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de Lector

No. 9 Marzo 2016

Santiago de Querétaro, Querétaro leer más allá escritores queretanos

vidas

miercolees

Verne, el narrador futurista

Gil Braltar

Entre la tierra y la luna

Fernando Pérez Valdez

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Julio Verne

L de Lector continúa su crecimiento en tiraje y puntos de distribución, encuéntralo en tu librería y cafetería más cercana (consulta www.par-tres.com). El autor seleccionado para este número es un narrador notoriamente conocido por sus novelas futuristas e inclusive predictivas, pues en sus obras apareció el Nautilius, el impensado submarino eléctrico del capitán Nemo; los viajes espaciales y naves impulsadas por la luz; el módulo lunar; el helicóptero Albatross e inclusive el internet. Publicó novelas de aventuras sumamente documentadas y visionarias, convirtiéndolo en uno de los escritores más importantes de la época en Francia y toda Europa. Con todo esto, muere el 24 de marzo de 1905 en Amiens, Francia por la diabetes. En el MiercoLees encontrarás el cuento de Gil Braltar, un texto prácticamente desconocido hasta ahora en idioma español, pues fue traducido en la conmemoración del centenario de su muerte. En Leer más allá, Luis Erick reflexiona sobre la imaginación del autor y lo que este genera en la nuestra, a través de los planteamientos de Verne que no sólo eran imposibles, sino impensables. En Escritores Queretanos, Fernando Pérez Valdez, escritor reconocido internacionalmente por las múltiples traducciones de su obra, nos regala un cuento titulado El valor de la escritura. En Recomendaciones, la Librería Nuevos Horizontes ofrece un descuento en el libro de Haruki Murajami El fin del munod y un despiadado país de las maravillas. Te esperan increíbles autores en los siguientes números de L de Lector. Nunca es tarde para empezar tu colección. PRT


Marzo 2016 Santiago de Querétaro, Querétaro Dirección editorial Patricio Rebollar

Vidas VERNE, EL NARRADOR FUTURISTA Héctor Alejo Rodríguez

Asistencia editorial Aline Trejo García

MiercoLees gil braltar Julio Verne

Leer más allá entre la tierra y la luna Luis Erick Anaya Suirob

Circulación y promoción Librerías Nuevos Horizontes, Amadeus, Punta del Cielo, La Charamusca, elaboratorio. Relaciones Públicas Diana Pesquera

Escritores Queretanos EL VALOR DE LA ESCRITURA Fernando Pérez Valdéz

Colaboradores Patricio Rebollar, Fernando Pérez Valdez, Héctor Alejo Rodríguez, Diana Pesquera, Aline Trejo García, Marcela Shelley, Librería Nuevos Horizontes, Luis Erick Anaya Suirob. suscríbete para obtener la versión digital

blogpartres@gmail.com

L de Lector. Marzo 2016, año I, No. 9. Publicación mensual editada por Par Tres Editores, S.A. de C.V., Fray José de la Coruña 243, colonia Quintas del Marqués, 76047, Santiago de Querétaro, Querétaro. Sitio web: www. par-tres.com, blogpartres@gmail.com. Editor Responsable: Patricio Rebollar. ISSN: en trámite por el Instituto Nacional de Derechos de Autor. Impreso por Hear Industria Gráfica, ubicado en Calle 1, No. 101, Zona Industrial Benito Juárez, 76120, Santiago de Querétaro, Querétaro, este número se terminó de imprimir el 29 de febrero de 2016 con un tiraje de 1000 ejemplares.

Se permite la reproducción parcial de esta obra en lo concerniente al texto del Autor del Mes en virtud de encontrarse libre de Derechos de Autor, en cuanto a las demás secciones de la publicación, se prohíbe su reproducción parcial o total, por cualquier medio, sin la anuencia por escrito de los titulares de los derechos correspondientes.


