si se trataba de un imitador, pero lo cierto era que estaba lidiando con un sujeto supersticioso, y debía utilizar aquello a mi favor. Tenderle una trampa. Y entonces me acordé de la arqueóloga asesinada. Porque a los muertos se les atrae con otros muertos. Una llamada a Mondragón, y la promesa de más caldos de gallina, aceleraron las cosas. Me prestó una copia del expediente. La víctima se llamaba Elisa Matos. Trabajaba en el museo del Templo Mayor. Una fotografía la mostraba como una mujer rubia, de cabello largo y mirada melancólica. Ella sería el señuelo. Pero necesitaba saber más sobre el mundo Azteca. Fabricar un truco creíble. Así que dirigí mis pasos nuevamente a la calle de Donceles. Camargo abrió un libro con una delicadeza inusitada para sus manos enormes. Nuevamente el Caballero Águila se evidenciaba tras sus gestos: sus movimientos eran seguros y silenciosos, con el temperamento del guerrero a la hora de hundir el puñal de obsidiana. Me habló del concepto de la muerte en los mexicas: –Al contrario del pensamiento cristiano, donde el comportamiento en vida marca el sitio al que se irá al fallecer, para los aztecas lo condicionaba el tipo de muerte. Tenían diversos lugares, como el Tlalocan, a donde iban a parar los ahogados, o el Mictlán, destinado a los enfermos, pero en realidad prevalecía una incertidumbre sobre el reposo final del alma. Camargo leyó una poesía prehispánica para ejemplificarlo: ¿A dónde iré? ¿A dónde iré?

El camino del Dios dual... ¿Por ventura está tu casa en el lugar de los descarnados? ¿Acaso en el interior del cielo? ¿O solamente aquí en la tierra es el lugar de los descarnados?

Aquellos versos me dieron la clave: yo debía revivir a la arqueóloga. Tenía a mi servicio a la prensa amarillista, siempre deseosa de noticias exageradas. Pero no podía hacerlo solo: necesitaba de Mondragón. En esta ocasión, subió el precio de su retribución y me citó en la terraza de la Casa de las Sirenas. Mientras devoraba una gallina en mole de mango y se bajaba los bocados con abundante cerveza, el judicial dudó de mi estrategia. –No jodas. ¿Como que resucitarla? Yo no pedí nada de comer, porque no me alcanzaba el dinero. Tuve que conformarme con la canasta de pan. –No pretendo resucitarla literalmente, sino reabrir el caso. Propagar la noticia de que por alguna razón su cuerpo será exhumado. Eso sin duda atraerá al Asesino Ritual. Mondragón tomó la carta, y revisó el menú en busca de un segundo platillo. Conté a los comensales de las otras mesas y calculé cuánto tiempo me llevaría lavar los platos si mi presupuesto resultaba insuficiente para pagar la cuenta. –Dile a la prensa que estaba embarazada –propuso el judicial–. Es otra de las cosas que nunca se supo –acto seguido, ordenó unas puntas de filete a la Albañil. Mondragón era un sujeto taimado. La información iba y venía según su conveniencia. Durante el postre terminamos de idear el plan. Cuando nos despedimos, una hora y setecientos pesos después, me advirtió: –No cites mi nombre como fuente: me correrían de inmediato.


De regreso en la oficina le marqué a Santoyo, un periodista veterano y director del Semanario Sensacional. Su revista había seguido muy de cerca el caso del Asesino Ritual. Yo sabía también que tenía muchas deudas y que estaba necesitado de una noticia que vendiera. Accedió sin mayores cuestionamientos a reproducir la información que le dicté. Al día siguiente apareció publicada la noticia: R EA B R EN CAS O D EL AS ESIN O R ITUA L El cuerpo de la arqueóloga Elisa Matos será exhumado y llevado al Semefo. Se presume estaba embarazada al momento de su muerte.

Ningún otro periódico hizo eco del tema en los días posteriores. Pero el Semanario Sensacional tenía buena circulación en el Centro Histórico. Yo confiaba en que la noticia llegaría a los oíos del criminal. Mondragón cumplió con su parte: consiguió una orden para exhumar el cuerpo, lo llevó al anfiteatro y lo dejó aparentemente sin vigilancia. Después se sentó a esperar afuera del Semefo, en una camioneta camuflada, que tenía monitores conectados a las cámaras de seguridad del anfiteatro. Yo me desnudé, y esperé en otro lugar. Camargo lo dijo: “El brazo otorga poder, y ciega a los enemigos.” Y las cámaras de seguridad del Semefo no habían captado nada cuando el Asesino Ritual sustrajo el brazo. No podía arriesgarme. Mondragón me espetó un “estás loco”, pero me dejó hacerlo. Así que ahí estaba yo, bajo una sábana y sobre una plancha de metal, rodeado de muertos, y haciéndome a mi vez el muerto. Con el escroto encogido a causa del frío y del miedo. Magnífico. En la soledad del anfiteatro del Semefo, volví a pensar: ¿en qué clase de detective me he convertido?

En algún momento de la madrugada, la puerta se abrió y se cerró. Mi sábana tenía agujeros estratégicos, pero no pude ver nada. Es decir: había sin duda una presencia en el anfiteatro, pero no tenía forma ni cuerpo. No ante mis ojos. Escuché ruidos en la plancha de al lado, donde reposaba el cuerpo de la arqueóloga. Primero un conjuro en náhuatl, y luego un gemido profundo, como hacen los ahogados cuando el agua sale de sus pulmones y pueden respirar de nuevo. Yo estaba petrificado. Muerto en vida. Ni siquiera parpadeé. Algo se incorporó a mi costado; se escuchó un crujir de huesos viejos, y luego la puerta del anfiteatro se abrió y se cerró otra vez. De Mondragón, ni sus luces. Cuando reuní el valor suficiente, aparté la sábana y miré. El cadáver de Elisa Matos ya no estaba. Y en el suelo había una serie de huellas, pisadas de pies renegridos que se encaminaban a la salida. La mancha atroz que conduce a la revelación. Lo que siguió después es bastante vulgar, así que lo resumiré en pocas palabras: Mondragón fue despedido de la policía judicial, yo me quedé sin cómplice, sin cliente y sin paga. El brazo, por supuesto, nunca fue recuperado. Jamás he vuelto a comer un caldo de gallina. Ahora me encuentro en mi oficina, en espera de una llamada que no llega. El letrero de neón del Palacio Chino parpadea en medio de la noche, y comienzan a fundírsele, una a una, el resto de sus letras. Antes de que me deje sumido por completo en la oscuridad, aguzo el oído para escuchar los ruidos nocturnos del Centro Histórico. No busco cualquier sonido, sino algo que se asemeje a tierra podrida en movimiento, a insectos alimentándose de la descomposición Algo que me indique el lugar por el que caminan los descarnados. ~


Final Alternativo

Yo nunca quise tener hijos y ahora debía buscar a una mujer que había perdido a los suyos. Camargo me puso en contacto con Quiñonez, el autor del estudio sobre la leyenda de la Llorona o cihuateteo. Lo visité por la tarde en su casa, ubicada en la calle de República de Chile, en un edificio estilo art déco ruinoso y prácticamente vacío. Los pasillos eran oscuros; la pintura descascarada colgaba del techo como las estalactitas de una sombría caverna. Sin embargo, él parecía sentirse muy cómodo en su guarida. “Aquí nadie me molesta” –fue la primera lección que me dio–, “salvo los antiguos espíritus de la ciudad. Pero prefiero lidiar con ellos que con los insulsos habitantes de la urbe moderna.” Quiñonez era un hombre de unos sesenta años de edad, completamente calvo y con una piocha plateada que se acariciaba constantemente. Le comenté lo que estaba buscando y mis sospechas sobre la naturaleza del posible ladrón. Sus ojos centellearon en la penumbra de la sala. –La leyenda de la Llorona es una de las más poderosas entre todas las que existen en esta ciudad –me dijo, más con tono de confidente que de catedrático–. Aunque la forma como la conocemos hoy en día la adquirió en el siglo xvi, poco después de la Conquista, sus raíces son más profundas. En efecto, los azorados habitantes de la época colonial escuchaban sus lamentos, y asomados a los balcones la veían atravesar la Plaza Mayor y desparecer entre la bruma del lago; pero la primera referencia que hay de este tétrico personaje data de antes de la llegada de los españoles...

Quiñonez hizo una pausa. La noche había caído por completo, pero él no encendió ninguna luz. A partir de ese momento, mi interlocutor era solo una voz, como si no tuviera cuerpo. –En la antigua Tenochtitlán, hubo una serie de augurios que presagiaron la caída del imperio azteca. Uno de ellos fue el lamento de una mujer que recorría las calles gritando: “Oh, hijos míos, ya llegó su destrucción.” Y a veces también decía: “¿Hijos míos, a dónde los llevaré?” Años después de la Conquista más de alguno afirmó que aquella mujer que continuaba apareciéndose en el cruce de los caminos era la Malinche, arrepentida por haber traicionado a su raza... Hubo un nuevo silencio y durante unos segundos sentí que me había quedado solo en la habitación. Para llenar el vacío, pregunté: –Un fantasma con quinientos años de antigüedad. Sin duda debe ser muy poderoso. La voz de Quiñonez se materializó a mi espalda, y el corazón casi se me salió de la boca. –La leyenda de la Llorona encarna la más pura esencia de la ciudad de México. Es un mito fundacional: trágico y ecléctico como la urbe misma. No importa su veracidad: existe porque continúa en boca de la gente, y en sus sueños y pesadillas. Existe porque se le sigue temiendo. La Llorona es el lamento más antiguo de la ciudad, estaba antes que todos nosotros y sin duda continuará hasta que el último de sus habitantes pueda escucharlo.


Una lámpara se encendió al fondo de la sala. Quiñonez estaba sentado en un sillón distinto al que utilizó cuando nuestra conversación inició. –Lo de la luz es un viejo truco –dijo, con una sonrisa enigmática–. Lo hice para que comprendas cómo se comportan los espíritus y porqué se mueven entre sombras. Asentí. Quiñónez no necesitaba explicar más: durante toda su charla me había sentido desorientado y vulnerable. Aquella extraña reunión concluyó con una propuesta aún más extraña: –Regresa mañana –me pidió–. Invocaremos a la Llorona. Así lo hice. No tenía opción. Si ella se había llevado el brazo, mi mejor oportunidad de averiguarlo era a través de ese singular antropólogo que mezclaba la ciencia con la superchería. Y si acepté, fue porque siempre he creído que la verdad se encuentra a medio camino entre ambos mundos. Bebimos café y fumamos. A las doce de la noche, Quiñónez encendió unas veladoras y sacó una güija. Durante dos horas intentó diversos conjuros para atraer al espíritu sin conseguirlo. –Dinos por qué te llevaste el brazo –dijo en algún momento, alzando la voz–. ¡Ladrona! Antes de iniciar la sesión espírita, Quiñónez me había advertido que un último recurso para atraer la atención de las ánimas era molestarlas, hacerlas enojar y forzar su manifestación. –¡Ladrona! –volvió a gritar–. ¡Traidora!

Un viento helado se sintió en la habitación y las velas se apagaron. Pero no ocurrió nada más. Decepcionado, Quiñonez prendió la luz y aceptó su fracaso. –Lo siento, parece que hoy no quiere venir –dijo, y me acompañó a la puerta. Salí a la calle, pensativo y desanimado. ¿Había perdido mi tiempo con aquel excéntrico académico? Caminé unos pasos, luego me detuve en el cruce de República de Chile y Belisario Domínguez, y me acordé de las encrucijadas. La zona estaba desierta, envuelta en las sombras. En un zaguán cercano, dos ojos se encendieron como ascuas flotando en la oscuridad, y una voz me llamó con el siseo de una serpiente. La presencia extendió sus brazos y mostró lo que sostenían: otro brazo, al que acunaban como si se tratara de un niño. Pero yo sabía que era más que eso: un señuelo hacia mi perdición, un soborno de ultratumba. El brazo a cambio de mis oídos. Acepté el trueque, y al día siguiente pude devolver el miembro de su hija muerta al afligido padre. Pero el pago a cambio de mi victoria fue alto. Quiñonez no me lo advirtió, pero aquella verdad estaba implícita en todas sus acciones. Quienes invocan a la Llorona, son los que le dan vida. Aquellos que la buscan, la conjuran, le temen y la relatan. Un culto sin culto, inconsciente. La religión perfecta. Desde aquella noche quedé condenado. Desde entonces su llanto acompaña mis desvelos. ~


C o n c u r s o t e m a t i c o l a

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Los bulgaros por

D a n i e l S a l d a ñ a Pa r í s

Resuenan en mi cabeza los versos de “El retorno maléfico” mientras el olor a leña de las cocinas y las vaharadas fecales del río componen un oxímoron en mi tráquea para recordarme esos años que pasé en Monte Valioso: “Mejor será no regresar al pueblo, / al edén subvertido que se calla / en la mutilación de la metralla.” Mejor sería, en efecto, no regresar al pueblo. Pero regreso y me resbalo con un aguacate medio podrido que casi me hace dar con mi esqueletamen en la calle empedrada. Regreso a buscar las huellas o las postreras consecuencias de una historia de la que ya casi nadie debe acordarse; una historia, en cualquier caso, insustancial y prescindible para el conjunto de la patria pero determinante para mi escueta biografía. Una historia de búlgaros. Monte Valioso era entonces un suburbio de otro; situado en las afueras de Cuernavaca, era el destino predilecto de exiliados de variado signo: pintores uruguayos, chilangos amedrentados por el temblor del 85, antropólogos gringos con un exasperante gusto por la artesanía vernácula. Además, claro, de los oriundos: morelenses de perenne machete, duchos en el arte de primero defender y luego vender a varios fuereños desprevenidos los mismos veinte metros de tierras ejidales. Era, a finales de los noventa, el lugar ideal (junto a muchos otros) para que brotaran como hongos los esquemas piramidales. Mi papá llegó con la noticia como quien vuelve airoso de una guerra: alguien en la universidad le había pasado el dato: comprabas un tarro lleno de búlgaros de agua, los alimentabas metódicamente con piloncillo, los reproducías sin riesgo en tu cochera y luego los regresabas y te deban plata. Mucha plata. La idea era, desde el principio, absurda, y la explicación que pretendía darle aires verídicos no era mucho más elaborada: que usaban los búlgaros (o “tibicos”, como les decían) para elaborar cosméticos de una mar-


ca sueca. La inclusión de lo sueco en el esquema era el principal gancho. Hipotecamos la casa. Digo “hipotecamos” por repartir un poco el peso de la culpa, que en realidad recae íntegro sobre mi padre y hasta el día de hoy le taladra los oídos por las noches con un zumbido agudo, como de mosco biónico. Él, finalmente, fue quien se confió ciego a la evidente estafa e incluso esparció la pólvora del engaño entre sus primos y compadres. Todos perdieron algo, unos más y otros menos, pero solo mi papá lo perdió todo y hasta un poco más que eso; de ahí vino su divorcio, su cara para siempre tasajeada por el agravio y su huida cabizbaja hacia el d.f., donde nos fuimos a instalar después de aquello para no volver sino hasta ahora, que lo hago solo y sin decirle media palabra, pues la sola mención de Monte Valioso se le clavaría entre las uñas y los dedos como una astilla incómoda, haciéndole mover las manos con nervio durante semanas. No hay nada que hacer ya, por supuesto. Si acaso escuchar la historia en voz de otros, de algunos que queden de aquellos días y guarden bajo llave el rencor o la jactanciosa victoria del “te dije”. Regresar a la casa y pedir permiso para entrar y recrear aquella imagen grotesca: frascos de agua blancuzca proliferando por las repisas, sustituyendo a los libros en el librero de la sala, estorbando en la cocina o repartidos por el vil piso a lo largo de todo el pasillo. Yo tenía, le calculo, unos catorce años. Iba a una escuela activa cuya idea de respeto y buenas intenciones me han costado un doloroso aprendizaje del mundo tal y como existe. Quizás ese fracaso familiar, asociado a un pinche lactobacilo, fue una primera advertencia de que el universo era, esencialmente, un lugar noMontessori. Por eso vuelvo: para reconstruir el tropiezo que me funda. Pregunto en la tiendita de enfrente de la iglesia, pero nadie recuerda –o no quieren decirlo– ninguna historia de levaduras suecas ni nada de una estafa que prácticamente arruinó al pueblo. Refieren, eso sí, y sin venir al caso, un breve catálogo de afrentas y crímenes recientes en donde las extorsiones son directas y sin duda menos creativas que la historia de los búlgaros. (Un señor, además, me muestra que le falta un dedo.) La casa en donde vivíamos era de tipo rústico, lo que quiere decir que los muebles eran demasiado grandes para el espacio disponible y que en temporada de lluvias se colaba el agua por las junturas de los ventanales. Ahora está pintada de color mamey, esa variante del naranja que prefieren los que siguen escuchando


trova. El timbre –antes había campana– ofrece al visitante las primeras quince notas del “Himno a la alegría”, lo que a todas luces resulta excesivo. Sin saberlo, toco dos veces y espero a que termine el conciertillo, al cabo del cual, puntualmente, me abre la puerta una señora que, sospecho, espera deseosa al otro lado del portón, durante semanas de sol y de monzones, a que un forastero accione la melodía de su demencia. Es güera teñida y sus uñas tienen paisajes enteros dibujados, como invitando a que uno se pierda en ellas. Le explico el motivo de mi visita y no entiende un carajo, pero se ve muy sola –sus hijos, me dice, se fueron ya de la casa, intuyo que de un modo irreversible– y me invita a que pase. Por dentro el cambio es menos notorio. El jardín, si acaso, está mejor cuidado, y la puerta que da a la estancia principal fue reemplazada por una plancha horrible de metal corrugado. Le pregunto a la mujer desde cuándo vive allí y me responde que desde hace casi diez años, así que antes de ella y después de mi familia debieron de habitar la casa otras personas; personas que quizá alcanzaron a percibir todavía el olor ácido a frustración y tibicos que dejamos al mudarnos al d.f. Me dice la señora que pasee a mi antojo mientras ella termina unos quehaceres y se va tras una puerta que –yo sé– esconde la cocina. Me desplomo cansado en un sillón verde pistache y miro las inútiles vigas de madera que no sostienen nada y que adornan el techo. Cuántas noches evadí el runrún de los reproches familiares buscando formas en las vetas de aquellas vigas. La luz que baña las paredes es la misma y la persistencia del polvo en los rincones delata una misma desidia que no es propia de la casa sino del pueblo entero. No tengo nada que hacer aquí, pienso. Esta casa ya no es mi casa y nada me puede decir sobre esos microorganismos insulsos que acabaron en un par de meses con un matrimonio de catorce años. El sol, afuera, me recibe con un golpe en la nuca. Son las dos y media. Recuerdo la existencia de un puesto de esquites que, descubro pronto, sigue en su sitio y promete mitigar mi hambre. Me acerco y pido. Mientras como, le pregunto al dueño del puesto, sin demasiada esperanza de que me responda, si recuerda la historia de una estafa relacionada con búlgaros, ocurrida quince años antes. “Sí”, me dice, “los mentados tibicos suecos”, pero luego se niega a decir más del asunto y evita mis preguntas con fastidio. Cuando me voy, resignado, convencido de la inutilidad de toda recapitulación, noto que mueve las manos con nervio. ~


