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Historias caminadas

a Pili, Francisca y la familia.

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Historias caminadas

Patricio magnano (cartu)

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Magnano, Patricio Daniel Historias caminadas. - 1a ed. - Rosario : el autor, 2012. 112 p. : il. ; 21x15 cm. ISBN 978-987-33-2020-0 1. Narrativa Argentina. 2. Relatos. I. Título CDD A863

Corrección de estilo y editorial: Tomás Boasso. Orientación, guía anímica y foto solapa: Pilar Almagro Paz Diseño y fotos tapa e interior: Cartu

Agradecimientos: A la paciencia y dedicación de Tomás, al taller de Marcelo y a los amigos que allí encontré, al amor intersticial de Fabricio y a la energía de Pablito con su imprenta de tintas alocadas. Esta tirada de 150 ejemplares se imprimió en los talleres de Librería Ferrazini. Rioja 1174. Teléfono: 4484574 www.libreriaferrazini.com.ar Agente de prensa: Nico Doffo de la Genchi. Contrataciones: Francisca Magnano (momentáneamente sin celular) Puente de grúa y elevadores no hicieron falta, el gato bajó sólo.

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Prólogo

En la brevedad de un historial siempre se esconde un trayecto que precisa interioridades y exterioridades. Como pasando de un lugar a otro sin darse cuenta que es uno solo, que es uno mismo, que no hay historia sin lugares, que no hay lugares sin cosas, que no hay cosas sin medida; la medida somos nosotros, tan breves como la misma historia. Así se constituye y se consume un inventario referencial y un viaje auto referencial que nos hacen uno en las cosas, uno en el trayecto. Como un shopping de ideas se desmenuza un precedente discontinuo en la omnisciente narrativa de una casa, la calle y un viaje. El predominio anecdotario condice con lo poético y lo que se parece a una abstracción inasible aparece como accidente de lugares comunes inflamados por tanta refracción inducida a la forma que definitivamente adquirimos en esas casas, esas calles, esos viajes. Un efecto intuitivo predice y ensaya como una forma de conocimiento certera, creíble, conceptos y quiebres que sólo el autor en su devenir sabe, revuelve la causa de cada objeto o hecho recorrido, como en el ojo de un lector que definitivamente también deviene en el mismo efecto. Es hacer rizoma en la ventana, la escalera, el balcón, la peatonal o el pueblo inhóspito de carteles borrosos. Cartu desmenuza la esencia de las casas y las convierte en accidente, las cosifica. Interviene sabiendo quiénes somos,

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instalados en sus espacios convexos, desubicados e increados pero resueltos a su imagen y semejanza. Camina sobre la hipófisis de la urbe metiéndose en ella desde la periferia hasta lo más axial, se siente vereda y conoce la cáscara que nos mantiene inermes hasta que lo mínimo enlaza lo mínimo y se hace cúspide. Todas sus razones invadidas por el tiempo visiblemente calculado por el paisaje, el rastro de lo que se detiene y acelera erosionando la piel del deslizamiento. La variable de una hipérbole trazada entre en el mismo lugar y un espejo retrovisor. Sus urbanidades civiles inventan el modo, la propia cosmética de los habilidosos, existencialismo cotidiano heredado en la turística curación del grado exacto que las latitudes necesitan para no perecer ante la lejanía del ojo. La casa intimista, el viaje extimista y una calle circular que nos devuelve siempre al mismo pasillo aunque parezca el último.

Fabricio Simeoni

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Historias caminadas

una calle y su intersección la rompiente el final de una charla cuatro paredes, un techo hay un límite inmediato una última vez la calma se interrumpe con golpes de taco aguja la pared de a ratos cede, es el taladro que intenta huecos no se puede salir historias caminadas se descalzan en los sótanos, engañando escaleras, saltando dunas de arena, en hombros de visitantes que no se han quitado los zapatos de ciudad.

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Los pasillos de la casa

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Humedades La casa necesita espacios donde llorar, no hablo de rincones, ni de algún cuarto diseñado por arquitectos melancólicos, digo humedades, que brotan de a poco y un día se manifiestan mostrando figuras insólitas. Eso que después será musgo o pared maltrecha, y que hoy parece poca cosa, comenzó con unas gotas, pequeñas, contenidas.

Ventilador Dos ventiladores enfrentados discuten sus ideas sobre el viento, uno dice que “no” repetidas veces, el otro permanece inmóvil, estatua cola de cable. Las aletas cortan el aire en rebanadas para que el daño sea leve, para que no invada las brisas guardadas en frascos, para que la tormenta sólo ocurra en las calles. La pesada atmósfera llego del norte arrastrado enojos recogidos en su paso.

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Con flores. Un mantel de hule floreado. Cortinas blancas, dos flores rojas bordadas. Una foto sobre la repisa de los libros mostraba un jardín. Compró una hebilla para el pelo y tenía un dibujo que simulaba una flor; pero no quiso macetas en el departamento.

Las buenas noches

Abriste la ventana para dejar en libertad la buena noche que pasamos. Me dijiste que eso era lo mejor que podíamos hacer. Entonces la despedimos y le soltamos los bordes adheridos a la habitación. Andará la noche de casa en casa, entrando sin aviso, resistiéndose a los amantes que intentarán retenerla por siempre. La noche es ambulante y su nervio, ansiedad de los que esperan; su dignidad la esperanza de que un día llegue o vuelva.

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Licuadora Cierto desamor. Las aspas de metal destruyen alimentos, doblegando la coraza de las frutas. El líquido aturde y no se sabe si lo que mata es la velocidad o el grito de su angustia. Su boca mecánica y robótica no sabe besar.

Microondas Como un pequeño universo. El café con leche gira bajo la luz. Durante un tiempo y en el mismo sentido. Hasta que todo se detiene y se apaga.

Persianas Para cerrar las persianas se necesita cierta fuerza para levantarse, manos decididas a despedir cualquier intento de provocación exterior y una mirada a la habitación para decidir entre lo oscuro y lo claro. Para cerrar un amor se necesita lo mismo.

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Bordes, luces y alfombras

1. La mesa servida con el desayuno. Él podía ser: un plato, un vaso, un pote de mermelada o cualquier cosa que cierre un círculo. Y las ideas que ella tenía no se redondeaban, más bien, intentaban posarse sobre las tostadas quemadas y sobre el cuchillo que raspa lo que no deseamos. Hay supuestos que se caen del mantel, migas de pan. Porque ella se había cansado de barrer, y él de girar vainillas en el café con leche.

2. La luz de la linterna cede y se contagia de aquello que abriga los cuerpos. Entonces el brillo se esconde en su sombra. Después, olvidada sobre la mesa, será materia de recuerdo; hasta que alguien la tome o hasta que la pila le de la muerte.

3. La escoba trae y lleva desde la casa hacia la vereda. Las revelaciones se tejen con ese deshilachado de telas y retazos que absorben las alfombras. Esa sociedad bien podría ser llamada ecosistema del silencio, su falla, es la falla natural de las cosas que se esconden y disimulan.

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Hormigas Migas en la mesada de mármol son restos de una boca grande que no pudo o no quiso llevarse la totalidad del pan. Un camino entre azulejos de la cocina llega hasta la toma de luz, y desde allí para abajo, todo es escondite y pasadizos diminutos. Ya en la guarida, se cuenta el alimento y las vidas que se llevó el dedo que mata casi sin ejercer fuerza. La esencia hormiga hace que al rato se olvide todo lo sucedido y entonces vuelva a salir.

Service Giran engranajes… su máquina es la urgencia sobre un flujo eléctrico que no descansa. Cada cosa que se mueve en la casa sabe de una prisa: lo funcional pide socorro, lo inmediato se auxilia. Los aparatos se inmolan por nosotros.

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Jarrón de azúcar Azúcar sobre paladares. Un rato antes de desgranarse y de dejar su rastro de cristal de agua, se manifiesta en la boca que sabe amarga. Esa salida abrupta de los jarrones le costará más de un disgusto o alegría, porque las cosas no tienen sabor mientras alguien no venga a recordarlo.

La cuchara Sostenida sobre su lomo metálico. Peleando la gravedad en el borde de la mesa, imita el vaivén de una hamaca. De a poco busca en el quejido ser parte de un contorno congelado. De a poco, se va entregando al esfuerzo del equilibrista. De los metros que separa los miedos del piso, se aquieta lentamente, neutraliza los excedentes más allá de sí. Después, invade la quietud deseada.

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Dormir en la casa 1. Por las cañerías viaja un fastidio apenas gestado. De madrugada, las canillas rezongan las impurezas del día del hombre, un gorgojeo gota a gota y un aullido metálico evitan los fantasmas presentes. 2. La almohada (que sabe por vieja) soporta el peso de la cabeza que sueña. En toda la cama se trepa el silencio y la mentira se apiada del cuerpo en sábanas. Los ojos se apagan. Y el hombre insiste en creer que sueña. 3. Se dice que el mal humor es capturado en los sueños. Por la mañana, la gente bien dormida cruzará sus miradas con los noctámbulos. Ellos tienen el mal de la noche. Contagiarán de luna los ojos de los recién llegados, de los primeros visitantes del rocío fresco. Entonces, la pócima se desparramará por las ciudades y los pueblos. Mientras resista algún ser en vela, la alquimia será exitosa.

