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Rosa se va a MĂŠxico


Rosa se va a MĂŠxico

Mercedes MartĂ­nez-Canales


Este mi primogénito, se lo dedico con especial cariño a Doña Dolores Pamies Alcocer, sin ella nada de esto habría sido posible. También quiero dar las gracias a mis padres a mi hermana y a Carlos que me han apoyado y creído en mí. Un gran agradecimiento a aquellos que me han motivado a seguir y a no rendirme, a Emma, Asunción Crespo, a Griselda Anchorena. Y por supuesto, a mis amigas Marta Uceda, Chelo Sanz, Ana Martínez, Mayte Fernández, Marta Pastor, Marta Escrig, Paloma Sánchez, … y a todos los demás, que me han empujado cada día a ser escritora.


PRÓLOGO

Hija de un farmacéutico oriundo de Torrevieja, y una farmacéutica canaria de origen bonaerense, crecí rodeada de libros, desde los más comerciales a los más desconocidos. Aficionados mis progenitores al arte y sobre todo, apasionados de la literatura frecuentaban subastas literarias, haciéndose con una gran biblioteca. Todo mi entorno olía a páginas llenas de historias. A pesar de comenzar a leer en voz alta más tarde que mis compañeros, mamá siempre se interesó porque Gladys y yo escribiéramos correctamente, y no le dio más importancia a mi dificultad para recitar, sabía que conseguiría hacerlo tan bien como los demás. Entre tanto, mamá trabajaba mucho en su propia farmacia, al tiempo que papá hacía lo mismo con la suya y se enfrascaba en negocios aquí y allá. Así, antes de que yo tuviera memoria, entró alguien que marcaría mi vida para siempre. Tenía yo dos meses cuando vino a casa; ha sido una de las mujeres de mi vida, Dolores. Un nombre tan común para una persona tan extraordinaria. Era una auténtica mamá, tanto que, cuando se iba los fines de semana a su casa, yo la extrañaba muchísimo. Me sentía protegida con ella, tan inteligente, y tan fuerte. Siempre tenía la solución para todo. No se le escapaba nada.

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Ella nos hizo fuertes a Gladys y a mí. Se convirtió en la mamá con disciplina, aquella que nos levantaba a las ocho y media para ir a clase, y la que nos iba a buscar a la una del mediodía. Al no estar mamá en casa, si yo quería saltarme una clase fingiendo estar enferma, debía lidiar con Dolores, y vaya si imponía. Dolores, o Lola, para sus familiares siempre ha sido una de esas mujeres con un intelecto privilegiado y que por capricho del destino no se encuentran donde se merecían, por ejemplo, ella hubiera llegado a catedrática, estoy segura, y sé que no soy la única que lo piensa. Puede que ese destino caprichoso la encomendara para una gran labor en esta vida: educar. Y esa asignatura que es la educación que para muchos padres de hoy está suspendida, ella la aprobó con matrícula Cum Laude. Y los que no sepan lo que significa matrícula Cum Laude, es que no la han conocido todavía. No hay suficientes ríos de tinta para que conocieran un ápice de esta gran mujer.

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CAPÍTULO 1

Muchos son los llamados y pocos son los elegidos a disfrutar de los placeres de la vida. Ella, no había nacido ni mucho menos para servir de casa en casa, ni ser ajusticiada por el implacable sol del campo recogiendo naranjas, pero el destino es caprichoso y a veces infame. Rosa, como muchos otros mortales no había nacido en un mundo justo, ni siquiera un mundo libre. En otras circunstancias podría haber llegado a ser una mujer cultivada, universitaria, y en consecuencia, libre. Mas la libertad no es algo que se posea persé, si no un preciado bien que muy pocos llegan a adquirir. Rosa, no era precisamente libre, podríamos decir de ella que la libertad, ese derecho tan básico, apenas había sido saboreado por ella durante su ardua existencia. Son las siete de la tarde, nuestra amiga se encuentra haciendo cola en un supermercado; por suerte, ya es conocida por el personal y aunque la espera es larga no se le hace pesada. Cuando por fin llega a la caja, entabla conversación con Ángela; ésta ya peina canas como Rosa, y se conocen desde muy niñas. A ambas las sacaron del colegio cuando sólo contaban con catorce años, y llevaban más de una treintena trabajando de sol a sol. – 11 –


Ángela –¿Cómo estas Rosa?, ¿qué tal tu marío? Rosa –Ahí está aún de baja, ¿qué tal tu Gema? Ángela –¿Mi Gema? Mi Gema no quiere estudiar ni na, sa dejao el instituto y sa metío a trabajar en un almacén de naranjas. El de Exportaciones Casanova. Tengo un disgusto..., ahora! Ya s’arrepentirá cuando tenga treinta años, y sus amiguicas sean mujeres con estudios y ella una mandá. Rosa –Pos na hija, ¿qué se le va a hacer?, bueno, hasta mañana Angelita. Ángela –Ale, tira, y que se mejore tu marío. Rosa recoge sus bolsas y su cansancio y se va del supermercado a coger la guagua que la lleve a Orchello, el pequeño pueblo donde vive. Es Noviembre, y la noche ya se acomodó hace rato en el cielo. Le duele la espalda, y sus piernas están cansadas. Rosa lleva desde las cinco y media de la mañana en pie. Rosa, o la hija del “tío Julián”, estaba deseando que aquellas 48 horas del fin de semana recién nacido pasaran tan rápido como aquel Talgo que una vez tomó para ir a Barcelona. Para una mujer con una carga familiar tan grande, el viernes y el sábado no eran más que dos días de intenso trabajo. De pronto, una imagen la hace detenerse en la acera: gente recogiendo comida de los contenedores de basura. Esa triste estampa de una economía rota por la ambición, evoca en ella unos sentimientos que parecían ya desterrados a lo más profundo de su memoria, una infancia difícil, y un destino injusto. Los recuerdos se agolparon, y pelearon por volver a su retina; y así, Rosa pareció revivir momentos que ya creía olvidados. En milésimas de segundo, Rosa retornó a su pupitre en la escuela. Podía incluso sentir el olor a tiza y a encerado. Tomó – 12 –


asiento en un banco, pues el cansancio ya hacía mella, y aún quedaba un buen rato para tomar la guagua a Orchello. Mientras descansaba, miraba a aquella pobre gente (algunos conocidos de vista, que ahogados por las deudas no podían dar de comer a su familia), también reparó en un grupito de niñas que venía de un kiosco, todas ellas de uniforme rojo y gris. El que llevó Rosa, allá por el 45 era más modesto; constaba de una falda azul marino, una camisa blanca, y un abrigo en el mismo color de la falda, pues en Orchello el invierno no era muy indulgente. Era Noviembre de 2008, y el hambre había vuelto a España. El hambre, implacable y mísero, que la había azotado en la infancia. Rosa en el 48 tenía solo 4 añitos, era chiquita entonces, pero ya en su hablar y su mirada se vislumbraba una inteligencia superior a sus compañeros. Fue entonces cuando en todas las escuelas de España, se les daba a los pequeños tan sólo un vaso de leche a media mañana (algo que ya se hacía en Argentina mucho antes que acá). Aún en tan precarias circunstancias, el colegio propuso mandar alimentos a los niños desfavorecidos que vivían en aquella infame China comunista. Entonces el corazón de Rosa, que solo llevaba 4 años latiendo, se abrió ante las niñas de su clase, se levantó pues del pupitre, y en voz alta y clara, dijo: “yo me comprometo a traer un saco de papas”. Aquel gesto, fue aplaudido por la maestra. Rosa no iba a permitir que los chinitos pasaran el hambre que pasaba ella muchas noches en casa. Así, esa niña de 4 añitos, llegó a casa con la esperanza de sentir el cálido abrazo de su mamá al darle la noticia. Mas, cuan cruel puede ser el destino incluso con los más inocentes. – 13 –


Rosa tras recorrer 4 km. desde la escuela a su casita en el campo, y cuando la cena ya estaba servida en la mesa, dijo lo que había propuesto en clase: Mamá, mañana tengo que llevar un saco de papas a la escuela. ¿A qué santo ties que hacer tu eso?¿es que te lo ha dicho la maestra? No, es que los niños chinos están pasando hambre, y yo, me he comprometido a llevar un saco de papas…sin dejarla tan siquiera terminar de explicarse, la madre de Rosa, la coge del brazo, la levanta con fuerza de la mesa, y la abofetea. Pero, ¿tu qué piensas?¿que aquí no pasamos hambre?, esta chiquita es tonta, dijo mirando a su marido, que a penas levantó la vista del plato de acelgas que tenía por cena, tú no eres la hija de la condesa, ni de los Santana. No sé pa’ que te digo esto, si eres tonta, y sólo sirves pa’ recoger algodón, naranjas, y cuando crezcas lo único que sabrás hacer, escúchame bien, será limpiar en casas. Encarna, su madre, mira a su marido, ¿es que no vas a hacer na’? Entonces el tío Julián se levantó de la mesa, y dijo, si que eres burra, peor, eres una mula, que solo sirve pa’ arrastrar el carro. El tío Julián le propinó otra bofetada, una tan fuerte que la tiró al suelo, esta por los niños de china, y ahora, vete a la cama que tú hoy no cenas. En el frío de esa noche, mientras la guagua se acercaba a la marquesina balanceándose, recordó aquellas palabras alentadoras que su profesora de literatura le había dicho cuando ya contaba con 12 años: “Rosa, tienes mucho talento, te expresas muy bien, podrías estudiar filología, derecho, lo que te propusieras; deberías empezar escribiendo ensayo…”, la me– 14 –


moria ya le fallaba, pero no el corazón. La razón olvida cosas que el corazón no puede; Rosa nunca podría borrar del fondo de su alma cuando a los catorce años su padre le dijo que ella no valía para estudiar, que lo que tenía que hacer era recoger naranjas y servir en las casas de la ciudad. Se le cerró toda oportunidad. Es posible que ella no tuviera que rebuscar en la basura ni mucho menos, pero había sido lanzada a un destino que no le correspondía. Y es que hay gente que puede cambiar su destino, pero en este mundo hecho de papel moneda y gris metal, no todos podemos desviarnos del camino que ha sido trazado para nosotros. Una senda que para algunos, tiene más espinas que pétalos de rosa, y son ellos injustamente los que no pueden escoger otro camino. Este mundo es justo y libre sólo para unos pocos, para aquellos que desde su sillón de piel manejan el camino vital de la humanidad. La libertad no es sólo un derecho básico del ser humano, sino algo que debería enseñarse en las escuelas y practicarse todos los días.

