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Francisco Camacho

El astr贸nomo y otros relatos


漏 Francisco Camacho Portada: La noche estrellada de Van Gogh Maquetaci贸n: Javier Ruiz

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pasionporloslibros ISBN: 978-84-938943-5-1 DL: V-1487-2011 Impreso en Espa帽a / Printed in Spain Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicaci贸n ni de su contenido puede ser reproducida, almacenada o transmitida en modo alguno sin permiso previo y por escrito del autor.


A mis hijos Teresa, Alicia y Paquito


EL VIAJE DEL ASTRÓNOMO, GRECIA, ALEJANDRÍA, UR. En una isla alejada del mundo, sobre una verde montaña, existía el más extraño observatorio de la tierra. La boca de su modesto telescopio, era como una ventana abierta que comunicaba la mente y el corazón de un sabio anciano, solo y olvidado por todos, con el inmenso y misterioso firmamento. Aquella noche el astrónomo oteaba el encendido manto de estrellas, mientras por su pensamiento acudían los recuerdos. Cuántas veces había escudriñado tan fantástica extensión de astros, en otros momentos de su vida, en cuántas ocasiones había hallado en esa infinitud rutilante no sólo el objeto de sus estudios, sino también una música lejana, una sensación de sentirse acompañado, una fuerza que le infundía valor frente a la desesperanza. En la memoria parecía escuchar aún el sonido grave y profundo de la sirena del barco en el que abandonó la costa que le vio nacer, para navegar días enteros en busca de tierras lejanas. Recordaba el momento en que pensó por primera vez en el sentido de aquel viaje, era de noche y la luna brillaba completa en el cielo, hasta entonces se había dejado llevar por un impulso vehemente de aventura; pero mientras miraba nuestro satélite plateado, sentía en su interior como un sueño imposible al que quiso ponerle el nombre de Ariadna. En la cubierta, apoyado sobre la barandilla, oía el sonido de la embarcación al chocar con el agua y observaba el canino blanco que iba dejando a su paso por el mar. Después levantó los ojos a su alrededor y no encontró a nadie, solamente el mar, solo la luna, solo el leve viento… Iba a abandonar la cubierta, cuando se le acercó un viejo marinero que le dijo. - ¿Le sucede algo señor? El hombre tenía una espesa barba blanca como la nieve, que resaltaba sobre un rostro arrugado, curtido por el sol y el tiempo. Sus ojos eran azules y profundos y en su boca, en la que parecía existir desde siempre una tierna sonrisa, pendía una pipa humeante. - No, gracias - contestó el astrónomo-, precisamente ahora me disponía a volver al camarote.

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- Perdone - repuso el marinero-, al verle tan tarde pensé que no se encontraba bien. Bueno, si puedo ayudarle en algo no dude en llamarme, mi nombre es Oniram. - Yo me llamo Gregorio Osrevinu, encantado de conocerle- y le tendió la mano para estrechársela. Estuvieron conversando mientras el tiempo pasaba, sin que ninguno de los dos se diera apenas cuenta de ello. Al principio hablaron acerca del clima tan bueno que estaban disfrutando durante la travesía; la iniciativa la llevaba el viejo lobo de mar que al encontrar un complacido oyente contaba con enfático misterio las muchas experiencias que había vivido, navegando a lo largo y ancho de los mares del mundo, de las cuantiosas aventuras pasadas en cada puerto y sobre todo de la indeleble presencia de esa extensión multiforme que para él suponía las inmensidades marinas, y con las que tuvo que luchar en algún contratiempo. - Pero usted estará cansado de oír a este pobre charlatán... y tal vez quiera retirarse o hablar de otros asuntos - esto último lo dijo en un tono de cierta curiosidad, como queriendo conocer algo más acerca de aquel pasajero de ojos melancólicos. Sin embargo el astrónomo eludía esas insinuaciones, preguntándole sobre el viaje que le hizo cruzar el cabo de Hornos, venciendo el mal tiempo y las tempestades, como alguna vez leyó en el “Faro del fin del mundo”, cuando era casi un niño; o queriendo descifrar la razón de una vida empeñada en la soledad que debe producir estar siempre viajando. - No crea, también yo he conocido lo que es atarse a una tierra hospitalaria y no querer abandonarla nunca, habitar el lugar donde se encontraban mis seres queridos. Quizá recuerdo esos instantes como los más felices de mi vida; pero el destino se encargó siempre de convertirlos en efímeros, en un espejismo que se desvanece con el tiempo. De este modo se expresaba el marinero, que a su vez no consiguió sonsacar nada de su interlocutor, más que se dedicaba a estudiar el firmamento. Después tuvieron que despedirse a causa de un trabajo que Oniram tenía que realizar en la bodega del barco, reclamado por el contramaestre.

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Así fue como comenzó una corta pero entrañable amistad entre el astrónomo y el viejo marinero. Al día siguiente amaneció una mañana espléndida, el sol se levantaba por el horizonte extendiendo su dorada y brillante cabellera sobre el mar. Sus compañeros de viaje paseaban por la cubierta antes del desayuno o se acicalaban para salir en sociedad. El comedor se abrió, por fin, hacia las ocho, y los más madrugadores fueron entrando en su interior. En frente suya se había sentado un hombre de aspecto tranquilo, llevaba puestos unos lentes y se disponía a abrir un libro en cuya portada podía apreciarse un planisferio terrestre, por el que dedujo que podía tratarse de un manual de Geografía o de viaje. Aunque no era en absoluto viejo, le quedaban pocos cabellos sobre su cabeza, que contrastaba con una barba un poco canosa, corta pero bien poblada, que le hacía aparentar esa madurez algo crítica del ecuador de la vida. A uno de los lados, ya que al otro se encontraba la pared, una pareja de enamorados intercambiaban caricias, mientras se decían entre risas cosas al oído, como si fueran unos recién casados. Más al fondo, otra pareja, ambos entrados en años, esperaban la presencia del camarero con las miradas puestas en la lejanía, sus actitudes eran mucho más distantes, aunque unidos por un nexo como invisible a pesar de perecer exteriormente totalmente ajenos. Apenas algunas personas más se encontraban allí, no obstante, el astrónomo, aunque nadie compartiese su mesa no le desagradaba esa tranquilidad que al mismo tiempo acerca más a un número pequeño de personas que a uno grande. Un muchacho vestido con intachable blancura, traía ya en una mesa con ruedas, el primer alimento del día e iba de aquí para allá atendiendo a los requerimientos de los pasajeros. Entonces entró una mujer en la sala que llamó su atención. Era un ser angelical, de buena estatura y cabellos negros como el azabache, al mirar su rostro encendido, sintió un aumento en el ir y venir de la sangre. Ella se sentó cerca y miraba el vivo azul del mar, a través de la cristalera. En aquel momento hubiera querido acercarse y suplicarle compañía, confiar sus soledades y angustias a alguien seguramente más feliz que él; pero fue inútil, ya que un hombre alto, de ojos negros y penetrantes acababa de sentarse a su lado.

