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de Lector vidas

miercolees

leer más allá

Viaje de vida y muerte

Carta a un joven artista

De avances y padecimientos

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No. 18 Diciembre 2016 Año II

Santiago de Querétaro, Querétaro OTRAS ARTES escritores queretanos Dualidades y tesoros Arturo Santana

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Robert Louis Stevenson Estimado Lector de L, este mes se termina el 2016 con muchos proyectos y grandes ambiciones para el próximo año. Desde Julio hemos compartido la experiencia de nuestra colección abecé: 27 libros en un año, con las mejores obras de la literatura universal. Este mes presentamos a otro de los autores favoritos de Par Tres Editores: Robert Louis Stevenson, un magnífico escritor que dejó como legado múltiples novelas, cuentos, ensayos, crónicas de viaje, poesía y cartas, que juntas reunen más de 35 volúmenes. Este Tusitala, como le llamaron los nativos de las islas Samoa, lugar donde murió de un ataque cerebral el 1894, lo alabraon como el narrador de cuentos universal. En este número encontrarás el MiercoLees con la Carta a un joven artista, dedicada a un joven que se propone abrazar la carrera del arte. En Leer Más Allá, Valeria García nos conduce por el parteaguas que dejó la Revolución Industrial, cuando el hombre fue sustituido por la máquina, las hierbas por instrumentos médicos y la fantasía por la realidad. En Otras Artes, Addy Melba nos narra sobre las múltiples adaptaciones que han tenido obras como La isla del tesoro y Dr. Jekyll y Mr. Hyde, con más de 123 adaptaciones al cine desde 1908 que se fueron perdiendo entre incendios y el medio ambiente. En Escritores Queretanos, presentamos al poeta Arturo Santana, considerado como uno de los mejores escritores de nuestro estado y en esta ocasión nos regala varios poemas para conocer parte de su extensa obra. En Recomendaciones, la Librería Sancho Panza nos regala un descuento en el libro La boda de Nicholas sparks. Te deseamos unas Felices Fiestas, suscríbete al #RetoAbecé y cumple tus metas de lectura este 2017. PRT


Diciembre 2016 Santiago de Querétaro, Querétaro Dirección editorial Patricio Rebollar

Vidas

VIAJE DE VIDA Y MUERTE Héctor Alejo Rodríguez

MiercoLees

CARTA A UN JOVEN ARTISTA Robert Louis Stevenson

Leer más allá

De avances y padecimientos Valeria García Origel

Otras artes

dualidades y tesoros Addy Melba

Escritores Queretanos Poesía Arturo Santana

Asistencia editorial Valeria García Origel Relaciones Públicas Diana Pesquera Circulación y promoción Librerías Nuevos Horizontes, Librería Sancho Panza, Amadeus, Punta del Cielo, La Charamusca, Dipac, Moser Kafé. Colaboradores Patricio Rebollar, Héctor Alejo Rodríguez, Diana Pesquera, Ricardo Rabell, Librería Sancho Panza, Arturo Santana, Valeria García Origel, Addy Melba Espinosa.

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blogpartres@gmail.com

L de Lector. Diciembre 2016, año II, No. 18. Publicación mensual editada por Par Tres Editores, S.A. de C.V., Fray José de la Coruña 243, colonia Quintas del Marqués, 76047, Santiago de Querétaro, Querétaro. Sitio web: www. par-tres.com, blogpartres@gmail.com. Editor Responsable: Patricio Rebollar. ISSN: 2448-5586 tramitado por el Instituto Nacional de Derechos de Autor. Impreso por Hear Industria Gráfica, ubicado en Calle 1, No. 101, Zona Industrial Benito Juárez, 76120, Santiago de Querétaro, Querétaro, este número se terminó de imprimir el 29 de noviembre de 2016 con un tiraje de 1000 ejemplares.

Se permite la reproducción parcial de esta obra en lo concerniente al texto del Autor del Mes en virtud de encontrarse libre de Derechos de Autor, en cuanto a las demás secciones de la publicación, se prohíbe su reproducción parcial o total, por cualquier medio, sin la anuencia por escrito de los titulares de los derechos correspondientes.


vidas Viaje de vida y muerte Robert Lewis Balfour Stevenson nació en Edimburgo, Escocia, el 13 de noviembre de 1850. Fue hijo único de Thomas Stevenson y Margaret Isabella Balfour, de quien heredó una condición respiratoria enfermiza que padecería durante toda su vida. Debido a ello, sus estudios primarios se vieron postergados continuamente y tardó mucho en leer y escribir. Su padre, ingeniero y constructor de faros, a fin de restablecerlo en su adolescencia, lo llevó en sus viajes de trabajo, donde el joven Stevenson disfrutó de las regiones cálidas que le cultivaron la imaginación. A los 16 años, solventado por su padre, publicó The Pentland Rising (1866), trabajo de escaso valor literario que solo le brindó la experiencia de ir moldeando su escritura. Por designaciones paternas, cambió su nombre Lewis por Louis y se matriculó en la Universidad de Edimburgo para continuar la tradición de ingenieros en la familia; sin embargo abandonó la ingeniería y se decidió por el estudio de leyes. Recibió su grado de abogacía en 1875 e inició una larga jornada de viajes en busca de climas cálidos que beneficiaran su decaído estado de salud. Realizó una travesía en canoa de Bélgica a Francia, navegando por sus canales, de Amberes a Pontoise, aventura que relató en An inland voyage (1878), primer libro que le otorgó la atención de los lectores. De su recorrido por Francia nace Travels with a donkey in the Cevennes (1879). Ese mismo año viaja de Escocia a Estados Unidos en busca de Fanny Van de Grift Osbourne, con quien contraería matrimonio en 1880. El trayecto lo debilita notablemente. En octubre de 1881, la revista Young Folks comienza a publicar en serie un relato firmado bajo el seudónimo

