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de Lector vidas

miercolees

Mijailovich el genio

Un árbol de Noel y una boda

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No. 20 Febrero 2017 Año II

Santiago de Querétaro, Querétaro leer más allá OTRAS ARTES escritores queretanos Rusia imperial El gran exponente de 9

la literatura rusa

Alejandra Alatorre

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Fiódor Dostoievski

Estimado lector del L, este mes seleccionamos a uno de los grandes exponentes de la literatura en la Rusia Zarista, cuya literatura explora la psicología humana en diferentes contextos como el político, social y espiritual de la sociedad rusa del siglo XIX. Condenado a muerte por liberal y revolucionario, pero indultado momentos antes de ser asesinado; su pena fue conmutada a cuatro años de trabajos forzados en Siberia, donde escribió Recuerdos de la casa de los muertos. Lleno de deudas, Dostoievski le exige a su genio escribir grandes obras para subsistir, de allí conocemos Pobres gentes, El jugador, Crimen y Castigo y lo que él llamó su mejor obra Los hermanos Karamazov. Muere el 9 de febrero de 1881. En el MiercoLees encontrarás Un árbol de Noel y una boda, en la que narra su asistencia a una fiesta infantil, pero, al no conocer a nadie, terminó recluido en un cuarto, viendo a la hija de un comerciante rico jugando con una muñeca, se decía que el comerciante ya había apartado 300,000 rublos para su dote; escuchó a Julián Mastakóvich hacer cuentas pa sí, sabiendo que para dentro de unos años, que pudiera la niña casarse, la dote llegaría al medio millón. En Leer más allá, Valeria García nos cuenta como el sueño de Pedro I, alias el Grande, en sus intentos por convertir a Rusia en parte de Europa, consiguió dar inicio a que la literatura rusa tuviera sus bases en el dominio de la razón y la experiencia, con la llegada de la Ilustración. En Otras Artes, Addy Melba nos recomienda la serie televisiva “Dostoievski”, transmitida originalmente en Rusia en 2011 y que ganó el Águila Dorada. En Escritores Queretanos, disfruta Espalda en penumbra de Alejandra Alatorre. En Recomendaciones, descuento del 10% en Cerebro de Pan. Nos leemos en Marzo. PRT


Febrero 2017 Santiago de Querétaro, Querétaro Dirección editorial Patricio Rebollar

Vidas

Mijailovich el genio Patricio Rebollar

MiercoLees

UN ÁRBOL DE NOEL y una boda Fiódor Dostoievski

Leer más allá

Rusia imperial Valeria García Origel

Otras artes

el gran exponente de la literatura rusa Addy Melba

Escritores Queretanos espalda en penumbra Alejandra Alatorre

Asistencia editorial Valeria García Origel Relaciones Públicas Diana Pesquera Circulación y promoción Librerías Nuevos Horizontes, Librería Sancho Panza, Amadeus, Punta del Cielo, La Charamusca, Dipac, Moser Kafé. Colaboradores Patricio Rebollar, Diana Pesquera, Ricardo Rabell, Librería Sancho Panza, Valeria García Origel, Addy Melba Espinosa, Alejandra Alatorre.

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L de Lector. Febrero 2017, año II, No. 20. Publicación mensual editada por Par Tres Editores, S.A. de C.V., Fray José de la Coruña 243, colonia Quintas del Marqués, 76047, Santiago de Querétaro, Querétaro. Sitio web: www. par-tres.com, blogpartres@gmail.com. Editor Responsable: Patricio Rebollar. ISSN: 2448-5586 tramitado por el Instituto Nacional de Derechos de Autor. Impreso por Hear Industria Gráfica, ubicado en Calle 1, No. 101, Zona Industrial Benito Juárez, 76120, Santiago de Querétaro, Querétaro, este número se terminó de imprimir el 27 de enero de 2017 con un tiraje de 1000 ejemplares.

Se permite la reproducción parcial de esta obra en lo concerniente al texto del Autor del Mes en virtud de encontrarse libre de Derechos de Autor, en cuanto a las demás secciones de la publicación, se prohíbe su reproducción parcial o total, por cualquier medio, sin la anuencia por escrito de los titulares de los derechos correspondientes.


vidas Mijailovich el genio Fiódor Mijailovich Dostoievski nació el 30 de octubre de 1821 en el hospital Mariinski de Moscú, Rusia. Fue educado por su padre, quien era médico y de duro carácter; encontró cobijo bajo el cariño de su madre quien murió prematuramente. Al quedar viudo, su padre se entrega al alcohol, deshaciéndose de su hijo y enviándolo a la Escuela de Ingenieros de San Petersburgo. A los dieciocho años, una noticia que marcó para siempre su vida llegó: su padre fue torturado y asesinado por un grupo de campesinos; los siervos mancomunados de Mijaíl Dostoievski, enfurecidos tras uno de los brutales arranques de violencia provocados por el alcohol, lo habían inmovilizado y obligado a beber vodka hasta ahogarse. Dos años más tarde, comenzó a trabajar de traductor, hasta 1846 que publica su novela Pobres gentes, que le dio algo de fama, pero efímera, pues sus siguientes publicaciones pasaron desapercibidas y Dostoyevski cayó en el olvido total. El 23 de abril de 1849, fue encarcelado por formar parte del grupo intelectual liberal Círculo Petrashevski, que pretendía conspirar contra el Tsar Nicolás I. El 16 de noviembre, fue llevado a la Fortaleza de Pedro y Pablo (sobre el río Neva) para ser condenado a muerte por participar en actividades antigubernamentales. Sin embargo, el 22 de diciembre fue llevado al patio para su fusilamiento y fue indultado y su pena conmutada a trabajos forzados por cinco años en Omsk, Siberia. Fue liberado en 1854 y enviado a Semipalátinks, en Kazajistán, para dar servicio durante otros cinco años como sol-