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Atenas. Aquel día no fue muy distinto a otros que transcurrieron después, antes de hacer escala en Atenas, en donde se permitió al pasaje abandonar el barco durante diez horas, tiempo que quedó algo reducido, debido a las dificultades que tuvieron que sufrir para atracar en el puerto del Pireo. De aquella ciudad milenaria recordaba las emociones que despertaban en él las ruinas de la vieja Acrópolis, precisamente fue junto al Partenón donde vio por primera vez a Ariadna, apareció entre las piedras como una diosa. El astrónomo estaba contemplando absorto los restos del templo y le parecía verlo flotar, encendido el mármol por el sol de la mañana, sobre las suaves y viajeras nubes que se movían al fondo; en aquel momento, pensaba en el afán del hombre por alcanzar la belleza, en sintonizar con el equilibrio natural del universo, cuando la imagen que se hallaba presenciando pareció convertirse en algo real por la llegada de un fantasma con forma de mujer vestida de blanco, de su preciosa cabeza caían unas guedejas rubias como el trigo y su piel era del color de las manzanas. Sus pies calzaban sandalias de cuero y de uno de sus brazos colgaba una cesta grande de mimbre; caminaba por aquella antiquísima construcción como si se tratase de su propia casa, como si hubiera habitado allí, al igual que las columnas, durante siglos. Atraído fuertemente por su hermosura, Gregorio la seguía cada vez más cerca, cuando de repente ella volvió su mirada, clavando sus ojos de miel sobre los suyos. El se paró con cierto aturdimiento y ella con una expresión en la que la atracción y el desagrado parecían confundirse, avivó el paso alejándose cada vez más aprisa. El astrónomo, sin poder remediarlo fue sorprendido por su fugaz huída, que en pocos segundos la hizo desaparecer de su vista. Así fue cómo tras haber sentido el encuentro prodigioso con la bella Ariadna, vagó pensativo, caminando durante horas por las calles de la capital griega. En su interior ardía cada vez con más fuerza el deseo de hallarse junto a ese ser maravilloso y en cada esquina, en cada mirada, esperaba volver a contemplarla. Pero el destino, a veces cruel, se encarga de torturarnos antes de dejar probar apenas un ápice de néctar y el astrónomo, cansado ya de buscar inútilmente, tuvo que rendirse y regresar al barco entre la duda y la pena. ¿Por qué no dejar el viaje?, ¿por qué no hacía caso a los impulsos que habían nacido en él de

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quedarse? A pesar de los sentimientos despertados al haberla visto y aunque sabía que seguramente ella se encontraba en algún lugar de Atenas y que descansado al día siguiente podía proseguir su búsqueda, una voz recóndita le instaba a continuar hacia delante en su viaje. Entonces no sabía que regresar al barco abriría en su vida innumerables sorpresas, allí además de seguir conociendo algo más de cerca a su amigo marinero, empezaría a unirse al hombre que observó en el salón mientras desayunaba, aquél que leía un libro con un planisferio terrestre en la portada. Su nombre era Pablo Aditnalta y resultó dedicarse al trabajo de la Arqueología. Juntos cruzarían la puerta del insondable misterio, viajando hasta Egipto y luego a la remota Mesopotamia, superando ciertas desgracias. De nuevo a bordo, la costa griega iba alejándose poco apoco, y el mar se encargaba de diluir a cada paso la imagen de un sueño vivido. El golpe de la quilla en la inmensidad del agua y su inevitable avance hacía cada vez menos posible el deseo de haber hallado paz en su corazón y aquellos instantes en la Acrópolis ya no eran si no un relámpago que se encendía dorado en su memoria. En la lejanía las luces de Atenas iban extinguiéndose como un fuego apagado en el interior de la noche. A la mañana siguiente, el sol volvía a brillar, una claridad real que se abría camino sobre las olas dejando una estela de fuego rutilante, la claridad del sol en la alborada de un nuevo día invitándole a seguir viviendo.

Los recuerdos se confundían con el presente en la estrella que estaba divisando; el azul del mar, el sereno movimiento del barco, se convertían en su cabeza en un cielo nocturno, en una sensación de flotar por el espacio, en la impresión de navegar entre los astros. En unos cuadernos de notas escribía datos acerca de mediciones de paralaje que le permitirían conocer la distancia a la que aquel lejanísimo punto estelar se hallaba de la tierra; pero aquellos cálculos numéricos le aproximaban cada vez más al tiempo vivido, a su otro yo anterior, a su existencia pasada.