vidas Verne, el narrador futurista Jules Gabriel Verne Allotte nació el 8 de Febrero de 1828 en la isla Feydeau, cercana a la ciudad portuaria de Nantes, Francia, destino marítimo que influyó pensamientos de viajes y aventuras en su imaginación infantil. Realiza sus primeras enseñanzas en el colegio Saint-Stanislas, donde aprende a hacer sus primeras traducciones de griego y latín. Efectúa el bachillerato en el seminario Petit. Posteriormente, cursa estudios en el Liceo Real de Nantes, y por mandato de su padre, prominente abogado, parte a París a estudiar leyes en 1848. Se encuentra admirado en una ciudad de movimiento y participa de su agitación, asiste a los teatros, cafés, lee ávidamente y se inmiscuye en las revueltas políticas y callejeras. Ante el abandono de las clases, su padre lo hace regresar a Nantes y lo compromete en las finanzas. Sin embargo, vuelve a París. Alterna sus estudios con los inicios de una incipiente escritura para teatro. En 1850, compone, impulsado y dirigido por su amigo Alexandre Dumas, una comedia en verso titulada Les Pailles Rompues. Obtiene su grado en leyes y combina su interés en las operaciones bursátiles con su gusto por escribir teatro, con éxito relativo. Estrena en 1853, la opereta Le Colin Maillard, escrita en colaboración con Michel Carré y la cual dura 40 días en escena. Publica en Le Musée des Familles, varios artículos y narraciones breves. Se casa con Honorine de Viane en 1857, y ese mismo año, es publicado su primer libro Le Salon 1857. Termina en 1862, su primera novela de aventuras, Cinco Semanas en Globo que aparece por entregas en la revista Magazine d’Éducation et de Récréation del editor Jules Hetzel.

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Por Héctor Alejo Rodríguez

Aunque logró pocas ventas fue muy aclamado, lo que motiva a Verne a seguir escribiendo bajo este género de lineamientos científicos, en complicidad con el entusiasmo de Hetzel. Las Aventuras del Capitán Hatteras y Viaje al centro de la Tierra son publicadas en 1864. Al año siguiente, Verne regresa con dos novelas más, De la Tierra a la Luna y Los hijos del Capitán Grant. Adquiere una embarcación que cumple sus propósitos de viajes y aventuras, y navega por las Islas Británicas y el Mediterráneo. Publica entre 1869 y 1870 Veinte mil leguas de viaje submarino, Alrededor de la Luna y Una ciudad flotante. Dado este momento, Verne consigue vivir confortablemente de su escritura, y su reputación alcanza dimensiones globales. La década de los setentas es prolífera en su carrera literaria. Escribe Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África austral (1872), La vuelta al mundo en 80 días (1873), La isla misteriosa (1874), El Chancellor (1875), Miguel Strogoff (1876) y Dick Sand: Un Capitán de Quince Años (1878). Las adaptaciones dramáticas de La vuelta al mundo en 80 días y Miguel Strogoff, en colaboración con Adolphe d´Ennery, le aportan otro gran éxito. Se toma un tiempo para viajar y sus últimas publicaciones son 800 leguas en el Amazonas (1881), Robur el conquistador (1886) y El amo del mundo (1904), en los cuales muestra su abierto pesimismo ante los cambios políticos y de liderazgo ocurridos en su época. Aquejado por la diabetes, muere en su casa de Amiens, Francia, el 24 de marzo de 1905. Dejó varias novelas que fueron publicadas póstumamente, como El faro del fin del mundo y El volcán de oro.


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Gil Braltar I Había allí unos setecientos u ochocientos, cuanto menos. De talla promedio, pero robustos, ágiles, flexibles, hechos para los saltos prodigiosos, se movían iluminados por los últimos rayos del sol que se ponía al otro lado de las montañas ubicadas al oeste de la rada. Pronto, el rojizo disco desapareció y la oscuridad comenzó a invadir el centro de aquel valle encajado en las lejanas sierras de Sanorra, de Ronda y del desolado país del Cuervo. De pronto, toda la tropa se inmovilizó. Su jefe acababa de aparecer montado en la cresta misma de la montaña, como sobre el lomo de un flaco asno. Del puesto de soldados que se encontraban sobre la parte superior de la enorme piedra, ninguno fue capaz de ver lo que estaba sucediendo bajo los árboles. -¡Uiss, uiss! -silbó el jefe, cuyos labios, recogidos como un culo de pollo, dieron a ese silbido una extraordinaria intensidad. -¡Uiss, uiss! -repitió aquella extraña tropa, formando un conjunto completo. Un ser singular era sin duda alguna aquel jefe de estatura alta, vestido con una piel de mono con el pelo al exterior, su cabeza rodeada de una enmarañada y espesa caballera, la cara erizada por una corta barba, sus pies desnudos y duros por debajo como un casco de caballo. Levantó el brazo derecho y lo extendió hacia la parte inferior de la montaña. Todos repitieron de inmediato aquel gesto con precisión militar, mejor dicho, mecánica, como auténticos muñecos movidos por un mismo resorte. El jefe bajó su brazo y todos los demás bajaron sus brazos. Él se inclinó hacia el suelo. Ellos se inclinaron igualmente adoptando la misma actitud. Él empuñó un sólido bastón que comenzó a ondear. Ellos ondearon sus bastones y ejecutaron un molinete similar al suyo, aquel molinete que los esgrimistas llaman “la rosa cubierta”. Entonces, el jefe se dio la vuelta, se

