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de Lector vidas

miercolees

leer más allá

Tengo miedo de mí mismo

Aparición

Un maestro del suspenso

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Julio 2016 Año II

Santiago de Querétaro, Querétaro OTRAS ARTES escritores queretanos De libros y libretos: Bel Ami

Héctor Alejo

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Guy de Maupassant

Ilustración de luis sánchez

No. 13

Estimado Lector, esta primera entrega del Año II de L de Lector es un logro para nosotros. Como verás, este número 13 es especial, pues ¡ya tiene más páginas!, Julio trae a un narrador excepcional: el francés Guy de Maupassant, que al final de sus días la pasó muy mal debido a la sífilis y sus intentos de suicidio, muriendo finalmente en una clínica el 6 de julio de 1893. De sus obras caben señalar: Los cuentos de la tonta (1883); Cuentos del día y de la noche (1885); La orla (1887) y Bel Ami (1885). En el MiercoLees leerás el cuento Aparición que relata la historia del marqués de la TourSamuel, de ochenta y dos años, que ha vivido un evento tan terrorífico, que eriza la piel. En Leer más allá Luis Erick nos relata sobre un Maupassant que escribe sobre Terror y suspenso, casi al nivel de Poe y Lovecraft, ambos los maestros universales de dicho género. En Otras artes, sección que estamos estrenando este número, Addy Melba nos recomienda una película basada en una de las mejores obras del autor: Bel Ami, que llegó en 2012 bajo la dirección de Declan Donnellan y Nick Ormerod, protagonizada por Robert Pattinson, Uma Thurman y Cristina Ricci. En Escritores Queretanos presentamos a Héctor Alejo, a quien has leído en los últimos números en la sección Vidas, participando este número y regalándonos los cuentos: Juguete de Joaquín e Isla Nebular. Ahora es la Librería Sancho Panza quien en Recomendaciones regala un descuento en el libro El Ruiseñor de Kristin Hannah. Disfruta esta nueva etapa de L de Lector. PRT


Julio 2016 Santiago de Querétaro, Querétaro Dirección editorial Patricio Rebollar

Vidas

Tengo miedo de mí mismo Patricio Rebollar

MiercoLees

APARICIÓN Guy de Maupassant

Leer más allá

UN MAESTRO DEL SUSPENSO Luis Erick Anaya Suirob

Otras artes

de LIBROS Y LIBRETOS: beL amI Addy Melba Espinosa

Asistencia editorial Aline Trejo García Relaciones Públicas Diana Pesquera Circulación y promoción Librerías Nuevos Horizontes, Librería Sancho Panza, Amadeus, Punta del Cielo, La Charamusca, elaboratorio, Dipac, Mosher.

Colaboradores Patricio Rebollar, Héctor Alejo Rodríguez, Escritores Queretanos Diana Pesquera, Aline Trejo García, Ricarjuguete de joaquín / isla nebular do Rabell, Librería Sancho Panza, Luis Erick Héctor Alejo RodríguezIlustración de Anaya Suirob, Valeria García Origel, Addy Melba Espinosa, Luis Sánchez. suscríbete para obtener la versión digital

blogpartres@gmail.com

L de Lector. Julio 2016, año II, No. 13. Publicación mensual editada por Par Tres Editores, S.A. de C.V., Fray José de la Coruña 243, colonia Quintas del Marqués, 76047, Santiago de Querétaro, Querétaro. Sitio web: www. par-tres.com, blogpartres@gmail.com. Editor Responsable: Patricio Rebollar. ISSN: 2448-5586 tramitado por el Instituto Nacional de Derechos de Autor. Impreso por Hear Industria Gráfica, ubicado en Calle 1, No. 101, Zona Industrial Benito Juárez, 76120, Santiago de Querétaro, Querétaro, este número se terminó de imprimir el 28 de junio de 2016 con un tiraje de 1000 ejemplares.

Se permite la reproducción parcial de esta obra en lo concerniente al texto del Autor del Mes en virtud de encontrarse libre de Derechos de Autor, en cuanto a las demás secciones de la publicación, se prohíbe su reproducción parcial o total, por cualquier medio, sin la anuencia por escrito de los titulares de los derechos correspondientes.


vidas Tengo miedo de mí mismo Henry René Albert Guy de Maupassant nació el 5 de agosto de 1850, el lugar de nacimiento es controversial según el biógrafo fecampés Georges Normandy, quien realizó una extensa biografía del autor, pues en primera hipótesis señala que nació en el Fécamp, en el Bout-Menteux, otra hipótesis dice que nació en el castillo de en Miromensil, en Tourville-sur-Arques. Reconocido cuentista y novelista francés, proveniente de una familia aristocrática de librepensadores, quienes se separaron amistosamente cuando él tenía doce años. Al cumplir los trece, recibió una educación religiosa, provocando su expulsión del seminario a los dieciocho años. Maupassant fue admirador y discípulo de Gustave Flaubert, al que conoció en 1867, y quien, a instancias de Laure Le Poittevin (madre de Guy), le tomó bajo su protección y lo invitó a colaborar en algunos periódicos, presentándole también a Iván Turgénev, Émile Zola, entre otros. Para 1870, tras la derrota francesa en la guerra franco-prusiana, se trasladó a vivir con su padre, ingresando a estudiar derecho, teniéndolo que dejar para trabajar como funcionario en varios ministerios, hasta que publicó su primera gran obra Bola de sebo (1880) en un volumen naturalista preparado por Émile Zola con la colaboración de Henri Céard, Paul Alexis, Joris Karl Huysmans y León Hennique titulado Las veladas de Médan. Debido a la popularidad de su texto, comenzó a convertirse en una notoriedad en el mundo literario, sus temas favoritos eran los de los campesinos normandos, pequeños burgueses, la mediocridad de los funcionarios o las alucinaciones de la locura, como se puede ver en sus textos La Casa Tellier (1881), Los cuentos de la becada (1883), El Horla (1887). Con los años su carácter pesimista, misógino y misántropo se apoderó de él, al grado de inclusive negarse a recibir la Legión

