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Las aventuras de Alan Braw III

El guardián de los príncipes Daniel Igual Merlo


1ยบ Parte La escolta de la Princesa


1. Reclutamientos en Ciudad de Monarcas

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l joven sargento, estaba esperando en la plaza de la ciudad. Estaba muy tranquilo esperando a que regresaran tres de sus hombres. En ese momento llegaron tres hombres uniformados acompañados por dos jóvenes vestidos de ciudadanos humildes. Uno de los soldados era un joven de pelo rubio y lacio, con un bigote del mismo tono. Era alto y de ojos verdes. –Sargento, estos dos muchachos viven en esa casa, tienen diecisiete y diecinueve años.–le informó el jefe de grupo. –Gracias Murhem.–respondió el sargento, un joven de pelo negro, algo más corto que lo llevara tiempo atrás, espeso. Era alto, aunque no tanto como Murhem, tenía los ojos grises y en su rostro se veía reflejando la juventud mezclada con la madurez y la experiencia que ya tenía en cinco años como miembro de la Guardia Real de Ciudad de Monarcas. Era el sargento Alan Braw.–El de diecisiete puede irse. Un jefe de grupo, también rubio y de ojos marrones, nariz aguileña y piel pálida, llegó desde el otro lado de la plaza, junto con otros dos soldados y un joven que traían con las manos atadas a la espalda. –¿Qué ha sucedido, Norbert?–preguntó Alan. –Este chico ha intentado huir cuando hemos llegado a su casa.– respondió Norbert. El jefe de grupo era el mejor amigo de Alan. El sargento asintió. Era lo malo de los reclutamientos y levas forzosas. Aquello provocaba que muchos jóvenes trataran de huir por no querer ser obligados a ir a la guerra. En aquellos días de invierno después del nuevo año, la guerra estaba en su momento de mayor apogeo. Asuma había invadido el Sur de Fuente Sagrada, pero las fuerzas de Canoma habían avanzado por el Norte de Asuma. La guerra se estaba cobrando muchas vidas k7l


y la Guardia Real tenía como misión reclutar hombres en la capital de Vanrrak. Las órdenes eran claras: todos los hombres de Ciudad de Monarcas entre dieciocho y treinta años tenían que ser reclutados y enviados al frente. Esa tarea disgustaba a Alan porque él era partidario de que los hombres que integraban un ejército tenían que alistarse por voluntad propia. Al hacerlo de manera forzosa, el ejército se llenaba de gente que estaba a disgusto y que no cooperaba de la manera precisa. Además también se llenaba de gente indeseable: ladrones, vagos, criminales…Pero él tenía que cumplir con las órdenes y en aquellas condiciones, no tenía más remedio que reclutar gente para la guerra. Los dos hombres, fueron conducidos a un carruaje con más jóvenes reclutados en su interior. Un hombre muy joven y moreno, estaba encargado de las riendas de los caballos que tiraban del carruaje. Era otro jefe de grupo. –Bueno Doyle, por hoy ya está bien.–comentó Alan mientras que se subía junto a su compañero adelante y el resto de hombres atrás.– Podemos volver al palacio. El carruaje se puso en marcha. Hacía mucho frío aquel día y Alan se acurrucó en su capa y se sumergió en sus pensamientos. Llevaban pocos días con aquel nuevo año ya comenzado. Eran los momentos más duros del invierno, pese a que este no había traído nieves como otros años. Alan llevaba ya casi seis meses como sargento. Realmente desde entonces su vida no había sido demasiado entretenida. Desde que había llegado a la sección del teniente Ornus, Alan se había dedicado a realizar ejercicios de instrucción y de realizar las guardias y patrullas permanentes. Continuaba con sus entrenamientos respecto al príncipe Lombar. Los días en que realizaba misiones emocionantes y excitantes parecían haber quedado atrás. Su pelotón, se estaba conformando. Tenía el grupo de Norbert totalmente completado con este como jefe de grupo, Murhem y cuatro hombres más. Desgraciadamente, Doyle no tenía ni un solo miembro y necesitaba cinco soldados para tener todo su pelotón al completo. k8l


