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sexo y

violencia:

las conexiones

PELIGROSAS Agresividad y sexualidad comparten espacio en el cerebro. El descubrimiento de vías comunes entre ambos comportamientos nos puede ayudar a tratar la violencia con mayor efectividad

Por

PATRICIA LUNA

¿Hay un componente sexual en la violencia? ¿Y qué tiene el sexo de violento? La relación entre estos dos mundos, en apariencia opuestos, ha sido explorada de manera constante en el ámbito cinematográfico, musical y literario. La referencia más clara es, sin duda, La naranja mecánica, la estremecedora y brutal película de Stanley Kubrick, basada en la obra de Anthony Burgess, en la que se intenta someter a su protagonista a un tratamiento de condicionamiento pavloviano para que se recupere de su

adicción extrema a la violencia que incluye episodios de agresiones sexuales y violaciones. Los investigadores llevan décadas sospechando que la relación entre sexo y violencia tiene un origen biológico. Sin embargo, la identificación de aquello que vincula a ambos comportamientos no ha sido tarea fácil. Durante años se ha sabido que la agresividad se relaciona con el hipotálamo, una pequeña región del cerebro del tamaño aproximado de una almendra —en el caso de los humanos— que constituye una especie de sala de control


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de máquinas encargada de regular funciones básicas del organismo: la temperatura corporal, el hambre, el sueño, la sed, los ritmos circadianos… Ya en 1955, Walter Rudolf Hess y Konrad Akert, de la Universidad de Zurich (Suiza) y Baltimore (EE. UU.) fueron capaces de hacer que un gato se volviese más agresivo simplemente estimulando eléctricamente esta área, según un artículo publicado en los Archivos de Neurología Psiquíatrica. Sin embargo —y aunque un tamaño similar al de una almendra pueda parecernos algo pequeño— en términos cerebrales constituye una zona muy grande. Para conocer el origen de la agresividad, debían localizarse, de forma más precisa y dentro del hipotálamo, las neuronas específicas responsables de esta conducta. En este sentido,

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había resultado imposible repetir el experimento en animales como los ratones, que son los que se utilizan de forma mayoritaria en el ámbito de la neurociencia. Afortunadamente una nueva técnica, conocida como optogenética, ha permitido recientemente manipular el cerebro de los pequeños roedores macho para inducir el comportamiento agresivo. Esto se ha logrado inyectando en el hipotálamo de los ratones un virus diseñado para infectar neuronas y hacerlas capaces

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de aumentar su actividad en respuesta a un rayo de luz azul específico para ello. Al emitir esta luz, se activaban las células nerviosas y se incrementaba la actividad de un grupo selecto de neuronas que hacían que los animales —pacíficos hasta ese momento— comenzasen a comportarse de forma agresiva, atacando a todo aquello que se les ponía por delante: otros ratones macho, ratones castrados —a los

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Dayu Lin en su laboratorio en el NYUMC.

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que suelen ignorar—, ratones hembra —con las que, en condiciones normales, intentarían practicar el cortejo—, o incluso objetos inanimados, como guantes inflados. De esta forma, los autores del estudio, Dayu Lin y David Anderson, del Instituto Tecnológico de California (EE. UU.), lograron identificar, con precisión nanométrica, la vía específica —el circuito neuronal— donde se localiza el pequeño grupo de neuronas que se encargan de esta conducta. HAZ EL AMOR, NO LA GUERRA Sin embargo, la trascendencia de su investigación va más allá de descubrir el centro de la violencia en el cerebro. Lo más curioso es que demostraron que, además de con la agresividad, las mismas neuronas están relacionadas con la actividad sexual. Y es que

Lin y Anderson se dieron cuenta de un hecho muy particular: sólo había una manera de evitar que los ratones se volviesen agresivos una vez la luz azul incidía sobre el grupo de neuronas del hipotálamo: mediante el sexo. Efectivamente, lo que constataron fue que, si los ratones se encontraban inmersos en una actividad sexual cuando se activaba el circuito de la violencia, ciertos mecanismos cerebrales suprimían de forma natural a estas neuronas que desataban los comportamientos agresivos. Es decir, que la actividad sexual reprimía los impulsos violentos. Ahora bien, una vez que el ratón había eyaculado, volvía a las andadas y se mostraba de nuevo agresivo. Por lo tanto, esto constituye una prueba de que sexo y violencia requieren de las mismas redes neuronales, ya que las neuronas compiten entre sí y se reparten