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CAPÍTULO 2

Cuando llega a su casa, su marido Juan, “el pelanas”, está sentado en el sofá, con una cerveza en la mano, y viendo la televisión. Ella, más que resignada, acostumbrada a ese frío recibimiento, deja las bolsas de la compra y comienza a ordenar la cocina. Rosa –¡Chico!, ¿has ido méica? Juan –Sí, pero no m’a mirao mucho y m’a mandao rehabilitación. Traéme otra cerveza, chica. Rosa –Toma, ¿ha llamao la Josefa? Juan –Sí, que esta noche no pue quedarse con tus padreh, que vayas tú que el Fulgen no puede. Rosa, agotada, llama a casa de sus padres; a su madre ya octogenaria le duelen los huesos, y su padre está enfermo del corazón. No le queda más remedio que pasar la noche con ellos. Sabe que su esposo, egoísta y zafio, se quedará en casa viendo el fútbol. Rosa prepara una pequeña cena para el inútil con el que vive y se marcha al hogar paterno. Los padres de Rosa, la que también es conocida en Orchello como la “hija del tio julián”, son guardeses de la “Hacienda de la Vereda” (o “La Verea”) como la conoce todo el pueblo y que es propiedad de la Vizcondesa de Orchello y – 17 –


viven modestamente en una casita de la huerta. A su llegada, su hermana Josefa se va ya a su casa dejando a Rosa al cuidado de los dos ancianos. Ella se encarga de sus padres como lo haría la más brillante de las enfermeras, prepara un baño caliente, pone a hacer caldo y calienta las sábanas. Rosa se pasa la noche en vela. Suena el despertador, pero a Rosa todos esos trastos no le hacen falta para vestirse, coger su gran bolso negro de piel, y encaminarse aún de noche a coger la guagua que la lleve a la casa donde sirve, la residencia de los Vizcondes de Orchello. Rosa lleva más de veinte años trabajando para ellos, y aunque a la mayoría de los mortales el trabajo les resulta esclavizador a ella le sirve como billete a su libertad. En esa casa de la pequeña nobleza, la señora la deja campar a sus anchas. Era 1982 cuando Doña Inés, una dama afable y tranquila, le dijo que se organizara como gustara, que tomara la casa como si fuera suya. Y así, con una sonrisa y una taza de café, Doña Inés fue la señora de la casa, pero Rosa fue el ama del hogar. Así pues a pesar del insomnio, a Rosa no le causaba desagrado alguno acudir a su trabajo. Eran las ocho de la mañana cuando pasó la guagua; como de costumbre, Rosa no era la única que iba a la ciudad como servicio doméstico, de hecho, las asistentas y amas de llaves de las amigas y no tan amigas de su jefa cogían el mismo coche de línea. De esta forma, el chofer tenía que oír, le gustara o no, la vida y milagros de ilustres señoras que por supuesto no estaban presentes. Pero Don Severiano ya tenía el oído hecho a las majaderías y correveidiles de sus pasajeras. – 18 –


La guagua era tosca e incómoda, como casi todo en aquella región sureña dejada de la mano de Dios, a pesar del poder de la Iglesia. La guagua se abría paso por la carretera, y Rosa tomaba asiento al lado de Gracia. Ésta, también era hija de los malos tiempos, pero su fortuna era peor que la de Rosa, pues Gracia no sabía leer ni escribir. Y es que nadie recoge algodón o limpia casas por elección propia, si no porque no les queda otra salida en la vida. Gracia era conocida de Rosa de hace muchos años, y aunque vivía en el pueblo colindante, ambas se veían todos los días en la misma guagua. Gracia se había desposado a los diecisiete años con un mecánico, que trabajaba en un humilde taller de coches usados. La historia de Gracia, o de la “hija de la tía Paquita” parecía bien distinta cuando empezó con el que es ahora su marido; “montaré un taller con “el mulas”, y vivirás como una reina, no tendrás ni que trabajar si no quieres; y cuando haigamos terminao con ese taller montaremos otro mas en la capital y seremos ricos Gracia”. La Grasi, como la llamaban en el pueblo, le creyó con los ojos ciegos y el corazón inocente de una adolescente enamorada. La Grasi nunca había sido muy avispá como decían los lugareños y era demasiado buena persona, aunque cabe decir que también tenía la lengua bastante más larga que la memoria. Así, Grasi, una chica poco agraciada, y que no había ido a la escuela, se casó con “el tuercas”. Pero, lo que Grasi no pensó es que las cosas no siempre salen bien. Y al año y medio de casados, el taller cerró, y “el mulas” se fugó con el poco dinero que tenían. Desde ese día en casa de la Grasi sólo entraba lo estrictamente necesario para comer, y el vestir ya se vería; que lista no sería, pero era – 19 –


una buena costurera. Pero el dinero que “el tuercas” traía a la casa era una miseria, por lo que Gracia empezó a limpiar en una casa de la ciudad. Limpiar, limpiaba bien, pero como no sabía leer, cada vez que les quitaba el polvo a los libros, los ponía del revés. Mas, aunque a La Regenta o a La Celestina se les subiera la sangre a la cabeza, Gracia logró sacar a sus tres niños y a su marido adelante. Pronto se oyó la voz de la Reme por la guagua: La Reme –Chica! Rosa! ¿T’as entereao que la hija de l’angelita trabaja en un almacén?, es que esa chiquita… Grasi hija ¿cómo están tus chiquitos?, ya m’enterao que a la Vanesa le van mu bien las notas, menos mal que no salió a la madre eh? –estalla en risas, mientras Gracia agacha la cabeza. Pero pronto Rosa sale en su defensa. Rosa –Mira quien fue a hablar, la licenciá en mochología, pero Reme ¡si tú no sabes ni hacer la o con un canuto! Por fin, llegan al destino. El viento gélido golpea sus abrigos negros. Son las nueve de la mañana cuando Rosa abre la puerta de la casa de Doña Inés: El silencio reina en la estancia, y sólo el sigiloso gato maúlla para que le den de comer; El señor se fue hace rato, sólo queda la señora durmiendo plácidamente en su cama. Rosa comienza a ponerlo todo en orden, primero comienza a preparar café americano, luego prepara el desayuno, y le pone las píldoras que debe tomarse para la tensión en la misma bandeja. La habitación está al fondo de un largo pasillo, mientras nuestra redondita protagonista llevaba la gran bandeja, pudo observar las fotos que descansaban en el aparador: Imágenes – 20 –


elegantes, glamorosas, chic, un yate en el pacífico mexicano; aunque para Rosa solo era un barco flotando en aguas turquesa. Parecía sacado del Hola o del Diez minutos. Osea, que a Rosa le pareció un sueño. Esas fotografías, que a Dª Inés resultaban tan normales, a ella, “la asistenta”, eran mucho más que simples retratos de un país lejano. Rosa entra en el dormitorio de Dª Inés: Condesa. –Hola Rosita, buenos días. ¿Qué tal le fue el fin de semana? Rosa –Pues mire, el viernes fui a casa de mis papás, y el sábado celebremos toda la familia que la Mayte ha sido admitida en la universidad, para estudiar para ser farmacéutica. Y todos tan contentos, ya sabe usted, que es la única que va a tener la oportunidad de estudiar en mi familia. Rosa intenta contener su hablar de huerta para con la condesa, así como refinar los modales; la Rosita que habla en este lujoso piso, no parece la misma que monta en la guagua para ir a Orchello. Condesa –¡Cómo me alegro!, ya sabe usted Rosa, que a esa chiquilla la he viso crecer, si a eso añadimos que carezco de hijos y sobrinos, la hace más especial. Por eso, me gustaría hacer todo lo posible porque su paso por la universidad sea grato ¿A cuál va a ir?, ¿a la de aquí o a la capital? Rosa –Irá a la de aquí señora, porque ya sabe usted lo caro que es todo en la capital, y los peligros que hay, ¿si no dicen que hay hasta metro? Y que en el metro viaja gente de mala vida; y yo Dª Inés, no quiero que le pase “na” a mi chiquita. Condesa –Eso no lo dudes, nada habrá de pasarle. Si Mayte estudia aquí, sabe que aquí tenemos habitación para ella, y que yo cuidaré de ella como si de mi hija se tratase. Eso no lo – 21 –