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L as s i r e n as por

J o r g e Té l l e z

Me llamo Halejandra y la historia de mi nombre es corta y aburrida. La madre de mi abuela se llamaba Alejandra, mi abuela se llamaba Alejandra, mi madre se llama Alejandra y mis padres siempre se han considerado una pareja innovadora. Fueron ellos quienes insistieron en que volviera al país. Luego de siete años en el extranjero los chantajes funcionaron mejor de lo que incluso ellos hubieran pensado: no nos estamos haciendo más jóvenes, queremos pasar contigo nuestros últimos años, a tu padre le duele el oído, cada vez siento más frío por las noches, ya te hemos conseguido una entrevista de trabajo, hasta que me di cuenta de que pocas cosas me ataban y decidí volver sin un plan muy definido. Vivo en un barrio de viejos, me pareció natural rentar algo a pocas calles de mis padres si uno de los pretextos para volver había sido pasar más tiempo con ellos. El barrio tiene sus maravillas: un parque donde la gente organiza picnics, de lunes a viernes para sus mascotas, sábado y domingo para sus nietos; un pequeño restaurante donde solo sirven café tibio; una patrulla de policía que todos los días a las siete de la mañana enciende la sirena y da vueltas en el barrio a muy poca velocidad, no sé si para alarmar o tranquilizar a los vecinos; un semáforo, y en el semáforo un joven y una vieja que piden dinero: él hace malabares con una pelota de metal y ella carga a cuestas a un niño demasiado pequeño para ser su hijo, a él siempre le dan dinero, a ella nunca. A veces también llueve. Lo de la entrevista de trabajo no era mentira. La cita con el joven Alférez fue en un café cercano a casa adonde van los viejos a purgar su retiro. Lo llevan bastante bien. Desayunan en grupos y pasan horas hablando sobre sus planes para el día siguiente, aunque al día siguiente todos estén en sus mismos lugares hablando sobre otros planes sin necesidad de excusas. La mayoría se saluda por apodo luego de anunciarle a la dueña y a todos los camareros que hoy pedirán lo mismo de ayer. Mis padres conocieron a Hugo


allí mismo, durante la promoción de una serie de paseos culturales que la delegación había contratado para la gente del barrio. Lo primero que Hugo Alférez me dijo fue que necesitaba que alguien ilustrara su revista. Pensaba publicar un número mensual durante un año y así ganar lo suficiente para iniciar un proyecto serio en el que yo podría participar si hacía bien el trabajo. La revista vendía espacios publicitarios y la mejor manera de conseguir publicidad actualmente, dijo, era la ecología. Tenía ya diseñados los dos primeros números: uno iba sobre sexo; el otro también. Un artículo de portada, que él mismo había escrito bajo pseudónimo, analizaba las ventajas de hacer el amor en la oscuridad como una manera de ahorrar energía y, de paso, de crear un ambiente estimulante y romántico. El otro reproducía los testimonios ficticios de gente que había decidido pasear a sus mascotas únicamente por la noche. De esa manera ayudaban a mejorar el tránsito vehicular en horas pico –sabido es que sobre todo los perros aletargan el paso de sus dueños al cruzar calles– y además creaban la oportunidad de conocer a otros dueños, conversar bajo el estimulante espacio de los parques poco iluminados y terminar la velada en la cama de la nueva amistad. En este número planeaba incluir un dossier que sugiriera temas atractivos para abrir charlas según los tipos de mascotas y sencillas recetas de cenas y desayunos románticos. Además de los artículos de fondo, la revista incluía cartas de los lectores –es decir, él mismo– dirigidas a los patrocinadores en las que hacían sugerencias para mejorar sus servicios. Cada anuncio publicitario ilustraría las misivas. Era, según él, un negocio redondo. La segunda cosa que me dijo fue que mis ilustraciones ocuparían los espacios carentes de patrocinador y que serían monotemáticos: en el primer número, sopas de letras; en el segundo, crucigramas. La paga era buena y podía trabajar desde casa. Acepté. Firmamos un contrato por seis meses, renovable a un año, y prometió enviarme la lista de palabras en cuanto supiera qué textos carecían de patrocinador. Pasaron algunos días hasta que lo volví a ver. Alférez estaba contento, había vendido todos los espacios disponibles y debido al éxito decidió incluir –a manera de contrapeso, dijo– una sección de “Cartas del lector” en el primer número. La única carta incluida –el único texto de la revista que yo tenía que ilustrar– era bastante tonta y conservadora; hablaba del sexo como la causa de los principales males del mundo, de los ecologistas como hippies oportunistas y de la revista como un

atentado al buen gusto. Obvié todas las objeciones al respecto de incluir carta de lectores para un primero número y decidí darle por su lado. –¿Y entonces qué palabras incluyo en la sopa de letras? –Ahí está el asunto. No quiero que haya ninguna. Quiero una sopa de letras vacía. Saqué lápiz y papel y dibujé esto:

A N V B S X R R W A D C Z M P A W E M U D H O I H A U N W Y G D B H F A F H Z E O L L K G V E H C O L S Q I

T

J M E A L

M F H G N K C D C G D E T T Q Y D Y K T M O E L V T F T D S Q R G I U D N A E

J

Lo miró durante un rato hasta asegurarse de que no había ninguna palabra y sonrió. Me prometió el primer cheque para la siguiente semana, pagó mi cuenta y se fue. Así estuvimos varios meses. La revista vendió todos los espacios. Hice crucigramas, sopas de letras, sudokus y un par de caligramas. Visité amigos, di paseos en la ciudad y casi cada tarde visité el café con el pretexto de trabajar. Me sentaba y abría un libro cualquiera para matar el tiempo. Observaba a los viejos, a la patrulla que también avanza lentamente a las siete de la noche con la sirena encendida, al joven al que le dan dinero y a la vieja cansada de cargar al que no es su hijo, al público de la cafetería, oficinistas que por la noche reemplazan al público habitual de las mañanas. Un día pensé que quizá eso hacen siempre los adultos: abrir un libro y fingir que leen. Otra tarde encuentro a mi madre con algunas amigas. Me acerco a saludarlas y una de ellas me pregunta: – Y ¿qué tal te sientes con la vuelta al país? –Igual que con a la ida. En realidad no se siente nada. Me despido, me siento en mi mesa y vuelvo a mis lecturas. ~


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L a f i e s ta d e l sa b a d o por

Yu r i H e r r e r a

Lo vio al despertar a medio camino en el tercer autobús de la vuelta. Nunca dormía sentado, pero los dos anteriores le habían quebrado el esqueleto y en el último tramo se dejó ir. El hombre lo miraba con simpatía, como si estuviera considerando adoptar un perrito o palmear a un niño. –Sabroso ¿eh? Se ve que te echaste una siesta de esas que dan gusto. Asintió con la cabeza, limpió ruidosamente su nariz con un poco de aire, se talló una lagaña. –¿Ya de vuelta? –siguió el hombre. Volvió a asentir. Miró por la ventana. En el reflejo del cristal vio que el hombre seguía sonriéndole. Se volvió hacia él. Era un hombre limpio. Quién sabe por qué, fue lo primero que se le ocurrió. Impecablemente rasurado, con la camisa abrochada hasta el penúltimo botón, debajo de ella se veía una cadena de oro que debía soportar un crucifijo. –Luego se te ve que vienes de vuelta. –¿Y eso?, ¿cómo? –Se nota de lejos que vienes de terminar algo, no que vas para empezar algo, ¿qué no? Listo el tipo, pensó. O era que se le notaban los años recientes en la cara. –Algo así –respondió. Miró otra vez hacia fuera, pensó en las diversas huidas que lo llevaban de un lugar a otro, que lo subían en un camión y en otro. Así había sido desde hacía mucho, tan así que ya se le confundían las razones por las que escapaba. Una mujer, una deuda, una deuda con una mujer, hombres con pinzas. –Pero ya estás de vuelta en casita, casi pues. Miraron por un par de kilómetros el asiento del frente, luego el hombre continuó:


–Nada como el lugar de donde uno es, ¿verdad? ¿Qué es lo que más extrañabas? ¿Qué? Por mucho tiempo, los primeros años, ni se lo había preguntado, estaba feliz de estar lejos. Muy apenas muy últimamente había empezado a oler platos y gente que le parecían incompletos porque venían de otro lugar, de acá, y de la nariz le subió el recuerdo. Y entonces sí le dieron ganas de regresar, para averiguar si en verdad eran tan importantes las cosas y las personas detrás de lo que evocaba. Tal vez lo que más deseaba era que sus lugares lo reconocieran, las paredes, las esquinas. Pero respondió: –La comida. –Claro, cómo no, una buena barbacoyita, ¿verdá? Cualquiera se devuelve por eso. –Huevo con salsa –dijo. En realidad no tenía ganas de conversar pero desde que había salido venía con antojo de unos huevos en salsa verde. –Ah, también, cómo no, a mi jefa le quedan del uno, si vieras. Volvieron a mirar al frente pero el hombre enlistaba por lo bajo algunos platillos: ...con salsa, barbacoa, carnita asada, cómo no. Faltaba poco, diez minutos a lo más. Le costó reconocer la cercanía porque lo que antes era campo ahora estaba sembrado de condominios, planchas de asfalto, centros comerciales. –Y a todo esto, ni nos hemos presentado –dijo el otro, y luego dijo su nombre. Después él dijo el suyo. No había acabado de decirlo cuando ya había cambiado la actitud del hombre: lo sintió en la mano que le tendía, súbitamente rígida, que retiró con rapidez. –¿Suazo? –dijo, como si estuviera repitiendo el nombre de una enfermedad. Él no respondió. –¿Suazo de cuáles? Le dijo de cuáles. El hombre puso las manos sobre los muslos y se los apretó como si de tanto hacerlo fuera a sacar de ahí cuchillos. No dejaba de mirarlo, le hundía los ojos con sus ojos. –Hijos de su chingada madre, eso son los Suazo, unos hijos de la chingada. Todos. En otra época ya habría estado haciéndole tragar los dientes a madrazos. Ahora nomás estaba cansado. De muchas cosas, hasta de los nombres. Una vez más miró por la ventana. Por el reflejo vio que el hombre miraba hacia el pasillo. No había más asientos libres.

–Tú vienes llegando, a lo mejor eres distinto, a lo mejor ni sabes. No quería ofender. –¿Qué? –preguntó él. –No sabes. –No. –Tu primo, el Gato, es tu primo ¿no? –Sí. –Se chingó a mi hermana, el hijo de su puta madre, se la cogió a la mala. Casi lloraba el hombre, apretaba los puños. El Gato. Hubiera querido asombrarse, pero recibió la noticia sin ninguna sorpresa. Sorpresa que le hubieran dicho el Gato se había vuelto buena gente. Solía andar todo el día en la calle, bisneando, cabuleando, viendo a ver qué se chingaba, qué revendía, a quién se cogía. Se le acercaba a las muchachas que pasaban frente a su casa y les decía chingaderas al oído. Le encantaba que se enojaran. Un día le dijo a él y a otros primos, todos seis, siete años menores que él: –¿Quieren ver cómo es coger? Y todos los primos Sí, sí, sí, sí. Los llevó a su casa, los metió en un ropero, dejó la puerta entreabierta y dijo: “Aquí se están, no hagan ruido.” Un rato después llegó con una muchacha de la cuadra y se la empezó a coger, la acomodaba para que la vieran y al mismo tiempo él pudiera hacerles caras de triunfo: fruncía la boca en seña de “¿A poco no está buena?”, alzaba un pulgar, arremetía con fuerza. Terminó, salió del cuarto con la muchacha y los primos se quedaron ahí, en silencio, hasta que él volvió como una hora después porque había tenido que ir a llevarla a su casa. Estaban aterrorizados pero en ese momento dijeron que sí, qué chingón. Luego no volvieron a mencionar el tema. Llegaron a la Central. El hombre se puso de pie y le extendió otra vez la mano. –Una disculpa. Y bueno, ya nos veremos el sábado. –¿El sábado? –Ah, sí, que no sabías nada. El sábado es la fiesta. –¿Cuál fiesta? –La boda. De tu primo y mi hermana. ¿Qué, pensaste que nomás iba a chingarla y lo íbamos a dejar irse así como si nada? No. El hombre movió arriba y abajo varias veces la cabeza, como apoyando lo que acababa de decir. Luego dijo: –Que comas rico. Y se bajó del camión. Por la puerta abierta entró una corriente de aire. El olor del terruño. ~


La convocatoria para el concurso cuento temático de “la vuelta al terruño” estuvo abierta del 9 al 27 de enero de 2012. A lo largo de estas semanas recibimos:

no pudieron concursar llegaron vencida la fecha

cuentos

C U E NT O G ANA D O R Numeralia

De los cuentos que concursaron, participaron: hombres

mujeres cuentos participantes

Las tematicas fueron: Provincia española Migración Romance Familia El recuerdo de un gato En la carretera Relectura de un cuento de Borges Cuento en verso Reunión estudiantil Volver a la casa Crimen Ciencia ficción Abandono Vuelta al mundo real Recuerdo de una mujer Hijos Volver al pueblo/casa/ciudad/campo Patria Fotografía Extensiones Malos recuerdos Desconocido

1 9 5 4 1 3 1 2 1 16 2 1 2 2 1 1 8 2 1 1 1 1


Cuento ganador l a v u e lta a l t e r ru ñ o “Al fin ya te sabes el camino”de Juan Casas Ávila


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A l f i n ya t e sa b e s e l ca m i n o por

Juan Casas Ávila

Sé que alguien los mandó porque llegaron sin rodeos y preguntaron por mí. Iba a lavarme para ir a la escuela, pero ya ni tiempo me dieron de entrar al baño. Me puse los Converse como pude y una blusa de Laura que alcancé a pellizcar de una silla. Al menos no se echa de ver que es una blusa de mujer. Mi mamá no llora, es como si lo hubiera previsto. Ella es del tipo de personas que llora por casi todo. Pero cuando debe llorar no puede hacerlo, creo que el dolor cuando es auténtico la paraliza. No me golpean, ni me ponen las esposas, no maldicen. Tampoco tengo pinta de malandro, solo me sujetan de la cintura del pantalón. Me queda bastante guango y casi me llevan de puntillas. Uno de ellos es hispano, pero no habla en español el hijoeputa. Me suben en la patrulla y arrancan dejando en el aire un olor a llanta. Seguro alguien me puso porque en el barrio nadie sabe que no tengo documentos. Seguro fue Basilio, el bato con el que me agarré a vergazos a la salida de la fiesta. Cambio de vehículo unas tres veces y, cuando me doy cuenta, voy con un montón de pobres diablos que van a ser tirados en Tijuana, o en Laredo, o en Juárez, a saber. Por mí me podían haber mandado al Salvador o a Guatemala. Ninguno de los dos es mi país, aunque ambos podrían serlo. Mi madre es Salvadoreña y dice que mi papá era un mexicano que conoció en Chiapas y no alcanzó a saber cómo se llamaba. Eso es lo único que sé y ella nunca tiene ganas de acordarse. –Luego nos vemos –me dijo uno de los agentes –al fin ya te sabes el camino. Yo creo que se burlaba.


De México va a ser más fácil regresar. El bus avanza a duras penas en una carretera que cruza sembradío tras sembradío. Ni siquiera me di cuenta a qué hora cruzamos la frontera. Sé que la cruzamos por el olor que se levanta del suelo, como de algo que no termina de descomponerse, es posible también que ese olor venga con nosotros. Nuestras caras están impregnadas de una mezcla de temor y anhelo. Temor a que nos dejen varados en medio de la nada y el anhelo de que se termine esta incertidumbre perra. No sé cuánto voy a aguantar las ganas de ir al baño. Nos miramos unos a otros y el que no tiene hambre, tiene sed o ganas de orinar; o, como yo: las tres cosas a la vez. A duras penas me levanto y le pregunto al conductor si podemos detenernos para ir al baño. –Permítame señor –me dice el chofer; y es como si, de golpe, hubiera dejado de ser el muchacho que era hace apenas unas horas. Regreso a mi lugar. Llegamos a una estación y el conductor nos avisa que tenemos diez minutos para ir al baño. Orinar cuesta tres pesos y defecar cinco. –Ocupa más papel –dice la mujer ante mi cara de azoro y recibe la cora que le entrego. Me da un pedazo grande de papel, que uso para limpiarme el sudor. Bebo agua del lavabo aunque me han dicho que en México no es bueno beber agua de la tubería. Pero ahora eso ya no importa. Tampoco tiene importancia la peste que sale de mi cuerpo ni esta mugre que tiene años conmigo. ¿Y qué hay del dolor que tengo aquí metido? Eso sí que tiene importancia, pero es como si no la tuviera: no puedo hacer ya nada. Miro caer el chorro de orina en el mingitorio y luego veo cómo el líquido ambarino se va tiñendo, primero de un tono ocre y, luego, de un tono rojizo. En cuanto miro la sangre en la orina, despierta el agudo dolor en la parte baja de la espalda.

–¿Cuánto falta para llegar al d.f.? –le pregunto a un viejo que ha entrado al baño a beber un trago de una botella de algo entre tequila y aguardiente. El tipo no necesita hablar, parece que los temblores que lo atacan no lo dejan articular palabra, solo alza las cejas y yo entiendo. Me quedo mirando la botella y el viejo me la entrega sin decir nada. Bebo y por un instante consigo olvidarme del color rojo de la orina. Con el estómago vacío, la bebida me anestesia enseguida: es lo que buscaba. Cuando despierto, miro el ajetreo por la ventana del vehículo, una mujer con un bolso enorme viene sentada a mi lado. Es probable que ella me haya despertado con un codazo. ¿Dónde subió esta doña? El sol entra por la ventanilla, me acomodo en el asiento y recuerdo la gorra que llevo puesta, acomodo la visera, e intento dormir otro poco sin conseguirlo. Me da pena preguntar si esto ya es la ciudad de México, pero casi es seguro que lo sea, se parece tanto a Los Ángeles. Cuando logro espabilarme, miro una sucesión de luces: es un túnel. Estoy a punto de llegar a la dirección que llevaba anotada en el papel. Solo es real aquello que hemos olvidado. Recuerdo que había un parque y miro un terreno que alguna vez lo fue, aunque ese recuerdo puede no ser mío. Cuadros de tierra negra apisonada en los que alguna vez creció la yerba. En mi vida había visto tantos perros. Encuentro la casa, estoy a punto de tocar cuando miro un alambre. Algo me dice que debo jalarlo y la puerta cede. Una niña juega en el patio, en cuanto me ve, entra aprisa en la vivienda. La mujer que sale a recibirme me mira con asombro. –Pásele, papá, nos hubiera avisado que iba a llegar hoy, para ir a recogerlo –su rostro es idéntico al de mi madre, pero ella sí puede llorar y llora sin pudor mientras me ayuda a entrar en la vivienda. ~