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Por Héctor Alejo Rodríguez

del Capitán George North, Treasure Island, el cual recibe una grata recepción; su edición en libro, bajo su nombre real, se convierte en un best seller en 1883. Publica también con notoriedad New Arabian Nights en 1882. Una crisis de salud lo obliga a permanecer en reposo en su residencia de Hyeres en el sur de Francia, ahí escribe los versos de A Child’s Garden of Verses (1885) y un poco más repuesto se aventura con The Black Arrow, publicado también en serie en la revista Young Folks en 1883, y en libro en 1888. Stevenson decide mudarse a Bournemouth, Inglaterra y Kidnapped corre en la revista habitual durante 1886 y ese mismo año aparece la edición en libro. El éxito lo abraza en esos meses, la publicación de The strange case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde, lo catapulta al renombre y a la élite de los novelistas. Una dolencia crónica pulmonar lo agrava en 1887, viajó para restablecerse por diferentes escenarios franceses, ingleses, suizos y se instaló en la región montañosa norteamericana de los Adirondacks. Escribió durante este periodo Underwoods, exquisito trabajo poético y en 1888 partió para Oceanía. Vagabundeó dos años por el Pacífico Meridional, estableciéndose en Upolu, isla principal del archipiélago de Samoa, donde los nativos lo nombraron cariñosamente “Tusitala”, el narrador de cuentos. Sus últimas obras notables fueron: The Master of Ballantrae (1889), The Wrecker (1892), Catriona (1893), The Ebb Tide (1894), Weir of Herminston, inconclusa (1896). A causa de una hemorragia cerebral, muere el 3 de diciembre de 1894, en su casa conocida como Vailima y es sepultado en la cumbre del Monte Vaea.


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Carta a un joven artista Por Robert Louis Stevenson Con la seductora franqueza de la juventud, me planteo una cuestión de indudable importancia para usted y (cabe pensar también) de cierta trascendencia para la humanidad: ¿ha de ser o no artista? Es ésta una pregunta a la que debe responder usted mismo; lo más que puedo hacer por usted es atraer su atención sobre algunos factores que debe tener en cuenta; y empezaré, como es probable que termine, asegurándole que todo depende de la vocación. Saber lo que a uno le gusta marca el comienzo de la sabiduría y de la madurez. La juventud es una edad experimental. La esencia y el encanto de esa época ajetreada y deliciosa residen tanto en la ignorancia de uno mismo como en la ignorancia de la vida. Una y otra vez aún a el hombre joven estas dos incógnitas, ya en un ligerísimo roce, ya en un abrazo amargo; con un placer exquisito o con un dolor punzante; pero en ningún caso con indiferencia, a la cual es totalmente ajeno, o con ese sentimiento cercano a la indiferencia, la aceptación. Si se trata de un joven sensible, que se excita con facilidad, el interés por esta serie de experimentos excederá con mucho el placer que de ellos derive. Aunque así lo crea, no ama la belleza ni busca el placer; su objetivo será cumplir su vida y degustar la diversidad del destino humano, y en ello hallará suficiente recompensa. Porque hasta que la cuchilla de la curiosidad se embota, todo lo que no es vida y búsqueda desaforada de experiencias ofrece para él un rostro de repulsiva aridez que difícilmente podrá evocar más tarde; o, de haber alguna excepción –y el destino entra aquí en escena–, es en los momentos en que, hastiado o ahíto de la actividad primaria de los sentidos, revive en su memoria la imagen de los placeres y las penas pasados. De esta suerte, rechaza las profesiones rutinarias y se inclina insensiblemente hacia la carrera del arte que solamente consiste

en saborear y dar cuenta de la experiencia. Esto, que no es tanto vocación por un arte cuanto impaciencia para con las restantes ocupaciones honradas, se presenta frecuentemente aislado; y siendo así, se va borrando con el paso de los años. Bajo ningún concepto se le debe prestar atención, pues no es una vocación, sino una tentación; y cuando, hace días, su padre desaprobó de forma tan cruda (y a mi juicio) tan certera su ambición, no es improbable que recordase un episodio similar de su pasado. Porque acaso la tentación sea tan frecuente como la vocación es rara. Además, hay vocaciones imperfectas; hay hombres vinculados no tanto a un arte en particular cuanto al ars artium general, base común de todo arte creativo; ora se entregan a la pintura, ora estudian contrapunto o pergeñan un soneto: todo con idéntico interés, no pocas veces con conocimientos genuinos. Y de esta disposición, cuando despunta, me resulta difícil hablar; pero le aconsejaría dedicarse a las letras, pues, al servicio de la literatura (red de tan amplia cabida), toda su erudición pudiera serle útil algún día y, si continuara trabajando y se convirtiera al cabo en un crítico, sabría utilizar las herramientas necesarias. Por último, llegamos a esas vocaciones que son, a la vez, claras y decisivas; a los hombres que llevan en las venas el amor a los pigmentos, la pasión por el dibujo, el talento para la música o el impulso de crear mediante las palabras, de la misma forma que otros, o acaso los mismos, nacen amantes de la caza, el mar, los caballos o el torno. Están predestinados; si un hombre ama su oficio con independencia del éxito u la fama, los dioses han llamado a su puerta. Tal vez posea una vocación más amplia: sienta debilidad por todas las artes, y pienso que a menudo éste es el caso; pero es en esa disciplinada entrega a una sola, en el entusiasmo inquebrantable


