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Querido

Z ufre tú eres

José Rocha Rufo


José Rocha nació en Huelva el 31 de agosto de 1970. Tras estudiar un Grado Superior de Biblioteconomía y Documentación de Archivo, comenzó a dedicarse a la escritura creativa con mensaje de fondo. En diciembre de 2010 publica su primer libro, Pide ayuda a los árboles, cuentos para despertar. En diciembre de 2011 publica Jesús y la palma del río, su primera obra en prosa. Con Querido Zufre tú eres nos ofrece su último reto, llegar al corazón de los lectores, mostrando al mundo la belleza del pueblo que lo vio crecer, y en cuyos emblemáticos rincones se forjó la magia creativa y original, que brota espontánea de su sencilla y cálida prosa.


Querido

Ztúufre eres José Rocha Rufo


© José Rocha Rufo

Edita:

I.S.B.N.: 978-84-15649-96-0 Impreso en España Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación ni de su contenido puede ser reproducida, almacenada o transmitida en modo alguno sin permiso previo y por escrito del autor.


Índice I PARTE: Recuerdos de otros tiempos................................ 5 Zufre....................................................................................... 7 Lo tuve que creer…................................................................. 8 La calle del Medio................................................................... 10 Luna de julio........................................................................... 12 La calle Larga.......................................................................... 14 Las Peñuelas............................................................................ 16 La calleja de Santa Zita............................................................ 18 La Mimbrera........................................................................... 22 A la fuente mimbrera............................................................... 24 La cuesta Rodeos..................................................................... 26 La piedra Redonda.................................................................. 28 La plaza de la Iglesia................................................................ 31 La plaza de la Quebrada.......................................................... 34 El paseo de los Alcaldes........................................................... 36 En la fuente de las ranas.......................................................... 40 La calle Linares........................................................................ 41 El barrio de San Sebastián....................................................... 44 La ermita de Nuestra Señora del Puerto................................... 46 La rivera de Huelva................................................................. 49 Lamentos de agua viva............................................................. 54 Campos de Zufre.................................................................... 55


II PARTE: Homenajes ...................................................... 59 Florecillas rojas para ti, María del Puerto Alfonso.................... 61 La llave de la Iglesia................................................................. 67 Homenaje a Don Luis Fernández Manzano............................. 71 III PARTE: Escritos a la Virgen del Puerto........................ 75 Querida Virgen del Puerto...................................................... 77 Virgen de los Emigrantes......................................................... 80 Viviendo al límite.................................................................... 83 El candelero de la Virgen......................................................... 86 La dama de noche................................................................... 89 Lágrimas de luz y sangre.......................................................... 92 Primavera en diciembre........................................................... 95 La última romería.................................................................... 98 Un año sin la Virgen............................................................... 101 IV PARTE: Relatos ........................................................... 105 La Diosa Madre....................................................................... 107 Amor de locos......................................................................... 111 A solas con su dolor................................................................. 117


I PARTE

Recuerdos de otros tiempos

A Felipe el carpintero, en homenaje p贸stumo, y a toda su familia, por su amorosa dedicaci贸n a la imagen de Nuestra Se帽ora la Virgen del Puerto, Patrona de Zufre (Huelva).


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Zufre Zufre esplende en tu belleza como blancas flores de un jardín sorpresa anónima de escenas sobre la Sierra Solana te vi Derramado de conchas blancas tus casas cegaron mis ojos y fueron tantas mis ansias que vivir en ti me supo a poco Con nostalgia miro mi ayer cuando era espiga en tus campos hoy en mí ya no hay sed pues me has colmado de encantos Zufre llama sin fronteras abre hoy tu celemín muestra al mundo tu grandeza sin temor a compartir Zufre grande, Zufre entero vales oro, flores y cielo paloma blanca de la Solana no temas alzar tu vuelo Porque eres alto, y tienes tanto eres viejo, eres bello yo te canto que eres Santo hoy quiero amarte de nuevo

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Lo tuve que creer… Cuando era pequeño, me deleitaba buscar e indagar en todos los rincones ocultos de mi casa, con el fin de averiguar en qué lugar había nacido. En cierta ocasión, mi abuela me preguntó: –Niño, ¿qué buscas todas las tardes en el doblao? –Estoy buscando el sitio donde nací –respondí simulando un cierto malestar al profanar mi preciado secreto. –¿Qué crees, que naciste aquí? Por un momento me sentí un tanto confuso. Todo mi mundo y toda mi vida estaban reducidos a mi casa familiar. –¿Entonces adónde nací? –pregunté inquieto. –Naciste en Huelva, en un hospital. Al escuchar el nombre de “Huelva”, vino a mi mente, sin saber por qué, la imagen de un tiburón que había visto en un documental de televisión. –¡Huelva! ¡qué nombre tan raro! ¿y eso adónde está? –Muy lejos hijo, muy lejos, por lo menos a dos horas en coche –suspiró alterada– además la playa está al lado. Por un momento traté de imaginarme la inmensidad de un mar que nunca había visto. –¿Cómo voy a nacer junto a la playa, si no la he visto nunca? Al oír mi pregunta, mi abuela se dirigió de nuevo hacia la pila de lavar del patio, sonriendo y moviendo la cabeza. Confuso, traté de preguntarme por qué me llevaron tan lejos para venir al mundo, y al girar mi cara hacia la oscuridad que brotaba tras la puerta del doblao,

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desistí de mi búsqueda inútil, y sin más, aunque a regañadientes, lo tuve que creer… Hoy día, cuando recuerdo esta graciosa anécdota, siento una de las más extrañas sensaciones, la nostalgia de algo que nunca ha sucedido… ¡cuánto me hubiera gustado nacer en Zufre, mi pueblo!

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La calle del Medio El sol del atardecer parecía invitarme cada día desde la ventana del salón, para que conociera un poco más de ese mundo, que a tan temprana edad estaba limitado a mi casa. No exento de cierta osadía, gateaba hasta llegar a la ventana que daba a la calle, y con un titánico esfuerzo lograba ponerme en pie agarrándome a los barrotes, en los que a modo de molde de máscara, introducía mi cara hasta la altura de las orejas. Sin reloj, y sin conocer el curso del tiempo y de las horas, intuía el momento exacto en el que algunos jóvenes, vecinos de mi calle, pasaban junto a la ventana, arreglados y engalanados para ir a divertirse en el club juvenil que tan cerca quedaba de mi casa. Aún recuerdo cuán denso y agradable era el perfume que emanaban. Poco después contrastaba el lento y marcado sonido de los cascos de los mulos, que amarraban en una argolla de la pared a pocos metros de mi reja, y el olor a heno húmedo lo inundaba todo. Cuando el sol se ocultaba, pero aún brillaba opaca su luz residual, un tenue rayo azulado procedente del reflejo de la persiana, teñía la pared del salón. A lo lejos se oía el suave rumor de muchachas que, aun cansadas, venían de apañar aceitunas riendo y contando cosas propias de mujeres. En esos momentos la calle del Medio se convertía en una pasarela de moda, en la que faldas largas, sucias y rebozadas en tierra y polvo, cubrían bellas piernas embutidas en pantalones de hombre. Al fondo se oía en la radio el consultorio sentimental de Elena Francis. Mi madre y alguna que otra vecina, compartían sus secretos y conocimientos sobre un nuevo estilo de punto de lana. Siempre me pregunté qué diantres sería eso que llamaba Elena Francis “el acto carnal”. No sé en qué momento pisé por primera vez la calle por mis propios medios, pero al intentar echar una mirada retrospectiva, el primer recuerdo que aflora en mi mente me dice que portaba una brújula en

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la mano. Me resultaba fascinante observar la flecha fija en el Norte magnético, y su desobediencia cuando pasaba sobre ella algún que otro imán que me había encontrado. También gastaba mi tiempo jugando a capturar el sol en un espejo mediano, y lanzar su rayo sobre las paredes más altas de la calle, allá por las escaleras que van a la torre. Cuando éste se colaba por algún cristal roto de una vieja ventana, transformaba en un instante lo oscuro en luminoso, al igual que si en esos viejos desvanes, se hubiera encendido de improviso una bombilla en pleno día. Cuando cierro los ojos, puedo ver el empedrado antiguo, cuyas enormes piedras, semejantes a caparazones de tortugas, se embutían entre prolijos brotes de hierba a los que algunas mujeres echaban sal para que se secaran. De vez en cuando, o a propósito, algún que otro rebollo se desprendía, y los niños aprovechaban esa oportunidad para hacer un agujero y jugar a las bolas. Ahora me pregunto, cómo podíamos lanzar el trompo en un terreno tan abrupto e irregular, o las niñas jugar a la cuerda y al elástico sin padecer un esguince de tobillo. Hoy día, la calle del Medio se encuentra muy solitaria. En una tarde cualquiera, entre niños y personas adultas podían deambular por ella más de cincuenta personas. ¡Qué hermosas noches de verano! La gente tomaba el fresco, los niños se acostaban tarde, las colillas de cigarros encendidos volaban cual estrellas fugaces. Me encantaba ver la serie de adultos Dinastía en la tele de mis vecinos, sentado en el umbral y vestido con un fino pijama celeste. ¡Qué deleite escuchar el chirrido de las mecedoras, y algún que otro difuso ronquido, cuando la luna llena, a altas horas de la noche, se rascaba su abultada panza en la punta del pararrayos!

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Luna de julio Incierta luna que abrumas las noches de julio tachonando cual goma esférica la presencia de las estrellas los niños corren estimulados por los rayos de ese sol que te abrasa, a veces media, tal que entera o te ignora y descuida cual luna nueva En la noche de julio los niños juegan las viejas charlan en las aceras y un cigarro vuela gastado como fugaz estrella tras una ventana ronquidos, tras otra suspiros cuatro hamacas chirrían y el gato se sienta En la luna de estío no existe el tiempo las cuatro, las cinco, se calman los vientos algún susurro, algún lamento los perros ladran allá en los cerros por tarde que sea, los ojos permanecen abiertos

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Ya llega el resencio, los niños se juntan en las esquinas las madres susurran con voz anodina niño a la cama que el sol ya se ha puesto y la luna de julio que campa en silencio derretirá con sueños tu dulce aposento El viejo camina, las sillas se guardan puertas cerradas, ventanas abiertas la calle dormida en silencio se queda el gato se tumba sobre la acera y la luna, tranquila y serena, con el viejo cansado, silenciosa pasea

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La calle Larga La calle Larga era el punto neurálgico del barrio bajo del pueblo. La primera vez que la pisé de un modo autónomo, fue una tarde de invierno en la que un lejano rumor se aproximaba lentamente, anunciando algarabía. Los niños y niñas, habían decidido organizar una espontánea y pintoresca banda de música, utilizando todo tipo de objetos prosaicos. Al ver mi cara de sorpresa y felicidad, me dieron en casa dos tapaderas de cacerolas viejas, y extasiado, decidí seguir aquella extraña comitiva, que más parecía una procesión de hinduistas adorando a una brillante deidad de plata. Decir calle Larga, era sinónimo de juegos y agua. A pesar de tener mayor número de habitantes que en la actualidad, en aquellos años había muy pocos coches, y por tanto mínimo tráfico. Los niños de todas las edades ocupaban gran parte de la misma, jugando al matá con una pelota de goma blanca, que picaba cuando te golpeaba más que el garrancho de una avispa terrera. En esa calle era típico divisar rostros poco habituales. Con el tiempo, y cuando fui por primera vez a la escuela, comprendí que se trataba de niños de otros barrios muy lejanos, que, de cuando en cuando, bajaban para jugar atraídos por alguna nueva moda, que aún no había proliferado en los altos de la villa. Decir agua, era sinónimo de diversión y de terror. En el centro de la calle Larga hay una fuente, o más bien un antiguo pilar, como decimos en los pueblos, y justo enfrente una reja por donde desagua el mismo hacia las huertas. Antiguamente, a este punto de vertido, le llamaban el portón, porque precisamente estaba constituido por una enorme formación protuberante sobre la pared, con un orificio cubierto por una puerta de chapa, que cuando algún adulto la abría, a los niños nos daba pavor mirar semejante abismo de oscuridad. Si para los niños, el pilar era un placer, para los más jóvenes, el portón era una diversión. Les encantaba amenazar a los más pequeños con meternos

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dentro, y de hecho, en más de una ocasión presencié tan siniestro acto con mis propios ojos. En verano, los niños jugábamos a subirnos a lomos del muro sobre el que nace el chorro de la fuente. Para un mico de corta estatura era un ejercicio de gran proeza, y antes de colocar la antiestética cabina telefónica sobre la ancha acera de cemento, corríamos a gran velocidad sobre la misma, hasta saltar poniendo las manos a modo de potro olímpico. También podíamos jugar a matar avispas, o hacer equilibrio sobre el pretil. Después de dos horas, había más agua escanciada sobre las piedras de la calle, que en el interior del cristalino estanque de esmeralda. La calle Larga tenía, tiene y tendrá un especial señorío y talante. Quizá porque en tiempos remotos dicen que el pueblo nació en esta zona; porque antiguos Vía Crucis deambulaban por ella, procedentes de la ermita de Santa Zita; por las enormes casas solariegas; o porque recibe con excelsa dignidad y majestad la llegada al pueblo de Nuestra Señora del Puerto y los caballos de la romería. Como quiera que sea, la luz parece brillar de un modo distinto en este lugar, en el que el tiempo parece haber detenido su fluir ininterrumpido. Para los más pequeños, esta hermosa calle propiciaba una ocasión estupenda para ir más allá de la misma, dirección a las pilas, Las Peñuelas, y para los más valientes, al cementerio o al cercadillo de los muertos. ¡Qué bella imagen ver a los niños jugando a piola, y a las niñas cantando ancestrales canciones con trenzas que lamían con brochazos oscuros sus esbeltas piernas! Nunca olvidaré una noche de Reyes Magos, en la que mi padre me subió a lomos del caballo blanco del Rey Baltasar. Por un momento, aunque de un modo tímido, el Rey y yo cruzamos miradas. Me admiraba estar rodeado de tantas joyas y ropas brillantes de colores. Durante días bajé corriendo hasta la calle Larga, para ver si volvía a ver al Rey Mago dando de beber a su caballo. ¡Qué bonito ver pasar la carroza de la Estrella junto al chorro de la antigua fuente!

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Las Peñuelas Recuerdo este balcón de piedra caliza, como un paisaje lunar de enormes formaciones blancas y rebolludas. De cuando en cuando, grandes y pequeños agujeritos, daban a la roca el aspecto de un viejo queso gruyer. Algunas personas mayores prevenían siempre a los pequeños para que no se acercasen al precipicio, o metieran sus dedos en las concavidades, donde podría haber algún animalito escondido. El primer recuerdo que viene a mi memoria sobre este precioso lugar, es una escena que nunca entendí. De pequeño me encantaba asomarme al precipicio, eso sí, cuando no me veían los mayores, y gritaba a pleno pulmón: ¡fantasía!, mientras miraba extasiado en dirección al cortijo de la Noria. En los años setenta y ochenta, cuando aún no éramos víctimas de la dictadura sorda legal que padecemos, se organizaban concursos de tiro al plato. Después de amurallar la zona, crearon una pequeña plataforma, que aún hoy día existe, desde donde una persona lanzaba con una potente máquina los discos, que no tardaban en quedar pulverizados en el aire por los disparos. De mayor me encantaba sentarme en este lugar para leer, colocando las piernas colgando sobre el precipicio. Entre descanso y descanso, disfrutaba observando la sensual fisionomía de la sierra Vicaria, la cual me ha parecido siempre un enorme pan de a kilo, tras el que se oculta la ermita de la Virgen. Las Peñuelas han sido, son, y serán siempre un lugar de debate y encuentros. Cada vez que me siento en sus bancos, no puedo dejar de recordar el sinfín de personas maravillosas, que desgraciadamente han dejado ya este mundo de Dios. Si cierro los ojos me parece escuchar a mis abuelos, con sus garrotes de madera y lanzando humos grises al cielo. ¡Qué lugar más cálido! ¿será porque está orientado hacia el sur?

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Si te asomas en las noches de verano, puedes ver sin mucho esfuerzo, las constelaciones de Escorpio y Sagitario, cabalgando sobre los montes. No hay nada más espectacular, que sentarse junto a la hoguera en la noche de las candelas, que es una fiesta ancestral que se celebra en la madrugada del día de la Purísima Concepción, y ver corriendo entre las calles estrechas a los niños con los abelorios –haz de varitas de San José secas- prendidos en llamas. Me encanta observar las caras de sorpresa de los forasteros, que visitan el pueblo cuando llegan a este lugar. Todos dicen: “¡Qué bonito paisaje, y qué bello lago!”. Nosotros acostumbramos a llamarlo pantano, pero la palabra lago, suscita en mi mente recuerdos de bellos cuentos infantiles. En uno de ellos, un príncipe hacía de tapón en las profundidades del agua para que su princesa, la cual, bajo influjo de maldición de bruja, flotaba en el aire sin poder jamás tocar el suelo, pudiera nadar en las aguas cristalinas, único lugar donde se sentía cómoda. ¿Será ése el motivo por el que la rivera ha crecido tanto?... ¡Pobre príncipe enamorado!

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La calleja de Santa Zita Desde que se hizo la luz, la calleja de Santa Zita ya no es la misma. Mientras el sol cabalgaba radiante por el cenit del firmamento, todos los niños aprovechábamos para ir a jugar al cercadillo de los muertos. Este inmenso bosque de eucaliptos, era el lugar ideal para divertirse, esconderse, hacer emboscadas, coger las semillas para crear cerbatanas con la funda de los bolígrafos. Otros niños preferían deleitarse siguiendo el curso del agua, que como riachuelo se dirigía hacia las albercas de las bonitas huertas que circundaban la calleja, sobre antiguas lievas de teja de época Almohade. A medida que te adentrabas en este camino, el misterio se iba haciendo cada vez más patente. Al final del bosque de eucaliptos, la calleja se curvaba hacia la derecha, en este punto, un grandioso nogal cubría con grandes hojas la bóveda del firmamento, hasta descansar sus ramas sobre las tejas de la fachada de enfrente. El camino de tierra y piedras calizas, se encontraba adornado de un modo natural, por unas plantas de grandes hojas carnosas y brillantes, así como de unas flores de color celeste violáceo, que muchas personas decían que eran las mismas que se manifestaron en el milagro de Santa Zita. A la caída de la tarde, era típico ver a varias mujeres paseando, procedentes de la ermita de la Santa. Aún recuerdo aquellos anocheceres, cuando la mujer encargada de cerrar con llave el recinto, regresaba con paso cadencioso y vestida de riguroso luto, tarareando alguna canción antigua. Es una estampa que nunca olvidaré. De tarde en tarde, los niños nos reuníamos para hacer apuestas: “¿Quién se atreve a ir de noche a la ermita, y dar tres golpes fuertes en la puerta?”. Por aquellos años, corría el rumor que una niña fue de noche hasta aquel misterioso lugar, propinó tres golpes en la antigua puerta de madera, y jamás regresó con vida. La leyenda dice que fue una

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pequeña mata, la que se enganchó en su vestido, y fue tal el susto y la impresión, que falleció en el acto. Recuerdo una de esas fantásticas noches del mes de julio. Creo que yo tenía unos ocho años. Por aquel entonces, los jóvenes del pueblo marcaban las distancias con los que veraneaban oriundos de la capital. Sobre las once de la noche, un tumulto de sevillanos se dirigió hacia la calleja, internándose en la oscuridad entre risas y carcajadas nerviosas. Diez minutos más tarde se oyó un estruendoso grito de terror, y todos

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regresaron corriendo hacia la luz, como almas que lleva el diablo. Una hora más tarde, cuando ya se había aclarado todo, descubrimos que había sido una broma macabra. Dos chicos del pueblo se habían subido en el nogal, y justo cuando pasó el tropel, hicieron descender una sábana blanca con una linterna encendida en su interior. El grito de terror fue de una joven que, en lugar de volver hacia el pueblo, corrió presa de pánico en dirección a la ermita. Actualmente todo está cambiado. En el lugar del cercadillo de los muertos, han construido unos espaciosos aparcamientos, que permiten desahogar de coches la calle Mesones y la calle Larga. Desde este lugar se aprecia una bonita estampa, aunque lejana, del cerro y la ermita de Tentudía en la provincia de Badajoz. Así como una bella imagen del barrio del Cabezuelo. Nada queda ya de las viejas lievas, con ese sonido del agua, que tanto valoraban las culturas árabes. El suelo de la calleja, está limpio de malas hierbas y empedrado hasta la misma puerta de la ermita, y han construido el más bello hotel que puedes encontrar en toda la sierra de Huelva. A veces, me gusta pasear de noche por la calleja. La luz de las farolas y del hotel, han quitado todo peligro y han velado el halo de misterio. Aun así, la parca ventana oscura de la ermita, me recuerda a aquellos viejos tiempos en los que, hasta de día, daba respeto asomarse tras los barrotes. Es curioso ver cómo la luz de la farola se adentra en la oscuridad partiendo en dos el suelo del templo, reflejando cual luna llena el bello rostro de la Santa. ¿Te atreves a mirar?...