D i s y u n t i v a s


di s y un t i va s

En este oficio los e r r o r e s sa l e n ca r o s por

Eduardo Huchín Sosa

parte i

En aquellos días, yo era el único que trabajaba en el negocio clandestino. O al menos eso parecía. El procedimiento era más o menos el mismo: alguien –un funcionario, algún profesor de la universidad– me citaba en su oficina. De un modo más bien discreto me dejaba aparecer un viernes al mediodía. Entonces yo preguntaba por “el asunto”, y el cerdo me tendía un engargolado. “Necesito que termines con él”, me suplicaba para cerrar el trato, “no más de un mes”. Yo veía las hojas y me lamentaba en silencio: “Dios mío, lo que imaginaba: una tesis de posgrado.” Así era la vida de los correctores: una lectura siempre peor que la anterior. El fango de la verborrea, la desaparición de decenas de sujetos que habían tenido la mala fortuna de estar en el lugar equivocado. Había que limpiar los párrafos, hacer que tal o cual proyecto gubernamental no pareciera la zona de guerra que en realidad había sido. “Sigue así y llegará el día en que le pidas a Dios un accidente que te deje ciego”, me decía a mí mismo. Mi vida parecía irse por un sumidero, hasta aquella mañana en que una chica linda me abordó a la entrada de mi departamento. –Te necesito –dijo. Quise darle a entender que no tenía una puta idea de a qué se refería. –Te he estado siguiendo durante semanas. Su confesión me hizo soltar el Pequeño Larousse Ilustrado. –He visto tus rabietas en el estanco de revistas, tus subrayados en los periódicos que lees en el parque, tus anotaciones en el libro de visitas de la biblioteca. Conozco tus caminatas cotidianas en busca de grafitis. Sé incluso qué duda te carcome en estos instantes: los casos especiales de concordancia. –Pero, ¿por qué? –Necesitaba estar segura. No podía darme el lujo de equivocarme y dar con un simple maestro de lectura y redacción. Tenía que encontrarte sin le-


vantar sospechas. Y si trabajas para el gobierno, no puedes andar en cualquier esquina mencionando el apellido Cohen. Sabía de lo que hablaba, chico, vaya que sí. –El gobierno... carajo, no sabes cuántas veces me han confundido con un funcionario público de tanto que he ido al Palacio. –El asunto se salió de control, Cohen. Te prometo que después de este trabajo solo sobrevivirás como una leyenda urbana. –¿Cómo supiste de mí? –Estuve cinco años dando clase en la preparatoria. Para mí es pan comido reconocer una misma mano detrás de cuarenta escritos. Incluso, cuando provienen de seis secretarías distintas. Quise aprovechar la situación. –Garantízame dinero suficiente como para pensar en el retiro y estaré dispuesto a escuchar. –Dalo por hecho. Habló por quince minutos. El problema podía resumirse de la siguiente manera: el presidente había invitado a representantes de las reales academias de toda Hispanoamérica a reunirse en la capital, a fin de que declararan a seis o siete estados del país como Patrimonios de la Lengua o algo por el estilo. Sería una reunión importante que haría olvidar al electorado aquel penoso incidente de campaña, en que el mandatario había dicho “transgiversar”. Así somos los ciudadanos –pensé–: podemos justificar el robo al erario, pero no que tus políticos ignoren cuándo usar un diacrítico. Durante la perorata cultivé ciertas sospechas de que, en realidad, el jefe máximo tenía aspiraciones en la unesco, adonde, como todo mundo sabe, no puedes llegar diciendo “gentes” sin que te apedreen. Así, para cuidar su imagen presente y futura, yo estaba obligado a rescribir el discurso que pronunciaría nuestro mandatario. –Pensé que eso lo hacía el Estado Mayor. –El asunto es más complejo de lo que parece; además el señor presidente no es ningún analfabeta, te recuerdo. Hice señas de que no podía darlo por sentado. –¿Has oído hablar de las redes de ortografía infantil?, ¿no? Pues ellos son el verdadero problema, Cohen. Ellos y su estúpida cruzada subversiva. Se han metido en todos lados, en periódicos,

oficinas y facultades. Dan clase, sellan oficios, corrigen estilo. Desafortunadamente, también se han infiltrado en los círculos cercanos al presidente. –No sé de qué hablas. –¿Crees que los errores del periódico son involuntarios? ¿Un titular como “Dieciséis parejas legalizan ante la ley sus uniones” puede ser un descuido? ¿En qué mundo vives, Cohen? Estos tipos buscan la anarquía y saben que la única manera de lograrlo es a través de las palabras. Algo dentro de mí confirmaba su hipótesis. Había encontrado patrones de incorrección gramatical en los diarios, pero todo lo había atribuido a una generación de disléxicos egresada de la escuela de periodismo. –¿Quiénes son? ¿Por qué lo hacen? –¿Quiénes más? Gente que soñó con ganarse la vida publicando novelas, pero terminó corrigiendo libros escolares. La historia de siempre. Centenas de chicos a los que no les vino bien que el presidente eliminara las clases de literatura en educación básica. El tipo de personas que se tatúa versos de Neruda o alguna cursilería de esas. –Juventudes, digamos, románticas. –Solo para que te des una idea, hace una semana hubo una discusión fuerte en las redes porque dos líderes del movimiento querían exclusividad para llamarse “La Maga”. Ya te imaginarás. –¿Y se supone que ellos son el enemigo público número uno? No me jodas. –Si las redes boicotean la presentación presidencial el asunto va a ponerse feo –dijo–. Haz el trabajo. No hay nadie más en quien pueda yo confiar. Me extendió un sobre manila. –Todavía no he dicho que acepto. Borró la hipócrita sonrisa que había dibujado. Dejó el paquete encima de la mesa y un minuto después se había marchado de mi habitación. Lo pensé poco: no era mal dinero ni tampoco una amenaza menor. Sin embargo, por puro desdén, quise hacer las cosas a mi manera. ~

77% 33% acepta el trabajo, intima con el presidente –quien le termina compartiendo un secreto desgarrador–, y tiene un encuentro nada afortunado con las redes de ortografía infantil

rechaza hacer el trabajo, huye de su departamento, busca refugio con una antigua novia matemática que al parecer lo detesta, mientras es buscado por el gobierno


parte ii

Leí el texto completo. Tardé media hora. Un segundo después ya estaba arrepentido de haberlo leído. Y al segundo siguiente, ya estaba pensando en sacarme los ojos por haberlo leído. –¿Y bien? El presidente era un hombre de 45 o 46 años, se diría que rudo, pero en realidad parecía bastante nervioso al momento de escuchar mi dictamen. –Creo que tiene solución –mentí. Sonrió como lo había hecho ochenta minutos antes cuando nos presentaron y quiso impresionarme con su biblioteca de diez mil volúmenes. “A ver si descubres cómo está ordenada”, había dicho con la misma actitud de un adolescente. Por cortesía, me quedé callado, aunque era bastante evidente que los alemanes, los austriacos y los argentinos compartían el mismo librero. –Me parece que unos puntos y comas más –retomé la conversación–. La sintaxis, la conjugación de algunos verbos irregulares... –... y los adjetivos y las citas equivocadas y el latín mal escrito y las oraciones subordinadas. No me quieras ver la cara de imbécil, Cohen. ¿Crees que no me doy cuenta de mis limitaciones? –Bueno... –no suelo combinar la cabronería con la lástima. –Esto es mucho más que una corrección de estilo, Cohen. Tiene que ver con una reinvindicación personal, ¿lo captas?... –... reivin... –Con vencer el maldito pasado. –... dicación... –Te contaré una historia. Sucedió hace como veintidós años, quizás más. Estaba haciendo mis pininos en el equipo de campaña del senador Calleja. No lo vas a creer, pero en ese entonces yo leía tres o cuatro libros a la semana: biografías de generales, libros de historia, novelas políticas. Estaba en camino de ser la mano derecha del senador. Despedía confianza. La podías oler si estabas lo suficientemente cerca. Había otro asesor que me tenía envidia: Liborio Estrada. Un tipo inteligente, sin duda alguna, aunque demasiado obsesionado por hacer que los demás nos sintiéramos unos estúpidos. Él hacía los discursos, corregía los boletines y nos molestaba cada que tenía una oportunidad. “Una brocha así de obesa no es chistosa”, decía todo el tiempo y, bueno, nadie sabía a ciencia cierta a qué se refería. Un día, el senador me pidió la redacción de su discurso en tribuna. Había que fijar una postura, pero el senador no tenía muy claro si estaba a favor o en contra del aborto. Hice el texto. Jugué con algunos conceptos. Finalmente le mostré el borrador Liborio, a fin de que hiciera las modificaciones necesarias. Me dijo que solamente iba a poner algunos sinónimos y, en efecto, frente a mí cambió unas veinte palabras. Imprimí el texto, fui con Calleja, mi cara relucía de satisfacción. Llegó su turno, habló. Fue un desastre, Cohen, un auténtico desastre. Había... había demasiadas rimas. No puedes rimar cuando hablas del aborto. Simplemente no puedes. Y lo que Calleja leía,


sin apenas advertirlo, eran heptasílabos, alejandrinos, toda esa mierda que te enseñan en la carrera. Sufrí la humillación del senador, de Estrada, de mis compañeros. Era el fin: me abandoné al alcohol, caí en depresión, quemé mis libros. Por fortuna, algunos años después conseguí un padrino de los grandes. Y cuando digo de los grandes quiero decir lo bastante poderoso como para borrar el incidente de la memoria de todos. Pero el horror de redactar un texto, la inseguridad de saber si está bien escrito, eso se ha quedado, temo que para siempre. La intimidad es algo que nunca esperas obtener de un presidente. Por ende, nunca sabes cómo reaccionar: –Sabe usted contar historias, jum, me pregunto cómo es posible que escriba tan mal. –¡Por supuesto que sé hablar, imbécil! ¡Cómo crees que llegué a la silla! Ese no es el problema. Escribir es el problema. Puedes evitar la buena redacción por seis, siete años, puedes cometer errores privados, o errores pequeños, pero siempre llegará el día en que todo tu futuro dependa de tres cosas: sujeto, verbo y predicado. –Y también está el asunto de los anarquistas. –No mencioné el nombre de Liborio Estrada como una mera anécdota. Él las creó. Si las redes de ortografía infantil existen es porque Liborio quiere verme en el suelo otra vez. Se levantó de su asiento. –Una semana, Cohen. Salió de la biblioteca. Estuve otra hora más a solas con sus diez mil volúmenes. Lo que nunca podría decirle al presidente es que yo también había sido pisoteado por Liborio Estrada. Guardando las proporciones, creo haberlo padecido tanto como el mandatario: la humillación pública, el sabotaje, el chiste de la brocha, sabía exactamente de qué estaba hablando. Estrada había sido mi jefe hace muchos años en El Tiempo, un periódico donde

hasta el traductor de Google lanzaba frases más congruentes que los reporteros. Ahí me dedicaba a corregir notas, editar pies de foto, inventar accidentes. Lo habitual. Y lo habitual era, supe después, que Liborio Estrada te hiciera una putada el día en que menos necesitabas la putada de alguien. Volví a casa convencido de que era necesario rescatar el discurso presidencial. Admito que suena inverosímil. ¿Cómo pasé del desaire a la cooperación? Fácil: la única forma de ayudar a quien desprecias es que aparezca alguien que desprecies todavía más. Por otro lado, si bien el presidente era un imbécil, al menos no encabezaba a una horda de estúpidos enamorados de su propio vandalismo literario. Liborio, en cambio, era capaz de mandar todo a la mierda con tal de ver humillado a uno de sus enemigos. Es decir, pertenecía al grupo de gente donde yo mismo me incluiría. Trabajé por cinco horas y apenas pude superar las seiscientas palabras. Era difícil aventurarse en esa espesura. ¿Cuántas vidas necesitaría para lograr un discurso coherente, convincente, claro? Salí al parque para pensarlo mejor. Caminé hasta donde un grupo de niños jugaba con unas acuarelas. –Una brocha así de obesa no es chistosa –dijo alguien a mi lado. No quise ver. –Para tu sorpresa no traigo la hoja de descuentos por errores. Cerré los puños y traté de respirar lo más pausadamente posible y volví el rostro. Era él. Tenía los labios azules a causa de una paleta que se metía a la boca con regularidad. –En cambio sí traigo una oferta que difícilmente podrás rechazar. Tiró la paleta en el bote de basura. Habló. Tenía razón. ~

porcentajes El protagonista debe

41% colaborar con Liborio Estrada en perjuicio del presidente

59% colaborar con el presidente en perjuicio de Liborio Estrada


parte iii

Era un momento histórico. El patio del antiguo colegio de San Julián se encontraba a reventar entre académicos de toda Hispanoamérica, reporteros e invitados especiales. Había, además, una tensión en el aire que solo podíamos percibir tres personas: la asistente que me había contactado, el presidente y yo. Entre nosotros se extendía un río de catedráticos gordos y reporteros con prisa. Yo, desde la tarima, fingía ser un miembro del Estado Mayor, mientras que a unos metros el mandatario saludaba a los académicos de las primeras filas. Hacía un par de horas que el presidente y yo habíamos coincidido en la habitación azul. En un acto sin protocolos, le había entregado el texto impreso. Cuarenta cuartillas de redacción perfecta. La asistente personal había revisado cada hoja en silencio. Le dijo al mandatario que era simplemente magistral. “¿Nada de rimas?” “Nunca había visto tanta variedad de terminaciones, señor”, fue la respuesta. Y he de admitir que, de todas las cosas en las que me he metido, ese engargolado era lo más cerca que me he sentido de la literatura. Un aplauso unánime me hizo advertir que el mandatario había subido al podio. Dio la bienvenida a todos los visitantes y sin más preámbulos comenzó a leer. ¿Han escuchado cómo suenan sus escritos en la voz de un presidente? Debería hacerlo. Deberían hacerlo si están pensando en ser escritores: terminas asqueado de todas tus palabras. Sin embargo, pensé, para los fines que me han traído hasta esta situación, la cosa marchaba como todos hubiéramos deseado. O eso parecía. Podía adivinarse cierto gozo en los gestos del mandatario que me hacía pensar que no la estaba pasando nada mal. Era como si lograra recuperar la autoestima con cada párrafo que dejaba atrás. Me resultaba conmovedor y al mismo tiempo vergonzante.

Fue el académico panameño –situado en el extremo izquierdo de la fila– el primero en poner rostro de confusión. Murmuró algo a su compañero ecuatoriano. Después fue el guatemalteco quien alzó los brazos como si protestara. El colombiano dijo: “¡Oiga!”, aunque el de al lado lo mandó a callar. El argentino se puso de pie. El que había callado al colombiano produjo una suerte de chillido. Alguien se agitó, creo que el académico de Honduras. El de Chile pidió un doctor. El presidente seguía leyendo como si abajo no sucedieran cosas. Los auténticos miembros del Estado Mayor bajaron a calmar los ánimos, aunque sabían que no era pertinente usar la prepotencia. Todos los académicos eran viejos, se mostraban afables y habían llegado al país con los gastos pagados. La asistente me miró. No tenía idea de qué sucedía: nada de malas pronunciaciones, ningún error gramatical, ningún juego de palabras engañoso. ¿Por qué estaba el discurso –y la carrera del presidente y la carrera de ella misma– yéndose por un barranco? En las primeras filas las cosas iban de mal en peor. Todos el Estado Mayor presidencial intentaba calmar a treinta señores de edad. Y si has lidiado con un anciano en la fila del cajero automático, sabes lo que eso significa. Por supuesto que el zafarrancho fue creciendo: era el puto caos. Gritos de un lado, insultos del otro. Todos hablaban al mismo tiempo. Y nunca son suficientes las cámaras fotográficas ni las cámaras de televisión cuando el desastre está aconteciendo con lentitud. Y cuando ni siquiera puedes explicar por qué, pero sientes que todo se está viniendo abajo frente a tus ojos. Había cosas más graves que atender y yo pasé a segundo término. Seguridad Nacional se olvidó de mí y, para ser honestos, era fácil confundirme con toda la gente que había asistido. Caminé con lentitud hacia la salida.


Fue Liborio quien me esperaba en un automóvil a las afueras del antiguo colegio. Había perdido toda su serenidad. –¿Cómo mierda lo hiciste? –dijo, su nerviosismo no lo dejaba conducir y tuvo que detenerse frente a un baldío–. Lo escuché todo. Era perfecto. Era emotivo. ¿En qué momento se volvió el puto apocalipsis? –Literatura que le dicen –respondí mientras revisaba la guantera–. ¿Te ha sucedido alguna vez que lees un poema, un cuento o una novela y sientes que tú pudiste haber escrito esas palabras? –Todo el tiempo. Me tomó dos minutos encontrar una paleta, quitarle el empaque con cuidado y luego metérmela a la boca: –Eso es exactamente lo que sucedió allá dentro. Estrada seguía sin entender. –Con la pequeña diferencia que en este caso los académicos sí estaban escuchando sus propias palabras. Es fácil saber cómo reaccionarás si tienes setenta años y has pasado cuarenta y cinco de esos años, de cubículo en cubículo. Puedes soportarlo todo, que te roben, que se acuesten con tu mujer, que el contable huya con tu dinero. Lo que no puedes soportar es que usen tus palabras y no las entrecomillen. Eso, Liborio, si te dedicas a la vida académica, no lo permites. –Quieres decir que... –Saqueé aquí y allá sus discursos de aceptación en sus propias academias. Los parodié, invertí los sentidos. Para el resto de los escuchas era una argumentación perfecta, pero no para el auditorio que verdaderamente importaba. Eso no lo pudo ver el presidente. Y bueno, ya ves los resultados. Le dije que me bajara calles más adelante. –Tu pago. Me dio una maleta. La abrí para verificar su contenido. Arrancó. Saqué aquella tesis de posgrado. La miré un largo rato. Tenía todavía mis correcciones a pluma. Liborio se la había robado a aquel chico. Ese que quiso acusarme de plagio y para asesorarse acudió con su maestro, quien evidentemente no lo ayudó. Pobre, aquel accidente que tuvo fue... bueno, fue terrible. Tiré el empastado a un albañal. ~


Final Alternativo

–¿Sabes? No es precisamente que sea muy discreto llevar un tatuaje con una marca de corrección de estilo en la espalda. La asistente presidencial había hecho ese gesto que va de la incredulidad a la ira. Los miembros del Estado Mayor no perdían de vista ninguno de sus movimientos, como si fuese posible que desapareciera cuando se quitara la toalla. –Si algo aprendí de este oficio –le dije al tiempo que le pasaba su ropa interior–, es que vivimos gracias a la paranoia. Imagínese que todos estuviesen tan seguros de lo que escriben. Ni usted ni yo tendríamos de qué vivir. Me reclamó como suelen hacerlo la mayoría de las mujeres. –¡Estuviste espiándome! ¿Cómo pudiste? –Pequeños hábitos de juventud, querida. No es precisamente por errores de redacción que lo corren a uno de los periódicos. –¡Cerdo! –Lo siento –dije–. Duarte se quedará aquí contigo mientras te pones tu traje sastre. Los demás tenemos que echarle un vistazo al librero. Digo, si no tienes inconveniente. Me tomó quince minutos descubrir el mecanismo que conducía a la cámara secreta. Como sospechaba, había un taller artesanal detrás de la enciclopedia Espasa. Es fácil imaginarlo: máquinas para imprimir, material para copiar libros. Como en los viejos tiempos. Le dije a Ramírez que me diera comunicación directa con el presidente. Media hora más tarde, lo tenía ahí a mi lado. Cada tanto se tapaba la cara con un pañuelo, como si estuviéramos en

el centro para la identificación de cadáveres. –¿Qué significa todo este desorden, Cohen? ¿Por q... por qué estamos aquí metidos? –Vea estos dos ejemplares –le dije–. ¿Nota algo extraño? En apariencia son exactamente el mismo libro. Pero si pone atención en los detalles se dará cuenta que cada uno dice algo distinto. Eso que en otros tiempos podría llamarse... no sé, “intervención”, en este contexto se llama sabotaje. –Vamos, Cohen, menos teoría de arte. No estamos en tu puta defensa de tesis. –¿Ya ve? Precisamente por no atender a las minucias, alguien ha estado a punto de cagarse sobre su carrera política. –¿Cómo? –Las redes son una farsa. Tosió un par de veces. –Eso es imposible. –Mire de nuevo estos libros, presidente. Si fueran los sonetos de Shakespeare puedo entender que digan cosas distintas. ¡Pero son manuales de redacción, carajo! Y cada uno afirma lo que se le pega la gana. Ahora imagine que estos manuales inundan las redacciones de los medios, las editoriales, las escuelas de periodismo. Eso es exactamente sembrar el caos, presidente: enseñar mal las reglas. Todo parecía producto de una conspiración: errores por aquí y por allá, inexactitudes, pifias evidentes. Pero no, era el resultado de una operación a pequeña escala. –¿Cómo lo supiste?


–No fue nada difícil. En realidad, siempre dudé de los anarquistas, ¿sabe?: diez estudiantes de literatura son incapaces de ponerse de acuerdo en un salón de clases, dígame con qué huevos podrían organizarse para llevar a cabo una revolución. –Pero... ¿mi asistente era quien hacía todo eso? –Bajo las órdenes de Liborio. En eso no se equivocó. Es la clase de cosas que solo se le ocurrirían a ese hijo de puta. Y una cosa más: ni siquiera estaba en sus planes sabotear su discurso, un presidente temeroso iba a hacer el ridículo de todos modos. –Sácame de este lugar, Cohen. Durante el trayecto hacia el extemplo de San Julián, el presidente solo emitía ruidos con la boca. La noticia de que las redes de ortografía infantil eran una invención de su asistente parecía inquietarlo más que tranquilizarlo. Llegamos al patio de ceremonias. Una treintena de académicos de Hispanoamérica lo esperaba con entusiasmo. Habíamos previsto que Liborio Estrada podría aparecer en cualquier momento para llevar a cabo un último intento de sabotaje y por ello, habíamos decidido redoblar la seguridad. Me ubiqué en un punto estratégico para que el mandatario me tuviera todo el tiempo a la vista. Saldaña me dijo al oído que todos los asistentes habían sido identificados y que teníamos la certeza de que Estrada no se encontraba en el sitio. Hice al presidente el ademán de que podía empezar a hablar. Así lo hizo. Qué puedo decir de un discurso por el que habría arriesgado el cuello. Era brillante, condescendiente, irónico con los errores propios (el presidente había propuesto integrar la palabra “transgiversar” al diccionario de regionalismos. Todos rieron). No erré en mi cálculo de los cinco minutos de aplausos que se dejarían venir. Esa noche celebramos. Un mes después seis ciudades del país fueron declaradas Patrimonio de la Lengua. El presidente me pidió que me integrara a su equipo.


