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PREGÓN DE NAVIDAD

“Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor…”.

Con esta buena noticia, el arcángel San Gabriel pregonó a los pastores, que había nacido en Belén, el libertador prometido y esperado. Los israelitas, llevaban muchos años aguardando la venida del Mesías, del Libertador, el Cristo, el Pastor de Israel. Esperaban la venida, de un Mesías prometido por Dios, y anunciado, por los profetas. Un Mesías, que los sacará de la esclavitud, que dará voz a los mudos, que hará que anden los paralíticos, que sanará a los leprosos, resucitará a los muertos, y dará vista a los ciegos.

Dignísimas autoridades civiles y religiosas, familiares, amigos y vecinos todos, muchas gracias por vuestra presencia y bienvenidos a este Pregón de Navidad.

Permitidme que mis primeras palabras sean de agradecimiento, al Hermano Mayor y Junta de Gobierno, de la Ilustre y Venerable Cofradía del Santísimo Cristo del Calvario y Nuestra Señora de la Amargura, por haber confiado en mi humilde persona para pregonar la Navidad de 2011.

Para mí es un honor alzar la voz, y hablar del Hijo de Dios.

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También quiero expresar mi más sincera gratitud al anterior pregonero, Ventura Salazar, por su entrañable e inmerecida presentación. Y digo inmerecida porque nada de lo que ha dicho sobre mí, es mérito mío, todo es obra del Espíritu Santo. Parafraseando el versículo 10, del capítulo 17, del Evangelio de San Lucas, os podría decir, que “Yo soy una sierva inútil, que solo ha hecho lo que tenía que hacer”. Y a veces, ni siquiera eso.

Baeza, es una ciudad religiosa por excelencia desde tiempos inmemoriales. A lo largo del año, se multiplican los actos que dan testimonio de nuestra fe. Sin embargo, hasta hace poco, faltaba algo importante. Faltaba pregonar el hecho más grande de la historia de la humanidad: “La venida del Hijo de Dios”.

Recuerdo, que el primer Pregón de Navidad que yo escuché, fue en el año 2002, se celebró en el Paraninfo, y lo pronunció D. Mariano Cabeza Peralta. Por aquel entonces, la idea de pregonar la Navidad en Baeza, surgió en el seno de la Asociación de Mujeres “María Teresa Martínez Galindo”. Desde aquí, quiero felicitar a su presidenta, mi querida amiga Cati Raya, por esta magnífica iniciativa y por aquellos primeros pregones. También quiero felicitar, y agradecer a la cofradía del Calvario, que haya continuado con la organización, y el engrandecimiento de este Pregón. Un Pregón que ya es tradición consolidada en la Navidad baezana. 2


En este instante, quiero homenajear a todos los pregoneros que me han precedido. Deseo hacerlos presentes en mi memoria, porque de todos ellos, he aprendido algo. Todos han dejado profunda huella, en mi formación espiritual.

Para entrar en situación, y conectar con lo que vais a escuchar, me gustaría que cada uno de vosotros os preguntarais, ¿qué motivos os han traído a este Auditorio de San Francisco?, ¿por qué estáis aquí esta noche?, ¿qué esperáis encontrar en esta celebración? Estoy segura de que son múltiples las razones de vuestra presencia, pero sea cual sea la razón, no importa, lo cierto es que estáis aquí, porque Dios os ha llamado, y se ha valido de diferentes circunstancias para que hoy escuchéis lo que os quiere decir. Deseo que cuando acabe el acto, y salgamos a la calle, llevemos en nuestro interior, una profunda reflexión. Una reflexión, que nos ayude a entender el verdadero sentido de esta fiesta, y que nos impulse a vivir la Navidad como auténticos cristianos.

