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ISSN 1989-9750

Hiems 12

VIIII

Invierno 12

LA REVISTA DIVULGATIVA DE LA ASOCIACIÓN HISPANIA ROMANA

Historia entre bambalinas La mujer romana

Descarga gratuitamente los números anteriores de Stilus en

www.hispaniaromana.es


CARTA DEL DIRECTOR

Compañeras de los protagonistas

D

edicar un número de Stilus a la mujer es una apuesta suicida. Y no porque el tema no lo merezca, sino porque el estudio del papel de la mujer en la Historia despierta, todavía hoy, muchas reacciones viscerales. Tantas que es imposible internarse en este asunto sin verse envuelto en un fuego cruzado. Entonces, ¿por qué meterse en este jardín? ¿Por qué abordar un asunto tan problemático? La respuesta es sencilla. Después de ocho números, en los que hemos hablado de diversos aspectos de la civilización romana y de su Historia, consideramos ineludible centrar nuestra atención en una parte de la sociedad que ha aparecido, unas veces más, otras veces menos, en nuestros artículos, si bien de forma tangencial. Las mujeres siempre estuvieron ahí, sosteniendo a los “protagonistas de la noticia”, acompañando a sus maridos, hijos o familiares. Presenciaron los hechos y muchas veces también los sufrieron. Desgraciadamente su punto de vista quedó desdibujado, cuando no obviado, en el relato de la Historia. Recuperar, a estas alturas, parte de ese mundo femenino que se mueve en la penumbra de las crónicas es un trabajo tan arduo como apasionante. La dificultad que entraña esta labor excede las posibilidades de Stilus, pero no queríamos dejar pasar la oportunidad de perfilar, aunque sea con trazos rápidos, en qué condiciones vivían las mujeres romanas y cuáles eran los valores que les asignaba la sociedad de su tiempo. Éramos plenamente conscientes de que nuestro plan estaba destinado al fracaso desde su propia concepción, porque es imposible reflejar una realidad tan amplia y compleja en un solo número de Stilus, por muy amplio que sea (y este, con 84 páginas, es de hecho uno de los más ambiciosos que se han editado en los últimos cin-

co años). Con todo, hemos buscado a colaboradores de prestigio para dibujar una panorámica variada y rica. Dimos la palabra a profesoras de gran experiencia, pero también a eruditos, novelistas y futuros historiadores, con objeto de captar diversas sensibilidades y puntos de vista . El resultado está ante tus ojos. Y aunque el presente número no agota, ni mucho menos, el tema que nos ocupa, esperamos que sea sólo el primer paso de una serie de monográficos dedicados a colectivos silenciados. Estamos seguros de que, cuantas más aproximaciones tengamos a la realidad, más completa será la comprensión de nuestros antepasados y de su huella en el mundo actual. roberto.pastrana@yahoo.es

Edita: Asociación Hispania Romana. Dirige y maqueta: Roberto Pastrana. Consejo Editorial: Alejandro Carneiro y Enrique Santamaría. Corrige: Paco Gómez. Secretaria de redacción: Asunción Fernández. Colaboran Marco Almansa, Helena Alonso García de Rivera, Isabel Barceló, Gabriel Castelló, María José Doncel, Francisco José García Valadés, Francisco Girao, Jesús del Hoyo, Charo Marco, Eva María Morales, Alfonso Núñez Dopazo, Salvador Pacheco, César Pociña, Carmen Ramírez Ruiz, Isabel Rodríguez López, Pilar González Serrano, Ildefonso David Ruiz López, David P. Sandoval, Marcos Uyá, Alejandro Valiño. Correo: stilus@hispaniaromana.es Portada de Roberto Pastrana. “Marte y Venus”, grupo escultórico del siglo II d. C. Museo del Louvre. Stilus no comparte necesariamente los puntos de vista expresados por los autores, que son los responsables únicos.

la viñeta Por El Kuko.

Marchad a lejanas tierras, oh, valientes romanos. Id allá donde el deber para con la patria os llame. Y no sintáis temor..

Que así tardaréis en volver. Nosotras cuidaremos de vuestras haciendas, vuestras mansiones, vuestras cuentas en el banco...


ROSTRA

Escribir sobre mujeres JUAN LUIS POSADAS Doctor en Historia Antigua y profesor de la UNIR

E

s magnífico que una revista como Stilus dedique su noveno número a las mujeres... Magnífico pero tardío. Porque eso parece indicar (ya sé que no) que los ocho números anteriores obviaron a la mitad de la población del Imperio romano, una mitad no solo significativa por su número sino por su importante papel económico, social e, incluso, político. Durante más de veinte años he estudiado a las mujeres romanas, sobre todo en las fuentes históricas, todas ellas escritas por hombres. La impresión que uno obtiene de la lectura de historiadores como Salustio, Tácito o Suetonio; de poetas como Marcial, Persio o Juvenal; de literatos como Plinio el Joven o Petronio, es que las mujeres eran un cero a la izquierda en la sociedad romana. “Inanidad” es la palabra que usé en un lejano artículo en la revista Gerión. Nada más lejano de la realidad. Lo que dichos autores pretendían era que las mujeres continuaran siendo inanes en la sociedad que ellos disfrutaban en exclusiva. Pero esa carencia de un papel político o social, supuestamente propia de los “años dorados” de la República arcaica, ya no iba a volver. La crisis de la República había traído consigo el auge de las mujeres. Tanto las leyes que les daban control sobre sus patrimonios (cumpliendo algunos requisitos), como su papel como cimentadoras de las alianzas político-matrimoniales que sustentaban el gobierno de lo público, hicieron de ellas poderosas armas con las que había que contar. Los relatos de Salustio sobre Sempronia o Fulvia así lo atestiguan. La llegada del Principado, un régimen que ponía el foco sobre un solo hombre, no podía significar sino que su círculo familiar, sus parientes masculinos y, sobre todo, femeninos, adquirieran una importancia capital en el desarrollo de los acontecimientos. En este sentido, con quién se casara el emperador y de quién obtuviera descendencia legítima pasó a ser asunto de Estado, desplazando en muchos casos el centro de toma de decisiones del Senado y el Foro al Palacio y sus alcobas. Emperatrices como Livia, Agripina la Menor o Plotina jugaron sus cartas en momentos decisivos para el Imperio, durante las sucesiones, para apoyar con éxito a sus propios candidatos al trono. Pero no solo las mujeres de la clase gobernante en la capital del Imperio fueron importantes. La epigrafía y también la literatura nos han dejado los nombres de miles de mujeres que fueron empresarias, terratenientes, artesanas, esposas de políticos, incluso escritoras de cierto éxito. Todas ellas adquirieron preeminencia económica, social y política siguiendo el ejemplo de las emperatrices. Y todas ellas sufrieron la crítica social, a veces muy acerba, por parte de los satíricos como Juvenal o Marcial. Escribir sobre mujeres romanas no solo es un placer, es un privilegio. Porque supone volver a dar voz a aquellas protagonistas de la historia de Roma, a aquellas damas que hicieron mucho por cohesionar la sociedad y, a la postre, por perpetuarla. Que este número de Stilus, tardío pero al fin y al cabo un hecho, sirva para perseguir ese loable objetivo: recordar a nuestras tata-tatarabuelas, porque nosotros no somos sino herederos de su semilla.

EN ESTE NÚMERO TEMA DEL NÚMERO el rincón de esculapio

SOBREVIVIR: UNA CUESTIÓN DE SEXO. Por Salvador Pacheco.

vida cotidiana

EL CULTIVO DEL INTELECTO.

4

10

Por Helena Alonso García de Rivera.

vida cotidiana

LA IMAGEN DE LA MUJER.

16

Por M.ª Isabel Rodríguez López.

vida cotidiana

22

cultura y artes

28

entrevista

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vida cotidiana

34

vida cotidiana

40

vida cotidiana

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PEINADAS Y ELEGANTES. Por Ildefonso David Ruiz López y Carmen Ramírez Ruiz. SIGNOS DE DISTICIÓN SOBRE LA PIEL. Por César Pociña. PILAR FERNÁDEZ URIEL: EMPRESARIAS Y OBRERAS Por M.ª José Doncel y Roberto Pastrana. LAS MEDIADORAS DE LOS DIOSES. Por M.ª José Doncel. TRABAJADORAS DEL PLACER. Por Marcos Uyá.

LAS CIUDADANAS DISTINGUIDAS. Por Eva Morales.

las crónicas cuentan...

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las crónicas cuentan...

52

vida cotidiana

56

derecho romano

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asentamientos hispanos

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las huellas de las legiones

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denuncia

74

breviarium

78

sabores de la antigüedad

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LAS HERMANAS DE CALÍGULA: PARENTELAS PELIGROSAS. Por Marco Almansa. ARMAS DE MUJER. Por Isabel Barceló.

ESPACIOS PARA LA VIDA. Por Pilar González Serrano. EL PRINCIPADO Y SUS LEYES. Por Alejandro Valiño. LA JOYA PÚNICA DE IBERIA. Por Gabriel Castelló. VISTAS A PORTUS VICTORIAE. Por F. J. García Valadés. POMPEYA: UNA VERGÜENZA PARA ITALIA. Por Fran Girao.

DULCIA DOMESTICA. Por Charo Marco.

etimologías sorprendentes

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ludoteca

82

la cinemateca de clío

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DE LA BICI A LA ENCICLOPEDIA. Por Javier del Hoyo. PUNIC WARS. Por A. Núñez Dopazo. CLEOPATRA. Por R. Pastrana. ÁGORA. Por David P. Sandoval.


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ELRINCÓNDEESCULAPIO

MORTALIDAD FEMENINA

Sobrevivir: una cuestión de sexo Desde la Prehistoria hasta la Edad Media las mujeres solían vivir, según los estudios realizados, una media de cinco años menos que los varones. El esfuerzo de la maternidad, complicado con otros aspectos de índole cultural, influía en el hecho de que las féminas que llegaban a una edad adulta lo hiciesen probablemente en peor situación que sus contemporáneos de sexo masculino. Por Salvador Pacheco.

En nuestro mundo la mujer tiende a vivir más años de media que el varón (seis años, en el caso de España). Sin embargo, esta situación no fue la norma en el pasado. Los estudios paleoantropológicos suelen coincidir en una sobrevida aproximada de cuatro a seis años a favor del varón, independientemente de la longevidad global de la población. Esta situación, que se repite prácticamente desde el Neolítico hasta la Edad Media, nos lleva a preguntarnos qué condenaba a la mujer a una vida más breve. El primer motivo que cabe plantearse es el peligro de la maternidad. Y, si es cierto que se han encontrado

Estela dedicada a Cartilia Pantoclia, de apenas tres años. Pese a la alta mortandad infantil, las estelas a niños son muy poco frecuentes en la Antigüedad.

inhumaciones que apuntan de manera irrefutable a muerte por causa obstétrica, estos casos no dejan de ser una minoría sin gran significado estadístico. En esta misma línea, el estudio realizado por Szilagyi (ver recuadro de la página siguiente) venía a demostrar que la menor longevidad femenina no estaba en relación con la edad ni, por tanto, con el periodo reproductivo. Descartada esta explicación, quizá la respuesta se esconda tras las estructuras políticas y sociales de la Antigüedad, cuyo peso se hacía notar desde bien temprano a los recién nacidos. En la sociedad romana, el nacimiento biológico no se correspondía con el nacimiento social, que se producía a raíz del reconocimiento del bebé por parte del padre. Dicho reconocimiento se realizaba en la lustratio, a los ocho o nueve días del nacimiento, en la que se imponía al neonato un nombre, el praenomem. Durante ese periodo previo a la ceremonia, el recién nacido carecía de cualquier consideración social o jurídica y, por tanto, su permanencia en esta vida dependía exclusivamente de la aceptación paterna. Con toda seguridad, las niñas estarían particularmente expuestas. Así lo apreciamos en Posidonio, cuando dice que «un hijo es siempre criado, incluso si uno es pobre; una hija es expuesta, incluso si uno es rico» (Hermaphroditus, fr. 11 Kock). Tam-


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Hilarión a su esposa Alis, muchos saludos, y también a mi señora Berous [¿su suegra?] y a Apollonarion [su primer hijo, varón]. Para tu conocimiento, aún estamos en Alejandría. No te preocupes si todos vuelven y yo me quedo en Alejandría. Te pido y te suplico que cuides del niño [Apollonarion] y tan pronto reciba mi paga, te la enviaré. Si das a luz un hijo, si es varón, déjalo ser; si es niña, arrójala fuera [para que muera]. Le has dicho a Afrodisias: “No me olvides”. ¿Cómo podría yo olvidarte? Te pido entonces que no te preocupes. 29 [año] de César [Augusto] Payni [mes], 23 [día].

Como se aprecia en esta misiva (Papiros Oxyrhynchus 4, 744), no son las penurias económicas ni las dificultades familiares las que determinan la exposición del vástago. Esta decisión era algo plenamente asumido en aquellas sociedades y de lo que se trata de forma natural y explícita. Si hacemos caso a Polibio la práctica de la exposición no debió ser tan infrecuente cuando este se atreve a señalarla como una de las causas del despoblamiento de Grecia: En nuestro tiempo se ha dado en toda Grecia una tasa de natalidad baja y un descenso general de la población, debido al cual las ciudades se han quedado desiertas y la tierra ha cesado de dar frutos, aunque no ha habido ni guerras continuas ni epidemias... pues los hombres han caído en tal estado de presunción, avaricia e indolencia que no quieren casarse, o si se casan no quieren criar a los hijos que les nacen, o a lo sumo, por regla general, sólo uno o dos... (Historias, vol. 6).

Un estudio con matices En el año 1963, el investigador J. Szilagy publicó un estudio en el que analizaba datos extraídos de 24.848 epitafios, procedentes de 48 ciudades y regiones de todo el Imperio romano. Este trabajo, que supuso un gran paso para acercarse a la demografía de aquellos tiempos, concluía que la sobrevida masculina era muy superior a la femenina. Pese a la importancia del estudio, existen ciertas dudas sobre los resultados y conviene introducir ciertos matices. En primer lugar parece existir un sesgo económico, desde el momento que no todo el mundo podía pagarse una lápida. Quedan exluídas de esta mirada las capas más desfavorecidas de la población, en las que las desigualdades suelen ser más acusadas. Por otra parte, el conocimiento de las condiciones de vida (y de muerte) de los individuos inhumados es muy deficiente ya que no existen datos epigráficos sobre la razón del óbito. Las pruebas paleopatológicas tampoco ayudan mucho a aproximarnos a esta realidad.

SITUACIÓN

SOBREVIDA MEDIA

CIUDADES

Sin diferencia

0 años

1

Mayor supervivencia femenina

0,9 años*

7

Mayor supervivencia masculina

5,8 años**

40

* Media entre 0,2 y 1,7 años ** En 7 ciudades la supervivencia masculina superaba los 10 años

Si la niña era aceptada en el ámbito familiar, ¿recibía el mismo trato que un hermano varón? En lo que respecta a su alimentación, parece que no. En el mundo griego se suponía bienintencionadamente que las niñas recién nacidas necesitaban menor alimentación (Lacey, 1968). Esto también lo vemos en las sociedad mesopotámica en cuyos templos se aprecia un sistema de reparto del alimento en consideración a la edad, posición social, tipo de trabajo y sexo (Gelb, 1965). Los varones, en especial el cabeza de familia, tendían a ser los mejor alimentados.

Hombre con un bebé en sus brazos. Este gesto marcaba la aceptación de la paternidad. Relieve funerario de un sarcófago. Museo del Louvre.

Foto: R. Pastrana

bién se pone de relieve en esta carta de un comerciante del Egipto, ya de época del emperador Augusto, fechada el 18 de junio del año 1 a. C.:


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Los prejuicios populares contra el sexo femenino prosperaban en la medicina grecorromana. Galeno suponía que el lado derecho del útero daba mayor calor y mejor nutrición al feto, de tal forma que si el feto se asentaba allí terminaría formándose un varón. Por el contrario, en su opinión, el lado izquierdo, frío y peor nutrido, producía hembras. A través de escuelas médicas como la pitagórica, la jónica o la de Cos, la minusvaloración de las niñas tuvo su reflejo en los tratados hipocráticos, que recogían afirmaciones como la de que «el feto macho suele estar a la derecha; el feto hembra más bien a la izquierda» (Aforismos, V, 48). Como vimos, Galeno seguía defendiendo estos postulados siglos más tarde (ver Stilus4). Es frecuente ver en los restos óseos infantiles de la época romana signos de malnutrición, como hipoplasias dentarias, criba orbitaria o hiperostosis porótica. Sin embargo, no entraremos a intentar vislumbrar diferencias entre ambos sexos, dada la dificultad para distinguirlos de manera fiable, por no hablar de las escasas muestras disponibles. Los restos infantiles aparecen en mal estado de conservación, debido a su fragilidad. Además, los múltiples núcleos de osificación sin fusionar hacen difícil su recuperación. Hoy existen métodos propuestos para su análisis (Schutkowsky, 1993), pero no dan garantías suficientes. Por otro lado, los caros estudios de DNA nucleico no son frecuentes. ¿Pudo ser la peor nutrición y un infanticidio selectivo lo suficientemente significativos para marcar la población infantil grecorromana? Es más que probable que sí. Al menos esto parece desprenderse de las noticias que tenemos de las 79 familias que consiguieron la ciudadanía milesia entre los años 228-220 a. C. El número de hijos era de 118, frente a solo 28 hijas. Por otro lado, tenemos constancia de las 600 familias a las que se hace referencia en inscripciones en Delfos, durante el siglo II d. C. Solo un 1% de las familias criaba dos niñas, mientras

Datos epigráficos muestran la descompensación entre la crianza de mujeres y varones. ¿Posible rastro de feminicidios? En la foto, niñas jugando a la pelota, en un sarcófago del siglo II. Museo del Louvre. Foto: R. Pastrana

que sí era frecuente tener dos o incluso tres hijos varones. Embarazos precoces En época romana, la primera menstruación (menarquia) se consideraba el paso de la infancia a la edad adulta y, por tanto, una edad propicia para que la joven formase una nueva familia. Era habitual que las primeras nupcias tuviesen lugar a los 14-15 años, para la mujer. En el caso del varón, la edad se situaba en torno a los 17 años, cuando dejaba la toga praetexta para tomar la toga viril. Este paso marcaba el fin de la infancia y el nacimiento a la vida pública (Suetonio, Augusto, 66). La maternidad se consideraba normal a una edad precoz. Hoy se admite que el momento ideal de una mujer para tener hijos es entre los 18 y los 35 años. Con menos años el desarrollo anatomofisiológico insuficiente somete al cuerpo femenino a un mayor riesgo durante el embarazo y parto, que a su vez se vería agravado por una más que probable malnutrición crónica. Por otra parte, igual que vemos en la cultura tradicional hindú de nuestros días, el embarazo y el parto eran considerados fenómenos naturales que no precisaban de ninguna supervisión médica. El cuidado quedaba en manos de comadronas tradicionales que ante hemorragias e

infecciones poco podrían hacer. Algunos autores defienden las complicaciones del parto como principal causa de muerte femenina en épocas pretéritas. Los riesgos del alumbramiento están muy influidos por la asistencia sanitaria, como podemos ver en la actualidad. Según datos de 2010 de UNICEF, en la India la tasa de mortalidad materna está en torno a 450 casos por cada 100.000 nacidos vivos; en Reino Unido es de 8 y en España, tan solo de 4. Dicho de otro modo, unas 120.000 mujeres indias mueren en la India por esta causa, una cada cinco minutos. Aun así, la situación era peor en Sierra Leona en 2007, según la OMS: 2.000 muertes por cada 100.000 nacimientos. El difícil acceso a una mínima asistencia médica durante el parto explica, entre otros motivos, que el 99% de la mortalidad materna se produzca en los países en desarrollo. Situaciones no muy diferentes se debían de producir en el pasado, lo que disparaba el riesgo a morir por distocias (obstrucción en el canal del parto), infecciones, hemorragias e hipertensión. Todas estas causas, junto con los abortos inducidos, representan aun hoy el 80% de las causas de mortalidad. Veámoslas más en detalle. Las distocias (según el DRAE, parto anormal o difícil) pueden deberse, entre otras causas, a un insufi-


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ciente o deformado canal del parto, a un exceso del tamaño del niño o a una mala posición de este en el momento del alumbramiento. Aunque la estrechez pélvica puede ser congénita, una de las malformaciones –la estenosis del estrecho superior de la pelvis– viene causada por el raquitismo en la infancia. Una de las razones más importantes de la alteración del equilibrio del metabolismo fosfocálcico es el déficit de vitamina D, que se produce con dietas desequilibradas. Los malos hábitos alimentarios o las penurias económicas producen daños importantes en el organismo. Por ejemplo, cuando la lactancia natural se mantiene por un periodo excesivamente largo, y de forma más o menos exclusiva, aumenta el riesgo de raquitismo, entre otros efectos nocivos para el organismo. Estas carencias pueden agravarse si vienen asociadas a malabsorciones de nutrientes como las producidas por parasitosis crónicas. Aparte de la alimentación, existen otros factores que tienen reflejo en el raquitismo. No hay que olvidar que la piel puede fabricar vitamina D gracias a la acción fotoquímica de la luz solar, lo que incorpora a la ecuación del raquitismo factores como la latitud, la climatología de la zona de residencia o incluso el color de la piel (cuanto más oscura más irradiación solar precisa). En este sentido, los hábitos de vida impuestos por la sociedad y la cultura dejan marca. Así, en países musulmanes donde las mujeres van totalmente cubiertas y tienen menor vida pública fuera del ámbito doméstico están menos expuestas a la luz solar. Un estudio de 2002 mostraba que el tiempo que una adolescente española pasa al aire libre unas 4,7 horas al día, frente a las 0,8 horas del Líbano. Así en países como El Líbano o Turquía los niveles de vitamina D en la población femenina adolescente son muy inferiores a los niveles encontrados en España: el 65,1 % de las adolescentes turcas, al final del invierno, presentan deficiencia o insuficiencia de vitamina D. Dentro de la propia Turquía o del Líbano se

Una escasa exposición solar es causa de raquitismo y conlleva efectos perniciosos sobre la salud. A la derecha, Cornelia Antonia representada con el pudor que se les exigía a las damas de la buena sociedad. Museo Arqueológico de Estambul (Turquía).

aprecia diferencias muy significativas en los niveles séricos de vitamina D entre la población femenina que, por cuestiones culturales y religiosas, se cubre totalmente y la población que deja al descubierto cabeza y brazos. Durante los últimos siglos, tal vez desde el XVII hasta el XX, el raquitismo ha sido una causa predominante de las distocias. Curiosamente, hay escasa literatura médica antigua al respecto. Aunque parecen existir varias referencias a esta enfermedad en China hacia el año 300 a. C., la primera referencia al raquitismo en la literatura médica occidental parece ser de Sorano de Éfeso (siglo II d. C.): Porque si [el niño] está dispuesto a sentarse demasiado pronto y por un período demasiado largo, por lo general se convierte en jorobado. Y si, por otra parte, está demasiado dispuesto a ponerse en pie y deseoso de caminar, las piernas se le pueden llegar a deformar en la región de los muslos. Esto se ve sobre todo en Roma.

Pese a ser una enfermedad relativamente extendida, llaman la atención los pocos datos paleopatológicos para la Antigüedad y la Edad Media. Para la época romana disponemos de escaso número de publicaciones sobre evidencias osteoarqueológicas fehacientes. Recientes estudios apuntan a una gran frecuencia de estas dolencias [1]. De confirmarse, sería necesario tomar con bastante precaución las conclusiones de trabajos previos y presumirían un mayor número de partos complicados en época romana por esta causa.

Foto: G. Dallorto

Otro motivo de distocia es la desproporción del niño debido a causas metabólicas. Esto se produce en caso de los fetos macrosómicos (excesivamente grandes) de madres diabéticas o por malformaciones fetales como la hidrocefalia. No podemos achacar una mayor incidencia en la Antigüedad a estas causas congénitas. Ni siquiera a la diabetes –vieja conocida que ya era citada en el Corpus Hipocrático, o por Celso, Areteo de Capadocia o por Galeno–, que era posiblemente menos frecuente que hoy en día. Por otro lado, las muertes por infecciones tras el parto –sepsis puer-

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[1] Así aparece en Evidencias paleopatológicas de raquitismo en España de Campo Martín, Robles Rodríguez y Pastor Abascal. Pero no es el único estudio: en la necrópolis sefardí de Cuesta de los Hoyos (Segovia), el 40% de los esqueletos de menos de 4 años de edad presenta tres o más alteraciones provocadas por el raquitismo. En el Cerro de la Encantada (Ciudad Real), datado en el milenio II a. C., 8 de los 25 individuos inmaduros (entre 0 y 19 años) presentan signos. También hay casos en los esqueletos infantiles de El Eucaliptal, en Punta Umbría (Huelva).


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peral– no son ajenas al personal, que durante siglos fue transmisor inconsciente. Semmelweis descubrió a mediados del siglo XIX los motivos que permitían la transmisión de las fiebres puerperales, que en el caso del hospital donde él trabajaba producía hasta un 30% de mortalidad entre las madres. Sólo entonces pudo empezar a ponerse solución al problema. Material sucio, médicos que pasaban de curar una herida contaminada a atender una parturienta, el desconocimiento de la idea de contagio y esterilización del material quirúrgico, etc. hicieron que el personal asistencial fuese un riesgo más en el parto. A pesar de todo, para la medicina grecorromana el alumbramiento era algo totalmente natural que no precisaba supervisión médica. El apoyo a la parturienta procedía de la comadrona, que asistía al parto en el propio domicilio de la interesada. Hipócrates, Sorano o Aecio refie-

ren casos de sepsis puerperal, pero cuantificar su incidencia en el mundo greco-romano es complicado. Con todo, la ausencia de hospitales, que hacen coincidir en un mismo lugar pacientes de muy variada naturaleza, debió de contribuir a que la muerte obstétrica fuese mucho menor que entre los siglos XVII y XIX. Respecto a otro motivo de mortandad, la hipertensión durante el embarazo –que parece afectar sobre todo a las madres adolescentes y primigestas– tiene una incidencia en torno al 6-8% en la actualidad. Está producida por alteraciónes circulatorias en la placenta, que derivan en la retención de líquidos. La eclampsia es la manifestación más severa y conduce a convulsiones que pueden terminar en estado de coma y muerte. Se presenta en un 0,5-2 por 1.000 de los partos, si bien en los países en vías de desarrollo la incidencia puede llegar al 15%. Este fenómeno era conocido por

la medicina greco-romana, si bien los galenos tuvieron una percepción confusa del proceso, nunca bien separado de la epilepsia y otras manifestaciones. Ya en la antigua medicina egipcia podemos encontrar algún atisbo de su existencia, según opinión de Menascha (1927). Los papiros de Kahun (o Lahun), fechados en el año 29 del reinado de Amenmehat, dinastía XII del Imperio Medio (hacia el año 1850 a. C.), han sido traducidos por Bernhart (1939) de la siguiente manera: Para prevenir que una mujer se muerda la lengua auit Pound [¿machaca judías?] sobre su mandíbula, el día de parto.

Los papiros de Kahun –que presuntamente glosan informaciones del tercer mileno a. C.– parecen hablar de cómo evitar las lesiones secundarias derivadas de las convulsiones de la eclampsia.

Magia contra las complicaciones del parto

«La duquesa está de parto. Unos criados llevan un lecho largo y angosto provisto de un colchón duro, conservado desde tiempo inmemorial en el guardarropa del palacio, y en el que han tenido sus partos todas las duquesas de la casa Sforza. La parturiente tiene el rostro enrojecido y sudoroso, con mechones de ca-

de huevo cruda, mezclada con seda púrpura desflecada”. Otra asegura que lo que debía hacerse era “tomar siete gérmenes de huevo de gallina disueltos en una yema”. Una propone envolver la pierna derecha de la parturienta en piel de serpiente. Otra atarle sobre el vientre la caperuza del marido. Otra hacerle beber alcohol

come carne de lobo, la parturiente se siente mejor”. El médico principal, acompañado de otros dos doctores, sale de la estancia, y dirigiéndose a un doctor joven, le indica en latín: “Tres onzas de limo de río, mezcladas con nuez moscada y coral rojo machacado”. Alguien pregunta: “¿Acaso una sangría?”. Contesta el viejo doctor: “Ya lo había pensado, pero desgraciadamente Marte está en el signo de Cáncer, en la cuarta esfera solar; y además está la influencia de una fecha impar”. El doctor joven pregunta: “¿No creéis, maestro, que haría falta añadir a las limazas de río, estiércol de marzo y bosta de vaca?”. El duque va al encuentro de unos canónigos y

bellos pegados a la frente, y de su boca abierta se escapa un continuo lamento. A su lado cuchichean las comadres, las criadas, las curanderas, las comadronas. Cada una tiene un remedio. Una vieja dama dice: “Sería necesario hacerle tragar una clara

filtrado por polvo de cuerno de ciervo y grana de cochinilla. Una vieja murmura: “La piedra de águila bajo la axila derecha, la piedra de amante bajo la axila izquierda”. Y acercándose al duque con un gran plato de estaño, le dice: “Alteza, dignaos comer carne de lobo; cuando el marido

de unos frailes que traen una parte de las reliquias de San Ambrosio, el cinturón de Santa Margarita, el diente de San Cristóbal y un cabello de la Virgen [...]. Su alteza dio a luz un niño muerto y ella también murió el martes 2 de enero de 1497 a las 6 de la mañana».

Los médicos romanos usaban remedios mágicos para conjurar los males de las parturientas. Mil años después, supersticiones parecidas –aunque invocando a deidades diferentes– estaban aún vigentes entre los galenos, que seguían con las sangrías y la observación astrológica. Demetrio Mereskowski describió (en 1497) el parto de la duquesa Beatriz Sforza, en Milán. El relato ilustra cómo era el ambiente en estas situaciones, antes de la aparición de la medicina científica.


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Podemos vislumbrar ese mismo reconocimiento difuso en uno de los pasajes del Corpus Hipocrático (siglos V-IV a. C.): «Resulta fatal para una mujer en estado de gestación si convulsiona con cualquier enfermedad aguda». Para otros estudiosos no debería traducirse por convulsionar sino por un más inespecífico “ser atacada”. Sea cual sea la traducción correcta, la tradición se conservaba en tiempos de Galeno (II d. C.), que mantenía ese mismo conocimiento vago. No se llegarían a distinguir la eclampsia de las convulsiones epilépticas hasta François Mauriceau (1668) y François Boissier de Sauvages (1739). Hoy, el diagnóstico claro, la actuación preventiva y una terapéutica eficaz han cambiado drásticamente el pronóstico de estos procesos. Por último, otro riesgo que amenzaba la salud de parturientas y bebés eran las hemorragias secundarias que aparecen por eclamsia, placenta previa y otras causas. No hay motivo para pensar que fuesen mas comunes en la Antigüedad que en los tiempos modernos. Pero sí podemos aseverar que supusieron un número importante de muertes en el pasado, como lo son aún hoy en los países en desarrollo. En la actualidad representan, según un estudio de 2008 de la ONU, un 21% de las muertes maternas durante el parto. Muchas podrían evitarse con atención médica adecuada. Parásitos y malaria Aparte de los casos mencionados, existen muchas más afecciones que pueden pueden poner en peligro a la gestante y al niño. Hay que resaltar las parasitosis, que debieron ser tan frecuentes en el mundo grecorromano como lo son hoy día en los países en desarrollo. Se calcula en unos 44 millones el número

Las mujeres que llegaban a los 45 afrontaban la vida en unas condiciones físicas peores que los hombres. En la imagen, muestras de edad en la escultura de la vieja borracha. Copia romana de una obra de época helenística. Gliptoteca de Munich.

de mujeres embarazadas infestadas por A. duodenale, Uncinaria vermicularis y T. trichiuria. Estos y otros parásitos provocan sangrado crónico intestinal y facilitan la malabsorción de nutrientes y con ello el desarrollo de anemia. La OMS achaca sólo al Ascaris lumbricoides unas 60.000 muertes al año en todo el mundo. No menos importante debieron de ser las infestaciones por plasmodium: el paludismo. Debió de ser un problema endémico en la cuenca mediterránea. En la literatura médica clásica tenemos abundantes referencias de dos de sus manifestaciones, las fiebres tercianas y cuartanas, que nos hablan de su incidencia en la Grecia del siglo IV a. C. Para hacernos una idea de su transcendencia en la Antigüedad sirvan dos datos actuales: Según un estudio de 2011 de la OMS, se calcula que unas 10.000 mujeres embaraFoto: R. Pastrana

zadas y 200.000 de sus niños mueren al año por esta causa. Solo la anemia asociada a la infestación es responsable de más de la mitad de las muertes. Por otro lado, aunque el paludismo pueda parecer algo lejano a España, en los primeros seis años del siglo XX la malaria provocó en este país el fallecimiento de 23.075 personas. Gracias a las campañas comenzadas hacia el año 1950, la enfermedad que tanta muerte y dolor había causado durante siglos, pudo declararse erradicada en 1964. Sin embargo, algunos autores opinan que la forma más agresiva de los cuatro especies de parásitos causantes de la malaria, el plasmodium falciparum, sólo proliferó durante los últimos momentos del Imperio romano. De hecho, algunas fuentes le achacan un papel importante en la decadencia y caída del mundo clásico. En resumen, carencias nutricionales desde temprana edad, embarazos precoces y múltiples y, en muchos casos, duros trabajos, seguramente debilitaban la salud de la mujer. En el poco probable caso de que llegase a la menopausia (ver Stilus2), la mujer se enfrentaba tras los 45 años a peores condiciones de vida que su compañero. ◙

PARA SABER MÁS: • FAERMAN, M. et al. (1998): “Determining the sex of infanticide victims from the Late Roman Era through ancient DNA analysis”, en Journal of Archeological Science, 25. • MIGUEL IBÁÑEZ, M.ª P. (2010): “Una visión de la infancia desde la osteoarqueología: de la Prehistoria reciente a la Edad Media”, en Complutum 21. • VALLOIS, H. (1961): “The evidence of skeletons”, en S. L. Washburn, The social life of early man. Chicago. • WELLS, C. (1975): Ancient obstetric hazards and female mortality. Castle museum. Norwich.


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VIDACOTIDIANA

EDUCACIÓN Y CULTURA

El cultivo del intelecto

El desarrollo cultural e intelectual no era una prioridad en la educación reservada al sexo femenino, que se enfocaba a dotarlas de ciertos valores morales como el pudor, la prudencia y el respeto. Con todo, hubo casos de mujeres que rompieron la estrechez del papel que les otorgaba la tradición. Algunas de ellas consiguieron logros tan notables que sus coetáneos, sorprendidos, dieron cuenta de sus casos.

Por Helena Alonso García de Rivera.

Pocas mujeres tuvieron acceso a libros eruditos, como muestra la muchacha de este idealizado cuadro de Lawrence Alma-Tadema.

La documentación e información que tenemos sobre la educación, la vida y los saberes de las mujeres en la Antigua Roma es realmente breve, delimitándose casi exclusivamente a las clases aristocráticas. Pero como en todas las épocas históricas de la Antigüedad, los vacíos informativos nos indican el contexto de la época, sus avatares, problemas, inquietudes, certezas y los acontecimientos que han llevado a la desaparición de esta información. Es por ello que la ausencia de esta es igual de importante que la existencia de la misma. La educación de las mujeres romanas y su desarrollo en el ámbito cultural es un vacío más que nos recuerda la realidad romana, una realidad en la que el género masculino era el dominante y por lo tanto,


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el único digno de ser recordado para la posteridad. Sin embargo existieron mujeres dedicadas a todo tipo de saberes y artes más allá de los papeles que tenían preestablecidos como matronas, campesinas, sacerdotisas o prostitutas. El papel de las mujeres en la sociedad romana fue el elemento que delimitó su educación según su clase social, y sobre ello tenemos ingentes testimonios que nos han llegado desde la Antigüedad a través de los escritos de autores coetáneos que nos explican cómo debía ser la mujer ideal romana. Algunos de estos escritores fueron Apuleyo, Plutarco, Luciano, Tácito, Plinio el Joven, Musonio Rufo o Varrón, y todos ellos nos muestran las características y saberes que debían ostentar las mujeres: según Plinio el Joven, el modelo perfecto es la niña que poseía analis prudentia (sabiduría y prudencia), virginalis verecundia (pudor virginal), matronalis gravitas (seriedad de una matrona), y todo ello sin perder la suavitas puellaris (dulzura infantil), siendo en la madurez respetuosa y amante de su marido, casta y sencilla. Esencial es la opinión de Luciano en cuanto a la educación femenina,

donde la belleza perfecta es la unión de excelencia física y moral a partes iguales. Por su parte Plutaco, a diferencia del pensamiento griego, dedicaba gran valor a las mujeres como patriotas y valerosas compañeras de los hombres en sus saberes y actividades, y Apuleyo daba gran importancia a la belleza femenina, siempre y cuando mantuviese la castidad. La educación femenina en Roma era más importante que en Grecia, algo que demostró Musonio Rufo cuando expuso que la educación de hombres y mujeres debía de ser la misma. Pero a pesar de estos elogios, el pensamiento romano se ejemplifica y resume en Tácito y Varrón, los cuales consideran a las mujeres seres inferiores y corruptibles que debían de estar fuera del alcance de tentaciones como espectáculos y banquetes, y mantenidas en el ámbito del hogar y sus labores. Teniendo en cuenta la información que nos facilitan estos autores, podemos entender más fácilmente el enfoque que tuvo la educación para las mujeres, aunque los datos que tenemos son bastante básicos y parcos. En las clases más bajas, los primeros años de la infancia eran dedicados a todo tipo de juegos, pero posterior-

Museum politan Art

Los autores romanos defendían la dedicación femenina a las labores domésticas, como la costura. Arriba, agujas de hueso del Museo Nacional Romano. En cambio, la danza no era bien vista entre las mujeres de alcurnia. A la izquierda, copia romana de una ménade danzante atribuida a Calímaco, del Metropolitan Art Museum.

