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de Lector vidas

miercolees

leer más allá

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Año II

Santiago de Querétaro, Querétaro OTRAS ARTES escritores queretanos Un amor de esos

La incansable pluma Gaudissart II / La cú- Balzac, autor como de Balzac pula de los inválidos pocos “que ya no existen”

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No. 14

Agosto 2016

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Honoré de Balzac

Carmen Simón

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Estimado Lector del L, como siempre contentos por presentar este número 14, con el autor seleccionado: Honoré de Balzac. Un francés que trabajó infatigablemente en una obra monumental titulada: La comedia humana que consta de una colección de casi 137 novelas, de las cuales 50 quedaron incompletas, con el objetivo de describir exahustivamente a la sociedad francesa de su tiempo, de allí deriva su famosa frase hacerle competencia al registro civil. Aunque se dice que durante años tuvo ingresos anuales estimados en 4,000 francos, en los múltiples negocios que hacía, afuera de la escritura, terminaba perdiéndolo todo y vivió endeudado toda su vida, hasta su muerte el 18 de agosto de 1850. Fue enterrado en el cementerio del Pére Lachaise siendo Victor Hugo quien pronuncia el discurso fúnebre. En el MiercoLees encontrarás dos cuentos de Balzac: Gaudissart II, que es sobre un excelente vendedor al que nadie le gana y La cúpula de los Inválidos, bastante divertido el texto. En Leer más allá, Luis Erick nos presenta a un Balzac naciendo en epicentro del golpe de estado napoleónico. En Otras Artes, Addy Melba nos cuenta sobre La Duquesa de Langeais novela llevada al cine en 2007 por el francés Jacques Rivette cuya adaptación recibió muy buenas críticas. En Escritores Queretanos, presentamos a Carmen Simón, una autora muy reconocida en Querétaro, que ha dejado huella como tallerista de muchos escritores actuales, con su método creado originalmente por Levrero. La librería Sancho Panza recomienda La cabaña de Paul Young. Disfruta de este número. Au revoir. PRT


Agosto 2016 Santiago de Querétaro, Querétaro Dirección editorial Patricio Rebollar

Vidas

LA INCANZABLE PLUMA DE BALZAC Héctor Alejo Rodríguez

MiercoLees

gaudissart ii / la cúpula de los inválidos Honoré de Balzac

Leer más allá

balzac, autor como pocos Luis Erick Anaya Suirob

Otras artes

Un amor de esos “que ya no existen” Addy Melba Espinosa

Asistencia editorial Aline Trejo García Relaciones Públicas Diana Pesquera Circulación y promoción Librerías Nuevos Horizontes, Librería Sancho Panza, Amadeus, Punta del Cielo, La Charamusca, elaboratorio, Dipac, Mosher.

Colaboradores Patricio Rebollar, Héctor Alejo Rodríguez, Escritores Queretanos Diana Pesquera, Aline Trejo García, Ricarcuestión de clases do Rabell, Librería Sancho Panza, Luis Erick Carmen Simón Anaya Suirob, Valeria García Origel, Addy Melba Espinosa, Carmen Simón. suscríbete para obtener la versión digital

blogpartres@gmail.com

L de Lector. Agosto 2016, año II, No. 14. Publicación mensual editada por Par Tres Editores, S.A. de C.V., Fray José de la Coruña 243, colonia Quintas del Marqués, 76047, Santiago de Querétaro, Querétaro. Sitio web: www. par-tres.com, blogpartres@gmail.com. Editor Responsable: Patricio Rebollar. ISSN: 2448-5586 tramitado por el Instituto Nacional de Derechos de Autor. Impreso por Hear Industria Gráfica, ubicado en Calle 1, No. 101, Zona Industrial Benito Juárez, 76120, Santiago de Querétaro, Querétaro, este número se terminó de imprimir el 28 de julio de 2016 con un tiraje de 1000 ejemplares.

Se permite la reproducción parcial de esta obra en lo concerniente al texto del Autor del Mes en virtud de encontrarse libre de Derechos de Autor, en cuanto a las demás secciones de la publicación, se prohíbe su reproducción parcial o total, por cualquier medio, sin la anuencia por escrito de los titulares de los derechos correspondientes.


vidas La incanzable pluma de Balzac Segundo hijo de Bernard François Balzac y Anne Charlotte Laure Sallambier, nació el 20 de mayo de 1799 en Tours, Francia. Sus padres conservaban una diferencia de edad entre ellos de 32 años y su condición de vida era desahogada. No gozó de una infancia resuelta en juegos, al contrario, sus padres le prodigaron una fría distancia. Asistió a clases en un internado en Vendôme cuando contaba ocho años de edad en donde padecería del sistema de estudio consistente en la memorización, método al cual no logró adaptarse y que lo haría propicio a todo tipo de castigos, tanto corporales como de aislamiento. Después de siete años de vivir estas condiciones, la familia se mudó a París en 1814; Honoré continúo sus estudios en el internado de Georges Lepître, sin grandes avances. Culminarían sus estudios en 1816, en el internado de Monsieur Gance. Ante el colapso del Imperio Napoleónico, la familia pierde su estatus y se traslada a Villeparisis, localidad ubicada a las afueras de París. Balzac proseguiría sus estudios en la Soborna interesándose en las enseñanzas filosóficas de Victor Cousin y en donde alimentó una creciente admiración por Emanuel Swedenborg, a quien trató personalmente; se graduaría confirmando una fuerte conexión con la lectura que lo llevaría a los principios de una curiosidad literaria que no era compatibles con los deseos familiares, encontrando una férrea oposición en su madre. Por designio de su padre, laboró en el despacho del abogado Victor Passez, incondicional de su familia y donde conoció de manera directa las circunstancias absurdas de la sociedad aristocrática francesa. Rechaza una propuesta de aso-