por los logros técnicos y (quizá por encima de todo) en la candorosa actitud con que acomete su insignificante empresa con una gravedad propia de los cuidados del imperio y estima valioso conseguir, a cualquier coste de trabajo y tiempo, la mejora más insignificante, donde hallamos huellas de su vocación. La ejecución de un libro, de una escultura, de una sonata deben emprenderse con la insensata buena fe y el espíritu incansable de un niño que juega. ¿Merece la pena? Siempre que al artista se le ocurre hacerse esta pregunta, ampara una respuesta negativa. No se le ocurre al niño que juega a los piratas en un sillón del comedor, ni tampoco al cazador que rastrea su presa; la ingenuidad de aquél y el ardor de éste debieran fundirse en el corazón del artista. Si descubre en usted inclinaciones tan acusadas, no haya lugar para vacilaciones: ríndase a ellas. Y observe (pues no es mi intención desalentarle) que, al principio, nuestra natural disposición no se consuma con brillantez o, diré más bien, con tanta regularidad. El hábito y la práctica afilan los talentos; la perseverancia resulta menos desagradable, y con el paso del tiempo es incluso bien acogida; por vaga que sea la inclinación (si es genuina) se convierte, practicada con asiduidad, en una pasión absorbente. Pero ahora será bastante si al volver la vista atrás en un intervalo de tiempo razonable comprueba que el arte elegido tiene más cualidades que las que se arrogara en su momento entre los multitudinarios intereses de la juventud. Si la devoción acude en su ayuda, el tiempo hará el resto; y pronto todos y cada uno de sus pensamientos estarán empeñados en la tarea amada. Mas, me recordará, pese a la devoción, pese a desplegar una actividad grata y perseverante, muchos artistas, a la vista de los resultados, viven su vida totalmente en vano: artistas a millares y ni una sola obra de arte. Recuerde, a su vez, que la mayoría de los hombres son incapaces de hacer algo razonablemente bien, y entre otros cosas, arte. El artista inútil no habría sido un panadero del todo incompetente. Y el artista, incluso si no divierte al público, se

divierte a sí mismo; al menos ese hombre será más feliz gracias a sus horas de vigilia. Este es el aspecto práctico del arte: una fortaleza inexpugnable para el practicante sincero. Los beneficios directos –el salario del oficio– son reducidos, pero los beneficios indirectos –el salario de la vida– son incalculables. No existe otro negocio que ofrezca al hombre su pan de cada día en términos tan convenientes. El soldado y el explorador experimentan emociones más vivas, pero a costa de penalidades crueles y períodos de tedio que hacen enmudecer. En la vida del artista ningún momento debe transcurrir sin deleite. Tomo como ejemplo al autor con quien estoy más familiarizado; no dudo que ha de trabajar con un material díscolo y que el mismo acto de escribir perjudica y pone a prueba tanto sus ojos como su carácter; pero obsérvele en su estudio, cuando las ideas se agolpan en su mente y las palabras no le faltan: en qué corriente continua de pequeños éxitos transcurre su tiempo; con qué sensación de poder, como la de quien moviera montañas, agrupa a sus personajes menores; con qué placer para la vista y el oído ve crecer la etérea construcción sobre la página; y cómo se esmera en un oficio al cual afluye todo el material de su existencia y abre una puerta a todos sus gustos, preferencias, odios y convicciones, de modo que llega a escribir lo que ansiaba expresar. Es posible que haya gozado mucho en el grande y trágico patio de recreo del mundo; pero ¿qué habrá gozado con más intensidad que una mañana de trabajo fructífero? Supongamos que está pésimamente retribuido; lo sorprendente en verdad es recibir retribución de cualquier especie. Otros hombres pagan, y con largueza, por placeres menos deseables. Pero el ejercicio del arte no sólo reporta placer; trae consigo una admirable disciplina. Pues el artista se guía enteramente por el honor. El público ignora o conoce bien poco los méritos en busca de los cuales está condenado a invertir la mayor parte de sus esfuerzos. Una determinada concepción, una energía personal o algún acierto de poca monta que el hombre de temperamento artístico obtiene con faci-