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El observatorio se poblaba de imágenes que le acercaban y alejaban de la realidad actual, como las olas vienen y se van en las orillas de las playas del mundo. Allí, en el instante fugaz en el que se cierran y abren las fronteras, el astrónomo dejó inconclusas sus investigaciones, para extraer de un cofre parte de su correspondencia. La caja era de madera tallada, un regalo de hace ya muchos años de un artesano egipcio ahora desaparecido y que se llamaba Omar y contenía en su interior las cartas que había guardado celosamente a lo largo de su vida. Entre ellas también se encontraban algunas copias, escritas con su puño y letra y otras que jamás pudo enviar a su destinatario, como la que escribió al día siguiente de abandonar Atenas. Era una selección en la que predominaban el amor, la amistad o el ansia de saber que siempre le había acompañado desde niño. Querido colega… Comenzaba la que había empezado a leer entre sus arrugadas y huesudas manos. Querido colega: Tu carta acerca del hallazgo que tanto hemos buscado juntos y con el que has tenido la fortuna de tropezar por fin, en tus indagaciones por la ladera del Tigris, me ha dejado del todo sorprendido. Creo que se trata de algo de gran interés. Respecto a la pregunta que me formulas acerca de la posibilidad de existencia de una lengua escrita desconocida hasta el momento en la antigua civilización mesopotámica, no puedo aclararte nada por el momento; así como tampoco si pudiera tratarse de una variante de la que conocemos como sistema de escritura cuneiforme. Me sería absolutamente necesario realizar una observación directa de la pieza en cuestión que se encuentra en tu poder, por lo que te sugeriría que hicieses un esfuerzo por visitarme ya que sólo de este modo podríamos intercambiar opiniones con mayor certeza. ¿Cómo te encuentras de salud? Si no te cuidas volverás a recaer en esa especie de gripe que te ha dejado con la moral tan baja durante casi todo el invierno. Duerme las horas necesarias y ordena la alimentación, no te expongas a bajas temperaturas y ya verás cómo te sentirás mucho mejor. A nuestra edad no hay que hacer tonterías. Tal vez debieras procurarte la compañía de alguna persona de confianza. La soledad puede llegar a ser a veces la peor enemiga. Sin más que decirte por el momento y a la espera de noticias tuyas, se despide con un fuerte abrazo.

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Tu amigo.

Pablo.

Pobre amigo, quien iba a decir que contraería la malaria en uno de sus viajes por el continente africano -pensó entonces el viejo astrónomo-, sintiendo verdaderamente pena por la pérdida de un hombre tan bueno, con el que tanto compartió y del que recibió tantas ayudas; de no haber sido por él no se encontraría ahora viviendo la experiencia más maravillosa junto a las estrellas, en los últimos días de su vida, como jamás pudo pensar que sucedería por muy grandes que fueran sus anhelos de juventud. Gracias a él su mirada de científico puesta en el firmamento pudo complementarse con la de descifrar un extraño misterio... La luz de la alborada se presentía ya tras la dulce noche, haciendo clarear lentamente el cielo. De la arboleda, junto al río, se escuchaba un aletear de pájaros dispuestos a despertarse, para él sin embargo, llegaba la hora de dormir y el sueño agotaba más y más todo su cuerpo. Cerró el cofre y se echó sobre la cama para soñar con todos sus recuerdos…

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El barco avanzaba sin percance por las aguas tranquilas del mar de Creta, las noches transcurrían con un cielo estrellado, el mar era testigo de los encuentros en cubierta entre el marinero y Gregorio al que vino a sumarse el arqueólogo. Fue algún tiempo después de abandonar Atenas, cuando se hallaban cambiando impresiones, que apareció Pablo de su camarote con ganas de entablar conversación con alguien. - Buenas noches ¿les importaría que les acompañase?, me he desvelado y he salido a respirar aire fresco. - Buenas noches, contestó Gregorio - y tras las presentaciones continuó hablando el recién incorporado. - Parece que el viaje va llegando a su fin. En el mar siempre tengo la sensación de estar perdido y solamente cuando vuelvo a divisar tierra firme no me encuentro seguro. Al terminar de decir esto y como sin saber bien que hacer, extrajo una pequeña caracola de su bolsillo y la lanzó con fuerza en dirección al agua. - Al mar lo que es del mar -continuó diciendo-, que yo sólo pienso en llegar lo antes posible a Alejandría. A pesar de lo hermoso del viaje ¿no están un poco cansados de la travesía? - Yo estoy acostumbrado, incluso he recorrido trayectos mucho mayores - contestó el marinero-, y si les soy sincero, rara vez acabo agotándome y eso que los años van pesando. Naturalmente en mi juventud afrontaba la aventura de embarcarme con una alegría e ilusión que con el tiempo se ha ido apagando un poco. Pero ustedes están aún en la flor de la vida y no deben preocuparse de otra cosa que de disfrutar de las emociones o la tranquilidad que puede depararnos un crucero como este. No hay que desesperarse, pronto llegaremos a nuestro destino, además aquí no sucede como en el tren o el automóvil de los que uno puede bajarse a mitad de camino ¿no les parece? -Y diciendo esto soltó una simpática carcajada, mientras en sus ojos brillantes y vivarachos parecía reflejarse cómo le divertía precisamente esa sensación de perderse en unas inmensidades que conocía tan a fondo y con las que ya se sentía familiarizado. - La aparente monotonía - continuó hablando-, así como la falsa percepción de inmovilidad que pueda producirse con un tiempo apacible y la ausencia de serios percances, no es razón para pensar que los peligros no estén acechándonos y con ellos las más increíbles aventuras. Esto es así desde que por primera vez el hombre se atrevió a

