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de Lector

No. 1 Julio 2015

Santiago de Querétaro, Querétaro

vidas

miercolees

La brevedad de Chèjov

En la oscuridad

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leer más allá

Rusia, donde los inviernos que comienzan no terminan

Antón Chèjov

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escritores queretanos César Tarello

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L de Lector inicia este primer volumen para aquellos que disfrutamos de la lectura. Mensualmente seleccionamos un escritor del siglo XIX y a un escritor actual radicado en Querétaro. Este número corresponde a Antón Chèjov, representante de la escuela realista rusa y maestro de la brevedad, murió el 15 de julio de 1904 y alguna vez escribió: “Todo lo que he escrito será olvidado después de cinco o diez años; pero permanecerán con toda su novedad los caminos que he trazado, y esta es mi contribución a la literatura”. En el MiercoLees, elegimos el cuento En la oscuridad. Breve pero acertado, Chèjov dibuja la oscuridad como base para mostrarnos a una familia burguesa nada convencional. En Leer más allá, Querétaro Lector nos lleva por las estepas congeladas de Rusia, donde los inviernos que comienzan parecen nunca terminar. En Escritores Queretanos, César Tarello, autor Del peróxido de benzoilo al vodka (Par Tres Editores, 2013) nos obsequia uno de sus cuentos más representativos: ¿Adivina quién dispara las hamburguesas hoy? En Recomendaciones la librería Nuevos Horizontes ofrece un descuento a quien presente este ejemplar. Disfrútalo, nos leemos de nuevo en Agosto.


Julio 2015 Santiago de Querétaro, Querétaro Dirección editorial Patricio Rebollar

Vidas La brevedad de chèjov Mariana Zertuche

MiercoLees En la Oscuridad Antón Chèjov

Leer más allá Rusia, donde los inviernos que comienzan no terminan Luis Erick Anaya Suirob

Escritores Queretanos ¿Adivina quién dispara las hamburguesas hoy? César Tarello

Asistencia editorial Mariana Zertuche

Circulación y promoción Librerías Nuevos Horizontes

Relaciones Públicas Diana Pesquera

Colaboradores Patricio Rebollar, Mariana Zertuche, César Tarello, Diana Pesquera, Aline Trejo García, Marcela Shelley, Librería Nuevos Horizontes, Luis Erick Anaya Suirob.

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blogpartres@gmail.com

Julio 2015, año I. L de Lector es una publicación mensual editada por Par Tres Editores, S.A. de C.V. en asociación con Librerías Nuevos Horizontes. Editor Responsable: Patricio Rebollar. Impreso por Excellens en Santiago de Querétaro, Querétaro. Se permite la reproducción parcial de esta obra en lo concerniente al texto del Autor del Mes en virtud de encontrarse libre de Derechos de Autor, en cuanto a las demás secciones de la publicación, se prohíbe su reproducción parcial o total, por cualquier medio, sin la anuencia por escrito de los titulares de los derechos correspondientes.


vidas La brevedad de Chèjov

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Por Mariana Zertuche

Médico, escritor y dramaturgo ruso, nació en Taganrog, Ucrania el 29 de enero de 1860. Maestro del relato corto, considerado el representante más destacado de la escuela realista en Rusia. El tercero de cinco hermanos y de padre extremadamente devoto al cristianismo ortodoxo, creció con una disciplina extremadamente religiosa, lo cual lo llevó a ser un amante de la libertad y la independencia. Apartado del moralismo y la intencionalidad pedagógica, Antón se dedica a escribir con un estilo carente de compromiso y pasión, para plasmar una literatura que rechaza el principio del autor como narrador omnisciente. A causa de dificultades económicas, la familia de Chèjov se muda a Moscú en 1875, es hasta 1879 que él puede reunirse con su familia, para posteriormente estudiar medicina en la Universidad de Moscú. Más interesado por la literatura que por la medicina, Chèjov empieza a escribir varias narraciones, que se reúnen posteriormente en el libro Cuentos de Melpómene (1884). Gracias a sus hermanos mayores, Nicolás y Alejandro, Antón estableció relaciones con un periódico de Moscú, donde sus hermanos laboraban. Es aquí donde empieza a publicar historietas, pequeños relatos, bocetos literarios, incluso crítica teatral. El autor introdujo el elemento más característico de su enfoque narrativo: supeditar el argumento a la atmósfera del relato. El personaje pasa a ser el elemento más importante de la obra, excluyendo al narrador omnisapiente. Es considerado un artífice de un cuento abierto que no se apoya en el factor sorpresa sino en la presentación de un tema como lo hace la vida en su transcurrir.

