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Andrea Arantxa Ugartetxea Arrieta


Andrea Arantxa Ugartetxea Arrieta


© Arantxa Ugartetxea Arrieta arantxaugartetxea@gmail.com I.S.B.N.: 978-84-15649-00-7

Edita:

Impreso en España Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación ni de su contenido puede ser reproducida, almacenada o transmitida en modo alguno sin permiso previo y por escrito del autor.


UNAS PALABRAS

La lectora y el lector de este libro pueden preguntarle a Andrea cómo se siente en la red que ella misma ha conformado. Estando en la ciudad de Bogotá (Colombia) una amiga me comentó en un cierto momento que estábamos hablando de todo tipo de relaciones y yo le expresaba que vivía en una red de amistades, que esas, precisamente éramos nosotras las mujeres. Desde entonces he sido más consciente de ciertos cuidados relacionales que hay que tener en la elaboración de esta red. La existencia de Andrea esta llena de vida y al decir vida no quiero expresar ese “vivir la vida” del que tan ligeramente muchas veces hablamos. Se puede pasar por este mundo como pisando sobre ascuas para no quemarnos, interviniendo en todo a tiempo y a destiempo, o sencillamente fluyendo intencionadamente en el sentido de la propia corriente porque se sabe que todo acaba en el mar en el que todas y todos nos encontramos navegando hacia la inmensidad del océano. Andrea ha traído aquí a, mujeres, hombres, amigas y amigos, desde la imaginación de realidades que aparecen enmarcadas en viajes y andanzas por tierras que ha ido descubriendo y en cuya ficticia peregrinación va construyendo como quien pone un ladrillo encima de otro. Hay desarraigos, encuentros y por supuesto hay amor. Es una vida natural, no hay insustancialidad relacional, siempre está a la búsqueda de algo, quizás porque no pretende lo definitivo sino su actualidad. El compañero es para ella fundamental. La maternidad no parece artículo de primera necesidad, quizás en esto esté la particularidad del tejido de su red. Su espiritualidad le ayuda en el arte manual de unas cartas entendidas como lo que son, y no como lo que algunas y algunos dicen que son. No sabe dar una puntada sin hilo porque todo lo que ocurre para ella tiene un sentido. Representa la ida y vuelta de un viaje que continúa sin límite alguno en el horizonte. Arantxa Ugartetxea Arrieta Santiago de Chile 18/5/2011


COMIENZO

En un caserío de Iakabiz perteneciente a Inmexe estaban todos preocupados porque Belxai quedaba grávida pero sus frutos no llegaban a la vida real, siempre ocurría algo que trababa aquellas vidas. Por eso en un aquelarre y a modo de trance fue concebido Donado que llegó a ver la luz del sol aunque sus ojos sufrían los escozores del parto, como si el llegar a discernir la noche del día fuera un trabajo de titanes. Permanecía en la penumbra durante parte del día para protegerse del exceso de luz que sus ojos no alcanzaban a soportar. Pero todas las comadres del valle reconocían en aquel niño destrezas que cautivaban entrañables sensibilidades. Petriquillos y hasta un médico del otro lado de la frontera miraron con lupa una y otra vez aquellos ojos infantiles hasta que alguno del entorno comentó que la sal marina tenía propiedades mágicas capaces de fortalecer la profunda delicadeza de aquella mirada. En Tianosdo había una lindísima playa, tipo balneario de la época, a la que acudía la clase privilegiada haciendo a veces el ridículo más sublime al exponerse en trajes de baño tipo presidiario que aseguraban la moral más rancia del momento. Nadar era algo a lo que no tenía acceso el pueblo liso y llano. Pero Belxai se calzó sus alpargatas, vistió al niño y viajó en una tartana hasta la orilla del mar. Esperando que el hijo de sus entrañas sanara su mirar lo lanzó a las olas y vio con asombro descomunal flotar y nadar a quien nunca había tenido oportunidad para ello. Al sumergirse en las profundidades del agua marina, surgió intempestivamente a la superficie con la mirada transparente y los ojos totalmente abiertos expresando sin titubeos “veo y veo bien”. Ver era algo fundamental en aquella familia bucólica y pastoril. Ver el entorno, ver el horizonte, el amanecer, el anochecer, el lejano viajero acercarse a Iakabiz… porque el viaje era parte de toda una forma de ser en el espíritu y los cuerpos de los habitantes de Inmexe. Partir y volver a Iakabiz estaba escrito en la tirada de cartas que zanjó y definió la situación real de aquella familia, todos y sobretodo ellas, las –7–


comadres, tenían fe ciega en la veracidad inteligente de una lectura del tarot hecha a la medida de las circunstancias, Donado era la expresión real de aquel aquelarre al que los hombres con aire desconfiado asistían como de lejos pero en el fondo acreditando que lo que sucedía no había sido planificado por el consejo de ancianos. Ellas desde el sentimiento inteligente impecablemente intuitivo asignaban a cada hombre su misión y su viaje. Les veían partir para volverles a recibir. Permanecer era no crecer y los hombres, sobre todo los hombres, tenían que crecer. Donado no fue una excepción y también un día partió. Yo conozco el mar y él me conoce a mí afirmaba mientras una enorme ola asolaba las costas que un día acariciaron sus ojos. Es su bravura masculina, no hay que asustarse, repetía. Luego todo queda renovado porque Tianosdo tiene un regazo capaz de sosegar mucha tormenta emocional. El viaje incluye la aventura de la tormenta marítima. El barco permanecía anclado en el puerto y los viajeros sólo querían saber de seguridades. Pero también necesitaban partir. Algo en el entorno familiar le empujaba a nuestro visionario del mar a cruzar el océano, palabra esta que en la escuela de Inmexe había aprendido con enorme dificultad sin entender nunca su significado. El barco que acabó zarpando en plena alerta por la intransigencia de sus navegantes, se movía como cáscara de nuez con la mayor naturalidad del mundo. Verdaderamente, pensaba Donado, que tenía una explicación la falta de comprensión que él tenía de la palabra océano porque definía una inmensidad desconocida, de movimiento, volumen, y fluidez que permitían otear el horizonte siempre lejano con apariencia de límite. Era un placer dormir en unas camas que llamaban literas, parecidas a escaleras con colchón incorporado. Los entornos a la mesa eran sabrosos en comidas y tertulias variopintas porque los personajes que las adornaban eran muy sui géneris. La generalidad viajaba cargando aventuras reales o sueños que necesitaban realizarse. La nostalgia del desarraigo se iba superando con sensibilidades de aventuras imaginarias o posibilidades más o menos reales. Todos y todas viajaban para mejor vivir. Donado sabía que el mar apacigua, sana, mece e interroga. Pasaba tiempos intermitentes y anocheceres en cubierta contemplando aquel fluir cósmico que guardaba en si, como toda realidad, también, su potencia destructora. –8–


