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El padre Darío dijo que el arrepentimiento era el principio del perdón de Dios. Luego me dio la bendición: “Yo te absuelvo”, afirmó, y agregó que me ponía de penitencia rezar tres avemarías y buscar a la persona contra la que hubiera guardado más resentimientos, para que me acercara a ella y, también, le pidiera perdón. “Las avemarías las rezo ya, padre. Pero lo segundo es más difícil porque esa persona es mi mamá…”.


VII Yonbairon estaba sentado en el comedor del hotel. Parecía molesto… - ¿Dónde te habías metido, Mileidi? – me preguntó mirando al cura. - Estaba buscando a Milena… Te presento al párroco de Arrecifes. Él conoció a mi hermana. - ¿Cómo así que la conoció? - Ahora te cuento la historia, hijo. ¿Puedo sentarme? – preguntó el padre. Yonbairon abandonó su expresión de rabia y nos invitó a almorzar. Como siempre lo hacía, decidió por los demás y, sin consultar, le ordenó a doña Sildana que sirviera tres carnes saladas con yuca y suero, el plato del día. - Yo no quiero comer, Yonbairon. Sólo voy a tomar gaseosa – le dije. El miedo me había quitado el apetito. Mi hora de la verdad había llegado y tenía pánico de la reacción que él pudiera tener ante la revelación de que yo había sido guerrillera. - ¿Qué sabe de Milena? – preguntó sin preámbulos, mientras miraba al sacerdote a los ojos. El cura le relató la historia, pero omitió revelarle que en la nota que dejaron los asesinos del marido y los secuestradores de ella y de la

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Niña decía que se la habían llevado porque tenía una hermana en la guerrilla. Simplemente afirmó, que junto al cadáver del marido, había encontrado un papel firmado por la Autodefensas del Norte. - Yo quiero interrogar a la anciana que vio a los que se llevaron a Milena y a la niña – dijo Yonbairon -. De pronto puede darme alguna pista sobre su identidad. - Al padre Darío le falto decirle algo a Yonbairon – interrumpí sin pensarlo más -. Que a Milena la secuestraron porque tenñia una hermana guerrillera, y que esa soy yo… Yonbairon golpeó la mesa con una fuerza tal que la hizo tambalear hasta que rodaron los vasos con las gaseosas que doña Sildana nos había servido. - ¿Que pasó aquí? – preguntó la dueña del hotel, quién salió de la cocina apenas escuchó el estropicio de vasos y botellas que se rompieron al caer al suelo. - ¡Que Mileidi es una hijueputa guerrillera! – le contestó Yonbairon al tiempo que daba un potazo y abandonaba el hotel enfurecido. Me puse helada. Doña Sildana me miró sorprendida, pero el padre la tranquilizó diciéndole que no se preocupara porque yo ya había abandonado la guerrilla, me había confesado y estaba arrepentida. - No podemos hacer cosa distinta que esperar a que el hombre se calme y regrese – comentó el cura -. Yo sí voy a almorzar – agregó, mientras doña Sildana le servía su plato de carne salada con yuca y se llevaba el que estaba destinado para Yonbairon. - ¿Por qué está tan seguro que volverá padre? - Ya lo verás hija. Mis manos seguían heladas… sin embargo, poco a poco comenzó a invadirme una sensación de alivio. Sentí que los músculos de la espalda, los brazos y las piernas eran como un acordeón que empezaba a abrirse. - Es agradable decir la verdad padre… uno se siente liviano. Creo que si esta noche estoy viva, voy a dormir tranquila…

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El cura me apretó el brazo y me dijo, mirando a doña Sildana, que se hacía la desentendida, pero procuraba escuchar nuestra conversación: - Vas por buen camino, hija. - No voy a decirle nada a María de la Luz , pues no podría entenderlo, Mileidi – afirmó la dueña del hotel - Gracias niña Sildi – le dije. Eran las tres y media de la tarde… Yonbairon no daba señales de vida. Entonces el padre Darío me propuso que fuera con él a esperarlo a la casa cural y que le dejáramos con doña Sildana el mensaje de que allá podría encontrarnos. - No quiero que estés sola – comentó. Afuera hacía un calor sofocante… caminamos en silencio hacia la iglesia… Pensaba en Yonbairon: “¿Me odiará ahora que conoce la verdad?” ¿Será capaz de matarme? ¿Me perdonará la vida por ser hija de don José? ¿Se le pasará la ira, como cree el padre Darío?”. (Yonbairon ayúdame más bien a encontrar a Milena; corre los riesgos que sean necesarios para dar con ella; y larguémonos a vivir en paz, ¿sí? Hazte cargo de mí, que yo te prometo cuidarte y serte fiel… Al fin y al cabo, mi mayor anhelo ha sido encontrar un hombre que me trate bien y me haga hijos para vivir con él hasta que la muerte nos separe, como lo manda Dios… ¿No crees que podamos compartir la vida juntos? ¿No piensas que seamos capaces de sepultar nuestros pasados y vivir felices? ¿No crees que podamos tener muchos hijos, o por lo menos uno, un niño negro, grande y bello como tú? Yo no quiero morirme sin haber sido mamá, Yonbairon… Necesito conocer lo que duele parir y saborear lo que se siente después, cuando uno oye llorar a ese niño y se lo entregan y lo coge y se lo coloca sobre el pecho y escucha el latido de su corazón y lo tiene un rato acostadito boca abajo contra uno, apretado, así, húmedo aún, todavía atado al cordón… Sí, yo deseo tener un hijo para entregarle todo el amor que mi mamá me negó, para mostrarle a ella cómo habría querido que fuera conmigo. Yonbairon, hazme tu el favor…)

