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SEGUNDO DOMINGO DE NAVIDAD Queridos hermanos, Hemos vuelto a proclamar en este segundo domingo de Navidad el prólogo del Evangelio de San Juan. Prólogo que escuchábamos en la misa del día 25, dia de Navidad. Y aunque lo repitamos, es tan bello y tan profundo que siempre dice algo nuevo. San Juan toma un himno cristiano que ya se rezaba en su comunidad y adaptándolo lo introduce en el primer capítulo de su obra ocupando los 18 primeros versículos. De esta forma y con una originalidad sorprendente, San Juan nos descubre el misterio de la Navidad, el misterio de la Encarnación, igual que hacen Mateo, Marcos y Lucas, pero sin repetir el esquema de los tres primeros evangelistas. Como nos escribía en su carta pastoral nuestro obispo Ramón, ciertamente la navidad es un misterio de amor. Además un misterio continuado de un amor eterno. Comenzamos en Belén, donde la Palabra se hace carne y habita entre nosotros, pero Belén nos lleva a Jerusalén, a la pasión, a la muerte y a la cruz. Todo porque las tinieblas no quieren a la luz, todo porque la oscuridad desprecia la luz. Vino la luz a los suyos pero los suyos no la recibieron. En la tarde del Viernes Santo, se cubrió el cielo, el sol, la tiniebla invadió Jerusalén, porque a la hora de Nona moría Jesús en la cruz. La Palabra de Vida, hecha carne por nosotros, se dormía ahora en el pesebre de la cruz y moría como nació, desnudo, pobre y con mucho amor en su corazón. La luz es mas fuerte que la tiniebla, la luz vence a la oscuridad. Al tercer día, en una esplendida mañana de Domingo, luminosa, las mujeres fueron al sepulcro que estaba abierto, las vendas en el suelo y Cristo vivo y resplandeciente. Había resucitado según dijo. Su encarnación, su muerte y su resurrección nos dan un privilegio nunca soñado, el poder ser y llamarnos hijos de Dios, por el Hijo único del Padre que se entrega por amor. Nuestros pecados son perdonados, la puerta del paraíso se abre de nuevo, la vuelta a la casa del Padre Dios es una realidad después de tantísimos años de destierro y de desierto. Navidad, misterio de amor, misterio de fe, y sobre todo misterio de esperanza para los que aceptamos a la Luz, para los que queremos huir y


abandonar las tinieblas aunque en ocasiones vivamos en ellas, para los que deseamos ser coherentes con ese título “hijos de Dios”. Ahora toda esa luz de Belén, de Jerusalén resucitada, de Cristo vivo, esa luz nueva resplandece en el blanco, blanquísimo del pan de la Eucaristía. Cuando el sacerdote consagra el pan y el vino convirtiéndose por la acción del Espíritu Santo en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Cuando el sacerdote eleva el Cuerpo y la Sangre hacia el cielo y lo muestra a los fieles, cuando nos acercamos devotamente a comulgar y decimos “amén” y comemos el Cuerpo de Cristo estamos comiendo la Palabra, estamos llenándonos de Luz, estamos alimentándonos para así poder recorrer el camino que nos lleva a la vida eterna, Reino de Luz y de presencia de Dios. Y todo gracias a Dios, sin ningún mérito nuestro. Por eso decía San Juan que ahora, en el tiempo de Cristo se nos da la gracia y la verdad. Si queremos vivir en esa gracia, en esa verdad, si queremos experimentar a Dios al que nunca ha visto nadie jamás, si queremos alcanzar la santidad a la que Dios nos llama, si queremos ser bendecidos con toda clase de bienes espirituales y celestiales, si queremos comprender cuál es la esperanza a la que somos llamados y cuál es la riqueza de la gloria a la que nos llama. Si deseamos todo esto, abramos nuestra vida a Cristo, dejemos que nos inunde su luz, dejemos que entre en nosotros, que ponga su morada en tu interior, en lo más profundo de ti y tu también verás cómo Dios cumple todas y cada una de sus promesas. La Virgen María, Madre de la Palabra, lámpara que porta la luz es testigo predilecto de esta verdad. En ella se cumplen, como en un venturoso adelanto, todo lo anteriormente dicho. Mujer de Dios desde su concepción porque no conoció el pecado, mujer plena de fe, esperanza y amor. Mujer discípula y testigo de la fe, sierva de la Palabra hecha carne, Mujer extraordinariamente bendecida con todas las gracias y virtudes, Mujer asunta al cielo en cuerpo y alma, vencedora de la muerte gracias al que derrotó a la muerte con su resurrección. Madre de Dios y Madre de la Iglesia, auxilio e intercesora de los cristianos. Por eso os invito en este Domingo segundo de Navidad a dar inmensas gracias a Dios porque vivir este tiempo litúrgico es una gozada. Porque vivir la navidad de la mano de la Virgen María, de San José, y de tantos testigo de la fe, alienta y anima a seguir trabajando por el Reino de Dios, a seguir trabajando desde la Madre Iglesia, a seguir luchando por mantenernos fieles en la fe y no dejar ni un resquicio al desánimo o la desesperanza. Gracias Señor por todo. Que así sea.


II Domingo de Navidad