Sabía rezar desde la cuna, antes de saber hablar. Las creencias le habían amamantado cuando todavía no veía con claridad, experimentaba que la fe es esencialmente vida. Sentía que el espíritu de la creación le protegía y que no habría bravura marina que pudiera con la fuerza humana y el deseo de vivir que vislumbraba. Nunca en los años de pastoreo, rodeado de ovejas en la cima de Kanteramotx, había sentido cosa semejante. Nada era igual, ni los sueños, ni el horizonte, ni la gente, ni las conversaciones. Todo guardaba en sí el deseo de la aventura y su propia fuerza estaba en el fluir de un día detrás de otro con la esperanza de llegar a otras tierras. ¡Bendito aquelarre! Se decía a sí mismo en la intimidad emocional que experimentaba. Sin la magia de las mujeres no hubiera existido, sin las habituales reuniones femeninas que se disfrutaban en la casa, nunca hubiera visto la luz. Ellas, las mujeres, son fundamentales. Cuando interpretan la existencia son únicas porque cada palabra, cada explicación, la nutren con su leche materna repleta de anticuerpos. Ellas pueden fortalecer la intimidad más recóndita. Cuando yo tenga hijas, se decía Donado, les hablaré de la abuela. Los hombres de una época jugaban al mus y hablaban de política en las tertulias exclusivamente masculinas. La sala de recreación del navío cumplía las condiciones esenciales para estos dos menesteres y ellos dieron rienda suelta a sus deseos. El azar formó parte del trayecto como expresión del lado lúdico viajero, y la política, el manejo del poder, resultaba ser el aterrizaje imaginario de lo real entre discusiones interminables bastante acaloradas de los contertulios. Pero como todavía nadie pisaba tierra firme, ninguno se aventuraba demasiado en afirmaciones rotundas que pudieran comprometer los pasos necesarios a dar en las nuevas tierras. El reconocimiento de las propias raíces era algo intocable, una especie de naturaleza congénita que adquiría en muchas ocasiones valores religiosos en la que la mezcla de poderes trascendía fronteras dando lugar al más absoluto de los ideales. Esas eran las tierras firmes que necesitaban pisar en medio del océano. Una mujer sencilla y elegantemente vestida miraba de soslayo a aquella cuadrilla de señores intentando discernir cuál de entre ellos le atraía y por qué. Las defensas y exposiciones políticas del visionario viajero marino le –9–


parecían atractivas, considerando que lo diferente era lo emocional romántico unido a la fe en sus propias convicciones, expresadas todas ellas con una fluidez verbal afectiva un tanto cautivadora. Se dejaba caer una y otra vez por las proximidades hasta que irremediablemente se le escapó la pregunta: – ¿De dónde eres? – De Inmexe –le respondió él– ¿y tú? – De Garragatias. – Me llamo Donado ¿y tú? – Arroxa –respondió riendo con cierto nerviosismo, añadiendo a continuación– te conozco de la sidrería. Aquella palabra selló el inicio de una relación, de tal para cual, que duró todo el viaje. Ella tenía su proyecto de crear un negocio en el que pensaba vender prendas de mujer. Soñaba con mantillas, encajes, ropa interior, moldear cuerpos, apariencia femenina, vestiditos para niñas creados y recreados por ella… Se sentía con una gran capacidad emprendedora encubierta por su timidez pero que traslucía una confianza de que aquello iba a resultar seguro. Excelente administradora de posibles y curiosidades femeninas. Adicta a viajes que nunca saciaban de forma rotunda su espíritu de aventura y ganas de conocer otras personas y otros mundos. Se amaron. Faltaba todavía la mitad del viaje cuando se transformó. Ya no soñaban tanto con las nuevas tierras sino con sus propias personas, sus propias posibilidades, en conformar raíces, en una palabra en darle una tierra madre a proyectos comunes, y pensando, hablando, vislumbrando y compartiendo crianzas, caseríos, trabajos, sueños y bastante romanticismo emocional, decidieron que deseaban regresar al punto de partida, porque era común a ambos y guardaba la potencia necesaria para crear la familia que deseaban formar, cuidando con esmero la lengua propia que amamantaron, el euskara, y en la que las expresiones de cariño tenían una carga sentimental y generacional incuestionable. Además de saber ver el horizonte es importante hablarlo y al pronunciar las palabras sentir que estamos ante una comprensión de la realidad bastante semejante, se decían el uno al otro. – 10 –


El problema era que no tenían dinero para la vuelta. Se suponía que al otro lado del océano iban a ser recibidos por personas desconocidas, pero que a juicio de los que les aconsejaron viajar, les ayudarían a resolver las dificultades del momento. Con esta esperanza fueron pasando los días en el barco y la llegada a tierra firme coincidió con el carnaval de la zona. Nadie estaba para organizar nada que no fuera la fiesta. ¿Qué hacemos? Se preguntaron el uno al otro, y con un ¡vivamos la fiesta!, solucionaron por el momento la estadía. La alegría y la fantasía eran el alma de aquella algarabía, los cuerpos hablaban, la belleza se exhibía, el ritmo les ponía piel de gallina y marcando samba pasaron nueve días. Era un país exótico, acogedor y de muchos recursos. ¡Trabajar! Bueno… ¿en qué?, en la construcción es muy fácil, dijo Donado, porque consiste en colocar un ladrillo encima de otro, y mientras ella, decidió poner un letrero en la puerta de la alcoba que habían alquilado con derecho a cocina, que decía “se lee Tarot”. Fue todo un comienzo mientras organizaban el viaje de vuelta. La destreza intuitiva de Arroxa en las sesiones del tarot, aportaba al hogar más dinero que el trabajo como constructor de Donado. Intuir era fascinante, construir era espectacular, pero ambos estaban hechizados sólo por la posibilidad de la vuelta. Vivimos en un país en el que vislumbrar da riqueza, le comentaba Arroxa a su compañero porque hay muchas experiencias para degustar y no faltan ellas y ellos en esta aventura aportando un sueño detrás de otro hasta llevarlo a la realidad. ¡Un día nos encontraremos de nuevo en el mar!… Pensaba. Entre aquellas paredes ocurrían trances conmovedores. Una vez que se atravesaba la puerta de la imaginación, se leían símbolos, se acogían estados emocionales, lecturas trascendentes ordenaban sosegadamente ansiedades, todo podía ser real o quizás ya lo era y sólo faltaba verlo, las personas entraban y salían por aquella puerta, con la convicción de haber resuelto ciertas ambigüedades al deshojar la margarita en la mitad-mitad de un trance comunicacional grávido de confianza, conexión ésta que la tarotista denominaba de “saber hacer”, según el universo verbal del maestro, realmente utópico, que tuvo la oportunidad de conocer en las clases carnavaleras de una pedagogía inusual. Es una lástima que el tarot no sea una asignatura en la universidad, repetía Arroxa una y otra vez, sorprendida de la sabiduría acumulada – 11 –