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4. No estamos despiertos para observar lo que pasa. La respiración trata de escaparle al sufrimiento, y parece que éste se encuentra tan cerca o tan lejos (el tiempo que lleva calmarse dependerá de la ruta que imaginamos) que la agitación hace detenernos, cada tanto, tomados por cansancio. Una cortina viene hacia nosotros y nos roza con su piel. Dice que se llevará los pesares fuera de casa con cada nuevo oleaje. No le importa si le creemos. Mientras sigamos así, con ojos vedados a la luna nueva, ella seguirá su ritmo de océano en nuestra ciudad de las sombras.

Valijas Antes que el cierre cosiera su vuelta final, la manija conoció la elasticidad del cuero y la firmeza que decidía sobre unos dedos. Acomodó las camisas, un par de pantalones y la soledad que había traído años atrás. Las ruedas de plástico que rodaron velozmente tantos aeropuertos, parecían detenerse en cada tramo de la casa, y ese sonido de tracción errante fue el último que supo dejar.

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Escalera A un recuerdo (*) del negro mono.

La lluvia y la sequedad de la intemperie hicieron de ella un objeto abandonado. La madera del segundo escalón se quebró. Se recomienda no subir. La terraza es un depósito de hojas y porquerías, aunque para el abuelo se trate de cosas valiosas que la casa desplaza. Su terquedad, heredada de ancestros en guerras, le hizo guardar y juntar de la calle otra casa de repuesto. Así lo veo trepando la madera ajada, llena de clavos remaches y errores de martillos. Lo veo saltando en el segundo escalón, desafiando las miradas y su propia suerte.

(*): No se dónde van los recuerdos, creo que se acomodan en mi sillón, hasta duermen en mi cama, y por la mañana toman mi café. Hay en ellos un estado inquieto, como si los gobernara una prisa difícil de aquietar. De permanencia efímera, viajan a ciegas sin importarles dónde estuvieron; poco les importa.

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Balcón Punto y aparte de la casa donde la vista se aparta y el cuerpo se reduce a la mirada de ventanas distantes. El lugar se habita fugazmente, tiene unas sillas orientadas hacia la calle, flores y un toldo que cierra la puesta. Es un palco de frontera de la casa. Un chico sale casi desnudo fumando un cigarro. Da unas vueltas hasta que sus codos aterrizan en la baranda. Alguien se lleva sus ojos. Y fuma. El balcón se tapa de hojas y una mujer barre los tallos tanto... y lo mejor que puede pasar es que no pase nada.

Sillón Sillón de dos cuerpos en fuga. Cuando uno se recuesta se deja caer, y el otro, es estado vigía, puesto de contemplación sin informes ni sellos. Así se amen y amén por eso, nunca partirán al mismo tiempo; tampoco cortarán cintas de llegada. No hay empate ni ganadores cuando dos cuerpos se sienten cómodos.

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Cuadernos Recuerdos en armarios, puertas lejanas de la casa. En humedades reposa la casa de yerba con cáscaras de huevo, mi nombre completo, un San Martín a caballo en una ventana de papel glasé. Tiempos en que el día empezaba con lápiz de trazo inocente, algunos dibujos coloreados -el primer intento de un sol- y dramáticas sumas y restas. Las tareas se siguen pareciendo, al igual que los timbres de recreo. Sólo que el sonido de éstos fue haciéndose más evidente con el paso de los años, acumulando en su acústica el último big bang y el mismo timbre final. Los cuadernos de primer grado, a veces rescatados y en peor suerte perdidos, encierran la vida del niño que fui, protegido por felicitados que sólo sueltan la mano en vacaciones. Teóricamente la vida práctica transcurre en ese tiempo

La heladera Permite la permanencia de las cosas que morirían fuera de ella. Cada vez que se abre la puerta, algo deja de prolongarse para continuar el ciclo natural en su interrupción fría. Permanece el hielo en la copa unos minutos, se deshace lentamente, casi escapando del agua. La heladera conserva el éxito de las cosas. Y un buen día todo vuelve a lo que era.

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Pisos Sostener y mirar desde abajo. Cuando un objeto se desprende y cae, el suelo cuenta los segundos antes del estallido. Sabe que las astillas quedarán diseminadas y que nada se salvará de la tragedia del golpe. Su perímetro abarca a todas las cosas de la tierra y también a los humanos y sus patas de rana. Un ángel de cerámica rompe su ala y queda deshecho, las partículas son imposibles de hallar. Su inmolación, es la evidencia de la tierra que se promete impenetrable. Somos nubes del cielo, a veces alguna tormenta, pero no más que eso. Entre nosotros, muy pocos descubren el magma finito que acaricia un rayo en la tierra. Cuando todo pasa y el primer viento pliega los bordes de un charco, un reflejo nos demuestra erguidos, otra vez, somos nosotros, los que creímos bucear tan hondo.

Mascotas Tengo dos gatos negros de mirada estática en la vitrina de las chucherías. Cada vez que me cruzo delante de ellos, algo se cae o se rompe.

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La regadera Guardaba agua de lluvia. Dentro de ella, un grillo se sostenía con la levedad de su peso. Permanecía inmóvil para no cansarse. La regadera y el grillo. Sin hacer esfuerzos. Podía esperarse que el sol se lleve el agua de a poco o podía pasar que una mano quisiera salvar el insecto. El grillo, aferrado a las napas del agua y a todo lo que para él era conocido.

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Diccionarios Mató las palabras a martillazos y cada hoja del diccionario mostraba sus heridas. El golpe afectó a las palabras que no diría nunca y a algunas de la página anterior. Tanto le dolía hablar que un día quiso enmendar las hojas. Le salían pedacitos de palabras, extractos de cuentos, finales impensados de novelas que nunca conoceremos. Todo lo que en su vida podía decirse estaba ahí, sólo faltaba elegir el orden y la música. Las facciones de su cara completaban el juego.

Paraguas La noche preparó la tormenta y los fogonazos fueron avisos del día que pasó. Esas iluminaciones fotografían recuerdos que nadie quiso guardar. La lluvia ocurre. Primero lenta, salpicando el diario que anunciaba buen clima luego, baldazos de agua. Es la hora de salir a trabajar. El paraguas no se encuentra y si aparece seguro está roto. El piloto tiene el sabor de tantas humedades. No sirve, no queda bien. La casa retiene, y su fuerza esta hecha mas allá de las paredes. En la calle, varios paraguas levitan apurados. Llegan tarde al descanso de la rutina.

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Bolsas de basura

Las bolsas de basura aguardan junto a la puerta, arrugándose, mientras pasan los días. Se descomponen los cuerpos. La emanación habla de sangre sin trayecto. Una gota musgosa toma la línea de los mosaicos, bordea sin penetrar, se detiene sobre el taco que sostiene la cama. Allí, dos personas se plantean si de sus manos seguirá brotando agua de mar para menguar los incendios. En el regreso, la gota se desborda, se pierde, se contagia. Las bolsas de basura aguardan junto a la puerta.

Hornalla La hornalla encendida seca el ambiente de humedades. Una ronda al fuego: el nylon que cede primero, en pocos instantes, se convierte en humo negro. A la combustión le interesa el futuro más que a nadie. En un segundo transforma, y todo lo que era, ahora es inútil.

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Mudanza Mudarse en bolsas negras, viajar en camiones hasta la puerta estacionar el coche fúnebre de la casa y las cosas que transita pesado y otra vez el recuerdo “estamos de paso” como carteles de despedida. Un edificio afirma ladrillos refugio seguro, yo solo sé de retornos que pierden su rutina Lamentos de cajas apiladas y adornos sin territorio se compensarán con el aire de la ventana nueva porque queremos ventanas y patio y un pedazo de cielo; eso decimos. El camión se detiene, la mudanza no descansa y en el andar cíclico de las despedidas somos el ancla que flota.

Relojes 26


Algunos relojes se roban los instantes. Apenas cinco o seis segundos por día, a veces más. Sucede que levantamos la vista de golpe y no le damos tiempo al tiempo. Entonces las agujas retroceden de la vergüenza de quedar al descubierto. Y es tan indefenso el tiempo que no puede esconderse en sí mismo, porque lo delata el sonido de los mecanismos, su movimiento.

Ventana Tanto nos asusta la muerte… buscamos su autopsia, sus síntomas previos. Una ventana que se golpea sin viento.

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Historias caminadas

Por las calles

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Casa rodeada 1. El bar de la esquina. Un loft a estrenar. Edificio. Edificio en construcción. Edificio. Una casa. Edificio. Edificio en construcción. Otro bar en la esquina tomando la posta. 2. Siempre quise saber por qué se hace un gran pozo antes de construir un edificio. Después me di cuenta. Hay que enterrar la casa.

Terrazas En la guerra por la conquista del cielo nadie conserva el trono por mucho tiempo. Desde el fortín más alto, se pueden ver hasta las uñas de la ciudad. Cuatro medias, una sábana, una camisa y un pantalón acompañan el viento enrarecido. Banderas de conquista, cuelgan, vencedoras de todo baldío. En pocos años, para poder ver el río, habrá que mojarse en su piel.

