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La Maleta Miguel Angel Cabaleiro Pascual

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La maleta Miguel Angel Cabaleiro Pascual


A mis dos niñas, a las que debo tanto que ni viviendo dos vidas podría pagar.

A todos los que no esperarán a ver la película.


PRÓLOGO

El dinero es mejor que la pobreza, aunque sólo sea por razones financieras. Woody Allen

Quizás el mejor modo de presentar esta novela sea explicar mi profunda admiración por el autor, por su dimensión humana y literaria. Comencé a leer su libro, y seguí leyendo y leyendo con gran interés y emoción, haciéndome sonreír en muchas ocasiones la cotidianeidad de la trama. Aquí tenemos a Juan, un tipo normal convertido por azar en un prófugo de la Justicia y de la Mafia, acompañado en su aventura por una convencional esposa dispuesta a todo. Es un libro divertido, de humor mordaz, pero también es algo más que eso. M. ConsueloVarela


© Miguel Angel Cabaleiro Pascual 1ª Edición: Septiembre 2011 I.S.B.N.: 978-84-15344-48-3 Depósito Legal: V-3667-2011

Edita:

Impreso en España Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación ni de su contenido puede ser reproducida, almacenada o transmitida en modo alguno sin permiso previo y por escrito del autor.


ÍNDICE

Encuentra una maleta....................................................... 11

Aparecen los otros........................................................... 19

3º Esperando..................................................................... 27 4º

Se aprieta...................................................................... 33

El casting ..................................................................... 41

La cosa se pone fea.......................................................... 47

Correr, correr................................................................ 55

El final......................................................................... 65

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1º Encuentra una maleta

Le sudaban las manos, nerviosas, mientras conducía. Estaba acostumbrado a viajar deprisa y de noche, pero aquel viaje era especial. Clareaba el cielo muy ligeramente y empezó a preocuparse por la mancha de sangre, como una condecoración deshonrosa, demasiado grande para ocultarla, luciendo en su cazadora blanca. Pensó en la mala suerte, en el cuidado que había puesto al disparar y la costumbre de hacerlo sin dejar huellas, pero aquella vez, al ocultar el cadáver de su compañero, se había manchado. Un perfeccionista no comete estos errores. La carretera era desconocida, estrecha y peligrosa en algunos tramos, pero la prisa no entiende de razones. No encontraba tráfico en ningún sentido, demasiado temprano, y solamente adelantó a un auto que rodaba despacio, casi de paseo. Segundos después, en una curva, la peor del trayecto, una trampa, abierta al principio y cerrada después, el automóvil no consiguió seguir en el asfalto, y voló por la derecha con violencia, rompiendo, ruidoso, la valla de protección y golpeando un árbol grueso con tal fuerza, que se dobló formando una cuña en cuyo vértice quedó muerto el conductor, aplastado. La mancha de sangre ya no era un problema. Juan aprendió, haciendo el mismo camino varios años, que la velocidad en la carretera, aunque fuese la misma ruta todos los días, provocaba un accidente tarde o temprano. Entendía que era muy difícil recorrer siempre el mismo trayecto sin que, en alguna ocasión, se aliasen las circunstancias de mala forma, y salir con bien era sólo cuestión de azar. Por tanto, rodaba tranquilo volviendo a casa. Su turno de ATS en la cárcel de la región había terminado y volvía a su pueblo, a pocos kilómetros de distancia. Vio pasar el auto como si saliese de la nada, un par de luces fuertes en el retrovisor y al instante siguiente, dos luces rojas delante haciéndose pequeñas motas saltarinas y zigzagueantes. “Mucha prisa lleva ese” se dijo, y siguió al volante pensando en su mujer Alicia, en la tibieza a su lado, desayunar juntos y después su cama, las sábanas, dormir, dormir. 11