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surcar los mares y estoy hablando sin mucho conocimiento pero imagino que habría que remontarse miles de años. Aunque cada día los peligros son menores, la posibilidad tan solo de un acontecimiento de cierta gravedad, y Dios quiera que no llegase a producirse nunca esta circunstancia, convierte este medio de transporte en una emoción inolvidable, imagínense qué pequeños e impotentes somos ante las inmensidades marinas. Echen un vistazo a este impresionante mundo, no ya el que emerge a la superficie sino al que se encuentra también debajo del barco, cuántas especies de peces y variedades haya en la fauna y flora del fondo del mar, es algo que nunca sabremos del todo. Piensen en las formas de las nubes, en los espectaculares amaneceres y en las preciosas puestas de sol en el horizonte azul del agua. ¿Creen que puede haber algo comparable? Mientras el marinero pronunciaba estas palabras llenas de pasión, Gregorio escuchaba absorto contemplando las luces de una isla cercana. Entonces Pablo le pasó la pregunta: - Y usted ¿qué piensa de todo esto?-, a lo que el astrónomo contestó. - ¿Yo?... -dudó por un instante-, pues de serles sincero confesaré que me considero un viajero del todo inexperto y quizá por este motivo lo que ha sucedido y sucede en el barco me parece sorprendente, al tiempo que encuentro un placer no exento de nostalgia, en encontrarme tan alejado de mi casa. Seguramente para aquellos que están acostumbrados a travesías como la que estamos realizando, sienten más la urgencia de la llegada que disfrutar del tiempo en que se desarrolla el trayecto; en mi caso no tengo la menor prisa y como en el poema de Kavafis quiero sacar el mayor partido de esta sensación que estoy viviendo, plena de deseos, que de la urgencia de llegar a mi destino. - Después de decir esto y refiriéndose al arqueólogo, prosiguió: - ¿Se dirige usted sólo a Alejandría o piensa, una vez allí continuar hacia algún otro sitio? - Sí - contestó-, en realidad debo realizar un viaje de estudio y de Alejandría me dirigiré a El Cairo para colaborar en un programa arqueológico coordinado con el Museo de la capital egipcia. Por este motivo me gustaría llegar cuanto antes. De repente se levantó un viento frío, al mismo tiempo que unas nubes empezaron a salir por el horizonte haciendo desaparecer de súbito las estrellas que brillaban en la lejanía.

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Parece que la noche va ha estropearse - dijo el marinero-. Esperemos que no hayamos atraído un temporal con nuestras conjeturas. Les propongo tomar un trago en la cantina, el capitán me confía las llaves y no hay inconveniente en que nos resguardemos allí, si así lo desean. ¿Les gusta jugar a las cartas? - Magnífico, podríamos echarnos una partida, -contestó alegremente Pablo. - Les acompaño - añadió el astrónomo, pensando que aquella podía ser una manera de combatir el insomnio- Aunque no sé cuanto tiempo resistiré ya que he de confesarme un pésimo jugador. El barco se cimbreaba cada vez con más fuerza y los tres recorrieron el pasillo apoyándose de vez en cuando en las paredes, para entrar juntos en una dependencia de reducidas dimensiones, en la que se encontraban apenas varias mesas con sus respectivas sillas y una barra corrida, tras la cual colgaba un espejo rectangular y diversos estantes conteniendo un buen número de bebidas. El color dominante era el rojo, que tanto en los terciopelos, como en tafetanes de las cortinas, tapizados o tapetes, así como el del alumbrado, brillaba seductor a la luz de los candiles que acababa de encender el marinero. Se sentaron en un lado de la sala, cerca de una amplia escotilla que comunicaba al mar y aquel traía del mostrador una botella de ron, tres vasos y un mazo de cartas. - El camarero se encuentra durmiendo, como pueden comprobar – dijo Oniram- así que gozaremos de toda la tranquilidad del mundo. Los tres amigos se sirvieron ron y tras intercambiar algunas palabras comenzaron el juego. A través del cristal se vislumbraba una oscuridad cada vez más amenazante y goterones de lluvia caían transformados en railillos nerviosos. La pared se encontraba a barlovento de modo que la tempestad que comenzaba a levantarse por allí, se dejaba sentir si cabe más de este lado. El barco seguía su rumbo, habiendo perdido hace mucho la costa, entrando y saliendo en olas progresivamente mayores, mientras el humo de la chimenea procedente de las calderas, antes vivo y altivo, quedaba ahora aplastado por el fuerte viento. La diferencia de edad entre ellos no era demasiado elevada, Oniram podía llevarles quince o veinte años y en ese caso si cabía hablar de un salto importante; pero entre el astrónomo y Pablo apenas existía variación, aunque Gregorio era el que representaba mayor juventud, a lo que hay que añadir, como ya se ha dicho anteriormente, su falta de

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experiencia viajera, por lo que en su rostro se apreciaba perfectamente una inquietud superior ante el fenómeno que estaban padeciendo. La partida fue transcurriendo en silencio, casi sin que pudiera oírse algún comentario fuera de los que exigía estrictamente el juego. A pesar de ello, la estancia se movía cada vez con más violencia y parecía que irremisiblemente se acercaba, lenta pero inexorable, una catástrofe terrible. El astrónomo tenía la mirada en el semblante del marinero, como si esperase que de un momento a otro él diera rendida cuenta de lo que podía sucederles; pero Oniram no apartaba su concentración de las cartas, bebiendo de vez en cuando un buen trago de ron, sin prestar demasiada importancia a lo que estaba pasando fuera de la cantina. Así trascurrieron largos minutos hasta que de pronto una ola de grandes dimensiones golpeó de manera rotunda sobre la escotilla, haciendo temblar el barco mientras dejaba la blanca espuma en los cristales. Los tres jugadores fueron presa del pavor entonces, y de no ser por la rápida mano del marinero, la botella habría caído al suelo haciéndose añicos; tras el golpe tremendo, quedó un sonido tintineante de objetos al que le siguió un escalofriante silencio, roto por la voz de Oniram: - Señores, esa ola no tenía buenas intenciones. A continuación fue a hacer un gesto como para levantarse cuando se vio interrumpido por la enérgica entrada del capitán en la cantina, que tuvo que hacer esfuerzos para mantenerse erguido ante el movimiento del barco, retrocediendo para sujetarse en el umbral de la puerta. Desde la mesa, los tres hombres se quedaron mirando como chiquillos asustados que fueran sorprendidos haciendo una fechoría. - Buenas noches caballeros -dijo el capitán del barco-, en un tono algo distante. - Buenas noches capitán, -contestaron cortésmente. Era un hombre moreno, de elevada estatura, que los miraba clavándoles sus grandes ojos fijos y que ni siquiera se había quitado su gorra ocupado en no perder el equilibrio. - Oniram - exclamó dirigiéndose al marinero en tono imperativo- le espero lo antes posible en el puente - y prosiguió mirando esta vez a los otros-, y ustedes si no les importa, creo que se encontrarán más cómodos en sus camarotes. -Dicho esto, dio media vuelta para abandonar la estancia, caminando con la dificultad que producía el movimiento de la embarcación entre las aguas turbulentas.