En cuanto a su vida privada, las cosas no podían irle mejor. Hacía cuatro meses que se había casado con Laissa y ya ambos vivían sus primeros momentos de matrimonio en la casa que él había comprado. El enlace había sido una ceremonia sencilla a la que habían asistidos sus compañeros, su padre, su madrastra y sus hermanos desde Sonek. Alan temió que Sansey apareciera en la ceremonia y que tuviera un tenso reencuentro con su padre, pero esto no pasó, afortunadamente. La familia de Laissa que asistió fueron sus hermanas y su padre, el capitán Morris. Alan y Laissa llevaban una vida feliz. Y más feliz se encontraba Alan cuando Laissa llevaba ya dos meses, esperando un hijo. El joven sargento acudía tres o cuatro veces por semana a su casa con su esposa a excepción de las noches que tenía que realizar tareas de guardia o de patrulla. Llegaron a palacio y distribuyeron a los jóvenes del carro. Aquellos hombres no irían a ningún puesto de la guardia sino a lugares del frente. La Guardia Real, todavía tenía unos requisitos para pertenecer a ella, aunque bien era verdad que debido a la guerra, se había aumentado el número de integrantes. Eran unos tiempos donde además, la princesa Jaiba ya vivía en la Corte tras casarse con el príncipe Evans. El teniente Ornus estaba esperándole en el patio de armas de palacio. –Teniente, aquí los tiene.–le informó Alan tras el saludo reglamentario.–veintitrés hombres. –Gracias Braw.–asintió el teniente.–Yo tengo noticias para ti. Mañana llegarán dos hombres a tu pelotón. Podrás seguir adiestrando a tu pelotón con más efectivos. Tal vez haya suerte y antes de la primavera tengas a tus doce hombres. –Vaya, eso sí que son buenas noticias, teniente.–asintió complacido Alan.–Mañana Doyle y Norbert se encargarán de recibirlos. Yo tengo que asistir con el príncipe Lombar a una cacería. Pero antes de marcharme por la tarde tendré tiempo de conocerlos. k9l


–Perfecto, sargento. Estaba ya anocheciendo cuando salió de palacio después de las tareas. Tenía que ir a recoger a Laissa a su antigua casa donde había ido de visita para ver a sus hermanas. En la casa del capitán, había estado su hermano Rand. Ahora, este estaba alojado en su casa donde se entrenaba diariamente, junto a él en ocasiones. Tenía catorce años recién cumplidos y dentro de dos, podría ingresar en la Guardia Real, que era su objetivo. Alan no se imaginaba en aquellos días, que estarían en la Corte sus otros dos hermanos y también dos de sus hijos. Pero para eso faltaba aún mucho. Andando por las calles de Ciudad Monarcas, se acordó de su hermano Enjel. Llevaba sin verle casi seis meses. Sentía algo extraño por no tener noticias de él, pero no quería admitir que lo echaba de menos. Enjel era un espía de la Corte. Lo había ayudado varias veces en sus misiones con el rey, para encontrar al asesino Janlarón y para defender a la princesa Jaiba en Ciudad Marina. Era una persona tan insoportable como su propia madre, pero ya se había acostumbrado a él. Llegó a la casa del capitán Morris y allí salió Laissa a recibirlo para ir paseando los dos hasta su casa. A Laissa se la notaba algo rellena, aunque no mucho al estar solo de dos meses de embarazo. –¿Has tenido un buen día?–preguntó su esposa. –Lo de los últimos días.–respondió Alan encogiéndose de hombres y restándole importancia. –¿Es cierto que el rey Cedric está enfermo?–preguntó Laissa. Alan palideció y la miró mientras que caminaban por un callejón hacia la plaza donde estaba su casa. –¿Dónde has escuchado eso?–preguntó en tono serio. –Hoy mientras que íbamos al mercado Melly y yo. Lo comentaban unas mujeres mayores mientras esperábamos el turno. k 10 l


Melly era la joven sirvienta. ¡Malditas viejas chismosas! Seguro que eran las esposas de veteranos oficiales que sacaban todo de quicio. –Es un simple catarro de invierno.–respondió el joven. –Nada serio. Lo cierto era que al joven le preocupaban aquellos rumores. Él era el instructor del príncipe Lombar y sabía a ciencia cierta que el rey llevaba tres días en cama sin salir de sus aposentos. Aunque no fuera grave, el rey se hacía mayor y era cuestión de tiempo de que el príncipe Evans fuera llevado a Fuente Sagrada para su paso espiritual que hacían los herederos al trono antes de ser coronados reyes. Se escuchaban rumores de que esto sucedería pronto. Al llegar a la casa, Alan encontró a su hermano en la pequeña cuadra que tenían en la parte trasera con dos caballos. Estaba dándoles de comer. Al principio, el joven sargento no había querido tener que ocuparse de su hermano Rand, pero con el tiempo, se había acostumbrado a él. Ayudaba en la casa y esta era lo suficientemente espaciosa para que estuviera allí hasta su ingreso en la guardia Real. –¿Cómo van los reclutamientos?–le preguntó este mientras que ambos estaban sentados en el comedor esperando para la cena. Alan asintió con la cabeza pensativo y respondió: –Bien, Estamos reuniendo muchas fuerzas para el ejército. –Resulta irónico.–comentó Rand.–Yo tengo que esperar más de dos años y algunos de esos muchachos los llevan obligados a luchar cuando ni siquiera se habían planteado ir jamás a la guerra. Si pudieran reclutarme a mí, no dudaría ni un momento. –Resérvate para la guardia.–aclaró Alan.–Los planes para ti son que ingreses en la Guardia Real, no en cualquier orden del ejército de Vanrrak para que vayas a la guerra a morder el polvo. Ten paciencia. k 11 l