Llegando a la curva recurvada, el punto negro conocido por todos los habituales, levantó el pie del acelerador, y pisó el freno. Pasó fugazmente por donde antes había una valla de protección, y ahora no la vio, pero no prestó atención al detalle. Al salir de la curva, vio la carretera trazando una larga línea recta, oscura, de color gris amanecer, sin rastro de las luces rojas que esperaba encontrar en la lejanía. “¡qué raro, mucho ha corrido éste!” se dijo. La memoria encendió una pequeña alarma y recordó el pedazo de valla derribada y el polvo, alumbrados por los faros al seguir el arco de la carretera. Algunos compañeros de trabajo cayeron en aquel lugar con suerte variada, un susto en la mayoría de los casos, pero un amigo pagó carísimo el exceso de confianza; aquel trozo de asfalto le causaba aprensión. Detuvo el coche, dio la vuelta y paró antes de la curva para ser visto por otros vehículos, caminando los pocos metros que faltaban para llegar al hueco en la valla. Había ya luz suficiente para ver el coche apresurado, abrazando un árbol, cerca de la carretera, pero invisible desde ella por el peralte de la curva y la pendiente del terreno. Corrió hasta el auto y comprobó que el único ocupante no tenía pulso, maniobra innecesaria por la gran cantidad de sangre manchando todo. Nadie podría seguir vivo en el espacio que dejó la chapa al doblarse. Impresionado por la estampa de muerte, inició el camino hacia la carretera para llamar al servicio de emergencias. El teléfono móvil había quedado en el soporte del salpicadero. Volvió la cabeza mientras subía, echó un último vistazo y distinguió el maletero abierto por el golpe; dentro se podía ver, con la poca luz que caía del cielo, una maleta muy grande, entreabierta, mostrando una ranura de medio palmo por la que asomaban unos cuantos billetes de banco, saliendo de ella con cierto orden en un simulacro de evacuación. Se acercó, tomó los billetes y comprobó que surgían por la abertura unos veinte o treinta de cincuenta euros. Sin pensarlo, metió los dedos por el hueco y tocó lo que parecía la arista rasgada de un paquete hecho de plástico, sin precisar el tamaño del fajo matriz de los que salieron de la maleta. Apretó y logró introducir la mano. Notó que el paquete no se terminaba donde alcanzaban los dedos. Quedó paralizado un instante, con la mano dentro de la maleta, inmediatamente notó un chispazo en todo el cuerpo y se puso de nuevo en movimiento. La posibilidad de que hubiese encontrado mucho dinero llenaba su mente de niebla de colores vivos e imprecisos. Sin pensar, tiró de la maleta con todas sus fuerzas. Apresurado, jadeando por los nervios y el esfuerzo, subió la corta pendiente hasta la carretera y llegó hasta el coche arrastrando 12


el bulto con las dos manos, atolondrado y comido por los nervios. Abrió su maletero, y aupó la maleta dentro con un esfuerzo que exprimió el último gramo de energía en sus brazos. Cerró el portón y, respirando sofocado, vio la hilera de billetes señalando el camino de vuelta al auto accidentado. “¡¡Dios, qué desastre!!” pensó. Trotando y agachándose cada paso, recogió todos los billetes y volvió hasta el maletero donde tiró el dinero de cualquier manera. Allí quedó unos segundos, comprobando que la carretera estaba vacía aunque la luz abandonaba el tono gris para blanquear paulatinamente. Respiró profundamente, y se dispuso a volver junto al árbol, dar una vuelta alrededor del auto chatarreado, y comprobar que no había quedado nada que delatase su presencia. Así lo hizo, repasando los lugares donde hubiese podido tocar para borrar huellas y, pensando en el trabajo de la policía científica, todo lo que recordaba importante. Cuando se sentó al volante, arrancó sin darse cuenta de que conducía de nuevo hacia la cárcel en lugar de su casa, donde ya le esperaba Alicia para desayunar. No había llamado a nadie, alguien encontraría el coche, estaba abotargado y excitado al tiempo, amenazando explotar en cualquier momento. Se detuvo en una gasolinera conocida, de esas que tienen cafetería y una pequeña tienda donde encontrar los caprichos del viaje. Aparcó y entró directamente al servicio para encerrarse en el retrete y respirar hasta recuperar la normalidad del ánimo. Sentía como si él fuese el culpable de aquella muerte, y no era así, se dijo, tan solo había cogido algo que no parecía dinero limpio por la forma de llevarlo. “Tranquilidad, respiremos y a pensar” fue la conclusión de su estancia sentado en la taza del WC. Salió, se refrescó la cara con agua y recolocó sus ropas lo mejor que pudo.Ya en la cafetería, pidió un café y se sentó en una mesa. Lentamente se convenció de la bondad del repentino impulso enriquecedor, cualquiera habría hecho lo mismo, las cosas así pasan una vez en la vida, se acabaron las malas curas a los presos. Se aseguró, finalmente, de firmar un pacto duradero con su conciencia. Todo estaba en orden. Desde allí, telefoneó a Alicia. – Oye, me tengo que quedar una horas más aquí, no ha venido Paco, no sé que le habrá pasado. En cuanto salga para allá te llamo. 13


