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Lectura para Síntesis:

Andrés Ortega La historia, incluso la de algunos grandes imperios, está llena de muros para marcar límites o defenderse de los bárbaros. Ahí están, para recordarlo, la Gran Muralla china o las ruinas del muro de Adriano, construido para protegerse de las incursiones de los caledonios, predecesores de los modernos escoceses. Son obras levantadas a lo largo de varios siglos; procesos históricos, más que acontecimientos puntuales, pero servían para marcar diferencias. La guerra fría tuvo los suyos, de los cuales el más simbólico y terrible fue el muro de Berlín, separación que empezó a erigir la antigua República Democrática Alemana el 18 de agosto de 1961, y pronto se convirtió en una pared de cemento de cinco metros de altura, coronada con alambre de espino y custodiada por torretas de vigilancia y vallas electrificadas a lo largo de 120 kilómetros para rodear totalmente el Berlín Occidental. Quedan otros restos de aquella etapa, como la separación entre las dos Coreas. Los muros de la guerra fría, como de otras dictaduras, se erigieron para impedir salir a la gente. El proceso de globalización fue un factor fundamental para el derribo de varias de estas murallas, comenzando por la de Berlín, sinónimo no sólo del paso hacia la unificación alemana, sino también del derrumbe de todo el sistema soviético. Pero la globalización está provocando sus propias contradicciones. En estos años, pese a los que ven el mundo plano, se van levantando nuevas barreras físicas o cómo se transforman alambradas en muros, con nuevas alturas y nuevas tecnologías. Las vallas de Ceuta y Melilla son otro ejemplo. Pues un aspecto de la globalización es el empuje de la inmigración legal e ilegal y la necesidad de defenderse de ella. No es sólo un problema de flujos de Sur a Norte, sino también entre Sur y Sur (o a veces esos nuevos sures que antes eran Este), y que, incluso, supone graves problemas para los países de paso, como ocurre con los millares de subsaharianos atrapados en Marruecos o como se ha visto en la trágica represión de refugiados sudaneses en El Cairo a finales del pasado diciembre. También los israelíes construyen un muro para evitar que pasen los palestinos, frenar el terrorismo y, de paso, fijar lo que podría ser la frontera de Israel. El distrito de Belén queda cortado. Aunque esta valla tiene poco que ver con la globalización, su repercusión sí se ve globalizada. La Administración Bush ha anunciado la edificación de un muro para cerrar el paso a la inmigración ilegal que viene de México, socio en el NAFTA (Tratado de Libre Comercio


de Norteamérica, en sus siglas en inglés). Cubrirá unos 1.100 kilómetros de los 3.200 de frontera común, en los que ya hay vallas. En la lucha contra esta inmigración ilegal ha surgido la tenebrosa actividad de los minutemen, unos grupos armados de ciudadanos que patrullan zonas fronterizas de EE UU, principalmente en California, Texas y Nuevo México. Persiguen a inmigrantes ilegales y también denuncian a los que los contratan o se dedican al "comercio ilegal de trabajadores esclavos". Piden que se corten las contribuciones financieras a las campañas de candidatos electorales que no promuevan explícitamente la aplicación de las leyes de inmigración de Estados Unidos. Estas prácticas, que han retomado el nombre de las milicias que existieron en el este americano desde mediados del siglo XVII, pretenden tener una base constitucional (el Gobierno central "protegerá a cada uno [de los Estados de la Unión] en contra de invasiones", lo que, evidentemente, no estaba pensado para las olas de inmigración). Los minutemen (que piden también voluntarios para proteger la frontera con Canadá, país que tiene una de las políticas de inmigración e integración de mayor éxito del mundo) han recibido el pleno apoyo del gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, para quien "el Gobierno federal no está haciendo su trabajo" y "es lamentable que el ciudadano particular tenga que patrullar nuestras fronteras". El presidente Bush se ha distanciado de ellos, a quienes llama "vigilantes", pero ha anunciado la construcción del nuevo muro. La inmigración ilegal e incontrolada es, sin duda, uno de los graves problemas de nuestros días. Pero la desigualdad -la frontera entre Europa y el norte de África es la más desigual del mundo, y la que hay entre Estados Unidos y México no se queda corta- actúa como un sifón que tira de la inmigración ilegal, aunque no todo es economía. También influye la inhabitabilidad política de algunos países. Soluciones, lo que se dice soluciones, sólo pueden entreverse, si acaso, a largo plazo, mientras que el problema migratorio se plantea a corto plazo e implica también la lucha contra las redes mafiosas que se alimentan de este tráfico ilegal. No es nada seguro que los muros sirvan para contener esos éxodos. En España, el principal lugar de entrada de la inmigración ilegal son los aeropuertos, no las playas a las que llegan las pateras. En todo caso, el contraste es brutal: los muros de la guerra fría eran para no dejar salir. Los de la globalización son para no dejar entrar. Claro que lo que sí necesita la globalización es algún tipo de puertas para entrar y salir. Recuperado en la red el 10.01. 2007: : http://www.fp-es.org/oct_nov_2005/story_11_9.asp * Andrés Ortega Klein nació en Madrid en 1954. Es hijo de español (José Ortega Spottorno fundador de Alianza Editorial y de El País e hijo a su vez de José Ortega y Gasset) y francesa (Simone Ortega, autora de 1.080 recetas de cocina). Estudió bachillerato francés en Madrid, se licenció en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense y posteriormente realizó un Master en Relaciones Internacionales en la London School of Economic (LSE) con una beca de la Fundación March. En Londres inició su carrera periodística como corresponsal para El País, pasando posteriormente a Bruselas donde cubrió el final de las negociaciones de ingreso de España en la hoy Unión Europea. Durante


la primera Presidencia española del Consejo comunitario en 1989, trabajó como asesor ejecutivo para el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Francisco Fernández Ordóñez. A principios de 1990, pasó al recién creado Departamento de Estudios de la Presidencia del Gobierno encabezado por Felipe González, que dirigió entre 1995 y 1996. Se incorporó entonces a la sección de Opinión de El País como editorialista y columnista. En 2004, se convirtió en el primer director de Foreign Policy Edición Española (FP), publica por la Fundación FRIDE. Junto a su labor de análisis de la realidad internacional en El País y en FP, ha publicado en numerosos medios especializados en España y otros países y participado en los principales foros. Ha publicado cuatro libros: El purgatorio de la OTAN (1986), La razón de Europa (1994); Horizontes cercanos: Guía para un mundo en cambio (2000) y La fuerza de los pocos (primavera de 2007). En 2002 fue galardonado con el Premio Madariaga de Periodismo Europeo (prensa escrita). Recuperado en la red el 14.04.2008: http://www.elboomeran.com/blog/18/andresortega/

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