Habéis venido a escuchar un “Pregón de Navidad”, y habría que empezar por definir esas dos palabras: Pregón y Navidad. Según el diccionario, pregonar es promulgar en voz alta, un asunto de interés para el pueblo que conviene que todos lo sepan. Es decir, un pregón, es un asunto de interés para el pueblo. Y en este caso, ese “asunto de interés para el pueblo”, que hoy pregona la cofradía del Calvario, es “el Nacimiento del Hijo de Dios”. 3


Definir la Navidad, es algo más complejo, podríamos empezar preguntándonos durante unos segundos, ¿qué es para mí la Navidad?, ¿cómo la vivo?, ¿para qué me sirve?, o ¿qué emociones me produce?

Para entender bien el espíritu de la Navidad, es imprescindible conocer ciertos pasajes de la Biblia, tanto del Antiguo, como del Nuevo Testamento, y por supuesto, analizar cómo manifestamos los cristianos ante los demás, que la Navidad es parte esencial en nuestra espiritualidad, en nuestra forma de ser, en el comportamiento, y en las relaciones con los demás, es decir, en nuestro estilo de vida.

Todos sabéis, que el domingo día 27 de Noviembre comenzó el Adviento. El Adviento, es un tiempo de espera que dura 4 semanas, y que sirve para preparar nuestro corazón para el nacimiento de Jesús. Desde hace varios años, D. Mariano nos viene inculcando en la parroquia de El Salvador, la buena costumbre de tener en nuestra casa, una corona de Adviento. Y me consta, que ya son más las parroquias de Baeza que se han sumado a esta tradición. La corona, está formada por 4 velas colocadas en un círculo de ramas verdes, y cada una de las cuatro velas, se corresponde con una semana de Adviento. Las ramas pueden ser de pino, que es símbolo del amor a Dios. O de laurel, que es señal de triunfo. El triunfo de la vida sobre la muerte.

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La Corona de Adviento, tiene su origen en una tradición pagana europea, anterior al cristianismo. Esta tradición consistía en encender velas durante el invierno. Las velas representaban al dios sol. Aquellas gentes, que aún no eran cristianas, y que adoraban a otros dioses, encendían las velas para suplicarle al sol, que regresara pronto con su luz y su calor.

Basándose en esta tradición, los primeros misioneros que vinieron a Europa a evangelizar, aprovecharon la costumbre de encender velas, para enseñar el mensaje de Jesús. Para nosotros los cristianos, las cuatro velas tienen un doble sentido. Por un lado simbolizan la oscuridad que provoca el pecado. Una oscuridad que ciega al hombre y lo aleja de Dios. Y por otro lado, las velas son símbolo de Cristo, luz del mundo. Este año, nosotros hemos decorado nuestra corona familiar, con una manzana roja. La manzana representa, la desobediencia con la que Adán y Eva trajeron el pecado al mundo. Y al mismo tiempo, la manzana nos recuerda la promesa de Dios, de enviar a un Salvador. El día de Nochebuena, quitaremos la manzana del pecado, y en su lugar colocaremos una vela blanca, que anunciará, la presencia del Mesías.

Cada año son más, las personas que se animan a llevar su corona a la iglesia, el primer domingo de adviento. Allí se bendicen todas juntas durante la misa, y después cada cual coloca la suya en su casa, en el centro de la mesa del comedor. 5


El primer domingo se enciende una vela en familia y se hace una oración. El segundo se encienden dos, el tercero tres, y el cuarto domingo se encienden las cuatro. Siempre con una oración de acción de gracias o de petición. Hemos dicho antes, que el adviento es un tiempo de espera. Un tiempo que sirve para preparar el corazón para la venida del Señor. Pero, ¿cómo hay que preparar el corazón? Recuerdo que hace años, cuando mi marido, mis hijos y yo, vivíamos en Villanueva del Rey, un pueblo de la sierra de Córdoba, el párroco, D. Andrés, para explicar de forma sencilla, y que todo el mundo entendiera, cual es nuestro deber de cristianos en este tiempo de Adviento, puso el siguiente ejemplo: “Cuando una mujer está embarazada, y ya se aproxima la fecha del parto, prepara con mucha ilusión la canastilla. Una canastilla con todo lo que el bebé necesita. Y además, arregla la casa, la habitación, limpia, pinta, decora y cambia muebles. Lo deja todo impecable, todo listo, esperando con mucha alegría, el nacimiento de su hijo”. De igual manera, nos decía D. Andrés, que si queremos que Jesús nazca en nuestro corazón, también hay que limpiarlo, hay que prepararlo, hay que cambiar de actitud, de comportamiento, hay que hacer propósito de enmienda, en definitiva, nos estaba invitando, entre otras cosas, a la conversión, a recibir el sacramento de la penitencia, y así, comenzar una nueva vida con Jesús.