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Por Héctor Alejo Rodríguez

ciación con Passez y se traslada a París en 1819 con la convicción de dedicarse a la escritura. Vive de forma precaria y consigue componer Cromwell (1820), trabajo poético que no le contribuye satisfacciones y si malas críticas que le proponen intentar con la prosa. Coincide con Auguste Lepoitevin en 1821 quien aprecia la voluntad de trabajo de Honoré y lo convence de escribir novelas cortas por colaboración. Bajo seudónimo, termina tres obras ínfimas en menos de un año. Se independiza de Lepoitevin y continúa trabajando desbordadamente en estas novelas de folletín, firmando con seudónimos y vendiendo su obra a la mejor paga hasta 1829. Gracias al testimonio del General de Pommereul escribe Le dernier Chouan que a pesar de su escasa venta, proyecta su nombre. Publica en la Revue de Paris La peau de chagrin alcanzando un primer éxito con el público lector y la crítica en 1831. Escribe Eugénie Grandet en 1833, obra que le reditúa grandes ventas y Le Père Goriot en 1835, novela que lo conserva en amplio reconocimiento. A partir de 1832 concibe la idea de trabajar en una obra de gran extensión y aliento, una serie de novelas bajo el primer título de Scènes de la vie privée y que derivaría después en su creación literaria cumbre: la Comédie Humaine. En ella, se interesa por los detalles cotidianos, la psicología de los personajes, el encuadre social y los caracteres físicos, estilo que lo diferenciaría y lo denominaría como “padre del realismo”. Gobseck, Le curé de Tours, Le Colonel Chabert, Le médecin de campagne, Les paysans, La cousine Bette y Le cousin Pons, son algunos títulos que componen esta obra monumental. Balzac muere el 18 de agosto de 1850 en París.


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Gaudissart II / La cúpula de los Porinválidos Honoré de Balzac Gaudissart II A la señora princesa de Belgiojoso ¡Saber vender, poder vender y vender! El público no duda que París debe muchas grandezas a estas tres fases del mismo problema. La magnificencia de almacenes tan ricos como los salones de la nobleza antes de 1879; el esplendor de los cafés que, a menudo y con facilidad, eclipsa el de la neo-Versailles; el poema de los aparadores, cada noche destruidos y cada mañana vueltos a levantar; la elegancia y la gracia de los jóvenes en comunicación con las compradoras; las burlonas fisonomías y toilettes de las jóvenes que están para atraer a los compradores; y por último y recientemente, la profundidad, la extensión inmensa y el lujo babilónico de las galerías donde los expendedores monopolizan las especialidades, reuniéndolas, ¿no son nada? El Gaudissart hoy en moda iguala, cuando menos, en capacidad, ingenio, astucia y filosofía al ilustre viajante de comercio, hecho el tipo de esta tribu. Fuera de su almacén, es como un globo sin gas; porque así como el actor sólo es sublime en el teatro, así él solo debe sus facultades a su centro de mercancías. Aunque, con relacion a los viajantes europeos, de comercio el viajante francés tiene mayor instrucción, supuesto que puede hablar del asfalto, de Mabille, de bailes, de literatura, de libros ilustrados, de caminos de hierro, de política, de cámaras y de revolución, se transforma en un necio cuando deja su trampolin, su vara y sus gracias de mando; pero allí, en la cuerda floja del mostrador, con la palabra en los labios, la vista en el cliente y el chal en la mano, eclipsa al gran Talleyrand. En su casa el gran político hubiera engañado a Gaudissart, pero en su almacén, Gaudissart engañaría al gran político. Expliquemos esta paradoja con un hecho: cuando una loreta, una dama respetable, o una jóven madre de familia, duquesa, o plebeya bonachona, bailarina, señorita

inocente, o la aun más inocente extrangera se presentan, cada una ve acto continuo analizada por siete u ocho hombres que la han estudiado ya (desde el momento que ha puesto la mano en el canto del mostrador) y que se estacionan en las ventanas, en el mostrador mismo, en la puerta, en un ángulo, en mitad del almacén, con ese aire de domingo alegre. Al examinarles, uno se pregunta: –En qué pueden pensar?– El bolsillo de la compradora, sus deseos, sus intenciones, basta su fantasía, se ven mejor registrados aun de lo que en siete cuartos de hora registran los aduaneros un carruaje sospechoso en la frontera. Estos gallardos inteligentes, serios como unos padres graves, ya lo ha visto todo; los detalles de la actitud, una invisible mancha de lodo en la bota, una cinta del sombrero sucia o mal escogida, la calidad del traje, lo nuevo de los guantes, el corte del vestido debido a las inteligentes tijeras de Victorina IV, la joya de Froment-Meurice, en fin, todo lo que puede revelar la calidad de una mujer, su fortuna o su carácter. ¡Temblad! este Sanedrín de Gaudissarts, presidido por su principal, jamás se engaña; pues las ideas de cada cual se trasmiten de uno a otro, con una rapidez telegráfica, por medio de miradas, de sonrisas y de movimientos labiales. Si se trata de una inglesa, el Gaudissart sombrío, misterioso y fatal, se adelanta como un personaje novelesco de lord Byron. –Os parecerá increíble la elocuencia que se necesita en este perro mostrador, decía últimamente el primer Gaudissart del establecimiento, hablando con dos de sus amigos, Duronceret y Bixiou. Sois artistas discretos y se os puede hablar de los artificios de nuestro principal que, a la verdad, es el hombre más reputado que he visto. No hablo como fabricante, pues monsieur Fristol se lleva la palma, mas como vendedor, ha inventado el chal-Selim, un chal imposible de vender y que siempre vendemos. Este chal es nuestra guardia imperial; cuando la cosa empeora se le saca a relucir porque: se vende y no muere.