Foto: Metro

Foto: R. Pastrana

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mente llegaban los años de inicio y aprendizaje en las faenas caseras, especialmente en el hilado, tejido y bordado dentro de las labores del ama de casa. Las mujeres de las clases altas también eran enseñadas en el arte de la costura, pero como un método de mantener las costumbres tradicionales femeninas y para hacerlas duchas en el gusto y factura de tejidos. La educación superior era impartida por profesores a ambos sexos por igual, y se basaba en la lectura y explicación de los poetas adecuados en griego y latín, pero las muchachas de las clases bajas eran enviadas a la escuela desde temprano, mientras que las muchachas aristocráticas hacían sus estudios en casa y eran completados con el aprendizaje de la lectura y la escritura, el arte de la música (cítara, flauta, canto), la danza y la educación de sus movimientos al andar. A través de estas enseñanzas las muchachas llegaban a la madurez a los 12 años, lo que las preparaba para el matrimonio que generalmente, suponía un acuerdo entre familias de igual clase social. Es por ello que las mujeres eran educadas como compa-


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ñeras de sus futuros maridos: las plebeyas como amas de casa y madres de sus hijos; las nobles, hábiles en los saberes propios de su posición aristocrática. El cultivo del intelecto No debemos olvidar en ningún momento que Roma fue heredera directa de las costumbres y saberes griegos, especialmente en lo tocante a cultura literaria y artística, religión y filosofía. Desde la conquista de Grecia por Roma la tradición griega llegó como un torrente de saberes y artes que pervivieron en la sociedad romana hasta nuestros días y que contribuyeron a formar de manera definitiva “el ser romano”. Es por esto que la educación que se impartía tanto para hombres como para mujeres era completamente griega excepto con una salvedad: si bien es cierto que la mujer fue poco menos que una esclava en el mundo grecorromano, en Roma tuvo mayor libertad y reconocimiento permitiendo de esta manera que desarrollase aptitudes no propias hasta entonces. Existen multitud de actividades que fueron llevadas a cabo por las mujeres aristocráticas –las únicas que recibieron una educación completa–, actividades que fueron compartidas por sus padres y maridos y que las reportaron un nombre a su lado, especialmente tras su muerte. Estas actividades fueron las dedicadas al intelecto ya que, a pesar de ser instruidas también en actividades físicas como la danza, estas solo completaban el carácter femenino de la futura esposa pero no eran consideradas decentes

Foto: R. Pastrana

Las mujeres eran educadas fundamentalmente como responsables de su casa, madres y compañeras de sus maridos. En la foto, detalle de la estela funeraria de Pomponiano y su mujer, en el Museo Nacional de Arte Romano.

para una mujer de clase alta que debía de ser ejemplo de castidad, maternidad y mesura. Asimismo, encontramos gran cantidad de mujeres que dedicaron su vida a actividades poco honrosas en la Antigüedad como el teatro, la gimnasia o la lucha de gladiadores, pero estas eran esclavas, extranjeras o hetairas (heteras, mujeres no casadas, libres, consideradas protitutas y libertinas de mala reputación). Es por ello que encontramos entre las mujeres nobles a las cultas y eruditas, dedicadas al cultivo del intelecto especialmente en las materias de ciencias, literatura, filosofía, política y oratoria, siendo vistas muchas de ellas superiores en sus saberes a sus padres, maridos e instructores. En Roma y dentro de las ciencias, las mujeres destacaron como médicas, y según autores como Sorano de Éfeso (98-138 d. C.) y Galeno (ca. 130-200 d. C.), debían dedicarse a la anatomía y enfermedades femeninas, la obstetricia y la oftalmología (abortos, menstruación, remedios vegetales y animales para los ojos), aunque podían tratar a hombres y niños igualmente. En menor medida encontramos mujeres dedicadas también a las matemáticas, física y astronomía, pero como no existieron grandes adelantos en el mundo romano, no se han conservado tratados excepto los de Hipatia de Alejandría, ya del siglo IV d. C., preludiando la caída del Imperio romano de Occidente. A pesar de ser menos conocida, la alquimia fue en realidad la ciencia más importante tratada por mujeres.

Científicas Las primeras médicas en obstetricia de las que tenemos constancia fueron las griegas Elefantis y Lais, pero tras la conquista romana de Grecia, los testimonios de mujeres aristocráticas romanas dedicadas a la medicina aumentó considerablemente. Algunas de estas mujeres fueron Cleopatra VII, consorte de Julio César y Marco Antonio, 69-30 a. C. De ella se decía que diseccionaba a sus esclavas encintas para conocer el crecimiento del feto. Otra Cleopatra, amiga de Galeno, escribió la obra ginecológica “De Geneticis”. Existió también una experta ginecóloga, Aspasia, que practicó la cirugía y obstetricia en el siglo II d. C. Hipatia de Alejandría es la única mujer pagana de la que tenemos constancia completa de su actividad en las matemáticas, la física y la geometría, aunque sus estudios no nos han llegado. La alquimia fue un saber oriundo de Egipto y relacionado con el culto a la diosa Isis. La mujer que más destacó en este campo fue la alejandrina María la Hebrea, quien inventó el alambique de laboratorio o tribiko, el “baño María”, y la kerotakis o acción de los vapores de arsénico, mercurio y azufre sobre los metales, en el siglo I d. C.


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No en vano, esta disciplina fue conocida en Roma como opus mulierum (obra de mujeres) y es heredera del mundo mesopotámico. Fue desarrollada en la Alejandría romana por mujeres de conocimientos en química para la transmutación de metales en oro y plata, y la factura de perfumes, cosméticos y joyas. Letras e ideas La literatura femenina fue abundante entre las clases más altas, especialmente en época de Augusto (finales del siglo I a. C.-principios del siglo I d. C.), por el gran empuje que el emperador dio a los literatos en el Siglo de Oro de las Letras con la creación del Círculo de Mecenas. Las mujeres de su linaje practicaron una literatura centrada en la poesía amorosa, que intentaba emular a los clásicos griegos –escrita y cantada con cítara–, pero no salía a la luz mediante publicaciones y se quedaba en el ámbito del hogar y el vecindario. Puede que la filosofía griega sea el saber que más influyó en el pensamiento romano, llegando a las clases

tería. En cualquier caso, el método de conocimiento de la filosofía por parte de las mujeres era mediante la contratación de sabios griegos que las acompañaban de manera constante al igual que un esclavo, haciendo disertaciones filosóficas que ellas escuchaban mientras se dedicaban a sus actividades diarias.

Plotino afirma que las mujeres aprendían filosofía como pauta de vida, pero Juvenal cree que lo hacían para equipararse al hombre

Tras un gran hombre... Finalmente, el arte de la política y la oratoria fue un saber que Roma desarrolló mejor que ninguna otra cultura anterior. Y aunque es una actividad masculina, tenemos muchos testimonios escritos sobre las esposas de políticos romanos que acompañaban a sus maridos en sus actividades y, como ellos, se especializaron en la política y la oratoria. Pero el caso femenino es diferente ya que, mientras los hombres centraban sus esfuerzos políticos en el gobierno y la milicia, sus mujeres, bien enseñadas por ellos, aprendían mediante la política a manipular sus pensamientos y acciones, a hablar en público e incluso a inmiscuirse en los asuntos del Senado.

sociales más altas (las que podían dedicar su ocio a la filosofía gracias a sus rentas) a través del platonismo, el aristotelismo o el estoicismo, entre otras filosofías. Generalmente, autores como Musonio, Luciano y Plotino nos indican que muchas mujeres cultivaban la filosofía moral como manera de conseguir una base y una pauta para su vida, pero al mismo tiempo encontramos testimonios como los de Juvenal que nos indican que muchas otras lo hacían para intentar equiparase o superar a sus maridos en sociedad, engrandeciendo su pedan-

Eruditas

Todas las mujeres nobles de Roma tenían conocimientos sobre filosofía, pero destacaron especialmente las mujeres de los grandes políticos y militares como las Cornelias: la madre de los dos Gracos (siglo II a. C.) y la mujer de Gneo Pompeyo (106-48 a. C.). Cerelia, amiga de Cicerón (siglo I a. C.) también cultivó estos saberes e incluso Livia, cuando perdió a su hijo Druso, se cobijó en el estoicismo de Areo.

La literatura, especialmente la poesía amorosa, fue tratada por multitud de mujeres de alta alcurnia, pero los nombres que han llegado hasta nosotros proceden del círculo familiar de Augusto. Sus parientes fueron instruidas por los grandes poetas que Mecenas mantenía en su círculo, como Ovidio y Virgilio, y de ellas podemos nombrar a Livia (mujer de Augusto), Octavia (su hermana) y Julia (su hija), aunque no

En el entorno de Augusto, sabemos que Octavia practicó el estoicismo de Atenodoro de Cana. Más de un siglo después, Plotina, esposa del emperador Trajano, dedicó su ocio a la filosofía de Epicuro.

conservamos los textos de sus poesías. Fuera del Círculo Augusteo, destaca la obra conservada en poesía amorosa elegíaca de Sulpicia (hija de Servio Sulpicio Rufo, I a. C.)

Fresco hallado en la Casa de Terencio, en Pompeya. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.

Foto: Tite Edberg

Filósofas


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Cuando nos referimos a las mujeres poderosas de Roma, no existe mejor interpretación para comprender su poder que la definición que dio Robert Graves sobre Livia en “Yo, Claudio”: «Augusto gobernaba el mundo, pero Livia gobernaba a Augusto». Ciertamente, las mujeres adquirían su condición de poderosas cuando se casaban con grandes aristócratas que pertenecían generalmente a las grandes familias tradicionales de Roma y tenían suficientes riquezas para convertirse en políticos influyentes e incluso en emperadores. Como ya hemos visto, las mujeres de la clase aristocrática tenían una educación muy completa que iba desde las actividades hogareñas hasta la formación intelectual que las preparaba para el matrimonio, pero lo que

La partida de los hombres a las innumerables guerras de final de la República creó una nueva situación que dio más libertad a sus esposas

realmente las hacía poderosas no era ya su educación o el hombre con el que se casaban, sino las artes y artimañas para controlar a sus maridos y mantenerse a sí mismas en el poder. En la República, las mujeres de los cónsules y de los senadores eran

consideradas damas castas y sumisas a sus maridos ya que sus acciones así lo mostraban. En el paso de esta época al Imperio la situación masculina comienza a cambiar y, con ella, también la femenina. A finales de la República –en época de Julio César y de los primeros años de Augusto en el poder– la Historia de Roma se caracteriza por la enorme cantidad de guerras. La mayoría de los hombres en edad militar abandonaban su vida y sus viviendas durante períodos muy largos, dejando a la mujer en una situación que nunca había tenido antes: sola, con alto nivel adquisitivo que podía usar e independiente. Esto comenzó a dar a las mujeres patricias una libertad y un poder que se materializaría definitivamente en época imperial, teniendo como primer ejemplo a Livia,

Poderosas En tiempos de la República hubo mujeres con carácter que, a través de los hombres de su familia, tuvieron un peso de cierta importancia en la política. Sin embargo, no será hasta la época del Imperio cuando surgirá el ejemplo más famo-

so de mujer poderosa: Livia, esposa de Augusto. De gran belleza e inteligencia, consiguió seguir gobernando Roma trás la muerte de su marido, a través de su hijo y sucesor en el trono, Tiberio. Otras mujeres de gran influencia en la corte fueron Julia la Joven y Agripina la Mayor. La hija de esta última, Agripina la Menor, fue hermana de Calígula y esposa de Claudio. Preocupada por asentar en el trono a su hijo Nerón, sus conspiraciones fueron recogidas por autores como Tácito, que se escandalizaba por las insinuaciones sexuales en público a su hijo, ya emperador, para mantenerse en el poder. Julia Domna, mujer de Septimio Severo, reconocida como una de las mejores

Livia fue la mujer más influyente de su época y abrió una senda que siguieron más tarde otras emperatrices. En la foto, retrato de Livia, en el Museo de Éfeso.

emperatrices del Imperio, acompañaba a su marido en todas sus actividades políticas y en la guerra. También era ducha en la oratoria, que mostró más de una vez en público. Mesalina, mujer de Claudio, es conocida como una libertina por los escritos de Tácito y Suetonio. Aprovechaba la falta de su marido para organizar banquetes orgiásticos, además de conspirar contra las mujeres de la corte que le incomodaban por su belleza, como Julia, sobrina de su esposo. En los últimos años del Imperio romano de Occidente, cuando la corrupción de los valores tradicionales llegó a su cota máxima, encontramos a poderosas mujeres que reúnen un gran conocimiento de la política y la oratoria. Teodora, mujer de Justiniano I, también arrastra mala reputación, pese a ser una excelente compañera de su marido y ducha en política. El historiador Procopio y otros autores cristianos nos han transmitido la imagen de Teodora y Justiniano como una “pareja diabólica” en la corte de Bizancio.


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Mesalina ejemplifica la corrupción de las costumbres, pero siempre hubo matronas que vivieron bajo el estricto código moral republicano. En la foto, moneda con la efigie de la polémica mujer de Claudio.

la consulta a los astros y la creación de pociones, prácticas usadas sobre todo por las mujeres. mujer de Augusto. La nueva situación femenina que comienza en el Imperio terminará por corromper los mores majorum, las tradiciones de los mayores, de los ancestros. Este cambio afecta a las mujeres de mejor posición: patricias, consortes de políticos y emperatrices. Su cultura y la posición de sus maridos les permitieron luchar por sus intereses, ya fuesen estos el enriquecimiento personal, mayor libertad sexual o el control de la sucesión al trono y los resortes del poder. Sus artes no dejaron de despertar suspicacias y críticas como las de Juvenal (60-128 d. C.) que les achaca la práctica de la magia, la astrología y la creación de venenos, artes heredadas del mundo próximo oriental. Aunque menos numerosos que los casos anteriores, las crónicas de principios del Imperio también dan cuenta de poderosas patricias que mantuvieron los valores tradicionales de la perfecta matrona: casta, comedida, dedicada a las labores del hogar y a sus hijos. Su papel de compañera llega al punto del suicidio a la muerte del cónyuge. Arria, mujer del senador Cecina Peto, no quiso sobrevivir a su marido. Tampoco Paulina, mujer de Séneca, aunque fue salvada por orden del emperador Nerón tras haberse cortado las venas. Con las conquistas del Imperio en Próximo Oriente y Egipto se incorporaron al panteón romano nuevos dioses (Isis o Mitra). También aumentaron creencias y usos como

Los nuevos valores cristianos A partir del siglo II d. C. toma fuerza el cristianismo, aunque esta religión ya era conocida bajo el reinado de Claudio (41-54 d. C.). Debido a la condición de sexo dominado, las mujeres fueron buenas receptoras de la nueva doctrina y tuvieron un papel fundamental en su expansión por las clases altas. Inicialmente el cristianismo indujo el sentimiento de culpa en las nobles romanas y las concienció de su debilidad y pecado para, posteriormente, mostrarles el camino de la redención y el perdón. Los autores de la época nos han legado diversos testimonios de la difusión de la nueva religión entre las mujeres, a las que consideraban demasiado impresionables: Al saber los de Damasco la matanza que los judíos habían hecho de tantos romanos, se prepararon para quitar la vida a cuantos judíos vivían allí. Como se habían refugiado todos en unos baños públicos [...] pensaban que acabarían fácilmente con ellos, pero desconfiaban de sus mujeres, porque todas, excepto muy pocas, judaizaban y estaban muy instruidas en esa religión. Por eso tuvieron mucho cuidado en esconderles lo que tramaban. (Flavio Josefo, La guerra de los judíos, XXV).

Testimonios como este muestran que las mujeres fueron las primeras

en convertirse y en predicar la nueva religión, contraria a las tradiciones romanas. El cristianismo no solo comenzó a dirigir las actitudes morales y sociales de las mujeres (el cuerpo debía ir completamente tapado, incluso el cabello), sino también sus saberes y artes intelectuales: las mujeres nobles, según dictaba la norma cristiana, no debían estudiar los clásicos ni tener nociones de política y oratoria, la música estaba prohibida excepto la religiosa, la filosofía solo era permitida si reforzaba la nueva doctrina, como el ocurrió con el platonismo. Todas las ciencias, excepto la medicina, estaban prohibidas para las mujeres. Dentro de este nuevo panorama, la mujer siempre debía estar supervisada por un hombre –su padre o marido–, especialmente las más ricas, por ser las más corruptibles según los antiguos. Se forjaron en este momento dos tipos femeninos. Por un lado la mujer santa, que ejemplificaba a la perfecta cristiana, ama de su casa, sumisa al hombre y la Iglesia, ignorante y dócil. En contraposición al ejemplo de santidad estaba la mujer fiel a las tradiciones ancestrales o a los saberes orientales. Eran tachadas de herejes, paganas o brujas, apartadas de una sociedad cada vez más dominada por el cristianismo incipiente, que sería protegido y predicado por Constantino el Grande en el siglo IV d. C. e instaurado definitivamente por Teodosio I el Grande en el siglo V d. C. ◙ PARA SABER MÁS: • ALIC, M. (2005): El legado de Hipatia. Siglo XXI. Madrid, 2005. • ANDERSON, B. S. (1991): Historia de las mujeres: una historia propia, Editorial Crítica, Barcelona. • BORRAGÁN, N. (2000): La mujer en la sociedad romana del Alto Imperio (siglo II d. C.). Trabe. Oviedo. • DE LA VILLA, J. (2004): Mujeres de la Antigüedad. Alianza Editorial, Madrid.


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La imagen de la mujer

ICONOGRAFÍA

Utinam lex esset eadet quae uxuri est viro Plauto, Mercator, 817

Ojalá hubiera una misma ley para la mujer y para el hombre. Foto: Marie-Lan Nguyen

El ideal femenino de la sociedad romana quedó encarnado en la figura de la casta matrona, cuya presencia y comportamiento estuvieron rígidamente definidos durante la República. Aunque con el tiempo estos atributos fueron difuminándose, la mujer respetable tendió a adquirir una determinada imagen asociada a los valores de pudor y honestidad. La apariencia virtuosa estaba codificada para cada una de las edades de la vida. El estudio de esta imagen, plasmada en las obras de arte que han llegado hasta nosotros, nos permite ahondar en esa sensibilidad.

Por M.ª Isabel Rodríguez López.

El ideal femenino impuesto por el mos majorum, la forma de comportarse según la costumbre de los antepasados, fue un ideal de virtud que se demostraba a través del pudor (pudicitia) y la castidad. Jean Nöel Robert señala que dichas virtudes fueron para la mujer lo que el honor era para los hombres, es decir, su mejor prenda. Muchos textos, y en particular las inscripciones funerarias, desvelan con toda claridad ese ideal que se plasma, iconográficamente hablando, en mujeres vestidas con sobriedad y decoro, mujeres que exhiben públicamente su estatus civil mediante las prendas de vestir. Con el paso del tiempo, este ideal de los tiempos de la República quedó algo desdibujado en el marco de una moral más distraída, donde la mujer pudo adquirir ciertas libertades y modos de vida menos represivos, especialmente en los ámbitos privilegiados de la sociedad.

La imagen de la mujer honesta estaba codificada desde la misma infancia. Según transmite Dioniso de Halicarnaso, el pater familias debía preservar íntegramente el linaje masculino, mientras que entre las niñas, le estaba permitido eliminar a algunas de ellas en el momento de su nacimiento, siempre y cuando conservara a la primogénita; de esta suerte, sería más fácil encontrar marido para ella. Las representaciones infantiles femeninas que han llegado hasta nosotros proceden en su mayoría de contextos sociales elevados: Muchas de ellas son retratos de pequeñas asociadas a la familia del emperador o a linajes de familias patricias, quienes trataron de emular los comportamientos y modas de la corte imperial. Así parece indicarlo el busto en mármol de una niña conservado hoy en la Central Montemartini de los Museos Capitolinos (ver la foto que abre el


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artículo). Este retrato luce un peinado análogo al que es habitual en los retratos de Antonia Minor. La idealización de su semblante y su gesto grave parecen refrendar ese ideal de pudicitia y castidad, un ideal que debía exhibirse desde la más tierna infancia. Idéntica actitud de seriedad y recogimiento en las pequeñas se mantiene en los retratos infantiles femeninos, tanto privados como públicos, hasta el siglo III d. C. Muchas de las imágenes femeninas que conocemos proceden de contextos funerarios, estelas o sarcófagos gracias a los cuales se nos ha trans-

mitido la imagen infantil femenina. Asociadas a animales de compañía, juguetes o palomas, dichas representaciones parecen continuar la tradición griega. En esta iconografía funeraria romana destacan, de manera muy particular, los retratos de momias procedentes del Egipto romano, que nos ofrecen, asimismo, una imagen sincera y profunda de las niñas, como la que muestra un panel sobre encáustica que se conserva hoy en el Staatlische Museen de Berlín, del siglo III de nuestra era. Excepcionalmente podemos contemplar a las jóvenes prac-

ticando ejercicios gimnásticos, como sucede por ejemplo, en un mosaico de la villa romana del Casale, en Piazza Armerina, Sicilia, de cronología discutida. Autoridad doméstica La edad establecida legalmente para el matrimonio era de doce años para las chicas y catorce para los varones. Hubo diferentes tipos de uniones matrimoniales, de las cuales, el llamado matrimonio cum manu fue la fórmula merced a la cual la mujer pasaba de la autoridad paterna a la jurisdicción del marido. En el matrimonio sine

Infancia:entre el aprendizaje y los juegos Por lo que sabemos, la educación estuvo reservada a las niñas de familias acomodadas. Las imágenes evocan también a estas jóvenes educadas en las letras, como atestigua, entre otros ejemplos, el célebre fresco pompeyano que representa a una joven patricia en actitud pensativa, sosteniendo en sus manos el stilus y la tablilla de escritura. Vestida con sencillez y elegancia, con el pelo en-

sortijado y el cabello recogido por una redecilla de hilos de oro y aretes que penden de sus orejas, esta joven dama mira directamente al espectador, con una expresión franca e inteligente. Desafiando orgullosa a los estrechos clichés de la sociedad. Algunas jóvenes eran adiestradas en el canto, la danza o la práctica de algún instrumento musical, actividades artísticas consideradas idóneas para las mujeres honestas, especialmente entretenidas en el hilado con rueca y uso (lanificium). En ocasiones, la imagen infantil o juvenil femenina está asociada a la práctica de juegos. De dichos juegos destaca el de los astragaloi (las tan populares tabas), una costumbre heredada de Grecia y muy extendida en Roma. Una hermosa

pintura sobre fondo blanco procedente de la Villa de los Papiros en Herculano, ilustra esta práctica. Este tipo de pinturas sobre fondo blanco eran conocidas como monochromata ex alba, según señala Plinio, y siguen la tradición griega de finales del siglo V a. C., iniciada por Zeuxis y ampliamente documentada por su abundante uso en los lecitoi de uso funerario. Es una obra neoática del período augusteo, firmada por un griego llamado Alexandros Athenaios. En ella vemos a cinco figuras femeninas, dos de las cuales, jóvenes agachadas, están jugando a los astrágalos, absortas en el movimiento de estos y sin prestar atención al gesto de dos de sus compañeras, dispuestas de pie en segundo término, en conversación con otra figura femenina, con apariencia de matrona. Algunos autores han señalado que lo que se representa es un momento de la historia de las Nióbides, una de las grandes tragedias griegas. Mientras Aglaia e Ilaria juegan a las tabas, ajenas a la desgracia que se avecina, su madre Níobe acaba de jactarse de su abundante prole ante Latona, que solicitará la ayuda de Apolo y Ártemis para exterminarlos.


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manu, menos frecuente, la mujer conservaba su libertad jurídica. En cuanto al matrimonio cum manu, la forma más arraigada en la tradición, hubo tres modalidades: confarreatio, rito solemne con el que se evocaba, ante la presencia del pontifex maximus, la fertilidad femenina y la fertilidad de la Tierra; coemptio, una venta ficticia que se efectuaba con la presencia de cinco testigos; y usus, la cohabitación por espacio de un año, que legitimaba el derecho del marido sobre la mujer. Estas fórmulas quedaron obsoletas al final del período republicano y solo afectaron a las mujeres de familias patricias. Al finalizar la República también los libertos se casaron según estas fórmulas, propias de los ciudadanos romanos libres. La iconografía romana es rica en ejemplos que muestran la unión matrimonial tradicional. Su gesto más característico es la unión de las manos (dextrarum junctio) en la mayoría de los casos. Muchas de las representa-

El relieve funerario de Aurelio Hermia y Aurelia Philematio, que sirvió para ornar su tumba en la Vía Nomentana de Roma, es uno de los más tempranos testimonios de los matrimonios entre libertos, vestidos aquí como ciudadanos romanos. Bristish Museum, Londres.

La matrona debía ayudar a su marido a garantizar los valores del linaje familiar

ciones nupciales que han llegado hasta nosotros proceden del ámbito funerario, como decoración idónea para ornamentar urnas cinerarias o sarcófagos en los que se alude a la fidelidad conyugal. Es destacable la estela de Aurelio Hermia y Aurelia Philematio. En el elogio fúnebre, se expresa su despedida de este mundo con las siguientes palabras: «Mientras viví me llamaron Aurelia Philematum y fui una mujer casta y modesta, alejada de la muchedumbre, fiel a su marido. Mi esposo, a quien desgraciadamente dejo ahora, fue un ciudadano que consiguió la libertad. Él fue realmente como un padre para mí. Cuando tenía siete años él cuidó de mí. Ahora a los cuarenta estoy en manos de la muerte. Mi marido prosperó gracias a mis constantes cuidados». Las mujeres casadas, matronas o señoras de la casa, se convertían en mater familias, y desde esta posición ayudaban a su marido para garantizar

los valores del linaje familiar (gens). Como señaló Gelio, se llama propiamente matrona a la señora casada con un varón, mientras dure su matrimonio. Tal apelativo deriva de mater (Aulo Gelio 18, 6, 8) y su autoridad moral afectaba a los esclavos de la casa y muy en particular a la educación de los infantes, en quienes tenía el deber de inculcar los valores ciudadanos marcados por la tradición. En su quehacer cotidiano, estas matronas fueron atendidas en todo momento por las sirvientas, que se ocupaban, incluso, de su arreglo personal, actividad a la que dedicaban mucho tiempo. Su libertad, sin embargo, era relativa: salían pocas veces del hogar, generalmente para visitar a sus amigas, y siempre en compañía de sus esclavos y cubiertas por un velo. La pieza del indumento que distinguía a las mujeres casadas era la stola, una especie de echarpe con muchos plegados bajo el cual vestía la subucula, una túnica talar ceñida con un cordón en las caderas y con un cinturón bajo el pecho. La palla era el manto –acaso la evolución del himatión griego– que usaban las mujeres recatadas cuando se mostraban en público, para cubrirse la cabeza. En ocasiones, la palla era reemplazada por el supparum, un manto de tela muy ligera que revestía enteramente su cuerpo. La brevedad de estas líneas no nos permite ahondar en el adorno personal de las mujeres romanas, un asunto que tanto la iconografía femenina, especialmente el retrato (tanto imperial como privado y el funerario) como el registro arqueológico, informan cumplidamente. Este universo femenino íntimo, transmitido desde el gineceo griego, quedó figurado en las imágenes, muy en particular la pintura al fresco, cuyas composiciones nos descubren a las damas en el interior de sus casas, muchas veces en compañía de sus hijas o de sus sirvientas.


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Mortales pero divinas Ocasionalmente, la mujer fue representada “a lo divino”, efigiada con los atributos y, a veces, la desnudez de una diosa. El retrato y la escultura funeraria fueron los principales vehículos de expresión de esta modalidad, siendo Venus la deidad asociada con más frecuencia a las mujeres. Este es un tema que ha suscitado diversas cuestiones sobre la interpretación del desnudo femenino y acerca de la función que cumplía el retrato romano en la sociedad, un asunto complejo y contradictorio para los ciudadanos romanos que observaron la castidad y los estándares rígidos de conducta. Las poses de estos retratos mitológicos sugieren los tipos convencionales de la Venus Capitolina y otras venus, según Kleiner y Matheson. Como ejemplo de lo que señalamos baste el relieve funerario de principios del s. II d. C. que se muestra a la derecha, hoy custodiado en el Museo Británico. En esta obra la difunta ha sido representada en altorrelieve, bajo un

La decoración pictórica ofrece interesantes ejemplos de este modus vivendi, muy limitado al ámbito doméstico, en el que transcurrió la existencia de la mujer romana de la alta sociedad. Y si no fue de esta manera, así quisieron dejar su imagen para la posteridad, porque además de ser decente, había que parecerlo. No es extraño que la mujer fuera el asunto más representado –junto con la temática mitológica o los motivos esencialmente ornamentales– en la decoración mural de las residencias privadas.

edículo de medio punto. Va desnuda, por asociación con la desnudez divina de Venus, y solo un manto drapeado envuelve parcialmente sus genitales y sus muslos. Con la mano izquierda sostiene una palma de Victoria, alusiva a Venus Victrix (Venus Victoriosa) y a sus pies se ha representado una paloma, animal que es atributo iconográfico de Venus. Una alta diadema y un elaboradísimo peinado, característico del período trajaneo, adornan su cabeza. En el arranque de la rosca del arco que la cobija hay dos pequeños medallones que contienen sendas cabezas infantiles, que podrían interpretarse, no sin reservas, como retratos de sus hijos, mientras que en la clave del arco, otro pequeño medallón parece un retrato de ella misma. El pedestal sobre el que se yergue la imagen presenta un espacio vacío, destinado a una inscripción que nunca llegaría a completarse y a ambos lados, dos relieves que representan puertas entreabiertas, un motivo simbólico

Entre los numerosos ejemplos conocidos, citamos el fresco que se puede ver en la ilustración de esta página, hallado en una estancia (un triclinium o quizá oecus) de la Villa de Boscoreale. La dama viste a la griega, con chitón púrpura e himatión blanco, y luce brazalete, pendientes y diadema con medallón, todo en oro. Lleva el cabello bien arreglado y aparece sentada en un rico sitial de patas torneadas, en actitud de tocar la cítara.

Fresco procedente de la habitación H de la Villa de P. Fannio Synistor, en Boscoreale, que ha sido fechada en torno al 40-30 a. C. Hoy está en el Metropolitan Museum (Nueva York).

de ascendencia etrusca que podría estar en relación con la entrada a la tumba o el paso al más allá.


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Tras el respaldo de su asiento, se ha representado a una niña estante, quizás su hija, también vestida con decoro. Ambas miran directamente al espectador, concebidas como retratos, con gesto grave pero poseedoras de la seguridad y el poder que su elevado estatus les confiere. Fue, asimismo, habitual que los dormitorios decorasen sus muros con los retratos de las mujeres que en ellos moraban (jóvenes y adultas) insertos en sencillos clípeos. Entre los más conocidos ejemplos destacan los retratos femeninos hallados en la habitación R de la Casa de los Amorinos Dorados, en Pompeya. La decoración pictórica de las residencias privadas a veces pone ante nuestros ojos una ambigüedad semántica muy notable en lo que se refiere a los retratos de sus moradores, convertidos en no pocos casos en “retratos mitológicos”: los dioses toman la faz de los mortales en estos frescos, o bien los mortales son caracterizados con la apariencia de los dioses. Así, los esposos pueden aparecer como Marte y Venus, Hércules y Ónfale, y en algunos casos, participan como personajes del mito evocado en las paredes de sus casas. La ambigua combinación de mito y realidad fue una noción interesante, que refleja las aspiraciones de poder y de emulación de las costumbres principescas por los ciudadanos más ricos de la sociedad romana en el Alto Imperio. Por otro lado, los temas mitológicos, en especial aquellos de tintes eróticos sirvieron en no pocos casos para in-

Foto: Andy Norris

Retrato flavio de una mujer de cierta edad. La retratada tiene profundas líneas de expresión que unen la nariz y los labios, arrugas en la frente y grandes bolsas bajo los ojos. Su expresión parece severa y a un tiempo cansada. Museo Gregoriano Lateranense Profano.

troducir en la decoración doméstica cierto aire de libertad; se trata de imágenes íntimas que rompen el estrecho marco de una moralidad impuesta. Los rastros de una vida honesta Los signos de la vejez son visibles en los retratos de tendencias naturalistas que se dieron en el arte romano durante los años finales del período republicano, especialmente en los retratos masculinos. La esperanza de vida en la antigua Roma era aproximadamente de unos 25-30 años, lo que significa que solo un porcentaje muy bajo de la población estaba por encima de cincuenta años y habría muy pocos ancianos. Sin embargo, han llegado hasta nosotros, retratos de ancianas, y sabemos por las inscripciones conservadas que mujeres de más de 50 años continuaron casándose en Roma. Presumiblemente estas mujeres fueron viudas ricas, un buen partido para sus pretendientes. Sin embargo, la mayoría de las viudas romanas eligieron permanecer univiras (mujeres de un solo varón). El signo más evidente de la vejez en los retratos romanos es el hundimiento

de la carne, muy subrayado en un retrato conservado en el Museo Gregoriano Lateranense Profano. Según Susan Matheson, estos retratos enfatizan el papel de la mujer en el seno familiar, como esposa y como madre. Este debió de ser un papel común y por eso los retratos suelen ser, en lo esencial, convencionales y estandarizados, como demuestran poses, gestos y peinados. Si el rostro muestra signos de la edad solo sirvió para insistir mediante las imágenes en una larga vida de virtud: piedad, gravedad, nobleza y castidad. Es decir, en la dignidad de la matrona y la autoridad moral de la madre, incrementada con el paso del tiempo.

La Venus, que se acerca a la orilla en la célebre casa pompeyana que lleva su nombre (Casa de Venus en la Concha), posee un rostro que en nada difiere de los retratos de las mujeres romanas del siglo I d. C. Su peinado y sus joyas también reproducen los modelos reales que lucían entonces las damas romanas.


