Issuu on Google+

Antonio García

REUNIÓN

Selección de Emma Cabal


Antonio García (Ponferrada, 1950). Mi primer libro de poesía lo titulé con el pretencioso nombre de Antología Poética. Allí había una recopilación de mis poemas escritos durante una década. Con el tiempo siempre tuve la intención de hacer una selección de aquella antología. Algo que me habían sugerido también algunos amigos. Sea por mi habitual dejadez o porque estaba ocupado con los sucesivos libros que han ido apareciendo, el caso es que aquella idea quedó relegada. Pero, como sucede con muchas otras cosas, gracias a que he conocido a una gran lectora, mejor antóloga, Emma Cabal, y sobre todo a su generosidad, ha sido posible este poemario Reunión, con el criterio de selección que ella ha decidido. Si hay algún mérito en este poemario es gracias a su buen hacer. Dejo constancia. A García


Antonio García

REUNIÓN Prólogo y selección de Emma Cabal

Valencia - mmxiii


© Antonio García 1ª edición, 2013

Edita: Pasionporloslibros ISBN: 978-84-15933-41-0

Impreso en España / Printed in Spain Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación ni de su contenido puede ser reproducida, almacenada o transmitida en modo alguno sin permiso previo y por escrito del autor.


PRÓLOGO


Una vez escuché a alguien decir que los libros que realmente nos gustaban a los que nos gustaba leer eran aquellos que hablaban de nosotros. Recuerdo que ponía como ejemplo La metamorfosis y decía que si a él le parecía una obra maravillosa, imprescindible, era, sobre todo porque él mismo, más de una vez, al despertarse, había tenido la sensación de que se había convertido en un insecto. Yo he sentido esa especie de flechazo fundamentalmente con la poesía, con determinados poemas y poetas que me hablan directamente a mí o hablan de mí. Al tener entre mis manos la Antología poética de Antonio García, tras mirar atentamente la cubierta, abrí el libro al azar, leí Señora sin sombrilla y me dije: «eh, esa soy yo; sin joyas, pero soy yo». Y ya no pude soltarlo. Y es que los poemas de Antonio hablan de literatura y de libros, de la maravillosa inutilidad de la poesía, de las eternas inseguridades del escritor ante la página en blanco y de la indecisión sobre la validez de la página ya escrita. Pero también aborda los grandes temas de la literatura universal: el paso del tiempo, la vejez, la enfermedad, la muerte, el amor, el sexo, el deseo; siempre desde la óptica de la vida cotidiana, de esa vida 7


exenta de grandes tragedias en la que parece que nunca ocurre nada pero pasa todo: las tardes indolentes de domingo, la rutina de la que puede sacarnos a veces la sonrisa de una cajera de supermercado, la familia, la fragilidad, la ternura, la lluvia, los amigos, la desidia, la noche, los hipnóticos. Consigue a veces golpearnos, hasta desgarrarnos, emocionarnos casi siempre, y la mayor parte del tiempo nos hace sonreír al vernos en su espejo. Este prólogo tiene, por fuerza, que ser breve. Podría señalar las influencias y las coincidencias con poetas afines (Luis Alberto de Cuenca, Karmelo Iribarren, Amalia Bautista, Roger Wolfe…), podría indagar en las lecturas o en la biografía personal del autor, analizar la métrica y el ritmo de algunos poemas, recuperar las referencias literarias, filosóficas, musicales y cinematográficas que aparecen en su obra… Pero ¿tiene sentido algo de eso? ¿Sirve para algo? Lo importante, lo realmente importante, es que tú, lector, cojas el libro, te sientes cómodamente en tu mejor sillón y te dispongas a leer. Relájate, disfruta, y estate muy atento, no pierdas palabra, que Antonio García te va a contar tu vida. EMMA CABAL

8


DEL OFICIO DE ESCRIBIR


UN LECTOR LE ESCRIBE

De sus poemas, prefiero los abiertos, no muy largos. Los espejados, trasparentes, donde reconocido a veces no me reconozco; los amorosamente epicenos, murmurando música barroca —tonalidad, melodía, cadenza: cierto aire de oboes y flautas— que sugieren variaciones, otro enfoque; los acabados que se trasforman en otros distintos con solo cambiar un sustantivo —sin perder lo ya compuesto—; aquellos, sobre todo, que rezuman deseos, sensaciones, pongámosle algo de entusiasmo y pasión —nada con exceso— 11


Los demás, tan sublimes, se los devuelvo con Hermes —comprenda mi torpeza—, a mí nada me dicen. (Un lector le escribe).