En este momento una inglesa se apeó de un carruaje y apareció como el bello ideal de aquella flema particular de Inglaterra y a todos sus productos pseudo-animados. –La inglesa –dijo el Gaudissart al oído de Bixiou, es nuestra batalla de Waterloo–; y el novelesco vendedor se adelantó. –La señora desea un chal de las Indias, o de Francia, de elevado precio, ó.....? –Veremos.
 –Qué cantidad ha pensado consagrar?
 –Veremos. El vendedor, al volverse para traer los chales, arrojó sobre sus colegas una significativa mirada, acompañada de un imperceptible movimiento de espaldas. –Hé aquí la superior calidad de las Indias, en encarnado, azul y amarillo anaranjado; todos son de diez mil francos.... estos otros son de cinco mil, y estos de tres mil. La inglesa con una indiferencia glacial le miró de pies a cabeza antes de mirar las muestras, sin manifestar la menor señal de aprobación o reprobación. –¿Teneis de otra clase? –preguntó.
 –Sí, señora. Parece, que la señora no viene muy decidida a comprar un chal. –¡Oh, muy decidida! El dependiente fue a buscar chales de un precio inferior; pero los desplegó solemnemente, como diciendo: –Atención a estas magnificencias. –Estos son mucho más caros; no han sido remitidos, sino traídos expresamente por correos, y se han comprado directamente a los fabricantes de Labore. –Sí, sí, lo comprendo; estos me convienen más. Y ¿qué precio? –dijo mostrando un chal azul celeste, cubierto de pájaros anidados en las pagodas. –Siete mil francos. La inglesa tomó el chal, se envolvió en él, se miró al espejo y dijo volviéndolo a dejar: –¡No! no me gusta. Se pasó un cuarto de hora en ensayos infructosos.
 –No tenemos nada más –dijo el dependiente mirando a su principal. –La señora como todas las personas de gusto es difícil de contentar, dijo el jefe del establecimiento, adelantándose con aquellos modales graciosos de tienda. La inglesa se puso los lentes y midió al fabricante con una mirada, de la cabeza a los pies.

–No me resta sino un solo chal, pero no lo enseño a nadie –añadió–; ninguno lo ha hallado de su gusto, es muy caprichoso; esta mañana me proponía dárselo a mi mujer; le tenemos desde 1805, proviene de la emperatriz Josefina. –Veamos, caballero.
 –Id a buscarle! –dijo el principal a un dependiente; está en mi casa. –Me satisfaría mucho verle –respondió la inglesa.
 –Costó sesenta mil francos en Turquía.
 –¡Oh! –Es uno de los siete chales enviados por Selim, al Emperador, antes de su catástrofe. La emperatriz Josefina, criolla, (como no ignorará milady), muy caprichosa, le cambió por uno de los traídos por el embajador turco y que había comprado mi predecesor; pero no he podido venderle, porque en Francia nuestras damas no son tan ricas como en Inglaterra... Ese chal vale siete mil francos, que representan catorce a quince mil con los intereses compuestos... –¿Compuesto de qué? –dijo la inglesa. –Hélo aquí, señora. Y el principal abrió, ‘con una diminuta llave, una caja cuadrada, de madera de cedro, cuya forma y sencillez impresionaron vivamente a la inglesa. De esta caja, forrada de terciopelo negro, salió un chal de unos mil quinientos francos, de un color amarillo de oro, con dibujos negros. –¡Espléndido! –dijo la inglesa; es realmente hermoso. Hé aquí mi ideal de chal. –El emperador Napoleón lo estimaba en mucho, se sirvió de él....
 –¡Mucho! –repitió ella.
Y tomó el chal, se lo puso y vió si le caía bien. –¡Hermosísimo! –dijo con un aire más tranquilo. Duronceret, Bixiou y los dependientes trocaron miradas de placer, que querían decir: «El chal está vendido.» –Y bien, señora ¿qué decidís? –preguntó el negociante. –Que decididamente prefiero comprar un carruaje. Un mismo sobresalto animó a los silenciosos y atentos dependientes, como si les hubiese movido un flúido eléctrico. –Tengo uno muy bonito –respondió tranquilamente el principal; me lo dejó una princesa rusa, la princesa Narzicoff, en pago de diversas compras; si queréis verlo


os maravillará; es completamente nuevo, no ha rodado diez veces, y lo que es en París, no tiene ninguno que se le iguale. Los dependientes estupefactos, se contuvieron por una profunda admiración. –Bueno, lo quiero –respondió la inglesa.
 –La señora conservará puesto el chal, dijo el negociante, y verá el efecto en el carruage. El negociante fué a tomar los guantes y el sombrero. –¿Cómo acabará esto? –dijo el primer dependiente viendo que su principal ofrecia la mano a la inglesa y se dirigía con ella hacia el carruage. El suceso adquirió para Buronceret y Bixiou el atractivo de un final de novela, aparte del interés particular de toda lucha, aunque pequeña, entre Inglaterra y Francia. Á los veinte minutos el principal regresaba. –Id al hôtel Lawsson, aquí teneis la dirección: Mistriss Noswell. Llevad la factura que voy a daros y recibiréis seis mil francos. –Pero ¿cómo os las habéis arreglado? –dijo Duronceret saludando a aquel rey de la factura. –¿Cómo? Reconociendo el carácter de esa mujer excéntrica, y que gusta de ser notada; cuando vió que todo el mundo miraba el chal, me dijo: –Guardaos vuestro carruaje; me quedo con el chal. –Y el Gaudissart prosiguió: –Las inglesas tienen un disgusto particular (porque no se le puede llamar gusto), no saben nunca lo que quieren, y se determinan a tomar una cosa, más por una circunstancia fortuita que por voluntad. He aquí lo que literalmente dijo el jefe del establecimiento. Esto prueba que en todo negociante de cualquier otro país no hay más que un negociante; pero que en Francia y, sobre todo, en mi París, hay un hombre salido de un Colegio real, instruido, amante de las artes, de la pesca, del teatro, o devorado por el deseo de ser el sucesor de monsieur Cunin-Gridaine, o coronel de la Guardia Nacional, o miembro del Consejo general del Sena, o juez del Tribunal de Comercio. En esto apareció la mujer del fabricante y dijo a un dependiente pequeñillo y rubio: –Monsieur Adolfo, id a encargar otra nueva caja de cedro al ebanista.
Era que se quería buscar un sucesor al chal-Selim. PARÍS, NOVIEMBRE, 1844.