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Por Patricio Rebollar

de Honor. “El matrimonio –decía–, es un intercambio de malos humores durante el día y de malos olores durante la noche”, sin embargo, según el periódico francés L’Eclair, informó que Maupassant había tenido tres hijos con Josephine Litzelmann. Maupassant es considerado uno de los más importantes escritores de la escuela naturalista, si bien Émile Zola fue el mayor exponente, su prosa tiene la virtud de ser sencilla pero directa, sin artificios ni rimbombancias. Tanta influencia ejerció, que llegó a ser uno de los autores más admirados por Chéjov (ver L de Lector No. 1), Leon Tolstoi, Horacio Quiroga y muchos más, inclusive hasta ser plagiado, como por ejemplo el italiano Gabriele D’Annunzio, quien en su libro Cuentos del río Pescara se encuentran historias y pasajes copiados literalmente de los cuentos de Maupassant. Su extensa obra incluye seis novelas, alrededor de trescientos cuentos, seis obras de teatro, tres libros de viajes, una antología de poesía y numerosas crónicas periodísticas. Escribió, además, bajo el seudónimo de Joseph Prunier en 1875, Guy de Valmont en 1878 y Maufrigneuse de 1881 a 1885. En su narrativa corta, destaca en la escritura de cuentos de terror, con estilo ágil y nervioso, repletos de exclamaciones e interrogantes, con la presencia obsesiva de la muerte, el desvarío y lo sobrenatural. Contrajo sífilis en algún momento y poco a poco graves problemas nerviosos, síntomas de demencia y pánico heredados, intentó suicidarse el 1 de enero de 1892, confesando “tengo miedo de mí mismo, tengo miedo del miedo, pero, ante todo, tengo miedo de la espantosa confusión de mi espíritu, de mi razón, sobre la cual pierdo el dominio y a la cual turbia un miedo opaco y misterioso”. Tras el último intento de degollarse con un abrecartas, fue internado en la clínica del Doctor Blanche en París, donde murió un año más tarde el 6 de julio de 1893.


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Aparición Se hablaba de secuestros a raíz de un reciente proceso. Era al final de una velada íntima en la rue de Grenelle, en una casa antigua, y cada cual tenía su historia, una historia que afirmaba que era verdadera. Entonces el viejo marqués de la TourSamuel, de ochenta y dos años, se levantó y se apoyó en la chimenea. Dijo, con voz un tanto temblorosa: Yo también sé algo extraño, tan extraño que ha sido la obsesión de toda mi vida. Hace ahora cincuenta y seis años que me ocurrió esta aventura, y no pasa ni un mes sin que la reviva en sueños. De aquel día me ha quedado una marca, una huella de miedo, ¿entienden? Sí, sufrí un horrible temor durante diez minutos, de una forma tal que desde entonces una especie de terror constante ha quedado para siempre en mi alma. Los ruidos inesperados me hacen sobresaltar hasta lo más profundo; los objetos que distingo mal en las sombras de la noche me producen un deseo loco de huir. Por las noches tengo miedo. ¡Oh!, nunca hubiera confesado esto antes de llegar a la edad que tengo ahora. En estos momentos puedo contarlo todo. Cuando se tienen ochenta y dos años está permitido no ser valiente ante los peligros imaginarios. Ante los peligros verdaderos jamás he retrocedido, señoras. Esta historia alteró de tal modo mi espíritu, me trastornó de una forma tan profunda, tan misteriosa, tan horrible, que jamás hasta ahora la he contado. La he guardado en el fondo más íntimo de mí, en ese fondo donde uno guarda los secretos penosos, los secretos vergonzosos, todas las debilidades inconfesables que tenemos en nuestra existencia. Les contaré la aventura tal como ocurrió, sin intentar explicarla. Por supuesto es explicable, a menos que yo haya sufrido una hora de locura. Pero no, no estuve

Por Guy de Maupassant

loco, y les daré la prueba. Imaginen lo que quieran. He aquí los hechos desnudos. Fue en 1827, en el mes de julio. Yo estaba de guarnición en Ruán. Un día, mientras paseaba por el muelle, encontré a un hombre que creí reconocer sin recordar exactamente quién era. Hice instintivamente un movimiento para detenerme. El desconocido captó el gesto, me miró y se me echó a los brazos. Era un amigo de juventud al que había querido mucho. Hacía cinco años que no lo veía, y desde entonces parecía haber envejecido medio siglo. Tenía el pelo completamente blanco; y caminaba encorvado, como agotado. Comprendió mi sorpresa y me contó su vida. Una terrible desgracia lo había destrozado. Se había enamorado locamente de una joven, y se había casado con ella en una especie de éxtasis de felicidad. Tras un año de una felicidad sobrehumana y de una pasión inagotada, ella había muerto repentinamente de una enfermedad cardíaca, muerta por su propio amor, sin duda. Él había abandonado su casa de campo el mismo día del entierro, y había acudido a vivir a su casa en Ruán. Ahora vivía allí, solitario y desesperado, carcomido por el dolor, tan miserable que sólo pensaba en el suicidio. –Puesto que te he encontrado de este modo –me dijo–, me atrevo a pedirte que me hagas un gran servicio: ir a buscar a mi casa de campo, al secreter de mi habitación, de nuestra habitación, unos papeles que necesito urgentemente. No puedo encargarle esta misión a un subalterno o a un empleado porque es precisa una impenetrable discreción y un silencio absoluto. En cuanto a mí, por nada del mundo volvería a entrar en aquella casa. »Te daré la llave de esa habitación, que yo mismo cerré al irme, y la llave de mi