Por Julio Verne

deslizó entre las hierbas y se arrastró bajo los árboles. La tropa lo siguió mientras se arrastraban al mismo tiempo. En menos de diez minutos fueron recorridos los senderos del monte, descarnados por las lluvias sin que el movimiento de una piedra hubiera puesto al descubierto la presencia de esta masa en marcha. Un cuarto de hora después, el jefe se detuvo. Todos se detuvieron como si se hubieran quedado congelados en el lugar. A doscientos metros más abajo se veía la ciudad, cobijada por la extensa y oscura rada. Numerosas luces centelleantes hacían visible un confuso grupo de muelles, de casas, de villas, de cuarteles. Más allá se distinguían los fanales de los barcos de guerra, los fuegos de los buques comerciales y de los pontones anclados en el muelle y que eran reflejados en la superficie de las tranquilas aguas. Más lejos, en la extremidad de la Punta de Europa, el faro proyectaba su haz luminoso sobre el estrecho. En ese momento se oyó un cañonazo: el first gun fire, lanzado desde una de las baterías rasantes. Luego se comenzaron a escuchar los redobles de los tambores acompañados de los agudos silbatos de los pífanos. Era la hora del toque de queda, la hora de recogerse en casa. Ningún extranjero tenía ya el derecho de caminar por la ciudad, a no ser que estuviera escoltado por algún oficial de la guarnición. Se le ordenaba a los miembros de las tripulaciones de los barcos que regresaran a bordo antes de que las puertas de la ciudad se cerraran. Con intervalos de quince minutos, circulaban por las calles algunas patrullas que llevaban a la estación a aquellos que se habían retrasado o a los borrachos. Entonces la ciudad se sumía en una profunda tranquilidad. El general Mac Kackmale podría dormir entonces a pierna suelta. Esa noche, no parecía que Inglaterra tuviera que temer que algo ocurriera en su Peñón de Gibraltar.


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Es conocido que este gran peñón, que tiene una altura de cuatrocientos veinticinco metros, reposa sobre una base de doscientos cuarenta y cinco metros de ancho, con cuatro mil trescientos de largo. Su forma se asemeja a un enorme león echado, su cabeza apunta hacia el lado español, y su cola se baña en el mar. Su rostro muestra los dientes -setecientos cañones apuntando a través de sus troneras-, los dientes de la anciana, como alguien dice. Una anciana que mordería duro si alguien la irritara. Inglaterra está sólidamente apostada en el lugar, tanto como en Perim, en Adén, en Malta, en Pulo-Pinang y en Hong Kong, otros tantos peñones que, algún día, con el progreso de la Mecánica, podrán ser convertidos en fortalezas giratorias. Mientras llega el momento, Gibraltar le asegura al Reino Unido una dominación indiscutible sobre los dieciocho kilómetros de este estrecho que la maza de Hércules abrió entre Abila y Calpe, en lo más profundo de las aguas mediterráneas. ¿Han renunciado los españoles a reconquistar este trozo de su península? Sí, sin duda, porque parece ser inatacable por tierra o mar. No obstante, existía uno que estaba obsesionado con la idea de reconquistar esta roca ofensiva y defensiva. Era el jefe de la tropa, un ser raro, que se puede decir que estaba loco. Este hombre se hacía llamar precisamente Gil Braltar, nombre que sin duda alguna lo predestinaba para hacer viable esta conquista patriótica. Su cerebro no había resistido y su lugar hubiera debido estar en un asilo de dementes. Se le conocía bien. Sin embargo, desde hacía diez años, no se sabía a ciencia cierta lo que había sido de él. ¿Quizás erraría a través del mundo? Realmente, no había abandonado en modo alguno su dominio patrimonial. Vivía como un troglodita, bajo los bosques, en cuevas, y más específicamente en el fondo de aquellos inaccesibles reductos de las grutas de San Miguel, que según se dice se comunican con el mar. Se le creía muerto. Vivía, sin embargo, pero a la manera de los hombres salvajes, privados de la razón humana, que solo obedecen a sus instintos animales.