Durante algún tiempo no habíamos tenido noticias de Liborio Estrada. El cerdo había desaparecido de la ciudad de manera por demás repentina. Un cierto aire de calma se dejaba sentir en las reuniones del gabinete, aunque en privado yo le había advertido al presidente que era demasiado pronto para especular acerca de su muerte. Una mañana, como sospechaba, el mandatario empezó a recibir páginas de una tesis con signos de corrección por todos lados. Si uno unía las palabras encerradas en círculos podría formar mensajes irónicos. Le comenté al presidente que quizás Liborio se había enterado de nuestras negociaciones con gente de la unesco. “Hay que tomar medidas”, concluyó. Hace un año era un simple corrector de estilo, ¿lo recuerdan? Ahora, afincado en el lado oscuro de la burocracia, hago más o menos lo mismo. Sigo siendo una sombra, quiero decir. Escribo, viajo, edito libros que aparecerán con la firma del mandatario. La vida no es mala. Me levanto temprano, reviso los diarios, he comprado una nueva casa. Una vez a la semana, bajo al sótano con una tesis de hace veinte años. Me divierto encerrando palabras al azar, que evidentemente podrían ser interpretadas según el grado de paranoia del lector. A la mañana siguiente, envío a algún muchacho a que deje el sobre en el buzón de la Presidencia. Cada que le arranco otra hoja a esa tesis, siento que ajusto cuentas con el pasado. ¿Qué habrá sido del chico que me confió ese trabajo para que yo lo corrigiera? Hace dos décadas me dio una licenciatura, hace diez meses me dio motivos para asesinar a Liborio –cuyas amenazas de dar a conocer que mi título era producto de un plagio no surtieron efecto, como puede verse– y desde hace cinco meses mantiene al presidente comiendo de mi mano. Así de generoso es este oficio. Luego hay quien dice que una tesis no te servirá para la vida. ~


C o n c u r s o t e m a t i c o e l l a d o o s c u r o d e l a c i e n c i a


El

concruso temático

lado

oscuro

de

la

ciencia

Somos iguales por

D a n i e l a Ta r a z o n a Ve l u t i n i

Somos iguales. Mi hermano y yo nacimos el mismo día. Mi rostro es el suyo; nuestros cuerpos son idénticos. Nos debemos a Dios. Hemos curado a enfermos en su nombre. Damián extiende los brazos al cielo en cuanto el moribundo que atendemos abre de nueva cuenta los ojos y nos enseña la saliva fresca en su lengua. En las últimas jornadas he sentido, sin embargo, cierto temor. Dios, a través de nuestras manos, da cuenta de su poder y no sé si pagaremos por ello. Tuve un sueño terrible. Damián y yo estábamos atados de pies y manos, en una habitación oscura. Un hombre entraba por la puerta estrecha y nos desataba para obligarnos a salir. Mi hermano y yo estábamos débiles. La siguiente imagen del sueño me hizo despertar: Me habían cubierto la cabeza con una tela; escuché gritos y el murmullo caliente de una multitud frente a mí. Luego, el sonido de un metal contra otro y el filo de la espada en la nuca. Mi hermano estaba al lado mío cuando desperté. Las telas de la cama se habían mojado con mi sangre pero yo no tenía herida ninguna en el cuerpo. Temí por nosotros. A veces, cuando mi hermano se lleva la mano al rostro tras un día de convivencia con enfermos, pienso que somos desgraciados. ¿Por qué hemos sido designados para traer la fuerza de Dios a los que padecen? Aquella mañana, tras el aviso, fuimos a la habitación del presbítero. La piel del hombre tenía el color de un fruto malogrado, su rostro brillaba en medio de la penumbra. Levanté las telas de su cama para descubrir el horror: Su pierna derecha había sido comida por la infección, se veía tumefacta, podrida ya. Mi hermano me condujo a un extremo de la habitación y me preguntó si estaba de acuerdo en amputarle aquella extremidad inútil. De no hacerlo,


la descomposición alcanzaría el resto de su cuerpo. Asentí. El hombre se salvaría por la Gracia de Dios. La tarde siguiente, encontramos el cuerpo del sirviente en la calle, cerca de la casa del presbítero, entonces ideamos lo que es de todos conocido. Daríamos al cuerpo del presbítero la extremidad potente de aquel sirviente. Otorgaríamos así un nuevo sentido a la muerte: el significado divino más puro: la salvación en un trasplante magnífico. La piel del presbítero era más blanca que la del sirviente. Desde la noche en que concluimos la hazaña, mi hermano fue distinto. No eran variaciones malsanas de carácter pues aún mostraba en cada uno de sus actos la generosidad de antaño. Se trataba de otra cosa. Los ojos de mi hermano fueron cambiando poco a poco de color. Habían pasado, para mi asombro, del marrón al verde más cristalino. Cuando la transformación se consumó, fui a buscar mi reflejo en el arroyo con la intención de constatar si a mí me había sucedido lo mismo. Descubrí que no era así. Ignoraba el mensaje de Dios en estos hechos. ¿Qué nos decía nuestro Padre? Le hablé a mi hermano acerca de sus ojos. Él comprobó que mis palabras contenían verdad. El presbítero había muerto para entonces. Su supervivencia alcanzó seis días con sus noches tras el trasplante. El infortunio de nuestra hazaña ocupó las bocas de los ciudadanos. Fuimos, con el paso del tiempo, otros para los hombres. Los enfermos conservaban sus padecimientos a pesar de los talentos que, hasta entonces, Dios enviaba a nuestras manos. La desgracia se multiplicaba en nuestros cuerpos. Tuve heridas en los brazos sin saber qué las provocó. Damián se desnudó el pecho para mostrarme pústulas que no sabía a qué atribuir. Dios enviaba de esta manera sus palabras a nuestro cuerpo. En poco tiempo, seríamos polvo, quería decirnos. La vela de nuestra habitación se consumía cuando mi hermano dejó de existir. Estaba a mi lado y desapareció en cuanto volví la mirada para encender una nueva vela con el pabilo mínimo de la anterior.


Lo busqué por la casa, sentí en las sienes un dolor intenso que se convirtió en llanto. Damián se había ido del mundo. Salí a la calle. Frente a nuestra casa, en el terreno de cultivo, un grupo de hombres subía a dos cruces de madera a mi hermano y a mí. No podía comprenderlo. Vi cómo nos quemaron vivos, ardimos así atados a las cruces, sin sufrir ningún daño y vi –desde la puerta de la casa, sentado en el suelo, con el cuerpo y el pensamiento vencidos por la ruina– cómo nos llevaron al patíbulo para dejar caer una espada sobre nuestros cuellos. Y nuestras cabezas cayeron al suelo. Cerré los ojos y acepté el destino. Puse las manos sobre mis piernas y percibí la potencia de mis músculos renovada de manera insólita. El cuerpo del sirviente estaba sobre mí. O quizá era mi propio cuerpo: quiero decir que, cuando alcé la cabeza para mirar sobre mi pecho, reconocí el cuerpo mismo del sirviente. Mis piernas eran las suyas, mis manos sus manos. Damián yacía al lado mío, mirándome, y sus ojos eran otra vez de color marrón. Tenía la vista sobre mí, pero su gesto mostraba que no era a mí a quien observaba. Su expresión era serena o resignada. Observé su cuerpo para reconocerme en él, o encontrar el recuerdo del cuerpo mío, de mi cuerpo perdido en él. Era imposible. Fuimos hombres perfectos y libres de toda culpa. Fuimos iguales. La divinidad florecía en nuestras manos idénticas. Ahora ya no éramos poderosos ni semejantes. Quise volver a nacer, lo acepto. Tras desearlo, comprendí que regresar al Mundo de los Hombres solo era posible para algunos elegidos de Dios. Damián y yo habíamos procurado perpetuar el bien y la salud. Nuestra labor había terminado. Lo asumí en silencio, mientras un sopor incontrolable me hizo cerrar los ojos por última vez. Escuché la voz de Damián, me dijo, con palabras sujetas en la certeza, que me despidiera de mi carne: aquel nuevo cuerpo que no reconocía como propio y que, a mi pesar, me pertenecía. Dios estaba satisfecho. ~


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L o s sa lva j e s por

Alberto Chimal

Los hijos y nietos de los capos del narcotráfico se van apartando de las ocupaciones e intereses de sus mayores. El nieto menor de los catorce que tuvo Carlos Requena “La Piraña”, legendario jefe del Cártel de Tejupilco, se apartó tanto que decidió dedicar su vida a la literatura. Se llamaba Juan Luis Carlos Requena Mejía (era la época en que esos abolengos empezaban a reconocerse) y le decían “La Pirañititita” o, más brevemente, “La Pipi”. –Pero desde hoy –amenazó al mundo, una noche, en una cantina de mala muerte en el barrio de Interlomas– me van a decir “El detective salvaje” –y sus guardaespaldas asintieron, como asentían a todo. Por lo demás, estaban cansados. Después de robar todo el uranio enriquecido del Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares; de lograr que el Cártel les prestara un avión para llevar el uranio al laboratorio clandestino en Barbados; de pagar el proceso de síntesis, carísimo y además condenado por el Papa, la onu, la ue, los eu, los eau, Corea del Norte (que lo había inventado) y hasta Shakira y Bono; de llevar a España el extracto vitalizante por submarino e ir hasta la tumba precisa a hacer lo que había que hacer..., después de todo eso, digo, ¿qué les iba a importar lo que dijera el chavito baboso por el que tenían que dar la vida? De hecho, el resto de su viaje había sido mucho más arduo. Ya con la Celebridad (así lo llamaban) en su poder, fueron perseguidos por la policía española, convencida de que no podían haber ido tan lejos para algo más que vender drogas, y no tuvieron tiempo de nada más que abordar un vuelo comercial: el 9397 de Iberia. Y, claro, gran crisis sobre el Atlántico; la Celebridad se salió de su caja, varios pasajeros y un piloto murieron muertes horribles, el casco del avión fue perforado por dos escopetazos y una ráfaga de ametralladora... y el 747 consiguió aterrizar, aunque a duras penas, para terminar chocando contra la Terminal 1 del Aeropuerto Benito Juárez. La nariz del avión perforó una sala de espera repleta de personas. Los guardaes-


paldas de “La Pipi”, que pese a todo escoltaban a la Celebridad y que habían impedido casi de milagro que alguien lo asesinara durante las doce horas anteriores, tuvieron que abrirse paso a balazos y pisando trozos de cadáveres hasta llegar a la calle, pues a los pasajeros sobrevivientes, deseosos de venganza, se sumaron los ataques del personal de seguridad del aeropuerto. Todos habían visto las películas, todos sabían lo que podía suceder, y todos hicieron su mejor esfuerzo. Todos, por otra parte, fueron vencidos por los hombres de “La Pipi”, quienes por fin subieron a la Celebridad a una Hummer blindada y se lanzaron, rodeados por otras Hummers escoltas, hacia Interlomas. Y ahora, aquí, en este bar –que remedaba a los peores lugares de Ciudad Juárez o Tijuana, solo que con mucho presupuesto y para otro público–, “La Pipi” daba la impresión de estar un poco ebrio. –Y la impresión era falsa porque estaba muy ebrio –reconocería él mismo, años después, en entrevista con los primeros historiadores encargados de sondear la tragedia–. Era lo habitual, claro. Leyendo a Bolaño y a Bukowski me convencí de que lo esencial para escribir era vivir intensamente, y como ya vivía intensamente pensé que me bastaba con seguir así. Y así seguí. De hecho la razón por la que organicé todo aquello del uranio y el extracto y el viaje a España no fue la que le di a mi abuelo. A él, que como ustedes saben era un cabrón y el hombre más poderoso de México, le dije que era únicamente para mi tesis: se iba a llamar El secreto del texto: 2666 desde el punto de vista del autor, y desde luego iba a ser un madrazo porque nadie más iba a tener los testimonios póstumos que yo iba a sacar. Por lo menos iba a tener mención de honor y una medalla. Luego yo iba a hacer el doctorado en alguna universidad importante del extranjero y me iba a graduar con honores con la segunda parte de la tesis: nuevas revelaciones directamente de la fuente. Luego iba a tener una gran carrera como académico en Estados Unidos y Europa o iba a volver a México para ser, como mínimo, secretario de Educación. Todo eso le dije a mi abuelo. Ni siquiera iba a hacer tanta falta que él moviera

sus influencias. Iba a ser alguien aunque fuera en la cosa inútil –él decía “la pendejada”– que me había dado la gana estudiar. Creo que es muy irónico que mientras el país entero quería ser como él y tener mucho dinero sin haber ido jamás a la escuela, él deseaba que sus nietos se educaran... –Disculpe, ¿podría centrarse en lo que pasó aquella noche? –Claro, no le gustaba que no hubiese escogido algo como administración o ciencias políticas para trabajar en las empresas familiares, pero si le daba todo eso además del título iba a estar tranquilo. Como fui su último nieto tenía a todos los demás para usarlos primero que a mí. Creo que lo único que no me hubiera podido perdonar habría sido que estudiara danza. O ciencias. Era un señor muy religioso y siempre decía que la ciencia y los condones eran cosa del diablo... –Disculpe, ¿podemos volver a la cuestión de por qué hizo usted todo aquello? Entonces “La Pipi”, ya sobrio, consciente de su papel en la Historia y de todo lo demás (¡las pilas de cadáveres, las ciudades en llamas, el sufrimiento inmensurable!), suspiraría profundamente. Y diría: –La verdad es que todo lo que quería era emborracharme con él. Quería ser su mejor amigo. Quería que volviera a fundar su movimiento subterráneo para hacer poesía y fastidiar a los autorcetes solemnes y reventar las presentaciones de los poetas. Quería vivir la vida como la vivió él. No nada más dinero, alcohol, mujeres y drogas sino también intensidad. Poesía. De hecho hubiera preferido más vivir la vida como la vivió Bukowski (como seguro la debe haber vivido), pero según me dijeron los expertos que me mandó el abuelo –y que luego le regresé para que los ejecutaran y el secreto no se extendiera– el extracto ya no iba a funcionar con un cadáver tan viejo como el de Bukowski. Así diría, mucho tiempo después, “La Pipi”. Ahora, sin embargo, en el bar, flanqueado por sus dos guardaespaldas en jefe, el joven heredero de “La Piraña” estaba ebrio, sí, pero también transfigurado. La Celebridad estaba ante él. Amarrado a un diablito de los que usaban los maleteros del


aeropuerto, no parecía muy distinto de los zombis de los videojuegos o de la televisión: aunque el extracto realmente hacía maravillas, le faltaba un ojo, por ejemplo, y la cuarta parte del cráneo, y varios trozos del torso, por los que se entreveían el corazón, el bazo y el páncreas, todos de un verde casi negro. Vestía un pantalón de pana, desgarrado y sucio, y nada más. Pero era él. –Es él. Es él. ¡es él! –dijo, cada vez con más fuerza, como villano de película del siglo veinte–. Bueno, ¿qué esperan? Desátenlo. Nadie obedeció de inmediato. –Oiga, señor Juan Luis, realmente estuvo cabrón el vuelo –dijo un guardaespaldas. –Sí es muy salvaje el güey este –dijo otro. –Yo de niño pensaba “Chespirito ha de ser el hombre más bueno del mundo”, ¡pero no! –dijo un tercero. Y “La Pipi” se puso furioso. –Chespirito –dijo, levantándose de su sillón– se llama Roberto Gómez Bolaños. Chespirito es un cómico de la televisión. ¡Yo lo conozco desde que tengo tres años! ¡Y ese que tienen ahí se llama de otro modo! ¿Por qué toda la gente ignorante confunde a Bolaño con Gómez Bolaños? Ya para entonces algunas personas muertas por la Celebridad se habían levantado de nuevo, contagiadas por el extracto vitalizante en su saliva, y avanzaban por la ciudad de México en el comienzo de la epidemia prometida por tantas franquicias del entretenimiento, y que en la realidad sería mucho peor (¡la caída de las naciones, la humanidad reducida al estado animal antes de su extinción, el horror!) y no tendría fin. –Y yo les dije que qué salvaje iba a ser –diría “La Pipi”, muchos años después–, que era un escritor, un intelectual y además un tipo a toda madre, y que seguro ellos tenían la culpa de su comportamiento errático por haberlo maltratado. Y yo mismo fui y lo desaté. Eso diría, muchos años después. Eso diría, pensó “La Pipi”, mientras el zombi (que se había arrojado sobre él en cuanto estuvo desatado) le abría el vientre a dentelladas y empezaba a sacarle los intestinos. (Un momento después, justo antes de morir, alcanzó a pensar también esto: que en cuanto escapara de allí empezaría a vivir, mejor, su propia vida, libre de modelos e influencias.) ~


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M a rt i n a por

Brenda Lozano

Cada quince días nos reunimos. Llevamos cuarenta y cinco años despotricando. El desprecio crea lazos sólidos. Desde que éramos estudiantes de física detestamos a Wagner, a Liszt. Por otro lado, si no nacen personas como Strauss, ¿quién ambienta las bodas pretenciosas? Hemos interpretado al piano las peores piezas que se han compuesto bajo el sol. La música mala tiene el encanto de lo divino. Saber apreciar lo bajo es un arte. Equivalente a varias sesiones de psicoanálisis. No sé cómo definir lo que pasó el martes pasado. Nos reunimos un martes en mi casa, otro en casa de Moisés, el que sigue en casa de Adrián. Los tres tocamos. Cada piano tiene su historia. El de Moisés lo han tocado varios premios Nobel, el de Adrián lo tocaron Ashkenazy y Brendel, ahí nomás. Yo les hago la broma de que a mi piano lo tocan las pelusas. No formar parte de la realidad es la grandeza de la literatura y de las matemáticas. La estética abstracta de las matemáticas se parece mucho a la música. En una reciente conferencia hablaba sobre esto. Una partitura se aprecia igual que las matemáticas: basta con la lectura. No es necesario un instrumento. Por otro lado, no necesitas leer la notación musical para disfrutar la música, como no necesitas comprender las fórmulas de los fenómenos de la física para padecerlos. Al lado de Bach, algunos gestos de la naturaleza son menores, como un arco iris. Entre un terremoto y la que quieras de Liszt, es evidente que Liszt queda como un payaso de fiesta infantil. Un espantasuegras. Me he preguntado qué tiene la comida húngara, qué comían los físicos que cambiaron el rumbo del siglo pasado. Todos ellos originarios de pueblos pequeños de Europa Central, casi todos músicos y, sí, judíos. Quizás ser el pueblo del libro algo tiene que ver. El protagonista de una de mis novelas favoritas –y quizás la novela judía cumbre– es Mendel Singer, un


modesto maestro que reúne a los niños en la cocina de su casa para enseñarles la Torá. En hebreo y en yiddish, la escuela es la casa del libro. ¿Y qué es estudiar? Interpretar. Que es lo mismo que tocar un instrumento o estudiar física. Yo, por ejemplo, no me considero religioso, pero rindo culto a la interpretación. También tengo devoción por el chisme. Me encanta estar al día en los melodramas de mis alumnos y exalumnos. Es fascinante cuando los tres involucrados en el triángulo amoroso me consultan por teléfono. No es suficiente estudiar a Heisenberg, hay que saber de qué hablaba con su mujer en el desayuno. Hablé con su viuda, en Oxford, hasta del color de sus pantuflas. Interpretar es leer. Física, música y literatura, las tres son idénticas en ese punto. Alguna vez hice una lista, son quince físicos brillantes, varios premios Nobel, a los que llamo Goulash People. Me hizo falta buscar su recetario. No se ha repetido esa constelación. Einstein tocaba el violín, por ahí hay una grabación, pero un mariachi es más talentoso. Otra constante es que todos eran mejores físicos que músicos. Ninguno tocaba el piano como ella. Martina tiene veintiún años. Vive en un cuarto de azotea, me parece que en un barrio bastante peligroso por Coapa. Es veracruzana. Se escapó de su casa en Coatzacoalcos para estudiar física en la facultad. Es alumna de Adrián. Él la invitó al simposio que organizamos en el Instituto, nos pidió que no faltáramos al recital de sus alumnos. Martina tocó al final. Es extremadamente tímida, difícil escuchar sus palabras. ¿Qué tocó? Una típica sonata de Mozart, muy sencillita, de esas que predeciblemente aprenden los estudiantes antes de memorizar el nombre de su maestra. La “Sonata en Do mayor”. Me preguntaba de dónde había salido esa niña cuando sentí los codazos de Moisés, sentado en la butaca de al lado. La niña fue a casa de Adrián el siguiente martes. Tocó una sonata de Schubert. Desde un punto de vista tan personal que me sorprendió. Muy bien, ahora échate una de Prokofiev, le dije de broma. Con trabajos dijo pío. Adrián tomó una partitura, se la pasó. Conque muy salsa, pensé. Me paré al lado de ella, vi cuál era, me crucé de brazos. Al leer las primeras notas me pareció escuchar a mi hija tocando esa pieza. Martina leía la partitura en silencio. Pasaba las hojas, debajo del cono de luz de la lamparita,