secreter. Además le entregarás una nota mía a mi jardinero que te abrirá la casa. »Pero ven a desayunar conmigo mañana, y hablaremos de todo eso. Le prometí hacerle aquel sencillo servicio. No era más que un paseo para mí, su casa de campo se hallaba a unas cinco leguas de Ruán. No era más que una hora a caballo. A las diez de la mañana siguiente estaba en su casa. Desayunamos juntos, pero no pronunció ni veinte palabras. Me pidió que lo disculpara; el pensamiento de la visita que iba a efectuar yo en aquella habitación, donde yacía su felicidad, lo trastornaba, me dijo. Me pareció en efecto singularmente agitado, preocupado, como si en su alma se hubiera librado un misterioso combate. Finalmente me explicó con exactitud lo que tenía que hacer. Era muy sencillo. Debía tomar dos paquetes de cartas y un fajo de papeles cerrados en el primer cajón de la derecha del mueble del que tenía la llave. Añadió: –No necesito suplicarte que no los mires. Me sentí casi herido por aquellas palabras, y se lo dije un tanto vivamente. Balbuceó: –Perdóname, sufro demasiado. Y se echó a llorar. Me marché una hora más tarde para cumplir mi misión. Hacía un tiempo radiante, y avancé al trote largo por los prados, escuchando el canto de las alondras y el rítmico sonido de mi sable contra mi bota. Luego entré en el bosque y puse mi caballo al paso. Las ramas de los árboles me acariciaban el rostro, y a veces atrapaba una hoja con los dientes y la masticaba ávidamente, en una de estas alegrías de vivir que nos llenan, no se sabe por qué, de una felicidad tumultuosa y como inalcanzable, una especie de embriaguez de fuerza. Al acercarme a la casa busqué en el bolsillo la carta que llevaba para el jardinero, y me di cuenta con sorpresa de que estaba lacrada. Aquello me irritó de tal modo que estuve a punto de volver sobre mis pasos

sin cumplir mi encargo. Luego pensé que con aquello mostraría una sensibilidad de mal gusto. Mi amigo había podido cerrar la carta sin darse cuenta de ello, turbado como estaba. La casa parecía llevar veinte años abandonada. La barrera, abierta y podrida, se mantenía en pie nadie sabía cómo. La hierba llenaba los caminos; no se distinguían los arriates del césped. Al ruido que hice golpeando con el pie un postigo, un viejo salió por una puerta lateral y pareció estupefacto de verme. Salté al suelo y le entregué la carta. La leyó, volvió a leerla, le dio la vuelta, me estudió de arriba abajo, se metió el papel en el bolsillo y dijo: –¡Y bien! ¿Qué es lo que desea? Respondí bruscamente: –Usted debería de saberlo, ya que ha recibido dentro de ese sobre las órdenes de su amo; quiero entrar en la casa. Pareció aterrado. Declaró: –Entonces, ¿piensa entrar en... en su habitación? Empecé a impacientarme. –¡Por Dios! ¿Acaso tiene usted intención de interrogarme? Balbuceó: –No..., señor..., pero es que... es que no se ha abierto desde... desde... la muerte. Si quiere esperarme cinco minutos, iré... iré a ver si... Lo interrumpí colérico. –¡Ah! Vamos, ¿se está burlando de mí? Usted no puede entrar, porque aquí está la llave. No supo qué decir. –Entonces, señor, le indicaré el camino. –Señáleme la escalera y déjeme sólo. Sabré encontrarla sin usted. –Pero.... señor... sin embargo... Esta vez me irrité realmente. –Está bien, cállese, ¿quiere? o se las verá conmigo. Lo aparté violentamente y entré en la casa. Atravesé primero la cocina, luego dos pequeñas habitaciones que ocupaba aquel hombre con su mujer. Franqueé un gran


vestíbulo, subí la escalera, y reconocí la puerta indicada por mi amigo. La abrí sin problemas y entré. El apartamento estaba tan a oscuras que al principio no distinguí nada. Me detuve, impresionado por aquel olor mohoso y húmedo de las habitaciones vacías y cerradas, las habitaciones muertas. Luego, poco a poco, mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, y vi claramente una gran pieza en desorden, con una cama sin sábanas, pero con sus colchones y sus almohadas, de las que una mostraba la profunda huella de un codo o de una cabeza, como si alguien acabara de apoyarse en ella. Las sillas aparecían en desorden. Observé que una puerta, sin duda la de un armario, estaba entreabierta. Me dirigí primero a la ventana para dar entrada a la luz del día y la abrí; pero los hierros de las contraventanas estaban tan oxidados que no pude hacerlos ceder. Intenté incluso forzarlos con mi sable, sin conseguirlo. Irritado ante aquellos esfuerzos inútiles, y puesto que mis ojos se habían acostumbrado al final perfectamente a las sombras, renuncié a la esperanza de conseguir más luz y me dirigí al secreter. Me senté en un sillón, corrí la tapa, abrí el cajón indicado. Estaba lleno a rebosar. No necesitaba más que tres paquetes, que sabía cómo reconocer, y me puse a buscarlos. Intentaba descifrar con los ojos muy abiertos lo escrito en los distintos fajos, cuando creí escuchar, o más bien sentir, un roce a mis espaldas. No le presté atención, pensando que una corriente de aire había agitado alguna tela. Pero, al cabo de un minuto, otro movimiento, casi indistinto, hizo que un pequeño estremecimiento desagradable recorriera mi piel. Todo aquello era tan estúpido que ni siquiera quise volverme, por pudor hacia mí mismo. Acababa de descubrir el segundo de los fajos que necesitaba y tenía ya entre mis manos el tercero cuando un profundo y penoso suspiro, lanzado contra mi espalda, me hizo dar un salto alocado a dos