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Por Patricio Rebollar dado raso. Inició una relación con Maria Dmítrievna Isáieva, casándose en 1857. En Recuerdos de la casa de los muertos, relata sus experiencias de Siberia, publicación que le trajo nuevamente algo de fama. En 1866 publica El jugador y la primera obra de las grandes novelas que lo consagraron como uno de los mayores genios de su época: Crimen y castigo. Debido a su sobreendeudamiento, abandonó San Petersburgo para viajar indefinidamente por Europa, contrajo nuevas nupcias con la joven Ana Grigorievna; pues Maria murió el mismo año que su hermano. Tras la muerte de su primera hija, sucumbió a la tentación del juego y comenzó a sufrir ataques epilépticos; sin embargo, tras el nacimiento de su segundo hijo, elevó sus horas de trabajo para publicar El idiota (1868) y Los endemoniados (1870) que con la fama y la paga le permitieron regresar a San Petersburgo. En 1880, publica lo que él considerará su obra maestra Los hermanos Karamazov, en la que condensa agudos análisis psicológicos, la relación del hombre con Dios, la angustia moral del hombre moderno y las aporías de la libertad humana. Muere en su casa de San Petersburgo el 9 de febrero de 1881, debido a una hemorragia pulmonar asociada a un efisema y a un ataque epiléptico. Hoy en día lo encontramos en el monasterio de Alejando Nevski, en el cementero Tijivin. Múltiples personas lo visitan para rendirle culto y homenaje. En su lápida sepulcral puede leerse el versículo de San Juan: En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere produce mucho fruto.


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Un árbol de Noel y una boda Por Fiódor Dostoievski Hace un par de días asistí yo a una boda... Pero no... Antes he de contarles algo relativo a una fiesta de Navidad. Una boda es, ya de por sí, cosa linda, y aquella de marras me gustó mucho... Pero el otro acontecimiento me impresionó más todavía. Al asistir a aquella boda, hube de acordarme de la fiesta de Navidad. Pero voy a contarles lo que allí sucedió. Hará unos cinco años, cierto día entre Navidad y Año Nuevo, recibí una invitación para un baile infantil que había de celebrarse en casa de una respetable familia amiga mía. El dueño de la casa era un personaje influyente que estaba muy bien relacionado; tenía un gran círculo de amistades, desempeñaba un gran papel en sociedad y solía urdir todos los enredos posibles; de suerte que podía suponerse, desde luego, que aquel baile de niños sólo era un pretexto para que las personas mayores, especialmente los señores papás, pudieran reunirse de un modo completamente inocente en mayor número que de costumbre y aprovechar aquella ocasión para hablar, como casualmente, de toda clase de acontecimientos y cosas notables. Pero como a mí las referidas cosas y acontecimientos no me interesaban lo más mínimo, y como entre los presentes apenas si tenía algún conocido, me pasé toda la velada entre la gente, sin que nadie me molestara, abandonado por completo a mí mismo. Otro tanto hubo de sucederle a otro caballero, que, según me pareció, no se distinguía ni por su posición social, ni por su apellido, y, a semejanza mía, sólo por pura causalidad se encontraba en aquel baile infantil... Inmediatamente hubo de llamarme la atención. Su aspecto exterior impresionaba bien: era de gran estatura, delgado, sumamente serio e iba muy bien vestido. Se advertía de inmediato que no era amigo de distracciones ni de pláticas frívolas. Al instalarse en un rinconcito tranquilo, su semblante, cuyas negras cejas se fruncieron, asumió una expresión dura, casi sombría. Saltaba a la vista que, quitando al dueño de

la casa, no conocía a ninguno de los presentes. Y tampoco era difícil adivinar que aquella fiestecita lo aburría hasta la náusea, aunque, a pesar de ello, mostró hasta el final el aspecto de un hombre feliz que pasa agradablemente el tiempo. Después supe que procedía de la provincia y sólo por una temporada había venido a Petersburgo, donde debía de fallarse al día siguiente un pleito, enrevesado, del que dependía todo su porvenir. Se le había presentado con una carta de recomendación a nuestro amigo el dueño de la casa, por lo que aquél cortésmente lo había invitado a la velada: pero, según parecía, no contaba lo más mínimo con que el dueño de la casa se tomase por él la más ligera molestia. Y como allí no se jugaba a las cartas y nadie le ofrecía un cigarro ni se dignaba dirigirle la palabra -probablemente conocían ya de lejos al pájaro por la pluma-, se vio obligado nuestro hombre, para dar algún entretenimiento a sus manos, a estar toda la noche mesándose las patillas. Tenía, verdaderamente, unas patillas muy hermosas; pero, así y todo, se las acariciaba demasiado, dando a entender que primero habían sido creadas aquellas patillas, y luego le habían añadido el hombre, con el solo objeto de que les prodigase sus caricias. Además de aquel caballero que no se preocupaba lo más mínimo por aquella fiesta de los cinco chicos pequeñines y regordetes del anfitrión, hubo de chocarme también otro individuo. Pero éste mostraba un porte totalmente distinto: ¡era todo un personaje! Se llamaba Yulián Mastakóvich. A la primera mirada se comprendía que era un huésped de honor y se hallaba, respecto al dueño de la casa, en la misma relación, aproximadamente, en que respecto a éste se encontraba el forastero desconocido. El dueño de la casa y su señora se desvivían por decirle palabras lisonjeras, le hacían lo que se dice la corte, lo presentaban a todos sus invitados, pero sin presentárselo a ninguno. Según pude observar, el dueño de la casa mostró en sus ojos el brillo de una lagrimita de emoción cuando Yulián


