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El Monstruo Insaciable YON SOLLEIRO

En memoria de Juan Tiz贸n Herreros


El Monstruo Insaciable YON SOLLEIRO


Š Yon Solleiro

Edita:

I.S.B.N.: 978-84-15933-42-7

Impreso en EspaĂąa Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicaciĂłn ni de su contenido puede ser reproducida, almacenada o transmitida en modo alguno sin permiso previo y por escrito del autor.


Índice

INTRODUCCIÓN............................................................................. 9 Capítulo 1

................................................................................... 11

Capítulo 2

................................................................................... 13

Capítulo 3

LILA .......................................................................... 17

Capítulo 4

LA CAZA DEL HOMBRE.......................................... 23

Capítulo 5

SIGUE LA CAZA........................................................ 27

Capítulo 6

MÁS DE LO MISMO................................................. 31

Capítulo 7

¡AULLABA COMO UN LOBO! ................................ 35

Capítulo 8

LOS LOBOS............................................................... 41

Capítulo 9

EL MONSTRUO INSACIABLE................................. 47

Capítulo 10 LA PRIMERA CUEVA............................................... 51 Capítulo 11 EL GUARDA DEL VIÑEDO...................................... 59 Capítulo 12 INSOMNIOS............................................................. 69 Capítulo 13 LA DERROTA............................................................ 71 Capítulo 14 MONOTONÍA.......................................................... 75 Capítulo 15 Y FINAL.................................................................... 79 AGRADECIMIENTOS...................................................................... 81


E

n ocasiones veo muertos, –decía el muchacho de una célebre película–, y yo digo ahora que en ocasiones he visto asesinos furiosos. Porque si hemos de ser sinceros, la humanidad se encuentra de vez en cuando envuelta en furiosos sucesos de toda clase, incluyendo naturalmente asesinatos. Aclaremos, existen momentos de locuras diversas y si analizamos vemos tres ejemplos claros y principales: Primero la locura religiosa, porque de locura se ha de denominar aquellos episodios, como los de las Cruzadas, en donde los caballeros estaban exentos de cumplir el cuarto mandamiento de su religión siempre que se matara a infieles. En otras ocasiones lo de matar al infiel está perdonado y el sacrificio personal idealizado con premios en el más allá. Y si seguimos investigando encontraremos el asesinato religioso en otras. Alguna conocida de la India que no viene a cuento mencionarla ahora. La segunda clase de locura, que a veces sustituye a las religiones, es la superstición. Imaginaos un supersticioso que un martes y trece se levanta con el pie izquierdo, al intentar salir de su casa ve que tiene que pasar por debajo de una escalera, este supersticioso ese día se vuelve a casa, pues además de lo antes mencionado al salir se le cruzó un gato negro, ¡el colmo!, por eso llama a su oficina y 7


dice que está enfermo, ya que de otro modo podrían pasarle mil y una desgracias. La mayor desgracia que le puede pasar es que lo despidan por no ir, pero si se da ese caso la culpa, para él, es del gato negro o del día 13 martes o cualquier otra cosa de éstas. Éste es un pequeño ejemplo, pues la superstición llena todos los avatares de la vida para muchos. Y la tercera, que ahora vamos a tratar, es la locura asesina que de repente ocupa a todo un pueblo y trae como resultado un millón de muertos. En 1936 y en España, la locura asesina llegó a todos los estamentos de la sociedad española. Tanto en las llamadas Zona Roja como en la Zona Nacional, los asesinatos se multiplicaron. No vamos a hablar de la Zona Roja porque ya los vencedores se encargaron de hacerlo durante cuarenta años. Lo que vamos a contar es algo ocurrido en la llamada Zona Nacional, pues no se limitó a los días de la rebelión, sino que duró hasta que el Dictador murió, porque poco tiempo antes de morir aún firmó 5 penas de muerte. Para que el lector se haga una idea del odio que formaba parte de esa locura, los llamados nacionales, como no pudieron encontrar y matar al que perseguían, el Alcalde de Monforte de Lemos durante la República, fusilaron una fuente ornamental que había inaugurado este señor unos días antes. Ahora se ve ridículo si no fuera una señal de la enorme tragedia que vivió España en aquellos años y que llegó a la mayoría de las familias. El relato que publicamos a continuación es totalmente real y en gran parte fue escrito por el propio perseguido y ya se hizo público en otro libro, pero queremos que sirva de ejemplo a todos para que nunca más se dejen llevar por esta locura asesina. 8


INTRODUCCIÓN

E

ste relato está efectuado gracias a las notas que fueron hechas en su día por Juan Tizón Herreros, a conversaciones con quienes le conocieron y a otros escritos que poco a poco fuimos recopilando durante muchos años. No queremos al mismo tiempo perder en la memoria a tantos otros, que como Tizón, fueron perseguidos por sus ideas políticas y que dieron su vida por defenderlas, por la democracia y por ayudar a los más débiles de la opresión a que fueron sometidos por las fuerzas de la derecha en 1936. No es mi intención contar la vida de nuestro protagonista, sino contar la peripecia que tuvo que soportar para evitar ser asesinado por los rebeldes a la República. Otros contarán su vida. En este relato pueden comprenderse los enormes sufrimientos, tanto físicos como psíquicos, que tuvo que soportar a causa de la rebelión militar fascista.