lidad, tales son los méritos que se reconocen y valoran. Pero a aquellos más exquisitos detalles de perfección y acabado que el artista desea con vehemencia y siente de forma tan acusada, por los que (utilizando las vigorosas palabras de Balzac) ha de luchar «como un minero sepultado bajo un corrimiento de tierra», por los que día a día recompone, revisa y rechaza, a aquéllos, la gran mayoría de su audiencia permanecerá ciega. De estas penalidades ignoradas, y en el caso de que alcance elevadas cotas de mérito, acaso responda con justicia la posteridad; en el caso, más probable, de que fracase, siquiera por el margen de un cabello con respecto a la cota más elevada, tenga la seguridad de que pasarán inadvertidas: A la sombra de este gélido pensamiento, a solas en su estudio, el artista debe día a día ser fiel a su ideal. En la fidelidad radica la nobleza de su existencia; por ella el ejercicio de su arte le acrisola y fortalece el carácter; también gracias a ella la adusta presencia del gran emperador se volvió (siquiera un momento) condescendiente hacia los seguidores de Apolo, y aquella voz suave y enérgica pidió al artista que festejara su arte. Aquí conviene hacer dos advertencias. Primera, si desea continuar siendo su única ley, vigile las primeras señales de pereza. En puridad, este idealismo sólo puede sustentarse merced a un esfuerzo constante; pues el nivel de exigencia se rebaja con enorme facilidad, y el artista que se dice a sí mismo «así será suficiente», ya está condenado; en ocasiones (especialmente en ocasiones desafortunadas), tres o cuatro éxitos mediocres bastan para falsificar un talento, y en el ejercicio del periodismo se corre el riesgo de tomarle afición a la negligencia. Existe este peligro, no siendo menor el segundo. La conciencia de hasta qué extremo el artista es (debe ser) su propia ley, corrompe a las cabezas mediocres. Sensibles a la existencia de recónditas virtudes difíciles de alcanzar, muchos artistas que formulan o asimilan recetas artísticas o se enamoran tal vez de alguna habilidad particular, olvidan el objetivo de todo arte: deleitar. Indudablemente es tentador abominar del burgués ignorante; empero, no debe olvidarse que él es quien

nos paga y (salta a la vista) por servicios que desea ver realizados. Considerándolo adecuadamente, se plantea con ello una trascendental cuestión de honestidad. Ofrecer al público lo que no desea y esperar su aplauso es extraña pretensión, aunque muy corriente, sobre todo entre los pintores. En este mundo la primera obligación de cualquier hombre es ser solvente; conseguido esto, puede entregarse a todas las extravagancias que le plazcan; pero quede bien claro que sólo entonces. Hasta ese momento deberá cortejar con asiduidad al burgués que lleva la bolsa. Y si en el curso de tales capitulaciones falsifica su talento, demostrará con ello que éste nunca fue excesivamente sobresaliente y que ha preservado algo más importante que el talento: el carácter. Y si es tan independiente que no ha de doblegarse a la necesidad, aún tiene otra salida: dejar a un lado su arte y llevar un estilo de vida más viril. Al hablar de un estilo de vida más viril, debo ser franco. Vivir a expensas de un placer no es una vocación muy elevada; aunque veladamente, entraña algún patronazgo; el artista se cuenta, por ambicioso que sea, entre las chicas de baile y los marcadores de billar. Los franceses entienden la evasión romántica como una ocupación y a sus practicantes las llaman «hijas de la alegría». El artista pertenece a la misma familia, es uno de los «hijos de la alegría» que ha elegido su oficio para deleitarse, se gana el pan deleitando al prójimo y se ha desprendido de la dignidad más severa del hombre. No hace mucho algunos periódicos denostaron el título nobiliario de Tennyson; y este «hijo de la alegría» recibió reproches por condescender y seguir el ejemplo de lord Lawrence, lord Cairns y lord Clyde. El poeta estuvo más inspirado; aceptó el honor con más modestia; y los periodistas anónimos (si he de creerles) no han reparado todavía el vicario ultraje a su profesión. Estos caballeros podrán hacerse más justicia a sí mismos cuando les llegue su turno; y me agradará saberlo, pues a mis ojos bárbaros incluso lord Tennyson aparece un tanto fuera de lugar en semejante reunión; no debería haber honores para el artista; el ejercicio de su


arte ya le ofrece mayor recompensa de la que en vida le corresponde; y antes que el arte, otros oficios, menos atractivos y acaso más útiles, han hecho valer su derecho a tales honores. Pero la maldición de las ocupaciones destinadas a deleitar es el fracaso. En ocupaciones más corrientes el hombre se ofrece para producir un artículo o realizar un objeto determinado puramente convencional, proyecto en el que (casi podemos afirmar) el fracaso es muy difícil. Mas el artista se aparta de la multitud y se propone deleitar: proyecto impertinente en el que no hay fracaso que no esté envuelto en odiosas circunstancias. La infeliz «hija de la alegría» que pasea sus galas y sonrisas inadvertida entre la multitud compone una estampa que no podemos evocar sin un sentimiento de lacerante compasión. Tal es el prototipo del artista fracasado. Como ella, el actor, el bailarín y el cantante deben mostrarse en público y apurar personalmente la copa de su fracaso. Y aunque todos los demás escapemos a la suprema amargura de la picota, en esencia tarnbién cortejamos a la humillación. Todos profesamos ser capaces de gustar. ¡Qué pocos lo logramos! Todos nos comprometemos a seguir siendo capaces de gustar. Pero a cada cual incluso al más admirado, le llega el día en que su ardor declina; pierde la astucia y, avergonzado, se sienta junto a la barraca desierta. Entonces se verá en la necesidad de hacer algún trabajo y se sonrojará al cobrarlo. Entonces (como si el destino no fuese ya suficientemente cruel) habrá de padecer las burlas de los raqueros de la prensa, quienes ganan su amargo pan execrando la basura que no han leído y ensalzando la excelencia de lo que son incapaces de comprender. Y advierta que éste parece ser el final cuando menos inevitable de los escritores. Les Blancs et les Bleus (por ejemplo) reúne méritos muy diferentes a los del Vicomte de Bragelonne; y si existe algún caballero que soporte espiar la desnudez de Castle Dangerous, su nombre, según creo, es Ham: bástenos a nosotros leer sobre ello (y no sin derramar lágrimas) en las páginas de Lockhart. Así, en la vejez, cuando el confort y un quehacer se hacen más