El general Mac Kackmale dormía perfectamente a pierna suelta, sobre sus dos orejas, algo más largas de lo que manda el reglamento. Con sus desmesurados brazos, sus ojos redondos, hundidos bajo espesas cejas, su cara rodeada de una áspera barba, su fisonomía gesticulante, sus gestos de antropopiteco, el prognatismo extraordinario de su mandíbula, era de una fealdad notable, incluso para un general inglés. Un verdadero mono. Pero un excelente militar por otra parte, pese a su figura simiesca. ¡Sí! Dormía en su confortable morada de Main Street, una calle sinuosa que atraviesa la ciudad desde La Puerta del Mar hasta La Puerta de la Alameda. Quizás el general soñaba que Inglaterra se apoderaba de Egipto, de Turquía, de Holanda, de Afganistán, de Sudán o del país de los bóers, en una palabra, de todos los puntos del globo que se ajustaban a su conveniencia, justo en el momento en que corría el peligro de perder Gibraltar. La puerta del cuarto se abrió de repente. -¿Qué ocurre? -preguntó el general Mac Kackmale, incorporándose de un salto. -¡Mi general -le contestó un ayudante de campo que había entrado por la puerta como un torpedo-, la ciudad está siendo invadida!... -¿Los españoles? -¡Debe ser! -¡Se habrán atrevido!... El general no terminó la frase. Se levantó, arrojó a un lado el madrás que le ceñía la cabeza, se deslizó en sus pantalones, se zambulló en su traje, se dejó caer en sus botas, se caló su bicornio, se armó con su espada mientras decía: -¿Qué es ese ruido que estoy escuchando? -El ruido de las rocas que avanzan como un alud por toda la ciudad. -¿Son numerosos esos bribones?... -Deben serlo. -Sin duda todos los bandidos de la costa se han reunido para ejecutar este ataque: los contrabandistas de Ronda, los pescadores de San Roque y los refugiados que pululan en todas las poblaciones ... -Es de temer, mi general. -¿Y el gobernador?... ¿Ha sido prevenido? -¡No! ¡Es imposible ir a darle aviso a su quinta de la Punta de Europa! ¡Las puertas están ocupadas, las calles están llenas de


asaltantes!... -¿Y el cuartel de La puerta del Mar?... -¡No existe medio alguno para llegar hasta allí! ¡Los artilleros deben hallarse sitiados en su cuartel! -¿Con cuántos hombres cuenta usted?... -Unos veinte, mi general. Son los soldados del tercer regimiento, que pudieron escapar cuando todo comenzó. -¡Por San Dunstán! -exclamó Mac Kackmale-, ¡Gibraltar arrebatada a Inglaterra por estos vendedores de naranjas!... ¡No!... ¡Eso no ocurrirá! En ese momento, la puerta del cuarto dio paso a un extraño ser que saltó sobre los hombros del general. IV -¡Ríndase! -exclamó una ronca voz, que más tenía de rugido que de voz humana. Algunos hombres, que habían acudido detrás del ayudante de campo, iban a abalanzarse sobre aquel hombre que había acabado de penetrar en el cuarto del general, cuando a la claridad del cuarto los individuos reconocieron al recién llegado. -¡Gil Braltar! -exclamaron. Era él, en efecto, aquel hombre del cual no se hablaba desde mucho tiempo atrás, el salvaje de las grutas de San Miguel. -¡Ríndase! -volvió a gritar. -¡Jamás! -contestó el general Mac Kackmale. De repente, en el momento en que los soldados lo rodeaban, Gil Braltar emitió un silbido agudo y prolongado. Inmediatamente, el patio del edificio, luego el edificio todo, se llenó de una masa invasora. ¿Lo creerán ustedes? ¡Eran monos, monos por centenares! ¿Venían pues a recuperar de los ingleses este peñón del que son los verdaderos dueños, este monte que ocupaban mucho antes que los españoles, mucho antes que Cromwell hubiese soñado en su conquista para Gran Bretaña? ¡Sí, en verdad! ¡Y eran temibles por su número, estos monos sin colas, con los cuales no se vivía en paz, sino a condición de tolerar sus merodeos, estos seres inteligentes y atrevidos que las personas evitan molestar, pues sabían vengarse (lo habían hecho muchas veces) haciendo rodar enormes rocas sobre la ciudad. Y ahora, estos monos se habían convertido en los soldados de un loco, tan sal-