La cúpula de los inválidos Un hermoso día del mes de junio, entre las cuatro y las cinco, salí de la celda de la calle du Bac donde mi honorable y estudioso amigo, el barón de Werther, me había ofrecido el almuerzo más delicado del que se pueda hacer mención en los castos y sobrios anales de mi estómago; pues el estómago tiene su literatura, su memoria, su educación, su elocuencia; el estómago es un hombre dentro del hombre; y jamás experimenté de modo tan curioso la influencia ejercida por este órgano sobre mi economía mental. Después de habernos obsequiado amablemente con vinos del Rin y de Hungría, había terminado la comida de amigos haciendo que nos sirvieran vino de Champaña. Hasta aquel momento, su hospitalidad podría considerarse normal, de no ser por su charla de artista, sus relatos fantásticos y, sobre todo, de no ser por nosotros, sus amigos, todos personas de entusiasmo, corazón y pasión. Hacia el final del almuerzo, nos encontramos todos presas de una dulce melancolía y sumergidos en una absorción bastante lógica en personas que han comido bien. Percatándose de ello, el barón, el excelente crítico, el erudito alemán que, pese a su baronía, lleva la admirable y poética vida de los monjes del siglo XVI en su celda abacial; nuestro monje -dijo-, remató su obra de gastrolatría con una auténtica salida de monje. En un momento en el que la conversación quedó interrumpida cuando nos encontrábamos en sillones inventados por el confort inglés pero perfeccionados en París que habrían causado admiración a los benedictinos, Werther se sentó ante una especie de mesita y, levantando una parte de la tapa, sacó de un instrumento alemán unos sonidos que se encontraban a mitad de camino entre los acentos lúgubres de un gato cortejando a una gata o soñando con los placeres del canalón, y las notas de un órgano vibrando en una iglesia. No sé lo que hizo con aquel instrumento de melancolía, pero mi inteligencia no se vio jamás tan cruelmente trastornada como en aquella ocasión. El aire, dirigido hacia los metales, producía unas vibraciones armónicas tan fuertes, tan graves, tan agudas, que cada


nota atacaba instantáneamente una fibra, y aquella música de verdín, aquellas melodías impregnadas de arsénico, introdujeron violentamente en mi alma todas las ensoñaciones de Jean-Paul, todas las baladas alemanas, toda la poesía fantástica y doliente que me hizo huir en medio de gran agitación, a mí que soy alegre y jovial. Me sentí como si mi personalidad se hubiera desdoblado. Mi ser interior había abandonado mi forma exterior por la que una o dos mujeres, mi familia y yo, sentimos algo de amistad. El aire ya no era el aire; mis piernas ya no eran piernas, eran algo flojo y sin consistencia que se doblaba; los adoquines se hundían, los transeúntes bailaban y París me parecía singularmente alegre. Tomé la calle de Babylone y caminé melancólicamente hacia los bulevares, adoptando como punto de referencia la cúpula de los Inválidos. Al dar la vuelta a no sé qué calle, ¡vi que la cúpula venía hacia mí!... En un primer momento me quedé algo sorprendido y me detuve. Sí, era sin duda la cúpula de los Inválidos que se paseaba boca abajo, apoyando en el suelo su punta, y tomaba el sol como cualquier buen burgués del barrio del Marais. Interpreté esta visión como un efecto óptico y gocé del mismo placenteramente, sin querer explicarme el fenómeno; pero tuve sensación de pavor cuando, viendo que se acercaba a mí, quería pisarme los talones... Eché a correr, pero oía detrás de mí el paso pesado de aquella dichosa cúpula, que parecía burlarse de mí. Sus ojos reían; efectivamente, el sol al pasar por las ventanas abiertas de tramo en tramo, le daba un vago parecido con ojos, y la cúpula me lanzaba auténticas miradas... «¡Soy bastante tonto! –pensé–. Voy a ponerme detrás de ella...» La dejé pasar, y entonces volvió a colocarse con la punta hacia arriba. En esa posición, me hizo un gesto con la cabeza, y su maldito ropaje azul y oro se arrugó como la falda de una mujer... Entonces di unos pasos hacia atrás para plantarla allí mismo, pues empecé a sentirme inquieto. No había duda de que, al día siguiente, los periódicos no dejarían de contar que yo, autor de algunos artículos insertados en La Revue, me había llevado la cúpula de los Inválidos; aquello me resultaba indiferente porque tenía intención de defenderme y de contar abiertamente que la cúpula se había encaprichado conmigo y me había