Alan comprendía a su hermano. De hecho él deseaba lo mismo. Desde que había ascendido y se había casado, su vida era pura rutina y monótona. Quería algún encargo importante como los de antaño. Pero hasta el momento, sólo podía aspirar a sacar de sus casas a los muchachos de la ciudad para reclutarlos y obligarles a alistarse y de tratar de formar de una vez a su pelotón. Necesitaba cinco hombres para que estar al completo y poder trabajar de una vez en algo diferente.

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2. La rutina de la Corte

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l sonido del disparo fue ensordecedor y retumbó en todo el bosque. La bala salió del mosquete y fue a alojarse al costado del ciervo que cayó abatido entre unas matas. Unos criados fueron corriendo para recoger la pieza. –Buen tiro, alteza.–comentó Alan al príncipe Lombar, que estaba allí empuñando su mosquete. Lombar le sonrió, aquel joven adolescente había crecido para bien. Ya no estaba pálido ni delgado. Ahora era un príncipe bien instruido que algún día sería gobernador de alguna región u ocuparía un cargo en la Corte junto a su hermano y futuro rey, el príncipe Evans. Cuando Alan llegó a la guardia, le dijeron que Lombar era un príncipe enfermizo y débil del que no se podía esperar nada excepto una reclusión de por vida en cama y en sus aposentos hasta que expirase. Desde que se le presentó la oportunidad de entrenarle a petición del propio príncipe, Alan le había enseñado instrucción militar. –He mejorado mucho, Alan.–comentó el príncipe mientras que los dos regresaban a sus caballos y sentaban a horcajadas sobre ellos.–Es curioso, cuando era pequeño apenas se veía o se escuchaba hablar de las armas de fuego. Las tropas de la guardia iban con arcos y ballestas. Ahora en cambio, ningún soldado va con arco y muy pocos llevan ballesta. –Es cierto, los miembros de mi pelotón ahora practican más con mosquetes y carabinas que con ballestas.–dijo Alan.–Por supuesto que la esgrima sigue siendo necesaria para pelear. Pero en lo que se refiere a armas a distancia, las de fuego son las que ya empiezan a predominar. ¿Cómo se encuentra vuestro padre, alteza? –Hoy mejor.–respondió Lombar con optimismo.–Descuida, Alan. Pese a los rumores, mi padre está bien y aún le queda mucho camino por recorrer. k 13 l


Los dos regresaron a palacio a través del puente que enlazaba el bosque con el palacio y en el patio de armas se separaron. Al llegar donde estaba su pelotón, había dos jóvenes nuevos. –¿Vuestros nombres?–preguntó Alan a ambos. –Badquis.–respondió uno, muy joven, de dieciséis años y con voz tímida. No era muy alto y de piel morena. –Jakops.–dijo el otro, un poco más alto y rubio. –Bienvenidos, muchachos.–les dijo Alan. Alan aún no había encontrado un modo de tratar a sus hombres. A veteranos como Norbert, Doyle y Murhem, que además de sus compañeros, eran sus amigos, los trataba igual, pues ellos sabían responderle bien. Con los nuevos en cambio, no sabía cómo actuar, aunque hasta el momento, gracias a su honestidad y buen hacer, lo respetaban. Él había tenido dos sargentos: el primero fue Singlet, que se había mostrado como un sargento duro, muy duro y odiado por todos. Despreciaba a sus hombres, los humillaba y exigía continuamente. Tras su muerte, el otro sargento que había tenido era Crane. Un buen sargento y un buen amigo. Ahora este estaba en otra sección, aunque se seguían viendo ya que eran muy buenos amigos. –Bien, chicos.–continuó Alan.–Entráis a formar parte del grupo de Doyle. No tiene ningún integrante por lo que tendréis que aprender deprisa. Fijaros en los que más saben y trabajar bien. Si respondéis, velaré por vosotros. Si no respondéis más, os arrepentiréis de haber ingresado en mi pelotón. Pese a estar en tiempos de guerra nuestro pelotón…bueno, nuestra sección, vive unos tiempos tranquilos donde solamente nos importa entrenarnos y cumplir con nuestro deber. En los últimos meses hay poco espionaje en la ciudad, así que poco se puede esperar por el momento. Esa noche, Alan tenía guardia en palacio. Norbert y Doyle, estaban con él en el puesto de mando de la muralla Oeste, desde la cual se contemplaba la ciudad. Norbert y Doyle estaban con él mientras que los soldados patrullaban desde el adarve de la muralla o vigilaban apostados en las mismas. La noche era muy fría, pero apenas k 14 l


