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Editorial Jujuy es tierra de esperanzas, devociones y misterios. Representa la antesala del gran silencio americano, según la describiera el gran Atahualpa Yupanqui. El viento murmura entre los cerros como recordando antiguas tradiciones que sobreviven al paso del tiempo. La majestuosa Quebrada de Humahuaca, los desolados paisajes de la Puna, los valles y las selvas de yungas otorgan diversidad y riqueza a un pueblo que crece y que tiene la posibilidad de reconocer, en su territorio y en sus propios habitantes, un inmenso pasado histórico y cultural. Limitada al sur y al este por la provincia de Salta, al oeste por Chile y al norte por Bolivia, recibió del mundo andino profundas influencias culturales. Cuestiones que no entienden de fronteras. Es que la frontera no sirve para separar, aislar o distinguir sino para enriquecer, tal como señala Héctor Tizón, uno de los escritores fundamentales de la literatura argentina. A comienzos de nuestra historia nacional, dos años después de la Revolución de Mayo, el pueblo, liderado por el general Manuel Belgrano, fue protagonista de un hecho fundamental conocido como el Éxodo Jujeño. La gente accedió a vaciar y quemar sus tierras, dejando todo atrás para lanzarse al camino soñando con un país libre y soberano. Una gesta histórica que refleja el gran coraje de un pueblo unido que supo responder a las circunstancias con convicción y esperanza. Un ejemplo para recordar y para seguir reconociendo cada día los valores que hacen a nuestra identidad más profunda. En este fin de año, quiero desearles unas muy felices fiestas, con la alegría de seguir creciendo juntos

Foto: Gentileza Augusto Moreno

y en paz en esta tierra argentina.

Gabo Nazar

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>contenido director general director editorial coordinación general Arte y diseño asistente coordinador periodístico colaboradores

corrección fotógrafo Ilustración contratapa agradecimientos

impresión Ejemplares

Gabo Nazar José Mutti Rodrigo Arizaga Paola Velez Sandra Capuano Pablo García Lastra Claudio Bertonatti / Sergio Limiroski / Silvia Miguens / María Giovanardi / Rubén Monerris / Martina Intronati / Alberto Moreno de la Fuente Edgardo Imas / Anna Souza José Luis Raota Mariano González Walter Barrionuevo, Gobernador de Jujuy / Jorge Noceti, Secretario de Turismo y Cultura de la Provincia /Juan Martearena, Director Provincial de Turismo / Rubén Monerris, Comunicación y Prensa de la Secretaría de Turismo/ Nadia Serrano Antar, Coordinadora de Turismo, Casa de Jujuy en Bs. As. / Gato Peters. Forma Color 35.000

4 > Entrevista a Tomás Lipán 9 > Las soledades y la memoria 14 > Más allá de las ruinas 20 > Llegando está el carnaval 26 > Sin muerte en la tarde 30 > El misterio de los ángeles arcabuceros 34 > Colección Primavera Verano 2011-2012 49 > Entrevista a Jaime Torres 66 > Senderos de identidad 76 > Un maestro que se refugió en la puna 86 > Pueblos originarios 98 > Entrevista a Héctor Tizón

>> OTRAS NOTAS

Cosas Nuestras Número 26 / Diciembre 2011 / Es una publicación de Cosas Nuestras S.A. / Correo de Lectores: Av. Alvear 1750 (C1014AAR) Ciudad Autónoma de Buenos Aires - Argentina - Tel/ Fax: 54-11-4815-9998 revistacosasnuestras@cardon.com.ar Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados. Registro de propiedad intelectual en trámite. ISSN 1850-1494 Distinciones de Cosas Nuestras: - Declarada de interés provincial por la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires. (2010) - Declarada de interés legislativo por la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires. (2008) - Premio Santos Vega de Plata 2007 al Mejor Medio de Difusión Gráfica Revistas.

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18 > Gato Peters 54 > Taruca - Infografía 58 > Leyenda jujeña 62 > Comida típica 72 > Mapa de Jujuy 82 > Diseños de la tierra 93 > Curación ancestral 94 > Sabiduría del origen 96 > Diagrama criollo 102 > Entre el cielo y el infierno 108 > Fuego por la libertad

Foto de Tapa: José Luis Raota. Máscara de carnaval elaborada por el artesano Alfonso Portugal.


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“Jujuy le han puesto de nombre / ha de ser cosa de Dios / en el idioma del cielo / así se llama el amor”. Tomás Lipán golpea la caja, el pequeño tambor unido en su sonido a la tierra del norte del país, y recuerda parte de esta copla de uno de su poetas preferidos, Raúl Galán. El músico canta con su voz profunda. Deja suavemente el instrumento a un costado de la mesa y muestra otros elementos que suele usar cuando se presenta en los escenarios del país y el mundo: una quena, su guitarra, un par de sikus, un erquencho –corneta de cuerno que rememora un tiempo ancestral– y hasta un bandoneón. Estos instrumentos son un gran tesoro para Lipán. Conoció sus sonidos siendo muy chico, cuando en una humilde casa junto a diez hermanos se convirtieron en parte del juego, de un tiempo donde la música era la alegría, la compañía en un hogar donde no se conocía la luz ni la radio. “Entre juegos y quereres me acuerdo lo primero que toqué fue una cajita imitando a nuestros mayores, porque la música que se vivía en casa era la copla. Los amigos de papá o familias enteras se reunían en la comarca para un sembrado, para señalar los chivos, o en carnaval mismo, y el canto era con caja. Después seguí con los instrumentos que teníamos a mano: la quena, el sikus y una guitarrita que hizo mi hermano. Luego el charango y, más acá en el tiempo, el bandoneón cuando tenía doce años. Esperaba siempre la llegada de un primo de mi papá que venía en carnaval. Después de comer un rico asado con choclo, queso y papa abajo del parral, desenfundaba su bandoneón. Así aprendí, mirando y jugando”.

Vivió su infancia en contacto con la naturaleza. “La actividad de niño era ayudar a mamá a pasear las cabras, y mientras paseaba iba recordando la melodía que había cantado mi papá el día anterior, cantando una copla, o tocando la quenita. Mi escuela fue la naturaleza. Lo que comíamos era lo que cultivaban mis papás. La leche no faltaba nunca, sembraban trigo, maíz, mi mamá hacía pan todos los domingos. Teníamos todo lo que la tierra te da, por eso el amor siempre de mi gente, del jujeño a la Pachamama. El amor a la tierra, la vida y la música en mí van todos juntos, no se separan”.

“El amor a la tierra, la vida y la música en mí van todos juntos, no se separan” “Cómo será de limpia la memoria por aquellos años –continúa–, que tiempo después, cuando mi papá pudo comprar una radio a pila, las melodías que escuchábamos por radio las aprendíamos y después las tocábamos. Con escuchar una sola vez una zamba, uno la aprendía en letra y música”. Así descubrió a músicos que lo marcaron, como Los Chalchaleros, Jorge Cafrune, Atahualpa Yupanqui, los Hermanos Ábalos. “No nos faltaba nada de lo que necesitábamos para vivir, que era el amor de nuestros padres y jugar con la música, la pelota de trapo, juguetes de piedra”. Por la tierra de la Quebrada fue andando y conociendo

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a su gente y su música. Se reconoce un hombre tímido que nunca ha golpeado puertas para mostrar su talento, sino al que siempre han llamado para actuar. Su perfil, en cierta forma, representa la forma de ser del hombre de la Quebrada. “Somos sumisos, callados, respetuosos, buenos, muy obedientes, trabajadores, muy aferrados a nuestra tierra, nuestras cosas”. A los veinte años viajó a Mar del Plata para intentar ga-

“Cuando el corazón del hombre empieza a escarbar la libertad que le cabe en el mundo, ahí es dueño absoluto de elegir la música que quiere escuchar, oír o interpretar” narse la vida con cualquier trabajo. Un amigo suyo lo escuchó cantar y lo convenció de que fuera a tocar a una peña. Allí recibió su primera paga por subirse a un escenario, iniciando su exitosa carrera profesional. Luego formó parte del grupo Sones de América, junto a su hermano Domingo. Tocaban todas las noches en las peñas más importantes de la ciudad de Salta. En 1990 fue descubierto por Jaime Torres y se transformó en el cantante del grupo del gran músico. “Con Jaime Torres aprendí no sólo el trabajo profesional y me pude presentar en escenarios de todo el mundo, sino también algo que él siempre inculca: que es tener respeto por los instrumentos”, menciona. “La música de la Quebrada de Humahuaca, del Noroeste argentino, tiene mucho valor, sobre todo si se respetan la quena, el charango, los sikus. Usar la melodía sin adornarla. Si a un cuadro de Picasso se le agrega un detalle, lo destruís. Lo mismo pasa con esta música, con sus sonidos maravillosos”. SOLISTA En 1998 Tomás Lipán inició su carrera solista. Lleva grabados varios discos y suele pasar gran parte del año presentándose con éxito en Buenos Aires y otras partes del país. Sin embargo, su lugar en el mundo sigue siendo su querida Jujuy. Cada vez que sube a un escenario, el músico lleva consigo las canciones que aprendió de chico, su origen in-

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dígena, el amor por su tierra, la alegría del carnaval, las melodías que tocaba formando parte de la banda de sikuris creada por su padre, mientras peregrinaba en la fiesta de la virgen de Punta Corral, hace más de cincuenta años. “Tocar en esas fiestas en mi pueblo era algo hermoso. Lo más lindo era tocar para que la gente bailara, tocar el bandoneón en carnavales, día, tarde, noche, sin cobrar un peso. Sin amplificación, sin acompañamiento profesional, sino de corazón. Y ésos son recuerdos imborrables. Ahora también voy a carnavalear, aunque es distinto”. –¿En qué cambió? –Antes se tocaba en un patio de tierra, y venía toda la gente de la comarca; ahora hay gente de todo el mundo que te está escuchando, uno que es del lugar, otro de otro lado, te filman, toman nota. No es una comunidad en la que nos conocemos todos como antes, hay ahora capaz mil personas en un predio. Pero lo de adentro es lo mismo, las ganas, el amor de tocar, y esa alegría de ver que la gente se divierte. AUTÉNTICA LIBERTAD De los instrumentos que ejecuta, menciona que el que más usa es la guitarra. “En mis presentaciones toco un poco de todo, pero en Jujuy cada uno se destaca en su tiempo: la tarka –especie de quena– y el bandoneón en carnaval, la quena en los pesebres de Navidad, el siku en las peregrinaciones”. El artista considera que la música es una forma de expresión que se emparenta con la libertad. “Soy amante de la libertad. Todos hemos nacido libres, el problema es que apenas uno nace te imponen cosas. Te imponen religiones, idiomas, color de la ropa y también la música. Pero cuando el corazón del hombre empieza a escarbar la libertad que le cabe en el mundo, ahí es dueño absoluto de elegir la música que quiere escuchar, oír o interpretar”. Seguramente, por esas ansias de libertad también está en contra de los sectarismos, incluso en la música. “No porque yo toque la quena o el siku tengo que imponer que lo bueno es que se toque eso. Hay que tener un corazón abierto a las músicas del mundo, y querer, amar y respetarlas. Cómo no me va a gustar que gente de otras partes respeten mi música de la misma manera que yo lo hago con la de ellos. La música está para unirnos, generar amor y alegría”. Lipán vuelve a tomar la caja y a calentar la voz. El sonido de sus ancestros está vivo, y una frase que ha utilizado


en sus presentaciones vibra en el ambiente. “Retumbo en el antiguo tambor de nuestra raza como la voz ronca del erque milenario; retumbo en los parches curtidos de las cajas que acompasan las coplas ardientes de los pueblos; retumbo en el lenguaje puro de mi erquencho y en el vientre maduro de mi quena, misterio ancestral

de nuestro acento que fluye majestuoso en nuestras venas; retumbo en el paisaje azul de mi voz tendida, corazón eterno que impulsa sentires compartidos, que estrechan las abiertas manos de la vida retumbando enamorado en tus latidos”. Sergio Limiroski Fotos: Nicolás Pérez

POR LOS CAMINOS

Tomás Lipán nació en Purmamarca (Jujuy). Su verdadero nombre es Tomás Ríos, pero para su vida artística y a modo de homenaje a Lipán –un muy pequeño paraje donde vivieron sus abuelos, ubicado a diez kilómetros de Purmamarca– adoptó el nombre con el que hoy todos lo reconocen. Entre 1974 y 1977 integró el grupo folclórico Sones de América, formado en la ciudad de Salta, por su hermano Domingo Ríos. Entre 1990 y 1997 acompañó con su voz las presentaciones de Jaime Torres, realizando exitosas giras por el país y por Europa. Desde 1998 se desempeña como solista, con varios discos publicados, como Amor y albahaca, Canto rojo y Cautivo de amor. Recientemente se presentó en el Centro Cultural Torquato Tasso, en Buenos Aires, en un espectáculo junto a Bruno Arias y Mariana Carrizo. Y entre los meses de octubre y noviembre se han convertido en un clásico con mucho éxito sus recitales en el teatro Carlos Carella, también de esta ciudad. Lipán además incursionó como actor de cine, personificando papeles en las películas El destino, de Miguel Ángel Pereira, y Nacido y criado, de Pablo Trapero, siendo nominado por esta última a los premios Cóndor de Plata, en el rubro Actor revelación.

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Las soledades y la memoria

Foto: Gentileza Joaquín Carrillo

Jujuy en la mirada de un naturalista

En cada rincón de la Quebrada de Humahuaca, en las selváticas Yungas o en la alta Puna se convive con el profundo silencio de la tierra jujeña. Naturaleza impactante, historia, flora y fauna, patrimonios de una provincia donde aún vibran ecos de culturas milenarias. “Éste es el Norte, casi ausente, de mi patria. Ésta es la provincial heredad ensimismada, el desdibujado imperio que es preciso rastrear por las soledades y en la memoria”. (Néstor Groppa) Jujuy es una tierra de contrastes, de cerros y valles, de espinas y flores, de llamas activas y pastores tranquilos, lagunas rosadas por flamencos y blancos salares inmaculados, con un pasado bélico y un presente pacífico. En el territorio jujeño conviven todavía los rumores del legendario Coquena con sus protegidas vicuñas y tarucas. Los carnavales estallan

con bombas de talco, coplas sentidas, ritos ancestrales y la inconfundible música andina. Si saboreamos un locro humeante o escuchamos un carnavalito, llegan a nuestra mente cálidos recuerdos de esta provincia de culturas milenarias. Estas memorias se polarizan en imágenes quebradeñas, puneñas y, en menor medida, selváticas. Sin embargo, los paisajes se reparten en cinco regiones ecológicas diferentes. De oeste a este: los Altos Andes, la Puna, el Monte de Sierras y Bolsones, las Yungas y el Chaco Seco. Podríamos dar vuelo a una recorrida quebradeña con cielo despejado y el sol más radiante. Seguramente,

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Foto: José Luis Raota

iluminará espinillos –o churquis–, cardones y algarrobos, que forman pequeñas islas verdes en un océano de piedras grises y en toda la gama de los pasteles. Estos rasgos, entre muchos otros, han hecho de la quebrada de Humahuaca uno de los íconos nacionales declarados Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad. Es que naturaleza y cultura se integran en el alma quebradeña. En un tramo corto (apenas unos 150 kilómetros) de la ruta nacional 9, y bordeando el río Grande, se levanta una quincena de poblados con más de 200 sitios arqueológicos vecinos y 10.000 años de historia. Cada tanto, se encuentran las ruinas de una fortaleza precolombina que rememora tiempos ancestrales. Así lo hace el Pucará de Tilcara, descubierto por el gran antropólogo, experto en folklore y naturalista Juan Bautista Ambrosetti, promotor y primer director del Museo Etnográfico de Buenos Aires. Un jardín botánico aledaño, dedicado a las singulares plantas de altura, enriquece al visitante con rarezas, fundamentalmente, en materia de cactus. Cada pueblo, en especial los domingos, luce un mercado, sobre la

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plaza principal donde suele levantarse una iglesia antigua, sencilla y hermosa, como en Purmamarca, Humahuaca o Yavi. Por estos pagos, niños con ojos vivaces y manos avejentadas amontonan esperanzas. Cambiarán versos por monedas, para endulzar su jornada. Esconderán tristezas detrás de sonrisas amplias. Van a la iglesia pero creen en la Pachamama (la Madre Tierra). Si no tocan el charango, saben soplar la quena o sonar la caja. No hay uno que no saque música en la quebrada. Su vida es cuesta y bajada. Por eso, uno de los maestros de Humahuaca, Fortunato Ramos, suele pedir “No te rías de un colla” (ver recuadro pág. 12). EL SENDERO DE LA SELVA Uno de los paisajes más impactantes de la provincia es su selva de yungas. El espectacular Parque Nacional Calilegua honra esta región ecológica, la más biodiversa del país junto con la selva misionera. En sus 76 mil hectáreas merodea el “tigre” o yaguareté, el anta o tapir embiste el follaje y el águila poma sobrevuela el verde dosel con lapachos amarillos y robles “ambura-


Fotos: Gentileza Augusto Moreno

na”, mientras corretean las ardillas rojas entre las ramas de un nogal. Cerros cubiertos por selva ordenan su flora en pisos o estratos que cambian el elenco de especies dominantes a medida que uno asciende. Así, uno pasa desde la selva de transición, riquísima en árboles (más de cien especies) a la selva pedemontana con laureles y parientes del famoso arrayán (mirtáceas). Si se sigue andando, se dejará esa selva para ascender por los bosques de alisos, pinos del cerro y uno de los árboles más amenazados del país, la queñoa. Y llegará un punto –por encima de los 3.000 metros sobre el nivel del mar– en que el bosque se abrirá para dejar paso a extensos pastizales que doran los cerros, como el Amarillo, donde se refugian las tarucas (ver infografía pág. 54), uno de los monumentos naturales de la Nación. CAMINOS DE LA HISTORIA En San Salvador hay una cita con la historia. El 23 de agosto de 1812, esta ciudad quedó abandonada, porque su población, ante el avance de las tropas realistas provenientes desde el Alto Perú, se plegó a la retirada

del Ejército del Norte, al mando del general Manuel Belgrano. Él ordenó “tierra arrasada”, disponiendo el arreo del ganado y el incendio de las cosechas y viviendas, para que el enemigo no hallara recursos. Esta penosa y epopéyica retirada hacia Tucumán hoy se conoce como el Éxodo Jujeño y es recordado cada

es que en la madrugada del 9 de octubre de 1841 una bala impactó en su cuello y allí murió desangrado el valiente general, de descollante carrera militar en las guerras de la Independencia americana y polémica actuación en el enfrentamiento entre unitarios y federales. Pero su historia no culmina allí, porque

El espectacular Parque Nacional Calilegua honra esta región ecológica, la más biodiversa del país junto con la selva misionera aniversario con profundo sentimiento por la comunidad local. A pocas cuadras de la plaza principal, se encuentra la casa donde fue asesinado el general Juan Lavalle, hoy Museo Histórico Provincial. Si bien las circunstancias no son claras, se exhibe la puerta original que fue protagonista involuntaria del homicidio. Se cuenta que la bala asesina la atravesó, pasó por ella cuando estaba entreabierta o bien a través del ojo de su cerradura, como muchos prefieren narrar. Lo cierto

los federales buscaban apropiarse de sus restos para exhibirlos públicamente. Por eso, un grupo de fieles soldados los rescató y el cuerpo partió hacia el norte por la quebrada de Humahuaca. En plena travesía hacia Potosí, ante la descomposición del cadáver, decidieron descarnarlo en Huacalera. Limpiaron sus huesos en el río, guardaron su cabeza, conservaron su corazón en aguardiente y continuaron su retirada hasta ponerlo a salvo. El virtuoso Eduardo Falú puso música a la letra

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Foto: Gentileza Joaquín Carrillo

NO TE RÍAS DE UN COLLA No te rías de un colla que bajó del cerro, que dejó sus cabras, sus ovejas tiernas, sus habales yertos; no te rías de un colla, si lo ves callado, si lo ves zopenco, si lo ves dormido.

Claudio Bertonatti (*), con la colaboración de Lorena E. Pérez

(*) Claudio Bertonatti es museólogo, naturalista y docente. Está dedicado a la conservación del patrimonio natural y cultural desde 1983. Es profesor de la Cátedra UNESCO de Turismo Cultural. Dirigió la revista Vida Silvestre y actualmente es el director de la Reserva Ecológica Costanera Sur, de Buenos Aires.

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No sobres al colla, si un día de sol lo ves abrigado con ropa de lana, transpirando entero; ten presente, amigo, que él vino del cerro, donde hay mucho frío, donde el viento helado rajeteó sus manos y partió su callo. No te rías de un colla, si lo ves comiendo su mote cocido, su carne de avío, allá, en una plaza, sobre una vereda, o cerca del río; menos si lo ves coquiando por su Pachamama. Él bajó del cerro a vender sus cueros, a vender su lana, a comprar azúcar, a llevar su harina; y es tan precavido, que trajo su plata, y hasta su comida, y no te pide nada. No te rías de un colla que está en la frontera pa’l lao de La Quiaca o allá en las alturas del Abra del Zenta; ten presente, amigo, que él será el primero en parar las patas cuando alguien se atreva a violar la Patria. No te burles de un colla, que si vas pa’l cerro, te abrirá las puertas de su triste casa, tomarás su chicha, te dará su poncho, y junto a sus guaguas, comerás un tulpo y a cambio de nada. No te rías de un colla que busca el silencio, que en medio de lajas cultiva sus habas y allá, en las alturas, en donde no hay nada, ¡así sobrevive con su Pachamama! Fortunato Ramos

(de Costumbres, poemas y regionalismos, 2003).

Foto: José Luis Raota

del emotivo “Romance de la muerte de Juan Lavalle”, escrito y narrado por Ernesto Sábato. A minutos del centro de la capital se encuentra el Parque Botánico Municipal, sobre la calle Caballito Criollo s/n, en el barrio Los Perales. Es un sector remanente de yungas con vistas hermosas de la Tacita de Plata (la capital jujeña) y senderos que permiten reconocer la fabulosa naturaleza jujeña, con excelentes oportunidades para observar especies de plantas silvestres y también urracas, pepiteros y corzuelas. Escuchando el charango del virtuoso Jaime Torres o una zamba cantada con la voz grave de Tomás Lipán, se puede afirmar que todo aquel que busca hurgar entre la soledad y la memoria hallará en estas tierras coloridas los espacios para el reencuentro con la patria profunda.

No te rías de un colla, si al cruzar la calle lo ves correteando igual que una llama, igual que un guanaco, asustao el runa como asno bien chúcaro, poncho con sombrero, debajo del brazo.


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MÁS ALLÁ DE LAS RUINAS PUCARÁS EN LA QUEBRADA

Más de veinte de estas edificaciones conformaban una línea defensiva creada por los omaguacas antes del período incaico en la ahora tierra jujeña. Se los puede ver a la vera de la ruta, pero su profunda significación pertenece al alma de un pueblo que recuerda sus raíces.

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Al adentrarse en la Quebrada de Humahuaca se revelan las puertas naturales de un templo amerindio. El aire se densifica, los cardones se yerguen estoicos y desafiantes, la tierra roja cruje, los pastos amarillentos cantan con el viento y los cóndores dibujan nubes con su vuelo. Coronando este espacio sagrado, el Pucará de Tilcara se eleva tieso y robusto, despojado de la mística de sus antiguos habitantes. Los pucarás son construcciones defensivas que resguardaron a los pobladores de la Quebrada de sus enemigos y les otorgaron un gran dominio visual de su entorno. Allí encontramos veintiuna construcciones, entre las que despuntan el Pucará del Volcán, el Pucará de los Hornillos, el Pucará de Tres Cruces y el Pucará de Tilcara, a ochenta y seis kilómetros de San Salvador de Jujuy. Todos se yerguen a una distancia estratégica en un ingenioso diseño de formación encadenada, con el objetivo de realizar acciones conjuntas en contra de los invasores y de dominar puntos vitales para el comercio entre los pueblos indígenas. Mucho antes de que en sus campos guerrearan los realistas contra los Infernales de Güemes, en el siglo XI los indios omaguacas inmortalizaron con una ingeniería admirable una de las fortalezas más sobresalientes del territorio. Construida

sobre un punto estratégico a 70 metros de altura y apuntalada por los cauces de los ríos Grande y Guasamayo, los indígenas dominaban el cruce de importantes caminos incas. Al recorrer los recovecos de este centro administrativo-militar se corporeizan las siluetas orgullosas de sus dos mil habitantes celebrando en la plaza de ceremonias, arando en los andenes de cultivo, despidiendo con ajuares a sus muertos o tostando maíz en el patio de sus viviendas de adobe. Cuentan que cuando el incansable arqueólogo y expedicionario argentino Juan Bautista Ambrosetti descubrió el Pucará de Tilcara en 1908, vociferó a su esposa: “¡Nelly, encontramos la Troya argentina!”. Junto a su discípulo y luego sucesor, Salvador Debenedetti, exploraron las ruinas por tres sofocantes veranos y extrajeron unas tres mil piezas que permitieron vislumbrar la vida de los omaguacas antes de la llegada de los españoles. Tanto tiempo contemplando los despojos de una civilización arrasada, quizás empujaron a Debenedetti a la tarea colosal de querer reconstruir el Pucará. Pero fue recién en 1948 cuando Eduardo Casanova, a cargo de la cátedra de Arqueología Americana en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA), completó el proyecto. Sobre un millar de construcciones originales, se recrearon cincuenta de ellas, entre las que se


encontraban sitios religiosos, defensivos y unidades de viviendas. Después de cuatrocientos años de destrucción, el Pucará recuperaba un destello de su antigua magnificencia. GUERREROS Y AGRICULTORES Al contemplar las ruinas del Pucará nos imaginamos impávidos guerreros omaguacas adornando los muros con las cabezas de sus enemigos. Sin embargo, esta tribu era principalmente agricultora, con un fuerte dominio de la alfarería y el tejido. La supremacía inca les legó la irrigación artificial y los andenes de cultivo, que desplegaban con astucia sobre los suelos pedregosos. Con palas de madera o piedra, preparaban la tierra para cultivar semillas de maíz, papa o quínoa y luego la almacenaban en depósitos subterráneos. Complementaban esta dieta

vegetariana con la caza ocasional de guanaco, ñandú y otras aves. La guerra y el comercio eran vehículos de comunicación con otras comunidades de la Quebrada. Su

Su ubicación estratégica en el valle les permitía recibir mercancías codiciadas como la coca de Bolivia e incluso moluscos del Pacífico ubicación estratégica en el valle les permitía recibir mercancías codiciadas como la coca de Bolivia e incluso moluscos del Pacífico. Las mujeres participaban de los true-

ques intercambiando tejidos trabajados con lana de llama, con los que vestían en los ventosos inviernos. El curaca, o jefe político y administrativo del pueblo, era quien se encargaba de distribuir las tierras y organizar los trabajos colectivos, así como de defender la comunidad de los linderos. SITIOS SAGRADOS Al desperdigarse el pueblo omaguaca, los amerindios dejaron atrás sitios sagrados como el Pucará de Tilcara, que materializaban con fidelidad la cosmovisión andina. La sacralidad del universo se edificaba en cada una de sus manifestaciones culturales, como templos y espacios rituales, para que los espíritus velasen por el equilibrio establecido con su medio ambiente. Esta forma de entender la relación entre el hombre y el universo se tradujo en una

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gobiernos para que implementen leyes que los protejan y no promuevan la urbanización. Para visitar estos lugares religiosos y rendir homenaje a sus ancestros, ellos deben pagar una entrada a diferentes museos, donde guías que no pertenecen a su pueblo exhiben los restos de sus familiares como una atracción vistosa. “¿Cómo es posible que nuestros conquistadores sean los que enseñan nuestra cultura?”, se cuestiona un melancólico González. Una pregunta punzante que llama a reflexionar desde el respeto y el reconocimiento. María Giovanardi

EL ÚLTIMO PRÍNCIPE DE LA QUEBRADA Cuando el centinela omaguaca divisó con estupor a una centena de hombres barbados descendiendo por el extremo sur del valle, alertó al aguerrido curaca Viltipoco. Los españoles, acompañados de bestias formidables, esperaban la orden de ataque de su comandante, don Francisco de Argañarás y Murguía. El Pucará latió por dos días, hasta que los invasores desistieron acalorados. Entonces Viltipoco se escabulló entre los recovecos de la Quebrada de Humahuaca, para luego unir a toda la nación indígena contra los blancos invasores. El príncipe humahuaqueño, invisible y astuto, convocó a todos los curacas de la cordillera de los Andes, reclutando más de 10 mil guerreros para tomar las grandes ciudades del Tucumán: Jujuy, Salta, Tucumán y La Rioja. Pero el capitán Argañarás y Murguía, un feroz vasco hijo de la Inquisición, se enteró por un traidor de los vertiginosos planes del curaca, justo una noche antes del golpe. Con el semblante de Leónidas, el capitán partió inadvertido con sus veinticinco mejores soldados con el objetivo de vencer o morir. Uno a uno desplomaron a los centinelas indígenas apostados en el camino, hasta colarse como sombras en la aldea donde descansaban Viltipoco y sus jerarcas. En una noche tibia de abril de 1593, los dos guerreros se estacaron por primera vez las miradas: el capitán y el príncipe, Héctor y Aquiles, el conquistador y el andino, sabían que sólo uno recibiría victorioso el amanecer. Entre la oscuridad enmarañada, el occidental empuñó su arcabuz en la cabeza de Viltipoco, reduciendo al curaca en su propia choza. El príncipe humahuaqueño, que se había resistido a la conversión cristiana, no pudo contra un arma de fuego. Quizás fue la admiración hacia un enemigo digno o la intención de no turbar el ánimo de los indios, pero Argañarás y Murguía no apretó el gatillo. En cambio, arrastró al andino a una celda polvorienta de Santiago del Estero, donde murió mancillado por la enfermedad. Dicen que su espíritu encarnó en un magnífico cóndor que sobrevuela eternamente la Quebrada, abrazando a su pueblo y susurrándole palabras de valentía.

Fotos: Gentileza Secretaría de Turismo y Cultura de Jujuy

filosofía que influyó poderosamente en el desarrollo de su civilización. En la cosmovisión andina, los sitios sagrados no eran sólo las edificaciones, sino también los espacios naturales donde residían los espíritus. Así veneraban a los Apus, espíritus de las montañas y protectores de cada región, señores que lo veían todo y a los que acudían para pedir consejos. Como formas de energía viviente, hacerse parte de ellos era una invitación a tomar conciencia del cosmos. “Si el hombre o mujer adquiría esa armonía, ellos recibían un poder sagrado, el hombre era parte de las fuerzas vitales, al igual que los seres de la tierra que al morir retornaban a ella”, ilustra Luis Delgado Hurtado, presidente de Yachay Wasi, una ONG peruana que lucha por conservar el legado inca y los derechos de sus descendientes. En el anfiteatro próximo al Pucará se celebra todos los agostos la fiesta de la Pachamama, para venerar con rezos, bailes y ofrendas a la generosa Madre Tierra. Entre ancianos coloridos de rostros acartonados, se asoman los ojos vivaces de algunos jóvenes, que buscan reconstruir su espiritualidad heredada a través de estos ritos, sesgando la contaminación del turismo occidental. “El turismo es un arma de doble filo, desde que se implantó el Patrimonio de la Humanidad en la Quebrada no ha dejado de llegar gente foránea a comprar lugares para instalar sus emprendimientos turísticos a costa de nuestra cultura, utilizando nuestros símbolos para convertirla en un Disney andino”, observa Sergio Daniel González, director de la radio humahuaqueña Libertad. En la actualidad, el desafío de los descendientes de los omaguacas consiste en la preservación de sus sitios sagrados, presionando a los


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El Primo Del Campo GATO PETERS

Digo Jujuy y me acuerdo De aquellos estudiantes, cuando venían a La Plata… con todo el paisaje adentro… Cayote, el Tony, Chupete…

Y después me veo yendo para recorrer aquello…

Jujuy, General Belgrano. Aquel Éxodo Jujeño, resistencia de los criollos, símbolo a través del tiempo. Del Cacique Viltipoco, último bastión de un pueblo. Del Ejército del Norte, pura historia de la patria…

Jujuy de San Salvador, cerros… Tacita de Plata, lindo Jujuy cuando llueve…

El Jujuy de la Quebrada, alta entrada de la patria, leyenda de los cardones disfrazados de paisanos, Purmamarca y Tilcara, el cerro siete colores y el Pucará…

Misachicos, procesiones, la marcha que hacen los sikuris.