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Como bien dice Benedicto XVI: “La confesión es un renacimiento espiritual. Un volver a nacer que transforma al penitente en una nueva criatura”. Es decir, la confesión es una Navidad interior.

Cuando empecé a escribir este Pregón, le dije a Mª Ángeles que lo leyera, para que me diera su opinión, y me dijo: “mamá has metido mucho del Antiguo Testamento y quien te oiga quizás se pierda un poco, esto no es un tratado de teología”. Y tenía razón, pero es que para mí, es tan fundamental conocer el Plan de Dios y la historia del pueblo de Israel, que si no se sabe, no se entiende la Navidad, no se comprende el porqué y para qué ha enviado el Creador, a su Hijo al mundo.

El Plan de Dios, comenzó millones de años antes de que Jesús naciera. En el principio, Dios Padre creó el universo y toda clase de criaturas vivientes. Después, creó al hombre a su imagen y semejanza. Y lo puso en el jardín del Edén para que fuera feliz, para que disfrutara de todas las cosas, amara a las personas y alabara a Dios. Solamente le dio un mandato, que no comieran del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Y les avisó de que, el día que comieran, morirían. Pero no se refería el Todopoderoso a una muerte corporal, sino a una muerte espiritual. Dios hizo al hombre libre, libre para elegir entre el bien y el mal. Libre para vivir según el deseo de su Creador, o justamente al revés, vivir rechazando su plan. 7


El resultado fue, que el hombre desde su egoísmo, desde sus ansias de poder, de querer ser como Dios, se dejó engañar por el demonio, desobedeció y comió del fruto prohibido. Desde ese instante, el pecado se apoderó de la humanidad. Y la presencia del mal nos hace sufrir, y nos impide ser felices a todos, generación tras generación. El egoísmo nos lleva a la envidia, a la violencia y a la muerte. Somos prisioneros del pecado, y lo cometemos aunque no queramos. Seguro que todos recordáis, lo que dice San Pablo en la Epístola a los Romanos, acerca de la “lucha interior”. Una lucha que se produce dentro de cada hombre. Yo doy testimonio, de que esa lucha se produce dentro de mí, y seguro que muchos de vosotros también os vais a ver reflejados, en los versículos que a continuación voy a proclamar.

Dice San Pablo así: “Realmente, mi proceder no lo comprendo: pues no hago el bien que quiero, sino que hago el mal que aborrezco. Y si hago el mal que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí”.

De todas formas, es tan grande el amor y la misericordia del Creador, que a pesar de la maldad del hombre, seguía y sigue queriendo su liberación, su felicidad. Y decide salvarlo a través de un pueblo, el pueblo de Israel. Un pueblo al que prometió la venida de un Salvador.

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Y precisamente “eso”, es lo que celebramos en Navidad. En Navidad celebramos: que Dios cumple la promesa de salvar a su pueblo de la esclavitud del pecado. Y para eso envía a su Hijo, el Mesías, el Salvador, el Redentor del mundo, el “Libertador”. Un Libertador esperado durante siglos. Un libertador, que viene a sacarnos a ti y a mí, de la tristeza, de la depresión, de la angustia, de la apatía, de la inmundicia, de la maldad, del odio, del egoísmo, del orgullo, de la esclavitud del pecado. Y que quiere que formemos parte de su pueblo, a través de la fe.

