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María Cerezo

La esposa sevillana de Américo Vespucio Loly López Guerrero


Loly López Guerrero nace en Dos Hermanas, Sevilla. Es Profesora de Seguridad Vial. En su Auto Escuela “Pilongo” ha enseñado a conducir a muchas personas de esta ciudad. Ha colaborado con temas de Seguridad Vial en el periódico “La Semana” y “El Nazareno”. Ha ganado en el concurso realizado por Canal Sur “Cartas de Andalucía” el primer premio de la provincia de Sevilla y el segundo de Andalucía. Desde muy joven le ha gustado escribir. Tiene escritas tres novelas “La Huella Carmesí”, “Entre Escocia y Canadá” y después de realizar un curso de Creación Literaria ha escrito su novela histórica titulada “María Cerezo” La viuda virgen. Tiene publicado un poemario titulado: “Entre el Corazón y el Alma”.


María Cerezo La esposa sevillana de Américo Vespucio Loly López Guerrero


© Loly López Guerrero © Imagen portada: Casa de Salinas © Dibujo pág. 2: Irene Baceiredo Rodríguez

Edita:

I.S.B.N.: 978-84-15933-25-0

Impreso en España Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación ni de su contenido puede ser reproducida, almacenada o transmitida en modo alguno sin permiso previo y por escrito del autor.


A mi esposo Rafael, a mis hijos, Carolina, Sergio y Christian y a mis nietos, Estefanía, Adrián y Claudia

Si Dios creó a todos los hombres iguales. ¿Por qué hay señores y esclavos? ¿Quién decide quién es el amo y quién el esclavo? ¿Sólo por nacer en una cuna diferente hay que vivir a la sombra del amo y no ser dueño de su propia vida?

Loly López Guerrero


Capítulo

1

S

e dice que nacer en Sevilla es un don, pero María Cerezo piensa que es una pesadilla ya que al morir su prometido, por imposición paterna y para evitar las habladurías, no ha tenido más remedio que llevar luto durante diez años. Por eso le llaman «la viuda virgen». Esto no le gusta nada porque no se considera viuda. Su prometido, Ernesto Pacheco, un hombre de cuarenta años, viudo, sin hijos, bajito y esmirriado, medio perdido en un traje que se diría –era de otro– de lo grande que le quedaba, calvo, con una nariz aguileña, una frente arrugada que parecía un jeroglífico. Unos ojos de tortuga indecisos entre la vigilia y el sueño. Lo conoció en una breve presentación que le hizo su padre una tarde en su casa. A María no le gustó, ella quería un hombre diferente, siempre había deseado casarse con un hombre de su edad y éste era muy mayor para ella. No le gustó cómo la miraba, ni que le dijera que estaba muy flaca y que esperaba de ella que le diera muchos hijos. Lo encontró desagradable. Siempre había soñado con un marido que la amara, a quien le gustara la música, la lectura, el arte. Su prometido era todo lo contrario a lo que ella había deseado; se lo hizo saber a sus padres, pero su opinión no se tuvo en cuenta. La boda se celebraría cuando Ernesto regresara de su viaje por la Ruta de la Seda. Pero en el viaje de vuelta su barco naufragó y él murió. María se sintió liberada, pero desde entonces su padre la obligaba a llevar luto, como si hubiera estado ya casada y a asistir todos los meses a una misa por su alma, así que de momento perdió toda la esperanza de contraer matrimonio. Su hermana Catalina también se ve arrastrada por esas imposiciones paternas, ya que tiene que acompañarla, no sólo a misa sino a todos los lugares donde María suele ir. Loly López Guerrero

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Por estos motivos María sigue soltera y Catalina no tiene posibilidad de contraer matrimonio, ya que la norma no escrita según su padre, les decía que: «primero se tiene que casar la hermana mayor y luego la pequeña». Catalina habla varias veces con su padre para que le permita tener novio, pues tiene varios pretendientes. Su padre le dice que hasta que su hermana no se case, ella no puede hacer planes de boda, y no tiene más remedio que resignarse. Tampoco su hermano Pedro se podrá casar hasta que María no termine el luto. Una mañana, al volver de misa, uno de los pícaros que leen futuros perfectos en la palma de la mano, le dice a María que pronto conocerá al que será su marido. Las dos hermanas ríen ya que se han hecho a la idea de que serán dos solteronas. María ve cómo crecen los hijos de sus amigas. Siente admiración y envidia por su amiga Catalina de Ribera y Hurtado de Mendoza, que se había casado muy enamorada con su cuñado Pedro Enríquez de Quiñones y tío del Rey Fernando. A María le gustaría encontrar un marido, pero quiere uno que se enamore de ella. No le gustaría quedarse soltera. Su amiga Catalina está de acuerdo con ella, así que decide ayudarle y buscarle un marido que le agrade. Juan Díaz de Solís la ama, pero ella lo quiere como a un hermano. *