mientras Moisés y Adrián no sabían qué hacer aparte de ruidos contra el sillón de piel. Fuimos a la cocina. A los diez minutos, Moisés fue a preguntarle si quería algo de merendar. Ella le dijo que estaba comprendiendo el final, que la dejara en silencio cinco minutos más. Pensé que nos estaba cotorreando. Ponía hielos en los vasos, Adrián salía de la alacena con la botella de whisky en la mano cuando Moisés cerró la puerta: Dice que está comprendiendo el final, así, sin tocar el piano. Una veracruzana de veintiún años que en su vida ha tenido un piano en casa, hija de una madre soltera que con trabajos le compraba útiles. Tocó esa de Prokofiev como yo no la había oído. Me empezó a temblar la rodilla. Esa pieza que yo le enseñé a Miriam, mi hermosa hija que ya no está entre nosotros. Una inesperada peritonitis. De un momento a otro te cambia la vida. Ya no voy a hablar de eso. No voy a contar lo celosas que son nuestras esposas. Una veracruzana alta, morena, de pelo negro, rozagante, tocando el piano en nuestras casas. Bella como las veracruzanas. Me gustaría decir que movemos los hilos como las Moiras, pero con esta niña me parezco más a una de las tres hadas gordas. Los tres estudiamos la licenciatura en la facultad, terminamos antes de 68. Nos fuimos de México, cada uno por su lado. Adrián se fue a Harvard, Moisés a Princeton. Yo hice el doctorado en Oxford. Hemos dado clases aquí y allá, pero nuestra casa es el Instituto. ¿Cuántos alumnos geniales hemos tenido? Hoy los investigadores de las mejores universidades. ¿Cuántas Martinas hemos conocido? Queremos que se mude de esa azotea, que se vaya fuera de México. No tiene recursos, pero nosotros la vamos a ayudar. Mientras algunos colegas responden, nosotros dejamos que ensaye diario en el Instituto, en nuestras casas. La chica nunca ha tenido un piano. No me lo explico. Ella dice que en Coatzacoalcos una vecina a veces la dejaba ensayar, pero que toca el piano desde niña, en su mente. A mí me da gusto por mis vecinos, me encanta que piensen que yo he mejorado en el piano. Hay que conocer el horror para hablar de lo bello. Nos pareció relevante que Martina conociera lo peor. El martes pasado. Empezamos escuchando el monumento al eructo: “Tannhäuser”, obviamente de Wagner. Le pedimos que tocara una de las más insoportables de Liszt. Estábamos


en el piano de Adrián. Hace un poco más calor en estos días, así que abrí una ventana. Me quedé de pie, al lado de la cortina. Moisés, desde el sillón, sugirió que tocara algo New Age. Le pasé una partitura que hace tiempo transcribimos en una velada muy divertida. Hay hombres que esconden revistas porno, nosotros tenemos por ahí la partitura del tema de los Teletubbies. Me quité el suéter, me puse de pie al lado de ellos. Pensé que si Martina era capaz de tocar mi sonata favorita de Beethoven, ese hermoso segundo movimiento de la 32, entonces tenía que ser igualmente capaz de tocar el tema musical del noticiero de López Dóriga. La entrada, una de las más repulsivas melodías que he escuchado. Adrián prendió su laptop, la buscamos en internet. Los tres ya en mangas de camisa, como en una fogata, rodeamos el piano para escucharla. Martina cerró los ojos, esperó un momento. Para nuestra sorpresa, comenzó a hacer variaciones sobre el tema del noticiero. Adrián empezó a hacer unos sonidos guturales, cerró los ojos, comenzó a mover un hombro al ritmo de la música. Al iniciar la segunda variación, se inclinó para tomar un tapete persa del piso. Como capa, con una mano sujetando el tapete, haciendo esos sonidos que no le conocía. Martina seguía con las variaciones, cada una peor que la otra. Para entonces Moisés, no sé de dónde sacó eso, quizás de la bolsa de Martina, traía los labios pintados de rojo y un zigzag en la frente, Adrián subía y bajaba el tapete, yo me puse una máscara africana que descolgué de la sala. Los tres bailamos alrededor del piano. Sudábamos. No sé cuántas vueltas dimos. Cuando Martina abrió los ojos, Adrián, ondeando el tapete persa, le pidió que por favor interpretara esa obra de John Cage, la de los minutos de silencio. Los tres, empapados en sudor, nos abrazamos. ~


La convocatoria para el concurso cuento temático de “la vuelta al terruño” estuvo abierta del 9 al 27 de febrero de 2012. A lo largo de estas semanas recibimos:

no pudieron concursar llegaron vencida la fecha

cuentos

C U E NT O G ANA D O R Numeralia

De los cuentos que concursaron, participaron:

mujeres

hombres cuentos participantes

Las tematicas fueron: Clonación

12

Animales cósmicos

10

Anatomía

7

Inteligencia artificial

5

Extraterrestres

3

Superpoderes

1

Memoria

1

Leyes de la física

1

Sucesos paranormales

1

Sueño / vigilia

1

Errores tecnológicos

1


Cuento ganador El lado oscuro de la ciencia

“El concierto de las raciones�de Mael Aglaia


cu ento ga n a d o r El

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oscuro

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la

ciencia

E l c o n c i e rt o d e l as raciones por

Mael Aglaia

“‘Nunca llegaremos a ninguna parte’, se lamentaba ante Úrsula. ‘Aquí nos hemos de pudrir en vida sin recibir los beneficios de la ciencia.’” –Gabriel García Márquez, Cien años de soledad

–Nuestro ranking no ha mejorado desde las publicaciones del año pasado. No ha habido nada nuevo, de las tesis que acepté hace dos semestres no más de cinco artículos saldrán este verano. Uno de ellos quizá lo podemos mandar a una revista-top, el resto que vayan a algunas de medio peso; todos, eso sí, hay que hacerlos documentos de trabajo para nuestro cuaderno mensual, así al menos actualizamos la página de internet, en la que hace meses no hay nada nuevo, ¿están reportando sus conferencias? Traje por cierto mucho material de la última que tuve en Dallas, aunque creo que se repiten aquellos artículos que se presentaron en Zúrich, creo que podemos hacer algo con la gente de la Universidad de Texas. Uno de los ponentes presentó muy buen material empírico, ¿alguno de ustedes puede ponerse en contacto con él y ver qué podemos intercambiar? Los datos de demanda ya deben de estar listos, según la cláusula no los podemos publicar en sí pero quizá podemos llegar a un acuerdo con él... o más bien, logramos tenerlo aquí unos tres o cinco meses de estancia doctoral. Él también está por terminar y por lo que vi tiene ya cinco artículos en revistas, todas, de alto impacto. Por suerte su tema de la exposición se cruza con los temas de nuestro proyecto con la Empresa, seguramente lo podremos incluir en alguno de los productos y así uno de ustedes, junto con su supervisor y yo, podrá tener coautoría en tan siquiera un artículo. El tema no da para mucho, pero con sus datos podemos dividir los casos y tener al menos tres escenarios con sus respectivas publicaciones. De todas formas le pedí que mandara lo que tenga listo a la revista que estoy editando y que se asegurara de incluir un par de citas de nuestros


trabajos. Ustedes también no se olviden de citar artículos de las revistas a donde estén mandando sus documentos: bien saben que así las posibilidades de publicación son mejores. La Facultad está por cambiar el formato de nuestras evaluaciones, habrá que empezar a descartar aquellos proyectos que no ayuden a incrementar nuestro puntaje; además, recuerden que la Empresa dejará de dar fondos este año... quizá podemos retomar aquellos proyectos que algunos estudiantes de maestría hayan propuesto, pero asegúrense de que estén financiados por al menos tres años, pues además del tiempo de maestría mucho de ese dinero sirve sin duda para el presupuesto del Instituto... Casi me olvido, el tema de modelos alternativos de valoración hay que cancelarlo al menos durante todo este año (en lo que aún tenemos el auspicio de la Empresa): no hay mucho espacio para su trabajo y su justificación con los directivos es casi imposible; pero si algún estudiante de doctorado lo propone, que sea con sus propios fondos y que a ustedes o a mí no nos tome más de un par de horas de asesoría al mes. La próxima semana es la fecha límite de inscripción a la Conferencia Anual, ¿quién se inscribió? Bien, yo también iré, presentaré dos trabajos: uno donde actualizamos los datos y otro que hicimos extensivo a tres regiones de estudio; tomaré a uno de los asistentes toda esta semana para que revise las presentaciones, creo que solo hay que cambiar las fechas, insertar algunos cuadros y quizá más referencias. Algunas gráficas también, pues hay que aprovechar el nuevo Informe que ayer llegó, ¿ya tienen su copia? Está muy completo, creo que también nos servirá para actualizar el material de las clases, sobre todo las figuras, espero que al final no queden muy pesados los archivos... quizá será mejor prescindir del PowerPoint y exponer con archivos Adobe. Con los exámenes, antes de que me pregunten, no hay problema: del año pasado

aún queda una batería de preguntas que este semestre podemos usar. Aquellos que me estén asistiendo en los cursos, tomen en cuenta ese material y al resto que hemos mencionado. Pero no se entretengan demasiado, eh, bastan unas cuantas horas que le dediquen a esas cuestiones técnicas: lo que urge son las publicaciones. Se me ocurre que un par de capítulos de sus tesis ya están listas y basta con darles el formato y mandarlas a un par de revistas. Ayer trabajé en cuatro artículos y tres quedaron listos, el que resta hoy o mañana, me detuvo una gráfica que aún no logro ajustar con los datos, creo que tendré que usar las bases de datos de algunos de los proyectos que recién empezamos. No olviden ajustar el cronograma de estos al de las conferencias: es importante presentar aunque sea resultados preliminares. Tómenlo en cuenta. Lo mismo vale, el ajuste, para la Semana de la Ciencia que la Universidad está organizando: solo a un par de ustedes quiero en la organización, creo que al resto le vendrá mejor concentrarse en las publicaciones pendientes: nuestro ranking no ha mejorado... Esta vez la reunión mensual tomó poco más de dos horas. Ronald no dejó de ver alternadamente el techo y la punta de sus pies, Paolo casi esbozó por completo un bosque en la minuta de la junta, Irit se quejó de la falta de servilletas para el café y el pastel, la señora Schmidt recordó la gran cantidad de llamadas telefónicas que no eran parte del trabajo de oficina y que había que reportar como privadas, los asistentes se intercambiaron un par de notas, Manuel no logró justificar un proyecto en Nicaragua, Rohit durmió algunos minutos, Selim salió dos veces a atender una llamada, Stefan gustó de la palabra Managua e Irina tomó nota de todo. El profesor siguió con su agenda y apenas y se detuvo en los detalles del proyecto de Henrik: “¿Tan solo dos artículos saldrán? Que sean tres o cuatro”, apuntó. ~


D i s y u n t i v a s


di s y un t i va s

E l a l fa b e t o perdido por

Salomón Derreza

parte i

Irena Milogova levantó la mirada y aquilató lo largo de la fila ante su mesa. “La cola de la cola”, pensó. Se encontraba en la Stern Verlag de Düsseldorf consumando estoicamente el ritual de las dedicatorias, luego de presentar su nuevo libro, titulado El Manuscrito Voynich y los últimos enigmas criptográficos. –¿Cómo se llama? –preguntó con bien ensayada naturalidad. –Franca –respondió la chica, cohibida–. Franca Schmitz. “Para Franca Schmitz”, estampó en la blanca página. “Porque la búsqueda de la verdad nunca es vana, aun si no se la encuentra.” La joven siguió con mirada expectante cada movimiento del estilógrafo y, al contemplar el garabato final, lanzó un suspiro de júbilo. Incapaz de decir nada, se retiró oprimiendo ilusionadamente el libro contra su pecho. No llevaba la cuenta, pero se trataba exactamente del sexcentésimo autógrafo que daba esa semana, la segunda y penúltima en su gira de lecturas. Era miércoles. Su solución del criptograma del nombre del Asesino del Zodiaco la había convertido en una celebridad de la noche a la mañana, no solo porque había logrado desentrañar un mensaje cifrado ante el cual tanto los mayores expertos como los más refinados softwares habían fracasado, sino porque, gracias a ello, el fantasmal homicida finalmente había podido ser aprehendido, casi cuarenta y cinco años después de su primer crimen. La expresión azorada en los ojos decrépitos del condenado, que los medios de todo el mundo reprodujeron, era su mayor recompensa. “Desde la primera vez que vi el criptograma”, comentó en su blog, “me di cuenta de que era harto improbable que una persona que apenas sí sabía escribir, y que en lugar de kind escribe cind y comidy en vez de comedy, fuera capaz de elaborar un sistema de cifrado tan elaborado que nadie hasta la fe-


cha hubiera logrado resolver. Era evidente que no lo había hecho por sí mismo.” Guiada por ese presentimiento, Irena Milogova formuló la hipótesis de que el criptograma de trece caracteres, siete letras y cinco signos desconocidos, en el que se ocultaba el nombre del asesino, ya había sido descodificado, y no recientemente sino desde un principio, en abril de 1970, es decir, unos pocos días después de haberse publicado en los diarios. Un aficionado adolescente lo había resuelto en aquel entonces, y sin mayor esfuerzo, ya que se trataba de un algoritmo sumamente primitivo. Pero, dado que se trataba de una secuencia de letras insensatas, aquella solución enviada al Departamento de Policía de San Francisco había sido desterrada a los archivos del olvido. El verdadero mérito de la criptóloga, sin embargo, había consistido en demostrar que aquella respuesta desechada era, a su vez, un mensaje cifrado, pero esta vez con ayuda ajena. Para suplir su falta de pericia criptográfica, el asesino en serie se había valido de un sistema automatizado que ya había garantizado su eficacia durante la Segunda Guerra Mundial: simple y alevosamente había usado el ejemplar de la máquina de cifrado nazi Enigma que se encontraba en el museo donde trabajaba. Si nadie había logrado desentrañar anteriormente el criptograma, comentó en la memorable entrada de su blog, ello se debía a que, hasta ese momento, tan solo representantes del género masculino se habían ocupado del misterio, “quienes, como es sabido, suelen preferir los caminos más escabrosos aunque no conduzcan a ningún lado en vez de tomar la ruta directa”. –¿Cuál es su nombre? –preguntó al siguiente de la fila. El desconocido artículo un sonido que la autora fue incapaz de entender. –Disculpe, pero ¿podría decirme cómo se escribe? –La verdad es que no sabría deletrearlo, pero, si quiere, se lo escribo. Se trataba de un hombre que mediaba los treinta. Tenía el pelo ligeramente enrojecido y vestía un desaliñado terno de tweed marrón oscuro cuyas partes parecían corresponder a tallas distintas. Tomó el Montblanc que Irena Milogova le tendía y lo empuñó para, usando alternadamente ambas manos, plasmar un jeroglífico en el papel. La autora estudió brevemente los símbolos y, sonriendo con indulgencia, comentó:

–Muy ingenioso. Pero no crea que no me doy cuenta de que ha empleado signos del Manuscrito Voynich. La mujer que se encontraba tras el desconocido, clavando intempestivamente la mirada sobre la portada del ejemplar que reposaba en sus manos, exclamó: –¿El Manuscrito Voynich? ¡Pero si de él trata su libro! –Así es, señora mía –la tranquilizó la experta, elevando levemente la voz–, y, como bien sabrá, se trata de un libro de autor anónimo escrito en un alfabeto desconocido, el cual, según pruebas recientes, data del siglo xv, y que, hasta la fecha, no ha sido descifrado. Tras un meditado silencio agregó: –Ni siquiera por mí misma. Se escucharon modosas risitas, difícil decir hasta qué grado emitidas por cortesía. –Le agradezco su sentido del humor –concluyó, dirigiéndose al desconocido, mientras comenzaba a escribir la dedicatoria de rigor. El hombre, visiblemente perturbado por las risas, tras volverse obtusamente hacia ambos lados, exclamó: –Le aseguro que no es ninguna broma. Así es como se escribe mi nombre. El volumen de las risas aumentó y, en proporción directa, la incomodidad del hombre. Su cuerpo comenzó a contorsionarse como si intentara sacudirse una alimaña imposible. Entre divertida e intrigada, la autora interrumpió su escritura y, entrelazando los dedos, al tiempo en que le dirigía una mirada certera, volvió a preguntar: –¿Cómo dijo que se llamaba? El hombre profirió nuevamente una sarta de sonidos que la especialista, a pesar de sus esfuerzos, fue incapaz de clasificar. Tras volver a mirar los símbolos plasmados en el papel, comentó: –Así que así se escribe su nombre. ¿Y en qué idioma?, si me permite la pregunta. –En mi lengua materna. Las primeras carcajadas se desataron entre la concurrencia y el hombre interrumpió todo movimiento, como si el titiritero que controlaba sus desgarbados movimientos se hubiera quedado paralizado. –¿Y qué lengua es esa? Si puede saberse. – –fue la respuesta. ~

Porcentajes La protagonista debe

23% creer que él miente

creer que él le dice la verdad


parte ii

Irena Milogova encontró sin dificultad el número 21 de la calle Franz-Böhm, la dirección que el desconocido le había dado. Mientras ascendía por la estrecha vereda plagada de abrojos, recordó las palabras que la habían llevado hasta ahí: “No le pido que me crea”, le había dicho el hombre, “pues creer no sirve de nada. La invito a que se convenza por sí misma de que digo la verdad. Lo cierto es que necesitamos urgentemente su ayuda.” Algo en la voz del desconocido la había persuadido de que su angustia al menos era sincera. El motivo más poderoso, sin embargo, había sido la extrema, casi patológica, atracción que los enigmas ejercían sobre la criptóloga. Otros lo llamaban “morbo”. “Si esto fuera un thriller”, pensó al darse cuenta de que no había ni timbre, ni campanilla ni siquiera aldaba, “habría comenzado aceptablemente, pero, a partir de aquí, debería de empezar a decaer, como sucede siempre.” El hombre que respondió a sus toquidos sobre la madera enverdecida de la puerta tenía el abdomen amplio, el pecho angosto, y los años le había reducido la cabellera a dos ralos mechones descoloridos que se confundían con los espesos matojos que le asomaban de las orejas. Su breve estatura, acentuada por la encorvadura de la edad, lo hacía parecer un gnomo milenario frente al metro ochenta y los veintisiete años de la criptóloga. –¡Señorita Milogova! ¡Qué placer tan encantador! –Espero poder decir en algún momento lo mismo... –respondió distanciadamente. –No se preocupe, le aseguro que no la decepcionaré. Pero, pase, pase. La casa carecía de vestíbulo, de modo que, al poner el primer pie dentro, se encontró en medio de una estancia cuyas paredes estaban atiborradas de libros con forros de piel. “Típico”, pensó socarronamente mientras recorría los estantes con la mirada. –Pero, por favor, no se quede con las ganas –la animó su anfitrión.

