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NOVENA A LA VIRGEN DE LA PAZ DÍA CUARTO SALIÓ EL SEMBRADOR A SEMBRAR “Salió el sembrador a sembrar” La palabra es fundamental en la experiencia de la persona. Es la que nos permite relacionarnos con los demás. Es la que permite que seamos capaces de expresar nuestros sentimientos, nuestros deseos y necesidades. Desconocer la palabra supondría un aislamiento de los demás. Cuando desconocemos el lenguaje de otras personas sentimos la impotencia de no poder comunicarnos y viceversa. Por eso, uno de los títulos de Jesucristo es PALABRA. El evangelista San Juan así lo proclama en su evangelio: “La palabra se hizo carne y habita entre nosotros”. El Señor es todo comunicación con el hombre. Su vida pública tuvo como pilar la predicación, el anuncio. Dios se revela, es decir, se da a conocer, nos transmite, nos clarifica, todo sobre Dios. Sus palabras llenaban de alegría, de esperanza, de horizonte y de luz a los que viven en tinieblas. El sacerdote es también hombre de palabra. En el ministerio sacerdotal, una de sus prioridades es la predicación, el anuncio. Principalmente en la homilía, pero también en la catequesis y en la formación. En la misión que le encarga Cristo Resucitado a los apóstoles después de su resurrección y antes de ascender al cielo: “Id al mundo entero y anunciad el evangelio”. El evangelio que se ha proclamado esta noche identificamos plenamente al sembrador con la figura del sacerdote: “salió el sembrador a sembrar”. La misión del sacerdote es sembrar. Esa es su responsabilidad y de esto tiene que dar cuentas a Dios. Cómo decía el profeta: “hay de mí si callo y no hablo”. Es cierto que el evangelio se cumple y así el Señor lo anunció en esta parábola. En ocasiones la decepción de sembrar y que la palabra caiga en terreno baldío. O que cuando parece que está creciendo se ahoga por los afanes de la vida. Pero otras muchas ocasiones, el gozo del sembrador al ver que la palabra ha agarrado bien en la persona, más todavía, que da frutos abundantes. Dios, de todas formas, nos da la tranquilidad al decirnos que no nos toca a nosotros juzgar sobre el rendimiento de la acción de sembrar. El que se aventura hacerlo puede equivocarse, confundir trigo por cizaña, o hacer valoraciones que no corresponden con la realidad y la percepción de Dios.


Para poder llevar esa Palabra de Dios a todos, lo primero es conocerla. No sólo haberla leído, sino haberla desentrañado en su contexto histórico y literario. En la etapa del Seminario, que es una etapa de estudio y formación, el estudio de la Sagrada Escritura ocupa parte de esos años. Pero todo no se queda ahí, en estudiar, conocer. La Palabra tiene vida en sí misma, la Palabra es la vida del creyente, de la Iglesia. Meditarla, orarla, interiorizarla, dialogar con ella, alimentar el espíritu. Como decía San Agustín, “de lo que está lleno el corazón, hablan los labios”. Triste es la expresión que muchas veces se dedica a los creyentes “una cosa es predicar y otra dar trigo”. Encierra esta expresión un desencanto entre lo que se dice y lo que se hace, y esto es un descrédito. Ciertamente el sacerdote es un icono de lo que predica. Muchos quieren ver encarnado en el sacerdote lo que predica. Y claro que debe de ser así. No sólo en el sacerdote sino en cualquier cristiano. Aunque no debemos olvidar nunca que el sacerdote es un hombre entre los hombres, con sus virtudes pero también con sus limitaciones y deficiencias. El valor está en la Palabra misma, la fuerza está en Dios, no en el hombre y aunque todos esperamos coherencia y autenticidad tampoco sería justo condicionar la validez de la palabra según la persona que la proclame. No debemos de juzgar, es mejor pedir, orar unos por otros para que todos seamos esa tierra buena, fértil y fecunda donde la Palabra de Dios encuentre espacio para brotar. La Virgen María, nuestra madre de la Paz, madre de los sacerdotes es ejemplo y modelo para nosotros, los sacerdotes. A ella le dedica su Hijo una alabanza: “mejor los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”. Ama tanto la palabra de Dios que esa Palabra se hace carne en su entrañas y en sus brazos maternos encontramos a Dios. Por eso, en este cuarto día de novena, os invito a rezar por los sacerdotes, para que al igual que la Virgen María, aquello que predicamos, aquello que os anunciamos todos los días, lo hagamos vida en nosotros. Que no sólo escuchéis nuestro mensaje, que no es nuestro, sino que veáis también los signos de nuestro Señor Jesucristo. Oremos para que nuevos sembradores de la palabra se unan al campo del Señor, se sientan vocacionados, llamados, para ser sembradores de Dios en un mundo que lo necesita, porque sin Dios no hay esperanza ni alegría. Santa María de la Paz, madre de los sacerdotes, ruega por nosotros. Amén.


Novena Virgen de la Paz. Cuarto dia  

Reflexión de D. Mariano

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