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A mediados del año 1492, Américo Mateo Vespucio llega a Sevilla. Le encanta la ciudad, tiene intención de instalarse en ella. Se dirige a casa de Juanoto Berardi en el típico barrio de Triana. Su Excelencia il Signore Juanoto Berardi, es un hombre gordo de cara redonda y rojos mofletes. Berardi desde hace más de diez años trabaja para algunas casas florentinas, es el comerciante florentino más influyente de Andalucía y es amigo de la familia Cerezo. Américo entrega a Juanoto la carta de presentación escrita por Piero di Lorenzo de Médicis. En ella le comunica que el 9 de abril de 1492 había muerto su padre Lorenzo de Pier Francesco, quedando él al frente de la familia y en la carta nombra a Américo Vespucio agente de la familia Médicis y pide a Berardi que lo aloje en su casa hasta que le encuentre una vivienda digna de él, que le atienda como si fuera él quien lo visitase, y que lo ponga al corriente de los negocios que tiene la familia Médicis en Sevilla. 8

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Juanoto le pregunta a Américo: – ¿Conocéis Sevilla? –No, mi hermano Antonio estuvo hace tiempo de visita y me contaba muchas cosas de esta preciosa ciudad y aunque siempre deseé visitarla, nunca tuve oportunidad de hacerlo. Ahora creo que será mi ciudad por un tiempo o por toda mi vida. –¿Estáis casado? –No, señor Berardi. –En tal caso, os quedaréis a vivir en mi casa, como me pide Piero, hasta que encontréis una casa de acuerdo a vuestra posición. Pero os aconsejo que busquéis una esposa si queréis quedaros en Sevilla, un hombre de vuestra edad y posición si está casado, tiene más aceptación en la sociedad sevillana. –Hasta ahora nunca he tenido problemas. ¿Creéis que puede afectar a mis negocios? –En esta ciudad, sí. Si saben que sois soltero no os invitarán a las reuniones familiares, sólo lo harán a aquellas fiestas donde se reúnan los jóvenes que buscan esposas. Le diré a mi esposa que organice una gran fiesta para daros la bienvenida. Así podréis conocer a algunas de las jóvenes casaderas de la ciudad. *

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Los hijos de Catalina de Ribera, Fadrique y Fernando, son invitados a la fiesta. Ella había enviudado recientemente, por eso no puede asistir. El mismo día que se entera de la noticia, manda llamar a sus amigas María y Catalina Cerezo, ya que a la fiesta de Berardi pueden ir todas las jóvenes solteras y nobles de Sevilla. Ve la posibilidad de que María consiga un buen marido, pues su hijo le ha dicho que Américo busca esposa y que es un hombre muy inteligente y con buena posición. María pide permiso a su padre para acudir a la fiesta, pero éste se lo niega. Ella está de luto y andar de fiesta no está bien visto. Tampoco permite que vaya Catalina. María tiene un carácter fuerte, ya que la vida le ha marcado desde niña, siempre se ha tenido que enfrentar a su hermano para poder conseguir cualquier cosa o defender a su hermana menor de sus burlas. Se enfada con su padre por no dejarlas ir a la fiesta. Loly López Guerrero

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Las hermanas Cerezo no van, pero Fadrique, por orden de su madre, le habla a Américo de la hermosura de su amiga María y de su inteligencia. Américo le pide a Fadrique que se la presente. *