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La Mimbrera Como todo lugar que merece la pena, la mimbrera se encuentra oculta. Humilde entre cerros de olivos y encinas, se accede a través de una estrecha calleja recientemente remodelada, más bien parece el acceso a un bosque encantado gallego. En ella se respira humedad, así como el agridulce olor a excrementos de todo tipo de animales estabulados en pequeños habitáculos, cuyos ventanucos miran impasibles al Norte. Recuerdo que en los años setenta hubo una gran sequía, o quizá fue una avería en el pozo de agua municipal, que mantuvo a la villa sin agua potable durante un par de semanas. La fuente de la mimbrera fue el único punto que no dejó de verter el preciado líquido. Durante días, las mujeres y los niños hacíamos cola para recoger un poco de agua en algún recipiente que no pesara mucho, pues era largo el trayecto de vuelta a casa. Si cierro los ojos, aún recuerdo el agradable aroma a barro cocido de los búcaros policromados que habíamos comprado en la Peña de Alájar. Siempre me ha llamado la atención, un pequeño arco de medio punto, elaborado con ladrillos de barro, que se encuentra entre la calleja y el chorro de la fuente. De pequeño oí decir que se trataba de una construcción realizada con el fin de proteger a las mujeres, que iban a lavar la ropa, cuando llovía. Recuerdo una tarde de otoño que me tuve que refugiar allí junto a mi abuelo. Una tormenta de granizo nos cogió de improviso, regresando de pasear de la fábrica de corcho. A mitad de camino entre la fuente y el portachuelo, hay una pequeña meseta, desde la que se aprecia una vista del pueblo y del pantano preciosa. Si alguien busca un sitio para relajarse y desconectar, éste es el más indicado. Mi abuelo y yo lo llamábamos el cerrote. En este lugar el cielo se encuentra tan próximo, que de pequeño saltaba y saltaba, con la fantástica sensación de encontrarme a pocos metros de las nubes.

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La calleja de la mimbrera era el lugar ideal para jugar a la lima. Hasta niños del barrio alto venían vadeando por la calle Ladera, para jugar con nosotros, pues poseía un tipo de tierra que se abría sin obstáculos ante la presión puntiaguda del hierro. A veces deteníamos nuestros juegos, para dar paso a un viejo que caminaba cansado, o a un hombre que iba a dar de comer a los animales. Aún recuerdo el sabor de los caramelos gordos que nos ofrecían algunos, mientras nos daban instrucciones exactas de cómo en sus tiempos se lanzaba la lima y el trompo. ¡Qué maravilla sentarse junto a la fuente, escuchar el sonido del chorro de agua y observar el suave vuelo de las avispas y libélulas, que con vaporosos toques, besan el estanque de suave esmeralda!

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A la fuente mimbrera Incliné las manos de mi corazón sediento rodilla en tierra, sonrisa amplia y el recuerdo de otros tiempos sonidos perdidos entre abismos de parras inundó de vida lo que mi mirada abarcaba Búcaros, piporros, cántaros sombras, luces, algarabía de jornaleros cansados sonidos perdidos, lejanos padres, abuelos y otros ancestros rodilla en tierra, todos te besamos Fuente vieja de campos de olivo calles torcidas, tejas y lievas prometen en cada esquina y en cada mirada cansada y perdida el abismo de tu presencia Abrazas mi corazón herido en un cuerpo que todo lo tiene y nada desea cobarde de un hambre que otros sufrieron sediento de luz, coraje y fuerza de aquellos que se sentaron en ti con dolor en sus piernas Y en la orilla mojada que todo salpica, que todo lo alcanza mi espalda se inclina, torcida y cansada mi boca, entre espasmos, te adora y seduce en un beso infinito que calma mis ansias

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Fuente mimbrera perdida entre huertas avispas, perros, y sapos suspiran tu agua, se hinchan de vida huyendo al sonido de un paso cansado bastones, tosidos, un viejo se acerca Campando a mis anchas comparto tu agua, mi vida y palabra un cigarrillo, una historia, recuerdos del alba pasado y presente se cruzan miradas y la luz desdobla la tierra cual paño oscuro tejido de lana ¡Ay! fuente vieja, fuente de mi alma cansada anhelo de los ausentes, alegría del que en ti se sacia mi rodilla se alza, la vida sigue, y tú, inquieta y estática a lo largo del tiempo, seguirás dando vida más allá del futuro, más allá de mi alma.

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La cuesta Rodeos Para mí, la cuesta rodeos es sinónimo de libertad y naturaleza. De pequeño me encantaba jugar con mis amigos en el antiguo vacie, un sitio donde te podías encontrar de todo. Hoy día la naturaleza ha purificado este fantástico lugar, desde donde se aprecian unas vistas del horizonte Oeste fantásticas. De pequeño, mi día favorito de la semana era el domingo. En casa me preparaban un bocadillo, y sobre las diez de la mañana me pasaba por la casa de mi amigo A, el cual tenía dos cabras preciosas, un perro y un águila domesticada. Como dos pequeños jornaleros, nos dirigíamos camino abajo, hacia las amplias dehesas de encinas y alcornoques, que lamían la orilla de la antigua Rivera de Huelva. Si el clima era cálido, no dudábamos en ponernos en calzoncillos, y darnos un baño en las frías aguas. Ahora que lo pienso, ¡qué peligro más grande corríamos!, sobre todo cuando se notaba entre las piernas la fuerza de la corriente interna del curso del agua. Lo mejor de todo, era cuando nos comíamos los bocadillos bajo la fresca sombra de los Pinos del Duque. ¡Qué bonito ver el suave y majestuoso vuelo del águila de mi amigo entre las copas de los pinos! Concluida la mañana, dábamos un giro a la tarde eligiendo itinerario. A veces, seguíamos el curso de la rivera, adentrándonos en fincas y casas de campo abandonadas, donde construíamos arcos y flechas, o algún tirachinas, mientras las cabras pastaban ociosas, y el perro corría detrás de alguna liebre. Me gustaba especialmente, aunque era sumamente agotador, seguir el camino hacia la Finca del Chorrito. A veces, cuando llovía mucho, pequeños manantiales que brotaban del suelo, movían las pequeñas piedrecitas al igual que las lentejas en la olla a presión. Por este abrupto camino, podías encontrar muchas albercas grandes y profundas. Si apartabas con cuidado el limo y las hojas, el agua estaba tan limpia

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que la podías beber sin miedo. Yo que he sido siempre especialmente cauteloso, salmodiaba haciendo cruces con los dedos sobre el agua esta retahíla, que nunca supe quién me la enseñó: “Por aquí pasó el Señor Esta agua la bebió Yo la beberé Y no me moriré” Algo debe pasarle al agua cuando la bendicen, que yo bebí muchas veces en estanques pútridos de aguas negras, y nunca tuve una mala diarrea. Cuando llegábamos, agotados, al alto del Chorrito, cruzábamos el carril blanco y nos saltábamos a la sierra del Zorrero. ¡Qué trabajo nos costaba pasar por las alambradas a las dos cabras! sobre todo a la gris clara, que tenía unas ubres tan protuberantes, que más de una vez se las arañamos con los afilados pinchos. Desde la sierra del Zorrero se aprecian unas vistas alucinantes. Desde allí puedes ver la imagen del pueblo, humilde y desparramado como un viejo mastín, que en la siesta se estira en una pose redondeada y cómoda. Recuerdo una vez que nos encontramos un gran silo. Por este enorme agujero natural de tierra colorá, podía perfectamente caber un tractor. Las dos cabras y el perro, se asomaban curiosas al ver que nosotros poníamos los pies a pocos centímetros del negro precipicio. A mi amigo A, le encantaba tirar enormes riscos a su interior, y tras varios segundos se escuchaba el lejano sonido que producía la roca al contacto con el agua de un río o lago subterráneo. Concluida la aventura, en la que el tiempo se ausentaba por un día, regresábamos al pueblo, cansados y sin ganas de jugar con los demás niños. Entre las calles se escuchaba la radio de los mayores retransmitiendo partidos de fútbol, y en nuestros corazones, la pena del lunes y la vuelta al cole, campaban a sus anchas, tratando de ensombrecer una jornada más, de ésas que hacen historia.

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La piedra Redonda Cuando era pequeño, paseaba con mi familia sobre las orillas de la carretera que va a Santa Olalla del Cala. Desde allí, se puede apreciar a modo de bienvenida para el viajero, una bella vista del pueblo, y una magnífica obra de arte en roca calcárea, realizada por la madre naturaleza. A saber, si todos esos huecos y protuberancias no son el interior de una antigua caverna, cuyas bóvedas se han derrumbado y ha quedado todo su interior al descubierto. Cada vez que nos acercábamos a una enorme roca, que descansa impasible en mitad de una pendiente, los mayores contaban la misma historia: “pobre familia de gitanos. Todos murieron aplastados aquella noche, cuando la piedra Redonda se desprendió de la pared”. Yo miraba en lontananza intentando buscar una enorme piedra redonda. Desde que iba al colegio, creía tener claro la diferencia entre redondo y cuadrado. Al oír mi réplica, los mayores respondían de un modo justificativo: “Se llama piedra Redonda, porque cuando se desprendió lo era. Con el paso del tiempo, los hombres la utilizaron para hacer piedras de cal en los hornos de la sierra”. También contaban otras historias interesantes que, por muchas veces que las escuchara, nunca me resultaban aburridas o pesadas. Recuerdo una leyenda que me causaba pavor: Contaban los mayores, que de una de las concavidades del acantilado calizo, salió una serpiente, tan gorda y tan grande, que dejó un gran rastro que desembocó en las aguas de la antigua rivera. Yo creo que pudo tratarse de una gran anguila, que permaneció durante muchos años viviendo en las aguas de algún lago subterráneo. Baso mi punto de vista, en que en una gruta de Fuentes de León (Badajoz) llamada cueva del agua, aún nada en un lago subterráneo una anguila de varios metros de longitud, destacando su enorme y desagradable cara. Los mayores contaban que la cabeza de la serpiente que salió de la

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cueva de Zufre camino de la rivera, era tan enorme como la de un niño pequeño. Cada cierto tiempo, las grandes anguilas abandonan su residencia habitual, y se dirigen hacia el Mar de los Sargazos para morir o para desovar, no lo tengo claro. A mano izquierda de la piedra Redonda y subiendo por la pendiente, se pueden ver algunas cuevas cuyas paredes y techos se encuentran ennegrecidos. Los mayores contaban que en ellas se refugiaban los pobres y vagabundos que venían al pueblo para pedir, o para guardar el ganado que pastaba en las faldas de la montaña. Algunos se atrevían a entrar en las primeras calles de la villa, y a pesar de su aspecto humilde y desaliñado, cantaban canciones romances, en un intento de recibir algún centimillo de algún alma caritativa, que supiera apreciar su arte y calmar su extrema necesidad. Estos acantilados calizos no se limitan a los que se encuentran junto a la piedra Redonda, el pueblo entero descansa, a modo de muralla medieval, sobre una meseta de roca calcárea. De pequeño, cada vez que teníamos un nuevo maestro en el colegio, le invitábamos a hacer una excursión para visitar la cueva de la rosa, lo que fuera necesario, con tal de quitarnos un rato del pupitre. La rosa de piedra es una curiosa formación, que se encuentra en una de las pequeñas cuevas del entorno, muy cerca de Las Peñuelas. Quizá una corriente de aire comunicada por dos aberturas en la piedra, ha cincelado tan bella escultura. La muralla de roca caliza, se encuentra invadida en su base por multitud de socavones, que son unos accesos, o más bien salidas naturales, que la naturaleza ha formado para evacuar el exceso de agua subterránea. Hace muchos años, mi padre tuvo el valor de introducirse con una linterna, acompañado por un amigo del pueblo, hacia lo profundo de uno de estos abismos. Siempre contaba

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admirado, la belleza del interior de nuestro querido pueblo. Con mucho trabajo y con el agua hasta el cuello, lograron acceder hasta la entrada de una enorme cavidad, poblada de preciosas estalactitas y estalagmitas, en cuyo centro descansaba sobre la pared, una enorme roca brillante con forma de corazón. Por más que lo he intentado, nunca he conseguido averiguar en qué lugar se encuentra este magnífico socavón. Mi padre teme, que si me revela el sitio exacto, organice alguna aventurilla de las mías, y ponga en peligro mi vida, o la de mis acompañantes. Me conformo con imaginar ese enorme corazón de piedra, que late cálido en las profundidades, mientras todos soñamos despiertos.

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La plaza de la Iglesia La plaza de la Iglesia significaba ir, obligatoriamente, a misa los domingos, asistir a las catequesis por la tarde y jugar en las almenas hasta la puesta del sol. Para mí, la plaza de la Iglesia, en lugar de ser el casco histórico municipal, era un rocódromo estupendo donde aprender y practicar el deporte de la escalada libre. Para eso, mi amigo L era todo un artista, él me enseñó cómo saltar desde los arcos del ayuntamiento hasta el suelo de la plaza, sin que te picaran los pies tras el impacto. Harto peligroso era escalar por las piedras salientes de la fachada del ayuntamiento, observando que el único colchón de salvamento era el medio metro de agua de la fuente. Si hubiéramos nacido en algún suburbio neoyorquino, quizá hoy día seríamos expertos en el deporte urbano del jumping. La fachada de la iglesia también ofrecía sus retos particulares, especialmente una fina cornisa que la bordea en todo su recorrido, y que se encuentra a un metro del suelo, los niños jugábamos a recorrerla con nuestros piececitos y el torso pegado a la pared, por supuesto, el que se caía perdía el juego, o la apuesta. ¡Cuántos buenos recuerdos! Os voy a revelar un secreto, este pasado verano, allá por el mes de septiembre, lo intenté de nuevo, pero después de tantos años mis pies ya no caben en la cornisa, aun así, no voy a negar que pude andar un par de metros, sin perder el equilibrio. De pequeño, teníamos que ir a misa todos los domingos. Recuerdo que siempre llevaba un pantalón beige, zapatos negros embetunados, un abriguito de color amarillo pollito, y una cadena de oro, con una bonita imagen del Corazón de Jesús, la cual se colocaba por fuera de la ropa para ser lucida. Después de misa, los niños nos juntábamos a los pies de las palmeras para recoger los mejores dátiles que habían caído al suelo, y con el duro que nos daban los abuelos, íbamos al quiosco como almas que lleva el diablo. ¡Cómo me gustaba participar en las fiestas de chucherías que hacíamos de pequeños!

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A pesar del sentido obligatorio de la misma, a mí especialmente me gustaba asistir a las catequesis. Normalmente las dirigía una muchacha del pueblo, que cursaba séptimo u octavo curso. Colocábamos todas las sillas juntas alrededor de una gran mesa en la casa del cura, o bien en el interior de la iglesia en la sacristía, o en la habitación que se encuentra a la derecha de la gran pila bautismal. Cuando llegaba el mes de febrero, hacíamos las catequesis en el patio de la casa del cura. ¡Qué bonitas vistas! A mí me embelesaba escuchar atentamente esos extraños nombres, que aparecen en los Evangelios y en el Antiguo Testamento. Siempre he tenido una buena capacidad de representación mental. A veces, me imbuía tanto en los relatos bíblicos, que la catequista tenía que llamar mi atención, mientras mi mente vagaba por el mar de Galilea, acompañando los pasos de Jesús y los apóstoles. Siempre me gustó especialmente el nombre de Getsemaní. De la plaza de la Iglesia, me han atraído siempre las palomas. Mi tía Antonia tenía una, llamada Titi. Fue tanta la atracción y el anhelo que sentía por este bello animal, que decidí criar y amaestrar una, bautizada como Turi. Titi entraba y salía de la casa de mi tía con una naturalidad pasmosa. Su plumaje era bellísimo, y no se dejaba acariciar tan fácilmente. Si te acercabas más de la cuenta a mi tía, te asestaba un golpe seco y firme con sus alas, que ni Bruce Lee lo hubiera hecho mejor. A veces subíamos a la azotea de la iglesia, para ver si podíamos coger algún pichón que se hubiera caído del nido. Al ver los enormes montículos que coronaban las cúpulas del interior de la iglesia, intentábamos subirnos con mucho trabajo a la cima, para ello teníamos que correr y coger fuerte impulso. Recuerdo una de esas tardes, en las que al intentarlo perdí el equilibrio y casi caigo hacia las traseras de los huertos, al resbalar con el fino verdín que había criado el suelo tras el invierno. Cuando observo hoy día la iglesia como edificio, no puedo dejar de pensar en cuantas personas habrán participado en semejante proeza arquitectónica. En el año 1975, recuerdo acompañar a mi madre para llevarles el desayuno a los albañiles que trabajaban en la restauración que se hizo por aquel entonces. Una mañana, mientras mi padre co-

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locaba los bonitos azulejos del pico de la torre, se hizo un viento tan fuerte, que tuvieron que bajar por los andamios a toda velocidad, y, a pocos metros de llegar al suelo, estos se doblaron como si fueran de goma. ¡Qué bella construcción circular dejó hecha mi padre junto a la torre! Cada vez que la miro, puedo ver su firma, de inteligencia y perfección, plasmada en los ladrillos, por los siglos de los siglos. Si cierro los ojos, se me representa el interior de la iglesia repellado a ladrillo visto, mientras una hija de los arquitectos que vino de visita al pueblo, hacía grandes proezas de gimnasia olímpica, colgada en una barra de un andamio, que dos obreros sujetaban firmemente sobre sus hombros. Todas las personas mayores dicen que la iglesia, antes de su restauración, era de una belleza sin igual. Adornada con finos zócalos de azulejos policromados de sabe Dios los siglos que tendrían. Grandes arañas de cristal pendían de lo alto de las cúpulas. Preciosas imágenes de Santos...

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La plaza de la Quebrada Dicen que antiguamente en el centro de la plaza había un poste soportando una bella cruz de hierro. Para mí la Quebrada ha sido, es, y será, el centro del pueblo. Cuando era pequeño, los niños intuíamos esta línea divisoria, y al terminar las clases a medio día, se organizaba en la Quebrada una auténtica batalla campal. “La llevan los de arriba” gritaban unos. “La llevan los de abajo” gritaban otros. Yo era del barrio de abajo, y si un niño de los de arriba, te tocaba, y por tanto, la llevabas, quedabas imbuido de una gran responsabilidad. Entonces no tenías que huir solamente de los contrarios, también de los de tu mismo bando, el cual se quejaba de tu incompetencia y falta de representatividad de la zona en la que vivías. Después de la cruenta batalla, bajábamos por la calle del Pozo, jugando a lanzar las carpetas del colegio por encima de los cables de red eléctrica que cruzaban las calles de una fachada a otra. Nunca olvidaré el canto mañanero de las golondrinas posadas en las cornisas, cuando los niños de abajo subíamos la calle del Pozo, descansando unos instantes en la Quebrada. Desde mi humilde subjetividad, siempre he visto más despabilados a los niños que se criaban en la zona alta. Quizá por tratarse de un área más propicia al encuentro social, o por encontrarse en ella el paseo y la entrada principal del pueblo. La plaza de la Quebrada siempre ha estado sembrada de bares y grandes tiendas comerciales. Es el centro neurálgico por donde pasan las procesiones y descansan, para lucirse, los Santos. Recuerdo una mañana de procesión de la Virgen del Puerto, en la que el artificiero lanzó una rueda de cohetes en medio de la plaza, y por accidente, en lugar de ascender hacia las alturas, decidió recrearse rodando por las fachadas de las casas, para volver nuevamente al suelo.

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Durante mucho tiempo, los gritos del gentío huyendo, y tratando de proteger su integridad física, retumbaban en mis oídos infantiles, y cada vez que sabía que iban a lanzar una rueda, no sabía dónde esconderme preso de pánico. Entre el tumulto, mi madre me cogió firmemente del brazo izquierdo, pero un hombre de gran envergadura cayó sobre mí, y durante unos segundos perdí el equilibrio. Aquel fatídico día hubo varias personas heridas con quemaduras, alguna que otra señora mayor se rompió una pierna, y el sonido de la explosión de los cohetes a pie de calle marcarán este recuerdo en mi interior, de por vida. Según tengo entendido, unos años antes ocurrió un accidente semejante, en el que una veintena de cohetes explotaron a la vez, junto a la puerta de uno de los bares de la Quebrada, creando finas culebrillas de pólvora incandescente entre las sensibles patas de los caballos. Afortunadamente no se produjo ninguna desgracia, y la imagen de la Virgen no fue dañada. Recuerdo la plaza de la Quebrada, como un lugar con un cierto glamour y majestad. Quizá al haber por aquellos años más habitantes y vecinos oriundos del pueblo, que pasaban las vacaciones de verano, daban a la zona un aire casi de capital de provincia. ¿Nos atrevemos entre todos a recuperarlo?...