Para 1886, el nombre de Chèjov era reconocido como un gran escritor siendo invitado a escribir en uno de los periódicos más populares de San Petersburgo, “Novoye Vremya”, del multimillonario y magnate Alexey Suvorin. Los siguientes años, el autor disminuye su producción literaria. De aproximadamente cien relatos al año, pasa a escribir sólo diez. En los años 1892-92, participó como socorrista sanitario, a causa de la penuria que azotó en la región meridional de Rusia. Posteriormente, vivió a las afueras de Moscú donde se decidió a escribir narraciones y textos teatrales, los cuales se convertirían en los más famosos del autor. Los años siguientes, debido a la tuberculosis, se trasladó a Crimea y a causa del tratamiento, viajaba frecuentemente entre Francia y Alemania. Durante los últimos años del siglo, Chèjov desarrolló su capacidad como escritor de dramaturgia, y su primera obra La gaviota se estrena con éxito en el Teatro de Arte de Moscú. A dicha obra le siguieron, con éxito, El tío Vania, Tres hermanas y el jardín de los cerezos. Muchos atribuyen la intuición de la tristeza de la vida, al Chèjov de los años maduros, sin embargo este atributo existía en él desde sus años de joven estudiante de medicina, oculto bajo algunos seudónimos, para esconder su propia identidad. En mayo de 1904 ya se encontraba gravemente enfermo, por lo que el 3 de junio se trasladó junto con su mujer Olga a Baderweiler, Alemania donde muere en un balneario el 15 de julio, con tan sólo 44 años.


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En la oscuridad Una mosca de mediano tamaño se metió en la nariz del consejero suplente Gaguin. Aunque se hubiera metido allí por curiosidad, por atolondramiento o a causa de la oscuridad, lo cierto es que la nariz no toleró la presencia de un cuerpo extraño y dio muestras de estornudar. Gaguin estornudó tan ruidosamente y tan fuerte que la cama se estremeció y los resortes, alarmados, gimieron. La esposa de Gaguin, María Michailovna, una rubia regordeta y robusta, se estremeció también y se despertó. Miró en la oscuridad, suspiró y se volvió del otro lado. A los cinco minutos se dio otra vuelta, apretó los párpados, pero no concilió el sueño. Después de varias vueltas y suspiros se incorporó, pasó por encima de su marido, se calzó las zapatillas y se fue a la ventana. Fuera de la casa, la oscuridad era completa. No se distinguían más que las siluetas de los árboles y los tejados negros de las granjas. Hacia oriente había una leve palidez, pero unas masas de nubes se aprestaban a cubrir esta zona pálida. En el ambiente, tranquilo y envuelto en la bruma, reinaba el silencio. Y hasta permanecía silencioso el sereno, a quien se paga para que rompa con el ruido de su chuzo el silencio de la noche, y el estertor de la negreta, único volátil silvestre que no rehúye la vecindad de los veraneantes de la capital. Fue María Michailovna quien rompió el silencio. De pie, junto a la ventana, mirando hacia fuera, lanzó de pronto un grito. Le había parecido que una sombra, que procedía del arriate, en el que se destaca un álamo deshojado, se dirigía hacia la casa. Al principio creyó que era una vaca o un caballo, pero, después de restregarse los ojos, distinguió claramente los contornos de un ser humano.