Raúl Solleiro Mella

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Capítulo 1

E

n julio de 1936 y ante la rebelión contra la República, en Monforte de Lemos se creó una comisión de urgencia para luchar contra ello. Desde esta localidad se enviaron hombres armados a Lugo, que volvieron derrotados y que allí mismo tuvieron que defenderse de los golpistas, que triunfaron y se dedicaron a buscar y asesinar a todo aquél que no estaba de acuerdo con ellos. Muchos lograron huir y otros no, algunos porque no creían en la brutalidad de los golpistas y otros porque aunque sabían o presentían lo que iba a pasar no tuvieron la suerte de lograrlo. Entre los que se fueron a última hora estaba el que en aquel momento era alcalde de Monforte, Juan Tizón Herreros, buscado en aquella ciudad y también en La Coruña, de donde era oriundo, y ciudad en la que vivía su familia que tuvo que sufrir el acoso y los registros de la policía y otras fuerzas, ocurridos alguno de estos a altas horas de la madrugada, sin que en aquellas fechas se pudiera hacer nada, sino aguantar y esperar que cesaran. Nuestro protagonista no tuvo otro remedio que huir al monte, único lugar en que podría esconderse y esperar a ver qué ocurría en la Guerra Civil, pues aunque en Galicia ganaron con facilidad los rebeldes, se sabía que en el resto de España continuaba en parte dominando la República y que las fuerzas leales podrían (era una esperanza) terminar derrotando a los rebeldes.

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Capítulo 2

D

esde que El Fugitivo llegó, tras largas horas de caminar constante, al pueblo ribereño del Sil, todas las noches ocurría lo mismo, al dar por terminadas las faenas del día, los campesinos iban en su busca para que les hablara de sus problemas, que él conocía tan bien. El Fugitivo accedía siempre a los deseos de aquellas gentes con la íntima satisfacción de poder retribuir de alguna forma la cariñosa hospitalidad de que le hacían objeto. Y con voz cálida, emocionada, iba haciendo pasar ante los ojos muy abiertos de los campesinos sus propios problemas y apuntando las soluciones más adecuadas para lograr aminorar sus efectos, ya que él sabía muy bien que dentro del sistema capitalista no era posible pensar en resolverlos total y definitivamente. A veces su voz tenía vibraciones de indignación al localizar las causas de los sufrimientos de los trabajadores de la tierra en una moral absurda e inhumana, que colocaba en un plano superior a una clase inútil, constituida en su mayor parte, por parásitos, que vivía rodeada de comodidades y placeres, mientras que aquélla que debiera ser la poseedora de todo, porque era ella la que todo lo producía, solamente era dueña de su hambre y de su miseria. La Igualdad era el tema de esa noche. Los campesinos, formando un grupo compacto ante el Fugitivo, lo escuchaban con avidez creciente, interesándose más y más a medida que avanzaba en su disertación. No perdían una 13


palabra ni un gesto, bebiendo hasta sus pausas, exprimiéndole toda la elocuencia que el orador les imprimía. Seguían todas las evoluciones de su discurso en absoluta identificación con él, cuando su voz vibraba indignada, ellos enrojecían de ira, como si se dispusieran a saltar sobre los causantes de su infortunio. Y cuando la emoción hacía temblar en los labios del Fugitivo las palabras, que iban saliendo como en una dulce melodía compuesta con las suaves notas de una auténtica y fraternal solidaridad, los ojos de los campesinos se humedecían y una infinita ternura levantaba sus pechos y ponía un nudo en sus gargantas. Todas las noches ocurría lo mismo, pero en ésta, los campesinos parecían sentirse aún más identificados con el orador. En el silencio de esa hermosa noche de luna, la voz del Fugitivo sonaba potente y clara, con una irresistible fuerza persuasiva que atraía y sugestionaba. Hablaba de la Igualdad. Pero no de esa igualdad, que la clase poseedora de todo lo que los demás producen ridiculiza, con anécdotas como la de hacer hombres en serie con una máquina, o aquella otra del jorobado que daba gritos de Viva la igualdad, pretendiendo que todos fuesen jorobados como él. No, no es de esa estúpida igualdad simbolizada por el jorobado, de la que el Fugitivo hablaba, en esa hermosa noche de luna de agosto con emocionada exaltación. La igualdad que proclamaba el Fugitivo no era ésa que pretendía que los que están bien pasasen a estar como los que están peor. Pretender este tipo de igualdad y realizar el menor esfuerzo por lograrla sobrepasaría los límites de la insensatez; la idea de igualdad de la que hablaba el Fugitivo era precisamente la que tiene una finalidad contraria a ésa. Es aquélla que se afirma sobre los sublimes postulados que afirman el derecho de todos los hombres al disfrute de los dones de la Naturaleza y del Progreso. Y para que esta idea penetrara profundamente y arraigara en el cerebro de los trabajadores de la tierra con toda 14