Mastakóvich, elogiando la fiesta, le aseguró que rara vez había pasado un rato tan agradable. Yo, por lo general, suelo sentir un malestar extraño en presencia de hombres tan importantes; así que, luego de recrear suficientemente mis ojos en la contemplación de los niños, me retiré a un pequeño boudoir, en el que, por casualidad, no había nadie, y allí me instalé en el florido parterre de la dueña de la casa, que cogía casi todo el aposento. Los niños eran todos increíblemente simpáticos e ingenuos y verdaderamente infantiles, y en modo alguno pretendían dárselas de mayores, pese a todas las exhortaciones de ayas y madres. Habían literalmente saqueado todo el árbol de Navidad hasta la última rama, y también tuvieron tiempo de romper la mitad de los juguetes, aun antes de haber puesto en claro para quién estaba destinado cada uno. Un chiquillo de aquellos de negros ojos y rizos negros, hubo de llamarme la atención de un modo particular: estaba empeñado en dispararme un tiro, pues le había tocado una pistola de madera. Pero la que más llamaba la atención de los huéspedes era su hermanita. Tendría ésta unos once años, era delicada y pálida, con unos ojazos grandes y pensativos. Los demás niños debían de haberla ofendido por algún concepto, pues se vino al cuarto donde yo me encontraba, se sentó en un rincón y se puso a jugar con su muñeca. Los convidados se señalaban unos a otros con mucho respeto a un opulento comerciante, el padre de la niña, y no faltó quién en voz baja hiciese observar que ya tenía apartados para la dote de la pequeña sus buenos trescientos mil rublos en dinero contante y sonante. Yo, involuntariamente, dirigí la vista hacia el grupo que tan interesante conversación sostenía, y mi mirada fue a dar en Yulián Mastakóvich, que, con las manos cruzadas a la espalda y un poco ladeada la cabeza, parecía escuchar muy atentamente el insulso diálogo. Al mismo tiempo hube de admirar no poco la sabiduría del dueño de la casa, que había sabido acreditarla en la distribución de los regalos. A la muchacha que poseía ya trescientos mil rublos le había correspondido la muñeca más bonita y más cara. Y el valor de los demás regalos iba bajando gradualmente, según la categoría de los respectivos padres de los chicos. Al último niño, un chiquillo de unos diez años,

delgadito, pelirrojo y con pecas, sólo le tocó un libro que contenía historias instructivas y trataba de la grandeza del mundo natural, de las lágrimas de la emoción y demás cosas por el estilo: un árido libraco, sin una estampa ni un adorno. Era el hijo de una pobre viuda, que les daba clase a los niños del anfitrión, y a la que llamaban, por abreviar, el aya. Era el tal chico un niño tímido, pusilánime. Vestía una blusilla rusa de nanquín barato. Después de recoger su libro, anduvo largo rato huroneando en torno a los juguetes de los demás niños; se le notaban unas ganas terribles de jugar con ellos; pero no se atrevía; era claro que ya comprendía muy bien su posición social. Yo contemplaba complacido los juguetes de los niños. Me resultaba de un interés extraordinario la independencia con que se manifestaban en la vida. Me chocaba que aquel pobre chico de que hablé se sintiera tan atraído por los valiosos juguetes de los otros nenes, sobre todo por un teatrillo de marionetas en el que seguramente habría deseado desempeñar algún papel, hasta el extremo de decidirse a una lisonja. Se sonrió y trató de hacerse simpático a los demás: le dio su manzana a una nena mofletuda, que ya tenía todo un bolso de golosinas, y llegó hasta el punto de decidirse a llevar a uno de los chicos a cuestas, todo con tal de que no lo excluyesen del teatro. Pero en el mismo instante surgió un adulto, que en cierto modo hacía allí de inspector, y lo echó a empujones y codazos. El chico no se atrevió a llorar. En seguida apareció también el aya, su madre, y le dijo que no molestase a los demás. Entonces se vino el chico al cuarto donde estaba la nena. Ella lo recibió con cariño, y ambos se pusieron, con mucha aplicación, a vestir a la muñeca. Yo llevaba ya sentado media horita en el parterre, y casi me había adormilado, arrullado inconscientemente por el parloteo infantil del chico pelirrojo y la futura belleza con dote de trescientos mil rublos, cuando de repente hizo irrupción en la estancia Yulián Mastakóvich. Aprovechó la ocasión de haberse suscitado una gran disputa entre los niños del salón para desaparecer de allí sin ser notado. Hacía unos minutos nada más lo había visto yo al lado del opulento comerciante, padre de la pequeña, en vivo coloquio, y, por alguna que otra palabra suelta que cogiera al vuelo, adiviné que es-


taba ensalzando las ventajas de un empleo con relación a otro. Ahora estaba pensativo, en pie, junto al parterre, sin verme a mí, y parecía meditar algo. «Trescientos..., trescientos... –murmuraba–. Once.... doce..., trece..., dieciséis... ¡Cinco años! Supongamos al cuatro por ciento... Doce por cinco... Sesenta. Bueno; pongamos, en total, al cabo de cinco años... Cuatrocientos. Eso es... Pero él no se ha de contentar con el cuatro por ciento, el muy perro. Lo menos querrá un ocho y hasta un diez. ¡Bah! Pongamos... quinientos mil... ¡Hum! Medio millón de rublos. Esto es ya mejor... Bueno...; y luego, encima, los impuestos... ¡Hum!» Su resolución era firme. Se escombró, y se disponía ya a salir de la habitación, cuando, de pronto, hubo de reparar en la pequeña. que estaba con su muñeca en un rincón, junto al niñito pobre, y se quedó parado. A mí no me vio, escondido, como estaba, detrás del denso follaje. Según me pareció, estaba muy excitado. Difícil sería, no obstante, precisar si su emoción era debida a la cuenta que acababa de echar o a alguna otra causa, pues se frotó sonriendo las manos, y parecía como si no pudiese estarse quieto. Su excitación fue creciendo hasta un extremo incomprensible, al dirigir una segunda y resuelta mirada a la rica heredera. Quiso avanzar un paso; pero volvió a detenerse y miró con mucho cuidado en torno suyo. Luego se aproximó de puntillas, como consciente de una culpa, lentamente y sin hacer ruido, a la pequeña. Como ésta se hallaba detrás del chico, se inclinó el hombre y le dio un beso en su cabecita. La pequeña lanzó un grito, asustada, pues no había advertido hasta entonces su presencia. –¿Qué haces aquí, hija mía? –le preguntó por lo bajo, miró en torno suyo y le dio luego una palmadita en las mejillas. –Estamos jugando... –¡Ah! ¿Con éste? –y Yulián Mastakóvich lanzó una mirada al pequeño–. Mira, niño: mejor estarías en la sala –le dijo. El chico no replicó, y se le quedó mirando fijo. Yulián Mastakóvich volvió a echar una rápida ojeada en torno suyo, y de nuevo se inclinó hacia la pequeña. –¿Qué es esto, niña? ¿Una muñeca? –le preguntó. –Sí, una muñequita... –repuso la nena algo forzada, y frunció levemente el ceño. –Una muñeca... Pero ¿sabes tú, hija mía,