en el pequeño templo nómada, pero al mismo tiempo se decía ¡casi mejor que no esté entre los siete sabios de Grecia! porque le ponen tanta lógica a la cuestión que pueden acabar con la lectura real de la existencia. ¡Dejémoslo como está! Así pasaban los días, las personas, las circunstancias, los sueños y las historias. Llegó un momento en el que ella sólo salía del cuarto para cocinar. La cocina para Arroxa era crear. Con ajos, pan, aceite y sal, solía presentar en una cazuela de barro una sopa espectacular. A veces la ilustraba con huevos, otras con bacalao, otras… era cuestión de echarle imaginación. Siempre comentaba que la posguerra había sido su maestra en la cocina y que su marido tenía buen paladar y sabía de las patatas fritas, de cómo hacerlas, partiéndolas sin partir, solo rompiéndolas, porque así no pierden su propio jugo, según decía… Todo era sencillo y sabroso al mismo tiempo. Entre cocina y tarot, en medio del amor y de las gentes que frecuentaban la pieza, fueron pasando días, años, tempestades, placeres, trances maravillosos y embarazos múltiples que no fructificaban. Estábamos otra vez como la abuela se decía a sí mismo Donado. ¿Qué era lo que en realidad ocurría? En la ciudad jardín del país del carnaval, Donado tenía un prestigio artístico porque hacía de las casas en construcción una especie de esculturas habitables al gusto de los propietarios, casi siempre turcos, de esos que saben negociar haciéndote sentir amigo. Las sagas familiares se comprometían entre sí para pedir la construcción organizando una fila que ellos mismos respetaban de abuelos a padres e hijos y nietos. Hubo que quitar el teléfono en la pieza para que no interrumpieran la tranquilidad relacional, porque ocurrían una infinidad de llamadas reclamando atención personalizada, sobre los conflictos que la propia construcción conllevaba. Construir es problemático, hay que decidir, cimentar, levantar, crear y recrear decía el artista. Es necesaria la autoridad con los escultores que trabajan como peones a destajo sin demasiado consuelo monetario. El gusto por la estética es fundamental y como sabía ver con sensibilidad especial desde su infancia, miraba siempre de dentro hacia fuera, porque según él era en la convivencia cotidiana donde tienen que reinar el bienestar y la belleza de una casa. – 12 –


¿Pero qué ocurría con la fertilidad de la pareja? De nuevo fue necesario el aquelarre que ayudara a discernir sobre si exponerse a un tratamiento totalmente desconocido hasta entonces o tomar las hierbas de la fecundidad. Ramilletes de hierba fresca adornaban la pieza, el líquido que destilaban al amanecer lo inundaba todo de un brillo acharolado, nada era igual en aquellas horas de la mañana anteriores a la luz del sol. La habitación se perfumaba, el verdor refrescaba el ambiente, los rostros se iluminaban y el abrazo era interminable. ¡Andrea! Susurraba ella mientras él cumplía una y otra vez. Era muy deseada la presencia de esta hija, y la fuerza del deseo fue tal que llegó como una liberación entre ternuras, esperanzas y satisfacciones realizadas. Un trance descomunal dio a luz a la bendita criatura ante la admiración expectante del padre, las comadres y la fiesta carnavalera. Botellas de hierba agridulce acompañadas de mucha canela mantuvieron con alegría aquel ambiente familiar. Nunca dejaré de amamantar a esta niña tan hermosa decía Arroxa ensimismada mirándola, mientras ella degustaba con placer la leche de sus entrañas. ¡Qué delicia! Mientras… Andrea es nombre de mujer se decía para sí el padre de la criatura. Aquellos ojos azules y los rizos claros de su cabecita duraron un tiempo, el suficiente como para no olvidar jamás su inocencia. Esta niña que fue fecundada en un bosque habitado por comadres, fue también, creciendo entre ellas. Aquello era una tribu compartiendo crianza, la pieza resultaba extremadamente pequeña y el constructor se vio obligado a poner un ladrillo encima de otro al estilo del caserío que le vio nacer, pero esta vez en otras tierras. El trébol de cuatro hojas en el frontis auguraba el bienestar y la felicidad. Vivían de dentro hacia fuera. Un vergel inundaba la entrada. El mango, el aguacatero, el hipé, las trinitarias y un sinfín de alegrías de la casa acompañaban la entrada de la puerta principal desde donde era difícil saber en qué parte de aquella frondosidad se asentaba la casa. Andrea no iría al colegio para aprender el catón, en casa hablaría y escribiría con naturalidad en medio de la conversación y las tertulias que se organizaban en torno a las cartas e innumerables meriendas. Ese era el propósito de sus padres. Saber hablar bien es fundamental y leer los símbolos para después escribirlos es totalmente necesario, se decían el uno al otro. Este era el criterio cultural de aquella casa y según ellos, – 13 –


ambos estaban capacitados para lograrlo. Totalmente asentada en el lenguaje familiar Andrea llegó a expresarse en siete idiomas, los alfabetos se entrecruzaban y ella se deslizaba por ellos con la mayor naturalidad. Y es que en este país del carnaval se hablaban infinidad de lenguas y muchas de las comadres las usaban cuando se relacionaban afectivamente con ella, como si el cariño tuviera una lengua raíz en sus expresiones más tiernas. Cuando llegó a la adolescencia estaba convencida de que no se podía vivir sin el encuentro y la tertulia, sus amigas inundaban la casa, conversaban sobre la posibilidad de realizar infinidad de viajes para conocer el origen de tanta lengua existente en el planeta. Mientras… viajaban verbalmente sin saber muy bien de qué hablaban. Ser mujer para aquella adolescente se convirtió en algo exuberante, vivió su pubertad como una saludable explosión de una naturaleza virgen en la que todas las sensibilidades afloraron a la vez y fue muy difícil ordenar aquel torrente de vida queriendo siempre ser mas en alguna cosa. Una especie de insaciabilidad se apoderó de la belleza de su cuerpo, necesitando experimentar la fertilidad a todos los niveles existenciales a los que aspiraba con su hermoso desarrollo. Soñaba en que un día por la puerta del jardín vería avanzar hacia ella el galán de tierras lejanas, con el típico porte de capitán de los siete mares, trayendo en sus manos tesoros de las profundidades. Aspiraba a trascender cada momento del día. Sentía que la vida tenía muchas lenguas que la explicitaban y también que había una muy íntima, casi impenetrable a la que no acertaba a ponerle nombre. Era intangible, suave, acariciaba el alma, sencillamente llegaba y se alojaba en el regazo interior que toda feminidad alberga. Le llamaban espiritualidad, pero ella la bautizó y le puso por nombre humanidad. Cuando llegan los hijos y las hijas a participar de la vida familiar en estas tierras del carnaval, los padres comienzan a echar raíces en el soporte que hasta entonces les ha contenido amorosamente. Así ocurrió también con Arroxa y Donado, estaban ya embarcados en una nueva vida, quizás esta era la expresión más real del auténtico viaje, porque comenzaban a estar de vuelta de muchas cosas. La casa lucía un nombre, Gerizpe, palabra que exhalaba un aroma de protección, de cobijo, de esa sombra siempre necesaria en el trópico. – 14 –