Por Antón Chèjov

Luego le pareció que la sombra se aproximaba a la ventana de la cocina y, después de detenerse unos instantes, al parecer por indecisión, ponía el pie sobre la cornisa y... desaparecía en el hueco negro de la ventana. “¡Un ladrón!”, se dijo como en un relámpago, y una palidez mortal se extendió por su rostro. En un instante su imaginación le reprodujo el cuadro que tanto temen los veraneantes: un ladrón se desliza en la cocina, de la cocina al comedor..., en el aparador está la vajilla de plata..., más allá el dormitorio..., un hacha..., los rostros de unos bandidos..., las joyas... Le flaquearon las piernas y sintió un escalofrío en la espalda. –¡Vasia! –exclamó zarandeando a su marido–. ¡Vasili Pracovich! ¡Dios mío, está roque! ¡Despierta, Vasili, te lo suplico! –¿Qué ocurre? –balbucea el consejero suplente, aspirando aire profundamente y emitiendo un ruido con las mandíbulas. –¡Despiértate, en el nombre del cielo! ¡Un ladrón ha entrado en la cocina! Yo estaba junto a la vidriera y he visto que alguien saltaba por la ventana. De la cocina irá al comedor..., ¡las cucharas están en el aparador! ¡Vasili! Lo mismo sucedió el año pasado en casa de Mavra. –¿Qué pasa? ¿Quién... es?


–¡Dios mío! No oye... Pero, comprende, pedazo de tronco... Acabo de ver a un hombre entrar en nuestra cocina. Pelagia tendrá miedo y...¡la vasija de plata está en el aparador! –¡Majaderías! –¡Vasili, eres insoportable! Te digo que hay un ladrón en casa y tú duermes y roncas. ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué nos roben y nos degüellen? El consejero suplente se incorporó lentamente y se sentó en la cama bostezando ruidosamente. –¡Dios mío, qué seres! –gruñó–. ¿Es que ni de noche me puedes dejar en paz? ¡No se despierta a uno por estas tonterías! –Te lo juro, Vasili; he visto a un hombre entrar por la ventana. –¿Y qué? Que entre... Será, seguramente, el bombero de Pelagia que viene a verla. –¿Cómo? ¿Qué dices? –Digo que es el bombero de Pelagia que viene a verla. –¡Eso es peor aún! –gritó María Michailovna–. ¡Eso es peor que si fuera un ladrón! Nunca toleraré en mi casa semejante cinismo. –¡Vaya una virtud!... No permitir ese cinismo... Pero ¿qué es el cinismo? ¿Por qué emplear a tontas y a locas palabras extranjeras? Es una costumbre inmemorial, querida mía, consagrada por la tradición, que el bombero vaya a visitar a las cocineras. –¡No, Vasili! ¡Tú no me conoces! No puedo admitir la idea de que, en mi casa, una cosa semejante..., semejante... ¡Vete en seguida a la cocina a decirle que se vaya! ¡Pero ahora mismo! Y mañana yo diré a Pelagia que no tenga el descaro de compor-

tarse así. Cuando me muera puedes tolerar en tu casa el cinismo, pero ahora no lo permito. ¡Vete allá! –¡Dios mío!... –gruñó Gaguin con fastidio–. Veamos, reflexiona en tu cerebro de mujer, tu cerebro microscópico: ¿por qué voy a ir allí? –¡Vasili, que me desmayo! Gaguin escupió con desdén, se calzó las zapatillas, escupió otra vez y se dirigió a la cocina. Estaba tan oscuro como en un barril tapado, y tuvo que andar a tientas. De paso buscó a ciegas la puerta de la alcoba de los niños y despertó a la niñera. –Vasilia –le dijo–, cogiste ayer mi bata para limpiarla. ¿Dónde está? –Se la he dado a Pelagia para que la limpie, señor. –¡Qué desorden! Cogen las cosas y no las vuelven a poner en su sitio. Ahora tengo que andar por la casa sin bata. Al entrar en la cocina se dirigió al rincón donde dormía la cocinera sobre el arca, debajo de las cacerolas... –¡Pelagia! –gritó, buscando a tientas sus hombros para sacudirla–. ¡Eh, Pelagia! ¡Deja de representar esta comedia! ¡Si no duermes! ¿Quién acaba de entrar por la ventana? –¿Eh? ¡Por la ventana! ¿Y quién va a entrar por la ventana? –Mira, no me andes con cuentos. Dile a tu bribón que se vaya a otra parte. ¿Me oyes? No se le ha perdido nada por aquí. –Pero ¿me quiere hacer perder la cabeza, señor? ¡Vamos!... ¿Me cree tonta? Me paso todo el santo día trabajando, corro de un lado para otro, sin parar ni un momento, y ahora me sale con esas historias. Gano cuatro rublos al mes..., tiene una que pagarse su azúcar y su té, y con la única cosa con que se me honra es con palabras como ésas... ¡He trabajado en casa de comerciantes y nunca me trataron de una manera tan baja! –Bueno, bueno... No hay por qué gritar


