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Historias De Mujer

Elaine Yaumara RamĂ­rez Curbera


Elaine Yaumara Ramírez Curbera. Cubana. Ha cursado estudios de Teatrología en el Instituto de Cultura de Kiev, Licenciatura en Historia del Arte en la Universidad de Oriente. Cuba y estudios de Doctorado en la UPV. España. Actualmente se desempeña como Profesora de ELE (Español Lengua Extranjera) en el Instituto Cervantes de Budapest. Habitual escritora de poemas y relatos, tiene actualmente en preparación su primera novela.


Historias De Mujer

Elaine Yaumara RamĂ­rez Curbera


© Elaine Yaumara Ramírez Curbera

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Edita:

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pasionporloslibros ISBN: 978-84-938501-3-5 Depósito Legal:V-4462-2010


A mi familia y amigos, estos relatos sentidos.


Ă?ndice

El Beso 9

La Oliva Del Pecado 27

Para Olvidar 33

La Bofetada 39

Helena 45


El Beso

–¡ Meeery! Así se dejó escuchar a todo lo largo y ancho de La Piragua el grito malhumorado y cortante de Rosa Carmina Gonzálvez. Un grito que logró, por méritos propios, el desconcierto de más de un transeúnte y que petrificó dos cálidos rostros acelerando el ritmo de dos corazoncitos en flor. ¡Al fin! Era Junio y había llegado el día. Ese beso representaba mucho para él. Carlos llevaba cinco años esperando el momento, soñando con el instante. Muchas veces, solo cerrando ligeramente los ojos, había logrado adivinar el sabor de aquellos labios; incluso era capaz de describírselo a sí mismo paladeando. Después de mucho cavilar y comparar había conseguido llegar a una conclusión: los labios de Mery sabían definitivamente a dátil fresco. Tenía muy claro, aún sin haber podido saborearlos con vehemencia, que entre millones de labios que tuviese la ocasión de besar reconocería con los ojos vendados y sin palpar el sabor a dátil fresco de los labios de ella. Recordaba con nitidez fotográfica la última vez que los tuvo y la tuvo a ella frente a si. Casi lo hubieran conseguido de

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no haber sido por aquel inoportuno y ensordecedor grito de: “Meeery”, proferido por la madre de ella que les observaba con irritación desde su rostro feculoso. La madre de Mery era una mujer nada sobrada en virtudes: baja, rechoncha y con muy malas pulgas. Por esta razón Carlos siempre había supuesto que el padre debía ser tan sensible y bien parecido como la hija (que a alguien tenía que salir). Juan Sebastián de los Dolores se hacía nombrar el padre que, ahí en el barrio La Piragua, era un perfecto desconocido. Muy poco se sabía de él y algunos, como Carlos, siquiera tenían un concepto claro de su imagen. Se rumoreaba que era un intelectual inadaptado que había aprovechado la revuelta de “la gusanera” para decir adiós para siempre a Cuba y que Rosa Carmina, su esposa y madre de Mery, no tuvo jamás la más mínima información sobre sus planes de viaje. Carlos, sin embargo, muy dentro de sí estaba convencido de que éste se había marchado cuando se le había agotado la tolerancia a las malas pulgas de la esposa. Mery no conoció prácticamente a su padre o al menos no lo suficiente. Aún así, de forma ilógica e inesperada, a los quince años se vio embarcada rumbo a Miami a vivir con él. No entendió Mery entonces la decisión de su madre. Tampoco lo consiguió entender nadie. Cómo, una mujer que se quejaba a diario del secreto( y ya lejano) abandono del marido y del