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Las indicaciones del capitĂĄn fueron acatadas inmediatamente por los tres amigos, que salieron unos segundos despuĂŠs, encaminĂĄndose cada uno a sus respectivos destinos.

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El barco se tambaleaba de un lado a otro como una hoja seca mecida por el viento salvaje del otoño, cada vez por más lugares hacía agua en su superficie indemne; mientras las olas removían sus brazos con una furia sin límite, la lluvia extendía una cortina espesa uniendo de este modo el cielo y el mar enloquecido. Nada, absolutamente nada podía hacer brillar una esperanza frente al desastre. En los ojos de los pasajeros empezaba a anidar la angustia y todos se asían a cualquier sitio como queriendo en un abrazo definitivo despedirse sin remedio del mundo y de la vida. Casi sin aliento aquella masa flotante subía y bajaba súbitamente por crestas gigantes de una cordillera acuosa y salada. Los botes de salvamento estaban preparados, todos esperaban de un momento a otro la orden del capitán de abandonar el barco, tal vez con algo de suerte algunos podrían arribar la costa egipcia que no debía de encontrarse a muchas millas de distancia; pero ahora no había que pensar por el momento más que en no perecer ahogados. Al poco tiempo todos se hallaban sobre las pequeñas embarcaciones presenciando el hundimiento del barco. Poco a poco la tormenta después de interminables horas fue calmándose, durante la madrugada tuvieron que luchar contra el frío y el miedo, la lluvia fue cediendo y cuando desapareció totalmente el viento alejaba las nubes dejando pequeñas brechas en el firmamento en las que las estrellas lucían titilantes. Al día siguiente el sol anunciaba la mañana saliendo y ocultándose en un horizonte de algodones. Cuando su presencia acariciaba la piel de los náufragos parecía devolverlos a la vida como si su calor les hiciera nacer otra vez en el universo. Las horas pasaban lentamente y pronto la sed y el hambre acecharon sus cuerpos. Cuando llegó de nuevo la noche, el agotamiento y la desesperación habían hecho presa en ellos, en lontananza se apreciaba el movimiento de una embarcación entre las aguas, remando intentaron acercarse a aquel punto y no les resultó difícil conseguirlo; en apenas treinta minutos aproximadamente se encontraban ya a su lado, en esta barcaza se hallaba Pablo, lo que fue una grata sorpresa para el astrónomo que volvía a encontrarse con su compañero de viaje, con él estaba también el veterano marinero, que tranquilizaba a los pasajeros presintiendo la cercanía de la tierra firme, y no estaba muy equivocado ya que en la tercera noche, tras dos días de penalidades terribles, la luz

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de un faro trajo a todos los que con esfuerzo se aferraban a la existencia en ambas embarcaciones, una alegría extraordinaria. Fue Oniram el primero en apreciar los destellos de luz en la lejanía y después de remar con fuerza lograron arribar en la playa, cuando la claridades se hacían presentir tras la noche estrellada. Una vez pisaron la arena todas la penalidades pasadas parecían no haber sido vividas en vano. Qué euforia tan intensa encontrarse por fin fuera de peligro.

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Alejandría.

Alejandría, en la parte noroccidental del delta del Nilo, abría sus ojos en aquella mañana clara de invierno. Al-Iskandariyya, como se llamaba en árabe, el más importante puerto egipcio, a orillas del Mediterráneo, segunda ciudad de Egipto tras la capital El Cairo, fundada en el año 331 a, JC por Alejandro Magno, metrópolis cultural que poseyó la mayor y más famosa biblioteca de todo el orbe se aprestaba a recibirles. Primero caminaron exhaustos por el suelo arenoso hasta encontrar un pequeño poblado de pescadores y estos les condujeron a la gran ciudad, allí fueron acogidos por una patrulla de salvamento de la que recibieron los primeros auxilio; tras el reconocimiento ninguno presentaban ninguna afección de importancia. Por desgracia otros no corrieron la misma suerte. Luego fueron conducidos a sus respectivas embajadas que les procuraron habitaciones donde poder instalarse en hoteles de Alejandría. La dependencia que ocupó Gregorio era amplia y confortable, con alfombra turca y hermoso kilim en el suelo, las paredes estaban decoradas con cuadros y espejos y un amplio ventanal dejaba contemplar el mar y el puerto, donde podía apreciarse un caudaloso tráfico de barcos. El hallarse allí disfrutando de la tranquilidad y el descanso le proporcionó un estado de ánimo sosegado y feliz. Pasaron minutos de este modo, mientras ponía orden en libros y objetos que había conseguido salvar gracias a una mochila que había llevado consigo durante el naufragio. De pronto llamaron a la puerta y fue a abrir sin miramientos. Se trataba de Pablo con el que había quedado en verse en el hotel. - ¿Qué, cómo nos encontramos? -preguntó amablemente su amigo dándole una ligera palmada en la espalda a modo de cariñoso saludo. - Excelentemente –contestó el astrónomo invitándole a entrar. Estuvieron conversando durante algún tiempo intercambiando impresiones acerca de las vicisitudes que habían vivido en aguas del Mediterráneo, y de las que por fortuna salieron felizmente, la verdad es que faltó poco para no haberlo contado más. Pablo propuso celebrarlo yendo a tomar te a los cafetines del puerto.