Charango, quena, zampoña. Jujuy Colla, piedra y lana, vicuña pero no cabras… Pastores, meseta alta. La puna y la quebrada. La yunga, abajo los valles, tabaco, caña de azúcar, tierra de selva y de llamas. Clima seco, fuertes vientos.

Jujuy allá en el noroeste, Rincón lejano, frontera. Cultura altoperuana. Adonde se hizo el país. Tomás Lipán de Jujuy.

Palpalá, Hornos en Zapla, el Perico de Cafrune. Jaime un hijo adoptivo y el carnaval de La Quiaca. Jujuy de los estudiantes. Tantanakuy del encuentro. Madre tierra Pachamama, y las ofrendas de agosto.

Jujuy toreo de la vincha, Jujuy del Rana Valencia y del Parque Calilegua.

Estatua de Lola Mora, Héctor Tizón, escritor, y el Perro Santillán y el Zamba Quipildor… Precisamente Tizón habla de riñas de gallo y me hace acordar de Firpo. Una costumbre bien criolla la de criar gallos de riña.

Aunque no estén permitidas, sean ilegales, clandestinas y no haya riñas de gallo. En el campo igual crían gallos. Firpo igual tenía gallos. No los hacía pelear nunca pero igual tenía gallos.

Y no sé quién le había dicho que había que darles maíz blanco, que eso los ponía más malos…

Y la gallina se sabe, no tiene gusto, no tiene papilas gustativas como nosotros, come por el color y el tamaño, por el aspecto de los granos.

Y un día cayó granizo. Los gallos nunca habían visto. Ellos veían maíz blanco. ’Taban sueltos en el patio y entraron a picotearlo… quedaron duros los gallos.

Firpo contaba después de esa imagen congelada; los gallos cruzando el patio... Tuvo que descongelarlos sobre la cocina a leña… decía Firpo, no sé…

Lo último que le quedó fue una gallina de esa raza. Y dice que era muy mala.

Era la que él tenía para que sacara pollos. Brava la sangre de riña, se le había puesto muy mala. Tuvo que sacrificarla porque no se aguantaba, se peleaba con los perros, le mataba las ovejas… No sé si sería cierto…

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Foto: Gentileza Juan Fernandez


Llegando está el carnaval La gran fiesta de la Quebrada La alegría inunda de ritmos, canciones y colores esta

celebración jujeña, que atrae a visitantes del país y del mundo. Grandes preparativos, pintorescos personajes, comparsas, trajes, máscaras y una fusión de creencias integran este festejo, que moviliza a todo Jujuy durante la época de cosecha y abundancia.

“¡¡Cierren la puerta / échenle llave/ que de esta casa, nadie se va!! / Arriba, arriba / Abajo, abajo / Al centro, al centro / ¡Salud! / ¡¡Y luego adentro!!” Estos versos de una de las canciones más escuchadas durante el carnaval jujeño se cumplen al pie de la letra en la mayoría de los pueblos de la Quebrada de Humahuaca. Eso sí, sólo después de haber realizado el desentierro del Pujllay, el diablo del carnaval, el protagonista principal que acapara durante nueve días todas las luces y miradas. El carnaval llega con su algarabía, colorido y desenfreno en plena épo-

ca de cosecha y abundancia, después de concluir el período de empadre y parición del ganado. Si bien la sensación de festejo se extiende a toda la provincia, existen matices según dónde sea el lugar de celebración. En el campo, en plena zona rural, transcurre en un contexto fa-

“Ser diablero no es para cualquiera, por más travieso que seas durante el año”

miliar en el que parientes, vecinos y amigos comparten la comida, la bebida, bailan, y sobre todo se destacan las rondas de coplas. Algunos aprovechan el mismo sábado de carnaval para hacer “la señalada”, ceremonia en la que se cortan (se “señalan” o marcan) las orejas de ovejas o chivos de una manera que distingue a cada dueño, y se ruega a la Pachamama por la multiplicación del rebaño. En los pueblos, en cambio, son las comparsas las que encabezan la fiesta. Con ellas se viven jornadas de alegría constante, de bebidas al alcance de la mano, de música

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autóctona con bombos, sikus y erquenchos y bailes interminables, de historias cotidianas amorosas o jocosas escuchadas en rondas de copleros, grupos de amigos que suben y bajan entre los pueblos de la Quebrada con cerros multicolores como telón de fondo. LOS PREPARATIVOS Los pueblos como Purmamarca, Tilcara, Juella, Huichaira, Uquía o Humahuaca parecen encenderse de pasión para disfrutar de esta antigua manifestación popular que llegó de la mano de la conquista española a las regiones jujeñas de la Puna y la Quebrada, se fusionó con costumbres ancestrales y se extendió luego a los Valles y las Yungas. Particularmente, en la Quebrada y la Puna el carnaval es representado por el Pujllay, que en medio de la algarabía general del Sábado de Desentierro es sacado del mojón –un lugar apenas retirado del pueblo o en la ladera accesible de algún cerro, demarcado por un montículo de piedras– que lo albergó desde el

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año anterior. Este diablo carnavalero, más jocoso que tenebroso, suele estar representado por un muñeco de tela de color rojo, adornado con cascabeles, lentejuelas, espejos y plumas. Los festejos comienzan diez días antes de los que señala el almanaque tradicional con el Jueves de Compadre, continúa la semana siguiente durante el Jueves de Comadres, y la mayor intensidad se produce cuando llega el llamado Carnaval Grande, que se vive desde el sábado pos-

Para el diablero, su traje lo es todo: significa inmunidad en las travesuras, elegancia y distinción terior hasta el martes. Concluyen el fin de semana siguiente con el Carnaval Chico y el entierro del diablo en su mojón. Varios meses antes del carnaval comienzan las reuniones, los deba-

tes y la organización para lograr el resultado anhelado por cada comparsa; también por cada familia decidida a preparar la “invitación”, que se realiza tradicionalmente desde una comunidad o algún vecino en particular a una comparsa con el compromiso de recibirla con honores, comida, bebidas y música. No es tarea fácil. Hay que prever todo para un par de cientos de carnavaleros hambrientos y sedientos que pueden llegar al lugar indicado apenas después del desentierro, a última hora cuando el sol comienza a esconderse entre los cerros o bien entrada la noche. “Es un trabajo en serio esto de invitar a una comparsa”, afirma Gustavo Chapor, propietario de una hostería en Tilcara. “Mis abuelos y mis padres solían hacerlo, con la diferencia que en aquellos años no eran tantos los seguidores”, refiere. En los encuentros previos de los organizadores, normalmente con un asado de cordero de por medio, se designa a los padrinos de la comparsa –generalmente matrimonios o parejas–, quienes serán respon-


sables de acondicionar el mojón, de confeccionar la bandera, de la bebida, la comida, la música y del muñeco que representa la figura del principal personaje. “El miércoles antes del Jueves de Comadre ya queremos tener todo el trabajo terminado, rogamos que nadie se enferme en casa o que no surja ningún compromiso de último momento, ¡porque se nos viene el mundo abajo! Es que la alegría que hay en el ambiente contagia, es permanente, y la preocupación principal es asistir al mayor número de invitaciones posibles”, añade Gustavo.

rente graduación alcohólica), los integrantes de las comparsas con sus bandas de música, los diableros y los seguidores fieles pasarán las jornadas del sábado, domingo, lunes y martes bailando y visitando una tras otra las casas donde fueron invitados a comer y beber. Cuando van de una peña a otra cuidan de responder todos los saludos por la calle, porque uno nunca sabe qué pariente, amigo o conocido está detrás de los rostros maquillados con talco y decorados con papel picado y serpentinas.

DESENTIERRO

En todo el carnaval se destaca omnipresente el Pujllay. Pero a este personaje infaltable hay alguien encargado de darle vida propia. Es el diablero y, como dice la canción, “un hombre simple con un disfraz”, quien detrás de una máscara dibujada en una estructura simple armada con alambre tejido, telas y lentejuelas coloridas se propone ser el alma de la fiesta y también, en muchos casos, cumplir con una promesa de devoción, de fe. “Ser diablero no es para cualquiera, por más travieso que seas durante el año”, explica Pedro, de poco más de 40 años, quien pese a solicitar el anonimato carnavalero cuenta que es integrante del ballet jujeño Juventud Prolongada. “Hay que estar dispuestos a levantar todos los ánimos, no aflojar el ritmo durante los cuatro días y sus noches”, detalla. También advierte que hay que cumplir con ciertas “reglas” establecidas como no tener una compañera permanente en esos días, no rechazar la “invitación” de ninguna persona o de otra comparsa, activar el cuerpo apenas comience a sonar un huayno, un bailecito o un carnavalito, ser el primero

El sábado de carnaval, después del mediodía se cumple con el ritual más esperado: el desentierro del diablo. Los miembros de cada comparsa se encargaron previamente de convocar a propios y extraños a su mojón. ¿Y cómo llegar al mojón?, no es problema alguno, el sonido de bombas de estruendo estallando marca el lugar. Los visitantes dispuestos podrán cumplir con alguna parte de la ceremonia, aunque primero les pedirán permiso para echarles suavemente una mezcla de talco y papel picado. Los van a “señalar” colgándoles coloridas serpentinas alrededor del cuello y los van a llevar hasta el mojón a cumplir los mismos gestos para “chayarlo”. A los que llegan sólo para observar nadie los molesta, aunque van a hacer el intento de invitarlos a participar y compartir la alegría en las diferentes jornadas. Luego del desentierro, de haber sido “vacunados”, todos los presentes (aceptando y tomando en forma continuada pequeñas medidas de un sinnúmero de bebidas de dife-

ESPÍRITU DIABLERO

DICCIONARIO BÁSICO DEL CARNAVAL Carnavalero: Dícese de un personaje errante que entalcado y adornado con serpentina sigue al diablo de la comparsa por las distintas invitaciones y peñas. Vacuna: Convite de una batería numerosa y heterogénea de bebidas alcohólicas que el carnavalero debe consumir ante la invitación del dueño de casa o padrinos de mojón. Mojón: Montículo destacado de piedras apiladas que señalan el lugar de donde se desenterrará el Pujllay. Chayar el mojón: Acto de celebración que significa bañar con bebidas, brindar un cigarro y coca, y vestir de serpentina, talco y papel picado al mojón antes del desentierro. Coplas: Forma poética de cuatro versos, con contenidos ocurrentes y de relatos de la vida real; se acostumbra a cantarlas en rondas.

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Coplas de carnaval Qué les parece señores ha llegado el carnaval. Ya se acabaron las penas todo es cantar y bailar. Rubia como pelo i choclo Pantalón largo y angosto. Parecés ternero flaco desmamantado en agosto. Aquí estoy porque’i venido porque’i venido aquí estoy. Si no les gusta mi modo como he’i venido me voy. Solito con mi aculliqo al Diablo le he’i de aguantar. Meta caja y meta copla las penas he’i de olvidar.

en “atender” a las mozas solteras, convencer a los indecisos y, fundamental, impostar la voz, cambiarla, “para que no te reconozca nadie, ni tu esposa”, subraya con una sonrisa pícara. Para el diablero, su traje lo es todo: significa inmunidad en las travesuras, elegancia y distinción. Por eso, su trabajo comienza más de seis meses antes de la fecha señalada y la confección será revisada hasta el último detalle. No deben faltar cascabeles de diferentes tamaños, pequeños espejos, lentejuelas multicolores y, en muchos casos, en el forro de la casaca estará pegada la estampa de algún santo del que es devoto. El traje se completa con una camisa, un pantalón holgado, faja, capa, una cola larga –para arrear a los remolones–, alpargatas, todo adornado en forma artesanal pieza por pieza. Y, por supuesto, lo más llamativo es la máscara, que tiene que ser liviana, cubrir el rostro y la cabeza, tener facciones alegres y un diseño que siempre es único. “Por lo menos, hay que ser diablero durante tres años seguidos, es el tiempo que dura la promesa”, expli-

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ca Gabriel, un joven diablero de 19 o 20 años de la comparsa Los Alegres de Uquía, siguiendo con la tradición de los hombres de la familia, quien confiesa que su hermana, dos años menor, “también es diabla, se junta con unas amigas y andan con nosotros”. Cumplida su promesa, en el tercer carnaval, el diablero, junto a sus compañeros y acompañado con el canto de coplas, zambas, taquiraris y algunas sentidas lágrimas, cumple con el ritual de la quema del traje en el mismo mojón de donde salió en su último desentierro. Este varón repetirá o no su promesa para el siguiente año, pero con seguridad otro diablero tomará su lugar. CAMBIO DE HÁBITOS El carnaval es un momento muy esperado por los jujeños. Significa que además de disfrutar del reencuentro y de la amistad con aquellos con los que uno apenas cruza palabras durante el año, son los días en los que todos, con el rostro entalcado, se igualan. No hay pobres ni ricos, ni locales ni turistas, todos se respetan y comparten por el sencillo

hecho de decirse, con justa razón, carnavaleros. No es que el carnaval transforme a los jujeños, solamente los hace cambiar de hábitos. A lo largo de la celebración es lo mismo dormir en la cama de una hostería, en el asiento del auto o en una carpa pequeña armada bajo un molle. La chicha reemplaza la gaseosa light, el vino en caja le gana la pulseada al de alta gama, comer tamales al paso es tan sabroso como un plato gourmet en el mejor restaurante, y la moda se refleja en la ropa cómoda, caras entalcadas, sombreros ovejunos o tejidos y el particular perfume de la albahaca. Tan arraigada es esta celebración en Jujuy, que hasta el año 2010 fue la única provincia argentina que disfrutó de cuatro jornadas no laborables consecutivas, tanto porque las oficinas y los comercios padecen la falta de clientes –y empleados– como también porque todos respetan lo que sugieren los abuelos: “Hay que andar bien con Dios y con el diablo”. Rubén Monerris Fotos: Gentileza Alberto Castagnolo / Inés Perberton


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muerte en la tarde Toreo en Casabindo

En medio del silencio, en un pequeño poblado de la Puna, se revive cada año un antiguo ritual fruto de la fusión de culturas. Es una actividad única en el país, donde se manifiestan corajes, miedos y devociones, pero los animales jamás salen lastimados. Cada 15 de agosto, más de cinco mil visitantes llegan a Casabindo, un caserío de tan sólo 250 habitantes, ubicado en plena Puna, para participar de la celebración en homenaje a la Virgen de la Asunción. Es el momento del año que brinda su fama a Casabindo, un poblado de casas de adobe unidas por calles de tierra y sometidas al viento, al sol y a las inclemencias de una zona inhóspita del planeta, donde los teléfonos celulares carecen de señal. Los pueblos hilvanados a lo largo de la Quebrada de Humahuaca manifiestan su fervor y devoción religiosos en coloridas y alegres celebraciones. Pero allá, más al norte, a casi 300 kilómetros al noroeste de la ciudad capital de Jujuy, a 3.777 metros de altura sobre el nivel del mar, en el

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remoto pueblo de Casabindo se realiza el Toreo de la Vincha, la única actividad taurina incruenta de Latinoamérica. Suele asociarse la corrida de toros con una práctica repudiable donde el sufrimiento del animal aviva la valentía del torero. Sin embargo, los toros de Casabindo no salen lastimados y al terminar el espectáculo vuelven a las laderas yermas de las montañas. Y los toreros son pobladores que se les animan, sin espadas y con mucho coraje. LA FIESTA El alboroto se apodera del pueblo la noche anterior, con las peñas musicales al son del erque y litros de chicha. Durante la mañana de la celebra-


ción, decenas de ómnibus arriban envueltos en una nube de polvo que saca del letargo al apacible Casabindo. Con los visitantes, llegados de toda la provincia, de otros puntos del país y del extranjero, comienza la jornada más agitada en el calendario del pueblo. Durante el día, para aprovechar el aluvión de gente, se arma una feria donde se ofrecen productos autóctonos, como tejidos, piezas de cerámica y comidas tradicionales. La conmemoración despunta por la mañana, con la misa que oficia el obispo de Humahuaca, en la catedral de la Puna, un santuario del siglo XVIII y de inmaculado blanco, que se recorta en el firmamento azul. Es la iglesia de Casabindo. Al culminar, la imagen de la Virgen sale en andas sumergida en una sinfonía de campanadas que retumban en la inmensidad. La nutrida procesión deja su huella por las calles del pueblo, mientras algunos saxos y redoblantes acompañan el ritual. DANZAS SUPLICANTES Esta etapa de celebración es compartida por los samilantes, hombres ataviados con plumas de suri, que danzan para pedir la bendición de la lluvia, fenómeno vital para la Puna en el comienzo del año agrícola. El suri es un ave que ante la presencia de una tormenta corre con las alas extendidas, anunciando la gracia del agua. Por eso, ser un samilante otorga un sello sagrado, el de ser portador del ruego a la lluvia. La danza de los samilantes es un rito milenario surgido de las profundidades de la historia andina y está conectada con la vida. La súplica es una plegaria por la vida, y el agua es la vida, explica el profesor Osvaldo Maidana. Luego de la conquista española e imponiendo la concepción occidental, esta figura fue transformada en “Guardianes de la Virgen” y es por eso que en el Casabindo de hoy danzan delante de la iglesia y de la procesión que surca el pueblo. También la Danza del Cuarto tiene su espacio, cuando dos parejas de mujeres llevan una media

CON LA CERTEZA DE UNA PRESENCIA DIVINA Juan Alberto De Pascuale tiene una historia para contar. Es jujeño, ingeniero agrónomo, trabaja en el INTA y se define como colla de ley. Fue protagonista del toreo en Casabindo y aún después de casi diez años guarda como un tesoro el recuerdo de aquella tarde. “No sé bien por qué, sólo que nos juntamos con cuatro amigos y decidimos que podíamos hacerlo, aunque la idea fue mía –cuenta Juan–. Primero fue como un juego, una travesura. El toro era de los más bravos y se llamaba Picasso. Muy pocos le habían sacado la vincha. Y si lo hubiera sabido de entrada, no sé si hubiese seguido. Al principio mis amigos lo provocaron para que se moviera. Al fin quedamos él y yo. Me dio varios golpes. Creo que estuve más en el piso que de pie. En una de esas fintas, como al pasar le quité la vincha. Igual seguimos enfrentándonos. Me caí o me tiró una vez y cuando me di vuelta lo vi mirándome fijo, con sus guampas (cuernos) casi pegadas a mi cara; me miraba como dándome tiempo para levantarme y seguir. Cuando veo ahora la filmación no puedo dejar de pensar que alguien, un ser superior, lo sostenía para que no me atacara… Cuando me levanté, no sé cómo, me aferré al cogote de Picasso, y medio me acosté encima de él, y sin darme cuenta quedé con la cintura entre sus guampas; me levantaba y me movía a su antojo. Mi hermano y mis amigos gritaron pidiendo que sacaran al toro o a mí, hasta que al fin uno de ellos logró que me soltara y se lo llevaron. Hubo una intervención divina. No podía ser de otro modo. Tal vez la protección de la Virgen, entonces cómo no ofrendarle el poncho que gané en la toreada. No tenía ni un moretón, sólo la camisa rasgada en la espalda, pero ni un rasguño. Recién al final fui consciente del riesgo que corrí. No sé si entonces lo pensé, pero creo que quitándole la vincha al toro y corriendo aquel riesgo sentía que todo aquello era a cambio de la libertad de quienes la necesitan”.

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res de cordero sujeta de las patas, y se la disputan hasta cortarla o arrebatársela a su contrincante, como recreación de los ancestrales sacrificios prehispánicos. FRENTE A FRENTE Durante las primeras horas de la tarde, la plaza frente a la iglesia se llena y todos buscan su mejor ubicación para presenciar el espectáculo del toreo. Todo vale. Árboles, el muro de piedra que rodea la plaza y hasta el techo de la iglesia ofician de platea. Un torero sale al ruedo provisto de un pañuelo rojo un tanto ajado, con la clara intención de arrebatarle al toro la vincha con monedas de plata que cuelga en sus astas, y que ofrecerá como manifestación de fe hacia la Virgen de la Asunción y de veneración a la Pachamama. El valiente que enfrenta a la bestia suele ser un poblador de la zona que prescinde de un traje de gala y muestra su habilidad tan sólo con unas zapatillas viejas,

un pantalón y una remera. A pesar de no ser profesionales del toreo, no suelen registrarse heridos de gravedad durante la toreada y sólo algunos terminan con cornadas leves. La cantidad de toros participantes varía año a año, según los que puedan aportar los productores de la zona. Por lo general, son unos veinte animales los que entran al ruedo. Algunas pasadas son mansas y otras revisten una cuota de velocidad, cuando el animal corre hacia el torero, quien se ve obligado a mostrar su destreza para zafar del choque. Todo transcurre entre risas, burlas y gestos graciosos ante la huida de algún torero temeroso que se refugia trepando a un mástil dispuesto para la ocasión. Cuando el sol se esconde y el frío asoma es el fin de la fiesta. El ajetreo se va esfumando con los vehículos que abandonan el poblado y la quietud y el silencio envuelven a Casabindo, como cada día del año, hasta el próximo 15 de agosto. Martina Intronati Fotos: Juan José Martearena

LA GÉNESIS DEL TOREO Unos días antes del 15 de agosto de algún año del siglo XVIII, Pantaleón Tabarcachi, hijo del cacique Quipildor y príncipe de los casabindos, expresa su rebeldía contra la tirana familia hispánica, dueña de los yacimientos de oro de la región, quienes, en práctica habitual, sometían a la explotación a los pobladores para el rédito obsceno de sus arcas. Ante lo que consideraban una osadía, lo sometieron a castigo: Pantaleón fue condenado a morir por los cuernos de un toro bravo, con el pueblo como audiencia. Con la plaza como escenario, dos toros como verdugos y todo el aliento del pueblo, las bestias quedaron inmóviles, actitud que enfureció a las autoridades españolas que fiscalizaban el crimen. En represalia, le quitaron al condenado la vincha que simbolizaba el linaje de sus ancestros, accesorio que traía consigo para lucir los quintos de plata de Perú, y fue colgada en los cuernos de un toro. Ante la ofensa, el líder indígena no titubeó y logró recuperar la vincha de la cornamenta del animal. En plena celebración con el pueblo, el toro hizo lo suyo y le asestó dos cornadas fatales. Con el último respiro y su vincha en la mano, Pantaleón alcanzó la imagen de la Virgen, que los españoles habían dejado a un costado luego de la procesión, y rogó por la libertad para su pueblo y el perdón para sus verdugos. Antes de morir, logró dejar la vincha con las monedas de plata en los pies de la “Mamita del Cielo”, como ofrenda final. Esta ceremonia expresa un sincretismo religioso, ya que el toreo es una práctica española que se mantiene desde la conquista hispánica y que ha sido fusionada con el homenaje a la Virgen, que se manifiesta cada 15 de agosto. Los casabindos eran un grupo de indígenas que habitaban el centro de la Puna y, aunque se amoldaron a los conquistadores y su religión, nunca abandonaron la propia.

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Foto: Gentileza Secretaría de Turismo y Cultura de Jujuy

Danza de los samilantes en Casabindo


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Foto: Gentileza JoaquĂ­n Carrillo

Ermita que evoca la imagen de un ĂĄngel arcabucero

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El misterio de los ángeles arcabuceros De la escuela cuzqueña del siglo XVII

Los óleos en las iglesias de Yavi, Casabindo y Uquía brindan testimonio del arte y del sincretismo cultural durante la conquista española. Junto a las que existen en Perú y Bolivia, son pinturas únicas en el mundo.

Las pinturas de los ángeles arcabuceros, de aire andrógino, vestidos de seda rodeados de flores y armados con arcabuces, o “trueno de mano”, son uno de los hermosos misterios de la Quebrada de Humahuaca. No son exclusivos de Yavi, Casabindo y Uquía, pues también se los encuentra en Perú y Bolivia. Pero todos ellos son únicos en el mundo. El arte virreinal en el centro y sur de América da fe del sincretismo cultural entre colonizados y colonizadores con una marcada influencia de la escuela flamenca y la cuzqueña, en las que predominan tintes autóctonos como el añil y la cochinilla. Esta fusión de figuras europeas con las de los pueblos originarios indica que el sincretismo, por lo menos en lo artístico, ha sido un recurso de los evangelizadores para aplacar enconos y diferencias con los pueblos originarios. Puede que no siempre haya alcanzado para atemperar represalias, sin embargo, en cada pieza de imaginería religiosa se notan indicios del intento de los pueblos originarios de conservar su cultura. La evangelización pudo haber tenido el solo propósito de conquista e imponer una de sus armas más letales: la cultura, pero resultó también un modo de establecer lazos de unión. Se imponía catequizar a los naturales. Debían abandonar su Dios y sus rituales para rendir culto y encomendarse a un solo Dios, el de los españoles. Fueron obligados, o inducidos, a levantar capillas, iglesias, catedrales y altares con figuras que no los representaban, figuras angélicas que no reproducían su contextura ni sus rasgos sino el de

los Tercios, esos seres de piel clara que, armados hasta los dientes, llegaban al “nuevo mundo” portando cruces y escudos. Hombres oscuros provenientes de sitios que los del lugar no conocían, como tampoco sabían de la extensión de ese mar por el que habían llegado navegando los conquistadores. ENFRENTARSE O NEGOCIAR Evangelizadores y evangelizados se enfrentaron hasta alcanzar un término medio de hábitos y leyes; debían enfrentarse o negociar. Hicieron ambas cosas. Y esto se vislumbra especialmente en el arte de la imaginería y la pintura. En los altares con oropeles de la más pequeña de las iglesias hasta la más importante puede reconocerse que entre los cientos de miles de angelitos blancos se entremezclan otros de ojos rasgados, pómulos morenos y nariz ancha; y mazorcas de maíz, todo puramente americano. Rostros de ángeles blancos, o morenos, pero en general con rasgos indígenas forjados en madera, oro, plata, símil alabastro de las canteras de Huamanga, en Famatina. Los indígenas acataron la obligación de tallar o modelar que se les impuso pero, como a todo artista, su rebeldía los hizo dejar su impronta. Todas estas manifestaciones, conocidas en el medio artístico como barroco americano, dieron lugar a un arte mestizo que sincretiza dos culturas. De ese arte barroco americano surgen los ángeles arcabuceros, que son exclusivos del arte andino. Se trata de

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“ángeles combatientes” con armas, banderas y trompetas, que visten brocados, camisas, fajas de mando y cintas de seda, y portan un arcabuz, arma de fuego conocida también como “trueno de mano”. Las posturas de los ángeles provienen del manual militar Ejercicio para las armas, escrito por Jacobo Gheyn en 1607, donde se

la primera vez que escucharon esos disparos de los españoles los creyeron “mensajeros” enviados por Viracocha enseñaba cómo había que llevar y disparar los arcabuces. Hay quienes dicen que son pinturas realizadas por artistas europeos de una misma escuela en territorio americano con tintes traídos de Europa, y también hasta hay quienes afirman que fueron pintados por indígenas con sus tintes naturales y su propia técnica. Ninguna versión parece del todo exacta. Sí hace pensar que no puede ser casual ubicarlos en estas iglesias de Perú, Bolivia y de la Argentina (en Yavi, Casabindo, y Uquía, todas en la Quebrada de Humahuaca), entonces Alto Perú. FIGURA APOCALÍPTICA Es verdad que de ángeles armados ya se habla en el Antiguo Testamento –eran las huestes angélicas de Yahvé– y también durante la Edad Media, pues el arte bizantino retrataba a sus ángeles con trajes imperiales y como soldados del Emperador Celeste; hasta el mismo San Miguel Arcángel fue representado con atuendo militar en la Europa del siglo XIV. El Inca don Diego de Castro Titu Yupanqui dejó testimonio de cómo visualizaron a los primeros conquistadores: “Vieron llegar a su tierra ciertas personas muy diferentes, que parecían viracochas, que es el nombre con el cual nosotros nombramos al Creador de todas las cosas... tenían ‘yllapas’, nombre que nosotros tenemos para los truenos, y esto decían por los arcabuces, porque pensaban que eran truenos del cielo”. El “arcabuz o trueno de mano” con que vieron llegar a

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los invasores generó cierta confusión en los habitantes de estas tierras; la primera vez que escucharon esos disparos de los españoles los creyeron “mensajeros” enviados por Viracocha, y por ese motivo no se defendieron. El arcabuz representaba el arma del Dios del Trueno, dios formado de estrellas cuyas ropas se convertían en relámpago cuando, para hacer llover, rompía las nubes, provocando truenos con la honda que llevaba en su mano derecha. El “hondero del sol” era la imagen divina del Inca, un emblema de guerra que durante los combates, con su honda, disparaba piedras de oro fino o fuego. Los pueblos originarios entremezclaron su cosmología con la de los ritos cristianos, y los conquistadores hicieron lo mismo, fusionaron símbolos propios con los del territorio conquistado. El ángel con arcabuz representaba una figura apocalíptica que cumplía la doble función de conquistador y de misionero, sin dejar de lado al Inca. Es importante recordar la influencia que desde el comienzo debieron tener las fiestas de San Miguel, celebradas hasta 1750, en las que los indígenas disfrazados de ángeles arcabuceros, o protectores de Dios, y portando armas entregadas por el Arsenal aprovecharon para levantarse contra el virrey. Los óleos de los ángeles arcabuceros de la Quebrada pertenecen a la Escuela Cuzqueña del siglo XVII, y una señal de esto es su guarda floral, aunque también conservan detalles de la escuela Flamenca. Estos ángeles, además de armas, portan instrumentos musicales, porque sin duda la música fue otro recurso de los conquistadores para persuadir o “civilizar”. Estas bellas representaciones pictóricas con las pequeñas alas que evocan a las de pájaros americanos, las ropas, los instrumentos musicales y los arcabuces que se encuentran en las iglesias de Yavi, de Casabindo y de Uquía, nueve pinturas, más las que aún se conservan en Perú y Bolivia, son todavía de confuso origen. Pero algo que no deja dudas es la entrañable presencia en la Quebrada de Humahuaca, desde hace más de quinientos años, de esta escuadra de ángeles como leales y consecuentes mensajeros de nuestros antepasados protectores y guerreros. Silvia Miguens Fotos: Gentileza Secretaría de Turismo y Cultura de Jujuy


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Durante nueve días, reina la alegría en toda la Quebrada de Humahuaca y se produce la metamorfosis de las costumbres, la inversión de los valores, el poder pasa de Dios al diablo, que simboliza al carnaval. El carnaval iguala a las personas diluyendo los privilegios sociales y las diferencias de clase. La gente se libera y manifiesta su rebelión frente a los esquemas establecidos. Los participantes se entalcan la cara y se colocan una hoja de albahaca en la oreja, listos para vivir esta colorida fiesta de gran atractivo cultural y turístico. El carnaval fue introducido en América por la conquista española. Con el tiempo, se fusionó y adaptó con la costumbre ancestral de celebrar la fecundidad de la tierra que practicaban los habitantes originarios. Al comienzo se venera a la Pachamama (Madre Tierra) con diferentes ofrendas que se depositan en un montículo de piedra (mojón) en el lugar donde está enterrado el diablo. Se riega el mojón con bebidas, se arrojan hojas de coca y se decora con serpentinas, guirnaldas, lanas y flores. La planta de maíz se ofrece como símbolo de fertilidad de la tierra. Luego los Diablos Mayores, encargados de divertir a la gente, desentierran al muñeco de trapo que representa al diablo, y bajan al pueblo junto con las comparsas para bailar, cantar y compartir la enorme alegría de esta celebración. El noveno día de festejos las comparsas vuelven a su mojón y realizan nuevas ofrendas a la Pachamama. Una vez ahuyentados los malos espíritus, entierran al diablo. Así, el carnaval vuelva a la Madre Tierra hasta el p róximo año.

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Director: José Mutti·- Gerente de Comunicación y Marketing: Rodrigo Arizaga·- Gerente de Producto: Florencia Bayá·- Diseño y Estilismo: Sol Duhart, Micaela Musi, Virginia Pastore, Alfonsina Romani, Patricia Lerzo, Patricia Mendonça, Verónica Martorelli, Soledad Marquez, Agustina Mutti - Producción: Mariana Castelli, Federico Moreno, Silvina Inda, Sandra Capuano·- Diseño: Paola Velez, Florencia Nuñez - Fotógrafo: Raúl de Chapeaurouge - Modelos: Luisa Bunge, Ignacio Valenti·- Modelos Gurises: Ariana Acreche Irazusta, Fernanda Cheli, Agustín Cheli, Santiago Moreno Prado·- Peinados: Leo Papparella·- Maquillaje: Estudio Novillo - Agradecimiento especial a: Secretaría de Turismo y Cultura de la Provincia de Jujuy. Hotel Huacalera·- Locaciones: Hotel Huacalera. Parroquia Inmaculada Concepción de María, Huacalera. Serranía de Hornocal. Quebrada de Humahuaca. Iglesia de Yavi. Yavi. Iglesia San Francisco de Paula, Uquia. Quebrada de Las Señoritas. Uquia. Quebrada de Humahuaca. Purmamarca. Tilcara. Casa del Arquitecto Carlos Antoraz. Bárcena.