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El paseo de los Alcaldes Cada vez que intento rememorar los nombres de los Alcaldes que formaron parte del proyecto del paseo, suelo tener problemas para recordar al primero, José Navarro. Al pasar con el coche por la calle Linares, siempre miro el letrero: Paseo de los Alcaldes José Navarro y Andrés Pascual, para retenerlo en mi memoria. ¡Suena tan señorial! Desde estas humildes líneas, quisiera agradecerles a modo de homenaje póstumo, tanto a los Alcaldes, como al dueño de la huerta que fue el paseo, por haber regalado al pueblo semejante vergel. Sin lugar a dudas, nuestro paseo es el área de recreo municipal más bello de toda la provincia de Huelva. A veces me gusta mirar fotos antiguas, en las que se puede apreciar una juventud de los años cincuenta y sesenta digna de admirar por su belleza y elegancia. Alrededor de la fuente de las ranas, se reunían jóvenes muchachos enamorados, vestidos con trajes de chaqueta que sólo lucían los domingos, acompañados por sus novias, que más bien parecían actrices de cine norteamericanas. Me encantan las fotos en sepia de las antiguas ferias, en las que aparecen multitud de veladores de madera, repletos de gente con caras felices, aun sin tener ni una gorda para gastar. En el eje central del paseo, justo entre los dos bellos jardines, se encuentra en paralelo una hilera de bancos de hierro, donde las parejas formales se sentaban, en aquellos años, para tener un poco más de intimidad. En los años de mi infancia, los niños pasábamos corriendo, y entre risas y miradas pícaras, tratábamos de capturar en directo la magia de un beso, de esos que resuenan desde los ecos del manantial del amor verdadero. En el primer recuerdo que tengo del paseo, me veo montado en una ruleta de color azul, que giraba con un mecanismo de propulsión parecido al que tienen las zorrillas que utilizan los trabajadores en las

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vías del tren, para transportar materiales. Quizá me marcó el hecho de que era demasiado pequeño para montarme en ese aparato, y la sensación de vértigo, inercia y velocidad, se quedó impresa en cada una de mis células hasta el día de hoy. Cuando llegaba la feria, el ayuntamiento retiraba los columpios, la ruleta, el sube y baja, el tobogán y la escalera semicircular, para que los feriantes pudieran colocar las fantásticas atracciones. Los operarios municipales tenían que derribar uno de los muros exteriores, retirar la reja, y en cuestión de horas el paseo se transformaba en un carrusel de luces, colores y músicas de moda. Antiguamente las fiestas se esperaban con más ilusión. Hoy día, a Dios gracias, todos tenemos un vehículo en la puerta de casa, y con éste podemos ir en un santiamén a todas las fiestas de la comarca, insensibilizando nuestra ilusión y deseos de divertirnos ante lo que, entonces, durante meses se esperaba. Cada año el paseo se poblaba de diferentes atracciones. Recuerdo especialmente unas enormes voladoras, que tenían dos hileras de columpios. Los asientos de la hilera interna, estaban pintados de color rojo, y los de la hilera externa, estaban pintados de color verde. Como yo era pequeño, no pude experimentar qué se sentía montándose en los columpios de color verde, y escuchaba extasiado los comentarios eufóricos de los mayores que lo habían experimentado. Debía tratarse de una experiencia extraordinaria, volar sobre las copas de los árboles, ver la azotea del antiguo bar de los socios, y percibir el vacío al pasar por la zona de los lavaderos, impulsados por una oscilación de inercia, inducida por la velocidad y el peso de cada uno de los ocupantes. A veces, el paseo se convertía por cuatro días, en un paradisíaco Mar del Sur, en el que un gran galeón surcaba las aguas celestes.

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Montarse en los extremos del galeón era harto peligroso. Una barra de hierro cruzaba ambos respaldos, y los más valientes se agarraban a ésta, dejando sus cuerpos colgados sobre el vacío, cuando el galeón se colocaba en posición vertical en los momentos de máxima velocidad. Aún recuerdo el movimiento acompasado de los brazos fuertes del feriante, moviendo una gran palanca que impulsaba con firmeza los vaivenes de la atracción. La noche del cuarto día de feria, era muy triste para los niños. Un año trajeron una atracción constituida por cuatro barquitas de color blanco, que los niños propulsábamos con la ayuda de los primeros impulsos del muchacho. Tanto disfruté aquella feria montándome en las barcas, que cuando vi que las estaban desmontando, compré un último tique. Cuando alcancé cierta altura, viendo la cara de velocidad del amigo que se había montado conmigo, uno de los chicos que estaban desmontando la atracción, cruzó accidentalmente una barra de hierro justo cuando pasé a la altura del suelo. Mi brazo izquierdo frenó en seco la barca, al contactar con el hierro que hizo de palanca. Aún me pregunto cómo no me fracturé el hueso, y durante cuatro semanas tuve un derrame que llegó a alcanzar la curva del codo. Hoy día no permiten colocar atracciones de feria en el recinto del paseo, y al encontrarse esta fiesta dividida en dos áreas, distanciadas geográficamente, se ha perdido un poco su magia y esencia. Durante ocho años de mi vida, más que disfrutar del paseo como cualquier vecino del pueblo, vivía en él. Mis padres compraron el antiguo quiosco de color verde, y cada hueco de tiempo que tenía en mis trabajos, o cuando estaba en paro, me dedicaba a vender chucherías para contribuir en el negocio familiar. Cada vez que entraba en el quiosco, se hacía una cola de personas que llegaba hasta el banco de enfrente. A la gente les gustaba charlar conmigo, y decían que les encantaba el tamaño de los cortes de helado que les servía.

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En los largos inviernos de mi juventud, leí muchísimos libros sentado en la sillita de madera, esperando a que los niños salieran del colegio, o algún hombre viniera del bar de los socios para comprar cinco duros de caramelos fumadores. Los otoños y primaveras, eran muy alegres, y en las tardes de verano, las chicharras me hipnotizaban con sus cánticos, hasta que el jardinero me quitaba en segundos la morriña de la siesta, lanzándome un chorro de agua con la manguera de regar los árboles. ¡Qué fantásticos recuerdos…!

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En la fuente de las ranas Soñé una tarde con niños que jugaban a coger piruletas enormes de hermosos colores se embutían entre sonrisas pícaras e inocentes pequeños pies volaban alrededor de tus ranas, atentas y silenciosas Miradas maduras y furtivas desnudaban el cadente caminar de las muchachas vestidos de flores, ramilletes de jazmines brotaban de sus pechos corazones ansiosos, esperando a que llegaran los mancebos Soñé una tarde con galanes de pelo engominado que apoyaban sus manos en tu baranda mirando en las aguas de tu charca confundido entre los peces, el dulce rostro que anhelaban Tres a un lado, cuatro al otro cigarros y puros en las manos y algún que otro bolso pequeños toques, ocultos, fervorosos y la promesa de un beso, temblando entre los ojos Soñé una tarde con cartuchos de chufas y pistachos giraban las ruletas y algún que otro dado toros, aplausos, en una tarde de fiestas y de Santos todo eso soñé, sentado y dormido entre tus bancos

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La calle Linares De la calle Linares destaco principalmente recuerdos del colegio, del cuartel de la guarda civil, la almazara, la piscina pública municipal y la plaza de toros. En aquellos años, después de dar clases particulares en un domicilio privado hasta los cinco años, accedíamos a la escuela pública al cumplir los seis. Recuerdo el colegio de mi infancia, como una bonita hilera de aulas superpuestas, con grandes ventanales acristalados y orientados hacia el sur. Frente a las clases, se encontraban dos amplias aceras, a distinto nivel, de solería gris, que desembocan en una zona de tierra, poblada de bellos árboles de moras y castaños de indias, donde los niños jugábamos en los recreos. Uno de las estampas más bonitas que vienen a mi memoria de aquellos tiempos, es la imagen de todos los niños en fila, frente a la puerta de las aulas, antes de entrar en clase a primera hora de la mañana. Recuerdo a un profesor de quinto y sexto, que estaba enamorado de una profesora de tercero y cuarto, y, a pequeños intervalos, aprovechaba ese breve instante, para decirle cosas bonitas en francés, de este modo nadie los entendía. Pero, sólo con la intensidad de sus miradas, la perfección de su acento, y la juventud que irradiaban sus cuerpos, podíamos hacernos una idea del contenido de esos requiebros. Al fondo del patio, orientados al Oeste, se encontraba la Dirección y los servicios del colegio. En los recreos los profesores tomaban café en este pequeño habitáculo, y, a veces se enfadaban mucho cuando algún niño había hecho sus necesidades fuera de la letrina. Recuerdo un día, que un profesor enfadado mandó limpiar a un niño la porquería, y como la cisterna consistía en un grifo de chorro a presión, como el que tienen algunas fuentes públicas, el chiquillo apretó con fuerza el botón, y el chorro de agua lanzó las heces sobre las caras de los que curioseaban junto a la puerta.

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Recuerdo anécdotas de niños traviesos, que se hacían con las llaves del aula para que no pudiéramos entrar en clase. Los profesores nos castigaban a permanecer encerrados, hasta que apareciera la dichosa llave. La imagen de las madres asomadas en las ventanas, protegiéndose de la lluvia con paraguas, esperando a que salieran los niños, permanece vívida en mi memoria desde entonces. En muchas ocasiones, los niños pequeños nos colábamos en los descansos, en las clases de los mayores de séptimo y octavo curso. Recuerdo los microscopios sobre las mesas, que mostraban a amplia escala el interior de una de las hojas que crecían en los árboles del patio, o el movimiento agonizante de una hormiga aplastada en el pequeño cristal, mostrando impúdicamente su cabeza, su tórax y su abdomen. ¡Pobres animales inocentes, entregando sus breves vidas para tratar de salvar las nuestras! Recuerdo un día que hubo un eclipse total de sol visible en España. Fue un 7 de abril de 1978 a las cuatro de la tarde. Todos los niños fuimos al cole portando cristales ahumados. Como yo por descuido olvidé el mío en casa, le pedí prestado uno a un compañero del colegio. Cuando alcé mi cabeza hacia el sol, con el cristal ante mis ojos, quedé impactado por la impresión. Nunca he contado a nadie lo que vi aquella tarde a través del cristal. A finales de los años setenta, se inició la remodelación de los colegios. Mientras tanto, los niños, a modo de viaje en el tiempo, utilizábamos las aulas de niños y niñas, donde aprendieron nuestros padres cuando eran pequeños. Actualmente es la sede del bello salón de actos municipal. Recuerdo la amplitud de estas aulas, adornadas con pizarras negras embutidas en las paredes, amplios ventanales y bonito patio, desde el que la luz del sol trataba de calentar nuestros fríos cuerpos. Uno de los profesores, ideó unos pequeños braseros, hechos con latas grandes de conserva, pues la única estufa de butano que había en el recinto no caldeaba lo suficiente aquel inmenso local, y los niños íbamos cada dos por tres a preguntarle dudas al profesor, para que durante breves instantes percibiéramos el cálido abrazo de aquel fuego azul que, a intervalos, lamía nuestras piernas. Al salir de clase a mediodía, la calle Linares se llenaba de niños que

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corrían en todas las direcciones. A veces los guardias civiles se enfadaban mucho con nosotros, porque nos acercábamos demasiado a los caballos que descansaban atados en argollas de la fachada del cuartel, y que eran el único medio de locomoción con el que contaba la benemérita en aquellos tiempos. Los niños que vivían en la calle Buenavista, escalaban el enorme cerro, que actualmente alberga los amplios aparcamientos de la zona. Otros utilizaban plásticos y viejos botes de suavizante, para lanzarse sentados, a modo de tobogán, a lo largo de la acera de la calle Nueva, la cual tenía una pendiente excesivamente pronunciada. Los que vivíamos en el barrio bajo, solíamos detenernos unos instantes en la almazara de la aceituna, donde jugábamos a subirnos en la vieja báscula, y correr entre las esteras redondas de cuerda, apiladas en columnas e impregnadas en aceite recién exprimido. Al atardecer recorríamos pesadamente la calle Linares para volver al aula. En la hora de educación física, los profesores y los niños subíamos al campo de fútbol, que actualmente alberga la zona del polideportivo. En él se podía ver un gran orificio excavado en la roca, del cual se decía que iba a ser la futura piscina. ¡Con qué ilusión aguardamos los niños de la época aquel proyecto inacabado! Quién me iba a decir a mí, que tendría que esperar hasta los veintiún años para bañarme en ella, pero lo más paradójico, es la débil acogida que ha tenido esta bendición acuática en el pueblo. ¡Qué triste llegar una cálida tarde del mes julio, y ver bañándose en ella a tan sólo cuatro o cinco niños! En mitad de la calle Linares, se encuentra la plaza de toros. ¡Qué vértigo sentía cuando mi padre me cogía en hombros, mientras cruzaba las barandas de hierro del graderío, para buscar el mejor asiento! A mí, aquella agonía del animal se me hacía insoportable e interminable. Aun así, recuerdo el ambiente festivo que se recreaba en mi casa. El patio se inundaba con todo tipo de fragancias, mi madre y mi hermana se arreglaban, y mi padre se afeitaba con brocha ante un espejo de mano. A lo lejos, la banda de música derramaba sus bellas notas, que el aire trasportaba hasta mi patio, lamiendo a intervalos los árboles de la calle Ladera.

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El barrio de San Sebastián El barrio de San Sebastián está coronado por una bella ermita consagrada a este Santo. Actualmente se encuentra rodeado por una bella plazoleta, y por una bonita barriada de casas recientemente edificadas. Cuando era pequeño, recuerdo que la actual plazoleta albergaba un cementerio, cuyos restos fueron trasladados al actual, a mediados del siglo veinte. Desde la vieja cancela podías ver las hileras de nichos abiertos, y al fondo, impasible, la puerta cerrada de la ermita, en cuyo interior descansaba la imagen del Santo, que pocos años después fue trasladada a la iglesia. Todo esto creaba un ambiente de misterio, aderezado por el hecho de que en aquellos tiempos se encontraba a pie de campo, y corría el rumor de que muchos de los cadáveres exhumados, se encontraban incorruptos en sus cuerpos y en sus ropas. ¡Qué miedo cuando se embarcaba una pelota y teníamos que saltar para recuperarla! En cierta ocasión, cuando aún trabajaba en las oficinas del ayuntamiento, tuve un extraño sueño. Vi que alguien del norte de España, donaba la imagen de un precioso Cristo para que fuera adorado en el interior de esta ermita. Soñé que todo se llevó a cabo con una especial ceremonia y majestad, y después se llevó en procesión por las calles de la villa hasta llegar a la iglesia. Al día siguiente comenté mi sueño con mis compañeras de oficina, y pocos minutos después se produjo la misteriosa llamada, en la que una persona donaba una talla de un crucificado de más de dos metros de envergadura, con el interés especial de que se venerara en la ermita de San Sebastián. Con el tiempo, no sé qué pudo acontecer, que el crucificado nunca llegó. Quizá cualquier día, si es la voluntad de Dios, venga flotando sobre las aguas del pantano, cual Cristo del océano. A pocos metros de la ermita, se encontraba uno de los antiguos lavaderos más grandes y bonitos del pueblo. A diferencia del de la

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calle Charquillo, éste no se encontraba techado, y es muy bonito ver fotografías en las que aparecen una veintena de mujeres lavando la ropa. Bueno, no hay que negar que el que se encuentra en los aledaños de la calle Linares, es también muy bonito, aunque más pequeño de tamaño que el de San Sebastián. ¿A nadie se le ha ocurrido construir una ermita, en la que se venere la imagen del hombre que inventó la lavadora? si no lo han hecho los hombres, al menos deberían hacerlo las mujeres, como agradecimiento ante el ingrato trabajo que les ha ahorrado. Fue una pena que tuvieran que quitar esta belleza arquitectónica y cultural de la villa. Hay que reconocer, que tenemos que adaptarnos a los nuevos tiempos, y esa construcción sería un estorbo para el paso de vehículos y demás adelantos de la técnica. Aún nos quedan otros tres, y se encuentran en lugares que no causan molestia ¡Qué silenciosos se han quedado los pobres!, ¡Cuántas cosas se contarían las mujeres entre restregón y restregón! De pequeño escuché muchas veces, que en la guerra pasaron por el pueblo varios aviones, y uno de ellos dejó caer una bomba en el barrio de San Sebastián, todo el mundo celebró que no se dañara la ermita, ni el lavadero.

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La ermita de Nuestra Señora del Puerto Es para mí un honor, así como un inocente atrevimiento, tratar de escribir unas letras sobre algo tan bello y sagrado como es la Virgen del Puerto y su ermita. Cuando era muy pequeño, recuerdo que estuve muy enfermo durante unos días, con unos vómitos y unas fiebres altísimas. Una de esas tardes en las que me encontraba físicamente más restablecido, me senté en mi sillita azul de madera junto a la ventana. De pronto, y de un modo ajeno a mi voluntad, todo se nubló en mi cabeza, y como si entrara en una dimensión ajena al resto de los mortales, comencé a ver a la Virgen del Puerto pasando en procesión junto a mi ventana. La comitiva detuvo su recorrido, y girando la imagen, comenzó a mecer el paso frente a mí. Lo que más me llamó la atención de aquella visión, es que la imagen estaba ardiendo como una tea, aun así, ni su pelo, ni su rostro, ni sus vestiduras, se incineraban. En tres ocasiones vino esa visión a mi mente aquella tarde, y han pasado treinta y ocho años, y ni la he olvidado, ni he logrado desentrañar el posible mensaje oculto que la Virgen quiso transmitirme. Dicen que fue un tal Pelai Correa, Caballero de la Orden de Santiago, el que entró victorioso en Zufre montado en su caballo, después de una cruenta batalla contra los musulmanes, portando un pendón, que paseó desde las Cuatro Callejas, y a lo largo de la calle del Pozo, hasta la plaza de la Quebrada. Es posible, que desde entonces, se celebre en nuestra villa la famosa carrera de caballos, previa a la llegada de la Virgen del Puerto a la entrada del pueblo. De pequeño veía la carrera de caballos, protegido por mis padres, en la bocacalle de la calle Nogales. Recuerdo el sonido de los cascos en las piedras, y las relucientes chispas que saltaban incandescentes, que yo veía entre las piernas de la multitud. La intensidad de los gritos de la gente, al aparecer el

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Mayordomo con el Estandarte por la calle del Llano, es una emoción indescriptible. En una ocasión pude ver bien la carrera, en una película de cine súper-8, que proyectaron en la casa de la farmacia. ¡Qué emoción sentí cuando vi sobre la sábana, la imagen de una tía mía, vestida con un elegante traje rojo acompañando el lento paso de la Virgen! En la calle que lleva su nombre, hay un azulejo representando la imagen de la Virgen que es una preciosidad. ¡Qué bien hacían las cosas antiguamente, ni se ha caído un azulejo, ni prácticamente se ha borrado la pintura! En esta bella imagen, aparece la Virgen del Puerto antigua, la que desgraciadamente fue destruida por las llamas, en la tarde del 4 de agosto de 1936. En mi casa siempre me han dicho, que fue mi abuelo Felipe el que desde el campo vio el humo salir de la ermita, y al entrar corriendo apagó las llamas de la imagen, pero ya fue demasiado tarde. ¡Qué impresión recibiría al ver algo tan bello y sagrado al borde de la extinción! A pesar del profundo amor que siento por la Virgen, nunca me he considerado romero. No sé lo que se siente al correr con un caballo a través de la calle del Pozo, ni portar a hombros el camarín de la imagen. Tampoco he bebido el agua de la ermita, ¿será ése el motivo por el que no me he casado? Admiro a todos aquellos forasteros, que en pocos días que pasan en el pueblo, se impregnan hasta la médula de esta tradición tan ancestral que es la romería, y sin haberlo hecho nunca, montan a caballo con una perfección digna de ser admirada ¿Es que yo soy un descastado? nada más lejos de la realidad, yo vivo a la Virgen desde lo más profundo, y de un modo más personal y privado. Todo debe ser respetado. A mí me encanta ir a la ermita cuando no hay nadie, a ser posible acompañado de un familiar muy cercano. Me cautiva el sonido de la gran llave, que gira sobre la cerradura para mostrarnos otra dimensión, el olor de los bancos, la frialdad del recinto, la veta de sol que entra por las ventanas, dejar posar mi atención sobre la cálida mirada de la Virgen.