vaje como ellos, este Gil Braltar que ellos conocían, que vivía la vida independiente de ellos, de este Guillermo Tell cuadrumanizado, que ha concentrado toda su existencia a un solo pensamiento: expulsar a todos los extranjeros del territorio español. ¡Qué vergüenza para el Reino Unido, si aquella tentativa tuviera éxito! ¡Los ingleses, que habían derrotado a los indios, a los abisinios, a los tasmanios, a los australianos, a los hotentotes y a muchos otros, ahora serían vencidos por unos simples monos! ¡Si semejante desastre llegara a ocurrir, el general Mac Kackmale no tendría otro remedio que volarse los sesos! ¡Era imposible sobrevivir a semejante deshonor! Sin embargo, antes de que los monos, llamados por el silbido de su jefe, hubiesen invadido la habitación del general, algunos soldados habían podido atrapar a Gil Braltar. El loco, dotado de un vigor extraordinario, se resistió, y no costó poco trabajo reducirlo. Su piel prestada le había sido arrancada en la lucha; se encontraba amarrado, amordazado y casi desnudo en una esquina de la habitación, sin poder moverse ni emitir sonido alguno. Poco tiempo después, Mac Kackmale abandonó su casa con la firme resolución de vencer o morir de acuerdo a una de las más importantes reglas militares. Pero el peligro en el exterior no era menor. Al parecer, algunos soldados se habían podido reunir en La puerta del Mar y avanzaban hacia la casa del general. Varios disparos se escucharon en los alrededores de Main Street y la plaza de Comercio. Sin embargo, el número de simios era tal que la guarnición de Gibraltar corría peligro de verse muy pronto obligada a ceder posiciones. Y entonces, si los españoles hacían causa común con los monos, los fuertes serían abandonados, las baterías quedarían desiertas, las fortificaciones no contarían con un solo defensor, y los ingleses que habían hecho inaccesible aquella roca, no volverían a poseerla jamás. De repente, se produjo un brusco giro en el curso de los acontecimientos. En efecto, a la luz de algunas antorchas que iluminaban el patio, pudo verse a los monos batirse en retirada. Al frente de la banda iba su jefe blandiendo su bastón. Todos lo seguían a su mismo paso, imitando su movimiento de brazos y piernas. ¿Había podido Gil Braltar desatarse y


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más de Verne arreglárselas para escapar de la habitación donde se encontraba prisionero? No había duda posible. ¿Pero adónde se dirigía ahora? ¿Se dirigía hacia la punta de Europa, a la villa del gobernador con el objetivo de atacarlo y obligarlo a rendirse, así como había hecho con el general? ¡No! El loco y su banda descendieron por Main Street. Luego de haber cruzado por La puerta de la Alameda, marcharon oblicuamente a través del parque y comenzaron a subir por la cuesta de la montaña. Una hora después, en la villa no quedaba uno solo de los invasores de Gibraltar. ¿Que había ocurrido, entonces? Pronto se supo, cuando el general Mac Kackmale apareció en el límite del parque. Había sido él quien, desempeñando el papel del loco, se había envuelto en la piel de mono del prisionero y había dirigido la retirada de la banda. Parecía de tal modo un cuadrúmano, este bravo guerrero, que logró engañar a los monos. Así fue como no tuvo que hacer otra cosa más que presentarse y todos lo siguieron. Simplemente, una idea genial, que fue muy pronto recompensada con la concesión de la Cruz de San Jorge. En cuanto a Gil Braltar, el Reino Unido lo cedió, a cambio de dinero, a un Barnum que hace fortuna exhibiéndolo en las principales ciudades del viejo y el nuevo mundo. El Barnum incluso da a entender de buen grado que no es aquel salvaje de San Miguel quien exhibe, sino el general Mac Kackmale en persona. Sin embargo, esta aventura constituyó una lección para el gobierno de Su Graciosa Majestad. Comprendió que si bien Gibraltar no podía ser tomada por los hombres, estaba a merced de los monos. En consecuencia, Inglaterra, que es muy práctica, ha decidido no enviar allí, en lo sucesivo, sino a los más feos de sus generales, de manera que los monos volvieran a engañarse si ocurriera otro hecho similar. Esta medida le asegurará, verdaderamente para siempre, la posesión de Gibraltar.

Por la editorial

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Datos Curiosos

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Es el segundo autor más traducido después de Agatha Christie y fue miembro de la “Sociedad para la Investigación Áerea”, fundada por Félix Nadar en 1863. Anticipó en sus novelas varios alcan-

II ces tecnológicos, como el submarino,

el viaje espacial, vuelos dentro de la atmósfera y la exploración marítima. No formó parte de la Academia Fran-

IIIcesa, pero si fue miembro distinguido de la Legión de Honor por su aportación literaria

En 1886 recibió un impacto de bala

IV en la pierna izquierda, acto perpetrado

por su sobrino Gastón, quien sufría de trastornos mentales. Ostentó el cargo político de concejal

V de Amiens durante quince años, consolidando amplias mejoras en la infraestructura de la ciudad.