de qué se hacen las muñecas? –No... –respondió la niña en un murmullo, y volvió a bajar la cabeza. –Bueno; pues mira: las hacen de trapos viejos, corazón. Pero tú estarías mejor en la sala, con los demás niños –y Yulián Mastakóvich, al decir esto, dirigió una severa mirada al pequeño. Pero éste y la niña fruncieron la frente y se apretaron más el uno contra el otro. Por lo visto, no querían separarse. –¿Y sabes tú también para qué te han regalado esta muñeca? –tornó a preguntar Yulián Mastakóvich, que cada vez ponía en su voz más mimo. –No. –Pues para que seas buena y cariñosa. Al decir esto, tornó Yulián Mastakóvich a mirar hacia la puerta, y luego le preguntó a la niña con voz apenas perceptible, trémula de emoción e impaciencia: –Pero ¿me querrás tú también a mí si les hago una visita a tus padres? –Al hablar así, intentó Yulián Mastakóvich darle otro beso a la pequeña; pero al ver el niño que su amiguita estaba ya a punto de romper en llanto, se apretujó contra su cuerpecito, lleno de súbita congoja, y por pura compasión y cariño rompió a llorar alto con ella. Yulián Mastakóvich se puso furioso. –¡Largo de aquí! ¡Largo de aquí –le dijo con muy mal genio al chico–. ¡Vete a la sala! ¡Anda a reunirte con los demás niños! –¡No, no, no! ¡No quiero que se vaya! ¿Por qué tiene que irse? ¡Usted es quien debe irse! –clamó la nena–. ¡Él se quedará aquí! ¡Déjele usted estar! –añadió casi llorando. En aquel instante sonaron voces altas junto a la puerta y Yulián Mastakóvich irguió el busto imponente. Pero el niño se asustó todavía más que Yulián Mastakóvich; soltó a la amiguita y se escurrió, sin ser visto, a lo largo de las paredes, en el comedor. También al comedor se trasladó Yulián Mastakóvich, cual si nada hubiera pasado. Tenía el rostro como la grana, y como al pasar ante un espejo se mirase en él, pareció asombrarse él mismo de su aspecto. Quizá lo contrariase haberse excitado tanto y hablado de manera tan destemplada. Por lo visto, sus cálculos lo habían absorbido y entusiasmado de tal modo, que a pesar de toda su dignidad y astucia, procedió como un verdadero chiquillo, y en seguida, sin pararse a reflexionar, empezaba a atacar su


objetivo. Yo lo seguí al otro cuarto..., y en verdad que fue un raro espectáculo el que allí presencié. Pues vi nada menos que a Yulián Mastakóvich, el digno y respetable Yulián Mastakóvich, hostigar al pequeño, que cada vez retrocedía más ante él y, de puro asustado, no sabía ya dónde meterse. –¡Vamos, largo de aquí! ¿Qué haces aquí, holgazán? ¡Anda, vete! Has venido aquí a robar fruta, ¿verdad? Habrás robado alguna, ¿eh? ¡Pues lárgate en seguidita, que ya verás, si no, cómo te arreglo yo a ti! El muchacho, azorado, se resolvió, finalmente, a adoptar un medio desesperado de salvación: se metió debajo de la mesa. Pero al ver aquello se puso todavía más furioso su perseguidor. Lleno de ira, tiró del largo mantel de batista que cubría la mesa, con objeto de sacar de allí al chico. Pero éste se estuvo quietecito, muertecito de miedo, y no se movió. Debo hacer notar que Yulián Mastakóvich era algo corpulento. Era lo que se dice un tipo gordo, con los mofletes colorados, una ligera tripa, rechoncho y con las pantorrillas gordas...; en una palabra: un tipo forzudo, que todo lo tenía redondito como la nuez. Gotas de sudor le corrían ya por la frente; respiraba jadeando y casi con estertor. La sangre, de estar agachado, se le subía, roja y caliente, a la cabeza. Estaba rabioso, de puro grande que eran su enojo o, ¿quién sabe?, sus celos. Yo me eché a reír alto. Yulián Mastakóvich se volvió como un relámpago hacia mí, y, no obstante su alta posición social, su influencia y sus años, se quedó enteramente confuso. En aquel instante entró por la puerta frontera el dueño de la casa. El chico se salió de debajo de la mesa y se sacudió el polvo de las rodillas y los codos. Yulián Mastakóvich recobró la serenidad, se llevó rápidamente el mantel, que aún tenía cogido de un pico, a la nariz, y se sonó. El dueño de la casa nos miró a los tres sorprendido; pero, a fuer de hombre listo que toma la vida en serio, supo aprovechar la ocasión de poder hablar a solas con su huésped. –¡Ah! Mire usted: éste es el muchacho en cuyo favor tuve la honra de interesarle... –empezó, señalando al pequeño. –¡Ah! –replicó Yulián Mastakóvich, que seguía sin ponerse a la altura de la situación. –Es el hijo del aya de mis hijos –continuó explicativo el dueño de la casa, y en tono comprometedor–, una pobre mujer. Es viu-

da de un honorable funcionario. ¿No habría medio, Yulián Mastakóvich...? –¡Ah! Lo había olvidado. ¡No, no! –lo interrumpió éste presuroso–. No me lo tome usted a mal, mi querido Filipp Aleksiéyevich; pero es de todo punto imposible. Me he informado bien; no hay, actualmente, ninguna vacante, y aun cuando la hubiese, siempre tendría éste por delante diez candidatos con mayor derecho... Lo siento mucho, créame; pero... –¡Lástima! –dijo pensativo el dueño de la casa–. Es un chico muy juicioso y modesto... –Pues a mí, por lo que he podido ver, me parece un tunante –observó Yulián Mastakóvich con forzada sonrisa–. ¡Anda! ¿Qué haces aquí? ¡Vete con tus compañeros! –le dijo al muchacho, encarándose con él. Luego no pudo, por lo visto, resistir la tentación de lanzarme a mí también una mirada terrible. Pero yo, lejos de intimidarme, me reí claramente en su cara. Yulián Mastakóvich la volvió inmediatamente a otro lado y le preguntó de un modo muy perceptible al dueño de la casa quién era aquel joven tan raro. Ambos se pusieron a cuchichear y salieron del aposento. Yo pude ver aún, por el resquicio de la puerta, cómo Yulián Mastakóvich, que escuchaba con mucha atención al dueño de la casa, movía la cabeza admirado y receloso. Después de haberme reído lo bastante, yo también me trasladé al salón. Allí estaba ahora el personaje influyente, rodeado de padres y madres de familia y de los dueños de la casa, y hablaba en tono muy animado con una señora que acababan de presentarle. La señora tenía cogida de la mano a la pequeña que Yulián Mastakóvich besara hacía diez minutos. Ponderaba el hombre a la niña, poniéndola en el séptimo cielo; ensalzaba su hermosura, su gracia, su buena educación, y la madre lo oía casi con lágrimas en los ojos. Los labios del padre sonreían. El dueño de la casa participaba con visible complacencia en el júbilo general. Los demás invitados también daban muestras de grata emoción, e incluso habían interrumpido los juegos de los niños para que éstos no molestasen con su algarabía. Todo el aire estaba lleno de exaltación. Luego pude oír yo cómo la madre de la niña, profundamente conmovida, con rebuscadas frases de cortesía, rogaba a Yulián Mastakóvich que le hiciese el honor espe-