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desconocimiento de su paradero; cómo en el momento que recibe la primera carta anunciándole que estaba en Miami y aquello era la gloria… puso silencio a sus quejas y comenzó a agilizar papeles de todo tipo. Más aún, cómo pudo anunciarle a su hijita con fría parsimonia que su futuro estaba al lado de su padre en el extranjero, que ella la quería mucho pero que se dispusiera a partir sin chistar. Carlos y Mery habían visto crecer y desarrollar sus partes más trascendentes y prominentes en el barrio La Piragua. Vivieron puerta con puerta y pared con pared durante quince años y solo ahora con veinte habían podido intercambiar el primer beso. Esto que se mostraba como una proeza de juventud no era más, en realidad, que una concertada promesa de la infancia. Jugando al Que te pillo, compartiendo el pupitre en el colegio y hasta danzando juntos en las fiestas de cumpleaños de los amigos se lo habían prometido una y mil veces. Ya desde entonces se habían querido y habían deseado hacerlo. A pesar de su corta edad la prudencia les había podido. Siempre pensaron que debían crecer un poco más para acometer la hazaña de juntar sus labios y así sellar un pacto de amor y pertenencia recíproca, por eso esperaban el momento atento el uno del otro. Sin embargo, aquel día con olor a despedida en el que determinaron que había llegado el momento, fueron sorprendidos, paralizados y reprimidos por el grito de Rosa. Entonces, después de estar tan cerca 11


de sellar el pacto y vivir la dulce experiencia, no se vieron más. Ese grito marcó el antes y el después. Ese grito de Rosa Carmina Gozálvez se tornó el ecuador de unas vidas. Al día siguiente Mery embarcó rumbo a la capital y más tarde a los Estados Unidos de Norteamérica dejando atrás un apetente corazoncito dislocado, pues en honor a la verdad debe decirse que él creyó que nunca más la vería. Lo cual es un pensamiento normal si valoramos, que la acuciante sensación de vivir en el más acá de los bordes de una isla y ser conscientes de un más allá “enemigo” a tan solo noventa millas no pasa inadvertido ni a la más omnipotente de las mentes humanas. A pesar del desasosiego y la desesperanza, Carlos siguió soñando con aquella boca que estuvo a escasos milímetros de la suya permitiéndole al menos olfatear su aliento. El primer año en la distancia estuvo premiado de incontables cartas de amor impregnadas del impulso y el frenesí de la adolescencia, luego el cúmulo de misivas fue sustituido por alguna que otra postal como aquella, que al cabo de cinco años, llegó para anunciar el regreso. Ciertamente, Carlos era un chico cabal e inteligente incapaz de alegrarse de las desdichas humanas, por lo que le resultaba indigno no reconocer que la enfermedad de Rosa le ofrecía “en bandeja de plata” la posibilidad de aquellos labios que se le antojaban únicos en el universo. 12


El carácter de Rosa se había tornado cada vez más agrio e insoportable desde que comenzara a vivir sin la hija que ella misma subió a la nave del destino impreciso. Mery era realmente todo lo que ella tenía en el mundo. Rosa procedía de una muy corta familia de raíces aristocráticas residentes en la ciudad de Matanzas, de la cual cada uno de sus miembros al perder las propiedades familiares, se había desperdigado por la isla con la intención de fundar nueva familia y vivir sus propias vidas alejados de los míseros vestigios de opulencia. En busca de ese supuesto e impuesto futuro y al bordo del lentísimo tren lechero conoció Rosa a Juan Sebastián de los Dolores comenzando una agónica entrega desde el casamiento mismo. De esta fallida relación con un hombre doce años mayor que ella le nació Mery, quien era el móvil de la racionalidad para una relación de tolerancia mutua e incomunicación casi total. Sin embargo como, según el proverbio, lo cortés no quita lo valiente, en honor a la verdad hay que reconocer que a pesar del menudo caos familiar la niña estaba muy bien educada. Aunque su padre no cometió para con ella ningún exceso de cariño y dedicación, Rosa supo sobreponer a sus malas pulgas la necesidad de desempeñar ambos roles cuando el momento lo requirió y hacerlo bien. Fueron estas precisamente las razones por las cuales nadie entendió jamás, la decisión de enviar a su única hija a vivir con un padre que no fue nunca lo que ella hubiese deseado. Solo su vanidad y desenfreno, rasgos heredados de su aristocrática ascendencia, podían arrojar algo 13