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Sombras La mañana invitaba a salir. Busqué abrigos para sincronizar con el invierno de afuera. El sol y su oblicuidad jugaban con los aciertos, se escondía de mi posibilidad tras los muros de cemento. Piezas exiguas de delicadeza que se elevan con el simple fin de prohibir algo de luz en las veredas. Caminé entre los grises hasta que conseguí mi premio en siete baldosas. El hallazgo, invitaba a conformarme.

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Ascensores

1. Los ascensores cumplen la receta de los médicos: movilidad.

2. Largo es el silencio de dos extraños en un ascensor.

3. Varios personajes por piso. La caja es el espacio donde interactúan. A veces un guión empobrecido sólo habla del clima.

4. Un documental muestra a un hombre con dos bidones de agua caminando en un sendero. Suena el timbre, tomo las llaves y marco planta baja para recibir al delivery. Vuelvo de mi viaje con el pedido, no mandaron la gaseosa. Congelan la cara iluminada del hombre por haber conseguido agua de río.

5. La gente que es simpática en los ascensores tiene una alta probabilidad de ser simpática fuera de ellos. 6. La suerte y la desgracia viajan en ascensor pero nunca bajan en el mismo piso.

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Vereda A mi tía Tete

La silla clava su espina dorsal sobre su lomo. La mujer sólo sale por la tarde, después de la siesta, para respirar otro aire viciado, el de afuera. El agua en la pava es un reloj de tiempo, la vereda bebe algunas gotas. Después de un rato, cansada la vista de irse con tanta gente y con tantos autos, pliega la silla y tira yerba muerta en el cordón; como si se tratara de un entierro del atardecer.

Palmeras La agencia de viajes luce un empapelado de palmeras. Él, ya imagina sus hojas inclinadas por el viento, una playa de arenas blancas y una hamaca meciéndose entre los troncos. No sólo el cordón del mar caribe o las avenidas importantes deben contar con ellas, también los countrys de la pampa y los patios secos de los shopings. Desde la ruta, se puede ver el camión que instala cada veinte metros una de ellas, en el acoplado hay más de veinte atadas con sogas, juntas. Sus tallos traen el viento de otros lugares, quizás de Entre Ríos o del Uruguay. Cuando el camión cumple su cometido regresa por el camino lateral y llena de tierra a los jacarandás, los álamos, y los eucaliptos.

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Lluvia A veces pasa que la lluvia nos espera. Lenta caricia a un vidrio húmedo para llevarnos hipnóticos, a un pensamiento que se hace laguna sin costas, y una idea: saber que luego limpiará lo que pasó. A veces pasa que la lluvia cierra un capítulo repentinamente, como un señalador en las hojas del libro. La lluvia esquiva paraguas cómplices de lo seco y eso, suena a perfecto, paraguas: que impiden también los golpes en el cuerpo. Mientras la lluvia, la venganza de lo líquido se camufla en los charcos o alguna baldosa floja. Cada surco de una gota en mi cara también quiere expresar algo, como las líneas de mi mano en el futuro. Y a veces pasa que la lluvia, queda inmersa en un final, cuando una escoba barre mucho más que unas pocas hojas adheridas al asfalto, porque se lleva también la promesa de las cosas que haremos después de ella.

Arte callejero La huella de un dedo que interrumpe el blanco a la cal del vidrio expresa movimientos ancestrales con grabados de pájaros y desventuras de cazadores. La obra en construcción tiene ocho ventanales escritos, una muestra gratuita y al paso. Mónica puta puede leerse en varios tramos de la instalación. Arte, es todo aquello que se desprende de nosotros, transmutando el dolor del ser.

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El taxi que vos querĂŠs

El taxista de la ciudad de las sombras conoce la verdad, pero cambia su discurso con cada nuevo pasajero. Y eso es verdad.

Coro estable El caucho pierde consistencia frotĂĄndose fugaz sobre el pavimento, emitiendo un si bemol agudo. La bocina se contagia en otras voces. Los motores vibran en tempo andante, imprimiendo los graves. Mientras alguien toma nota del coro estable de la ciudad, el camiĂłn de la basura tritura los sonidos, absorbiĂŠndolos.

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Alarmante El sonido de la alarma se mantuvo durante tres horas. Conocemos la secuencia de la estrangulación: un grito agudo, la amenaza de una voz ronca, martillazos punzantes y una pequeña pausa para refrescar la violencia. En el auto, cuelgan algunos cables de la gaveta donde existía un autoestereo, faltan un par de anteojos y algunos objetos que se descubrirán más adelante. El ladrón ya está llegando a su casa con el dinero de la venta y en ese mismo momento, un señor de traje gris saca un control de su bolsillo y detiene a botón el robo del silencio.

Equilibristas 1. Los domingos por la mañana abren el boulevard para la gente y cierran el paso a los autos. Nadie espera que un triciclo choque a una pareja de abuelos, que dos maratonistas tropiecen con un aprendiz en patines o que una bicicleta muerda el cordón y caiga sobre la mesa de café. El accidente es innato al movimiento. De chicos andamos con rueditas de apoyo, y un día, creemos dominar el equilibrio. 2. El accidente de tránsito es la forma de encuentro imprevista para conocer a otra persona que de otra manera nunca hubiésemos conocido.

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Historia de los cordones El señor de los cordones largos (*) se encontró prisionero en una esquina. A la vista de todos, una mujer lo ató al poste de luz. Le dijo que nunca más haría nada por sus zapatillas. Gritó hasta humillarlo sin importarle cuanto curioso merodeaba la escena. Ella sabía que a esas horas de la noche nadie miraría más allá de sus zapatos. A él le daba igual, insistió hasta cansarse al pedido de ser desatado. Un día estuvo así, hasta que a la misma hora volvió la mujer que lo ató. Discutieron. Durante un tiempo anduvo con los cordones cortos, con el paso de los días, fue tejiendo sus cuerdas con cada palabra de afecto; los desencuentros son esos deshilachados que le conocemos. Sus pies, atados a cada mujer que pasaba. La idea de desprenderse: indicio de tijeras, postes o el aviso de sus mismas zapatillas. El hombre de los cordones largos fue cordones de incontables lazos y cuando ya no pudo moverse se tiró en las calles y dio la vuelta a todas las manzanas de la ciudad.

(*) Ver página 94.

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Guitarra de calle El guitarrista ciego ensaya zamba de Lozano en la calle peatonal, imagina el paso de los transeúntes como aplausos. Alguien pone algunas monedas en el sombrero y se va sin conocerlo. Se detuvo un breve momento a escuchar al guitarrista y perdió la sorpresa que lo esperaba a una vuelta de hombro. Alguien que no veía desde hace diez años tendrá que esperar otra casualidad. Con las monedas del sombrero, el guitarrista compra un juego de cuerdas y un pasaje en colectivo que lo llevará a la ciudad balnearia. Allí lo espera la nueva y ya conocida peatonal. Alguien sale silbando la canción del guitarrista. Una ofrenda de gratitud que se aleja en el poblado. Para el guitarrista un día bueno significa: comer bien. Sus vacaciones pasan en esas horas de colectivo que para él son sólo puentes peatonales. El guitarrista ciego ensaya zamba de Lozano en la calle peatonal y se queda dormido. La aureola de gente se desparrama entre las arterias calientes del centro. Dos amigos se encuentran en esa maraña de desapariciones. Pasa una marcha con banderas de colores y bombos. El guitarrista pregunta qué hora es; como para decir algo mientras sus dedos no bailan. Sabe que es de noche por las pisadas. Guarda el instrumento en su bolso y le dice al perro “hasta mañana”.

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Malabarista Los autos se detienen en el semáforo de la avenida. Sin telón de fondo, en veinte segundos ocurre un espectáculo de magia y acrobacia. A la hora de juntar las monedas todos los coches se han ido, porque los automóviles siempre quieren irse rápido. El niño de ropas de colores descubre que el arte, el dinero y el tiempo ocupan la misma butaca.

Gps Los sistemas de posicionamiento global permiten encontrarnos en un punto que cruza como mínimo tres bisectrices. Cuando viajamos evita la sorpresa que guardan los caminos aledaños y su entender de puntos de peligro. Un indicador de señal de antena es nuestra vela en el pasillo de sótano. La confianza en la exactitud matemática nos llevará siempre por el mismo camino, seremos un número de serie en la ruta, víctimas del delirio de repetición.

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Breve anécdota de la avenida Uno frente al otro. El cantero central de la avenida divide en mitades las ganas de encontrarse. Cuando ella lo extraña se asoma al balcón y deja atenta la mirada al cuadrado de luz de la ventana que más la inquieta. A veces él está, y otras veces, siente su avenida de quince carriles. Sus sentimientos se imprimen con el tráfico del día.

Río de tarde noche No se repite un atardecer -un budista diría que ni el mismo río-, y los fotógrafos, pretenden abreviar en una sola foto el ocaso.

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Comedores temáticos 1. Los manteles blancos se ajustan en la sala donde no vuela una mosca a no ser que la mosca sea parte de la puesta. La vela derrite la cera en el tiempo estipulado. El ambiente recuerda al Japón que conocemos en las películas. Sin pedir permiso, el aroma de carnes asadas pretende ingresar al distinguido restaurante. Alguien ha dejado la puerta abierta, quizás, para recordarnos de dónde venimos.