dude, usted lleva 30 años cuidando mi hogar, y atendió a mi marido cuando le dio la trombosis, bien merece esa chiquita tener aquí su habitación. Rosa –No sabe lo aliviada que me deja. Porque nosotros no podemos pagarle un colegio mayor de esos, y el transporte público está cada vez peor. Cabe indicar al lector que la relación de la condesa y la asistenta databa del año 1982 y durante esos años se forjó una cortés amistad, que probablemente durara hasta la otra vida. En casa de la condesa, no sólo trabaja Rosa, sino también “Rate” el mayordomo, “Bautista” el chaufer, y “Lina” el ama de llaves. Esta última vive en la residencia de la condesa, es decir, está interna, no como Rosa, que se va por las tardes a su casa. Lina tampoco ha tenido una vida fácil, poco agraciada, la llaman en Orchello “la sapa”, por tener la cara con unas manchas marrones. Además de su poco o nulo atractivo, algo que nadie escoge al nacer (pues de lo contrario en este mundo no habría un solo feo), al igual que Rosa, procede de una humilde casa, pero en la que la desgracia siempre ha estado presente: Lina se quedó huérfana de padre a los 10 años, y poco más tarde, cuando apenas contaba con 14 su madre falleció de tuberculosis. Así, al quedarse sola en el mundo, fue a parar a casa de Doña Inés, quien le dio trabajo y algo de cultura. Es por ello que a los invitados de la condesa les sorprendía que una chica de la huerta hablara un francés perfecto, y supiera defenderse en todos los temas; puede que Lina no ganara jamás un concurso de belleza, pero sí una pugna verbal. Corría el rumor entonces, que Lina se veía a escondidas con Bautista, con Rate le sería imposible, ya que su orientación – 22 –


sexual era bien distinta. Pero a Rosa poco le importaban los correveidiles esa mañana, ya que Dª Inés la tenía maravillada enseñándole las fotos de su último viaje a México. De México, Rosa no sabía bien su posición en el mapamundi, pero por su exótico nombre, debía ser un lugar muy lejano, donde a saber que costumbres tenían, y qué idioma hablaban. Mexicano, pensó Rosa, ¿qué van a hablar? Mas el suspense la pudo, y fue entonces cuando se atrevió a preguntar… Rosa –Señora, perdone que la interrumpa, pero, ¿cómo se entienden con sus amigos mexicanos?, quiero decir, que usted habla castellano y francés… Doña Inés sonrió y con aire maternal constestó: –Rosa, México es un país que se encuentra en Centroamérica, pero donde el idioma oficial es el español, pues en otros tiempos fue parte de España. Pero Rosa, ¡si su cantante preferido es mexicano!, Luis Miguel, es de allá… y siguió explicándole todo lo que hicieron y deshicieron en aquellas tierras lejanas. Pues si Luis Miguel era de allí, no cabía duda que el país debía ser el mismísimo cielo. Aunque la larga y extenuante explicación de la señora sobre los orígenes y costumbres del país del amor platónico de Rosa, más que aclararle las pocas dudas que tenía, le hizo preguntarse más cosas. ¿Desde cuándo fue México una región española? Por fin decidió no darle más vueltas, pues iba a terminar cantando las mañanitas, en lugar de limpiando como era su deber. Rosa –Señora me ha encantao, de verdad, ay que ver que bonico todo, el hotel, el mar, las playas… si es que Luis Miguel no podía ser de un sitio feo (como Orchello, pensó). – 23 –


Condesa –Me alegro que le haya gustado, y también espero que tenga algún día ocasión de ir. Rosa –¡Madre mía! Señora, pero si yo no he salío nunca de Orchello, apenas si sé conducir mi R5, para ir por la huerta, o a la farmacia, o al consultorio. Ojalá, pero me parece a mí que con la familia que tengo… pero bueno, menos mal que soñar es gratis. Condesa –Sí, pero creo que deberías salir y despejarte, conocer otros lugares. Aunque, entiendo tu situación Rosa –dijo con cierta tristeza–, pero no olvides esto: en el parking de los sueños el estacionamiento es gratuíto, así puedes aparcar tu Renault 5 todo el tiempo que desees. Y con estas dulces palabras y una sonrisa, la condesa se levantó para tomar su ducha matutina, y Rosa comenzó a poner todo en orden. Todo, excepto sus sueños. A Rosa ese día le tocaba hacer limpieza general, algo que, con sus años de práctica en la limpieza, realizaba con asombrosa rapidez. En un abrir y cerrar de ojos, la cama de la señora estaba hecha, la ropa limpia y planchada, el piso reluciente, y los baños desinfectados. Los libros de la biblioteca lucían sus lomos brillantes, libres de polvo, así como la mesa que invitaba a leer. Así, con las alfombras sacudidas, dos lavadoras en marcha, y los ventanales transparentes, sólo le quedaba recoger la ropa de la tintorería, y pasarle un pañito a la plata del tocador de Dª Inés. A su regreso de “tintorerías García”, pone en orden toda las prendas. Pero, había algo que no terminaba de encajar, y nunca mejor dicho, pues se trataba de una muda interior, muy suge– 24 –


rente y llena de encajes y lentejuelas. Esto no podía ser de la señora, pensaba para si, se habrán confundido. Antes de que le diera tiempo a volver a meter el bustier en la funda de plástico para devolverlo, entra Rate en el cuarto de la plancha, donde Rosa separaba y ordenaba toda la ropa de la casa. Rate (muy nervioso) –¡Ay! Rosica menos mal que te encuentro, Reina. Rosa –Chico, ¿pero que t’a dao a ti? Rate –Reina, que se me coló un bustier de encaje en la ropa de la señora que iba para el tinte. Rosa –¿Un qué? Espera un momento (saca la llamativa prenda color fucsia de la bolsa de la tintorería), ¿esto es tuyo? (Rosa no salía de su asombro). Rate –(Tras meterse un mechón de pelo tras la oreja, confiesa): Sí hija, es mío. Bueno, tú ya sabes que a mí, bueno, las mujeres no me van… y Mari, una se aburre mucho viviendo sola, y además sólo con una fuente de ingresos, no me daba para mis gastos. Mari, que nos conocemos desde hace 30 años, si sabes que yo siempre he sido más paloma que gavilán… cari no me hagas darte más explicaciones y dame mi bustier. Rosa –(Se ríe), Si ya sé que tu pierdes más aceite que el tractor del tío Jacinto, entonces, ¿esto es tuyo? Rate –Sí cari, ¡ay! ¡¿qué haría yo sin ti reina mora?!, pero mari, dame una bolsita o algo que los señores no saben na’, que solo piensan que tengo estos modales porque soy mayordomo, tú ya me entiendes… Rosa le envolvió el sujetador rosa en una caja de lencería de la señora, y esta en una bolsa de una tienda de corbatas muy frecuentada por el señor. Rosa –Ale, ya está, prenda, anda que… de lo que se entera una… – 25 –


Rate –Rosa, de esto nada ¿eh?, te lo pido como amigo, no como compañero de trabajo. Rosa –Pero Rate, que ya son muchos años, y muchos secretos que tengo guardaos. Tranquilo, que por mí nadie se va a enterar, además bastante tengo yo con mi casa y mis padres y… to´, que na´ ma´ son problema´. Rate le da un beso en la mejilla, y con una sonrisa cómplice y un guiño se despide a seguir con su trabajo. Cabe advertir al lector que Rosa tiene muy buena fama en Orchello, no sólo de trabajadora y abnegada esposa e hija, sino también como fiel y noble amiga de sus amigas, y enemiga de los cotilleos. Es por ello que nuestro mayordomo–corista queda tranquilo, y puede concentrarse en hacer bien sus quehaceres. Cuando Rosa acaba con todas sus tareas, el reloj marca la una y media del mediodía, justo cuando se servía la comida, y el señor regresaba. En ese instante, en que las amantes agujas del reloj se encuentran a una distancia casi máxima, lo que podría traducirse pues como la hora más fría del mundo, siendo las doce en punto la más romántica claro, la extenuante jornada de Rosa tocaba a su fin. Rosa se cambia de ropa en un cuartito de baño, donde ella guarda su uniforme y zapatillas. Ya vestida, con su bolso de piel negro, su conjunto de camiseta y falda blanco y negro, y calzado casi plano, se lanza a la calle. Agarra el bolso con fuerza, y se encamina a la parada del guagua. Nuestra protagonista, hará el recorrido inverso al que realizara por la mañana. Se sentó en la parada, a esperar, ya que llegó con tiempo de sobra. La guagua que iba a Orchello no llegaba hasta las dos y cuarto. – 26 –