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CARDON APLAUDIDA EN NUEVA YORK Y EN PARIS FASHION WEEK NEW YORK Cardón sigue siendo protagonista en las principales pasarelas del mundo. Con su exclusiva colección inspirada en la cultura y en las costumbres jujeñas, brilló sobre la prestigiosa pasarela del Lincoln Center, protagonista absoluta de la semana de la moda neoyorquina. Cardón representó a la Argentina por segunda vez en el Fashion Week de Nueva York, uno de los eventos más importantes de la moda mundial, que se realizó en septiembre pasado. También en París, Cardón lució con mucho éxito su colección Verano 2012, en el marco de la semana de la moda, que se realizó en octubre en la Torre Eiffel, genuino símbolo de esta ciudad europea, ícono de la moda mundial.

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Agradecimientos: Cardón agradece especialmente a la Cancillería Argentina y al Consulado General argentino en Nueva York por el importante apoyo brindado para la participación en el Fashion Week de Nueva York. También agradece a la Cancillería y la Fundación Exportar por la presentación en la Semana de la Moda en París.

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SEMANA DE LA MODA EN PARIS

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SONIDOS DEL ALTIPLANO

Entrevista a Jaime Torres

Es considerado el gran maestro del charango, uno de los instrumentos con los que se identifica a la música del norte del país. Recorrió el mundo con sus creaciones, donde siempre están presentes el amor por la Pachamama y los paisajes de la Puna. La casa de estilo colonial, ubicada en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires, llama la atención por su frente pintado de rosa. Allí Jaime Torres vive hace varias décadas. El maestro abre la puerta de su hogar y confiesa, mientras sube una pequeña escalera, que es muy feliz de sentirse parte del barrio y de que los vecinos se acostumbraron a tratarlo como a uno más. Invita luego a pasar a un cuarto que utiliza como sala de ensayo. Mientras toma y convida mate señala una vitrina donde aparecen colgados charangos de diferen-

tes formas y materiales que, según comenta, atesoró durante más de sesenta años. Delante del mueble hay una mesa de madera que su padre Eduardo, un carpintero nacido en Sucre, Bolivia, utilizaba para su trabajo y también para armar los primeros instrumentos con los que él fue descubriendo sonidos únicos, que representan los paisajes y las raíces del altiplano. Torres dice que, aunque no es muy disciplinado, vive pensando en “charango y música”, y en esos sonidos que descubrió gracias a su padre. “Mi padre no tocaba

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ningún instrumento, pero en algún momento tuvo la necesidad de que yo tuviese un charango. Había en mi casa mucho respeto por las tradiciones, las costumbres, las cuestiones idiomáticas. Mi mamá, que era una cholita, y mi papá hablaban en quechua. Viví en Bolivia de chico, y entonces esta música, el charango, su expresión, me resultó cada vez más cotidiana. Yo vengo con las tradiciones y las costumbres de estos pueblos. Y conservo las enseñanzas de cuando me sentaba a comer a la mesa con mis padres Eduardo y Pastora, que sentían orgullo de su lugar, de su origen. La mesa de la casa me marcó mucho. Por eso siempre digo que en la medida de las posibilidades los padres tenemos que tratar de estar atentos con nuestros niños, y no mandarlos a ver la televisión. Recuerdo a mi padre charlando conmigo, contándome sobre su vida, que en su infancia sólo usaba zapatos los sábados y domingos para no gastarlos, pues tenían que durar. Había un gran contacto con las raíces, un cable a tierra”. –¿Cree que hay una relación entre esa tierra que usted conoció de chico con sus costumbres y la música que aprendió? –Sí, está muy ligada. Se entremezcla mucho lo que apor-

tó la Iglesia con lo propio. Y hay que destacar que los sacerdotes admitieron estas creencias y costumbres. Hay rituales, tradiciones, por ejemplo en Semana Santa donde se va al cerro a buscar la virgen para traerla al pueblo, y la trae el campesinado y los creyentes. Y también están los ritos que son las danzas de los cuartos de los corderos, de los animales, el derramamiento de la sangre del animal que se le ofrenda a la virgen. Por sobre todas las cosas lo que se venera es a la Pachamama, la madre tierra. Es una forma de decir que de ahí venís y ahí te vas. Para hacer un brindis, la gente se quita su sombrero y echa una gota a la tierra, le da de tomar. –Hay un gran respeto por la tierra. –Sí, y el tiempo le ha dado la razón. Hoy el mundo se preocupa del calentamiento de la Tierra. Y ahí se terminó el armamento, el poder y la vanidad de los tontos. –¿Y cómo definiría a estos pueblos que usted sintió tan de cerca? –Muy respetuosos de lo suyo. Hay una copla que dice “sonar, charango sonar, echa toda tu carrera que se quiere divertir un gusano de la tierra”. Me resulta más que saludable sentirme en esta dimensión, ante la inmensidad de la tierra, en esos parajes del altiplano.

CAMINO DE ARTISTA Jaime Torres nació en San Miguel de Tucumán. De niño vivió en Buenos Aires y en Chuquisaca, Bolivia, donde aprendió a tocar el charango con el maestro Mauro Núñez. En 1953 se instaló en Rosario, donde formó parte del grupo musical Inti Sumaj. Poco después fue convocado por Ariel Ramírez para integrar su compañía. En 1964 formó parte de la grabación de La misa criolla y recorrió el país con muchísimo éxito. Hacia 1967 inició sus giras internacionales. Desde aquel tiempo hasta ahora se ha presentado con gran reconocimiento en varias ciudades de Alemania, Estados Unidos, Canadá, Rusia, Israel, Japón y, por supuesto, Sudamérica. También ha realizado varias presentaciones en el Teatro Colón de Buenos Aires. En 1995 recibió el Premio Konex de Platino como mejor instrumentista de música popular argentina. En ese acto también le fue entregado el Premio Konex a la Asociación Tantanakuy, de la que es creador y fundador.

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–¿Cuándo sintió que lo suyo iba a ser la música? –Desde joven yo quería que la gente escuchara esta música, el charango, sus ritmos. Y soy un afortunado porque fui escuchando y veo y escucho mucho ahora. Y por ahí voy y encuentro a hombres en España, Italia, China que tocan el charango y me preguntan: ¿Y usted qué cuerdas usa? Entonces averiguan, te dicen usamos tal cuerda, hay un intercambio. Y por suerte hoy pasan programación en las radios de música folklórica y anuncian la presentación de un grupo de charanguistas o banda de sikuris. Así se empieza a revelar un poco más el misterio que tiene toda la zona andina, la magia, el misterio que poseen los pueblos altos. ARMADOR DE CHARANGOS El músico hace sonar con maestría las cuerdas de un charango de amplia resonancia, con el que está grabando un nuevo disco. Cuenta que con los años se ha convertido en un “reparador y armador inteligente de charangos”. “Por una cuestión de práctica conozco lo que capaz no conoce un hombre que construye un instrumento. Uno sabe de la consistencia, la calidad sonora, y así se fue conformando en estos últimos años. Pero treinta años atrás capaz no teníamos ni cuerdas para tocar estos instrumentos”. Torres agrega que prefiere decir “armador” y no “luthier”. “Sobre una guitarra o un violín está bien aplicada la luthería, porque son instrumentos antiguos, de años, pero el desarrollo del charango en sí tiene poco tiempo, y todo el mundo aprendió viendo, copiando, a raíz del interés que despertaba en otros, que por lo ge-

neral no eran de aquí. Lamentablemente una canción como ‘El cóndor pasa’ se la acepta cuando viene cantada en inglés y es un éxito en el mundo”. –¿Es verdad, como se dice, que el charango comenzó haciéndose con la caparazón del quirquincho? –En realidad es una de las tantas historias y versiones que nos fueron legando. Hubo lugares donde no existía o no abundaba la caparazón del armadillo, del quirquincho, y se construían charangos. Lo que pasa es que falta bibliografía y posibilidades para estudiar su historia. A veces lo que se entrega es algo que no es real, y la historia muchas veces está escrita de esta manera. Yo trato de ser cuidadoso, respeto a aquellas gentes que han trabajado toda su vida en la música criolla, las artes. No puedo dejar de mencionar el trabajo del documentalista Jorge Prelorán, poetas como Domingo Zerpa, que era un hombre de poemas costumbristas pero hecho con un gran nivel, tomado en cuenta por hombres como Atahualpa Yupanqui; también a Jorge Calvetti, quien podía transmitir ese lenguaje que le es común a la región, y a pintores como Michi Aparicio. Yo me tomé el tiempo de ir a ver ciertos lugares de donde venían personas que estaban consustanciadas con esto que de alguna manera hago, ya sea en la poesía, la música, las diversas manifestaciones de las artes. Era el paisaje un poco el que les dictaba sus creaciones y la sensibilidad propia. –¿Su música es una forma de mostrar esos paisajes? –Entiendo que sí. Por eso en mi trabajo hay un aprendizaje auditivo y visual, que es lo que te queda, las melodías y las músicas. Digo siempre que el condimento de conocer es fundamental para poder representar. Si

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no conocés no podés representar mucho más allá de un sonido, una fantasía. El hecho del conocimiento de todos estos colores hace que cuando estás tocando te llegan hondo y profundo los paisajes porque te encontrás con un cerro nevado o los azules inmaculados de los cielos de toda la zona andina, que son tan fuertes que cuando mostrás una foto parecen pintados. Por eso me causan gracia algunos títulos que dicen “folklore sin mirar atrás”, “los secretos de un charango”. Eso es propio de todos nosotros, de esta imprudencia cuando no se sabe esperar. –Para crear música, hacer arte, ¿hay que tener paciencia? –Yo creo profundamente en que hay que analizarlo con las personas adecuadas, las personas que conocen sobre estas manifestaciones, tanto de las pinturas, la música, de dónde viene, cómo viene. Sobre todo aquello que hemos legado con el nombre de lo autóctono porque hoy se encierra en una palabra que dice “folklore”. Entonces cualquiera es folklorista, cualquiera hace una fusión. Un tipo agarra un instrumento y dice hago una zapada, y yo creo en la improvisación pero también tenés que capacitarte. El músico señala que no cree en las casualidades. Y que, de alguna manera, ya de muy chico fue registrando, sintiendo, a los poetas y la música de su región. “Yo tenía 6 años, no leía pero decía un poema de don Domingo Zerpa que se llamaba ‘El encuentro’. Y veinte años después conocí a Domingo Zerpa en Rosario, que ya era un hombre con cierta celebridad, y entonces los residentes de Jujuy, la gente amante de la música criolla, lo agasajaron en una de las peñas que había en la ciudad, y yo me acerqué a decirle que había dicho sus poemas de niño; él tuvo unas palabras que fueron muy lindas para mí, es un recuerdo imborrable”. LAS GIRAS Y LAS LETRAS Precisamente a Rosario llegó Jaime Torres en 1953 siendo muy joven junto a su padre. Y fue allí donde inició

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su exitosa carrera tras conocer a otro gran músico: Ariel Ramírez. “Tocaba en el grupo Inti Sumaj y se fue dando el boca a boca y luego uno de mis maestros, Mauro Núñez, que había tocado con Ariel, me lo presentó. Y él me ofreció formar parte de su compañía. El día que empecé también debutó Jorge Cafrune”, recuerda. En 1964, Torres grabó junto a Ramírez un hito de la música nacional: La misa criolla. “Ariel supo ver bien, tuvo una gran claridad, y siempre fue muy generoso dando oportunidades a muchos”. –Fueron años muy buenos, en los que se produjo el llamado “boom del folklore”. –Sí, hacíamos muchas giras, temporadas muy grandes de teatro, se juntaban en una sala de la calle Corrientes Los Chalchaleros y Los Fronterizos, y después en otra nuestra compañía con Ariel, y tocábamos toda la semana; se estaba por encima en la recaudación de obras del teatro de revistas. Aparecen hombres como Jaime Dávalos, Manuel J. Castilla, toda la salteñidad, y músicos como Falú que hicieron cantar a este país. Y no fue poco porque la Argentina siempre marcó un plus sobre América del Sur. Por sus escritores, y también por la música popular cuando se incorporan los grandes poetas. Hasta los 60 había hombres que se dedicaban a hacer letras, no lo digo despectivamente, pero eran letristas, no escritores, que luego sí aparecen. –¿Y cómo ve hoy a la juventud en relación con el folklore? ¿Intentan hacer un folklore auténtico? –Hay muchas ganas en la gente joven por aprender esta música, que ama lo que hace. Pero siento que faltan institutos donde puedan aprender, establecimientos de enseñanza de estas manifestaciones, falta editar bibliografía completa. Hay una cantidad de hombres de las artes reconocidos en el mundo y que necesitan apoyo. Cuando veo personas como Salgán, Falú, Saluzzi, otros jóvenes como Changuito Spasiuk, digo “por qué no están en las academias”. Aprovecharlos realmente. –¿Hay algo que siente que aún le gustaría hacer? –Tengo muchas cosas almacenadas. Hay una obra para charango y orquesta que es una suite en concierto que no se grabó, la tengo hace quince años, pero en las gerencias de las discográficas no interesa. Después me gustaría escribir un libro sobre el instrumento, el charango, para contar cosas interesantes sobre él. También tengo una cantidad de charangos con los que creo se podría hacer el primer museo de este instrumento en el país. –Tiene muchos proyectos… –Sí, aquí hay mucho por hacer, pero hay posibilidades. Si miro hacia atrás recuerdo a mi padre con su cajita de herramientas, un bagayito con algunas ropas y un

LUGAR DE ENCUENTRO Uno de los proyectos que más satisfacciones le han dado a Torres, es la creación de la Asociación “Tantanakuy” (encuentro, en quechua) que nació en Jujuy para reunir a la gente del norte del país y rescatar su música y sus costumbres. Torres describe que los días previos al carnaval se suelen hacer estas reuniones cuando aparece “gran cantidad de gente del cerro, la montaña, que viene caminando capaz quince horas. Un agricultor llega tocando la caja porque es la forma de manifestar su alegría. Son costumbres que tienen que ver con los genes, lo autóctono, lo verdadero”. Dos de los hijos del músico están al frente de la casa del Tantanakuy, que se ubica en Humahuaca. El proyecto, que se inició en 1975, busca que “la gente se manifieste con la música que toca habitualmente, en sus fiestas”, señala Torres. “Al comienzo intentábamos que tocaran algo inédito, y por suerte tenemos un registro bastante grande grabado de distintos años; se privilegió la música del lugar porque era lo que nosotros queríamos, pero ahora tenés chicos que traen música de Neuquén o hasta de Japón o Suiza y vienen tocando el charango, la quena, entonces hoy el repertorio es mucho más amplio”. La asociación ha sido construida a pulmón, señala el artista. “Empezamos junto a Jaime Dávalos viajando en auto desde Buenos Aires dos días, rompiendo el parabrisas, y el sonidista venía gratis”. Desde 1983, además se organiza el Tantanakuy infantil, que en el mes de octubre reúne a centenares de chicos y chicas que comparten sus bailes y canciones. negrito que era yo agarrando un charanguito buscando oportunidades en la gran ciudad. Y hoy con satisfacción puedo decir que en mi país pude lograr todas las cosas esenciales y necesarias, que soy un “paisa” de mi tierra. Viví siempre en mi país, y me siento feliz y reconocido. Uno se ganó todo trabajando. Sergio Limiroski Fotos: Nicolás Pérez

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55 Investigación y textos: Lorena E. Perez y Claudio Bertonatti - Infografía: Fernando San Martín


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Leyenda jujeña

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Pizarro ejecutó a Atahualpa en Cajamarca. Ahora sus huestes avanzan, arrasándolo todo. Su codicia no respeta a mujeres ni niños, a reyes ni pobres. Sus armas tienen el brillo del sol y hasta serían dueñas de una extraña belleza si no acarrearan tanta muerte y destrucción. Allí donde se levantaban los templos, hoy sólo hay piedras y humo. Los quipus ahora cuentan los muertos, que se pudren al sol, ya que no queda nadie que los entierre ni los llore. Sus botas de cuero pisotean tierra sagrada, mientras las imágenes de Inti se funden en lingotes que, dicen, cruzarán un mar gigantesco y oscuro, hasta llegar a su rey lejano. No se escuchan ya ni las voces de los dioses, silenciadas por el estruendo de esas armas que escupen fuego y muerte. Los campos están desiertos, las terrazas abandonadas. Cada tanto, por los caminos se ven pasar pueblos enteros, arrastrándose como fantasmas quebrados. Buscan las montañas, la protección improbable de un pucará. Buscan un lugar donde morir luchando. Kjana-Chuyma, el adivino, los ve pasar, los ojos secos de lágrimas y el corazón agarrotado por la pena. Hace días que está allí, a orillas del Titicaca. Tal como le ordenó el Inca, dejó su puesto en la Isla del Sol, para ocultar en un lugar seguro tanta reliquia sagrada como pudo rescatar. Sólo él conoce el secreto. Ha visto la fiebre en los ojos de los invasores al mirar las estatuillas de Inti, de Quilla, de la Pachamama. Ellos no admiran la belleza de esas imágenes, las delicadas formas que ha sabido moldear la mano amante y experta del artesano. No. Ellos se lanzan sobre esas formas y las destruyen, pues tan sólo quieren el metal. Para Kjana-Chuyma resulta incomprensible, pero ya no se pregunta nada. Tanta muerte ha agotado las respuestas. Él, un yatiri, acostumbrado a leer el futuro, ya no puede comprender el presente. Ahora, apenas intenta cumplir con lo que se le ha encomendado. Sabe que ellos vendrán, que será pronto. Y sabe que cuando ello ocurra deberá guardar el secreto.

Llegan en las horas quietas del mediodía. Vienen directo hacia él, como si supieran. Alguien les habló del tesoro, alguien les contó que él sabía. Los blancos hablan rápido, con ese lenguaje que parece de seda, y sin embargo es el sonido de la muerte y el dolor. Un traductor le pide que revele el lugar, aunque Kjana-Chuyma sabe que hay cosas que no necesitan traducción. El viejo no dice una sola palabra. Lo azotan despiadadamente hasta despellejarle la espalda, lo azotan con la rabia sorda de la impotencia. Un blanco de rostro brutal le clava astillas en los dedos, entre las uñas. Kjana-Chuyma se permite gemir de dolor, pero ése es el único sonido que emite. Entonces, lo arrastran por la arena hasta un árbol cercano, al que lo atan. Usan un hierro ardiente. El dolor parece llenar todo el espacio de su mente. El viejo quiere morir. Pero no puede. Sus alaridos rebotan contra la superficie de cristal del Titicaca y parecen querer llegar hasta el mismísimo Inti. Pero Inti ya no está, no escucha. El viejo no habla, apenas respira. Es un guiñapo de huesos rotos y carne lacerada. Los españoles se van al anochecer, maldiciendo. Buscaron por todos lados, sin éxito. Kjana-Chuyma apenas los escucha, atrapado en un universo en el que el dolor lo es todo. Cae la noche y el viejo sólo se da cuenta porque la oscuridad se hace más intensa. Está tirado, sin moverse, esperando que la muerte lo encuentre antes que algún ocelote hambriento. De pronto, una luz más intensa que el Sol lo ciega con una ceguera blanca y absoluta. Por un instante el dolor desaparece bajo un manto tibio. ¿Será así la muerte? Una voz, firme, aunque cansada: “Hijo mío. Has sufrido enormemente por resguardar mis objetos sagrados. Mereces una recompensa. Pídeme lo que desees, que estoy dispuesto a concedértelo”. Es Inti. La sangre hierve en las venas del viejo. De pronto lo invade un sentimiento nuevo, desconocido. Se llama odio. “¡Oh, amado Inti!”, murmura el adivino, “¿Qué otra cosa

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puedo pedirte que no sea la redención de mi raza y el aniquilamiento de nuestros infames invasores?”. La voz de Inti suena a desolación: “Hijo mío, ya no tengo poder sobre ellos. Su Dios me ha vencido. Yo también he de huir y ocultarme. Pídeme otra cosa. Piensa, elige con calma, y mañana te enviaré a Quilla para que te conceda tu deseo”. Con la primera claridad de su último día, el anciano ve llegar a un grupo de fugitivos. Bajan de la balsa de totoras a bordo de la cual han atravesado el Titicaca, y se acercan al adivino. Uno de ellos, muy joven, alcanza a reconocerlo: ese despojo humano es Kjana-Chuyma, uno de los más venerables yatiris del imperio. Al escuchar las palabras del muchacho, Kjana-Chuyma sonríe amargamente: ya no hay yatiri, ya no hay imperio. El grupo lo introduce en la choza, intenta hacerle alguna curación. El viejo conoce que sus horas están contadas, pero sabe también que lo que debe pedirle a Inti es para ellos. Al caer la noche siente que tiene fuerzas suficientes para una última caminata. Abandona la choza, mientras los demás sueñan un mundo que ya no es. Sigue la claridad de la luna, que parece marcar sus pasos, hasta la cima del cerro cercano. Allí, Quilla sale a su encuentro, deslumbrándolo con su etérea belleza. “¿Has tomado una decisión, hijo mío?”, pregunta la diosa. “Sí, Madre

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Divina. Se acercan horas aún más terribles para mi pueblo. Tiempos de sometimiento y esclavitud, de padecimientos y amargura. Debo pedirte algo que nada represente para el blanco, pero que sea un consuelo para los míos, motivo de alivio en los tiempos de miseria y desamparo que se avecinan”. La diosa sonríe con una tristeza infinita y, señalándole una pequeña planta de hojas verdes y ovaladas, le dice: “He aquí el regalo de Inti. Él le ha conferido a esta planta el don de aliviar las penas y el sufrimiento con sólo masticar sus hojas. Traerá tranquilidad a las almas de tu pueblo, y la locura a las del invasor”. Por la mañana, el viejo baja del cerro, y los jóvenes salen a su encuentro. Él les entrega las hojas, narrándoles su encuentro con Quilla. Tras lo cual, camina lentamente hacia la choza y se introduce en ella. Lo dejan descansar. Al mediodía van a buscarlo para ofrecerle un almuerzo magro. Lo encuentran recostado, de cara a la ventana, muerto. En su rostro ajado hay una hermosa sonrisa, y sus dedos todavía aprietan un puñado de hojas de coca.

Alberto Moreno de la Fuente


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CAZUELA DE LLAM A Y ENSALADA DE QUÍNOA COMIDAS TÍPICAS JUJEÑAS

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a cultura y las tradiciones jujeñas también se manifiestan a la hora de comer. Conocer el mundo de los productos típicos de esta región o las sencillas formas de cocinar que

se han transmitido de generación en generación representa un viaje hacia la identidad profunda de los habitantes de esta tierra. José Ortiz es dueño de Viracocha, un emblemático restaurante de comidas típicas de San Salvador de Jujuy. Entre las cualidades de su establecimiento distingue que es cocina de cocineros, o sea busca mantener lo esencial y auténtico de la cocina regional. Explica que muchos alimentos de origen ancestral, como la quínoa y la carne de llama, fueron menospreciados, prohibidos o erradicados durante la conquista. Y que recién desde hace unos diez años, y alentados por la designación de Patrimonio de la Humanidad que recibió la Quebrada de Humahuaca, ha resurgido mucho de la cultura, la música y también lo mejor de las comidas ancestrales. “El norte tiene una característica que no tiene otra región del país –afirma José–, cuando uno viaja ya viene pensando en qué va a comer. La identidad culinaria es muy fuerte y forma parte del atractivo. Se viene a admirar los paisajes pero también pensando en la comida”. Lo cierto es que la sabrosa y saludable carne de llama, las riquísimas papas andinas o la quínoa con todo su poder nutritivo han vuelto hace años a formar parte de la oferta gastronómica jujeña. Vale la pena conocerlas. ¿Y de postre? Un buen quesillo con miel, cayote con nuez o el anchi con miel, hecho con sémola de maíz, azúcar y limón.

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CAZUELA DE LLAMA INGREDIENTES (Para cuatro personas) 1 kilo de pata de llama deshuesada. ½ kilo de cebolla. ½ kilo de zanahoria. 2 pimientos medianos, uno rojo y uno verde. ¾ kilo de papa andina. ½ lata de arvejas. Condimentos: comino, pimienta, pimentón (una cucharadita de cada uno).

ENSALADA DE QUÍNOA INGREDIENTES (Para dos personas) 250 g de quínoa. 150 g de queso de cabra. ½ kilo de papa andina o papa del norte. 3 tomates medianos. 100 g de aceitunas negras. 2 huevos.

PREPARACIÓN

PREPARACIÓN

Hervir la pata de llama deshuesada hasta que quede tierna. Por otro lado hay que rehogar la cebolla en aceite. También se rehogan los pimientos un ratito junto con las cebollas y se les agrega la zanahoria cortada en rodajas, las arvejas y después se termina de cocinar todo junto con la carne. O sea, se ponen las verduras dentro de la olla junto con el caldo de la carne y la carne cortada en trozos. La carne debe cocinarse una hora como mínimo. Se le agregan los condimentos a gusto y se va mezclando. Quince minutos antes de que se termine de cocinar se le incorpora la papa del norte o papa andina, pelada previamente. La verdura no se tiene que desarmar, por eso hay que tener el cuidado de no hervir de más. Mientras se cocina cuidar además que no se pegue. La cazuela de llama se acompaña con un buen vino tinto (malbec o sirah).

Se lava muy bien la quínoa para que no quede con gusto amargo, sacando las piedritas que pudiera tener. Luego se pone a hervir en agua quince minutos, a partir del hervor, no más porque si no se desarma. Se cuela con mucha agua fría y se deja enfriar. La papa andina hay que hervirla con cáscara también quince minutos y dejarla enfriar. El tomate se corta en rodajas, y a las aceitunas se les saca el carozo y se las filetea. Para servir la ensalada se pone la quínoa como base, el tomate arriba decorando el plato junto al queso de cabra cortado en cubos, la papa del norte también se pela y se corta en cubos, las aceitunas se distribuyen arriba y los huevos van en el centro cortados en cuatro. La ensalada de quínoa se acompaña muy bien con un vinito blanco, incluso con un torrontés suave. Pablo García Lastra Fotos: José Luis Raota

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>contenido director general director editorial coordinación general Arte y diseño asistente coordinador periodístico colaboradores

corrección fotógrafo Ilustración contratapa agradecimientos

impresión Ejemplares

Gabo Nazar José Mutti Rodrigo Arizaga Paola Velez Sandra Capuano Pablo García Lastra Claudio Bertonatti / Sergio Limiroski / Silvia Miguens / María Giovanardi / Rubén Monerris / Martina Intronati / Alberto Moreno de la Fuente Edgardo Imas / Anna Souza José Luis Raota Mariano González Walter Barrionuevo, Gobernador de Jujuy / Jorge Noceti, Secretario de Turismo y Cultura de la Provincia /Juan Martearena, Director Provincial de Turismo / Rubén Monerris, Comunicación y Prensa de la Secretaría de Turismo/ Nadia Serrano Antar, Coordinadora de Turismo, Casa de Jujuy en Bs. As. / Gato Peters. Forma Color 35.000

4 > Entrevista a Tomás Lipán 9 > Las soledades y la memoria 14 > Más allá de las ruinas 20 > Llegando está el carnaval 26 > Sin muerte en la tarde 30 > El misterio de los ángeles arcabuceros 34 > Colección Primavera Verano 2011-2012 49 > Entrevista a Jaime Torres 66 > Senderos de identidad 76 > Un maestro que se refugió en la puna 86 > Pueblos originarios 98 > Entrevista a Héctor Tizón

>> OTRAS NOTAS

Cosas Nuestras Número 26 / Diciembre 2011 / Es una publicación de Cosas Nuestras S.A. / Correo de Lectores: Av. Alvear 1750 (C1014AAR) Ciudad Autónoma de Buenos Aires - Argentina - Tel/ Fax: 54-11-4815-9998 revistacosasnuestras@cardon.com.ar Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados. Registro de propiedad intelectual en trámite. ISSN 1850-1494 Distinciones de Cosas Nuestras: - Declarada de interés provincial por la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires. (2010) - Declarada de interés legislativo por la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires. (2008) - Premio Santos Vega de Plata 2007 al Mejor Medio de Difusión Gráfica Revistas.

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18 > Gato Peters 54 > Taruca - Infografía 58 > Leyenda jujeña 62 > Comida típica 72 > Mapa de Jujuy 82 > Diseños de la tierra 93 > Curación ancestral 94 > Sabiduría del origen 96 > Diagrama criollo 102 > Entre el cielo y el infierno 108 > Fuego por la libertad

Foto de Tapa: José Luis Raota. Máscara de carnaval elaborada por el artesano Alfonso Portugal.


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“Jujuy le han puesto de nombre / ha de ser cosa de Dios / en el idioma del cielo / así se llama el amor”. Tomás Lipán golpea la caja, el pequeño tambor unido en su sonido a la tierra del norte del país, y recuerda parte de esta copla de uno de su poetas preferidos, Raúl Galán. El músico canta con su voz profunda. Deja suavemente el instrumento a un costado de la mesa y muestra otros elementos que suele usar cuando se presenta en los escenarios del país y el mundo: una quena, su guitarra, un par de sikus, un erquencho –corneta de cuerno que rememora un tiempo ancestral– y hasta un bandoneón. Estos instrumentos son un gran tesoro para Lipán. Conoció sus sonidos siendo muy chico, cuando en una humilde casa junto a diez hermanos se convirtieron en parte del juego, de un tiempo donde la música era la alegría, la compañía en un hogar donde no se conocía la luz ni la radio. “Entre juegos y quereres me acuerdo lo primero que toqué fue una cajita imitando a nuestros mayores, porque la música que se vivía en casa era la copla. Los amigos de papá o familias enteras se reunían en la comarca para un sembrado, para señalar los chivos, o en carnaval mismo, y el canto era con caja. Después seguí con los instrumentos que teníamos a mano: la quena, el sikus y una guitarrita que hizo mi hermano. Luego el charango y, más acá en el tiempo, el bandoneón cuando tenía doce años. Esperaba siempre la llegada de un primo de mi papá que venía en carnaval. Después de comer un rico asado con choclo, queso y papa abajo del parral, desenfundaba su bandoneón. Así aprendí, mirando y jugando”.

Vivió su infancia en contacto con la naturaleza. “La actividad de niño era ayudar a mamá a pasear las cabras, y mientras paseaba iba recordando la melodía que había cantado mi papá el día anterior, cantando una copla, o tocando la quenita. Mi escuela fue la naturaleza. Lo que comíamos era lo que cultivaban mis papás. La leche no faltaba nunca, sembraban trigo, maíz, mi mamá hacía pan todos los domingos. Teníamos todo lo que la tierra te da, por eso el amor siempre de mi gente, del jujeño a la Pachamama. El amor a la tierra, la vida y la música en mí van todos juntos, no se separan”.