seguido por su cuenta. Mi carácter bien conocido, mis hábitos y costumbres debían hacer comprender que, lejos de degradar los monumentos públicos, yo abogaba por dialogar con ellos. La mayor dificultad, y la que más me inquietaba, era saber qué iba a hacer yo con aquella cúpula. No hay duda de que se podía ganar una fortuna... Además de que la amistad de la cúpula de los Inválidos con un hombre no era sino algo muy halagador, podía llevarla a algún país extranjero, exponerla en Londres junto a Saint-Paul... Pero si tenía intención de seguirme, ¿cómo iba a volver yo a mi casa?... ¿Dónde la iba a poner? Naturalmente, iba a producir considerables desperfectos por las calles por donde pasara; es verdad que podría llevarla por los muelles y mantenerla siempre junto al río... Si me molestaba en avisar, la gente la dejaría pasar; pero, si se empeñaba en entrar en mi casa, derribaría el inmueble en el que vivo de alquiler. ¡Menuda indemnización me pediría el propietario! La casa no está asegurada contra cúpulas... Y, si la llevaba a Londres o a Berlín, ¡qué desperfectos no haría por el camino...! –¡Santo Dios! ¡Qué raros están los Inválidos sin la cúpula! –exclamé. Al oír estas palabras, las personas que se encontraban cerca levantaron los ojos hacia la iglesia y rompieron a reír. Decían: «Pero ¿qué ha sido de ella?» «¡Estoy seguro de que todo París está preocupado!» Entonces escuché un griterío, un clamor que hacía pensar en que se aproximaba el fin del mundo: «¡Ya está! ¡están reclamando su cúpula!» me dije. Tenía razón, la cúpula de los Inválidos es uno de los monumentos más bellos de París; y, desde que, por una fantasía bastante rara entre cúpulas, era de mi propiedad, la admiraba con embeleso. Bajo los rayos del sol resplandecía como si estuviera cubierta de piedras preciosas, su azul se destacaba claramente en el del cielo, y su linterna tan graciosa, tan maravillosamente elegante y ligera, parecía ofrecerme detalles en los que no había reparado hasta entonces. Es verdad que tenía algunas zonas estropeadas y que habían perdido el dorado; pero yo no era suficientemente rico como para devolverles su esplendor imperial. Cerca de Nemours he conocido a un agricultor que tiene la singular habilidad de fascinar a las abejas y de hacer que le sigan


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más de BALZAC

sin picarle. Es su rey: les silba y acuden; les dice que se marchen y huyen. Tal vez haya llegado yo a un completo desarrollo moral, a un poder sobrenatural y haya adquirido el poder de atraer a las cúpulas. Entonces, por el interés de Francia, pensé en colocar ésta en su lugar habitual y viajar por Europa para traerme a París numerosas cúpulas célebres, las de Oriente, las de Italia, y las más bellas torres de catedrales... ¡Qué prestigio! ¡Qué serían a mi lado los Paganini, los Rossini, los Cuvier, los Canova o los Goethe! Tenía la fe más absoluta en mi poder, la fe de la que habló Cristo, la voluntad sin límites que permite mover montañas, la fuerza con cuya ayuda podemos abolir las leyes del espacio y del tiempo, cuando vi avanzar hacia mí, a la máxima velocidad que pueden alcanzar los caballos de los servicios públicos, un cabriolé que desembocó por la calle Saint-Dominique. –¡Tenga cuidado con la cúpula! –grité. El conductor no me oyó, lanzó su caballo hasta el centro de la cúpula; yo solté un enorme grito pues la pobre cúpula, que no había podido echarse a un lado, se hizo mil pedazos, y me salpicó totalmente. Luego, cuando pasó aquel condenado cabriolé, vi a la tozuda cúpula volverse a colocar boca abajo, sobre la punta, con pequeñas sacudidas; las piedras se armaban de nuevo, las bellas franjas doradas reaparecían, y yo me secaba la cara instintivamente; pues en aquel momento, mi ser exterior regresó y me encontré cerca de los Inválidos, ante un enorme charco de agua en el que se reflejaba la cúpula de los Inválidos. Creo que estaba borracho... ¡Maldita fisarmónica! ¡Qué manera de atacar los nervios!...

Por la editorial

Datos Curiosos I

Recibió el elogio de Goethe por su no-

II vela La peau de chagrin (La piel de zapa), la cual lo llevó al prestigio literario.

Sostuvo amoríos con Madame de Berny, quince años mayor que él, quien lo IIIintrodujo al mundo de París y le ayudó financieramente. Gravemente enfermo contrajo matrimonio el 14 de mayo de 1850 con la IV condesa Ewelina Haska, después de 18 años de espera y ante la inminencia de su muerte.

LES INVALIDES, PARÍS Construcción: 1671 Uso Inicial: Hospital, Iglesia, Residencia de ancianos y Mausoleo. Actual: Museo del Ejército, Museo de la Orden de la Liberación y Museo de Historia Contemporánea.

Balzac tuvo una mala visión para los negocios, solía endeudarse y vivir en constantes y serios problemas con acreedores, incluso llegó a purgar una condena de meses en prisión.

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Fue amigo y admirado por Victor Hugo, quien en su funeral le dedicó un honorable y recordado panegírico. Asistieron a despedirlos personalidades como Alexandre Dumas, padre e hijo, Gustave Courbet y Frédéric Lemaître.


leer más allá

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Balzac, autor como pocos “Lo que hace indisoluble a las amistades y dobla su encanto, es un sentimiento que le falta al amor, la certeza.” Nació con el fin de la revolución francesa, oficialmente el nacimiento de las nuevas eras de libertad en el corazón del eurocentrismo, su arte, sus letras, filosofía y conceptos son por demás interesantes, pues nos dejan ver cómo fueron creados muchos de los conceptos reinados hasta nuestros días. Honoré de Balzac (mejor pronúncielo como Honoré Balssa) Me imagino como en páginas anteriores (que hasta ahora no he podido leer) y si solo es mera suposición ya les dijeron que nació en Tours, el 20 de mayo del 1799, pero en que 1799 fue ese 1799 (ya sé que digo mucho 1799, pero es divertido ¿no? 1799, 1799) ese es el año en que cae la monarquía francesa, un golpe de estado de un Napoleón Bonaparte (Busquen allí está san google), es un momento de cambio para el mundo y este autor nace en epicentro, leerlo permite el ingreso a ese momento y lugar, una sociedad donde el pueblo comienza a buscar estar en el poder, y que creen lo mejor de todo es que Honoré era pobre, que más se puede pedir. Sus máximas como con la que comenzamos son muestras de un pensamiento más libre y menos meloso, pensaba decir romántico, más si es romántico, con una nueva visión del romance más analítico y real, menos idealista.