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más de DOSTOiEVSKI

cial de visitar su casa, y pude oír también cómo Yulián Mastakóvich, sinceramente encantado, prometía corresponder sin falta a la amable invitación, y cómo los circunstantes, al dispersarse por todos lados, según lo pedía el uso social, se deshacían en conmovidos elogios, poniendo por las nubes al comerciante, su mujer y su nena, pero sobre todo a Yulián Mastakóvich. –¿Es casado ese señor? –pregunté yo alto a un amigo mío, que estaba al lado de Yulián Mastakóvich. Yulián Mastakóvich me lanzó una mirada colérica, que reflejaba exactamente sus sentimientos. –No –me respondió mi amigo, visiblemente contrariado por mi intempestiva pregunta, que yo, con toda intención, le hiciera en voz alta. *** Hace un par de días hube de pasar por delante de la iglesia de ---. La muchedumbre que se apiñaba en el balcón, y sus ricos atavíos, hubieron de llamarme la atención. La gente hablaba de una boda. Era un nublado día de otoño, y empezaba a helar. Yo entré en la iglesia, confundido entre el gentío, y miré a ver quién fuese el novio. Era un tío bajo y rechoncho, con tripa y muchas condecoraciones en el pecho. Andaba muy ocupado, de acá para allá, dando órdenes, y parecía muy excitado. Por último, se produjo en la puerta un gran revuelo; acababa de llegar la novia. Yo me abrí paso entre la multitud y pude ver una beldad maravillosa, para la que apenas despuntara aún la primera primavera. Pero estaba pálida y triste. Sus ojos miraban distraídos. Hasta me pareció que las lágrimas vertidas habían ribeteado aquellos ojos. La severa hermosura de sus facciones prestaba a toda su figura cierta dignidad y solemnidad altivas. Y, no obstante, a través de esa seriedad y dignidad y de esa melancolía, resplandecía el alma inocente, inmaculada, de la infancia, y se delataba en ella algo indeciblemente inexperto,

Por la editorial

inconsciente, infantil, que, según parecía, sin decir palabra, tácitamente, imploraba piedad. Se decía entre la gente que la novia apenas si tendría dieciséis años. Yo miré con más atención al novio, y de pronto reconocí al propio Yulián Mastakóvich, al que hacía cinco años que no volviera a ver. Y miré también a la novia. ¡Santo Dios! Me abrí paso entre el gentío en dirección a la salida, con el deseo de verme cuanto antes lejos de allí. Entre la gente se decía que la novia era rica en dinero contante y sonante y que poseía medio millón de rublos, más una renta por valor de tanto y cuanto... «¡Le salió bien la cuenta», pensé yo, y me salí a la calle.

Datos Curiosos

I

Tuvo una hija con Ana Grigorievna que murió a los pocos días después de nacer, lo que sumió a Dostoievski en un profundo dolor.

II

Los hermanos Karamázov atrajo fuertemente la atención de lectores y críticos. Dostoievski solía leer algunos fragmentos de ella en reuniones literarias con una excelente respuesta por parte del público. Tras finalizar la novela Los demonios,

III aceptó la propuesta de encargarse de la redacción del semanario El ciudadano.

En 1873 editó la versión completa de demonios, publicada por la pequeña IV Los editorial que había fundado con medios propios, ayudado por Anna.

V

Hacia 1871, Dostoievski y Anna Grigorievna habían cumplido cuatro años de residencia en el extranjero y estaban resueltos a volver a Rusia. Como Anna estaba embarazada, decidieron partir cuanto antes para no tener que viajar con un niño recién nacido. Luego de recibir la parte del pago de El Mensajero Ruso y la correspondiente a la publicación de El eterno marido, partieron hacia San Petersburgo haciendo escala en Berlín.


leer más allá Rusia imperial

Pedro I inició la conquista de territorios ubicados entre el mar Báltico y el océano Pacífico, es decir, dio inicio a la Rusia Imperial, sistema político que siguió al zarato ruso y que terminó con el emperador Nicolás II y la revolución de 1917. También llamado Pedro el Grande, este gobernante ruso llevó a la Rusia Moscovita a la transformación que la convertiría en una de las principales potencias europeas, mediante un proceso expansión y occidentalización. Así mismo, y sin siquiera imaginarlo, creó el espacio propicio para el nacimiento de figuras claves de la literatura universal, una de ellas, Dostoievski. La literatura profana, o bien una literatura sin fines sagrados, inicia en Rusia con esta modernización crucial y con el Grande quien, con mano propia, revisó y reformó el alfabeto ruso con el fin de simplificar su sistema ortográfico y hacer la lectura más accesible. Introdujo el tipo de letra civil para imprenta y en este siglo, el siglo XVIII, igual que en las literaturas occidentales, la Ilustración se incorporó a la historia de la literatura rusa y tuvo sus bases en el dominio de la razón y la experiencia. Aparecieron las primeras revistas literarias y se modernizó la poesía rusa que, más adelante, alcanzaría gran importancia junto con la prosa. Es en el siguiente siglo, conocido como el siglo de oro de la literatura rusa, que el romanticismo presente en la primera mitad del siglo, se convierte en realismo literario y poesía filosófica. Tras una serie de acontecimientos que marcaron a la sociedad como la emancipación de los siervos, la humillación nacional en la guerra de Crimea y del triunfo en la guerra ru-