su pureza, sin groseras adulteraciones que la desposeerían de todo lo que tiene de bello y altruista, el Fugitivo se servía de una argumentación y unos ejemplos asequibles a la mentalidad de su auditorio. En esto ponía especial cuidado, porque él sabía de muchos oradores incomprendidos o mal interpretados, cuyo fracaso en manera alguna debía ser atribuido al bajo nivel intelectual del pueblo, sino a que ellos habían utilizado un idioma extraño que el pueblo desconocía y que, por tanto, no podía comprender. El pueblo que no había llegado a las academias desconocía el lenguaje académico, y quienes pretendían llevar a cabo su educación hablándole con ese lenguaje, perdían el tiempo de la manera más estúpida. Sembrar trigo en el Océano Atlántico sería igual de inútil, y desde luego menos pernicioso. El Fugitivo, especialmente cuando hablaba en los medios rurales, tenía esto muy en cuenta. Y si, como esta noche, la igualdad era el tema de su disertación, a su mente acudía siempre una curiosa y aleccionadora anécdota atribuida a Jean Jaurés. El caso ocurrió en la estación del ferrocarril de un pueblo rural de Francia, donde el malogrado orador socialista acababa de pronunciar una conferencia. Al llegar a la mencionada estación acompañado por un numeroso grupo de campesinos que habían escuchado su discurso, Jaurés subió a uno de los coches de primera clase del tren que estaba estacionado y se asomó a una de las ventanillas para continuar hablando con ellos mientras el tren no partía. Pero inmediatamente observó que algo anormal ocurría entre los campesinos agrupados en el andén. Sus miradas tenían ahora un no sé qué de desconfianza, de disgusto y de asombro, mientras cuchicheaban entre sí con visible agitación. Jaurés preguntó entonces a los que estaban más próximos cuál era la causa del malestar del que estaban dando muestras, y uno de ellos le respondió, con un inconfundible acento de reproche, que el disgusto de todos era justificado, porque 15


resultaba verdaderamente insólito que un líder socialista que aquella misma tarde tan elocuentemente les había hablado de la igualdad, viajase en primera. – ¡Oh, pobre de mí! –exclamó Jaurés como hablando consigo mismo. –¡Qué lástima! ¡Cómo he perdido el tiempo! ¡Una conferencia de hora y media para este resultado! Y luego dirigiéndose a los campesinos, les dijo: – Ustedes no me han comprendido, es lamentable, porque yo de lo que les he hablado hoy ha sido precisamente de la igualdad en primera. Y en efecto, el malogrado socialista francés les había hablado de la igualdad en primera. La otra no serviría para arrancar a la clase trabajadora de la esclavitud y miseria en que vive y elevarla al nivel de vida más alegre y confortable a la que tiene perfectísimo derecho. Pero los campesinos no le habían comprendido. Sin embargo, Jaurés no perdió aquella tarde. Su última frase, pronunciada en el momento en el que el tren se ponía en marcha, le permitió aprovecharla plenamente. Por un instante los campesinos permanecieron desconcertados viendo partir el tren. Pero un segundo de reflexión bastó para hacerles comprender todo el sentido de la frase afortunada, y Jaurés todavía pudo oír la clamorosa ovación con que lo despidieron.