Por Luis Erick Anaya Suirob

Es como cuando tomamos alguna bebida café o te por ejemplo, es rico con bastante azúcar, si, bebible, pero ¿no es más rico cuando se endulza con una cantidad apenas justa?, sin empalagar, solo, para que revele un mayor aroma, en ese punto donde lo amargo o lo ácido se desvanecen, pero sin perdernos en el dulzor, cuando necesitamos tomar agua porque nos causa sed, agua que desvanecerá el sabor de lo que acabamos de tomar. Las primeras inspiraciones que muestra, precisamente en las primeras obras, tienen un quehacer de muestra histórica lo que muestra el carácter realista de nuestro autor, lamentablemente pareciere más interesado en la exposición de los hechos históricos que en el ritmo de obra, definición de sus personajes, en otras palabras no es su mejor trabajo, para los más avezados lectores puede verse como una copia deficiente de Schiller (más o menos en el periodo de 1820 a 1830). Con “la piel de zapa” logra lo que a mi humilde opinión es su obra más representativa y el reinicio de un género que necesitaba renovarse. Con “Eugenia Grandet”, “Ilusiones perdidas” y “Un médico rural” vemos un cambio y maduréz dignos de varias tardes de paciente lectura. Sea la obra en la que decidan abordarlo, es autor como pocos y la oportunidad de leer, un gran cambio histórico, un hito. Yo como siempre me despido de ustedes deseándoles una rica y buena lectura.


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GANADOR

LA BREVEDAD

Horizonte-Odiseo

¡Participa con tu mini ficción! 1.- Escribe tu mini ficción, tema libre, con una extensión que deberá ser entre las 70 y 100 palabras máximo. Formato de tu cuento: en Word, Arial 12, interlineado 1.5 pt 2.- Envíanos tu cuento antes del 20 de Agosto a blogpartres@gmail.com Necesitamos tus datos: Nombre, teléfono y edad. 3.- Un Premio mensual: Un paquete de libros y la publicación en L de Lector.

MENCIÓN

Carlos Cortés

Cruzando los pomposos mares, el astuto héroe retorna a su reino, rey nadie que leyenda se ha vuelto. En el infinito se extiende un horizonte. Atrás han quedado los cíclopes, las sirenas y la ninfa Calipso. En la morada yacen los cuerpos de jóvenes y viejos incrédulos que vieron la muerte en aquel que aseguraban muerto. Ítaca lo espera en paz donde envejecerá junto a la paciente y hermosa Penélope. En el infinito se extiende un horizonte. En el horizonte se pierde Odiseo.

Un beso fortuito

Guillermo Alvarado De frente al espejo, nace un beso for- de pronto un ruido suspende el acto, tuito, un pegarse de labios, tan rápido permanecen estáticos como un mueque ni ruido hacen, besos cómplices, ble más, teñidos de colores fríos, solo caricias al pecho, manos como arañas la calidez permanece en los labios, la al cuerpo, a los hombros al cuello, be- pasión se ha consumado, el beso ha sos detrás de la corbata, aferrándose muerto, se acomodan los trajes y las el uno al otro, con fuerza, con rudeza, corbatas y salen del baño uno a uno.


11 OTRAS ARTES Un amor de esos “que ya no existen” Cuando pensamos en una historia de amor, pensamos en ese encuentro que cambia la vida, en esa lucha sin descanso por estar con el ser querido y sin duda en el reflejo del amor en el arte. El arte y el amor van de la mano: el ser humano busca convertir en eterno y mostrar una y otra vez lo que es capaz de hacer en su nombre. Y en esa búsqueda de inmortalidad no es raro que el amor en las artes esté idealizado, como esa historia de correspondencia y pasión en donde la lucha es a favor de el y no en contra. “La Duquesa de Langeais” (Ne touchez pas la hache, 1834), una de las principales obras Honoré de Balzac, habla de otro tipo de amor. Un amor que duele y que enfrenta a la sociedad que Balzac logró reflejar y criticar a lo largo de su obra. En un momento donde los matrimonios aun se arreglaban y el amor quedaba relegado al momento de las aventuras, es ahí donde se sitúa esta peculiar historia. La novela fue llevada al cine en 2007 por el francés Jacques Rivette en una adaptación que ha recibido buenas críticas. Al no ser una película comercial no es tan fácil de conseguir en nuestro país, pero vale la pena buscarla. Aquí Guillaume Depardieu, es Armand de Montriveau, un general francés claramente afligido, que llega a un monasterio buscando a la Hermana Teresa, quién no es otra que la Duquesa de Langeais, (Jeanne Balibar), y se encuentra refugiada del mundo y del amor que siente por el general. Tras la audieincia, volvemos al pasado,

Por Addy Melba Espinosa

al momento en que la duquesa, reina de las fiestas en Paris, conoce al general que regresa victorioso tras una aventura que lo convierte en el personaje del momento pese a su actitud taciturna. Actitud que la actuación de Depardieu lleva de las páginas a la pantalla de forma magistral y que llama la atención de la duquesa, primero por puro capricho pero después por un complicado amor. En la sociedad del “que dirán” ella disfruta de coquetear sin arriesgar su posición, disfruta de saber que logró enamorar a quién quiso, pero enamorarse ella, es un riesgo, que ella asegura no estar dispuesta a correr. A lo largo de su historia y hasta que los volvamos a encontrar en el convento, duquesa y general lucharán el uno contra el otro y contra sus propios sentimientos. Jugando a si me quieres no te quiero, nos muestran que los obstáculos más grandes en la historias de amor a veces no vienen de fuera, sino del orgullo y rencor que dejamos nos domine. La película, pese a ser una excelente adaptación, deja fuera varios elementos del libro, no está de mas en este caso, darse el tiempo para disfrutar ambas obras de arte. Ver una historia de amor y la lucha por el y contra él, en una sociedad que aunque Balzac criticó duramente, se distingue de la nuestra por un aspecto muy importante: no era un mundo desechable donde a la primera muestra de desencanto te das por vencido. Es una historia de amor de “esos que ya no existen” donde pueden pasar años de búsqueda con tal de volver a ver a la persona amada.