JÓVENES AÑOS

Andrea, dejó la protección y con la partida también la sombra, el ritmo de samba y el aquelarre femenino, voy a vivir, llegó la hora de jugármela toda en una sola tirada de cartas, se dijo a sí misma. El capitán de los siete mares no había aparecido por ninguna esquina de la “rua dos jasmins”. Saldré a buscarlo, pensó. Arroxa ya había leído la aventura del viaje de su hija en el tarot con cierta melancolía y Donado había comprendido con mucho esfuerzo que la construcción supone siempre un ladrillo encima de otro, pero que necesita de la argamasa que compacte la escultura y su hija salía en busca de la arcilla necesaria para la nueva creación, con la finalidad de que no quedara convertida en el puro lodo que después de una lluvia tropical permanece virginal a la espera de unos rayos de sol que la calienten. Yo soy mi propia arcilla, mi propio lodo, mi propia sombra, se decía en su interior constantemente y no voy a esperar a que salga el sol que más caliente. Siendo tan hermoso el amor ¿por qué los hombres batallan tanto? ¿les falta regazo? ¿no saben de ternura? ¿se creen dioses? ¿no les gustamos? ¿qué buscan en nosotras? ¿nunca están satisfechos? ¿ambicionan solo poder y éxito?, se preguntaba. Deben de tener una necesidad imperiosa de autoafirmación, pensaba. Buscaba las diferentes formas de decir autoafirmación en los siete idiomas que conocía y parecía que ninguna saciaba el significado profundo que ella intuía en la masculinidad que observaba en su entorno. En la pura selva colombiana un anacoreta se debatía consigo mismo, alejado de toda teología y práctica religiosa, procurando experimentar su propia existencia al desnudo. Le habían comentado que era una especie de santón que valía la pena conocerlo. Andrea viajó a la selva colombiana llena de expectativas. Vivir en la pura selva no lo hacía cualquiera. Vivir en la pura desnudez no era lo habitual. La curiosidad siempre fue una virtud necesaria a su personalidad, desde la curiosidad, soñaba, intuía, vislumbraba, imaginaba y arriesgaba sobre algo o alguien. Normalmente eran movimientos viajeros nacidos – 15 –


en las tertulias, alguien comentaba algo, después lo reposaba y finalmente lo experimentaba. Esta era la manera de no quedarse en el discurso sino caminar por el sueño de la posibilidad intentando tocar la realidad. Las azafatas del avión eran muy cariñosas y al aterrizar le aconsejaron que se cuidara de los peligros de la selva de asfalto y de los que encubría la exuberante vegetación existente entre una vereda y otra, entre un pueblito y otro, así como entre unas habladurías y otras. La amabilidad campesina con su natural proximidad fue guiando poco a poco su inexperiencia por veredas en las que se decía haber un asceta. ¿Qué será eso? Se preguntaba ella mientras se lo imaginaba, esbelto, acogedor y contemplativo. Nadie sabía explicarle el significado de la palabra. Quiere decir que vive de la generosidad de la selva, decían algunas. Que su vida está cimentada en el puro vivir sin pretensiones absurdas, decían algunos. Que el alimento no es cuestión de capricho sino un acto relacional con el entorno. Su mirada es clara, frontal y amable, decían otras y otros. Todo parecía diferente al resto de las costumbres. Vive en su propia ley, dijo alguien, esa era la verdad más convincente en la que todas y todos más o menos coincidían. Voy a aprender sobre el ascetismo pensó Andrea porque realmente esa experiencia nunca la he vivido. Cargaba su mochila con agilidad y estaba convencida de que lo iba a encontrar. Siguió preguntando, siguió caminando, entró en la pura selva y sintió el abandono más bestial. Esto debe de ser el ascetismo pensó, pero ¿el asceta dónde está? ¿Sería aquello como las historias de la llorona a la vera del camino? No, la persona que sabía de su existencia lo había conocido y recordaba el encuentro con todos los detalles, desde su físico hasta la forma de caminar y de sentarse. Pero también algunos han visto a la llorona, todo debe de ser cuestión de percepción… No había terminado su mente de elaborar estas reflexiones cuando una voz masculina le llamó por su nombre ¡Andrea!, no tuvo tiempo de darse la vuelta porque permanecía frente a ella y la iba desnudando con su mirada. – ¿Por qué me miras así? Me gusta lo que no escondes, es como si te mostraras de dentro para fuera. La intimidad puede mostrarse. Es lo más bello, lo más delicado, lo que merece un respeto, una caricia, en una pa– 16 –


labra ¡cuidados! Y a mí me gusta cuidar. – Mi intimidad guarda miedos si tu sabes cuidármelos es posible que pueda permanecer en este espacio. – ¿Y cuál va a ser tu recompensa? – Ninguna porque sentiremos la gratuidad, ella nos inundará a ambos. – Así es la vida ascética ¿cómo lo sabías? – Porque no es ninguna cosa del otro mundo. – No lo es pero yo he tenido que venir hasta aquí para sentirlo. – ¿Y qué sientes? – Liberación. – ¿De qué? – De lo lógico. Me encanta el azar. – Yo ya sé lo que es eso, toda mi vida lo es. – ¿Entonces qué te parece nuestro encuentro? – Búsqueda. – A mí me parece un azar. – No. Sabía que existías y he venido a buscarte. – ¿Quién te habló de mí? – La pedagogía. – ¿Qué es eso? – Algo que lo atraviesa todo. El alma de un verdadero asceta. Liberar es su quehacer. Se vive desde la humildad y reconoce algunas ignorancias como sabidurías asentadas en las gentes que piensan que no saben nada pero que en definitiva saben. – Me gusta escucharte… – Y a mí expresarme. – 17 –