tanto... ¡Que se largue tu palurdo inmediatamente! ¿Me oyes? –Es vergonzoso, señor –dice Pelagia, con voz llorosa–. Unos señores cultos... y nobles, y no comprendan que tal vez unos desgraciados y miserables como nosotros... –se echó a llorar–. No tienen por qué decirnos cosas ofensivas. No hay nadie que nos defienda. –¡Bueno, basta!... ¡A mí déjame en paz! Es la señora quien me manda aquí. Por mí puede entrar el mismo diablo por la ventana, si te gusta. ¡Me tiene sin cuidado! Por este interrogatorio ya no le quedaba al consejero más que reconocer que se había equivocado y volver junto a su esposa. Pero tiene frío y se acuerda de su bata. –Escucha, Pelagia –le dice–. Cogiste mi bata para limpiarla. ¿Dónde está? –¡Ay, señor, perdóneme! Me olvidé de ponerla de nuevo en la silla. Está colgada aquí en un clavo, junto a la estufa. Gaguin, a tientas, busca la bata alrededor de la estufa, se la pone y se dirige sin hacer ruido al dormitorio. María Michailovna se había acostado después de irse su marido y se puso a esperarle. Estuvo tranquila durante dos o tres minutos, pero en seguida comenzó a torturarla la inquietud. ‹‹¡Cuánto tarda en volver! –piensa–. Menos mal si es ese... cínico, pero ¿y si es un ladrón?›› Y en su imaginación se pinta una nueva escena: su marido entra en la cocina oscura..., un golpe de maza..., muere sin proferir un grito..., un charco de sangre... Transcurrieron cinco minutos, cinco y medio, seis... Un sudor frío perló su frente. –¡Vasili! –gritó con voz estridente–. ¡Vasili! –¿Qué sucede? ¿Por qué gritas? Estoy aquí... –le contestó la voz de su marido, al tiempo que oía sus pasos–. ¿Te están matando acaso? Se acercó y se sentó en el borde de la cama.

–No había nadie –dice–. Estabas ofuscada... Puedes estar tranquila, la estúpida de Pelagia es tan virtuosa como su ama. ¡Lo que eres tú es una miedosa..., una!... Y el consejero se puso a provocar a su mujer. Estaba desvelado y ya no tenía sueño. –¡Lo que tú eres es una miedosa! –se burla de ella–. Mañana vete a ver al doctor para que te cure esas alucinaciones. ¡Eres una sicópata! –Huele a brea –dice su mujer–. A brea o... a algo así como a cebolla..., a sopa de coles. –Sí... Hay algo que huele mal... ¡No tengo sueño! Voy a encender la bujía... ¿Dónde están las cerillas? Te voy a enseñar la fotografía del procurador de la audiencia. Ayer se despidió de nosotros y nos regaló una foto a cada uno, con su autógrafo. Raspó un fósforo en la pared y encendió la bujía. Pero antes de que hubiese dado un solo paso para buscar la fotografía, detrás de él resonó un grito estridente, desgarrador. Se volvió y se encontró con que su mujer lo miraba con gran asombro, espanto y cólera... –¿Has cogido la bata en la cocina? –le preguntó palideciendo. –¿Por qué? –¡Mírate al espejo! El consejero suplente se miró en el espejo y lanzó un grito fenomenal. Sobre sus hombros pendía, en vez de su bata, un capote de bombero. ¿Cómo ha podido ser? Mientras intenta resolver este problema, su mujer veía en su imaginación una nueva escena, espantosa, imposible: la oscuridad, el silencio, susurro de palabras, etc. ¿Qué pasa entre Gaguin y la cocinera? María Michailovna da rienda suelta a su imaginación. Polinka

