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CRร“NICAS HOSPITALARIAS Sebastiรกn Naranjo Gonzรกlez


CRร“NICAS HOSPITALARIAS Sebastiรกn Naranjo Gonzรกlez


A Carlos, mi bello durmiente, cuyo amor inspirรณ estos relatos. Y a Magdalena, nuestro รngel de la Salud, que le rescatรณ de las sombras.


© Textos: Sebastián Naranjo González © Ilustraciones: Juan Luis Gadea Ponce

Edita:

ISBN: 978-84-16846-86-3

Impreso en España Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación ni de su contenido puede ser reproducida, almacenada o transmitida en modo alguno sin permiso previo y por escrito del autor.


ÍNDICE

CAPÍTULO I

LA NUEVA HABITACIÓN.................................................. 9 CAPÍTULO II

ANOCHECE......................................................................... 11 CAPÍTULO III

EL HOMBRE ORQUESTA................................................... 15 CAPÍTULO III

POST SCRIPTUM................................................................ 19 CAPÍTULO IV

LA RUTINA........................................................................... 21 CAPÍTULO V

LA NOTICIA......................................................................... 25 CAPÍTULO VI

LA PARTIDA........................................................................ 27 EPÍLOGO.............................................................................. 37


CAPÍTULO I

LA NUEVA HABITACIÓN

Nos hemos mudado a otra habitación. Es la número dos del pasillo situado al otro lado del control de enfermería. Tenían que aislar a otro enfermo y nos han desahuciado. Es una habitación muy coqueta y muy soleada porque está orientada al sur. Resulta muy divertido tener que planificar cuidadosamente cualquier movimiento antes de realizarlo, so pena de quedarte encerrado entre los diferentes elementos del mobiliario. Me explico: Para abrir el armario hay que sacar la mesita hasta bloquear la puerta de la habitación. Si el acompañante del que está encamado al lado (un viejo-viejo con ronquido de tenor, que resopla como un cetáceo) quiere abrir su armario, tengo que desplazar el soporte de la televisión, poniendo especial cuidado para que el brazo articulado de la misma no impacte con el gotero. La botella aplicada a la pared, que contiene líquido desinfectante para las manos, ha quedado situada sobre mi sillón, de tal suerte que el potencial usuario de este artilugio con vocación de jabonera ha de alargar las manos e inclinar el tronco hacia adelante, en postura harto inestable por encima de mí, a riesgo de que la ley del malhadado Newton cumpla su inexorable función a poco que algún sanitario abra la puerta, y el osado que buscaba desinfectante caiga sobre este desventurado en patética descompostura. Y acabo este relato, fruto del hastío y de la imposibilidad de ver la televisión sin invadir el espacio del cachalote Pavarotti. Vale.

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CAPÍTULO II

ANOCHECE

Mi bello durmiente descansa plácidamente y yo velo su sueño. Entonces, coincidiendo con el ocaso del día, tiene lugar un curioso fenómeno: Pavarotti abre los ojos. Parece que el prolongado descanso diurno, acompañado del acostumbrado ronquido y su inseparable resoplido, no tiene otro objeto que ahorrar energías para el despertar en la noche. Cual no-muerto redivivo, Pavarotti se transfigura. Los músculos de su fatigado cuerpo se tensan y adquieren un inusitado vigor. Su rostro es una máscara grotesca. Sus ojos, hundidos en la calavera, brillan con fulgor ambarino. Agita sus extremidades para liberarse del embozo y, con la mirada perdida en algún lugar inescrutable, comienza a emitir un sonido gutural, un quejido lento y ahogado por flemas y otros humores difíciles de imaginar. Hay algo en ese sonido, no sé qué, que me causa desasosiego. No al principio, pero sí después. Comienza en la boca del estómago, recorre la espina dorsal y se va extendiendo paulatinamente por todo mi cuerpo. Al rato no puedo pensar en otra cosa. Ese sonido es el anuncio de algo, lo intuyo. No, no es una mera intuición; lo sé. No soy capaz de discernir cuánto tiempo ha transcurrido. De alguna manera el viejo ha conectado conmigo. Ha vencido de forma sutil pero inexorable las defensas de la razón y el entendimiento para apoderarse de mí, envolviéndome como una tela de araña que me turba, me paraliza y me asfixia. Lo reconozco: Tengo miedo. “¿De qué tengo miedo?” me pregunto a mí mismo en un vano intento de vencer esa sensación que me ahoga.

