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41 – Decisiones Los tacos   golpean   con   desesperación   los   peldaños   metálicos.   La  escalera   sube   y   sube,   describiendo   una   curva   interminable.   La   pintura   le  chorrea por el cuello y desaparece un sobretodo que lleva puesto. Mira para  atrás,   asustada.   Sigue   subiendo,   con   la   mano   izquierda   se   agarra   de   los  remaches oxidados de la pared y con la derecha de la baranda que la separa  del abismo. Vuelve a mirar, y los ojos se le agrandan en un grito silencioso. Atrás,   una   mancha   negra   repta   hacia   ella.   Avanza   a   un   ritmo  depredador, engullendo la baranda y los escalones con cientos de tentáculos  oscuros.   Vleria   tropieza,   y   un   zapato   pica   y   desaparece   en   el   abismo.   La  sombra se le enrosca en las piernas, pero la sub­urbiana se levanta y sigue  subiendo. Junta el poco aire que le queda y grita, grita un nombre… −

¡FABB!

¡Vleria! –Fabbián abre los ojos. Suelta la almohada y se incorpora. El 

corazón se le sale del pecho. La cabeza le da vueltas, se vuelve a acostar. Reconoce el techo y la  cama, no hace mucho despertó ciego en ese mismo lugar. « ¿Cuánto tiempo pasó? ¿Dónde están todos? » Le pica la rodilla, se mueve y encuentra el punto exacto. Se rasca y se  da   cuenta   que   ahí   es   donde   había   tenido   el   fierro   clavado.   Los   trocitos   se  despegan apenas los roza, dejando lugar a la piel sana. Se mira el hombro  izquierdo, también está cubierto con sangre seca. Se saca las costras con las  uñas. Abajo, la piel no habla de heridas, ni siquiera murmura cicatrices. A esta   altura, se sorprendería si estuvieran. −

¿Estás despierto? –Fabbián mira la puerta, reconoce esa voz. Una 

figura se recorta contra el papel madera pegado en los vidrios de la puerta. −

Sí –el picaporte se abre y entra Yetzica. La cazadora enciende la luz, 

y Fabbián reacciona tapándose con la sábana. Se siente un estúpido, pero no  puede evitarlo.


Yetzica se sienta en la silla, en silencio. El cuero de la campera brilla  como si fuera nuevo, los borceguíes y los pantalones no tienen una mota de  polvo. Yetzica lo mira, y las rastas, atadas hacia atrás, le permiten a Fabbián  ver cada una de sus pecas. −

¿Qué… qué te pasó? –pregunta Fabbián.

Me duché.

¿Y el brazo?

Ya está bien, Quebeq lo curó.

¿Cómo está?

Mejor de lo que se merece. Estuvimos hablando, y me contó todo.

¿Todo?

Todo.

¿Y?

Perdoname, pero no voy a poder acompañarte a Ciudad Refinería –

la cara de la cazadora es una máscara de hielo. −

¿Pensás que soy una especie de monstruo, no? 

No, Fabb. Vos no sos ningún monstruo.

Pero…

¡Escuchame! Y   escuchame   bien:   vos   no   pediste   esto.   Vos 

simplemente… naciste. Y nunca, escuchame bien, nunca te pueden culpar por  ser lo que sos.  −

¡Pero hice cosas horribles! El carroñero… los épuros…

Todos hacemos cosas horribles de vez en cuando, nadie se salva de 

eso. Pero vos volviste  por mí, viniste a buscarme, y esa sí fue tu decisión.  Nadie te obligó a hacerlo. −

¡No! ¡Yo pensé que estabas muerta! Fue Quebeq… él insistió en ir a 

buscarte cuando escuchó tu nombre. −

¿Vos también viniste, no?

Sí, pero…

¡Basta! –Yetzica se levanta. Algunas lágrimas se deslizan sobre la 

campera de   cuero–.   Quebeq   me   contó   todo,   de   principio   a   fin.   Es…   es 


demasiado complejo, y no puedo ver qué es lo más importante ahora. Lo único  que sé es que tengo que ir a buscarla a Luxiana. Y esto lo aprendí de vos  Fabb, luchar por lo que uno quiere, no importa qué, no importa dónde. Esta  sensación que me llena… es algo que yo nunca tuve… y te doy las gracias por  eso. −

Yet… –Fabbián se refriega los ojos húmedos y sucios.