“El amor a la tierra, la vida y la música en mí van todos juntos, no se separan” “Cómo será de limpia la memoria por aquellos años –continúa–, que tiempo después, cuando mi papá pudo comprar una radio a pila, las melodías que escuchábamos por radio las aprendíamos y después las tocábamos. Con escuchar una sola vez una zamba, uno la aprendía en letra y música”. Así descubrió a músicos que lo marcaron, como Los Chalchaleros, Jorge Cafrune, Atahualpa Yupanqui, los Hermanos Ábalos. “No nos faltaba nada de lo que necesitábamos para vivir, que era el amor de nuestros padres y jugar con la música, la pelota de trapo, juguetes de piedra”. Por la tierra de la Quebrada fue andando y conociendo

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a su gente y su música. Se reconoce un hombre tímido que nunca ha golpeado puertas para mostrar su talento, sino al que siempre han llamado para actuar. Su perfil, en cierta forma, representa la forma de ser del hombre de la Quebrada. “Somos sumisos, callados, respetuosos, buenos, muy obedientes, trabajadores, muy aferrados a nuestra tierra, nuestras cosas”. A los veinte años viajó a Mar del Plata para intentar ga-

“Cuando el corazón del hombre empieza a escarbar la libertad que le cabe en el mundo, ahí es dueño absoluto de elegir la música que quiere escuchar, oír o interpretar” narse la vida con cualquier trabajo. Un amigo suyo lo escuchó cantar y lo convenció de que fuera a tocar a una peña. Allí recibió su primera paga por subirse a un escenario, iniciando su exitosa carrera profesional. Luego formó parte del grupo Sones de América, junto a su hermano Domingo. Tocaban todas las noches en las peñas más importantes de la ciudad de Salta. En 1990 fue descubierto por Jaime Torres y se transformó en el cantante del grupo del gran músico. “Con Jaime Torres aprendí no sólo el trabajo profesional y me pude presentar en escenarios de todo el mundo, sino también algo que él siempre inculca: que es tener respeto por los instrumentos”, menciona. “La música de la Quebrada de Humahuaca, del Noroeste argentino, tiene mucho valor, sobre todo si se respetan la quena, el charango, los sikus. Usar la melodía sin adornarla. Si a un cuadro de Picasso se le agrega un detalle, lo destruís. Lo mismo pasa con esta música, con sus sonidos maravillosos”. SOLISTA En 1998 Tomás Lipán inició su carrera solista. Lleva grabados varios discos y suele pasar gran parte del año presentándose con éxito en Buenos Aires y otras partes del país. Sin embargo, su lugar en el mundo sigue siendo su querida Jujuy. Cada vez que sube a un escenario, el músico lleva consigo las canciones que aprendió de chico, su origen in-

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dígena, el amor por su tierra, la alegría del carnaval, las melodías que tocaba formando parte de la banda de sikuris creada por su padre, mientras peregrinaba en la fiesta de la virgen de Punta Corral, hace más de cincuenta años. “Tocar en esas fiestas en mi pueblo era algo hermoso. Lo más lindo era tocar para que la gente bailara, tocar el bandoneón en carnavales, día, tarde, noche, sin cobrar un peso. Sin amplificación, sin acompañamiento profesional, sino de corazón. Y ésos son recuerdos imborrables. Ahora también voy a carnavalear, aunque es distinto”. –¿En qué cambió? –Antes se tocaba en un patio de tierra, y venía toda la gente de la comarca; ahora hay gente de todo el mundo que te está escuchando, uno que es del lugar, otro de otro lado, te filman, toman nota. No es una comunidad en la que nos conocemos todos como antes, hay ahora capaz mil personas en un predio. Pero lo de adentro es lo mismo, las ganas, el amor de tocar, y esa alegría de ver que la gente se divierte. AUTÉNTICA LIBERTAD De los instrumentos que ejecuta, menciona que el que más usa es la guitarra. “En mis presentaciones toco un poco de todo, pero en Jujuy cada uno se destaca en su tiempo: la tarka –especie de quena– y el bandoneón en carnaval, la quena en los pesebres de Navidad, el siku en las peregrinaciones”. El artista considera que la música es una forma de expresión que se emparenta con la libertad. “Soy amante de la libertad. Todos hemos nacido libres, el problema es que apenas uno nace te imponen cosas. Te imponen religiones, idiomas, color de la ropa y también la música. Pero cuando el corazón del hombre empieza a escarbar la libertad que le cabe en el mundo, ahí es dueño absoluto de elegir la música que quiere escuchar, oír o interpretar”. Seguramente, por esas ansias de libertad también está en contra de los sectarismos, incluso en la música. “No porque yo toque la quena o el siku tengo que imponer que lo bueno es que se toque eso. Hay que tener un corazón abierto a las músicas del mundo, y querer, amar y respetarlas. Cómo no me va a gustar que gente de otras partes respeten mi música de la misma manera que yo lo hago con la de ellos. La música está para unirnos, generar amor y alegría”. Lipán vuelve a tomar la caja y a calentar la voz. El sonido de sus ancestros está vivo, y una frase que ha utilizado


en sus presentaciones vibra en el ambiente. “Retumbo en el antiguo tambor de nuestra raza como la voz ronca del erque milenario; retumbo en los parches curtidos de las cajas que acompasan las coplas ardientes de los pueblos; retumbo en el lenguaje puro de mi erquencho y en el vientre maduro de mi quena, misterio ancestral

de nuestro acento que fluye majestuoso en nuestras venas; retumbo en el paisaje azul de mi voz tendida, corazón eterno que impulsa sentires compartidos, que estrechan las abiertas manos de la vida retumbando enamorado en tus latidos”. Sergio Limiroski Fotos: Nicolás Pérez

POR LOS CAMINOS

Tomás Lipán nació en Purmamarca (Jujuy). Su verdadero nombre es Tomás Ríos, pero para su vida artística y a modo de homenaje a Lipán –un muy pequeño paraje donde vivieron sus abuelos, ubicado a diez kilómetros de Purmamarca– adoptó el nombre con el que hoy todos lo reconocen. Entre 1974 y 1977 integró el grupo folclórico Sones de América, formado en la ciudad de Salta, por su hermano Domingo Ríos. Entre 1990 y 1997 acompañó con su voz las presentaciones de Jaime Torres, realizando exitosas giras por el país y por Europa. Desde 1998 se desempeña como solista, con varios discos publicados, como Amor y albahaca, Canto rojo y Cautivo de amor. Recientemente se presentó en el Centro Cultural Torquato Tasso, en Buenos Aires, en un espectáculo junto a Bruno Arias y Mariana Carrizo. Y entre los meses de octubre y noviembre se han convertido en un clásico con mucho éxito sus recitales en el teatro Carlos Carella, también de esta ciudad. Lipán además incursionó como actor de cine, personificando papeles en las películas El destino, de Miguel Ángel Pereira, y Nacido y criado, de Pablo Trapero, siendo nominado por esta última a los premios Cóndor de Plata, en el rubro Actor revelación.

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Las soledades y la memoria

Foto: Gentileza Joaquín Carrillo

Jujuy en la mirada de un naturalista

En cada rincón de la Quebrada de Humahuaca, en las selváticas Yungas o en la alta Puna se convive con el profundo silencio de la tierra jujeña. Naturaleza impactante, historia, flora y fauna, patrimonios de una provincia donde aún vibran ecos de culturas milenarias. “Éste es el Norte, casi ausente, de mi patria. Ésta es la provincial heredad ensimismada, el desdibujado imperio que es preciso rastrear por las soledades y en la memoria”. (Néstor Groppa) Jujuy es una tierra de contrastes, de cerros y valles, de espinas y flores, de llamas activas y pastores tranquilos, lagunas rosadas por flamencos y blancos salares inmaculados, con un pasado bélico y un presente pacífico. En el territorio jujeño conviven todavía los rumores del legendario Coquena con sus protegidas vicuñas y tarucas. Los carnavales estallan

con bombas de talco, coplas sentidas, ritos ancestrales y la inconfundible música andina. Si saboreamos un locro humeante o escuchamos un carnavalito, llegan a nuestra mente cálidos recuerdos de esta provincia de culturas milenarias. Estas memorias se polarizan en imágenes quebradeñas, puneñas y, en menor medida, selváticas. Sin embargo, los paisajes se reparten en cinco regiones ecológicas diferentes. De oeste a este: los Altos Andes, la Puna, el Monte de Sierras y Bolsones, las Yungas y el Chaco Seco. Podríamos dar vuelo a una recorrida quebradeña con cielo despejado y el sol más radiante. Seguramente,

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Foto: José Luis Raota

iluminará espinillos –o churquis–, cardones y algarrobos, que forman pequeñas islas verdes en un océano de piedras grises y en toda la gama de los pasteles. Estos rasgos, entre muchos otros, han hecho de la quebrada de Humahuaca uno de los íconos nacionales declarados Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad. Es que naturaleza y cultura se integran en el alma quebradeña. En un tramo corto (apenas unos 150 kilómetros) de la ruta nacional 9, y bordeando el río Grande, se levanta una quincena de poblados con más de 200 sitios arqueológicos vecinos y 10.000 años de historia. Cada tanto, se encuentran las ruinas de una fortaleza precolombina que rememora tiempos ancestrales. Así lo hace el Pucará de Tilcara, descubierto por el gran antropólogo, experto en folklore y naturalista Juan Bautista Ambrosetti, promotor y primer director del Museo Etnográfico de Buenos Aires. Un jardín botánico aledaño, dedicado a las singulares plantas de altura, enriquece al visitante con rarezas, fundamentalmente, en materia de cactus. Cada pueblo, en especial los domingos, luce un mercado, sobre la

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plaza principal donde suele levantarse una iglesia antigua, sencilla y hermosa, como en Purmamarca, Humahuaca o Yavi. Por estos pagos, niños con ojos vivaces y manos avejentadas amontonan esperanzas. Cambiarán versos por monedas, para endulzar su jornada. Esconderán tristezas detrás de sonrisas amplias. Van a la iglesia pero creen en la Pachamama (la Madre Tierra). Si no tocan el charango, saben soplar la quena o sonar la caja. No hay uno que no saque música en la quebrada. Su vida es cuesta y bajada. Por eso, uno de los maestros de Humahuaca, Fortunato Ramos, suele pedir “No te rías de un colla” (ver recuadro pág. 12). EL SENDERO DE LA SELVA Uno de los paisajes más impactantes de la provincia es su selva de yungas. El espectacular Parque Nacional Calilegua honra esta región ecológica, la más biodiversa del país junto con la selva misionera. En sus 76 mil hectáreas merodea el “tigre” o yaguareté, el anta o tapir embiste el follaje y el águila poma sobrevuela el verde dosel con lapachos amarillos y robles “ambura-


Fotos: Gentileza Augusto Moreno

na”, mientras corretean las ardillas rojas entre las ramas de un nogal. Cerros cubiertos por selva ordenan su flora en pisos o estratos que cambian el elenco de especies dominantes a medida que uno asciende. Así, uno pasa desde la selva de transición, riquísima en árboles (más de cien especies) a la selva pedemontana con laureles y parientes del famoso arrayán (mirtáceas). Si se sigue andando, se dejará esa selva para ascender por los bosques de alisos, pinos del cerro y uno de los árboles más amenazados del país, la queñoa. Y llegará un punto –por encima de los 3.000 metros sobre el nivel del mar– en que el bosque se abrirá para dejar paso a extensos pastizales que doran los cerros, como el Amarillo, donde se refugian las tarucas (ver infografía pág. 54), uno de los monumentos naturales de la Nación. CAMINOS DE LA HISTORIA En San Salvador hay una cita con la historia. El 23 de agosto de 1812, esta ciudad quedó abandonada, porque su población, ante el avance de las tropas realistas provenientes desde el Alto Perú, se plegó a la retirada

del Ejército del Norte, al mando del general Manuel Belgrano. Él ordenó “tierra arrasada”, disponiendo el arreo del ganado y el incendio de las cosechas y viviendas, para que el enemigo no hallara recursos. Esta penosa y epopéyica retirada hacia Tucumán hoy se conoce como el Éxodo Jujeño y es recordado cada

es que en la madrugada del 9 de octubre de 1841 una bala impactó en su cuello y allí murió desangrado el valiente general, de descollante carrera militar en las guerras de la Independencia americana y polémica actuación en el enfrentamiento entre unitarios y federales. Pero su historia no culmina allí, porque

El espectacular Parque Nacional Calilegua honra esta región ecológica, la más biodiversa del país junto con la selva misionera aniversario con profundo sentimiento por la comunidad local. A pocas cuadras de la plaza principal, se encuentra la casa donde fue asesinado el general Juan Lavalle, hoy Museo Histórico Provincial. Si bien las circunstancias no son claras, se exhibe la puerta original que fue protagonista involuntaria del homicidio. Se cuenta que la bala asesina la atravesó, pasó por ella cuando estaba entreabierta o bien a través del ojo de su cerradura, como muchos prefieren narrar. Lo cierto

los federales buscaban apropiarse de sus restos para exhibirlos públicamente. Por eso, un grupo de fieles soldados los rescató y el cuerpo partió hacia el norte por la quebrada de Humahuaca. En plena travesía hacia Potosí, ante la descomposición del cadáver, decidieron descarnarlo en Huacalera. Limpiaron sus huesos en el río, guardaron su cabeza, conservaron su corazón en aguardiente y continuaron su retirada hasta ponerlo a salvo. El virtuoso Eduardo Falú puso música a la letra

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Foto: Gentileza Joaquín Carrillo

NO TE RÍAS DE UN COLLA No te rías de un colla que bajó del cerro, que dejó sus cabras, sus ovejas tiernas, sus habales yertos; no te rías de un colla, si lo ves callado, si lo ves zopenco, si lo ves dormido.

Claudio Bertonatti (*), con la colaboración de Lorena E. Pérez

(*) Claudio Bertonatti es museólogo, naturalista y docente. Está dedicado a la conservación del patrimonio natural y cultural desde 1983. Es profesor de la Cátedra UNESCO de Turismo Cultural. Dirigió la revista Vida Silvestre y actualmente es el director de la Reserva Ecológica Costanera Sur, de Buenos Aires.

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No sobres al colla, si un día de sol lo ves abrigado con ropa de lana, transpirando entero; ten presente, amigo, que él vino del cerro, donde hay mucho frío, donde el viento helado rajeteó sus manos y partió su callo. No te rías de un colla, si lo ves comiendo su mote cocido, su carne de avío, allá, en una plaza, sobre una vereda, o cerca del río; menos si lo ves coquiando por su Pachamama. Él bajó del cerro a vender sus cueros, a vender su lana, a comprar azúcar, a llevar su harina; y es tan precavido, que trajo su plata, y hasta su comida, y no te pide nada. No te rías de un colla que está en la frontera pa’l lao de La Quiaca o allá en las alturas del Abra del Zenta; ten presente, amigo, que él será el primero en parar las patas cuando alguien se atreva a violar la Patria. No te burles de un colla, que si vas pa’l cerro, te abrirá las puertas de su triste casa, tomarás su chicha, te dará su poncho, y junto a sus guaguas, comerás un tulpo y a cambio de nada. No te rías de un colla que busca el silencio, que en medio de lajas cultiva sus habas y allá, en las alturas, en donde no hay nada, ¡así sobrevive con su Pachamama! Fortunato Ramos

(de Costumbres, poemas y regionalismos, 2003).

Foto: José Luis Raota

del emotivo “Romance de la muerte de Juan Lavalle”, escrito y narrado por Ernesto Sábato. A minutos del centro de la capital se encuentra el Parque Botánico Municipal, sobre la calle Caballito Criollo s/n, en el barrio Los Perales. Es un sector remanente de yungas con vistas hermosas de la Tacita de Plata (la capital jujeña) y senderos que permiten reconocer la fabulosa naturaleza jujeña, con excelentes oportunidades para observar especies de plantas silvestres y también urracas, pepiteros y corzuelas. Escuchando el charango del virtuoso Jaime Torres o una zamba cantada con la voz grave de Tomás Lipán, se puede afirmar que todo aquel que busca hurgar entre la soledad y la memoria hallará en estas tierras coloridas los espacios para el reencuentro con la patria profunda.

No te rías de un colla, si al cruzar la calle lo ves correteando igual que una llama, igual que un guanaco, asustao el runa como asno bien chúcaro, poncho con sombrero, debajo del brazo.


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MÁS ALLÁ DE LAS RUINAS PUCARÁS EN LA QUEBRADA

Más de veinte de estas edificaciones conformaban una línea defensiva creada por los omaguacas antes del período incaico en la ahora tierra jujeña. Se los puede ver a la vera de la ruta, pero su profunda significación pertenece al alma de un pueblo que recuerda sus raíces.

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Al adentrarse en la Quebrada de Humahuaca se revelan las puertas naturales de un templo amerindio. El aire se densifica, los cardones se yerguen estoicos y desafiantes, la tierra roja cruje, los pastos amarillentos cantan con el viento y los cóndores dibujan nubes con su vuelo. Coronando este espacio sagrado, el Pucará de Tilcara se eleva tieso y robusto, despojado de la mística de sus antiguos habitantes. Los pucarás son construcciones defensivas que resguardaron a los pobladores de la Quebrada de sus enemigos y les otorgaron un gran dominio visual de su entorno. Allí encontramos veintiuna construcciones, entre las que despuntan el Pucará del Volcán, el Pucará de los Hornillos, el Pucará de Tres Cruces y el Pucará de Tilcara, a ochenta y seis kilómetros de San Salvador de Jujuy. Todos se yerguen a una distancia estratégica en un ingenioso diseño de formación encadenada, con el objetivo de realizar acciones conjuntas en contra de los invasores y de dominar puntos vitales para el comercio entre los pueblos indígenas. Mucho antes de que en sus campos guerrearan los realistas contra los Infernales de Güemes, en el siglo XI los indios omaguacas inmortalizaron con una ingeniería admirable una de las fortalezas más sobresalientes del territorio. Construida

sobre un punto estratégico a 70 metros de altura y apuntalada por los cauces de los ríos Grande y Guasamayo, los indígenas dominaban el cruce de importantes caminos incas. Al recorrer los recovecos de este centro administrativo-militar se corporeizan las siluetas orgullosas de sus dos mil habitantes celebrando en la plaza de ceremonias, arando en los andenes de cultivo, despidiendo con ajuares a sus muertos o tostando maíz en el patio de sus viviendas de adobe. Cuentan que cuando el incansable arqueólogo y expedicionario argentino Juan Bautista Ambrosetti descubrió el Pucará de Tilcara en 1908, vociferó a su esposa: “¡Nelly, encontramos la Troya argentina!”. Junto a su discípulo y luego sucesor, Salvador Debenedetti, exploraron las ruinas por tres sofocantes veranos y extrajeron unas tres mil piezas que permitieron vislumbrar la vida de los omaguacas antes de la llegada de los españoles. Tanto tiempo contemplando los despojos de una civilización arrasada, quizás empujaron a Debenedetti a la tarea colosal de querer reconstruir el Pucará. Pero fue recién en 1948 cuando Eduardo Casanova, a cargo de la cátedra de Arqueología Americana en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA), completó el proyecto. Sobre un millar de construcciones originales, se recrearon cincuenta de ellas, entre las que se


encontraban sitios religiosos, defensivos y unidades de viviendas. Después de cuatrocientos años de destrucción, el Pucará recuperaba un destello de su antigua magnificencia. GUERREROS Y AGRICULTORES Al contemplar las ruinas del Pucará nos imaginamos impávidos guerreros omaguacas adornando los muros con las cabezas de sus enemigos. Sin embargo, esta tribu era principalmente agricultora, con un fuerte dominio de la alfarería y el tejido. La supremacía inca les legó la irrigación artificial y los andenes de cultivo, que desplegaban con astucia sobre los suelos pedregosos. Con palas de madera o piedra, preparaban la tierra para cultivar semillas de maíz, papa o quínoa y luego la almacenaban en depósitos subterráneos. Complementaban esta dieta

vegetariana con la caza ocasional de guanaco, ñandú y otras aves. La guerra y el comercio eran vehículos de comunicación con otras comunidades de la Quebrada. Su

Su ubicación estratégica en el valle les permitía recibir mercancías codiciadas como la coca de Bolivia e incluso moluscos del Pacífico ubicación estratégica en el valle les permitía recibir mercancías codiciadas como la coca de Bolivia e incluso moluscos del Pacífico. Las mujeres participaban de los true-

ques intercambiando tejidos trabajados con lana de llama, con los que vestían en los ventosos inviernos. El curaca, o jefe político y administrativo del pueblo, era quien se encargaba de distribuir las tierras y organizar los trabajos colectivos, así como de defender la comunidad de los linderos. SITIOS SAGRADOS Al desperdigarse el pueblo omaguaca, los amerindios dejaron atrás sitios sagrados como el Pucará de Tilcara, que materializaban con fidelidad la cosmovisión andina. La sacralidad del universo se edificaba en cada una de sus manifestaciones culturales, como templos y espacios rituales, para que los espíritus velasen por el equilibrio establecido con su medio ambiente. Esta forma de entender la relación entre el hombre y el universo se tradujo en una

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gobiernos para que implementen leyes que los protejan y no promuevan la urbanización. Para visitar estos lugares religiosos y rendir homenaje a sus ancestros, ellos deben pagar una entrada a diferentes museos, donde guías que no pertenecen a su pueblo exhiben los restos de sus familiares como una atracción vistosa. “¿Cómo es posible que nuestros conquistadores sean los que enseñan nuestra cultura?”, se cuestiona un melancólico González. Una pregunta punzante que llama a reflexionar desde el respeto y el reconocimiento. María Giovanardi

EL ÚLTIMO PRÍNCIPE DE LA QUEBRADA Cuando el centinela omaguaca divisó con estupor a una centena de hombres barbados descendiendo por el extremo sur del valle, alertó al aguerrido curaca Viltipoco. Los españoles, acompañados de bestias formidables, esperaban la orden de ataque de su comandante, don Francisco de Argañarás y Murguía. El Pucará latió por dos días, hasta que los invasores desistieron acalorados. Entonces Viltipoco se escabulló entre los recovecos de la Quebrada de Humahuaca, para luego unir a toda la nación indígena contra los blancos invasores. El príncipe humahuaqueño, invisible y astuto, convocó a todos los curacas de la cordillera de los Andes, reclutando más de 10 mil guerreros para tomar las grandes ciudades del Tucumán: Jujuy, Salta, Tucumán y La Rioja. Pero el capitán Argañarás y Murguía, un feroz vasco hijo de la Inquisición, se enteró por un traidor de los vertiginosos planes del curaca, justo una noche antes del golpe. Con el semblante de Leónidas, el capitán partió inadvertido con sus veinticinco mejores soldados con el objetivo de vencer o morir. Uno a uno desplomaron a los centinelas indígenas apostados en el camino, hasta colarse como sombras en la aldea donde descansaban Viltipoco y sus jerarcas. En una noche tibia de abril de 1593, los dos guerreros se estacaron por primera vez las miradas: el capitán y el príncipe, Héctor y Aquiles, el conquistador y el andino, sabían que sólo uno recibiría victorioso el amanecer. Entre la oscuridad enmarañada, el occidental empuñó su arcabuz en la cabeza de Viltipoco, reduciendo al curaca en su propia choza. El príncipe humahuaqueño, que se había resistido a la conversión cristiana, no pudo contra un arma de fuego. Quizás fue la admiración hacia un enemigo digno o la intención de no turbar el ánimo de los indios, pero Argañarás y Murguía no apretó el gatillo. En cambio, arrastró al andino a una celda polvorienta de Santiago del Estero, donde murió mancillado por la enfermedad. Dicen que su espíritu encarnó en un magnífico cóndor que sobrevuela eternamente la Quebrada, abrazando a su pueblo y susurrándole palabras de valentía.

Fotos: Gentileza Secretaría de Turismo y Cultura de Jujuy

filosofía que influyó poderosamente en el desarrollo de su civilización. En la cosmovisión andina, los sitios sagrados no eran sólo las edificaciones, sino también los espacios naturales donde residían los espíritus. Así veneraban a los Apus, espíritus de las montañas y protectores de cada región, señores que lo veían todo y a los que acudían para pedir consejos. Como formas de energía viviente, hacerse parte de ellos era una invitación a tomar conciencia del cosmos. “Si el hombre o mujer adquiría esa armonía, ellos recibían un poder sagrado, el hombre era parte de las fuerzas vitales, al igual que los seres de la tierra que al morir retornaban a ella”, ilustra Luis Delgado Hurtado, presidente de Yachay Wasi, una ONG peruana que lucha por conservar el legado inca y los derechos de sus descendientes. En el anfiteatro próximo al Pucará se celebra todos los agostos la fiesta de la Pachamama, para venerar con rezos, bailes y ofrendas a la generosa Madre Tierra. Entre ancianos coloridos de rostros acartonados, se asoman los ojos vivaces de algunos jóvenes, que buscan reconstruir su espiritualidad heredada a través de estos ritos, sesgando la contaminación del turismo occidental. “El turismo es un arma de doble filo, desde que se implantó el Patrimonio de la Humanidad en la Quebrada no ha dejado de llegar gente foránea a comprar lugares para instalar sus emprendimientos turísticos a costa de nuestra cultura, utilizando nuestros símbolos para convertirla en un Disney andino”, observa Sergio Daniel González, director de la radio humahuaqueña Libertad. En la actualidad, el desafío de los descendientes de los omaguacas consiste en la preservación de sus sitios sagrados, presionando a los


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El Primo Del Campo GATO PETERS

Digo Jujuy y me acuerdo De aquellos estudiantes, cuando venían a La Plata… con todo el paisaje adentro… Cayote, el Tony, Chupete…

Y después me veo yendo para recorrer aquello…

Jujuy, General Belgrano. Aquel Éxodo Jujeño, resistencia de los criollos, símbolo a través del tiempo. Del Cacique Viltipoco, último bastión de un pueblo. Del Ejército del Norte, pura historia de la patria…

Jujuy de San Salvador, cerros… Tacita de Plata, lindo Jujuy cuando llueve…

El Jujuy de la Quebrada, alta entrada de la patria, leyenda de los cardones disfrazados de paisanos, Purmamarca y Tilcara, el cerro siete colores y el Pucará…

Misachicos, procesiones, la marcha que hacen los sikuris.

Charango, quena, zampoña. Jujuy Colla, piedra y lana, vicuña pero no cabras… Pastores, meseta alta. La puna y la quebrada. La yunga, abajo los valles, tabaco, caña de azúcar, tierra de selva y de llamas. Clima seco, fuertes vientos.

Jujuy allá en el noroeste, Rincón lejano, frontera. Cultura altoperuana. Adonde se hizo el país. Tomás Lipán de Jujuy.

Palpalá, Hornos en Zapla, el Perico de Cafrune. Jaime un hijo adoptivo y el carnaval de La Quiaca. Jujuy de los estudiantes. Tantanakuy del encuentro. Madre tierra Pachamama, y las ofrendas de agosto.

Jujuy toreo de la vincha, Jujuy del Rana Valencia y del Parque Calilegua.

Estatua de Lola Mora, Héctor Tizón, escritor, y el Perro Santillán y el Zamba Quipildor… Precisamente Tizón habla de riñas de gallo y me hace acordar de Firpo. Una costumbre bien criolla la de criar gallos de riña.

Aunque no estén permitidas, sean ilegales, clandestinas y no haya riñas de gallo. En el campo igual crían gallos. Firpo igual tenía gallos. No los hacía pelear nunca pero igual tenía gallos.

Y no sé quién le había dicho que había que darles maíz blanco, que eso los ponía más malos…

Y la gallina se sabe, no tiene gusto, no tiene papilas gustativas como nosotros, come por el color y el tamaño, por el aspecto de los granos.

Y un día cayó granizo. Los gallos nunca habían visto. Ellos veían maíz blanco. ’Taban sueltos en el patio y entraron a picotearlo… quedaron duros los gallos.

Firpo contaba después de esa imagen congelada; los gallos cruzando el patio... Tuvo que descongelarlos sobre la cocina a leña… decía Firpo, no sé…

Lo último que le quedó fue una gallina de esa raza. Y dice que era muy mala.

Era la que él tenía para que sacara pollos. Brava la sangre de riña, se le había puesto muy mala. Tuvo que sacrificarla porque no se aguantaba, se peleaba con los perros, le mataba las ovejas… No sé si sería cierto…

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Foto: Gentileza Juan Fernandez


Llegando está el carnaval La gran fiesta de la Quebrada La alegría inunda de ritmos, canciones y colores esta

celebración jujeña, que atrae a visitantes del país y del mundo. Grandes preparativos, pintorescos personajes, comparsas, trajes, máscaras y una fusión de creencias integran este festejo, que moviliza a todo Jujuy durante la época de cosecha y abundancia.

“¡¡Cierren la puerta / échenle llave/ que de esta casa, nadie se va!! / Arriba, arriba / Abajo, abajo / Al centro, al centro / ¡Salud! / ¡¡Y luego adentro!!” Estos versos de una de las canciones más escuchadas durante el carnaval jujeño se cumplen al pie de la letra en la mayoría de los pueblos de la Quebrada de Humahuaca. Eso sí, sólo después de haber realizado el desentierro del Pujllay, el diablo del carnaval, el protagonista principal que acapara durante nueve días todas las luces y miradas. El carnaval llega con su algarabía, colorido y desenfreno en plena épo-

ca de cosecha y abundancia, después de concluir el período de empadre y parición del ganado. Si bien la sensación de festejo se extiende a toda la provincia, existen matices según dónde sea el lugar de celebración. En el campo, en plena zona rural, transcurre en un contexto fa-

“Ser diablero no es para cualquiera, por más travieso que seas durante el año”

miliar en el que parientes, vecinos y amigos comparten la comida, la bebida, bailan, y sobre todo se destacan las rondas de coplas. Algunos aprovechan el mismo sábado de carnaval para hacer “la señalada”, ceremonia en la que se cortan (se “señalan” o marcan) las orejas de ovejas o chivos de una manera que distingue a cada dueño, y se ruega a la Pachamama por la multiplicación del rebaño. En los pueblos, en cambio, son las comparsas las que encabezan la fiesta. Con ellas se viven jornadas de alegría constante, de bebidas al alcance de la mano, de música

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autóctona con bombos, sikus y erquenchos y bailes interminables, de historias cotidianas amorosas o jocosas escuchadas en rondas de copleros, grupos de amigos que suben y bajan entre los pueblos de la Quebrada con cerros multicolores como telón de fondo. LOS PREPARATIVOS Los pueblos como Purmamarca, Tilcara, Juella, Huichaira, Uquía o Humahuaca parecen encenderse de pasión para disfrutar de esta antigua manifestación popular que llegó de la mano de la conquista española a las regiones jujeñas de la Puna y la Quebrada, se fusionó con costumbres ancestrales y se extendió luego a los Valles y las Yungas. Particularmente, en la Quebrada y la Puna el carnaval es representado por el Pujllay, que en medio de la algarabía general del Sábado de Desentierro es sacado del mojón –un lugar apenas retirado del pueblo o en la ladera accesible de algún cerro, demarcado por un montículo de piedras– que lo albergó desde el

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año anterior. Este diablo carnavalero, más jocoso que tenebroso, suele estar representado por un muñeco de tela de color rojo, adornado con cascabeles, lentejuelas, espejos y plumas. Los festejos comienzan diez días antes de los que señala el almanaque tradicional con el Jueves de Compadre, continúa la semana siguiente durante el Jueves de Comadres, y la mayor intensidad se produce cuando llega el llamado Carnaval Grande, que se vive desde el sábado pos-

Para el diablero, su traje lo es todo: significa inmunidad en las travesuras, elegancia y distinción terior hasta el martes. Concluyen el fin de semana siguiente con el Carnaval Chico y el entierro del diablo en su mojón. Varios meses antes del carnaval comienzan las reuniones, los deba-

tes y la organización para lograr el resultado anhelado por cada comparsa; también por cada familia decidida a preparar la “invitación”, que se realiza tradicionalmente desde una comunidad o algún vecino en particular a una comparsa con el compromiso de recibirla con honores, comida, bebidas y música. No es tarea fácil. Hay que prever todo para un par de cientos de carnavaleros hambrientos y sedientos que pueden llegar al lugar indicado apenas después del desentierro, a última hora cuando el sol comienza a esconderse entre los cerros o bien entrada la noche. “Es un trabajo en serio esto de invitar a una comparsa”, afirma Gustavo Chapor, propietario de una hostería en Tilcara. “Mis abuelos y mis padres solían hacerlo, con la diferencia que en aquellos años no eran tantos los seguidores”, refiere. En los encuentros previos de los organizadores, normalmente con un asado de cordero de por medio, se designa a los padrinos de la comparsa –generalmente matrimonios o parejas–, quienes serán respon-


sables de acondicionar el mojón, de confeccionar la bandera, de la bebida, la comida, la música y del muñeco que representa la figura del principal personaje. “El miércoles antes del Jueves de Comadre ya queremos tener todo el trabajo terminado, rogamos que nadie se enferme en casa o que no surja ningún compromiso de último momento, ¡porque se nos viene el mundo abajo! Es que la alegría que hay en el ambiente contagia, es permanente, y la preocupación principal es asistir al mayor número de invitaciones posibles”, añade Gustavo.

rente graduación alcohólica), los integrantes de las comparsas con sus bandas de música, los diableros y los seguidores fieles pasarán las jornadas del sábado, domingo, lunes y martes bailando y visitando una tras otra las casas donde fueron invitados a comer y beber. Cuando van de una peña a otra cuidan de responder todos los saludos por la calle, porque uno nunca sabe qué pariente, amigo o conocido está detrás de los rostros maquillados con talco y decorados con papel picado y serpentinas.