2. Manteles de colores y sombreros bordados. Burritos, tacos y frijoles. Rancheritas que cantaba el cocinero bajo el aire acondicionado. En el lugar los dos quisimos abrigarnos ¿Hasta dónde llega lo temático? No sabíamos que en México, sufrían tanto el frío. 3. La salsa de soja en la mesa. A pesar que su etiqueta explique el condimento en un difícil katakana, hay un destino de tango en ella. Volver, después de viajar miles de kilómetros. Volver a la tierra que la vio nacer.

4. Existe un bar que se convirtió en temático aunque los dueños no lo sepan. Sobre las paredes se pegaron diarios de todas las épocas para confundir la humedad. Se toma cerveza acompañada con un canasto de maní con cáscara. Los mozos limpian la mesa tirando las cáscaras al piso. El dueño tiene en el fondo unas gallinas que cada tanto hace pasar a la sala.

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Música Lejos de la avenida ocurre un concierto sin músicos. Una madera que sostiene a un toldo golpea rítmicamente contra un metal circular, éste vibra y lo hace esperando la cachetada del viento contra una lona. Algunos pájaros acompañan en forma intermitente. La entrada es libre y gratuita.

La hora de la balanza Distintas formas de regresar. Hora pico. En la ciudad de las sombras, un auto aerodinámico no puede competir con los de a pie. Inventamos el caos y el tránsito sólo para hacer justicia.

Kiosco El kiosco de revistas fue trasladado diez metros más a la derecha. Las reparaciones en la vereda demoraron un tiempo. Después lo cargaron; dentro de su armazón se oía un sonido de papeles revueltos. Volvieron a instalarlo levemente a la izquierda de su lugar originario. Habían pasado tres semanas. Los periódicos no cambiaron de opinión en ese lapso.

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Mundial Cada cuatro años, un nuevo impulso asocia transformaciones, intenta destreza y desea la suerte. El juego es la transustancia de la quietud, que domina voluntades y crea. Cada cuatro años se contagia como virus la pasión, pretendiendo alcanzar a los inmunes. La esfera que a la distancia es luz catódica exime de urgencias y se come los ojos. Cada cuatro años un grito nace, y al unísono, palmea las hojas de los árboles de todas las cuadras. Un abrazo de gol, es la brisa contagiosa que pretenden las navidades. En las esquinas, las banderas intentan serenarse esperando el resultado. Conocen lo que significa morir en un bolso y esperar cuatro años más.

Despertador Un gallo madrugador vuelve al campo. Deja la ciudad y promete no volver. Siente la ofensa de los despertadores, su tic nervioso, la exactitud más allá del sol naciente.

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La rebelión Las tormentas hacen política derribando árboles que cortan calles. Los autos trasladan su enojo estacionando en garajes de otros autos. A la grúa le temen, no la respetan. Por angustia o por bronca, los autos dejan de funcionar en el medio de la calle. Las bocinas quedan afónicas y por cansancio los autos toman las veredas. En las veredas están los árboles que cortan calles y también la gente que huye. Como una bandera blanca que en la guerra pide tregua, la senda peatonal, divide los ejércitos.

Cuellos 1. Algunos cuellos erguidos sostienen corbatas, otros su dios o algún recuerdo de las últimas vacaciones. Una mujer camina sobre la vereda céntrica, de su cuello, la fragancia que asegura las miradas. Desde los autos los hombres le giran la nuca en reverencia prehistórica. Ella acaricia su cogote que se hace inalcanzable de jirafa. El hombre no puede ignorar la belleza, en las calles, es búho de día. 2. Sobre silla de ruedas, una anciana inclina la vida sobre su cuello que mira al sol, y en la misma imagen, una niña que apenas camina; El intento de cada paso, hace que su cuello de las gracias a la tierra.

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Para entender un semáforo Nos detenemos con luz roja y avanzamos con luz verde, pero ante el amarillo un instante incierto nos desbarata. Cuando esa luz se enciende, se pone en juego nuestra capacidad de decisión. Aquí la máquina se desentiende del problema que viene a solucionar en cada esquina. Una falta de ética de la electrónica que planta a la incertidumbre como una posibilidad más. El conductor debe avanzar o frenar, y ante dicho color que avisa de una precaución, se entrega a la suerte. Algunos dirán que se trata de una transición y que éste breve lapso ayuda a tomar una certeza. El amarillo es el gris de la luz. Es una ciénaga donde se entierra lo permitido y lo prohibido. Ni más ni menos que una trampa. En rutas, lejos de la ciudad, encontramos un amarillo intermitente, es el movimiento de una duda que se arma y se desarma.

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Lomo de burro (Uruguay 1965) El primer lomo de burro nació en el Uruguay. Repiqueteaban los tambores. El atardecer se salía de la playa, luz amarilla en los puestos improvisados. Se vendían disfraces. La murga venía de lejos y se fue haciendo más grande hasta que no cabía en la calle. En el mejor lugar se detuvo. Se bailaba al mar que era río. De las dunas y a baldes se fue cubriendo la calle. Se pisaba arena fina para bailar toda la noche. El espíritu encendido quería acostarse tarde. Amanece. Los que quedan no pueden irse. Por la sinergia festiva o por el alcohol. Las dos cosas. Unos chicos barren el piso y forman una duna sobre el cemento, a lo largo de la calle, para que los autos y bicicletas tengan que detenerse. Preparan la emboscada. Tiran agua, harina y papel picado. Hasta el cansancio.

El carnaval que no fue (Rosario 2011) Les gritaba desde la vereda donde se veían manchones de agua reventada con furia. La señora con el vestido azul mojado amenazó con llamar a la policía y luego demandarlos. Los chicos escondieron los globos de agua y nunca más hablaron del tema. El carnaval, una vez más, pierde su intento.

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Curvas La curva intenta la sorpresa y el aviso. El camino que se ha vuelto monótono tiene su piedra, la piedra en el camino, del camino. Porque es línea recta y todo lo demás deforma. Una curva es un empujón, un desprecio, un sacarse de encima; no hay justicia en su designio, su funcionamiento depende de quien la observe. La suma de curvas se muerden a sí mismas. Son serpientes. Se enroscan. Se pierden en caminos aledaños. El atajo es el puñal.

Baldosas flojas El umbral de la puerta gastada guarda la mentira en su cintura. Los pasos que sostuvieron las baldosas, postergan la tragedia, traen de vuelta al hombre que duerme afuera. Cuando no se pueda más de agua, que es el llanto, que brota, que se humilla por los bordes, un filo se elevará buscando revancha. Transgrede su paso a nivel. Es un faro ciego por su odio. Chocar e intentar el equilibrio. Sostenerse en el umbral para no caer.

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Shoppings Ganaron la guerra. Una conquista lenta que ganó la pisada del tiempo. Después de todo, nadie recordará cómo era caminar las veredas en un desorden de aromas, ni las corridas en busca del alero donde no llueve. Hay lugares ordenados. Los shopping vienen a enseñarnos sobre prolijidad y buenas costumbres. Para transgredirlos sólo basta con encender un cigarrillo o desnudar el torso dentro de sus límites.

Bocas de tormenta La cadetería lleva perdones de casa en casa. Van y vienen con envoltorios de perdones que fuerzan los embalajes para salirse. Algunos se caen, rebotan en las veredas. Eso sí, nadie toma un perdón ajeno, se patea o se barre hacia las bocas de tormenta. Allí se juntan todos los perdones que apelmazados parecen del mismo material. Las bocas de tormentas mastican y escupen en el río. La ciudad deposita su confianza en ellas. Claro que a veces se tapan con cuestiones difíciles de digerir.

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Asfalto Llegan las máquinas y cortan la calle. Un operario se para en la esquina con una bandera roja y desvía el tránsito. Se va a cometer el acto impune. Que la gente no vea. Un vomito de material oculta el empedrado vestido con gramilla de césped. El asfalto censura lo que apenas comenzaba a crecer.

Lugares conocidos Para encontrarse fijan un lugar y una hora, pero el tiempo se llevó esa hora tan lejos que sólo quedan frases sueltas en sus bocas. El lugar es un punto fijo en el pasado, cruzarse de vereda, el intento de despegarse de la mesa, aquella donde él no se animó y ahora es tarde. Los desencontrados le piden a ese sitio que los deje ir, porque a veces se ven en espejos conversando solos, y entonces la platea que observa, dirá una vez más, que la locura se construye con faltazos.

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Tanques de agua En el siglo veintiuno veneramos la vida acuífera. Lo que nos une son puentes, vivimos rodeados de agua. Nuestra isla llena de caminos que se cruzan, y una ventanita al mar del tamaño de un ojo. Desde ahí se ve el archipiélago y quien sabe hasta dónde. Cuando alguien nos llama tomamos nuestro bote y remamos, es la manera. Después volvemos, en casa siempre queda algo del último calor. En la ciudad de la sombra se levantan templos de agua. Muchísimos en su centro. El dios que ha pasado por tantos nombres ahora es líquido como el sentimiento. Más altas que las cúpulas de las iglesias se erigen construcciones que elevan por sobre todas las cosas a los tanques de agua. Como todo dios, continua bajando hacia nosotros.

Plaza Puede suceder que los árboles vuelen hacia los gorriones y que el bostezo sea el aviso de un sueño que espera. Las maderas del banco y sus clavos oxidados conocen el recorrido de los perros, saben de antemano quien apoyará su espalda para leer un diario y saben de un lamentable nunca. La plaza nos mira, a veces es fondo de pantalla.