necesarios, el escritor debe abandonar a la par su medio de vida y su pasatiempo. Sin duda el pintor que ha logrado retener la atención del público gana fuertes sumas y hasta muy avanzada edad puede permanecer junto a su caballete sin fracasos ignominiosos. El escritor, al contrario, padece el doble infortunio de estar mal retribuido cuando trabaja y de no poder trabajar en la vejez. Por ello su estilo de vida le lleva a una situación falsa. Pero el escritor (pese a los notorios ejemplos en sentido contrario) debe procurar estar mal pagado. Tennyson y Montépin se ganaron la vida espléndidamente; pero no todos podemos esperar ser Tennyson ni acaso desear ser Montépin. Si uno ha adoptado un arte como oficio, renuncie desde el principio a toda ambición económica. Lo más que puede honradamente esperar, si tiene talento y disciplina, es obtener los mismos ingresos que un oficinista invirtiendo la décima, si no la vigésima parte de su energía nerviosa. Tampoco tiene derecho a pedir más; en el salario de la vida, no en el del oficio, está su recompensa; así, el salario es el trabajo. Es evidente que no me inspiran simpatía los vulgares lamentos de la clase artística. Quizá olvidan el sistema de aparcería de los campesinos; ¿o piensan que no cabe trazar paralelismos? Tal vez no hayan reparado nunca en la pensión de retiro de un oficial de campo; ¿o es que creen que su contribución a las artes cuyo destino es agradar es más importante que los servicios de un coronel? ¿Olvidan con qué poco se conformó Millet para vivir? ¿O piensan que el tener menos genio les exime de mostrar iguales virtudes? No debe existir ninguna duda sobre este aspecto: un hombre que no es frugal, no tiene nada que hacer en las artes. Si no es frugal sus pasos le conducirán hacia el trágico fin del vieux saltimbanque; si no es frugal, cada vez le será más difícil ser honesto. Un día, cuando el carnicero llame a su puerta, acaso le tiente o se vea obligado a producir y vender una obra desaliñada. Si esta necesidad no es producto de su propia desidia, aún será digno de elogio; pues faltan palabras que puedan expresar hasta qué punto es más necesario para un hom-


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más de STEVENSON

bre mantener a su familia que conseguir –preservar– alguna distinción en las artes. Pero si es responsable de su indigencia, roba, roba a quien puso confianza en él, y (lo que es peor) roba de forma tal que siempre sale impune. Y ahora quizá me pregunte: si el artista en cierne no debe pensar en el dinero ni (como se infiere) tampoco esperar honores de Estado, ¿puede al menos ansiar las delicias de la popularidad? La alabanza, dirá, es un plato codiciable. Y mientras se refiera a la acogida de otros artistas, apunta hacia uno de los placeres más esenciales y duraderos de la carrera del arte. Pero si tiene la vista puesta en los favores del público o en la atención de la prensa, tenga la certeza de estar alimentando un sueño. Es cierto que en determinadas revistas esotéricas el autor, pongamos por caso, es criticado puntualmente, y que a menudo se le elogia más de lo que merece, a veces por méritos que él mismo tenía a gala despreciar, y otras por hombres y mujeres que se han negado a sí mismos el placer de leer su obra. Pero si el hombre es sensible a estas alabanzas desaforadas, cabe esperar que también lo sea a aquello que a menudo las acompaña e inevitablemente las sigue: un desaforado ridículo. Cualquier hombre, después de triunfar durante años, puede fracasar; tendrá noticia de su Eracaso. O puede haber triunfado durante años y seguir siendo una punta de lanza de su arte aunque sus críticos se hayan cansado de elogiarle, o habrá surgido un nuevo ídolo del momento, alguna «figura de relumbrón» a quien prefieren ahora ofrecer sus sacrificios. Tal es el anverso y el reverso de esa fea y vacía institución llamada popularidad. ¿Creerá algún hombre que merece la pena conseguirla?

Por la editorial

Datos Curiosos I

La primera influencia que obtuvo Stevenson sobre narrativa fue por mediación de su niñera Cummy, quien durante sus periodos de enfermedad le contaba y leía historias que a la vez lo horrorizaban y fascinaban.

II

En su estadía por E.U. hizo amistad con el autor Mark Twain y su estilo influyó en otros escritores como Graham Greene, H. G. Wells y Jorge Luis Borges.

Fue también ensayista y cronista, su Vailima Letters (1895) describe con preIII cisión las costumbres y condiciones del pueblo samoano ante sus crisis tribales. Creía que los jóvenes requerían un tiempo para conocerse a sí mismos IV donde los viajes fueran los facilitadores del mayor aprendizaje que la vida misma pudiera otorgar.