– A ver si pides un cambio de turno – contestó Alicia, un poco enfadada – , este Paco falla mucho. Habla con él o con tu jefe, tú no tienes la culpa de que se duerma, rompa el coche, o le pase Dios sabe qué. – Ya, pero bueno, luego te cuento. Un beso. – Hasta luego, anda, que me tienes contenta. El primer problema ya tenía una solución provisional, al menos. Le pondría al corriente más tarde. Ahora necesitaba tiempo para pensar. “Pensar, ¿en qué?” se preguntó al darse cuenta de que no sabía cuánto dinero había en la maleta, quizá solo el que alcanzó a tocar con la mano y el resto eran enseres particulares sin valor. Se levantó y salió al aparcamiento advirtiendo al camarero que volvería en unos minutos; aviso innecesario porque Juan era conocido sobradamente allí. Abrió el maletero mirando en derredor por si alguien podía verle. Se inclinó hacia el interior y recogió los billetes tirados, introduciéndolos de nuevo en la maleta por la rendija por la que salieron. La maleta, al menos, era de calidad, auque no pudiese resistir el golpe sin abrirse. Manipuló los broches, y no cedió; estaba cerrada con llave. Se acercó a la gasolinera y pidió al empleado un destornillador grande. Introdujo la punta de la herramienta en la zona de la ranura más cercana al cierre que la mantenía atrancada y comenzó una pelea entre los dos que terminó con la inutilidad permanente de la maleta, saltados los trebejos mecánicos de los cierres. Cuando Juan levantó la tapa, un sólido y compacto paquete de billetes ocupaba la totalidad de la maleta; solamente tenía un desgarrón en el lado por el que salieron los pocos dineros que llamaron su atención, y los que luego regó por el terraplén y la carretera en el apresuramiento de la recogida. Era dinero sucio, sin duda. Antes de dar otro paso, debía asegurarse de montar una historia que no le relacionase con lo sucedido. Pensó en la suerte de estar en la cafetería cerca de la cárcel a esas horas en las que debería estar ya durmiendo. Así podría sostener, en caso de necesidad, que se había retrasado y no pasó a la hora oportuna por aquella curva, sino más tarde. Tomó uno de los billetes de 50 € y volvió a la cafetería en busca del camarero, le pagó con monedas y explicó que su mujer le pidió que comprase un libro en la gasolinera, lo había visto y no pudo entonces porque llevaba prisa, pero que no lo había encontrado en otro lugar, así que le encargó comprarlo antes de volver a casa. Se lamentó de los caprichos de Alicia, obteniendo inmediatamente la solidaridad del camarero y de todos los hombres que escuchaban la charla, 14