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El camino antiguo de la romería era mucho más bonito e íntimo que el de ahora. ¡Al hacerlo uno se sentía tan unido a la naturaleza! Lo que más me gustaba de todo, era llegar al puente de hierro que cruzaba el barranco del arroyo del Rey. Yo nunca he creído en la Virgen del Puerto, porque para mí, ella es una realidad tangible. Cada vez que siente necesidad, se pone en contacto conmigo, y me cuenta cosas interesantísimas. Como madre que es, también me riñe cuando me porto mal. Ella me ve como un niño a veces bueno, y a veces muy travieso. ¡Son tan hermosas sus reprimendas, que uno no tiene por más que dejar de pecar! A veces pienso, que en aquella fantástica primera visión que tuve de ella, en la que veía que ardía y no se destruía, me hablaba de la inmortalidad del alma, y de la inmensa fe que depositan en ella, todos los zufreños de mente y de corazón.

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La rivera de Huelva Durante toda mi vida he tenido dos grandes deseos, uno montarme en una cama elástica gigante y saltar hasta quedar extenuado, y otro practicar piragüismo. Afortunadamente puedo decir que el segundo deseo se me ha cumplido. Hace unos años, me compré un kayak canadiense de color amarillo. Cada vez que me iba al pantano para utilizarlo, sentía en mi interior un cierto sabor agridulce. Durante una hora disfrutaba en plena naturaleza, de una visión completamente distinta y personal con el paisaje, el aire, las orillas pobladas de chopos inundados a media caña por el agua, persiguiendo garzas, etc, pero, al mismo tiempo, sabía que mi familia estaba intranquila hasta que no me veían aparecer con la barca en la baca del coche por Las Peñuelas. Recuerdo un día, que pasé navegando sobre las antiguas casas de la estación. A sólo quince centímetros bajo el agua, podía divisar las tapias, el antiguo depósito del agua, los palos de teléfono que estaban junto a la vía. Por un momento me detuve a pensar, que en aquellas casas se había criado mi padre, y otros niños del pueblo. Imaginé a mis abuelos paseando al atardecer junto a las vías, escuchando el sonido lejano de la locomotora, así como el profundo desnivel que me separaba de la superficie de la antigua rivera, que ya de por sí era bastante profunda en alguno de sus puntos. ¡Quién le iba a decir a mis abuelos por aquellos entonces, que uno de sus nietos iba a pasar navegando, años después, sobre el tejado de su casa! La rivera de Huelva era un fenómeno vivo, en constante movimiento, sembrando naturaleza en cada uno de sus recodos. Recuerdo pasear bajo los ojos del puente, y quedarme embelesado con los dibujos, en forma de panal de abeja, que tenían los gruesos muros. El agua participaba en toda su idiosincrasia de la teoría del caos universal; por un lado remansos de agua estanca, donde bonitas ranas campaban a

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sus anchas, protegiendo sus vidas de algún que otro pico de garza; por otro, suaves charcas de un metro y medio de agua, donde los niños podíamos bañarnos en verano; así como correntones, cuya resaca no podían combatirla ni los barbos, carpas y bogas que poblaban la fauna acuática de la zona. Todo estaba poblado de adelfas tricolores, así como de juncos, juncias y altos chopos, bajo cuyas sombras más de uno nos hemos comido una sabrosa ensaladilla. He tenido la suerte de vivir y conocer la rivera ociosa, así como la rivera salvaje. Los domingos nos montábamos los cuatro miembros de mi familia en una pequeña Vespa de color azul metalizado, y nos íbamos a la rivera o al arroyo del Rey. Por ahí anda rodando una cinta de súper-8, que muestra tan insólito espectáculo. Si cierro los ojos, puedo percibir aún la fuerte palma de la mano de mi padre bajo mi abdomen, intentando enseñarme a nadar. Era muy divertido seguir las líneas que dejaban los mejillones de río bajo el agua, introducir las manos en el cieno y capturar una pieza que sobresalía más allá de nuestros pequeños dedos. Todavía puedo ver en mi memoria, el suave y peligroso vuelo de las avispas, que venían hasta las orillas atraídas por el olor de alguna lata de anchoas o mejillones. Me encantaba el suave tacto de las pequeñas ranitas y tortugas que cogíamos, y que durante días le dábamos de comer trocitos de miga de pan, viendo cómo nadaban a duras penas en un cubito de plástico rosa. ¡Qué buenos recuerdos! Lo mejor, el camino de vuelta a casa, apretujado en la Vespa entre la espalda de mi padre y el abdomen de mi madre, sintiendo el pelo y el bañador mojados, y el viento ejerciendo presión sobre las palmas de mis manos abiertas. Siempre tuve cierta envidia de mi hermana, que se situaba de pie en la parte delantera, y tenía un primer plano de todo lo que acontecía. La rivera salvaje, aunque dura y desalmada, me parecía muy atractiva. Recuerdo ir con mi hermana, mi padre y algún que otro amigo suyo, a pescar con un trasmallo. En la charca de los Chopos, colocábamos de una orilla a la otra la fina red de color verde. Una sucesión

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de redondeles de corcho en un extremo horizontal superior, y otra de trocitos de plomo en el extremo horizontal inferior, permitían que la red permaneciera en posición vertical, convirtiéndose en una trampa mortal para todos los pececitos que, en ese desafortunado momento, pasaran por aquel lugar. Contracorriente, y separado por unos cincuenta metros de distancia, se situaba otra persona, que andando en dirección hacia la red, golpeaba el agua con grandes ramas de adelfa, para que los peces corrieran veloces hacia la trampa. Recuerdo una tarde que, mientras esperaba impaciente a que mi padre sacara el trasmallo del agua, un Martín Pescador se situó de un modo confiado junto a mí. ¡Qué bellos destellos verdes y azulados! La vuelta a casa era un tanto incómoda. Entre mi padre y yo colocábamos el trasmallo cargado de peces, que movían sus cuerpos agonizantes, expeliendo un olor característico que se mezclaba con el de las jaras, tomillos y romeros que bordeaban la antigua carretera al pasar por el barranco del Azular. En el suelo del patio extendíamos la red, y con mucho cuidado recogíamos las piezas y las echábamos en un gran baño de lata lleno de agua, para que pudieran respirar por breve tiempo, ese aliento vital del que habían sido arrancados impunemente. ¡Qué bonitas las bogas, con sus panzas blancas y sus pequeñas aletas! A mí me encantaba charlar con los barbos, y verme reflejado en sus enormes ojos, antes de que a la hora de cenar los viera de nuevo convertidos en sabrosos filetes sobre mi plato. Hoy día, ya queda muy pocos tramos en los que se pueda percibir la vida salvaje, que emanaba la antigua rivera. Si quieres disfrutar de una visión y experiencia sin igual, sigue el curso del agua entre el muro del actual pantano, y el embalse de la Minilla. Ahora, con el pantano tenemos más agua, pero menos libertad, todo está prohibido. ¡Qué triste es que te persiga la guardia civil del campo, y te pida la documentación de tu piragua!

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Recuerdo que en una ocasión me presenté para optar a una plaza de dinamizador en la Casa de la Juventud de Aracena, y en mi proyecto, expuse la idea de crear una escuela de piragüismo. Las risas de los miembros del tribunal, aún resuenan en mi cabeza, y después de quince años, existe tal escuela, sin embargo, nadie los vigila ni los persigue, ¿será por la fuerza que ejerce el concepto de grupo? Como quiera que sea, yo quiero resucitar entre estas líneas el bello espíritu de la que fue la mayor bendición que ha tenido y tendrá Zufre, su rivera de Huelva, y culpar a quién tomó la decisión de enterrarla para siempre, bajo el lecho de un bello espejo con destellos de celeste y plata.

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Lamentos de agua viva Adónde te has ido rivera adónde te has ido que no te encuentro que la luna te busca confusa junto a la orilla del puente del Trueno Adónde te has ido mi vida adónde te has ido que no te veo que la garza suspira llorando y ya no tienen flores los brezos Y en la charca del Molino están jugando los niños de la charca de los Chopos están bebiendo los toros Adónde te has ido rivera adónde te has ido que yo te quiero que entre el puente del Burro tras la Cervera ya viene el tren con rotundo estruendo Regálame esa brisa que no volverá cúbreme de cantos, flores y jaras deja que te resucite con corazón firme para que todo zufreño conozca tu alma Adónde te has ido rivera adónde te has ido con tus anhelos que sediento, cansado y despierto mi corazón suspira tu ausencia con triste lamento

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Campos de Zufre El término de Zufre es enorme. A mi particular parecer, tiene forma de hígado. Muchas veces me he preguntado, cómo un pueblo con un casco urbano tan pequeño, alcanzó semejante poder y extensión territorial, ¿lo conseguiría ganando duras batallas? Algunos afirman que su límite llega hasta las primeras calles de Higuera de la Sierra, y que otra de sus lindes, se encuentra junto al bello toro de Osborne, en la carretera que va a Sevilla. Parte de las aguas del pantano de Aracena, pertenecen a nuestro pueblo. Un bello dolmen, que descansa en las profundidades, iba a ser trasladado en la década de los noventa, para ser colocado en la entrada del pueblo junto a la carretera, pero el elevado coste que suponía, impidió que se llevara a cabo dicha empresa. ¡Zufre es grande, en todos los sentidos! Hace años, tuve la oportunidad de conocer el término en su totalidad, trabajando en la confección del Censo de Población. Una crisis asmática, a mitad de camino entre el carril blanco y el puente de la estación de la Junta, me impidió continuar con una labor, que antiguamente realizaban los municipales del ayuntamiento, montados en burros, y repostando en los cortijos que censaban, durante tres meses. De pequeño, mi padre me llevaba a coger espárragos, gurumelos, galipiernos, etc… En cierta ocasión, decidió llevarse las escopetas para intentar iniciarme en la afición de la cacería, pero al primer disparo, con el que mató una mirla, me tapé los oídos, y no sabía dónde meterme. Recuerdo un día, perdidos en un cerro donde Dios pegó las tres voces, vi justo frente a mí, la cara de un jabalí enorme. Por un momento hubo una cierta comunicación telepática entre el animal y yo, así que decidí lanzar una piedra en dirección contraria, a la que mi padre disparó, mientras el jabalí huía entre las jaras y aulagas. Siempre me sentí orgulloso de haberle salvado la vida.

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Con el tiempo, mi padre desistió en su intento de convertirme en un cazador. Pero aquellos bellos años, en los que montados en la Vespa, lo acompañaba en sus aventuras campestres, descubrí bellos rincones naturales, que siempre guardaré en mi memoria. A cada paso que dábamos, me iba enseñando a leer las huellas del terreno: “Estos pelos duros que están enganchados en la alambrá, son de un jabalí” , decía entusiasmado. “¡Mira qué buen ojero de gurumelos!”. Yo trataba de mostrar empatía con su entusiasmo, pero era incapaz de ver un gurumelo, donde mi padre clavaba el pincho. A veces, me montaba sobre su espalda para pasar un terreno peligroso, era todo tan salvaje, y estábamos tan sólo los dos. Recuerdo un día, que estábamos apostados en un barranco, entre adelfas y pedregales, a varios kilómetros de donde habíamos dejado la Vespa. A lo lejos se podía divisar una especie de acantilado calizo, parecido al Cañón del Colorado, que a mí me fascinó por su belleza. Aquella tarde sentí un poco de miedo. Pensé en qué sería de mí, si a mi padre le pasara algo, sin teléfono móvil, y yo con siete años. A mí me embelesaban los paisajes de nieblas matutinas, los antiguos pilares y abrevaderos, las grandes portadas de hierro que abríamos, para continuar hacia un destino desconocido. Recuerdo una tarde en que, junto a las faldas de la charca de los Chopos, nos rodearon dos grandes motos, eran los Rurales. Dando vueltas a nuestro alrededor como si fuéramos forajidos de la justicia, le hablaban a mi padre en términos despectivos y amenazantes. En el camino de vuelta, mi padre me miró con tristeza en los ojos, y me dijo: “¡Qué poco tiempo queda, para que podamos disfrutar del campo en libertad!”. ¡Qué razón tenía, y qué tristeza me causa recordarlo! Al llegar a casa, nuestras ropas olían a naturaleza, y el olor del gasoil de la Vespa se metía en todos los rincones de mi casa. Con entusiasmo, abríamos la mochila para mostrar nuestros trofeos, al tiempo que mi padre se quitaba la canana y guardaba con cuidado sus escopetas. Me encantaba oler el buche caliente de las palomas torcales, jugar a mover los dedos de las patas cortadas de las perdices, tirando de los tendones,

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y ver cómo se divertían los perros saltando y jugando, embriagados por el olor a sangre. ¡Qué bonitos los bandos de palomas, cubriendo todo el firmamento con sus hermosos vuelos! En mi adolescencia, dejé de estudiar por decisión propia, así que conocí alguna que otra finca de Zufre, trabajando en la recolección de la aceituna, o rozando monte con un calabozo. ¡Qué bonito, y qué duro, refugiarse en el medio del campo, mientras cae una tormenta de granizos! A veces, cruzar con los coches por los caminos, era toda una aventura, teníamos que bajarnos para colocar dos o tres piedras, o mirar la profundidad del caudal del barranco, que había desbordado más allá de la alcantarilla. En el campo, tuve la fortuna de tratar y conocer a personas mayores encantadoras. Ellos sí que sabían lo que era la inteligencia, y cómo utilizarla para resolver todo tipo de situaciones. En las mañanas frías hacían una enorme hoguera, desafiando las humedades invernales. Me enseñaron cómo cargar un saco, sin hacerme daño en la espalda. Cómo usar las herramientas, sin gastar energías innecesarias. Desayunando, sentado en el suelo, y con las manos llenas de barro colorao, imaginaba qué estarían haciendo mis compañeros del Instituto, mientras escuchaba historias maravillosas que contaban los mayores. Recuerdo un día, que a la hora de almorzar se me quedó cerrada la fiambrera, y yo, que soy tan hambrón, veía que se pasaba la hora de la comida, y tenía que ponerme de nuevo manos a la obra. Todos mis compañeros, se levantaron, y me ofrecieron de todo, unos me dieron un trozo de tocino, otros chorizos y pan, otros tortillas. Creo que nunca me he sentido tan querido, y desde aquí, con estas humildes palabras, quiero darles las gracias, y rendirles un sentido homenaje.

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II PARTE

Homenajes


Florecillas rojas para ti, María del Puerto Alfonso Todos estamos aquí, sentados en el atardecer de tu vida, observando en el horizonte los últimos rayos de tu sol. Con sólo cerrar los ojos viene rauda al pensamiento tu imagen. El recuerdo de la luz de tu rostro parece sembrar de florecillas rojas la vida. ¡Qué suerte la nuestra, que fuimos partícipes y testigos de tu existencia! Si tuviera que resumir, a modo de axioma científico, la esencia de tu vivir, utilizaría las palabras de Séneca, el sabio de la antigüedad: “Hay que quitar importancia a las cosas y llevarlas con ánimo alegre. Es más humano reírse de la vida que llorarla” Dice la canción que “jamás duró una flor dos primaveras”. Quizá forme parte de alguna estrategia Divina, cuya finalidad consista en hacernos valorar lo que tenemos, cuando lo tenemos. Pero Dios, en su infinita misericordia, creó las semillas para que, una vez perdida la flor, tengamos la esperanza de recuperar aquello que fue, de un modo nuevo. María, fuiste una flor de las más hermosas que ha surgido en la tierra. Tu belleza irradiaba del corazón, no era artificial, presuntuosa, ni distante, sino cercana, cálida y transparente como una veta de sol que entra por la ventana, como el agua que corre tras la tormenta. Durante tu tiempo sobre la tierra, comenzaste un arduo y silencioso trabajo: despertar lo mejor que hay en el corazón de cada persona. Ahora nos toca a nosotros sembrar tus semillas, para vivir y formar parte de esa fuente de luz que fue tu vida. Indagando en mi corazón, he descubierto algunas que merecen la pena ser sembradas:

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Semilla de la alegría Es triste pero cierto, que uno de los bienes más escasos en estos tiempos que corren, es la alegría. Muchos justifican su oscuridad, ocultándose en los múltiples problemas que nos acechan, pero bien es cierto, que la tristeza parece cebarse con los que más tienen y menos necesitan. Cuando tenemos un problema de verdad, nos convertimos en luz, sin saber dónde se encontraba el interruptor. Cuando todo está perdido, todo está, misteriosamente, ganado. La alegría de María del Puerto, nunca fue forzada o motivada por una consecuencia; no despertó como resultado de un logro conseguido. En cierta ocasión, sentados en un banco de la Plaza de la Iglesia, le pregunté indiscretamente: –¿Eres feliz sin marido e hijos, sin hermanos, ni familia directa? Ella me respondió de un modo estoico: –Nada tengo y nada he perdido, porque todos mis bienes están conmigo. Siempre he admirado a este tipo de personas, que parecen sustentarse, misteriosamente, de un alimento divino de alegría. Yo, que tiendo a caer a menudo preso de la melancolía, recuerdo con envidia sana aquellas sabias palabras.

Semilla de generosidad María del Puerto era una persona generosa, pero de un tipo de generosidad excéntrica. Nunca premeditaba donde dirigir sus bendiciones. El generoso no da a cualquiera, sino a quien debe y cuando debe, sin embargo, a ella no le preocupaba qué sucedía con su dinero, o con el que recaudaba en sus múltiples colectas para el “tercer mundo”. Confiaba plenamente en los niños, y jamás desconfió de ellos, ni apostilló ninguna sentencia autoritaria como: “¡No vayáis a quedaros con el dinero que recaudéis!”.

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Lo que entregaba a los demás, jamás lo hizo con dolor. Nunca antepuso sus bienes a la acción hermosa de dar desinteresadamente. Ella siempre decía: “La generosidad no consiste en la cantidad de bienes que se entregan a los más necesitados, sino en la disposición del que da. Es más valioso lo que sale del corazón, que la más grande de las fortunas” Entiendo, que su generosidad nunca fue falsa ni forzada, porque le costaba mucho esfuerzo aceptar ofrendas de los demás, pues como bien dijo Aristóteles: “Es más propio de la virtud hacer el bien que ser objeto de él”

Semilla de cooperación A pesar de encontrarse siempre rodeada de personas, María del Puerto no tenía formada en su mente una identidad de grupo. Era una mujer que estaba en el mundo, sin ser del mundo. Jamás se sintió ofendida por el qué dirán, e instaba a la juventud, enseñándoles: “Si lo que haces, te produce contento y deseas compartirlo con los demás, jamás cometerás ningún error, ni nadie tendrá nada malo que decir de ti. Sólo es malo y produce daño, lo que queremos guardar para nosotros mismos” Nunca oí afirmar a María, quién era o quién no era su mejor amistad. Como es lógico, por cercanía o afinidad, siempre estaba rodeada de ciertas personas que compartían con ella su día a día, pero nunca trató de un modo diferente a todo el que se relacionaba con ella. Jamás buscó el propio beneficio o interés, es más, al carecer de identidad de grupo, no le importó nunca trabajar desinteresadamente para todas las Asociaciones del pueblo, sin manifestar su preferencia por unas u otras.

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Semilla de trascendencia ¿Quién no asocia a María del Puerto con la Iglesia? La Iglesia como punto de encuentro cristiano, y como templo que da estabilidad, armonía y belleza a la comunidad. ¿Se imagina alguien cómo sería Zufre sin su Iglesia como templo y testigo del tiempo? Más difícil es imaginarse, y, por desgracia, vivir la Iglesia sin ella. En cierta ocasión, le formulé, hace ya algunos años, una pregunta capciosa, mientras disfrutábamos de un rato de charla sentados en la plaza, a la sombra de los naranjos: –¿Crees en Dios María? Muy inteligentemente me respondió, planteándome una situación paralela. –Unos minutos antes de morir mi hermana Tomasa, se incorporó súbitamente de la cama diciendo: “¿Qué haces ahí Lolita?” –refiriéndose a su otra hermana que murió previamente–. “¿Cómo has llegado hasta aquí, si estás muerta hace años?”. De pronto, calló sobre el lecho y murió. Y ahora yo te pregunto –me dijo, mirándome fijamente a los ojos– ¿crees en la vida después de la muerte? pues del mismo modo, afirmar o negar la existencia de Dios, es ahuyentar a Dios. Es mucho mejor mantener encendida la lámpara, y procurar que no le falte nunca aceite, hasta que la puerta del banquete se abra. Si bien, no podemos afirmar que Dios existe o no con pruebas, al menos todos tenemos su invitación al banquete, con esta hermosa vida que nos ha regalado. María del Puerto nunca cayó en la tentación de ejercer una labor pastoral. Se limitaba a escuchar y comprender las necesidades de la gente, y si venía a lugar, compartía su escuela moral personal, sin caer en el academicismo o en las reglas establecidas de la Iglesia Católica. Minutos después de una confirmación, hace ya algunos años, le oí decir a María, dirigiéndose al Señor Obispo Ignacio:

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“La primera necesidad del hombre, es la de sentirse comprendido. Después su alma se amolda al bien, como el barro se deja manipular por las manos del alfarero”

Semilla de confianza María del Puerto nunca tuvo sentido de la propiedad privada. Las puertas de su casa, al igual que las de su corazón, siempre estaban abiertas. Una mañana, mientras me dirigía hacia la consulta del médico, le pregunté: –¿Te encuentras mal María? –¡Pensaba que estaba a punto de morirme esta noche! –me dijo mientras reía a carcajadas–. Como tengo un marcapasos, pensé que lo que sentía era el final, pero el médico me ha dicho esta mañana, que sólo era producto del miedo. Es la primera persona que conozco, que me ha hablado del miedo sin sentir temor. Cuando la mayor enfermedad que asola el mundo es la angustia vital, para ella, el miedo sólo se trataba de un viejo amigo, que aparecía cuando las cosas se ponían un poco apretadas, y con una habilidad sobrenatural se libraba de él, no negando jamás su existencia. María del Puerto, muchos dirían que te hemos perdido para siempre, pero con tus semillas de alegría, generosidad, cooperación, trascendencia y confianza, ¿quién no puede recuperarte de nuevo en su corazón, y compartir contigo la dicha de la existencia de un Dios, que crea obras tan hermosas como tú?