Nos decía Benedicto XVI, el pasado Agosto en las jornadas mundiales de la juventud que, “no se puede seguir a Jesucristo en solitario”. Hemos de hacerlo en comunidad, con la Iglesia, que es el nuevo Israel, el nuevo pueblo de Dios. Un pueblo al que todos pertenecemos a través del bautismo. Efectivamente, yo no me voy a extender en el relato del Antiguo Testamento, como le dije a mi hija, pero sí os animo, a que durante estos días de Navidad, recordéis la historia de Israel, una historia que se repite en cada uno de nosotros. Os invito a que disfrutéis leyendo los pasajes de: la Creación, Adán y Eva, Caín y Abel, Noé y el diluvio universal, la torre de Babel, la elección de Abraham, el sacrificio de Isaac, la vida de Jacob, la venta de José como esclavo, o la misión de Moisés como intermediario de Dios.

Un

intermediario, que sacó a Israel de la esclavitud de Egipto a través del Mar Rojo, y lo condujo por el desierto hacia la tierra prometida. 9


Os animo, a conocer la alianza que el Señor estableció con su pueblo, y que decía así: “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo”. Y que al mismo tiempo recordéis, que el pueblo no fue fiel a Dios, y rompió la alianza adorando a otros dioses. Algo similar, a lo que hoy nos sucede a nosotros. ¿A quién adoramos?

Deseo que en esa lectura descubráis la infinita misericordia de Dios. Un Dios que a pesar de las infidelidades de los hombres, de la tuya y de la mía también, sigue queriendo la libertad para su pueblo, para nosotros. Y que prometió que mandaría al Mesías, para establecer una Nueva Alianza.

Pues bien, el Mesías ya está aquí, ya está con nosotros. Y este acontecimiento es tan importante para los cristianos, que todos sentimos la necesidad de celebrarlo y manifestarlo exteriormente. Y lo manifestamos

a través de tradiciones, costumbres, ritos, y la

organización de eventos propios para la ocasión. Durante estos días, es una gozada pasear por Baeza. Sus calles ofrecen una iluminación especial, los escaparates de los comercios se visten de gala, y contemplar las colgaduras con la imagen del Niño, en los balcones, nos sitúa en un ambiente cristiano. En estas fechas, nuestras casas se adornan con guirnaldas, bolas y luces de colores. Unos ponen el árbol. Otros construyen el belén. Un belén al que cada año, con mucha ilusión, se le añaden figuras y edificios nuevos. 10


En estas fechas, nos reunimos en familia, tenemos vacaciones, asistimos a comidas especiales, se hacen regalos, se organizan concursos de belenes, conciertos benéficos, cantamos villancicos, participamos en las celebraciones de la parroquia, besamos la imagen del Niño, y felicitamos a los amigos y familiares. En estas fechas, ayudamos a los necesitados, las cofradías recogen alimentos, las parroquias colaboran con el comedor que abre Cáritas. Y el Ayuntamiento, aporta todos los medios necesarios, para que los temporeros que nos visitan con motivo de la recolección de la aceituna, tengan una digna acogida. En estas fechas, no faltan en nuestras mesas turrón, mazapán, y surtidos navideños. Unos surtidos que ahora compramos en cajas, pero que hasta hace unos años, nuestras madres iban a los hornos, y allí hacían pasteles, gusanillos, mantecados, roscos de buen paladar, roscos de vino y pastelillos rusos.

Recuerdo, que en la panadería de mi familia, había un ambiente multitudinario y acogedor. Un ambiente con un olor característico, a manteca, que anunciaba la venida de Jesús. Y recuerdo también, que hace años, cuando la iglesia de El Salvador estaba en obras, solíamos ir a Misa del Gallo a San Andrés. Y aún perdura en mi memoria, cómo sonaba aquel entrañable coro. Un coro formado por muchos jóvenes, que bajo la dirección de Emilia, alegraban con sus cantos el día de Nochebuena.