– Es bueno que descanses, debes de estar agotada de tanta búsqueda. Te procuraré un lecho frondoso para alimentar tus sueños y después comeremos arándanos, ciruelas, uva y plátanos. También tengo yuca. – A mí me gustan las arepas. ¿Puedes conseguirlas? Nada era mullido pero todo era tierno. Las ramas no dejaban penetrar los rayos del sol, pero la luna conseguía entrar. Es de noche y quiero dormir se dijo a sí misma Andrea. Dio media vuelta con cuidado, mientras el asceta oraba y laboraba, quedando en el más profundo de los sueños. Lejos de la carretera vecinal y al abrigo de una enorme floresta había una casita diminuta que la habitaba una mujer grande. Era grande porque se mostraba de dentro para fuera y su intimidad era inmensa. Vivía sola. Anacoreta era su nombre. Sabía el Asceta que sólo ella podría resolverle el problema de las arepas. Generosa como era y artista en la alimentación artesanal sabía hacer unas arepas a las que era imposible renunciar después de saborearlas una y otra vez, resultando que cada vez parecían mejores. Con caldo, con chocolate, con café… eran excelentes. Antes de que los rayos del sol intentaran entrar en la selva, muy de madrugada, corrió a la casita. Envueltas en hojas de banana puso las arepas encima de un hermoso tronco para ser degustadas, cuando ella, la viajera, despertara. Un atronador ruido como de metralla despertó a Andrea. Eran los de la guerrilla. Luego pasó el ejército. Después los mercenarios. – ¿Por qué permaneces en este infierno? – Porque yo no les pertenezco. Lo que buscan nunca me lo encuentran. – ¡Algún día te matarán! ¡Han matado a tantos! – Es posible, pero eso también es cuestión de azar. Yo así lo vivo porque la lógica no da respuesta a que yo esté vivo. – ¡Fabuloso! – Las arepas permanecían a la vista mientras Andrea las deseaba sin decir una palabra al respecto. – Esas arepas son para ti. – 18 –


– ¡Qué delicia! ¡Qué sabor! ¡Alimentan hasta el alma! – ¿Las has hecho tú? – No. Anacoreta. – Llévame donde ella… – Eres tú la que debes encontrarla. Hay que buscarla, es como todo lo que tiene valor, hay que aprehenderlo. Ella se deja aprehender, es fecunda su sabiduría, mana leche y miel. Nutre y sana, tiene las características de una terapeuta. Me cuida cuando flaqueo y su intuición certera me salvaguarda de mi vida azarosa. Un día la descubrirás tú sola, es el tesoro de esta selva. – Cuéntame de ella. ¿De dónde es? – De la tierra. – ¿De qué vive? – De muchas cosas. – ¿Cuántas hijas e hijos tiene? – Diecinueve hijos y dieciocho hijas. – Yo no tengo ni hijos ni hijas. – Acoger es fundamental. Hay que preparar el regazo. – ¿Qué debo hacer? – Permanecer en la sombra aprehendiendo. – ¿Y después? – Salir al camino. Mientras conversaba degustaba las arepas con auténtico placer. El Asceta estaba feliz de poder cuidar a alguien. Ascetismo por ascetismo no tiene gracia, quiero ser asceta para poder colmarla se decía. Le fascinaba aquella juventud, el deseo de arriesgar que veía en ella y la ingenuidad que amamantaba. Sintió una especie de rubor en su rostro al contemplarla. Todo era delicadamente salvaje en ella. Su potente pasión hizo desbordar – 19 –


el ascetismo que lo alimentaba. Se acabó el habla, se desnudaron con la mirada, y se acariciaron hasta el alma para regalarse mutuamente, delirio, placer y carcajada. Préstame tu regazo que te voy a entregar mi confianza, fueron las palabras que se escucharon en la selva, después del anochecer y en la madrugada. De nuevo pasaron con sus metralletas, mercenarios, guerrilla y ejército, nada les azaraba porque aquellos nada tenían que ver con ellos. – ¿De qué se nutren? – De la droga –le respondió el asceta. La pureza virginal, además de ser ascética es salvaje y tropical, se decía a sí misma Andrea que estaba comenzando a entender en qué consistía la gratuidad. La selva lo tenía todo, era cuestión de búsqueda. El suelo no era firme y las bestias aparecían como quien recorre su propia casa. La prudencia era necesaria, ¡los cuidados! Compañeros en la exuberancia, en la búsqueda y la mutua complacencia, iban pasando los días, sol y luna, regazo y arepas, ¡auténtica belleza colombiana! Anacoreta estaba preocupada porque Asceta no asomaba ni de día ni de noche. ¡Estará firme y fuerte! Pensaba. Nunca sospechó que le acompañaban. Cuando lo descubrió en una salida que hizo en busca de perejil al bosque, se alegró, porque sabía que la soledad para Asceta es la hierba más amarga. Decidió hacer arepas, un chocolate caliente y partió para la selva. El aroma del cacao despertó a los soñadores de la siesta. Las arepas fueron devoradas y el chocolate les soltó la lengua… – ¡Delicioso! –exclamó Andrea. – Es una bebida afrodisíaca –dijo Anacoreta. – Es como la vida de ella. – ¿A quién te refieres Asceta? – A Anacoreta. Una palabra más que tendría que aprender a conjugar Andrea porque no sabía el alcance que tenía. Era como que el ascetismo del Asceta se convertía en afrodisíaco en la Anacoreta. ¿Se complementarán? ¿Se com– 20 –


prenderán? ¿Se querrán? Infinidad de preguntas acudían a su mente… y estando en estas ella pronunció la siguiente frase: nacemos poseídos. – ¿Poseídos por quién? –Preguntaron a dúo. – Por la familia. Así comenzaron a hablar de sus respectivas genealogías en una tertulia que no tenía fin, como si fuera una auténtica lista de posesiones. Cada uno de ellos cargaba su propio árbol. – La pertenencia es necesaria –dijo Andrea. – ¿A qué pertenencia te refieres? –le preguntaron a dúo. – A la biológica. Lo dijo pensando que como estaban en la selva rodeados de biología natural, aquell o iba a encajar perfectamente. Pero sus rostros adquirieron aspecto de preocupación, porque eso era precisamente lo que habían vivido en la pertenencia familiar ¡preocupaciones! Y deseaban liberarse de tanta atadura formal y casi absoluta experimentada. Hablaban con amor del desarraigo y se sentían pertenecientes a aquello que Andrea había llegado a descubrir en las tertulias familiares en su intimidad más recóndita, que algunos llamaban espiritualidad y ella lo había bautizado como humanidad. Esa era la pertenencia madre de todas las demás. Pero consideraba que para descubrir y experimentar aquello, no era necesario el ascetismo aislado ni el anacoretismo afrodisíaco. Bastaba una sana vida relacional. Ahora que estamos divagando por los caminos del ascetismo y la espiritualidad, quisiera saber si conocéis, dijo Andrea, la historia y los lugares de un tal Bienaventurado que dicen que habitó allá por la ciudad de los judíos, llamada Jerusalén. Asceta y Anacoreta se miraron fijamente y no pudieron ocultar la peregrinación conjunta hecha a modo de aventura hacía algunos años, en un intento de pisar tierra santa antes del autoexilio personal, que en beneficio de dicha espiritualidad, habían decidido disfrutar, sin religión, sin autoridad absoluta, ni ley del Talión alguna. El desencanto experimentado en la ciudad llamada santa, era humano y queriendo ahondar un poco más en esta sensibilidad, siguieron dialogando. – ¿Qué visteis? –dijo Andrea. – 21 –