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Más allá de la casuística estatuaria cabe preguntarse si hubo otros ideales femeninos. La epigrafía funeraria y la iconografía reflejan, de forma mayoritaria, el ideal femenino tradicional al que nos hemos referido en las líneas precedentes para jóvenes solteras y casadas (jovenes y ancianas). Sin embargo, la realidad debió de ser muy diferente. Algunas mujeres fueron muy influyentes y sabemos de la variedad de los roles públicos que ocuparon. No pocas viudas y madres estuvieron lejos de esa tradición, tales como Cornelia, la madre de los Graco y algunas empresarias cuyos nombres han llegado hasta nosotros. A pesar de las restricciones impuestas por la sociedad, las mujeres romanas tuvieron cierto poder en algunas esferas, siendo notables en política, en el ámbito religioso o en los negocios, aunque en la mayoría de los casos este poder derivara de su asociación con el hombre. En ocasiones, los negocios familiares fueron dejados en manos de las mujeres por sus maridos en ausencia de estos, o después de su muerte. También podían heredar, comprar o vender propiedades y esclavos. Tenemos noticias sobre mujeres parteras, actrices, escritoras, poetisas, peluqueras, enfermeras, costureras, vendedoras... Y no hay duda en el hecho de que las mujeres ricas o influyentes (es el caso de Livia o Julia Domna) comisionaron obras de arte, retratos, edificios y monumentos funerarios. Muchas inscripciones funerarias desvelan que las mujeres que no pertenecieron a la elite también dedicaron estos monumentos funerarios a sí mismas, como es el caso de Petronia Hedone, Ulpia Epigone, Eumachia o Plancia Magna de Pérgamo, entre otras. En su “Epigrammata” (10.35), Marcial centra su elogio en la poetisa Sulpicia, que vivió en el siglo I d. C., celebrando el amor que ella sentía por su poesía. Se reivindica que Sulpicia no instruye a sus lectores en la inmoral falta fuera del matrimonio, sino en la verdadera pasión amorosa, los juegos, delicias e historias ingeniosas. También enseña que hay que mantener viva la pasión en el matri-

Un atrevimiento pictórico Algunas pinturas parecen un guiño a la buscada libertad de la mujer. Ese podría ser el caso de la pintora representada en un fresco de la Casa del Chirurgo en Pompeya. La artista, sentada en una silla de tijera, sostiene el pincel y la paleta de color en la mano y mira fijamente hacia la estatua de Príapo (¡todo un atrevimiento!) que está copiando en un pequeño cuadro, colocado en el suelo, junto a sus pies. En segundo término, otras dos mujeres –patricias, a juzgar por su rica indumentaria y su decoro– contemplan atentas la labor de la pintora. Una de ellas sostiene un abanico en su mano, mientras la otra lleva su dedo índice hasta la boca, en claro gesto de cavilación acerca de la escena que contempla.

monio. Por lo tanto, Marcial encuentra en Sulpicia un modelo (exemplum) de matrona moderna, porque expresa públicamente su amor y su lealtad al esposo. La iconografía abunda también en ese otro ideal femenino, donde la mujer ocupa un papel importante –de igualdad, iconográficamente hablando– junto al varón en las tumbas, o donde su presencia, representada individualmente, la hace distinta. Muchas mujeres sostienen rollos en sus manos, tablillas de escritura y otros objetos que nos indican su estatus o su rol de independencia o poder. Algunas –como decíamos– parecen asumir el papel de Ónfale sometiendo al mismísimo Hércules. Pero sobre todo, es su actitud, su gesto altivo transmitido a través de los monumentos artísticos, lo que en nuestra opinión define mejor ese papel de la mujer y su conciencia social. A pesar de las restricciones de la moralidad y de los tabúes, la mujer romana buscó distintas formas de expresión y de relación con su entorno. Las que pertenecieron a las más altas esferas sociales sacaron partido de su posición, como es el caso de las empe-

ratrices. Aquellas de familias patricias buscaron diversos modos de hacerse un hueco y una forma más amable de vida en el rígido marco de ese ideal, imitado por las que consiguieron, finalmente, un estatus de ciudadanía libre. Un ideal que para las que pertenecieron al escalafón social ínfimo no fue ni siquiera una opción. ◙

PARA SABER MÁS: • BALSDON, J. P. V. D. (1962): Roman Women. Their History and Habits. Londres, Bodley Head. • CANTARELA, E. (1991): La mujer romana. Universidad de Santiago de Compostela. • CENERINI, F. (2002): La donna romana. Bolonia, Il Mulino. • POMEROY, S. B. (1987): Diosas, rameras, esposas y esclavas. Mujeres en la antigüedad clásica. Madrid, Ediciones Akal. • ROBERT, J.-N. (1999): Eros romano. Sexo y moral en la Roma antigua. Madrid, Editorial Complutense.


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VIDACOTIDIANA

LA MODA EN NUMISMÁTICA

Peinadas y elegantes Por Ildefonso David Ruiz López y

A lo largo de la Historia de Roma, el peinado de mujeres y

Carmen Ramírez Ruiz.

hombres sufrió una significativa evolución. Así lo muestran los distintos testimonios monetales existentes. Esta variedad de estilos en el peinado es especialmente llamativa en el caso de las féminas, y se constata sobre todo a través de las representaciones de mujeres pertenecientes a la familia imperial y a las principales familias patricias de Roma.

Foto: R. Pastrana

La moneda, como testimonio y documento de plasmación de la realidad social del momento, es una magnífica herramienta para analizar los diferentes estilos y la evolución del peinado femenino a lo largo de la historia de Roma. De hecho, sabemos que los peinados de las emperatrices que aparecen en las monedas –áureos, denarios o monedas en bronce– se difundían por la sociedad y eran modelo para las mujeres. Gracias al análisis de los peinados que portan algunas mujeres de la familia imperial en las monedas podemos asociar ciertas esculturas a representaciones monetales de una emperatriz o incluso adscribir algunas monedas a un periodo cronológico. Los gustos y la moda capilar evolucionaron con el tiempo, desde la sobriedad de la primera época hasta la sofisticación del periodo imperial. Sin embargo, otros estilos de peinado se extienden de forma más o menos estable en el tiempo. Durante el periodo republicano encontramos pocas imágenes que presenten a mujeres importantes de la vida pública romana. Por contra, aparecen muchos más ejemplos de efigies divinas, cuyos peinados aparecen ocultos con diversos tocados. Centrándonos en las representaciones en las que se aprecia bien su peinado vemos que presentan recogidos


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en la nuca, de donde salen algunos mechones. En muchas ocasiones van acompañados de una diadema. Es el caso de la diosas Ceres –el recogido se hace a base de espigas de trigo–, Diana, Fortuna y Venus y de las alegorías de la Felicitas, la Libertas, la Pietas y la Salus, que en sus primeras representaciones aparece con una melena larga y ondulada. Otra de las representaciones más abundantes del periodo republicano será la de la Victoria, que en la mayoría de las ocasiones aparece sobre una cuadriga, por lo que poco podemos observar sobre su peinado. Sin embargo, en alguna representación de busto sí vemos un peinado formado por un recogido drapeado y acabado en un moño en la nuca. Por último, en las acuñaciones romanas podemos ver algún caso pun-

Durante el Imperio las modas se suceden a gran velocidad lo que permite hacer dataciones más precisas tual de figuras femeninas que aparecen con el típico peinado recogido con diadema, que en algunos casos termina en ínfulas (cintas que adornan el tocado) o en un moño. Si en el periodo republicano existían pocas representaciones de peinado femenino, con poca variedad y muy simples, en la época imperial esto será totalmente diferente, pues las modas se irán sucediendo a

una gran velocidad, convirtiéndose el peinado en este momento en un excelente medio de datación. Los primeros cambios se observan en época de Augusto, en la que se da el denominado “peinado Octavia” o de nudo, que consistía en dividir el pelo en tres partes, por medio de dos rayas en la zona frontal. La zona central se peinaba hacia atrás, recogiéndose en forma de tubo encima de la frente, mientras que los laterales se ondeaban hacia adentro recogiéndose en un moño en la nuca. Por tanto, se formaban en el cabello dos moños, uno frontal y otro trasero. El resto del pelo iba muy tenso y pegado al cráneo, como un casquete. Este peinado podemos verlo claramente en las monedas acuñadas en honor de Livia, la esposa de Augusto. Pasa a la página 25

Poca información en las testas sagradas En la numismática romana contamos con gran cantidad de representaciones de diosas como Ceres, Cibeles, Diana, Fortuna, Juno, Minerva, Roma, Venus o Vesta. También hay abundantes representaciones alegóricas como las de la Concordia (moneda inferior central), la Felicitas, la Libertas, la Pietas, la Salus, la Victoria o la Virtus. Todas estas imágenes suelen tener el inconveniente, a la hora de estudiar los peinados, de que lucen diversos tocados que dificultan una mejor aproximación a la moda del momento de acuñación. Sin lugar a dudas, la imagen femenina que más aparece en las monedas será la cabeza de Roma (en el centro, arriba), que aparece en los anversos de muchos denarios. Esta representación, muy similar a la de Minerva, presenta un casco alado sobre la cabeza, que sólo nos deja ver de su peinado parte de su melena ondulada y algunos mechones que caen sobre los hombros, en algunas ocasiones en forma de tirabuzones.

También galeadas aparecen las cabezas de Minerva o la representación alegórica de la Virtus. En otros casos tampoco podemos ver, por desgracia, el peinado de la diosa o

alegoría, ya que su cabeza aparece velada. Entre estas representaciones encontramos las de las diosas Vesta y Juno y la de la alegoría de la Concordia. Tanto Juno como la Concordia suelen aparecer, además, diademadas. Juno también cuenta con una representación en la que aparece cubierta con una piel de cabra (Juno Sospita). Entre los ejemplos de diosas con cabeza cubierta, también contamos con la representación de Cibeles (abajo), que aparece en muchas ocasiones torreada, aunque se puede observar parte de su peinado, recogido sobre la cabeza y con algún mechón cayendo sobre sus hombros. Esta diosa, en sus primeras emisiones, también aparecía velada.


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De lo natural a lo sofisticado: un viaje de ida y vuelta República

En los primeros siglos de la República, el estilismo capilar transita por los caminos de lo sencillo y natural, por influencia de la cultura griega. En estos momentos, el pelo se lleva hacia atrás, con una raya en el medio y recogido en un gran moño en la nuca. En este periodo las mujeres más jóvenes, que aún no se habían casado, llevarán cola de caballo, decorando a veces su frente con pequeños rizos.

Las clases acomodadas romanas invertían mucho tiempo y dinero en el cuidado de su cabello y su arreglo según las modas vigentes, que solían emanar de palacio. Un repaso a las imágenes acuñadas en monedas, con efigies de las féminas más próximas al emperador, nos da una pista de los usos y gustos que las mujeres, en función de sus posibilidades, trataron de imitar en cada momento.

Principado

Bajo Augusto, el peinado se hace más sofisticado e incorpora el trenzado del cabello antes de ser recogido en el moño. Sin embargo, será a partir de la segunda mitad del siglo I cuando los peinados llegarán a su fase más elaborada, alcanzando algunos incluso un elevado grado de barroquismo.

Siglo II

Severos

En el siglo III d. C. se comienza a observar una serie de tocados muy elaborados que se hacen a base de trenzas. En algunas ocasiones se recogen en un gran moño con forma de madeja.

Se comienzan a utilizar postizos y pelucas sujetas con cintas y agujas (acus crinalis). Muchas mujeres dotan a sus peinados de grandes masas de rizos sobre la cabeza. Encontramos así durante este periodo algunos peinados muy altos y voluminosos que presentan en la frente un gran tupé compuesto por multitud de rizos que formaban un gran abultamiento, que a veces se rellenaba con apliques de pelo. Para que el rizado se mantuviese estable durante mucho tiempo se utilizaban unas tenacillas (calmistrum) consistentes en un tubo de metal que ponían sobre carbones calientes y que servían para elaborar el rizo, y ungüentos con los que fijaban el peinado.

Cristianismo

Vuelve a imponerse un estilo de peinado sencillo, pues estas modas tan sofisticadas se consideraban demasiado ligadas a lo temporal, y, por tanto, un impedimento para la salvación del alma. No obstante, en ocasiones se seguirán utilizando peinados de épocas anteriores. Todas las imágenes de monedas que aparecen en este artículo pueden encontrarse en la página web inglesa www.widwinds.com. Las piezas representadas, pese a tener diferentes valores y dimensiones en la realidad, aparecen aquí ampliadas y todas con el mismo tamaño para que puedan observarse bien los detalles del peinado.


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Sin embargo, dentro de esta misma dinastía Julio-Claudia, el peinado sigue evolucionando, y así, con Antonia, la esposa de Druso, se elimina el moño frontal, por lo que el pelo aparece partido en dos partes que acaban en un moño en la parte baja del cráneo. Este moño, en algunas ocasiones, acaba en unas pequeñas trenzas, como podemos ver en el caso de Agripina, la hija del general Agripa y Julia (la hija de Augusto), y de su hija, Agripina Menor. Este peinado seguirá estando aún de moda en los primeros años de la dinastía flavia, como podemos ver en una representación monetaria de la esposa de Vespasiano, Flavia Domitila. Pero con las siguientes emperatrices flavias vemos un cambio en el estilo. Así, los peinados comienzan a adquirir formas más artificiosas y elaboradas, incorporando cada vez mayor variedad de trenzados y moños

Foto: R. Pastrana

Espejo de metal para el aseo y peinado femenino. Museo Nacional de Arte Romano de Mérida.

más altos y voluminosos, como se puede observar en las representaciones monetales de Julia Titi (esposa de Tito) o sobre todo de Domicia Longina (esposa de Domiciano). Esta última aparece representada con una gran cantidad de rizos y trenzas, que en la parte delantera forman una especie de turbante, al que a veces se toca con una diadema. El estilismo de Domicia será copiado por Pompeya Plotina y Ulpia Marciana, esposa y hermana de Trajano, respectivamente. En el caso de Marciana, la trenza trasera se recoge en un moño, aunque sigue conservando el “turbante” delantero. Con Vibia Sabina, la esposa de Adriano, el peinado adquiere un tono más barroco, y se comienza a realizar un recogido de trenzas en la parte alta de la cabeza, aunque se dejan caer por la parte de atrás algunos tirabuzones. En la frente continúa el “turbante” de época anterior y la diadema.


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Un ejemplo de la importancia moderna del estudio de los peinados es el caso de Faustina madre (esposa de Antonino Pío) y Faustina hija (esposa de Marco Aurelio), pues su titulación en las monedas es idéntica en muchas ocasiones, y para distinguirlas se utiliza el análisis del peinado que tenían. Así, mientras que la primera lleva el pelo recogido en la parte alta de la cabeza y velado o adornado con cintas, la segunda lo recoge en un moño detrás de la cabeza que presenta diferente variedades de posición. Durante el periodo de las guerras civiles se impone una nueva moda

en el peinado, que podemos ver en representaciones monetales de la emperatriz Manlia Escantila o en las de su hija Didia Clara, y que consiste en una especie de moño lateral a modo de madeja. En estas monedas vemos cómo las mujeres portan un peinado más ondulado que rizado. Con la dinastía severa este peinado de madeja continúa vigente, pero los cabellos se rizan y se trenzan de una forma ostensible, como podemos apreciar en las monedas de las emperatrices Julia Domna (esposa de Septimio Severo), Justa Fulvia Plautila (esposa de Caracalla), Julia Soemias (madre de

Heliogábalo), Julia Mamea (madre de Alejandro Severo) o Salustia Barbia Orbiana (esposa de Alejandro). Durante el periodo de anarquía militar las esposas de los emperadores tuvieron una gran variedad de peinados. Así, encontramos el típico de moño trasero de Cecilia Paulina (esposa de Maximino), el de moño lateral de Tranquilina (esposa de Gordiano III) u Octacilia Severa (esposa de Filipo I el Árabe) o el velado y diademado de Egnatia Mariniana (esposa de Valeriano I). Un peinado nuevo de este periodo será el desarrollado a partir del moño lateral, al que ahora

Una de las preocupaciones más importantes de las mujeres romanas era el presentarse bien vestidas, peinadas y maquilladas, y esto no solo lo hacían por coquetería, sino porque debían mostrar a los demás su importancia política y social. Por esta razón utilizaban los servicios de belleza de la ornatrix, una mezcla de peluqueras y asesoras de imagen. Estas profesionales eran las encargadas de lavar el pelo y tintarlo, de hacer los rizos y los recogidos y de confeccionar las pelucas. Algunas de estas ornatrices llegaron a alcanzar una gran aceptación social, y en muchas ocasiones se consideraban indispensables, por lo que se llegaba a disponer en las casas un puesto permanente reservado para este oficio. En el caso de los varones, el encargado del cuidado de los cabellos era el tonsor, que equipado con navajas, tijeras, peines, rizadores y lociones, se encargaba de afeitar, cortar, rizar y teñir los cabellos de sus clientes. Las pelucas, llamadas capillamentum o galerus, se hacían con pelo natural de esclavo. En el caso de las pelucas morenas, la materia prima venía de la India. Para las rubias, de las zonas germanas y nórdicas.

Foto: A. Hispania Romana

Profesionales del cabello

El color rubio, en muchos casos con un tono rojizo, era muy apreciado por los romanos, y por ello en muchas ocasiones se echaban polvo de oro sobre el cabello para darle este color. También se podía elaborar el tinte rubio con mezcla de flores de azafrán. El tono rojizo se obtenía con una mezcla de henna y hierbas. El tono negro procedía de diversas fórmulas, algunas tan inusuales como la de «dejar sanguijuelas reposando en vino tinto durante cuarenta días, y luego con el jugo obtenido colorar el pelo» (Plinio, Historia Natural, 32, 23, 67).

Además de teñirse el pelo, las matronas romanas gustaban de adornar su peinado con complementos como diademas y joyas, redecillas de hilo de oro, tiaras, cintas, peinetas, alfileres, etc. Entre los objetos de tocador podemos encontrar peines, espejos, rizadores y horquillas, que podían ser de madera, hueso, marfil, carey y metales como bronce, plata o incluso oro, pues muchas veces estos objetos de tocador, más que ser simples útiles de uso cotidiano, mostraban la riqueza de una determinada señora o familia.


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se le añade una redecilla que levanta el cabello en forma de trenza hasta la altura de la diadema. Este peinado lo podemos ver en las representaciones monetales de la emperatriz Herenia Etruscilla, de la esposa de Galieno, Cornelia Salonina, o de la esposa de Aureliano, Ulpia Severina. Ya durante el Bajo Imperio los peinados se vuelven más discretos, como podemos ver en el caso de las dos esposas de Constancio, Elena y Teodora, o en el de Galeria Valeria, esposa de Maximiano, en la que sólo encontramos como elemento decorativo una diadema. Todo esto es muestra de

El cristianismo también dejó huella en el peinado, que rechaza la ostentación de otras épocas

La coquetería también es cosa de hombres En los hombres romanos también existió una evolución a lo largo del tiempo en la forma de llevar el peinado y la barba. En los primeros momentos los ciudadanos romanos llevaban barba y el cabello largo, pues la longitud de éste expresaba una dignidad y estado social que solo podían mantener los varones libres, los nobles, los guerreros y los dioses. Las clases inferiores, entre las que se encontraban los esclavos, llevaban el pelo corto, lo que resultaba mucho más higiénico. Ya a partir del siglo III a. C. y por influencia griega, los varones comienzan a afeitarse y a cortarse el pelo. Como ya hemos visto que sucedía con las mujeres, con el cambio de Era el peinado se hace más sofisticado, y se comienzan a incorporar pequeños mechones lisos hacia delante. En el siglo II d. C., durante la dinastía antonina, el estilo se hace más barroco, y comenzamos a observar largas barbas rizadas y gruesos bucles en todo el cabello. Uno de los precursores de este estilo fue Adriano, como se puede ver en

un áureo que muestra la imagen de este emperador, en la pieza inferior. Con la crisis del siglo III el cabello vuelve a llevarse corto, en algunos casos rizado en las puntas, y la barba se lleva también corta y con un aspecto descuidado. Como podemos ver, el hombre romano era muy coqueto, y fue variando su estética a lo largo de los años. De hecho, siempre estuvo muy preocupado por problemas estéticos como la calvicie y las canas, y trataba de combatirlos continuamente, pues eran señal de vejez y de enfermedad. Así, numerosos escritores clásicos –como Plinio el Viejo en su “Historia Natural”– aportan un variado surtido de métodos para frenar la caída del cabello o para teñirlo.

que el sentimiento cristiano va aflorando cada vez más en la sociedad, que ahora ya no intentará hacer ostentación de su riqueza terrenal, sino de una riqueza más espiritual, que se mostrará, de hecho, en una mayor sencillez, tanto en los peinados como en los ropajes. Esta tendencia continuará durante el periodo de la Tetrarquía y en los diferentes miembros de la familia imperial hasta la caída del Imperio de Occidente en el año 476. En conclusión, podemos decir que la moda en el peinado en época romana fue fiel reflejo de los cambios en la sociedad. Los cambios en los peinados solían venir de la mano de la elite romana, sobre todo de la familia imperial, y eran rápidamente adaptados por la gente del pueblo. Durante el periodo altoimperial el peinado de la mujer fue muestra del poder económico de la familia, y por ello las mujeres romanas no dudaban en usar polvos de oro o pelucas traídas desde muy lejos, en tener personas encargadas de realizar complicados peinados y, por supuesto, en competir entre ellas por conseguir el “look” más original. La moneda, como hemos podido ver a lo largo de este artículo, es un elemento de vital importancia para conocer estos tipos de peinado y la evolución que tuvieron a lo largo de toda la Historia de Roma. ◙ PARA SABER MÁS: • GARCÍA Y BELLIDO, A. (1949): “Dos retratos femeninos de Itálica en una colección particular de Palma de Mallorca”, en Archivo Español de Arqueología 22, pp. 335-346. • MARINÉ, M. (1983): “Moda y épocas en el peinado romano”, en Revista Arqueología 24, pp. 56-65. • SANTIAGO FERNÁNDEZ, J. (2002): “El poder de la mujer en la moneda imperial (I)”, Crónica Numismática 135, pp. 42-46. • VIRGILI, P. (1989): Acconciature e maquillage. Vita e costumi del romani antichi. Ed. Quasar.


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CULTURAYARTES

Signos de distinción sobre la piel

ORFEBRERÍA

de significación de las joyas.

piedras preciosas... Todos

Los orfebres desplegaron

estos elementos resaltan la

todo su virtuosismo en las

posición de su portador. La

piezas femeninas, mediante

civilización romana no podía

diversas técnicas y usos de

dejar pasar las posibilidades

confección y decoración.

Por César Pociña López.

procedentes de ajuares funerarios, piezas extraviadas, o conjuntos de ocultaciones intencionadas. Mención aparte merece el caso de las ciudades sepultadas por el Vesuvio, que como en otros casos, han conservado un ingente repertorio de joyería, algunas de ellas encontradas in situ, todavía sobre sus antiguas propietarias. Paralelamente, existen muchas representaciones de joyería en todas las manifestaciones artísticas, como la pintura, la escultura o el bajorelieve. De estas representaciones, por poner un ejemplo, queremos destacar la serie de retratos funerarios pintados sobre madera de El Fayum (Egipto), donde se representa a la difunta con sus mejores galas y, por tanto, ataviada con sus joyas. Estas representaciones ofrecen una valiosa ayuda sobre la manera en que las joyas eran colocadas, su combinación, etc.

La joyería ha sido desde los inicios de la Humanidad un método de ostentación de la clase social a la que se pertenece, a través de objetos de decoración personal desprovistos generalmente de funcionalidad práctica, pero con una gran belleza estética y elaborados con materiales nobles y de gran valor. La cultura romana, clasista donde las haya, utiliza las joyas con esta funcionalidad, llegando a lo largo de los siglos a elaboraciones de gran dificultad técnica y de una gran plasticidad y valor estético. La joyería femenina es en donde encontramos la máxima expresión de las creaciones de época romana, por cuanto la vestimenta masculina era de una gran austeridad y poco dada a la ostentación y el ornato. Para el conocimiento de la joyería romana contamos con numerosas fuentes: la más precisa es un elevado número de joyas conservadas en el registro arqueológico, muchas de ellas

Colección de collares de pasta vítrea. Museo de Bregenz (Alemania).

Foto: Andreas Praefcke

Oro, plata, metales nobles,

Importados de todos los rincones Los vastos dominios del Imperio romano y la existencia de excelentes vías comerciales posibilitaron que


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una gran cantidad de materiales nobles estuvieran disponibles para las creaciones de joyería. Evidentemente, cuanto más escasos y vistosos fuesen estos materiales, mayor cotización e impacto causarían. Comenzando por los metales, el más apreciado fue el oro, como ha sucedido a lo largo de toda la Historia. Los romanos extraían el oro en gran cantidad de sitios, siendo la explotación peninsular más fructífera la localizada en las Médulas en el noroeste de Hispania. El oro se suele utilizar en joyería en aleación con otros metales, que le confieren las características necesarias para ser trabajado, así como una tonalidad particular. En época romana era muy habitual trabajar con aleaciones de gran proporción de oro, generalmente 18 o 24 kilates. Muy generalmente se utilizaba también una aleación natural conocida como electrón que consiste en una mezcla de oro y plata en proporciones variables. Otros metales usados artificialmente para alear el oro eran el cobre y sus aleaciones, plomo e incluso se han hallado trazas de platino. Cabe destacar que proporcionalmente en joyería femenina son más habituales las joyas de oro que las de plata, a pesar de que las primeras eran más caras que las argénteas. La plata provenía de diversos yacimientos, pero especialmente destacables son las minas de Cartagena, la Bética o el noroeste de Hispania, dando lugar a un importante nudo viario, la vía de la Plata. En ocasiones, la plata era chapada o sobredorada, para asemejarlo al más apreciado oro. Para las personas con menor poder adquisitivo se recurría al cobre y todas sus aleaciones. Especialmente reseñable es el latón (cobre aleado con cinc), de un marcado color dorado similar al oro. Tanto es así que en latín recibía el nombre de oricalco. Otros metales usados, pero en mucha menor proporción era el estaño y el hierro. De este último destacan los anillos, aunque generalmente de uso masculino. Los metales podían usarse solos, pero muy habitualmente eran com-

Foto: Asunción Fernández

Foto: Wessex Archeology

En la foto superior, cuentas de pasta vítrea, talladas con gallones. Museo Nacional de Arte Romano, de Mérida. Debajo, anillo de cobre fabricado a partir de dos hilos trenzados. Fue hallado durante unas obras en Dorchester (Inglaterra). Abajo, pendientes de oro y esmeralda. Se ha usado la cristalización natural de la esmeralda, en forma de hexágono. Museo de Laon (Francia). Foto: Vassil

plementados con el uso de gemas, piedras preciosas, vidrio y pasta vítrea, o materiales de procedencia animal y vegetal como ámbar, perlas, concha, marfil, o hueso. Algunas gemas empleadas eran la cornalina, amatista, jaspes, derivados del cuarzo, lapislázuli y berilos o esmeralda. No se utilizaba normalmente el diamante, como en nuestros días. Todas estas piedras recibían tallas sencillas, generalmente por pulimentado, que le daban formas cilíndricas o esféricas para pendientes y cuentas de collar. Los anillos y medallones también solían presentar elementos de forma oval o circular (cabujones). Varias gemas se utilizaban respetando su cristalización natural, como por ejemplo el berilo, que se tallaba para cuenta de collar respetando su cristalización en prismas hexagonales. Para montar las cuentas se solía recurrir a practicar orificios pasantes, mientras que los cabujones normalmente eran montados con coronas rebordeadas de lámina de metal. La pasta vítrea era muy utilizada, sobre todo para elaborar cuentas de collar. Estas solían tener formas cilíndricas, aunque eran muy habituales las cuentas gallonadas, haciendo estrías. Muchas veces se recurría a la pasta vítrea como recurso para imitar las gemas. Las joyas de las clases sociales bajas frecuentemente eran cuentas de pasta vítrea unidas por hilos de tejido o cuero. De los materiales de procedencia animal o vegetal, uno de los más apreciado era el ámbar, que procedía en


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su mayor parte del Báltico. Se llegó a constituir una gran ruta comercial exclusivamente para el comercio de este material. De gran valor eran también las perlas, por el hecho de la dificultad de su extracción. Se usaban las perlas marinas, normalmente no tan redondeadas como es habitual hoy en día, y las perlas fluviales, más pequeñas y de formas muy irregulares. Concha, hueso y marfil también eran empleados, a veces tallados en formas naturalistas. De hueso o marfil destacan las agujas de cabello, con las cuales se sujetaban los complicados peinados de las mujeres romanas. Otros materiales empleados en menor medida eran las maderas (de difícil registro arqueológico) y el azabache. De este último material se elaboraban pulseras y sobre todo anillos. El esqueleto de la pieza La joyería romana se basaba en la combinación de una serie de elementos básicos, debidamente combinados

Eran muy apreciadas las perlas marinas, no tan regulares como las actuales, y las fluviales, más pequeñas con criterios estéticos y funcionales. Como todas las vertientes del arte romano, se aprecian modas o tendencias en este proceso de combinación. El “esqueleto” de la joya, la parte funcional normalmente estaba formada de metal. Para conformar el metal se empleaban una serie de técnicas, la más sencilla de las cuales era la denominada cera perdida. Consistía en modelar la joya en cera de abejas. Sobre este modelo en cera se aplicaba una capa de arcilla que al secarse y extraer la cera dejaba un hueco interior con la forma previa. Bastaba con llenar esta cavidad con metal fundido,

romper el molde una vez enfriado, y se obtenía la pieza, que luego podía ser mejorada o decorada con otras técnicas. Para la obtención de formas sencillas, muchas veces se procedía al uso de plancha de metal recortada en una determinada forma. Dicha plancha se elaboraba mediante el martillado del metal sobre cuero, con martillos especiales. De esta forma se podían obtener planchas de grosores inferiores a 0,1 milímetros. Muchas veces, sobre todo en el caso del oro, estas finas láminas revestían un alma de materiales más baratos, como aleación de cobre, madera, etc. El alambre se obtenía por trefilado, es decir haciendo pasar tiras de metal por agujeros cada vez más estrechos. También se podía obtener a partir de tiras estrechas de plancha retorcidas sobre su propio eje. El alambre se usaba mucho en la elaboración de pendientes o soldado sobre plancha como elemento decorativo. Muchas veces se retorcía sobre sí mismo, o se

El metal recibía decoraciones en su superficie para embellecer las piezas de orfebrería. Una de las técnicas más utilizadas era el repujado, consistente en martillear la una lámina metálica para ir dibujando por presión. Este hundido se hace con la suficiente precisión como para ir produciendo formas más o menos complejas. También se conocía el estampado con matrices, que da un resultado similar. La incisión de líneas mediante buriles o la aplicación de pequeños agujeros siguiendo patrones geométricos eran dos técnicas sencillas empleadas con profusión. Estas líneas incisas se podían dejar tal cual o se podían utilizar para insertar en ellas otros metales (damasquinado), nielo (una mezcla de plomo y plata de color negro) o esmalte.

Más complicadas eran dos técnicas de realización similar: la filigrana y el granulado. La primera consistía en soldar hilos o alambres sobre la superficie de la joya, siguiendo patrones decorativos generalmente geométricos. El granulado consiste en soldar pequeñas esferas (granos) sobre el metal. Ambas técnicas podías usarse complementariamente, y la dificultad consistía en lo aparatoso de todo el proceso y en evitar que los alambres y granos se derritieran sobre la pieza en vez de soldarse, o bien que la soldadura no llegara a producirse y los elementos se desprendieran. A finales del Imperio la lámina de metal se decoraba con una técnica denominada opus interrasile consistente en practicar orificios cincelados en el metal.

Elaborado pendiente realizado en el Egipto romano. Museo de Maguncia (Alemania).

Foto: Asunción Fernández

El arte de embellecer lo precioso


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trenzaban varios alambres, como recurso decorativo. Una vez obtenidos los diversos elementos, se procedía a su ensamblaje por soldadura. Cuando se requerían trabajos de precisión se utilizaban unos tubos finos, soplando a través de una llama. El horno se dejaba para soldadura más bastas, aunque tampoco se descartaba para las filigranas. Paralelamente se podían usar barras de hierro caliente usadas a modo de punta de soldar. Otra manera de unir las piezas era por remachado, que consiste en pasar clavos de metal por orificios en las dos piezas a unir, y aplastar el extremo del clavo pasante para evitar así su retorno. Metal por todo el cuerpo Las joyas más empleadas por la mujer romana eran los collares, pendientes, anillos y pulseras. También se usaban diademas, redecillas de oro para el cabello, fíbulas de vestimenta, y otras piezas más exclusivas como finas cadenas cruzadas en X sobre el torso con la función de resaltar los senos. Los collares generalmente consistían en combinaciones de cuentas de collar de diversos materiales (gemas, pasta vítrea, etc.) con eslabones o cadenas de metal. Sobre estos se podían llevar medallones, e incluso se puso de moda llevar monedas engarzadas como recurso decorativo. Normalmente los collares solían ser de una única hilada, aunque se conocen collares de varias hiladas paralelas. Las piezas más sencillas eran hilos de cuero o tejido, embellecidos con alguna cuenta, generalmente de pasta de vidrio o hueso.

Tablillas como esta de El Fayum nos muestran con detalle cómo lucían las romanas sus mejores joyas.

Los pendientes generalmente era combinaciones de alambre con cuentas de pequeño tamaño. El pendiente se aplicaba al lóbulo de la oreja mediante un largo alambre en forma de gancho. El modelo más generalizado era aquel del que colgaban varias tiras paralelas de cuentas, aunque existía una gran diversidad de modelos. El más sencillo consistía en un aro simple aplicado sobre el orificio de la oreja y unidos sus dos extremos por un trenzado o retorcido simple. Este modelo implicaba que la propietaria no podía quitar o ponerse el pendiente habitualmente, sino que lo había de llevar permanentemente. Los anillos eran una de las joyas más difundidas, y era habitual llevar varios anillos en los dedos de ambas manos. Los diseños de los anillos solían incorporar una gema central tallada en cabujón. Muchas veces los anillos decorados con tallas eran usados como sello particular de la propietaria. Los modelos más sencillos eran simples aros de metal. Las pulseras se lucían en brazos y piernas. Eran muy comunes las pulseras de lámina de metal decorada con motivos incisos o repujados. A veces la pulsera representaba serpientes enrolladas en espiral, dando varias vueltas alrededor del brazo. También se usaban pulseras de cuentas similares a los collares, o formadas por eslabones de parejas de semiesferas de metal. Foto: Mararie

Como se ve, la orfebrería dio piezas para todos los gustos y para todos los bolsillos. La actividad creativa estuvo siempre sujeta al dictado de la moda, y por tanto la evolución formal y tipológica es muy marcada. Es destacable ver cómo se siguen estas tendencias, aun dejando la libertad del orfebre para combinar e innovar en la realización de la joya. El conocimiento del oficio y la ingeniosa combinación de metales, gemas y decoraciones produjeron piezas que aún hoy en día nos sorprenden por su gran belleza estética, y a menudo por su actualidad. ◙

PARA SABER MÁS: • HIGGINGS, R. (1980): Greek and roman jewelry. University of California Press, California. • OGDEN, J. (1982): Jewelry of the ancient world. Rizzoli. • PEREA, A., MONTERO, I., GARCÍA-VUELTA, O. (2004): Tecnología del oro antiguo: Europa y América. CSIC, Anejos AEA, XXXII.

Detalle de un brazalete de oro, con cabezas zoomorfas. Museo del Louvre (Francia).

• PIRZIO, L., STEFANELLI, B. (1992): L’ oro dei Romani. Gioielli di età imperiale. L’Erma de Bretscneider, Roma.


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LAENTREVISTA

Pilar Fernández Uriel Dirige el Departamento de Historia Antigua de la UNED y es especialista en el periodo del Alto Imperio Romano. Sus inicios estuvieron tutelados por José María Blázquez, quien le encomendó la traducción de las “Sátiras” de Juvenal. Para una joven proveniente de un colegio de monjas el encargo fue cuanto menos chocante, pero la tesina le permitió conocer de primera mano la vívida realidad de Roma. Años después rescata parte de aquel trabajo para indagar sobre las mujeres trabajadoras. Por Roberto Pastrana.

—¿Por qué este interés por las mujeres obreras? —El asunto surgió a raíz de una invitación del Museo Nacional de Arte Romano, que quería celebrar el Día

emperatrices, que ya están muy estudiadas, me propuse acercarme a la realidad de un colectivo menos favorecido y analizado. —¿Cuál es el resultado de sus investigaciones?

tra era disfrutaron de un momento que les permitió alcanzar cada vez mayores cotas de autonomía. Siempre, eso sí, dentro de unos límites bien definidos para su condición femenina. Con todo, me dejó muy sorpren-

“La mujer romana estaba mucho más avanzada de lo que creemos” Internacional de la Mujer con un ciclo de conferencias sobre el rol femenino en la época romana. En vez de tratar las figuras de las

—He llegado a la conclusión de que la mujer romana estaba mucho más avanzada de lo que creemos. Durante los primeros siglos de nues-

dida la gran cantidad de mujeres que regentaban sus propias fábricas. Sabemos de la existencia de empresarias de elementos de cons-

trucción por los nombres que imprimían en los materiales que manufacturaba su negocio. También tenemos unas marcas (tituli picti) que identificaban tejas, ladrillos… hechos en factorías propiedad de una mujer. —¿Existe alguna similitud entre estas empresarias? ¿Hay un perfil tipo? —Comparando los casos apreciamos que muchas de ellas eran esclavas liberadas por sus dueños, con los que, frecuentemente, acababan casándose. A la muerte del marido, ellas heredaban el negocio y llegaban a conseguir un buen estatus económico, aunque su posición social fuese baja. En Hispa-


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nia tenemos un caso que sigue punto por punto este camino, el de una tal Abundia Megiste. En el 90% de los casos se intuye que las mujeres desempeñan la función de empresarias por la ausencia de una figura masculina que lleve estos cometidos. —Luego el número de emprendedoras que ponían en marcha un negocio motu proprio era minoritario. —Sin duda. El papel que la sociedad romana reservaba a las mujeres honestas era el de esposa y responsable del hogar, cuya ocupación más honrada era el hilado. Este elogio aparece en la mayoría de los epitafios femeninos. Pero no debemos olvidar que los monumentos funerarios que han llegado hasta nosotros nos hablan de mujeres de alto nivel económico. Seguro que las romanas de posición inferior se veían más expuestas a tener que trabajar por circunstancias de la vida. Probablemente tendrían que vender en el mercado o emplearse en fábricas para asegurarse la subsistencia. —En definitiva, pequeñas empresarias y obreras. —Sí, se trataría de obreras que trabajaban muchas veces en fábricas de tejidos. También había mujeres que se dedicaban a esta actividad por su cuenta, empleándose como costureras y zurcidoras que prestaban servicios en las propias casas de sus clientes, como hasta hace no tanto pasaba en España. Menos numerosas eran las ornatrices, o peluqueras, las que vendía productos de belleza por las calles o iban a las casas de las matronas para vestirlas y arreglarlas.