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Ciudad La ciudad nos vuelve tramposos. Hay un roce con lo cotidiano que no se puede evitar. Los días de la metrópoli impregnados de basura de manteles que no queremos lavar en casa. Vientos suaves al atardecer. El monstruo que dice ser se va a dormir sobre tirantes. Le dejaron queso en tramperas.

Cortadas Pocos conocen el porque del nombre cortada para referirse a las calles sin salida. Mucho tiempo atrás se mandó a vivir por callejuelas del suburbio a personas dementes y con conductas suicidas que podían poner en riego a la población. Estas personas solían pedir dinero a cambio de cortarse su piel. El espectáculo fue conocido y no tardaron en bautizar a la pequeña calle de veredas angostas: la calle de las cortadas. Al lugar llegaron turistas y curiosos. Se hicieron plateas y palcos, pero antes, había que pasar por boletería. Cuando no hubo más espacio y ya no cabían ni los suspiros, John Baird, vecino del lugar, inventa la televisión.

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Baba del diablo La baba del diablo nace en las islas, y desde allí, se propone un vuelo errante sobre la ciudad. Se detiene en un balcón cualquiera hasta convertirse en basura para plumeros o hasta que su materia se confunda con ácaros de la casa. La baba del diablo es el mal que huyó de a pie de las ciudades. Es la genética evolutiva de las serpientes que ahora intentan el vuelo. El lugar elegido, sufrirá maldiciones que los cuerdos no entenderían nunca. Cada domingo, se limpia la casa, por si acaso y para evitar que los sufrimientos se aferren a las manijas de las puertas blindadas.

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Historias caminadas

De viaje

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Comienzo de viaje 1. Vibraciones desarraigadas atrapadas en árboles. Plantaciones que acompañan la ruta. La mano de un hombre que saluda a contraluz y olvida por momentos la tierra que ofrece sus frutos jugosos, listos. Mi añoranza se entierra en el hueco que obró la pala que planta semillas. 2. Cuando fuimos velocidad la imaginación preparó una estación de trenes, a la hora de la siesta, de boletería cerrada hasta el domingo, de un libro olvidado en un banco, y gente, que decide hacerse de la espera. El expreso se lleva las valijas y un poco de calma de los parajes. 3. El abanico le contesta al calor y cada paisaje a los impulsos. El trayecto es la máquina reveladora que pide a mis ojos y devuelve a mi asombro. 4. Nos bajamos. El asiento conserva las siluetas, las ventanillas, la epidermis de la naturaleza.

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Lluvia en el riomar Las olas golpeaban el muelle con bravura. Desde la ventana del bar no pude distinguir el faro que por las fotos debería estar ahí. En cada esquina nueva de la ciudad vieja se esperaba que escampe. Nosotros buscábamos la casa de Onetti, y en la casa de Onetti llovía y en miles de casas. Llovía en las cruces que marcamos en los mapas y en la guía de direcciones de hojas arrancadas. Igual, preferimos permanecer perdidos sosteniendo la sorpresa en los pies. En el televisor el rojo le ganaba al verde por pocas cabezas. En la barra se bebía medio y medio de caña sin levantar la vista del diario. Preguntamos. La calle se llamaba Gonzalo Ramírez, estábamos lejos. Dijimos gracias a los parroquianos y a todas las cosas del bar que nos hacían sentir de viaje. Cuando llegamos, no encontramos placas ni recordatorios, nada indicaba que estábamos en la última casa del escritor. ¿Qué podía contarnos el tapial o el timbre que alguna vez tocó su amante? El agua corría fácil sobre la alcantarilla. La rejilla era la boca que escurría el mito de estar ahí. De vuelta al hospedaje, ella me dijo: ni siquiera era la misma lluvia de los libros de Onetti.

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Perros de la ruta

1. Entregados al hombre de paso, por unas cuadras, negocian el movimiento de sus colas. Luego desaparecen en un estrecho camino de tierra que quizás vaya a parar a la casa que les da comida. Desde allí, ladridos de otros perros toman la posta. 2. Los perros viejos deambulan las banquinas de lado a lado, conocen el peligro: una línea blanca, dos amarillas, otra línea blanca. Mi viejo dice que cuando han ladrado lo suficiente y sus patas ya no pueden perseguir ni a un carro de zulkie, se tiran a esperar ciegos en el asfalto. 3. Al costado de la ruta hay perros muertos. La banquina es el cementerio para todo lo que camine sin dueño, y su fosa no ha sido pensada para cerrarse.

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Mariposas Todos los insectos que se llevó la aerodinámica del auto, en la boca gris del radiador, una mariposa mantiene las proporciones de su forma. Los vientos cruzados de la mala suerte no pudieron derrotar su belleza. En mis ojos sigue el aleteo.

Fronteras En las aduanas se hacen trámites, sellan papeles mientras los autos se estacionan. En las fronteras, un poco antes o un poco después de eso, los turistas dividen lo que extrañarán.

Desayunos en hoteles Muchas veces, en nuestras casas, nos servimos un desayuno continental. Y no lo sabemos.

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Casa de vacaciones La casa se acomoda y te despide. Todas las casas del mar se contagian en su entorno, y sólo las llaves la regresan del sueño de cal, arena y agua. 1. El descascarado de las paredes, un rápido pintado de blanco, los adornos enemistados entre sí, la Siam, su sonido motor, las flores del mantel de hule y las humedades del encierro, se mantuvieron como postal de casa de viaje. Adentro nos esperaba un hilo de tiempo que unía la última vuelta de llave del verano pasado. 2. Las ondulaciones del terreno llegan al mar, la tierra sostiene paredes, las paredes impiden ver más allá de ellas. El tapial dice hasta acá sos vos. 2. (bis) Hay una ventana a lo lejos que en su borde muestra un pedacito de mar. A nosotros no nos alcanzó para primera fila. 3. En la casa de al lado ayer estacionó un camión y se llevó los escombros, y los tachos de pintura y los palos y las ramas y plantas de una vegetación demodé.

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Otro camión llegó con colchones king size, persianas, sillas de jardín, césped, juguetes, árboles a medida y flores en escala de colores que pidió el arquitecto. 4. Los nuevos vecinos miraron sobre el tapial. Varias veces espiaron. Se cansaron del ventanal que da al mar y quisieron teatro 5. Frente a la casa de vacaciones, una casa de arte. Treinta y cuatro maderas pegadas sobre un lienzo costaban lo mismo que la casa que habitábamos y la mitad del valor de cuatro cartones corrugados cilíndricos.

Cosas de mar El mar devuelve objetos envueltos en caracoles, ostras y algas. Es un medido abrazo a las cosas. Las cosas que no usamos o perdimos, y que al mar poco le interesa.

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Playa. El viento arrastra la arena, borra las pisadas. Algunos llegan y son los primeros en dejar huella. Despu茅s, montones de pies avisan de d贸nde vienen y ad贸nde van; hasta que la marea se lleva un muestrario de visitantes. El viento arrastra la arena, borra las pisadas. El hombre en su ingenio, inventa un camino interminable de tapitas de gaseosa para perpetuarse en la playa.

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Pájaros. Sobre las rocas tres pájaros negros. Las olas golpean con fuerza la superficie, la llegada de un bañista los inquieta. Abren sus alas, salen de a uno. El último, confía el mayor tiempo posible.

Temporada 1. El fin de verano se filtraba por los rincones de la casa. Estábamos a pocos metros de la calle que acompañaba la bahía, el estruendo de olas llegaba de a ratos. En todo el día pasaron tres autos. A lo lejos un señor levanta una caña de pescar, lo sigue un perro y ecos de otros que ladran. Alguien golpea unas maderas para dejar en evidencia la tranquilidad. Las hojas de los álamos aplauden el fin de temporada alta.

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Ansiedad de viaje Los carteles de la ruta miden kilómetros. Los kilómetros son inversamente proporcionales a la ansiedad de llegar. Eso que a lo lejos parece un charco es un engañasentidos, un pedazo de recuerdo que comienza a formarse. A la vuelta, sobre la misma ruta, nos lo llevamos puesto.

Cartel Se vende éste lote decía el cartel. Un alambre sostenía un perímetro imposible, más de cien pinos, una loma y una laguna. El alambre seguía a lo lejos y no se entendía qué era horizonte y qué alambre.

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La costa 1. Las dunas se elevan y desde la calle no se puede ver más allá de ellas. Es un telón que protege al mar desnudo, la preparatoria para el que intenta plenarse. Es la seducción del mar, su ropa interior. 2. Volvíamos a paso lento. Nuestro andar absorbido por el cuarto de sol que se reflejaba en los balcones vidriados. En la playa se caía el agua, de arriba contra la arena. Derriba la arena podía el mar decir siempre. Cada casa con su luz preparando la mesa de la cena, una secuencia parecida sólo modificada por el capricho sinuoso de la costa. La puesta en escena cambiaba decorados y personajes. Y el mar seguía derribando para todos los ojos su guión. De arriba contra la arena. 3. Hundir los pies en la línea espumosa del mar, mirar detrás de los hombros, ver que las huellas son sólo pisadas que duran segundos.