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La llave de la Iglesia A pesar de los años que han pasado, aún recuerdo, que la primera vez que tuve noticia tuya, fue durante una tarde en casa de mi abuela Teresa. Yo tendría unos seis años y, como todos los niños de esa edad, me encantaba rebuscar las viejas fotografías que guardaba mi abuela en el cajón de la mesilla de noche. –¿Quién es esa niña que está sentada en las rodillas de esa mujer? –pregunté a mi abuela, mientras los canarios cantaban su particular sinfonía. –Esa niña es Mariquita del Puerto, y la mujer, mi amiga María Antonia. Al oír tu nombre por primera vez, me cayó tan en gracia, que no pude más que hartarme de reír mientras mi abuela me miraba enfurecida. –¿Por qué te ríes niño? –gritaba mi abuela–. Su nombre es María del Puerto, pero como todo el mundo la quiere tanto, le decimos Mariquita del Puerto. ¿Acaso a ti no te llama la gente “Pepe” siendo tu nombre José? A pesar de las razonables explicaciones de mi abuela, yo no podía por más que no parar de reír. Unos meses después, a la altura del mes de junio, los niños del colegio estábamos preparando uno de esos típicos teatrillos de fin de curso. Yo, a pesar de mi corta edad, tuve que representar a un jornalero del campo, y mi madre no sabía de dónde sacar mi diminuto disfraz. Al observar su desesperación, la señorita María del Carmen le dijo: –No te preocupes María, acércate a casa de María Antonia, que ella te deja una boina pequeña y un pañuelo de hierba, y el niño va que ni pintado.

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Camino de casa de María Antonia, yo me preguntaba paso a paso, qué diantre sería un “pañuelo de hierba”. Mientras María Antonia rebuscaba desesperada entre sus pertenencias, llamaron a la puerta. –¡Hombre, qué suerte hemos tenido, que ha venido Mariquita del Puerto! ¿Cómo disfrazamos a este niño? ¡Mira que la función es esta tarde! –dijo María Antonia. Al oír el nombre de Mariquita, recordé aquella tarde en casa de mi abuela y, mientras mi madre y las dos mujeres me vestían y desvestían, aguanté las ganas de reír. María Antonia, al ver mi cara compungida, le decía a mi madre: –¡Hija mía, qué callado está tu hijo! ¡Niño, tú no te pongas nervioso con el teatro, verás qué bien te va a salir! ¡Qué salado estás con la boina y el pañuelo de hierba! Al salir de aquella casa, me dolía tanto la garganta por impedir que la risa aflorara, que, aún hoy día, pienso que mis dolores crónicos de garganta proceden de aquella tarde del mes de junio. Camino de las escuelas viejas, ataviado como un antiguo jornalero, comencé a recordar aquella fotografía. María Antonia, a sus dieciocho años, vestía un elegante traje negro al estilo “años veinte”, y María del Puerto un vestidito color blanco. Entre bastidores, mientras las niñas de mayor edad cantaban entusiasmadas la canción de las “espigadoras”, María del Puerto se dirigió a mí, y con una voz tan profunda y amable, que consiguió que olvidara su gracioso nombre, me dijo mirándome a los ojos: –¿Qué te pasa? ¿te pica el pañuelo de hierba? no te pongas nervioso, ¡mira qué tranquilos están tus compañeros! Aquella mirada dulce y profunda, me tranquilizó tanto, que reuní el valor suficiente como para mirar cara a cara a un público, que parecía estar cubierto por una fina gasa oscura. La obra de teatro fue todo un éxito, y sin saber cómo, apareciste de pronto entre el revuelo de

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todos los espectadores, portando un enorme cubo de leche hirviendo, que las madres convirtieron en chocolate en décimas de segundos. No te ofendas María, pero así te conocí. Desde aquel día, siempre estuviste presente en la vida de todos los niños de mi edad. Recuerdo entusiasmado aquellas tardes de primavera después de catequesis, cuando todos nos sentábamos a tu alrededor en los bancos de la Plaza de la Iglesia, para escuchar tus historias, mientras un cielo poblado de golondrinas amenazaba con herirnos con sus dagas negras. En tu persona se conjuga la fuerza de la paradoja. Por un lado espiritual, por otro divertida; unas veces mayor, otras casi una niña; lo mismo atiendes con dignidad la visita del Señor Obispo, como de una vieja cortina sacas un disfraz para el carnaval; Siempre la última, y todos te queremos la primera; con tu fina voz, nos echabas las más dulces reprimendas; tu presencia es toda luz, hasta en la oscuridad de la Iglesia. ¿Qué habría sido mi vida sin ti? sin tu benéfica influencia, sin el efecto que, cada una de tus palabras, han ejercido sobre mí. Sin tu sonrisa y tu sentido del humor. Es más, ¿qué habría sido del pueblo sin ti? ¡Cuántas tardes de mi infancia, he gastado jugando en esa Plaza de la Iglesia mientras observaba tu característico caminar! ¿Y esa llave?, ¿en qué manos podrían haber estado mejor guardada? Cada vez que alguna amistad forastera deseaba visitar la Iglesia, disfrutaba yendo a tu casa para buscar la llave. Nunca nos dejaste esperando en la puerta de la calle, es más, todos mis amigos quedaban admirados por la belleza de tus flores y pilistras, mientras nuestros ojos quedaban cegados por el sol de tu terraza durante minutos. ¿En qué lugar se encuentran hoy día esos hermosos momentos? María del Puerto o Mariquita, como tú quieras, para mí, y creo que para todo el pueblo, eres la llave de la Iglesia, la llave de los Reyes Magos, de la ilusión de los niños, de los portales vivientes, del carnaval, la llave de la alegría, del amor, y sobre todo, la llave de la

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juventud. Tú eres el más digno ejemplo de la presencia de Jesucristo en la tierra. Hace un año aproximadamente, pasabas casualmente hacia la Vivienda Tutelada, mientras nosotros recogíamos los contenedores. Sin dudarlo, te soltaste impulsivamente de la mano de tu cuidadora, y te dirigiste hacia mí para decirme: –¡No sé ahora mismo quién eres hijo, pero dame un beso! Aquella noche comprendí aliviado, que todo en este mundo se olvida, menos la memoria del amor. 4 de abril de 2009

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Homenaje a Don Luis Fernández Manzano Hace unos días me encontré por casualidad con tu hijo Matías, y me dijo que este sábado 15 de marzo, se celebraría un concierto de música en la Iglesia. Por desgracia me ha sido imposible asistir por motivos laborales, pero quisiera aprovechar esta ocasión para felicitarte por tu cumpleaños. ¡Para mí, y seguro que para la mayoría de los presentes, estás más vivo que nunca en nuestros corazones! Sentado esta noche frente a mi ordenador, he sentido un cúmulo de sensaciones y sentimientos, intentando resumir en pocas palabras lo que ha significado para mí conocerte, y haber tenido la suerte de ser tu alumno en el colegio. Pero, entre todos los recuerdos, me quedo especialmente con el que ha tenido más repercusión en mi vida. Recuerdo que tus clases eran un refugio para mí, en ellas me sentía seguro y a salvo. Por aquella época, algunos niños del colegio sentían un odio visceral hacia mí, pero en tu presencia nada ni nadie podía causarme ningún tipo de daño. Cuando llegaba la hora del recreo, evitaba a toda costa abandonar el aula, y me inventaba cualquier excusa para quedarme haciendo los deberes o leyendo algún libro de la biblioteca. Mientras tanto, te observaba a intervalos, y percibía que tú hacías lo mismo mirándome por el rabillo del ojo, corrigiendo los exámenes. En uno de aquellos duros recreos de mi adolescencia, me senté junto a la ventana mientras el sol bañaba de luz mis cuadernos. Mi corazón temblaba de ansiedad, pensando que después de las clases tendría que salir a la calle para enfrentarme, como todos los días, al rechazo, la violencia y la intolerancia de algunos de mis compañeros. Una lágrima comenzó a dibujar el contorno de mi cara, cuando, de pronto, te levantaste de tu mesa y te dirigiste hacia la mía. Sin abrir tus labios me miraste fijamente. Yo comencé a sentirme aún más inse-

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guro, intentando controlar mis emociones, y mi dolor reprimido. Con un tono de voz que jamás olvidaré, me dijiste algo parecido a lo que describo a continuación: “Quiero que leas este libro. Es la vida y obras de Santa Teresa de Jesús. Esta extraordinaria mujer, consiguió transformar todo su dolor y sufrimiento, en vida y esperanza. Confío y deseo que aproveches estos duros momentos de tu vida, para convertirte en un hombre completo, que responde a la vida con alegría e ilusión. Ante la violencia y el rechazo de los demás, responde con amor y con valentía. No tengas nunca miedo a nada. En estas páginas descubrirás la fuerza que encontró Santa teresa en su corazón. Fuerza, que también tienes tú, si reúnes el valor para buscarla. Mientras que estés en el colegio nadie te hará daño, pero, recuerda que en la calle sólo te tienes a ti mismo, por eso tienes que convertirte en tu mejor amigo”. Hoy día éste es mi libro de cabecera. Lo he leído infinidad de veces, y en cada página te recuerdo con tu presencia fuerte, noble e inquebrantable. No te puedes imaginar, lo que significó para mí aquel día, y el fruto que ha nacido de tus sabios y firmes consejos. Es cierto, quizá no he llegado tan lejos en la vida como esperabas de mí, pero puedo asegurarte que cada uno de mis actos está impregnado de tu educación, de tu sentido del deber, de tu responsabilidad ante las pequeñas cosas, de tu disciplina. Contigo aprendí, que toda acción es importante si la realizamos con dignidad y con perfección. He admirado siempre tu voluntad inagotable, el poder que irradiabas con tu sola presencia, y echo mucho de menos el orden que se generaba a tu alrededor espontáneamente. Con todo esto quiero decirte, que tienes el deber y la obligación de nacer de nuevo. El mundo hoy día necesita hombres como tú.

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Por cada diez personas, una debería estar en posesión de tu fuerza, para que este barco en el que viajamos todos, no se hunda irremediablemente. Quiero aprovechar esta ocasión, para agradecer también el esfuerzo que hicieron todos mis profesores del colegio, para convertirme en lo que hoy soy. A María del Carmen, a María Luisa, a Manuel y su mujer María, a Laly, a Diego, a Bartolomé, y ¡cómo no!, a ti, Luis, con todo mi amor, con todo mi corazón donde quiera que estés.

Tu alumno y amigo 15 de marzo de 2008

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III PARTE

Escritos a la Virgen del Puerto


Querida Virgen del Puerto Te escribo para decirte lo que ha significado para mí que me hayas visitado en mi lugar de trabajo. Cuando vi el cartel con tu fotografía rodando dentro del camión me impactó, ¿cómo algo tan valioso podía ser arrojado a la basura con todos nuestros desperdicios? Por un momento intenté rescatarte de la perdición, pero la pala de la tolva del camión fue más hábil que yo, engullendo tu imagen en las mismas puertas del infierno. Desde que fuiste tú la que me visitaste en mi trabajo, mi vida ha cambiado, ¡y desde luego ha cambiado para mejor! Ahora cada día estoy pendiente de lo que cae dentro del camión, y la verdad es que estoy sorprendido, parece que desde que tuviste el gusto de visitarme, todo ha cambiado ante mis ojos dormidos. Desde tu visita, mi ignorancia se ha transformado en dolor, pero un dolor alegre. Todos los días sufro mucho durante mi jornada laboral, porque antes de tu visita estaba ciego. Ahora puedo ver la cantidad de pan que se tira todos los días, además metido en bolsas herméticas, ¡pan que no se vende, pan que se tira a la basura! Ahora mi vida es dolorosa, porque con la fruta -en buenas condiciones- que tiran cada día los supermercados, podrían vivir muchas personas. Antes de tu visita, yo me sentía seguro por tener un trabajo. Ahora, después de tu visita no temo quedarme en paro, he descubierto que puedo vivir con lo que le sobra a todo el mundo. ¡Qué maravilloso el 50% de todo lo que tiramos! Si pudiera describir todo lo valioso que he descubierto desde tu visita, no tendría páginas suficientes. Un día realicé una sustitución en la ruta que recoge el servicio de Aracena, ¡qué dolor tan grande! Alguien a quien le sobraba mucha riqueza, tiró aquella tarde un curso completo de inglés. En aquel instante, pensé más en los niños de la

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Asociación de Paz y Bien de Corte Concepción, que en mí, que ya tengo un curso completo. Cuando la gente ve el camión de la basura, sólo percibe negatividad, ¡se puede ver en sus caras! Parece que a nadie le gusta reconocer que lo que nos sobra dice mucho sobre nosotros mismos, de lo que somos en realidad. ¿Puedes creer, Virgen del Puerto, que el camión de la basura es como un centro de educación de adultos? Todos los días leo cientos de periódicos, revistas de actualidad, folletos médicos del Centro de Salud de cada pueblo. ¡Quién me iba a decir a mí, que en un contenedor de Zufre iba a encontrar toda una colección de libros premios planeta de los años cincuenta y sesenta! ¿Cómo se puede tirar un libro a la basura? es mucho mejor dejarlo en casa y leérselo a algún vecino ciego que tengamos cerca, ¡Cuánto agradecería ese ciego que alguien le leyera algo, aunque fuera el prospecto de sus medicinas! Otra cosa que he descubierto desde tu visita, es la perspectiva óptica de los que nos rodean. La gente que me conoce y me quiere, me suele decir: “¿cómo puedes trabajar ahí con lo mal que huele?”, sin embargo, los niños nos siguen tras el camión, como si fuese la carroza de los Reyes Magos de Oriente, igual que si fuésemos héroes. ¡Qué ilusión puedo ver en la mirada de un niño que nos persigue jugando! Mientras todo el mundo se tapa la nariz al pasar junto al camión, los niños sueñan con ser basureros. Para un niño, el camión de la basura es lo más sofisticado que existe, y desde tu visita al camión, Virgen del Puerto, me siento cada día más niño y más inocente. ¡Qué alegría tan grande, recuperar la inocencia cuando la has perdido hace ya tanto tiempo! ¡Ahora me siento seguro, porque sé, que con lo que le sobra al mundo puedo crear un imperio! Daos una vuelta por los contenedores, y podréis amueblar vuestras casas, y si profundizáis un poco en vuestras mentes y vuestros corazones, sólo es menester mirar como un niño, y eso es lo que soy desde tu bendita visita. ¡Sí, el camión huele mal, lo sé, pero cómo me gustaría que oliesen mal nuestros sentimientos y pensamientos negativos! Cada vez que pienso mal de alguien, se lo merezca o no, debería oler mil veces

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más que el camión, sin embargo, sólo huele mal lo que me sobra. A veces me pregunto adónde va a parar todo lo que desperdicio. Un día alguien tiró una bolsa de trigo. Sin dudarlo ni un instante, y, eso sí, pensando en tu visita, comencé a lanzar trigo por las calles de Linares de la Sierra, ¡cuántos pájaros disfrutarían aquella tarde comiendo de lo que nos sobra!

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Virgen de los Emigrantes Jamás imaginé, que un objeto tan pequeño iba a cobrar tanta importancia en mi vida. Hace un par de días, perdí mi llavero de la Virgen del Puerto. Mi madre se había empeñado en regalármelo, para que pudiera estar lo más cerca posible de la Virgen, y ahora que lo he recuperado, me he dado cuenta del valor tan importante que tenía para mí. Curiosamente, al encontrarlo entre las macetas de mi patio, ha surgido una cuestión en mi mente, que me ha dejado sin respiración: ¿por qué amamos a los objetos y a las personas cuando los hemos perdido?, ¿por qué amamos lo que está lejos, en la distancia, e ignoramos lo que tenemos cerca? Hace ya varios años, conocí a un grupo de argentinos, que habían venido hasta Huelva para conocer la Romería de la Virgen del Rocío. Uno de los integrantes del grupo, me dijo que yo era un afortunado por vivir tan cerca de Almonte, pero cuando le comenté que no había ido nunca a esa fiesta, se quedó consternado, no podía dar crédito a lo que estaba escuchando. El joven me relató los esfuerzos que habían realizado para hacer ese maravilloso y esperado viaje, incluso una mujer había estado ahorrando durante más de diez años, para poder ver en directo la cara de la “Blanca Paloma”, sin embargo, yo que estaba a menos de cien kilómetros, ni siquiera se me había pasado por la cabeza semejante idea. Recordando esta anécdota con mi llavero de la Virgen entre mis manos, trato de ponerme en el lugar de todos aquellos zufreños, que tuvieron que emigrar a la fuerza, para buscarse la vida en países extranjeros. Sin embargo, aquí estoy yo junto a ti, con mi llavero, y he tenido que perderlo para darme cuenta de cuánto lo quería, ¡con qué amor tan grande me lo regaló mi madre, el día que me fui a vivir fuera de su casa!

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Con la salud, nos pasa tres cuartos de lo mismo. Ahora tengo 36 años, soy joven y estoy bien, gracias a Dios, pero realmente no me doy cuenta del valor que tiene todo ello. Necesito tener 80 años, para recordar con nostalgia cuán feliz era cuando tenía 36, o, padecer una artrosis generalizada, para valorar aquellos momentos en los que corría por los campos libre como un pájaro. Sin embargo, aquí estoy madre del cielo, a mis 36 años, quejándome de absurdeces y tonterías, rezándote para conseguir cuatro deseos de niño de patio de colegio, mientras el mundo arde de dolor y sufrimiento. ¿Por qué necesito perder todo lo que tengo, para descubrir lo feliz que soy cuando lo tengo todo, aun sin verlo ante mis ojos? ¡Cuántas personas darían todo lo que tienen por poder volver a andar! ¿Con qué ojos nos mirarán los paralíticos, cuando nos ven llorando por gilipolleces? La alegría de haber encontrado mi llavero, me revela, que hay ciertas circunstancias que se pueden solucionar y reparar, pero ¿qué sucede cuando nos quedamos con las ganas de haberle dicho mil cosas a un ser querido que se nos ha ido para siempre?, ¿por qué tengo que esperar a que se muera alguna persona importante para mí, para poder amarla de verdad?, porque hasta que no se muere una persona, no empiezas a amarla realmente, y llega a ser un amor tan egoísta y celoso, que, aunque tengas diez familiares viviendo junto a ti, no los ves, ni los amas, pensando sólo en la persona que se fue. Ellos no pudieron despedirse de las amapolas y las margaritas. Nosotros, aún podemos conocerlas y amarlas, ¡celebremos juntos la existencia! Jesucristo, tu hijo, vino a este valle de lágrimas, para decirnos que nos amáramos aunque fuésemos enemigos los unos de los otros, pero, ¿por qué no vamos practicando poco a poco, amando lo que tenemos cerca, del mismo modo que aman los emigrantes su tierra, la Virgen y su familia? ¡Cómo me gustaría mirar a Zufre, y a ti Virgen del Puerto, con los ojos de un emigrante!, ¡cómo me gustaría volver a ver a mi abuelo Gregorio reparando un reloj averiado, a mi

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abuelo Felipe paseando por Las Peñuelas, a mi abuela Teresa riendo a carcajadas haciendo roscos de miel y abrazar a mi abuela Modesta, mientras me inunda nuevamente con aquella mirada profunda!, ¡cómo me gustaría valorar mi juventud y mi salud, la presencia de mis padres, vecinos y amigos, antes de que sea demasiado tarde para descubrir, cuán feliz soy aquí y ahora!