Rosa, sola, sentada en aquel frío banco, sacó del bolso la revista “Hola”, para aligerar el paso del reloj. Isabel Preysler en portada, la navidad en casa de los Preysler. Todo era bonito, el vestido, las joyas, el árbol frondoso y adornado… qué distinta era de la navidad en casa de los Ortuño. Pasaba las páginas de la revista y también de las del libro mágico de sus sueños, donde ella era la que salía en portada, lucía 58 años sin sobrepeso ni arrugas, y no sabía ni lo que era escurrir el mocho. Un mundo tan cercano y lejano al mismo tiempo. Ella nunca aspiró a vivir como la condesa, pero como todos los mortales, amó, soñó, y tuvo esperanzas de que todo cambiara. Pero, cada día era igual al anterior, o si no peor. Pagos inafrontables, enfermedades, el alcoholismo de su marido… nada mejoraba. Y ante ese temporal emocional, las hojas del árbol de su esperanza fueron cayendo, poco a poco, día a día, hasta no quedar ninguna. Y de ese modo, ese árbol pelado que representaba sus esperanzas en la vida, se convirtió en resignación. Pensaba, nada va a cambiar, si en casi 60 años no lo ha hecho, ¿lo va a hacer ahora?, no desde luego que no. Cuando se hallaba absorta en sus pensamientos, “la Grasi” tomó asiento al lado de Rosa. Se la veía agotada, al fin y al cabo, Gracia limpiaba por las mañanas en casa de la farmacéutica de Orchello (íntima amiga de la condesa), y por las tardes limpiaba en el asilo. Todo para que su Vanesa estudiara y llegara a la universidad. Grasi –Chica, ¿qué tal la condesa? Rosa –Po´ de cine, más que una condesa vive como una reina. Ahora (se coge el bolso, y con gesto de orgullo sigue platicando), mi jefa, se lo merece, porque mira que es buena persona, se fue de viaje a México con su marío quince días. – 27 –


¿No ves que es una mujer de mundo?, ellos aquí se aburren, po´ya ve´sáburre mi Mayte que tiene 18 años, pues imagínate una persona que haya estudiao fuera y viajao… Grasi –Madre mía Rosa, si yo creo que sólo salí de Orchello cuando rompí aguas y me tuvieron que llevar al hospital. ¿México? ¿Eso que éh?, ay que ver que cosas… espero que mi Vanesa pueda viajar y ver mundo, no como yo, que no he salío en mi vida y voy pa´70 años. Rosa –Ay hija, ¿qué te cree´? Si yo tengo una maleta de mi mama ai en la… bueno, bajo de mi cama, que debe tener po… 20 años, y ai está, muerta de risa. Por fin llega la guagua, por suerte la Reme no coge este coche, porque no sale de trabajar de portera hasta las ocho de la tarde. Esto alivia mucho el pasaje, porque de la Reme se dice en el pueblo que si se muerde la lengua se envenena; y con razón. El viaje a Orchello dura 30 minutos, porque hace paradas: frente al asilo (donde se baja la Grasi), en la calle mayor (en un regio edificio de esta calle, trabaja la Reme de portera), en un hipermercado a las afueras, y luego ya en la plaza de Orchello (donde baja Rosa). Son más de las tres de la tarde cuando Rosa regresa a casa. Su marido, Juan, no está en casa, y esto la hace sospechar. Deja su bolso y sus cosas, y sale de casa. Coge su R5, y va a casa de sus padres. El coche traquetea en su paso por las veredas. Por fin llega a la hacienda (o por lo menos lo poco que queda de ella). Entra presta como alma que lleva el diablo, y comienza a abrir puertas, el salón, la cocina, el patio, los dormitorios… su madre ante tanto alboroto, se levanta de la mecedora. – 28 –


Encarna (mamá de Rosa) –¡¿Pero chica, qué haces?!, ¡que vas toa embalá! Rosa –Ná mamá, ¿has visto a mi Juan? Encarna –Me paece a mi, que ese está haciendo cola, sí, pero no en la del paro si no en el bar. Rosa –¡Me cago en la mar!, ese se entera. Mamá toma los taper, que ai te puesto pollo pa´ti y pa´l papá. Encarna –Gracias hija, ale con Dios. Arranca el R5, lo que levanta una nube de polvo. Rosa ya no aguanta más. Aparca frente al bar del “Angelín”, un tugurio de mala muerte donde los camioneros que están de paso se toman un café, y los borrachos del pueblo van a tomar cerveza. El ambiente es maloliente, el humo la ahoga, pero ve con claridad que es Juan el que se está tomando un chato en la barra. Se da cuenta que tiene los ojos entrecerrados, las mejillas coloradas y una barriga que le cae por el pantalón. Le aborda por detrás, de modo que Juan da un respingo en el taburete, y se le abren los ojos de súbito. Juan –¡Hostia Rosa!¿no estabas trabajando? Rosa –¡Pero sinvergüenza! ¡¿tú sabes qué hora es?!, ¿no has ido a rehabilitación, verdad? Juan, confundido por la bebida responde –Es que yo… Rosa si eso no hace na´… (no tarda en quedarse sin palabras, y es que el efecto del alcohol es humillante). Rosa le agarra por el brazo y le saca del bar. Lo monta en los asientos de atrás del coche y arranca. De camino a casa Juan se queda dormido, huele a alcohol y tabaco, y da asco verle. Pisa el freno al llegar a su casa. – 29 –


Entonces, cuando al abrir la puerta trasera ve a Juan durmiendo, no duda en lo que tiene que hacer. Entra en la casa, coge el cubo de fregar, lo llena de agua. Le tira el balde a la cara. Juan –¡¿Pero qué haces desgraciá?! Rosa –¿Desgraciá yo?, yo al menos me gano la vida honradamente, y no voy de bar en bar borracho, que eres un borracho… Juan, por su afición a la bebida, le arruina el día a su mujer. Al llegar a casa, se queda dormido, esta vez en el sofá. Rosa se pone a comer en la mesa de la cocina, y se echa una pequeña siesta. Cuando se despierta suena el teléfono. Rosa –¿Dígame? Carolina –Chica, ¿cómo estas? Rosa –Chica, Carolina, po´bien aquí estamo´, tirando como siempre. Carolina trabaja en la ventanilla de la Caja del pueblo, Rosa y ella quedan todas las tardes para tomar café. Carolina –Chica ¿no has leído el periódico? Rosa –No, ¿ha pasao algo? Carolina –¿Tu madre no t´ha dicho na? Rosa –Mira, mi mamá está ya muy mayor, y hoy no he hablao mucho con ella… Carolina –Rosa, siento tener que ser yo quien tenga que decírtelo, pero, tu tía Isabel ha muerto. He visto la esquela en el periódico, sé que no os hablabais mucho con ella, pero, quería que no te enteraras por las cotillas del pueblo. Rosa intenta hacer memoria, pero los recuerdos de su tía Isabel, aquella que en los 70 se fue a Valencia, son escasos. Rosa –No sabía na. Rosa se queda atónita al saber la fatal noticia. Pero más asombrada la deja la sequedad de sus ojos, pues ninguna lágrima asoma por ellos. Rosa aún no es consciente de que los ángeles no bajan del cielo, sino que suben a él. – 30 –


CAPÍTULO 3

La tía Isabel se había marchado a Valencia en busca de una vida mejor, poco recordaba de ella. Escribía a menudo, pues era la hermana de su madre. Isabel, aunque carecía de estudios era una mujer que sentía curiosidad por muchas cosas, que intentaba leer siempre que podía, no parecían hermanas, la verdad. La tía de Rosa, a la que tras irse del pueblo llamaban “la valenciana”, fue una fémina adelantada a su tiempo; aprendió a conducir (si nuestra protagonista sabe conducir y sacó la licencia para ello fue gracias a esta señora), fumaba, y sabía leer. Que una mujer en la huerta en los años 50 y 60 hiciera eso, era todo un atrevimiento. A pesar de sus excentricidades, era trabajadora como la que más, y sus manos daban fe de ello; grietas, sabañones, sequedad, todo ello anidaba en sus manos. Entonces, al recordar sus lecciones a bordo de aquel coche destartalado cuando Rosa apenas tenía 20 años, sus ojos se humedecieron, y el dolor la enmudeció. Sentía que en esta vida no le había agradecido todo lo que había hecho por ella. Se sentía mal consigo misma, comenzó a autocriticar su actitud para con su tía, y ya sabemos que el peor crítico de una persona es uno mismo. Se dijo a sí misma que había sido una egoísta y una comodona por no ir a verla nunca. – 31 –


Puede que esa tarde luciera el sol en el cielo, pero en la casa de Rosa no paraba de llover. Sobre las nueve, vuelve a sonar el teléfono. Rosa –¿Dígame? Josefa –¿T´has enterao ya de lo de la tía Isabel? m´enterao por la Reme, que llevaba el periódico, la esquela la habrá publicao la familia de él, alguno de sus sobrinos. (Cuando la tía Isabel se fue a Valencia, comenzó a trabajar de cajera de “el Corte Inglés”, en la sección de caballeros, donde conoció a un notario viudo sin hijos, con el que se casó; así pasó de vivir en Benicalap, un barrio a las afueras de la ciudad a residir en el corazón de Valencia, la calle Colón). Rosa –¿Lo sabe la mamá? Josefa –Po´creo que no, y espero que la Reme no haya ido a decírselo, que esa es un bicho. Rosa –Po´corre pa´casa de la mamá y diceselo, bastante disgusto va a tener la pobretica, como pa´qu’encima s’entere por la Reme. Josefa –Venga, po´no ´vemo´en casa de la mamá a las 10, yo voy ahora, pero es pa´que no cenen solos… Rosa –Po´claro, tú no sufra´por eso. Que yo mientras llamaré a Valencia a enterarme de cuando es el entierro y to eso. Josefa –Enga. Adio’, adio’. Rosa coge su agenda donde guarda todos los teléfonos y direcciones, y comienza a buscar desesperadamente. Por fin, encuentra el esperado número. Era el de la casa de su tía en la capital del Turia, pero había dos, el otro debía ser el de la casa de él, que Isabel heredó al fallecer su señor notario. Así que no dudó en cual tenía que marcar… Una voz masculina –¿Sí? – 32 –