9 Por Valeria García Origel

so-turca, las ideas democráticas y humanas adquieren mayor poder sobre la sociedad. Los grandes de la época como Dostoievsky añadieron la crítica y la perspectiva del ciudadano inconforme. El zar, elemento clave en ese cambio literario, y una vez más sin ese determinado propósito, adquirió una fuerte influencia occidental en su viaje a Europa como incógnito, viaje cuya finalidad original era la de conseguir ayuda de los monarcas europeos para poder enfrentarse al imperio otomano. Pedro I soñaba con hacer de Rusia un poder marítimo y controlar el mar Negro, dominado entonces por el imperio otomano, su misión falló, pero llevó consigo la influencia de los países que visitó e instauró el cambio. Impuso a los nobles la lectura de un libro que contenía las normas básicas de educación y comportamiento, no picarse la nariz con el dedo por ejemplo, permitió a las mujeres andar en público sin cubrir su rostro, abolió el calendario tradicional ruso, creó los primeros institutos superiores y estimuló la impresión de textos, apareciendo el primer periódico ruso en 1703. Ya fuera en literatura o en simples costumbres de la sociedad, Pedro I, inspirado por la cultura occidental, revolucionó Rusia y honró verdaderamente el título de imperio. De 1721 a 1917, con más de cien grupos étnicos distintos conviviendo, una religión oficial, el cristianismo ortodoxo, y una monarquía hereditaria que lideraba un rey autocrático, el imperio ruso fue la cuna de verdaderas joyas culturales, de grandeza literaria y de avances revolucionarios en la educación.


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11 OTRAS ARTES El gran exponente de la literatura Rusa Tolstoi. Nabokov. Chejov. Dostoievski. Los rusos. Leer a los rusos es algo poco común y más en nuestra época. Dostoievski es uno de los más grandes exponentes de la literatura rusa, y sin duda quienes hablan de él, alaban su obra, su trayectoria y reconocen la influencia que ha tenido en la literatura universal y por supuesto, en otras artes. Pero ¿a cuántas personas conocemos realmente que hayan leído a los rusos? ¿A cuántos conocen que hayan leído completo Crimen y Castigo? ¿Si es un autor tan reconocido, a qué se debe que sea tan poco conocido? En realidad es un circulo vicioso. Parte del miedo que nos puede impedir acercarnos a un escritor como Dostoievski es que no conocemos el contexto en el que se desarrolla su obra. Nuestro sistema educativo combinado con la distancia histórica y geográfica hacen que sepamos poco de la Rusia del siglo XIX. Pero una buena manera de conocerlo es precisamente a través de la pluma de este gran autor. Y si de gatear antes de aprender a caminar se trata, está la opción de iniciar por el cine. Dostoievski y su obra han sido llevados a la pantalla en más de 20 ocasiones. En el caso del cine, vale la pena destacar la película “Los hermanos Karamazov”, dirigida por Richard Brooks, basada en la obra homónima del escritor. Con nominaciones a los premios más destacados de la industria cinematográfico, esta adaptación de 1958 sigue la conflictiva vida y relación de los hermanos Karamazov. La interpretación de Lee J. Cobb como Fiódor Pávlovich Karamázov le valió una nominación al Oscar como mejor actor de reparto y el guión fue adap-

Por Addy Melba

tado por el mismo Brooks, y los gemelos Philip G. y Julius J. Epstein, quienes también colaboraron con el guión de la película “Casablanca”. La película te da una probadita del libro, una probadita de Rusia y una joya del cine en el tiempo en donde los directores buscaban a grandes autores para aportar a través del lente una visión de la condición humana y sus grandes conflictos: el dinero, el amor, la envidia, las traiciones y los secretos. Las fallas y aciertos de nuestra forma de relacionarnos. Era una época en la que el cine buscaba atrapar a su audiencia con grandes historias antes que con grandes efectos y de ahí la trascendencia de las películas de entonces, y seguramente también de ahí viene la elección de autores tan humanos como Dostoievski para inspirar su obra. Otra forma de acercarse a Dostoievski a través de la pantalla es a través de la serie “Dostoievski”. Esta serie hecha y transmitida originalmente en Rusia en 2011, ganó el Águila Dorada, un premio otorgado por la Academia Nacional de Artes y Ciencias Cinematográficas de Rusia. La serie en México fue transmitida por canal 22 y que relata en ocho episodios la vida del autor desde el exilio y prisión en Siberia, hasta el final de su vida en 1881. En esta destaca además de por el acercamiento a la vida del escritor, por el cuidado en el diseño de vestuario y escenografía. En un mundo globalizado, no podernos ufanarnos de conocer lo que hay en nuestro entorno si no nos damos la oportunidad de profundizar en la historia que compartimos como humanos. Dostoievski, su obra y su influencia son una ventana a nosotros mismos.


Una colección de la A a la Z con las obras más reconocidas de la literatura clásica. 27 autores consagrados y cuidadosamente seleccionados para que vivas en cada letra una aventura. Te invitamos a que seas parte de esta colección y te sumerjas en el abecédario más exclusivo uniendo tus letras favoritas y fomentando la lectura y cultura de nuestro país.

GEORGE SAND HISTORIA DE MI VIDA

Aventurera, imaginativa e inconforme, Aurore prefiere pasar su tiempo inventando historias, disfrutando del sol y de cualquier cosa que la vida proponga mientras no se trate de vestidos y maquillaje. Después de una infancia ajetreada, confundida y sin objetivos claros, es separada de su madre para ser educada por su abuela, quien más tarde la envía al convento donde tendrá una serie de revelaciones e importantes cambios en su ideología y en su vida. Tras su etapa de reflexión y maduración, encuentra a su primer pareja, se aventura en el mundo de la literatura y crea el seudónimo bajo el cual relata su vida: George Sand. A pesar de considerarse mala en asuntos de coquetería y feminidad, Sand tiene mucho que contar sobre su vida amorosa, un inesperado invitado moverá sus cimientos y una serie de eventos imprevistos continuarán haciendo de esta autobiografía, un relato emocionante.