Ahora andá a ducharte, dudo mucho que Vleria quiera ser rescatada 

por alguien con ese olor. Yo me estoy yendo –Fabbián se levanta, la presión  de todo lo que quisiera decir le aplasta la garganta. El ojo del invocador arde,  pero esta vez, el brillo es cálido. −

Yetzica yo… gracias –Yetzica lo abraza. Fabbián suelta la sábana 

para responderle. El corazón de Yetzica se agolpa contra el suyo. Las lágrimas  se mezclan en un beso. No está abrazando a Yetzica, la cazadora, abraza a  Vérica Fresno, la joven estudiante de química. −

Chau Fabb, espero nos volvamos a ver –Yetzica lo suelta y deja, casi 

corriendo, la  habitación.  Fabbián  se  queda  clavado  en  el  piso.  Un  segundo  después la cara de la cazadora se asoma entre el marco y la puerta–. ¡En serio  te digo, duchate! −

Sí, sí,   ya   va…–Yetzica   sonríe.   Unos   hoyuelos   aparecen   en   los 

costados de la boca. Fabbián nunca los había visto antes, pero así sería como  la recordaría siempre. Se deja caer en la cama, escucha los pasos de gacela de la cazadora   subiendo las escaleras. Se acerca la nariz a una axila y se le arruga la cara. «   Tiene razón »  piensa, se levanta con la sábana envuelta en la cintura y sale.  Camina lentamente hasta llegar al baño, le duele todo el cuerpo. Enciende la  luz y se mira al espejo. Está lleno de trocitos de sangre seca y mugre, mucha  mugre. Se rasca la incipiente barba, no sabe por dónde empezar. −

¿Y? ¿Cómo   te   sientes?   –atrás   suyo,   apoyado   contra   el   marco, 

aparece Quebeq. Fabbián lo ve a través del espejo. Está parado en el mismo 


lugar en el que lo vio por primera vez, aunque ahora parece más viejo, como si  hubieran pasado muchos años de ese primer encuentro. −

Bastante mejor, ¿vos?

Estoy bien, gracias a ti. Si no me hubieras dado la pastilla a tiempo…

No parece –interrumpe Fabbián–, tenés la cara más arrugada y flaca 

que antes –Quebeq sonríe. −

Es probable, pero prefiero arrugado a seco. Fue un error no llevarlas. 

Pude haber muerto. En serio, muchas gracias. −

No hay nada que agradecer, ahora estamos a mano ¿no? –Fabbián 

abre una canilla y empieza a lavarse las manos– ¿Hablaste con Yetzica? −

Sí –Quebeq   frunce   el   ceño–,   no   pude   convencerla   para   que   nos 

ayude. ¿Te dijo algo? −

Que se iba, pero que esperaba volver a verme algún día –Fabbián se 

enjuaga la cara. −

Eso es bueno, significa que entendió algo después de todo. ¿Pero 

por qué no te bañas? −

Es lo que estoy haciendo.

¿Es que han dejado de usar las duchas en Sub­Urbia?

¿Querés que la use? ¿Tiene agua?

Sí.

¿Y funciona?

Hasta hace dos horas, funcionaba perfectamente. Fabbián cierra las canillas y corre la mampara de vidrio. Gira las canillas 

y queda   envuelto   en   una   lluvia   de   agua   helada.   Empieza   a   refregarse  furiosamente. −

¿No prefieres agua caliente? –el sub­urbiano deja de limpiarse y se 

asoma. −

¿¡Qué!? ¿Tiene agua caliente?

¡Claro! Abre los dos grifos y verás –Fabbián obedece. El hilo de agua 

se transforma en una lluvia tibia. El cuerpo se le ablanda en segundos. −

¿Se puede tomar?


Claro que   sí   –Fabbián   abre   la   boca   y   traga   varias   bocanadas   de 

agua antes de volver a respirar. −

¿De dónde sale?

Es agua de lluvia.

¿¡Qué!? ¿Me querés envenenar?

Es totalmente potable. Si no, no te hubiera dicho que la bebas.

¿No estarás usando el método Grappa, no?

¿Qué? No, no. Utilizo un nano­purificador.

Ah… Quebeq, tengo una duda

¿Qué?

Creo que la Última Or… digo, el Imperio, sabe dónde está Vleria.

¿Por qué dices eso? 

Cuando me  encontré con el sacerdote  en la terraza del hospital y 

hablamos, sentí algo, algo extraño.  −

¿De qué hablas?

Lo sentí… como en mi cabeza.

¿¡Qué!? ¿¡Por qué no me lo has dicho antes!?

No sé,   estaba   como   bloqueado   o   algo.   Cuando   volvimos   del 

campamento me di cuenta. No sé si fue la invocación o qué, pero creo que de  alguna forma me leyó la mente. −

¿Quieres decir que también sabe que te acostaste con Vleria?

Sí, creo que sí.

Esto es muy malo Fabb, mucho peor de lo que te imaginas.

¿Cómo que mucho peor? ¿Qué querés decir con eso?

Es algo complejo…

¡Me importa un carajo! ¡Hablá!