Rosa –Hola, buenas noches, llamo desde Orchello, soy la sobrina de Isabel Sánchez, la viuda del notario Don José Hernández de Ferrero, ¿es esta su casa, verdad? Voz masculina –Sí, en efecto, esta era la residencia de la Señora, hasta anteayer, cuando tuvo lugar su fallecimiento. Soy Ernesto el mayordomo de la señora, encantado de poder hablar con algún familiar de ella, porque la queríamos mucho, sabe? –rompe a llorar –oh, perdone, supongo que llamaba para saber del entierro y demás. Rosa –Sí, sí, ¿cuándo y dónde se la va a enterrar? Ernesto –Pues, ella dejó en su testamento que quería ser enterrada junto a su marido, aquí en Valencia. El entierro es el Viernes, en el cementerio de Buñol, ¿sabe usted dónde es?, ¿conoce la ciudad? Rosa –Pues la verdad es que no, no conozco Valencia… Ernesto –Está en la calle Colón, justo al lado de la joyería Yanes, donde los señores tienen su residencia, de todos modos será un honor para mí ir a recogerla a la estación de tren para que así no se pierda. Rosa –Pues sí, eso haré, quiero despedirme de ella como se merece… Ernesto –Entiendo, bueno, usted llame cuando sepa la hora de llegada y yo pasaré por usted. Ha sido un placer, aunque sea en estas circunstancias. Rosa –Igualmente, adio´adio´… Rosa estaba atónita, ¿tan alto había llegado la tía Isabel?, si tenía mayordomo y todo. No salía de su asombro. Ya le picaba la curiosidad de ver la cara de sus padres, de la Josefa, del Juan, y del Fulgen, cuando les contara que fue el mayordomo de Sagrario el que le dijo cuándo y dónde sería el entierro. – 33 –


Son las diez de la noche cuando Rosa se va a casa de sus padres dejando a Juan solo en casa durmiendo la mona. A su llegada, oye el llanto de su madre, mientras su padre descansa en una mecedora recordando cuando Isabel se fue a Valencia. Josefa está en la cocina preparando hervido para cenar, y el Fulgen aún con el mono de mecánico intenta consolar a su suegra. El Fulgen no sería abogado ni médico, pero sí que era lo más parecido que se puede encontrar en la huerta a un príncipe azul: pues dentro de ese peto azul marino del taller latía un gran corazón. Josefa sirvió la cena, y conectó la estufa, pues el frío en aquella casa era insoportable. El Fulgen acercó la silla de ruedas de su suegra a la mesa, y ayudó a tomar asiento al tío Julián. Todos estaban ya sentados, con un plato de comida caliente frente a ellos cuando… Rosa –He llamao a Valencia, a casa de la tía Isabel; el entierro es allí el viernes por la tarde. Me lo ha dicho su mayordomo… El asombro se adueñó de la cena, incluso el tío Julián ya medio sordo, abrió los ojos de súbito como quien ve a un fantasma. Todos, todos, excepto Rosa, se miraron a las caras. Encarna –¿Mayordomo?, ¿mi hermana tenía mayordomo?, po´si que se casó bien, y anda que no´ invito´alguna ve´ –dijo con desprecio y envidia–, esa ricachona no quiso saber na´de nusotro´… yo no voy a ir a su entierro, anda y que se… Josefa –Mamá no sea´así mujer, si no llamó fue pue´ porque estaría mu ocupá, ¿no ve´que esa gente lleva otra vida? Rosa –Haced lo que querai´, que yo mañana me saco mi billete a Valencia, y me despido de ella. Cada uno que haga lo que quiera. – 34 –


Ninguno de los dos hombres de la mesa entró a dar su opinión, y es que donde hay capitán no manda marinero, y en casa de la Tía Encarna estaba muy claro quién manejaba el barco. Josefa –Yo no creo que vaya, total, apenas la conocí. (Josefa era la hermana menor de Rosa, y el contacto con su tía fue casi nulo, aparte de que Josefa siempre hacía lo que su madre dijera). Rosa –Po´iré yo sola, porque al Juan no me lo llevo, que e´un borracho, y me da vergüenza. Mañana lo apunto a “alcohólicos anónimos”, porque en el pueblo ya es borracho conocío… y me sacaré el billete pa´Valencia. Encarna –No se que t´ha dao a ti ahora por la Isabelita… Rosa –Po´mira gracias a ella no dependo de mi marío pa´conducir, ni pa´llevar las cuenta´en mi casa, así que como dice mi jefa” “es de buen nacidos el ser agradecidos”. Encarna –Ay que ver qué minsa es tu jefa… Rosa –¡Eh! ¡Sin faltar!¿es que t´ha faltao ella a ti al respeto? Nunca, y el dinero que entra en esta casa es gracias al trabajo que m´ha dao, ¡ah! Y otra cosa que te quería decir, que sepas que la Mayte ya tie´ande quedarse durante el curso, en casa de mi jefa; así que no´vamo´hasta ahorra´dinero, que encima no´va a cuidar a la chiquita, ¡así que de mi jefa no se dice na´! Josefa –¿Qué l´ha ofrecío habitación a mi Mayte? ¡Ay qué aliviá estoy!, ay mi Mayte que va a ir a la universidad… Terminaron de cenar, y Josefa y el Fulgen se quedaban hoy en “la verea” cuidando de los ancianos, Rosa se despidió, cogió su R5 y partió hacia su casa atravesando la huerta. Llegó a su casa, Juan dormía (hace ya años que esta pareja no comparte lecho), y el silencio reinaba en la casa. Ya eran las – 35 –


once y cuarto cuando Rosa cansada, se desvistió, rezó a su imagen de San Antonio, y se acostó en su pequeña cama. El agotamiento la hizo caer en brazos de Morfeo en tiempo récord. Eran las seis de la mañana cuando sonó el despertador, las estrellas aún brillaban en el cielo y Rosa ya estaba haciendo café. De forma análoga Rate estaría todavía durmiendo, pues hasta las 8 no le tocaba entrar en casa de los condes, y la noche en “la Jaula” había sido extenuante, se fue a la cama siendo Priscila, pero se levantaría siendo Rate. A esas horas Bautista debía estar despertando en los brazos de alguna mujer atractiva, vistiéndose, y yéndose a su casa a descansar un rato, por lo menos hasta las siete y media, que era a la hora a la que se desplazaba a casa de su señor. Mientras, Lina dormía plácidamente en su camita con dosel, soñando muy probablemente en que Bautista la invitaba a dejarlo todo e irse con él a Marbella, donde serían felices para siempre. Pero el caso de Rosa no era ni mucho menos el de la doble vida de Rate, ni los devaneos amorosos de Bautista, ni las ensoñaciones de Lina. Rosa a esas horas tempranas, ya estaba desayunando, mientras encendía el pequeño televisor de 14 pulgadas que tenía en la cocina para ver las noticias. Su marido había vomitado en el patio la noche anterior, probablemente mientras ella cenaba con sus padres, así que lo fregó todo. Y no sólo eso, recogió la ropa sucia del cuarto de baño, puso una lavadora, fregó el piso de la cocina, hizo la lista de la compra, cambió las sábanas de su cama, las lavó, tendió, planchó las prendas que había arrugadas, y una vez acabó todo esto, se metió en la ducha. Ya eran casi las ocho menos cuarto y aún no se había marchado. La guagua pasaba a las ocho en punto. Gracias a Dios, y al friegasuelos de secado rápido, llegó a tiempo. – 36 –


Hoy Rosa estaba apurada, pues tenía que pedirle a su jefa que le dejara salir un momento a comprarse el billete a Valencia, y acercarse a la caja a actualizar su libreta. En la guagua todo eran pésames para Rosa por la pérdida de su tía Isabel, así que cotilleos hubo los justos y necesarios. Todo fueron frases de rigor, ¿cómo están en tu casa?, vaya palo pa´tu madre,… A las nueve en punto Rosa ya estaba haciendo el desayuno de la señora, Rate quitándose restos de rimel en el baño, Lina tomándose un café en la cocina, y Bautista un carajillo, pues a las diez tenía que llevar al señor. Lina lo miraba con una mezcla de timidez y embeleso, y Bautista la ignoraba. A él le gustaban guapas y atractivas, y bueno, Lina no era ninguna de esas dos cosas, y menos ahora que el oculista le mandó ponerse unas gafas de vista, que más que gafas parecía que se ponía una lupa en cada ojo, pues estas aumentaban su tamaño una barbaridad. Bautista, alto, maduro y atractivo se bebió su carajillo y se puso en marcha. Como de costumbre, Rosa tomó la bandeja y la llevó hasta la alcoba de la señora. Se sentó con ella un rato a hacerle compañía. Dª Inés –Buenos días Rosa, ¿qué tal todo? Rosa –Pues mal, señora, porque, ha fallecido mi tía Isabel, y el viernes la entierran en Valencia. Quería pedirle si me dejaba salir un momento a la Caja y sacar el billete. Dª Inés –Pues claro mujer, no se preocupe, mi más sincero pésame. Si quiere tómese la semana libre para hacer las gestiones necesarias, que con Lina y Rate me sobra. Tómese la semana para usted. Rosa –Muchas gracias señora, no hacía falta… pero gracias. Dª Inés –Nada, nada, hoy no quiero verla por aquí. – 37 –