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Viviendo al límite Aquella tarde el sol pegaba fuerte, mientras la Virgen salía por las puertas de la ermita para dirigirse al pueblo. A pocos días de cumplir mis doce años, me coloqué frente a la imagen, que se balanceaba lentamente, y le formulé una petición, mientras las lágrimas se deslizaban por mi rostro. Lleno de dolor y sufrimiento, puse a prueba mi fe, pensando que tenía la suficiente como para que la Virgen escuchara mis súplicas. Lentamente, los días, los meses y los años pasaban sin que mi petición fuese atendida. Cada mañana y cada noche rezaba colocando mis manos sobre mi corazón, esperando infructuosamente la respuesta y la solución a mi dolor, pero todo era en vano. Su silencio y la agonía de soportar mis padecimientos, se había convertido en una cuesta arriba difícil de sobrellevar. Con el tiempo y la madurez, llegué a la conclusión de que la oración era insuficiente, la Virgen me exigía algo más, así que comencé a hacer promesas y novenas en casa. Cada cierto tiempo preparaba mi bocadillo, me colocaba las botas y me echaba a andar camino de la ermita, mientras rezaba y meditaba esperanzado. Cada vez que me martilleaban mis tribulaciones, sentía cierto alivio haciendo las novenas del libro de la Virgen, y cuando, por un despiste, se me pasaba un día sin hacerla, comenzaba por el principio, pero nada cambiaba, mientras, el sol seguía saliendo y ocultándose en el fluir ininterrumpido del tiempo. Una mañana del mes de mayo, veinte años después del día que le hice la petición, me preparé para hacer otra caminata a la ermita. Aquel día, el sol se ocultaba tras un espeso manto de nubes grises, pero no parecía amenazar con lluvia. Justo cuando me preparé para echar a andar, pensé por unos instantes en el tiempo que llevaba esperando a que la Virgen me escuchara, y durante unos segundos, un sentimiento

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de ira y frustración inundó mi corazón. Sin pensarlo dos veces, tomé el coche en lugar de mis pies, y como alma que lleva el diablo, alcancé la ermita en un tiempo récord. Al cruzar las puertas del Sagrado Recinto, contemplé por unos instantes el rostro de la Virgen, un rostro que parecía mostrar alegría por mi visita. Enfurecido me coloqué de pie frente a la imagen, y comencé a increparla: “¿por qué?... ¿por qué?...”. La naturaleza parecía comprenderme en mi dolor, y una tormenta se desató. Mis lágrimas caían al suelo, en un intento de imitar la tempestad que caía en el exterior, cuando, para mi sorpresa, una idea cruzó de mi mente a mi corazón: “soy un amigo de la Virgen por interés”. Aquel pensamiento me produjo tal sentimiento de vergüenza y arrepentimiento, que durante unos instantes me sentí sucio. Todas mis oraciones, todas mis promesas y novenas, habían sido un intento de soborno, para conseguir los favores de la Virgen. Aquel día fui a la ermita enfadado, porque todas mis artimañas no habían servido para nada, y estaba dispuesto a perder mi fe y mi relación con ella. Incluso sentía deseos de decirle al mundo, que la Virgen no nos podía ayudar, pero, afortunadamente, estaba equivocado. Hoy día mis problemas no se han solucionado. Gracias a ellos, pasé de ser un amigo de la Virgen por interés, a tener la mejor relación de amistad que jamás he tenido. La Virgen me reveló que los milagros son humanos. Ella dijo un Sí incondicional al nacimiento y la cruel muerte de su hijo. No pudo hacer nada mientras le arrastraban por las calles de Jerusalén, pero, los que decían que le amaban, sí lo podían haber hecho. Hoy día, Jesús sigue apaleado por las calles, disfrazado de mendigo, de niño maltratado en el colegio, de prostituta o drogadicto, sin embargo, aquí estamos todos cruzados de brazos pidiéndole soluciones a la Virgen para nuestros males. ¿Cuándo vamos por fin a guardar silencio en nuestras oraciones, y vamos a escucharla a ella? Llegar al límite en el dolor y el sufrimiento, no es agradable, ni deseable, pero, innegablemente es una gran oportunidad para conocernos a nosotros mismos, y por ende, de conocer a la Virgen. Es comprensible que muchas personas que han llegado al abismo del su-

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frimiento, sientan un rechazo por la imagen, realmente no pueden comprender su impasibilidad ante tanta injusticia, una injusticia que, normalmente, suele cebarse con las buenas personas. Pero, si somos valientes, y damos un paso adelante en el vacío y el silencio de la imagen, el milagro se produce, y sin lugar a dudas, tu vida cambiará al cien por cien. Pasarás de ser un amigo de la Virgen por interés, a ser su amigo íntimo, y es precisamente en la amistad íntima, en la que se comparten los secretos más ocultos. Incluso mirarás tu dolor y frustración con nuevos ojos, aprendiendo a decir un Sí incondicional al misterio de la vida, un Sí, que en absoluto es resignación. ¡La resignación es sólo para los que, aun viviendo, están muertos! Antes rezaba cada noche con esperanza. Hoy día no rezo, imagino que voy de noche a la ermita, y entro en silencio en el sagrado recinto, mientras observo el rostro de la Virgen bañado por la luz de la luna, un rostro que me ama de verdad, y es precisamente en el amor auténtico, cuando el milagro que lo cura todo se manifiesta.

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El candelero de la Virgen Justo al terminar de bailar la cuarta sevillana, y apurar mi vaso de sangría, decidí entrar en el interior de la ermita, en el momento mágico de la primera romería. Eran las cuatro de la tarde, y los bancos estaban repletos de personas, que como yo, deseaban zambullirse en el misterio de la contemplación de la Virgen. Sin dudarlo, observé el interior del sagrado recinto, y descubrí que, para mi sorpresa, quedaba un hueco en el primer banco. Al sentarme, mi cuerpo descansó del ajetreo de todo el día, y mi mirada se posó, sin saber por qué, en el antiguo limosnero de cristal. Por un momento, recordé sorprendido aquellos años en los que mis ojos quedaban a la misma altura del dinero, que descansaba en el fondo de la urna. Una urna que yo recordaba enorme y preciosa, mientras mi codicia indagaba por descubrir el modo de sacar ese ansiado tesoro de su prisión de cristal. De pronto, la presencia de una señora mayor que se dispuso a encender una vela en el candelero de la Virgen, me devolvió al presente. Como por arte de magia, el limosnero volvió a hacerse pequeño, recordándome que ya no soy el niño de ayer. Por un momento, observé el rostro de aquella señora, cuyos labios parecían susurrar una promesa de futuro mejor, ante la presencia de la Virgen. Sin dudarlo, tomó temblorosa entre sus manos la caja de cerillas, y comenzó a encender, una tras otra, las cuatro velas. “Seguro que ha pedido por todo el mundo menos por ella” pensé. A esas edades, la oración tiene que ser lo más parecido a lo que nos enseñó Jesús. Estoy seguro, que esa señora pidió por sus hijos, por su marido, por sus nietos, y se olvidó, como suele pasarle a la mayoría de las madres, de ella misma. Un momento después, paradójicamente, se aproximó al candelero un niño de unos siete años. “¿Qué puede pedirle un niño de siete años a la Virgen?” pensé. Por unos instantes, recordé aquellas noches de mi

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infancia, en las que, cada dos por tres, se iba la luz y, junto mi hermana, disfrutaba jugando con la vela en el centro de la mesa camilla. No hay nada que seduzca más a un niño que la llama de una vela, limpia y pura como su alma. El niño se fue, y mi mirada se posó en la imagen de la Virgen. “¿Qué puedo pedirte que ya no tenga?” pensé. De pronto, otra señora se acercó al candelero, e hizo algo que, en ese momento, llamó poderosamente mi atención. Tomó otra vela para prender la suya. “¿Habrá cogido la vela que ha encendido la vecina que tanto odia?” pensé. Aquella idea irrumpió en mi mente rompiendo todos mis esquemas. Por un momento me di cuenta que, al igual que aquellas velas que parecían danzar sin control, nuestras almas eran todas iguales ante los ojos de la Virgen del Puerto. No importaba que fuésemos viejos o jóvenes, buenos o malos, de clase alta o de clase baja. Cuando nos acercamos a la Virgen para rezar o pedir, no es nuestra boca o nuestra mente la que pide, sino la llama de luz verdadera que habita en lo profundo de nosotros mismos, y es, sin lugar a dudas, nuestra verdadera identidad. De pronto, sin la presencia de un líder que dictara órdenes, la gente se levantó de un modo automático, y con una precisión propia de alemanes, comenzaron a retirar los bancos para, a continuación, presenciar el descenso de la Virgen hacia su camarín. La imagen, sujeta cuidadosamente por firmes brazos, parecía volar hacia mí, del mismo modo que la imagino cada noche en mi singular modo de rezar. Por un momento olvidé la presencia del candelero, y sumido en un éxtasis Mariano, me conduje junto al río de fieles hasta la puerta de la ermita. Después de dar una vuelta alrededor del recinto, volví con mis amistades para apurar otro vaso de sangría y bailar un par de sevillanas antes de irnos para el pueblo. De pronto, un extraño ruido de golpe seco, nos sacó del gozo festivo. Un tumulto de gente levantaba el polvo frente a la puerta de la ermita, y sin dudarlo, nos dirigimos hacía allí para ver lo que pasaba. Para nuestra sorpresa, observamos que se trataba de un caballo que, sabe Dios por qué motivo, se había desmayado, golpeándose con el muro y cuya agonía parecía sacar a flote el pozo

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de todos nuestros miedos. Mientras los niños lloraban asustados ante la escatológica presencia del caballo agonizante, un grupo de hombres rodearon al animal, y, con un cariño sobrehumano, comenzaron a reanimarlo. Unos lo acariciaban, otros le echaban agua fresca sobre su cuello, otros le susurraban cosas hermosas al oído, y como si de un milagro se tratara, el animal se puso en pie mientras sus temblorosas patas recordaban el incidente con sus espasmos. Todos volvimos al rincón del baile mientras observábamos al animal que, a duras penas, intentaba recuperarse acompañado por su séquito de amigos. “¿Serán estos hombres tan buenos, los mismos que otro día en el pasado castraron al caballo sin piedad y sin compasión?”, pensé. Al formular aquella pregunta en mi mente, volvía a recordar a aquella señora que, quince minutos antes, había encendido una vela en el candelero utilizando la vela de otra persona. Mientras me dirigía al interior de la ermita, comencé a creer en la bondad del género humano, y observando la hornacina de la Virgen, ya vacía por su ausencia, le formulé con firmeza la siguiente petición encendiendo con entusiasmo mi vela: “Virgen del Puerto, te pido de corazón, que si algún día tropiezo y caigo en el duro camino que es la vida, que las primeras manos que vengan a socorrerme, sean las mismas que en otros tiempos me han hecho daño”.

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La dama de noche El pasado día 7 de enero, de madrugada, percibí una extraña presencia en mi dormitorio mientras dormía profundamente. En estado de semiinconsciencia, observé que se trataba de una hermosa señora, envuelta en un fino velo de color gris perla, que se encontraba sentada al lado derecho de mi cama. Durante un tiempo indefinido, mantuvimos una inusual conversación, de la que extraigo el siguiente extracto: –¿Quién eres? –pregunté inseguro, pero con una extraña naturalidad. –Soy la Madre de la Creación, La Virgen del Puerto para los zufreños. –¿Qué quieres de mí? –fue mi siguiente pregunta. –Tú me has llamado –respondió. Por un momento fui consciente de que tenía una extraordinaria oportunidad, que no podía desperdiciar. –¿Existe el alma humana? ¿Existe la vida eterna? –El alma, es como el sol, todos los animales y las plantas la tienen, pero los seres humanos deben ganársela. Recuerda que sólo el hombre y la mujer fueron expulsados del Paraíso, y en esa expulsión perdieron el alma a cambio del conocimiento del bien y del mal. Los animales no saben que la tienen, porque nunca fueron expulsados. –¿Cómo podemos ganarnos el alma? –pregunté. –Siguiendo el camino de la consideración y la piedad. Aprende de las dos maestras, que todo lo saben y todo lo conocen: la ignorancia y la soledad. Recuerda que Dios Padre negó este conocimiento a los sabios y a los doctos.

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–¿Cómo podemos resolver nuestros problemas? –insistí de un modo compulsivo–, ¿existen los milagros? –Sé una luz para ti mismo, y lleva esa mecha prendida a todo el que la necesite. El centro del Ser es como el sol, ningún terremoto ha logrado alterar su curso a lo largo del firmamento. ninguna nube lo ha nublado para siempre. Descubre ese punto inmortal y eterno que hay en ti, y nada te destruirá, ni siquiera la muerte. –¿Cómo puedo encontrar ese punto interior? –pregunté entusiasmado– ¿debo creer más en Dios? –Salvo raras excepciones, nadie conoce el pensamiento de otras personas –respondió guardando unos segundos de silencio–. También ignoráis, si el amor que os prodigan los demás es verdadero. Ningún padre, ninguna madre, conoce el corazón de sus hijos en su totalidad. Antes de creer en Dios, debéis creer que el amor que os prodigan los demás, es tan verdadero como el que sentís vosotros en vuestro corazón por ellos. Debéis recuperar la inocencia y la absoluta confianza, entonces Dios Padre podrá ser en vuestros corazones, y no tendréis que creer. Él será una realidad tangible, como una roca en el páramo. –¿Existe el infierno? –me asaltaba la curiosidad–. ¿Cuáles son los pecados que no perdona Dios? –Guárdate antes de las tinieblas exteriores, hasta el mismo demonio las teme, y sólo Dios es más fuerte que ellas –suspiró–. Los pecados más aborrecibles son, el asesinato sin arrepentimiento sincero, el abuso sexual de menores, y el engañar a los inocentes. –¿Qué puedo hacer contra los que no obran como es debido? –¿Se retira el suelo bajo los pies de un ladrón que huye? ¿Se convierte el agua en barro, cuando un dictador bebe de su vaso? ¿Se oscurece el sol, cuando un terrorista prepara una emboscada? –preguntó con autoridad–. Entonces, si la tierra, el agua, y el sol, no juzgan a los malvados, ¿por qué ibas a hacerlo tú? Al enemigo, tiende tu mano como al amigo, para que puedas ser uno contigo mismo.

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–Entonces, ¿qué puedo hacer que sea de provecho? –No seas bueno, ni tampoco malo, sólo escucha y deja actuar a tu corazón, ésa es la acción correcta –suspiró de nuevo–. Albert Einstein era bueno, y animó al Presidente Roosevelt para crear la bomba atómica. Poncio Pilatos era bueno, y permitió que juzgaran y torturaran a Jesús. Ambos no escucharon los dictámenes del corazón. –¿No nacen el odio, la envidia y los celos del corazón? –No, todos ellos nacen de la memoria del dolor, si hay memoria, no hay corazón si hay corazón, no existe el tiempo. –¿Existe el Reino de los Cielos? –pregunté– ¿ha existido alguna vez sobre la tierra? –El Reino de los Cielos, es una experiencia individual, que está en proyecto que sea colectiva, cuando el hombre haya cumplido la Ley del Cielo y la Tierra. Lo más cercano al Reino que se ha vivido en la tierra, fue el movimiento hippie de paz y amor, que surgió en California como respuesta a la guerra de Vietnam. –¿Qué puedo hacer con lo que me has contado?, conozco a muy pocas personas, y Zufre es un pueblo pequeño. –El Océano Atlántico comenzó por una gota de agua. De pronto, sentí un impulso irrefrenable de abrazarla, y al hacerlo, desperté pegado con fuerzas a mi almohada. Mi dormitorio, las sábanas y mi ropa, olían a Dama de Noche –imposible en el mes de enero–. Durante días tuve problemas para dormir, y sentía a cada instante, la extraña sensación de estar acompañado hasta en la soledad. Actualmente, sé que sólo fue un sueño, pero, si contamos con placer las más horribles pesadillas, ¿por qué no compartir algo de luz, en la tiniebla en que vivimos?

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Lágrimas de luz y sangre Los relámpagos iluminaban toda la Gran Vía, mientras el limpiaparabrisas apartaba agua y granizo del cristal delantero de mi coche. La tormenta comenzó dos minutos después de terminar de trabajar, y, por suerte, no tuve que colocarme el traje de agua. A pocos metros de alcanzar el Cuartel, conduciendo a diez kilómetros por hora, observé que alguien, en la penumbra de una calle sin luz, forcejeaba entre los verdes setos de la avenida, que aquella noche se revelaban lúgubres y fantasmagóricos. Con cuidado, bajé unos centímetros el cristal, y observé que se trataba de un vagabundo que yo conocía personalmente, por pedir limosna en la puerta del Castillo de Aracena. Mientras que con la mano derecha luchaba por enderezar su truncado paraguas, con la izquierda trataba de desenganchar su mochila, que, a modo de insecto, permanecía atrapada entre los setos cual siniestra tela de araña. Durante unos segundos, permanecí inmóvil observando aquella absurda y dolorosa escena, mientras los granizos parecían anunciar el fin del mundo golpeando el techo y el capó de mi coche. De pronto, con un clamor de trompetas celestiales, mi corazón habló: “sal del coche, ayúdale y dale cobijo en tu casa”. Pocos segundos después y, con la misma velocidad del relámpago, mi mente habló abortando la alegría de mis buenas intenciones: “No le ayudes. En condiciones normales huele mal, imagínate cómo debe oler estando mojado, y ¿qué harás si lo cobijas en casa, echarle al día siguiente? ¿quieres crearte obligaciones con una persona que no conoces? ¿quieres mojarte, después de la buena suerte que has tenido hoy?”. Mientras el corazón y la mente se retaban cual batalla campal, mi memoria comenzó a recrear una experiencia de mi pasado, tan remota, que ni siquiera tenía segura constancia de haberla vivido. Las gotas de lluvia que se filtraban por la pequeña abertura de la ventanilla, no

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impidieron que recordara una jornada en Huelva con mi madre para ir de médicos, que era para lo único que se solía ir a la capital en los años setenta. La cita para la consulta era tan tarde que, por más que anduvimos raudos, perdimos el autobús de Damas que, tras cuatro horas de viaje, nos dejaba en Higuera de la Sierra. Después de recorrer media Huelva pensión por pensión, mi madre repetía y repetía a modo de neurótica retahíla: “¡Ay, Virgen del Puerto!... ¡Ay, Virgen del Puerto!”, mientras recibía un NO por respuesta en cada uno de los portales y tiraba de mi brazo al tiempo que mis ojos se perdían en un mar de escaparates fascinantes y sofisticados. De pronto, frente al solar de un bloque de pisos derrumbado, y en medio de una profunda ansiedad, escuchamos una voz familiar que nos llamaba insistente entre el gentío, al mirar atrás, el rostro de mi madre se iluminó cuando aquella señora oriunda de Zufre, al ver la situación en la que nos encontrábamos, insistió en ofrecernos su casa. En la oscuridad de aquel desconocido dormitorio que, a modo de madre amorosa abrazaba nuestros cuerpos, mi madre se relajó profundamente, mientras yo me preocupaba por no orinarme entre aquellas sábanas impolutas. Dando gracias a la Virgen del Puerto en voz alta, me dijo algo que me dejó marcado de por vida: “Hijo, no le hagas nunca daño a nadie, antes de reaccionar mal con otra persona, espera veinticuatro horas y tendrás las cosas más claras. Imagínate qué vergüenza habría sentido hoy, si a esta amiga del pueblo le hubiera tratado mal en el pasado. Nunca olvides lo que te he dicho”. El ladrido de un perro, me devolvió al presente para descubrir que el vagabundo se había marchado. Por una parte me sentí aliviado por acallar mi conciencia tras el despiste que había tenido, pero en mi cama, mi corazón repetía y repetía: “tenías que haberle ayudado… ahora estará mojado y tirado en algún portal, mientras tú descansas seco y harto en tu cama”. A la mañana siguiente, el sol brillaba como oro bruñido, y estaba todo tan limpio y alegre, que no dudé en subir a hacer mis

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compras. De pronto, mientras esperaba turno en la cola de la pescadería, una señora mayor recriminó a su nieta diciéndole: “Niña, haz el bien y no mires a quién”. Aquellas palabras resonaron en mi cabeza con tal intensidad que, hasta las sardinas, besugos y boquerones, que dormían el sueño eterno sobre una cama de hielo y sal, parecían juzgarme por mi cobardía, y con el tique de turno aún entre mis manos, salí al exterior del recinto para llorar con amargura lágrimas de luz y sangre.