También encontramos algunos casos de vendedoras de joyas o perfumes. Alguna sería una comerciante especializada, como una vendedora de perlas, pero no cabe duda de que la mayoría venderían un poco de todo: bisutería, perfumes baratos... Aparte de estos casos, existen testimonios de otros tipos de labores menos frecuentes. En su momento estudié a los Veturios, una familia de purpurarios de ascendencia oriental que comerciaba con este preciado tinte. Estamos hablando de la familia entendida en el concepto romano, que incluye en ella a esclavos y libertos. Los registros arqueológicos han permitido seguir la historia de esta familia durante tres generaciones, a través de las cuales las mujeres tuvieron un papel muy relevante. Una de ellas, de nombre Lydia, fue una de las primeras conversas de San Pablo, junto al resto de su familia.

“En el 90% de casos de mujeres que regentaban un negocio se intuye la ausencia de la figura masculina que llevaba ese cometido” “Las romanas de posición baja estaban más expuestas a tener que trabajar para subsistir”

—¿Estaban bien consideradas las mujeres que se dedicaban a los negocios? —Sí, hay testimonios laudatorios como el que Cicerón dedica a Cesenia, a la que llama digna y honradísima patricia en su “Defensa de Aulo Cecina”. Hay que tener en cuenta que al morir su marido, la viuda dejó los negocios bancarios en manos de un administrador, que aprovechó su situación para engañarla. Descubiertas las maniobras, Cesenia decidió tomar ella misma las riendas del banco. Vemos que Cicerón apreciaba el valor de esta mujer, capaz de adentrarse en el sector financiero para defender su patrimonio. —¿Esta admiración se extendía a las obreras y empresarias más humildes? —Si extendemos al resto de la sociedad las palabras de los poetas satíricos, no. Hay ciertas referencias despectivas hacia trabajadoras como la barbera de la que habla Juvenal, que dice que no afeitaba, sino degollaba al cliente. Pero hay que tener en cuenta que las sátiras de Marcial y Juvenal son terriblemente crueles con todo el mundo, más aún con las mujeres, sin importar su condición. Arremeten contra las matronas que invitaban a gladiadores a su casa y les hacían regalos; contra algunas integrantes de la familia imperial, como Mesalina; contra las vendedoras; las judías... No se salva nadie. El reverso de esta visión la encontramos en ciertas lápidas funerarias en las que se llora a la madre desaparecida. En ellas, los hijos le agradecen que se sacrificase por ellos vendiendo por las

calles. Estos testimonios dejan entrever cómo debía de ser el ambiente de los mercados, con tenderetes de mala muerte en mitad de las calles en las que las vendedoras ofrecían sus servicios a los viandantes de los barrios populares como la Subura. —¿Por qué la historia de estas mujeres es tan poco conocida? ¿Por qué no se ha estudiado hasta ahora? —El principal problema es la falta de referencias directas. Las fuentes literarias son muy parcas y hay que limitarse casi exclusivamente a la epigrafía funeraria, en especial la procedente de las necrópolis de Pompeya y Herculano. —¿No introduce esto un sesgo geográfico? ¿Cabe la posibilidad de que estemos generalizando una situación que solo se daba en la Península Itálica? —Yo creo que la realidad es extrapolable, al menos para el siglo I y II, en los que los modelos romanos se copian en todo el Imperio. No hay más que ver el urbanismo de las ciudades, las leyes municipales, las costumbres... Hay tal fenómeno de imitación que hoy en día se está reconstruyendo el Foro Augusto, del que quedan pocas evidencias en Roma, gracias a los foros provinciales que se hicieron a su semejanza, como ocurrió en Córdoba o Mérida. ◙

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VIDACOTIDIANA

SACERDOTISAS

Mediadoras de los dioses La mujer fue un sujeto de importancia en la religión romana aunque su papel oficial estuvo en la mayor parte de los casos supeditado al del marido. Con todo, las fuentes y la epigrafía demuestran que las oficiantes femeninas estuvieron presentes en la adoración de numerosas deidades, en especial en las religiones mistéricas. Las sacerdotisas nos reFresco de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina, que representa a una sibila.

Por M.ª José Doncel.

Los autores antiguos afirmaban que la mujer poseía una sensibilidad innata para ponerse en contacto con las fuerzas superiores. La comunicación era de suma importancia, pues para la cosmovisión primitiva romana el mundo estaba sometido al capricho de los numinae, espíritus omnipresentes que actuaban sobre la tierra. Existían ceremonias y plegarias con fines propiciatorios y protectores que permitían conocer la voluntad de estas fuerzas. Pese al reconocimiento de la sensibilidad femenina, la interpretación de los signos siempre se reservó a hombres: augures, decenviros y arúspices (ver Stilus6), que se guiaban por libros sagrados custodiados por sus respecti-

cuerdan etapas tempranas de la antigua religión naturalista que reverenciaba en la mujer su capacidad telúrica de engendrar vida.

vos colegios sacerdotales. Esta “incapacidad femenina” era defendida por autores como Dionisio de Halicarnaso. También Tácito advertía contra el vaticinio femenino, al considerar que ofrecía esperanzas a los enemigos y temor a los veteranos. Tras estos argumentos contra el éxtasis profético de la mujer quizá late el temor a un fenómeno incontrolable y por tanto políticamente peligroso, al contrario que las interpretaciones de los sacerdotes oficiales, que sí podían prestarse a manipulación. En estas condiciones, no puede extrañar que durante la Monarquía y la República el Senado reaccionase contra las formas directas de relación con la deidad. La adivinación natural se persiguió al tiempo que se favorecían las prácticas oficiales de la casta sacerdo-

tal. Los ritos femeninos se vieron muy afectados por estas políticas que llevarían a casos como el de Carmenta, fuerza protectora de las parturientas, que en este periodo perdió su condición divina y fue relegada a una categoría inferior. En un plano terrenal, los dictámenes del Senado provocaron el declive de una larga tradición itálica de magas y hechiceras en la Península Itálica, aunque su existencia seguramente continuase en la clandestinidad, en paralelo a la religión estatal. Durante los últimos años de la República, se produjo cierta apertura hacia la adivinación natural. El colegio de los decenviros, responsable de la interpretación de los libros sibilinos, recurrió a Delfos en alguna ocasión. De hecho, los miembros de la gens Cornelia, una de


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las más ilustres de Roma, recurrían con frecuencia a este tipo de adivinación, a pesar de que estaba muy mal visto. Miembros de esta gens fueron los Escipiones, que mantuvieron una postura de apertura a la introducción de los cultos extranjeros, quizá por su formación helenística o quizá como instrumento para afianzar su poder personal. También perteneció a ella Sila, que reconstruyó los libros sibilinos en el año 83 a. C. El caso es que el ejemplo cundió y durante buena parte del siglo I a. C. las consultas a profetisas se generalizaron entre las clases superiores. A pesar de los obstáculos que las oficiantes femeninas encontraron, ciertas mujeres sí participaron en la religión oficial: las flamínicas. Su papel era vital para la estabilidad de Roma, si bien su rol estaba supeditado a su condición de esposas del sacerdote, verdadero poseedor del derecho al cargo. Este estatus hundía sus raíces en la Monarquía. Tito Livio adjudicaba a Numa Pompilio la organización de la religión de Estado. Sostenía que de la misma manera que el padre, ayudado por su esposa y sus hijos, rendía culto a los dioses en el hogar doméstico, en la domus regia lo hacía el rey con su familia. Cuando el rey, que reinaba en función de dos virtudes, justicia y religión, no pudo atender todas sus funciones, delegó las sacerdotales en un doble suyo, el rex sacrorum, al que quedó asociada su esposa, la regina sacrorum, como doble de la reina. El colegio sacerdotal, que hasta entonces se había encargado de asesorar al rex en materia cultual, se desmembró en los diferentes flamines, todos ellos acompañados de su correspondiente flaminica. De las esposas de los fla-

Letra femenina, pero ojos masculinos La persecución de la adivinación por parte del Senado romano combatía unas prácticas que eran habituales por todo el Mediterráneo. Se produjo una ruptura con la tradición que, sin embargo, conservó un elemento arcaico: los libros sibilinos. Según la leyenda, estos libros fueron escritos por la sibila de Cumas. Las sibilas eran sacerdotisas de Apolo con capacidad de ver el futuro. En concreto, la que habitaba en Cumas, ciudad al sur de Roma, fue la responsable de la elaboración de unos libros proféticos que fueron introducidos en Roma por Tarquinio el Soberbio (534-509 a. C.). Varrón contaba la venta de estos documentos al rey romano: «La sibila se dirigió a Tarquinio el Soberbio y le ofreció nueve

mines Martialis y Quirinalis sabemos bastante poco. También desconocemos si los doce flamines minores tuvieron flamínicas emparejadas. Castas por el bien de Roma En el panorama relativo a la religión oficial destaca un caso con unas características especiales: El culto a Vesta, que se asociaba con la suprema divinidad telúrica. Quizás esa condición explique que sus sacerdotisas, las vestales, tuviesen que mantener la castidad, una

libros. No los compró porque los encontró demasiado caros. Entonces la sibila quemó tres y le ofreció los seis restantes por el mismo precio. Al negarse quemó otros tres y le ofreció los tres que quedaban sin modificar el precio. Al final Tarquinio accedió». A pesar de que eran el resultado del trance de una profetisa, los libros fueron adoptados y protegidos por la religión estatal, pero su custodia e interpretación se confió a un colegio sacerdotal masculino, el de los decenviros. Dicho colegio, que tendría un papel fundamental en la introducción de los cultos mistéricos durante el Imperio, estaba compuesto en un principio por dos sacerdotes, aunque con el tiempo llegó hasta quince, todos ellos miembros de la aristocracia senatorial.

situación por otra parte tan extraña para la mentalidad romana. Se consideraba que el cumplimiento de este voto era un requisito esencial para mantener la estabilidad y el bienestar de Roma. La existencia de un sacerdocio exclusivamente femenino tal vez haya que buscarla en el hecho de que las vestales desempeñaban unas funciones relacionadas con el hogar, ámbito tradicionalmente vinculado a la mujer. En concreto, eran responsables de mantener vivo el fuego en el templo de Ves-


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ta. Si el fuego se apagaba, se volvía a encender frotando dos trozos de madera procedentes de árboles “bienaventurados”. Esta costumbre, instituida según los escritores clásicos por Numa, parece una traslación del culto del fuego doméstico y del altar de los dioses familiares al ámbito estatal. La importancia de su labor se manifiesta en detalles como que se les asignasen rentas del tesoro público para su sustento o que cada una de ellas fuese custodiada por un escolta (lictor). La casa de las vestales sólo se abría a mujeres del 7 al 14 de junio. Después del noveno día, se celebraban las Vestalia. El decimoquinto día se procedía a la purificación de la casa. Las vestales, ciudadanas romanas elegidas entre los seis y los diez años, ejercían su sacerdocio por un periodo de treinta años. Ostentaban poderes religiosos que pertenecían a los hombres y podían pagar con su vida el incumplimiento de sus funciones. Su estatus legal era distinto al del resto de las mujeres: estaban exentas de tutela. Además, perdían los derechos en su familia original. Podían disponer de sus bienes como quisieran, pero si morían sin hacer testamento, nadie tenía

Las seis ínfulas que rodean la cabeza identifican este busto del Bristish Museum como una vestal, sacerdotisa que atendía el fuego sagrado ubicado en pleno Foro de Roma.

derecho a heredar. Sus propiedades volvían al tesoro público. Aunque se liberaban de la tutela paterna y eran honradas por todos los magistrados, estaban sujetas a la disciplina por el pontifex maximus. Este podía infligirles castigos corporales, pero no tenía derecho de vida y muerte (ius vita necisque) sobre ellas, potestad que sin embargo sí tenía el progenitor sobre su descendencia. Estaban al mando de la Gran Vestal. La que rompía la regla de la virginidad era sometida a una investigación por parte del colegio de pontífices. Si era encontrada culpable, era condenada a muerte. Nuevas puertas a la esperanza Tras la Guerra del Peloponeso se produjo en Roma un aumento del interés por nuevas concepciones religiosas llegadas del extranjero. El cambio en las

Foto cedida por Roger Ulrich

preferencias de los fieles es complejo de explicar. Por una parte, existía una parte de la población que quedaba al margen de los cultos étnico-políticos, abiertos solo a los ciudadanos romanos por nacimiento. Por otro lado, la religión oficial no satisfacía las necesidades espirituales de muchas personas. Sea cual sea la razón del cambio, lo cierto es que hacia principios del siglo

Las obligaciones de una sacerdotisa Debido a su posición preeminente y su significación religiosa, tanto los flamines como sus esposas estaban sujetos a estrictos ritos y gran número de tabúes que afectaban a ambos, ya que el sacerdocio recaía sobre los dos cónyuges. Este binomio determinaba que el flamen perdía su condición sacerdotal en caso de morir su esposa. Por su parte, ella debía ser monógama y, en caso de enviudar, no podía volver a casarse. La ceremonia del matrimonio era la confarreatio, que representaba una unión indisoluble. La flaminica debía ser virgen o no haber estado casada anteriormente. Ambos realizaban sacrificios al dios con la misma clase de víctima: él un car-

nero, ella una oveja. Probablemente se trataba de una unión hierogámica que simbolizaba la unión divina y cuyo objeto era mantener la fecundidad y la pujanza de los ciudadanos y del Estado. La vida de la flaminica no era fácil, ya que debía respetar ciertos tabúes como no lavarse, ni peinarse ni adornarse los días nefastos. Durante esos días, en los que estaba prohibido casarse por sus supuestos influjos malignos sobre el matrimonio o la fecundidad, la flaminica estaba obligada a guardar luto (no sabemos si real o simbólico) y castidad. La flaminica llevaba la cabeza cubierta por un velo rojo (flammeum) como el que vestían las novias el

día de su boda, lo que se interpreta como símbolo de fecundidad. Llevaba también sobre el flammeum una rama pequeña (surculum) arrancada de un árbol con fruto, y que según algunos autores debía ser de un granado. Cuando la flaminica oía un trueno, debía quedarse quieta hasta que se aplacasen los dioses, pues el árbol sobre el que caía un rayo “funesto” quedaba estéril, y el rayo afectaba a la tierra y a todo lo vinculado a ella y a su fertilidad. La cama del matrimonio flamínico debía tener las patas embadurnadas con lodo. Posiblemente, era el símbolo de la tierra fértil y que estaba también relacionado con la fertilidad agraria y la fecundidad.


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IV a. C. algunos miembros de las clases elevadas empezaron a explorar con interés creciente las diversas corrientes filosóficas. Por otra parte, un número mucho mayor de personas se inició en los cultos mistéricos orientales. Comenzó así un proceso de identificación de dioses de distintos cultos, que acabaría dando lugar a diversas religiones de salvación con un denominador común: su carácter agrario y una fuerte tendencia a lo irracional y el secretismo. Las nuevas opciones espirituales ofrecían una relación directa con la divinidad y permitían el acceso a todo tipo de personas, sin exclusiones: hombres o mujeres; libres o esclavos; a todos se les ofrecía la posibilidad de identificarse con el dios en su sufrimiento y posterior triunfo; todos tenían al alcance de su mano la salvación y el Más Allá. Esta puerta a la esperanza explica, quizá, su enorme difusión entre los más desfavorecidos. Cibeles contra Cartago A lo largo de los siglos, el panteón romano experimentó una evolución como consecuencia de las conquistas, pues era costumbre adoptar a los dioses de los enemigos vencidos. Esta actitud favoreció la penetración de cultos, de la mano de soldados y comerciantes. El primer culto mistérico introducido oficialmente en la ciudad del Tíber fue el de Cibeles, en tiempos de la Segunda Guerra Púnica, a finales del III a. C. El Senado ordenó que fuera trasladada a Roma una piedra negra extraída de la roca sagrada de Pesinunte, en Asia Menor, considerada manifestación de la diosa. Un sacerdote y una sacerdotisa frigios acompañaron durante todo el viaje a la roca sagrada, que fue recibida por Cneo Escipión. Este se la entregó a las principales matronas, que fueron pasándola de mano en mano hasta el templo de la diosa Victoria. El triunfo de Escipión sobre Aníbal (202 a. C.) aseguró la aceptación de Cibeles en Roma y la consagración de un templo en el Palatino. También supuso la institución de un culto en el que existía un activo cuerpo clerical femenino, bajo el mando de una sacerdos maxima que moraba en la propia Roma. Tras la aceptación de Cibeles, que

Las oficiantes de Cibeles Las sacerdotisas de Cibeles intervenían en ritos como el taurobolium, un rito de regeneración en el que se degollaba un toro (o un carnero, en caso del criobolium) con un arpón con punta de gancho. La sangre se derramaba sobre el cuerpo desnudo del devoto, que renacía así a una vida nueva. Las sacerdotisas colocaban las vires (órganos reproductores) de la víctima en un recipiente para traspasar las fuerzas fecundantes del animal divino a la persona para la que se realizaba el rito. Las sacerdotisas también representaban un papel en la iniciación a los misterios de Cibeles y Atis que estaba abiertos a todos, sin distinción de sexo ni condición social. Este rito celebrado en Roma en el Templo Frigiano, en el Vaticano, cerraba las fiestas públicas celebradas

entre el 17 y el 27 de marzo. A pesar de que Claudio hizo solemnes estas festividades poco sabemos del rito iniciático, a causa de la ley del arcano. Conocemos que tenía lugar la representación de la unión de Atis con Cibeles, un acto con un trasfondo complejo. No solo simbolizaba la unión del iniciado con la divinidad, sino que también la escena puede entenderse como la muerte del iniciado y su resurgimiento en sintonía con Atis. Aún cabe una última interpretación: la celebración del renacimiento de la vegetación, en el seno de la diosa Cibeles. Por los escritos cristianos también sabemos que el rito iniciático constaba de un banquete costeado por las ofrendas obligatorias de los nuevos fieles. Cada uno de ellos donaba una dracma que se ponía a interés. Estos rendimientos se empleaban en banquetes rituales. Las sacerdotisas organizaban las colectas destinadas a banquetes en honor a Magna Mater y Atis.

Grabado del Barnhard Rode que recrea, con evidentes licencias artísticas, un taurobolio. Foto: James Steakley

abría el sacerdocio a todo el mundo, recalaron en Roma nuevos cultos mistéricos orientales que reconocían el papel de las mujeres en los ritos de adoración. La proliferación de numerosos cuerpos sacerdotales femeninos

a partir de entonces hace difícil encontrar un común denominador para todos ellos. El sacerdocio mistérico no requería una preparación específica, ya que estas religiones carecían de teología o reflexión, pero la forma de acceder a él


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varía mucho. En ocasiones vemos que logran esta posición por compraventa, pero también hay noticias de sorteos o cargos hereditarios. La duración de su vinculación al dios también es variable, desde el sacerdocio vitalicio hasta un desempeño temporal (ad tempus). Asimismo, su situación conyugal también era dispar, ya que se constatan ritos que exigían un celibato perpetuo y otros que lo hacen durar solo el tiempo de ejercicio. El silencio de la ley del arcano Aunque en todas las religiones mistéricas de la Antigüedad grecorromana hubo sacerdotisas (a excepción del mitraísmo), los intentos por aproximarnos al día a día de estas mujeres se topan a menudo con los escasos datos que trascendían la ley del arcano, el juramento de los iniciados de no revelar lo que sucedía durante los ritos. Sabemos que había al menos una sacerdotisa por templo, aunque algunos autores hablan de la existencia de varias en los santuarios importantes. Sin embargo, desconocemos qué relación existía entre ellas o si había contactos entre

sacerdotisas de diversos cultos. Nuestra información también es muy precaria en lo tocante a la jerarquía. Desde el punto de vista jurídico romano, la reunión de tres oficiantes era suficiente para integrar un collegium sin poder coercitivo (potestas), pero con autorictas. Grosso modo, podemos hablar de la existencia de una sacerdos maxima que ejercía su papel rector sobre las subalternas (hiereia, sacerdos) que, en ciertos casos, estaban organizadas jerárquicamente. Este orden es un hecho en el culto de Isis, tanto para los oficiantes masculinos como femeninos. Las fuentes nos hablan de que en la cúspide de toda la organización se encontraba un sumo sacerdote, aunque la dirección administrativa y fiscal recaía en un órgano colegiado que les representaba ante el Estado. Respecto a sus funciones, si la labor principal de los sacerdotes en los cultos mistéricos consistía en hacer presente la divinidad y su poder, las oficiantes femeninas estaban habitualmente ligadas a tareas de cuidado y atención. En el culto de Isis, por ejemplo, se encargaban de lavar, peinar y vestir las imágenes de la

deidad antes de abrir el templo al público. En otras manifestaciones religiosas de carácter telúrico, las sacerdotisas tuvieron una importancia especial durante las representaciones de las uniones místicas (hierogamia). Durante la escenificación de los matrimonios sagrados, la suma sacerdotisa se unía al hierofante en una escena que simbolizaba la unión del iniciado con la divinidad. La ley del arcano no permite dilucidar si esta unión -que no tiene que ver tanto con lo sexual como con la transmisión de vida- era real o simbólica. En cualquier caso, la participación de la sacerdotisa en estos ritos la convierte en una mediadora con el mundo celestial. El sacerdocio mistérico se caracteriza, entre otras cosas, por el uso en los ritos de disfraces que reflejaban simbólicamente a la deidad. Históricamente los dioses telúricos, conectados con la fertilidad agraria y la humana, se manifestaron en una primera etapa en animales como la serpiente y el toro. Posteriormente evolucionaron y se transformaron en deidades teriomórficas, mitad humanas, mitad animales. De forma más

El escándalo de las bacanales Dioniso, denominado como Baco por los romanos, siempre fue un dios tremendamente popular. Hijo de Zeus y una mortal, presenta aspectos contradictorios: es perseguido y victorioso, asesinado y reanimado. También posee una faceta salvadora muy llamativa: no solo fue capaz de elevar a su madre Semele hasta el Olimpo, sino que se desposó con Ariadna, tras sacarla del Hades. Este enlace representa una clara alegoría de la salvación del alma, liberada de la muerte y unida a Dioniso en matrimonio místico. Sus seguidores celebraban varias festividades a lo largo del año. Las principales eran las Antesterías, fiestas primaverales anteriores al plenilunio, que duraban tres días, entre febrero y marzo. Las Antesterías celebraban la llegada de Baco a la Hélade por mar. Por todo el Mediterráneo se representaba la entrada triunfal del dios, que

desembarcaba en el puerto acompañado por un cortejo de sátiros. En su camino a la ciudad era celebrado por grandes multitudes con carreras extáticas. El culto báquico hizo furor en Roma a principios del siglo II a. C. Un senadoconsulto formulado por Gayo nos informa de que muchísimas personas, incluidos nobles, se iniciaron en esta religión atraídas por el desenfreno y la ingesta de bebidas sin medida durante la celebración de las bacanales. El riesgo para el orden público llegó a tanto que el Senado, alarmado, decretó que los sacerdotes compareciesen ante los cónsules. El asunto, conocido como el Escándalo de las Bacanales (ocurrido en 186 a. C.), se resolvió alentando la delación de los culpables. Algunos investigadores dudan de la noticia de Tito Livio y argumentan que el Senado actuó por razones más pro-

fundas, relativas al quebrantamiento del orden social. No hay que olvidar que las mujeres ocupaban un lugar prominente en el culto. Asimismo, algunos iniciados de baja extracción (esclavos y pobres) eran refractarios al dominio romano. Todo ello llevó al Senado a dar una muestra de poder ante los aliados itálicos y los competidores dentro del propio sistema político romano, en especial los generales victoriosos que cuestionaban la autoridad del Senado. El resultado del senadoconsulto es que las bacanales fueron prohibidas en toda la Península Itálica, excepto en casos especiales que debían ser aprobados específicamente por el Senado. A pesar del severo castigo reservado a los que violaran el decreto, las fiestas en honor a Baco sobrevivieron en el sur de la Península hasta muchos siglos después.


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tardía, el influjo de las religiones celestes del Mediterráneo hizo proliferar los mitos de jóvenes dioses de apariencia antropomórfica que mueren para volver a resurgir en sintonía con la naturaleza, en primavera. Degeneración y libertinaje Este paso, que marca la evolución de monoteísmo al henoteísmo (preponderancia de un dios sobre los demás), tuvo un buen ejemplo en Roma con la expansión del culto a Baco, en el que las mujeres siempre tuvieron un peso esencial. De hecho, en un principio el culto a este dios era exclusivo para mujeres y se celebraba en secreto. No en vano, algunas de las advocaciones de Baco se presentan en conexión con la Madre Tierra. Sus celebraciones tenían lugar en Roma cerca del Aventino los días 16 y 17 de marzo, después de que varias matronas hubiesen sido nombradas sacerdotisas. Este carácter exclusivamente femenino se perdió en 188 a. C. cuando, según Tito Livio, una sacerdotisa de Campania llamada Pacula Ania permitió la iniciación de hombres. No fue el único cambio que introdujo Ania, impelida por un aviso oracular de los dioses. También transformó el rito en nocturno y, en vez de varios días al año, estableció cinco días al mes para las iniciaciones. Las consecuencias fueron escandalosas para los escritores de la época, ya que a partir de entonces, estas actividades se celebraron “en promiscuidad” y libertinaje nocturno. Según estas fuentes, en las celebraciones nada era considerado sacrílego. Los hombres se convulsionaban con movimientos frenéticos mientras se entregaban a vaticinios. Las matronas, con el cabello suelto, corrían al Tíber con antorchas encendidas en las manos, impregnadas de azufre y sal, que sacaban del agua sin apagar. En la celebración de estos ritos desaparecían los convencionalismos sociales y se cometían grandes excesos agravados por la locura teléstica, sin la censura de la conciencia. Había alusiones sexuales, unas veces simbólicas y otras representadas tal vez con realismo. Se decía incluso que los que se negaban a guardar el juramento de silencio, participar en crímenes o mantener relaciones sexuales (stuprum) eran arrebatados por

Foto: Museo Romano Oiasso

La procesión de Isis determinaba, a principios de marzo, la apertura de la temporada de navegación. En la foto, reconstrucción de esta ceremonia por parte del Museo Romano Oiasso, en Irún.

los dioses. Aunque nunca se pudo probar que se cometiesen crímenes en las bacanales –es muy posible que, de hecho, solo hubiese representaciones de muertes rituales–, el hecho fue que el Senado reaccionó con dureza contra los excesos de este culto (ver recuadro de la página anterior). La madre que vino de Egipto La veneración a Isis también tuvo gran difusión en Roma y es, asimismo, uno de los cultos que más pervivencias tiene en la actualidad, debido a su fácil adaptación a otras corrientes y creencias posteriores. La diosa egipcia se convirtió en modelo femenino, muy ligado al ámbito doméstico. A menudo se la representa como madre, con su hijo Horus sentado en el regazo. Esta imagen protectora, que conectaba muy bien con la facultad de absolver los pecados, le granjeó gran predicamento entre mujeres y esclavos. De hecho, gran número de libertos acostumbraban a consagrarse a ella tras su emancipación, a través de ceremonias que conllevaban ayuno y abstinencia. En época helenísica, los iniciados se agrupaban en asociaciones, los collegia isidis. Las funciones de las sacerdotisas en un rito tan marcadamente femenino y maternal estaban centradas en el cuidado del templo, aunque también participaban en las procesiones, cuya descripción

más completa nos ha llegado a través de la novela “El asno de oro”. Las fuentes documentales informan de que tocaban el sistro, un instrumento musical de sonoro tintineo. Las fuentes epigráficas son tardías, de la época imperial, pero nos informan de que esta religión no ponía obstáculos a las personas con minusvalías para consagrarse, a pesar de ir contra la norma general del sacerdocio. Las principales celebraciones de este culto eran los Isia –celebradas a finales de octubre y comienzos de noviembre y cristianizadas después con la conmemoración de Los Difuntos– y la procesión del mar. En esta última, que tenía lugar a finales de febrero o principios de marzo, el sumo sacerdote consagraba la nave que inauguraba la temporada marinera y posteriormente retornaba al templo con los objetos sagrados. La ceremonia terminaba con una fórmula griega que proclamaba la apertura de la navegación. La procesión del mar y las Antesterías báquicas parecen fusionarse para dar los actuales carnavales (carrus navalis). ◙

PARA SABER MÁS: • GUERRA GÓMEZ, M. (1987): El sacerdocio femenino (en las religiones greco-romanas y en el cristianismo de los primeros siglos). Inst. Teológico S. Ildefonso. • MONTERO HERRERO, S. (1994): Diosas y adivinas. Ed. Trotta. • VÁZQUEZ HOYS, A. escribe sobre religión antigua en su blog www.bloganavazquezhoys.com


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PROSTITUCIÓN

Las trabajadoras del placer

Por necesidad, casi todas; por garantizar su libertad sexual, unas pocas. Las

mujeres que se proclamaban prostitutas tenían perfiles muy diferentes, pero todas compartían una condición: eran repudiadas públicamente, pese a que su función se aceptaba e incluso alababa socialmente. Las profesionales del sexo se movían en un campo ambiguo que hoy se antoja sorprendente.

Foto: R. Pastrana

Grupo erótico del siglo I d. C., custodiado en la Gliptoteca de Munich (Alemania). Algunos sostienen que el conjunto, procedente de un burdel de lujo, podría representar una prostituta con un cliente.

Por Marcos Uyá.

La civilización romana integraba el sexo con naturalidad en sus costumbres cotidianas. Una simple visita a Pompeya nos da una idea de este hecho. Numerosos testimonios literarios y gráficos confirman que las gentes no dudaban en entregarse, cuando podían, a los caprichos del placer carnal. Dentro de esta visión en la que todo era aparentemente normal y cotidiano, se enmarcaba, cómo no, la prostitución. Disfrutar de los servicios

del “oficio más viejo del mundo” no era considerado en Roma una lacra. Es más, se consideraba expresión de libertad entre los varones, a los que se les recomendaba ir de vez en cuando a satisfacer sus necesidades e instintos sexuales para así no cometer adulterio. Incluso una eminencia en cuestiones de moral como Catón el Viejo, puntilloso y conservador donde los hubiera, recomendaba la visita a los lupanares, sin excesos, antes que deshonrar a una mujer casada, según recoge Horacio en sus “Sátiras”. Quizás la influencia griega, civilización muy liberal


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en cuestiones sexuales y morales, hiciera efecto en la sociedad romana cuando ambas entraron en contacto. Ahora bien, ¿qué pasaba con las mujeres que ejercían el oficio? La respuesta cambia en función de los orígenes de la mujer. Si había sido abandonada de bebé o nacía esclava; si se quedaba huérfana o procedía de una familia pobre que no podía mantenerla; si había cometido algún tipo de delito su dedicación al sexo era algo que entraba dentro de lo lógico. Si una mujer libre quería convertirse en meretriz debía asumir una serie de condiciones tales como declarar a los ediles curules su posición como dadora de placer, ya que la prostitución era una práctica legal que contaba con su correspondiente censo. Como tal, las profesionales de este sector pagaban impuestos. Asimismo, disfrutaban de derechos especiales, como el de estar exentas de los castigos que acarreaban la práctica sexual sin enlace previo (stuprum) y el adulterio.

Foto: Laurentiu.elenaworld.net

Ciertos estudiosos afirman que las spintriae ,monedas con escenas explíticas de sexo, eran quizá piezas que se usaban en los prostíbulos. Según esta explicación, la cifra del reverso, indicaba el precio de los servicios representados en la cara principal de la moneda.

En contrapartida, el ejercicio de la prostitución convertía a la hetaira en un despojo social. Renunciaba a su privilegiado estatus y entraba en la categoría de infames, junto a los actores y gladiadores, es decir, aquellos que se consideraban faltos de dignidad moral y paradigma del deshonor. Las meretrices se ganaban la vida con su cuerpo. Lo venden o alquilan por horas, días e incluso largas temporadas según la necesidad del cliente. Dicha necesidad suele ser sexual, pero conocemos casos de encargos “sociales”: sirven como acompañantes a eventos en lo que la esposa del usuario no sería bien vista, tales como los baños públicos, espectáculos o ciertos banquetes, fiestas o aniversarios. Estas hetairas llegaron a tener tal influencia que no solo apartaban a las esposas de la vida social, sino que se convirtieron en personajes importantes de la vida pública y política, y llegaron a influir en las decisiones de hombres importantes.

Abril, el mes de la fecundidad Las meretrices tenían fiestas propias. Dos de ellas cobraron especial importancia: las Vinalia y las Floralia. Las primeras se celebraban en honor a Venus cada 23 de abril. Se relacionaban con los productos de la tierra y el vino nuevo, que ese día podía ser consumido por los hombres en el templo de la Puerta Colina. El santuario, situado fuera del recinto sagrado de Roma, se convertía durante las Vinalia en un hervidero de prostitución al que acudían muchos hombres para desahogar sus instintos. La festividad de las prostitutas comenzaba de madrugada, antes del amanecer. Las primeras en congregarse en torno al templo eran, según los cronistas, las mujeres menos hermosas. Los proxenetas (lenones) hacían negocio con los

clientes más madrugadores y menos pudorosos. Los exigentes y exquisitos, sin embargo, esperaban a que saliera el sol, ya que entonces la “mercancía” era de mayor calidad y más cara. Hacia el mediodía, los ricos y grandes propietarios se dirigían a las inmediaciones del templo para alquilar, ya a precio de oro, los favores de las chicas mejor dotadas. Entre el gentío no faltaban grupos de jóvenes muchachos que embadurnaban de hollín a las meretrices que, a su juicio, mostraban unas pretensiones excesivas para su físico. Las Floralia eran las fiestas en honor a Flora, divinidad de la vegetación y patrona de las prostitutas. Celebradas anualmente a partir del 173 a. C., entre el 28 de abril y el 3 de mayo, la parte prin-

cipal de la celebración se desarrollaba por la noche. Los lenones anunciaban en voz alta las tarifas de sus pupilas, su dirección, servicios... Otras prostitutas, las menos atractivas, desfilaban en las horas de mayor oscuridad mostrando sus encantos. Por su parte, las más bellas esperaban a los primeros rayos de sol para mostrar a las claras sus cualidades y valor. El público predominantemente masculino, enfervorecido con estas visiones se lanzaba al más absoluto desenfreno. Algunos moralistas cristianos criticaron la depravación de unas festividades que se enmarcaban entre los ritos primaverales asociados a la fertilidad, en los que la mujer y el sexo tenían un papel protagonista.