12


SEÑORA SIN SOMBRILLA

Estaba julio en su verano. La veo —la edad vencida, ella— sentada en una silla de plástico, gargantilla y pulsera a juego, doradas, pendientes de majórica, gafas de marca, —un libro abierto, en las piernas detenido— mirando ausente las cáscaras de pipa que maquinalmente va escupiendo. Al rato, dobla el borde de la página, se levanta y pasea las uñas —rojo intenso— por la playa. Cuando vuelva, estoy por preguntarle: —En qué estás leyendo.

13


ATELIER DES LETTRES

Sé que es un oficio solitario, lo demás son cuentos chinos. Aun así, propongo, entre otras, dos alternativas para escribir en tiempo de escasez, aparte de aislarse en una habitación, acondicionada Á la recherche o tumbado en la cama. La primera parece sencilla pero requiere cierto esmero. Sentaros en una mesa del café, frente a un gran ventanal. Suponeros que el día está nublado. Anotad en vuestro cuaderno: casas, cornisas y balcones, árboles, tendero barrigudo abriendo el negocio, viejo que duda al cruzar el semáforo, obreros que parecen pasmarotes, ejecutivo con portátil, muchachos de viento, camino de la escuela, 14


dama con perrito perdiéndose calle abajo. Y así. La segunda necesita un pequeño esfuerzo. Consiste en mezclarse por entre la multitud de un mercadillo ambulante y entretenerse en los puestos de las verduleras y mercachifles de saco de patatas nuevas de la tierra o sudadera adidas: «¡a seis euros, oiga!» Y gente variopinta tocando, mirando, mirándose, en chándal o de esa manera, tan diferentes de esas otras que suben por las escaleras mecánicas de los grandes almacenes hasta la planta de menaje para el hogar o ropa para caballero. Observemos ahora el aire uniformado de las dependientas, el olor a talco y Chanel, aquella señora luciendo palmito delante de un espejo, este cincuentón buscando la juventud en la boutique. (Una sugerencia, solo: guardad silencio, no adquiráis nada. Os hablarían, una sonrisa, tal vez algún desdén, y se rompería el encanto). —No fue tan complicado, ¿verdad? 15


RETALES

Un anochecer cualquiera, gris, —sin luna ni lluvia, que tanto gusta a los poetas—, abandona la lectura de sus autores predilectos y por extraño arrebato se enfrenta a la blancura del papel con una decisión irresistible. Así le da la sobrenoche, hasta que agotado, exclama, dichoso: —¡Por fin he logrado el poema que esperaba! El sueño apenas, vuelve luego, cuando el sol echa los postigos, sobre el nocturno memorable, y relee aquellas frases inconexas, alguna figura retórica manida no exenta de asonancias hostiles. Y definitivamente reconoce sin ambages: —¡Hay qué ser muy imbécil para escribir algo como esto! Ya la hoja a punto de romperse en el sitio exacto de la papelera, 16


se detiene: —¡Este verso, este verso acaso merezca la pena! Abre entonces el destartalado baúl y deja la cuartilla junto a otras que componen esa obra concluyente que algún día ha de escribir.

17


COMO UNA CERVEZA HELADA

Envío el borrador del poemario a unos cuantos amigos, antes de enviarlo a imprimir. Ellos son buena gente y siempre me responden. Sus comentarios son dispares, de eso se trata: «Me gustaron, sobre todo los elegiacos. No tanto los prosemas. Demasiado conceptual, le resta intimismo…» El crítico literario me escribe cinco folios, con citas, referencias y llamadas: «Veo la obra un conjunto cerrado. Lo que está en el mundo y se percibe, y lo que no vemos con los sentidos, el origen de las más antiguas oraciones…» 18


Mi amigo el camarero, me dice: «Tío, lo tuyo es muy triste, qué quieras que te diga. A mí me das una cerveza helada, cierro los ojos, y soy el tipo más feliz». (Bueno, a ver lo que dice el editor).

19


LEYENDO A ROSSETTI, ANA

Son de esas tardes que uno ve pasar la horas, como muerto. Un libro espera en la mesa. Por fin se decide, indolente lo entreabre. Al principio, el verso elaborado, culturalista, poco a poco lo despierta. DespuĂŠs advierte el sobresalto de una palabra decadente en la entrepierna dejada. Una pausa, toma aire, y luego avanza, hurga con movimientos medidos (dedos, senos, boca) hasta que pedĂşnculo, terso tallo, se yergue y enardecido busca 20


Reunión