FIÓDOR DOSTOIEVSKI EL JUGADOR Alexei Ivanovich apuesta por dos pasiones: el juego y el amor. Dentro de un hotel en Alemania, conviven un general ruso retirado, sus dos hijos, su hijastra, un francés y dos mujeres con mucho interés en la fortuna. El general está en bancarrota y en deuda con el francés Des Grieux, su única esperanza es una tía rica y moribunda a quien envían telegramas constantes para saber si ya ha muerto y recibir por fin toda la herencia. Todos desean el dinero y cada uno recurre a distintos medios desesperados por conseguirlo. Ivanovich, perdidamente enamorado de Polina, jura servirla y hacer por ella cualquier cosa, incluso morir. Polina le pide algo cercano a su propia destrucción, ir al casino y jugar por ella. Ivanovich conoce a la perfección la sensación de vértigo que le produce el estar frente a la ruleta, la cercanía a la locura que obtiene al apostar, sin embargo, su amor por la joven hijastra del general pesa más que cualquier miedo.

¡Empezamos el 13 de febrero!


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escritores Queretanos Espalda en penumbra

Por Alejandra Alatorre

Alejandra Alatorre (6 de junio de 1983, México, D.F.) Inició sus estudios en artes en el CEDART de Querétaro. En el 2005 obtuvo el diplomado en Creación Literaria de la Escuela de Escritores. Egresó de la Escuela de Laudería en 2006. Fue ganadora del Concurso Queretano de Cuento 2006 y cofundadora del movimiento literario El Bozal. Ha publicado diversos cuentos en El Bozal Boletín Literario, el Fondo de Cultura Económica y la revista Separata en Querétaro; The Apostles Review en Montreal, Canadá; Revista Askán en Morelos. Hay un momento después del atardecer en el que el Luna Nueva se queda vacío. Yo aprovecho para limpiar las mesas, me preparo una michelada y me recuesto en la hamaca de la terraza. Me quedo así una media hora. A veces leo. Luego llega Pablo y se queda en la barra a preparar todo lo que haga falta para cuando llegue la gente otra vez. Desde la hamaca lo alcanzo a ver, siempre empieza por partir limones; rellenar los envases de sal y chile medio vacíos. Se acerca algunas veces a decirme algo, casi siempre silencioso para no interrumpir mi intimidad con el sonido de las olas. Ayer llegó Pablo a decirme que si alguna vez me había hablado de Graciela. No, ¿quién es?, le dije con un fingido interés para que no se sintiera mal, porque luego ni quién lo aguante. Graciela es una prima lejana que sólo he visto como tres veces, la primera vez me enamoré de ella pero rápidamente se encargó de ponerme un alto. Ayer me pareció verla entre los clientes, no sé si ella me vio. Pablo entornó la mirada y luego se fue a escarchar los vasos. Estaba en la barra, yo lo alcanzaba a ver, fue por eso que me extrañó un poco escuchar un ruido en el almacén. Bajé las piernas de la hamaca con intenciones de ir a ver, pero Pablo ponía hielos a los vasos sin ninguna señal de que hubiera escuchado algo. La música no estaba tan fuerte y justamente el ruido se oyó en el final de una salsa. Subí los pies otra vez y jalé con el popote los últimos restos de chile y cerveza que quedaban al fondo. En ese momento se escuchó en el almacén el sonido nítido de un vaso caer al suelo, expandiendo miles de trocitos de vidrio alrededor. Esta vez la música estaba muy fuerte y Pablo no había escuchado nada. Me dirigí de inmediato al almacén y todo estaba en orden, ninguna cosa fuera de su lugar, todo perfectamente limpio a excepción de un vaso para ron reventado en el suelo. La escoba lanzó los últimos brillos sobre el recogedor cuando la presencia de Pablo

me hizo sentir observada y volteé a verlo. Tenía un brazo recargado sobre el marco de la puerta. ¿Te dije que Graciela era cubana? No. El afro de su cabello contrastaba con el brillo de su piel y su cuerpo fuerte se moldeaba bajo la poca ropa; tenía ojos de adivina. Con razón te obsesionó tanto. No te pongas celosa, tú siempre serás la única. Me molestaba cuando hacía comentarios referentes a nuestra relación, como si todavía tuviera importancia ese primer verano que pasamos juntos. No te preocupes, pintas tan guapa a Graciela que yo misma quisiera conocer sus dotes. Salí del almacén, la gente había empezado a llegar y era hora de poner el reggae a todo lo que daba para empezar el ambiente. Al otro día llegó Pablo directo a saludarme a la hamaca. Ayer vino Graciela otra vez, ¿la viste? No, yo estuve todo el tiempo en la barra. Bueno, primero la vi de lejos jugando carambola con unos argentinos. Le cambié la mesa a Rodrigo para atenderlos y poder hablar con ella. Nos vimos desde los extremos de la mesa. Me sonrió fugazmente y abrió la boca al bajar la vista, como les gusta hacerle a las mujeres para establecer el primer contacto. Primero pensé que no me había reconocido, pero después preferí pensar que todos estos años la habían hecho cambiar de opinión y tal vez ahora podría dejar de lado nuestro parentesco. Me dio la espalda mientras me aproximaba a ella para mostrarme su tatuaje de sol y luna en el huesito de arriba de su cóccix. Estiré la mano para tocar su hombro duro, pero en eso un borracho me tomó por el brazo y me dijo que en su mesa habían tirado una bebida y que si podía ir a limpiarla. Tuve que ir. Los argentinos siguieron jugando hasta casi la media noche pero siempre, por alguna razón, tenía que atender otros asuntos y ya no pude ir con Graciela. Cuando volvía con los argentinos ella había ido al baño, salido a la terraza o no sé dónde andaba. Aún así, la veía desde lejos, sobre todo cuando se agachaba para tirar y su vestido se estiraba increíblemente mostrando la redondez de sus nalgas. Bueno, ¿pudiste hablar con ella o no? Aún no, tal vez esta noche. Tal vez esta noche no vuelva. Volverá.