DESENTIERRO

En todo el carnaval se destaca omnipresente el Pujllay. Pero a este personaje infaltable hay alguien encargado de darle vida propia. Es el diablero y, como dice la canción, “un hombre simple con un disfraz”, quien detrás de una máscara dibujada en una estructura simple armada con alambre tejido, telas y lentejuelas coloridas se propone ser el alma de la fiesta y también, en muchos casos, cumplir con una promesa de devoción, de fe. “Ser diablero no es para cualquiera, por más travieso que seas durante el año”, explica Pedro, de poco más de 40 años, quien pese a solicitar el anonimato carnavalero cuenta que es integrante del ballet jujeño Juventud Prolongada. “Hay que estar dispuestos a levantar todos los ánimos, no aflojar el ritmo durante los cuatro días y sus noches”, detalla. También advierte que hay que cumplir con ciertas “reglas” establecidas como no tener una compañera permanente en esos días, no rechazar la “invitación” de ninguna persona o de otra comparsa, activar el cuerpo apenas comience a sonar un huayno, un bailecito o un carnavalito, ser el primero

El sábado de carnaval, después del mediodía se cumple con el ritual más esperado: el desentierro del diablo. Los miembros de cada comparsa se encargaron previamente de convocar a propios y extraños a su mojón. ¿Y cómo llegar al mojón?, no es problema alguno, el sonido de bombas de estruendo estallando marca el lugar. Los visitantes dispuestos podrán cumplir con alguna parte de la ceremonia, aunque primero les pedirán permiso para echarles suavemente una mezcla de talco y papel picado. Los van a “señalar” colgándoles coloridas serpentinas alrededor del cuello y los van a llevar hasta el mojón a cumplir los mismos gestos para “chayarlo”. A los que llegan sólo para observar nadie los molesta, aunque van a hacer el intento de invitarlos a participar y compartir la alegría en las diferentes jornadas. Luego del desentierro, de haber sido “vacunados”, todos los presentes (aceptando y tomando en forma continuada pequeñas medidas de un sinnúmero de bebidas de dife-

ESPÍRITU DIABLERO

DICCIONARIO BÁSICO DEL CARNAVAL Carnavalero: Dícese de un personaje errante que entalcado y adornado con serpentina sigue al diablo de la comparsa por las distintas invitaciones y peñas. Vacuna: Convite de una batería numerosa y heterogénea de bebidas alcohólicas que el carnavalero debe consumir ante la invitación del dueño de casa o padrinos de mojón. Mojón: Montículo destacado de piedras apiladas que señalan el lugar de donde se desenterrará el Pujllay. Chayar el mojón: Acto de celebración que significa bañar con bebidas, brindar un cigarro y coca, y vestir de serpentina, talco y papel picado al mojón antes del desentierro. Coplas: Forma poética de cuatro versos, con contenidos ocurrentes y de relatos de la vida real; se acostumbra a cantarlas en rondas.

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Coplas de carnaval Qué les parece señores ha llegado el carnaval. Ya se acabaron las penas todo es cantar y bailar. Rubia como pelo i choclo Pantalón largo y angosto. Parecés ternero flaco desmamantado en agosto. Aquí estoy porque’i venido porque’i venido aquí estoy. Si no les gusta mi modo como he’i venido me voy. Solito con mi aculliqo al Diablo le he’i de aguantar. Meta caja y meta copla las penas he’i de olvidar.

en “atender” a las mozas solteras, convencer a los indecisos y, fundamental, impostar la voz, cambiarla, “para que no te reconozca nadie, ni tu esposa”, subraya con una sonrisa pícara. Para el diablero, su traje lo es todo: significa inmunidad en las travesuras, elegancia y distinción. Por eso, su trabajo comienza más de seis meses antes de la fecha señalada y la confección será revisada hasta el último detalle. No deben faltar cascabeles de diferentes tamaños, pequeños espejos, lentejuelas multicolores y, en muchos casos, en el forro de la casaca estará pegada la estampa de algún santo del que es devoto. El traje se completa con una camisa, un pantalón holgado, faja, capa, una cola larga –para arrear a los remolones–, alpargatas, todo adornado en forma artesanal pieza por pieza. Y, por supuesto, lo más llamativo es la máscara, que tiene que ser liviana, cubrir el rostro y la cabeza, tener facciones alegres y un diseño que siempre es único. “Por lo menos, hay que ser diablero durante tres años seguidos, es el tiempo que dura la promesa”, expli-

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ca Gabriel, un joven diablero de 19 o 20 años de la comparsa Los Alegres de Uquía, siguiendo con la tradición de los hombres de la familia, quien confiesa que su hermana, dos años menor, “también es diabla, se junta con unas amigas y andan con nosotros”. Cumplida su promesa, en el tercer carnaval, el diablero, junto a sus compañeros y acompañado con el canto de coplas, zambas, taquiraris y algunas sentidas lágrimas, cumple con el ritual de la quema del traje en el mismo mojón de donde salió en su último desentierro. Este varón repetirá o no su promesa para el siguiente año, pero con seguridad otro diablero tomará su lugar. CAMBIO DE HÁBITOS El carnaval es un momento muy esperado por los jujeños. Significa que además de disfrutar del reencuentro y de la amistad con aquellos con los que uno apenas cruza palabras durante el año, son los días en los que todos, con el rostro entalcado, se igualan. No hay pobres ni ricos, ni locales ni turistas, todos se respetan y comparten por el sencillo

hecho de decirse, con justa razón, carnavaleros. No es que el carnaval transforme a los jujeños, solamente los hace cambiar de hábitos. A lo largo de la celebración es lo mismo dormir en la cama de una hostería, en el asiento del auto o en una carpa pequeña armada bajo un molle. La chicha reemplaza la gaseosa light, el vino en caja le gana la pulseada al de alta gama, comer tamales al paso es tan sabroso como un plato gourmet en el mejor restaurante, y la moda se refleja en la ropa cómoda, caras entalcadas, sombreros ovejunos o tejidos y el particular perfume de la albahaca. Tan arraigada es esta celebración en Jujuy, que hasta el año 2010 fue la única provincia argentina que disfrutó de cuatro jornadas no laborables consecutivas, tanto porque las oficinas y los comercios padecen la falta de clientes –y empleados– como también porque todos respetan lo que sugieren los abuelos: “Hay que andar bien con Dios y con el diablo”. Rubén Monerris Fotos: Gentileza Alberto Castagnolo / Inés Perberton


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Sin

muerte en la tarde Toreo en Casabindo

En medio del silencio, en un pequeño poblado de la Puna, se revive cada año un antiguo ritual fruto de la fusión de culturas. Es una actividad única en el país, donde se manifiestan corajes, miedos y devociones, pero los animales jamás salen lastimados. Cada 15 de agosto, más de cinco mil visitantes llegan a Casabindo, un caserío de tan sólo 250 habitantes, ubicado en plena Puna, para participar de la celebración en homenaje a la Virgen de la Asunción. Es el momento del año que brinda su fama a Casabindo, un poblado de casas de adobe unidas por calles de tierra y sometidas al viento, al sol y a las inclemencias de una zona inhóspita del planeta, donde los teléfonos celulares carecen de señal. Los pueblos hilvanados a lo largo de la Quebrada de Humahuaca manifiestan su fervor y devoción religiosos en coloridas y alegres celebraciones. Pero allá, más al norte, a casi 300 kilómetros al noroeste de la ciudad capital de Jujuy, a 3.777 metros de altura sobre el nivel del mar, en el

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remoto pueblo de Casabindo se realiza el Toreo de la Vincha, la única actividad taurina incruenta de Latinoamérica. Suele asociarse la corrida de toros con una práctica repudiable donde el sufrimiento del animal aviva la valentía del torero. Sin embargo, los toros de Casabindo no salen lastimados y al terminar el espectáculo vuelven a las laderas yermas de las montañas. Y los toreros son pobladores que se les animan, sin espadas y con mucho coraje. LA FIESTA El alboroto se apodera del pueblo la noche anterior, con las peñas musicales al son del erque y litros de chicha. Durante la mañana de la celebra-


ción, decenas de ómnibus arriban envueltos en una nube de polvo que saca del letargo al apacible Casabindo. Con los visitantes, llegados de toda la provincia, de otros puntos del país y del extranjero, comienza la jornada más agitada en el calendario del pueblo. Durante el día, para aprovechar el aluvión de gente, se arma una feria donde se ofrecen productos autóctonos, como tejidos, piezas de cerámica y comidas tradicionales. La conmemoración despunta por la mañana, con la misa que oficia el obispo de Humahuaca, en la catedral de la Puna, un santuario del siglo XVIII y de inmaculado blanco, que se recorta en el firmamento azul. Es la iglesia de Casabindo. Al culminar, la imagen de la Virgen sale en andas sumergida en una sinfonía de campanadas que retumban en la inmensidad. La nutrida procesión deja su huella por las calles del pueblo, mientras algunos saxos y redoblantes acompañan el ritual. DANZAS SUPLICANTES Esta etapa de celebración es compartida por los samilantes, hombres ataviados con plumas de suri, que danzan para pedir la bendición de la lluvia, fenómeno vital para la Puna en el comienzo del año agrícola. El suri es un ave que ante la presencia de una tormenta corre con las alas extendidas, anunciando la gracia del agua. Por eso, ser un samilante otorga un sello sagrado, el de ser portador del ruego a la lluvia. La danza de los samilantes es un rito milenario surgido de las profundidades de la historia andina y está conectada con la vida. La súplica es una plegaria por la vida, y el agua es la vida, explica el profesor Osvaldo Maidana. Luego de la conquista española e imponiendo la concepción occidental, esta figura fue transformada en “Guardianes de la Virgen” y es por eso que en el Casabindo de hoy danzan delante de la iglesia y de la procesión que surca el pueblo. También la Danza del Cuarto tiene su espacio, cuando dos parejas de mujeres llevan una media

CON LA CERTEZA DE UNA PRESENCIA DIVINA Juan Alberto De Pascuale tiene una historia para contar. Es jujeño, ingeniero agrónomo, trabaja en el INTA y se define como colla de ley. Fue protagonista del toreo en Casabindo y aún después de casi diez años guarda como un tesoro el recuerdo de aquella tarde. “No sé bien por qué, sólo que nos juntamos con cuatro amigos y decidimos que podíamos hacerlo, aunque la idea fue mía –cuenta Juan–. Primero fue como un juego, una travesura. El toro era de los más bravos y se llamaba Picasso. Muy pocos le habían sacado la vincha. Y si lo hubiera sabido de entrada, no sé si hubiese seguido. Al principio mis amigos lo provocaron para que se moviera. Al fin quedamos él y yo. Me dio varios golpes. Creo que estuve más en el piso que de pie. En una de esas fintas, como al pasar le quité la vincha. Igual seguimos enfrentándonos. Me caí o me tiró una vez y cuando me di vuelta lo vi mirándome fijo, con sus guampas (cuernos) casi pegadas a mi cara; me miraba como dándome tiempo para levantarme y seguir. Cuando veo ahora la filmación no puedo dejar de pensar que alguien, un ser superior, lo sostenía para que no me atacara… Cuando me levanté, no sé cómo, me aferré al cogote de Picasso, y medio me acosté encima de él, y sin darme cuenta quedé con la cintura entre sus guampas; me levantaba y me movía a su antojo. Mi hermano y mis amigos gritaron pidiendo que sacaran al toro o a mí, hasta que al fin uno de ellos logró que me soltara y se lo llevaron. Hubo una intervención divina. No podía ser de otro modo. Tal vez la protección de la Virgen, entonces cómo no ofrendarle el poncho que gané en la toreada. No tenía ni un moretón, sólo la camisa rasgada en la espalda, pero ni un rasguño. Recién al final fui consciente del riesgo que corrí. No sé si entonces lo pensé, pero creo que quitándole la vincha al toro y corriendo aquel riesgo sentía que todo aquello era a cambio de la libertad de quienes la necesitan”.

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res de cordero sujeta de las patas, y se la disputan hasta cortarla o arrebatársela a su contrincante, como recreación de los ancestrales sacrificios prehispánicos. FRENTE A FRENTE Durante las primeras horas de la tarde, la plaza frente a la iglesia se llena y todos buscan su mejor ubicación para presenciar el espectáculo del toreo. Todo vale. Árboles, el muro de piedra que rodea la plaza y hasta el techo de la iglesia ofician de platea. Un torero sale al ruedo provisto de un pañuelo rojo un tanto ajado, con la clara intención de arrebatarle al toro la vincha con monedas de plata que cuelga en sus astas, y que ofrecerá como manifestación de fe hacia la Virgen de la Asunción y de veneración a la Pachamama. El valiente que enfrenta a la bestia suele ser un poblador de la zona que prescinde de un traje de gala y muestra su habilidad tan sólo con unas zapatillas viejas,

un pantalón y una remera. A pesar de no ser profesionales del toreo, no suelen registrarse heridos de gravedad durante la toreada y sólo algunos terminan con cornadas leves. La cantidad de toros participantes varía año a año, según los que puedan aportar los productores de la zona. Por lo general, son unos veinte animales los que entran al ruedo. Algunas pasadas son mansas y otras revisten una cuota de velocidad, cuando el animal corre hacia el torero, quien se ve obligado a mostrar su destreza para zafar del choque. Todo transcurre entre risas, burlas y gestos graciosos ante la huida de algún torero temeroso que se refugia trepando a un mástil dispuesto para la ocasión. Cuando el sol se esconde y el frío asoma es el fin de la fiesta. El ajetreo se va esfumando con los vehículos que abandonan el poblado y la quietud y el silencio envuelven a Casabindo, como cada día del año, hasta el próximo 15 de agosto. Martina Intronati Fotos: Juan José Martearena

LA GÉNESIS DEL TOREO Unos días antes del 15 de agosto de algún año del siglo XVIII, Pantaleón Tabarcachi, hijo del cacique Quipildor y príncipe de los casabindos, expresa su rebeldía contra la tirana familia hispánica, dueña de los yacimientos de oro de la región, quienes, en práctica habitual, sometían a la explotación a los pobladores para el rédito obsceno de sus arcas. Ante lo que consideraban una osadía, lo sometieron a castigo: Pantaleón fue condenado a morir por los cuernos de un toro bravo, con el pueblo como audiencia. Con la plaza como escenario, dos toros como verdugos y todo el aliento del pueblo, las bestias quedaron inmóviles, actitud que enfureció a las autoridades españolas que fiscalizaban el crimen. En represalia, le quitaron al condenado la vincha que simbolizaba el linaje de sus ancestros, accesorio que traía consigo para lucir los quintos de plata de Perú, y fue colgada en los cuernos de un toro. Ante la ofensa, el líder indígena no titubeó y logró recuperar la vincha de la cornamenta del animal. En plena celebración con el pueblo, el toro hizo lo suyo y le asestó dos cornadas fatales. Con el último respiro y su vincha en la mano, Pantaleón alcanzó la imagen de la Virgen, que los españoles habían dejado a un costado luego de la procesión, y rogó por la libertad para su pueblo y el perdón para sus verdugos. Antes de morir, logró dejar la vincha con las monedas de plata en los pies de la “Mamita del Cielo”, como ofrenda final. Esta ceremonia expresa un sincretismo religioso, ya que el toreo es una práctica española que se mantiene desde la conquista hispánica y que ha sido fusionada con el homenaje a la Virgen, que se manifiesta cada 15 de agosto. Los casabindos eran un grupo de indígenas que habitaban el centro de la Puna y, aunque se amoldaron a los conquistadores y su religión, nunca abandonaron la propia.

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Foto: Gentileza Secretaría de Turismo y Cultura de Jujuy

Danza de los samilantes en Casabindo


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Foto: Gentileza JoaquĂ­n Carrillo

Ermita que evoca la imagen de un ĂĄngel arcabucero

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El misterio de los ángeles arcabuceros De la escuela cuzqueña del siglo XVII

Los óleos en las iglesias de Yavi, Casabindo y Uquía brindan testimonio del arte y del sincretismo cultural durante la conquista española. Junto a las que existen en Perú y Bolivia, son pinturas únicas en el mundo.

Las pinturas de los ángeles arcabuceros, de aire andrógino, vestidos de seda rodeados de flores y armados con arcabuces, o “trueno de mano”, son uno de los hermosos misterios de la Quebrada de Humahuaca. No son exclusivos de Yavi, Casabindo y Uquía, pues también se los encuentra en Perú y Bolivia. Pero todos ellos son únicos en el mundo. El arte virreinal en el centro y sur de América da fe del sincretismo cultural entre colonizados y colonizadores con una marcada influencia de la escuela flamenca y la cuzqueña, en las que predominan tintes autóctonos como el añil y la cochinilla. Esta fusión de figuras europeas con las de los pueblos originarios indica que el sincretismo, por lo menos en lo artístico, ha sido un recurso de los evangelizadores para aplacar enconos y diferencias con los pueblos originarios. Puede que no siempre haya alcanzado para atemperar represalias, sin embargo, en cada pieza de imaginería religiosa se notan indicios del intento de los pueblos originarios de conservar su cultura. La evangelización pudo haber tenido el solo propósito de conquista e imponer una de sus armas más letales: la cultura, pero resultó también un modo de establecer lazos de unión. Se imponía catequizar a los naturales. Debían abandonar su Dios y sus rituales para rendir culto y encomendarse a un solo Dios, el de los españoles. Fueron obligados, o inducidos, a levantar capillas, iglesias, catedrales y altares con figuras que no los representaban, figuras angélicas que no reproducían su contextura ni sus rasgos sino el de

los Tercios, esos seres de piel clara que, armados hasta los dientes, llegaban al “nuevo mundo” portando cruces y escudos. Hombres oscuros provenientes de sitios que los del lugar no conocían, como tampoco sabían de la extensión de ese mar por el que habían llegado navegando los conquistadores. ENFRENTARSE O NEGOCIAR Evangelizadores y evangelizados se enfrentaron hasta alcanzar un término medio de hábitos y leyes; debían enfrentarse o negociar. Hicieron ambas cosas. Y esto se vislumbra especialmente en el arte de la imaginería y la pintura. En los altares con oropeles de la más pequeña de las iglesias hasta la más importante puede reconocerse que entre los cientos de miles de angelitos blancos se entremezclan otros de ojos rasgados, pómulos morenos y nariz ancha; y mazorcas de maíz, todo puramente americano. Rostros de ángeles blancos, o morenos, pero en general con rasgos indígenas forjados en madera, oro, plata, símil alabastro de las canteras de Huamanga, en Famatina. Los indígenas acataron la obligación de tallar o modelar que se les impuso pero, como a todo artista, su rebeldía los hizo dejar su impronta. Todas estas manifestaciones, conocidas en el medio artístico como barroco americano, dieron lugar a un arte mestizo que sincretiza dos culturas. De ese arte barroco americano surgen los ángeles arcabuceros, que son exclusivos del arte andino. Se trata de

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“ángeles combatientes” con armas, banderas y trompetas, que visten brocados, camisas, fajas de mando y cintas de seda, y portan un arcabuz, arma de fuego conocida también como “trueno de mano”. Las posturas de los ángeles provienen del manual militar Ejercicio para las armas, escrito por Jacobo Gheyn en 1607, donde se

la primera vez que escucharon esos disparos de los españoles los creyeron “mensajeros” enviados por Viracocha enseñaba cómo había que llevar y disparar los arcabuces. Hay quienes dicen que son pinturas realizadas por artistas europeos de una misma escuela en territorio americano con tintes traídos de Europa, y también hasta hay quienes afirman que fueron pintados por indígenas con sus tintes naturales y su propia técnica. Ninguna versión parece del todo exacta. Sí hace pensar que no puede ser casual ubicarlos en estas iglesias de Perú, Bolivia y de la Argentina (en Yavi, Casabindo, y Uquía, todas en la Quebrada de Humahuaca), entonces Alto Perú. FIGURA APOCALÍPTICA Es verdad que de ángeles armados ya se habla en el Antiguo Testamento –eran las huestes angélicas de Yahvé– y también durante la Edad Media, pues el arte bizantino retrataba a sus ángeles con trajes imperiales y como soldados del Emperador Celeste; hasta el mismo San Miguel Arcángel fue representado con atuendo militar en la Europa del siglo XIV. El Inca don Diego de Castro Titu Yupanqui dejó testimonio de cómo visualizaron a los primeros conquistadores: “Vieron llegar a su tierra ciertas personas muy diferentes, que parecían viracochas, que es el nombre con el cual nosotros nombramos al Creador de todas las cosas... tenían ‘yllapas’, nombre que nosotros tenemos para los truenos, y esto decían por los arcabuces, porque pensaban que eran truenos del cielo”. El “arcabuz o trueno de mano” con que vieron llegar a

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los invasores generó cierta confusión en los habitantes de estas tierras; la primera vez que escucharon esos disparos de los españoles los creyeron “mensajeros” enviados por Viracocha, y por ese motivo no se defendieron. El arcabuz representaba el arma del Dios del Trueno, dios formado de estrellas cuyas ropas se convertían en relámpago cuando, para hacer llover, rompía las nubes, provocando truenos con la honda que llevaba en su mano derecha. El “hondero del sol” era la imagen divina del Inca, un emblema de guerra que durante los combates, con su honda, disparaba piedras de oro fino o fuego. Los pueblos originarios entremezclaron su cosmología con la de los ritos cristianos, y los conquistadores hicieron lo mismo, fusionaron símbolos propios con los del territorio conquistado. El ángel con arcabuz representaba una figura apocalíptica que cumplía la doble función de conquistador y de misionero, sin dejar de lado al Inca. Es importante recordar la influencia que desde el comienzo debieron tener las fiestas de San Miguel, celebradas hasta 1750, en las que los indígenas disfrazados de ángeles arcabuceros, o protectores de Dios, y portando armas entregadas por el Arsenal aprovecharon para levantarse contra el virrey. Los óleos de los ángeles arcabuceros de la Quebrada pertenecen a la Escuela Cuzqueña del siglo XVII, y una señal de esto es su guarda floral, aunque también conservan detalles de la escuela Flamenca. Estos ángeles, además de armas, portan instrumentos musicales, porque sin duda la música fue otro recurso de los conquistadores para persuadir o “civilizar”. Estas bellas representaciones pictóricas con las pequeñas alas que evocan a las de pájaros americanos, las ropas, los instrumentos musicales y los arcabuces que se encuentran en las iglesias de Yavi, de Casabindo y de Uquía, nueve pinturas, más las que aún se conservan en Perú y Bolivia, son todavía de confuso origen. Pero algo que no deja dudas es la entrañable presencia en la Quebrada de Humahuaca, desde hace más de quinientos años, de esta escuadra de ángeles como leales y consecuentes mensajeros de nuestros antepasados protectores y guerreros. Silvia Miguens Fotos: Gentileza Secretaría de Turismo y Cultura de Jujuy


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Artesanos jujeños

Senderos de identidad Buscan con su inspiración mantener vivos los valores y la cultura de su pueblo. Un ceramista, un hacedor de instrumentos de viento, un creador de máscaras carnavaleras, un artesano en filigrana, un pintor y una tejedora de Purmamarca enseñan la profundidad de sus oficios. El carácter de los artesanos jujeños se manifiesta en la humildad y en la pasión por el trabajo, en el afán por revalorizar su cultura y hasta en la manera de compartir el oficio con sus familias. Utilizan inspiración y materias primas que brinda su tierra norteña. Alfarero, maestro ceramista con casi cuatro décadas de trayectoria, Miguel Segundo Mendoza trabaja en el taller instalado dentro de su casa y comparte el oficio con su mujer desde hace veintiséis años. También colaboran sus tres hijas que siguen el camino del arte. En una habitación de no más de dos por tres metros ubicada en un primer piso, pegada al salón comedor, se puede ver gran parte de la obra de la familia Mendoza. Son 250 piezas que no han comercializado porque vienen reservando hace años para crear un museo del pueblo colla. Hay figuras en arcilla que representan a chicos, grandes o familias enteras en diferentes momentos, como en celebraciones típicas o peregrinaciones. “Tuve el sueño loco de querer ir plasmando las costumbres, las creencias, del que siempre se habló en forma peyorativa –explica Miguel–. La gente no supo valorar o quizá quinientos años de colonización mental han hecho que se reniegue de la propia cultura, la propia

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lengua, las costumbres, las tradiciones”. El artesano quiere lograr que la gente se abra a conocer la cultura, “ya que en ella se conservan muchos valores como la humanidad, que en la sociedad de la gran ciudad no existen”.

ROSTROS EXPRESIVOS Miguel aprendió el oficio con Oscar, su hermano mayor, aunque entonces trabajaba con moldes. Fue posteriormente, con Mario, otro de sus hermanos, que desarrolló una técnica que facilita el proceso para que cada pieza sea única. Cuenta que el trabajo comienza en la montaña picando la arcilla y poniéndola a remojar en tachos de 200 litros. “Luego se la bate y se la pasa por varios tamices quitando las impurezas. Se deja asentar el agua y se la deposita en moldes. Después golpeamos contra el piso para quitarle los globos de aire. Recién ahí, con papel de diario por dentro, empezamos a modelar haciendo el cuerpo, la cabeza, la actitud determinada y la expresión de cómo va a ser”. Se deja secar la pieza realizada y luego se pinta con arcilla de colores que traen de la Quebrada. Finalmente pasa al horno eléctrico, para que se afirme y no sea frágil. Además de las figuras, elaboran cántaros y utilitarios como cazuelas, tazas, mates y reproducciones de piezas arqueológicas. “Buscamos que cada figura refleje amor, dolor, sufrimiento, esperanzas, fe, devoción. Esto sólo se logra a través de mucha observación de las expresiones de la gente”, afirma Miguel. Con una trayectoria que suma muchos premios nacionales e internacionales, el artesano sabe definir claramente su trabajo. “Yo soy descendiente de colla y mi esposa también, queremos reivindicar nuestro origen y que se dignifique la palabra ´colla´. Por eso el secreto de este arte está en la expresión de la gente. Es el sentimiento que tenemos en nuestra cultura, que nos hace tratar de mostrar un poco el alma de nuestra gente, de nosotros mismos, de cómo participamos de un carnaval, de un entierro cuando alguien se muere, o la devoción hacia una Virgen. Siempre estamos compartiendo”.

MÁSCARAS DE CARNAVAL Y si de compartir se trata, el carnaval de la Quebrada de Humahuaca es un buen ejemplo. Y Alfonso Portugal tiene mucho que ver con estos festejos. Es el hacedor de las máscaras que utilizan los diableros, que le imprimen el fuerte carácter andino a la gran celebración popular. Centenares de máscaras de su autoría prota-

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confiesa que disfruta lo que hace, pero además y como si fuera poco incentivo para seguir su oficio, está convencido de que su arte es una forma de mantener viva la cultura norteña.

HILOS DE PLATA

gonizaron muchos carnavales quebradeños. De 72 años, Alfonso nació en Bolivia, pero a los seis años llegó a la Argentina con su familia. Es casado, padre de cinco hijas y se volcó al oficio en 1959 cuando trabajaba en una empresa de transporte. Su hermano Alfredo Portugal, un reconocido artista, lo incentivó. “Aprendí sólo porque mi hermano me insistió –admite con cariño–. Descubrí que para mí era facilísimo, creaba cualquier cosa. Mi hermano me decía ‘tenés una mano para aprovechar, dedicate’, y yo estaba en otra, pero él me insistió”. Agua, harina y papel picado le bastan para realizar creaciones impactantes con un talento fuera de lo común. Realiza todo a mano, prepara el papel maché con agua y con engrudo (harina con agua) y papel picado, “lo voy mezclando y voy formando la figura. Queda todo blando, aunque está la base de la cara, es todo papel, no hay alambre ni nada”, aclara. En promedio tarda dos días en hacer una máscara que luego pintará con colores fuertes, como el rojo, azul, amarillo, verde, fucsia, junto con el blanco y negro que son fundamentales para los ojos. “Una máscara bien terminada tiene que generar impresión, temor, sorpresa, por eso se usan imágenes de víboras, sapos, dragones y muchas colas de animales”, explica el artesano, que siempre trata de mejorarse. Hace seis años falleció su hermano Alfredo, y confiesa que por eso en la actualidad se dedica muy poco al oficio y trabaja exclusivamente por pedidos. Jubilado hace cuatro años de una empresa de transportes, seguramente su talento y al amor por su oficio lo ayudarán a volver pronto para aportar su grano de arena imprescindible al carnaval jujeño. De una gran calidez,

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La impactante corona confeccionada en pequeñísimos hilos de plata, que cada año se calza la reina de la Fiesta Nacional de los Estudiantes en Jujuy, es una de las piezas que elabora el maestro artesano en filigrana René Contreras Carrasco. Aros, prendedores, pulseras y hasta una réplica en miniatura de la iglesia de Yavi, realizada con un kilo de hilos de plata, con detalles diminutos como las sillas y el Cristo enchapado en oro, están sobre la mesa del artesano. Con su mujer, Rosa, y uno de sus tres hijos conforma su equipo de trabajo. René aprendió el oficio cuando tenía 12 años de manos de su tío, pero al


año siguiente ya puso el “tallercito” en su casa para dedicarse a crear con mayor libertad. Usa hilos de plata de distinto grosor, una pequeña pinza Bruselas (parecida a las de depilar), soplete, un fundente y ácido sulfúrico para blanquear. Explica que para confeccionar una pieza comienza haciendo el armazón con hilo de plata 900, luego lo rellena dibujando motivos diminutos con un hilo más fino, que va doblando pacientemente con su pequeña pinza. Una vez ubicados los hilitos los moja en bora (un fundente). Mezcla polvo de plata con bora y agua que utilizará como soldadura rociando la pieza con un soplete. Una vez que está soldado, limpia la superficie con ácido sulfúrico para que se blanquee y el brillo final lo logra con un cepillo de bronce. Hacer una pulsera en filigrana le lleva no menos de ocho horas seguidas de trabajo. René, además de comercializar su arte y de haber recibido infinidad de premios, hace veinte años fundó la escuela de artesanos dentro del hospital Vicente Arroyabe, en la capital jujeña. Allí enseñó su oficio a quien quisiera aprenderlo, y hoy su hijo continúa su camino enseñando en la misma escuela.

LA MÚSICA Y EL ALMA Pese al aparente desorden, uno se siente cómodo en el taller de Isabel Guari, entre herramientas y cientos de cañas cortadas y desparramadas que se convertirán en sikus, quenas y otros instrumentos de viento. Es que Guari ama lo que hace y en la tarea de cada día lo acompañan Florencia, su mujer, y su hijo Jorge, de 24 años, músico y ayudante. Tienen también cuatro hijas, pero se mantienen al margen de este oficio que, más que luthier, Isabel prefiere llamar luriri, que en lengua aymara significa artesano. Descendiente de omaguacas, trabaja en el taller de tres por cinco metros, al fondo de su casa. Su apellido impreso en los instrumentos ya es una especie de marca registrada, que eligen músicos reconocidos como los Tekis y el dúo Coplanacu, entre otros. Cuando se le pregunta el secreto de su arte, responde: “Trabajar, trabajar. Yo sin ser músico, para alimentar a los hijos, para hacerlos estudiar, necesité perseverancia, y uno ha puesto tanto amor a esto que se pone contento trabajando. Es lindo, compartimos el trabajo en familia, mi hijo ya tiene su familia y vienen con nosotros a trabajar”. Isabel trabajaba en una panadería, y recuerda que fue en 1980 cuando comenzó a fabricar algunas quenas. “De chico me crié tocando un erquencho en el campo

TELAR SAGRADO Purmamarca es un pueblo emblemático de la Quebrada de Humahuaca. La belleza inmemorial del cerro de los siete colores, las casas de estilo colonial, la plaza central con sus típicos puestos de artesanos y la iglesia, declarada Monumento Histórico Nacional, conforman un lugar que parece ajeno al transcurrir del tiempo. Allí, en una casa antigua, Ivana Jerez tiene su local Awana Wilka (telar sagrado en lengua aymara). Artesana y empresaria, en ella parece sintetizarse la historia moderna de un pueblo que supo aprovechar las demandas del turismo sin perder la esencia y la cultura ancestral. Nativa del pueblo, heredó de su familia el oficio de la artesanía en telar y a su vez generó un negocio que da trabajo a varias familias que le aportan tejidos en telar, ruanas, ponchos o tejidos para niños. Cuenta que en Purmamarca antiguamente la gente sólo se dedicaba a tareas agrícolas para la subsistencia. “Los chicos iban a otras ciudades a estudiar o trabajar y sólo quedaban los abuelos”. El incremento y la continuidad del turismo, en los últimos quince años, modificaron todo. “Nos dimos cuenta de que teníamos que modernizar los tejidos porque los llevaban de recuerdo y no los usaban”. Así Ivana fue introduciendo innovación y diseño, pero siempre cuidando de no perder la esencia. “Manteniendo la materia prima, diseños que sean cien por cien lana, que sirvan para uso o para decorar, o sea mantener la herencia y darle también otro gusto, otra visión con nuevos diseños y colores rescatando también los antiguos”. Según Ivana lo que más atrae a los visitantes y los artículos que identifican a Jujuy hoy son las tulmas, los pompones, los lazos, los tejidos bordados de lana de llama, mantas, lazos, aguayos y chales de lana de llama. Y por supuesto los colores fuertes que contrastan con los colores típicos del clima seco de la región. Lo cierto es que hoy Purmamarca es símbolo de color y de vida. La gente está volviendo, los chicos encuentran la posibilidad de trabajo, y se ha convertido en un lugar donde se puede pensar el futuro. “Sabiendo –aclara Ivana– que somos nosotros los que vamos a protagonizar y nuestras decisiones son las que van a prevalecer sea lo que sea que vaya a venir”.