Otros cuentos recomendados

“Entiendo muy bien todo lo que pasa. Desde el otoño anda detrás de ti, casi todos los días se pasea contigo, y, cuando está en tu casa, lo miras como si fuera un ángel. Claro: como estás enamorada de él, te crees que es único. “


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más de chèjov

Por la editorial

«Había corrido la especie de que en el malecón había aparecido un personaje nuevo: una dama con un perrito.» Así comienza este relato, uno de los más conocidos e importantes de la literatura universal. Esta historia, entre un banquero de Moscú, casado y padre de tres hijos, siendo infeliz en su matrimonio comienza a engañar repetidamente a su esposa, considerando además, a las mujeres como de raza inferior. El relato no cuenta ningún acontecimiento extraordinario; los protagonistas llevan una vida corriente, se podría decir que incluso aburrida. El relato es un pequeño ensayo sobre cómo surge el amor entre dos personas, Anna y Gúrov, y su pasión los transforma. El sexo está muy presente en toda la narración, aunque no se muestre explícitamente. El final queda abierto, pues es algo propio de Chèjov. Esta edición de Par Tres Editores, muy cuidada y bonita, acompañada de una taza de cerámica con una frase del mismo cuento impresa: “Cada hombre vive su verdadera vida en secreto, hijo del manto de la noche”, disfruta la lectura acompañada de un buen café o un delicioso té.

Datos Curiosos

I La obra de Chèjov se hizo internacionalmente famosa en los años posteriores de la Primera Guerra Mundial, cuando las traducciones de Constance Garnett al inglés ayudaron a popularizar su obra.

II Tras su muerte, su cuerpo fue traslada-

do a Moscú en un vagón de tren refrigerado que se usaba para transportar ostras.

IIIChèjov pasó gran parte de sus 44 años

gravemente enfermo a causa de la tuberculosis que contrajo de sus pacientes a finales de 1880.

IV Su obra infuelció a la escritora moder-

nista neozelandesa Katherine Mansfield

V En 1887, gana el Premio Puskin “por la mejor producción literaria distinguida por su gran valor artístico”.


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¿Ya lo leíste? Dinos de que obra literaria se trata y llévate un libro.

Huestes de hombres, llamados héroes, se despanzurraron durante diez años bajo las murallas de una pequeña ciudad, por culpa de una vieja seducida. Las primeras dos personas que respondan correctamente * a partir del 15 de Julio, ganarán un libro.** Envía tu respuesta a blogpartres@gmail.com *Para obtener el premio y no ser descalificado, el concursante deberá enviar en el correo nombre completo, edad y su email. Limitado a un premio por participante cada número. ** El nombre de los ganadores y la respuesta se publicarán en el próximo número de L de Lector. El plazo para enviar sus respuestas es el 31 de julio. El plazo para recoger los premios vence el viernes 29 de agosto de 2015.


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leer más allá

Rusia, donde los inviernos que comienzan no terminan. Por Luis Erick Anaya Suirob Rusia no sólo es una nación, es una historia, si bien joven no podemos negar su influencia en el mundo entero, (dios mío que forma de empezar este escrito tan trillada), no se preocupen hasta a mí me di pereza, pero cuando uno lee a un autor ruso (obvio) se da cuenta que escriben de una forma muy especial, con ese rigorismo de las formas, con ese desapego a lo humano, o por lo menos a lo que nosotros (homos-occidentalis-americanous) vemos como humano. Sus lúgubres visiones, ese extremo pragmatismo tan duro, esa filosofía siempre presente, y con esos tintes de obligatoredad. No sólo lo vemos en Chèjov, si tomamos a Gogol, a León Tolstoi o incluso esa música representada en las marchas de Tchaikovsky o en esos coros militares. Entender esta forma de ver la vida no se me hace raro, por lo menos a mí (a la distancia... gran distancia y en la comodidad de la banca de mi patio), imagínense esas tierras, las estepas congeladas, los inviernos que comienzan pero no terminan. Aquí no es Jauja eso me queda claro, pero estas tierras son contados los días en que el clima nos quiere en casa, pero volvamos a Eurasia donde el refugio, la comida y el carácter son la base de la supervivencia, imaginemos un país que en doscientos años trató de igualar y ganarse un lugar en la ego maniaca y centralista historia de las Europas milenarias, pasaron por grandes líderes, que curiosamente casi todos se llamaban Pedro o Iván. Tienen grandes guerras y grandes filósofos, lo que me deja ver que el encierro del frío les deja mucho tiempo para pensar, y una gran frustración y hasta ira. Pero en fin, dicen que no debemos juzgar a un libro por su portada, del mismo modo