Ese sábado antes de que llegara Pablo, me tomé mi michelada un poco más temprano y fui a hacerme otra. Me agaché para ponerle hielos al vaso y cuando me enderecé vi una espalda larga fundida detrás de la mesa de billar. Pensándolo bien, se me antojó un mojito; cambié de vaso, lo preparé y fui hacia la espalda. Desde el sillón de mimbre en el que me instalé, escuché detrás de mí los pasos de sus tacones. Debe ser ella, pensé. Pero, ¿quién ella?, si ni la conozco. De cualquier forma es ella. Cerré los ojos, sus tacones se acercaron hasta quedar justo en el respaldo de mi sillón. Claramente sentí dos respiraciones tibias en mi nuca un milímetro antes de convertirse en contacto. Sentí unos labios rozar los bellos de mi nuca y recorrer camino hasta mi oreja, al llegar ahí se abrieron para decir algo, pero no salió la voz, sólo un aliento a hierbabuena que me erizó la piel. En eso, vi a Pablo en la entrada, ¿qué haces ahí?, me dijo. Estuve a punto de decirle que conociendo a Graciela pero me detuve. Descubrí en sus ojos un aire de angustia y le pregunté si la había vuelto a ver. No, me dijo, pero me llegó su olor toda la noche, entre hierbabuena y almizcle. Le dije que no me extrañaba y me miró extrañado. Es que estás tan obsesionado con ella que es normal que la huelas en todas partes. Ayer la soñé desnuda, me dijo sin tiempo a prepararme y entonces me llegó la imagen de su cuerpo incómodo por mi mirada. ¿Y luego? Siento que si hoy no logro hacer contacto con ella me voy a empezar a trastornar. El martes, cuando llegó Pablo, me levanté en seguida y le pregunté si pudo platicar con ella. No quiero hablar de eso, me dijo, creo que le estoy dando demasiada importancia. Se me desamarró la blusa, Pablo, ¿me ayudas? Me pasó la mirada de arriba a abajo como si descubriera mi cuerpo por primera vez. Cuando terminó de hacer el nudo bajo mi nuca y quise voltearme, me detuvo por la cintura. ¿Y este tatuaje? Te dije que no quería quedarme con las ganas y pasé el domingo en la mañana con el Chilango. Se te ve muy bien. Gracias. Cuando ya habíamos cerrado, fui por la escoba al almacén y al volver, vi a Pablo hablando sólo y moviendo los brazos como si abrazara a alguien por la cintura. ¿Quieres un mojito?, le dije. ¿Quieres seguir la fiesta?, no sabía que te gustaran los mojitos. Me encantan, además hace mucho que no nos quedamos después de cerrar y todavía no tengo ganas de llegar a la casa. Bueno pues échame uno. Yo no toqué el tema de Graciela hasta que él me dijo: pienso en ella todo el tiempo, no sé qué me pasa; podría jurar que le estás agarrando un parecido, ¿te hiciste chinos? No, creo que es el agua de la costa. Puede ser. Nos tomamos otros tres mojitos cada quien. Pablo estaba en el baño cuando escuché el golpe vacío del taco en la bola que se deslizó desnuda por la alfombra verde y rodó

hasta ser atrapada por un agujero negro. Ella estaba ahí, puso un dedo sobre sus labios y me dio la espalda. En la penumbra, se veía el movimiento de sus omóplatos al bajarse el sierre de su vestido celeste. Se volvió a poner frente a mí y se bajó los tirantes mostrando sus senos de pezones grandes y erectos. El vestido se deslizó hasta el suelo en un solo movimiento y sus pantorrillas se endurecieron aún más al levantar los enormes tacones, primero uno, después el otro, hasta quedar fuera del perímetro del vestido. Graciela me miró un poco incómoda, no le pude quitar la vista de encima y sentí que mi respiración se volvió más profunda. Ella se agachó a tomar el vestido y estiró su brazo para entregármelo. Yo no me animé a acercarme a ella, así que avanzó al ritmo de sus tacones, mientras sus senos saltaban ligeramente. Me dio el vestido y abrió sus labios para decirme algo. ¿Qué música quieres oír?, gritó Pablo desde la barra. Lo que quieras, le dije y al voltear otra vez hacia Graciela ya no estaba. Fui al baño y al verme el vestido en el espejo, me pareció que tenía el pelo más chino que nunca y la piel más morena. Me puse un poco de brillo en los labios y volví con Pablo. ¡Te ves muy bien! Me recuerdas a… ¿y ese vestido? Esta noche me siento sexy y me dieron ganas de ponérmelo. Terminamos por llevar una cubeta con hielos, la botella de ron, el azúcar y la hierbabuena al pie de las hamacas. Cuando se acabó la botella, Pablo se pasó a mi hamaca y volvimos al primer verano: hicimos el amor, hipnotizados, hasta que empezó a clarear. Ayer estábamos los dos en la barra, preparando las bebidas para los clientes que llegarían en cualquier momento. Al terminarse la voz de Manu, un silencio nos obligó a mirarnos. Entonces oímos una bola rodar sobre el tapiz verde y caer al agujero, volvimos la vista hacia la mesa de billar: Graciela nos observaba con la mano apoyada en el taco que lo había puesto sobre el suelo como un bastón; el brazo colgando y la cadera ligeramente ladeada. Después se dio la vuelta y la vimos caminar hacia el almacén, hasta que se volvió penumbra y luego oscuridad. Pablo me rodeó el cuello con sus dos manos y me besó de una manera que ya había olvidado. Le seguí el beso esperando que no terminara.

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Recomendaciones Soy un hombre ridículo. Ahora ellos me llaman loco. Y eso podría haberme supuesto un ascenso de grado, sí no me siguieran considerando igual de ridículo que antes. Así inicia nuestro narrador anónimo, que caminando por las calles oscuras de San Petersburgo, iluminado por una estrella, aviva sus ganas de suicidarse. Sentado frente al revólver, se queda dormido y sueña que se suicida y su cuerpo realiza un viaje al paraíso donde todo su ser cambia, despertando y decidiendo cambiar por completo su forma de vida. Este libro a acompañado de una taza, con la frase impresa: “Solo se que la causa del pecado fui yo”. Disfruta de esta excelente colección de Par Tres Editores.

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L de Lector No. 20 (Febrero 2017)  

Autor: Fiódor Dostoievski

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