Gracias a ese gentil gesto de la condesa, Rosa a las once y media de la mañana ya estaba en la cola de la caja del pueblo, libreta en mano. Carolina estaba en la ventanilla. Ella había estudiado con Rosa, pero pudo seguir en el colegio y pasar al instituto. Era una buena chica, soltera, desde que su novio Antonio se le declarara a su prima Teresa. Por fin, le llegó el turno a Rosa. Carolina –Hola cariño, ¿cómo estas? Rosa –Pues tirando, vengo a ver cuánto tengo ahorrao en la libreta, que ya son muchos años… y luego tengo que ir a comprarme un billete a Valencia que entierran a mi tía el viernes. Carolina –Muy bien hija, a ver, tienes: 20.000 euros, vamos que tienes el riñón bien cubierto. Rosa –Pues sí, y molío de fregar suelos. Pues voy a sacar 300, para el viaje. Me iré el jueves noche, y el sábado por la mañana ya estaré aquí. Carolina –Bueno hija, ¿esta tarde nos vemos? Rosa –En principio sí. Pero si no pudiera yo te llamo. Enga adio´ bonica. Carolina –Adio´ perla, ¡siguiente! Atravesando la calle, hay una agencia de viajes, la única de Orchello. Rosa entra en “Viajes Orchello”, donde también conoce al que la atiende, se trata de Antonio, “el ruedas”, por presumir siempre de moto y que es ex novio de su amiga Carolina. Antonio –Buenas Rosa, ¿en qué puedo atenderte? Rosa –Po´mira hijo que quería que me sacaras un billete en el Talgo pa´Valencia, que s’a morío mi tía Isabel… Antonio –Ya, algo había oído, lo siento mucho. Para ¿cuándo lo quieres? Rosa –Pa´l jueves por la tarde. – 38 –


Antonio –Vale, ¿en turista o preferente? Rosa –En turista es más barato ¿no? Antonio –Sí, hombre, hay diferencia. Rosa –Po´en turista mismo, dime cuanto te debo. En un santiamén era jueves por la tarde. Carolina se ofreció a llevarla a la estación de tren, y entre el ruido y la muchedumbre se despidieron. Carolina le deseó suerte, y le pidió que la llamara en cuanto pisara la capital del Turia. Un beso al aire y dos paradas más tarde, se notaba ya en el verdor del paisaje que habían dejado atrás el árido sur, para perderse en las montañas pobladas de árboles y los bosques. La vista que tenía Rosa desde la ventana de su asiento se le antojaba como una postal que pudiera enviar a Carolina, o a la Grasi, para que vieran que bonito y florido era todo fuera del amarillo polvoriento del pueblo. Verde, como las caras esmeraldas, o como la barata esperanza. Todos tenemos esperanza, pero muy pocos pueden tener esmeraldas. Paradójicamente, la esperanza es la esmeralda emocional, nunca hay que perderla, es un bien preciado, algo que mantiene vivo al mundo, desde el indigente que pide en la calle hasta los brokers de Wall Street. Rosa siempre se aferró al rayo verde de la esperanza, pero últimamente, sus ojos habían quedado ciegos de decepción. No había esperanza de que su vida cambiara, todo seguía igual o iba a peor, su ceguera era ya profunda, tanto como el verde de los valles que atravesaba el tren, una ceguera que le hacía ver la vida como una noche que no acaba, como un día que nunca llega a nacer, como un sol que jamás despunta y siempre queda escondido bajo esa luna eterna, en esa noche interminable. Su existencia pues no era agradable ni siquiera emocionante, todo lo contrario, era carente de pasión. – 39 –


Así, nuestra protagonista, en medio de un mar de monotonía y de ríos de desprecio y decepciones, estaba hambrienta a sus 60 años de algo que fuera, al menos, distinto. Para el mediodía ya había llegado a Valencia, llamó a Carolina, y buscó entre la multitud a un señor que ella imaginaba por su voz al teléfono, “bien parecío”. Por fin, vislumbró a un señor alto y elegante que portaba un cartel que rezaba: “Doña Rosa Ortuño”; ¡esa era ella!, con Doña y todo, pensó. Así pues, cogió su maleta y se dirigió hacia él. Era Ernesto, que como buen caballero cumplió su promesa de ir a recogerla para llevarla a casa de su difunta tía. Ernesto –Buenas tardes Madame, espero que el viaje haya sido de su agrado. Rosa –Buenas tardes, muchas gracias, pero no tienes que tratarme de usted, que yo no soy ninguna señora. Ernesto –Todas las mujeres son señoras, Madame. Y merecen que se les trate como tal. De modo que, al estar a su plena disposición no consentiré que me trate de tú, al igual que yo, no la tutearé. O acaso, ¿hemos comido o dormido juntos usted y yo? –tras decir esto, soltó una carcajada, esperando que Rosa hiciera la propio. Rosa rió, y contestó. –No, no ni mucho menos. Rosa intenta contener su hablar de huerta. Ernesto abrió la puerta de un elegante automóvil; era negro, largo, con los asientos en piel color beige, era parecido al de la condesa. Rosa tomó asiento detrás, mientras Ernesto conducía. Las calles de Valencia eran un hervidero de coches, o como decía nuestro amable mayordomo–chaufer, “voitures”. Cabe avisar al lector de que Ernesto, aunque hijo de españoles, – 40 –


no era de la ciudad, sino de Montpellier, y es por ello que tenía ese acento y se le escapaban ciertas expresiones. Al llegar, Rosa se ve sorprendida por una gran avenida, llena de edificios majestuosos. El reloj marcaba las tres de la tarde cuando Ernesto abrió la puerta de la casa de su tía. La entrada era enorme, muy elegante, con aparador lleno de fotos, las paredes eran de un amarillo muy tenue, y su tacto era como el del mármol. Avanzaron por el corredor, que estaba plagado de cuadros, finalmente llegaron al salón, que, al tratarse de un ático, contaba con una gran terraza en la que no faltaban las plantas más exóticas. Ernesto –Hay plantas de todo el mundo, de los cinco continentes. Aves del paraíso, hibiscos, palmeras de Israel, etc, siéntese, y coma algo. ¿qué le apetece? A Rosa nunca le habían hecho esa pregunta. Ensimismada por el paisaje que la rodeaba y sentada en una de las sillas de caña filipina de la terraza contestó –Pues no sé… algo ligero. Ernesto –¿Tomates con albahaca y mozarella quizás, madame? “Est très legère”, perdón, oh, quiero decir, que es muy ligero. Hacía sol y la temperatura era agradable. Bueno, todo era agradable de no ser por el motivo de la visita. Rosa –Sí, eso está bien. Ernesto –De beber, ¿vino blanco?¿O prefiere agua Evian? Rosa –¿Agua qué? Ernesto –Evian, Madame, es un agua que traen de los Alpes suizos. Rosa –Pues… sí, agua. Se encontraba abrumada ante tantas atenciones, el lujo se estaba adueñando de ella. Qué sensación tan agradable. – 41 –


Mientras, Ernesto daba órdenes a Carme la cocinera, y después llevó la maleta de Rosa a la habitación de invitados. Cuando hubo terminado de comer, se levantó de la mesa y fue en busca de su habitación y de Ernesto para darle las gracias. Mientras encontraba a ambos, la casa le decía que su tía había cumplido su sueño; todo en la casa daba fe de ello, los muebles, los cuadros colgados en las paredes, la gran chimenea, las plantas, las fotos que guardaban momentos felices… todo era la prueba palpable de la felicidad que había experimentado su tía Isabel durante su vida en Barcelona. Lo había conseguido. Muchos eran los que en el pueblo decían que tenía la cabeza llena de pájaros, y que no iba a llegar a nada, cuan equivocados estaban. Isabel se había convertido en una dama de la alta sociedad de la capital de turia, e incluso me atrevo a decir que del país, pues entre las numerosas fotografías, destacaba una, que al contrario que las demás se trataba de una portada de una revista que Rosa se compraba cuando podía: “Vanidades”. A pesar de no leerla con frecuencia, ella sabía que en la portada de esa publicación sólo salía lo más granado de la jet set; sus ojos no daban crédito a lo que estaban contemplando, su tía Sagrario lucía sin una arruga, con un traje color beige, y el pelo suelto. Parecía que el tiempo no hubiera hecho mella en su rostro, como les pasa a todos los mortales, sino todo lo contrario; Cronos había sido más que benevolente, no sólo había impedido su envejecimiento, si no que le había otorgado una belleza especial, esa que sólo se adquiere con el paso del tiempo, y que por los signos de la edad y la sociedad esconden por miedo a la experiencia; esa que se llama madurez, y que por supuesto, estaba retocada a golpe de bisturí y fotoshop. ¡Qué sutílmente cruel puede ser el reloj!, nos otorga – 42 –


una belleza serena, tranquila, en algunos casos más hermosa que la que nos dio en la juventud, pero que es escondida por los achaques de la edad. Un pasillo, y tres óleos más tarde, llegó a la estancia que había de ocupar esas negras jornadas. Una vez más fue Ernesto quien la recibió: Ernesto –Buenas tardes Madame, espero que la comida haya sido de su agrado. Esta es la habitación de invitados, ¿quiere descansar un poco antes de que vengan las visitas?, ¡oh mon Dieu! Me temo que las amistades de la señora se han enterado de que usted ha venido expresamente para darle su último adiós y tienen mucho interés en conocerla… Rosa –¿En conocerme a mi? (no salía de su asombro), ¿a qué hora vendrán? Ernesto –Sobre las seis de la tarde, tranquila tiene tiempo para reposar, y estar radiante. Rosa –Bien, pues dormiré un rato, que falta me hace. Muchas gracias. Ernesto cierra la puerta y el silencio se adueña de la alcoba. Se descalzó para poder sentir el cálido tacto de la alfombra, la gran cama parecía esperarla con los brazos abiertos, así que no por no hacerle el feo a tan elegante lecho, hundió su corpulencia en el mullido colchón. No albergaba temor alguno ante la posibilidad de despeinarse gracias a llevar el pelo a lo “garçon”, así, despreocupada a pesar de las circunstancias que la habían llevado a aquella confortable estancia, cayó en brazos de Morfeo. Llevaba aproximadamente una hora soñando, cuando se sobresaltó ante el ruido estresante del móvil que la devolvió de algún modo a la realidad que la esperaba el sábado por la tarde. – 43 –