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A pesar de estos últimos casos, el romano pensaba que las mujeres que comerciaban con su cuerpo eran exhibicionistas, poco escrupulosas e inmorales. Pero eso no era obstáculo para que, dejando de lado las objeciones morales, contratasen los servicios de estas profesionales tan discriminadas como deseadas. Más allá de la ambigüedad de su posición social, las prostitutas tenían una ventaja importante si las comparamos con las mujeres decentes o las de alta clase, las matronas: no podían cometer adulterio, porque no estaban casadas ni podían hacerlo. Esto dio lugar a situaciones curiosas ya que, a despecho de caer en la infamia, mujeres nobles casadas se convertían en prostitutas para buscar el placer sin ser acusadas de adúlteras. La libertad sexual, sin embargo, tenía un alto precio social para las solteras, ya que al declararse infames por su oficio perdían la capacidad de casarse con ciudadanos libres y su derecho a recibir herencias. Glamurosas y humildes Existían diferentes clases de prostitutas, en función de sus servicios y situación personal (ver Stilus5). Las cortesanas eran prostitutas de lujo, provocativas, guapas, refinadas e insinuantes. Se maquillaban con todo tipo de exóticos bálsamos e incluso se teñían el pelo con pasta de sebo y ceniza. A pesar de su posición, no dejaban de ser mercancía a menudo totalmente dependiente de la dueña del prostíbulo o del proxeneta (leno), personajes estos brutales y groseros. A las hetairas de alto nivel se les exigía que supiesen seducir y atrapar a

Fresco de carácter erótico encontrado en la Casa Vetti, en Pompeya. Obras como estas eran mostradas sin rubor en las casas romanas, ya que la satisfacción del impulso sexual era entendido como algo consustancial a la naturaleza humana. Foto: Xaviers

Las meretrices poseían un estatus jurídico especial que les evitaba ser acusadas de adulterio clientes adinerados que proporcionasen sustanciosos beneficios. De un modo más humilde, las mesoneras o venteras, si bien no eran prostitutas propiamente dichas, de vez

en cuando ofrecían sus servicios a los clientes que iban a beber al local o pernoctaban en las posadas (mansiones). Solían ejercer con el beneplácito de su marido, que se convertía así en una especie de proxeneta mal visto por la sociedad. En las capas más bajas de la sociedad, las scorti eran prostitutas que normalmente se ofrecían en las calles. Eran las más baratas: por apenas dos ases venden su cuerpo, lo que permite deducir que sus clientes eran tan miserables como ellas. Físicamente son poco atractivas, muchas de ellas ya viejas y ajadas. Su cuerpo flácido y sus pechos caídos no invitan precisamen-

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s ti lu

a m a n a .e s ro ia n a s @ h is p


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te a la cópula, máxime si tenemos en cuenta su escueta higiene en esos ambientes. Por eso, el coito era muchas veces rápido y fugaz. Si bien con ciertas reservas, algunos autores acercan el concubinato a la prostitución, debido a algunas menciones ambiguas en los autores clásicos. Se trata de una tesis algo forzada ya que, a pesar de que la unión era consentida por ambas partes, al igual que con una meretriz propiamente dicha, se debía respetar la fidelidad: sólo había una concubina y ninguna de las dos partes debía de estar unida en matrimonio a un tercero. Las fuentes romanas añaden cierta confusión al concubinato al denotar relación con el ejercicio carnal. Marciano afirma que la concubina podía ser una mujer nacida libre o haber conseguido la libertad, a pesar de que hubiera sido prostituta en el pasado. Por su parte, Modestino defiende que las relaciones sexuales con una mujer considerada libre no deben entenderse como una especie de concubinato, a no ser que la mujer haya ejercido anteriormente como prostituta. En todo caso, parece quedar claro que el estado de concubina implicaba haber dejado atrás su anterior vida de meretriz. Celebridades de la carne Las crónicas romanas nos han dejado constancia del nombre de prostitutas

Los burdeles (a la derecha, fresco en uno de Pompeya) no eran el único sitio donde se ejercía la prostitución. Las taberneras (abajo, reconstrucción de una caupona para la exposición “Romanorum vita”) tenían mala reputación porque algunas ofrecían también servicios carnales. Foto: Rachie5

famosas. Quizás la más conocida de todas fue Mesalina, la esposa de Claudio. Considerada por algunos, símbolo de la mujer liberada al dedicarse libremente al oficio, otros creen que las fuentes exageran su fama de meretriz. Se dijo que aprovechó la ausencia de su esposo para organizar en palacio un concurso para ver quién se podía acostar con más hombres en un solo día. El colegio de prostitutas aceptó el reto y envió a Escila, que realizó veinticinco coitos antes de rendirse. Se dice que Mesalina prosiguió durante la noche y, tras declarar que no se sentía aún satisfecha después de haber yacido con setenta hombres, continuó hasta el amanecer. Otro caso conocido fue el de Clo-

dia, hermana de Publio Clodio Pulcro, tribuno de la plebe en el 59 a. C. y amo de Roma tras la marcha de César a la Galia. Su enemigo Cicerón denunció que sus jardines, situados al borde del Tíber, se habían transformado en un grandioso burdel donde confluían todo tipo de trabajadoras del sexo. Los escritores romanos afirman que también Julia, hija de Augusto, tuvo una conducta desordenada. Afirman que no dudó en prostituirse en un periodo en el que su padre, flamante emperador, andaba preocupado por la relajación de las costumbres y la inmoralidad en la sociedad romana debido al auge del concubinato, el adulterio y los divorcios. ◙

Foto: Sebastià Giralt

PARA SABER MÁS: • GRIMAL, P. (2011): El amor en la Roma antigua. Ed. Paidós. Barcelona. • HERREROS GONZÁLEZ, C. y SANTAPAU PASTOR. M. C. (2005): “Prostitución y matrimonio en Roma: ¿Uniones de hecho o de derecho?”, en Iberia, 8, 89-111. • ROBERT, J-N. (1999): Eros romano: sexo y moral en la Roma antigua. Universidad Complutense, Madrid. • VANOYEKE, V. (1990): La prostitution en Grèce et á Rome. Les Belles Lettres. París.


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RELEVANCIA SOCIAL

Las ciudadanas distinguidas La mujer no podía participar de forma directa en la vida política, pero los testimonios epigráficos demuestran que la influencia femenina en el día a día de la comunidad era importante. Un repaso a los hallazgos encontrados en la Bética revelan la huella que dejaron sacerdotisas, damas de la alta sociedad e incluso trabajadoras de baja extracción.

Por Eva M.ª Morales Rodríguez.

La participación de la mujer romana en la vida política estaba vetada, pero dejó muestras de su inflluencia a lo largo de la Historia. La Lex Oppia del año 215 a. C., que penaba el lujo y el exhibicionismo de joyas, fue abolida en el año 195 a. C. por el empuje del sector femenino. En el 169 a. C. las matronas protestaron de forma pública contra la Lex Voconia, que limitaba la riqueza que podían heredar. Finalmente, en época de Augusto, la Lex Papia Popea aumentó los derechos sucesorios de la mujer. Los progresos en la posición social femenina durante el I d. C. supusieron una conquista de nuevos privilegios para las damas aristocráticas. Esta nueva situación ideológica se refle-

Busto funerario del monumento de los Stalacci de Salaria (Úbeda la Vieja, Jaén).

ja en la epigrafía, la mejor forma de propaganda en el mundo romano. Las abundantes inscripciones honoríficas proclaman en las calles y plazas la actividad de las mujeres de la elite ciudadana, al margen del ámbito doméstico: asisten a espacios de ocio y recreo, participan en banquetes y cenas, sufragan la construcción de termas, restauran puentes, edifican acueductos, levantan esculturas a sus familiares y amigos... Estas actuaciones de carácter evergético evidencian una actividad pública similar a la de sus compañeros masculinos. Están documentadas actuaciones urbanísticas promovidas por mujeres como actos de generosidad y munificiencia para la comunidad. Realizan donaciones –explícitamente señaladas sua pecunia– para la restauración de

pórticos o vidrieras, embellecimiento de exedras, construcción de termas o teatros... En general, los dispendios se encaminaban a la construcción de infraestructuras o edificios públicos, y se efectuaron con la sanción de las autoridades municipales, el ordo de los decuriones. El material epigráfico nos permite citar a varias damas acaudaladas de la Bética, que financiaron ambiciosos proyectos. Así, Annia Victorina costeó un acueducto a sus expensas, que requirió puentes, conducciones y cisternas en Ilugo (Santisteban del Puerto, Jaén). Sempronia Fusca Vibia Anicilla sufragó, junto a su padre, unas termas y las abasteció de agua en Aurgi (Jaén). La sacerdotisa Junia Rústica rechazó cualquier ayuda económica por parte de Cartima (Cártama, Málaga) para


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rehacer los pórticos del municipio, ceder dinero para los baños públicos, asumir la deuda de la ciudad con el Estado romano (vectigalia), colocar en el foro una esfinge de bronce de Marte, ofrecer un banquete y juegos, y dedicar otras tantas estatuas... Por su parte, en Tagili (Tíjola, Almería), Voconia Avita promovió unas termas en un solar de su propiedad y entregó 2.500 sestercios para el cuidado de los baños, después de celebrar unos juegos circenses y un banquete. Todas ellas son mujeres que no solo intervienen de forma activa en la vida pública de su ciudad, sino que financian obras de infraestructuras para sus comunidades, como las de abastecimientos de agua, elemento básico para toda urbe. La traída de agua a la ciudad, que implicaba un coste muy elevado, da idea de la capacidad económica de estas damas. Probablemente eran dueñas de propiedades y grandes fortunas. Banquetes y juegos para el pueblo Es significativo que un gran número de juegos y banquetes ofrecidos en la Bética las costearan féminas. Las mujeres participan con gran intensidad en la vida festiva de sus ciudades, financiando una de las actividades más típicas de la ciudad romana: “pan y circo”. Conocemos el nombre de algunas generosas matronas: Lucrecia Campana dedica juegos escénicos durante cuatro días, juegos circenses y organiza un banquete para sus conciudadanos en Tucci (Martos, Jaén). Annia Severa se encarga de ofrecer juegos circenses y organiza un banquete en Batora (Torredonjimeno, Jaén) con motivo del pontificado de su marido. Este comportamiento queda recogido en la Lex Ursonensis, que aconseja celebrar juegos y banquete durante cuatro días cuando se nombra a un magistrado. Por su parte, Aponia Montana, en busca de reconocimiento social, celebra en honor del sacerdocio juegos circenses y ofrece una donación de 110 libras de plata en Astigi (Écija, Sevilla). La generosidad de las poderosas damas les reportaba honores por parte de las autoridades locales (ordines

Propaganda epigráfica femenina en la Bética A Lucio Fabio Caesiano, de la tribu Galeria, duunviro, flamen perpetuo de los ciudadanos del municipio Barbesulano, Fabia Fabiana, hija de Cayo y Fulvia Honorata, hija de Sexto, sus herederas según testamento, habiendo dado un banquete, lo pusieron. CIL II, 1941

A Caya Plancia Romana, propietaria de una gran hacienda en el campo accitano, por las buenas obras que hizo a la República, Casio Longino, varón consular, le ofrece este monumento. CIL II, 352

Consagrado a los dioses Manes, Baebia Veneria, tintorera, querida por los suyos, dulce para su abuelo, de 25 años de edad. Baebio Venerioso, un año, tres meses, sea para vosotros la tierra leve. IRPC, 139

Marco Latinio, liberto de Marco, Lucio Afinio Ata[---], liberto de Lucio, Latinia T[---], liberta de Marco, Demetrio, hijo, Latinia Da[---], liberta de Marco, modista. CIL II 2/7, 339

municipales). Entre las actuaciones de estos ordines destaca la erección de esculturas en las plazas públicas. La evidencia epigráfica menciona numerosas actuaciones en este sentido. Así, el ordo de Cartima autoriza el levantamiento de las estatuas a las sacerdotisas Vibia Turrina y Junia Rústica. Por su parte, Ordo Iporcensium (Alanís, Sevilla) decretó una escultura y cenas públicas en honor de Cornelia Tusca. El carácter oficial de los homenajes queda reforzado, en la mayoría de las ocasiones, con un banquete público al que acuden todos los notables y autoridades de la ciudad, según recoge el capítulo 77 de la Lex Irnitana. También tenemos referencias de fiestas similares en Cartima, donde Valeria Situllina costea los gastos de un convite para los miembros de esta comunidad. Aparte de los banquetes públicos y la dedicatoria de estatuas, sabemos de la existencia de otros honores hacia las benefactoras, tales como la lectura de elogios públicos, el pago de los gastos de su entierro y el lugar de sepultura, y otras evergesías de tipo funerario como ocurre con Calpurnia Scanti[ll] a en Aurgi o Aelia Procula en Munigua (Villanueva del Río y Minas, Sevilla). Apoyo a candidatos Las mujeres de cierta posición no solo tuvieron una proyección social sino que también desempeñaron un papel político de importancia al apoyar a un candidato corriendo con parte de los gastos asociados a su magistratura. Tal como recogen distintas leyes béticas como la Lex Irnitana o la Lex Malacitana, la dignidad del duumviratus, la más importante en el ámbito municipal, exigía fuertes desembolsos. De este manera, descubrimos a mujeres que invierten parte de su fortuna en la elección de magistrados. Attia Titula apoyó la carrera de duunviro de su hijo M. Cornelio Saturnino en Singilia Barba (El Castillón, en Antequera, Málaga), mientras que Sempronia Fusca hacía lo mismo con su padre G. Sempronio Semproniano, duunviro y pontífice a perpetuidad en Aurgi. En ocasiones las mujeres aparecen en voluntades testamentarias, como sucede con L. Fabio Caesiano en Barbesu-


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la (Cortijo de Guadiaro, en San Roque, Cádiz), que dispone alzar un pedestal y celebrar un banquete público en honor a sus hijas. Las grandes fortunas personales se expresan taxativamente, como en el caso de Caya Plancia Romana, una gran propietaria en el territorio de la colonia accitana; o Fabia Hadrianilla, mecenas de una fundación alimentaria para niños y niñas en Hispalis. La parcela religiosa fue otra vía de proyección pública para las mujeres, gracias al desempeño de cargos religiosos. Las flaminicae o sacerdotisas del culto imperial, la dignidad más representada en las ciudades de la Hispania meridional, tenían entre sus funciones presidir reuniones, actos de culto y festejos. Aquellas que ostentaban este honor quedaban integradas en el orden político y disfrutaban de ciertos atributos y privilegios durante el año que duraba su sacerdocio. Los puestos religiosos solían recaer en las hijas de la aristocracia local, quienes no solo daban continuidad al orden social y político sino que realizaban donaciones y construían edificios públicos para aumentar su fama y poder. Su prestigio es tal, que muchas de ellas reciben donaciones colectivas Estela de Voconia Avita Voconia Avita, hija de Quinto, construyó para Tagili unas termas en su terreno, y con su dinero organizó unos juegos circenses y ofreció una comida. Para la conservacion y uso perpetuo de las termas dio a la república tagilitana dos mil quinientos denarios. Resina, P. y Pastor M. (1978); Zephyrus

Estela de Annia Victorina

Hubo mujeres notables que recibieron honores en diversas ciudades a las que estaban vinculadas expresadas en epigrafía con fórmulas tales como aere collado (moneda reunida), pecunia collata (dinero recogido) o ex stipe (con moneda). Así sucede en el caso de Licinia Rufina y la Res Publica Contributensis Ipscensis o el de Valeria Lucilla y sus conciudadanos de Malaca (Málaga). Hijas predilectas Los espacios públicos de representación también estaban abiertos a mujeres de otras ciudades, puesto que el senado local tenía a su alcance fórmulas como la adopción (adlectio). Esta posibilidad benefició a Valeria Paetina, sacerdotisa en su colonia natal, Tucci, que también recibió diversos honores en la capital de la provincia Bética, Corduba (Córdoba), además de ejercer su actividad en el municipio de Castulo (Linares, Jaén). Por tanto, fue objeto de agasajos en comunidades que no eran la suya, pero que la habían acogido afablemente. Idéntica situación se da con Licinia Rufina de Ipsca, sacerdotisa perpetua en tres ciudades de estatus privilegiado: la Colonia Claritas Julia (Espejo, Córdoba), el Municipium Contributum Ipscense (Castro del Río, Córdoba) y el Municipium Florentinum Iliberritanum (El Albaicín, Granada). La sacerdotisa, popular por sus méritos, es reconocida y estimada en tres urbes distintas, tal y como muestra el calificativo –amantissimae civium suorum– dado por los habitantes de la ciudad, no por sus familiares. La Res Publica Ipscense le dedica una estatua por decreto de los decuriones y ella, ejerciendo el evergetismo ciudadano, costea su propia escultura.

En memoria de su marido Marco Fulvio Moderato y de su hijo Marco Fulvio Victorino, Annia Victorina, hija de Lucio, hizo una conducción de agua, completamente a sus expensas, y una vez terminada la construcción de los puentes, conducciones y cisternas con sus ornamentos lo dedicó con la concesión de un banquete. CIL II, 3240

Estatua de matrona romana, encontrada en Sexi (Almuñécar, Granada).


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Existen más casos destacados de mujeres que alcanzaron una posición todavía más destacada, al alcanzar el flaminado provincial. Este cargo implicaba la necesidad de residir durante todo el año en la capital de la provincia para asistir a las reuniones del concilio provincial. Sabemos que Quintia Flacina de Munigua ascendió al flaminado de la Bética, mientras que Manlia Silana de Salaria obtuvo el de Hispania Citerior. La huella de las modestas No solo la alta sociedad dejó huella epigráfica. También las trabajadoras (en la agricultura, ganadería, minería, etc.) y las que desempeñaron diversos oficios especializados (modistas, tintoreras, nodrizas, peluqueras, etc.) legaron su recuerdo para la posteridad. La gran mayoría son trabajadoras de origen servil, esclavas o libertas. En las actividades relacionadas con el tejido conocemos a Cesia Celsa, hiladora de lana en la colonia de Tucci, a Baebia Veneria, tintorera en Gades (Cádiz). En la confección de telas, ha llegado a nosotros una tal Latinia Da[---], costurera o zurcidora en Corduba. Por otra

Esclavas enriquecidas

Mausoleo familiar de Acilia Plecusa, reconstruido hoy en el Museo de Antequera, Málaga.

parte, la importancia del peinado propicia la aparición de especialistas que acicalaban el cabello según los dictados de la moda (rizado, tirabuzón, ondulado, moño, aclarado, peluca...). Eso es lo que hacían Turpa Thyce en Gades y Augustina en Tugia (Peal del Becerro, Jaén). Asociadas a las grandes familias, sabemos de los nombres de empleadas domésticas y encargadas del cuidado de los niños desde que nacen hasta la adolescencia. En la Atalaya (Sevilla), Q. Rutilio Flaco Corneliano tributa muestras de afecto a su nodriza Briseis, que lo amamantó, atendió y alimentó en su más tierna infancia. Otra dedicatoria de este tipo es la de Secundilla, nodriza de Annio en Gades.

Estela funeraria de Augustina decorada con los utensilios de trabajo: espejo, vaso de perfume y alfiler para el cabello.

Si la participación de la mujer romana en la vida social y política era posible pero complicada, el reto era mucho mayor para las procedentes de las capas más desfavorecidas. Sin embargo, no era del todo imposible. Se han registrado casos de esclavas que, una vez liberadas, llegaron a alcanzar una posición lo suficientemente acomodada para acometer ellas mismas actos de evergesía. Es el caso de Acilia Plecusa en Singilia Barba (Antequera, Málaga), una liberta que se desposó con su patrono. Alcanzó un estatus suficiente como para dedicar un monumento a su marido y costear los gastos de la carrera política de su hijo. Su ascenso social fue tal que es referenciada en el sistema onomástico de sus nietos.

Unas relaciones tan prolongadas y cercanas generaron sin duda gran afecto. En algunos epígrafes se conservan muestras de cariño de esclavas y libertas hacia sus patronos o hacia individuos de su misma condición social. Destaca el epitafio poético de Gemina en Salaria (Úbeda, Jaén): «Serías mi Parca si me llevases de donde estoy con la fuerza de una infernal amatista». ◙ PARA SABER MÁS: • BORRAGÁN, N. (2000): La mujer en la sociedad romana del alto imperio (Siglo II d.C.). Oviedo, Ediciones Trabe. • CENERINI, F. (2002): La donna romana. Bologna, Il Mulino. • LÓPEZ, A.; MARTÍNEZ, C. y POCIÑA, A. (eds.) (1990): La mujer en el mundo mediterráneo antiguo. Granada, Universidad. • POMEROY, S. (1999): Diosas, rameras, esposas y esclavas. Mujeres en la Antigüedad clásica. Madrid, Akal.


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LASCRÓNICASDICEN...

LAS HERMANAS DE CALÍGULA

Parentelas peligrosas

Por Marco Almansa.

La aristocracia romana aguantó durante cuatro años las excentricidades del emperador Calígula. Entre las personas más expuestas a sus cambios de humor estuvieron sus tres hermanas, que fueron tan queridas como, por momentos, manipuladas por él. La relación de amor-odio que mantuvieron con el emperador les marcó de por vida. El destino les reservó suertes muy dispares.

Las tres hermanas del emperador Calígula, que reinó entre los años 37 y 41 d. C., no son muy conocidas, pese a la importancia que tuvieron para el emperador y para la Historia de Roma. Objeto de un trato excéntrico por parte de su poderoso hermano, la vida de Livila, Drusila y Agripinila estuvo ligada a hombres poderosos de su tiempo, en cuyos actos influyeron. Los historiadores clásicos afirman que Calígula estaba muy unido a sus hermanas y les condecía regalos y distinciones. Así, por ejemplo, dispuso para todas ellas honores similares a los que disfrutaban las vestales y sus nombres figuraban en el juramento de lealtad que se ofrecía al emperador el 1 de enero. Asimismo, sus efigies aparecen en algunas acuñaciones de moneda. Pese a estas muestras de afecto, las tres hermanas participaron en complots e intentos de asesinato, que fueron castigados con el exilio.

Aunque las crónicas afirman que el motivo de tal odio fueron los requerimientos carnales del emperador hacia sus propias hermanas, es probable que las conspiraciones estuviesen alentadas por las aspiraciones de poder, que sólo una de ellas pudo ver satisfechas, a la postre. Preferida y deificada La que más influencia tuvo sobre Calígula fue Drusila, a pesar de que solo vivió 22 años. Suetonio afirma que perdió su virginidad con Calígula, cuando los dos eran menores de edad y vivían en casa de su abuela Antonia la Mayor. Alcanzado el poder, Calígula tomó como marido para Drusila a su amigo L. Casio Longino, aunque tres años después dispuso que se divorciase de él para carsarla con M. Emilio Lépido. Cuando el emperador cayó gravemente enfermo, a finales de 37, nombró a Drusila heredera de sus propiedades y del trono, lo que la hubiese convertido legalmente en la primera


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emperatriz de Roma, de haberse producido el fallecimiento de su hermano. Sin embargo el óbito que sobrevino no fue el de Calígula sino el de la propia Drusila, en junio del 38. Se decretó, entonces, un período de luto público (justitium), durante el cual era un crimen capital reír, bañarse o comer con los padres. Drusila fue deificada y pasó a ser conocida como Diva Drusila Panthea (Diosa Universal), con unos atributos que en algunos aspectos la identificaban con Isis. Por su parte, su hermano se hacía pasar por Osiris, en referencia a los dioses egipcios que eran hermanos y que se unieron en amor fraternal. Además, erigió un templo para Drusila e instituyó unos juegos para conmemorar su cumpleaños. La deificación de la fallecida refleja el deseo de Calígula por negar la muerte de su hermana, pero también permitía seguir mostrando la imagen de Drusila en las representaciones públicas, como parte de la familia imperial. Descartada para asegurar la descendencia de la dinastía, fue convertida en una deidad tutelar de la familia imperial. Se realizó una estatua con el mismo tamaño que las imágenes de culto, para ser adorada en el templo de Venus Genetrix en

Drusila (der.), la preferida del emperador, murió a los 22 años. En adelante se la representó como Isis, mientras Calígula se caracerrizaba como Osiris, el hermano divino con el que se fusionaba en una unión ideal.

el Foro, lo que reforzaba además el mensaje de unión con el linaje de los Julios. Existen, así mismo, inscripciones que nos han llegado en Cícico y Mitilene que identifican a Drusila con Afrodita. Sus imágenes pueden, Foto: F. Pissani

en algunos casos, confundirse con la propia estatuaria de Venus Genetrix. Livila recibió los mismos honores que sus dos hermanas mayores, pero fue la menos querida por Calígula. Los rumores de la corte afirmaban que en la relación incestuosa entre los hermanos, Calígula pronto la postergó en favor de Drusila y Agripinila, y la forzó a que se prostituyese con efebos y personas de baja condición social que visitaban el palacio o eran invitados a sus periplos por el lago de Nemi. Una venganza truncada En el 39, Livila participó en una conspiración sin éxito –tal vez llevada por Agripina– para ascender al trono al viudo de Drusila, M. Emilio Lépido. Descubierto el complot, tanto Livila como Agripinila fueron desterradas al archipiélago Pontine (Pontinas). Cada una de ellas fue enviada a una isla para que no tuviesen contacto entre sí. A la muerte de Calígula, Livila regresó del exil io por

Livila participó en una conspiración malograda contra su hermano, que la condenó al destierro en las Islas Pontinas (izquierda).


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orden de su tío paterno, Claudio, que había sido proclamado emperador. Su existencia, sin embargo, no dejó de ser azarosa. En 41, fue acusada de adulterio con el filósofo Lucio Anneo Séneca. Ambos fueron desterrados: él a Córcega y ella a la isla de Pandataria, el mismo lugar adonde fueron enviadas su abuela Julia y su madre Agripina. Finalmente, en 42, Claudio la hizo asesinar, probablemente temiendo que algún rival político la liberase y se casara con ella para emparentar con la familia imperial y reclamar el trono. Sus restos fueron

Calígula entregó a Livila a hombres de baja condición. Ella se sumó a una conspiración para acabar con el emperador

devueltos a Roma y sepultados en el mausoleo de Augusto. Probablemente, esto sucedió cuando Agripinila, la única hermana de Calígula que consiguió afianzarse en el poder, se había convertido ya en emperatriz. La hermana aventajada Agripinila sobrevivió a Calígula y acabó casándose con Claudio. Antes de contraer matrimonio con el sucesor de su hermano, había sido la mujer de Cn. Domicio Ahenobarbo, con quien engendró a L. Domicio Ahenobarbo, el futuro emperador Nerón.

Un comportamiento sexual escandaloso La figura de Calígula aparece ligada a numerosos escándalos y atrocidades. Uno de los episodios más escabrosos de su biografía es, precisamente, el relativo a la relación con sus hermanas. Ciertos autores le acusan de mantener con ellas relaciones incestuosas. Para los romanos, el incestus tiene un significado similar al actual: «Relación carnal entre parientes dentro de los grados en que está prohibido el matrimonio.Cópula prohibida entre parientes», según el DRAE. En la antigua Roma, ser descubierto manteniendo este tipo de relaciones era motivo inapelable de divorcio, por parte del cónyuge. Según el derecho romano, el incesto era un impedimento relativo por parentesco. Se trataba, pues, de un inconveniente por consanguinidad que impedía cualquier relación carnal en la línea familiar directa bajo cualquier circunstancia (usque ad infinitum, ‘hasta el infinito’). Así, por ejemplo, Gayo afirma: «No nos es lícito casarnos con todas las mujeres, pues hay que abstenerse de las nupcias de algunas. En efecto, están aquellas personas que entre sí ocupan el lugar de padres o de hijos. No se puede contraer nupcias entre padres e hijos; o entre abuelo y nieta; o madre e

hijo; o abuela y nieto, y así hasta en lo infinito. Si tales personas se hubiesen unido entre sí, se dicen que han contraído nupcias criminales e incestuosas. Incluso cuando dos personas han comenzado a estar en situación de padres o de hijos por adopción no puedan unirse entre sí el matrimonio. De suerte que, aunque se disuelva la adopción, subsiste la misma prohibición. Nopodrás tomar por esposa a la que por adopción comenzó a ser para ti hija o nieta, aunque la hubiesen emancipado. En caso de realizarse estas nupcias nefastas e incestuosas se dice cometer incestus». (Gayo, Digesto, I, 10). Algunos autores matizan el comportamiento escandaloso de Calígula afirmando que el hecho de dormir con sus hermanas podría ser una manera de reforzar su imagen divina. Es decir, que para igualarse a los dioses, el emperador empezó a imitar la vida doméstica que narran los mitos, lo que incluía mantener unas relaciones muy “estrechas” con los que consideraba sus semejantes.

Ciertamente, no fue el único emperador del que se rumoreó que mantuvo un trato carnal con mujeres de su familia. Algunos historiadores antiguos afirmaron que Nerón y su madre e, incluso, el recto Octavio y su hermana Octavia, tuvieron más que afecto entre sí. Las relaciones entre hermanos, que eran hábito cortesano en el Egipto Ptolemaico y durante el periodo alejandrino, eran una abominación para la mentalidad romana. Es curioso que los emperadores acusados de esta conducta tuvieran debilidad por el mundo heleno y egipcio.

Nerón (a la derecha, su busto) también fue acusado de cometer incesto. Foto: Ramiro López


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Foto: Léna

Agripinila y Claudio se casaron el día de año nuevo del 49 d. C. Por entonces, él ya había enviudado de Mesalina, su tercera esposa. Las maniobras por asegurar la posición de su vástago no se hicieron esperar. Pronto persuadió a Claudio para adoptar a su hijo, lo que se produjo el 25 de febrero del año 50. La adopción colocaba a Nerón en la línea de sucesoria. A Agripinila se le concedió el título de Augusta, con el nombre de Julia Augusta Agripinila. Era la primera mujer desde Livia a la que se le permitía el título augustal, aunque la poderosa mujer de Augusto solo recibió este honor tiempo después de su fallecimiento. La popularidad de Nerón convenció a Claudio para incluir al joven como su sucesor, con vistas a garantizar la supervivencia del régimen imperial. En el momento de su adopción Nerón fue nombrado cónsul, dignidad a la que sumó la de princeps juventutis.

Agripina fue la única que se sobrepuso a su parentesco con Calígula y pudo colocar a un hijo suyo al frente del Imperio. Arriba, busto suyo en el Museo de Barcelona.

Bajo Claudio, Agripinila era identificaba con Ceres, la diosa de la agricultura y la fertilidad. En un camafeo de la época aparece caracterizada con uno de sus atributos de la deidad: una corona de ramas (corona spicea). La imagen muestra la posición acomodada que logró la última hermana viva de Calígula, aunque su éxito fue también la semilla de su propia desgracia. ◙ PARA SABER MÁS: • BAUMAN, R. A. (1992): Women and politics in ancient Rome, Ed. Routledge. • CID LÓPEZ., R. M. (1995): “El filohelenismo alejandrino de Calígula y el culto de Drusila-Panthea”, en la Revista Kolaios 4. • FABIA, P. (1967): “Les sources de Tacite dans Les Histories et les Annales”, En Studia Historica 49. Ed. Anastatica. • WOOD, S. (1995): “Diva Drusila Panthea and the Sister of Caligula”, en American Journal of Archaeology, vol. 99, n.º 3.


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LASCRÓNICASDICEN...

MITOS Y GUERRA

Armas de mujer

Jacques Louis-David presentaba así las sabinas interponiéndose entre sus parientes y sus esposos romanos. Museo del Louvre.

Las mujeres habitualmente experimentaron las penurias bélicas y el coste emocional de la pérdida de vidas desde la retaguardia. Aunque desde antiguo la civilización romana consideró que el carácter femenino era poco fiable cuando se sometía a los rigores de la guerra, ciertos pasajes míticos e históricos muestran su coraje y una encomiable hoja de servicios prestados a la República.

Por Isabel Barceló.

Desde tiempos remotos, la ciudad de Roma ejemplificó la desconfianza hacia las mujeres en el sensible tema de la lealtad a la patria a través del mito de Tarpeya. Esa desconfianza, sin embargo, fue muchas veces desmentida por acciones protagonizadas por mujeres que contribuyeron o fueron decisivas para la salvación de la ciudad. Y se pro-

dujeron cada vez que, de manera individual o colectiva, se salieron del guión previamente establecido para ellas. Las mujeres combatieron con sus propias armas. Unas armas cuya eficacia no podemos medir pero que en algunos casos particularmente sobresalientes dejaron huella en el calendario, en las costumbres y ritos, en los templos, y fueron muy apreciadas por sus coetáneos y por muchas generaciones sucesivas.

Una acción femenina muy celebrada se produjo en el conflicto entre romanos y sabinos, poco después de la traición de Tarpeya (ver página siguiente). Un episodio que pone de relieve el terrible desgarro que supone la guerra, en particular las contiendas civiles, para las mujeres, ya que les es imposible resultar indemnes. Cuando los hombres de Tito Tacio se presentaron en Roma para rescatar a sus hijas secuestradas por los romanos, habían transcurrido ya dos años desde su rapto y muchas de ellas habían sido madres o estaban encintas. Al ver llegar al ejército sabino en el que militaban sus padres, sus hermanos, sus tíos y primos, imploraron a sus esposos que no lucharan contra ellos. Al drama de haber sido arrebatadas con violencia de sus familias, no querían añadir el de ver muertos a sus familiares ni que sus hijos se convirtieran en huérfanos. Sus ruegos no habían surtido efecto.


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Ambos ejércitos se aprestaron al combate en el valle que luego daría lugar al Foro. Cuando los soldados estaban inmersos en la lucha, oyeron un gran ruido, apenas sofocado por el fragor de las armas. No habían logrado identificarlo cuando, inesperadamente, vieron a las mujeres con sus hijos bajar corriendo desde la colina donde tenían sus cabañas y meterse entre los escudos y las lanzas de los combatientes, interponiéndose entre ellos. Pedían a gritos que las matasen junto con sus hijos si es que ellas eran la causa de esa guerra, porque no podían soportar ni perder a sus padres ni a los padres de sus hijos. Y añadían una evidencia palmaria: por causa suya ya no eran enemigos, sino parientes; eran suegros y yernos, cuñados, tíos y sobrinos.

Las mujeres estaban asociadas en el imaginario colectivo con la resolución pacífica de los conflictos Esta acción consiguió detener el combate. Romanos y sabinos firmaron la paz y se unieron en una sola ciudad. La estima hacia las jóvenes sabinas por parte de sus propios parientes creció de manera extraordinaria. Esta hazaña, real o mítica, quedó profundamente grabada

en el imaginario colectivo, contribuyendo a valorar y prestigiar la capacidad de las mujeres como mediadoras pacíficas en la resolución de conflictos. No es pues extraño que, ocho siglos más tarde, los romanos vieran en Julia (siglo I a. C.) la personificación del mito de la sabinas. En este caso no fue la acción intencionada de Julia, sino su simple existencia y su capacidad para dar e inspirar amor, lo que contuvo la rivalidad política de su padre, Julio César, y su marido, Pompeyo Magno. Para no hacerle daño a ella, para no provocar su sufrimiento, ninguno de ellos alzaría las armas contra el otro. De ahí que cuando Julia murió prematuramente, los romanos temblaran viendo peligrar la paz. El pueblo impidió a Pompeyo darle sepultura

Tarpeya, el ejemplo a evitar Los prejuicios romanos contra el carácter caprichoso de la mujer tienen en Tarpeya su ejemplo más emblemático. Esta joven vestal vivió, según la leyenda, en tiempos de Rómulo, quien fundó la ciudad hacia 753 a. C., según la cronología tradicional romana. Nos narra el mito que Tarpeya era hija del jefe de la guarnición que custodiaba la ciudadela, una fortaleza neurálgica para la defensa de la ciudad. Estaba ubicada en la colina del Capitolio, entonces muy escarpada e inaccesible, salvo por una estrecha escalera que la unía al valle del foro. Desde lo alto de la colina, Tarpeya vio llegar y acampar a sus pies al ejército del rey sabino Tito Tacio. Acudían los sabinos a Roma a rescatar por las armas a las jóvenes sabinas que Rómulo y sus hombres habían raptado, un par de años antes, para asegurarse la descendencia. Los soldados sabinos llevaban brazaletes de bronce en el brazo izquierdo y su brillo llamó la atención de la joven. Tal vez despertó su codicia y, buscando el modo de

apoderarse de ellos, citó en secreto a Tito Tacio. Se ofrecía a mostrarle un camino para acceder a la ciudadela a cambio de que le entregaran lo que los soldados llevaban en el brazo izquierdo. Accedió el rey sabino y, ya noche cerrada, la muchacha los condujo hasta la cima de la colina. Una vez allí, puesta en fuga la guarnición, los sabinos entraron en tropel por uno de los portillos dejando atrás a la joven. Y cuando Tarpeya, a voces, reclamó que le entregaran el pago prometido, los soldados se volvieron y arrojaron sobre ella sus escudos de madera, forrados de bronce, que llevaban en el brazo izquierdo. Algunos autores señalaban la codicia como origen de esa traición; otros, en cambio, lo atribuían al amor por Tito Tacio. Hay, incluso, quienes sostuvieron que en realidad Tarpeya pretendía desarmar a los sabinos para entregarlos a Rómulo. No triunfó esta última interpretación. El mensaje transmitido era que las mujeres se dejaban llevar fácilmente por las pasiones, ya fuera la codicia, el amor o cual-

Moneda del siglo I a. C. que representa la muerte de la vestal.

quiera otra y, por tanto, no se podía esperar de ellas lealtad a la patria. Tarpeya, muerta por aplastamiento, quedó enterrada allí mismo. Su tumba fue identificable durante siglos por los escudos que la cubrían y que se renovaban a medida que los dañaba la intemperie. Al lugar donde ocurrieron estos hechos se le llamó desde entonces Roca Tarpeya y desde ella se arrojaba al vacío a los traidores. Todos los años, el 13 de febrero, la Vestal Máxima celebraba una ceremonia fúnebre ante la tumba de Tarpeya, quizá para buscar su protección o para aplacar su espíritu. La traición a la patria había quedado marcada para siempre con nombre de mujer.