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–señala–. Mi viejo pelaba las cañas, sabía dónde conseguirlas. Yo veía cómo hacían los instrumentos y pensé que yo también podía”. Y así fue. En el año 86, viajó a Cosquín, con erquenchos, quenas y otros instrumentos que aún hacía sin afinar, “tratando de terminarlas bonitas”. Para viajar tuvo que renunciar a su trabajo, pero el riesgo valió la pena. Ganó mucha más plata vendiendo todos sus instrumentos y el incentivo lo llevó a aprender cada día más. Cuenta que un día un amigo le dijo: “Muy lindo lo que hacés pero no sirve para el folklore”, y a partir de entonces buscó la afinación. Recibió siempre la ayuda de los músicos que le sugerían cómo hacerlo mejor y así fue progresando en su arte. “Los músicos me ayudaron mucho con las críticas”, agradece, pero también ayudaron su apertura y su perseverancia. Las herramientas básicas con las que trabaja son gubias, cuchillos y tanza de pescar. Para elaborar una quena tarda entre cuatro o cinco horas promedio y un siku le lleva un día entero. El proceso básico para hacer

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una quena es cortar la caña a medida, marcar con una plancha y un lápiz el lugar para los orificios. Después agujerea con la gubia y va afinando el instrumento orificio por orificio. Termina con el lijado y el lustrado. Desde hace seis años, Isabel reparte su tiempo enseñando su arte a chicos menores detenidos en el servicio penitenciario. “Esto es defender y transmitir la cultura a los chicos privados de la libertad, para que cuando uno se vaya se siga transmitiendo el oficio”, dice. Da gusto escucharlo insistiendo sobre la sencillez de su trabajo y probando sus instrumentos. Aunque no es músico se las arregla muy bien para tocar alguna cueca o un carnavalito. El sonido de los Andes inunda este taller diminuto, donde el alma grande de una familia continúa su vocación artesanal.

Pablo García Lastra Fotos: José Luis Raota


TODO ES ARTE

y texturas. “En Tilcara, el pueblito que elegí para vivir –dice–, todo es color; su gente es alegre, y todo el tiempo se puede escuchar música y bailar en sus peñas. Yo no puedo ser ajeno; el color circula por mis venas, y cuando voy por sus callecitas busco mi destino en el silencio”. Sin embargo, como si con los colores y ese silencio no bastara, traza palabras en los cuadros, “para sugerir y para divertir, me gusta ponerles una cuota de humor; sin embargo, ahora mismo me cuesta expresarme en palabras, y para poder darles una idea cierta de lo que hago quisiera que cada letra fuese un color y que se fundiera en formas que voy creando e hilvanando en forma de texto visual, mientras al mismo tiempo algo repercute en mí”. Con palabras o sin ellas, lo que destaca en los cuadros de Mariano es la explosión de color, la fuerza y el espíritu, su desparpajo con personajes que se confunden entre míticos y cotidianos, entremezclando lo ancestral con el pasado inmediato y el presente quebradero. Como señala el propio artista: “Con aciertos y también con desaciertos que aprovecho para dar mayor valor a mi trabajo”. Mariano Kunan, de 34 años, licenciado en Artes Plásticas en la Universidad Nacional de Tucumán, con estudios de Diseño Textil y Gráfico en la Universidad de Córdoba, reconocido pintor y docente, es otro de los seres especiales que circulan por la Quebrada, tanto, que después de contar su “hoja de vida”, con sencillez y con sus ojos oscuros de clara mirada, sostiene: “Pero me gustaría desaprender lo que aprendí, no hay verdad más absoluta que expresarse desde un estado puro; el arte empieza cuando uno abandona todo tipo de certezas”. Sólo un verdadero artista se sincera de tal modo y se permite alternar la pintura de sus cuadros con sus diseños en otras propuestas, como el estampado en prendas de vestir. Mariano es como su entorno: la Quebrada, reconocida por su exuberancia, la fusión de culturas, de estilos y de voces en todo lo que se crea, se comparte y se transmite, además de una suma de tonalidades

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BOLIVIA

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CHILE

5 8 4 2 3 1

SALTA

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9 12


Jujuy SALTA

1 San Salvador de Jujuy 2 Purmamarca 3 Tumbaya 4 Tilcara 5 Humauaca 6 La Quiaca 7 Casabindo 8 Súsques 9 Palpalá 10 San Pedro 11 Libertador General San Martín 12 El Carmen

11 SUPERFICIE: 53.219 km² POBLACIÓN: 672.260 hab. DENSIDAD: 12,63 hab./km² (Fuente INDEC - Censo 2010).

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El espejo de Juj uy

La imponencia de los volcanes Vilama y Zapale con sus más 5.0 ri, huaca, con 00 metros de al el Monumento tura y sus cumbr eternamente a la Independen es Catedral co nevadas, perm cia y la lo nial, que alberg ite av izorar carácter de Juju a reliquias hist el indígenas y: tierra agrest óricas de un a e y montañosa belleza y valor cuyas entrañas , en lables, o Hu ar tístico inigua bu lle un fuego ac al er a, con su capilla apasionado. Es pasión, esa tena del siglo XV II, y a su monolito cidad, sea quiz , lu ga r exac to por do ás herencia de tribus omagua nde pasa el tróp las co de Capr cas, que eran m iicornio. ayoría en la regi hace unos 2.000 ón Es en años, y que man estos rincones, en sus festiv idad tuvieron a raya primero a los in es y celebraciones, en sus cas. Serían los costumbres, do mismos que, en siglo XV I, com nde se mezclan el tradiciones andados por no las milenarias de mbres legendar como el de Kipi los aborígenes ios influencia ldor y el de Vi co n la lle ga da ltipoco, resistie a través del Atlá heroicamente a ron forjó un pu ntico, donde se los conquistador eb lo ún ico como el juje es. Los españoles, ño. Pueblo esto co como pocos, que la llamaron ipueblo de resist Jujuy –quizá de formando el no encias, cuyo ca - ter quedó re mbre del Kaku rá ctr at ad y, o de manera in quizás evocando a los indios juju deleble durante la Guerra de la yes–, fundaron Independencia su capital tres ces. La primera, argentina, cuan ve- protagon el 20 de agosto do izó el memorab de 1561, a manos le Éxodo Jujeño Gregorio de Ca de de amor y , símbolo stañeda, quien sa cr ifi ci la o por una causa llamó Ciudad de Nieva. Hoy es fá superior. Con casi 700 m cil encontrar su il habitantes, de emplazamiento: sólo hay que ir los cuales la gr mayoría vive en al barrio Ciudad an las ciudades, la de Nieva. El 13 oc tubre de 1575 prov incia vive de cu ltivo de , don Pedro Or tiz de l la ca ña de azúcar, la ba de Zárate hizo un nuevo intento nana, el tabaco y los cítricos; y fundó la ciud de ad la de San Francisc producción de de Álava, en la un o como el gas combustibles ión de los ríos Gr y petróleo, y de ande y Xibi Xibi lugar que se co una industria an , tral: la explot noce como Punt cesación minera, co a Diamante. La sistencia indíge n la plata, el co re- el oro, el sa na redujo a ceni br e, lit re , el po zas ambas ciud tasio y el bóra x, des. Así que la a- destacados entre los más fundación defin . Y cl ar o, iti va sería obra de la variedad y m Francisco de Ar ajestuosidad de sus paisajes gañarás y Murgu la conv ierten en ía, quien, el 19 de abril de 1593, do un polo de atra ción turística. nde ac tualmen cte está ubicada plaza Belgrano la La Quebrada , fundó San Salv de Hu ad mahuaca, por su or de Velazco en el Valle de Juju puesto, encabeza el listado y. de bellezas juje A aquellos tiem ñas. Pero tambi la Puna, con su pos coloniales, én paisaje ex trapla en los que la Ta de Plata llegó a netario, y toda cita desolada contar con apen la se ns ac ió n as de sus salares, nueve vecinos, se remontan be salpicados por las enormes lagu llísimas constr na uc s. ciones como la Al este, contrast Catedral, con su ando, están las yungas, selv famoso pú lpito as subtropicale tallado en mad de ñandubay y s de montaña, do era de el hom recamado en or nbre y la natura o. leza conv iven en Pero es en la qu nente ex uberan permaebrada de Hum ci a. H ah ogar de yaguar uaca donde el tiempo parece etés, pecaríes, ocelotes, taruca haberse deteni s y monitos titíe do para alberg por siempre el s, la yunga repr ar senta el lla espíritu de la pr emado ancestra ov incia. Como l de la selva. suer te de corred una También or por el que ha se de st ac de an sfi lado su histosus hermosos va ria, la quebrada lles, un corredor verde, at fue el camino po ravesado por río r el cual transit ron las tribus or s cristalinos, la a- nas, monte iginarias, pasa gus y planicies. En ron los ejércitos Inca, llegaron lo esta región de del templado s conquistadores cl im a y agradable se españoles, y más tarde las tropas encuentran la prov incial, las realistas que in capital la gu na te ntaban recupes de Yala y las te rar lo que ya no rmas de Reyes, además de les pertenecía. los hermosos di Recorrer los pu ques Los Alisos Maderas y La Ci eblos de la queb , Las énaga, y el pueb rada es una ex riencia única: lo de Río Blanco pe- sólo 7 km Tumbaya, con ,a de donde se ha su arquitectura lla el santuario lonial; Purmam co - gen del Ro de la Virarca, con la be sa rio de lle Rí o za Blanco y Paypay del cerro de los Siete Colore de la prov incia a, patrona s; Tilcara, con y venerada desd el famoso Puca los museos y el e el siglo XV II. rá , Paisajes, colo jardín botánico res, historia, cu de altura; Hum ltura, tradición, a- ritu ancest espíral… así es Jujuy.

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UN MAESTRO QUE SE REFUGIÓ EN LA PUNA

Rodolfo Kusch, cultura e identidad del ser americano Por Graciela Maturo (*)

Rodolfo Kusch fue un filósofo muy ligado al Noroeste argentino así como a Perú y Bolivia, donde desarrolló su labor antropológica. Nacido en Buenos Aires en 1922, eligió como última residencia, luego de su paso por Salta, el pueblo de Maimará, en Jujuy. Allí, frente a los cerros morados que se alzan hasta el cielo, fueron enterrados sus restos en 1979. Kusch se ha preocupado por la cultura argentina y en general por la crisis de la cultura occidental en el último siglo transcurrido. Profesor de filosofía en Buenos Aires y en Salta, señaló con agudeza las limitaciones del pensar racionalista que sólo otorga

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credibilidad a la ciencia, y se volcó a la escucha del pobre, el marginado, el habitante de los pueblos andinos. Era también escritor, próximo a la cultura barrial de las grandes ciudades, compenetrado con la atmósfera porteña del tango; como dramaturgo escribió La muerte del Chacho. En una serie de obras, profundas y magistrales, se propuso revelar la originalidad americana, tomando como punto de partida al sujeto popular. No era para él una abstracción, sino el sujeto concreto, fiel a sus tradiciones y a su tierra, no colonizado por los sistemas del pensamiento occidental. A la vez que renovaba la filosofía y los estudios


de la cultura, Kusch fue desplegando una nueva propuesta de vida; por eso se convirtió en un maestro, y se hizo digno de la admiración de algunos jóvenes que a veces peregrinan hasta su tumba. No es el momento de señalar cuánto debe este pensamiento a la filosofía alemana –pese a su vocación de romper con ella– sino de indicar, en forma necesariamente esquemática, algunos de sus logros en la comprensión de la cultura americana. Diré que la fenomenología, corriente filosófica que desarrolló Edmund Husserl (1859-1938), le sirvió de apoyo para atreverse a un apartamiento de la filosofía y la historia de Occidente. Husserl pretendía precisamente un nuevo punto de partida, con prescindencia de la filosofía anterior. Me detendré especialmente en su libro El pensamiento indígena y popular en América, por ser éste un trabajo de índole antropológica y filosófica verdaderamente ejemplar de la actividad de Rodolfo Kusch. Ya en su primer libro, La seducción de la barbarie, había adelantado una tesis audaz: desplazar el pensamiento racionalista dominante por la escucha del sujeto popular, periférico al centralismo europeo. En El pensamiento indígena y popular en América lo hace de modo más sistemático –aunque no sería ésta la expresión que él hubiera elegido– examinando el discurso popular americano y la visión del mundo que conlleva. Trataba de comprender esa otra visión de la realidad, esa manera de estar en el mundo, que es la de los pueblos originarios, también la del mestizo y el hombre popular de las ciudades,

visión que en América ha quedado sepultada por corrientes siempre miméticas con la sociedad europea que sólo representan a un sector de la población. Esa tarea de comprensión de la cultura popular le permite abrirse a otras categorías de pensamiento, que en Occidente quedaron refugiadas en las artes y en pensadores aislados, pero dejaron de hacerse presentes en la vida cotidiana. Desde luego, esta profundización llevaría a Kusch a avalar los movimientos históricos a favor del americanismo, sin confundirse con el indigenismo, que implica un tipo de recuperación basada en lo social, en la legitimidad del excluido para reclamar su pertenencia a la “civilización”. La legitimidad surgía para Kusch de la defensa de una cultura propia, valiosa y aun necesaria en la crisis de postrimerías de la civilización occidental. Es interesante constatar que en esa interiorización del pensamiento del hombre del altiplano, que se apoya en una captación del lenguaje y los símbolos, resurgen verdades olvi-

Kusch hace una crítica profunda a la mentalidad que ha propuesto a la ciencia como paradigma del conocimiento dadas, modos de relacionarse con el mundo, con los otros, con Dios, que pertenecen al hombre, más allá de las fronteras. Es un pensamiento básico, universal, olvidado por el hombre moderno aunque forma parte de su ser antropológico. En el hombre popular descubre Kusch una actitud próxima a la

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vida, respetuosa del orden cósmico, relacionante de lo humano y lo divino, actitud francamente contrapuesta a la consideración racionalista que hace del mundo un mundo de objetos sin significación propia, no inte-

La razón crítica, unida al sentimiento de poder, desgajó al hombre de su origen y destino grados al hombre. Kusch hace visible la mentalidad propia de la modernidad occidental, extendida en las capas medias de la sociedad, que poco a poco se han visto inficionadas de pragmatismo y consumismo. En los pueblos tradicionales se hace presente con distintos matices una fuerte relación de pertenencia al mundo, que se vincula a la idea de amparo y a la noción de germinación; ese sustrato, anterior a toda forma reflexiva, es designado por Kusch como “estar”, traducción de la voz aymara Utcatha. Lo más próximo a ello en la filosofía europea sería, a mi juicio, la categoría del Da-sein (“ser-ahí”), palabra que Heidegger ha tomado del alemán popular, pero no se trata exactamente de lo mismo. En la filosofía europea, señala Kusch, el horizonte vital resulta en definitiva incorporado también como concepto, en tanto para el hombre popular americano es vivido como símbolo, como un “pensamiento seminal”, indiscernible de la vida, que impregna a ésta en todas sus manifestaciones. Ese pensamiento se halla más próximo de la noción de sabiduría que de la filosofía en un sentido moderno. Kusch ha rastreado esa actitud también en los sujetos populares de la sociedad urbana, que deambulan desgajados de su raíz cultural; lo que en el sujeto popular del altiplano aparece como presencia y plenitud, en el hombre de

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la ciudad fragmentada asoma como vacío y nostalgia, por ejemplo en el tango y en otras expresiones de la vida popular. No usaba la expresión “cultura latinoamericana”, prefería “cultura americana” sin más, por considerar que América sólo marginalmente pertenece al anglosajón. Su centro, para él, se halla en los pueblos mestizos que han mezclado sus culturas originarias con la del español, el cual ha sido a su turno un mestizo, marginal a la Europa occidental. Kusch hace una crítica profunda a la mentalidad que ha propuesto a la ciencia como paradigma del conocimiento, y cuyo rasgo dominante ha sido, a partir del siglo XVI, una dicotomía cada vez mayor entre sujeto y objeto. Esta corriente ha producido la relegación, cuando no la negación absoluta, del sujeto, de la persona humana. No se trata ya de un sujeto disminuido en su relación con el cosmos o lo sagrado, sino a la inversa, de un sujeto convertido en objeto, uno más en el “patio de los objetos”, como le gustaba decir a Rodolfo tomando una expresión de Nicolai Hartman. En Occidente, la revolución industrial y su secuela posindustrial habían traído el predominio de la técnica, que a su vez imponía nuevos modelos mecanicistas de conocimiento. La razón crítica, unida al sentimiento de poder, desgajó al hombre de su origen y destino. Para

Había que empezar de nuevo, decía, acceder a una sabiduría de vida para una etapa diferente el intelectual moderno la realidad es algo que se da en un “afuera”. Las ciencias sociales – cuyo proyecto había rechazado Husserl desde los comienzos del siglo XX hasta su muerte– venían a imponer su óptica descriptiva y sus criterios modificadores, sobre la destrucción


de la filosofía y –agregaríamos nosotros– de la “literatura”, que es también un modo de pensamiento. Los modelos del hombre occidental serían tomados sucesivamente de las ciencias empíricas, de la matemática, o del mundo técnico mecánico. Frente a ello la visión humanista, en su variante popular, retoma la unidad del conocer y rescata asimismo la dignidad del hombre en cuanto sujeto dotado de entendimiento. Percibir la destrucción cultural imperante en las grandes ciudades condujo a Rodolfo Kusch –Günther, como lo llamaban algunos amigos– a retirarse en el Noroeste argentino, abandonando la vida universitaria por una vida simple, al lado del humilde; su tarea sería desde entonces escuchar al “otro”, relegado en nuestra cultura nacional. Esa escucha del hombre popular olvidado por la soberbia ilustrada y el progresismo mecánico

Su invitación a captar libremente la realidad de la América del Sur, venciendo el miedo a ser nosotros mismos permite a Kusch el descubrimiento de nuevas categorías de pensamiento que son, por otra parte, inherentes a todo hombre. Se hace necesario ese acto de desnudamiento para redescubrir lo olvidado. Había que empezar de nuevo, decía, acceder a una sabiduría de vida para una etapa diferente. Nos señala Kusch en el indígena cierta renuencia a reconocer “objetos” separados del hombre, y una continua tendencia al relacionamiento de las cosas con el sujeto que las vive y piensa. “Para el indígena no hay cosas propiamente dichas sino que ellos se refieren siempre al aspecto favorable o no de las mismas”. Su atención no se fija en los objetos sino en un mundo de aconteceres y relaciones, de

signos y símbolos; un universo que pasa por el filtro de la conciencia y que brinda a ésta la posibilidad de desplegar escalas de comprensión. Comprender e interpretar –tal lo que algunos de nosotros hemos enfatizado en nuestras clases, siguiendo a Kusch– es siempre para la mente popular más importante que describir y analizar (útiles en actividades específicas, pero no aplicables a la vida). He ahí el porqué de la legitimación del punto de vista de Kusch para la comprensión de la cultura americana en sus estratos más genuinos e irreductibles, menos colonizados por las modas o las ideologías. Sin ignorar la presencia activa de otros elementos, siempre será superficial detenerse puramente en ellos ignorando un estrato anterior y permanente del hombre y la cultura. Atender a ello o relegarlo será en definitiva el fruto de una decisión cultural. Kusch nos propone el alejamiento (parcial o momentáneo, diríamos nosotros, ansiosos de moderar y unificar opuestos) del discurso europeo moderno en actitud que comporta un

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rechazo del imperio de los objetos y de la cosificación humana, un llamado a la superación de la horizontalidad de las ciencias sociales, y sobre todo una apelación a la vida espiritual.

No lo preocupaba tanto la “inclusión” como el respeto Su invitación a captar libremente la realidad de la América del Sur, venciendo el miedo a ser nosotros mismos, es mucho más que una invitación a desbrozar un ámbito de trabajo; se trata de un gesto liberador que convoca al redescubrimiento de la identidad americana, hoy negada, distorsionada o manipulada de

diversas formas. No confundamos el mensaje de Kusch: no hizo una apología del subdesarrollo, pero tampoco se propuso recuperar al indígena o al mestizo para librarlo de su condición e incorporarlo al tren del desarrollo. No lo preocupaba tanto la “inclusión” como el respeto. Se trata del respeto a la cultura del otro, sin cuya presencia en el diálogo no podemos hablar de una cultura integral y auténtica. Ese gesto instaurador de sentido sigue teniendo respuesta en el ámbito de la filosofía y de los estudios culturales. Son muchos hoy, en América y en Europa, los estudiosos de la filosofía y la cultura que descubren el pensamiento de Rodolfo Kusch, este maestro que se refugió en la Puna argentina.

(*) Graciela Maturo es escritora, doctora en Letras, profesora universitaria (UBA, UCA, USAL, UNCU, UCES, Instituto Franciscano) y ha sido investigadora principal del Conicet. Es reconocida en el país por sus numerosas publicaciones y también por haber dirigido centros de estudio, colecciones editoriales y volúmenes de una corriente de pensamiento que se ha caracterizado por su defensa del pensamiento poético. La Universidad Cecilio Acosta de Venezuela ha publicado en el año 2009 una edición completa de su poesía (1958-2008).

BUSCADOR DE LA ESENCIA DE AMÉRICA “La obra de Kusch es el esfuerzo de un original filósofo-antropólogo por contactar con la esencia de América”, afirma Carlos Martínez Sarasola. Günter Rodolfo Kusch, nació en Buenos Aires y eligió para vivir el final de sus días el pueblito de Maimará, en Jujuy. Filósofo prolífico e investigador incansable, realizó profundos trabajos de campo que plasmó en libros como La seducción de la barbarie: análisis herético de un continente mestizo, América profunda, Indios, porteños y dioses, El pensamiento indígena y popular en América, y Geocultura del hombre americano.

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DISEÑOS DE LA TIERRA Testimonio para una arquitectura regional

Su inmensa obra se destaca por el respeto al hombre y al paisaje que habita. Carlos Antoraz es un reconocido arquitecto, con más de 35 años de trayectoria, que desarrolló un estilo que conjuga la modernidad con la revalorización del patrimonio cultural. Los paisajes imponentes y el enorme patrimonio cultural que habita en la Quebrada de Humahuaca son su fuente de inspiración. Carlos Antoraz es un arquitecto jujeño que ha logrado concebir un estilo de construcción que, además de aprovechar los adelantos de la modernidad, busca revalorizar culturas ancestrales y mantener la armonía con el paisaje y con el clima de la zona. Sus 35 años de trayectoria se traducen en más de 15.000 metros cuadrados de construcciones realizadas en adobe, que se han convertido en residencias unifamiliares, posadas, restaurantes y hoteles. Son edificaciones realizadas con

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el apoyo de su equipo, que trabaja tanto en Jujuy como en otras provincias de la Argentina. Su modelo se puede resumir como la revalorización de los conocimientos de la cultura andina, pasada por el tamiz de la arquitectura y perfeccionada con adelantos modernos, lo que culmina en construcciones con una fuerte impronta autóctona. En este entramado, rescata oficios que habían caído en el olvido y que hoy contribuyen a la actividad de la mano de obra local. “Cartucho”, como lo apodan amigos y familiares, hace que los habitantes y los materiales de la región andina sean verdaderos protagonistas. El reconocido arquitecto nos introduce en

su filosofía de trabajo. –¿Cómo define su manera de concebir la arquitectura? –Siempre consideré que lo más importante, en primera instancia, en una obra de arquitectura es el respeto por el hombre. Luego, el respeto por el paisaje y el entorno. –¿Y el tipo de arquitectura que realiza? –El modelo de arquitectura regional está influenciado por la región andina, área a la que pertenezco. Esta zona, conformada por el Alto Perú, Bolivia y el Norte argentino, tiene una fuerte impronta de la cultura incaica. Nació en San Salvador de Jujuy, pero el destino hizo que Carlos Antoraz viviera en Purmamarca durante


veinte años, una época que aprovechó para descubrir no sólo la belleza del paisaje natural, sino particularmente a las personas y al lugar que habitan. De ellos aprendió las técnicas artesanales que emplea en sus trabajos, con los que rescata una tradición constructiva sustentada por materiales primarios. –¿Cómo logró integrar la cultura andina en sus construcciones? –Esta cultura está incorporada y continúa vigente en las poblaciones que habitan el área de la Quebrada de Humahuaca. Estos habitantes me ayudaron a descubrir las bondades y las maravillas de sus construcciones, sin renunciar a los aportes del siglo XXI. Mucho

tienen que ver ellos en las propuestas que ejecutamos, ya que aprendí técnicas de la construcción, de la música y la gastronomía. Pero también fue algo positivo para ellos, ya que encontraron una nueva forma de revalorizar lo que hacían sus abuelos. –Entonces se puede decir que fue una creación conjunta, donde ambos aportaron lo propio para concebir la arquitectura regional. –Sí, por supuesto. Además, este redescubrir fue un disparador que motivó un nuevo auge con los arquitectos jóvenes. Atraídos por lo que estábamos haciendo, muchos de ellos pasaron por el estudio, lo que provocó una tendencia o carac-

terística que hizo que se enriqueciera la arquitectura jujeña. Lo mismo ocurrió con el equipamiento y el mobiliario. Nuevos diseñadores pudieron incursionar en el diseño de muebles y objetos, que luego expusieron en salones y ferias del mundo. –¿Cuáles son los materiales que emplean? –El adobe, la caña, la piedra y la madera son los materiales básicos. Cada uno de ellos tiene sus secretos y bondades. Conocer los materiales de la zona también fue un aprendizaje. Había mucha investigación previa. Nosotros aplicamos los conocimientos y los llevamos a la práctica. En este punto, los habi-

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tantes de la zona vuelven a escena provincias, como Buenos Aires, y aportan su sabiduría. El contacto Córdoba, San Juan, Tucumán, Salta con ellos, los materiales y la natu- y todo Jujuy, creyeran en nuestra raleza, me ayudó a sentir profunda arquitectura. y apasionadamente la nueva pro- Observar algunas de las construcciones de Antoraz brinda un claro puesta arquitectónica. Trabajar con adobe es la especia- testimonio de su obra. El adobe se lidad de Antoraz, y se puede decir enlaza con la madera de álamo, el que es un militante de este mate- cardón, los tientos, la caña y la pierial y alienta a que otros arquitec- dra. A esto se suma la abundancia tos lo adopten. Las cualidades del de vidrio, lo que les da la bienveniadobe son diversas: es excelente da a los majestuosos paisajes para aislante térmico tanto para el calor que ingresen sin permiso. La luz como para el frío, es tan resistente natural se filtra por los entramados como el ladrillo y la piedra, con una de caña, lo que aporta una cuota de óptima terminación y cimientos calidez a los ambientes e ilumina adecuados actúa como un papel los telares que decoran las paredes. secante ante la humedad. Incluso, El bordó, el amarillo, el ocre, el nael torteado de barro aplicado a los ranja y el marrón son los tonos pretechos es una de las técnicas re- dominantes. Son los colores de la valorizadas. Para protegerlo de la Quebrada. humedad, el mayor enemigo del barro, se introducen polímeros y membranas, pero conservando el adobe como principal componente. –¿Se considera un pionero? –No, pero estoy seguro de que nuestras obras no pasan desapercibidas. Éstas fueron los ejemplos y muesMartina Intronati tras para que clientes de distintas Fotos: Gentileza Estudio Antoraz

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GENTE DE LA TIERRA

Un valle escondido bajo el sol COMUNIDAD INDÍGENA OCUMAZO

Valores, costumbres y una forma de vida ligada a la tierra en un valle escondido donde la gente aún piensa más en la comunidad que en sí misma. Hace dos años se abrió al turismo como actividad complementaria para que los jóvenes no tengan que migrar a la ciudad. Tras un camino polvoriento aparece de repente un valle fértil con campos cultivados entre las laderas coloridas de los cerros. Allí, en una tierra inundada de silencios, que muchos conocen como “El Valle Escondido”, convive la comunidad indígena Ocumazo. En plena zona de la Quebrada, a unos 18 kilómetros al este de la ciudad de Humahuaca, sobre la vera del río Calete, 36 familias descendientes de omaguacas se afanan en mantener los valores, las tradiciones y las costumbres de sus ancestros, aun sabiendo que no pueden negarse

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rotundamente a la modernidad. En Jujuy hay cerca de 160 comunidades indígenas y trece ya se han integrado a lo que se denomina “Red de Turismo Rural de Base Comunitaria”, con el apoyo del gobierno jujeño. Hornaditas, Espejo de Sal y Ocumazo son algunas de las más destacadas. Abren sus puertas al visitante permitiendo vivir de cerca el día a día de su cultura, conocer sus paisajes, degustar sus comidas, realizar caminatas, participar de elaboración de quesos, cosecha de miel, talleres artesanales, compartir costumbres y tradiciones. Es

una actividad complementaria al cultivo y a la cría de animales y los motiva básicamente un objetivo: vencer el desgarramiento que les produce que sus chicos se alejen de la ciudad para estudiar o trabajar y poder brindarles oportunidades para quedarse y que deseen volver. Ocumazo ocupa unas tierras de alrededor de cinco kilómetros de largo, paralelas al río Calete, y casi tres kilómetros de ancho. Viven en casas de ladrillos de adobe y techos de chapa. En un paisaje bordeado por cerros y cardones hay un puesto de salud, un centro comunitario, una


PUEBLOS ORIGINARIOS

de vida que llevan, en la calidez y la gran cordialidad que muestran en el trato con la gente, en sus creencias ancestrales y, por supuesto, en sus costumbres. CONCEPTO COMUNITARIO

capilla y una escuela primaria para los chicos; cuando crecen deben seguir la secundaria en la ciudad. Raúl Choquevilca nos recibe en su casa, con un atractivo parral y el patio que oficia como lugar de encuentro. Isabel, su mujer, está preparando charqui y pronto elaborará una comida que refleja por sí sola la vida natural: lomo de llama, papas andinas y diferentes tipos de choclos, un menú de un sabor tan exquisito que no requiere sal ni ningún otro condimento.