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Primavera en diciembre Desde que vivo en Aracena tengo la costumbre de venir a mi pueblo un día a la semana para visitar a mis padres y pasar un buen rato. En cierta ocasión –concretamente un 11 de diciembre– partí una mañana temprano con mi coche para venir a Zufre, eso sí, sin dejar atrás el paraguas y el abrigo de invierno. El viento frío cortaba el aliento y quemaba la cara cuando aparqué en la calle Mesones. Al abrir la puerta de mi casa, mi madre me hizo una propuesta antes de darnos el primer beso: “¡Aún estamos a tiempo de llegar a la ermita, que hoy viene el Señor Obispo a hacer una visita a la Virgen y a la Hermandad!”. A pesar de que no había mucha gente, el interior de la ermita era un hervidero de vida; unos barrían y limpiaban el polvo; otras colocaban hermosas flores y atusaban el manto de la imagen; alguna que otra conversación, precipitada por la emoción, creaba finas tonalidades que retumbaban en los huecos del alto techo y la cúpula del altar. Con una coordinación pasmosa, una veta limpia de rayos de sol, entró por una de las ventanas guiada por el baile impredecible de una mosca gorda. De pronto, mientras observaba anonadado el viraje que estaba dando el clima en pocos minutos, y me preguntaba qué diantre hacía una mosca de esas dimensiones en el mes de diciembre, una mujer propuso a los presentes que preparásemos, en pocos minutos, un recopilatorio de canciones que antiguamente se le cantaban a la Virgen en las novenas. Tres minutos tardé en retener en mi memoria una canción; incluso me atrevía a corregir a intervalos cuando alguien se perdía en el curso de la letra. Desde entonces creo que la ilusión es la mejor medicina contra el olvido, cómo equivocarnos sino, ante la presencia de tan digna visita. Con la mala cabeza que teníamos todos, ante la mirada disci-

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plinada de la directora, no nos quedaba más remedio que esforzarnos, y cuando ya nos sabíamos la letra de un par de canciones, cogidas con palillos en la mente, una voz al fondo advirtió la presencia del Señor Obispo, mientras tocaban las campanas con la misma ilusión que en una Misa de mayo. Nerviosos y tensos por el esfuerzo mental reciente, nos relajamos instantáneamente al observar el rostro de paz y alegría que mostraba el Obispo. Sin dilación, y después de decir unas breves, pero hermosas palabras acerca de la ermita y la imagen de la Virgen, comenzamos a cantar con devoción la Salve. Nunca me he tomado la molestia de medir el tiempo que dura la Salve, eso sí, debe ser bastante, porque durante el desarrollo de su canto comencé a meditar de un modo espontáneo acerca de lo que se movía en mi corazón con la visita, y por un momento llegué a olvidarme de la frialdad que había comenzado en mis pies y llegaba ya hasta la altura de las rodillas. Aquel encuentro recreó en mi memoria unas imágenes que, sin saber por qué, quedaron impregnadas en mi retina a lo largo del tiempo. La Reina Ranya de Jordania visitando un humilde y pobre taller de alfombras persas. La princesa Lady Diana paseando agarrada de la mano con Santa Teresa de Calcuta, cuando aún era sólo Teresa. ¿Se preguntaría alguna vez la Reina Ranya, cuánto tiempo y con qué ilusión y esfuerzo, hizo el tapiz que le regaló aquella señora, que mostraba en la fotografía unas manos feas y endurecidas? La imagen de Lady Diana no sólo contrastaba en lo opuesto de su vida respecto a Teresa de Calcuta, sino que sus cuerpos, ya de por sí, reflejaban lo grande y lo pequeño. Sin duda, hay algo especial cuando los opuestos se encuentran; cuando el rico da al pobre; cuando el malo da la mano al bueno; cuando el sano asiste al enfermo; cuando el abuelo pasea con su nieto; cuando tu hija sensata se enamora del cabeza loca del pueblo. Al terminar la salve, el Obispo, con su agenda apretada, decidió concluir la visita pensando en los kilómetros que le separaban de la capital. Al dirigirnos al porche, nos quedamos asombrados por el buen

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tiempo y la belleza que mostraban los árboles mientras decía sus últimas palabras. Una señora, poseída por una explosión de colores, comenzó a cantar sus antiguas canciones seguidas por nuestras voces que, por un milagro de la Virgen, recordaban cada palabra y cada tono. Al despedirse le dijo emocionada: “No podemos permitir que usted se vaya sin conocer estas canciones tan bonitas, que hemos estado ensayando con mucha ilusión”. Al oírla, el Señor Obispo comenzó a sonreír con tal espontaneidad, que transformó en pocos segundos aquel triste día de invierno, en una de esas extrañas e inusuales primaveras de diciembre.

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La última romería Según el Calendario Maya, el próximo día 21 de diciembre del presente año tendrá lugar el fin de los tiempos. Realidad o ficción sólo Dios y la santísima Virgen del Puerto lo saben. A lo largo de la historia en infinidad de fechas y circunstancias se han augurado catástrofes y destrucción del planeta. Los que tienen cierta edad aún recordarán aquella graciosa coletilla que decía: “comed, comed, que viene 1953”. Como no estamos realmente seguros de lo que sucederá, yo invito con todo mi cariño a todos los lectores de este libro de festejos, a que disfruten con total alegría e intensidad estas fiestas y romerías, como si realmente se tratase de las últimas. Teniendo en cuenta que dicho calendario vaticinó con extraordinario acierto diferentes hechos y acontecimientos históricos como el nacimiento de Jesucristo, y el descubrimiento de América, entre otros, nos queda el beneficio de la duda y la esperanza de que quizá por una vez se equivoque en sus apocalípticas predicciones. Desde mi humilde punto de vista, opino que fijar una determinada fecha que anuncia el fin de la humanidad, es un modo excelente de despertar las conciencias. Cuando en el pueblo sucede una desgracia de alta magnitud, olvidamos por unos instantes nuestra vida cotidiana poniéndonos en el lugar de la otra persona, aun así, si prestamos una atención profunda a lo que sucede en nuestro interior, podemos observar una cierta alegría curiosa que nos llena inexplicablemente de energía. Necesitamos estar informados en todo momento del curso de los acontecimientos, para alimentar esa hoguera vanidosa que arde momentáneamente en nuestros corazones. Aprovechemos pues estos tres meses de vida que nos quedan, para llenarnos por dentro de luz y de alegría ante esta expectativa incierta que nos atañe a todos por igual. Evidentemente, es demasiado tarde para los milagros. El mundo espiritual nos ha brindado infinidad de oportunidades. Con nuestra

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actitud hemos conseguido, en un tanto por ciento muy elevado, que la venida de Jesucristo al mundo haya sido prácticamente inútil. Miles de Santos renunciaron a su propia vida para tratar de guiarnos hacia ese misterioso renacimiento que nos libera de todo sufrimiento, de todo dolor y nos regala la vida eterna. Sin embargo, hemos respondido a todas esas manos sagradas, con nuestra indiferencia y nuestro rechazo. Ahí estaba el dinero, las posesiones materiales, el sexo lascivo, los deseos de poder y de dominio sobre los demás, las ansias de ser reconocidos socialmente, para alejarnos de lo único que realmente es valioso y podemos llevarnos más allá de la oscura tumba: nuestro corazón. En este breve lapso de tiempo no trates de ser buena persona si no lo sientes, la hipocresía no ha transformado a ningún corazón, es más, si sientes odio por alguien, no lo reprimas, de ese modo te darás cuenta que esa persona que te desagrada ocupa demasiado espacio en tu interior. Deja que te traumaticen las sonrisas y los breves momentos de felicidad y marquen tu corta existencia con la misma fuerza que lo han hecho los ridículos agravios que has padecido en el pasado, y que has arrastrado voluntariamente durante toda tu vida. No importa si sólo amas a una persona, si tu amor por ella es auténtico, eso te salvará. Ahora todo está en nuestras inútiles manos, y tenemos que aprender a usarlas en tan sólo tres meses. Aprovecha toda ocasión, toda oportunidad. Comprar una casa más grande, ganar más dinero o adquirir un puesto superior en el trabajo no te servirán para nada. Trata de ser tú mismo a cada instante, porque tu propia soledad se convertirá en un canal hacia la verdadera vida, y en tu autenticidad el universo responderá a tus plegarias. Vete a las afueras del pueblo durante la noche y abraza los árboles, mientras tus ojos se pierden entre un millar de estrellas. No corras la próxima vez que el cielo derrame sobre tu cuerpo sus lágrimas de lluvia, y si el dolor asola tu existencia, respira profundamente y sufre como el mayor ser sufriente que haya existido sobre la tierra. Abraza a tus hijos cada noche como si se tratara de la última vez. Huele el maravilloso aroma de la leña ardiente cuando pases junto a la panade-

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ría y disfruta de tu cuerpo que te desplaza a donde quieres y cuando quieres. Dejados de la mano de Dios sólo contamos con nosotros mismos; ya no hay tiempo para una nueva venida de Jesús, las segundas oportunidades se agotaron, por no ser merecedores de la misericordia de un Dios que llora en la inocente mirada de los animales y las plantas. La inmensa mayoría hemos perdido la alegría de vivir, y la hemos perdido por cosas absurdas. Si verdaderamente el día 21 de diciembre el cielo se oscurece, la luna se pone roja y todo se acaba, cae rendido y no hagas nada por ti mismo. Llora como solamente un niño lo sabe hacer, entonces nuestra Madre del Cielo te oirá. Humana como nosotros, la Virgen María se refugió junto a los Apóstoles en una cueva, huyendo de la persecución mortal de los judíos, y cuando se acercó el peligro inminente, el Espíritu Santo les inundó de luz y vida, liberándoles de todo temor. Convirtamos pues, en vida y esperanza esta promesa de muerte, y la próxima vez que alguien le diga al mundo que todo se acabará, veamos en sus proféticas palabras una maravillosa oportunidad para despertar.

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Un año sin la Virgen Lo primero que vino a mi mente cuando me enteré casualmente que este año se celebraba el setenta y cinco aniversario de la actual imagen de Nuestra Señora del Puerto, fue la visión de la ermita, aquella tarde del 4 de agosto de 1936, horas después de aquel fatídico incendio. Imaginé las puertas abiertas de par en par, los techos y paredes ennegrecidas, cristales y bancos de madera rotos, y la sinuosa danza ascendente de un humo gris, procedente de los restos calcinados de nuestra bendita Madre del Cielo. De camino hacia mi casa a la altura de la Vega del Amián, la escena bombardeaba mi mente, cuando un hermoso pájaro que no supe identificar, se posó sobre la carretera, justo en la trayectoria de mi vehículo. Como no iba a mucha velocidad por temor a que se cruzase un ciervo, giré el volante con la intención de evitar atropellar a aquel ser tan bello, con la mala fortuna que el animal alzó el vuelo y se zafó bajo mi rueda derecha. Consternado bajé del coche y comprobé que lo había atropellado. Aquella hermosa imagen que unos segundos antes estaba llena de vida, se había transformado en un amasijo de carne y huesos entre los que se identificaba, pobremente, los restos de alguna que otra pluma de color rojo. Durante unos minutos pensé en el daño que le había ocasionado a ese pájaro, y me preguntaba si habría dejado algún que otro polluelo en el nido, esperando hasta el anochecer el vano regreso de su madre. Los imaginaba inquietos, hambrientos y desolados, del mismo modo que se tuvieron que sentir los zufreños durante aquel largo año sin la imagen de la Virgen. Miles de situaciones injustas bombardeaban mi mente. Justo hacía una semana que unos niños habían destrozado las flores de un hermoso rosal en los jardines frente a mi casa, me costaba entender cómo algo tan bello como un rosal, en décimas de segundos derramaba sus pétalos sobre el suelo, quedando frío y desnudo como

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las ropas y objetos personales de un ser querido que nos ha dejado para siempre. Cuando sucede una desgracia, aparte de lo justa o injusta que pudiera llegar a ser la situación, nos queda en la boca una sensación de amargo sinsentido. Nos preguntamos qué diantre hacemos en este extraño planeta. Todo eso sucede porque nos movemos en el mundo de las formas, pero sin conocer el fondo de las cosas. Entre llamaradas, la imagen de la Virgen abandonó el mundo de las formas, para mostrar, a todos aquellos que fueron testigos, su hermoso fondo. Después de ponerse el sol tras el horizonte, aún podemos ver su luz residual, los últimos minutos del atardecer. ¿Podemos decir que una persona querida ha desaparecido porque desgraciadamente ha muerto? ¿No es curioso que cuando muere una persona es cuando nos damos cuenta realmente de que había estado ahí? ¿No se convierte su dormitorio vacío en un hermoso santuario donde conviven al unísono el sufrimiento y la alegría? El mundo de las formas se identifica por el ruido, el movimiento, el aislamiento, así como el miedo y la autoprotección. Mientras no conocemos nuestro fondo, luchamos por ser superiores a los demás, queremos destacar y mostrarnos; apoyamos nuestra identidad en el tener, en la intelectualidad, incluso nuestros deseos de ayudar a los demás, si no están correctamente encauzados, pueden ser indicativos de otro movimiento con el que reivindicamos que somos mejor que todos los que nos rodean. Por este motivo es tan importante la familia para nosotros, porque son los únicos miembros de la sociedad con los que no podemos ser hipócritas, y descargamos el peso que causa el estar rodeado de tanta falsedad. En el mundo en el que prevalece el fondo sobre la forma, se identifica por el silencio, la quietud, la unidad con toda la existencia, así como la ausencia del miedo. En este tipo de mundo sólo campa el amor, no nos importa con qué vara de medir nos calibran los que aún no se conocen a sí mismos. En las épocas en las que hay una floreciente riqueza y estado de bienestar social, las formas cobran fuerza. Todo

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el mundo va a lo suyo en las ciudades, los niños dejan de ser educados y pierden todo su interés por aprender, porque tienen a su alcance todo lo que anhelan con sólo levantar un dedo, y eso, desgraciadamente, crea un distanciamiento entre los seres humanos. En ese tipo de sociedades no existen los enamoramientos auténticos, sino sólo que tu pareja esté constituida por todos los ingredientes que te hagan la vida agradable: dinero y un buen físico, y cuando fallan estos pilares te mandan a hacer gárgaras, aún cuando tengas dos o tres hijos. En las épocas difíciles, como sucede en la actualidad, suele predominar el fondo sobre las formas. Podemos ver en televisión hermosos programas en el que se ayuda desinteresadamente a personas que necesitan una grúa para levantar a un enfermo, o trescientos euros para evitar un desahucio. Una prueba de ello lo muestra también el repentino interés que se está mostrando por la educación de nuestros hijos, como un valor fundamental, así como el grito silencioso de cuarenta mil personas en la puerta del sol de Madrid. Aprovechemos pues esta hermosa, aunque difícil época, en la que los valores de nuestros abuelos parecen revivir, en la que las personas piden un bocadillo para comer y no un euro para gastárselo en cervezas en el bar de la esquina. Una época en la que las personas se están volviendo a mirar a los ojos desde el corazón, ¿y a esto le llamamos crisis? Mi reflexión filosófica estaba llegando a su fin, y recordé de nuevo con dolor en mi corazón la antigua imagen de la Virgen devastada por las llamas y ese misterioso espacio que debió dejar en el interior de la ermita. Llegando a mi barrio y aparcando el coche, recordé de nuevo el pájaro que en segundos había desaparecido ante mis atónitos ojos. Haciendo un esfuerzo traté de encontrar en mi corazón ese fondo de vida y esperanza sobre el que había estado reflexionando, con la cara inclinada bajé del coche, y al levantar mi mirada, observé el rosal que una semana antes había sido destrozado, y una hermosa rosa, casi tan bella como la nueva imagen de la Virgen del Puerto, había brotado.

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IV PARTE

Relatos


La Diosa Madre Por un instante, José se percató de que lo único que ocupaba su campo consciente, era la imagen de sus dos pequeños pies embutidos en aquellos zapatos de goma que utilizaba para casi todo. El sol, que entraba sin permiso por la ventana de su dormitorio, fue testigo mudo de la ansiedad con la que el niño-hombre abrochaba sus sandalias, asegurándose que sus empeines quedaban bien sujetos para no caer corriendo libre como el viento. Saltando entre los hierros de las vías y con un mendrugo de pan entre sus dientes, oyó el inconfundible sonido de la locomotora que, tras vibrar bajo las plantas de sus pies, calculó que estaba cruzando las entrañas del largo túnel de la Cervera. “No te bañes en la charca del molino”, gritó su madre, viendo la cabeza de su hijo alejarse más allá de la ventana de la cocina, al tiempo que secaba sus húmedas manos en el gastado delantal. A pocos metros de la Charca de los Chopos, José comenzó a correr aún más rápido, al comprobar que el tren le pisaba los talones para dirigirse hacia la Estación de la Junta. Había oído infinidad de historias de personas que habían perecido o perdido algún miembro de su cuerpo, por hallarse cerca de las vías, pero a él no le preocupaba. Con la Diosa de piedra entre sus manos, nada malo podía sucederle. Tres años hacía ya que la había encontrado en las inmediaciones del Puente del Trueno, y siempre que se zambullía bajo las aguas, la colocaba con suma reverencia muy cerca de la orilla, creía sentirse protegido por aquella mirada pétrea, mientras pescaba con sus propias manos las carpas y barbos que se ocultaban en las profundas cuevas. Liberándose compulsivamente de sus escasas ropas, se preguntaba mirando su preciada estatuilla: “¿de qué civilización será?, ¿será romana, fenicia, céltica…?” Muchas veces había tenido la tentación de enseñársela a Don Andrés, el maestro de la escuela, que en más de una ocasión

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le había hablado a los niños sobre las Diosas Madre de la antigüedad, pero intuía que haciéndolo corría el riesgo de perderla para siempre, y su suerte a la hora de pescar y de vivir peligrosamente, se desvanecería tan rápido como la fría escarcha con los primeros rayos de sol del amanecer. Lentamente comenzó a escalar hacia la cumbre de su roca favorita, y a modo de trampolín, colocó con cuidado sus desnudos pies al borde del precipicio. Seis metros le separaban de las frías aguas, pero su cuerpo, ágil y desnudo como una anguila, conseguía acceder hacia lo más profundo, impulsado por el movimiento uniformemente acelerado que tan bien explicaba el maestro en clase, poniendo como ejemplo la caída libre de una piedra desde varios pies de altura. A José le fascinaba el cambio de temperatura, brusco y repentino, que experimentaba su cuerpo al primer contacto con las aguas. Muchos niños se compadecían de él cuando lo veían llegar a la puerta de la escuela cada mañana, con la gorra, sus pantalones cortos y la enorme bicicleta que le servía como medio de trasporte desde la Estación, donde vivía con sus padres a más de cuatro kilómetros del pueblo, pero la Rivera de Huelva, aquella vieja serpiente de agua y vida que corría a pocos metros de la estación, era el mayor tesoro que cualquier niño de su edad podía tener. Correr entre los pedregales de cantos rodados y gastados, cazar patos y conejos, perderse entre los bosques de adelfas y aulagas, nadar en abismos de esmeralda. ¡Cómo cambiar toda esa jungla de aventura por vivir en el frío tedio de un pueblo encalado y aburrido! Un enorme barbo rozó con una suave caricia su vientre, quedando en segundos más allá de los pies, que con estremecidas intermitentes, impulsaban su minúsculo cuerpo hacia el oscuro abismo. Con una confianza sobrenatural, introducía el antebrazo en las oscuras cuevas, palpando en el vacío durante el breve lapso de tiempo que le permitía su escasa capacidad pulmonar. A veces, en la primera zambullida capturaba una presa, y se le escapaba el pez entre los dedos, como si su tronco estuviera untado en sebo, pero aquella mañana de domingo parecía que la suerte no estaba de su parte y al tercer intento, salió del agua para colocar la estatuilla más cerca de la orilla.