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Después de la misa, era costumbre recorrer las calles de Baeza, con zambombas y panderetas, cantando villancicos, y festejando el nacimiento más esperado. A veces, me pongo a pensar y a comparar, cómo celebrábamos antes la Navidad, y cómo la celebramos ahora. Y entonces, se me viene a la mente, aquella carta que un día, nos leyó D. Mariano durante la homilía. La carta se titulaba: “El Sueño de la Virgen María”. Y me da pena, porque a nivel general, en la sociedad consumista actual, ese sueño, en muchos lugares, se está haciendo realidad.

Se supone que en estas fechas, celebramos el cumpleaños, el nacimiento de Jesús en Belén. Se supone que celebramos que Dios cumplió su promesa de salvación, que por fin nació el Mesías esperado. Claro, se supone. Porque, ¿es realmente esto lo que celebramos?, ¿es realmente Jesús el protagonista de esta fiesta?, ¿lo tenemos presente en nuestra vida diaria?, o ¿la Navidad es más bien una excusa para disfrutar de vacaciones, de diversión, y para fomentar el consumismo alejados de Dios, olvidándonos del personaje principal?

Para nosotros los creyentes, los que vamos a misa, los que pertenecemos a cofradías, o a grupos cristianos, la auténtica Navidad debe ser un encuentro con Jesús. Acogerlo. Convertirlo en el centro de nuestra vida, y cambiar de actitud. Si no es así, estamos perdiendo el tiempo.

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Cuando nos encontramos con Jesús, y lo conocemos, nuestra vida cambia, vemos las cosas desde otro punto de vista. Nos sentimos felices, llenos de paz, y más seguros. Pero claro, para conocer bien a Jesús, debemos saber de él, cuantas más cosas mejor. Es algo parecido a lo que ocurre cuando nos presentan a un nuevo amigo. Sin pensarlo dos veces, empezamos a interrogarlo: ¿Cómo te llamas?, ¿de dónde eres?, ¿quién es tu familia?, ¿en qué trabajan tus padres?, ¿cuántos hermanos tienes?, ¿qué estudias?, ¿cuáles son tus aficiones?, y un sin fin de preguntas más. Pues bien, esa misma actitud debemos tener para conocer a Jesús, enamorarnos de él, y convertirlo en el centro de nuestra vida.

Si os parece bien, podríamos empezar analizando algunas de las circunstancias, que rodearon el nacimiento de Jesús. Por ejemplo, la historia y las costumbres de aquella época. Y es que quiso el Todopoderoso, que naciera su Hijo en el seno de una familia judía. Quiso que naciera en uno de los momentos más importantes de la historia. Quiso que naciera, en tiempos del reinado del emperador Octavio César Augusto, en una ciudad dominada por los romanos, en Belén de Judá. Comentábamos hace unos días en catequesis, que esta fiesta hay que prepararla y celebrarla como lo hicieron aquellas personas que vivieron la primera Navidad. Aquellas personas, que fueron las primeras en encontrarse con el Hijo de Dios. O sea, hemos de vivir la Navidad, como la vivieron: María, José, los pastores, los Magos y Simeón. 13


Todas ellas, tuvieron una misión específica en el Plan de Salvación. Por tanto, no podemos pasar por alto hacer referencia brevemente, al comportamiento de cada una de ellas, en ese Plan.

Empecemos por María. ¿Quién era María, y cómo vivió su primer encuentro con Jesús? Todo comenzó 9 meses antes del parto. Los cristianos celebramos el 25 de marzo el día de la Anunciación. En ese día, el día de la Anunciación, el arcángel San Gabriel se le apareció a María, y le dijo: “No temas. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y lo llamarán hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David. Reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin. Entonces, María le preguntó: ¿cómo puede ser esto, puesto que yo no conozco varón? El ángel le contestó: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño que va a nacer será santo, y lo llamarán Hijo de Dios. Entonces dijo María: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.

Los evangelistas describen a María, como una mujer judía del pueblo de Israel. Una mujer sencilla, piadosa, humilde, fielmente sumisa a la ley, y que acepta sin reparos los planes de Dios.