de claridad sobre este asunto. Su heredado y casi natural gusto por la ostentación y su amor al dinero se habían revelado desenfrenadamente al tomar aquella fatal decisión y ahora lo estaba pagando con creces. Su vida era triste y solitaria. Para ocultar su pena se había vuelto cada vez más petulante y como consecuencia el vecindario había impuesto ante ella una barrera comunicativa y de conmiseración alarmante. Solo Carlos hablaba con ella. Le ayudaba con las compras y hasta, en algunas claridades vesperales, tomaban juntos el café que le servía de pretexto a Rosa para hablar sin parar y sentirse acompañada. Cuando estos encuentros tenían lugar y el aroma del café recién hecho comenzaba a expandirse por la salita, ella se mostraba toda lo cariñosa y sencilla que era capaz y hasta de vez en vez acariciándole la cabeza a Carlos, le llamaba dulcemente hijo. Las conversaciones solían ser muy variopintas. Lo mismo le sermoneaba sobre los estudios, que le hablaba de las últimas verduras que había comprado o quizás de cómo se habían disparado en el mercado negro los precios del queso y el buen café. Cualquier cuestión era buen tema para ella menos Mery. Las veces que él había introducido el tema o sugerido el asunto había podido percibir y constatar con sus propios ojos como el dolor puede apoderarse no solo del corazón sino de un rostro. Estos eran los momentos en que a Rosa se le desencajaba el rostro y tornándose especialmente lacónica y cortante decía: 14


– Mery es tema vetado en esta casa– y minutos más tarde incapaz de sostener ningún tipo de conversación y menos aún de recobrar la compostura, añadía como excusa: – Carlos, estoy cansada, será mejor que te vayas– y le despedía con un forzado esbozo de sonrisa. Más de una vez vivió Carlos esta escena y por eso había optado, muy a su pesar, por morderse la lengua para no tocar el asunto. En La Piragua solo él sabía que ésta mujer sufría verdaderamente y estaba arrepentida. Para los vecinos del lugar no era más que una desalmada, una mala madre que había enviado a su única hijita a la distancia en la flor de su adolescencia. Carlos prefería no opinar. Se limitaba a escuchar y tratar de entender a las personas mientras de forma constante recordaba con poética vaguedad las edulcoradas noches de su niñez, cuando a través de sueños compartidos el futuro se erguía ante él y su Mery radiante y generoso. Su memoria era tan amplia, acogedora y preservadora como un gran frigorífico y se sentía agradecido de ello. Su excelente memoria no solo le permitía conservar intactos sus recuerdos de amor, sino que además le posibilitaba estudiando medianamente obtener magníficas calificaciones. Llevaba cursados, muy a pesar de sus padres, los dos primeros años de la Licenciatura en Derecho sin los menores contratiempos. Sus progenitores, él un prestigioso ginecobstetra y ella una ama de casa modelo, no acariciaban con demasiada ilusión la idea de tener un picapleitos en casa. 15


Habían imaginado siempre a su único hijo con una bata blanca, heredando el prestigio y los pacientes de su padre; pero como donde existe decisión sobran las recomendaciones...Carlos estaba estudiando abogacía.

* * * * *

El regreso.

Rosa había caído enferma. Después de incontables días de malestar los médicos le habían diagnosticado un tumor maligno en el ovario izquierdo por el cual debía ser intervenida quirúrgicamente cuanto antes. Este indeseable puntillazo le ofrecía a Carlos la posibilidad de volver a ver a su Mery. La noticia de que vendría la supo por Rosa, quien después de media hora comentando y exteriorizando sus miedos con relación a la enfermedad, le sorprendió con un tácito _mi hija vendrá muy pronto- y a lo que Carlos respondió con silencio, sin atreverse a preguntar nada más. Quizás por la sorpresa o quizás porque sabía de las reacciones de Rosa se quedó con 16

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