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CARTELERA CULTURAL

¿Ya lo leíste? Dinos de que obra literaria se trata y llévate un libro.

Un loco hético y un loco gordo que van por el mundo en busca de palizas. Las primeras dos personas que respondan correctamente * a partir del 15 de Marzo ganarán un libro.**

Envía tu respuesta a blogpartres@gmail.com Felicitamos a Rebeca Reyes Retana y a Greta Hermes, por contestar correctamente al ¿Ya lo leíste? de la edición 8; agradecemos a los demás lectores por su decidida participación. La obra del número anterior se trata de Soy leyenda, una novela de cienca ficción escrita por Richard Matheson en 1954. *Para obtener el premio y no ser descalificado, el concursante deberá enviar en el correo nombre completo, edad y su email. Limitado a un premio por participante cada número. ** El nombre de los ganadores y la respuesta se publicarán en el próximo número de L de Lector. El plazo para enviar sus respuestas es el 31 de Marzo. El plazo para recoger los premios vence el viernes 29 de Abril de 2016.


leer más allá

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Entre la tierra y la luna Julio Verne definitivamente es uno de los autores sobre los que yo esperaba escribir, sólo de imaginar, su imaginación, la del autor, las de las suyas habidos lectores del mundo que se transportan vía las letras. Siempre me he preciado de inspirar a las personas para que no crean la lectura como esta simple traducción de grafía, la lectura va más allá, es viva, vibrante, es la vida, es el mundo, levanten sus ojos vean más allá del texto que tienen enfrente, observen las cosas que los rodean, recuerden como llegaron ahí, quien las trajo y como, por que, en cada cosa hay un objeto, y en cada objeto una historia, un tema, un contexto. Quienes gustamos de escribir, buscamos transmitir todo eso que nos rodea, compartirlo, pero, hay ocasiones en que además podemos darle un giro a nuestra realidad, imaginar historias posibles, contextos estirados, eslabones del tiempo que nos pueden transmitir una realidad, o un probable realidad. Si tomamos un objeto (vamos los invito) recuerden esa historia y contexto del que les hablé, imaginen que es lo más probable que pase con él, si es un adorno ¿quién lo hizo?, ¿quién lo compró? y ¿cómo llego ahí?, ¿por qué lo hicieron?, ¿qué quiere decir?, analícenlo ¿qué creen que pase con él? Ahora cambien las cosas al motivo de hechura, compra o cualquier parte de la historia pasada o futura, ahora mis estimados lectores hacen lo que los escritores de narrativa ficcionada, asi nacen la mayoría de

Por Luis Erick Anaya Suirob

las historias que ahora si deglutimos dentro de los libros que nos permiten internarnos en la mente del pensador (autor) de algún supuesto que nos lleva por nuevas rutas o nuevas perspectivas. Ahora imaginen que viven en la Francia decadente de los albores de una era industrial que aún no dejaba de ser moralina. Ese es el contexto del gran Julio Verne, quien dentro de su quehacer comenzó a plantear situaciones que en su momento ya no eran solo imposibles, si no, impensables, quien con los medios de esa época pensaría en llegar a la luna, ni siquiera había aviones por dios, un viaje de esa talla era antinatural, pero lo mejor de este autor es que ese tipo de viajes (mentales, culturales y narrativos) fueron toda una gran serie. Para su servidor muy en lo personal me sorprende y encanta por sobre todo los detalles que vierte en los viajes en globo, nunca visto y transmitido hasta internet (más o menos un siglo después), el Nautilus, es decir un submarino, si un submarino asi, y desde su época (recuerden que eso no existía entonces) y que forma de plantearlo (de nuevo se adelantó un ratote) y finalmente UN VIAJE A LA LUNA (si se volvió a adelantar la centuria). En fin autores como Verne o Asimov ayudan a que la humanidad de saltos agigantados, les invito a leerlos y disfrutarlos, asi como a hacer el ejercicio de leer mas alla, me despido deseándoles felices letras.