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La semana pasada, el grupo de Amigos de Sor Mónica de Jesús, asistimos a un Retiro de Adviento en el convento de la Magdalena. El retiro lo dirigió Don Juan Párraga, y entre otras muchas cosas, nos recordó, que mañana día 18 de Diciembre, 4º domingo de Adviento y cuarta vela encendida, es la festividad de Santa María de la “O”, y de la Virgen de la Esperanza. En ese retiro, Don Juan nos habló de los 7 días previos al nacimiento de Jesús. 7 días en los que José y María, se desplazaron desde Nazaret hasta Jerusalén para empadronarse, cumpliendo así, el mandato del Emperador. Fueron 7 días de camino, 135 km de distancia, y una confianza plena en la voluntad divina. María hizo ese camino, montada en una borriquilla, y embarazada de 9 meses. Ella no se quejó para nada, no dudó del plan de Dios, y esperó con alegría, expectación y esperanza la venida del Mesías.

Yo os propongo, que cada vez que contemplemos una imagen de la Virgen, de esas muchas que tenemos en Baeza, seamos conscientes de que María es la Madre del Salvador. Es el primer sagrario donde estuvo Jesús. Es la primera cristiana. Y como Madre y cristiana, estuvo siempre al lado de su Hijo, lo adoró, y lo siguió hasta la cruz. Decía San Ambrosio, que nuestra devoción hacia María debe consistir en imitar sus virtudes, tenerla como modelo de santidad y de entrega a Dios, y proclamar a bombo y platillo, las maravillas, que el Todopoderoso ha hecho en ella. 15


Como acabamos de ver, María fue una persona imprescindible, que cooperó activamente en el Plan Redentor de Dios, y que es, para todos nosotros, un ejemplo a seguir.

En aquel momento tan importante, María no estaba sola, siempre estuvo acompañada por José, su esposo. Pero, ¿cómo fue la primera Navidad de José? Un ángel del Señor se le apareció a José en sueños, y le dijo: “No tengas miedo de recibir a María como esposa, porque el hijo que va a tener, es del Espíritu Santo”. José, era descendiente del rey David. Era un hombre bueno, justo y trabajador. Un hombre que creyó en las palabras del ángel, y que acogió a María en su casa, dando un ejemplo de obediencia y fidelidad a Dios. José era el cabeza de familia. El cabeza de la sagrada familia de Nazaret. Una familia que vivía en humildad, sencillez y alabanza a Dios. José ejerció de padre en el nacimiento, en el censo, en la circuncisión, en la imposición del nombre, y en la huida a Egipto para defender a Jesús de las manos de Herodes. José se encargó junto con María, de la educación y la crianza del Salvador, y le enseñó el oficio de carpintero.

Como podemos comprobar, José también colaboró activamente en el Plan de Dios. Y cumplió responsablemente su misión.

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¿Y los pastores? ¿Cómo vivieron los pastores, la primera Navidad? Los pastores eran unos jóvenes que cuidaban ovejas cerca de Belén. La vida de estos pastores era bastante dura y sacrificada. Pasaban mucho tiempo lejos de sus casas, y vivían a la intemperie cuidando de sus rebaños. Sin embargo, a pesar de esa vida tan difícil, los pastores eran felices. Ellos sabían, en su interior, que se aproximaba la fecha de la llegada del Mesías, del Libertador. Un día, se les apareció un Ángel que venía de parte de Dios, a traerles una noticia. Los pastores se asustaron al verlo. Pero el Ángel les dijo: "No temáis", "Os traigo una buena nueva, una gran alegría para todo el pueblo, hoy, en la ciudad de David os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor". Los pastores, esperaban y sabían que estaba próxima la venida de un Rey que salvaría al mundo. Además, el Ángel los invitó a que fueran en busca de ese Rey recién nacido, diciéndoles: "Esto tendréis por señal. Encontraréis a un niño envuelto en pañales reclinado en un pesebre”. En cuanto el Ángel les dio la noticia, los pastores se llenaron de alegría y partieron con rapidez a Belén. Allí encontraron al Niño, le ofrecieron regalos y lo adoraron. Si os dais cuenta, al nacimiento de Jesús fueron invitados, unos pastores. Gente sencilla y buena. No fueron invitados los cortesanos de Herodes, ni los fariseos, ni los miembros del Sanedrín.