La criptóloga cogió el primer libro a su alcance y comenzó a pasar las páginas. –Pero ¡qué demonios! –exclamó, y sin cerrar el primero, tomó otro de los volúmenes y empezó a hojearlo, apoyándolo sobre el anterior–. ¡Cómo es posible! Colocó los dos ejemplares en su lugar y, frenéticamente, comenzó a recorrer los anaqueles, extrayendo, examinando y devolviendo libros, mientras profería todas las exclamaciones de azoro que obraban en su repertorio. –Si quiere, puede continuar toda la noche con su análisis – comentó amablemente el anciano–. Pero le aconsejo darse prisa: lo que ve aquí no es sino una ínfima parte del acervo entero de nuestra biblioteca. –¿Quiere decir que hay más todavía? Levantó el tomo abierto que tenía en las manos y, golpeando incrédulamente sus letras, insistió: –¿Todos están escritos en el alfabeto del Manuscrito Voynich? –Oh, sí, y no se imagina cuántos. Espere a ver nuestra Gran Biblioteca. –Entonces, su amigo decía la verdad... –Me alegro de que se haya convencido, aunque, a decir verdad, no se trata de un amigo sino de mi hijo. Intercaló una pausa reflexiva antes de agregar: –Mejor sería decir que es ambas cosas. Por cierto –elevó la cabeza y avivó la voz–, ¡Víktor!, ¡Víktor!, ¿no quieres bajar a saludar a la señorita Milogova? A través de la duela del techo se escuchó una serie de ruidos sordos, como de tumbos ciegos, seguida de un ininterrumpido silencio. –No tardará en bajar. Es algo tímido, ¿sabe? –dijo el septuagenario. –Así que su hijo se llama Víktor –le espetó la experta, agriando el tono. –Tiene razón, en realidad se llama... El anciano emitió una palabra impronunciable y agregó:


–Para facilitar la comunicación hemos decidido llamarlo Víktor. –Muy gentil de su parte, pero ¿no le parece que ya va siendo hora de que me diga de qué se trata todo esto? ¿Quiénes son ustedes, por ejemplo? –Pero ¡qué descuido tan atroz! Con toda la algarabía olvidé presentarme. Le ruego me disculpe. Mi nombre es..., quiero decir, mi nombre para ustedes es Ptolomäus Wagner. –Sí, sí, gracias, mucho gusto, pero yo me refería a quiénes son ustedes –y trazó un abanico en el aire frente a la ominosa biblioteca. Bajando la voz hasta el umbral de la confidencia, respondió: –Lo que voy a decirle es algo que muy pocos de ustedes saben. De hecho, usted es la primera a quien me toca revelarlo y, por lo mismo... Aquello había sido suficiente para que todo cobrara sentido. Desbordada por los corolarios externó: –No siga. Seguramente va a decirme que se trata de una hermandad secreta que ha vivido durante siglos en la clandestinidad. –Veo que su lógica funciona a las mil maravillas. –He leído suficientes novelas del género. –¡Ah, sí! ¡La literatura! –se entusiasmó el vejete–. No se imagina cuántas veces sus escritores han estado a punto de descubrir nuestro secreto, ¡y sin tener ni la menor idea acerca de nuestra existencia! –Será porque la ficción es tan solo una de las tantas vías que conducen a la verdad. –¡Es lo que siempre digo! El brillo de simpatía que refulgió en los ojos del anciano se reflejó con pareja intensidad en los de la criptóloga. –Y, bien –dijo ella, tratando de recuperar la objetividad–, ¿va a terminar de contarme la historia? –Supongo que así lo exige el protocolo del thriller, ¿no es cierto? –bromeó Wagner. Los tenues labios de Irena Milogova permanecieron inmóvi-

les. Ante la ausencia de sonrisa, el talante del anciano cambió. Con pasos meditabundos se dirigió a uno de los estantes y con el dorso del índice recorrió los lustrosos lomos como si se tratara de un teclado mudo. Extrajo un libro al azar y, abriéndolo en una página cualquiera, se lo mostró a la experta. –Dígame qué ve, por favor. –Ya se lo he dicho, es un manuscrito en el alfabeto Voynich. –Sí, sí, pero ¿qué más? La chica repasó las líneas con redoblada atención. –No cabe duda de que se trata de un texto diferente al del manuscrito en cuestión –concluyó. –Efectivamente. Y eso es algo que solo una experta como usted sería capaz de advertir a primera vista. –Llevo tantos años tratando de descifrarlo que lo conozco tan bien como a mis propios sueños. O quizás debiera decir: mis pesadillas. El anciano le dedicó un silencio comprensivo. –Y ahora –tomó otro de los volúmenes y lo abrió en la misma página que el anterior–, dígame qué ve aquí. Tras un somero análisis, la criptóloga concluyó: –¡Vaya! Son idénticos. –Bueno, casi –la corrigió Wagner–. Mire usted esta palabra, por ejemplo, aquí y aquí –su dedo saltó de un libro al otro. –Por supuesto que hay diferencias mínimas –dijo ella con cierto fastidio–. Aquí, en la apertura de los ángulos, y aquí, en el diámetro de las curvas, pero tratándose de manuscritos, no podría ser de otro modo. El trazo puede diferir pero las letras son las mismas. –Disculpe que le diga que se equivoca. Eso que usted llama las mismas letras son en realidad letras distintas. El viejo dibujó un semicírculo frente a los estantes y dijo: –Lo mismo ocurre con el resto. –¿Quiere decir que...? La pregunta quedó moribunda en el aire, porque, en ese momento, se escuchó una detonación proveniente del piso superior. –¡Víktor! ~

59% 41% El intruso le disparó a Víktor

Víktor logró arrebatarle el arma al intruso y le disparó con ella


parte iii

Ptolomäus Wagner subió la escalera a grandes e insospechadamente ágiles zancadas, seguido por Irena Milogova. Al pasar el rellano, sin embargo, esta se detuvo en seco, mientras que el anciano irrumpía, desbocado, en la habitación donde flotaba un siniestro vaho de pólvora negra. –¡Víktor! –aulló en su críptica lengua, al ver a su hijo tendido en el suelo con un rictus de inequívoco dolor–. ¡Por todos los cielos! –¡Padre! ¡Detrás de ti! Antes de poder reaccionar, una mano uñosa emergió a espaldas del anciano y se enroscó aviesamente en su cuello. Una voz rugosa retumbó: –¡Señorita! Sea lo que sea que esté haciendo, déjelo y venga, si no quiere que su vetusto amigo sea víctima de la asfixia. Como en una imploración involuntaria, Víktor elevó un brazo en dirección a su padre, mientras que, apoyándose en el otro, intentaba en vano incorporarse. En el momento en el que el universo se oscurecía para el anciano, la criptóloga atravesó el umbral con paso derrotado. Al ver la línea abierta que mostraba la pantalla del iPhone, su sobrecejo se crispó. –¡Entrégueme su móvil! –la urgió el atacante, encañonándola–. ¡Con un demonio! –berreó, cortando la comunicación. Con dedos nerviosos revisó el historial pero, al ver la duración de la última llamada, sus facciones se distendieron, al igual que el rigor de su mano sobre el indemne gollete del anciano. –Veo que no ha tenido tiempo de hablar con la policía –dijo, ya vacío de emociones. La criptóloga lo encaró sin decir nada, mientras que Wagner, liberado de la garra, se abalanzaba entre toses hacia su hijo. –¡Víktor! ¡Qué te han hecho! Sobre la tela de su camisa una nube roja se dilataba. –No es nada, padre –trató de calmarlo, sin poder evitar que en su voz se colara un eco de agonía. –¡Es usted un monstruo! –vociferó el progenitor.

–¡Permítanos, al menos, llamar una ambulancia! –intervino Irena, al tiempo en que se acuclillaba para examinar la herida. El atacante, visiblemente incómodo, repuso: –Nadie gana nada si Víktor muere, así que cuanto más rápido me entreguen el libro, más pronto podrá ser atendido. –¿Un libro? –se indignó la experta–. ¿Todo esto es por un libro? –Pero no un libro cualquiera –la atajó el intruso–. ¡Wagner...! –y le escupió unas palabras en su recóndito idioma. –Para eso la había llamado –murmuró el viejo, con las manos teñidas de escarlata–, para que nos ayudara a descifrarlo. –¿Yo? ¿Descifrar? ¿Un libro suyo? –el estupor le impidió formar una frase coherente. –Se trata de un manuscrito en alfabeto Voynich recién descubierto, que ninguno de nosotros ha sido capaz de desentrañar. –¡Y así es como debe ser! –farfulló el agresor–. No podemos permitir que sigan metiendo sus narices en lo que no les incumbe. –Un manuscrito Voynich cifrado... –aquilató la chica–. ¡Vaya! Eso sí que no me lo esperaba. Instigada de pronto por el enigma, preguntó a Wagner: –¿Y quién es él? –No lo sé –le dirigió un mirada de rabia al aludido–, pero seguramente es la explicación a la reciente serie de desapariciones de nuestros hermanos. El nefando visaje del extraño se alteró al escuchar esas palabras, pero, antes de que pudiera decir nada, la chica le inquirió: –¿Y bien? El ávido brillo en sus ojos no pasó desapercibido para el atacante. –No me diga que no lo adivina –la desafió. Durante unos segundos, las premisas circularon, desaforadas, por la mente de la criptóloga, inundándola con el vértigo del silogismo. –¡Increíble! –exclamó avasallada por la conclusión.


–Sí –profirió Wagner, llegado a idéntico resultado–. También para mí es una sorpresa –había algo de disculpa en sus palabras. Víktor, desde el fondo de la obnubilación, gimió: –Pero ¿quién es? –Si ninguno de ustedes lo conoce a pesar de que habla su idioma –resumió Irena–, y está dispuesto a matar por un libro misterioso, además de usar el plural de la primera persona para referirse a sus motivaciones, no hay más que una explicación lógica. Víktor la seguía con respiración febril. La criptóloga continuó: –Si no me equivoco, este señor debe de ser miembro de algún tipo de sociedad secreta que opera dentro de tu sociedad secreta. Me figuro que estarán encargados de velar algún arcano, o algo así, contenido en ese libro que busca. –¿Cómo? –se resistió a creer. –Una deducción acertada –comentó el anónimo–, si bien, de hecho, elemental. –Eso sin mencionar el anillo –continuó la joven, apuntando hacia el huesudo anular– con el símbolo iniciático obligatorio. Al parecer no soy la única que pierde su tiempo leyendo thrillers. Debieron transcurrir algunos segundos antes de que su escarnio surtiera efecto. –¡Ya basta de perder el tiempo! –interceptó el hombre, exasperado–. ¡Wagner, entrégueme el libro de una vez por todas si no quiere que Víktor acabe por desangrarse! –Por supuesto, por supuesto. El anciano se incorporó apresuradamente y se encaminó hacia uno de los nichos vacíos que corroían la pared, mientras murmuraba: –Pero ¿qué necesidad había de todo esto? Se lo habría dado sin chistar. Solo era cosa de pedirlo. –Toda la culpa es de su estúpido hijo –su contrariedad era palmaria–, a quien le dio por querer hacerse el héroe. –Yo únicamente quería impedir que le hiciera daño a la señorita Milogova –balbució el abatido. La chica le ofreció un gesto de comprensión, mientras Wagner, tras una serie de manipulaciones, extraía un legajo de una cavidad oculta en la base del nicho. –Aquí lo tiene –se lo tendió–. Y, ahora, váyase. El hombre tomó el atado de papeles en cuya portada figuraban inscripciones inconfundibles y, apoyándolo sobre la mano con la que sujetaba el revólver, comenzó a hojearlo ansiosamente. Una mueca, acaso una sonrisa, se dibujó en su rostro al momento en que lo guardaba con cariñoso cuidado en la bolsa de piel que colgaba de su hombro. –¿Ven cómo todo era tan sencillo? Para sorpresa de todos, añadió: –Y por Víktor no se preocupen, la bala le atravesó limpiamente la carne sin dañar ningún órgano. Lo sé por el color de la sangre. Se pondrá bien.

El azoro del trío aumentó cuando el armado, adoptando una actitud de paternal demiurgo, en la mejor tradición del showdown, comenzó a exponer la historia de su fraternidad, su filosofía y su misión, sin omitir un excurso sobre la singularidad de su lengua y sin arredrarse frente a los cuestionamientos de los presentes. Era como si el solo contacto con el libro anhelado le hubiera trastocado el alma. Sin embargo, su alocución quedó repentinamente mutilada por el ulular de una sirena avecinándose. Con el escuálido cuerpo endurecido y los ojos desorbitados de asombro, exclamó: –¿La policía? ¡Pero, cómo! –Qué mala suerte que tan solo haya revisado la última llamada del historial de mi móvil –respondió secamente Irena– y no la penúltima. –¡Me tendió una trampa! –No me diga que no se lo esperaba. –Ah, mujer taimada... –la asestó con la pistola–. No se imagina cuánto lo lamentará. –¡No! –gritó Víktor, logrando levantarse a un palmo del suelo, aunque sin alcanzar a incorporarse. Como en un acto de prestidigitación funesta, el hombre introdujo la mano libre en uno de los bolsillos interiores de su gabán y volvió a extraerla, con un artefacto asido entre los dedos. –Esperaba no tener que hacerlo –anunció en tono impenetrable–, pero no me dejan otra salida. El hombre activó el temporizador del artilugio. Antes de que nadie atinara a reaccionar, elevando una rodilla y formando una cruz con los brazos delante de la cara, saltó a través de la ventana, en medio de una bruma de astillas cristalinas. –¡Una bomba! –se horrorizó Wagner al contemplar las verdosas pulsaciones de la cuenta regresiva en el display. –¡Y tan solo quedan tres minutos! –dijo Irena computando, entre ráfagas de adrenalina, las alternativas. Antes de que ella pudiera tomar alguna decisión, luego de intercambiar una rauda mirada con su hijo, Wagner retornó atropelladamente al nicho con el compartimento secreto y extrajo de su interior un manuscrito de idéntica apariencia al que hacía unos minutos había entregado al intruso. –Este es el auténtico –dijo depositándolo en manos de la criptóloga–. Cuídelo bien, por favor. Y ahora, le ruego me disculpe, pero... Tras girarla con una inesperada maniobra, la empujó en dirección a la ventana para arrojarla al vacío. * Irena Milogova contemplaba a la distancia los desamparados chorros de agua recortándose contra los rojos infernales de las llamas que abatían el azul de las sirenas. Entre sus manos, cuajadas de magullones y arañazos, aferraba un libro imposible. ~


Final Alternativo

–Así que el sujeto llamado Víktor logró someter al intruso y le disparó con su propia arma, hiriéndolo en... La inspectora hojeó el legajo de folios que yacía sobre la mesa. –En el costado derecho –completó Irena Milogova. –Sí, aquí está –colocó burocráticamente el índice sobre el pasaje buscado–, en la región del hipocondrio diestro. –En el costado derecho –insistió. –Lo veo, pero ¿qué pasó después? –Ya se lo he dicho –suspiró la interrogada. –Pues, dígamelo otra vez, que así lo prescribe el reglamento –dio un sorbo a su café, como si también formara parte de los estatutos. Se encontraban en la sala de interrogatorios del Polizeipräsidium de Düsseldorf. Al entrar, Irena había advertido cómo la luz mortecina que bañaba el raquítico mobiliario le otorgaba al recinto una atmósfera espectral. Viciada por las lecturas no pudo evitar pensar: “O bien los autores de thrillers son asiduos visitantes de estos lugares, o bien la Policía pone singular esmero en reproducir fielmente los escenarios que figuran en sus novelas.” Sin disimular su fastidio, respondió: –Después hablamos con él, mientras esperábamos la llegada de sus compañeros. Puede comprobarlo, se encuentra en la foja debajo de la que tiene en sus manos –dijo elevando ligeramente la barbilla. La inspectora entrecerró los ojos, dando a entender que ese tipo de comentarios no eran de su agrado. Apenas unos años mayor que la criptóloga, era igual de rubia y casi tan alta como ella. A pesar del burdo uniforme, compuesto por una camisa de un amarillo insípido y un pantalón verde chillón, que eran el hazmerreír de la Interpol, era posible apreciar los efectos del entrenamiento y la sana nutrición sobre su disposición genética óptima. –Y ¿de qué hablaron? –continuó hojeando el documento, como si se tratara de un examen oral mal preparado. La criptóloga prolongó su estrategia retadora.

–Si me dijera tan solo qué parte de mi declaración preliminar quiere que le repita, nos ahorraríamos mucho tiempo. La oficial interrumpió abruptamente su papeleo, alineó parsimoniosamente las hojas y, tras golpear su canto inferior contra la mesa, colocó el dossier frente a ella. Se acodó para decir: –Pues, mire, ahora que lo dice, quiero que la repita toda –enfatizó la última palabra con satisfacción punitiva. Como si eso fuera lo que estaba esperando, atusándose innecesariamente el pelo, Irena Milogova reconstruyó en un flashback cómo había llegado a la dirección indicada y Víktor le había abierto la puerta. En tono objetivo refirió cómo, mientras conversaban, un ruido proveniente de la planta superior había hecho que este subiera a indagar su origen. De pronto se escuchó un disparo, lo que la hizo alarmar inmediatamente a la policía antes de atender el llamado de Víktor. Cuando entró en la habitación, vio a un hombre de indefinible edad herido en el suelo. –¡Entrégame el libro! –gimió desde su desfallecimiento. Víktor volvió la cabeza en todas direcciones, como si aquel alarido proviniera de una estereofonía fantasmal, e, incapaz de seguir resistiéndose, permitió que la fuerza de gravedad le arrebatara el revólver. El impacto del arma sobre el suelo entablado eclipsó el improperio del herido. –¿Quién es este hombre, Víktor? –quiso saber ella– ¿Y de qué libro habla? –Yo tampoco lo sé –había espanto en sus palabras. –¡El libro que nos robaron! –clamó el sangrante. Debieron transcurrir penosos instantes antes de que Víktor atinara a mascullar: –¿Se refiere al manuscrito indescifrable? –¡Indescifrable, sí! ¡Y así es como debe permanecer para siempre! ¡Entrégamelo de inmediato! Su aullido quedó sepultado bajo un alud de broncos tosidos. –Muy señor mío, no creo que usted esté en condiciones de exigir nada.


La criptóloga hincó una rodilla junto al lesionado, quien continuaba tosiendo como un convulso, y, tras examinar la herida, añadió: –Y ya deje de fingir. La bala apenas lo rozó –dijo Irena, y dirigiéndose a Víktor, quien temblaba intensamente, completó: –Y tú, no te preocupes, la policía ya viene en camino. Aquellas palabras tuvieron la virtud de acabar con los espasmos del hombre. Sus ojos impasibles enfocaron alternadamente a sus adversarios antes de avistar el escarlata que le humedecía el flanco derecho. Con dedos incrédulos sobó la mancha y, como si por primera vez se diera cuenta de lo desesperado de su situación, exclamó: –¡Es por su propio bien! ¡Entréguenme el libro y ayúdenme a salir antes de que llegue la policía! Lo grotesco de la escena provocó que Irena y Víktor se miraran con mutuo estupor. –En vista de que no nos queda más que esperar –manifestó la criptóloga, recuperando el temple–, mucho les agradecería a ambos que me explicaran de qué se trata todo este galimatías. Víktor, tú primero, ¿por qué me hiciste venir? El aludido dio un respingo y durante algunos instantes articuló solo sonidos carentes de sentido –en todos los idiomas, incluida su oscura lengua materna. –¿Para que me ayudara a interpretar un libro cifrado? –preguntó absurdamente, a manera de respuesta. –Sí, muy bien –lo animó la experta–, ¿y qué más? –Es un libro que, a pesar de estar escrito en nuestro alfabeto, ninguno de nosotros puede leer. –Comprendo, pero, Víktor, ¿podrías empezar por decirme quiénes son ustedes? Arduamente, en una narración profusa en silencios y desvaríos, Víktor refirió la historia de una cultura que desde tiempos inmemoriales vive en el más recóndito anonimato, desapercibidamente injerta en las sociedades de todo el mundo. Extranjeros irredentos, faltos de territorio propio y ajenos a toda pretensión de poseerlo, cultivan celosamente una callada identidad, como si la diáspora en la que viven constituyera su etérea patria. Manteniéndose al margen de la historia, mejor dicho, escondidos en sus pliegues, han logrado persistir sin que nadie, a pesar de convivir con ellos día a día, se percate de su existencia, pues, en aras de la invisibilidad, han recurrido al mecanismo de mimetismo cultural supremo: la mediocridad absoluta. Tan solo en una ocasión, una única vez en su multisecular presencia, una de sus creaciones logró traspasar la coraza del secreto. –¡Un libro! –adivinó Irena–. ¡El Manuscrito Voynich! –Bueno, en realidad no se trata de un libro sino de... –a Víktor le faltó la palabra. –Es un cuaderno de caligrafía –intervino el doblegado–.