con esa unidad masculina que solo se establece frente a un enemigo común y poderoso: la propia esposa. – No tenía que esperar a la chica de la tienda, yo le habría dado el libro – aclaró el camarero. – Gracias, pero me apetecía un café, y como he salido un poco tarde, y ya sabe Alicia que llevo el libro, no me importa haber esperado. Simuló buscando un libro cualquiera y escogió uno con aspecto de ser lo suficientemente raro como para requerir un encargo especial de quien lo desease. “En un asunto como éste – pensó – los detalles pueden acabar siendo importantes“. Entregó el billete a la encargada de la tienda y aguantó la respiración mientras ella comprobaba la autenticidad del dinero. Recogió la vuelta suspirando y se metió en el coche para volver a casa. Llegando a la curva maldita, encontró el decorado de sanidad y policía típico en estos casos. Continuó su camino mirando hacia el lugar del accidente, como hacían todos, y respiró hondamente cuando aparcó su coche, súbitamente revalorizado, en el garaje de casa. Abrió la puerta y encontró a su mujer trasteando en la cocina. Alicia no trabajaba fuera de casa. El horario esclavo del comercio y las ganas de tener un hijo ayudaron en la decisión de renunciar a un sueldo escaso. Ambos nacieron en el pueblo, hoy una ciudad de pequeño tamaño, fueron novios desde niños y se casaron jóvenes. Cuando construyeron la cárcel en aquellos parajes, los vecinos recibieron ofertas de trabajo para compensar el desagrado que, en todos los sitios, produce la instalación de un penal. Juan salvó las pruebas de ingreso nadie supo cómo, pero con alguna relación especial y familiar desconocida para la mayoría. Con un contrato laboral quedó como empleado del centro penitenciario para poner inyecciones, dar aspirinas y poco más. Se ganaba la vida cómodamente, menos por el turno de noche que debían hacer, por iniciativa de los médicos del centro, que pensaban en dormir cuando estuviesen de guardia y que el ATS trabajase, salvo casos excepcionales. En compensación, el sueldo de Juan era mayor que haciendo sólo el turno de día y siempre tuvieron un euro, no dos ni tres, para un capricho. – ¡¡Hola!! ¡Ya estoy aquí! – saludó. – Hola, ya era hora – oyó responder la voz de su mujer. 15


– Ahora subo, tengo que volver al garaje. Buscó un par de cinturones a falta de una cuerda y con ellos bajó de nuevo al garaje. Allí, levantó el capó para simular hurgar en el motor si algún vecino aparecía. Agachado sobre la maleta, la amarró y limpió el polvo depositado durante el arrastre. Juan era cuidadoso, no podía permitir cruzarse con alguien cuando subiese la maleta a casa y llamar la atención por la atadura y, además, porque pareciese encontrada tras un terremoto. Resultó innecesaria la precaución, Juan cerró la puerta con el bulto sin encontrarse con nadie. Entró por segunda vez en casa, llevó la maleta al dormitorio en silencio, se acercó a la cocina y besó a su mujer; ella, notando una mirada diferente en su marido le preguntó. – ¿Qué te pasa?, te noto raro. – Tengo algo importante que contarte, vamos al salón y siéntate. – Me preocupas. Dime – dijo mientras se sentaba en el borde de un sillón, inquieta por la novedad. Juan relató el accidente, mencionó el cadáver y confesó que había traído la maleta consigo. – ¿Qué has hecho qué? ¿Estás loco? ¿Toda una vida honrada para mancharte ahora con dinero ajeno? Dime donde está la maleta – casi ordenó. Él la tomó de la mano y la llevó al dormitorio. Encima de la cama estaba abierta, el enorme paquete de billetes a la vista, compacto, impresionante. – Pero esto… ¿cómo es posible? ¿de dónde ha salido? – No lo sé, Alicia, no lo sé – dijo cansado, la tensión acumulada pasaba factura. Alicia transitaba velozmente desde la postura asombrada y honrada a la de rica repentina a la que no interesa mucho saber porqué. – ¿Cuánto hay? – No lo sé, no lo he contado, pero mucho, muchísimo. 16


La maleta