metros de allí. Me volví en mi movimiento, con la mano en la empuñadura de mi sable, y ciertamente, si no lo hubiera sentido a mi lado, hubiera huido de allí como un cobarde. Una mujer alta vestida de blanco me contemplaba, de pie detrás del sillón donde yo había estado sentado un segundo antes. ¡Mis miembros sufrieron una sacudida tal que estuve a punto de caer de espaldas! ¡Oh! Nadie puede comprender, a menos que los haya experimentado, estos espantosos y estúpidos terrores. El alma se hunde; no se siente el corazón; todo el cuerpo se vuelve blando como una esponja, cabría decir que todo el interior de uno se desmorona. No creo en los fantasmas; sin embargo, desfallecí bajo el horrible temor a los muertos, y sufrí, ¡oh!, sufrí en unos instantes más que en todo el resto de mi vida, bajo la irresistible angustia de los terrores sobrenaturales. ¡Si ella no hubiera hablado, probablemente ahora estaría muerto! Pero habló; habló con una voz dulce y dolorosa que hacía vibrar los nervios. No me atreveré a decir que recuperé el dominio de mí mismo y que la razón volvió a mí. No. Estaba tan extraviado que no sabía lo que hacía; pero aquella especie de fiereza íntima que hay en mí, un poco del orgullo de mi oficio también, me hacían mantener, casi pese a mí mismo, una actitud honorable. Fingí ante mí, y ante ella sin duda, ante ella, fuera quien fuese, mujer o espectro. Me di cuenta de todo aquello más tarde, porque les aseguro que, en el instante de la aparición, no pensé en nada. Tenía miedo. –¡Oh, señor! –me dijo–. ¡Puede hacerme un gran servicio! –Quise responderle, pero me fue imposible pronunciar una palabra. Un ruido vago brotó de mi garganta. –¿Quiere? –insistió–. Puede salvarme, curarme. Sufro atrozmente. Sufro, ¡oh, sí, sufro! –Y se sentó suavemente en mi sillón. Me miraba.


–¿Quiere? –Afirmé con la cabeza incapaz de hallar todavía mi voz. Entonces ella me tendió un peine de carey y murmuró: –Péineme, ¡oh!, péineme; eso me curará; es preciso que me peinen. Mire mi cabeza... Cómo sufro; ¡cuanto me duelen los cabellos! Sus cabellos sueltos, muy largos, muy negros, me parecieron, colgaban por encima del respaldo del sillón y llegaban hasta el suelo. ¿Por qué hice aquello? ¿Por qué recibí con un estremecimiento aquel peine, y por qué tomé en mis manos sus largos cabellos que dieron a mi piel una sensación de frío atroz, como si hubiera manejado serpientes? No lo sé. Esta sensación permaneció en mis dedos, y me estremezco cuando pienso en ella. La peiné. Manejé no sé cómo aquella cabellera de hielo. La retorcí, la anudé y la desanudé; la trencé como se trenza la crin de un caballo. Ella suspiraba, inclinaba la cabeza, parecía feliz. De pronto me dijo «¡Gracias!», me arrancó el peine las manos y huyó por la puerta que había observado que estaba entreabierta. Ya solo, sufrí durante unos segundos ese trastorno de desconcierto que se produce al despertar después de una pesadilla. Luego recuperé finalmente los sentidos; corrí a la ventana y rompí las contraventanas con un furioso golpe. Entró un chorro de luz diurna. Corrí hacia la puerta por donde ella se había ido. La hallé cerrada e infranqueable. Entonces me invadió una fiebre de huida, un pánico, el verdadero pánico de las batallas. Cogí bruscamente los tres paquetes de cartas del abierto secreter; atravesé corriendo el apartamento, salté los peldaños de la escalera de cuatro en cuatro, me hallé fuera no sé por dónde, y, al ver a mi caballo a diez pasos de mí, lo monté de un salto y partí al galope. No me detuve más que en Ruán, delante