– Posesión, competición y negocio mezclado con mucha camándula. – ¿Cómo era aquella tierra? – Como cualquier tierra habitada por gentes muy diversas. – ¿Qué contaban del Bienaventurado? – Hablaban mucho de su madre pero poco del padre. Mostraban la tierra que pisó y los lugares que compartió. Los amigos que tuvo y los enemigos también. Su discordancia con el poder político y religioso de la época. Los milagros. Y ¡cuán misericordioso era! Pero no lo aceptaron. – ¿Qué le hicieron? – Lo crucificaron entre dos ladrones y le dieron sepultura, aunque dicen que después resucitó. Algunos incluso lo vieron. – ¿Pero por qué? – Por demasiado humano. Por desposeído, hasta su túnica se la rifaron. Allá comprendimos muchas cosas. – ¿Qué cosas? – Eso de la pobreza real, el perdón necesario, los desarraigos, la infinita misericordia del ser humano, su capacidad transformadora y el ágape. – ¿Qué es el ágape? – Lo que estamos celebrando en este momento, un encuentro fraternal disfrutado en torno a la degustación de una misma arepa. Es el cuidado relacional inteligente en el que todos participamos de manera alegre, como lo hacemos en nuestras celebraciones familiares. Es un encuentro con igualdad de oportunidades. – ¿Qué pasa que el mundo no funciona así y por eso estáis aquí? – Algo de eso hay… – ¿Por qué le llaman bienaventurado? – Cuentan que un día en una montaña lanzó un discurso único que invitaba a la sencillez más absoluta. Creo que eran una especie de slogan que auguraba la buenaventura que es lo mismo que la Bienaventuranza. – 22 –


Es como si la buenaventura nos empujara hacia el bienestar y la bienaventuranza no nos ahorrara un ápice de realidad. Gratuidad a tope. Los rayos del sol comenzaban a clarear la enredada maraña de árboles y arbustos del techo que les protegía. Se dieron cuenta de que la tertulia había ocurrido bajo luz la de la luna. Los párpados se les cerraban, quedaron durmiendo en esa frontera que la realidad deja de serlo para convertirse en un sueño. Andrea despertó a los dos días sintiendo que debía tomar una determinación: escribir a sus padres relatando cómo la humanidad que había encontrado en el Asceta y la Anacoreta suponía un ladrillo más en su propia construcción y la explicitación de mucha simbología religiosa.

Queridos padres: Echo mucho de menos nuestras tertulias y aquelarres. Espero, que seguiréis como siempre, bien. La selva tiene mucho de maraña y poco suelo firme. Cohabitar con los animales me hace sentir que ese eslabón está en mí sustentando mi propia humanidad. El santón del que escuché hablar me cuida, es un maestro para mí en este mundo salvaje. Yo creía que no necesitaba de cuidados pero la verdad es que no sé desenvolverme en este medio. Una mujer singular que vive en una casita diminuta nos visita con obsequios, como arepas, chocolate, café y algunos frutos, es protectora y conocedora de las leyes de esta selva. Los guerrilleros, el ejército y los mercenarios deambulan sin cesar con la escopeta al hombro, la mirada alerta y dispuestos a lo que haga falta, pero no os preocupéis porque aparentemente nos ignoran. Asceta y Anacoreta están de vuelta de muchas cosas, buscan lo esencial, viven como desposeídos, pero han perdido el referente social, por lo menos es lo que yo creo. Vuestro cariño me hace mucha falta. Recordaros es vida. Las enseñanzas de casa siguen siendo válidas. Os reconozco mejor ahora como auténticos sobrevivientes, no miro tanto el éxito de vuestras acciones. Ha habido bastantes desarraigos en vuestras vidas, y yo también soy uno de ellos. Sólo siento agradecimiento por todo lo que me habéis proporcionado desde el día de mi nacimiento. Hay mucha gratuidad en mí y en vosotros. – 23 –


Seguramente después de algunos días partiré a tierra de pelotaris. Me seguiré comunicando. Siempre sabréis de mí. Echo esta carta en el buzón de correos del pueblito más cercano, mirad el matasellos. Os quiero y os abrazo, vuestra hija, ANDREA.

El pueblo más cercano se llamaba Tráfico y no fue difícil encontrar la oficina de correos. Carta en mano entró Andrea en el local y se dirigió sin más a un señor que atendía a las personas con una alegría y simpatía inusual, su voz tenía un timbre especial, parecía de aquellos, que como su padre, sabían poner un ladrillo encima de otro, pero además de las tablas del andamio, contaba él a un cliente, que había experimentado las tablas del escenario. Era como si en el mostrador estuviera actuando. Quedó mirándola y a la expectativa. Parecía algo tímido. Ella colocó el sobre encima del mostrador y le pidió un sello. Y cuando se decidía a salir para colocar en el buzón de la entrada su misiva, él se apresuró a tomar la carta en sus manos y con un “yo la colocaré en el buzón” rozó con suavidad su mano de manera cálida haciéndole sentir la caricia de su piel. – Me llamo Julen y me gustaría acompañarte a tu morada, le dijo. El rubor inundó el rostro de la joven que no daba crédito a lo que le estaba ocurriendo, pero no quiso negarse a aquella masculina galantería seductora y le respondió. – No tengo morada. Vivo en la selva. – Yo conozco muy bien la selva colombiana –dijo él. – Batallé por la liberación social de este pueblo dando lo mejor de mi juventud y tuve que refugiarme muchas veces, junto a otras y otros, en las múltiples encrucijadas de la frondosidad salvaje única protectora de tanta agresión humana sufrida por una guerra que sólo deseaba el triunfo unilateral del poder impuesto de forma despótica e indignante. Perdimos nuestra causa que era justa, el poder de los vencedores me atrapó y tuve que sufrir persecución, campo de concentración y castigo territorial. Sudé la tinta gorda, me congelé, pasé hambre y penurias, en las trincheras, poniendo y quitando alambradas a las órdenes del ejército enemigo que – 24 –