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escritores Queretanos El valor de la escritura

Por Fernando Pérez Valdez

Fernando Pérez Valdez, Licenciado en Publicidad, tiene treinta años de experiencia en el área de la comunicación. Es escritor de tiempo completo, especialista en novelas históricas de los siglos XVI al XVIII. Ha publicado las novelas Morir en Japón, Espinas, coautor de Santuario de Nuestra señora de El Pueblito (2009), ha ganado varios premios internacionales en Polonia, Bielorusia, Estados Unidos, así como en México. Sus trabajos se han traducido al inglés, francés, alemán, polaco e italiano y han sido reseñados en periódicos y medios de comunicación en diversas partes del mundo. –Esto de la escritura, no da ni para tortillas. Así, tajante, descarnada, infame, brutal y apabullante, fue la sentencia de mi maestro del taller de creación literaria. –¡Ah, caray! –cavilé en mi interior–, pero es que yo quiero ser escritor y vivir, desde luego, de la literatura. Así que, con una rigurosidad metodológica que el más afamado científico hubiera envidiado, al día siguiente tomé algunos de mis más selectos versos, los cuales había escrito tal como lo hacía mi abuelo, en una vieja máquina de escribir Remington, sobre papel revolución. Me vestí con mi saco de “tweed” -sí, ese con parches de paño color café en los codos, que me hace sentir como un gran escritor- y me dispuse a ir por las tortillas. Mi esposa entendió de inmediato: ahí iba yo, con mi mejor gala, a comprar, por primera vez en nuestra vida matrimonial, un kilo de aquel calientito e indispensable complemento de maíz. Sin embargo, después de la optimista ilusión inicial, con pánico descubrí que lo que ella había entendido, era que por fin sabía en donde estaba “la otra”: en la tortillería. En vano intenté explicarle que todo se resumía a un simple experimento científico. Las mil y un explicaciones eran inútiles. A cada argumento mío, le seguía una amenazadora perorata de aquel energúmeno en el que se había transformado mi cónyuge.

Al final decidí que aquella batalla sería librada después. Además, ya tendría tiempo de reclamarle a mi profesor, por andarme metiendo en esos enredos. Creo que también mi esposa se alegró. Después de todo, si se divorciaba de mí, no sería por tener a “la otra”, sino por tener tan mal gusto. Esa conclusión de mi consorte me dejó un amargo sabor de boca, pero mi genio investigador pudo más que mi herido y maltrecho orgullo. De modo que, con firme decisión, me encaminé hacia la tortillería, dispuesto a echar por tierra, las falaces afirmaciones de mi maestro. Al llegar al expendio, una señora me miró con compasión, imaginando que me habían encargado pasar por las tortillas cuando saliera de mi trabajo y que yo, quizá empleado de alguna empresa o funcionario de mediana monta, lo había olvidado. Muy solícita, la mujer se ofreció de buena gana, a cederme su lugar en la fila, no fuera yo a sufrir las consecuencias de mi terrible olvido. Agradecí a la señora su amable caridad, la cual decliné cortésmente y me formé a esperar mi turno. Cuando llegué al mostrador, pedí tan sólo un kilo de tortillas. No era momento de ser avaricioso y pensar que mi trabajo valía mucho más que eso. Con aire ausente, la encargada lo despachó.


–Son quince pesos –me dijo. –Eh… verá usted. Yo soy escritor –respondí–. Mire, aquí traigo algunos versos. –¡Qué bien! Son quince pesos –repitió la encargada, centrando su atención en el cliente que seguía a continuación. –No, no me ha entendido. Soy un vate, como Octavio Paz –dije con orgullo. –No sé de qué me habla, pero si ese señor viene aquí por las tortillas, también pagará quince pesos por cada kilo. La gente había comenzado a interesarse en el rumbo que tomaba la conversación. Claramente observé que se formaban dos bandos: uno, de quienes se desesperaban porque no los atendían y el otro, de gente que se compadecía de mí. –Señor, por qué no lleva sus poemas al jardín –me dijo un amable niño–. Los domingos se planta ahí una persona a recitar los suyos y le dan algunas monedas. Vaya usted, quizá también tenga suerte. –No, no me han entendido. Yo soy artista –dije muy ufano–. Miren mis manos, son tersas, sin callosidades. Yo no hago trabajo físico. Sólo intelectual. –¡Ah! Entonces usted es de los holgazanes que se pasan todo el día en la computadora –sentenció una anciana. Jamás pensé que mi labor literaria me condujera a ser considerado como un auténtico mandria. Un individuo se acercó para ver qué sucedía, por lo que otra de las mujeres, en voz baja y poniendo la mano delante de la boca, para hablar en voz baja, tal como lo hace mi profesor del taller literario, le dijo: –Pobrecito, ¡está loco! El señor asintió y tomó a su hija de la mano para alejarla de aquel orate, que no era otro, sino quien esto escribe. Otra de las señoras, conocida de mi mujer, se conmovió: –Pobre de su esposa. Mírelo, ¡y parecía muy sano! Con horror descubrí que, en medio de la discusión, la encargada había confundido la hoja de papel revolución en la que llevaba escritos mis versos, con el papel para envolver las tortillas, por lo que la afortunada clienta que seguía en la fila, llevaba no sólo un kilo de producto, sino una muestra de mis más bellas cuartetas. Cuando intentaba recuperar mis versos, un golpe seco –creo que fue un huacal de