de mi alojamiento. Tras arrojar la brida a mi ordenanza, me refugié en mi habitación, donde me encerré para reflexionar. Entonces, durante una hora, me pregunté ansiosamente si no habría sido juguete de una alucinación. Ciertamente, había sufrido una de aquellas incomprensibles sacudidas nerviosas, uno de aquellos trastornos del cerebro que dan nacimiento a los milagros y a los que debe su poder lo sobrenatural. E iba ya a creer en una visión, en un error de mis sentidos, cuando me acerqué a la ventana. Mis ojos, por azar, descendieron sobre mi pecho. ¡La chaqueta de mi uniforme estaba llena de largos cabellos femeninos que se habían enredado en los botones! Los cogí uno por uno y los arrojé fuera por la ventana con un temblor de los dedos. Luego llamé a mi ordenanza. Me sentía demasiado emocionado, demasiado trastornado para ir aquel mismo día a casa de mi amigo. Además, deseaba reflexionar a fondo lo que debía decirle. Le hice llevar las cartas, de las que extendió un recibo al soldado. Se informó sobre mí. El soldado le dijo que no me encontraba bien, que había sufrido una ligera insolación, no sé qué. Pareció inquieto. Fui a su casa a la mañana siguiente, poco después de amanecer, dispuesto a contarle la verdad. Había salido el día anterior por la noche y no había vuelto. Volví aquel mismo día, y no había vuelto. Aguardé una semana. No reapareció. Entonces previne a la justicia. Se le hizo buscar por todas partes, sin descubrir la más mínima huella de su paso o de su destino. Se efectuó una visita minuciosa a la casa de campo abandonada. No se descubrió nada sospechoso allí. Ningún indicio reveló que hubiera alguna mujer oculta en aquel lugar. La investigación no llegó a ningún resultado, y las pesquisas fueron abandonadas. Y, tras cincuenta y seis años, no he conseguido averiguar nada. No sé nada más.


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más de MAUPASSANT Por la editorial

Datos Curiosos

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Maupassant no creía el matrimonio, tras su muerte se le identificó una esposa, la “mujer de gris”, con la que tuvo tres supuestos hijos.

Su padre era un hombre que engañaba a su madre con otras mujeres, llevánII dolo a que, tras la separación de sus padres, éste se considerara siempre huérfano de padre. Tras mucho tiempo de ser discípulo de Gustave Flaubert, Maupassant emIIIpezó a decir que inclusive éste era su verdadero padre biológico. Su extensa obra incluye seis novelas, unos trescientos cuentos, seis obras de IV teatro, tres libros de viajes, una antología de poesía y numerosas crónicas periodísticas

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Menos conocida es su faceta como cronista de actualidad en los periódicos de la época como Le Gaulois, Gil Blas o Le Figaro, donde escribió numerosas crónicas acerca de múltiples temas: literatura, política, sociedad, entre otros.

Este número 10 de la colección Literatazas, está compuesta por una dupla exquisita de cuentos: La muerta y ¿Quién sabe? En La muerta Maupassant nos muestra a un viudo triste que acaba de perder a su mujer. Visitándola en el cementerio, la noche cae llenando todo de oscuridad y él, perdido entre las tumbas, se encuentra con que los muertos comienzan a salir del piso para borrar sus lápidas, escribiendo la verdad que habían vivido, hasta toparse con su esposa, a quien la encuentra borrando el texto de su lápida que decía: Amó, fue amada y murió y sustituyéndola por la verdad de su muerte, que deja aún más triste a aquel hombre. En ¿Quién sabe? un hombre quien, tras ver Sigurd en la ópera, regresa a su casa encontrándose con ruidos extraños en su casa, sacando su revólver y entrando, queda pasmado al encontrar todos sus muebles moviéndose con vida propia y desfilando todos hacia la calle. Tras muchos años los encontró en Rúan y días más tarde de regreso en su casa. Esta excelente edición de Par Tres Editores, viene acompañada de su taza de cerámica con la frase impresa en una de sus caras: “¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los hombres!” disfruta de la lectura de esta edición, acompañada de un buen café o un delicioso té.


leer más allá

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Un maestro del suspenso Vengan pequeños y grandes y no olvidarán jamás (shub, shua, shub, shua) el fabuloso programa que les voy a presentar. Mientras el siglo cansado va acercándose a su fin anímense, no lo duden, que se van a divertir. (shub, shua, shub, shua) Ocupen su localidad y presten todos atención a punto está de levantarse el telón. (shub, shua, shub, shua) Hermosos jóvenes nazis bailarán un rock and roll con un famoso travesti capitán de la legión. (shub, shua, shub, shua) Más tarde alguna muñeca toda vestida de azul se quita su camisita y su breve canesú. El intro que usted estimado lector acaba de leer es mejor si lo escucha en voz del genial Joaquín Sabina en la súper melodía de “ocupen su localidad”, búsquenla en el YouTube no se preocupe aquí espero, es el perfecto fondo musical para la lectura del presente escrito. El porqué es muy simple, como podrán leer en la parte de la letra antes expuesto, existe una parte donde aborda a los jóvenes nazis, con un famoso travesti capitán de la legión, es referencia directa a una de las obras del autor que hoy nos concierne (y saben es realmente difícil poner en texto un contexto tan rico en sensaciones, pero en esta unión de música y narración, me es tremendamente más fácil.), en fin volviendo al tema, el relato de Mademoiselle Fifi que mencioné, en lo personal me es extraordinario, y es ese botón que basta para muestra del causante de insomnios, el francés, Henry Réne Guy de Maupassant. Maupassant que está enclavado en la