Uno que un torpe párvulo cometió el imperdonable error de descuidar hace ya siglos. La experta comprendió de inmediato. –Eso explica por qué es distinto de todos los demás volúmenes que hay en la biblioteca. –Los cuales, a su vez –contrapuso el rendido–, son diferentes entre sí. Al advertir la contracción en la mandíbula de su interlocutora, se vio obligado a exponer: –Ha de saber que somos una cultura de copistas. A diferencia de ustedes, que se dedican a perpetrar un sinnúmero de libros pretendidamente diversos, nosotros nos hemos consagrado a tratar de copiar... Él pronunció una cadena de sonidos inefables y, tras repetirla salmódicamente, maltradujo: –El Arquebiblio, la fuente de nuestro saber y depositario de nuestras leyes y tradiciones. –Ya veo –comentó lacónicamente la experta–. Conozco más de un ejemplo de libros como el que usted describe. Haciendo caso omiso del escarnecimiento, el hombre prosiguió: –Cada copia defectuosa, sin embargo, ha dado lugar a un nuevo texto, parecido al original y, a la vez, original en sí mismo, y todos ellos han pasado a formar parte de nuestro acervo cultural. Lo que usted llamaría “deformaciones” o, incluso, “herejías”, no son sino las diversas formas en que el Mensaje Primordial ha adoptado al transmitirse. Verdades menores, pero verdades al fin. Víktor asentía dogmáticamente. –Vaya, eso sí que me sorprende –reconoció ella. –Más la sorprenderá saber que, por eso, todos nuestros libros se diferencian en apenas nimios detalles, en la apertura del ángulo de una letra rectilínea o en el diámetro de una curvada. Todos esos signos alterados, que podrían considerarse erróneos, son, en realidad, letras cabales, las letras que, con el tiempo, han ido dilatando nuestro prolífero alfabeto. Aunque, a decir verdad, no creo que exista tanta diferencia entre sus libros y los nuestros: acaso todos sus textos traten de imitar su propio Arquebiblio, hoy olvidado... Irena Milogova observó el rojo parpadeo de la cámara que colgaba en un rincón de la estancia. Mentalmente siguió la invisible trayectoria del cableado que la conectaba con la pantalla que se encontraba detrás del panorámico espejo unidireccional. La intuyó monitorizada por voyeristas uniformados que festejaban chistes vulgares en medio de risas soeces. A ellos, aunque no exclusivamente, les dedicó el sugestivo jugueteo de sus dedos con el botón superior de su blusa. –¿Y usted le creyó? –inquirió la inspectora, algo desconcertada por el claroscuro que se entreabría bajo la blusa de la interrogada.


–Ni una palabra. Se recargó sobre la mesa como para hacer una confidencia: –Seguramente se trata de una de esas tantas sectas de lunáticos que profesan algún tipo de fetichismo bibliófilo. Si no me equivoco, un compatriota suyo encabeza una de las más exitosas. La inspectora, ostensiblemente incómoda, no tanto por ese último comentario sino por la visión del delta turgente que se dibujaba bajo el satén de la blusa de la criptóloga, leyó entre dientes el protocolo hasta llegar al pasaje deseado. Citó: –Luego, sin razón aparente, Víktor la arrojó por la ventana. –Y después ocurrió la explosión. La voz inapropiadamente tersa de Irena, enmarcada por el húmedo brillo en sus labios, hizo que la inspectora precipitara: –Señorita Milogova, le agradezco mucho su cooperación. El resto se encuentra en el dossier. La llamaré si tengo más preguntas. –Estaré esperando –y sonrió enigmáticamente. * Al salir del Polizeipräsidium, una brisa otoñal le dispersó el pelo. “No hay mejor modo de ocultar una verdad increíble”, pensó, “que exponerla en toda su inverosimilitud –especialmente si una que otra mentira, estratégicamente dosificadas, contribuyen a volverla totalmente irreconocible.” La contactarían, estaba segura, tarde o temprano, quienesquiera que fueran, la contactarían. Dejó que el viento siguiera despeinándola. ~


C o n c u r s o t e m a t i c o e l f i n d e l a e s c r i t u r a


concruso temático

el

fin

de

la

escritura

A o r i l l as d e l r i o Dyj e por

Hernán Ronsino

Yo era austríaco. Un campesino austríaco de cincuenta años. Trabajaba en los alrededores de una pequeña aldea a orillas del río Dyje. Vivía con mi mujer: Yhuj. Por distintas razones no tuvimos hijos. Tres veces lo intentamos. Una vez, la segunda, Yhuj quedó embarazada. Recuerdo que en el coito se retorció de un modo extraño. Fue una sutileza que ni siquiera ella percibió. Lo noté en el brillo de sus ojos. Pero al cuarto mes de embarazo, una madrugada, tuve que llevarla en la camioneta hasta la casa del médico de la pequeña aldea. Huton, se llamaba el médico. Era gordo y alegre. La noche estaba cerrada. Llovía de a ratos. Cuando golpeé la puerta, el doctor Huton apareció de inmediato. Sonrió. La risa del doctor Huton se confundía con los truenos. Ahora estábamos rodeando una camilla. Los dolores de Yhuj se percibían como la electricidad que largaba la tormenta sobre las montañas. El doctor Huton iba y venía. De pronto se puso una venda en la cara. Y desapareció. Entonces entró una chica, Sarah, era enfermera, risueña y campesina. Lo cierto es que el dolor de mi mujer nunca fue percibido ni por el doctor Huton –que ahora no estaba– ni por esa enfermera campesina que sonreía tímidamente, con negligencia. La hemorragia se llevó a nuestro hijo. Las manos ensangrentadas de la enfermera –que reía– me enfurecieron. Mi mujer estaba desvanecida. No podía permitir perder a mi mujer. Yhuj dormía como los muertos pero todavía no estaba muerta. La cargué en mis brazos y corrí hasta la camioneta. Cuando salimos de la casa del doctor, el doctor Huton y la enfermera campesina –con las manos ensangrentadas– nos despedían desde el umbral, con una sonrisa en la boca, bondadosos. Después de atravesar caminos sinuosos, oscuros y brutales –casi atropello a un zorro– llegamos a la casa de F. La hija de F era estudiante de medicina. Vivía en Viena pero, por esos días, estaba de visita en la casa de sus padres. Ella pudo detener la hemorragia y evitar que Yhuj se desangrara. (Pensé en


una muralla hecha con bolsas de arena: como las que se usan para los desbordes de algún río.) Recuerdo el té, silencioso, que tomamos después en la casa de F. Una serenidad absurda. La hija de F cada vez que sorbía me miraba a los ojos. Estábamos sentados alrededor de la cama de Yhuj, que parecía muerta pero todavía no estaba muerta. Dos años después de eso, Yhuj, recuperada, fue la que pidió que lo intentáramos de nuevo. Nos montábamos una y otra vez. Yhuj se removía en el coito pero nunca vi aquel brillo. Yhuj no quedaba. Entonces nos ganó la desazón. Y pasamos a otra etapa. Ella se refugió en las plantas. Yo en el trabajo con la tierra. Esa obsesión tácita nos fue distanciando físicamente. Éramos como hermanos. Hasta que ella empezó a demostrar desprecio por mí. Y me lo hacía sentir. Me lo representaba con dos o tres gestos. Una noche me lo dijo: Te desprecio. Y se encerró en un cuarto que funcionaba como depósito. A mí me resonaban sus palabras. La idea del desprecio era más fuerte que cualquier freno moral. La idea del desprecio me cabalgaba por el cuerpo. Me hacia latir el corazón, como un caballo desbocado. Me hacía sudar. Entré al cuarto donde estaba Yhuj. Ella se dio vuelta y me miró asustada (limpiaba las hojitas de un bonsái; arrastraba un algodón contra la superficie, breve, de la hojita). Se asustó porque me vio atravesado por una idea. La idea del desprecio. Bastaron dos golpes para matarla –creo que el tercero fue innecesario– contra el respaldo de una cama desarmada. El doctor Huton, asomado por la ventana, lo vio todo. Se reía mientras anotaba en una libreta. Era el año 1937. * Yo era, entonces, además de austríaco, un asesino. Y, por eso, ahora estaba preso en una cárcel a orillas del río Dyje. No me agobiaba la muerte de Yhuj. Eso funcionaba más bien como un alivio. Me agobiaba la conciencia del encierro. ¿Qué se hace cuando no se tiene nada que hacer en un espacio, además, reducido? ¿Qué se hace cuando al propio cuerpo y al propio tiempo lo gobiernan otros? Mi compañero de celda, J, había matado a un policía en una pequeña aldea del sur, y ahí estaba convertido en un agujero negro. En una anulación del tiempo y el espacio. Sin vida. Pasaba los días acostado, dándome la espalda, y escarbando con la punta del dedo índice el revoque de las paredes. Comencé a escribir, entonces. Una frase por día. Después

una hoja. Hasta que mi cabeza no pudo dejar de pensar en otra cosa. Escribía sin parar. Me dolían las manos. Y muchas veces, después, cuando leía lo escrito no entendía mi propia letra. La voracidad de la escritura me llevaba a un estado de desenfreno. Recién a los dos meses hubo una calma. No es que dejé de escribir. Hubo una calma. Veía con más claridad el horizonte de las letras. Dejaba que los pensamientos se enredaran solos, sin tanto apuro. Así fue que concebí una idea. J, mi compañero de celda, sería el héroe de mi historia. Me estimulaba su personalidad hermética y a la vez cercana. Y además que J no sospechara nada de mí: por ejemplo, que escribía sobre él. Esa relación extraña de interés y desinterés me impulsó a trabajar de manera sistemática. De manera incansable. Planifiqué cinco tomos de quinientas páginas cada uno. El primero lo terminé después de tres años de trabajo. Y en lugar de sentir saciedad, la voracidad por la escritura se multiplicó. Cuando me liberaron, acababa de terminar el último tomo –el más extenso, cerca de setecientas páginas, y el que más tiempo me había llevado–. La vida fuera de la cárcel no era muy distinta a la vida en la cárcel. Vivía en una cabaña rodeada de nieve a orillas del río Dyje. Los perros salvajes se acercaban hasta el fuego. Había un perro, en especial, con los ojos azules que me provocaba dolor. Un día vi cómo ese perro de ojos azules mataba a un pájaro. Se lo comió. Dejó un charco de sangre en la nieve. No parecía un perro de ojos azules. Así pasaron los días, el tiempo. Y los cinco tomos, inéditos, seguían guardados en una caja de madera, en el entrepiso de la cabaña. Una mañana, que contemplaba la mirada fría y cristalina del perro de ojos azules, sonó el teléfono en la cabaña –había olvidado que tenía teléfono– y corrí. Del otro lado, un editor desde Zúrich me exigía esos manuscritos. Decía que los debía ceder a su editorial. Que debía publicar los cinco tomos. Y que, en especial, el último tomo era una obra de arte. Pero que no se entendía sin los cuatro precedentes. Los había leído. Volé en avión. Llegué a un despacho en Zurich. Me recibió un hombre calvo, con olor a talco y sudoroso. Pronto supe que era el editor. Me dio un cheque y un ejemplar impreso del primer tomo. Dijo, con una sonrisa de compromiso, que se lo dedicara. Así fueron saliendo los libros. Mientras los libros salían, circulaban por el mundo, yo contemplaba los ojos de ese perro: el modo, sigiloso, en que cazaba a los pájaros, dejando el charco de sangre sobre la nieve. Cuando los cinco tomos se terminaron


de editar, una Organización de Lectores Griegos me propuso como candidato al premio Máximo del Rey. Una mañana de frío, el doctor Huton y su enfermera, sonrientes, ella con las manos ensangrentadas, aparecieron en mi cabaña. Cuando vi a la enfermera, cuando vi sus manos ensangrentadas, busqué al perro de ojos azules pero no lo encontré. El doctor Huton me contó que me acababan de dar el premio del Rey. Después de cuatro días de viaje –en varios trenes y en un barco– me dejaron en la puerta de un castillo. Un asistente del rey me hizo entrar y recorrer senderos circulares. El sol golpeaba cada tanto en los vidrios. Veía, mientras caminábamos, la pequeña mugre adherida en las junturas de las ventanas. Entonces el asistente sumamente nervioso me acomodó el moño y las solapas del frac. Y abrió las puertas. Un auditorio lleno de personas embalsamadas me aplaudían. El rey me esperaba en el centro, junto al micrófono. Sonriente me entregó la Gran Pluma de Oro. Ahora, dijo, usted podrá escribir con libertad. Hubo aplausos cuando el rey terminó. La pluma me pesaba. Tuve que hablar. Por primera vez en mi vida tuve que hablar. Lo primero que expresé fue que había matado. Toda escritura se basa en un crimen. Y mi crimen era una cantera agotada. Ahora no tenía nada más que contar. Dyje, recordé, quiere decir inerte. Hubo un silencio manso y profundo. Semejante al de los pájaros comidos por el perro. Yo maté, repetí, y por eso puedo decir que esa muerte no es tan diferente a las que resuenan debajo del ropaje de cualquier rey. Hubo cierta escaramuza entre los guardias. El rey los detuvo con solo alzar una mano. El rey perdió la sonrisa. Yo me retiré silencioso, mirando los ojos de esos cuerpos embalsamados. De regreso, en una aldea italiana, vendí la Gran Pluma de Oro. Y con ese dinero compré palomas. Por las tardes, me entretenía tirándolas al perro de ojos azules. Las destrozaba, cada vez, con una técnica mejorada. ~


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L o s d i as f e l i c e s por

E d u a r d o Va r a s

Antes escribía. Ahora no me interesa. Escribía en esa época en la que me empeñaba en descubrir qué quería ser. Y escribir me hacía sentir valioso. Era como un mensajero en plena Segunda Guerra Mundial, creyéndose imprescindible por ser el portador de las palabras que cambiarían irremediablemente destinos de pelotones o, al menos, desviaría el curso normal del combate. Debía probar mi virtuosismo al mundo. Tenía pocos amigos en ese entonces, porque cuando uno escribe es mejor sentirse por encima de la media y los amigos sobran. Pero con el Poeta la cosa fue distinta. Se me reveló como necesario el contacto con otro “como yo”. Por eso me permití hablar con él. Sí, es un asunto de permisos, de concesiones. El Poeta no era simplemente un poeta. Era importante. Lo había leído y, para mí, leer era como la otra cara de escribir. El Poeta estaba en uno de mis cursos porque le faltaba una materia para poder ser llamado licenciado y para que le pagaran un poco más en el colegio que trabajaba. Leyes de mercado. Yo había leído al Poeta. Su segundo libro era imprescindible para mí. “Cuando me llames a la puerta / recuerda que el perro que corre por mis venas responde a las campanadas / que tu padre ha dibujado bajo tu vientre.” Versos que me quemaban. Ya no. Ningún verso vale la pena. El Poeta se detuvo a mi lado en uno de los recesos. Yo leía a Artaud y creo que eso le llamó la atención. Me habló de él. Lo obvio. Quise creer que él sabía más de lo que yo sabía, así que me quedé callado. Le hice pensar que era el maestro, que yo estaba esperando y para eso solo es necesario el silencio. –¿Qué vas a hacer el sábado? –me preguntó mientras encendía un cigarrillo. Desde luego, no me miraba.


Negué con un movimiento de cabeza y hombros. –Creo que podrías ser bienvenido al grupo. Este sábado ve a mi casa. Vamos a liberar la literatura. Me dijo algo más y luego me anotó en el libro de Artaud su dirección. Ese sábado me levanté temprano y llegué a la hora del almuerzo a la casa del Poeta. Me recibió con un abrazo y me presentó al resto del grupo. Eran ocho, conmigo nueve en total. Me señaló la cocina y me dijo que podía abrir la refrigeradora y agarrar las cervezas que quisiera. Sonreí y le hice caso. Otro poeta se me acercó y me empezó a hablar de su obra. No lo escuché. Alguien trató de desviar su conversación y decirle que me dejara en paz, que recién había llegado y que no valía la pena atosigarme. Sonreí de nuevo. Me ofrecieron un cigarrillo y lo acepté. Caminé por los estantes de libros y me percaté del discreto repertorio. Me sentí bien, mejor. Supe que podía superar a ese Poeta con algo más de trabajo. Era menor que él, así que tenía la ventaja del tiempo. En algún punto me tropecé y caí. Escuché risas. Cuando me levanté, sonriente, vi que una pila de libros sobre el suelo me había interrumpido el recorrido. El Poeta se me acercó y me tomó de los hombros. –No es hora todavía. No te adelantes. Sí, podía ser mi maestro. Esperé a que dejaran de reírse y me senté en el sofá grande. Otra vez el poeta apareció a mi lado y continuó hablándome de su obra y de como esta reconfiguraría el enfrentamiento del lector ante los versos. –Es un viaje en el tiempo, chucha. Un viaje en el tiempo, ¿me entiendes? Asentí, pero no le entendí.

Cuatro cervezas después, el Poeta tomó la palabra. Todos estábamos callados, rodeándolo al tiempo que enhebraba un discurso acerca del compromiso de quien escribe y cómo la palabra es el gesto íntimo y profundo de todo proceso. –La palabra es lo que nos vuelve humanos –dijo. Hubo aplausos. Yo también aplaudí. Sentí un fuego en la boca de mi estómago. Hice un esfuerzo por no perder la compostura. –La palabra poética, compañeros, es lo que nos eleva del resto –sentenció. Y levitamos, como extensión. –Por esa razón estamos aquí. Somos los purificadores, los serafines, los cazadores del arca perdida... ¡Aleluya! –Y estamos aquí para librar al mundo del veneno y del ridículo que descansa en él –el Poeta, entonces, tomó uno de los libros que descansaba en la pila que se había convertido en mi trampa un par de horas atrás. Lo abrió. No se detuvo. En sus manos el libro se partió en dos y luego de su sonrisa de victoria lanzó las dos mitades al suel–. ¡Vamos a vengarnos en nombre de la literatura! El Poeta se me acercó y me dio diez libros. Me pidió que los llevara. Repartió más a los otros asistentes. Salimos de la casa formando una hilera, como cachorros obedientes detrás de la madre. Nos detuvimos en el parque, donde esperaban dos personas más, vestidas de azul. Anochecía cuando los dos extraños encendieron uno de los tanques metálicos donde los vecinos debían colocar la basura. Me acerqué al tanque. Había papeles y trozos de carbón. El olor a gasolina era suficiente para conseguir lo que la cerveza no pudo. Evidentemente todo estaba preparado. Quemaríamos libros y saldríamos impunes.