un autor tiene su contexto y su origen, que en mucho nos enriquecen sus relatos, y no dejen esto como una lluvia de nombres, los invito a averiguar más de esta Rusia dura, disfrútenla, disfruten de Antón Chèjov (especialmente si como su servidor gustan de cuentos cortos) viajen en la distancia y tiempo, y les deseo una deliciosa lectura de la vida.

“Este es el movimiento de quienes nos gusta leer, porque nos hace sentir bien”

www.queretarolector.com


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escritores Queretanos

¿Adivina quién dispara las hamburguesas hoy? Por César Tarello

César Tarello (México D.F., 2 de julio de 2975). Sin oficio de escritor y con actitud lo suficientemente pendenciera como para creerse el Huracán Ramírez. Más que pluma o lápiz usa un viejo bate de softball. Dice ser un músico pero goza destruir las armonías a gritos. Algunos dicen que es un fantasma que recorre los pasillos de las Facultades de Derecho y escuelas afines en la ciudad más queretana del mundo. Somebody help me. I can´t stop killing. Pulverized. Cannibal Corpse. El sur de Austin es un maldito infierno. Entro al MacDdonalds sudando. -Shit-, odio transpirar porque I stink like a puerco. Hago sonar los tacones de mis botas de rattlesnake para que todos me vean, pero siguen comiendo. Algo que nunca me ha gustado de este país son los demócratas, la gente obesa, los psicópatas. -fuck-, si tuviera uno enfrente acabaría a tiros con sus manías, y en especial a esos malditos orientales, God damned comunists que quiere manipular a nuestro gobierno. Mi Ford doble tracción está afuera esperando a que retomemos juntos los caminos; tantas rutas y carreteras interestatales recorridas hacen algo más que un hombre y un vehículo, hacen verdaderos amigos. Sorbo mi malteada light y pienso que las llantas Goodyear siempre han sido mejores que las Goodrich, incluso mejores que las que anunciaba the good ol´ cowboy Jack Palance con un taladro. Un jodido negro obeso deglute una quarter pounder con queso, papas dobles y soda extragrande detrás de mi mesa. El interior de mi Ford doble tracción tiene asientos de piel curtidos por el sol y el sudor de mi tra-

sero; en el techo está la foto de Cindy Lou con los brazos arriba de la cabeza y sus deliciosas tetas rosas del tamaño de un balón junto a mi medalla de Saint Christopher. Frente a mí una familia pelea porque Timmy el de gorrita roja no quiere comer, mientras que otros dos niños lloran por no sé qué mierda. Jodidos Irlandeses, al diablo con ellos. Fuck, lo único bueno es su whiskey. Debí haber sido un Texas ranger, formar tal vez parte de la border patrol y andar por la cerca del río grande esperando some beaners para darles con un rifle 347 de asalto (yeah, right between the eyes); incluso podría usar una shotgun igual a la que uso para cazar armadillos por las noches cuando estoy nostálgico y prendo los faros de halógeno buscando esas alimañas en medio del desierto; recordando cuando Nam´ y la hierba lo eran todo. -Those glory days already gone-. Otra persona entra a comer. El medallón está polarizado y tiene unas alcayatas pegadas a los postes traseros que sostienen mi rifle R-15 y una bolsa de cartuchos. Una pareja de ancianos platican del clima y las bellezas de Acapulco. El cofre tiene pintado un rayo negro. Salgo del MacDonalds y subo a mi camioneta. Acaricio el arma. Recuerdo que Mom me lastimaba, en ocasiones me decía que era un perdedor,