Raúl, junto a Daniel Argamonte, son los responsables de atender a los turistas. Recién hace dos años decidieron en asamblea optar por esta actividad. La idea de abrirse al turismo, afirma Daniel, “es seguir haciendo lo que venimos haciendo ancestralmente y sobre todo en invierno, cuando está parada la actividad agrícola. Queremos mostrar nuestra cultura a quien esté dispuesto a conocerla con respeto, bajo esa condición”. Y esa cultura se refleja principalmente en la forma

“Siempre pensamos en conjunto; si vas a sacar un recurso tiene que ser para todos. Si vamos a hacer un camino, un canal, tiene que ser para todos. Desechamos el individualismo, no lo fomentamos para nada, somos una comunidad”, explica Raúl. Y un ejemplo claro de esto es la recuperación de las mingas, siembras colectivas que realizaban sus abuelos. Isabel cuenta que en septiembre se juntan todos para sembrar en las tierras de una casa y después en otra hasta completar las de todos los vecinos. Se sustentan con la cría de animales, llamas principalmente, y con el cultivo –sin agroquímicos ni fertilizantes artificiales– de maíz, papa, cebolla zanahoria, quínoa y algunas frutas como durazno, manzana, uva y pera, entre otros. También se dedican a la actividad apícola. Poco más de la mitad de los habitantes de Ocumazo tienen residencia permanente, los otros realizan trabajos agrícolas de temporada en diferentes regiones o cumplen distintas labores en la ciudad de Humahuaca. El concepto comunitario se amplía también en el contacto que tienen con gente del exterior. Participan activamente de las ferias cambalache y las ferias de semillas, don-

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GENTE DE LA TIERRA

de además del trueque también se comparten conocimientos, que se realizan bajo la organización de Red Puna, una institución que integran muchas comunidades originarias. Son espacios generados para un fructuoso intercambio, donde cada uno brinda lo mejor de su terruño y recibe lo de los demás. CREENCIAS Y CEREMONIAS El amplio salón comunitario de Ocumazo es testigo de las decisiones colectivas. Construido con piso de cemento y techo de zinc, mide unos doce metros de ancho por veintidós de largo y tiene una amplia cantina. Ahí se reúne mensualmente la gente de la comunidad para debatir, pero también para disfrutar celebraciones sociales. A pasos del salón tienen un lugar sagrado donde realizan la ceremonia de la Pachamama. “La cultura ancestral se mantiene, todo ronda alrededor de la Pachamama –explica Daniel–, la casa la hacemos con la tierra, lo que comemos viene de la tierra, y muchas ceremonias rondan los ciclos que tiene la tierra. Nuestra cosmovisión y todas las ceremonias tienen que ver con la relación de Mamá Tierra y Papá Sol”. Las ceremonias en Ocumazo en realidad son algo cotidiano. “Antes de comer primero convidamos a la Pachamama –cuenta Isabel–. Cuando salimos decimos ‘Pachamama, que me vaya bien hoy’. O ‘que la Pachamama te cuide’, es el saludo para desearle bien a alguien”. AUTOSUSTENTO Y ECOLOGÍA En cuanto al trabajo en el campo dentro de la comunidad, Raúl explica que producen principalmente para cubrir sus necesidades básicas para todo el año. “Sembramos maíz para todo el año –dice–; nuestras

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frutas las deshidratamos y las conser vamos, nuestro ganado también, deshidratamos la carne y la conservamos. Pero siempre pensamos en un excedente porque hay gastos que atender, como la salud de nuestros hijos, la educación, un medio de transporte que sí o sí hay que pagar, por eso cuando no tenemos éxito con un excedente nos vemos muy limitados”. No hace falta explicar que por sus creencias el cuidado de la tierra es algo natural para ellos. “Desechamos el monocultivo –describe Raúl–; sembramos de todo porque consumimos de todo. También desechamos la ganancia agresiva que no respeta el ambiente. De qué vale que produzcamos en gran cantidad afectando los suelos o los cauces de los ríos; hay otros seres que también necesitan vivir y tenemos que pensar también en ellos, no podemos agotar los recursos naturales y pensar sólo en nosotros”. LA ESCUELA Y EL DESPUÉS El silencio se rompe con las risas y los gritos de los chicos que juegan. Tienen entre 4 y 13 años y dan vida a la Escuela 301 de Ocumazo, dirigida por Sebastiana Vázquez. Paulino González y Sonia Carillo completan el equipo de maestros que brindan educación a los chicos. Aprenden técnicas agropecuarias y tiene un invernadero donde plantan tomates, acelgas y frutillas. Sonia señala –y la directora asiente– que el objetivo es “enseñarles a desenvolverse en todo ámbito, para que puedan resolver problemas y puedan relacionarse no sólo en la comunidad, sino con otros entornos”. Una vez que terminan el colegio, deben ir a

la ciudad de Humahuaca a seguir el secundario o la capital de la provincia para estudiar una carrera. Es algo que se viene repitiendo hace años en Ocumazo, y el resultado muchas veces es devastador para las familias. Los chicos no regresan. Por eso saben que la modernidad va produciendo cambios que los afectan. “Lamentablemente nosotros también vamos cambiando, hay muchas cosas que se van perdiendo –explica Daniel–. La luz eléctrica antes no existía, ahora están la radio y el televisor, y por todas las comodidades que se ven en la tele, al no estar acá, los chicos cuando van a hacer el secundario en la ciudad ya no vuelven”. Isabel y Raúl tienen justamente a sus tres hijas (de 17, 18 y 24 años) estudiando en San Salvador, como otros padres de la comunidad. El tema de los hijos es sin duda el más sensible. Isabel se quiebra cuando habla. “Estoy viviendo en carne propia y estoy peleando para que esto no desaparezca, para que ellos tengan un lugar para vivir. Mis padres dicen ‘yo he visto a esta tierra, yo amo a la tierra y necesito que se mantenga esto, el lugar de nuestros abuelos’, y así les hablo a mis hijas. Ellas están muy atrapadas por la ciudad y la modernidad, pero tengo esperanzas”. Esa misma esperanza la tiene toda la comunidad Ocumazo y muchos pueblos originarios que buscan recuperar su identidad cultural y poder vivir sus vidas como lo hicieron siempre, ligados a la tierra, a esa tierra que consideran tan sagrada como para darle el nombre de madre. Pablo García Lastra Fotos: José Luis Raota


PUEBLOS ORIGINARIOS

Mundo sagrado RECUPERACIÓN DE LA CULTURA ANDINA

Cerca de diez mil años de historia recorren los 120 kilómetros por los que zigzaguea la majestuosa Quebrada de Humahuaca. Figuras misteriosas grabadas en rocas, antiguas terrazas de cultivo, restos de pucarás y de cementerios indígenas, capillas coloniales, ceremonias y peregrinaciones, son elementos que reflejan cómo el tejido del tiempo fue mezclando la cultura nativa con influencias andinas, europeas y criollas. Hoy muchos descendientes de pueblos originarios, tanto en Jujuy como en otras provincias, viven un proceso de recuperación de sus raíces, especialmente de su espiritualidad y su visión del mundo. Es el caso de Tupac (Oscar Ariel Flores), profesor de historia y guía de turismo en Tilcara. Desde los 17 años se incorporó a esa búsqueda, por lo que recibió, de una comuni-

dad indígena omaguaca, su nombre Tupac, que lleva con mucho orgullo. De rotundos rasgos collas, muy afable y con excelente dominio del lenguaje, Tupac hace un profundo análisis de las formas y los significados de las ceremonias ancestrales, así como del sincretismo

La cosmovisión andina parte de la concepción de que el agua, el aire, la tierra y el sol generan la vida religioso y cultural que se produjo con la colonización. En realidad, según Tupac, primero fue un proceso de imposición sobre las culturas au-

Foto: Gentileza José Martearena

A partir de la sabiduría que transmiten los amautas, o sabios orientadores, en muchas comunidades originarias buscan reconstruir la identidad de su tierra. Tupac, descendiente de omaguacas, comparte la visión de sus creencias ancestrales. tóctonas y luego hubo otro proceso en el que se logró cierto equilibrio. Cuenta que por eso hoy “todas las expresiones religiosas cristianas están muy embebidas con algún tipo de ceremonias donde convergen el mundo cristiano y los pueblos originarios”. De hecho, afirma que la mayoría de las personas que viven en la Quebrada son cristianas. Tupac, en tanto, se autoafirma como perteneciente al pueblo colla, descendiente de omaguacas. RELIGIOSIDAD Y ESPIRITUALIDAD Tupac explica que hay una diferencia sustancial entre los conceptos de espiritualidad y religiosidad. “Mientras la religiosidad está relacionada con el cristianismo –dice–, nosotros entendemos que la espiritualidad tiene que ver con una

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Foto: José Luis Raota

relación más directa con la naturaleza”. Admite que en la Quebrada se ha perdido muchísimo de la cultura antigua: “No tenemos lenguas originarias pero, como dice el profesor Maidana, hay algo genético que hace que nosotros no perdamos nuestras raíces, y por otro lado está el constante aprendizaje que hacemos. La cosmovisión andina parte de la concepción de que el agua, el aire, la tierra y el sol generan la vida. A partir de esto –sostiene– todo lo que tiene que ver con las ceremonias que se hacen en el mundo andino está relacionado con los cuatro elementos. Y estos elementos también dan origen a la chacana, la cruz cuadrada y, por otro lado, están relacionados con la wilpala, el emblema de los pueblos originarios. Ambos representan una síntesis del mundo andino y transmiten el conocimiento que tienen los abuelos”. A continuación se puede leer una síntesis de los conceptos de la espiritualidad andina en la voz de Tupac. Pacha: Tiene distintas significaciones; es una de las palabras más antiguas que tienen el quechua y el aymara: por un lado Pachamama es madre tierra, pero Pacha, en la unión de las diagonales de la Chacana, también es el origen, y Pachacuti es tiempo de cambio. Por eso Pacha no significa lo mismo. Para nosotros a partir de la Pacha está todo, es el principio y el fin de todas las cosas y es la única que está equilibrada; nosotros vivimos en una dualidad, en una lucha constante por el equilibrio. Comunidad y reciprocidad: Todo ri-

tual del mundo andino dura varios días y tiene un trabajo previo que es comunitario, un movimiento de integración donde todos preparamos la comida, la chicha, las ofrendas. Por eso lo más rico en las ceremo-

Nosotros decimos que cuando uno muere, no es que vamos al cielo o al infierno, sino que nos transformamos en energía, no morimos nias tiene que ver con lo comunitario y con la reciprocidad. Ceremonias y calendario agrícola: Las ceremonias las encabezan los amautas, que son abuelos, sabios orientadores. El Inti Raymi, la Pa-

chamama y el Capac Raymi son las que marcan el calendario agrícola, las de más convocatoria. La Pachamama: Se realiza en agosto porque es el mes más fértil para poder fecundar a la tierra y tiene que ver con la fertilidad, con juntar lo masculino y lo femenino, la tierra y el cosmos, el poder descubrir cómo nos va a ir y qué vamos a producir, y por otro lado también tiene que ver con sintetizar los cuatro elementos; todo esto produce la vida. Inti Raymi: Significa fiesta del Sol y lo que se hace en el hemisferio sur es respetar cuando cambia de posición el planeta. Cuenta la leyenda que el Sol se enoja con los hombres porque no cumplimos con nuestras obligaciones para con la naturaleza. Por eso se hace un ritual con una fogata que representa al Sol, ayudamos al Sol en la noche más larga reflexionando sobre todo lo que hicimos mal, y el fuego nos va purificando. Cuando sale el sol de la mañana es el renacer de la vida, y empezamos un nuevo ciclo vital, aparte del agrícola, purificados y agradecidos. ¿Politeístas?: Nosotros no nos consideramos así, porque no creemos en Dios, entonces no podemos ser politeístas. Establecemos una relación como parte de la naturaleza, pero como hermanos menores. Ofrendas: Hacer una ofrenda tiene que ver con juntar lo masculino y lo femenino para generar vida. Transmisión oral de la sabiduría: Uno se pregunta por qué no escribimos la sabiduría que transmiten


Fotos: Gentileza Secretaría de Turismo y Cultura de Jujuy

los abuelos. Por dos razones: la escritura genera verdades absolutas, por lo tanto dogmas, y los dogmas generan conflictos. Y otra es que si estuvieran esos libros no harían falta los abuelos. Sincretismo: Un ejemplo da una idea del rol de la Iglesia: en la Quebrada todos los pueblos tienen cruces en sus cerros. Nuestra gente es muy creyente y cuando hay algo que no puede resolver con la medicina occidental o con sus creencias cristianas, siempre va a ver al abuelo, al curandero. ¿Y qué es lo primero que le va a decir?: que se reconcilie con lo más sagrado, que es la Pachamama, y con el pasado. ¿Y dónde está el pasado?, en la montaña. Cuando los españoles prohibieron los rituales sacaron todo. Las piedras que para nosotros tienen una significación y tienen vida propia, no las pudieron sacar. No se pudieron llevar ni las montañas ni los ríos, por eso la Iglesia construyó santuarios en la montaña. Es una forma de imposición. Los indígenas hacían las iglesias pero ahí ponían sus cosas sagradas, entonces el cura

estaba contento porque daba la misa y los indígenas también, y se lograba un equilibro. El culto a los muertos: En el mundo andino noviembre es el mes de los muertos. Nosotros decimos que cuando uno muere, no es que vamos al cielo o al infierno, sino que nos transformamos en energía, no morimos. Este mes se produce una relación mucho más directa con los antepasados. Por eso no sólo da la posibilidad de revalidar tus orígenes, sino que están vivos, por eso se habla, se baila y se celebra. Pachakuti: Hablamos de los nuevos tiempos; la chacana está dividida en cuatro ciclos: los del agua, el aire, la tierra y el fuego. Ahora estamos por entrar al quinto ciclo, el Pachakuti, tiempo de cambio. Desde nuestra concepción los últimos quinientos años fueron negativos, no sólo para los originarios, sino también para la humanidad. Ahora vamos a empezar quinientos años positivos, pero van a hacer falta cambios más profundos. Diferencia: ¿Qué nos diferencia de la cultura occidental básicamente?

En la cultura occidental hay dos conceptos respecto de los medios de producción, y la tierra es el más importante. En el liberalismo, propiedad privada; para el comunismo o socialismo, propiedad del Estado o propiedad social. Nosotros decimos que somos parte de la tierra, no somos dueños, ni privados ni sociales, sólo somos parte. El ser humano: En el concepto de la dualidad, la gente nuestra no anda a caballo, siempre camina, porque dicen nuestros abuelos que nosotros somos los hermanos menores, somos los últimos que existimos en el planeta y nos dieron la responsabilidad de cuidar el equilibrio. El ser humano es la garantía del equilibrio entre la tierra y el universo. Y hoy por hoy se está recuperando la búsqueda de espiritualidad y nuestra responsabilidad de rescatar y proteger al planeta, ésta es la tarea que tenemos como seres humanos.

Pablo García Lastra

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CURACIÓN ANCESTRAL

Rica-Rica Desde hace muchos años, la rica-rica es una aliada del hombre andino por sus numerosos beneficios para combatir algunas afecciones de salud.

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le comenta que “el hombre andino utiliza de manera sostenible esta especie y todas las que integran su entorno. Esto quiere decir que toma las partes de la planta que necesita para atender sus necesidades de salud sin afectar su desarrollo. En este caso, se emplean las hojas y ramitas jóvenes, de modo que la planta puede ser utilizada sin que ello afecte su normal distribución”. En el laboratorio trabajan diversos aspectos de botánica y de documentación de usos, con el propósito de contribuir a mantener vigentes los saberes tradicionales. Lo cierto es que la rica-rica, al igual que tantas otras plantas que abundan en Jujuy, presenta virtudes para la salud y continúa formando parte de las prácticas tradicionales de la medicina popular de los pueblos originarios.

Foto: José Luis Raota

Ya en 1882, el científico J. Hieronymus revelaba en su obra que el té de rica-rica era ideal para las indigestiones y dolores de estómago. Así lo confirmaban desde hace tiempo las prácticas de la medicina tradicional de los habitantes de la Puna, tanto del noroeste argentino como de Bolivia. Su nombre científico es Acantholippia salsoloides Griseb y pertenece al género de las verbenáceas, pero comúnmente se la conoce como rica-rica. Es un arbusto aromático con ramas espinosas, decorado con flores blancas, y su altura no supera el metro y medio. Su hábitat natural es el sur de Bolivia y en la Argentina se desarrolla en Jujuy, Salta y Catamarca. Crece en las laderas de cerros y quebradas de la zona puneña, en suelos salobres, entre los mil y dos mil metros de altura. Por su alto valor digestivo fue y es empleada por estos días por las comunidades collas de la región como infusión, para combatir el resfrío y problemas estomacales. Aún hoy, la rica-rica circula en Jujuy y no sólo entre los habitantes de la Puna. Su influencia ha llegado a las ciudades de la provincia, donde se la incorporó para saborizar el mate y para la elaboración de licores artesanales con las hojas. Además de los usos medicinales de esta planta, aunque con menor intensidad, están los aromáticos. Los tallos y las hojas se emplean para aderezar mistelas y para elaborar el maíz puymado. Esta preparación consiste en hervir las mazorcas del maíz de variedad chullpi con hierbas aromáticas nativas, para luego secarlo al sol, tostarlo y consumir los granos. La ingeniera agrónoma y profesora de la Universidad Nacional de Jujuy Nilda Vigna-


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GENTE DE LA TIERRA

Los tejidos indígenas transmiten la sabiduría de los antiguos a través de símbolos de la naturaleza. Un lonko mapuche acerca la profundidad de ese pensamiento sensible heredado a través del arte.

La naturaleza acompaña el crecimiento del hombre. Los antiguos recibieron y dejaron plasmados en diferentes señales y labores (o ñimin) escritos que nos recuerdan las enseñanzas del principio de la creación. Cada uno guarda valores milenarios que podemos descubrir en la memoria que heredamos y en los sentimientos más sensibles. Escuchemos el Lenguaje de los Vientos para irradiar la emanación de la fertilidad. Con toda humildad y respeto a todos los hombres de la tierra. HULLOZ (CARACOL) La escritura que está en el tejido nos recuerda el andar del caracol. Así como éste va dejando una huella en el camino, nosotros los hombres también tenemos que dejar la huella en el andar de la vida. Debemos dejar una estela invisible de fertilidad en la memoria transmitida por los vientos. Lo más valioso sería irradiar en el idioma del silencio, en el espíritu, la fuerza de Newén que es la que produce el bienestar, los buenos pensamientos, los sentimientos, la acción y la esperanza. Lo hacemos de manera tranquila, despacio, como el andar de este animalito, para que la humildad avance a su debido tiempo, respetando al que está antes, así vamos transmitiendo la misma acción al que viene detrás.

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SABIDURÍA DEL ORIGEN

Si hablamos de la naturaleza, uno ve un árbol y siente un afecto natural de sentarse bajo su sombra, porque irradia algo que es la energía del bienestar que no se ve y alivia el descanso. Así podemos irradiar esa fuerza, ese Newén, no sólo en la palabra sino en la acción, en el pensamiento y en todo trabajo que realicemos. Lo que perdura a lo largo de la vida son las buenas obras, las buenas intenciones para las generaciones venideras que reciben esa energía fértil. Ésa es la educación del principio que recibimos en la huella, el alimento que nos dejó el Gran Padre para fortalecer el equilibrio del sentimiento, la bondad del corazón y la emanación del amor. Como un padre que recoge el fruto de la tierra, lo carga en su bolso y lo lleva a lomo de caballo hasta la ruca (casa), y la madre prepara ese alimento y se lo da al hijo. Esa bondad natural que no se ve, la recibe ese hijo cuando alimenta su cuerpo. O como un maestro cuando saluda a sus alumnos. ¿Quién sabe lo que va en el sonido de la voz? Va el amor que tiene dentro del corazón. Eso es lo que vale, que reciban la buena enseñanza en el sentimiento, que transmite el maestro como un cariñito de energía que

recibe el cuerpo. Los padres, los maestros, los mayores, deberíamos guiarnos como lo hicieron los antiguos, aprender a dejar una señal, una memoria en el camino como el que deja el caracol que está escrito en los tejidos. Es la

Si hablamos de la naturaleza, uno ve un árbol y siente un afecto natural de sentarse bajo su sombra, porque irradia algo que es la energía del bienestar fuerza de la fertilidad, de lo bueno, de lo sano. Ese buen pensamiento, ese buen andar, esa memoria, la va a recibir el que viene después. Ojalá podamos acercarnos y alimentar las raíces que cada uno tiene dentro del corazón, los valores maravillosos, como saber escuchar a los mayores, porque a través de ellos continúa la memoria de la sabiduría de Futa Chao, la humildad y el silencio que transmiten el bien. Qué importante es alimentarnos con la energía de la luz que ilumina

el caminar, para tener el ánimo, la salud, la alegría, porque uno no sabe cuánto tiempo nos van a prestar, cuánto tiempo vamos a trabajar en la tierra. Pero qué importante es hacer llegar lo que decían los abuelos, de que después de acá nos vamos a ver allá, y la maravilla que es saber que cuando un cuerpo queda y esa persona enriqueció en el espíritu, perdura en la memoria de las buenas obras y su espíritu continúa vivo. Va a seguir haciendo cuando tenga ochocientos, novecientos y miles de años, nada más tenemos que creer. Ojalá podamos ser parte de Él y hacer el bien hasta el fin de los vientos. El hombre que deja el cuerpo haciendo el bien acá en la tierra aunque no haya tenido premio humano, no muere. Ése puede hacer bajar un sueño a un ser querido para guiarlo, le puede dar ánimo y fuerza. No miremos si no tenemos respuesta ahora, porque lo que queda en esa memoria nadie lo puede borrar. Nadie puede borrar la memoria del corazón de una persona cuando hace el bien. Esa energía es la que sostiene al universo.

(*) Recibió el mandato para representar a la Comunidad Mapuche Linares, compartir la cultura ancestral y acompañar a los que reconozcan la herencia del principio que dejaron los abuelos. ciclosdelosvientos@gmail.com

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Diagrama Criollo En las columnas resaltadas se podrá leer una frase de una zamba muy conocida interpretada por Los Chalchaleros y Tomás Lipán, entre otros.

Definiciones 1. (María Isabel) Apellido de una escritora tucumana, jujeña por adopción, autora de cuentos, poemas y coplas inspirados en la quebrada de Humahuaca. 2. Localidad ubicada en el oeste de la provincia, a la vera de la ruta que une Purmamarca con Antofagasta (Chile).

1-

3. Camélidos salvajes que viven en casi toda la provincia de Jujuy y el Noroeste argentino. Su piel es muy buscada para la confección de prendas finas.

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4. Importante encuentro cultural, principalmente musical, que se realiza en el mes de febrero en la ciudad de Humahuaca, que concita la atención de pobladores y turistas.

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5. Pequeño pueblo puneño famoso por la realización en agosto de la Fiesta Patronal de la Señora de Asunción, durante la cual se desarrolla una corrida de toros. 6. Planta cuyo fruto es comestible y tiene forma de vaina. Luego de la caña de azúcar y el tabaco, es uno de los cultivos más importantes de Jujuy.

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7. Sitio poblado de un tipo de árbol del cual en Jujuy hay un ejemplar histórico, cerca de Purmamarca, porque bajo su sombra descansó el general Manuel Belgrano.

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8. Cualidad de duro.

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9. Baños de aguas minerales calientes. Los más conocidos en Jujuy son los de Reyes. 10. Cría de la cabra, cuya carne es muy apetecida en Jujuy y el Noroeste argentino.

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11. Típico producto comestible argentino, que se elabora frito o al horno con una masa y con diferentes tipos de relleno salado o dulce. 12. Uno de los dos principales ríos de la provincia de Jujuy, que recorre toda la quebrada de Humahuaca.

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13. Espíritu fantástico presente en todas las narraciones tradicionales. En Jujuy se cuenta que se esconde tras la roca solitaria puneña. 14. Importante ciudad jujeña ubicada en el extremo norte del país, en el límite con Bolivia. 15. Instrumento musical aerófono hecho con cuerno de vaca, muy utilizado en el carnaval jujeño.

1920-

16. Instrumento musical de cuerda muy empleado en la zona andina. Tiene cinco cuerdas dobles y su caja de resonancia es de caparazón de armadillo. 17. Terreno donde se cultivan plantas con fines ornamentales.

Las palabras se forman con las siguientes sílabas: A - AL - BAL - BIN - BRI - CA - CA - CA - CHA - CHO - CU - DA - DE - DE - DIN - DO -DO - DU DUEN - EM - ER - FRI - GA - GO - GRAN - JAN - JAR - JOL - KUY - LA - LA - LLO - MAS - NA NA - NO - ÑAS - PA - QUE - QUEN - QUES - QUI - QUIA - RA - RAN - RE - RRO - SA - SI - SUS TA -TAN -TER -TO - VI -YA - ZA- ZE.

Soluciones en página 106

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18. Alimento a base de leche que se suele comer en Jujuy como postre acompañado por miel de caña. Anualmente tiene lugar una fiesta provincial con su nombre en la localidad de San Antonio. 19. Echando a alguien o irse precipitadamente de un lugar (en lenguaje coloquial y muy extendido en todo el país). 20. Planta muy cultivada en Jujuy cuyas abundantes semillas son comestibles.


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o t r e i s e d l e n e s bHérctaor Tizón Pntarevlisa ta a E

Es uno de los escritores fundamentales de la literatura argentina de las últimas décadas. Alterna sus estadías entre la ciudad de Jujuy y Yala, un pequeño pueblo de trescientos habitantes en el que nació. Allí disfruta de la paz de las montañas y del tiempo para escribir.

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“La Puna, el desierto, más que un paisaje es una experiencia inolvidable”, dice Héctor Tizón. El escritor nacido en Yala, hace más de ocho décadas, conoce como pocos este lugar de montañas y silenciosos desiertos con colores de cielo puro. Siempre fiel en su obra a sus raíces y a su lugar en el mundo que eligió para vivir, el escritor alterna sus días entre el barrio Los Perales, en las afueras de San Salvador de Jujuy, y su querida Yala, de trescientos habitantes, que se ubica a sólo quince kilómetros de la capital jujeña, y que, como alguna vez dijo el escritor, está muy cerca del paraíso. “A lo largo de mi vida he tratado de huir de las ciudades, las más grandes y pobladas son peores”, opina el autor de Fuego en Casabindo y de muchas otras novelas y cuentos que lo han convertido en uno de los escritores fundamentales de la literatura argentina del último medio siglo.

“El hombre se ha agrupado por temor. Junto a otros se siente protegido. Pero lejos de la naturaleza el hombre con el tiempo se pervierte. Los habitantes de las ciudades suponen que el paisaje de la campiña sólo es amable la mitad del año, pero para el ojo atento todo momento del año tiene su propia belle-

“A lo largo de mi vida he tratado de huir de las ciudades, las más grandes y pobladas son peores” za. Si somos atentos contemplamos hora tras hora un cuadro que no se vio jamás y que jamás se volverá a ver. Los cielos cambian a cada instante”, expresa. A Tizón le gusta de Yala que puede encontrar tranquilidad y paz. Para el escritor “el tiempo transcurre de

la misma manera en todas partes, salvo que no nos afecta de igual modo”. Algunos problemas en la vista hacen que hoy se dedique más a dictar que a sentarse a tipear. Sin embargo, su costumbre de escribir en pequeños papelitos lo que observa, imagina o lo obsesiona se mantiene intacta. También sigue siendo un voraz lector. Actualmente señala que está leyendo Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano de Edward Gibbon, y los nueve libros de la historia de Heródoto. Además de su pasión por escribir y leer, Tizón cuenta que le encanta viajar. Suele ir a visitar a alguno de sus siete nietos que hoy viven repartidos por varias ciudades de Europa, y luego vuelve a refugiarse entre sus libros y los paisajes que conoce desde niño, junto a su querida esposa, Flora Guzmán. En Jujuy el escritor ha encontrado la inspiración para escribir gran can-

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tidad de obras que si bien reflejan el paisaje y las costumbres de la gente de su tierra, también se centran en los grandes temas universales: la vida, la muerte, el amor, el sentido de la amistad y el odio. Su primer libro data de 1960. Al costado de los rieles fue publicado por primera vez en México, país donde vivió en sus tiempos de diplomático. Allí conoció a uno de sus destacados amigos, el escritor Juan Rulfo. Al autor de Pedro Páramo lo recuerda como un hombre de gran honestidad, que nunca buscó repetirse en sus obras. De aquellos años también recuerda el comienzo de una gran relación con el pintor argentino Antonio Seguí, a quien le dedicó el libro El viejo soldado. Dice que los dos amigos siempre están en su memoria. “Ambos son para mí parte esencial de lo mejor de una época”, afirma. Es que para el escritor la amistad es sinónimo de felicidad. “La vida, la felicidad, el amor, son invalorables”, expresa el autor, quien señaló algu-

na vez que “los únicos paraísos son los perdidos. Nada es para siempre”. Tizón se considera un amante de la palabra, que aprendió a respetar de niño. Las ha usado para dictar sen-

“El tiempo transcurre de la misma manera en todas partes, salvo que no nos afecta de igual modo” tencias –ha llegado a ser juez de la Corte Suprema de Jujuy– y fundamentalmente para narrar sus historias. “No conozco otra lengua que el español, balbuceo algunas otras pero no más de tres. El lenguaje, las palabras, son para mí emblemáticos”, sostiene. Cuando se le pregunta qué les recomendaría a los jóvenes que quieren dedicarse a la literatura no duda en responder: “No escribir ni publicar

nada hasta que lo hayan leído todo”. Hace poco tiempo, Tizón recibió un reconocimiento que lo ha enorgullecido más que muchos otros que obtuvo a nivel internacional: se inauguró un nuevo centro cultural en la ciudad de Jujuy, que lleva su nombre. Y, además, quedó formalmente instituido el “Premio Hectór Tizón a la Cultura”, que se entregará cada 23 de mayo. Ha recibido gran cantidad de galardones y ha escrito otra gran cantidad de libros. Pero su espíritu, sus ganas de seguir contando historias, no se detiene. “Siempre siento que hay algún libro que aún no he escrito”.

Sergio Limiroski Fotos: José Luis Raota

ENTRE LEYES Y LITERATURA Héctor Tizón nació el 21 de octubre de 1929 en Yala, Jujuy. Estudió Derecho en la ciudad de La Plata y luego, en 1958, inició su carrera diplomática. En México comenzó su actividad literaria, al conocer a destacados escritores como Juan Rulfo, Ezequiel Martínez Estrada y Augusto Monterroso. Entre 1976 y 1982 vivió el exilio radicado en España. Fue ministro de la Corte Suprema de Jujuy. Recibió entre otros premios el de la Academia Argentina de Letras, el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores y del Fondo Nacional de las Artes; y la condecoración de Caballero de la Orden de las Artes y Letras en Francia. Entre la gran cantidad de libros que escribió pueden nombrarse A un costado de los rieles (1960), Fuego en Casabindo (1969), Sota de bastos, caballo de espadas (1975), La mujer de Strasser (1997), Tierra de frontera (1998) y El resplandor de la hoguera (2008). Actualmente prepara su último libro que llevará como título Memorial de la Puna, compuesto por cinco historias, dos de ficción y las demás verídicas, sobre personajes que habitaron la Puna. Entre estos particulares relatos Tizón incluirá uno sobre el mariscal Tito, que trabajó en la construcción del ferrocarril.

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UN HABITANTE DE LA FRONTERA (*) Por Héctor Tizón Soy un habitante, un producto de la frontera, pero de una frontera rica y ambigua, creada en principio sólo por necesidades coloniales de mera administración, o sea artificiales y antojadizas. No existen fronteras pétreas, ni siquiera las basadas en fenómenos naturales. Las fronteras duras y difíciles de penetrar son las que el hombre crea –el Muro de Berlín, por ejemplo, o las levantadas entre Estados Unidos y México o Israel y Palestina–. Las demás fronteras en lugar de dividir enriquecen. Quien nace y se cría allá tiene la cultura que podría llamarse propia pero también ajena. Las verdaderas fronteras sirven para convivir y no para apañar sentimientos belicosos, no crean chauvinismo ni rechazos ni privilegios estúpidos. Yo soy lo que soy y lo que me han dado mis vecinos. Somos una manera enriquecida de vivir y estar en el mundo. No tenemos la orfandad de una sola madre, sino la dicha de tener dos. No existen válidamente otras fronteras que las culturales. El debate es dónde colocar las fronteras y no es posible diluir las identidades culturales ni forzar las mezclas. No hay nacionalismos benevolentes. A veces, es cierto, entre un país y otro hay una aduana de por medio y a veces otras costumbres, otras lenguas. Pero no olvidar –ya se ha señalado– que customs significa tanto aduana como costumbre. Y muy pocos advierten esta nomenclatura de tan profundo significado. En menos palabras: las fronteras no sirven para separar, aislar o distinguir sino para enriquecer. Para ser más y no para excluir. Afortunadamente, esperemos que ese sentimiento prime en el mundo, al cabo de tanto dolor, mezquindad y estupidez. (*) Texto inédito cedido por Héctor Tizón a Cosas Nuestras.