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Clelia escapa de los etruscos y alcanza a nado las murallas de Roma, en una tabla de Cozzarelli. Metropolitan Art Museum (Nueva York).

en una de sus villas, como era su intención y, en medio de una gran manifestación de duelo, la multitud la condujo al campo de Marte, donde se honraba a los grandes generales, para darle sepultura. Sin el freno de Julia, y en un clima político cada vez más hostil, diez años más tarde estalló la guerra civil entre César y Pompeyo que, a la larga, supondría el fin de la República. Merecedora de una estatua ecuestre Precisamente otra mujer se había destacado en los albores de la República, a finales del siglo VI a. C., una etapa marcada asimismo por una gran efervescencia y significación política. Los romanos dieron un giro radical a su sistema de gobierno expulsando al rey Tarquinio el Soberbio, aboliendo la monarquía y constituyendo una república. Se fraguó entonces la resolución, muy arraigada en el corazón romano, de no volver a someterse jamás a la voluntad de un solo hombre. Y fue en ese contexto en el que brilló la joven doncella Clelia. El depuesto rey Tarquinio había buscado el apoyo del rey etrusco Porsenna quien, con su ejército, ocupó la colina del Janículo y amenazó la ciudad, de la que solo lo separaba el río Tíber. Tras algunas escaramuzas y la destrucción del puente que unía ambas orillas, se entablaron negociaciones entre Porsenna y las autoridades romanas. Para asegurarse de su buen desarrollo, los etruscos tomaron como rehenes a numerosas vírgenes pertenecientes a familias nobles.

No le debió gustar esta situación a una de las afectadas, Clelia. Nadie podía asegurarle el retorno a su casa con vida o con su virginidad intacta. Intuyó o supo que la entrega de rehenes había sido forzada y no se conformó. Durante varios días observó el comportamiento de los soldados etruscos, los turnos de vigilancia y sus puntos débiles y, cuando estuvo segura de tener éxito, huyó del campamento etrusco llevándose consigo al resto de sus compañeras de cautividad. Cruzaron el río a nado y, pese a que sus perseguidores les arrojaron sus lanzas y hubieron de luchar con la corriente del Tíber, tanto ella como sus compañeras consiguieron llegar sanas y salvas a la otra orilla. Según relata Tito Livio, el rey Porsenna quedó admirado de la proeza de Clelia. Para no ver mermada su autoridad, exigió al gobierno de Roma que se la entregaran con la promesa de devolverla inmediatamente a su familia. Así se hizo. Clelia recibió de sus conciudadanos un homenaje singularísimo: se le dedicó una estatua ecuestre en lo alto de la vía Sacra, siendo un hecho insólito y nunca más repetido ese de representar a una mujer a caballo. La estatua original se quemó en el 30 a. C. pero debió de ser sustituida por otra, porque Séneca la nombra señalando que fue la primera estatua pública levantada en la ciudad. Esta recompensa sugiere una alta estima de la valentía, la conciencia cívica y el compromiso que Clelia demostró hacia la ciudad, y que resultaba ejemplar en ese clima de afianza-

miento de la recién nacida República. Pese a la admiración que había suscitado, Clelia no pudo ser honrada a su muerte con un funeral público. Era éste un honor al alcance de pocos, pues se reservaba a quienes hubieran prestado importantes servicios a la ciudad y “por importantes servicios” se entendía siempre aquellos de carácter político y militar. Las mujeres, por razones obvias, quedaban excluidas de esa posibilidad. Sin embargo, a causa de la piedad y la generosidad de las mujeres, esta situación cambió un siglo después de la hazaña de Clelia. Fue hacia el año 390 a. C., cuando los galos, tras derrotar al ejército romano, entraron en la ciudad y permanecieron en ella durante siete meses, sometiéndola a una destrucción sistemática. Agotados ambos contendientes, buscaron una solución negociada y, finalmente, los galos aceptaron abandonar la ciudad a cambio de un rescate que debía pagarse en oro. Cuando las matronas supieron que se pensaba pagar con el tesoro de los templos, guardado en la ciudadela, se opusieron rotundamente: bajo ningún concepto permitirían que el oro que durante centenares de años se había tributado a los dioses fuera a parar a las manos impías de los galos. Les parecía una ofensa intolerable a las divinidades, de la cual no podría derivarse ningún bien. Y así, ellas, que se habían llevado consigo sus objetos preciosos y sus joyas para poder rehacerse y reemprender después la vida, los ofrecieron para pagar el rescate. Los cronistas imperiales afirman


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que aunque los galos fueron derrotados mientras pesaban el oro del rescate, las matronas no quisieron recuperar su patrimonio: sentían que de algún modo había dejado de pertenecerles. Por otra parte, el oro de los templos se había mezclado, nadie sabía qué objetos procedían de cada templo y, finalmente, se decidió dejar junto todo ese oro por si en el futuro la ciudad lo volvía a necesitar. Un gesto muy honroso al que hoy llamaríamos solidaridad intergeneracional. A ese tesoro se le llamó el “oro de los galos” y durante más de cuatrocientos años permaneció intacto bajo el podium del templo de Saturno. El Senado, como muestra de agradecimiento a las matronas por su generosidad al renunciar a su riqueza y bienestar personal en favor de la ciudad, las premió concediéndoles el honor de que, en lo sucesivo, pudieran ser honradas a su muerte con un funeral público. No menos admirada fue la mediación de Veturia y Volumnia, madre y esposa respectivamente de C. Mario Coriolano. Este noble romano se había exiliado por razones políticas. Hacia el año 491 a. C., en un momento de suma debilidad de Roma, se presentó al frente del ejército de los volscos. Todos los intentos de negociación del Senado fracasaron y los romanos, que no contaban con fuerzas para defenderse, se daban ya por vencidos y reducidos a la esclavitud. Las mujeres, desesperadas, acudieron en masa a los templos a implorar la protección de los dioses. En uno de los templos, una matrona, llamada Valeria, instó a las demás a dejar de lado las lamentaciones y buscar una solución. Se acordaron entonces que continuaban viviendo en Roma la madre y la esposa de Coriolano y fueron a demandar su ayuda para que intercedieran por la ciudad. Ambas aceptaron el encargo y, con permiso del Senado, una gran comitiva de matronas se dirigió al campamento volsco. Y lo que Coriolano había negado al Senado de Roma, se lo concedió a su madre: levantó su campamento y se marchó. Ese triunfo de Veturia no era gratuito: todos, in-

cluidos madre e hijo, sabían que a él le costaría la vida, pues los volscos lo acusarían de traición. Al historiador Plutarco no le gustó nada la actitud de Coriolano, al considerar indigno prestar a unas mujeres el oído y la atención que debía haber prestado al Senado. Sin embargo, en la época las autoridades quedaron muy satisfechas. Tanto, que acordaron dar a las matronas el regalo que ellas mismas eligieran. Y ellas pidieron levantar un templo dedicado a la Fortuna de las Mujeres en el sitio donde había tenido lugar su encuentro con Coriolano. Desde entonces, cada 1 de diciembre las mujeres acudían al templo de Fortuna Muliebris, en las afueras de Roma, a celebrar su fiesta.

Estos ejemplos dejan constancia de la contribución de las mujeres a la supervivencia de la ciudad y su capacidad para elegir en cada ocasión el mejor modo de hacerlo. Quizá en los tiempos más antiguos, cuando los riesgos y/o los enemigos estaban cerca y los gobiernos eran menos rígidos, la ayuda de las mujeres era mejor aceptada y bienvenida. El crecimiento del poderío económico y militar, la lejanía de las fronteras y, por tanto, de los campos de batalla con su correlato de amenazas directas, es posible que hicieran decaer esas acciones femeninas colectivas. Siguen teniendo valor, sin embargo, pues en ningún lugar está escrito que las diferencias o las grandes ofensas entre ciudades o pueblos deban solucionarse siempre por las armas ni, mucho menos, que las únicas armas a emplear sean aquellas que hieren y matan. Como señala María Dolores Mirón Pérez: “el estudio de la relación entre mujeres y paz en el mundo antiguo es esencial para comprender muchos de los mecanismos de esta relación en las sociedades occidentales que se siguen comprobando aún hoy día, puesto que buena parte de las conceptualizaciones, símbolos y prácticas femeninas en torno a la paz se desarrollaron en la Antigüedad”. ◙

PARA SABER MÁS: • CANTARELLA, E. (1996): Los suplicios capitales en Grecia y Roma. Akal. Madrid. • GRIMAL, P. (2011): El amor en la antigua Roma. Paidós. Madrid. • MARTÍNEZ LÓPEZ, C. y MIRÓN PÉREZ, M.ª D. (2000): Mujeres esclavas en la antigüedad: produccion y reproducción en las unidades domésticas. Arenal Vol. 7, n.º 1, enero-junio 2000.

Restos del templo de Saturno, en Roma, donde se custodió durante siglos el llamado “oro de los galos”.

• RINCÓN GONZÁLEZ, M.ª D. (2009): “Julia”, en A. Pociña Pérez y J. M.ª García González (coords.), Mujeres reales y ficticias. En Grecia y Roma (III). Ed. Universidad de Granada.


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VIDACOTIDIANA

Pocas personas podían disfrutar de casas con salas tan amplias y decoradas como la conservada en el Museo Nacional de Arte Romano (MNAR), en Mérida.

Espacios para la vida La morada adoptó en el ámbito romano muy variadas tipologías. La más característica es quizá la villa, donde habitaban las clases pudientes y la población rural. Sin embargo, la más frecuente fue sin duda la insula, el bloque de pisos en el que se hacinaban las clases pobres urbanas.

Por Pilar González Serrano.

En el ámbito del mundo romano, al hablar de las viviendas nos encontramos con realidades muy diferentes. Partiendo de las humildes chabolas del Palatino, las casas romanas fueron, en su inmensa mayoría, muy humildes y siempre construidas con materiales deleznables, como el adobe y la madera; incluso, fueron de muy baja calidad las de las insulae

urbanas, casas de pisos, en las que se hacinaban los inquilinos en reducidos habitáculos, por lo que en ellas fueron frecuentes los derrumbamientos e incendios. La carestía del suelo ha sido un mal endémico en todas las ciudades del mundo y sus nefastas consecuencias afectaron a Roma ya desde el siglo II a. C. Las leyes promulgadas por varios emperadores encaminadas a reducir la altura de dichas casas, de

Foto: R. Pastrana

VIVIENDA

hasta siete y ocho pisos, se vio con frecuencia trasgredida, lo que trajo como consecuencia catástrofes. Sin embargo, la imagen que se tiene como modelo de la casa romana, es la de la domus, la residencia unifamiliar que bien como villa urbana, suburbana (o de lujo) sita a las afueras de la ciudad, o como centro de una explotación portuaria o agropecuaria donde residía el dominus, se ha transmitido por diversas fuentes, imágenes y medios de comunicación y, sobre todo, por los restos aún visibles de importantes ciudades, entre las que destacan los de Pompeya y Herculano. Este tipo de casa, bien pensada y mejor estructurada, se concibió como un “microcosmos” familiar, pero de gran importancia social. Centrada hacia su interior y, a pesar de que el


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dominus o pater familias, tuviera en ella su tablinum (despacho) desde el que atendía sus negocios y a su clientela, su verdadera timonera era la matrona, la matriarca, respetada por todo el clan familiar. Ella era la hábil ecónoma que regulaba el consumo de los víveres, la educadora de los hijos, la supervisora de la producción de los telares y la encargada de fijar las tareas que debían de realizar los esclavos domésticos. Gran parte del día de la matrona se desarrollaba en el gineceo, la zona dedicada a las labores de hilado y tejido. Allí la domina vigilaba las tareas de las esclavas expertas en este tipo de trabajos. Ella solía participar para dar ejemplo. De esta suerte, contando con la eficacia de estos sólidos núcleos, el Estado romano se aseguraba el correcto funcionamiento de la sociedad, en la que se transmitían los valores tradicionales que debían aceptar y cumplir los cives romani. Especialmente considerada era la matrona univira, es decir la mujer de un solo hombre, hasta el punto que así se hacía constar en su lápida funeraria. Era el paradigma de la fidelidad y de la dignidad conyugales y, por lo tanto, respetada por sus hijos, sobre los que ejercía una gran influencia. En los países conquistados por el Imperio, tras su proceso de romanización, pronto se generalizó la construcción de suntuosas villae, cuyos vestigios aún nos sorprenden por la suntuosidad de sus habitaciones, pavimentos musivarios y pinturas murales. Es más, fueron paradigma de un nuevo sistema de vida que pronto se adoptó como patrón entre las clases privilegiadas. La civilización romana se basó en la construcción de ciudades y en la imposición de sus sistemas de vida. Dentro del ingente conjunto de estas villas, se observa que las más lujosas fueron las correspondientes a los siglos III y IV d. C., antes de que la crisis económica y social que afectó a esta época, obligara a su abandono. Sus dueños, ante la falta de seguridad y la imposibilidad de hacer frente a los altos costes de su mantenimien-

to, regresaron a las ciudades, abandonando sus hermosas mansiones y con ellas sus hábitos y privilegios de grandes terratenientes. Aún hoy nos sorprende comprobar que sus restos se cubrieron con tierras de labor y que, bajo ellas, en muchos casos, hayan llegado hasta épocas actuales ocultas por la incuria y el abandono. Sin ir más lejos, en nuestro suelo, villas como la de Carranque (Toledo), la de la Olmeda (Palencia) o la recientemente hallada en Noheda (Cuenca) nos sorprenden por el lujo y amplitud de sus dependencias y por la riqueza de su decoración. Los mosaicos que

cubrieron sus salones y habitaciones son, entre otros vestigios, testigos incuestionables del buen gusto y prestigio de sus dueños. A estas se puede añadir la Casa del Mitreo en Mérida, cuyo mosaico cosmogónico es uno de los ejemplos más representativos del nivel cultural de quienes fueron sus propietarios. Remontándonos al pasado, podemos comprobar por los restos arqueológicos llegados a nosotros, que las primitivas casas romanas, fechadas desde la Edad de la Piedra a la del Hierro, fueron chozas de planta oval, de paredes entramadas de paja y barro

Reconstrucción ideal de una insulae de Ostia.

Pisos para los desfavorecidos Las insulae, manzanas de pisos de alquiler, fueron el tipo de viviendas más frecuentes que se ofrecía a las gentes trabajadoras y de escasos recursos. En todas las ciudades, y en especial en Roma, la escasez y carestía del suelo no permitía otro tipo de construcción, siempre de muy baja calidad. Las plantas bajas se destinaban a locales comerciales; las segundas, por lo general, a albergar a los empleados de dichas tiendas o talleres que, con frecuencia, compartían habitaciones; y las superiores a reducidos pisos de alquiler. También existía la posibilidad de que estas edificaciones se agrupasen en torno a un patio central, como en el caso de nuestras “corralas”, abriéndose cada piso a

los corredores exteriores que rodeaban el edificio. Con el tiempo, en Roma, cuando los edificios públicos, los foros, palacios, termas y casas señoriales fueron ganando terreno, se procedió a numerosas expropiaciones que dieron al traste con este tipo de casuchas de las cuales apenas si quedan vestigios. De esta suerte, para entender lo que fue la evolución urbana a partir de los siglos III y IV d. C., hay que recurrir a las ruinas de la ciudad de Ostia, el puerto de Roma, ya que en ella se conservan tanto restos de insulae, como de casas unifamiliares semejantes a las de Pompeya, salvando las mejoras impuestas por el progreso urbanístico.


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Luz para los interiores Los más antiguos instrumentos de iluminación fueron las teas embreadas, luego las velas (candelae) y, más tarde, las lámparas de aceite (lucernae). Las velas, desconocidas para los griegos, eran fabricadas de sebo o de cera. Las retorcían como se hace con una cuerda, por lo que también se las llamaba funalia (de funis, cuerda). Las lucernas romanas se han encontrado a cientos y su estudio ha proporcionado interesantes datos cronológicos en relación con su

evolución tipológica y ornamental. Eran recipientes de forma alargada o circular con mango, depósito para el aceite y una abertura para la mecha. Había que rellenarlas con frecuencia y para aumentar su escasa luz se solían colocar en candelabros (candelabra), consistentes en unos pies de bronce que se abrían en un abanico de varios soportes destinados a soportar las candelas.

y cubiertas por techumbres de brezos o cañas. Su prototipo se puede ver en la reconstrucción ideal de la llamada “cabaña de Rómulo”, expuesta en el Antiquarium forense, realizada a partir de los restos de sus cimientos, excavados en la roca del Palatino. Allí se asentaron los primeros pobladores de Roma y, desde allí, según cuentan sus mitos y leyendas, fueron conquistando las colinas de su entorno. Posteriormente, se adoptó la casa de planta cuadrangular (domus), completamente cerrada al exterior y conformada en torno a un patio central, el atrium, en torno al cual se desarrollaba la vida familiar. Por tradición y gusto, esta estructura central, estaba llamada a convertirse en la pieza más característica de cualquier vivienda romana de cierta importancia. Teniendo en cuenta el tipo de atrio y su evolución, las casas respondían a dos tipos principales. Por un lado, las de atrium tuscanicum; por otro, las de atrium tetrastylum. En las primeras, las más antiguas y sencillas, el tejado inclinado hacia dentro no estaba sostenido por columnas, sino por medio de vigas. Su construcción era más cara pero tenía la ventaja de ofrecer una vista diáfana desde la entrada hasta el fondo. El las segundas, una columna colocada en cada esquina del impluvium (el depósito de recogida del agua de lluvia) servía de soporte a la abertura del techo. La luz y el aire penetraban solamente por dicha abertura y, desde aquí, se distribuían por el resto de los aposentos. Por dicho hueco (compluvium) entraba, además, el agua de lluvia que se recogía en un pilón cuadrado (impluvium), al que ya se ha hecho alusión. Un desagüe construido en este receptáculo, a veces solado con un mosaico polícromo, conducía el agua recogida a una cisterna subterránea que servía de depósito para ser utilizada en diversos usos domésticos. La potable, consumida en la mesa y en la cocina, tenía que

irse a buscar a las fuentes públicas. Solo las viviendas muy lujosas tuvieron, andando el tiempo, un servicio de agua a domicilio, ya que tal privilegio resultaba altamente costoso, por cuanto la acometida, desde las conducciones públicas, corría a cargo del beneficiario. Alrededor del atrio se distribuían las habitaciones, siempre pequeñas, que servían de dormitorios (cubicula), la despensa y la zona de servicios. Estas últimas se disponían, a veces, al exterior de la vivienda, bajo cobertizos anejos. En las casas más antiguas el hogar se encontraba, asimismo, en el atrio, por cuya abertura cenital salía el humo. Se mantenía, así, la tradición de la sjara griega o el lar indoeuropeo, vestigios antiquísimos y sagrados de los inicios de la civilización, ya que fue en torno al fuego, donde el hombre aprendió a reunirse para transformar y compartir los tasajos de los animales cazados. Más tarde, cuando el condimento de los alimentos se fue haciendo más complejo, se dispuso una dependencia apropiada para su preparación (culina), sita en la parte posterior de la casa, próxima a la zona donde se ubicaba la despensa y la bodega. No obstante, los grandes asados se practicaban en el exterior para evitar la acumulación de humos y malos olores. Braserillos portátiles y otros utensilios demuestran que las barbacoas y calientaplatos no son inventos recientes. Este modelo de casa estuvo presente durante siglos en toda la península itálica; buena muestra de ello son las urnas cinerarias etruscas, denominadas oikomorfas, que repiten, tanto en terracota como en bronce, modelos semejantes a las citadas cabañas prehistóricas de planta circular, antes de hacer su aparición las de planta cuadrada. Sin embargo, cuando se abrieron paso los influjos de las casas helenísticas, el panorama urbanístico y doméstico de la Península Itálica acusó notables transformaciones. Algunas de estas viviendas, sobre todo a partir del siglo III a. C., contaban ya con numerosas dependencias y cuidados jardines, en consonancia


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con la posición social de sus propietarios. Desde la Campania, región muy pronto helenizada, dichas corrientes innovadoras llegaron pronto a las orillas del Tíber, continuando camino, después, por todos los territorios que Roma iba conquistando. Como consecuencia, la estructura de la casa romana se hizo más compleja y, aun conservando como núcleo vital el atrio, rodeado de los dormitorios, aumentó sus dimensiones y espacios. A pesar de ello siguió manteniendo su carácter de mundo interior, garantía de la privacidad de la vida familiar. La luminosidad y el clima de las tierras mediterráneas favorecieron el mantenimiento de estas preciadas características. No solo la casa, sino que, incluso, los jardines y huertos eran interiores y estaban protegidos por los correspondientes muros protectores. El acceso a ellos se hacía

La casa romana nunca perdió su concepción de mundo interior, tendente a garantizar la privacidad de la vida familiar

por una entrada secundaria (posticus) que con el tiempo se transformaría en nuestro “postigo”, la puerta posterior de las casas señoriales. Como acceso de idas y venidas secretas, su importancia fue definitiva en todas las comedias de amoríos y enredos. Se generalizó el tipo de vivienda unifamiliar, con una puerta de entrada (ostium; janua), a cuyos lados se en-

contraban sendos locales comerciales (tabernae). Seguía, a continuación, un vestíbulo o zaguán (fauces) que daba acceso al atrio. En su parte posterior, corría un pasillo en cuyos extremos se abrían sendas dependencias (alae), donde las familias de prestigio solían colocar el armario de los retratos de sus antepasados (imagenes majorum) y el altar de los dioses familiares (lararium). En un lateral del testero se disponía el comedor de invierno (triclinium) y, junto a él, presidiendo el conjunto, se encontraba la habitación de mayor entidad, el despacho del dominus. En él, el pater familias colocaba su mesa de trabajo (cartibulum) y recibía a su clientela que, por la mañana venía a hacerle la salutatio matutina y a recibir órdenes de actuación y, a la caída de la tarde, la salutatio vespertina, para rendir cuentas de los asuntos resueltos o por resolver.

Muebles para aderezar las habitaciones El mobiliario interior de la casa era muy sencillo y funcional, ya que estaba destinado a satisfacer las necesidades más básicas de la vida cotidiana. Sin embargo, con el tiempo se llegaron a producir piezas de gran belleza, realizadas en materiales nobles. Como sucedía con las casas, todo dependía del nivel económico de su dueño. Para la ropa y otros objetos se utilizaban armarios, arcas (arcae) y arcones, hechos, por lo general, de madera. En ocasiones todas estas piezas se adornaban con incrustaciones metálicas y de marfil. En las hornacinas abiertas en las paredes se depositaban libros (volumina) y distintos utensilios de uso frecuente. La cama (lectus) era utilizada como lecho y también como catre o sofá, de ahí sus diferentes denominaciones: lectus cubicularis, para dormir; lectus lubricatorius, para trabajar; y lectus triclinaris (para comer). De entre todos estos tipos, los más lujosos fueron los utilizados en

el comedor, ya que, adoptando las costumbres griegas, los romanos comían reclinados en canapés de tres plazas, sirviéndose de mesas auxiliares para depositar los platos y vasos, cuando era preciso, y siempre servidos por esclavos. Las camas de dormir romanas eran mucho más altas que las nuestras, para evitar humedades y el contacto con el suelo frío, por lo que para subirse a ellas se precisaba de un escabel. Las mesas eran de formas muy variadas y se utilizaban para una gran multiplicidad de usos. Había mesas redondas de tres patas (mensa tripes), de una sola (monopodia), y rectangulares de cuatro patas. Las más simples eran de madera y las más lujosas de mármol y bronce, con incrustaciones de metal o marfil y patas rematas por ricos materiales, como el pórfido,

tallado en forma de garras leoninas u otros motivos escultóricos. En las casas distinguidas había mesas de lujo (abaci), de mármol e incluso de plata, sobre las que se exponían las ricas vajillas argénteas o de oro. Mueble complementario al servicio de mesa era el aparador (apparitor), donde reposaba el servicio de vajilla y se utilizaba para dejar las viandas que iban entrado en el comedor antes de ser servidas desde este soporte. Para sentarse, simplemente, se usaban las sillas (sellae) con brazos y sin respaldo, y el banco corrido o subsellium (ver abajo). La que tenía un respaldo arqueado era la cathedra. Para su confort, tanto los lechos como los asientos se cubrían con ricos paños y cojines multicolores.


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Detrás se abría un pequeño jardín (hortus) que con el tiempo se convertiría, en las casas patriciales, en un gran vergel rodeado de porches columnados (peristilo). De estos jardines se ocupaba un jardinero (topiarius), experto en el ars topiaria, muy apreciada por una clientela culta, entre la que se encontraba el propio Cicerón. Las plantas que en ellos se cultivaban eran siempre las autóctonas, aclimatadas a cada estación, para evitar el derroche de agua en su riego, ya que éste solo se practicaba en contadas ocasiones. En el centro del peristilo solía haber un estanque o piscina (natatio) y al fondo un comedor de verano, cuyo mobiliario solía ser de piedra. También había hermosas fuentes o ninfeos, chapados con mosaicos alusivos al agua, y a los animales marinos con ella relacionados.

En estas grandes mansiones se distinguía la pars antica, o vivienda y la pars postica, donde se hallaba el jardín e, incluso, un huerto de cultivo. El modesto hortus de las viejas casas cambió de función al aparecer los peristilos columnados, convirtiéndose en el lugar donde se cultivaban toda clase de hortalizas. En él solía haber, incluso, un gallinero y una conejera. Con todo ello se tenía asegurado el suministro básico de cada día. El tablinum, la habitación de respeto ocupada por el señor, solía abrirse por puertas correderas (o cortinajes) tanto al atrio, como al jardín. Se acreditaba, de este modo, su indiscutible preeminencia sobre el ámbito doméstico, tal y como puede verse en algunas casas de Pompeya y Herculano. El despacho del padre ha sido todo un símbolo de poder y prestigio en la

cultura occidental hasta bien entrado el siglo XX, en que la escasez de espacio en los “minipisos”, las nuevas tendencias decorativas y el efecto de los criterios feministas, dieron al traste con una habitación discriminatoria que, en sus momentos finales, solo servía para amedrentar a los hijos cuando se les llamaba a capítulo. Poco a poco, el despacho del cabeza de familia se fue trasladando a su lugar de trabajo y allí continúa cuando las condiciones económicas permiten tenerlo en propiedad y de forma unipersonal. En las villas suburbanas y lugares donde el espacio disponible no era muy grande, tal como sucedió en el interior de ciudades como Pompeya y Herculano, las casas se dispusieron en dos alturas. El segundo piso, donde se encontraban las habitaciones más reservadas, se asomaba al atrio por una

Aire caliente bajo el suelo

Imágnenes de la autora.

Las habitaciones se calentaban por medio de estufas portátiles de bronce y grandes braseros fijos, a pesar de lo cual, el ambiente en invierno, solía ser frío en el interior de las casas. En algunas de ellas, sobre todo las que tuvieron termas privadas y, por lo tanto, servicio de agua caliente, se utilizó el sistema de calefacción a través de suelos dobles, la suspensura (ver abajo). Estos se conseguían con estructuras de pilares y arquillos de ladrillo por los que circulaba el aire calentado desde un

horno exterior o subterráneo (hypocaustum). Este tipo de calefacción inventado, según Cicerón, por el patricio campano Sergio Orata, tuvo en la Meseta castellana un gran uso y desarrollo, dados los rigores de su clima. Se ha sugerido, incluso, que fue en estas tierras donde tuvo lugar el invento, ya empleado bajo los suelos de las cabañas ovaladas de la Edad del Hierro, donde ciertos vestigios arqueológicos y restos orgánicos, exteriores a ellas, nos permiten suponer su uso. Es posible que desde aquí se extendiera por toda la Península Itálica, al igual que sucedió con las parietes for-

macei (formaceus, hormazo), paredes de barro mezclado con guijos, que se vaciaba dentro de dos superficies paralelas de tablas, a modo de encofrado, técnica muy empleada en las construcciones de España y norte de África. Los romanos generalizaron su uso, sustituyendo el barro por el hormigón (opus caementicium). El sistema de calefacción por medio de un doble suelo, fue el precursor de las llamadas “glorias medievales”. Más tarde, la distribución del calor por el suelo, se extendió a las paredes, haciéndolas dobles por medio de tegulae mammatae, tejas planas provistas de cuatro pezones en sus esquinas (ver imagen superior) o con ladrillos huecos a modo de cajas (ver ilustración central).


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Ornamento para el hogar Para la decoración de las paredes se utilizaron estucos pintados con diversos temas ornamentales entre los que fueron frecuentes hermosas composiciones pictóricas inspiradas en obras famosas de los más conocidos pintores griegos. Los suelos se cubrieron, asimismo, con ricos pavimentos musivarios en los que se representaron temas muy variados: mitológicos, cinegéticos, simbólicos, etc., alternando con los geométricos utilizados como complemento y marco de los tapices de teselas policromas y vidriadas. Toda esta ornamentación

demuestra el gusto refinado de sus propietarios, así como su posición económica. En cuanto a los huecos de puerta y ventanas se sabe que se cubrían con variados y pesados cortinajes (vela), destinados tanto a aislar las habitaciones, como a evitar el paso del calor y el frío. Al marco general de cada habitación, patio o jardín había que añadir las esculturas que, procedentes de Grecia o realizadas en los talleres de los más destacados copistas instalados en Roma, se difundieron por todo el Imperio.

Mosaico de un ser mítico, que decora el suelo de una villa alemana del siglo III. Museo Arqueológico de Munich.

domus romana.

Foto: R. Pastrana

baranda de madera, y a esta planta se accedía por una escalera interior o exterior, adosada a la vivienda. Recuerdo de estas bellas casas con patio, con fuentes y bellos jardines en su parte zaguera son muchas de las casas que aún pueden verse en el área mediterránea. En nuestro caso, buen ejemplo de ello son las casas andaluzas, mal llamadas moras, en las que los floridos patios alcanzan una belleza y un sentimiento incomparables. Lo que sí hicieron los árabes es adoptar, encantados, este patrón de vivienda y añadirles, eso sí, algunas características propias de su cultura. Junto a este tipo común de casas, existieron las villas a orillas del mar, con zonas de embarcaderos propios, vivaria o criaderos de moluscos y peces, comedores rupestres, etc. Paradigma de ellas es la villa de Tiberio en Sperlonga, donde el emperador se solazaba con sus amigos en una maravillosa cueva, debidamente aparejada como comedor marítimo y adornado con bellas esculturas, entre las cuales sobresalía la que representa el episodio de Polifemo cegado por Ulises, del que fueron sus autores los mismos escultores que del célebre Laoconte: Agesandro, Atenodoro y Polidoro. Otra de las villas más famosas de cuantas se conocen es la de Piazza Armerina, en Casale (Sicilia). De época tardorromana, aparte de la riqueza de su compleja estructura nos ha dejado uno de los conjuntos más suntuosos y variados de la musivaria romana. Centro de interés turístico sigue sorprendiendo a todos los que la visitan. En las fincas agropecuarias, el centro de la vida familiar era también una lujosa mansión, dotada con toda clase de confortables instalaciones, incluidas termas y otros lugares de ocio. Recuerdo de este tipo de mansiones han sido las casas de labor europeas y, en nuestro suelo, los cortijos andaluces y manchegos, en los que junto a los campos de cultivo o zona de pastos para la cría de toros y caballos, se alza una casa señorial en la que se repite el esquema de la

◙ PARA SABER MÁS:

• ANDRÉ, J. (1981): L´alimentation et la cuisine à Rome. París.

• ETIENNE, R. (1971): La vida cotidiana en Pompeya. Madrid.

• ARIES, P. y DUBY, G. (1987): Historia de la vida privada. Del Imperio Romano al año 1000. Madrid.

• GUILLÉN, J. (1981): Urbs Roma. Vida y costumbre de los romanos. La vida privada. Salamanca.

• CARCOPINO, E. (1944): La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio. Madrid.

• PAOLI, U. E. (1964): La vida en la Roma antigua. Barcelona.

• CLARKE, J. R. (1991): The houses of Roman Italy 100 BC-AD 250. Ritual space and decoration. Oxford.

• RAWSON, B: “Family life among the lover classes at Rome”, en Classical Philology, LXI, pp. 71 y ss.


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DERECHOROMANO

LAS LEYES DEL PRINCIPADO

El nacimiento del orden imperial Por Alejandro Valiño.

Augusto asumió el poder en 27 a. C. con el reclamo de la vuelta al sistema republicano de equilibrio de poderes. Sin embargo, el Príncipe fue concentrando poco a poco el poder en sus manos y extendiendo su control a todas las facetas de la vida, incluido el derecho. La actividad jurisprudencial perdió su independencia, pero también vivió un periodo de extraordinaria vitalidad durante el que se adaptaron las instituciones tradicionales a los nuevos tiempos, gracias a dos escuelas antagónicas.

El advenimiento del Principado como forma política tuvo lugar de la mano de Octaviano en el año 27 a. C. El punto histórico de partida se sitúa precisamente en la victoria que el hijo adoptivo de Julio César obtuvo en Actium cuatro años antes sobre su principal rival político, Marco Antonio. Se abría así el camino para el ejercicio de un poder autocrático que, sin embargo, no comportó una ruptura plena con el régimen institucional republicano. Es más, Octaviano, que a partir del año 27 a. C. asumió el título de Augustus (venerable), se presentó en realidad como un restaurador de aquel antiguo esplendor republicano. Parecía resurgir el sistema de equilibrios pactado en aquel gran tratado patricio-plebeyo que fueron las leges Liciniae-Sextiae del 367 a. C., en el que se compensaban la auctoritas senatorial, la potestas de los magistrados y la maiestas del populus. Sin embargo, el juego de contrapesos era un lejano recuerdo después de la cruenta experiencia de luchas intestinas del último siglo de la República. Lo cierto es que Octaviano no prescindió de ninguna de las piezas sobre las que se asentaba el equilibrio republicano de antaño. Restauró los poderes

del Senado, un tanto devaluados por las manifestaciones autocrática de poderes totalitarios como los de Julio César, Sila, Mario o Pompeyo. Pero muy inteligentemente, Octaviano fue atrayendo para sí una serie de títulos que, en último término, propiciaron la reunión en su propia persona de la auctoritas y potestas, cuya neta separación durante el período republicano había permitido asegurar la libertas romana. Pero el Principado no solo influyó en los aspectos de organización y gobierno de una Roma en creciente expansión, sino que en su vocación intervencionista terminó por incidir también en el mundo del derecho. Se produjo una notable alteración en el cuadro de las fuentes de producción del derecho, a la par que Octaviano monopolizaba un cúmulo de prerrogativas de trascendencia jurídica como es la facultad de conceder la civitas –como ius proprium civium Romanorum– o la latinitas o ius Latii; la de fundar colonias y municipios; y la de proceder al reparto del ager publicus, competencias todas ellas que en el período republicano eran de órganos distintos. El Principado trae también una jurisdicción de carácter extraordinario, que coexistirá durante el primer siglo de nuestra Era con el procedimiento or-


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dinario en la tramitación de los litigios entre particulares, el llamado procedimiento formulario o per formulas. En la modalidad tradicional, demandante y demandado consignaban sus pretensiones en unas formulae, redactadas por los propios litigantes con el auxilio de los jurisconsultos. Estos escritos contenían los términos sobre los que habría de versar la controversia y la actividad probatoria para que un iudex unus resolviera de manera definitiva la contienda. Frente al procedimiento tradicional, Augusto impulsa la cognitio extra ordinem que surgió para dar cobertura a una serie de pretensiones que excedían el campo de dedicación de los jurisconsultos, como los litigios por incumplimiento del deber de prestar alimentos o de los fideicomisos ordenados por el causante. Pérdida de la independencia Buena parte del Alto Imperio coincide con la segunda etapa clásica del Derecho (30 a. C.-130 d. C.), en la que la jurisprudencia siguió siendo la fuente del derecho más importante. Si la jurisprudencia del período anterior fue extraordinariamente creadora en extensión, en cuanto que a ella se debe propiamente la gestación de un vocabulario jurídico, la jurisprudencia del siglo I d. C. lo va a ser en intensidad. Los juristas de este período se mueven entre conceptos e instituciones ya creadas por juristas anteriores, y tratan de depurarlas y perfeccionarlas, extendiéndolas también a nuevas situaciones jurídicas surgidas con el tiempo. La actividad esencial de los juristas se concreta en elaborar dictámenes (responsa) que fuesen asumidos por el juez que ha de resolver la controversia sometida a su consideración. Hay que tener en cuenta que los jueces de este período no son funcionarios ni cuentan con una especial cualificación en materia jurídica y, por ello, se amparan en la sapiencia (auctoritas prudentium) que en este campo muestran los juristas. Sin embargo, también la actividad jurisprudencial terminó por resentirse en aquella independencia liberal que la había caracterizado durante el período republicano. El intervencionismo creciente del Príncipe en este campo, pasado el momento inicial de aparente voluntad de restaurar el equilibrio

A principios del siglo I d. C. los emperadores instituyeron la figura del jurista oficial, un experto con autoridad para resolver dudas legales institucional de antaño, se hizo más patente. De este modo, aquella jurisprudencia liberal e independiente, despegada del influjo del poder político, terminó cediendo enredada en la maraña imperial que pretendía controlarlo todo. Un primer paso para ello fue el deseo del Príncipe de diferenciar a los juristas más próximos a él, uniendo a su propia autoridad como expertos en materia jurídica la auctoritas carismática del Prínci-

pe cuando daban respuestas públicamente. Es el llamado ius publice respondendi ex auctoritate Principis, que marca ya una clara tendencia, que adquirirá inusitado vuelo en el siglo siguiente, hacia la diferenciación entre juristas oficiales y juristas independientes. El primer jurista que gozó de este privilegio fue Masurio Sabino, que siempre se mostró condescendiente con el cambio político operado por Octaviano Augusto. Masurio Sabino, de la clase ecuestre, fue el primero en dar respuestas con carácter oficial. Después se acostumbró dar este beneficio, pero él lo tenía concedido ya por Tiberio César. [...] Sabino, entrado en años, casi de cincuenta, fue recibido en la clase ecuestre. No tuvo muchos bienes, pero sus discípulos le ayudaban mucho. (Digesto 1.2.2.48-50).