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Cuando se encaminaron a un lugar llamado la Sirena estaba atardeciendo, allí se encontraban varios marineros que bebían y fumaban sin descanso, el ambiente se encontraba cargado por el humo. Se sentaron junto a una mesa desde la que se podía ver la calle a través de los cristales y al cabo de un rato un hombre grueso y con amplios bigotes se les acercó preguntándoles con una voz ronca: - ¿Qué desean los señores? - Traiga, por favor -contestó Pablo que hablaba perfectamente el árabe- dos té con menta. -Luego se dirigió a Gregorio, como para comprobar la opinión de su amigo. que asintió con la cabeza. Sin más el robusto camarero desapareció para traer al instante lo que ambos caballeros le habían pedido. - Aquí tienen, que les sea de provecho. - Gracias -y bebieron un sorbo de los vasos humeantes. Permanecieron allí durante varios minutos, hasta terminar la bebida, estaban contentos, se contaban anécdotas y se confesaban sueños y anhelos, y después de pagar salieron para continuar caminando por callejuelas estrechas y serpentinas. Tropezaban con marineros acompañados de mujeres alegres. La iluminación amarillenta otorgaba al espacio un sentido sórdido; la noche era ya cerrada y las estrellas brillaban melancólicas junto a la luna plateada. - Y a partir de ahora ¿qué piensas hacer? -preguntó Gregorio, mientras entraban en otro pequeño cafetín que hacía esquina entre dos calles. - Pienso llevar a cabo el itinerario previsto, realizar el trabajo de colaboración que me ha traído a Egipto y me dirigiré a El Cairo donde tomaré contacto con el museo de la capital. Al terminar esta frase ya se encontraban frente a la barra tras la cual el camarero esperaba impaciente qué servirles. Pidieron de nuevo dos té con menta mientras prosiguieron hablando. Pablo preguntó al astrónomo acerca de lo que pensaba hacer a lo que éste contestó con un encogimiento de hombros. Se encontraban prácticamente solos en aquel lugar si exceptuamos al que acababa de traerles las bebidas y un hombre entrado en años que en el otro extremo del mostrador se encontraba intentando descifrar algo escrito. Al principio no cayeron en la cuente siquiera de su presencia; pero de pronto el amigo del astrónomo se aproximó al viejo huesudo y soltó una exclamación de asombro.

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- Que ven mis ojos, si lo que usted tiene delante, señor, es un papiro egipcio, seguramente auténtico y milenario. ¿Dónde lo ha encontrado? - Me lo dio un pasajero de mi barco hace años y siempre lo llevo conmigo, aunque jamás he conseguido comprender lo que estos dibujos y estos signos representan. - Me deja verlo más de cerca, por favor. - Sí - contestó-, pero tenga cuidado, ya ve que está muy deteriorado. Pablo cogió entre sus manos el papiro y lo examinó con detenimiento. - Qué - preguntó el astrónomo- ¿ puedes descifrar algo? - Creo que habla -contestó Pablo- de una piedra escrita en Mesopotamia. Aquel encuentro fortuito con un hallazgo tan importante supuso una emoción inexplicable en ambos estudiosos. Se trataba sin duda de un ejemplar extraordinario y el sagaz arqueólogo le suplicó le permitiera examinar el papiro escrito con más detenimiento; de este modo quedaron para la mañana siguiente en casa del marinero, para lo que les dejó la dirección, tras lo cual desapareció. Después descubrieron que allí vendían también alcohol de forma clandestina y estuvieron bebiendo durante largo tiempo, como si no quisieran alejarse de aquel lugar que les había brindado la oportunidad de descubrir algo tan sorprendente. Las luces del entorno brillaban con un color amarillento que encandilaban los ojos de Gregorio y Pablo; el cafetín se había llenado de gente y el ruido de voces hacía más tensa y vibrante la estancia. Después de saldar la cuenta salieron de allí. La brisa fresca de la calle acariciaba sus rostros devolviéndoles por momentos la serenidad perdida. Estuvieron caminando durante algunos minutos quedando frente al umbral de una casa pintada de azul y en cuya entrada decorada exóticamente destacaba la presencia de una mujer que exhalaba amplias bocanadas de humo. - ¿Quieren entrar? - preguntó una voz femenina-, dentro lo pasarán muy bien, se lo aseguro. En el interior se encontraba un gran salón con muebles tapizados en verde, sobre unas butacas estaban sentadas mujeres semidesnudas esperando que les llegase la hora para marchar a la cama con algún hombre; entonces entró una vieja meretriz intensamente maquillada

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trayendo una bandeja con café que tomaron sin poder negarse. Al cabo de algunos instantes la misma mujer acercó su rostro semejante a una pálida máscara con coloretes y mientras retiraba las tazas vacías les preguntó sonriente. - ¿Tienen alguna preferencia por alguna de mis muchachas? - Pues la verdad, señora - contestó Pablo-, que no hemos tenido aún casi tiempo de fijarnos mucho en ellas, excúsenos pero ni siquiera estamos seguros de permanecer aquí mucho tiempo. - Así es - prosiguió su amigo-, ha sido tan amable trayéndonos café, sin embargo tal vez deberíamos regresar al hotel cuanto antes. - No se preocupen - interrumpió la vieja - yo misma les presentaré a dos encantadoras acompañante - y se alejó unos instantes para regresar al momento con dos damiselas. - Se llaman Nefer y Osiris ; quédense un poco más, hablen con ellas, conózcanlas y luego si les parece podrán marchar o si lo prefieren quedarse aquí, según decidan Y diciendo esto se retiró al instante. Allí quedaron las dos mujeres. Eran morenas como la noche, una de ellas, la llamada Nefer, tenía unos ojos verdes y profundos, ambas rebosaban juventud y belleza, acercándose dando muestra de angelicales encantos. Pasaron junto a ellas dulces instantes, tras las cuales fue prácticamente imposible negarse a seguirlas a un par de habitaciones a las que entraron después de subir una escalera estrecha. La estancia en la que se encontraba con Nefer estaba en semipenumbra y en el centro se hallaba lo que en principio confundió con un pebetero y que en realidad se trataba de una pipa en la que se podía fumar opio. - ¿Quieres que encendamos la primera lumbre del placer?- dijo en mi idioma con una calida voz, poniendo sus profundos ojos verdes en el objeto humeante. ¿Que contiene? -contestó con una pregunta-, ni siquiera fumo tabaco y no sabría ni tragarme el humo. - No es difícil -replicó- sólo hay que aspirar poco a poco como si se tratase del aire y expulsarlo suavemente tras breves segundos. Por lo demás se trata de un magnífico alucinógeno, una droga inicua que nos hará conocer la felicidad al instante. Gregorio sintió una especie de ansiedad nerviosa pero no pudo negarse a conocer qué efectos podía producir el impregnar sus