Bueno, escucha:  para   implementar un  sistema  nanotecnológico   se 

necesitan tres   cosas:   el   código,   la   Materia   Primaria,   y   la   interfaz   de  construcción. El código del sistema es como el plano de un edificio, contiene  todos   los   comandos   e   instrucciones.   Puede   generarse   con   cualquier  computadora.   La   Materia   Primaria   sería   el   cemento,   sin   ella,   nada   podría 


hacerse. No existe en la naturaleza. Sólo puede ser generada en laboratorios  de alta complejidad, a través de procesos químicos y magnéticos. Ahora, el  único lugar donde queda es en el laboratorio del Imperio. −

Esperá ¿no   me   habías   dicho   que   los   nano­robots   podían 

reproducirse? ¿Para qué sirve la Materia Primaria entonces? −

Los nanorobots generados con Materia Primaria tienen un implante 

que limita el número de duplicaciones. La materia fue ideada para controlar  todos   los   desarrollos   independientes.   El   Imperio   no   podía   permitir   que  cualquier   grupo   tenga   acceso   a   esta   tecnología,   era   demasiado   poderosa.  Incluso   nosotros,   que   trabajábamos   para   el   Imperio,   no   podíamos   generar  nada sin la Materia Primaria que nos enviaban. −

Bueno, ¿pero qué tiene que ver Vleria con todo esto?

Nadie tiene   los   conocimientos   para   crear   nano­robots   sin   Materia 

Primaria. Fue, es y será el secreto mejor guardado del Imperio. Hoy la fórmula  debe estar enterrada bajo toneladas de cenizas radiactivas. Luego de la caída  del Imperio, una de nuestras prioridades era la de romper la limitación de la  Materia Primaria. Y casi lo logramos con ustedes, los invocadores. −

¿Cómo?

Fue algo   totalmente   accidental.   Descubrimos   que   al   inyectar   el 

sistema de invocación a un embrión ocurría una fusión casi absoluta, dejando  como   resultado   un   sistema   híbrido   que   no   obedecía   a   las   limitaciones  impuestas por la Materia Primaria. Eso significaba que, por primera vez en la  historia,   un   organismo   vivo   podía   generar   Materia   Primaria.   Pero   había   un  problema: la velocidad. La generación era demasiado lenta, más que suficiente  para suplir el consumo de los implantes internos del invocador, pero no podían  usarse como productores. Tu madre estudió el problema y llegó a la conclusión  de que el sistema se mejoraría a sí mismo en la descendencia del invocador.  Los hijos de los invocadores serían mucho más aptos para generar Materia  Primaria   sin   limitaciones.   Pero   nunca   se   pudo   comprobar,   los   invocadores  siempre fueron estériles, hasta que naciste tú. Tú eres especial, por eso te 


buscan. Pero   si   descubren   a   Vleria,   irán   tras   ella,   sin   dudas.   No   podemos  permitir que obtengan poder otra vez, no después de lo que hicieron… −

¿Después de lo que hicieron? –Fabbián cierra con fuerza las canillas, 

está furioso.   No   sólo   estaría   trayendo   un   hijo   al   mundo,   a   este   mundo  decadente y tóxico, sino que sería blanco de la Última Orden–. ¿Después de lo  que hicieron? ¿¡Ya te olvidaste que vos estabas ahí!? −

Fabbián, yo…   yo   nunca   quise…   jamás   imaginé   que…   que…   –

Fabbián sale de la ducha y percibe cómo se le acelera el corazón a Quebeq. −

Necesito ir a Ciudad Refinería, cuanto antes.

Son tres noches para cruzar el Erial.

¿¡Tres noches!? ¡No tengo tanto tiempo, es probable que ya estén 

allá! ¿No hay una manera de llegar más rápido? −

Existe una forma, pero estás demasiado débil. Tu vida podría correr 

peligro. −

¿Mi vida? –Fabbián sonríe– mi vida está en Ciudad Refinería, y ya 

está en peligro. Decime ¿qué tengo que hacer? −

Tengo una motocicleta, pero no funciona con un combustible normal.

¿En dónde podemos encontrar ese combustible?

En tu sangre.

¿Qué?

Extrayendo Materia Primaria.

Bueno, hagámoslo.

No es tan simple.

¿Por qué?

Necesito realizar   la   decantación   con   la   mayor   cantidad   de   sangre 

posible. De lo contrario la Materia Primaria no responderá. −

¿Entonces?

Lo que quiero decir es que se necesita mucha sangre, y tú ya has 

perdido demasiada en el campamento. −

Yo me siento bien, hagámoslo –Fabbián agarra un toallón y se lo 

lleva a la cabeza. El pelo corto se seca con dos pasadas.


Tengo que   preparar   el   equipo.   Te   dejé   ropa   limpia   en   la   cama, 

cuando termines de vestirte sube y ayúdame. Estaré arriba. −

Bueno –Quebeq sale corriendo. « Vleria… ¿Embarazada de eso…? » Piensa Fabbián, y un escalofrío le 

recorre la espalda.

EdB_41  

41 – Decisiones − Tengo que preparar el equipo. Te dejé ropa limpia en la cama, cuando termines de vestirte sube y ayúdame. Estaré arriba. −...

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