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las dos actividades. Lin llegó a identificar que entre un 20% y un 30% de estas células nerviosas eran capaces de registrar algún grado de actividad en comportamientos tanto agresivos como sexuales; es decir, que los circuitos se solapan, hasta cierto punto. De hecho, realizó diversos experimentos para medir exactamente la actividad individual de cada una de las neuronas específicas de la vía agresiva, encontrando que un 40% de las mismas se activaban en el cerebro del ratón tanto en presencia de un macho —capaz de incitar a la lucha— como de una hembra —capaz de incitar al sexo. Por otra parte, no deja de resultar curioso que la mayoría de las neuronas violentas se mantengan silenciadas mientras un ratón practica el sexo, mientras que al contrario no ocurre lo mismo: algunas de las neuronas sexuales sí están activas durante la conducta agresiva. “La activación dual de algunas neuronas en los comportamientos agresivos y sexuales señala que comparten el tipo de red. Es decir, que la interacción de los dos comportamientos está profundamente enraizada en la arquitectura básica del cerebro”, explica Clifford Saper, neurólogo de la Escuela Médica de Harvard (EE. UU.), en un editorial de la revista Nature. Y, puesto que el hipotálamo es una de las partes más ancestrales del cerebro humano y sus subdivisiones son comunes y universales en todos los mamíferos, lo anterior apunta a que los mismos circuitos identificados en gatos y roedores existan también en el cerebro humano.


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¿TERAPIA ANTIVIOLENCIA?

¿qué es la optogenética? Nombrada “método del año” por la revista Nature en 2010, la optogenética es una sofisticada técnica que está revolucionando la neurobiología y que utiliza rayos de luz para controlar el comportamiento específico de determinados mecanismos neurológicos. Utilizando un híbrido de óptica, virología, y genética, la técnica permite llegar a circuitos neuronales con una resolución temporal de milisegundos y una resolución espacial de millonésimas de metro. El método permite a los investigadores, a través de un complejo proceso, activar o silenciar de forma instantánea grupos específicos de neuronas o circuitos con una precisión nunca antes lograda. Los neurocientíficos tienen ahora, por primera vez, la oportunidad de seleccionar partes específicas de la complejísima arquitectura cerebral, llegar a un circuito determinado e identificar lo que hace cada grupo de neuronas. Se espera que en el futuro pueda resolver controversias históricas sobre el papel que unas y otras áreas juegan en determinados comportamientos humanos.

Si realmente se demuestra que el mismo mecanismo dual forma parte de nuestra estructura cerebral, quizás podríamos especular con que esta investigación siente la primera piedra en el camino de tratar clínicamente la violencia. De hecho, Lin demostró mediante un experimento que, al menos en ratones, una terapia relacionada con estas vías funciona. En esta ocasión, lo que hizo fue inyectar un virus que permitía abrir un canal por el que se suministraba un fármaco que llegaba hasta el cerebro de los ratones para inhibir, y no potenciar, la actividad de las células agresivas que hemos descrito anteriormente. Como resultado de ello, un 25% de los ratones que se habían mostrado violentos dejaron de serlo y no atacaban a sus compañeros, mientras que el resto mostraba un comportamiento agresivo más moderado.

“En la actualidad muchas de las enfermedades psiquiátricas que implican agresividad se tratan con algún tipo de sustancias químicas o fármacos en el cerebro que afectan a muchos otros comportamientos, incluidos los sexuales. Ahora que conocemos que esta zona es específicamente responsable podremos dirigirnos concretamente a ella y desarrollar una forma

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de controlar con precisión la agresividad sin afectar al resto de las funcionalidades del cerebro y sin los efectos secundarios”, explica Lin. Sin embargo, este procedimiento, bastante invasivo, generaría sin duda un sinfín de debates morales e implicaciones éticas que han de ser seriamente consideradas antes de iniciar esta vía. Igualmente, el experimento podría proporcionar una explicación a ciertos comportamientos sexualmente agresivos. “Las células se encuentran muy cercanas las unas a las otras y es obvio que el circuito sexual inhibe el agresivo. Es posible que, en el caso de los agresores sexuales, las conexiones cerebrales estén cruzadas o mal conectadas, lo que podría llevarles a una confusión entre los dos comportamientos”, señala la investigadora. Por otra parte, Saper señala que, aunque los hombres cometen la mayoría de los crímenes violentos y agresiones sexuales, las mujeres tienen también una forma particular de ejercer la violencia y la agresión sexual. “Hasta ahora desconocemos cuáles son los canales de agresividad en las hembras, esto no está nada claro. El circuito de agresión femenino presenta una estructura neurológica distinta al masculino. En general, los ratones hembra no atacan a otros seres de su especie con la excepción de para proteger a sus hijos. Sería muy interesante estudiar cómo este circuito se conecta en el cerebro femenino y cómo esto podría llevar posiblemente a explicar las diferencias entre hombres y mujeres”, concluye Lin.

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Sexo y violencia: las conexiones peligrosas