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o internacionalización. Sin embargo es un proyecto abortado, del cual se debería pensar que habría pasado si hubiese continuado. Me llama mucho la atención la libertad crítica de los cineastas del periodo, pienso en Ruiz, Helvio Soto o varios más que tenían una aproximación bastante desprejuiciada, y definitivamente estaban más interesados en la vanguardia estética que en el panfleto. Esa idea de una administración del campo cinematográfico centralizada es lejano a la realidad, ya que había mucha producción independiente, de bajo presupuesto, y realizada muchas veces con el único fin de hacer obras populares, denunciar, describir, documentar el proceso. También existe un cine de propaganda que, irregular o no, nos permite entender una lógica de autoría frente a la realidad que hoy día muchos miran con nostalgia, pese a contar con más recursos para proponer una reelaboración de algunos de esos preceptos. Está la percepción de que en el cine Chileno se repiten ciertos recursos constantemente: sexo, garabato, política. Refiriéndose como política a todo lo que pasó después de los ’70 y, especialmente, después del ’73. ¿Cuál es tu opinión acerca de eso? Yo creo que esa percepción la han instalado los medios dominantes, básicamente porque el mercado atrofió la mirada del público. Después del Golpe de Estado se produce un retroceso en la relación del cine y las audiencias, por mucho que los cine-arte hubiesen intentado romper con ese modelo homogéneo y mercantil. Existe así hoy una mirada reduccionista de lo correcto e incorrecto, donde nosotros mismos —expuestos con nuestro habla, nuestros sonidos, nuestras luces— somos lo incorrecto, mientras que el espectáculo de la violencia y los modelos culturales del “primer mundo” se transforman en lo correcto. Creo que aún existe un cierto predominio de esas tesis, a pesar de algunas tendencias mucho más globalizadas que intentan trabajar en los bordes del lenguaje o en historias cercanas a nuestra identidad. Imagino que aquellas percepciones de lo correcto y lo incorrecto proviene de algunos circuitos de crítica anquilosada en los medios masivos, dominantes y conservadores, cuya cultura cinematográfica es reducida e incluso aún hoy reivindican la cultura de las bellas artes. Personalmente pienso que el cine chileno —y por ende la sociedad chilena— cuentan con dos grandes tabú: el golpe de estado y las relaciones afectivas.Pienso en Luis Cornejo, el cineasta que escribía unos cuentos maravillosos de la forma más incorrecta que se pueda pensar (según la crítica en los años 50): con garabatos, sexo, violencia, en conventillos, retratando a obreros y pobladores. El modelo cultural que desarrolla la dictadura, hace que

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