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Catalina de Ribera prepara un encuentro «fortuito» en su casa, el Palacio de las Dueñas. A principios del año 1493, una tarde, las hermanas Cerezo van a visitarla. Su hijo, Fadrique, se presenta acompañado de un caballero alto, rubio, con un poco de nieve en los aladares, barba larga y ojos marrones, la frente ancha, la nariz fina, bien parecido, tiene el andar recto, muy bien vestido. Luce la moda italiana que tanto se está imponiendo en Sevilla, una capa corta de color rojo sin capucha y un birrete del mismo color; sus zapatos son de punta roma y anchos. Desprende un suave perfume a jazmines y tiene una bonita sonrisa. –Madre, os presento a Américo Mateo Vespucio. –Encantada de conoceros, permitidme presentaros a mis amigas Catalina y María Cerezo. –Es todo un placer, señoras. –¿Os apetece tomar un vino? –le pregunta Catalina de Ribera. Américo se sienta, agradeciendo la oferta. Sus ojos se encuentran con los de María, que lo mira embobada. Es una joven muy hermosa, de ojos claros entre verdes y azules, cabello castaño claro, en cuyo rostro se refleja un carácter resuelto y una inteligencia muy despierta. Al verse sorprendida, se pone roja y su amiga la saca del aprieto preguntándole a Américo: –Habláis muy bien nuestro idioma, ¿dónde lo habéis aprendido? –Me lo enseñó mi tío, Guido Antonio. Él era embajador de Lorenzo el Magnífico de la familia Médicis de Florencia. He viajado con él por Italia y luego nos trasladamos a vivir a Francia. Pasé con él un tiempo en Portugal y luego en vuestro hermoso país. Conozco Barcelona, Burgos, Bilbao, Santiago de Compostela, Toledo y ahora me he instalado en Sevilla, soy el agente de la familia Médicis, pero de momento trabajo de amanuense del señor Juanoto Berardi. Creo que ya no me marcharé de aquí, por lo menos en un tiempo –dice con su hablar pausado y su mirada serena. 10

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–Entonces, ¿le gusta Sevilla? –se interesa Catalina Cerezo. –Sí, aunque todavía la conozco poco. Mi hermano Antonio estuvo aquí en el año 1480. Me habló mucho de esta ciudad, de las riadas del río y de que estaban construyendo una Catedral. Todos ríen, lo que asombra a Américo, que les mira un poco sorprendido, ya que piensa que no ha dicho nada gracioso. Fadrique le explica: –La obra dura ya tanto tiempo que no sé si la veremos algún día terminada. –¿Cuándo comenzaron las obras? –se interesa Américo. –Pues…, exactamente no sé cuando comenzaron –dice Fadrique dudoso –, pero seguro que María lo sabe, ¿verdad, María? –Sí, comenzaron en el año 1402 –contesta María mirando de reojo a Américo. –Sí, ya lleva bastante tiempo –dice Américo. –Pues si alguna vez desea conocer Sevilla más a fondo, le puede preguntar a nuestra querida amiga María. Es una experta en su historia –dice Fadrique. –No creo que sea una experta. A nuestro abuelo le encantaba la historia de Sevilla, y él nos enseñó a leer y a escribir con sus propios apuntes. En ellos cuenta todas las leyendas habidas y por haber de nuestra ciudad, así que algo se me ha quedado –responde María, un poco sonrojada y con un acento andaluz que cautiva a Américo. –Es muy modesta, pero le puede contar una leyenda de cada esquina –dice Catalina de Ribera, sonriendo. –Me gustan mucho las torres de vuestra ciudad. Hay algo que Juanoto no ha sabido explicarme y tengo curiosidad por saber. ¿Por qué la Torre del Oro se llama así? ¿Me lo puede explicar, María? –En fin, creo que no me queda más remedio que contaros la historia –dice María sonriendo–. La Torre del Oro la mandó construir el sultán Abu Yacub Yusuf en el año 1220. El material con el que la hizo era de una mezcla de mortero compuesta de cal y paja. Cuando los rayos del sol reflejaban la torre, resplandecía con una tonalidad dorada, así que de ahí viene su nombre. Todos comenzaron a llamarla la Torre del Oro. –Qué curioso, nunca se me hubiera ocurrido, ¿las demás torres también tienen su leyenda? –pregunta Américo mirando fijamente a María. Loly López Guerrero