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Sobre el río Urubamba 1. Se podía caminar por las vías pero teníamos que escondernos. El único camino de tren era de una empresa privada que lo había comprado. Entonces pasamos cercos, plantaciones y gente que se sorprendía con nuestras ropas de expedicionarios. En la travesía descubrimos ruinas envueltas en selva, desconocidas por los atlas, aunque cuidada por el río Urubamba y su entorno. Él era nuestro cerco y conducto para llegar al Machu Pichu por una ruta alternativa, fuera de catálogos. Después de diez horas de andar llegamos a la encrucijada que nos proponía el río. Una opción era caminar entre barrancos precipitados, y otra, esperar a una pequeña cabeza de tren que pasaba cada cuatro horas para controlar el estado de las trochas. Decidimos esperar en la improvisada estación. Las montañas a nuestro alrededor paraban los vientos, y aunque eran las seis de la tarde, no existía intento de luz mas allá de ellas. De repente divisamos humo de una guarida, un puesto de espera. Nos fuimos metiendo en el surco de camino, uno de nosotros palmeó y saludó con un hola, varias veces. Una mujer con voz finita nos respondió y enseguida nos invitó a entrar a la casilla hecha de cosas encontradas. Un pequeño fuego en una lata contorneaba nuestras facciones sobre la pared acanalada. La mujer de diminuta figura se arrastraba apoyando

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los puños en el piso. No tenía piernas, en realidad sí, pero le colgaban como carga inútil. Nos contó que nunca había salido de allí, que disfrutaba las historias de visitantes que por ahí pasaban; se imaginaba viviendo otras vidas, la de los viajeros. De su madre dijo que vivía al lado, a no más de veinte metros, en una casilla similar. Sacando cuentas no se hablaban hacía más de diez años. Miramos y descubrimos otro humo, más grueso. La madre la había traído de pequeña a ésta zona de difícil acceso, para que no conozca a nadie -dijo-, y los ojos se le llenaron de río correntoso.

2. Caminé abriéndome paso entre algunas plantas y ramas que se habían comido el camino de tierra. Abrí la puerta de chapa. La madre estaba sentada sobre el piso revolviendo un caldo. Sus ojos giraban con la cuchara y el fuego se reflejaba en sus cabellos blancos que casi tocaban el piso. Cuando la saludé dejó de revolver la sopa, se podía entender que ese gesto iba a ser mi bienvenida. Miré para distinguir algo fuera de la oscuridad y para no irme de allí sin mirar. En un cerrado español me dijo que si quería queso tenía que pagarle diez soles y dos más por el pan. Le compré y cuando quise comenzar una conversación tomó la cuchara y perdió sus ojos en el remolino que forma el agua.

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Nazca 1-En la zona de Nazca se puede dibujar una línea en la tierra y volver al año a continuarla. Todo es árido y de color arena, no llueve. Los frentes de las casas están sin terminar y es común encontrar el segundo o tercer piso con hierros como espigas brotados de los techos. El que construye alimenta su deseo de una familia sostenida en su cimiento.

2-Las líneas de nazca sólo pueden apreciarse desde las alturas y si uno las camina, observará un surco de no más de quince centímetros. Una corriente de investigación habla de caminos hechos por una civilización anterior a la incaica: matemáticos religiosos que sabían volar y trazar líneas sobre un lienzo que prometía la perpetuidad. Artistas.

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Jaime Adan, el pintor de Madrid. Jaime dejó el bolso de acuarelas en el piso y se paró sobre la mesa del bar que a esa hora estaba atestado de gente. Dijo así: hijos de puta, cómo pueden tener éste río, es increíble - a viva voz en su tonada española teñida de viajes por el mundo-. Algunos dejaron el bocado suspendido entre la boca y el plato, miraban a Jaime que saludaba con una reverencia. El personal de seguridad se nos acercó y nos pidió que nos marchásemos. El río siguió empujando peces.

Lugares Líneas que traga el auto que conduzco. Bordes de árboles, a lo lejos, jugando con las distancias, antepuestos al cielo atenuado que no repite secuencia. Las sombras sobre el asfalto mueren veloces. Carteles indicando lugares que esperan, que guardan secretos al visitante; y los develan de a poco, como una delicada conquista amorosa, como si alguien alguna vez les hubiera hecho daño.

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Isla de Taquile En la isla de Taquile los hombres solteros deben llevar un chullo o gorro tejido con un detalle de la cola en blanco. Si la borla del gorro esta inclinada hacia atrás indica que la persona que lo lleva no busca nada en especial. Si la borla se lleva a la izquierda habla de una relación, el tejido debe ser rojo, al contrario, hacia la derecha, indica que busca pareja. Para casarse se debe saber que se ofrendará el gorro rojo tejido a mano durante nueve meses. El suegro puede rechazar el trabajo y posponer la boda hasta que el gorro sea aceptado. La mujer vivirá un año junto a su amado y no podrá cortarse el cabello. Si el acuerdo no se ha roto en ese tiempo, la mujer se cortará el cabello y cocerá con él un cinturón con dibujos. Los motivos corresponderán a la representación de las cosas vividas en ese año. Nadie se saluda dándose la mano sino que intercambian hojas de coca. En la isla no hay policía, existe un consejo que trata los temas preocupantes y se toman decisiones democráticas. En caso de duda, se recurre a los ancianos. La isla tiene siete kilómetros de longitud y esta situada en medio del lago Titicaca. Por la mañana, muchos de sus habitantes se desplazan hacia un lado de la isla para recibir al sol, hacen lo mismo, hacía otro lado, para despedirlo. Viven así desde hace mil años. Un turista no puede quedarse más de 48 horas.

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EL coso cubano Salió de compras por el centro. El vendedor quiso saber de dónde era, le llamaba atención el habla, casi como un canto. -Soy cubano, llegado hace poco y casado con ella: una argentina simpática en la juventud de los cuarenta. -¿qué esta buscando? - Quería un coso para pasar música en el carro. - Un autoestereo. - ¿Así se le dicen acá? -si, ¿y ustedes como le dicen? -Nada. Nosotros no le decimos nada porque no tenemos.

Ventanita al mar. Para piliquie

Le gustaba tanto el mar… La arena no se despegaba de su piel y por donde pasaba dejaba un camino de genista. En la ciudad ponía sus pies en agua, hacía olas. Alarmas y teléfonos se llevan el viento permeable, ese brote de la costa, pero el sonido de gaviotas estaba en su cabeza, cuando recordaba, todo su cuerpo se volvía amarillo y las cañerías de la casa aullaban con voz de bahía.

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Campo La flor seca de un cardo comenzó a desprenderse. La brisa de la mañana le dio la última palmada, una despedida. Rodó y voló por la planicie de los kilómetros de sembrado, en toda la existencia de lo plano. Su desprolijidad en el andar la llevó lejos, tan lejos, que traspasó el cerco custodiado. Ahora sus semillas tienen calles asfaltadas y control de visita, siempre y cuando los cardos sean bienvenidos.

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Rutina de verano

Con sombrillas se clava el día. Los vecinos se saludan en el camino de playa, uno va otro viene, dicen del clima y de las olas más bravas. La tabla de surf sale todas las mañanas más temprano que el sol y la chica que se mece en la hamaca se olvida del quejido que la sostiene. Sostiene un mate a las once, a las doce y también a las siete. Pasa un auto levantando polvillo. En una sombra de un techo de caña se forman notas de un piano. Un pájaro prueba la escala y se va. Siguen los aleteos y una nube negra se forma. Un niño grita a lo lejos. Descubre el eco que intenta el secuestro de su voz. Se perciben que los días serán así. Y no pasa más que eso.

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Sudestada La sudestada es un abrazo del río, convencido por el mar, que le dice que se suba a las calles y salpique las casas. Que se meta. Que toque a la gente que vive de espaldas. Que yo estoy acá.

Regador La falsedad de un regador en un jardín. Salpica y grita como un grillo. Tiene boca de lagarto y cola de serpiente confundida en manguera bicolor El pasto espera su vuelta y no le importa si es verdad o mentira la lluvia.

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Autoexiliados Por el norte, casi en el límite, autoexiliados de las grandes ciudades. Llegan al paraje que los deslumbró en las vacaciones de diez días. ¡Volvimos! Nos quedamos para siempre. La esquina es una postal. Un hilo de agua surca la parte hundida del adoquinado. Un almacén saca sus precios en un pizarrón. Se respira sabor a chicha, hay ciruelos y duraznos en las veredas; bicicletas sueltas por el piso. Una pareja toma mate en la vereda, son ellos, portan el acento veloz. Ella dice de salir a caminar, él, pone candado en la casa de rejas -se vuelve-, y prueba de un empujón que la puerta quede imposible. Se entregan al atardecer y juegan a que un día dejarán de ser turistas en esa tierra.

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Primera vez Ya había dejado que la arena tome el molde de mis pies -el truco del mar para reconocer la identidad del visitante-. Ya había dejado que una gaviota vuele de este a oeste y algunos otros pájaros se posen en dirección a la lente de mi cámara. Ya había dejado de entender la ira del oleaje y a los que caminan kilómetros en la playa y a los que se tiran el día en el metro de arena mientras el sol pueda seguir traspasando el factor 15. Ya había estado en el lugar donde saqué esa foto en la roca que se mojaba de a ratos con la rompiente. Ahora, otro principiante esta intentando una toma. Idéntica. Un álbum lleno de la misma foto de vacaciones. El mar retratado y la sensación de la primera vez.