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Una esquirla saliente en la roca, rebanó con delicadeza la piel de la planta de su pie izquierdo, a pocos metros de alcanzar la cumbre de la piedra. No podía volver a casa con las manos vacías, y ese pequeño incidente no iba a impedir que lo intentara una vez más. Con los brazos en alto y los ojos cerrados, se dejó caer en plancha para voltear su abdomen a escasa distancia del agua. De pronto, entre la penumbra de limo y cieno, vio escabullirse un ejemplar de barbo, que al percatarse de su impetuosa presencia se introdujo con delicadeza en una de las cuevas más profundas. Agotado por el esfuerzo, ascendió hacia la superficie para tomar una bocanada de aire, y de nuevo comenzó a bucear, no podía perder ni un segundo subiendo a la roca; llevaba demasiado tiempo intentando capturar una pieza como aquella y tenía que aprovechar la ocasión. Al tercer intento, percibió en su mano cierta vibración del agua, indicándole que, a pesar de las subidas y bajadas a la superficie, su cena aún seguía allí esperando para ser capturada. Aquella cueva debía ser más profunda que las demás, permitiendo al animal zafarse un palmo cada vez que su pequeño brazo trataba inútilmente de cazarlo. Su mente, recreaba de un modo involuntario, la cara de sorpresa que pondría su padre al verlo llegar a casa con semejante pieza, aun así no conseguía reunir los suficientes redaños como para seguir intentándolo. “Una vez más, una vez más”, pensó tomando la última bocanada de aliento vital, descansando brevemente en la postura del “muerto”. Una garza sobrevoló el claro firmamento, y al oír su graznido, se retorció en tirabuzón para bucear a pleno pulmón. El pez percibió su presencia y volvió a introducirse en la segura guarida, José lanzó decidido su brazo hasta el límite natural de la axila, y al comprobar frustrado la imposibilidad de aquella anodina empresa, trató de retirar un brazo que, atascado a la altura del codo, le impedía volver a la superficie. Atrapado en aquella trampa mortal, perdió momentáneamente la calma consumiendo el valioso y escaso oxígeno que tenía en sus pulmones, mientras extraños calambres y espasmos recorrían sus piernas, tensando las ingles.

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Dos barbos se acercaron curiosos hasta casi rozar la cara del niño, cuando los estertores de la muerte comenzaron a agitar un cuerpo que parecía no ser suyo. Aquellos movimientos involuntarios, ajenos a la calma profunda que brotaba de algún rincón desconocido de su alma, le invitaban a abandonar un mundo que aún no conocía. Él era ya todo un hombre, y como tal tenía que casarse y ganarse el pan con el sudor de su frente. ¿A quién iba a enseñarle los rincones secretos que sólo él conocía? ¿Qué sería de sus padres cuando vieran que a la caída de la tarde no había vuelto a la hora de costumbre? Por un instante, recreó en su mente la escena de un frío funeral, en el que veía su propio cuerpo descansando en una cajita blanca de madera, con unos ojos que se negaban a ser cerrados. Tenía que luchar por vivir, y en un desesperado acto de fe, pidió ayuda a la Diosa de piedra que descansaba plácidamente en la orilla, ajena al infierno que se cernía bajo el sereno espejo de luz turquesa. De pronto la superficie del agua resplandeció con una luz cegadora y una hermosa mujer, envuelta en telas de gasa y seda, tomó su brazo liberándolo de la presión y el dolor, mientras le regalaba una sonrisa tan gratificante y necesaria como el anhelado oxígeno que se repartía anárquicamente por toda la superficie de la tierra. A medida que ascendía lentamente hacia la vida, impulsado por la presencia de luz y amor de aquella desconocida mujer, todo comenzó a transformarse. La superficie del agua alteró su naturaleza convirtiéndose en una pared pulida y blanca, su cuerpo dejó de percibir la frialdad de las aguas, y aquella hermosa cara presentaba rasgos que le resultaban familiares. “¿Será esto el cielo? ¿he muerto?” preguntó confiado a la Diosa, que cambiaba su aspecto por momentos. “¡Qué vas a estar muerto, ni leches! ¡Anda levántate ya que son las nueve de la mañana!”, respondió su madre, abriendo de par en par la ventana de su dormitorio. José, sorprendido y extasiado de felicidad al descubrir que todo había sido un mal sueño, abrazó a su madre por la cintura y regalándole un beso le dijo: “¡Tú sí que eres mi Diosa Madre!”.

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Amor de locos Peligro es quizá la palabra más atrayente que aparece en el pequeño diccionario de los niños preadolescentes. El lugar por excelencia que representaba físicamente esta palabra a la perfección, se encontraba a las afueras del pueblo, en un lugar que se llamaba “el Picacho”. Como su nombre indica, se trataba de un acantilado de roca caliza con una caída de unos treinta metros de altura. Aunque el Picacho era visitado por personas adultas, las madres de los niños se sentían inquietas cuando intuían que sus hijos jugaban alrededor de aquel precipicio, con lo que prohibían a cal y canto que los niños rondaran por los alrededores de aquel lugar. Al atractivo de la prohibición de jugar en el Picacho, se le añadía otra circunstancia que resultaba para los menores aún más atractiva pues justo a las afueras del pueblo vivía una señora mayor, y enferma mental, que vivía sola y desamparada. La personalidad de esta singular mujer, se encontraba completamente alterada por un trastorno mental que ningún psiquiatra jamás analizó. Su comportamiento no pasaba desapercibido en ningún lugar donde se encontrara. Sin pudor se dirigía a los transeúntes con un tono despectivo, increpándoles con adjetivos políticamente inadecuados. Cuando abandonaba su casa, portaba con ella todas sus posesiones, incluidas las ollas de la cocina y fumaba compulsivamente. Todo ello representaba el caldo de cultivo ideal para despertar en los menores su rasgo personal más negro: la crueldad. Cada tarde, Mario, Anselmo, Hugo y Jesús, se citaban a las cinco en punto en el Picacho. Desde allí podían observar la ventana trasera de la casa de Úrsula “la loca”, mientras planeaban con entusiasmo y temor el modo en que la iban a abordar aquella tarde. Cuando Úrsula salía de su casa portando todos sus objetos personales, se convertía en el hazmerreír de los menores. Con temor se

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aproximaban a la extraña mujer insultándola y tirándole piedras. La pobre mujer no podía defenderse de los chicos, pues su pesada carga le impedía correr tras ellos y darles su merecido. Si Úrsula no salía de su casa, los niños hacían guardia en las proximidades hasta que ésta tenía que hacerlo por algún motivo. Si el preciado momento no ocurría, los chicos utilizaban como último recurso golpear la puerta de su domicilio, hasta que, desesperada, salía dando gritos e improperios como: “si os agarro, os voy a moler a palos, os encerraré en una mazmorra oscura y os devoraré”. Todo ello suponía para los niños un espectáculo increíble, donde el peligro y el temor se daban la mano. Dirigirse a la puerta de la casa y golpearla para salir corriendo, despertaba una conjunción de emociones ideal en las aburridas mentes infantiles. Pero una tarde sucedió algo completamente nuevo y sorprendente. Como todos los días, Mario se dirigió al Picacho a la hora en punto de la cita, pero el resto de sus amigos se retrasó. Mientras esperaba el excitante juego de perseguir a Úrsula, Mario jugaba con su pelota justo al borde del precipicio. Golpeaba su pelota con la cabeza mientras observaba la temida ventana de la casa de Úrsula, y en un descuido la lanzó al vacío con un golpe mal calculado. Con sumo cuidado observó el borde del acantilado para ver donde había caído, y para su sorpresa, la pelota se encontraba enganchada en unas zarzas a unos dos metros de donde él se encontraba. Aquella tarde no se hallaba, por suerte, ningún adulto en el lugar, y después de vigilar a un posible observador que le delatara, decidió arriesgarse en la difícil operación: recuperar la pelota. Mario sabía que corría un gran peligro al intentar bajar por aquellas rocas calizas, pero contaba con la suficiente valentía como para intentarlo. Con sumo cuidado comenzó el temido descenso hasta la pelota. Cada gesto suponía un posible accidente, si no se ejecutaba correctamente. Sus piernas temblaban de emoción más que de miedo. Hacer algo que su madre le tenía estrictamente prohibido, le haría sentir como un héroe ante sus amigos. Justo a unos centímetros de

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alcanzar su pelota, Mario escuchó algo que le dejó petrificado. Con cuidado alzó su cabeza para observar qué ocurría, y su corazón se heló al comprobar que Úrsula “la loca” se estaba dirigiendo a él desde la ventana de su casa. –¡Mario, por favor no te tires por el precipicio! –gritaba Úrsula desesperada. El hecho de que aquella mujer desequilibrada se hubiera dirigido a él utilizando su nombre, le dejó estupefacto y sin palabras, aun así Mario prosiguió en su intento. La anciana mujer al ver desaparecer tras el precipicio la cabeza del chico, gritaba aún con más intensidad: –¡Cómo no subas ahora mismo se lo diré a la policía municipal! ¡Vendrán por ti y tendrás que pasar la noche en los calabozos! ¡Esta noche las ratas cenarán contigo como no subas inmediatamente! –gritaba mientras su corazón latía como un caballo. Por un momento Mario disfrutó pensando en cómo iba a contar lo sucedido a sus amigos, y embargado por la experiencia, decidió poner el corazón de la mujer en un aprieto, permaneciendo escondido tras las rocas. Aquello lo hacía disfrutar hasta límites insospechados, pero sucedió algo que cambió las cosas por completo. Úrsula, al ver que el niño no aparecía tras las rocas, entró en un estado emocional de desesperación, y comenzó a gritar incontroladamente, sin que ningún transeúnte la escuchase: –¡Mario, vuelve a subir! ¡por favor! ¡yo te quiero, te quiero hijo mío! ¡No le hagas eso a tu mamá, que se va a morir de pena cuando se entere que te has caído! ¡Vuelve Mario, vuelve! –gritaba la anciana desesperadamente. Aquellas palabras de Úrsula dejaron conmocionado al joven, y lentamente asomó su cabecita tras las abruptas rocas. Al comprobar que el niño se encontraba a salvo continuó con su neurótico discurso: –¡Gracias al cielo! ¡Qué alegría tan grande! ¡Hoy tenemos que hacer una fiesta! –se dirigía hablándoles a sus gatos.

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Avergonzado por la experiencia, abandonó el lugar intentando evitar el encuentro con sus amigos. A pocos pasos la voz de Hugo llamó su atención: –¡Quiyo! ¿a dónde vas? ¿no habíamos quedado aquí como todos los días? venga, no te vayas todavía, ¡vamos a darle caña a esa loca! –dijo Hugo con extrema malicia en sus ojos. –¡No, no me parece bien que molestemos a esa pobre mujer! –dijo Mario sin revelar la experiencia vivida a sus amigos. –¿Pero qué te pasa? ¿te has vuelto gilipollas? –dijo Anselmo en tono de sorna. Durante más de una semana, Mario no jugó con sus amigos a molestar a la pobre Úrsula. Ninguno de ellos podía entender qué le sucedía, pero una tarde mientras jugaba a la pelota sintió la tentación de ir con ellos a molestar de nuevo a la pobre mujer, habían pasado varios días, y el recuerdo de la experiencia se estaba borrando de su infantil mente. –¡Éste es nuestro Mario! –dijo Jesús entusiasmado– iremos juntos otra vez. Con sumo cuidado se dirigieron a la peligrosa puerta. Hugo, que era uno de los más atrevidos aproximó su ojo a la cerradura mientras revelaba al resto lo que estaba viendo. –¡Está junto a la ventana y está hablando con sus gatos! –dijo Hugo excitado por aquella extraña visión. Mario, con la firme idea de sentirse de nuevo respaldado por el grupo, dijo a Hugo con firmeza: –¡Aparta de la puerta! quiero comprobar si estás mintiendo. En ese preciso instante, la hoja de la puerta se abrió inesperadamente. Anselmo, Hugo y Jesús salieron corriendo como almas que lleva el diablo, mientras tanto, Mario permaneció impasible frente a la puerta abierta.

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–¡Corre Mario o te cogerá! –decían sus amigos sorprendidos por lo que estaba sucediendo. Mario, arropado por un sentimiento extraño, decidió permanecer frente a la puerta, y sin saber de dónde le nacían las fuerzas, comenzó a adentrarse en el oscuro abismo de la casa de Úrsula, cada paso que daba aceleraba sin descanso su excitado corazón. No lo entendía, pero no sentía temor. A lo lejos escuchaba las voces de sus amigos que sorprendidos le gritaban: –¡Mario, estás loco como ella! ¡Vamos a llamar a los municipales si no sales de ahí! Paso a paso, el niño se adentraba por el pasillo principal de la oscura casa. Al fondo se encontraba la ventana trasera, cuya luz del atardecer cegaba sus retinas. De forma intuitiva comenzó a dibujarse la figura de la vieja, sentada en una antigua mecedora rodeada por dos de sus cuatro gatos. Mientras tanto, el sonido lejano de los gritos de terror de sus amigos, comenzó a sustituirse en su cabeza por el recuerdo de los gritos de Úrsula de aquella extraña tarde, este recuerdo ejercía sobre Mario una extraña confianza. “te quiero”, “te quiero”, recordaba en su confusa mente. Lentamente se situó tras la desequilibrada mujer, y con la lentitud del amanecer del día, extendió su mano y tocó su espalda…

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A solas con su dolor Durante mi primera juventud, tenía tanto tiempo de ocio que no sabía cómo utilizarlo. En esta etapa de mi vida dedicaba mucho tiempo a la lectura. Salir cada tarde con un libro, y sentarme a la sombra de algún árbol en Las Peñuelas, era toda una delicia, pero había un inconveniente, siempre lo hay, cada tarde, a medida que el sol se aproximaba a su ocaso, la plaza comenzaba a llenarse de personas de todas las edades, y aunque te veían leyendo un libro, era tanta el ansia que tenían por comunicarse, que no respetaban tu rato de lectura. En cierta ocasión, mientras observaba el paisaje al borde del acantilado calizo, me di cuenta que justo a la derecha, habían construido una plataforma de hormigón con idea de practicar el deporte del tiro al plato. Esta zona de lanzamiento se encontraba a un nivel inferior, con lo que descubrí el lugar ideal donde poder sentarme tranquilamente a leer sin que me incordiasen los transeúntes. Una vez hecho este descubrimiento, podía sentarme cada tarde, sin que me molestase nadie, y cada vez que llegaba una persona podía escuchar sus pasos, si venía solo, y hasta oír las conversaciones que tenían los convecinos ignorantes de mi presencia oculta. La verdad sea dicha, no soy persona de interesarme por los comentarios que hace la gente, así que normalmente me concentraba tanto en la lectura que no prestaba atención a los cotilleos, hasta que ocurrió algo que me dejó realmente perplejo. Una tarde del mes de junio, decidí bajar a leer un rato. A esa hora era difícil encontrar a nadie sentado a la sombra, así que durante unas horas, me dejarían leer sin molestias, sentado en mi plataforma secreta. A la media hora, escuché los pasos de una persona que se acercaba hasta la plaza para tomar el aire. Con sumo cuidado miré tras el muro de piedra y descubrí que se trataba de M, una mujer de mi pueblo que

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vivía sola desde que sus padres murieron. M era una mujer extraña, su figura quijotesca y seca denotaban un carácter agrio y distante, aunque al menos, cuando te saludaba, mostraba una mueca parecida a una sonrisa que suavizaba su aspecto duro. Durante unos instantes todo fue paz gozando de mi lectura, aunque de vez en cuando escuchaba un tosido o un estornudo de la susodicha. Una vez pasados los quince minutos, M comenzó a hablar a solas. Con mucho cuidado, volví a mirar tras el muro de piedra, y pude comprobar que esta mujer se encontraba hablando en un monólogo consigo misma. Durante unos instantes presté atención a lo que estaba diciendo, y realmente me sentí un poco violento al escuchar hablar a esta mujer desde lo más profundo de sí misma, pero era tan interesante lo que decía, que hasta aparté el libro, y lo coloqué en el cálido suelo de cemento: “¡Qué vida más triste la mía! –dijo M, con un tono de voz pesado–. ¡Qué sola estoy en el mundo! Por más vueltas que le doy a la cabeza no entiendo qué sentido ha tenido mi vida. Aquí estoy, sola, sentada en este banco esperando a que la caridad de Dios se fije en mí, y me envíe a alguien con quien poder hablar. Pero, qué le digo a ese alguien si llega. No me encuentro con fuerzas de abrir mi corazón a nadie y decirle lo triste y solitaria que es mi vida. ¡De todos modos a quién le importo!”. Durante unos instantes tuve la intención de salir de mi escondrijo y hablar con aquella triste mujer, pero decidí no hacerlo, no deseaba romperle ese momento consigo misma. Resultaba tan mágico escuchar hablar a una persona desde su dolor, que intuí, que si salía de mi escondite abochornaría a una mujer, que se mostraba al mundo oculta tras una máscara de hierro. Tras unos minutos de silencio, continuó hablando: “Aquí estoy Dios mío, ya tengo sesenta y cuatro años, y siento que cada día se repite la misma agonía de dormir sola en mi

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cama. Jamás he sentido los brazos de un hombre que me rodeen al acostarme, y que me digan te quiero. Con la edad que tengo ya no tengo esperanzas de conocer el amor. ¿Por qué mi vida es así?... ¿Por qué mi vida ha sido siempre así?... Tan triste, tan monótona, tan vacía. Pero la culpa ha sido también mía, por mi carácter tan agrio, ¿cómo puedo esperar que alguien me quiera?... ¿Por qué me has hecho así Dios mío? ¿por qué me has hecho así?... ¡Estoy tan triste y tan cansada de mí, que la muerte será como un bálsamo!”. En mi interior había una batalla campal. No sabía cómo actuar. Deseaba tanto ayudar, y darle todo mi amor a aquella mujer, que me encontraba dividido e indeciso. Pero, después de haber oído todo aquella amalgama de colores oscuros, tenía que permanecer oculto, o la destruiría para siempre. Aun así el monólogo continuó por unos minutos: “¡Qué me gustaría poder hablar así con alguien! ¡Tener una amistad verdadera como la que tuve en mi infancia con mi amiga Ana!... Pero Ana se encuentra lejos y ha hecho su vida con una familia maravillosa. Ella sí que ha tenido suerte en la vida. ¡Sí, la envidio!,… ¡la envidio por haber vivido una vida feliz junto a su marido y sus hijos!... Ahora yo volveré a mi casa y encontraré un largo pasillo vacío, igual que un nicho oscuro. No escucharé ninguna voz al fondo, que con cariño me nombre, ni tampoco correrán hacia mí los nietos que nunca tendré, por eso la envidio… aunque sea mi amiga”. Durante más de una hora permaneció en silencio mirando el limpio horizonte azul. Por unos instantes temí que me descubriera por su proximidad, pero estaba tan absorta mirando a la serranía que hasta se le dibujó una sonrisa siguiendo con la mirada el vuelo de dos palomas. Lentamente abandonó Las Peñuelas, y, justo cuando comenzó a subir la cuesta que le conducía al pueblo, encontró en el camino a otra señora, que invitó a M a dar un paseo.

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–¡Buenas tardes M! –dijo T. –¡Buenas tardes hija! –dijo M con la voz un poco ronca. –¿Te apetece dar un paseo por la carretera?, realmente hace una tarde preciosa –dijo T. –Sí, realmente me apetece dar un paseo. Todavía es muy pronto para meterse en casa, tenemos que aprovechar el verano, que los días son más largos y bonitos, ya llegará el otoño con sus días cortos y oscuros, en los que no podamos salir ni a la puerta de la casa –dijo M con una renovada ilusión. Después de aquella experiencia, no volví a sentarme más a leer en la plataforma oculta. No deseaba que M descubriera mi escondite, y pensara que su interior estaba en venta. En cierta ocasión, mientras leía sin ocultarme a los demás, se acercó M. Aquella tarde del mes de agosto llegó como siempre a Las Peñuelas, y se sentó junto a mí, automáticamente dejé el libro a un lado y la saludé. Durante más de una hora no intenté sacarle ningún tema de conversación, debía comportarme como lo había hecho siempre, pero tampoco seguí leyendo. –¿Por qué no lees esta tarde? ¿te he interrumpido? –No te preocupes M. No estoy leyendo porque me apetece disfrutar del paisaje –le dije intentando mostrar naturalidad. Aquella tarde, permanecimos más de dos horas sin hablar, mientras mirábamos la naturaleza. A ratos nos distraía el vuelo de una golondrina, y el vaivén de las espigas secas, mientras el viento cálido de agosto las mecía. De pronto M comenzó a llorar. –¿Qué le ocurre M? –le dije preocupado. –No te preocupes muchacho, lloro, porque aquella tarde de junio, te vi sentado tras las rocas, y sé que me escuchaste –dijo M con preocupación, esperando una respuesta inmediata.

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–¿Ha visto qué hermosa se ve la torre de la iglesia a estas horas de la tarde en verano? –dije a M ignorando su inseguridad. –Sí, es realmente bonita –dijo M mientras me miraba sonriendo, algo inusual en ella. Desde aquella tarde, M bajaba todos los días a Las Peñuelas, y guardando silencio me observaba leer. –¿De qué va el libro que estás leyendo ahora? –me preguntaba M con ilusión. –Va sobre el sufrimiento que causa el desamor. –¡Qué duro es el sufrimiento, y qué bello al mismo tiempo! –dijo M, mientras al borde del precipicio miraba el ocaso del sol, un sol que aquella tarde parecía ocultarse de un modo diferente.

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Querido Zufre tu eres