Me congelé con libros en mis brazos. La pasividad del testigo, de ese que registra todo y que no valora lo que va a suceder porque la experiencia lo sobrepasa. Sí, un pendejo. El Poeta se demoró en aparecer. Vestía una bata negra brillante. Pidió que nadie se riera, vestirse así era necesario para refrendar el carácter místico de lo que estaba consiguiendo. –Toda salvación requiere de un rito. Nadie se rió. Yo tampoco. El Poeta se dirigió a la persona que tenía más cerca y con un gesto le exigió que le entregara un libro. Lo agarró y lo mostró a todos los que estábamos ahí. –Aquí tenemos El canto del niño abandonado, de Jaime Benítez. Benítez había sido candidato presidencial y yo no tenía idea de que hubiera publicado algo. El Poeta abrió al azar una de las páginas y empezó a leer: –Oda al niño con leptospirosis –se le hizo difícil controlar la risa en ese punto–. Va: “Pequeño niño que saltas en tu cama / que no puedes dormir / que te deshaces por el sudor que te ha puesto apellido / Pequeño niño mío / Yo te daré el bálsamo que calme tu dolor.” –¿Cuántos árboles deberán destruirse para que se sigan publicando estas cosas? –¡Ninguno! –fue el grito unánime. –¿Cuántas personas deberán someterse a esta dictadura de lo nefasto? –¡Ninguna! –¿Cuál es el veredicto? –¡Fuego! –el aliento adquiría otras dimensiones. –¿Cómo? –¡Fuego! El Poeta extendió el libro a uno de sus ayudantes. El hombre de azul, a su izquierda, roció con un poco de gasolina la portada

de cartulina. El otro tipo azulado se acercó y lo encendió con un fósforo. El humo se dispersó como un espíritu que escapaba, que decía gracias, que obtenía su descanso. –¿Ven? Somos los nobles defensores del oficio. Hubo risas. Pero las risas se acabaron de golpe. La bata se contagió de las llamas. El Poeta se asustó. Quienes lo rodeábamos solo pudimos compartir un mismo estado catatónico. Nadie pudo decir o hacer nada. De la sorpresa, el libro encendido cayó a los pies de El Poeta y el fuego le alcanzó las bastas. Las hilachas se prendieron y se comieron el entramado de lino. El Poeta corrió sin destino. Finalmente, algunos asistentes lo siguieron y lo lanzaron contra el pasto. Le dieron vueltas. Giró hasta que la tierra se tragó el calor y el traje ya no brillaba, ahora estaba pegado a él, como la piel de un reptil. Eran lo mismo, él y esa pasta negra, chamuscada, pestilente. Cuando llegó la ambulancia ya ni siquiera el humo se elevaba desde el tanque. Nada había pasado ahí. Los paramédicos prepararon al Poeta para trasladarlo al hospital. La reunión se había acabado. Las sirenas fueron engullidas por el murmullo de los grillos. Al llegar a mi cuarto, me di cuenta de que seguía con los libros en mi poder. Los dejé sobre mi escritorio. Nunca los he leído. No vi a El Poeta por seis meses. Cuando volvió a la universidad nadie dijo nada del resultado de los injertos. Él reía muy poco y de manera torpe. Yo estaba aprendiendo a reír más. Conocí a Cándida y me olvidé de ser el más grande, el mensajero de lo irreversible. Me contenté con ser un tipo feliz. Hace dos días Cándida me dio un libro de regalo. Rompí la envoltura y vi el nombre de El Poeta en él. Había vuelto a escribir. “Pobre iluso”, pensé. Leí: “He visto el magma de Dios desprendiéndose de mí / diciéndome que la única salvación posible es la del cínico.” Le agradecí con un beso y sonreí. No creo que lea ese libro. ~


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Insecticida por

Enrique Planas

Se dirá que tenemos en uno de los ojos mucha pena y también en el otro, mucha pena y en los dos, cuando miran, mucha pena... Entonces... ¡Claro!... Entonces... ¡ni palabra! César Vallejo, Trilce

3 de julio En el complejo cinco estrellas Titanic Resort Hotel, por la mañana y por la tarde los empleados rocían de insecticida el extenso jardín y todas las zonas recreativas para acabar con los mosquitos y así permitirles a los huéspedes gozar de un momento agradable de forma permanente. En lo que fuera antes un enorme pantano, puede verse el titánico esfuerzo de los trabajadores por mantener a raya la naturaleza. Lo veo ahora: una neblina blanca empieza a surgir de las mangueras rociadoras y va expandiéndose por toda la superficie del campo. Luego va acercándose a la piscina y nos divierte que la sustancia, confundida con los colores del sunset nos haga perder la visibilidad. La administración del hotel nos informó desde un inicio que no había motivo para preocuparnos. Aquel gas no tiene ninguna consecuencia tóxica para los humanos y más bien sí un efecto relajante. Su perfume evoca momentos felices, acaso frescas imágenes de romances que creíamos olvidados. Son muchos los escritores que han venido desde lejos para participar del encuentro “¿Y si al final de tantas palabras, no sobrevive la palabra?: El fin de la escritura en la sociedad del espectáculo. Diagnóstico, experimento y propuestas”. La invitación me resultó irresistible. El orgullo de peruano me hinchó el pecho al reconocer un verso de nuestro César Vallejo como punto de partida para una reflexión global sobre los peligros que se ciernen sobre la palabra escrita. Espero que después de un relajado fin de semana, empecemos mañana temprano las conferencias.


5 de julio Hubo algunas protestas por la evidente demora en la inauguración del evento académico. Se nos dijo que debíamos esperar a que todos los escritores estuvieran presentes, cosa poco común en este tipo de actos, en que nunca las agendas coinciden y cada autor suele llegar la noche previa a su conferencia. Los escritores que no teníamos mayores compromisos en nuestros países, más allá de volver a nuestras rutinas domésticas, no manifestamos mayor incomodidad. Otros, sin embargo, dijeron sentirse secuestrados en una especie de vacación falsa, un paraíso artificial que ha eliminado junto con los mosquitos toda identidad local. La mayoría optamos por no hacerles caso y, para distraernos, rodeamos la piscina del resort para tomar el sol. Por la tarde, nos envolvió nuevamente el humo dulzón del insecticida amable con su entorno. Además de un alojamiento con todas las comodidades, el hotel proporciona alimentos, bebidas, actividades deportivas y de entretenimiento, así como paseos de compras, que realizamos sin necesidad de abandonar las instalaciones. Al final del día, empiezo a preguntarme cuál es el objeto de estar aquí. 9 de julio Empiezo a entender la dinámica de este evento. No somos nosotros los que debemos compartir nuestras conferencias. Más bien, formamos una especie de público calificado para recibir una serie de charlas que, con absoluta soberbia, los organizadores del evento llaman adiestramiento. Las ideas de los expositores son sencillas, pero claras. Poderosamente influyentes, diría, sorprendido por el repentino debilitamiento de mi propia capacidad crítica. Ayer, un representante de la Academia de la Lengua nos advirtió, por ejemplo, del abuso de oraciones subordinadas en nuestros textos de ficción. Luego nos propusieron ejercicios de redacción de frases cortas y directas, como piden el lector actual, nos dijo. Tareas que resolvimos en nuestros ratos de ocio, cuando el perfume del insecticida por la tarde empezaba a esparcirse. 10 de julio No había reparado en ello, pero empiezo a creerle al autor de libros de liderazgo empresarial cuando dice que hemos venido usando palabras demasiado exigentes para los lectores. Asimismo, nuestra actitud pesimista o irresponsablemente irónica deslizada en nuestros libros ha ido minando la autoestima de personas que solo buscan un sano entretenimiento. El conferencista

nos recuerda que en el mundo de hoy, donde la información es poder, el tiempo debe ser aprovechado al máximo. Caminar no sirve, hace falta correr, deprisa y sin detenernos a pensar. Es por ello que las palabras más valiosas son las que pueden abreviarse. Es necesario acortar el tiempo dedicado a lecturas poco prácticas, sintetizar lo que queremos decir, en fin, simplificar la vida. Hemos tomado nota y redactado luego nuestras tareas bajo el influjo de la nube del insecticida. 12 de julio Despierto muy temprano, asustado. Me asalta la pregunta del sentido de este diario. ¿Para qué escribirlo? ¿Para jactarme de algo? ¿Para alertar a otros de un peligro sabiendo que ya es demasiado tarde? ¿Tengo la ingenua esperanza de que esta angustia se haga pública cuando el último lector encuentre estas notas? Ni siquiera creo que pueda comprenderlas: escribir tanto tiempo sobre un teclado hizo cada vez menos legible mi caligrafía. ¿Qué hacer antes del fin? ¿Retroceder en el tiempo y suspender este viaje? No encuentro otra respuesta que no sea escribir, aunque me digan que resulte un anacronismo. Muchas cosas se mezclan en mi cabeza con dolor e impotencia, pero empiezo a sentir que pierdo la capacidad para decir lo que siento, comprender las palabras plenamente, llegar a lo profundo. Esta mañana, la autora catalana de cuentos para niños llamó a la recepción para informar que un charco de sangre salía de debajo de la puerta de la habitación 38. La investigación pertinente por parte de la seguridad del hotel llevó al hallazgo de un cuerpo imposible de identificar por la gravedad de las heridas. Pero todos sabíamos que se trataba del escritor argentino de novelas históricas, el que más protestó por el retraso en la inauguración del simposio. Lamentamos la desgracia, pero curiosamente, al envolvernos nuevamente la nube de insecticida, nos sentimos mejor. 14 de julio En la zona de estacionamiento, un volvo negro invadió la acera y atropelló a un escritor británico de aventuras medievales. Quería regresar a casa pero pocos le pusieron atención. El hombre murió en el acto a causa de sus heridas. Sin embargo, no nos preocupamos tanto, pues la desgraciada noticia coincidió con la entrega de las primeras calificaciones de nuestro adiestramiento. Nuestro progreso es evidente, nos dijeron. Por la tarde, el insecticida huele bien.


16 de julio El guionista responsable de las telenovelas de mayor éxito en sintonía nos demostró lo obsoleto que resulta el uso de adjetivos en un mundo de imágenes. Sus palabras fueron tan inspiradoras que lloramos de emoción como si nos hubiera relatado alguno de sus celebrados melodramas. Con tanta agitación, olvidamos que un torso sin extremidades envuelto en un mantel de cuadros rojos fue descubierto en un rincón de la cancha de tenis. Aunque el cuerpo carecía de signos identificables, creemos por el tamaño del vientre que se trataba del escritor venezolano de biografías. Luego de perdernos de vista dentro de la nube de insecticida, vimos una maratón de comedias románticas. Nos sentíamos felices. 19 de julio Está claro. En un porvenir no muy distante, dejaremos de escribir porque cada vez más la humanidad usa imágenes para comunicarse. Lo hemos aceptado y nuestros anfitriones expresaron su satisfacción con grandes sonrisas. No se preocuparon demasiado cuando les comentamos sobre la desaparición de la joven escritora uruguaya de relatos góticos. La última vez que la vimos llevaba una casaca negra con capucha. La noche de su desaparición conversaba con sus colegas maquilladas de negro. Parecía muy ansiosa. Había escapado del hotel en varias ocasiones, pero siempre regresaba. Lleva una semana desaparecida. Pero lo importante es que estamos contentos porque luego de mucho ejercicio, algunos de nosotros hemos aprendido a comunicarnos con solo cuatrocientas palabras. ¡Qué bien! 1 de agosto Cada vez somos menos los que esperamos el momento en que el insecticida haga chús chús en el jardín. Al escritor ecuatoriano que le gusta la ópera no lo hemos vuelto a ver. Ha dejado en su habitación un maletín y los zapatos bajo la cama. Es raro, porque dentro tenía aún los pasajes de regreso en avión y las camisas limpias. Igual, la señora brasileña que hace historias de amor encontró manchas extrañas en uno de los cuartos. Se asustó, pero los amigos del hotel nos dijeron que solo eran cochinadas en la bañera. Un grupo de diseñadores de periódicos compartió con nosotros sus exitosos resultados en cuanto al aumento del tiraje cuando agrandaron tanto las fotos y las ilustraciones que ya casi no

se necesitan textos que las acompañen. Por la tarde, es divertido cuando el humo que mata mosquitos no te deja ver nada. Por la noche, leemos mangas de niñas con poderes mágicos. ¡Son tan lindas! 19 de agosto Por la mañana, salí a tomar sol. Un grupo de escritores habían tomado el restaurante del hotel. No entendí sus gritos. Solo encontré papeles en el piso y en los jardines, el viento hacía volar algunos sobre la piscina. Eran sus ejercicios de adiestramiento. Por la noche, ya en la cama, creí escuchar gritos que llegaban del restaurante. Sonaba como si un grupo de personas se hubiera quedado atrapado en un incendio y no pudiera salir. Yo tuve que cerrar las ventanas porque no me dejaban dormir. 20 de agosto He despertado temprano, y no siento el perfume del insecticida, más bien el aire sabe a madera y carne carbonizada. Quizás sea por eso que la lucidez me acompaña mientras reviso los papeles que cubren mi cama, tantos ejercicios que he venido escribiendo en mi estadía, con frases tan horriblemente construidas. Sin acentos ni mayúsculas. Sin ningún signo de puntuación. Algunos parecen diálogos del chat, con caritas felices coronando la ausencia de ideas. La oralidad trasladada sin idea a la escritura. Textos incomprensibles, sin concordancia, confusos, sin sentido. Experimento una ansiedad que se confunde con el pánico. Llamo por teléfono a la recepción y les advierto que me he dado cuenta de su plan, que no podrán tenerme para siempre en este lugar, tampoco convencerme de formar parte de su tribu de analfabetos orgullosos. Los enfrentaré aunque me eliminen a mí también. Aunque yo mismo me convenza de que la escritura ya no sirva para nada. Pero antes de seguir amenazándoles, el golpe del conocido perfume floral ha llegado de no sé dónde con tanta fuerza que irrita mis ojos como un gas lacrimógeno. Felizmente llegan los amigos del hotel y me devuelven el buen humor. Al mediodía, puedo ver las obras de reconstrucción del restaurante y pienso en muchas cosas ricas para comer en el almuerzo. Veo que cada vez somos menos los escritores que seguimos asistiendo entusiasmados al adiestramiento. Siento pena por los demás, por los otros, los que ya no están. Para quienes no pueden adaptarse al cambio les dedico una carita triste :( ~


La convocatoria para el concurso cuento temático de “la vuelta al terruño” estuvo abierta del 9 al 27 de marzo de 2012. A lo largo de estas semanas recibimos:

no pudieron concursar llegaron vencida la fecha

cuentos

C U E NT O G ANA D O R Numeralia

De los cuentos que concursaron, participaron: hombres

mujeres cuentos participantes

Las tematicas fueron: Clonación

12

Animales cósmicos

10

Anatomía

7

Inteligencia artificial

5

Extraterrestres

3

Superpoderes

1

Memoria

1

Leyes de la física

1

Sucesos paranormales

1

Sueño / vigilia

1

Errores tecnológicos

1


Cuento ganador el fin de la escritura “Gris infierno”de Efrén Ordoñez Garza


cu ento ga n a d o r concruso temático

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Gris infierno por

Efrén Ordoñez Garza

Lo imagino así: Oscurece. Desde la ventana de un motel, el Columnista vigila la banda asfaltada que corre de vuelta hasta una posible urbe industrial. Se oculta en una lóbrega habitación anónima. Las luces apagadas. Los ojos bien abiertos. La luz del monitor iluminándole el rostro. Escribe: Si regreso por esa carretera será solo cuando todo se haya olvidado. Aunque debería de saber que las balas no tienen memoria y siempre van hacia adelante. Cuando termine el texto, presionará el botón de publicar y seguramente todo habrá terminado. Al principio sus palabras no lastimaban, pero digamos que exhibían a algunas personas. Mientras la Gente no lo leyera, El Periódico podía publicarlo sin problemas. Pero luego la ciudad cayó, y la historia del Columnista comenzó como todas, en el momento en que todo se va a la mierda. Con los meses su columna diaria y las publicaciones de su blog cobraron importancia. Fue ahí donde la Gente comenzó a buscar respuestas. Hablaba sobre tipos de cuello blanco, de saco café, sus allegados. De Ellos. Y, aunque las respuestas estaban en las banquetas, en las calles, en los lugares públicos, el Columnista se limitaba a reunirlas, con un ácido sentido del humor, en los pocos caracteres que El Periódico le imponía como límite y en la libertad que la red le brinda a los escritores. Antes había otros como él, con diferentes estilos, mordaces, de pluma fina. Pero esas mismas firmas terminaron cerrando textos insulsos, fríos y acartonados. Así que, como dije, empezó a recibir atención. Los editores pensaron en cancelarle el espacio, pero la Gente habría cuestionado la honestidad de El Periódico. Así que lo dejaron escribir, alborotar, escandalizar. Al fin que era solo uno. Pasaron algunas semanas más y en los periódicos nacionales las notas y las columnas eran ya cuerpos fabricados. Aprobados. Llegaban archivos con textos listos para revisión y publicación. Todos dejaron de teclear. El único


que todavía seguía haciéndolo cada noche era el Columnista: durante el día para El Periódico, por la noche, como bloguero. Con eso llegó a ser el principal líder de opinión de una ciudad de aire fabril. La Gente lo comentaba en las calles, pero no en los canales de televisión. Esos fingían que nada pasaba. Siguieron las cartas. Los plantones en la entrada de los medios, de las oficinas, de los palacios. Se desató una pandemia de investigadores ciudadanos. Pero Ellos se hartaron. Acordaron que lo mejor para la ciudad sería desaparecerlo, era su turno, lo habían aguantado de más. Al final, la culpa como siempre la tendrían los Otros. Hicieron una llamada. Enviaron al mejor, a alguien letal. Pienso en un asesino sin cara, un instrumento. Al día siguiente, un coche le cerró el paso al Columnista, cerca de El Periódico. Regresó sobre sus pasos. Dos hombres armados se acercaron. Detrás de ellos, alcanzó a ver un sombrero negro. Entró a un edificio, salió por la azotea. Luego, una persecución por entre los callejones del centro de la ciudad que concluyó hasta la central de autobuses. Creyó haberlos perdido, pero varias personas, después interrogadas, lo vieron subir al número 356, rumbo al Sur. Para perderlos, se bajó en medio del desierto, en algún lugar entre los estados de, digamos, Nuevo León y Coahuila. Todo aquello lo tiene ahora en esta habitación. Afuera, los lejanos ruidos del desierto; motores de coches invisibles, despavoridos, desplazándose hacia el Norte, huesos que crujen, alaridos suprimidos enterrados en tumbas olvidadas, forman-

do una necrópolis norteña. Adentro, el espejo del baño no refleja un rostro, sino un moreno amasijo con dientes amarillentos y larga melena negra. Asustado. Vuelto mierda. El agua le escurre a tropezones. Solo pasa el tiempo, sabe que alguien lo busca. Un depredador asombrerado que no tarda en encontrarlo. Pasan los minutos. El silencio es total. El Columnista enciende un cigarro y atora la puerta. Se sienta sobre la cama. Sostiene una pistola en su mano torpe, que no servirá para defenderlo, sino para justificar que lo maten. En la televisión, los canales locales arrojan escenas nocturnas de calles abandonadas. Desde los puentes peatonales, sobre las calles desiertas, algunos coches atraviesan las avenidas. Le dejan apenas unos minutos para recordar aquel gris infierno. Entiende que no tiene caso correr. Pudo haber ido más lejos, al Norte o al Sur, pero solo hubiera dilatado el final. Ni hablar, hasta aquí llegué, piensa. Vuelve a la ventana. Los ojos le piden descanso. Escribe algunas palabras más en su blog, un último post. En ese momento unos faros estáticos apuntan a su habitación. Una figura baja, se acerca. Es parte de él, de sus padres, de todos los habitantes de lo que hay detrás de las montañas. Llega para llevárselo al abismo, para callarlo. Atisba las alas del sombrero, los anchos hombros. Alcanza a ver que debajo de los brazos no hay un par de manos, sino dos negros cuernos de chivo. Antes de presionar el botón de publicar, escribe estas líneas: “Este no es un asesino, no es un hombre el que me busca, no es uno, son pocos, esta sombra es... Abadón”. ~


Bernardo Fernรกndez Bef

por

T o ca n a l a p u e rta

di s y un t i va s


parte i


porcentajes El protagonista debe:

52% Prestarle dinero al robot

48% No prestarle dinero al robot


parte ii


porcentajes El personaje

29% le cree al robot que dice tener un hermano pordiosero

71% no le cree al robot que dice tener un hermano pordiosero


parte iii


Final Alternativo


di s y un t i va s

El viaje d e l a m o s ca por

Israel GarcĂ­a Corona parte i


porcentajes 驴C贸mo debe continuar el c贸mic? La mosca...

00% es devorada por el pez

00% escapa ilesa del encuentro


parte ii


porcentajes 驴C贸mo contin煤a el c贸mic? La mosca...

00% 00% 000000000

0000000000000


parte iii


Final Alternativo


di s y un t i va s

A r at o s e s t oy por

Ros

parte i


porcentajes ¿Cómo continúa la historia?

00% la línea cae

00% la línea se queda arriba


parte ii


porcentajes 驴C贸mo acaba la historia?

00% escucha murmullos y se detiene

00% se va a competir a las olimpiadas


parte iii


Final Alternativo


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ve jó es . Tr r e s ? o ra rit u c it s cr es e s e tr os de am m bajo a ll a e tr u e q o es d s e ar de lug e c su los de de ón ca ¿D áfi gr

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escritorios de escritores

Escritorio de V e r o n i ca G e r b e r por

Ignacio Huizar

Tengo dos escritorios porque a veces mi gato escribe por mí. Están en lo que arquitectónicamente correspondería a la cabina de mando de mi departamento, una especie de pecera en la exacta esquina de la calle, con vista al Parque de las Américas. ~ –Verónica Gerber


Editores: Cynthia Ram铆rez & Pablo Duarte Cuidado editorial, dise帽o y preprensa: Patricia Nieto El Blog de creaci贸n y este libro fueron posibles gracias al compromiso de Banamex a la cultura y la creaci贸n literaria. Letras Libres, 2012



Creación