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Temo mirarle a esos pequeños ojos, encendidos como ascuas, porque algo me dice que ya no podré liberarme de esa mirada, y que me arrastrará con él a un lugar que no quiero conocer. Vencida mi razón, no dispongo de recursos para enfrentar este duelo en el que, extrañamente, ese viejo decrépito, en la antesala de su final, juega con ventaja. Y él lo sabe, y yo soy un pelele que tiembla como una hoja azotada por el viento. Ensimismado en mis pensamientos tardo unos segundos en percatarme de que el sonido ha cambiado. Y lo sigue haciendo de forma gradual, como notas que escalan un pentagrama, in crescendo hasta salirse de la partitura. Ahora, ese sonido daña mis oídos, se mete en mi cabeza y presiona mi cerebro. Ya es un alarido cuando el viejo grita: –¡Enfermera, enfermera, enfermeraaa…! Sus gritos salen de la habitación: –¡Enfermeraaa…! Se cuelan por todos los resquicios: –¡Enfermeeraaa…! Recorren los pasillos: –¡Enfeermeeraaa…! Llenan toda la planta: –¡Enfeermeeraaa, Enfeermeeraaa…! Se extienden por todo el pabellón: –¡Enfeermeeraaa…! Recorren el patio: –¡Enfeermeeraaa…! Los sanitarios acuden presurosos en tropel. Intentan calmarlo pero el viejo sigue gritando y agitándose violentamente. El personal de enfermería de la planta ha sufrido bajas en los primeros lances y solicitan refuerzos. Un enfermero y tres fornidos celadores han conseguido con muchas dificultades reducir al viejo, atándolo con cinchas a la cama. Van llegando los médicos. Cuento uno, dos, hasta tres. Las batas blancas llenan la habitación y me obligan a salir al pasillo.

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Aún no me he repuesto del estupor cuando me percato del peligro. Mi niño sigue allí dentro. ¡Dios, mi niño! Pugno por volver a entrar y quieren impedírmelo. Me resisto, empujo, me empujan. Sólo acierto a decir: –”Tengo que entrar, tengo que entrar”. Finalmente, no es mi torpe argumento, sino mi determinación lo que consigue que me dejen hacer y centren su atención en el viejo. Entro en la habitación y encuentro a mi niño profundamente dormido y sumido en una pesadilla. Se revuelve y mueve los brazos, como si intentara desasirse de un abrazo. Se cubre la cara y solloza. Le despierto bruscamente, sacudiéndolo y llamándole por su nombre, rescatándole de un combate desigual –ahora lo entiendo–, como tuvo que sucederle al viejo, a la persona que fue, aunque éste perdió ese combate hace mucho tiempo. El anciano, sujeto firmemente al lecho, me busca con esos ojos malignos y me lanza una mirada preñada de odio. Pero el líquido gotea en sus venas a un ritmo vertiginoso y el grito se apaga poco a poco: –En-feer-mee-raa, en-fer-me-ra, en-fer... Pronto el grito deviene en un susurro ininteligible y luego en un sonido gutural, un quejido lento y ahogado. Con las primeras luces del orto vuelve Pavarotti. Y con él su ronquido. Andante al principio, luego andantino, allegro ma non tropo después; resoplido y vuelta a empezar. Sus ojos se apagan y se tornan grisáceos. Pero antes de perder ese brillo amarillento me clava su mirada, y con la boca esboza más un rictus que sonrisa para advertirme que regresará esta noche. Y yo estaré allí, preparado para librar la batalla, como fiel paladín de mi bello durmiente.