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–Sí, por supuesto. Como puede ver la Torre del Oro tiene doce lados, conforme vamos avanzando por la muralla nos encontramos con otra torre que tiene diez lados y a continuación está la Torre de La Plata, con ocho lados. Esta torre es un lugar simbólico en la historia de Sevilla porque fue el lugar donde el Rey moro Ab-Xataf entregó las llaves de la ciudad al Rey San Fernando tras la rendición de Isbilia, que es como se conocía Sevilla en esos tiempos, el día 23 de noviembre de 1248. El nombre de la torre le viene porque el Rey Alfonso X el Sabio, la quiso encalar de blanco y al ser reflejada con la luz del sol, en la ciudad le dieron ese nombre. Hay otra torre cercana que se llama la Torre de Abdelazis, que tiene seis lados, y por último las Torres del Alcázar con cuatro lados que cierran la muralla. –Muchas gracias, María. Ha sido una buena explicación. Cuando pase cerca de las torres me acordaré de vuesa merced. –¡Esta joven guarda muchas sorpresas, señor Américo! Una de ellas es que sabe hablar italiano –le dice Catalina de Ribera. –¿Quién le ha enseñado a hablar italiano? –quiere saber Américo. –El señor Juanoto Berardi –responde María–. Él me ha regalado algunos libros, entre ellos uno de poemas de Francisco Petrarca, titulado «Canzoniere» y La Divina Comedia de Dante Alighieri. –Sí, yo también los he leído. Américo al enterarse de que le gusta la pintura, le habla de su amigo y protegido de la familia Médicis, Miguel Ángel Buonarroti, de Leonardo da Vinci, de Sandro Botticelli, etc. A ella le gustan los hombres cultos, bien hablados, inteligentes, de manera que pueda hablar con ellos sin tener miedo a lo que de ella piensen. A los dos les gusta leer, la pintura, la música etc, así que tienen temas para conversar. Cuando Américo explica que piensa que el mundo es redondo, Fadrique se ríe. Eso no le gusta a su invitado cuyo rostro se entristece. Catalina se queda mirando a su hijo con cara muy seria. Tras un momento de reflexión, revela que ella también cree que el mundo es redondo, con lo cual hubo un gran debate. Américo les habla de Cristóbal Colón. –Estuvo una vez en esta casa acompañado de la señora Beatriz Enríquez de Arana y el hijo de ambos, Hernando. Ella es de Santa María de Trassierra, cerca de Córdoba –comenta Fadrique. 12

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Rosario, la criada, llega a comunicarles a las hermanas Cerezo que el cochero ha llegado para recogerlas. Se despiden. Américo se dirige a María en italiano: –Sono molto contento di conoscerli. Mi piacerebbe rivederla1, María. –Grazie, arrivederci ¡Adiós a todos! –dice María con mucha gracia. Las dos hermanas salen de la casa riéndose. Esa tarde, María se enamora de Américo. De aquel hombre que huele a jazmines. Piensa que ha encontrado al hombre de su vida. –¡Me ha encantado Américo! Un hombre así es lo que yo desearía para compartir mi vida y qué bien pronuncia mi nombre, en sus labios parece tener música –le dice a su hermana toda exaltada–. ¡Esso è molto simático!2 Enamorarse es como encender una vela que tarde o temprano se extinguirá, pero mientras dura nos nubla la razón y acelera el ritmo de nuestro corazón. Américo quiere saber por quién guarda luto María. Catalina le cuenta: –Su padre la prometió a un amigo suyo, concertó su matrimonio que se celebraría cuando él volviera de su viaje por la ruta de la seda, pero su barco naufragó y murió. Ella se convirtió en viuda sin estar casada. Nunca he entendido por qué le han obligado a llevar luto tanto tiempo. –¿Cuánto tiempo hace? –Nueve años, así que todavía le queda aproximadamente un año de luto. Demasiado tiempo para una joven tan bonita como María –responde Catalina, con pena–.Y además sin poder acudir ni a una fiesta siquiera. Don Gonzalo ha sido demasiado estricto ya que la ha obligado a llevar luto como si fuera su viuda. A Catalina no le ha consentido tener novio y a su hijo Pedro no le deja casarse hasta que su hermana no se quite el luto. María se merece encontrar un buen marido, ya que es muy inteligente. Le ayuda a su padre con las cuentas en su negocio, siempre se le han dado bien los números. A mí me ayuda mucho, me acompaña a ver los enfermos al hospital y siempre está dispuesta a ayudarme en mi 1. Me siento muy feliz de conoceros. Me encantaría volver a verla. 2. Es muy simpático.