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No fueron invitados los poderosos de este mundo, sino unos simples pastores, los más humildes, pero al mismo tiempo, los más sumisos al mensaje divino. De igual manera, hoy, Diciembre de 2011, al nacimiento de Jesús siguen siendo invitados los humildes, los que aceptan a Dios y sus mandamientos, los sencillos, los pobres de espíritu, los que escuchan la palabra, y la ponen en práctica. Por eso, Jesús es el patrón de los desamparados, de los sin techo, de los emigrantes, de los miserables, de los enfermos y de los hambrientos.

Nos dice San Lucas, que no hubo lugar para la Sagrada Familia en ninguna casa de Belén. Este hecho nos hace pensar, en todas aquellas personas, que hoy día, se sienten abandonadas, rechazadas por cualquier motivo, y que no encuentran acogida en ningún sitio, como les ocurrió a José y a María. Al Creador del mundo le bastó un establo de animales, sin lujos y sin riquezas, para que naciera su Hijo, el Rey de los cielos, el hombre más grande de todos los tiempos. Este suceso, encierra una gran catequesis, una catequesis que nos muestra, por un lado, que el pesebre además de ser un lugar humilde, es un lugar accesible para todas las personas, un lugar al que todos estamos llamados para encontrarnos con Dios. Y por otro lado nos muestra, que las cosas materiales no dan la felicidad. La felicidad está en las cosas espirituales. 18


Qué diferencia entre el nacimiento del Hijo de Dios, y ese afán nuestro, de poseer, de tener cuantas más riquezas mejor.

Ojalá que esta Navidad, nos transforme a cada uno de los aquí presentes. Porque de lo contrario, “aunque Cristo naciese mil veces en Belén, si no nace en nuestro interior y cambiamos la trayectoria de nuestra vida, de nada sirve celebrar la Navidad”. Por tanto, ¡Imitemos a los pastores y vayamos preparados, dispuestos y alegres al encuentro definitivo con Jesús!

¿Y los Magos?, ¿cómo vivieron los Magos el nacimiento de Jesús? Al hablar de los Magos, se nos viene a la mente la imagen de tres reyes. Tres reyes llamados: Melchor, Gaspar y Baltasar. Tres reyes que en estos días visitan nuestras casas y se colocan en el Belén, tres reyes a los que el día 5 de Enero, veremos en cabalgata por las calles de Baeza ofreciendo caramelos, y más tarde regalos. Tres reyes que al día siguiente, día de la Epifanía, asistirán a la Eucaristía de la Santa Iglesia Catedral, para celebrar la manifestación de Dios a los hombres.

Sin embargo, el Evangelio de Mateo se refiere a unos Magos, pero no menciona para nada, ni el número, ni los nombres de los Magos. No dice Mateo que fueran tres, ni que se llamaran Melchor, Gaspar y Baltasar.

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Creo que es interesante aclarar, que esa tradición tan extendida, de que los magos eran tres reyes, comenzó en el siglo V, y que los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar, se les dieron a los Magos, en el siglo VIII. Según nos cuenta Mateo en su Evangelio, los Magos de Oriente, eran personas que vivían muy lejos de la tierra de Jesús. Eran personas de otras religiones, que sin embargo, percibieron las señales del nacimiento del Mesías, y guiados por la luz de una estrella, se pusieron en camino, lo buscaron, y preguntando, lo encontraron. Los Magos fueron los primeros en reconocer que aquel Niño era el Salvador. Precisamente lo reconocieron ellos, los gentiles, los paganos, los no creyentes. Y es que en esta historia, los Magos representan a los pueblos extranjeros, a los de otras religiones, a las personas que hoy día van al encuentro de Jesús, y se dejan guiar por su mensaje de paz y de amor.

Yo me pregunto, ¿cómo es posible que los sacerdotes judíos, y jefes del pueblo de Israel, que conocían a través de las escrituras el lugar exacto donde iba a nacer el Mesías, no percibieran la señal de su llegada, ni se preocuparan de ir a su encuentro?