Rosa –¿Dígame? Rate –¡Nena! ¿has llegado ya a Valencia? Rosa –¡Ay Rate! Sí, llegué hace ya un rato, ¿cómo va todo por casa de la Doña Inés? Rate –¡Uy nena! No tienes que preocuparte de na’, tú tranquila, que todo sigue igual o ¡mejor!, no porque no estés tú cari, es porque, soy cabeza de cartel de la “Jaula”, ¿a que es genial?, ¡voy a ser la “Drag” principal! ¡Mari, que no me lo creo! Rosa –Chico cuánto me alegro, a ver si me traes una foto, que sólo te he visto los restos de maquillaje por las mañanas… Rate –Una foto ¡no!, ¡tienes que venir, perla! Te hace falta desmelenarte un poco, cari… que siempre haces lo mismo, de casa al trabajo y del trabajo a casa… ¡por Dior, nena, que vida no hay más que una! O ¿no te ha quedao claro con lo de tu tía?, que por cierto, lo siento muchísimo. Rosa –Gracias, la verdad es que aquí le fue muy bien a mi tía, ¡si vieras que casa!, vive, bueno, vivía en el centro, en un ático… ¡y hasta fue portada de “Vanidades”! Rate –¡Oh my God¡ ¡¿qué me estas contando nena?! ¡portada de “Vanidades”!, es que lo oigo y me pongo mala… si es que ya podrían traer la dichosa revista al kiosco del pueblo, que no me entero de na’, aunque estaría cambiadísima ¿no? Rosa –Bueno… si parecía una cría, sale con un traje beige mu’bonico, con un peinao… bueno… como las que salen en “Hola”, y tiene hasta mayordomo y cocinera… Rate –Nena tu tía se lo merecía, que bastante la han criticao ya en el pueblo, y sólo por ser una mujer adelantada a su época, imagínate lo que dirán de mi… bueno me da igual, ¿sabes?, porque mientras no le de un disgusto a Doña Inés, yo – 44 –


tranquila, menos mal que ellos no viven en el pueblo y se pasan la vida viajando, ¡eso si que es vida nena! Ah cari si necesitas hablar ya sabes ¿eh?, que con tanto hablar se me olvida que estas tu allí sola… ya sabes sea la hora que sea tú ¡no te cortes!, bueno cari, era para saber cómo estabas… Rosa –Muchas gracias Rate… Rate –Bueno cari, un beso ¡ciao bella! Rosa –Aleee… adio´adio´ El reloj marcaba las cinco de la tarde, cuando Rosa cerró su pequeño celular. Como mujer de su casa que era, no podía permitir que el desorden se apoderara de su habitación, así comenzó a ordenar su ropa y colocarla en el pequeño vestidor que a ella se le antojaba enorme. Las prendas que llenaban su valija apenas ocupaban una cuarta parte del vestidor. Cuando ya estaban todas colgadas en las perchas, se percató de que todas eran de color negro, salvo una camisa gris; por un buen rato, el lujo eclipsó su cometido en la ciudad. Había venido a un funeral, no a callejear y ver mundo como parecía y por supuesto como le hubiera gustado; aunque gracias a la pérdida de un ser querido iba a conocer gente y saborear placeres, que, en otras circunstancias; o, de no haber acudido a tan desdichado evento, no hubiera sabido ni que existían. Ya se lo repetía Rosa desde que subió al Talgo, “a veces, cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana”.

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CAPÍTULO 4

El carrillón de la casa anunciaba las seis de la tarde, Rosa se acicalaba en el baño de su alcoba, cuando sonó el timbre de la casa. Se oía un leve murmullo que se acercaba desde la entrada hacia el salón. Pronto se hizo el silencio, que normalmente crispa más los nervios que el ruido más ensordecedor. Rosa se puso nerviosa, como cabía de esperar, aquella debía ser gente muy elegante y de mucho postín, “la créme de la créme”. De súbito, llamó Ernesto a su habitación. Ernesto –Madame, las visitas han llegado ya. Son amistades de su tía. Rosa –Bien, ahora salgo, ¿puede acompañarme que estoy un poco nerviosa? Ernesto –Naturalmente (y cediéndole el paso, la acompañó hasta el salón). El silencio era dueño de la sala cuando Rosa irrumpió en ella. Tenía que romperlo de algún modo, y lo hizo con algo tan sencillo como un gesto de cortesía y educación: “Buenas tardes”, tras esto dio la mano a dos elegantes señoras. Trajes de chaqueta sobrios, bolsos grandes de piel, y peinados cardados. Rosa –Buenas tardes, soy Rosa Ortuño, sobrina de Isabel. (les da la mano, ni una mueca de simpatía podía vislumbrarse en el rostro de las recién llegadas). – 47 –


Una de las damas, la que parecía de más edad, responde –Buenas tardes, mi más sincero pésame; me llamo Ana María Escribano, su tía y yo éramos íntimas, cuando enfermé fue de las pocas amigas que estuvo a mi lado, y yo luego, no pude hacer nada por ella, se fue sin más... (las lágrimas escapan de sus ojos, y la señora que parecía tener la cara congelada, se derrumbó frente a una desconocida). Aún no me puedo creer lo que ha pasado... (al no poder contener la emoción, las palabras al quedarse cortas, dieron paso a los sollozos). Escasas palabras, y muchas lágrimas bastaban para decir lo que para las letras era insuficiente. Al ver tal reacción, y con gran seriedad en su rostro, la otra dama le dio sus condolencias. Se trataba de otra amiga de su tía, se llamaba Chelo Garrigues Miranda, y había estado muy unida a Isabel tras la muerte de su esposo. La señora Garrigues al igual que la tía de Rosa había sobrevivido también a su pareja, y cuando Isabel enviudó le prestó todo su apoyo. Aunque de gesto serio, y cierta frialdad en la mirada, Rosa con esa perspicacia que sólo otorga una vida llena de obstáculos, pudo adivinar que Chelo tras esa apariencia carente de calidez escondía una gran nobleza. Por otro lado, Ana María había pasado un cáncer de colon hace tres años, y por lo que más tarde contaría, Isabel hizo de madre, hermana, enfermera… pasaba las noches en vela a su cuidado, tanto es así que llegó a trasladarse una temporada a la casa de ésta. Su amistad databa del noviazgo entre Isabel y su difunto marido, cuando la tía de Rosa aún cursaba secretariado internacional. Una vez terminados sus estudios contrajeron matrimonio, y Ana pasó de ser una conocida a ser parte de su familia, ese núcleo al que no tiene porque unir lazos de sangre, que sólo exige el amor incondicional, del tipo – 48 –


que sea. Esa era su verdadera familia, su marido, Ana María, Chelo y el resto de sus amistades. Por la información que le dio la señora Escribano, Isabel nunca sintió el golpe gélido de la soledad. Rosa se sintió aliviada, al comprobar que Isabel había encontrado otra familia, que no la rechazaba por rencillas estúpidas, celos o envidias. Lo había logrado, se arriesgó y ganó. Ganó la gran batalla de la vida, que no es otra que ser feliz. Las señoras no paraban de platicar acerca de su experiencia personal con su tía; Chelo que al principio se mostraba más distante, incluso reía al contar ciertas anécdotas, algo que según decía era lo que Isabel quería, que todos sus seres queridos fueran felices. Pronto irrumpió Ernesto llevando consigo una bandeja, con tres tazas y un plato con pastas de té. Así, al calor de un té inglés, Rosa comenzó a dejar de sentirse una extraña; al tiempo que a pesar de que faltaba, se sentía más cercana a Isabel. Le contaron toda serie de episodios de su vida en la ciudad, y sobre todo, sus manías, extravagantes la mayoría, como la de que cada vez que viajaba con su esposo, Isabel tenía que ordenar su ropa por colores, y organizar la habitación, de modo que no salía del hotel hasta que todo estuviera en perfecto orden; tanto es así, que si notaba que algo en la alcoba era totalmente innecesario, inmediatamente ordenaba al botones que se lo llevara. Otra excentricidad muy particular, era aquella de que en la casa las sábanas y las toallas fueran todas de blanco absoluto, así como las flores que decoraban el interior de la residencia. La gama de los marfiles era por tanto, su paleta preferida. Casi todo en aquel lujoso ático era de algún tono blanquecino, algo en lo que Rosa aún no había reparado. Hasta los baños, de mármol – 49 –