V

En Upolu solía caminar todas las noches por la playa, acompañado por dos empastados: uno era el libro que estaba leyendo y en el otro iba apuntando lo que su imaginación le dictaba.


leer más allá

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De avances y padecimientos Stevenson publicaba su primer obra en 1878, un año después de la obra considerada cumbre del realismo: Ana Karenina de León Tolstoi. Para leer más allá, leamos el contexto histórico en que se desarrollaron estas obras y esta corriente estética y, leamos también, acerca de nuestro autor, un poco acerca de las circunstancias que lograron que Robert Louis Stevenson compartiera su genio con el resto del mundo y otro poco de la inspiración de este genio. A la par de los avances tecnológicos y científicos, la literatura y el arte se desplazaban a un pensamiento crítico y escéptico. Los ideales cimentados un siglo atrás, evolucionan y sobrepasan las descripciones ostentosas y el detalle intrincado. La añoranza del pasado, la belleza y la naturaleza, se sustituyen por un deseo de replicar con exactitud a la sociedad y a la época en que se vive y, que a su vez, se imite de una manera simple para facilitar la comprensión de todos los individuos. Un modo de reproducción, de acusación o testimonio, que demuestra un interés alejado del egocentrismo y que propone el uso de recursos accesibles como el habla coloquial y los problemas de cada estrato social. Iniciando en Inglaterra, la revolución industrial es un parteaguas en la historia de la humanidad, sentando las bases de la tecnología del siglo XX, del capitalismo y de un crecimiento acelerado en los avances científicos. El progreso en la medicina fue suscitado por las condiciones precarias de la clase trabajadora y los fenómenos migratorios propios de este suceso, que provocaron el incremento de las enfermedades infecciosas como la tuberculosis y que lograron el nacimiento del sistema de salud pública y la medicina preventiva, así como la anestesia y la cirugía.

Por Valeria García Origel

La madre de Stevenson padecía de enfermedades que la debilitaban constantemente, mal que el escritor heredó y por lo cual pasaba los fríos y lluviosos días de Escocia, en cama. El pequeño Robert estuvo a cargo de una niñera quien le contaba historias de terror y le leía pasajes de la biblia. Aterrorizado y a su vez fascinado, Stevenson comenzó a inspirarse por estos relatos y sus visitas a la iglesia escocesa. Más tarde, la fuente de su inspiración fueron los viajes que realizó con su padre, un ingeniero y constructor de faros, quien lo animaba a volver de la escritura un hobby y de la ingeniería náutica una carrera. Puesto que sus intentos por lograr lo anterior fracasaron, Stevenson decidió estudiar derecho, pero su verdadero interés estaba con las letras. Poco después, se manifestaron en Stevenson los primeros síntomas de la tuberculosis y tras una serie de viajes por el continente, incluso conoció el amor. Tras cruzar el Océano Atlántico, el autor de La isla del tesoro era ya un experto en cuestiones marinas, y a pesar de no haber tenido experiencias como pirata, su obra es un referente de tal importancia que la figura del pirata y su entorno, como lo conocemos hoy en día, fue plasmada por Robert Louis Stevenson, y su obra es de las más representativas de su época, pues, siguiendo las características del realismo y el naturalismo, logra incorporar un sentido de aventura y suspenso que le confieren un estilo aclamado hasta nuestro días y tanto su legado como su propia historia de vida son un importante referente del siglo XIX, que lamentablemente no pudo ser más extenso pues, a pesar de ser una época de avances, no tuvo la fortuna de recuperarse de tantas enfermedades que lo hostigaron hasta el final de sus días.


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GANADOR

LA BREVEDAD

Casa embrujada

¡Participa con tu mini ficción!

Jesús Alejandro Ávila

1.- Escribe tu mini ficción, tema libre, con una extensión que deberá ser entre las 70 y 100 palabras máximo. Formato de tu cuento: en Word, Arial 12, interlineado 1.5 pt

¿Cruzar el puente? La idea le había pasado por la cabeza más de una vez. No era miedo a lo desconocido, ni miedo a las alturas, ni miedo a la luz. Era simplemente el dolor de dejar aquello en lo que tenía mucha habilidad. Se sentía orgulloso de su trabajo. Después de todo, cuántas almas se pueden dar el lujo de decir que han mantenido una casa embrujada por tantos años.

2.- Envíanos tu cuento antes del 20 de Agosto a blogpartres@gmail.com Necesitamos tus datos: Nombre, teléfono y edad. 3.- Un Premio mensual: Un paquete de libros y la publicación en L de Lector.

MENCIÓN

Karma

Andrés Rendón Comprendí que el Karma no existía, cuando después de tantos años de asesinarla, nada había pasado. Escuché tanto sobre ese mágico poder justiciero; un poder con una gran capacidad decisiva sobre la moral; el cual con exactitud define el bien y el mal, además de, sentenciar al culpable

a una penitencia –en su mayoría de veces– mayor al mal cometido. Así lo comentaban, padres y madres, empresarios y clérigos; clase alta y clase baja; maestros y estudiantes; toda clase de personas esperanzadas por ser justiciadas por este bienhechor invisible y justo…