nos había apresado. Los compañeros me pusieron un nombre sobre todo nombre “el ruiseñor de la alambrada”. – ¡Qué nombre más romántico para esas circunstancias! – Sí… Mi respuesta a la agresividad fue sublimada desde la música. Soy tenor. Cantando me refugiaba entre las notas de un pentagrama durante los trabajos forzados a los que éramos sometidos. Me alegraba yo, alegraba a los otros y desconcertaba a mis opresores, mientras… me juraba una y mil veces que aquella vejación tenía que tener una respuesta ¡esto no va a quedar así! Era la frase que recorría la alambrada de norte a sur y de este a oeste. La dignidad humana la sentíamos pisoteada en nombre de lo que llamaban cruzada, cuando aquello era una auténtica aberración patriótica. – ¿Por qué os maltrataban? – Porque éramos los perdedores del poder de la fuerza bruta. Estábamos a favor de mayores libertades y no tantas desigualdades, amábamos nuestra tierra y queríamos sentirnos en casa administrando nuestros bienes con tranquilidad y justicia. Opinar estaba prohibido. El pensamiento único era la norma que regía aquella sociedad maltratada principalmente en la parte más naturalmente sana: el campesinado, del cual proveníamos la mayoría. Tres años fueron lo suficiente para darme cuenta que la solución no provenía de las armas, aunque había que defenderse con ellas del fratricidio legalizado que atravesaba el país. – ¿Quién se beneficiaba de aquella situación? – Los mismos que ahora, el capital y la barbarie. Si los del fusil al hombro parece que nos ignoran es bueno preguntarse por qué. El ignorarse es mutuo, el no intervenir alegando que no nos incumbe dejando las cosas como están para ver como quedan, es nefasto. El mal avanza y la corrupción también. Las armas se hacen para usarlas y el narcotráfico, entre otras cosas, las sustenta. – ¿Volverías a tomar las armas? – No. Lo dejé convencido de que todavía conservaba clara la frontera que me separaba de la perversión, porque en verdad las cosas no son – 25 –


como fueron en los inicios, sino que la corrupción las alimenta descaradamente. Quizás, por la falta de la necesaria intervención que a todas y todos nos compite como ciudadanos de este país. La solución no es ignorar, no querer saber, como si fuéramos puros por naturaleza. Ignorarnos mutuamente es también perversión. Si hemos sido capaces entre todos y todas de montar estas guerras, tenemos que ser capaces, también de desmontarlas. Hay que hacerse con el poder. Esa sería la verdadera acción. Cambiando el rumbo de la conversación –dijo Andrea. – He conocido Asceta y a Anacoreta, ellos sencillamente los ven pasar. – Quizás han llegado a respetarse, le comentó Julen. Todos viven en su propia ley. Desde ahí se entienden, con diferencias de poder, pero en definitiva ambos bandos alimentan lo que se denomina poderes fácticos. Necesitamos reinventar el poder. La ingenuidad de Andrea era notoria y también estaba bastante claro que esa misma ingenuidad resultaba seductora a un hombre como Julen. Caminando ya por la selva entre la hojarasca, a modo de aparición, tuvieron delante de sí al Asceta que muy amigablemente saludaba a Julen como si tuvieran cierta confianza. Andrea intentó presentárselo, pero él se apresuró a comentarle que ya se conocían. Anacoreta había regresado ya a su casita y Asceta lamentó su ausencia con un “lo siento”. Hablando llegaron los dos hombres a un acuerdo: propusieron a la joven hospedarse en Tráfico durante los días que pensara permanecer. Siempre tendría la oportunidad de visitarles, al tiempo que permanecería más segura de cualquier altercado, porque en realidad en la situación en la que estamos ¡nunca se sabe por dónde saltará la liebre! decían ambos. Así pues, se despidieron de Anacoreta con un ¡chao! e iniciaron el regreso. – Yo soy ateo, le comentó Julen mientras caminaban en dirección al pueblo. Andrea no se sorprendió con aquel comentario porque lo consideraba de una normalidad absoluta. Creer o no en Dios es también cuestión de ser ateo en lo que hay que ser. Lo que es terrible es no creer en lo humano. Este ateísmo hace que el mundo este como este. Creemos en todo, en la técnica, en la farándula, en la magia, en la adivinación, en la guerra, en el libre mercado, en la mentira, en el dinero y hasta en la – 26 –


predeterminación, pero para creer en la grandeza de lo humano tienen que ocurrir auténticos cataclismos, verdaderos terremotos, tsunamis y tornados. Necesitamos ver la existencia al desnudo. Esto era lo que ella pensaba en ese momento. Para cuando se dieron cuenta ya estaban delante de una casa que tenía aspecto de hospedería, sencilla, muy sencilla. Subiendo las escaleras había un rellano lleno de flores y una puerta con una aldaba. Julen golpeó dejando caer la aldaba una y otra vez hasta que una niña como de 11 años abrió la puerta. – ¿Está tu mami? –le preguntó Julen. – Sí, ahora le digo que venga. Una mujer de unos treinta años les acogió con la mejor de las sonrisas, al tiempo que preguntaba qué deseaban. Andrea le expresó que andaba buscando hospedaje por algún tiempo, que no sabía exactamente cuánto pero que le aseguraba que sería más de un mes. – Aquí se paga por adelantado –le dijo la señora. No había terminado de pronunciar la frase cuando Julen se apresuró a adelantarle una cantidad de dinero. – ¿Cuánto cuesta al mes? Preguntó Andrea. – 30.000 pagos sólo cama, con alimentación incluida 50.000. Es un lugar de confianza, apropiado para tu situación, le comentó Julen y ella aceptó la oferta, pensando que desde el día siguiente tenía que empezar a buscar trabajo porque no le parecía bien tener deudas. Se despidió del acompañante y se acomodó en el cuarto dispuesta a dormir, cuando alguien llamó a la puerta. Era la señora de la casa ofreciendo la cena, pero Andrea lo único que deseaba era descansar, y con un muchas gracias pero hoy no, le despidió cerrando ella misma la puerta después de darle las buenas noches. A la mañana siguiente las campanas de la iglesia parroquial le despertaron a las nueve de la mañana, ¡buena hora para levantarse! Se dijo a sí misma. Después de una buena ducha y vestida como para salir a la calle, – 27 –


