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HAGAMOS POESÍA ERÓTICA…… ……..CON CORTÁZAR………


Rayuela - Capítulo 68 [Capítulo de novela. Texto completo]

Julio Cortázar

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias. FIN


Rayuela - Capítulo 68 [Esta es mi versión jugando un poco con las palabras subrayadas y cambiándolas por unas más conocidas]

Patricia Carreño Apenas él le besaba el vientre, a ella se le agolpaba el pecho y caían en fantasías, en salvajes deseo, en suspiros exasperantes. Cada vez que él procuraba lamer las piernas, se enredaba en un gemido quejumbroso y tenía que enredarse de cara al edredón, sintiendo cómo poco a poco las comisuras se estiraban, se iban debilitando, relajando, hasta quedar tendido como el panal de abeja al que se le han dejado caer unas flores de madreperla. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tocaba los senos, consintiendo en que él aproximara suavemente sus labios. Apenas se apretaban, algo como un apetito los transportaba, los excitaba y conmovía, de pronto era el climax, la tormentosa amante de las pasiones, la jadeante envoltura del deseo, los agites del espasmo en una sobrehumana expresión. ¡Euforia! ¡Euforia! Recostados en la punta del cojín, se sentían descansar, fatigados y sudorosos. Temblaba el cielo, se vencían las nubes, y todo se resolvía en un profundo sueño, en sábanas de delicadas fibras, en caricias casi crueles que los rodeaban hasta el límite de las delicias. FIN


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