había comenzado. A esas horas, la familia Real y la gente de palacio estarían cenando. Una doncella, abrigada con un manto, subió por las almenas escoltada por dos guardias reales del interior. Al acercarse, Alan la reconoció; era Kiaba, su hermana. –Está doncella desea veros, sargento.–le comunicó Mancio, un soldado de su pelotón de pelo muy corto y castaño, con la nariz fina y alargada. –¿Qué sucede, Kiaba?–la preguntó directamente Alan. –Sansey desea verte.–respondió la joven. Alan asintió resignado sintiendo gran lástima por su hermana. Siempre le tocaba hacer de recadera de la arisca y mustia de su madre. –Ahora vengo.–le dijo a sus dos compañeros. Alan siguió a su hermana por el adarve de la muralla hasta entrar en el interior de palacio. Muy poca gente sabía que Kiaba, Sansey, Enjel y él, eran familia, aunque fueran tan peculiares que no parecieran tal. –¿Cómo está Laissa?–le preguntó Kiaba a Alan. –Bien, muy bien.–respondió Alan mientras que avanzaban por los corredores.–El embarazo va muy, hasta el momento. Los dos llegaron a los aposentos de Sansey. Al entrar, esta estaba sentada en su sillón. Lo miró con esa mirada suya de desdén. Pese a su madura edad, continuaba siendo una mujer muy bella. Cabellos castaños y piel blanquecina. Sus ojos verdes siempre habían intimidado a Alan. –Mi señora.–comentó Alan haciendo una reverencia.– ¿Qué deseáis? –Te he mandado llamar porque quiero saber si tú sabes algo de Enjel.–dijo su madre sin moverse de su asiento. k 15 l


–¿Yo?–preguntó incrédulo el joven.–Hace meses que no sé nada de él. Pensaba que me llamabais por otra cosa. ¿Cuánto hace que no le veis? –Dos meses.–respondió Sansey después de permanecer callada unos instantes.–Creí que tal vez se hubiera puesto en contacto contigo. –¿Adónde iba la última que le visteis? –A Dominios Prohibidos. –Bueno, si se ha entretenido, es lógico que no haya aún noticias.– le restó importancia Alan.–Es muy largo el camino hasta Dominios Prohibidos entre ir y venir. ¿A qué se debe su viaje allí? Kiaba y Sansey se miraron unos instantes y la dama se decidió a responder:

–Hace unos tres meses llegaron rumores de que al Oeste en los Dominios Prohibidos, se estaban produciendo profanaciones de tumbas. Después se escucharon que personas desaparecían y lo último es que los aldeanos huyen del Oeste hacia el Este. –¿Se sabe por qué es? –Se tienen sospechas.–asintió Sansey. –¿Y cuáles son? –Que han sido los muertos vivientes. Alan palideció y se quedó petrificado al oír aquello. Llevaba seis años en la Guardia y en esos años, había escuchado un montón de historias acerca de las hordas de no muertos de los Dominios Prohibidos, sobre todo a través de Ukop, un viejo criado de palacio que estaba obsesionado con el asunto. Éste y otros, pensaban que los muertos tenían que regresar tarde o temprano y el que pensara lo contrario, rechazaba la realidad y era un ignorante. Alan no estaba en un lado ni en otro. Era un asunto que hasta el momento no le había preocupado ni tampoco había tenido tiempo de pensar k 16 l