Por Luis Erick Anaya Suirob

etapa decadente de finales de siglo e inicio de una nueva era, la industrial, este momentum literario es rico en el género del Terror / suspenso con titanes del género, nada más y nada menos que el Sr. Edgar Allan Poe, y su heredero, el apasionado Howard Phillips Lovecraft. El primero padre de mucho en estos temas, padre también como en su momento lo mencionéde la novela negra, quizá el más cercano en estilo al autor que estamos describiendo (tanto que debo confesar que durante mucho tiempo confundía entre ellos la autoría de “El pozo y el péndulo”). En el caso de Lovecraft es un creador de una realidad donde el terror es más cercano a lo paranormal echando mando de lo fantástico. La obra de nuestro franco autor, para mi gusto (y esto lo aclaro) logra entrar en el suspenso abordando el miedo desde lo humano, desde esas desviaciones de la conducta, desde el que tal si, desde una óptica que lleva el suspenso a helar las venas, tan real y tan vivo, es un maestro de un estilo que veríamos heredado en un Alfred Hitchcock, el listado de cuentos escrito por el es amplio pero de nueva cuenta me permito recomendar Mademoiselle Fifi y la Borla. Y me disculpo, después de la emoción que el contexto del suspenso en sus cuentos, mas este autor no deja de estudiar la naturaleza humana, visto en su dramaturgia que aun que no es tan difundida la pena la vale, la narrativa mayor (novela) no llega a ser su fuerte, pero le invito a descubrirlo en toda su tinta. Me despido como siempre mi estimado lector agradeciendo su atención y deseándole felices letras.


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CARTELERA CULTURAL

¿Ya lo leíste? Felicitamos a Mayra Mendoza y Lizette Hernández por contestar correctamente al ¿Ya lo leíste? de la edición 12; agradecemos a los demás lectores por su decidida participación. La obra del número anterior se trata de El extranjero, del escritor Albert Camus, una novela que denuncia a una sociedad que olvida al individuo y le priva de un sentimiento de pertenencia activa en la comunidad. Fue publicada en 1942.


OTRAS ARTES De libros y libretos: Bel Ami Guy de Maupassant publicó en 1885 su libro Bel-Ami, en el que retrata de manera excepcional a la sociedad parisina y la turbia relación entre medios y política. Cualquier parecido con la actualidad, es mera coincidencia ¿cierto? Este libro tiene personajes complejos, que incluso con su vileza logran cautivar al lector, y una trama que se mantiene vigente y ha conseguido su lugar en el séptimo arte con numerosas adaptaciones, siendo la más reciente la que llegó al cine en 2012. Bel-Ami: Historia de un seductor contó con la dirección de Declan Donnellan y Nick Ormerod y fue protagonizada por Robert Pattinson, a quién conocimos gracias a la adaptación de los libros de Rowling, saltó a la fama como el brillante vampiro de Crepúsculo y recibió criticas positivas por su actuación en la adaptación de la obra de Sara Guren Agua para Elefantes. Lo acompañan en esta adaptación actrices talentosas como Uma Thurman (Kill Bill) y Cristina Ricci (Sleepy Hollow). Es así como tenemos todos los ingredientes para una adaptación exitosa: un reparto popular, una historia de época cargada de drama y crítica social, un libro aclamado de un autor cuya obra adaptada ha triunfado en el cine previamente. Por ello, sorprende la pobreza de la adaptación cuyo mayor acierto es invitarnos a regresar a las páginas para quitarnos el mal sabor de boca. Bel-Ami nos presenta a Georges Duroy (Pattinson), un hombre que vuelve a Paris tras luchar en Argelia y se encuentra solo y con pocos recursos, con un trabajo que no lo hace feliz y tiene que tener cuidado en como gasta cada centavo que recibe.

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Por Addy Melba Espinosa

Un encuentro fortuito con un ex-compañero de armas le abrirá las puertas de la alta sociedad parisina con lo que buscará obtener la vida de la que se siente merecedor (dirían por ahí: “nomás por su linda cara”). Una vez que pasamos los detalles básicos de la trama, aquellos que podemos encontrar en el trailer sin peligro de spoilers, terminamos con el contenido de la película que le hace justicia al libro. Si bien nos queda claro que Duroy es un personaje despreciable, capaz de hacer cualquier cosa para obtener la fortuna que cree le corresponde, nos perdemos de la profundidad con la que Maupassant dota a cada personaje a lo largo de la novela. La actuación de Robert Pattinson es tan buena en esta película como en la de Crepúsculo, y el talento de sus coestrellas queda totalmente desperdiciado. Esto no nos permite entender que motiva a cada personaje, el porque estas mujeres se enamoran de Duroy, y el porque nos debe interesar lo que pase con él. La adaptación del guión por un lado acelera la trama dejando fuera muchos detalles que le dan sentido al libro, por otro abusa de los diálogos como herramienta para explicar cuestiones que en el libro la narración nos deja en claro. Esto hace que las conversaciones suenen forzadas afectando la química entre los personajes. Cuando se trata de libros y libretos siempre será mejor el libro, esta adaptación es un claro ejemplo y una invitación a correr por tu ejemplar de Bel Ami y disfrutar de la historia de un seductor que fue capaz de escalar en sociedad con mucho encanto y nada de moral.


Una colección de la A a la Z con las obras más reconocidas de la literatura clásica. 27 autores consagrados y cuidadosamente seleccionados para que vivas en cada letra una aventura. Te invitamos a que seas parte de esta colección y te sumerjas en el abecédario más exclusivo uniendo tus letras favoritas y fomentando la lectura y cultura de nuestro país.

Mary Morstan contrata al detective Sherlock Holmes y al doctor Watson, pues desde hacía algunos años recibía una perla gigante anualmente y en la misma fecha, con misteriosas cartas. Resulta que su padre, desaparecido muchos años atrás, se había robado, junto al Mayor Sholto, un tesoro valiosísimo durante una guerra en la India, lo iban a dividir en partes iguales pero el Capitán Morstan se murió de coraje y Sholto escondió el tesoro. Uno de los hijos gemelos de Sholto, Thaddeus, cree que debe darle la mitad a Mary, pero Bartolomew no lo piensa así. Al llegar a la residencia encuentran a Bartolomew muerto y el tesoro desaparecido. Como siempre, Sherlock y Watson investigarán el crimen.