OTRAS ARTES Dualidades y tesoros Hablar de Robert Louis Stevenson y de su influencia en el arte, es hablar de símbolos, mapas y dualidades. Su obra es conocida universalmente y como tal, se convierte en referencia y en influencia para otras artes. Muchas obras, principalmente literarias tienen referencias a la obra de Stevenson, y hay referencias a su obra, incluso en nuestra vida cotidiana, que usamos en ocasiones sin saber que son de este autor. Cuando hablamos de un pirata clásico (es decir, uno pre-Caribe), la descripción típica que viene a nuestra mente, tiene mucho que ver con la obra de Stevenson (la pata de palo, por ejemplo). Su influencia se extiende a otros escritores y por supuesto a muchas otras artes. Y el hecho de que sea fuente de inspiración para tantos, tiene como resultado homenajes y adaptaciones que pueden emocionar a sus seguidores, algunos en terrenos un poco más grises cuando no sabemos si nos da gusto o susto que los clásicos que llenaron nuestra infancia de aventuras caigan en las manos equivocadas, y otras tantas que nos hacen pensar en el mismísimo Hyde tratando de crear una obra de arte. La Isla del tesoro ha sido llevada a la gran pantalla en más de 50 ocasiones, siendo una de las más recientes, la versión de Disney “El Planeta del Tesoro”, en donde las aventuras de los protagonistas son llevadas al espacio. Esta adaptación, que sale de este mundo, la podemos poner sin duda en los terrenos grises. Sin embargo, el que la historia pueda ser llevada a una aventura futurista que crea identidad con los pequeños que nacieron en el planeta de la tecnología, es un recordatorio del tesoro que tenemos en la obra de Stevenson, y de la universalidad de sus personajes con sus respectivos dilemas. Otra de sus obras más famosas, el Dr. Jekyll y Mr. Hyde es una de las obras con el mayor número de adaptaciones en diferentes ramas del arte. En el cine hay 123 adaptaciones, la primera se realizó en

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1908 y hablar de ella fuera de una referencia histórica, es imposible ya que no hay copias que se conserven hasta la actualidad (en el inicio del cine, las películas se fabricaban con un material flamable; muchas obras del inicio del séptimo arte, se han perdido). En ediciones más recientes, vimos al personaje en películas como “La liga extraordinaria”, que a su vez es una adaptación del comic del mismo nombre, en el que personajes litearios se reúnen para combatir el mal. Afortunadamente ninguno de los autores, cuyos personajes llegaron a la gran pantalla, estaba vivo para ver las libertades creativas que se tomaron en Hollywood. En el teatro, la primera adaptación se realizó en 1887, tan solo un año después de su publicación, dato que nos sorprendería quizá más si no estuviéramos en una época de adaptaciones y refritos, pero para ese entonces, era un claro signo del éxito de la obra. La adaptación más reciente se presentó este año en Edimburgo. Y sin duda, una de las adaptaciones más curiosas, considerando el tono obscuro de la obra, es el musical “Jekyll y Hyde”. Con apertura en Texas en 1990, este musical se ha presentado con ligeras variantes en Estados Unidos y Reino Unido durante 25 años y se puede encontrar en versión DVD. El musical tiene un tono dramático, incluye una historia de amor y una serie de elementos que la convierten en una buena puesta en escena, aunque no necesariamente en una buena adaptación. Hablar de Stevenson, no es solo hablar de símbolos y dualidades, es hablar de recuerdos y de infancia, de miedos y deseos, de aventuras y misterios. Es hablar de algo que aún hoy nos mantiene cautivos y que en tantas artes sigue siendo influencia y referencia, y esperemos que así como Stevenson nos permitió encontrar un tesoro en su obra, nosotros nos permitamos navegar entre el cine, la pintura y el teatro agradeciendo la influencia de los grandes y el talento de sus seguidores.


Una colección de la A a la Z con las obras más reconocidas de la literatura clásica. 27 autores consagrados y cuidadosamente seleccionados para que vivas en cada letra una aventura. Te invitamos a que seas parte de esta colección y te sumerjas en el abecédario más exclusivo uniendo tus letras favoritas y fomentando la lectura y cultura de nuestro país.

THOMAS MANN LA MUERTE EN VENECIA

El célebre escritor alemán, Gustav Von Aschenbach, tras días de arduo trabajo, decide tomarse unas vacaciones en Venecia. En su búsqueda de la belleza clásica y los ideales perdidos, embelesado por las góndolas y los destellos del sol sobre el agua, el escritor disfruta de su descanso y se deja seducir, no sólo por la ciudad. Es objeto de su admiración un joven polaco de unos escasos catorce años, llamado Tadrio. Las vacaciones se convierten en días de reflexión, de observación obsesiva y de frustración, Aschenbach no puede pasar un solo día sin mirar de lejos a quien lo ha cautivado de una manera sublime. Por fin un día, con la oportunidad de mirarlo más de cerca, se da cuenta del aspecto enfermizo y débil de Tadrio, pero más preocupante que esto, nota la desolación que se comienza a percibir en la ciudad. Algo raro está sucediendo, pero su fervor hacia la belleza lo hace permanecer en el lugar que sabe, será el último que visite.


JACK LONDON EL LLAMADO DE LO SALVAJE Algunos hombres acaban de descubrir en el Ártico algo de gran valor. La fiebre del oro ha comenzado y se necesita la ayuda de perros fuertes para la misión. Buck, acaba de ser raptado. Un perro, mezcla de san bernardo y pastor escocés, que llevaba una vida tranquila como perro doméstico en un rancho en California, es ahora arrastrado a las frías tierras de Alaska. Después de una lucha fatigante e inútil, es vendido a un par de canadienses que lo entrenan como perro de trineo durante largos y crueles días donde aprende a resistir el frío, el hambre y alguna que otra paliza, pero sobre todo, donde aprende a convertirse en líder. Tras recorrer miles de kilómetros y posicionarse como el líder de la manada, Buck es vendido de nuevo para comenzar otra aventura. Por fin conocerá la unión entre un perro y su amo y sus instintos salvajes comenzarán a florecer.