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- ¿En qué piensas? – me preguntó el padre Darío. - En que quiero ser mamá, padre… - Pero antes debes hablar con la tuya – me recordó el. Entramos a la casa cural… El sacerdote me dijo que podía recostarme en la cama del cuarto de huépedes y hacer la siesta. La obedecí. Apenas cerré los ojos, me quedé dormida. Desperté cuando ya era oscuro… Había soñado que un niño abrió la puerta de la casa de doña Domitila cuando me fugué de la guerrilla, recorría a mi lado un sendero que desembocaba en un río de agua cristalina. Ya en la orilla, el niño me había cogido de la mano y habiamos caminado juntos sobre las aguas hasta llegar a la otra orilla, como lo había hecho Cristo sobre las olas del mar. Encontré al padre Darío leyendo en la sala. Entonces le conté mi sueño. - Es un buen augurio, hija – dijo, y afirmó que iba a enseñarme a preparar la tortilla española que su madre le cocinaba cuando era niño. A las ocho nos sentamos a la mesa. Antes de empezar a comer le dio gracias a Dios por los favores recibidos: Unos tienen y no pueden, Otros pueden y no tienen, Nosotros que tenemos y podemos, Demos gracias al Señor, Rezo. Comentó luego que cuando termináramos de cenar iríamos al hotel a ver si Yonbairon había regresado. Doña Sildana dormitaba en la hamaca del corredor. Al oírnos se incorporó y nos dijo que Yonbairon no había vuelto. - Cuando llegue, dile que Mileidi está conmigo y que nos busque en la casa cural. Por la cuenta no te preocupes, Sildana, que te la pagará

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Yonbairon. Y si el no lo hace, a punta de limosnas te la cancelaré yo. Saqué de la habitación lo poco que tenía y camine al lado del padre hasta llegar a la iglesia… hacía brisa. El cielo estaba repleto de estrellas. Se respiraba un ambiente de tranquilidad. Definitivamente me sentía segura bajo la protección del cura. Entramos a la casa cural. Me senté en el sofá. El padre Darío sirvió dos tazas de café, se acomodó en la silla de en frente y me pidió que le contara por qué había ingresado a la guerrilla. “Es una historia triste padre… Me fui al monte buscando afecto. Y allá lo encontré… Pero también me estrellé contra la muerte y el dolor. Yo me fui a la guerrilla empujada por el maltrato de mi mamá: me pegaba por todo. Ella quería más a mis otros hermanos, especialmente a Yamile y a Julio, los menores. A Milena la quería un poco menos. Y a mi no me quería nada… creo que lo que finalmente me empujó a irme al monte no se lo he contado a nadie, padre, ni a Pedro… la decisión al tome un sábado, al día siguiente de que los guerrilleros estuvieron en mi casa, vieron los morados que me dejó en las piernas una golpiza de mi mamá y me invitaron a irme con ellos. Resulta, padre, que mi mamá llegó en la mañana del sábado, como siempre lo hacía. Ella era maestra en una escuela de una vereda lejana. Se iba los lunes en la madrugada y regresaba los sábados en la mañana. Sólo vivía con nosotros durante las vacaciones y los fines de semana. Ese viernes habían terminado las clases. Y cuando mi mamá entro a la casa les dijo a mis hermanos que los iba a llevar de vacaciones al Platanal, un lugar que quedaba a tres días de camino, donde vivía una hermana suya. Entonces mi papá le preguntó: - ¿Y Mileidi? Y ella le respondió, sin quitarme de encima esa mirada de odio: - A esa la llevo el próximo año… Entonces le dije que más bien se largara y estuviera tranquila porque cuando ella volviera no me iba a encontrar. Y mi mamá comentó: - ¿Pero esta mocosa que es lo que piensa hacer? ¿Será que lo que quiere es que le dé una buena tunda?

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Amor Enemigo