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ENTRE EL CIELO Y EL INFIERNO RELIGIOSIDAD JUJEÑA

La movilizante peregrinación a Punta Corral y las bandas de sikuris acompañan a santos y vírgenes, venerados por un pueblo creyente que enciende de fe el mítico paisaje de la Quebrada. Promesas, miedos y la devoción que se pone en juego con la esperanza de un mundo mejor. La religiosidad, en la Quebrada, es cosa seria. En cualquier punto que uno se encuentre, el viento trae por la noche ecos de los sikuris. Miedos, creencias, agradecimientos o invocaciones, toda inquietud es apropiada para sacar a la Virgen de su camarín, o a los numerosos santos, y al son de los sikuris llevarlos en andas a recorrer los pueblos, mientras estallan los fuegos artificiales. La religiosidad en Jujuy es compleja,

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y una tarea cotidiana. El carnaval – que en realidad es un rito pagano de origen español–, el culto a la Pachamama, la Semana Santa, el Inti Raymi dedicado al Sol y de origen inca y las corridas de toros de Casabindo son apenas algunos de los permanentes festejos y conmemoraciones. Rosalía Díaz, del Museo Terry de Tilcara, cuenta cómo se lleva a cabo la Semana Santa: “Los días previos se pone en marcha la peregrinación

a Punta Corral, y con ella avanzan los miedos, que van siempre a la par de la fe. Pero la fe y la tradición van más allá de todo miedo y toda duda. Claro que sucede de ese modo con nosotros –dice Rosalía– porque llevamos generaciones de caminar los cerros a la vera de la Virgen de Copacabana”. El día de la peregrinación, que empieza antes del Domingo de Ramos, la Virgencita ha sido bien acicalada y sus ropas lucen impecables. Siem-


bombas de estruendo que se escuchan más fuerte a cada paso”. La gente es tanta que se hace una fila para llegar a los pies de la Virgen. ERMITAS Y EL CRISTO YACENTE La Virgen de Punta Corral lleva el nombre de Copacabana porque fue realizada a imagen y semejanza de la Virgen de Copacabana, que se venera en Bolivia a orillas del lago Titicaca. En 1917 se la trajo hasta Tumbaya, pero como no había sacerdote se decidió dejarla en Tilcara. Cuando al fin hubo un padrecito en Tumbaya, se imponía cambiar el itine-

rario, pero los fieles se negaron. Se decidió entonces que fuera subida por Tilcara y que bajara por Tumbaya. Por esos tiempos se conformó una Asociación de Peregrinos, que intenta ayudar a los devotos, claro que no es sencillo ayudar a los más de 20 mil peregrinos que suben a Punta Corral. “La fe todo lo puede y se impone – insiste Rosalía Díaz–; los grandes protagonistas son las bandas de sikuris. De distintas localidades y barrios llegan miles de sikuris que cargan instrumentos musicales y petates, y se turnan para acompañar a la Virgen. De ese modo du-

Fotos: Gentileza Secretaría de Turismo y Cultura de Jujuy

pre va acompañada por los sikuris. Este año la escoltaron unas ochenta bandas. La sikuriada es moneda corriente en Tilcara. Hay bandas de todo tipo y colores, en general los colores de los equipos de fútbol, integradas por adultos, ancianos y niños; hasta hay una que es solo de mujeres, una banda feminista. Las doce horas de marcha son cada vez más, justamente porque las bandas son cada vez más. Punta Corral está por detrás de un cerro, a la derecha de la ruta yendo de la capital a Tilcara y antes de llegar a Tumbaya, a unos 4.000 metros de altitud, “a esa altura y en esa época del año –continúa Rosalía– el frío es para tener en cuenta”. Los trayectos más comunes que se realizan son dos: uno es por Tumbaya, cruzando el río Grande y siguiendo la quebrada que baja desde Punta Corral, 23 kilómetros que según se dice son obra de los incas, y el otro es por Tunalito, sobre la ruta 9, con una pendiente que provoca miedo sobre todo si el río está crecido, porque el puente se ve más frágil si lo cruzan dos o más personas al mismo tiempo. Pero la fe gana a toda lógica. Buena parte del trayecto se camina a la luz de la luna o de las linternas, y acompañados por el bastón “puntacorralero”, o por lo menos con un palo en el cual apoyarse cuando las fuerzas aflojan. En la primera estación del calvario se encienden velas, se fuman cigarrillos para sahumar, y se le ponen hojas de coca y una piedra a la apacheta. “Algunos peregrinos, muy acostumbrados, se exponen y exponen a los otros porque apuran el paso, sobre todo si van en bajada. El último tramo es recto. Es cuando empieza la verdadera emoción –murmura Rosalía entornando los ojos–. De golpe, ingresamos al valle y se ven las luces, las carpas y sus fogones, las bandas de sikuris y las

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rante todo el trayecto de ida y el de vuelta resuenan las cañas y los tamboriles que ayudan a mantener el paso”. También forman filas hombres y mujeres para turnarse en el “hombreado” de la Virgen. Durante la noche, ya en el cerro, se celebra misa con la Virgen y se festeja hasta que al fin se impone un descanso para reponer fuerzas y emprender el regreso. Horas después, habiendo llegado a Tilcara, se prosigue con la clásica procesión del Cristo Yacente. Ya es Viernes Santo, y los vecinos levantan en las calles ermitas con frutos y flores que representan las estaciones del vía crucis, y son verdaderas obras de arte. OTRAS CELEBRACIONES Otra de las importantes y coloridas manifestaciones religiosas es la Novena que dedican en Humahuaca a la Virgen de la Candelaria.

Alrededor del 1600 se erigió el primer templo de lo que hoy se conoce como Humahuaca, sitio que tuvo siempre gran importancia tanto

“Llevamos generaciones de caminar los cerros a la vera de la Virgen de Copacabana” para la causa evangelizadora como, mucho más adelante, para la gesta libertadora de los patriotas. La capilla fue mejorada hacia 1631, y recién a mediados del siglo XX tomó el aspecto actual. La cofradía ha sido siempre la de Nuestra Señora de la Candelaria de Copacabana. Todos los años se baja la Virgen del altar al empezar la novena hasta el 2 de febrero, y se la lleva en procesión por

las calles del pueblo, entre cientos de peregrinos y bandas de sikuris. Finalmente, en la puerta del templo es despedida con pétalos de flores y pañuelos. Pero la religiosidad va aún mucho más allá. Y es ahí, en la prelatura de Humahuaca, donde el padre Jesús Olmedo, de origen sevillano, hace veinticinco años que lucha en la Argentina para ayudar a olvidados y oprimidos procurando quebrar esta cultura de indiferencia que nos caracteriza, resultado quizá de esa otra cultura, la del silencio, típica del pueblo colla. El padre Jesús, que durante mucho tiempo ejerció en La Quiaca, y hoy lo hace desde Humahuaca, fue acompañado casi desde su llegada a la Quebrada por su hermano Pedro, que hoy es obispo de la Prelatura de Humahuaca. Ambos religiosos dedicaron sus días a ayudar a la comunidad, y “resistimos –dice el padre Jesús–

¿CÓMO NO CREER? Una mañana tempranito, buscando el solcito reparador, ya que las casas por dentro se ponen frías, bajaba por una callecita de Tilcara rumbo al centro. Resonaban las bandas de sikuris y se escuchaban detonaciones de cohetes. Siempre se escuchan, casi todas las noches alguna conmemoración religiosa reúne a la gente en el cerro y echan baterías de explosivos que no siempre son de alegría. Tal vez la fuerte religiosidad en Jujuy, por lo menos en Tilcara, haya sido y aun hoy sea una manera de aceptar lo inevitable, de sobrellevar la pena, la vergüenza, las tragedias inexplicables y los embates de la naturaleza. El hecho es que un sinfín de sikuris bajaban de distintos cerros. Traían miles de flores y venían agrupados por color. Como si toda su música se pudiera captar en fotos, tomé cientos de ellas contagiada por ese acto de religiosidad masiva. Las bandas ocuparon los costados del patio. Había un altar central al pie de la escalinata de entrada a la iglesia. Se conmemoraba a San Francisco de Asís. Venían en peregrinación de los pueblos vecinos. Iban acomodando a la Virgen o santo que cada grupo llevaba en el sitio dispuesto a cada uno. El patio de la iglesia estaba atravesado por banderines blancos y amarillos. Una de las bandas llegó con su abanderado, un anciano, muy anciano, portando la bandera celeste y blanca, y así, bandera en alto, ocupó su lugar con los ojos y los pómulos encendidos. El sol caía a pique en nuestras cabezas. El sacerdote irrumpió con una bendición y saludo general. Amenamente contó la historia de San Francisco de Asís. Cuánta emoción. No soy demasiado creyente, salvo en el Dios o la fe que cada devoto lleva dentro, pero mientras me hacía sombra con un libro sobre la cabeza, lloré. La emoción que provocan estos eventos religiosos va mucho más allá de toda creencia. Cómo no creer en la fe que profesan si vienen cargando santos y vírgenes por horas. Caminan, trepan y bajan cerros, bordeando precipicios, llevando sobre los hombros a la Virgen. ¿Cómo no creer? No es raro, además, ver por cualquier sitio de la Quebrada una pareja y su propia peregrinación, no importa el día, solo cargando su Virgencita al hombro y en el otro brazo llevando un bebé, pidiendo o agradeciendo por él. ¿Cómo no creer en su fe?.

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encomendándonos al Señor de la Historia, el Cristo de los Desocupados y a la Pachamama”. Siempre el sincretismo conciliatorio de ambas culturas y creencias, que por cierto ya son una sola. “Cuando yo estaba escribiendo este libro –comenta el padre con respecto a su obra Puna, zafra y socavón– me fui al Archivo de Indias y le pregunté a la bibliotecaria si no había algo sobre la cultura colla; me pidió que volviera a la semana. Cuando regreso me dice: ‘Jesús, estás confundido, esa cultura no existe’. ¿Y por qué no existe? Porque no está en el Archivo de Indias”. El padre Jesús Olmedo, perseguido y amenazado hasta el punto de tener que exiliarse, manifiesta hoy: “Yo miedo no tengo, no porque sea muy valiente sino porque no tengo nada que perder. Yo amo la vida pero tampoco es una cosa que uno

va a estar así: dependiente. Porque uno quiere ser consecuente con lo que lee en el Evangelio, con Cristo que se jugó la vida por los demás y por la fe que dice que hay que atender a los humildes, que hay que estar con los pobres. Por ahí algunas personas me dicen por qué no me

presento a algo de política. Yo en eso no me meto ni en pintura. Yo hago política, y lo reconozco, pero desde otro punto de vista…” Y efectivamente la hace, por ejemplo, difundiendo consignas como “El patrimonio somos nosotros”, que surgió cuando la Unesco nombró a la Quebrada de Humahuaca Patrimonio de la Humanidad, designación pensada para preservar paisajes y construcciones ancestrales pero no a los pueblos que las habitan. “Se piensa –dice Olmedo– que el patrimonio es el geográfico y no los hombres, mujeres y niños, ni su educación, sus cultivos y mucho menos el agua para la supervivencia”. Y sí, religiosidades hay muchas, tantas como diversidades culturales existen. Hoy, los habitantes de la Quebrada dan fe de que los “llamados conquistadores” y los “llamados conquistados” entremezclaron y unificaron creencias y culturas. Por ejemplo, es frecuente ver que los h ab it a nte s de Tilcara, no todos originarios del lugar, en sus restau ra ntes, negocios y en sus casas levantan un montículo de piedras o “altar de la tierra” –como la nombraba Atahualpa Yupanqui– y le rinden ofrendas. Nadie considera a la Pachamama una diosa pero todos la consideran la “madre-tierra”, y todos por igual le rinden culto. “Otro ejemplo –cuenta el padre Jesús Olmedo– es cuando realizan el

bautismo y se convierten en compadres. Entrecruzan las manos y rezan, prometiéndose respetarse en esta vida y en la otra, pero durante la misa, en el momento de pedir perdón lo piden a la madre tierra, le hacen ofrendas y oraciones, y solo después piden perdón a Dios; y durante el rito del matrimonio seguimos las indicaciones de los libros, pero al final piden: ‘Padre, queremos realizar un rito de nuestra cultura’. Entonces unen una especie de paño blanco en la cabeza del marido y de la mujer. Es un rito sencillo, profundo, y con unas palabritas para que se mantengan siempre unidos”. En este andar investigando y preguntando por algunos lugares de la Quebrada me encuentro con Juan, un joven ingeniero agrónomo, ex seminarista y “colla de ley”. Juan cuenta un chiste: “San Pedro pregunta a un collita: –¿Vos dónde querés ir, al cielo o al infierno?; –Y… yo no sé –duda el colla–, ¿…los españoles dónde están? Y San Pedro responde con entusiasmo: –En el cielo, claro. Los españoles están en el cielo; –Ah… entonces yo prefiero ir al infierno –agrega de inmediato el collita”. Sea como fuere, leyendas, peregrinaciones y cuentos aparte, lo cierto es que ambas tradiciones se han fusionado hasta conformar una sola cultura en la que, como en toda buena familia, cada tanto unos reniegan de los otros pero nunca demasiado, ni se relegan los unos a los otros porque comparten el mismo sol, la misma tierra, la alegría, la música, las comidas. Y por supuesto la fe y la religiosidad de cada día.

Silvia Miguens

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> ESPECIES ARGENTINAS EN PELIGRO DE EXTINCIÓN

> Loica pampeana

> Delfín del Plata o Franciscana > Escuerzo común

> Yaguareté

> Oso hormiguero

> Mojarra cordobesa

> Mono de noche o Mirikiná

> Rana Pehuenche

> Comadrejita patagónica

> Vicuña

> Aguará Guazú o Lobo de Crin

> Monterita serrana

> Tortuga Laúd

> Caracoles de Apipé

> Ciervo de los pantanos

> Taruca o venado andino

> Ranita de Darwin

> Suri cordillerano

> Mono aullador rojo

> Pato serrucho

> Rana del Somuncurá

> Gato andino

> Tatú carreta

> Ballena azul

> Federal

> Chancho quimilero

> Quirquincho andino

> Lobo fino patagónico

> Ballena franca austral

> Capuchino de collar

> Yetapá de collar

> Tordo amarillo

> Mara

> Cardenal amarillo

> Monito de monte

> Pichiciego menor

> Macá tobiano

> Pargo

> Parina grande

> Tortuga Yabotí

> Tortuga terrestre argentina

> Boa Ampalagua o Lampalagua

> Tucotuco de Guaymallén

> Gato Margay

> Yacaré overo

> Chinchillón anaranjado

> Mirlo de agua

> Pez ángel argentino

> Muitú

> Huemul

> Sapito de montaña salteño

> Nutria marina o Chungungo

> Sapito de color

> Rana tractor

> Huillín

> Guacamayo verde

> Cauquén cabeza colorada

> Tiburón oceánico

> Águila coronada

> Ocelote

> Nutria gigante

> Mojarra desnuda

> Ciervo de las pampas

> Chinchilla grande

> Tapir

> Atún azul del Sur

Fuentes: Chebez, J.C. 2008. Los que se van. Tomo 1 (anfibios y reptiles), Tomo 2 (aves) y Tomo 3 (mamíferos), Ed. Albatros, Bs. As. http://www.iucnredlist.org/ (Lista Roja de la Unión Mundial para la Naturaleza).

> DIAGRAMA CRIOLLO

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Solución: 1.Zelaya 2.Susques 3.Vicuñas 4.Tantanakuy 5.Casabindo 6.Frijol

7.Algarrobal 8.Dureza 9.Termas 10.Cabrito 11.Empanada 12.Grande 13.Duende

14.Laquiaca 15.Erquencho 16.Charango 17.Jardín 18.Quesillo 19.Rajando 20.Quinoa

“Es una fruta madura Jujuy, / es un jazmín encendido”, de Me gusta Jujuy cuando llueve, una zamba muy conocida interpretada por Los Chalchaleros y Tomás Lipán, entre otros.


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FUEGO POR LA LIBERTAD Belgrano y el Éxodo Jujeño

Abandonar, quemar y dejar todo atrás sólo pueden hacerlo espíritus ansiosos de libertad, guiados por la convicción de un gran líder. Los hechos históricos narrados por Silvia Miguens sobre una etapa crucial de la patria naciente.

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Durante el mes de mayo de 1812, el general Manuel Belgrano estableció el cuartel general del Ejército del Norte en la “ciudacita” de San Salvador de Jujuy. Ahicito nomás, en la desembocadura meridional de la Quebrada de Humahuaca, ruta obligada del ejército español y escenario de sus múltiples entreveros, primero con los pueblos originarios, después godo contra godo, y al fin, con las huestes patriotas. Habían pasado dos largos y difíciles años desde la Revolución de Mayo. De ella sólo quedaban represalias, y algunas euforias, como la de la batalla de Suipacha, primera victoria criolla en las guerras de la Independencia, librada por Martín Miguel de Güemes y sus gauchos en noviembre de 1810. En esos tiempos de lucha, la Quebrada y sus alrededores fueron escenario permanente de las contiendas. Jujuy soportó once invasiones realistas. En ese contexto, el pueblo jujeño entregaba y perdía a sus hijos que, a pesar de su gran valentía y convicción, carecían de formación militar y armamento, y eran menos numerosos que el ejército español. Muy poco pudieron hacer por sus tropas los jefes del Ejército del Norte. En Buenos Aires fueron reemplazados y enjuiciados: Francisco Ortiz de Ocampo, Antonio González Balcarce, Juan José Castelli y Juan Martín de Pueyrredón. Fue este último quien, en Yatasto, entregó el mando al general Manuel Belgrano. Belgrano tuvo que ponerse al frente de un grupo de desarrapados, sobrevivientes de la derrota de Huaqui. Apenas llegado, el general pidió ayuda a Buenos Aires y el Triunvirato, como única respuesta, le ordenó replegarse a Córdoba. Entonces de inmediato se dirigió a los jujeños: “Desde que puse el pie en

vuestro suelo para hacerme cargo de vuestra defensa, os he hablado con verdad. Llegó pues la época en que manifiesten su heroísmo y de que vengan a reunirse al ejército a

Belgrano tuvo que ponerse al frente de un grupo de desarrapados, sobrevivientes de la derrota de Huaqui mi mando, si, como aseguran, quieren ser libres”. Y el pueblo jujeño respondió: “Hemos decidido resistir hasta las últimas consecuencias. No podemos seguir permitiendo el sometimiento de nuestro pueblo a los mandatos extranjeros, ni la expropiación de todas nuestras riquezas”. “¡Libres, jamás esclavos!”. “TIERRA ARRASADA” Quién mejor que Manuel Belgrano para reconocer la lealtad. Convocó a la población, especialmente a los hombres que contaban entre 16 y 35 años, para que se alistaran en el cuerpo de caballería. A los jujeños no sólo los impulsaba la obediencia al nuevo jefe del Ejército sino un gran espíritu de libertad. No se trataba de cumplir una orden, se hacía imperioso poner al invasor definitivamente en su lugar: en retirada. Los godos, sin agotar sus ansias de poder, bajaban sable en mano y a degüello desde el Alto Perú, pero en la Quebrada nadie se quedaría de brazos cruzados. Con esta premisa se conformó una nueva fuerza de choque que Belgrano bautizó “Patriotas decididos”, y resolvió imponer lo que se conoce como “tierra arrasada”, estrategia y táctica mili-

tar que en ese año de 1812 fue empleada sólo en dos oportunidades y marcó la historia militar mundial: en Rusia, ante la invasión del ejército napoleónico, y en Jujuy, ante el ejército español. La imperiosa y categórica orden del general fue abandonarlo todo y convertir el lugar en un páramo. El pueblo jujeño abandonó casas y tierras para que nada quedara en pie y pudiera ser de utilidad al invasor; todo fue incendiado, devastado. Fue Belgrano quien impartió la orden, pero se necesitó la gran valentía del pueblo jujeño para acatarla y ejecutarla aquel 23 de agosto de 1812, y finalmente el pueblo jujeño llevó a cabo la inmensa tarea de vaciar y quemar sus tierras y lanzarse al camino. Al día siguiente, cuando la vanguardia realista entró en Jujuy, no encontró más que humo y cenizas. Rastros de un fuego que recién empezaba. Los colonizadores no sabían que esa “tierra arrasada” a la que arribaban y sus habitantes serían considerados, aun doscientos años después, un símbolo de resistencia. Mientras los godos marchaban entre las cenizas y el humo, hurgando con sus fusiles entre la basura, intentando rapiñar alguna cosa que les fuera útil para sobrevivir o tomar fuerzas y seguir combatiendo, el pueblo en general y “Los decididos” en particular, con el general Manuel Belgrano a la cabeza, avanzaban hacia Tucumán. VICTORIA Un mes después, ya en Tucumán, la retaguardia patriota y Belgrano se enfrentaban con el ejército español en el combate del río Las Piedras. Con entusiasmo y un gran deber moral hacia el resto de la población jujeña que abandonó todo, y debía empezar a levantar de nuevo sus

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Y el pueblo jujeño respondió: “Hemos decidido resistir hasta las últimas consecuencias” La exitosa contienda dio lugar a múltiples festejos y euforia, que se prolongaron hasta nueve meses después, pues condujo al feliz desenlace del nacimiento de muchos bebés. Nuevos criollos, hijos de las muchachas tucumanas y jujeñas de toda clase social con los valientes soldados del Ejército del Norte. Entre esos niños estaba Pedro Pablo, hijo de María Josefa Escurra, quien, enamorada y leal, desde Buenos Aires venía siguiendo, o acompañando, a don Manuel Belgrano. Volviendo a la Quebrada. Las valientes consideraciones mancomunadas de tantos jujeños libres de corazón y con conciencia política, bajo la tutela de Belgrano, dieron como resultado la gran gesta que pasó a la historia como Éxodo Jujeño. Sin embargo, como toda gesta patriótica, también ésta tuvo sus contradicciones y, por qué no, opositores. Las expediciones del Ejército del Norte al Alto Perú continuaron hasta que se resintió la salud de Manuel Belgrano. El gobierno de Buenos Aires decidió reemplazar al creador de la bandera,

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aún en Jujuy, por otro emblemático personaje que acababa de arribar al Puerto de la Santa María después de vivir muchos años en España, donde realizó su carrera militar, hasta entonces, como un leal combatiente del Ejército Español: don José de San Martín. Los porteños no tardaron mucho en reconocer las cualidades de San Martín. Casi de inmediato, el gobierno decidió ponerlo al frente del ejército patriota. Apenas lo supo, Belgrano le hizo llegar una nota: “Mi amigo, vuele usted si es posible: la Patria necesita que se hagan esfuerzos singulares. No tendré satisfacción mayor que el día que logre estrecharlo entre mis brazos. Mi corazón toma nuevo aliento cada instante que pienso que Usted se acerca”; pero, demasiado inquieto, Belgrano decidió ir al encuentro de San Martín y le mandó otro chasqui: “Voy a pasar el río Juramento y respecto a hallarse vuestra Señoría con la tropa tan inmediato, sírvase esperarme con ella”. El encuentro tuvo lugar en Los Algarrobos, el 20 de enero de 1814. Como suele suceder, tampoco en torno al general Belgrano y el Éxodo fue todo agradecimiento y admiración. Hasta hubo quienes dijeron haber recibido amenazas de fusilamiento si no cumplían aquel mandato de irse de Jujuy abandonando todas sus pertenencias y propiedades. Es importante tener en cuenta que no toda la sociedad estaba del lado de los revolucionarios, en Jujuy ni en el resto del país. A muchos, económica y políticamente hablando no les interesaba dejar de pertenecer a España. Pero opositores y mal pensados, o mal encaminados, eran minoría. Fueron muchos más los que se entregaron con fe a la causa libertaria y a marchar codo a codo con quienes encabezaban el Éxodo, profesando no sólo una gran valentía sino un in-

Fotos: Gentileza Joaquín Carrillo

casas, se entabló una nueva batalla con el ejército español. Belgrano no podía demorar el enfrentamiento porque el enemigo se apoderaría de todo el Norte. A un mes del Éxodo, el 24 de septiembre, el Ejército del Norte derrotó a los godos en Tucumán. La batalla de Tucumán fue otra inmensa gesta contra el invasor, y no hubiera sido posible sin el Éxodo Jujeño.


menso respeto por don Manuel Belgrano. También San Martín sentía admiración por Belgrano, pero no sólo por la patriada del Éxodo Jujeño. Mientras impartía sus clases de estrategia militar a los integrantes del Ejército del Norte insistía a sus hombres, y al mismo tiempo a toda la población, que exigieran al gobierno de Buenos Aires que reintegrara al general Manuel Belgrano en la comandancia del Ejército. Sin embargo, Belgrano decidió no de-

morar su regreso a Buenos Aires. Agradeció especialmente a todos y sostuvo que nadie era más apto que don José de San Martín para marchar al frente del Ejército del Norte. La misión de Belgrano, en la Quebrada, estaba terminada. Regresó a Buenos Aires, donde el gobierno que impartía nuevas directivas hacia los criollos de todo el país amenazaba con pasar a cuarteles de invierno a Belgrano por no cumplir las órdenes tal cual le fueron im-

partidas. Mientras tanto, el pueblo jujeño renacía de las cenizas para poder seguir siendo juez y parte de la historia de la Patria, y renace cada año cuando vuelve a levantar ranchos para incendiarlos a orillas del río Xibi-Xibi, en conmemoración de aquella gesta inolvidable del propio pueblo y de don Manuel Belgrano. Silvia Miguens

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> NUESTROS LOCALES

BUENOS AIRES

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La Plata: Diagonal 74 Nº 1545 (entre 47 y 48) Tel: (0221) 421-4434 La Plata Pasaje Rodrigo: Calle 51 Nº 488 (entre 4 y 5), loc. J15 Tel: (0221) 410-0438 Lincoln: Urquiza 55 Tel: (02355) 42-2332 Luján: Bmé. Mitre 499 (esq. Colón) Tel: (02323) 42-2843 Mar de las Pampas: Paseo La Pinocha, Lucero y Santa María. Tel: (02255) 47-2473 Mar del Plata: Avellaneda 1302 (esq. Güemes) - Tel: (0223) 451-6719 Mercedes: Calle 27 Nº 401 (esq.18) Tel: (02324) 43-1387 Miramar: Piazza San Marco, 9 de Julio 954, loc. 29 y 30 Tel: (02291) 43-0819

San Antonio de Areco: Alsina (esq. Alem) - Tel: (02326) 45-3741 San Nicolás: De la Nación 171 Tel: (03461) 42-7735

JUJUY San Salvador de Jujuy: Belgrano 415 Tel: (0388) 423-2524 LA PAMPA

San Pedro: Mitre 857 Tel: (03329) 42-1009

General Pico: Calle 15 Nº 840 Tel: (02302) 43-2585

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Santa Rosa: Pellegrini 258 Tel: (02954) 41-3303

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LA RIOJA

Tres Arroyos: Hipólito Yrigoyen 63 Tel: (02983) 43-4238 Villa Gesell: Avenida 3 N° 584 Tel: (02255) 46-2473 Zárate: Ituzaingó 717 Tel: (03487) 44-5769 CHACO

La Rioja: Pelagio B. Luna 627 Tel: (03822) 43-7557 MENDOZA Mendoza: Peatonal Sarmiento 224 Tel: (0261) 429-4224 Mendoza Plaza Shopping: Acceso Este Lateral Norte 3280, loc. 125, PB, Guaymallén - Tel: (0261) 449-0125 Mendoza Palmares Open Mall: Ruta Panamericana 2650, local 23, Godoy Cruz - Tel: (0261) 413-9163

Rafaela: Boulevard Santa Fe 269 Tel: (03492) 50-3618 Rosario Plaza Pringles: Pte. Roca 761 Tel: (0341) 424-6959 Rosario: Santa Fe 1804 Tel: (0341) 421-2693 Rosario Rural: Córdoba 1838 Tel: (0341) 426-4194 Rosario Shopping Portal de Rosario: Nansen 323, loc. 1071 Tel: (0341) 453-3944/4677 Rosario Shopping Alto Rosario: Junín 381, loc. 129 - Tel: (0341) 410-6629 Santa Fe: Lisandro de la Torre 2521 Tel: (0342) 458-4500 Venado Tuerto: Belgrano 466 - Tel: (03462) 42-4527 SANTIAGO DEL ESTERO Santiago del Estero: Independencia 248 Tel: (0385) 421-6362 TIERRA DEL FUEGO Río Grande: Fagnano 619 Tel: (02964) 42-0288

Resistencia: Arturo Illia 374 Tel: (03722) 43-4190

MISIONES

CHUBUT

Posadas: Santa Fe 2056 Tel: (03752) 42-8509

Ushuaia: San Martín 719 Tel: (02901) 42-4238 Ushuaia Shopping Paseo del Fuego: Av. Perito Moreno 1460, loc. Nº 1226

NEUQUÉN

TUCUMÁN

Neuquén: Ministro González 54 Tel: (0299) 447-7331 Neuquén: Shopping El Portal de la Patagonia, J.J. Lastra 2400, loc. 1013 Tel: (0299) 446-8021

Tucumán: 25 de Mayo 669 Tel: (0321) 421-6668

Comodoro Rivadavia: Belgrano 990 (esq. Sarmiento) Tel: (0297) 444-2727 Puerto Madryn: Shopping El Portal de Madryn, Av. J. A. Roca y 28 de Julio Tel: (02965) 45-7310 Rada Tilly: Av. Moyano 839 Tel: (0297) 445-2481 Portal Shopping Trelew: Av. Hipólito Yrigoyen y Ruta Provincial Nº 7 Loc. 1047 - Tel: (0296) 543-2673 CÓRDOBA Córdoba: Caseros 88 (esq. Obispo Trejo) Tel: (0351) 422-4579 Córdoba: Shopping Patio Olmos Vélez Sarsfield 361, loc. 253 Tel: (0351) 570-4253 Córdoba: Córdoba Shopping Center José A. de Goyechea 2851, loc. 102 Tel: (0351) 420-5059 Marcos Juárez: Belgrano 882 Tel: (03472) 45-6010 Río Cuarto: Colón 118 Tel: (0358) 462-1249

San Martín de los Andes: Elordi 820 - Tel: (02972) 42-9699 Villa La Angostura: Av. Los Arrayanes 51 Tel: (02944) 49-5062 RÍO NEGRO

Cipoletti: San Martín 234 Tel: (0299) 478-2485 SALTA

Salta: Buenos Aires 11 Tel: (0387) 431-0740

SAN JUAN

Barracas: Herrera 1855 Tel: 3220-2076/2077

San Juan: San Luis 2 Oeste (esq. Mendoza) - Tel: (0264) 421-9875

CORRIENTES

San Luis: San Martín 892 Tel: (02652) 42-0998

9 de Julio: La Rioja 1439 Tel: (02317) 43-2279

ENTRE RÍOS

Olavarría: Necochea 3061 Tel: (02284) 41-6131

Concepción del Uruguay: Gral. Galarza 800 (esq. Leguizamón) Tel: (03442) 42-3512

Pehuajó: Mitre 435 Tel: (02396) 40-8273

Gualeguaychú: 25 de Mayo 1093 Tel: (03446) 43-6509

Pergamino: Av. de Mayo 390 Tel: (02477) 43-1408

Paraná: Cervantes 200 (esq. Santa Fe) Tel: (0343) 421-9434

Martínez: Dardo Rocha 2738 Tel: (011) 4717-0401

Salta: Shopping Alto Noa, Av. Virrey Toledo y Av. Entre Ríos, loc. 95, PB Tel: (0387) 421-5111 Salta: Buenos Aires 11 Tel: (0387) 421-3314

SAN LUIS

Corrientes: Mendoza 883 Tel: (03783) 46-6174

Río Grande: Rosales 385 Tel: (02964) 42-0288

Gral. Roca: Tucumán 477 Tel: (0298) 442-1120

Villa María: Hipólito Yrigoyen 55 Tel: (0353) 45-31227

Necochea: Calle 64 Nº 2871 Tel: (02262) 52-3020

Shopping El Portal de Tucumán: Fermín Cariola 42, loc. 1212. Yerba Buena - Tel: (0381) 435-5995

SANTA CRUZ Calafate: Pasaje Emilio Amado 837 Tel: (02902) 49-2074 Caleta Olivia: Eva Perón 187 (esq. Don Bosco) Tel: (0297) 485-5076

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Garín: Panamericana, Ramal Escobar Km. 34,5 (Ruta 9). Roberto Fulton 2275 Tel: (03327) 44-4453 Lomas de San Isidro: Av. Fondo de La Legua 425, loc. 1 y 2 Tel: (011) 4708-0110 Mar del Plata: Juan B. Justo 1035 Tel: (0223) 489-3156 Núñez: Cabildo 4115 Tel: (011) 4701-7227/6776 Palermo: Loyola 752 Tel: (011) 4774-1009

Río Gallegos: Pte. Néstor C. Kirchner 870 Tel: (02966) 42-3685

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SANTA FE

Asunción: España 9999 (esq. Dr. Bestard) Tel: (021) 6223-072

Casilda: Buenos Aires 1918 Tel: (03464) 42-2554

ATENCIÓN AL CLIENTE: (011) 4816-0060


Cardon 26 Jujuy  

Revista Cardón 26: Jujuy

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