Dos escuelas antagónicas Siguiendo la tradición de escuelas del período anterior, cobran protagonismo dos escuelas contrapuestas en su manera de concebir el derecho y sus instituciones: la escuela sabiniana y la escuela proculiana. Ambas toman el nombre de insignes representantes, aunque no propiamente el de aquellos que les dieron origen, que fueron, respectivamente, Ateyo Capitón y Marco Antistio Labeón. Mucho se ha escrito sobre las diferencias entre una y otra escuela. Los sabinianos son más proclives a la nueva forma política inaugurada por Octaviano, frente al conservadurismo republicano de los proculianos, en general, y de Labeón, en particular. No en vano, las fuentes antiguas nos informan de que: Ateyo perseveraba en la tradición, en tanto Labeón,

por la calidad de su ingenio y la confianza de su doctrina, pues se había dedicado también a las demás obras de la sabiduría, comenzó a innovar muchas cosas (Digesto 1.2.2.52). El influjo helenístico que recibe cada escuela también es diferente. Los sabinianos estaban más próximos al realismo estoicista, mientras que en los proculianos estaba más presente el influjo aristotélico. Tampoco cabe descartar que las diferencias entre una y otra escuela puedan quedar reducidas a una distinta tradición de magisterio. De esta forma, se continuaría aquella contraposición de estilos del período republicano entre el planteamiento más sistematizador de Quinto Mucio Escévola y el más cercano al casuismo tradicional romano de Servio Sulpicio Rufo.


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Sin duda la personalidad más relevante de todo el período clásico fue Salvio Juliano, quien en tiempos de Adriano llevó a cabo la codificación del edicto pretorio, lo que supuso de alguna manera cegar la principal fuente para el progreso jurídico. En lo sucesivo esta función renovadora corresponderá al ius novum, esto es, al derecho dimanante de la Cancillería imperial. Justiniano llegó a decir de él que fue el más sabio de los jurisconsultos antiguos. Otro jurista de gran importancia es Sexto Pomponio, autor de una historia de la jurisprudencia romana hasta su tiempo llamada Enchiridium. El extracto recogido en el Digesto de Justiniano, es la fuente que nos permite conocer sintéticamente cómo fue aquella naciente actividad jurisprudencial, desde el origen de la ciudad hasta los tiempos del propio Pomponio.

Un halo de misterio envuelve la personalidad de Gayo, que se ha convertido en uno de los personajes esenciales para el estudio del Derecho romano, pese a no tener propiamente la consideración de jurista en cuanto que no cumplió labores de asesoramiento ni cultivó la literatura casuística. Más bien es precursor del género didáctico con su obra más importante, Instituta Gaii, donde en cuatro libros presentaba de forma sistemática

Tiberio concedió a Sabino el privilegio de interpretar la ley en nombre del emperador. Busto del Museo de Nápoles.

Foto: Virtusincertus

Sabino es autor de una obra dividida en tres libros, dedicada al ius civile, siguiendo en gran medida la sistemática de otra obra del mismo género en el período republicano: el ius civile de Quinto Mucio Escévola, dividido en 18 libros. Discípulo suyo fue Casio Longino, que también da nombre a la escuela, llamada en ocasiones escuela casiana. Por contra, careció del apoyo imperial Marco Antistio Labeón, sin duda uno de los juristas más importantes del período, del que sabemos que dedicaba la mitad del año al estudio científico y la práctica, mientras que la otra mitad la empleaba en la actividad del respondere, y en instruir complementariamente a los discípulos que le acompañaban en su labor de asesoramiento. Labeón es un notable cultivador del género casuístico y un gran innovador, como se refleja en sendos comentarios al Edicto del Pretor Urbano y a la Ley de las XII Tablas. Su discípulo Próculo es quien da nombre a la escuela, llamada proculiana o proculeyana. Otros representantes dignos de mención fueron Neracio Prisco y Juvencio Celso. Dentro del siglo II d. C. ejercieron otros juristas y maestros de Derecho.

El esplendor de la literatura jurídica Bajo el reinado de Augusto se generaliza el cultivo de la literatura jurídica, concretada en distintos géneros que persiguen el asesoramiento y la enseñanza. Son, en buena medida, fiel reflejo del cuadro de fuentes del derecho existente por entonces. A continuación se consignan los géneros más representativos: • RESPONSA Colecciones de respuestas orales que los juristas daban a las consultas que les formulaban los particulares o los jueces, casi siempre sobre cuestiones de naturaleza patrimonial, que son las que preocupaban a los juristas de entonces. • LIBROS DE QUAESTIONES El equivalente a nuestros libros de

casos prácticos, esto es, colecciones de supuestos de hecho casi siempre imaginarios que el jurista resuelve con fines de instrucción para sus discípulos.

• MONOGRAFÍAS Tratan sobre determinadas materias del Derecho privado como la hipoteca, la dote o las donaciones entre cónyuges.

• DIGESTA Género que combina responsa reales e imaginarios, pero ordenados conforme a la estructura del edicto pretorio, que es todavía en este tiempo la vía para el progreso jurídico. El pretor, siempre atento a las nuevas necesidades que demanda una sociedad en permanente transformación, incorpora a su edicto constantemente nuevos medios judiciales. Estas adendas tenían la finalidad de permitir una mejor tutela de los intereses patrimoniales de los ciudadanos.

• COMENTARIOS Unas veces se refieren a leyes especialmente trascendentales en cuestiones de Derecho privado como la legendaria Ley de las XII Tablas, la Lex Cincia en materia de donaciones o la Lex Papia Poppea en relación con las implicaciones patrimoniales derivadas del matrimonio y la filiación. Otras veces los comentarios se centran en el edicto pretorio y el ius civile, encarnado por esa tradición interpretativa practicada desde antiguo sobre la base del parco texto de la Ley de las XII Tablas.


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las nociones elementales de Derecho romano. Se trata de una obra que alcanzó gran predicamento en épocas posteriores y ello explica la fama que llegó a alcanzar Gayo hasta el punto de ser uno de los cinco autores cuyos escritos podían ser alegados en juicio, tal como estableció la llamada Ley de Citas (426 d. C.). Algunas instituciones de época arcaica y clásica las conocemos, aunque sea sintéticamente, gracias a la obra de Gayo, pues Justiniano, el gran compilador de las obras de los juristas clásicos, se tomó la licencia de actualizar su pensamiento, depurándolo de las referencias que éstos pudieron hacer a instituciones antiguas que no respondían a la mentalidad del siglo VI d. C. Recopilaciones de los viejos tiempos Los juristas que ejercieron bajo los Antoninos y los Severos experimentan una tendencia creciente desde el advenimiento del Principado: no solo se ocuparán del derecho privado, objeto tradicional de dedicación, sino que ampliarán su radio de acción al derecho público, en particular todo lo que atañe a la organización política y administrativa de un Imperio cada vez más extenso. También tocan el derecho fiscal y el derecho criminal, materias éstas de las que no se ocuparon, en cambio, los juristas de la época republicana. Los juristas de este período se caracterizan por un estilo enciclopédico, de modo que en sus escritos, antes que mostrar novedosos planteamientos, se prefiere la recepción de opiniones de juristas anteriores. Los géneros literarios preferidos serán los grandes comentarios al edicto pretorio (libri ad edictum) y al derecho civil, que en este período se concretarán en obras de comentario al ius civile de Sabino, convertido en este período en el paradigma del ius civile, recibiendo por ello este género literario el nombre de libri ad Sabinum. Como consecuencia del creciente intervencionismo de la burocracia imperial en el ámbito del derecho, surgen otros géneros literarios que se compadecen mejor con el ius novum, esto es, con el derecho que ahora, de forma monopolística, parte de la Cancillería imperial. Desaparece prácticamente el cultivo de la jurisprudencia como una actividad

liberal y despegada del influjo del poder político. Las obras más importantes de este periodo son las de regulae, que reflejan un cambio metodológico que tiende a alejarse del casuismo tradicional para concretar ahora el saber jurídico en forma de principios jurídicos breves o axiomas vertidos en la praxis judicial del momento. De esta época son también los instituta, libros destinados a exponer sistemáticamente las nociones elementales en materia jurídica para estudiantes de las nacientes academias. La aparición de estas obras evidencia un cambio en la forma de aprendizaje del Derecho, tendente ahora a la exposición magistral en lugar del estilo de convivencia con el maestro propio del período republicano. La última generación del periodo clásico coincide con el Principado de Adriano, aunque sus representantes más conocidos son de época de los Severos: Papiniano, Paulo y Ulpiano. Estos auto-

res están muy bien representados en el Digesto de Justiniano, la emblemática antología de jurisprudencia elaborada bajo este emperador. Con estos tres grandes juristas, sin duda los preferidos de Justiniano a la hora de componer el Digesto, se cierra el ciclo creativo de la jurisprudencia romana y se abre propiamente el período postclásico. ◙

PARA SABER MÁS: • D’ORS Á. y D’ORS X. (2004): Derecho privado romano. Pamplona. • SAMPER, F. (2003): Derecho romano. Santiago de Chile. • VALIÑO, E. (1991): Instituciones de Derecho privado romano. Valencia.


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ASENTAMIENTOSHISPANOS

La joya púnica de la Península Ibérica CARTAGENA

El teatro construido sobre una ladera del monte de Esculapio es, quizá, el edificio más emblemático que los romanos dejaron en la urbe fundada por Asdrúbal.

Fundada a finales del siglo III a. C. cerca de un asentamiento íbero, Cartagena estaba llamada a ser un punto esencial en la dominación púnica de la Península Ibérica. Sin embargo, la confrontación con Roma hizo que pronto cambiase de manos y se convirtiese en un foco de romanización. Los sucesivos dueños del enclave forjaron diversas denominaciones para afirmarse en esta posición: Qart-Hadasht, Carthago Nova, Spartaria...

Por Gabriel Castelló.

Cartagena, uno de los mejores puertos naturales de toda la antigua Iberia, fue destino y origen de grandes gestas. Aparece mencionada en la “Ora Maritima” de Avieno, quien quizá describiese la antigua ciudad ibera sobre la que se yergue hoy Cartagena o puede que fuese otro cerro amurallado cercano y ya desaparecido, pero historiadores de la talla del hispanista alemán Adolf Schulten sostenían que así era. Para él, y para otros eruditos de nuestro pasado, la ciudad de Mastia ejercía cierto poder político en el sureste hispano, siendo el punto más oriental de la influencia tartesia. De hecho, aparece en un tratado entre Roma y Cartago fechado hacia el 348 a. C. una tal Mastia Tarseion que bien podría referirse a este enclave. Fuera

Una cita del siglo IV d. C. Se halla luego el puerto Namnatio que desde el mar abre su curva cerca de la ciudad de los mastienos. Y en el fondo del golfo se levantan las altas murallas de la ciudad de Mastia. R. Festo Avieno Ora Marítima

como fuese, lo que es cierto es que la región era fecunda en pesca y minería de zinc, plomo y plata, por lo tanto un bocado muy apetecible para cualquier potencia marítima del Mediterráneo antiguo. La historia de Cartagena como urbe y emporio se inicia siglos después. Fue


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Asdrúbal el Bello, yerno de Amílcar Barca, quien, quizá seducido por la costumbre panhelénica de alzar emporios en ultramar, fundó una nueva ciudad (Qart-Hadasht significa eso mismo en púnico) y base de operaciones cerca o sobre la antigua Mastia bastetana en el 225 a. C. Justo un año antes Roma y Cartago habían cerrado un compromiso de influencia conocido como el Tratado del Ebro que delimitaba las zonas suscritas a cada potencia a las orillas del Ebro: el sur era territorio púnico y el norte, romano. Asdrúbal planificó su nuevo centro de poder al estilo de la época, edificando su palacio residencia en una de las cinco colinas intramuros, el Cerro del Molinete, conocido en su época como Arx Hasdrubalis, y probablemente cerca de él un templo consagrado a las divinidades tutelares de Cartago, Baal o Melqart. Sólidos muros flanqueaban las cinco colinas. La ciudad contaba con un puerto natural excelente, casi inaccesible por tierra al estar ubicada en una península rodeada por el mar y una laguna salobre que la abrazaba por el norte, según cuenta Estrabón: Después de Abdera, viene la Nueva Cartago, que fue fundada por Asdrúbal, sucesor de Amílcar Barca, padre de Aníbal. Es entre todas las ciudades de la zona la más poderosa; goza de una situación natural fuerte y de unas murallas bellamente construidas. Dispone de varios puertos, de una laguna y de las minas de plata. (Geografía)

Desde su flamante palacio, Asdrúbal el Bello afianzó su control sobre las posesiones púnicas en Iberia y retuvo en Qart-Hadasht a muchos hijos e hijas de régulos aborígenes, en un sutil intento de sostener el delicado equilibrio de alianzas. Lo que le proporcionaba vía libre a explotar los ingentes recursos de la región, desde las minas de las sierras oretanas hasta los espartales bastetanos. Poco le duró la alegría al cartaginés. A principios del 221 a. C fue asesinado en su propio palacio, no se sabe bien si por un rehén galo o un ibero ávido de

En la primavera de 219 a. C. partió de la ciudad la marcha de Aníbal, que le llevaría hasta Roma. Arriba, un grabado de Motte presenta a unos elefantes superlativos arremetiendo contra la infantería romana.

venganza. Su asesinato pudo haber estado motivado por discrepancias políticas, pues algunas fuentes señalaban a uno de sus oficiales como autor del magnicidio. En cualquier caso, le sucedió su cuñado, Aníbal Barca, un joven osado que disentía de su política de pactos y no beligerancia con el eterno rival. Cuna de una campaña legendaria Fue en el gran palacio de los Barca en Qart-Hadasht donde se urdió una de las campañas militares más trascendentales de la Historia de la Humanidad. Desde esta base de operaciones salió Aníbal en la primavera del 219 a. C. al frente de sus legendarios elefantes dispuesto a tomar Arse (ver Stilus8) y, con ello, cumplir la promesa que con solo ocho años le hizo a su padre ante el fuego sagrado de Baal: odio eterno a Roma. La ciudad edetana, aliada declarada de Roma, se encontraba al sur del Iberus, por lo tanto dentro de la zona de influencia púnica. La obstinación arsetana y el consiguiente inicio de hostilidades fue el detonante de la Segunda Guerra Púnica, la contienda

más sangrienta que tuvo que soportar la República romana. El conflicto, al principio favorable a los intereses púnicos, pronto se vio equilibrado gracias a la audacia de Publio Cornelio Escipión, el joven de veinticinco años al que el Senado, cediendo ante la presión popular, le concedió el imperium sin cargo de Hispania y mando sobre las dos legiones que le hubiesen correspondido como procónsul. Ningún cartaginés de Iberia sopesó la posibilidad de que Roma, después de haber sufrido una serie de durísimos reveses militares en Italia e Hispania, tuviera arrestos de enviar a un inexperto legado a territorio enemigo dispuesto a cortarle los suministros a Aníbal y derrumbar las clientelas iberas que lo sostenían. Craso error, pues el joven Escipión, desoyendo sus órdenes de mantenerse a la defensiva en la ribera norte del Iberus, recorrió en tiempo récord la distancia que separaba Emporiae (Ampurias) de QartHadasht. Llegó ante los muros de la ciudad púnica con tanto sigilo que pudo tomarla por asalto en una acción combinada con la flota dirigida por su eficiente amigo Cayo Lelio. Varias cohortes vadearon de noche la laguna norte y escalaron los muros, abriendo las puertas para que el resto de las tropas que esperaban agazapadas en el istmo. Estas irrumpieron en la ciudad sin resistencia, pues la guarnición estaba entretenida repeliendo un ataque-señuelo en otra parte de la ciudad.


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Por orden expresa de Escipión, y contra todo pronóstico, la ciudad no fue saqueada, ni sus moradores violentados, incluido el hermano de Aníbal, Magón. Los rehenes iberos fueron liberados y enviados a sus casas, en un claro gesto de ruptura con la política cartaginesa de coacción y chantaje. La toma de Qart-Hadasht supuso un punto de inflexión en la Segunda Guerra Púnica. Así lo vio Schulten: Con la plata de las minas de Cartagena pagaron ellos a sus mercenarios, y, cuando por la toma de esta en 209 a. C. Carthago perdió estos tesoros, Aníbal ya no fue capaz de resistir a los romanos. De manera que la toma de Cartagena decidió también la guerra de Aníbal. (Fontes Hispaniae Antiquae)

Desde su inesperada conquista, la ciudad pasó a conocerse en el mundo romano como Carthago Nova. Recibió el título de municipio romano hasta que, ya a principios del 44 a. C., y dentro del reparto de colonos veteranos promovido por César tras la Guerra Civil, la ciudad fue reconocida como colonia. La epigrafía C·V·I·N·C (Colonia Urbs Iulia Nova Carthago) no deja lugar a dudas. El dominio romano Carthago Nova fue dotada de los espacios y edificios públicos de una gran ciudad: un anfiteatro ya en época republicana, un conjunto de templos sobre el viejo palacio de Asdrúbal, un teatro en la falda del Monte de Esculapio, foro, termas, mercado, puerto y demás elementos típicos del urbanismo romano. Perteneciente a la nueva provincia Tarraconense según el reparto de Augusto en el 27 a. C., la colonia fue tomando importancia en el territorio, por ser uno de los puertos más prósperos en el negocio de la exportación de garum, el condimento por excelencia de la cocina romana. Desde la bahía de Mazarrón a la propia isla de Escombreras (scomber significa caballa en latín), multitud de factorías de esta preciada salsa salpicaban los alrededores de Carthago Nova.

Pocos años después, durante la época Julio-Claudia, la Tarraconense fue dividida en siete conventos jurídicos, una especie de distritos. Uno de ellos era el conventus iuridicus carthaginensis. Aunque en muchos estudios se habla de que la gran crisis del mundo antiguo sobreviene a partir del siglo III, la realidad es que en el sureste hispano el declive arranca un poco antes, desde mediados del II. Ciudades vecinas como Lucentum son prácticamente abandonadas a finales de este siglo. En el caso de Carthago Nova, algunos edificios públicos dejan de restaurarse, la actividad se reduce al Cerro del Molinete y toda la parte oriental de la ciudad se abandona, quizá a causa del agotamiento de los recursos mineros de La Unión. Por estas fechas también entra en declive Portus Magnus (Portmán), uno de los puntos de carga del mineral extraído de las serranías colindantes.

La lenta decadencia de Carthago Nova tuvo una tregua durante el mandato de Diocleciano. En el 298, este enérgico emperador dispuso un nuevo reparto provincial destinado a erradicar las diferencias entre provincias, entregar su gestión a un praeses (literalmente ‘presidente’, el gobernador) no senatorial y agrupar dichas provincias en regiones llamadas diócesis. El emporio de la salsa de pescado En este nuevo mapa de Hispania, Carthago Nova quedó como capital de la provincia Carthaginensis, dependiente de la vicaría de la diócesis hispana de Emérita Augusta (Mérida). Este respiro hizo que la parte oriental se urbanizase de nuevo utilizando los restos de los grandes edificios de época del Principado como el teatro, el mercado y el Foro de Augusto. Aquel fue el momento más floreciente en la exportación de garum pues, con las minas casi agotadas, buena parte de la población vio en la salsa de pescado su mejor fuente de ingresos. Un ejemplo de dicha transformación industrial es la villa de Paturro, en la citada Portmán, dedicada a la minería durante el Principado y al garum durante el Imperio. La situación de Carthago Nova, apartada de las grandes vías empedradas que surcaban Hispania, hizo que se escapase de las algaradas francas que asolaron Tarraco, Valentia e

Fotos: Rafael del Pino

Las bases de las columnas, conservadas in situ (izquierda), permiten hacerse una idea del trazado de las calles porticadas de la antigua Cartagena romana. Arriba, reconstrucción de una de estas calles en una maqueta del museo arqueológico local.


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Ilici a finales del siglo III, pero dicha contingencia no fue motivo suficiente para evitar el saqueo vándalo del 425. De cualquier modo, la ciudad se sobrepuso a tal desastre y poco después, en el 461, el propio emperador Mayoriano reunió en el puerto de Carthago Nova a la flota imperial dispuesto a erradicar a los vándalos del Mare Nostrum; su dársena fue testigo de los preparativos de la ambiciosa campaña de reconquista del África romana. La expedición fue disuelta antes de empezar. Una escueta armada vándala de diecisiete naves derrotó a las cuarenta romanas frente a las costas de Carthago Nova el 13 de mayo de aquel mismo año. Quedó destruida tanto la flota imperial como cualquier pretensión de recuperar los territorios perdidos. Según algunas fuentes, varios tetrarcas de la armada romana fueron sobornados por los agentes de Genserico, factor decisivo para que la superioridad numérica romana no fuese determinante y permitiesen que los vándalos hundiesen la mayor parte de las naves de Mayoriano. Visigodos y bizantinos El emperador se vio forzado a pactar con el rey vándalo, perdiendo con tan denigrante derrota el respeto de muchos de sus colaboradores más allegados; su magister militum, el también vándalo Ricimero, le forzó a abdicar tres meses después de aquel desastre naval. La suerte estaba echada y el Imperio romano de Occidente dejaba de existir como tal quince años después. La batalla de Carthago Nova quizá fuese una de sus últimas derrotas, tan amarga y trágica como el ocaso de Occidente. La ocupación visigoda no hizo más que acentuar el deterioro progresivo de las antiguas urbes romanas. Después de años de convulsiones internas, un grupo de ciudadanos que añoraban tiempos pasados de orden y gloria enviaron una petición de socorro al emperador de Oriente, Justiniano, el cual, en su determinado afán de

Dos episodios de los últimos tiempos de la presencia romana en Cartagena: la estela de Comenciolo (arriba) y un sólido de Mayoriano (derecha).

restaurar el poder de Roma en el Mare Nostrum, accedió a enviar tropas a Hispania. Tras una serie de rápidos combates, Carthago Nova, por entonces conocida como Spartaria por el esparto que producía su territorio, quedó como obispado y capital de la provincia bizantina de Spania, espacio que comprendía el actual oeste de Marruecos y una buena franja costera del sur de la península desde la desembocadura del Annas (Guadiana) a la del Thader (Segura), incluyendo en su máxima extensión las ciudades de Tingis, Corduba, Malaca o Ilici, por nombrar las más populosas. Los romanos de Oriente revitalizaron la ciudad, fortificándola de nuevo, saneándola y ocupando con barrios comerciales los espacios abandonados, como sucedió con el teatro, que así perduró sepultado hasta nuestros días. Testigo de esta fase es la lápida del patricio Comenciolo, datada entre los años 589 y 590 y que dice así: Quien quiera que seas, admirarás las partes altas de la torre y el vestíbulo de la ciudad afirmados sobre una doble puerta. A derecha e izquierda lleva dos pórticos con doble arco a los que se superpone una cámara curva convexa. El patricio Comenciolo mandó hacer esto enviado por Mauricio Augusto contra el enemigo bárbaro. Grande por su virtud, maestro de la milicia hispánica, así siempre

Hispania se alegrará por tal rector mientras los polos giren y el sol circunde el orbe. Año VIII. Indicción VIII.

Tras muchos años de presión visigoda, perdiendo progresivamente casi todo el territorio ganado en tiempos de Justiniano, fue el rey Suintila quien, sobre el 622, arrebató la ciudad a los bizantinos. Este tremendo asalto rubricó el final de la Cartagena antigua. Según narró San Isidoro, la ciudad fue demolida hasta sus cimientos: «Hoy día, de la ciudad, destruida por los godos, apenas quedan sus ruinas». ◙ PARA SABER MÁS: • ARCE, J. (2009): El último siglo de la España romana. 284409, Alianza Editorial. • GOLDSWORTHY, A. (2006): In the name of Rome. The men who won the Roman Empire. Editorial Ariel. • PELLÓN, J. (2001): Iberos. La vida en Iberia durante el primer milenio antes de Cristo. Editorial Espasa. • SCHULTEN, A. (2004): Hispania. Editorial Renacimiento.


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LASHUELLASDELASLEGIONES

Un balcón con vistas a Portus Victoriae A 700 metros de altura un paraje yermo acoge los restos de un campamento testigo de las Guerras

UBICACIÓN El Campo de las Cercas, entre los términos de Puente Viesgo y San Felices de Buelna (Cantabria).

Cántabras. La resistencia

COORDENADAS

de este pueblo, apegado a

43º 15’ 30” N; 4º 0’ 13” O.

un paraje agreste, llevó a las legiones a abandonar sus tácticas tradicionales. Lejos de los valles donde eran sometidos a emboscadas y ataques por sor-

DESCRIPCIÓN Es un campamento romano para dos legiones emplazado sobre la cuerda de las cumbres entre los ríos Pas y Besaya, desde el que se tiene control visual al norte de la bahía de Santander (Portus Victoriae). A 7 kilómetros al sur se encuentran los yacimientos de Espina del Gállego. Consta de dos recintos anexos dotados de foso, agger de piedra y contra-agger. Está interrumpido por al menos seis entradas en clavícula interna.

presa, los soldados roma-

DATACIÓN

nos se lanzaron a dominar

El complejo parece estar relacionado con el período de las Guerras Cántabras. Sin poder determinar si se corresponde con las primeras campañas del conflicto, iniciado en el 25 a. C. por Augusto, o si se trata de un campamento romano relacionado con las revueltas posteriores.

las cumbres para cerrar poco a poco la tenaza sobre el enemigo. Texto: F. J. García Valadés.

Hacia el año 30 a. C. Octaviano diseñó un plan para cerrar las fronteras del Imperio llevándolas hasta límites geográficos. En la Península Ibérica, estos planes chocaban de bruces con

la resistencia de los pueblos del noroeste. El Princeps tenía que acabar con la amenaza de estos belicosos vecinos para conseguir la ansiada paz, la Pax Romana. El propio Octaviano se desplazó al escenario de operaciones para dirigir en persona

la campaña, en un intento por ligar directamente su figura a la culminación de la expansión romana. En Segisama (Sasamón), el Princeps determinó abrazar toda la Cantabria en tres cuerpos de ejército. Se inició una guerra que según Floro se


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convirtió en una «especie de ojeo de fieras». Las tropas empezaron a sufrir los rigores del terreno montañoso y la hostilidad de un enemigo que golpeaba en diferentes sitios a la vez. La campaña no evolucionaba conforme a lo esperado y el propio Octaviano cayó enfermo, quizás por la ansiedad generada por la situación. Para colmo sufrió un hecho que le llevó a replantear su actuación en la propia campaña. Un rayo cayó junto a su litera y mató a uno de los porteadores. Decidió abandonar el conflicto y retirarse a Tarraco. No sin antes confiar el desarrollo de la guerra a su legado de confianza, Antistio Veto. En un intento por desatascar la situación, el hombre fuerte de Octaviano se decidió a atacar las espaldas de los cántabros por mar trayendo tropas desde Aquitania. Sólo tuvo lugar una batalla abierta bajo las murallas de Bergida (¿Monte Bernorio?) que se saldó con la derrota cántabra. A partir de ese momento toda la campaña transcurrió en altura pues los cántabros se acogían a ella como defensa natural. El propio Antistio, siguiendo la estrategia seguida en su día contra los salassi, avanzó perpendicular a la costa cántabra tomando la cumbre de las cadenas montañosas. Quizás operara él mismo con la columna central romana. Esta columna ascendió desde el valle del Ebro por el

Tras la derrota en Bergida los cántabros se refugiaron en las alturas, lo que obligó a las legiones a combatir en terrenos adversos Puerto del Escudo hasta marchar por el cordal que separa los valles del Pas y el Besaya. En su avance asedió Aracillum (¿Espina del Gállego?) y se acuarteló en el Campo de las Cercas, desde el que ya divisaba la bahía de Portus Victoriae (Santander) en donde culminaría la conquista. Antistio había demostrado de nuevo su habilidad para el desarrollo de la guerra en territorios de difícil orografía. Combinó diferentes estilos de conquista analizando las circunstancias. Empleó el asalto y también la realización de extensos cercos para asedios prolongados. Dominando los valles desde las alturas se garantizaba su control y un avance sin peligros ex-

cesivos hasta el corazón mismo del territorio enemigo. Aunque no así el total sometimiento, que llevaría aún una década al empeño romano. No obstante, consiguió dar término a la campaña para descanso del Princeps y aprovechamiento de la propaganda imperial. Llegados a este punto volvió Octaviano para cerrar la campaña, reasentar a la población en los valles, tomar rehenes y vender esclavos. Restos de la guerra Las lides bélicas dejaron por toda la Cornisa Cantábrica un rastro de campamentos que las legiones utilizaron

Restos de los muros que rodeaban el campamento romano de Las Cercas. Foto: Sociedad Cultural Éride


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para doble gar el ardor guerrero de las tribus locales. Uno de ellos todavía es identificable a simple vista entre Puente del Viesgo y San Felices de Buelna. Se encuentra localizado sobre el extremo norte de las últimas estribaciones de la cordillera que divide las cuencas de los ríos Pas y Besaya. Su emplazamiento sobre la cuerda misma de la montaña (a 708 metros de altitud) le hace verter aguas hacia ambos valles. Desde el mismo campamento se divisa al norte la bahía de Santander y al sur se domina visual-

mente el yacimiento del asedio de la Espina del Gállego. El recinto campamental tiene una extensión de 18 hectáreas. Su forma rectangular es alargada y estrecha. Su eje mayor se prolonga aproximadamente un kilómetro, mientras que su ancho es de unos 200 metros. Consta de cuatro esquinas redondeadas, típicas de un campamento romano. Los lados sur y oeste presentan agger de piedra, aprovechando las rocas de los canchales que afloran en esos lados. Los lados norte y este

cuentan con agger de tierra. Lo circunvala un único foso defensivo en todo su perímetro. En el interior encontramos una división del recinto con una estructura defensiva de foso y agger que parte el campamento en dos mitades de similares proporciones. Esto nos lleva a reconocer un posible campamento para una legión al sur, al que se le anexa un segundo recinto para una nueva legión. Podemos localizar hasta seis entradas claviculae. Sobre el lado oeste podemos identificar cuatro, algu-

Un hombre fiel y efectivo Cayo Antistio Veto nació en el seno de una antigua familia plebeya con importante peso político. La familia Antistia contaba con tribunos de la plebe en su propia historia. Su padre fue el propretor de la Hispania Ulterior en el 68 a. C. El cuestor de Antistio Veto padre era un joven Julio César. En el año 61 a. C., como devolución del favor, Julio César, nuevo propretor de la Hispania Ulterior, llevaría a Cayo Antistio Veto hijo como cuestor. En el 57 a. C. Cayo Antistio Veto fue elegido tribuno de la plebe. Pudo así hacerse con un honor que habían desempeñado en diferentes ocasiones sus antecesores. Colaboró con el mismo Cicerón en su oposición a Clodio. Fue durante la guerra civil cuando manifestó sus cualidades militares. Por tradición familiar y por compromiso personal con Julio César adoptó el bando cesariano. En el año 45 a. C. le encontramos enfrentándose a Q. Cecilio Basso, que intentaba formar un ejército en el Este para apoyar a Pompeyo. Antistio Veto llegó a asediar al ejército pompeyano en Apameja, pero tuvo que retirarse ante la amenaza de los partos. Finalizada la guerra civil retomó su carrera militar consiguiendo la victoria ante los salassi. Se trataba de una tribu gala cisalpina que controlaba el

paso de San Bernardo en los Alpes. Sin lugar a dudas, tuvo aquí la oportunidad de experimentar un nuevo estilo de guerra que años más tarde tendría que volver a afrontar. Los salassi evitaron el enfrentamiento directo contra las legiones romanas de Antistio Veto. Abandonaron los valles para obligar al ejército romano a operar en unas condiciones inapropiadas. Las legiones tuvieron que hacer frente a una guerrilla montaraz para la que nunca fueron concebidas. Antistio aprendió a maniobrar en montaña, a emplear con flexibilidad la legión haciendo uso de cohortes, más operativas, a internarse en territorio hostil por la misma cordillera evitando los riesgos de desplazarse por los valles y garantizándose el control visual. Consiguió retomar el control de los pasos alpinos y sobre todo una experiencia militar muy especializada que le dotaría de singularidad. En el año 30 a. C. llegó a la cumbre de su carrera política al ser elegido consul suffectus. Por aquella época, Octaviano decidió cerrar la conquista de la Península Ibérica. Pero para ello necesitaba un hombre de confianza, fidelidad contrastada y capacidad militar. Las condiciones peculiares de la campaña contra los cántabros requerían además de un general ex-

Denario acuñado por Antistio Veto. perto en combatir pueblos montaraces y a su característica guerra de hostigamiento y retirada. El hombre ideal, sin duda alguna, era Cayo Antistio Veto. Acompañaría al Princeps como pretor de la Hispania Citerior. Su papel se revelaría fundamental a la hora de llevar a buen término los planes militares. Quizás en otro momento de la historia de Roma hubiese sido digno de un triunfo como verdadero vencedor de la guerra. Pero el Senado se lo ofreció a Octaviano. Comenta Floro que el Princeps «ya era tan grande que desdeñó el ser engrandecido con un triunfo». Como licencia, nos atrevemos a pensar que el primer hombre de Roma lo rechazó como gesto de justicia ante su legado de confianza.


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nas de ellas muy bien conservadas en las que se aprecia claramente el muro. En los lados norte y sur se abren sendas entradas claviculae, estando la orientada al norte defendida a su vez por un posible titulum. Curiosamente el lado este no ofrece aberturas, si bien el curso de una pista moderna puede haber dañado las estructuras en este lado. Armas y monedas El campamento romano del Campo de las Cercas fue localizado en 1998. Desde entonces ha sido objeto de prospecciones y algunas excavaciones y sondeos de poca entidad. Entre los materiales aportados por los trabajos arqueológicos destacan un pilum, un fragmento de fíbula, placas de bronce y diversos objetos de hierro como una piqueta y herramientas. En el exterior del recinto, sobre la vertiente oeste, se localizó un glande de plomo. Igualmente se ha sacado a la luz material numismático que nos confirma la datación del campamento. Es relevante un as celtibérico de la

Glosario

Algunos ases tardíos encontrados en la zona parecen indicar el uso del recinto para aplacar revueltas posteriores a la guerra de Veto ceca de Kelse, del 45 a. C. en adelante, un denario de Baskunes, del siglo I a. C. y dos ases, uno de Nemausus (Nimes), del 27 al 12 a. C., y otro de Caesaraugusta, del 12 a. C. en adelante. Esta última datación nos permitiría asociar el yacimiento a momentos muy tardíos del conflicto y por lo tanto a una posible intervención ante una revuelta cántabra. Al poner en relación los restos del Campo de las Cercas con otros yacimientos romanos propios del teatro de operaciones de las Guerras Cántabras, podemos determinar que

• Agger: Talud interior, parapeto o terraplén que delimita el campamento. • Castra aestiva: Campamento romano de marcha. • Clavicula: Entrada con prolongación de uno de los muros en forma de arco sobre el vano de la entrada. • Consul suffectus: Cónsul que sustituye a otro que no ha finalizado su mandato. • Contra-agger: Talud exterior sobre el foso, era opcional. • Titulum: Tipo de puerta consistente en un segmento de muro adelantado frente a la entrada. • Pilum: Arma arrojadiza legionaria consistente en un vástago de hierro fijado a un asta de madera. • Princeps: Título de primer ciudadano otorgado a Octaviano por el Senado para conservar la tradición republicana.

forman parte de una línea de penetración legionaria sobre Cantabria. Dicha vía probablemente discurría por toda la cuerda de la Sierra del Escudo partiendo del valle del Ebro. Por lo tanto en una clara dirección perpendicular al mar. ◙

PARA SABER MÁS:

Foto: Sociedad Cultural Éride

El perímetro campamental de Las Cercas aún se distingue desafiante en la cresta de la montaña. En la vista panorámica inferior, en amarillo, los restos aún visibles aparecen junto a la interpretación de los elementos que desaparecieron con el paso del tiempo.