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proyecto de la construcción del nuevo hospital. Como ya habéis comprobado sabe hablar un poco de italiano. Sería una esposa perfecta. Américo sonríe ante la sutil indirecta. Se entera que Fadrique es primo hermano del Rey Fernando el Católico. Cuando Fadrique lo acompaña para despedirlo le pregunta: –Américo, ¿conocéis a alguien que pueda hacerme una buena escultura? –Los que conozco están en Roma y en Génova. Yo confío en Pace Gazini, sus talleres tienen fama de que son los mejores. Hay otro marmolista lombardo, Antonio María Aprile Da Carona, que realiza muy buenas esculturas y otro escultor es Bernardino da Bissone, también conozco a Pier Jacopo Alari Bonacolsi, sus obras son de muy buena calidad. Si queréis os doy cartas de presentaciones para ellos. –De acuerdo. Os lo agradecería. Pronto tengo que marcharme a Tierra Santa y pasaré por Roma y por Génova. Espero que me gusten sus obras. Quiero hacer algunas esculturas para mi nueva casa, la casa de Pilatos. –¿Por qué tiene la casa ese nombre? –pregunta interesado Américo. –Porque en el primer viaje que hizo de peregrinación mi padre a Tierra Santa conoció el palacio de Poncio Pilatos. Le gustó mucho y dibujo un boceto de la casa, espero que cuando esté terminada tenga cierto parecido. Cuando yo vaya me traeré un busto de él y quiero hacer algunas esculturas de los emperadores romanos y de la Diosa Palas. –Pues ellos son muy buenos en su trabajo.

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Capítulo

V

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espucio y Juanoto Berardi visitan varias casas en Sevilla y éste le aconseja:

–Aléjese del río y del arroyo Tagarete, sus arriadas son tremendas, busque una casa dentro de los muros, así sufrirá menos sus embestidas. Se lo digo por experiencia ya que vivo en Triana y he sufrido muchas subidas del río. Durante varios días ven muchas casas, al final, Américo, se decide por una casa grande situada en la calle del Rey. Es una vivienda de dos plantas, tiene unos salones bien acondicionados, las habitaciones son amplias y luminosas. Es lo que más le gusta a Américo. Otras de las cosas que le gustan son las caballerizas y un jardín lleno de flores y naranjos. Hay un hermoso jazmín, la flor preferida de Américo, cuyo perfume inunda el patio. Instintivamente coge uno, lo huele y lo guarda en su mano. Tiene un pozo, cosa poco habitual, está situado en un lateral y hay una puerta trasera por donde puede salir el coche de caballos; al lado de la vivienda de los esclavos hay una pequeña huerta con varios árboles frutales, entre ellos naranjas, limones y una higuera. Se la alquila a su vecino, el obispo Juan Rodríguez de Fonseca, Consejero Real para asuntos de las Indias. Así que de momento comienza a arreglarla. Le escribe solicitándole consejos a sus queridos amigos Leonardo da Vinci, a Sandro Botticelli y a Miguel Ángel Buonarroti. Decora la casa al estilo de Florencia, con muchos dibujos en las paredes del salón, realizados por un discípulo de Miguel Ángel Buonarroti y por otros pintores. Hay paisajes donde se ven crecer las vides del vino rojo de la Toscana. Le mandan muebles de Florencia, algunos de la casa de sus padres. Los Médicis le envían palomas mensajeras para poder estar en contacto con él. Vespucio tiene dos criados blancos, Juan Rodríguez y Juana de Orantes. Un matrimonio de unos cuarenta años que le ha recomendado Loly López Guerrero

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Juanoto Berardi. Ella es una buena cocinera y él un buen hortelano y mozo de cuadra. Por consejo de Berardi compra cuatro esclavas, dos negras, Leonor de Argel y Anica de Guinea y dos blancas de Canarias, Isabel y Petra. Poseer esclavos en Sevilla es un signo de distinción. Américo les dice que todas las mañanas deben prepararle una infusión de agua templada con manzanilla. Tiene la costumbre de lavarse los ojos cada mañana con este agua, porque al igual que su tío y según decían los antiguos griegos, lo hace para guardar las virtudes de la vista. También le gusta que le coloquen en su dormitorio un platito con algunos jazmines. El sándalo blanco es otro de sus perfumes preferido. *