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escritores Queretanos Poesía

Por Arturo Santana Arturo Santana Sandoval (n. El Limón, Jalisco, México, 1949). Profesor Normalista, Maestro de Lengua y Literatura. Empezó a escribir en 1974. Fue alumno del poeta jalisciense Adalberto Navarro Sánchez en la Escuela Normal Superior de Jalisco. Su obra poética se encuentra dispersa en varias publicaciones nacionales y parcialmente reunida en siete poemarios y dos opúsculos publicados desde 1987. Participó en el IV Encuentro de Poetas del Mundo Latino en Morelia 2003. Radica en Querétaro desde 1984, en cuya ciudad capital es Profesor Titular de Tiempo Completo en la Universidad Pedagógica Nacional. Veinte crepitaciones con Pablo Neruda Alguna precipitación de sílabas ronda la brisa de su pronunciamiento: uvas y látigos en el torrente virgen sobre la mar. Alguna lluvia de índices y campanas inaugurando la fiesta con un acento de sismos en cada beso, raíces desparramadas de sien en sien sobre el curso de cada gota en la partitura, llamas entre la lengua del polvo. Alguna víctima en el concierto de la nostalgia y el ritmo impuso el tono de los cerezos en sol mayor, tímpanos plenos desde la bruma clamando, nombrando vulvas y entallamientos, desmenuzando aromas con la certeza del vino alado sobre la mesa del día. Y arribarán otros veinte de algunas con el sigilo crepuscular en la mano de una conflagración de guitarras y trenes hablando de racimos, declaraciones entre follajes y despedidas de invierno, tumultos de mariposas ardiendo con un chasquido de labios, espigas y cabelleras, cinturas tibias, muchachas. Más allá de cada pétalo carnal brilla otra cosa En ese menester hallarle un hueco, por Dios, amar es un oficio del misterio. Y qué diré del preámbulo de besos y espejismos bajo fondos claroscuros de un amanecer. Amémonos al pie de este sentido abierto a la evasión más nuestra y a darle con vigor, viva la rosa de esta devoción común, de este porvenir pleno del día. Es alta la luz cuando acabamos.


Danzón con diva Bailo con mi sombra un martes desde el amanecer hasta la embocadura con la trama de esa circunstancia tan gris de mi cumpleaños cincuenta y uno. Ven para acá, chiquito, me dice buscando una oreja en la pausa de la seducción, por qué tan solo. Ella, la muy amante, diva en mis brazos, sortea mi talla de rabo verde en ayunas cuando se inserta en cada fisura de la edad como en el tiempo de un beso más en mis arrugas. Su lengua me ata. No es de ayer sino de siempre el apego de esta fidelidad entre su fondo y mi espina por más que su reiteración anual sedimente la luz de mis fotografías. Con un pacto de iniciación bailamos la primera vez en la fuente más lúcida de una fiesta y su fervor no me deja. Respira desde mi aliento. Se deja ver en cada víspera con la oportunidad de un ajuste de cuentas mientras se adhiere a mi presión arterial y en cada veintiocho de sagitario en noviembre se enreda en mis brazos hasta saciarme. Muchos días de estos, me dice lamiéndome el cuello con una destreza de medio siglo en el ajo, ¿quieres otro? Salsa y raíz para Celia Cruz Entre latido y fulgor En el extremo del escándalo veo una luz sonriente. Albas o pezones nutren por igual imaginarios de vigor o lámparas que mi sangre acoge como patios de una residencia en vilo y amarilla. Leche y esperanza en el regazo de una historia verdemente renovada y nuestra, el rojo de un blanco previsto en el tumulto de una página sol como concierto de una saga venturosa entre los pliegues de una cauda fervor siempre inconclusa y la irredenta matriz de un parto milenario.

Que lo diga el aire de la tierra martiana cuando sacude con la fibra de un huracán en julio, viene que viene girando el ojo del huahuancó, el jugo de remolacha untado sobre pezones de ritmo y bongó, tú sabes cómo una raspadita del güiro enciende la sangre, ¿de dónde llega esta tormenta oral volcada sobre cinturas de sed mientras un pueblo canta su parte? ¿de dónde el prodigio cubano, esa bandera de voz?

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Recomendaciones Resulta que nuestro personaje principal, Mr. Utterson va caminando con su primo Enfield, sobre la calle y de pronto ve a un hombre pálido y enano (Mr. Hyde) que al ver a una niña pequeña caminando hacia él, decide arrollarla, pisoteándola e ignorando sus gritos, continuando su camino. Asombrados ante la escena, lo ven entrar a casa del Dr. Henry Jekyll y salir con un talonario firmado. Utterson era amiguísimo y abogado del doctor, y sabiendo que en su testamento pretendía dejarle toda la herencia a Hyde, comienza a investigar los hechos, presuponiendo que Hyde le hace chantaje a Jekyll por algún secreto del pasado.

LA BODA

Nicholas Sparks Wilson y Jane Lewis llevan treinta años casados, tienen tres hijos y una vida tranquila, pero como ocurre en muchos casos, el día a día ha instalado la rutina en el seno de la pareja y el romanticismo ha acabado por esfumarse. Wilson, que a lo largo de todo este tiempo se ha dedicado más a su vida laboral que a su esposa, se da cuenta de la situación y empieza a temer que la desidia los conduzca un camino sin retorno. Por ello decide reconquistar a Jane y demostrarle que su amor por ella sigue vivo, preparándole una maravillosa sorpresa que hará coincidir con el enlace matrimonial de una de sus hijas.

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L de Lector No. 18 (Diciembre 2016)  

Autor: Robert Louis Stevenson

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