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CAPÍTULO III

EL HOMBRE ORQUESTA

Anoche, antes de que Pavarotti dejara paso a su alter ego, nos desalojaron con cierta premura de la habitación. Los sanitarios se hacían acompañar de dos vigilantes uniformados que se aprestaron en la puerta. Adiós viejo. Que te vaya bonito. Como suele acontecer, la dicha nunca es completa: Ingresamos en una habitación con capacidad para cuatro camas. Aunque el nicho contiguo al nuestro estaba vacío, pronto fue ocupado por un enfermo trasladado desde otro lugar del hospital. Y aquí comenzaron nuestras desdichas, porque el nuevo en la plaza da para contar. Es, efectivamente, como habrá adivinado el lector, el “Hombre Orquesta”. El Hombre Orquesta no es músico que yo sepa, pero dudo que nadie le supere en su capacidad de regalar los oídos de sus semejantes con tal cantidad y variedad de sonidos y, aquí está el mérito, sin el concurso de instrumento alguno. Todo natural, oiga, que es digno de mención. Para asombro de pacientes y acompañantes, el Hombre Orquesta, que responde al nombre de Pedro, hizo su triunfal entrada en la sala (llamémosla sala por su tamaño y abigarramiento) postrado en su cama, anunciándose previamente desde el umbral con una embajada de ventosidades, que culminaron con un estruendoso y reverberante cuesco, rematado con un profundo suspiro. Comenzó la fiesta, que prometía prolongarse a lo largo de la velada. Y cumplió la promesa. ¡Vaya si cumplió!

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Pedro fue instalado, como ya dije, junto a nuestra cama, y no estaba dispuesto a pasar inadvertido. Ciento cincuenta kilogramos, calculo a ojo, desparramados sobre la sábana; barriga prominente; papada de obispo y cuello de astado que, por su cortedad, pareciera que la cabeza está unida al tronco sin solución de continuidad. Calvo y lampiño, semeja un bebé descomunal con proverbial capacidad para hacer sonar las más inverosímiles partes de su anatomía. Oiga, que sospecho haber escuchado fluir la cera de sus oídos cual torrentera desbocada. Su aparato respiratorio, seriamente perjudicado por el tabaco, nos ofreció amable y gratuitamente con un surtido repertorio de ronquidos variados, hipos, murmullos, runrunes, silbidos y rumores, a cada cual más estentóreo. ¡Qué injusto fui con el pobre Pavarotti!, que roncaba tan bien y tan previsiblemente. ¿Recuerdan? Andante, andantino... Por el contrario, Pedro nos tiene en ascuas. Nunca sabemos cuál de sus múltiples y variados registros dará continuidad al anterior. No sigue ninguna pauta lógica y eso es desesperante. Es sabido que el cerebro humano se adapta al entorno, pero así resulta imposible incorporar estos estímulos sonoros en nuestro paisaje acústico. Son la ruleta y montaña rusas de nuestra certidumbre. Un sinvivir. Cronometro los lapsos entre sus aparatosos y volcánicos resuellos, deseando íntimamente algún colapso definitivo y salvífico, para caer nuevamente en el desaliento más absoluto. Tras los breves y espaciados mutismos arrecia otra vez, y otra, con cataratas acústicas. Ríanse ustedes de las trompetas que asolaron las murallas de Jericó. Aquí los goteros se paran de puro pasmo, y el marcapasos del anciano de la tres desajusta su ritmo, ora agónico y en ocasiones frenético. ¡Qué de aspavientos y esparajismos el pobre!

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Y para colmo, Pedro es quisquilloso y antipático. Lloriquea como un bebé con cualquier manipulación en su orondo cuerpo. No se lo van a creer, le molesta el más leve ruido. Cuando no es propio, claro está. ¡A él! Odio a Pedro de forma irracional y categórica.

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Crónicas hospitalarias  

Sebastián Naranjo González

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