en él. Pero si Enjel había tenido que ir allí, la situación conllevaba gravedad. –No puedo ayudaros. Yo no sabía nada de todo esto.–confesó al final.–Pero si os enteráis de algo o necesitáis algo, decírmelo. –Bien. Gracias.–dijo Sansey y añadió.–Espero que tu esposa evolucione bien en su estado. Supongo que querrás que sea niño. –Me da igual, mientras que el bebé nazca sano.–respondió Alan.– Mi señora, ¿qué te hace pensar que quiero que sea niño? –Porque así podrás manipularlo para que ingrese en la Guardia cuando sea mayor como tu padre hizo contigo. Alan no respondió. Aquello no le sorprendía. Era muy habitual en su madre el soltar alguna provocación. Durante los siguientes días, Alan entrenó con sus hombres y curiosamente, recibió a los tres hombres que le faltaban. En poco tiempo había juntado al grupo entero de Doyle y le sorprendió que tardara tan poco en tener a todo su pelotón. El invierno se fue alejando y el tiempo primaveral fue llegando. Laissa ya llevaba casi cuatro meses de embarazo. Faltaban tan sólo veinte días para los festejos del rey por su cumpleaños. El rey Cedric ya estaba mucho mejor para este evento siempre tan esperado en Ciudad de Monarcas. Alan fue llamado esa misma mañana por el capitán Morris a su despacho. Cuando este llegó, aguardó las instrucciones de su capitán. Este llevaba teniéndole como subordinado durante seis años. Era además, el padre de Laissa. Alan le tenía tanto aprecio como a su padre. De hecho los dos habían sido amigos en el pasado. Alan no sabía que sería de él el día que no lo tuviera como capitán. –Alan, te he mandado llamar porque llevas ya dos semanas con el pelotón al completo y ha sucedido un pequeño problema en Amsalana.–le explicó el capitán.–Han intentado atentar contra la vida de la princesa Mara. –¿Qué? ¿Cómo es posible eso? k 17 l


–No lo sabemos. Afortunadamente está bien. Pero el rey quiere que vayamos a buscarla y que sea traída a Ciudad de Monarcas para que esté para los festejos del rey. Iba a venir igualmente, pero este suceso ha obligado al rey a adelantar su llegada. –¿Qué se supone qué debo hacer yo exactamente? –La princesa Mara es muy caprichosa y déspota.–comentó Morris.– No quiere abandonar Amsalana y no cooperará. Tardarás cuatro días entre ir venir. Irás con tu pelotón y la escoltarás. Ten previsto que intentarán cortaros el paso. Los espías de Asuma han reaparecido. Antes desconocían que el paradero de la princesa fuera Amsalana, pero ahora que lo saben, intentarán impedir que llegue a Ciudad de Monarcas. Bien sea secuestrándola o matándola. –¿Cuando parto?–preguntó Alan. –Pasado mañana.–respondió el capitán.–Avisa a tu pelotón. Iréis todos. Hasta los muchachos más novatos. Esto les servirá para coger cierta experiencia. Aparte de eso me gustaría que esta noche cenarais en casa Laissa y tú para tratar otro asunto. –Sin problemas, capitán. Tras la conversación, el joven sargento volvió al patio de armas y repartió las tareas entre sus hombres: había que preparar los caballos, las armas, el material, los alimentos…el camino hasta Amsalana implicaba pasar una noche fuera y llegar el segundo día. Alan nunca había estado en Amsalana, pero sabía de siempre que era la región más pequeña de Vanrrak que servía como gran residencia de campo a la familia real y donde estaba toda la familia del rey y la reina. La princesa Mara llevaba en Amsalana más de seis años ya que Alan no la había visto nunca, era la cuarta hija del rey por delante de los príncipes Lombar y Galio. La princesa Mara estaba bajo la tutela de la hermana de la reina. Tras preparar todo para la marcha, Alan se fue a casa mientras que dio la tarde libre a sus hombres para que fueran a la ciudad. El joven le contó a su esposa la misión que se le había encomendado a él con su pelotón. Laissa asintió resignada. A estas alturas estaba k 18 l