pollo–, se incrustó en mi rostro. Trastabillando, caí sentado de espaldas contra la pared. No sé qué me dolió más, si el golpe o el desprecio con que la indignada mujer se dirigió a mí: –Tan decente que se veía, ¡viejo ratero! Mis tortillas habían volado por los aires y se habían esparcido por la banqueta, pero la gente, muy acomedida, ya las estaba juntando. Un perrito de inmediato comenzó a devorar las tortillas caídas, hasta que un anciano lo asustó con su bastón. El canino se alejó, no sin antes llevarse, alegremente, tres o cuatro tortillas adicionales en el hocico. Mientras trataba de limpiar la grasa de una tortilla que había caído junto a la llanta de un automóvil, una señora reprendía a su hijo: –Por eso te digo que estudies una carrera decente, como lo son la ingeniería o la medicina. Mira nada más cómo terminan los que estudian carreras artísticas. Apabullado, observé como la señora que me había tundido, se alejaba muy indignada por mi execrable actitud, llevando bajo el brazo su paquete de tortillas, así como la bolsa de plástico con el pollo asesino y, lo peor de todo, mis versos. En medio de aquel dédalo, una niña se acercó y con genuino interés me preguntó: –Oiga ¿y usted también escribe libros? ¿Así como los de Jaime Maussán o los de Paulo Coelho? Derrotado, me convencí de que todo aquello era una entelequia. Con gran frustración me levanté, pagué los quince pesos, tomé el montón de sucias tortillas y me alejé entre los cuchicheos de la gente. Creo que al final de cuentas, mi profesor del taller de creación literaria tenía razón: esto de la escritura, no da ni para un kilo de tortillas.

Biblioteca Digital de Escritores Queretanos Más textos de Fernando El cura El héroe La libertad


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Recomendaciones Este número 7 de la colección Literatazas, está compuesta por una excelente novela escrita por Verne, ambientada en México y basada en la deserción de cuatro barcos de la armada española en 1825, hablamos de los bergantines Aquiles y Constante, el navío de línea Asia y la corbeta de transporte Gaviton. Esta novela corta titulada Un drama en México, narra el descontento en dos de los buques españoles que viajan por el Océano Pacífico, sufriendo un amotinamiento por la tripulación del Capitán Ortega a quien dejan a la deriva. Martínez, líder de los amotinados, conduce el buque hasta las costas mexicanas para vender el navío a la recién creada confederación mexicana que no dispone de barcos militares. Esta edición de Par Tres Editores, viene acompañada de su taza de cerámica con la frase impresa en una de sus caras: “¡México es realmente, una ciudad de oro!” disfruta de la lectura de esta edición, acompañada de un buen café o un delicioso té.

EL FIN DEL MUNDO Y UN DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLAS Haruki Murakami

Dos historias paralelas se desarrollan en escenarios de nombre evocador: una transcurre en el llamado «fin del mundo», una misteriosa ciudad amurallada; la otra, en un Tokio de un futuro quizá no muy lejano, un frío y despiadado país de las maravillas. En la primera, el narrador y protagonista, anónimo, se ve privado de su sombra, poco a poco también de sus recuerdos, e impelido a leer sueños entre unos habitantes de extrañas carencias anímicas y unicornios cuyo pelaje se torna dorado en invierno. En la segunda historia, el protagonista es un informático de gustos refinados que trabaja en una turbia institución gubernamental, enfrentada a otra organización no menos siniestra en una guerra por el control de la información; sus servicios son requeridos por un inquietante científico que juguetea con la manipulación de la conciencia y de la mente y vive aislado en la red de alcantarillado, una red poblada por los tinieblos, tenebrosas criaturas carnívoras. Librerías Nuevos Horizontes te regala un 10%

*Aplican restricciones. Descuento válido en sucursales Querétaro.

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L de Lector No. 9 (Marzo)  

Autor: Julio Verne

L de Lector No. 9 (Marzo)  

Autor: Julio Verne

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