apagaba sus cigarillos en mi espalda. -Bah-, yo siempre supe que sería un gran hombre a pesar de todo, y no sé, maybe este maldito salpullido sea la señal que esperaba. ¿Why not? Rasco mi ass, doy marcha al motor y me lanzo contra los cristales del MacDonalds. Penetro más de la mitad del establecimiento; en el proceso han muerto tres personas. Bajo de la camioneta. Escucho gritos mientras recojo una gorrita sanguinolenta de algún jodido dependiente y me la pongo. Tomo el R-15, busco al desgraciado negro y le comienzo a disparar. Todos gritan, me piden que los ayude a morir. No sé con quién empezar. No me importa; sigo disparando. Ahora cae una joven que estaba gimiendo detrás de una silla. Mom me dice que detrás del mostrador se escondieron todos; sin preguntarle arremeto, escucho quejidos. Hay mucho noise. Shit, I have to take a leak, drain my lizard you know? En el baño hay más people; cuando entré sus almas me gritaron, pedían que las liberara de su infierno, y eso es lo que hago, it´s a dirty job but someone has to do it. Mientras orino, la voz de Mom comienza a sonar por las bocinas en medio de una fucking song de los Jackson´s five, y eso no es normal, algo puede estar fallando. Salgo corriendo. Una rubia llora debajo de una mesa. Me recuerda a Mom. Le pateo el trasero -¡Get up bitch!, you have been bad with me-. Le doy un tiro en la cara; a corta distancia nunca se puede decir que fue un clean shot, dejan demasiado quemada la piel. La voz de Mom sigue sonando en todo el restaurant junto con los gritos. Ya no aguanto, me quieren acabar, son los fucking goats, God damned chales, quieren hacerme prisionero. Tiro el R-15 y me pongo a llorar y a gritar junto con todos. Se escuchan unas sirenas. Cierro los ojos. -Police, you are surrounded, step out with

your hands up-. Seguro quieren detener a algún criminal. Nos vienen a rescatar a todos de aquí. An officer me lleva hacia la patrulla; creo que me protegen, pero no sé por qué razón estoy esposado. ¿What´s wrong, porqué hacia la patrulla, tienen al hombre equivocado, you hear me, you have the wrong man. Están violando mis derechos, lo oyen, las enmiendas constitucionales, oyeron, llamaré a mi abogado, just let me do my phone call. Oh my god, only in America pueden pasar estas cosas, shit, fuck. Un niño llora por donde pasamos, es rubio, tiene sangre en la cara, unos ocho años. Trae una gorrita y me ve con puchero. Shit, ¿lo ven?, ese, ese jodido bastardo es la clase de psicópata que algún día va a disparar en contra de la gente en algún jodido restaurante.

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Recomendaciones

El peróxido de benzoilo existe porque para algunos, los retretes se vuelven sórdidos cuando no se tienen a la mano algunas palabras de aliento. Carajo, en esos lugares no siempre hay revistas y ni siquiera una caja de dentífrico o un poco tapa barros con el nombre de químicos desconocidos para hacer menos angustiosa la espera. Estos relatos son mi contribución para esa breve estancia, y sus personajes pueden recordarte algo parecido a...

el chico sobre la caja de madera Leon Leyson

Leon Leyson tenía poco más de diez años cuando las tropas Nazis invadieron Polonia, iniciando el exterminio de judíos en este país. Él y su familia fueron víctimas de este horror, pero a la vez tuvieron la fortuna de ser parte de la hoy famosa lista de Schindler, y fueron rescatados gracias a la arriesgada estrategia del comerciante alemán, Oskar Schindler, salvando así sus vidas. Este libro es un relato autobiográfico, que Leon terminó de escribir poco antes de morir, en enero de 2013. Narra su infancia feliz antes del comienzo de la guerra y el enorme contraste con la masacre que se produjo después. A lo largo de sus páginas, los lectores seguirán el doloroso derrotero de Leon y su familia por diversos campos de concentración, sometidos a las peores humillaciones y constantes maltratos, encontrándose y desencontrándose, hasta que la solidaridad de Oskar Schindler y su lista salva sus vidas y les permite recomenzar, emigrando a los Estados Unidos. Una historia fuere, dura y sin eufemismos, pero a la vez profundamente inspiradora.

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*Aplican restricciones. Descuento válido en sucursales Querétaro.

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L de Lector No. 1 (Julio 2015)  

Autor del mes: Antón Chéjov

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