Una colección de la A a la Z con las obras más reconocidas de la literatura clásica. 27 autores consagrados y cuidadosamente seleccionados para que vivas en cada letra una aventura. Te invitamos a que seas parte de esta colección y te sumerjas en el abecédario más exclusivo uniendo tus letras favoritas y fomentando la lectura y cultura de nuestro país.

Resulta que el Gun-Club está aburrido porque la guerra de Secesión estadounidense terminó y no encuentran más que hacer, pues Baltimore, Maryland, es sumamente aburrido. Un día, al Presidente del Gun-Club, el señor Barbicane, se le ocurrió la idea de arrojar una enorme bala a la luna y dejarla allí como estandarte de Estados Unidos. La idea gira por todo

el mundo y de pronto esta barbaridad cobra realidad al tener millones para gastar y hacer todos los cálculos de construcción de un mega cañón para lograrlo. De pronto un sujeto francés llamado Michael Ardan decide que él quiere ir a bordo de la bala y a Barbicane y su equipo les parece buena idea ir todos juntos a la luna. Una vez lanzado el proyectil se quedan dando vueltas alrededor de la misma, hasta que por fin aterrizan en la tierra. Tan buena la novela que Verne escribió otra con todo el viaje de la luna titulado Alrededor de la Luna.

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Lo único que vale la pena en la vida es la belleza, y la satisfacción de los sentidos es lo que le dijo lord Henry a Dorian Gray, en el jardín de Basil Hallward, al momento en que su destino quedó sellado. Deseó profundamente tener siempre la misma edad de cuando le pintó su amigo y que fuera el cuadro quien envejeciera y muriera. Resulta que este joven Dorian era verdaderamente hermoso, todos quedaban cautivados al verlo. Lord Henry, libertino, perverso y muy mala influencia, orilla a Dorian a los excesos más viles de la naturaleza humana; hay amor, lujuria, asesinatos y maldad, y cada vez que Gray comete un pecado sobre su alma, la figura de su cuadro se desfigura y envejece. Con ello, decide llevar su vida alrededor de los excesos incontrolables hasta un final fatídico del siempre joven Dorian Gray.

Este volúmen reúne los mejores y más representativos cuentos de Washington Irving. Encontrarás La leyenda de Sleepy Hollow (la del Jinete sin Cabeza) que aterroriza a una pequeña población rural. A Rip van Winkle, el hombre que se perdió veinte años de su vida en un abrir y cerrar de ojoas. También hay otros cuentos fantásticos y de fantasmas, como El diablo y Tom Walker, La aventura del estudiante alemán, El espectro del novio, La aventura de mi tío, La leyenda del astrólogo árabe y La leyenda del príncipe Ahmed Al Kamel o el Peregrino del amor. Seguro si lo disfrutas.


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escritores Queretanos Cuestión de clases

Por Carmen Simón Carmen Simón nació en la ciudad de México, fue alumna y becaria del escritor uruguayo Mario Levrero. Vivió unos años en Montevideo, regresó a México y en el 2009 fijó su residencia en Barcelona. En su labor como tallerista, actualmente ofrece su Taller de Escritura Creativa con base en los principios del método creado originalmente por Levrero, y cuya estructura ha seguido desarrollando. Habiendo finalizado su novela de corte existencialista, Todo va a estar bien, y en espera de ser publicada, centra su trabajo literario actual en el mundo onírico. Paralelamente y proyectado a mediano plazo, desarrolla un nuevo libro de relatos. Apagué el despertador y me quedé un rato más acurrucada en la cama, bien cubierta con las cobijas hasta las narices; hacía algo de frío y hacía sueño también. Luego, aún adormilada, me senté en el borde de la cama, para minutos después iniciar la rutina diaria. Entré al cuarto de baño y cerrando los ojos encendí la luz. Primero oriné y después me lavé los dientes; la cara no. Al salir, el espejo me detuvo a mirarme. Ese grano en la frente no se apaciguaba y las canas empezaban a ganarle terreno al tinte; mejor ni verme a esas horas, pensé. Seis y catorce anunciaba el reloj, pero me resultaba imposible acelerar los movimientos. Fui a la cocina y me tomé un café bien cargado; ahora podría arrancar. Rápidamente me enfundé unos pantalones negros de licra, luego vino el top y arriba una camiseta y un suéter; por último, me calcé los tenis. Eran las seis con treinta, hora de inicio de la clase; de prisa arranqué el auto hacia el parque de la Alameda. Durante el trayecto, que duró apenas siete minutos, me fui felicitando por haber conseguido levantarme. Al llegar vi con extrañeza que Arturo, el instructor del grupo vestido de un impecable blanco, y los muchachos estaban afuera del parque. Saludé, pregunté qué

pasaba y comentaron que el guardia había dicho que a partir de ese día la Alameda no abriría en miércoles. Sin embargo, al ver que algunas personas estaban adentro, les preguntamos por dónde habían entrado, a lo que respondieron que saltando. Otro más nos dijo que por ahí, señalando con el dedo índice el hueco que entre el piso y el portón de hierro hacía la pendiente destinada a los minusválidos. De inmediato cuatro compañeros, por supuesto los más jóvenes y delgados, entraron por el hueco. Les siguió Arturo, quien con un poco más de dificultad por ser tan fornido logró pasar arrastrándose como lagartija. Juan, un hombre joven, de piel clara y algo gordo, se negó de manera rotunda a brincar o a utilizar el hueco. Cristina y yo nos miramos, pero sin atrevernos a seguirlos. Ella, alta, vestida con un traje deportivo que combinaba con sus tenis y también con sus kilitos de más, decidió quedarse fuera. Pero algo me tentó. Crucé una mirada con Cristina, asentí con la cabeza y luego comenzamos a reír. Pues allá voy ignorante o ciega de mis dimensiones. Me puse en cuatro patas con la cabeza apuntando hacia el hueco; metí primero el brazo derecho y al tratar de introducir el hombro y la cabeza, de