beige, tenían todos los complementos en blanco. Además, le comentaron que Isabel se había convertido en un ejemplo de elegancia y “savoir faire”, y que su pasión era la moda. Llegó a coleccionar más de 70 vestidos, algunos de ellos de Haute couture (alta costura), y hasta 50 piezas de joyería. Firmas como Vasari y Carrera, adornaban habitualmente su cuello y sus manos en actos especiales. Su mayor extravagancia fue la de comprar un collar de esmeraldas de Colombia que pesaba más de un kilogramo, algo que ella justificó aludiendo que dichas gemas le traían fortuna. Y es que según la filosofía de Isabel, dinero llamaba a dinero, y por tanto a joyas. Poseía varias cajas fuertes en toda la ciudad, donde sus tesoros estaban herméticamente guardados. Rosa no salía de su asombro, y ya no podía hacer nada por camuflarlo, era tal la abrumación que le causaba dicha conversación, que sus ojos no cesaban de abrirse y sus cejas tampoco paraban de elevarse. Comenzó entonces a oirse un leve susurro, que parecía provenir de los ventanales. Entonces, la conversación paró en seco. Había comenzado a llover repentinamente; pero no de la misma forma que lo haría en la comarca de Rosa, torrencial e implacable, sino que se trataba de una leve cortina de agua que caía del cielo ahora encapotado; el firmamento se asemejaba a la panza de un burro, más que al color del mar. Parecía como si Isabel hubiera llamado a las nubes plañideras para que dejaran de hablar de sus manías; puede que fuera una excentricidad más de la difunta, ¿quién sabe?; La tía de Rosa no podía llevarse sus joyas y trajes donde quiera que estuviera, pero lo que si se llevó fueron sus caprichos. – 50 –


El chispeo incesante no cesó hasta bien entrada la noche. Al colgar la luna del cielo, paró de llover. Asemejaba cosa de brujas, pues todo quedó en silencio, la ciudad se detuvo durante esas horas de humedad constante, e hizo partir a ambas damas a sus respectivos hogares. Isabel ya no estaba entre los vivos, sin embargo se hallaba en la lluvia, en las plantas de la casa, en cada rincón, en el blanco impoluto, en la lengua de sus amigas… a Rosa aquella primera noche que pasó en esa urbe extraña, le dio la impresión de que su tía iba a aparecer por la puerta del recibidor en cualquier momento. Había dejado un legado tras su muerte, que no consistía en ningún libro, ni películas, ni pinturas, pues no era una artista de ese estilo, si no una artista mucho más terrenal. Gracias a las obras no palpables que hizo en vida, Isabel nunca fallecería para los que la amaban. Isabel seguía viva.

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CAPÍTULO 5

Tras despedir a Ana María y a Chelo, Rosa ya no se sintió una forastera en la metrópoli. El viejo carrillón de la casa, el reloj de bronce de la entrada, todos esos aparatos que bien podrían llamarse “marcatiempos”, hacían su clic-clac al unísono, y por tanto daban la voz de alarma a las diez de la noche, que no a las doce, como sería lo normal, pues Doña Isabel en su día había ordenado que los programaran para que sonaran a la hora en que se servía la cena. De ese modo, a las diez en punto, la casa se llenó de sonidos diversos, como diversos eran los relojes. En cuanto el silencio volvió a adueñarse de la estancia, entró Ernesto a la sala donde se encontraba Rosa viendo la televisión, despreocupada del paso del tiempo a pesar de estar rodeada de maquinaria suiza. Tanto es así, que se había dejado el móvil en su habitación y ni siquiera lo extrañó, al igual que no echó de menos Orchello en ningún momento. Ernesto traía algo escondido en la mano derecha –Madame, creó que sonó su teléfono; ¿qué desea cenar? Rosa –¡Ay! El móvil, a ver si me llamó mi mamá o mi Josefa,… pues de cenar… no sé, una sopica o algo así. Ernesto –Carme preparó crema fría de verdura y pastel de salmón, ¿le apetece, o prefiere otra cosa? – 53 –


Rosa –Eso está bien, pero no me ponga un trozo grande de pastel, por favor. Ernesto –Muy bien Madame. En seguida tendrá su refrigerio. Al quedarse sola en el salón, comenzó a registrar el teléfono. Había cinco llamadas de Carolina, y una de casa de sus padres. Llamó a Carolina. Tras dos o tres tonos, finalmente agarró el teléfono. Carolina –¡Hija Rosa! ¿cómo estas?, te he llamado lo menos cinco veces, ¿estas muy ocupada? Rosa –No, ahora no; es que esta tarde han venido unas amigas de mi tía y me he pasao todo el tiempo con ellas. ¿qué tal va todo por ahí? Carolina –Bien, como siempre, ¿tú cómo estas? Rosa –Mu bien, sí, dentro de lo que cabe no puedo quejarme, que tengo servicio y todo, como estoy en casa de mi tía… Carolina –Vaya con la Isabelita… me alegro por ella la verdad, era buena chica. Rosa (con pocas ganas de hablar) –Pues sí; no, si al final cada uno en esta vida tiene lo que se merece. Carolina –Yo creo que sí, que el tiempo pone a cada uno en su lugar; te noto cansada, si quieres ya hablamos mañana. Rosa –Sí, mejor, porque he tenido un día, entre el viaje y todo… mañana te llamo y platicamos un ratico ¿vale? Carolina –Venga guapa, un beso, adio´ Rosa –Adio´, adio´. Iba a pulsar de nuevo el botón verde con el fin de comunicarse con su familia, cuando decidió no hacerlo. No se habían molestado siquiera en acompañarla, ¿por qué tenía que llamarlos ahora?, ni hablar; por fin, comenzó a pensar en ella – 54 –


misma. Este fue el primer gesto que demostraba que Rosa estaba viendo otro mundo distinto, donde ella era lo primero y las familias no llevaban el mismo apellido. Así, desconectó el móvil, y se relajó. Mañana por la tarde era el funeral, y probablemente se encontrara con gente que no fuera tan agradable como las dos señoras a las que recibió aquella tarde. Tenía que estar preparada para todo. Ya cenada, se metió en la ducha, y tras rodearse de agua y vapor, deshizo la cama, e intentó dormir. Pero el sueño no llegaba, y las horas pasaban. El tiempo no entiende de problemas o de edad, sólo sabe caminar hacia delante. Las agujas corrían más deprisa que otras noches, o eso le pareció a Rosa. Los segundos, con su paso imperceptible, daban lugar a nuevos minutos que pasaban a gran velocidad, hasta contar sesenta, un hora más y otra más, y la vigilia no se marchaba de la habitación. Morfeo la había abandonado para dejarla en brazos del implacable Cronos. El silencio ensordecedor, la oscuridad cegadora, todo aquello que podía invitar a dormir, sólo conseguía mantenerla despierta, en alerta. No sabía bien a qué le estaba dando vueltas, pero había algo en su vida que no encajaba. En la penumbra de la noche, descubrió la infelicidad que arrastraba durante años y a la que parecía que se había vuelto inmune. Sin embargo no lo era. Nadie es inmune a la desdicha. Únicamente se puede estar o no acostumbrados, y en el caso de Rosa la infelicidad era el compás de su existencia, y por tanto, estaba más que habituada a ella. Hasta que salió, y la venda se le cayó de los ojos, existía otro mundo, parecido al que había visto ella en el papel couché, algo que a Rosa se le antojaba un sueño imposible de alcanzar. Llegar a – 55 –


ese nivel de felicidad y despreocupación siempre le había parecido algo inalcanzable. Mas aunque el insomnio normalmente nos maltrata el alma, nos hace ver las cosas con la frialdad de la vigilia, y por tanto, vemos las cosas como realmente son. Sin que nadie ni nada nos las eclipse a la luz del día. Y fue entonces cuando se dio cuenta de que nada era imposible. Gracias a la ausencia de Morfeo, Rosa por fin pudo reflexionar y hacer balance de lo que hasta ahora había vivido. El balance no era positivo, por lo menos para ella. Se dio cuenta que había vivido únicamente para los demás, ya lo había dado todo: amor, amistad, trabajo,… todos habían disfrutado de lo mejor de ella, excepto ella misma. Después de años de duro trabajo, decepciones, desamor, egoísmo, etc, realizar sus sueños, en la medida de lo posible, era cuestión de vida o muerte. Isabel murió repentinamente, ¿es que a ella no le podía suceder lo mismo?; por supuesto se respondió para si. El resultado de estas nubes de preguntas, lluvias de respuestas, cuestiones que la hacían cuestionarse otras cosas… se encontró inmersa en una tormenta emocional. Tras la tempestad llegó la calma. El cielo pareció abrirse, y de entre los nubarrones vislumbró el camino que debía escoger. La senda por la que iba a empezar a caminar no iba a ser un lecho de rosas, pero lo que sí estaba claro es que encontraría, le pesara a quien le pesara, un lugar bajo el arco iris.

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Rosa se va a Mexico  

Novela sobre una niñera

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