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pulmones con una sustancia extraña en presencia de aquella compañía femenina. Fueron a recostarse sobre unos amplios cojines y Nefer asió entre sus pálidas manos el extremo de la embocadura invitándole a que hiciera lo mismo, aspiró extrayendo por el tubo la adormidera y luego echó el humo azul que se expandió por el aire formando dibujos como nubes que acababan desapareciendo. Ahora le tocaba a él y tenía que fumar de aquella cosa, no lo pensó dos veces y tragó unas cuantas bocanadas que le hicieron toser de inmediato; Nefer se rió con gran alegría mientras que le animaba a seguir diciendo que lo estaba haciendo muy bien. Continuaron esa suerte de rito algunos minutos, cada vez en un estado de mayor euforia, cayendo en continuas carcajadas por cualquier trivialidad. Cuando dieron por terminado el juego se dirigieron a la cama, él se quitaba la ropa y parecía que la tela caía al suelo a trozos por sí sola; Nefer hacía lo mismo dejando su figura desnuda maravillosa y clara semejante a una flor abierta. Los cuerpos quedaron entrelazados llegando incluso a perder la noción de ser diferentes y los miembros se confundían como si latieran con un solo corazón, como si de un solo ser se tratase. Luego ambos se dejaron sumir en un sueño extraño y fantástico tras el éxtasis del amor. Cuando despertó a la mañana siguiente todo le parecía incierto, en la cama yacía durmiendo la mujer con la que había pasado la noche y por la ventana entraban un rayo de luz dorada que acariciaba el rostro de Nefer dotándole de una especie de halo áureo de belleza extraordinaria. La contempló durante algunos minutos con emoción y a pesar de sentirse fuertemente atraído por aquel encantamiento fue a levantarse para que el resplandor no la perturbase, en ese momento, tal vez a causa del ruido, abrió los ojos para cerrarlos rápidamente cegada por el resplandor y luego los dejó entreabiertos como queriendo entrever donde se encontraba, más tarde se levantó incorporándose torpemente aún y se puso una bata dirigiéndose hacia la puerta. - Buenos días – dijo la mujer-. Voy a llamar para que nos traigan el desayuno. -Y saliendo a penas medio cuerpo hizo tocar una campanilla. - ¡Ya va! - se oyó una voz gritando a lo lejos. A continuación se dirigió de nuevo hacia él para preguntarle. - ¿Qué tal? ¿Ha dormido bien? - ¡Oh! sí, magníficamente, he tenido unos sueños extraordinarios. Sobre todo si no olvido que tan solo me

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separan unas horas de un horrible naufragio. Ella puso una expresión de asombro e hizo un ademán de preguntar cuando fue interrumpida por la llegada del desayuno que tomaron en silencio, luego bajaron al salón donde le esperaba ya Pablo y tras arreglar el asunto económico con la vieja meretriz y despedirse de quien les habían hecho pasar aquella sorprendente noche, volvieron a salir a la calle que presentaba gran agitación a esa hora de la mañana y se encaminaron al hotel mientras que andaban tranquilamente recobrando la realidad. Era el segundo día en Alejandría. Cuando llegaron les quedó algún tiempo para asearse y descansar una hora aproximadamente lo que los relajó de la excitante experiencia anterior, preparándose para asistir despejados a la casa del hombre que poseía el papiro egipcio. Caminaron bastante y después de muchos rodeos al fin dieron con la casa, se encontraba en un barrio sórdido y oscuro y en la puerta se encontraba una pandilla de niños jugando entre saltos y risas produciendo gran algarabía. El marinero no se dejó esperar mucho y al momento les abrió tras haber llamado tres veces seguidas con una aldaba de hierro. Parecía nervioso y no paraba de mirarles de arriba abajo como desconfiando de aquellos curiosos que iban a examinar su añorada posesión, aunque por otro lado ardía en deseos de que pudieran desvelar el secreto de lo que tantos años había sido un enigma sin solución posible. ¿Quieren tomar algo? Tengo preparado café, sólo hay que calentarlo. - No, gracias. - Pero siéntense - dijo esto mientras acercaba unas sillas. Y sin hacer caso a la negativa, encendió el fuego de una cocina de carbón, acercó la cafetera y puso unas tazas sobre una mesa redonda. Al mismo tiempo que hacía estas cosas seguía hablando. - Estaba esperándoles, pero como no sabía con certeza si vendrían no he traído nada para comer. Disculpen en el estado que se encuentra mi casa, vivo solo y es difícil no caer en un cierto descuido. Los dos amigos se encontraban ya sentados y observaban al hombre moviéndose de un lado para otro poniendo objetos en orden. Luego cogió la cafetera con un trapo para no quemarse e insistió en que probaran el café que había preparado a lo que no pudieron negarse.