• MARTINO, E. (2002): Roma contra cántabros y astures. Nue­ va lectura de las fuentes. Breviarios de la calle del Pez. León • PERALTA LABRADOR, E. (2000): Los cántabros antes de Roma. Real Academia de la Historia. Madrid. • PERALTA LABRADOR, E. (2002): “Castros y campamentos de campaña de las guerras cántabras”. En M. A. Blas Cortina, A. Villa Valdés (eds.), Los poblados fortificados del noroeste de la Península Ibérica: Formación y desarrollo de la cultura castreña. Ayuntamiento de Navia, Navia, págs. 225-238. • PERALTA LABRADOR, E. (2006): “El Campo de las Cercas Camp”. En A. Morillo, A. y J. Aurrecoechea (eds.), The roman army in His­pania: an archaeological guide, León, pág. 305.


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DENUNCIA

DERRUMBES EN POMPEYA

Una vergüenza para Italia El deterioro de la ciudad romana mejor conservada del mundo ha encendido las luces rojas en los organismos internacionales e italianos encargados o implicados en su conservación y custodia. Todo apunta, de nuevo, a una responsabilidad marcadamente política en los derrumbes de los últimos meses.

Por Francisco J. Girao.

Finales del año 2010. La ciudad romana de Pompeya sufre una nueva catástrofe. No será en esta ocasión el Vesubio, sino una serie de derrumbes que acaban con edificaciones completas. No hay temblor registrado ni acción humana; más bien omisión. ¿Qué puede llevar al presidente de la República Giorgio Napolitano a calificar lo ocurrido como «una vergüenza para Italia»? ¿Cómo puede haberse convertido en «vergüenza » tal elocuentísimo testigo de la vida

diaria romana de hace 2.000 años? En noviembre del año pasado la ciudad Patrimonio de la Humanidad sufre el derrumbe de la Casa de los Gladiadores y sus frescos, dos paredes de una cella de la calle Strabiana y seis metros de un muro de la Casa del Moralista. Todo otorga un buen punto de partida para la triste respuesta a las preguntas superiores. El extraordinario estado de conservación de las ruinas de la ciudad costera convierte en sencilla la tarea de concienciar de la auténtica tragedia que supone la pérdida de, no sólo

En noviembre de 2010, el colapso de parte de la Casa de los Gladiadores hacía saltar las alarmas en Pompeya.


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un Patrimonio de la Humanidad, sino de un momento, cuando menos, congelado, de nuestro origen. Tras los últimos derrumbes de 2010, la Unesco se pone en marcha e, invitada por Italia, envía un equipo supervisor que visita las ruinas entre el 2 y el 4 de diciembre y entre el 10 y el 13 de enero de 2011. Las autoridades arqueológicas de Italia entonan un mediático y sentido mea culpa con un matiz: parecen mirar hacia arriba, sus superiores políticos y morderse la lengua. En noviembre, el entonces ministro de Cultura, Sandro Bondi, afirmaba que los derrumbes «derivan de las infiltraciones de agua y de la restauración efectuada en los años 50, con una tapa de hormigón armado, que llevó a la caída del edificio». El político de Fivizzano admitía –a la vez que advertía– que «sigue haciendo falta un gran plan de mantenimiento del patrimonio de Pompeya», lo que supone que «en las excavaciones podrían ocurrir otros derrumbes, principalmente en las zonas no restauradas». Antes de que llegaran los definiti-

Los frecuentes movimientos sísimicos está debilitando los cimientos de la ciudad vos informes de la Unesco y sin restar importancia a la creciente marea de críticas al área cultural de Berlusconi, personificada en Bondi, por la deficiente preocupación por la conservación de Pompeya, los medios (especialmente italianos) difundieron ciertos apuntes sobre las causas no humanas de los desmoronamientos, más allá de sus responsables. Así, la evidente, conocida y famosamente dramática actividad volcánica de la zona está acompañada por activos, aunque a veces imperceptibles, episodios sísmicos. Estos se producen de cuando en cuando, debilitando cimientos y estructuras. De hecho, se

sabe que la ciudad sufrió un importante terremoto algunos años antes de la erupción del Vesubio que la sepultaría durante siglos. Algunos de esos movimientos de tierra fueron detallados por Suetonio y Tácito. Plinio el Joven escribiría –años después de la magna erupción– que los ciudadanos «no estaban en particular alarmados, ya que los temblores eran frecuentes en Campania». El avance de la vegetación y la erosión propia de la recepción de cientos de miles de visitantes hace el resto. La contaminación y el vandalismo sobre frescos y mosaicos también tienen su parte de culpa. ¿Qué tienen en común todos esos problemas? En efecto: Todo podría, cuando menos, paliarse con recursos. Estudios sobre cómo pilotar los cimientos de la manera más respetuosa posible, un mantenimiento adecuado, un control y una seguridad más exhaustiva sobre sus más de dos millones de visitantes anuales… Todo puede comprarse con unos fondos que la Administración italiana parece haber negado a Pompeya desde hace años,

Tres derrumbes en un corto periodo Casa de los Gladiadores. Un terrible y desgraciado temblor sacudía una de las calles principales que recorren los visitantes de Pompeya, la vía de la Abbondanza, en la madrugada del sábado 6 de noviembre de 2010. Acaba de ceder, bajo el peso de los años y un cierto grado de indiferencia política la Schola Armatarum Juventis Pompeiani, conocida como la Casa del Gladiador. Se trataba de uno de los edificios emblemáticos del conjunto arqueológico, lugar de entrenamiento en el arte de la lucha y los juegos gladiatorios en la ciudad. Las estimaciones iniciales determinaron que los frescos de sus paredes podrían ser recuperados.

Muros de una bodega. El área arqueológica comprende edificaciones de extraordinaria importancia en varios sentidos, pero al tratarse de una ciudad, comprende también elementos arquitectónicos accesorios (y no solo teatros, frescos o tiendas prácticamente intactas). De hecho este es otro de los grandes valores de Pompeya: ser un fresco, tal cual, de la vida del año 69 d. C. de una ciudad romana. Tras la Casa del Gladiador siguieron los muros de una bodega de la Vía Stabiana. Poco importantes artísticamente (no tenían decoración y su emplazamiento no era visitado) pero igual de capitales que el resto de la ciudad.

Casa del Moralista. Martes 30 de noviembre de 2010. Cuando tres semanas antes caía la Casa del Gladiador, algunas voces alertaron de daños en la Casa del Moralista. El ministro Bondi lo desmentía categóricamente afirmando que «este episodio –las denuncias de nuevos derrumbesevidencia un alarmismo infundado y desvela una voluntad de crear un clima de tensión que distorsiona la realidad de los hechos y ha descubierto un fin instrumental de ataque político». Cuando los muros ceden la polémica explota: La moción de censura contra el ministro de cultura Sandro Bondi no prospera y la Unesco toma cartas en el asunto.


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Restos del derrumbe de la Casa de los Gladiadores.

Mapa de Pompeya. Los puntos negros señalan los derrumbes más importantes hasta la fecha

Infografía: R. P.

mientras se beneficiaba de los turistas que atraían los restos. En mayo de 2011, la Unesco presentaba, en el marco de la XXXV sesión del Comité del Patrimonio Mundial, sus conclusiones tras las visitas de diciembre y enero al conjunto arqueológico de Pompeya, Herculano y Torre Annunziata junto con los análisis de decenas de enclaves bajo su protección de todo el mundo. Dos meses antes, en marzo, el ministro Sandro Bondi había trasladado su decisión al primer ministro, Silvio Berlusconi, de abandonar su gabinete en la inminente crisis de gobierno. La primera razón que los analistas dieron a esa decisión fue la presión ejercida desde varios frentes contra el ministro por los desgraciados derrumbes de Pompeya. En primer lugar, la Unesco no consideraba necesario incluir el área arqueológica de Pompeya, Herculano y Torre Annunziata en la Lista de Patrimonio Mundial en Peligro. Eso no quita para que el equipo inspector observase que «las condiciones que causaron los derrumbes están muy extendidas por la zona y las consecuencias del presente deterioro acumulado podría amenazar el Valor Sobresaliente Universal (Outstanding Universal Value, OUV). Un considerable número de casas y otras estructuras en Pompeya y Herculano están en riesgo y, por tanto, requieren un trabajo mayor de conservación». El equipo establece cuatro puntos como las causas del deterioro extremo: deficiencias en la dirección del complejo, obras de restauración de baja calidad, la presión de los turistas y la falta de control sobre las construcciones del entorno. Todas dejan entrever una dejación o una preocupante falta de interés por la correcta conservación de ese patrimonio mundial. Un asunto “profundamente lamentable” llamó la atención del equipo internacional de expertos. aunque no está directamente relacionado con los derrumbes, sí da una idea del poco cuidado con el que las autoridades tratan el Patrimonio de la Humanidad: La misión supo por los medios

Nuevo susto en 2011 A finales de octubre de 2011, Pompeya volvía a saltar a los medios por otro colapso. Una parte de un muro caía, al parecer, por infiltraciones de agua, según los carabineros. El derrumbe se produjo en las inmediaciones de la llamada Porta de Nola, en la zona norte de Pompeya, en la muralla del recinto arqueológico de la ciudad, sin que se produjeran daños personales.

La parte de muro derrumbado mide tres metros de larga, por un metro y medio de alto. Se cerró al público El superintendente arqueológico de Pompeya explicaba en un comunicado que el derrumbe se produjo debido a las malas condiciones climáticas en la zona y añadía que el daño fue «limitado y contenido». La zona derrumbada se encuentra en un área poco frecuentada por los turistas.

Fotos: R. Ellis

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de comunicación de la construcción de un gran edificio al norte de la Porta di Nola, en los alrededores inmediatos del complejo, que serviría de almacén de restos, algo de lo que no ha sido informada la Unesco, contradiciendo el punto 172 de las líneas operacionales firmadas entre el país y la organización dependiente de la ONU. El primer factor –las políticas de dirección, que podría ser considerado una suerte de metarrazón– y los términos en los que está redactado en el informe son demoledores, en ese sentido. El documento denuncia que existe descoordinación entre las administraciones responsables de los restos vivos así como que «los escasos recursos para trabajos de conservación y mantenimiento han sido desviados a proyectos no urgentes». Además, increíblemente, detalla que «documentación básica para la dirección y control del área y su entorno se ha perdido o está sin actualizar, lo que lleva a un desarrollo incontrolado en los alrededores».

La Unesco ha constatado que el estado de conservación del yacimiento es “pobre” Cerca del final del informe, en el apartado de conclusiones, la Unesco reitera y constata que un «número considerable de estructuras en Pompeya y Herculano se encuentran en un pobre estado de conservación y mantenimiento». Urge a Italia a la inmediata toma de medidas y sugiere una nueva visita en 2012 para comprobar la situación de la implementación de las disposiciones apuntadas. Por otro lado, se les pide a las autoridades italianas que elaboren un plan de uso público de las instalaciones, así como un plan de control de riesgos y del urbanismo de los alrededores.

«Asegurarse que las restauraciones y el mantenimiento son llevadas a cabo por personal y contratistas cualificados» o «diseñar e instalar sistemas efectivos de drenaje» son otras de las medidas exigidas. Por último, se aconseja a Italia que «identifique y asegure los recursos técnicos y financieros precisos para llevar a cabo un programa efectivo de conservación y mantenimiento del área». El informe no ha generado aún ninguna propuesta concreta para mejorar la situación. Pero el deterioro del yacimiento continúa. El 22 de diciembre de 2011, otro revés, la caída de una columna, ponía de manifiesto la necesidad de inyectar más dinero y revisar la gestión del yacimiento. Puntos necesarios para que, lejos de configurarse en una «vergüenza para Italia», Pompeya vuelva a surgir como el testigo mudo pero vivo que es de un momento clave de nuestra historia básica. La situación es de tal gravedad que la dimisión de un ministro, ya, no es suficiente. ◙

PASIÓN POR ROMA • • • •

pollo numídico ? ¿Cómo se maneja un gladio ? ¿Qué dicen las inscripciones ? ¿Cómo se pone una toga ? ¿A qué sabe el

Si quieres saber la respuesta a estas preguntas y charlar con personas interesadas en la historia y las costumbres romanas:

HISPANIA ROMANA www.hispaniaromana.es


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BREVIARIUM

punto de lectura

REPRESENTACIÓN DE MUJERES... Luz Neira (editora)

Creaciones Vicent Gabrielle, 2011

Las mujeres que aparecen en los mosaicos romanos son casi todas de inspiración mitológica, aunque también se documentan mujeres de carne y hueso, probablemente dominae, sus hijas, doncellas y sirvientes. Lo más significativo de estas representaciones son los diferentes papeles que reflejan y su contribución a la construcción de determinados estereotipos, no sólo en el mundo romano sino en el transcurso de la historia hasta la actualidad. Luz Neira, Profesora de Historia Antigua del Instituto de Cultura y Tecnología de la UC3M, coordina este volumen. ◙

ICONOGRAFÍA Y SOCIEDAD EN EL MEDITERRÁNEO...

GLADIADORES: MITO Y REALIDAD

P. Fdez.-Uriel/Isabel Rodríguez

Fernando Lillo

Signifer, 2011

Evohé Didaska, 2011

Dos de las colaboradoras del presente número de Stilus, Pilar Fernández-Uriel (ver página 32) e Isabel Rodríguez López (ver página 16) han editado “Iconografía y sociedad en el Mediterráneo antiguo”, una monografía que pretende ser un homenaje a la profesora Pilar González Serrano, (ver página 56), que ha sido el referente de varias generaciones de historiadores. El libro acoge 34 ensayos científicos distribuidos en cuatro áreas de acuerdo con la cronología y la cultura tradicional: Oriente; Egipto y Etruria; Grecia y el mundo helenístico, y Península Ibérica. Entre los autores de los ensayos del libro se encuentran: Ana Cabrera y Luis Turell; Luz Neira; Trinidad Nogales; Sergio Vidal; Marta bailón; Carmen Solé; Milagros Moro; Julia Blanco, Crispín Atienza; Amparo Arroyo; Cristina Delgado o Federico Lara entre otros. ◙

En este libro de clara intención divulgativa, mediante el texto de Fernando Lillo Redonet y las ilustraciones a color de Sandra Delgado, conoceremos a los gladiadores antes y durante el espectáculo, así como el impacto de estos combates en el público de ayer y hoy. Antes del espectáculo nos remontaremos a los orígenes funerarios y rituales de este tipo de luchas, entraremos en una escuela de gladiadores para saber cómo eran reclutados, cómo entrenaban y de qué se alimentaban, cuáles eran las relaciones dentro de la familia gladiatoria y qué tipos de gladiadores había. ◙

escenas romanas Por Óscar Madrid

EL ESPLENDOR GRIEGO Y LA GLORIA DE ROMA Rebeca E. Gómez González Ed. Lul, 2011

El Imperio romano dominó el mundo e impuso su cultura, heredada, en gran parte de la griega. El entorno social, la familia, la educacion, la milicia, la religión, la política, la economía... De todo ello nos habla este libro que reconstruye la vida cotidiana en Roma y Grecia a través de excelentes explicaciones y magníficas fotografías e ilustraciones que nos transportan al mundo de los clasicos. ◙

Sí, ya sé que dije que celebramos un evento de recreación multiépoca, pero es que esto...


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BREVIARIUM

Mertxe Urteaga DIRECTORA DEL MUSEO ROMANO OIASSO (IRÚN)

—El museo de Oiasso abrió hace cinco años. ¿Cuáles fueron sus referentes? —Durante años me he sentido un bicho raro cuando visitaba museos de nuestra especialidad. A la segunda sala atiborrada de piezas y de información me entraban unas ganas terribles de salir corriendo porque me aburrían soberanamente. Hasta que descubrí museos arqueoló-

gicos donde se presentaban los datos y los objetos de forma amena y pedagógica. Y eso es lo que planteamos hacer en el museo Oiasso: presentar al público las colecciones de manera que se emocione y disfrute con la visita. —En los últimos años ha habido un auge de los estudios romanos en el

País Vasco. ¿Qué ruta propondría a los aficionados a este periodo que visitan la región? —Las minas de Arditurri, en Oiartzun, resultan especialmente elocuentes por el misterio que rodea a los trabajos de excavación subterráneos, la oscuridad, la estética de las cúpulas de torrefacción, el ruido del agua en el acueducto subterráneo todavía en funcionamiento… La necrópolis de Santa Elena, en Irún, es otro conjunto relevante. Para todos los interesados en el mundo romano resulta una visita complementaria a la del Museo Oiasso. Sin salir de Gipúzcoa son interesantes

Zarautz y Getaria. En el entorno, destacaría la torre de Urkullu en un paisaje de media montaña, dominando el paso de Ibañeta a San JeanPied-de-Port. Se trata de un trofeo de espectacular arquitectura. Además, en las inmediaciones, se conservan los restos de la vía romana ab Asturica Burdigalam. Y en la vertiente septentrional se pueden visitar los restos del campamento romano de San Jean-le-Vieux. Bayona tiene también un recinto fortificado tardío impresionante. tegras en Entrevistas ín

notas de Busca en las a /stilus.revist om k.c www.faceboo

Simon Scarrow NOVELISTA

—Recientemente publicó en Inglaterra la undécima entrega de su exitosa serie de novelas protagonizadas por Cato y Macro, dos legionarios romanos. ¿De dónde saca las ideas para sus libros? —Surgen espontáneamente durante mis viajes y gracias a la documentación que cae en mis manos. Cuando comencé a escribir sobre los dos legionarios no tracé un plan maestro hasta el final

de la saga. Lo bueno de escribir una serie es que lo que ocurre en entregas anteriores va dando pie a nuevos sucesos. —¿Qué retos se plantea para las próximas entregas? —Un punto importante en los próximos libros será ver cómo responde la relación de amistad en-

tre los dos protagonistas cuando Cato ascienda en el escalafón sobre Macro. Otro reto será la vuelta de ambos personajes a tierras britanas, donde tendrán que hacer frente a una táctica bélica novedosa para ellos, la guerrilla. Y eso sin hablar de la presencia de Julia, la novia de Cato, a la que la mitad de mis lectores quieren ver muerta (Risas). —Efectivamente, Julia ha suscitado un debate intenso entre los seguidores de la saga. ¿Por qué se decidió a introducir un personaje femenino en la serie? —Por lo que he visto en la Feria del Libro de

Madrid, la mayoría de los lectores que se acercaban a hablarme eran hombres, pero en Inglaterra mi público se divide al 50% entre hombres y mujeres. Sentía que ellas merecían también un personaje fuerte en las novelas. Y, por otro lado, tampoco es tan extraño contar con un contrapunto femenino. Al fin y al cabo, en el mundo hay mujeres y, a veces, los hombres se dan cuenta de su existencia. A veces, incluso, hablan con ellas. (Risas). En serio, creo que Julia es un personaje con gran potencial y merece que se le dé una oportunidad.


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BREVIARIUM

Sabores de la Antigüedad

http://derecoquinaria-sagunt.blogspot.com/

Dulcia domestica Por Charo Marco.

Nos ha llegado un gran número de recetas de Apicio, aunque la mayoría estaban dirigidas a la elite del momento. Vamos a realizar un dulce de sencilla elaboración cuyos ingredientes principales son los frutos secos, alimento estrella en la Antigüedad no solo por su buena conservación, sino también por las calorías y energías que aportaban. Unos dátiles rellenos de piñones y nueces serán el postre perfecto en cualquier momento del año. Abajo puedes encontrar la receta original de Apicio, convenientemente traducida. Sin embargo, os

damos una propuesta de elaboración más detallada de los dulcia domestica: Tras quitar el hueso de los dátiles, rellenarlos con una mezcla de piñones, nueces, miel y un poco de pimienta molida que habremos picado en un mortero y amasado. Rebozar los dátiles con sal. Mientras tanto, calentar la miel en una sartén. Cuando esté caliente, freír los dátiles en la miel hasta que queden crujientes. Espolvorear, si se quiere, con pimienta molida cuando se vayan a servir. Como veis la receta es muy sencilla. Os animamos a realizarla.

A DULCIA DOMESTIC VII, 13, 1) a, ari uin coq re De (Apicio, Palmulas vel dactilos ce vel excepto semine, nu um nucleis vel piper trit conis for les Sa . ies erc inf cocto lle me in is tingis, frig et inferes.

, relleDeshuesar los dátiles o de es on piñ nar de nueces, volverEn . lida mo ta ien pim un los con sal, freírlos en ida recipiente con miel coc . y servir

Ingredientes (6 personas) 12 dátiles naturales 150 gr. de piñones 120 gr.de nueces Pimienta (opcional) Sal fina Miel

SUGERENCIAS • Perfectamente se puede sustituir el relleno de nueces y piñones por otros frutos secos como almendras, avellanas, pistachos, etc. También se puede combinar con sésamo tostado, con unas pasas o con orejones. • Estos dulces pueden ser acompañados con una copa de vino dulce o licor.

Exotismo frutal para la mesa Procedentes de Oriente y África, los dátiles eran frutos muy caros, ya que en Italia no se producían y era necesaria su importación. Los más célebres venían de Babilonia. Se cultivaban también en Grecia, pero de baja calidad. Se servían solos como postre o conjuntamente con carnes y pescados, nunca con verduras. De ellos se extraía una bebida, el vino de palma y la miel de dátil. Se tomaban como tentempié en los descansos de las obras teatrales, como se aprecia en algún escrito satírico (Marcial, Epigramas, XI, XXXI, 10).

A su vez, presentaban un uso médico para tratar la diarrea, el flujo de la mujer, las hemorroides y la fiebre ardiente. Tenían un papel importante en la fiesta de las Saturnalia: «Los dorados dátiles se prodigan por las calendas de enero; sin embargo, este es el regalo que suelen hacer los pobres» (Marcial, Xenia). En el mismo sentido este mismo autor nos dice: «¿Por qué ese regalo tan sutil? […] Con una binza se envuelven los dátiles que en las calendas de Jano –1 de enero– ofrece junto con un poco de

mísera calderilla un cliente pobre” (Marcial, Epigramas, VIII, XXXIII, 12-13). Se regalaban junto con higos y miel para desear un año entrante dulce y lleno de felicidad: «Dije: ¿Qué significado tienen los dátiles y los higos arrugados? ¿Y la miel resplandeciente que se ofrece en un vaso blanco como la nieve? El motivo –dijo- es el augurio: que semejante sabor persevere en las cosas y que el dulce año termine su camino emprendido. Ya veo por qué se regalaba cosas dulces» (Ovidio, Fasti, I, 183 y ss).


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ETIMOLOGÍAS

De la bici a la enciclopedia Por Javier del Hoyo.

Los griegos, que conocían perfectamente el giro y la idea de vuelta, acuñaron la palabra kýklos, ‘círculo’. Habían observado el carácter circular de la vida, el sucederse de los días y de las noches, el sucederse de las estaciones creando un eterno retorno, un anillo, es decir un año. Es el movimiento cíclico de las cosas, sometidas a los ciclos naturales. La raíz ha sido muy productiva tanto en griego como en latín (circus). Y así tenemos no solo el ciclón, o viento huracanado que forma grandes círculos, y el anticiclón o área donde la presión barométrica es mucho mayor que en las circundantes, sino la bici y la moto, palabras truncadas de bicicleta (dos ruedas) y motocicleta (bicicleta con motor), sin olvidar el ciclomotor, que darán lugar a deportes como el ciclismo o el motociclismo. También descubrimos la raíz en los cíclopes, seres de tamaño gigantesco que tenían un solo ojo circular en la frente; a ellos se les atribuye la construcción de determinadas murallas como las de Micenas o Tirinte, que por el tamaño de sus piedras solo ellos pudieron mover, construcciones ciclópeas; el ciclostil, aparato copiador en que, sobre un cilindro y con un estilete, se imprime en una plancha gelatinosa; o el ciclorama, vista panorámica en forma de cilindro, en cuyo interior había una plataforma para los espectadores. En Grecia hay un grupo de islas llamadas Cícladas por disponerse en el mar Egeo en forma d e

círculo, de las que algunas son bien conocidas por los turistas como Míconos, Paros, Naxos o Delos; cíclada llamaban asimismo los griegos a cierta prenda femenina que usaban las mujeres, y tenía forma circular. Pero mucho más nos interesan aquellas palabras en las que la raíz parece estar oculta, como enciclopedia, es decir, la reunión de niños en círculo (en-kýklo-paideía) para aprender todo tipo de saberes. Así se dice que enseñaban Sócrates y algunos sofistas en Grecia. De ahí vendría más tarde el saber enciclopédico, y la Enciclopedia de D’Alambert, con información sobre todos los saberes. O encíclica, es decir, la carta que envía alguien –hoy aplicado casi exclusivamente a los papas– destinada no a un particular, sino para que circule por comunidades o grupos de personas, es decir el antecedente de las circulares que envían hoy las empresas y los organismos públicos para todos los que dependen de ellos. Pero si abandonamos el griego y nos vamos a su hermano el latín, el resultado no es menos fecundo. De circus tenemos circo en todas sus acepciones, desde el circo glaciar, hasta el lugar donde se celebraban carreras de caballos en Roma o los espectáculos que denominamos circenses. Su característica peculiar siempre es la misma, el diseño circular del espacio. Su diminutivo círculo es más usado, bien conocido como figura geométrica o como reunión de personas, a partir de la forma en que se sientan. En latín existe el verbo deponente circulor con el sentido de ‘murmurar’, ‘charlar’, cuyo primer significado es ‘formar corrillos, círculos para hablar’, y que lo conservamos en español en la expresión “circular un rumor, una habladuría”. Y tenemos cercar (de circare), que es ‘rodear’; y cerca o cerca de

para aquello que está cercano a mí, que me rodea, y que lo distingo del prójimo (es decir, próximo). Precioso el cercado como vallado, como aprisco circular u oval de ovejas, donde la forma geométrica no es caprichosa. Así los vemos todavía en la montaña, de piedra. Los pastores sabían que es menos costoso de construir y más consistente, pero además en un redil cuadrado, caso de que llegue el lobo, las ovejas se atascan en los ángulos, y el lobo se ceba con ellas, matando por sed de sangre a más de la cuenta. En los espacios circulares las ovejas siguen corriendo y el lobo mata solo la necesaria para saciar su hambre. Mantenemos el circuito, sea cerrado o no; y el cultismo menos conocido circuir, ‘estar alrededor de una cosa’ («una aureola circuye la cabeza de la Virgen»). Si entramos en los compuestos de circum-, desde circunvalación (léase la M-40, por ejemplo) hasta la circuncisión, pasando por la circunferencia, nos perdemos en un verdadero océano de palabras que presentan circum como preverbio, siempre con el sentido de ‘alrededor de’. Ortega era él y su circunstancia, es decir, todo aquello que se sitúa alrededor de él. Más interesantes me parecen zarcillo (del latín circellius, ‘círculo pequeño’) que no es sino un pendiente en forma de aro; o cercha (de un supuesto ‘cercho’, a partir del latín circulus), que es la armadura semicircular que sirve de soporte a un arco o bóveda mientras se construye; y cerchearse, o combarse las vigas que sostienen una carga. Quedan muchas más palabras en nuestra lengua, pero ya hay que ir terminando, porque no hay más espacio y porque esto del ciclo parece que ha quedado ya bastante redondo. Y si te ha gustado la colaboración, no te la quedes, que circule, hazla circular. Vale.


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LUDOTECA

Aníbal para wargamers PUNIC WARS Sistema: Windows 98/2000/ XP/2003/Vista. Procesador: 1 GHz o superior. Memoria: 512 MB de RAM. Tarjeta gráfica: 32 bit color. Disco duro: 300 MB de memoria disponibles.

Por Alfonso Núñez Dopazo.

¿Cuántos de los aficionados a la Historia Antigua no hemos soñado alguna vez con meternos en la piel de Escipión el Africano o de Aníbal Barca? En este juego nos encontraremos, quizás no en la piel, pero sí en la mente de aquellos brillantes estrategas, aunque sea por unos instantes, entre turno y turno. HPS Simulations, es una empresa que desarrolla videojuegos enfocados exclusivamente a los “wargames”, gran parte de ellos del género de la estrategia por turnos. En sus filas tuvo al legendario John Tiller. Aun hoy cuenta con los servicios de Paul Bruffell, que es el diseñador del producto que hoy nos ocupa y de la serie de juegos Ancient Warfare, del que Punic Wars (Guerras Púnicas) es el primer título. En él se recrean las

batallas terrestres que tiñeron de sangre la Galia, la Península Itálica, África o Hispania. El juego incluye 41 escenarios, de los cuales 17 son históricos, 8 son hipotéticos y 16 son de juegos de tablero. Actualmente en la página web de HPS hay un paquete gratuito de 17 nuevos escenarios para seguir disfrutando. En Punic Wars podremos disputar partidas contra el ordenador o contra un competidor humano, a través del correo electrónico (sistema PBEM o “play by e-mail”). El juego consta de un mapa táctico dividido en hexágonos que representan una distancia de 20 metros, y se juega en turnos que representan 15 minutos de tiempo real. Sobre el mapa de batalla veremos tropas de lo más variopintas: jinetes númidas, mercenarios íberos, la Legión Sagrada cartaginesa o tres clases de legionarios romanos (triarios, príncipes y hastados).

El desarrollo de la partida depende de muchos factores, como la formación que adoptan nuestras fuerzas, la fatiga, el terreno, etc. La mecánica de juego se desarrolla mediante fases. Primero un jugador da órdenes a sus tropas; después, el contrincante hace lo propio; y se visiona el resultado como si fuese una película. Los gráficos del juego son sencillos, en la línea de otros títulos de HPS, pero resultan suficientes para sumergirnos en esta época. Los sonidos cumplen su función, aunque sin destacar por su elaboración. Entre ellos encontraremos los clásicos choques de espadas, el silbar de las flechas por los cielos, el sonido de cientos de caligas marchando, la caballería al galope, etc. En definitiva, Punic Wars nos va a permitir disfrutar de un episodio apasionante, gracias en parte al cuidado con que lo recrea. No es perfecto, pero encierra muchas horas de trabajo y esfuerzo por parte de su creador, Paul Bruffell, que llega a reproducir las tácticas con que se lucharon muchas batallas mediante las descripciones de los historiadores clásicos. ¡Nos vemos en Cannas! ◙


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LUDOTECA

Corruptos, ‘ma non troppo’ CLEOPATRA Y LA SOCIEDAD DE ARQUITECTOS Edita: Edge Entertainment. Jugadores: de 3 a 5. Edad recomendada: a partir de 10 años. Tiempo de juego: 60 minutos.

Por R. Pastrana.

Una gran reina no solo tiene que serlo, sino también parecerlo. Cuanto más si es la soberana del feudo más rico y misterioso del Mediterráneo. Por eso Cleopatra ha ofrecido grandes premios a los arquitectos que ayuden a construir el mejor de los palacios para ella. La promesa de grandes riquezas ha atraído a los mejores constructores y, desde el principio, queda claro que la competencia será feroz. Tan feroz que algunos de los arquitectos no dudarán en utilizar el mercado negro para conseguir materiales de construcción extra y acelerar la construcción. Esta es la premisa de la que parte “Cleopatra y la Sociedad de Arquitectos”, un juego de mesa en el que los participantes encarnarán a los distintos constructores. En cada turno deberán elegir si contratan mano de obra y compran recursos (madera, mármol, lapislázuli o piedra) o, por el contrario, utilizan lo que ya tienen para construir obeliscos, esfinges, columnas para el palacio. Por cada uno de estos elementos cobrarán un precio variable. Hasta aquí, la mecánica podría resolverse en un rutinario ir y venir del mercado al tajo. Pero como la malicia humana siempre complica las cosas (y, por qué no, también las hace divertidas) a veces nuestros proveedores nos pasarán mercancía de origen dudoso, que nos permitirá construir más rápido

que nuestros rivales. ¿Te corromperás para convertirte en el arquitecto más eficiente de la reina? ¿O te resistirás a la tentación, a despecho de quedar como el servidor más lento? Ciertamente, el objetivo del juego es convertirse en el que más contribuya al levantamiento del palacio. Pero si has respondido afirmativamente a la primera pregunta, tal vez deberías saber que Cleopatra no gusta de los funcionarios (demasiado) corruptos. De hecho, ha prometido que el constructor más “sucio” al final de la partida será arrojado a los cocodrilos. Así que, ¿serás capaz de ser el arquitecto más rico y, al mismo tiempo, no ser el más corrupto? Difícil equilibrio. Afortunadamente para los jugadores con pocos escrúpulos, el clero ayudará a lavar los pecadillos de la avaricia. De forma aleatoria a lo largo de la partida, el Sumo Sacerdote subastará entre todos los competidores el perdón de algunas corruptelas. ¿Eres un probo arquitecto y rehúsas participar en estos tejemanejes? Pues no deberías, porque si no eres más generoso con el sacerdote en la subasta a ciegas lanzará sobre ti infundios: cuanto menos pagues, más puntos de corrupción te pasará. Llegados a este punto, deberías haber caído ya en que la corrupción es un elemento consustancial al proyecto auspiciado por la reina. Así que, muchacho, más vale que pierdas el miedo a “contaminarte”, pero sin dejarte cegar por la ambición.

El “Cleopatra” es un juego sencillo de aprender. Y aunque se empieza pronto a jugar, su operativa sencilla esconde más profundidad y riqueza de lo que aparenta. El hecho de funcionar a tientas –no sabes exactamente cuánto dinero están ganando tus competidores ni con cuánta corrupción se están cargando– deja campo abierto a la especulación. Es inevitable preguntarse durante toda la partida si te estarás quedando rezagado o si los cocodrilos abren ya sus fauces por ti. En el apartado visual, los materiales son de gran vistosidad. El hecho de que la propia caja del juego se vaya convirtiendo en el palacio con la añadidura de columnas y otras piezas, aporta al conjunto un atractivo extra para ciertos jugadores. Y aunque es cierto que la alusión de la mítica reina egipcia es incidental, ¿a quién no le seduce la idea de trabajar para uno de los personajes más emblemáticos de la Historia? ◙


p re se n ta .. .

de a c e t a La cinem

Clío

Convulsiones ideológicas ÁGORA Ágora (2009) Director: Alejandro Amenábar. Productores: Mod Producciones, Himenóptero, Telecinco cinema... Actores: Rachel Weisz, Max Minghella, Oscar Isaac...

Por David P. Sandoval.

Hipatia, Alejandría, los cristianos y el final del Imperio romano. Buenos ingredientes para lo que podría ser un interesante cóctel, pero Amenábar consigue que resulte un péplum sin brillo donde hay cristianos –esta vez, los malvados– y algo así como romanos. El resultado son dos horas de letargo, indiferencia y plúmbea pretenciosidad. La historia en sí está muy bien ambientada. El vestuario usa códigos visuales para reconocer rápidamente a los personajes: negro para los malévolos y fanáticos, blanco para los buenos (y menos fanáticos). Los ropajes son de una calidad francamente interesante. Se aproximan a lo que podría ser la realidad de aquella época, aunque carezcan de los remiendos y estampado propios de ese tiempo. Las maquetas y reconstrucciones de los lugares también resultan creíbles, pero dado el mal uso cinematográfico de ellos, quedan desperdiciados. Y en todo ello, el mundo de las ideas, de la religión, de la simplona y maniquea representación del fanatismo. Hay pequeños anacronismos disculpables: la biblioteca de arquitectura egipcia más que macedónica, la iconografía muy posterior de loba capitolina con los gemelos, la casa de Hipatia estilo de Pompeya o Herculano (de

unos 400 años antes) o los legionarios romanos tipo Columna Trajana (casi 300 años anterior a los acontecimientos tratados aquí). Pero dejando de lado estos pequeños deslices, “Ágora” queda como una historia fallida. El motivo que une la historia –fe contra ciencia, fanatismo contra ecuanimidad, intolerancia...– es endeble y aparta al

espectador de la narración. Además, el director logra la nada fácil tarea de desaprovechar una gran riqueza material, que deja de lado en favor de una historia realmente aburrida. En el apartado del reparto, Rachel Weisz intenta levantar un personaje ambiguo que enamora de manera clásica a dos de los protagonistas: su esclavo convertido en furibundo parabolano y un alumno que llegará a ser prefecto. La actriz navega entre ambos con tal indiferencia que contagia al espectador de la misma frialdad y no acabamos por sentir nada ante sendas historias de amor, que resultan pueriles y alejadas. Si Hipatia ha inspirado tantas obras y manifiestos a lo largo de la Historia, no es precisamente por la imagen que da de ella Amenábar, en otra de sus películas maniqueas y parciales. Y es que, a los ateos tampoco les gusta el discurso para convencer a los convencidos... ◙


La mujer romana