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Los viajes exitosos de Colón incrementan el deseo de Vespucio de tomar parte en el movimiento europeo general para buscar un pasaje occidental a las Indias. Habiendo obtenido dinero para la construcción de tres barcos de Fernando, Rey de Castilla, Vespucio comienza a preparar su viaje. Américo viaja a Cádiz para ultimar los preparativos de su viaje. En esta ciudad, conoce a un esclavo blanco que acompaña siempre a un naviero que quiere venderlo, se fija en él y pregunta el precio del esclavo. –Si queréis os lo vendo, señor. Pero ya no sirve para tener hijos –le dice el naviero, advirtiéndole de que aunque sea joven y tenga buena presencia no puede tener hijos, cosa que hace que el precio disminuya. –¿Pero sabe escribir? –Sí, señor. Es muy inteligente. Américo lo compra por 10.000 maravedíes. Según los documentos que le ha entregado su antiguo dueño, se llama Manuel. Aunque antes, hacía tiempo, se llamaba Rodrigo. Los dueños les pueden poner el nombre que ellos quieran. Américo le deja el nombre de Manuel. Lo primero que le pide el esclavo es que lo lleve con él de viaje a las Indias. Américo le responde que lo llevará. Al comienzo del año 1494, Bartolomé Colón, hermano de Cristóbal, se pone de acuerdo con Berardi y Vespucio para preparar el viaje que debe emprender en abril. Los acuerdos comerciales consisten en cargas de esclavos negros. * 16

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En casa de la familia Cerezo se prepara la boda de su hijo Pedro. Ha estado esperando que su hermana terminara el luto. Pedro se casa con Teresa Carrión. Ella frecuentaba el círculo de amistades de sus hermanas. Él tiene veintiocho años. Se va a vivir con su esposa a la hacienda que tienen los Cerezo en terrenos de la villa de Dos Hermanas, cerca de Sevilla. Él quiere dedicarse a la cría de caballos, aunque a su padre le gusta más la agricultura. Hay mucha demanda de caballos para llevarlos a Las Indias. En la hacienda de los Cerezo hay una huerta muy buena donde siembran algunas verduras. Tienen olivos, viñas, naranjos e higueras. A la boda son invitadas las familias más importantes de Sevilla. Catalina de Ribera no acude porque está de luto. Es normal que el luto lo guarden las mujeres. En cambio sus hijos asisten a la boda, Fadrique con su esposa Elvira y Fernando con su esposa Inés. Entre las amigas de la infancia de las hermanas Cerezo, invitan a Carmen Ledesma. María y Catalina cantan y bailan en la boda. ¡Nunca se lo han pasado tan bien! María se pasea con su vestido verde oscuro entre los asistentes a la boda que la miran con admiración. Está muy bella. Juan Díaz de Solís elegantemente vestido con calzas de terciopelo negro, con las cuchilladas todas bordadas en plata y con medias de seda de aguja, aprovecha la fiesta para volver a pedirle matrimonio a María. Pero como siempre ella se lo toma en broma y le responde que él es como un hermano para ella. Piensa que es lo peor que le puede ocurrir a un hombre. Juan está enamorado de María desde hace mucho tiempo, pero ella no lo está de él. A pesar de todo insiste, quiere casarse con ella. Catalina observa cómo su hermana y Juan hablan. Ve cómo Juan se marcha de la fiesta enfadado con un andar cansino que denota su estado de ánimo. Se acerca a María y le pregunta intranquila: –¿Qué le ocurre a Juan? –Nada. Me ha vuelto a pedir matrimonio y le he dicho que no, lo siento mucho. Creo que se ha enfadado un poco, pero ya se le pasará. –Juan es un hombre muy agradable, creo que sería un estupendo marido –dice Catalina titubeando. –Sí, pero no estoy enamorada de él, me gusta Américo ¿Y a ti no te gusta Baltasar Rojas? –No. Loly López Guerrero