se asomó al pasillo de la casa para ver si se escuchaba algún ruido… y sintió que la señora Julia estaba pasando el aspirador en el cuarto de al lado. Esperó a que asomara para darle los buenos días. Ambas se saludaron y Andrea detrás de la señora entró en la cocina de la casa, lugar donde se compartían las comidas. Había una mesa grande con un mantel de tela plástica muy colorido que invitaba a sentarse y al hacerlo vio que un desayuno estaba servido en la cabecera de la misma. Julia le indicó que aquel era su lugar y podía degustar lo que deseara. Había jugo de papaya, arepa, caldo, un perico (revuelto de huevo con un poco de tomate crudo, cebolla, y perejil), chocolate, mantequilla y unos bollitos de pan. ¡Qué rico! Exclamó Andrea, me gusta todo. La arepa hecha sopas en el caldo era un manjar, el perico riquísimo y no digamos el chocolate con pan y mantequilla. Con aquel desayuno de lujo en el cuerpo salió a la calle y se dirigió a correos. Necesitaba ver a Julen. Allí estaba, en el mostrador, atendiendo amablemente a los clientes. Le saludó con un abrazo de buenos días advirtiendo mejor su juventud y alegría después de haber disfrutado un buen descanso. Sobre el mostrador, en una esquina, reposaban un montón de revistas, que parecían estar a la venta. Tenían aspecto de dibujos animados, pero las compraban pequeños, medianos y grandes. Se acercó Andrea y leyó “Condorito”. Cuando gane mi dinero lo compraré, pensó. Debe de ser típico humor colombiano. Estando en esas entró la señora Julia con su hija Fabiola y sin más compró una de ellas y le comentó al oído ¡me encanta el humor chileno! Entonces supo cuál era su denominación de origen. Después que madre e hija salieron a la calle, se dirigió amablemente a Julen para preguntarle algo. – Desearía trabajar en alguna cosa –le dijo. ¿Qué me aconsejas? – Yo soy maestro y trabajo en alfabetización de adultos a partir de la seis de la tarde, después de cerrar esta oficina. Puedes ayudarme si lo deseas. ¿Qué estudios tienes? – ¿Qué estudios tienes? – Hablo siete idiomas. Es todo lo que sé. – ¡Te parecerá poco!, le dijo él. Aquí solo trabajamos con uno. El castellano. – 28 –


– ¿Tienes algún método para que me vaya haciendo a la idea? – Necesitarás más bien escuchar una historia que ocurrió en el trópico donde un grupo de maestras y maestros se la jugaron a favor de los mal llamados analfabetos. – Creo recordar que esa historia me la contó mi madre, porque ella hablaba de que había conocido a un muy utópico profesor que hablaba de un “saber hacer” que le llamaba pedagogía y al hacerlo contaba algo de lo que tú me estás contando. – ¿Dónde lo conoció? – No sé, pero las personas que acudían para leer el tarot, encontraban en ella un no sé qué terapéutico que les recordaba al tal mentado profesor. Sabía leer y sabía decir lo que leía, en una palabra, sabía hacerlo de manera inusual, no trataba de adivinar. – Completaremos esa historia, podemos conversar a la hora del almuerzo, para que puedas acudir, si lo crees conveniente, a las clases de esta noche. Es un programa oficial y se ganan 100.000 pagos al mes, la tramitación burocrática no es complicada y tengo la certeza de que te van a conceder tu clase, le dijo Julen con firmeza. Durante el almuerzo en casa de la señora Julia hablaron y hablaron de las posibilidades de este trabajo. Andrea, parecía convencida pero quería, antes de dar el sí definitivo, asistir a clase al anochecer. Julen no habla de ningún libro a seguir ¡qué extraño! Se decía… Bueno, yo tampoco seguí ningún método concreto relacionado con los siete idiomas. La verdad es que ni recuerdo cómo los aprendí, sólo sé que guardo muy gratos recuerdos de las personas que los hablaban y que yo fui conociéndolas en mi infancia y adolescencia como si fueran parte de la familia. Ese debe de ser el método: “sentirse en confianza hablando como en casa”. Campo, se llamaba el lugar de la alfabetización, y allí era la cita. Personas como don Carolo regentaban aquel espacio cultural. Simpático, amable y con aire de saber mandar se paseaba en su caballo a la entrada del edificio mientras personas ya de una cierta edad esperaban con un lápiz y un cuaderno. La mayoría eran mujeres. Cuando llegó Julen, don Carolo se apeó del caballo, le dio la mano cortésmente y luego abrió la puerta del – 29 –


recinto que pertenecía a la alcaldía, marchándose de la misma al galope. Andrea se acercó entonces al lugar y entró en la clase. Saludó en general, con un buenas tardes, y se acomodó en el final del aula. No fue consciente de cuando empezó lo académico, la gramática, la declinación de los verbos, el dictado, el adjetivo, el adverbio, toda la importancia estaba en un nombre: casa. Todas y todos jugaban con las sílabas de esta palabra alternando las cinco vocales hasta que alguien escribió una pequeñísima frase. Los comentarios no estaban prohibidos, todo lo contrario. La palabra casa surgía y sugería infinidad de cuestiones que eran valoradas y analizadas hasta que una señora campesina levantó la voz con energía y dijo: “Todos deberíamos tener casa”. El silencio fue de una elocuencia gigantesca. Llenaron el tablero con esta palabra de forma espontánea mientras demostraban que sabían escribirla, decirla y pronunciarla. Hablaban como se habla en la confianza de casa. ¡Genial! Este es el quehacer que debo practicar, le dijo Andrea a Julen cuando se acercó a ella para saber qué le había parecido. Nunca he vivido así un idioma, le dijo, aprendí desde la dedicación y el afecto, pero esto va más allá porque crea conciencia y responsabilidad social. Puedes contar conmigo, aprenderé en el propio trance del aula a elaborar junto con ellos y ellas la libreta. Hablaremos de nuestras cosas y escribiremos bonito sobre ellas. En esta clase no hay analfabetos, son personas carentes de simbologías gráficas para expresar su sabiduría. ¡Dibujaremos!, ¡interpretaremos!, ¡nos transformaremos! Antes de salir del aula les deseó buenas noches a todas y todos, mañana, si me reciben les dijo, traeré lápiz y cuaderno, ¡será un placer! le respondieron. Don Carolo quedó en tramitar el nombramiento que según decía no tenía mayores complicaciones que las necesarias, para ello Andrea debería acudir a la alcaldía con toda la documentación más dos fotos de carné. Ella estaba decidida a aprender. Julen sabía escuchar, transmitir e interpretar. Destapar la propia realidad y darle un nombre, hacía de la clase un acto de conocimiento explícito, dibujado en los cuadernos personales desde el alfabeto personal. Sólo había una dificultad, los programas oficiales, los textos que el ministerio mandaba se apilaban en el armario y – 30 –


Andrea