En este pequeño libro encontrarás ocho de los mejores cuentos de Poe. En La caída de la casa Usher, el autor juega con la tensión hasta el máximo entre los hermanos Roderick y Madelaine. El gato negro demuestra la maestría en terror con este perturbador relato. Los hechos en el caso del señor Valdemar trae a los zombies del siglo XIX con un muerto hipnotizado y con un final inesperado. El corazón delator, considerado uno de los cuentos más representativos del género policiaco, presenta un recorrido completo desde la idea del crimen hasta el asesinato. El hombre de la multitud con un hombre perdido entre las calles de Londres seducido por lo desconocido y lo oculto. En Ligeia hay amor, muerte, pérdida y desdicha. Los crímenes de la rue Morgue y El misterio de Marie Rogêt encontramos una mini serie de crímenes resueltos por el joven Dupin, quien a través de deducciones se involucra en la investigación.

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escritores Queretanos

Juguete de Joaquín / Isla nebular Por Héctor Alejo Rodríguez Héctor Alejo Rodríguez (Uruapan, Michoacán) Por rebotes del destino y voluntad paternal, aterrizó en la ciudad de Querétaro con permanencia limitada. Carmen Simón, con su método levreriano, lo aseguró en la inquietud de las letras y le encomendó las primeras tareas de esculpir relatos. Ha sido publicado por el Museo de la Palabra, en Toledo, España, (2012, 2013, 2014) y en la Primera Antología de la Biblioteca José Ingenieros (2015) de Argentina. Fue finalista del Primer Concurso de Cuento Corto (2015) de la Editorial Zenú, en Córdoba, Colombia. Publica su primer libro de cuentos La raíz siniestra de Ernesto Atenco (Par Tres Editores, 2016) Juguete de Joaquín Dicen los mayores que en mi casa hay dinero enterrado. Yo no sé, pero de los cuarenta hoyos que he cavado solo me han salido pedazos de huesos. Parecen de pollo de lo pequeños que son y no tengo idea de cómo llegaron ahí pero Joaquín afirma que sí pueden ser de pollo mientras se carcajea. Si él dice que lo son, le creo porque es mi amigo y participa de mis juegos todos los días desde que abrí el primer hoyo y desenterré esos huesos junto a las raíces de los árboles que tapan todo el patio trasero. Nomás así apareció, como la llegada de nuevos vecinos a la colonia. No sé cuál es la casa de Joaquín, ni la calle donde está, pero eso no importa, llega todas las tardes al jardín del patio sobre la misma hora y se va ya oscureciendo. Creo que debe ser un niño muy obediente porque no se desbalaga por otras casas, ha de avisar que está aquí y deja sin pendiente a su mamá. Yo así lo creo porque lo dejan venir a mi casa sin castigarle los permisos y jugar sin preocupaciones y a nuestras anchas en el jardín de atrás. Dice mi mamá que me he vuelto muy travieso y yo se lo niego, le confieso que es solo la imaginación gigante de Joaquín que nos lleva a realizar muchas hazañas. Le cuento que hemos sido piratas

y navegamos por mares de agua verde y brillante como los espejos, que nos hemos mareado de lo lindo y hemos vomitado por la borda las palomitas de maíz hurtadas de la cocina. Le señalo que hemos afinado la puntería y podemos hacer pipí adentro de un zapato puesto a gran distancia sobre sus macetas. Ya logramos columpiarnos sin cansarnos por las ramas bajas de los árboles del jardín, encuerados y haciéndonos popó al mismo tiempo. También somos unos buenazos en lanzarnos nuestras cacas y estamparlas en nuestras caras. Nos hemos convertido en grandes cazadores haciendo lanzas con los cubiertos y los palos de las escobas. Peleamos a gritos con lagartijas, arañas y hormigas que han querido sacarnos los ojos, y que luego asamos incendiando arbustos del patio. Conseguimos escupir cada vez más lejos y cabalgamos con nuestro ejército de hojas en lo más alto de los árboles. Platico cómo nos hemos dejado caer muertos de risa desde allá arriba y rebotar en la tierra con nuestras panzas infladas. Mamá me interrumpe y me dice que no conoce a ningún Joaquín y que no hay Joaquín alguno en las casas de nuestros vecinos. Le relato que a Joaquín le gusta disfrazarse, que usa pantalones cortos con tirantes, una camisa blanca y una boina gris como en las pelí-