más que acostumbrada, pues conocía a Alan desde su entrada en la guardia. La cena en casa del capitán fue muy temprano y asistieron las dos hermanas de Laissa y Rand, el hermano de Alan. –Creo recordar que quería hablarme de un asunto, capitán.–comentó Alan, sentado en la mesa frente a Morris. –Cierto.–asintió el capitán mientras se limpiaba con una servilleta.– Verás Alan. En algunas familias es tradición hacer una peregrinación a Fuente Sagrada. Laissa ha estado hablando conmigo. Es tradición que una esposa que está esperando a su primer hijo vaya a tenerlo al templo de Fuente Sagrada. Es un rito que sirve para que el primogénito tenga un buen augurio en el futuro. Alan miró impasible a su esposa y a su capitán. –Yo no creo en esas supersticiones.–replicó tranquilamente. –Tampoco yo.–admitió Morris.–Pero mi esposa hizo este viaje antes de que naciera Laissa y ella quiere repetirlo ahora que va a ser madre. Alan contempló a su esposa y asintió comprensivo. –Te llevaré cuando vuelva de Amsalana.–dijo. –De hecho, me gustaría irme a la vez que tú.–le pidió la joven. –¿Qué? ¡Faltan aún más de cinco meses para que tengas el bebé!– replicó el joven sargento. –Precisamente por eso.–atajó su esposa.–Cuanto más tarde en ir más peligroso será el viaje debido a mi estado. Es mejor ir ahora. –¿Y vas a estar cinco meses en el templo?–preguntó Hiselda, su hermana menor.– ¿Tú sola? –Vendrá conmigo mi doncella. Alan y Rand se apañarán solos durante ese tiempo.–dijo Laissa. –No dejaré que hagas el viaje tu sola. –Ya me he encargado de eso, Alan.–se anticipó el capitán.–Un grupo de cuatro hombres que van a ser trasladados a la guardia del templo la escoltarán. k 19 l


Alan asintió con resignación y añadió: –Veo que lo tenéis todo previsto. Unas horas después, los dos se encontraban en su dormitorio. Alan estaba muy serio y se tumbó en la cama hecho una bola para dormir. –Te ha molestado, ¿verdad?–le preguntó Laissa acercándose a él, apoyada en su espalda.–El que quiera ir a Fuente Sagrada. –No, eso no.–contestó Alan volteando la cabeza.–Pero me hubiese gustado que me lo dijeras a mí antes de organizarlo todo. –Alan, entiende mi postura. Quiero hacer este viaje. Tú siempre te marchas a realizar misiones y trabajos como soldado. Tengo yo derecho a hacer esto. ¿No? –Sí. Tienes razón. Pero te repito que no me ha gustado que no se me consultara primero. Me conoces bien, sabes que no me hubiera negado. Lo que más me disgusta, es que el niño nacerá sin que yo lo vea. –Esa parte no te la ha contado mi padre. Te enviará al templo en cuanto nazca para que nos traigas de regreso.–Alan se quedó callado y guardó silencio suspirando.–Alan, pasado mañana nos separaremos durante cinco meses. No lo hagamos estando enfadados. Alan sopesó las palabras de su esposa. La acarició la mejilla y la besó en los labios tiernamente.

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3. La princesa Mara

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a última tarde que tenía antes de partir, hacía mucho viento. Alan dejó su casa con Laissa y su doncella empacando las últimas cosas y fue a la taberna de Ulrrich, una taberna que frecuentaban mucho él y sus compañeros. Al entrar, vio que el lugar estaba muy concurrido de gente, sobre todo de miembros de la guardia. En la barra, distinguió al sargento Avarok charlando con sus hombres. Avarok había sido compañero suyo hasta hacía muy poco. Primero habían estado juntos en el mismo grupo y después habían formado un grupo cada uno en el pelotón de Crane, otro gran amigo de Alan. Tras el ascenso de Alan, Avarok también ascendió a este mismo puesto y se fue a un pelotón de la tercera compañía. Alan se situó a la derecha de Avarok estando un par de hombres entre medias, sin que nadie notara su presencia. –Los barcos estaban ardiendo. Tuvimos que correr como jamás lo habíamos hecho para llegar al bote y salir de la isla.–les relataba Avarok a sus jóvenes soldados.–Habíamos hecho todo al pie de la letra, pero nos habían descubierto. Nuestro barco no podía ayudarnos porque estaba atacando los otros barcos fondeados de la isla. Alan sonrió en silencio mientras que recogía su jarra de cerveza. Avarok estaba relatando su incursión a la isla de Kolm durante su estancia en Ciudad Marina. Habían pasado apenas ocho meses de aquello y Alan le parecía una eternidad. –¡Deja de aburrir a tus muchachos con batallitas!–exclamó Alan riendo y cortando la conversación de su amigo. Este miró a la derecha, receloso y al reconocerle, lanzó una de sus poderosas carcajadas que se oían por encima de su espesa barba. k 21 l

Alan braw III  

El guardián de los príncipes