Iruya El colectivo zigzagueaba un camino descendente, y no supo hasta toparse con las máquinas obradoras, que el río había tapado la ruta con lodo y piedras. Descendimos y comenzamos a caminar por un sendero que balconeaba todo lo que la naturaleza había querido arrastrar, un tumulto de ramas, árboles y rocas en caldo marrón. Iruya se encontraba aislada, todo el pueblo ayudaba como podía, las palas y picos descansaban en la puerta de la iglesia.

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Después del trayecto, buscamos un bar. Bebí un te de coca y bicarbonato para reponer fuerzas. El paisaje tenía el don de sorprender y poco caso le dábamos a la discusión de la mesa contigua -hasta que uno de nosotros preguntó qué pasaba-. La mujer explicó que tenían sus camionetas varadas en el hotel y que no podían regresar a sus negocios en la ciudad de las sombras. Dijo que ya había iniciado acciones legales contra la intendencia. Un parroquiano escuchaba desde el umbral, limpiaba sus botas. Venía de trabajar bajo el sol del mediodía. ¿Les falta mucho? Preguntó con curiosidad el hombre que se había quedado del otro lado de la historia. Tenemos para dos semanas o tres, si es que el río nos perdona. Otras tres semanas acá me muero- esgrimió con dureza su mujer, que luego agrego: ¿pero acá, qué hay para hacer? El parroquiano le señaló la pala.

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Barco en la arena Un barco que siempre se estĂĄ hundiendo, en cada oleaje. Islas donde no va a encallar nunca. Tierra firme donde un conquistador descansa los fracasos; de a ratos olvida. La marea te va tragando cada noche, la espuma se hace mas espesa y se oxida preguntĂĄndose si algo valioso vivĂ­a en tu carga. En el mismo mar estamos los dos, el misterio vuelve y va, en ese ciclo incansable de la luna.

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Historias caminadas

Histerias breves

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Tres Historias unidas El loco de la bicicleta

El loco del colectivo

Desde que la novia lo dejó no hizo más que pedalear. Cuando estaba enojado y algún recuerdo lo afectaba le daba mayor impulso a sus pies. Y sus pies no se despegaban de los pedales. Cuando se dejaba llevar en las miradas de los otros, soltaba el manubrio y desafiaba al mundo. Manejaba el equilibrio con su torso erguido y silbaba, casi siempre lo hacía por más que estuviese enojado.

No le alcanzaba la guita y se lo veía enfurecido, mucho más que de costumbre. Hacía avanzar el pesado bólido y en la avenida lo ponía a sesenta. Nadie le decía nada porque ya lo tenían junado. Contestaba mal y había que bancarse un viaje de maldiciones. Pero había días que se olvidaba de sí, cuando llevaba su radio a todo volumen y cantaba, ¡cómo cantaba!

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Cosa de Locos En la esquina de Pellegrini y Mitre se encontraron. Una historia quedó bajo la otra. La gente se fue juntando, al rato no hubo más lugar en las veredas. Todos querían llevarse un pedazo del cuento. Un vendedor ambulante se detuvo y después de mirar sobre hombros ajenos, colocó una madera gastada sobre el taburete y exhibió sus productos recién horneados. ¡A la turca, a la turrrrrrca!

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Curiosidad de un día cero grados. Esperaba las heladas de invierno a pesar del cuidado que dedicaba a sus plantas; y del césped amarillo seco, y del frío que llegaba a secarse las manos en la salamandra. Cierto estado de incomunicación sucede con los días que no salen de su frazada, pero para ella estaba bien así. En una ventana congelada todavía se podía leer: te quiero.

Alquimista

Había sido picado por el mal de la noche. Contagiado por los ojos de la luna, que pedía alimentarse con el desvelo de los madrugadores que se manchan con la tinta de los diarios o de aquellos paseadores de perros tempraneros. La vida noctámbula cobija el éxito de la alquimia. Es que alguien tiene que quedarse en vela y cruzar miradas con los primeros habitantes del rocío fresco, para cambiar los humores de una noche que termina y un día que comienza.

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Torta Un hombre de noventa y nueve años falleció esta mañana. Mañana hubiese cumplido cien. Pero esa mañana no llegó, y alguien llamó y canceló una torta. La recepcionista preguntó: ¿qué hacemos con el pedido?

Deportes Nuestro jugador estrella de treinta y nueve millones de dólares hizo cerrar un conocido restaurante porteño para poder charlar con hermosa señorita. La enamoró en su yate de cien mil euros, le prometió el cien por ciento de su corazón y un viaje por las distintas monedas del mundo. Ella dejó su trabajo de promociones de dos mil quinientos pesos y le dijo

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que sí, en la boda de trescientos mil euros. Pasó el tiempo como pasa la tarjeta en un posnet. El abogado de él, de cuatrocientos pesos la hora, dijo que estar bien tiene su precio. El analista, en otras palabras y con otros costos, habló de lo mismo. La madre de ella comentó: qué barbaridad, en las revistas se los veía tan lindos. Ella, todavía conserva su botín y un molde de éxito difícil de llenar.


Pausa entre dos

Medios

sueños

de comunicación

El hombre que descansa y hace así su religión sabe que no hay tiempo perdido. Quizás sea el que más respete al tiempo, que con fuerza innegable, arrastra las horas, y a veces (la mejor de las veces) las desliza tan suavemente… El hombre que descansa me habla de la sutileza, de la importancia de las agujas.

El humo bordea el cartel que prohíbe el humo. Se permiten carteles que bordeen humo. Se permite imaginar figuras con el humo, se permite aspirarlo y alojarlo en nuestro estómago. No se permiten aspirar los bordes del humo ni tratar de entender los carteles que prohíben el humo. Se permite hablar del humo pero sin humo cerca. Se permite no conocer el humo y describirlo por completo. Se permite inventar un incendio sin humo. Un mar de humo. Una tristeza de humo.

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Veredas del bar victoria Desde mi ventana pude ver la explosión. Sillas y mesas se desprendieron del suelo para convertirse en masa de polvo. Los pocillos de porcelana, en partes, todavía conservaban la temperatura del café. Café con suerte, de los dos señores que habían estado sentados ahí, y ahora de espaldas, en diminuta figura, se alejan por veredas apacibles. Fueron los dueños de la publicidad de la tragedia que no fue. Y no saben, aunque quizás alguien les cuente; y dirán que la sacaron barata, o que les queda otra vida. Horas más tarde, los trabajadores de energía eléctrica cargaron el viejo

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transformador subterráneo y colocaron el nuevo. En las veredas se pueden distinguir los mosaicos recién colocados. Bajo una de las mesas, una cruz de brea, marca el próximo paso del destino.


El botellero

Histeria de la Soda en vaso

Tenía el carro repleto de cacharros, sobresalía un colchón de dos plazas, una heladera, una cocina, dos sillas. El caballo cansado daba su paso noble. Seguramente sabía volver. El botellero tomó el megáfono y a mi entender se dio cuenta que había sido un buen día. Después del silbido que produce el acople se escuchó un eructo largo y se acarició la panza.

Algunos dicen que el vaso de soda debe tomarse para borrar la memoria del paladar y degustar el café sin agravios, sin recuerdos. Otros cuentan que debe tomarse después de todo, para evitar las maldiciones del grano de café, que en la boca y en forma de borra, puede armar un destino o modificar el existente. Los dubitativos, toman un trago rápido ni bien los mozos apoyan el vaso en la mesa. Mientras mezclan con café sorbos de pensamientos o conversaciones, miran el vaso y cuentan las burbujas que desaparecen; se esfuma como la sensación de haber tenido.

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Los inquietos de la duda toman breves sorbos y dejan un resto para el final -casi de la altura de un dedo-, no vaya a ser cosa que la suerte, ese día, tenga preparado un mal plan.

Histeria de la soda en Sifón Será porque está lleno de mentira contenida: eso que llega desde las montañas o de un canal cristalino de agua. Será porque debe aguardar en galpones y después salir en destartalados camiones, esperando los timbres, que baje el dueño, y si no está, volver otro día. Los soderos después de más de lo mismo se cansan y tiran los cajones con violencia para que la burbuja se vaya armando. - 90 -

Les quedará esperar de a seis detrás de la puerta o en el cuartito de las porquerías hasta que una mano se lleve uno o dos a la heladera. Cuando abrimos la bolsita protectora y el gas no sale es un buen augurio.


Ami//stad

Comunidades

Cargamos adjetivos y frases en nuestras espaldas, y la calle tan temida tiene vidrieras, reflejos. Hay personas que caminan hasta perder la suela con resúmenes tan breves; y otras que apenas asomadas al umbral no podrían guardar en su casa los halagos. Tuve un amigo que fue amigo. Claro que es posible que diez años se disuelvan en el último vaso de cerveza, sin saber que ese es el último. Despedidas que evitan anuncios, pisadas del tiempo que borran momentos para describir al otro que se fue. Desapareció, es la palabra que devoró todo lo que pueda decir de él.

Odiamos y ningún amor puede quitarnos ese don de odiar. Odiamos en la calle las puntas de los paraguas, odiamos las alergias de la primavera, odiamos lo que no reluce en nosotros. Y con todo el odio, construimos comunidades.