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Estaba muy cargado y caliente, con un extraño sabor amargo pese a haber echado dos cucharadas de azúcar. - Me alegra recibir visitas, ya estoy viejo - dijo- y suelo pasar largas horas en completa soledad, el tiempo lo empleo en tallar en madera pipas de fumar, pequeños barcos y otros objetos, con los que saco algún dinero para ir tirando. Pero ustedes no han venido prosiguió- para ver lo que hacen mis torpes manos si no para contemplar mi antiquísimo papiro. Si desean comprarlo, este trozo de “papel” escrito me trae muchos recuerdos y representa para mí como un tesoro que me devuelve al mar en donde una vez me lo ofreció un hombre a cambio de un trayecto en la embarcación con la que hace mucho tiempo salía a pescar, siento decirles que no he pensado deshacerme de él, aunque me hicieran una oferta tentadora. A mi edad ya no me interesa el dinero y aunque realmente me hace falta he acabado por conformarme con esta vida miserable. Ese trozo de papel escrito me trae muchos recuerdos y representa para mí como un tesoro que me devuelve al mar, en donde una vez me lo ofreció un mercader a cambio de un trayecto en la embarcación con la que hace mucho tiempo salía a pescar. - No es nuestra intención -se adelantó a decir Pablo- comprar algo que usted no quiere vender; pero sí le estaríamos muy agradecido si nos dejara verlo una vez más para estudiarlo detenidamente, tal vez podamos abrir alguna luz sobre lo que contiene. ¿Le importaría que transcribiéramos los signos que aparecen escritos? - No, no tengo ningún inconveniente -contestó-, sólo les pongo una condición, que si logran descifrar algo, me traigan lo que hallan podido descubrir, me gustaría mucho poseer también el mensaje descifrado de mi querido papiro. - Naturalmente -asintió el arqueólogo. Y una vez se hubo dejado claro esto, el viejo marinero se levantó, abrió un cajón de un mueble y trajo una especie de cofre de cuyo interior sacó aquel ejemplar único para ponerlo encima de la mesa. A continuación retiraron todo lo demás y Pablo y el astrónomo sacaron papel y pluma.

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Primero entró Omar, que así se llamaba el viejo marinero, y luego los dos amigos, era una restaurante discreto, en el que se podía consumir pescado fresco a buen precio; abajo había un comedor con unas cuantas mesas y subiendo por una escalera de caracol se accedía a otro salón de parecidas proporciones, tal vez algo más espacioso; en donde se acomodaron, junto a un ventanal desde el que se disfrutaba de una hermosa vista marina. En el bolsillo de Pablo se encontraba ya el manuscrito copiado y juntos celebraban el encuentro y de este modo sellaban el acuerdo de volver a verse para comunicar a Omar el resultado de los estudios. Hablaron y comieron durante algún tiempo, el mar les acompañaba en la lejanía evocando historias entre reales y quiméricas. Aquella comida tenía un tinte de despedida, no solo con el viejo Omar, si no también con Pablo, que miraba el horizonte con su pensamiento perdido en un nuevo viaje, incluso Gregorio tendría que continuar hacia la antigua Mesopotamia al cabo de algunos días. Al salir de allí sus manos fueron estrechadas con fuerza, para despedirse. Los dos amigos descendían por las calles entre una multitud que portaba exóticos vestidos y que reflejaba gran colorido; un auténtico río humano donde se podían apreciar algunos pies descalzos y miradas cruzándose continuamente. Esa variedad cromática encontraba eco en la forma con que estaban pintadas las paredes de las casas, bellos azules y verdes que se recortaban ora sobre un límpido cielo, ora resaltando entre las claras aguas del Mediterráneo. Un hombre ya anciano tocaba un extraño instrumento parecido a una flauta o chirimía oriental y les acompañaba en el recorrido, aguardando la recompensa. Al cruzar una esquina se detuvieron y el anciano siguió con la música durante breves minutos tras los cuales cesó de tocar mostrándoles su mano abierta e implorante, morena y huesuda. Recibió algunas monedas que agradeció con un gesto de cumplido y retrocedió siguiendo los pasos por donde había venido. Una vez lo vieron marchar se encaminaron al hotel donde ambos necesitaban descansar, el astrónomo cedió su cama a Pablo, que no aceptó ya que prefirió tumbarse sobre un sofá con cojines que se encontraba en su habitación, al cabo de un corto espacio de tiempo los dos yacían en brazos de Morfeo. Durmieron profundamente durante algunas horas y al despertar la luna y las estrellas lucían en el firmamento. Gregorio se levantó de la cama y se asomó al balcón para

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contemplar el aspecto del puerto al anochecer, en el lado menos oscuro, allí por donde el sol se había ocultado hace ya algún tiempo, todavía quedaba algo de luz del ocaso y justamente en ese sector del techo celeste fijó sus ojos aún cansados, en aquel instante surgió en su mente los recuerdos de la mujer que halló en la Acrópolis, como en un sueño le parecía remontarse a los días en que se encontraba navegando, las imágenes se entremezclaban con la noche junto a Nefer en la que podía sentir claramente las alucinaciones que había tenido acerca de aquella mujer misteriosa entre las ruinas de la maravillosa Atenas. Mientras estaba en estos pensamientos, Pablo acababa de levantarse y se encontraba sentado sobre el sofá con las manos cogidas a las sienes, como si quisiera recordar aquellos hechos vividos durante el día. Se acercó a su amigo al que le dijo: - ¿Dónde está el manuscrito? No hay tiempo que perder. La estancia se hallaba en penumbra, el astrónomo encendió una luz que se encontraba sobre un escritorio y extrajo la copia del papiro de uno de los bolsillos de su chaqueta ofreciéndoselo a su amigo. Es preciso leer despacio lo que se halla escrito. Mañana completaremos el trabajo en la Biblioteca del Museo arqueológico, en donde dispondremos de algún material que nos ayude a conocer mejor las traducciones. Pusieron en la mesa el papel con la escritura demótica y junto a él una hoja en blanco en donde el arqueólogo comenzaba a escribir con una pluma los primeros signos con su respectiva trascripción a la lengua moderna. Efectivamente como ya había entre leído en la noche del encuentro con el marinero, en el texto se hacia referencia a una piedra que se encontraba en la antigua Mesopotamia, en la tierra de Ur, en la que aparecía en el anverso aproximadamente las siguientes palabras grabadas en la piedra: “Un día nuestro planeta eclipsó a la luna y la noche se cerró con mayor intensidad sobre la tierra; entonces las estrellas, aún más brillantes, comenzaron a hablar en el firmamento...”

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El astronomo y otros relatos