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Capítulo 3

Lila

E

l Fugitivo avanzaba en su disertación, haciendo pasar ante los ojos de los campesinos, como en una película cinematográfica, las imágenes envueltas en el ropaje de una sugestionadora elocuencia. Los campesinos apiñados ante él en la era iluminada de lleno por la luna, seguían su discurso en silencio e inmóviles, como si estuvieran petrificados. A no ser por las sucesivas expresiones que sus rostros iban reflejando, se diría que en ellos sólo existía la materia inanimada, porque el Fugitivo se había apoderado de su espíritu que ahora estaba modelando con su palabra y su ademán y que no iba a devolverles hasta que su discurso acabara de pulirlo e idealizarlo. Pero, de pronto, en el grupo compacto se produjo un pequeño movimiento y unos segundos después surgió frente a él la delicada figura de una niña de 9 o 10 años que se situó en primera fila, teniendo entre sus manos una larga vara de fresno. Era una linda pastorcilla que todas las noches, al regresar del monte con el rebaño, corría a la era, abriéndose paso por entre las piernas de los campesinos para escuchar al Fugitivo. ¡Simpática criatura! Sus grandes ojos castaños se abrían desmesuradamente, revelando la extraordinaria atención con que escuchaba. El Fugitivo ya la conocía, reparó en ella desde el primer día y siempre que la veía surgir, sus ojos ya no se apartaban de la figura delicada y menudita hasta que acababa su discurso. 17


Cuando la niña aparecía, se sentía invadido por una infinita ternura y su voz adquiría entonces un tono más suave y más dulce. Parecía como si desde ese instante ya sólo hablase para ella, y era porque debajo de aquellos harapos que apenas cubrían el delicado cuerpo de la pastorcilla, el Fugitivo veía a la más pequeña de sus nenas. A aquella hijita suya que dejó allá muy lejos, y cuya figurita frágil y menuda era tan parecida a esta otra que ahora tenía ante él. Era el extraordinario parecido que entre ambas existía lo que lo enternecía. Porque en los bonitos ojos castaños muy abiertos, en la carita blanca como la nieve y en el cuerpecito grácil y esbelto de la pastorcilla que le escuchaba con encantadora seriedad, él veía los ojos lindos, la carita de expresión dulce y el cuerpecito gentil de su pequeña. La pastorcilla, sugestionada e inmóvil como los otros, permanecía escuchando con avidez, sin apartar los ojos del Fugitivo. Mientras tanto del caserío próximo llegaba, de vez en cuando, una voz: ¡Liilaaa! ¡Liilaa! Se oía gritar con impaciencia, que aumentaba a cada llamada. Era el tío Queipo, el amo de la pastorcilla, un viejo embrutecido por el alcohol que la estaba llamando incesantemente. Pero la niña no le oía. En aquellos momentos solo oía la voz del Fugitivo. Aquella voz armoniosa y tierna que ella nunca había oído a nadie, y sólo veía sus ojos que la miraban con una expresión de dulzura que ella tampoco viera en otros ojos, ella estaba ajena a todo lo demás que la rodeaba. Todo su ser, todos sus sentidos estaban concentrados en aquel hombre que su imaginación de niña le representaba como 18


un ente excepcional y superior a todos los demás. ¡Mal podía sospechar la infeliz pastorcilla, que aquel hombre que juzgaba casi como un Dios, era tan desventurado como ella! El Fugitivo dio fin a su discurso, y entonces el grupo compacto de campesinos adquirió movilidad nuevamente y comenzó a a disgregarse, entre comentarios proferidos en voz baja y gritos de mujeres que llamaban a sus maridos y sus hijos para la cena, que ya hacía rato aguardaba. Pero la niña aún permanecía allí, en el mismo sitio, siguiendo con atención los gestos del Fugitivo, que ahora se había mezclado con los campesinos y dialogaba con ellos. En este instante se oyó la voz aguardentosa del tío Queipo, que se aproximaba: ¡Lobos te coman, maldita! –gritó el viejo, llegando al pie de la pastorcilla– ¡Hoy no vas a salir con vida de mis manos! La niña, al oírlo, volvió el rostro con rapidez, mirando al amo con sus ojitos, abiertos desmesuradamente por el espanto. El miedo súbito tornó aún más blanca su carita de nieve. El Fugitivo también volvió el rostro y vio cómo el viejo arrebataba la vara de fresno que la niña tenía en sus manos y la suspendió sobre su cabeza amenazador e iracundo. ¿Iría a pegarle? El Fugitivo aún no tenía informes de la brutalidad del viejo. Por otra parte ¿Cómo suponer que pudiera existir en el mundo una sola persona capaz de poner sus manos sobre aquella criatura de cuerpecito tan delicado y de aspecto tan dulce? No. El tío Queipo sólo pretendía atemorizarla con sus gritos y ademanes. La niña echará a correr y todo quedará reducido a unas voces y a unos gestos. Todo esto lo pensó el Fugitivo en una décima de segundo. Pero su asombro e indignación llegaron al colmo cuando el viejo descargó con furia la vara sobre el frágil cuerpo de la niña. Aquel golpe lo sintió en sus carnes con un dolor agudo que le hizo estremecer. 19

El monstruo insaciable  

Yon solleiro

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