Redes sociales Después de veinte años y gracias a las redes sociales volvieron a verse los rostros. Después de veinte años y gracias al sentido común, evitaron volver a caer en los tentáculos que prepara el futuro, que les hizo creer que dos pasados cobran vida desde un lejano eco capturado en un click. - 91 -


El pino Cuando era chico decía que el pino ese que estaba ahí adelante cerca del cerco era yo. También decía que las tormentas lo hacían crecer. Sabía que mi altura nunca alcanzaría la altura de los árboles porque ellos echan raíces más profundas que sus copas y se expanden y se elevan y nosotros tan sólo intentamos. Por suerte no estuve el día que derribaron el pino. Llegué cuando sus partes apiladas imitaban una torre. Aunque ahora digo que es una torre, porque las partes agrupadas intentaban ser algo y en ese momento no era nada, sólo una solitaria tristeza. El tronco cortado al ras tenía unas flores que lo circundaban.

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Recordé en ese momento las guirnaldas de navidad, un acampe bajo su sombra y la silueta espigada balanceándose en su lucha contra el viento de verano. Por esas épocas, nada podía distraer el silencioso complot que teníamos. El día que podaron el pino no estuve, porque quise guardar la imagen entera y no por partes. Después de todo, comencé a juntar las astillas del suelo, apilé los troncos, reavivé las ramas y comencé mi vida número dos.


De su cuerpo

Objeto de entretenimiento

Se necesita dar con el paradero de quien se perdió ayer por la tarde. Llevaba una miga de pan pegada en sus labios y un sabor a uva en su cuello. De su cuerpo brotaban líquidos. Tenía las manos transpiradas (de a ratos se las frotaba), una carta en el bolsillo y muchas palabras alojadas en su boca. De su cuerpo brotaban líquidos con sabor a despedida. Quien lo encuentre deberá esperar que vuelva la sangre, que gane la batalla de todo lo que ha sido. Solo así podrá beberse. La contraindicación no es una etiqueta, es su aprendizaje.

Difícil será superar las vueltas de la calesita. Una vuelta obvia, ciclo hipnótico perfecto. Play station 3 con joysticks inalámbricos y dos juegos de regalo aseguran la estadía de una tarde. Van tres vueltas. En la plaza mastico un chicle que después de unos minutos pierde sabor, pero sigo, mi boca mecanizada acompaña otra vuelta más. Los amigos pasaron de pantalla, pero se trabaron en la parte que el dragón lanza fuegos, insisten, pero no pueden. Mi hija cuando sea grande dará una vuelta y tomará la sortija por sorpresa, o no, mejor no, que cueste pero que sepa que no hay imposibles.

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Pasa otra vuelta lenta que gira con la inercia. Los amigos se cansaron del juego, salen rápido a comprar otro. Pasan los aviones, los autos antiguos, la banda de Mickey y un caballo que no piensa girar su cabeza. La calesita se detiene y sube alguien por primera vez. Dejará que la alegría y la sorpresa le ganen unas vueltas.

Problema vial El señor de los cordones largos no pudo avanzar y el tránsito fue caótico. Una mujer pisaba el cordón de su pie derecho y otra mujer el cordón de su pie izquierdo. Le pedían a dúo una definición.

Vientos Todo lo que pasa se mueve y genera viento. Un hombre va recogiendo esos soplidos y se queda con pincel en mano toda la noche y parte del día. Pero la correntada se llevó la hoja en blanco y el tiempo sólo es cansancio cuando se observa y no cuando se hace. Que el viento llegue y vuelva y deje todo en el mismo sitio, esa, la desgracia del artista.

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Carta Suspendía mis deseos hasta la llegada del cartero. El repartidor de suertes y desgracias se quedaba a mi lado para escuchar lo que ella me decía y en varias oportunidades me ayudaba a redactar la respuesta. Esto ocurría cada dos meses. Exactos dos meses. Tenía la costumbre de besar a los caballos cada vez que cerraba la carta, luego la depositaba en la bolsa junto a otras esquelas, que quizás eran textos desgraciados como los míos. Porque sólo me sentía bien con su carta de regreso, por más que me pedía entre lágrimas que nunca más le escriba.

Ese cielo Mira al cielo quince días al año – el año que viene le tocarán veintiún días- o cuando pasan aviones. Si no juntó dinero para pasajes se lo pierde. Sabe que en la ciudad nadie querría levantar la vista un poco más alto que los techos de los autos. Alguna vez se le oyó cantar: porque ese cielo azul que todos miran, ni es cielo, ni es azul.

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El amor

Soledades

Estaba enamorada del amor que le daba estar enamorada. Quería que su amor dure muchas horas, quería vivir los días enamorada por siempre. Cuando formó la idea del tiempo se terminó el amor y el enamoramiento que tenía de su propio amor. Ahora vive el duelo de la nostalgia del amor, las horas son más largas; como las había pensado estando enamorada.

El hombre que conocemos desde hace años solo, un día nos habló. Asegura no conocer la soledad y que nadie pudo describirla con la inmediatez y la seguridad del abordaje. Dice de un espacio a la nostalgia, a un recuerdo que ocupa lugar. Cada pensamiento en éste mundo es un lazo a las cosas que nos pasan. Y nos atamos a cualquier cabo, tomamos todas las sogas; las que nos llevan adelante y las que nos devuelven a los tiempos vividos. Me he acercado a su estómago y me sentí inmortal, sin miedos aunque sin risa. Me sentí el más acompañado de los solos.

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Espectáculo En el día de hoy y hasta la semana que viene se presentará el famoso grupo “los recolectores de civilización”, nos mostrarán su colección de cosas que encuentran en la calle. Los objetos van desde una abuela perdida hasta un pequeño alfiler en un pajar, pasando por botellas de plástico, botellas de plástico, envoltorios de alfajores y botellas de plástico. Todo encontrado en ese orden

Yo no se si las cámaras de vigilancia buscan detener al ladrón que se llevó el beso en los pies de las veredas. Lo cierto, es que el odio es más odio y que las puertas blindadas sólo protegen ese pedacito de amor que puede quedar en nuestras casas. En la calle quedan penas asfaltadas, penas sobre penas. La transmutación de ellas hace la vida de estos tiempos, amarga, ácida, como la manzana podrida que contaban en la escuela.

Ficción de la pulpa Se violentó y vaya uno a saber cuál fue el motivo inicial o lo que dio comienzo a la rueda devoradora que circunda las calles como el mejor policía. - 97 -


Esquina del pueblo

Charla

La medianera del hotel lindero me permitía ver una parte de la escena de la calle, entonces, sólo veía una mano y parte de un saco azul. Veía también un portafolio en el piso y varios billetes desparramos que pronto levantarían vuelo gracias al viento. No se trataba de entradas de circo o publicidades de financieras. Quise saber más. Indagué a una persona cualquiera que pasaba por ahí; mi pregunta dejaba en evidencia la falta de temporalidad con el lugar. Mire, no se trata de las personas como usted cree -me dijo-, se trata de la esquina, en ese lugar la gente se para a devolver lo que le sobra. En ese momento hizo un silencio que acompañé. Después agregó: en esa esquina me dejaron.

Los señores estaban terminando de cenar cuando ingresé al restaurante. Los escuche hablar de perros y sus razas, de mujeres y sus mañas, de autos y velocidades, de música, política, artes rupestres, de lo complicado que se había puesto el clima, de los nietos, de chistes de suegra, de lo jodido de la vejez. Pidieron un cortado y hablaron de televisión, de lo lindo que eran los radioteatros, del sistema perverso, de las vacaciones, y de una murga que no se conoció pero que era muy buena. Después la charla quedó atrapada, sin retorno. Hablaron de dinero. De una deuda que los envolvía.

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Las latas de Ernesto

La única manera que la madre de Ernesto conocía para calmar el estado nervioso de su hijo era ponerlo a abrir latas. Compraba latas de picadillo, conservas, ensalada de frutas, batata, aceite y se las dejaba en la mesa. Ernesto tomaba una a una con poca paciencia y las abría, por arriba y por abajo y luego desechaba los productos que las latas contenían. La madre de Ernesto dejaba más de la mitad de su sueldo en latas y sólo en contadas ocasiones podía reutilizar la comida o el producto contenido en ellas. Una vez, la madre volvió del supermercado con las manos vacías,

la habían asaltado. Ernesto se enfureció y comenzó a romper los muebles de la casa y a lanzar insultos. Se mantuvo intratable por un rato, hasta que la madre pudo contenerlo, encerrándolo en su habitación. Entonces la madre de Ernesto comenzó a hacerse un stock de latas para la semana y en cuanto pudo compró como para un mes. Los repartidores del supermercado llevaron los productos a su domicilio. Bajaban latas de todos los tamaños que se almacenaron en el sótano de la casa. Llegó a tener seis meses de su sueldo en latas. Con el desperdicio de hojalata y embases cilíndricos abiertos, la madre comenzó a hacer casas para perros, artesanías y juguetes no aptos para menores pero de curiosas terminaciones.

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En épocas de baja venta, Ernesto tuvo prohibido bajar al depósito de las latas. Pero eso sí, nunca se le permitió abrir más de diez por día. Eso lo respeta.

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Índice:

Prólogo…………………… 5 Los pasillos de la casa……… 9 Por las calles…………… 29 De viaje…………………… 55 Histerias breves………… 81 Índice…………………… 101 Página siguiente… ……… 102

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historias caminadas