plano tuve que echarme de bruces al piso; seguí con el hombro izquierdo y el brazo que salió raspado; me animó el notar que ya había librado una parte del cuerpo y, utilizando como apoyo las palmas de las manos me tiré con entusiasmo hacia adelante, para quedar perfectamente atorada de las caderas; miré hacia atrás e intenté moverme como en zigzag, pero nada, en vez de liberarme, me trancaba más. No puede ser, me decía a mí misma en voz baja, al tiempo que cruzaba los brazos hacia arriba apoyando en ellos la frente para ocultar el rubor. Las sonoras carcajadas de Cristina y de Juan me hicieron reaccionar con enojo diciéndoles que ya los quería ver a ellos cuando intentaran cruzar, aunque de sobra sabía que eso no iba a suceder. Las risas seguían a la par de mis forcejeos, sin embargo, el dolor que empecé a experimentar en la rabadilla me obligó a detenerme y pedirles ayuda; la humillación comenzó a invadirme, ya no le encontraba gusto a lo que pudo parecer un juego. Cristina se hincó ante mi parte trasera esforzándose por no soltar más risas, y con sus grandes manos apretó de los lados mis nalgas; a la orden de jálale, yo intenté de nuevo avanzar, pero nada, su volumen no me permitía hacer movimiento alguno. A esas alturas pensé en unos instantes en lo ridículo de mi situación y me empecé a reír de mí misma, concluyendo con una extraña mezcla de humor y desesperación, que sólo a mí se me pudo haber ocurrido semejante hazaña. El día comenzó a ganar claridad. Dos mujeres que por ahí pasaban, le preguntaron a Cristina que si estábamos en problemas y ella respondió tratando de explicar, entre risitas, cómo llegué a esa situación. Yo sólo sentía un calor intenso que me subía a la cara y ni voltear quise por la vergüenza a la que estaba sometida. Las dos mujeres, de las que sólo alcanzaba a escuchar sus voces, me indicaban arrebatándose la palabra que tratara de girar la cadera, aunque fuera un poquito y que entonces una de ellas empujaría de las piernas y la otra de las nalgas. Yo seguía

asombrada y sin poder creer estar en ésas, pero con tal de zafarme hice el intento que por supuesto quedó en nada, excepto en un bochorno mayor. Juan decidió avisarle al instructor. A gritos el hombre lo fue poniendo al tanto, y yo venga a meter la cabeza entre los brazos diciéndome, no puede ser, no puede ser; hacía apenas una hora estaba feliz de la vida acurrucada en mi cama y en un rato más en una posición espantosamente ridícula. Llegó entonces Arturo, se agachó y sus ojos pequeños, ligeramente rasgados aparecieron ante los míos. Todavía me preguntó qué me pasó. Yo por supuesto que ni le contesté, pues él aunque trataba de disimularlo se reía, y a esas alturas el resto de los compañeros me rodeaba, y yo tirada en el piso atorada de las nalgas, y ellos prodigaban ideas y más ideas, todas rayando en la burla obvia. Arturo con un tono serio mal disimulado, me avisó que iba por un guardia del parque para que abriera el portón; cada segundo que pasaba me parecía estar debajo del agua, y como avestruz metí la cabeza de nuevo entre mis brazos, para distanciarme inútilmente de la sorna que hacía el favor de regalar. Escuché sobre el pavimento los pasos firmes de Arturo, quien se iba acercando junto con el vigilante del parque, pero me resultó imposible levantar la cara, por lo que me abstraje de la escena cumbre. Finalmente, después de abierto el candado pude sentir que el portón cedía. Recibí ayuda para incorporarme y, para evitar la sorna mayor, con la cabeza gacha dije un gracias, un adiós y me trepé rápido al auto. Ahora sólo espero que pase un poco de tiempo, para pensar en volver a las clases. Quizá, si llego tarde y me voy antes de que termine... Biblioteca Digital de Escritores Queretanos Más textos de Carmen El aro cobrizo Posada acueducto La rampa En tanto la luz Atrás del escenario El mandamiento


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Recomendaciones Juan Belvídero es el único hijo de un rico hacendado italiano. Acostumbrado desde muy joven a disponer de la fortuna familiar a su antojo, lleva una vida de desfase y despilfarro. La noche en que su anciano padre está al borde de la muerte, le hace una sorprendente confesión: ha encontrado la fórmula del elixir de la larga vida, que guarda en un pequeño frasco. Su último deseo es que, una vez muerto, le unte todo el cuerpo con él para que pueda recuperar su juventud. Cuando el padre expira, Juan moja uno de sus ojos con el elixir y éste recobra vida como un ojo joven y sano... una calculada ironía. La taza viene con la frase impresa: Mi belleza sabe reanimar el corazón helado de un hombre viejo.

la cabaña

W. Paul Young

La hija menor de Mackenzie Allen Phillips, Missy, desaparece durante unas vacaciones familiares. En el proceso de su búsqueda se encuentran evidencias de que pudo haber sido brutalmente asesinada en una cabaña abandonada en lo más profundo de los bosques de Oregón. El padre reacciona rebelándose frente a Dios, ante lo que considera una radical injusticia. Transcurridos cuatro años, Mack recibe una extraña carta, firmada por Dios, que le conmina a reunirse con él en el lugar donde la niña murió. A pesar de lo aparentemente absurdo de la situación, decide acudir a la cita y sumergirse de nuevo en su más oscura pesadilla; lo que allí sucede cambiará su vida para siempre. En un mundo donde la religión parece cada vez más irrelevante, La cabaña aborda una pregunta inmemorial: ¿Dónde está Dios en un mundo lleno de indescriptible dolor? Las respuestas que Mack obtiene te sorprenderán, y quizá te transformen tanto como a él. Querrás que todas las personas que conoces lean este libro.

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L de Lector No. 14 (Agosto 2016)  

Autor del mes: Honoré de Balzac

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