culas antiguas y que ella no se da cuenta cuando llega por estar entretenida jugando baraja con sus amigas. Mamá dice que va por su rosario grande que cuelga en una de las paredes de su recámara. Indago por una de las ventanas que asoman al patio, veo que Joaquín ya aguarda parado junto al primer hoyo que cavé. Se lo hago saber a mamá en un rápido alarido cuando paso corriendo delante de su cuarto. Escucho pasos tras de mí, pasos que me llaman y me siguen. Cruzo el umbral de la puerta del patio y al dejarla atrás, esta se cierra sin que la toque. Saludo a Joaquín que me mira diferente, sin alegría. Observo que desvía los ojos a mi espalda y volteo. No sé por qué mi mamá grita histérica detrás de la ventana de la puerta, golpeando y rompiendo el cristal con la cruz de su rosario… Isla nebular Usted todo lo puede ver desde allá arriba, señor Marqués. Y no me equivoco, desde esa altura, todo lo domina. Hasta creo que puede tocar un pedazo de cielo y escuchar las voces que se humedecen en las nubes. Le han de dar ataques de risa de nuestras locuras, de nuestras prisas y nuestras pláticas pendejas. Se ha de divertir viéndonos correr tras nuestras importancias que valen pura chingada. Así somos de cábulas, a veces pura mentira, a veces todo lo contrario. Usted me conoce bien, vengo todos los días a su fuente, a pedirle permiso para tomar agua y mojarme con ella la suciedad de mi cara. Se lo digo por si no llega a acordarse: mi rostro escondido y mis andanzas errantes se pueden confundir con otros cuerpos sucios. De repente parecemos distintos pero nuestras cáscaras se marchitan igual. Sí, señor Marqués, a mí también me gusta mirar a estos locos, observarles la disfrazada preocupación de lo que quieren ser. Algunos hasta lo empujan en voz alta, sacan a su niño gritón que les habita el estómago hambriento y pregonan lo que les gustaría tener. Usted los ha de escuchar, convertirse en amos de la ficción. ¿Los ha visto jugar con sus aparatitos? Esos que los hacen callar por minutos

y los convierten en varios sentimientos a la vez. Simulan reír, enojarse, reflexionar y actuar al ritmo de sus pulgares contra una pantalla y sus peladeces de moda. Son unas islas, señor Marqués, que están en varios lugares simultáneos, apenas conscientes de estar aquí. Nosotros si somos reales, usted en su contemplación de vigía eterno, yo un observador caminante que vagabundea llenándose de sol, lluvia, viento y polvo. ¿Quién nos negará lo que vemos? ¿Ellos, los poseedores del ruido interior? Usted los escucha tanto como yo, pidiendo auxilio por vestir como otros dicen, encontrar la falsa felicidad en la compra de lo que no se necesita. Dóciles, guiados en el qué decir, en cómo pensar. Creer lo que señalan otras voces explotadoras y sentir valía por ello. Si Marqués, son dementes y pobres de alma que vemos caminar a diario, secuestrados por el consumo, dentro de trajes costosos en cuerpos abandonados de espíritu y autos nuevos que deben sueldos que aun no ganan. Usted los ha visto irse muriendo de a poco, decolorando su maquillaje, arrugando sus promesas, huyendo de sí mismos, bebiendo, abriendo piernas, penetrando, decaídos en sus fracasos, en sus vanas conquistas. Pasar de jóvenes vendiendo amor a regalarlo en la desesperación de la edad madura. Son la carga de sus inequidades, de sus decisiones hechas al vacío, de manos que no sostienen nada. Hormigas desordenadas que acarician el caos y lloran bajo el peso de un espejismo de tranquilidad. Sí, señor Marqués, esto lo conoce bien, los abruptos de estos sicóticos y bárbaros que devoran sueños y carne humana, usted que desde allá arriba todo lo domina y nada tiene inalcanzable. Larga vida a usted, señor Marqués, lo dejo entretenerse en las alturas de su fuente que solo le sirve para aguantar en su cabeza y sus hombros, la cálida resequedad que le abonan los pájaros y sus zurradas matutinas... Biblioteca Digital de Escritores Queretanos Más textos de Héctor Opertum El olvido de Felipe La venganza de Sofía Pensamiento pendular Prisionero infinito


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Recomendaciones Todo sucumbe y regresa a la raíz. La inocencia infantil corre entre los universos de los jardines, y la ingenuidad rural sufre las furias de un huracán. La pérdida social se transmuta en la venganza histórica y la consentimos. La muerte ajena rinde almas envejecidas y las abuelas no se fugan del amor. Hay quien se redime a golpes y noquea un sueño de nostalgia. Porque cualquiera puede llevar a Ernesto colgado de la entraña y ser nadie, ser todos, y descubrir que escondemos algo de siniestro. Atrévete a indagar en el paisaje, en el campo agreste, quizá encuentre familiaridades y similitudes. Únase a las emociones furtivas y relucientes. Que lo deslumbre ese Atenco interno, casi lejano pero circunstancialmente nuestro y escuchado, que por muchos intentos, no se logra olvidar...

EL RUISEÑOR

KRISTIN HANNAH

En el tranquilo pueblo de Carriveau, Vianne Mauriac se despide de su marido, Antoine, quien se marcha al Frente. Ella no cree que los nazis invadan Francia... pero la invaden, y lo hacen en tropel, soldados marchando por las calles, en caravanas de camiones y tanques, en aviones que llenan los cielos y lanzan bombas sobre los inocentes. Cuando un capitán alemán requisa la casa de Vianne, ella y su hija deben vivir con el enemigo o perderlo todo. Sin comida ni dinero ni esperanza, el peligro se intensifica alrededor y Vianne se ve obligada a tomar difíciles decisiones para mantener con vida a su familia. La hermana de Vianne, Isabelle, es una rebelde chica de 18 años en busca de un propósito que dé sentido a su vida. Mientras miles de parisinos escapan de la ciudad ante la inminente llegada de los nazis, Isabelle se encuentra con Gaëton, un partisano que cree que los franceses pueden luchar contra los nazis desde dentro de Francia. Isabelle se enamora completamente. Pero, cuando él la abandona, Isabelle se une a la Resistencia y nunca mira hacia atrás, arriesgando su vida una y otra vez para salvar a otros.

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L de Lector No. 13 (Julio 2016)  

Autor: Guy de Maupassant

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