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–Pues creo que está enamorado de ti. Es un hombre muy interesante, Catalina. –Al igual que tú, no estoy enamorada de él –contesta Catalina mientras se aparta de su hermana. Ella está enamorada de Juan Díaz de Solís, pero él está enamorado de María. Nadie lo sabe, es su secreto mejor guardado. Juan Díaz de Solís se fue más que enfadado, se marchó sin tener esperanza de que María aceptase ser su esposa. Estaba enamorado de ella desde hacía muchos años. Su timidez le había impedido pedirla en matrimonio antes que la prometieran con Ernesto Pacheco. Él le había pedido que fuera su esposa en varias ocasiones y ahora durante la boda lo había vuelto a intentar, pero ella lo había rechazado diciéndole que lo quería como a un hermano. Él mientras se marchaba iba pensando: «¡Cómo a un hermano! Cuándo se dará cuenta de que la adoro, de que la quiero por esposa no como a una hermana, que cada mañana cuando me despierto mi primer pensamiento es para ella… y el último del día también. No puedo soportar verla y saber que nunca será mía. La veo en mis sueños, en cada roce del vestido de cualquier mujer que pasa a mi lado. Las flores me recuerdan su perfume. Todas las calles de Sevilla guardan sus pisadas, su perfume, incluso cuando navego las olas del mar me recuerdan el color de sus ojos. Siempre soñé que sería mi esposa y que juntos criaríamos a nuestros hijos, pero ahora acabo de perder toda esperanza. ¡Dice que me busque una mujer que me quiera! ¡Cómo si eso fuera posible! ¡Yo sólo la quiero a ella, qué me importan a mí las otras! Por eso me tengo que alejar de Sevilla, cuando no me vea pensará en mí…». *

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Américo sigue preparando los barcos para realizar su viaje. Pero no puede apartar de su mente a María. Un día Américo se entera que Fadrique va a celebrar su cumpleaños. Va a visitarlo y después de los saludos le dice: –Me he enterado de que vais a celebrar vuestro aniversario, ¿es cierto? –Sí, mi madre va a pasar unos días en Córdoba en casa de unos amigos. Desde que murió mi padre no ha vuelto a salir, sólo va a misa y a veces ni eso, hace venir a algún sacerdote para decir la misa en la casa. 18

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Así que aprovecharé estos días para celebrarlo con unos amigos y para despedirme de ellos porque parto a Tierra Santa. –¡Ah! Sólo es entre amigos. Entonces, ¿van las hermanas Cerezo? –¡Claro! Son amigas de la familia. Si no las invitara se consideraría una ofensa, además mi esposa no me lo perdonaría. Américo quiere ser invitado a esa fiesta, así que le dice: –Yo sé que no estoy entre sus más íntimos amigos, pero me gustaría pedirle el favor de que me invitara a su fiesta. –¿Y eso?, ¿por qué tanto interés? Es sólo una pequeña fiesta. Américo no tiene más remedio que sincerarse con Fadrique. –Quiero hablar con María. Desde que la conocí no dejo de pensar en ella. La he visto algunas veces en misa, pero como va con su familia sólo me he atrevido a saludarla. Por eso le ruego que me invite. –¡De acuerdo! Quedáis invitado ¿Pero de verdad que estáis enamorado de ella, no será un capricho por vuestra parte? Mi madre no me lo perdonaría. –No, se lo aseguro. Estoy enamorado de ella y me gustaría saber lo que ella siente por mí. Aquella tarde de verano, en el Palacio de las Dueñas, Américo se vuelve a encontrar con María. Está con su hermana Catalina, su cuñada Teresa Carrión, que está embarazada, Carmen Ledesma, Inés y con Elvira, esposa de Fadrique. Los amplios jardines ofrecen un bello espectáculo de árboles y flores, por el que pasean los invitados y disfrutan de sus perfumes. El patio plateresco, la galería alta ojival y atauriques mudéjares. Está rodeado de arcos de tipo mudéjar. La capilla ojival florida, con azulejos de reflejos metálicos. Los techos son mudéjares, así como los salones pintados de blanco y llenos de tapices. El suelo tiene alfombras de distintos colores. Américo descubre a una joven mucho más bella, se encuentra con unos ojos entre verdes y azules que lo miran con admiración. Su rostro, queda a la altura de su corazón, está suavemente tostado por el sol. Es bien proporcionado. Sus labios, bien dibujados y muy rojos. Una boca pequeña, sin serlo demasiado y unos dientes que parecen escogidos en los abismos del mar. Las pestañas, sedosas, largas, acariciadoras. Las cejas de un fino arqueado. El pelo castaño recogido y en el cuello, sobre el Loly López Guerrero

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Maria cerezo  

La esposa sevillana de Américo Vespucio.

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