Seguramente, el pueblo judío esperaba un Mesías “rey”. Un Mesías con poder político que los liberara del dominio del Imperio Romano.

Quizás por eso, no percibieran la señal de su llegada, sino más bien todo lo contrario, “los judíos rechazaron a Jesús”. 20


Y tuvo Dios que escoger a unos Magos, a unos paganos, para que le anunciaran al mundo, que el Mesías había nacido.

En su camino, los Magos se cruzaron con un personaje importante. Se cruzaron con la figura del rey Herodes, y le preguntaron: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?, pues vimos su estrella en el Oriente, y venimos a adorarlo”. Herodes, representa a los grandes de este mundo, a los que temen la llegada del rey de los cielos. De todo Jerusalén, fue Herodes quien demostró más interés por el nacimiento del Mesías. Herodes tenía miedo de perder su poder y quiso averiguar dónde estaba. De hecho, todos sabéis que Herodes intentó matarlo. Intentó apagar la luz del mundo.

Nos cuenta Mateo, que los Magos, una vez que encontraron al Niño, se postraron ante Él para adorarlo, le ofrecieron: oro, incienso y mirra, y regresaron por otro camino, sin avisar a Herodes. Le ofrecieron oro que es un regalo para reyes, le ofrecieron incienso que es un regalo para Dios, y le ofrecieron mirra que es un regalo propio para alguien que va a morir. La mirra es un ungüento para las heridas. Como veis, los Magos trajeron tres regalos proféticos. Tres regalos para un Rey, que además era Dios, y que sería Víctima de salvación.

Y nos dice el Evangelio, que los Magos regresaron por otro camino. Pero, ¿qué quiere decir que regresaron por otro camino?, ¿cuál es ese otro camino para las personas que se encuentran con Jesús? 21


Pues bien, el camino consiste en cambiar de actitud. Porque encontrar a Jesús, se traduce en cambiar el estilo de vida, cambiar el comportamiento, caminar por la senda del bien, apartarse del mal, ir contra corriente, ir contra los cánones que marca la sociedad de consumo, y tratar a los demás como quisiéramos que nos trataran a nosotros. Regresar por otro camino, es ofrecerle a Jesús: un poco de nuestro tiempo, la fidelidad de nuestra fe, el perdón, la justicia, la honradez y la fraternidad. Regresar por otro camino, es escuchar la llamada de Dios, y responder como el profeta Samuel: “Habla Señor que tu siervo escucha”. Regresar por otro camino, es responder con un “sí” incondicional como lo hizo María. Regresar por otro camino, es cumplir con nuestra misión de evangelizar, y de ser testigos de la fe en medio del mundo. Regresar por otro camino, es alimentarnos de la Palabra, y de la Eucaristía. En definitiva, regresar por otro camino, es poner nuestros dones y nuestra capacidad, al servicio de los demás. Es trabajar en la viña del Señor. Llegados a este punto, queda claro que el proyecto salvador de Dios, afecta a toda la humanidad. El fin del proyecto es juntar a todos los hombres, tanto judíos como paganos, en una misma comunidad de hermanos, la Iglesia de Jesús.

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Como hemos visto, los Magos de Oriente fueron los primeros paganos que se acercaron para adorar al Hijo de Dios.

Y ahora por último, la Navidad de Simeón. ¿Cómo vivió Simeón su encuentro con el Redentor? Simeón, era un hombre bueno, justo y piadoso, que habitaba en Jerusalén, y que adoraba a Dios. Simeón ya era mayor, y no quería morir sin ver al libertador que la nación de Israel estaba esperando. Por eso, tal era su deseo de verlo, que cuando José y María fueron al templo a los ocho días del nacimiento, para presentar a Jesús, Simeón, guiado por el Espíritu Santo, lo reconoció como el Mesías, y tomando al Niño en brazos, bendijo a Dios, diciendo: “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu Salvador, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel. Él es la luz que ha de alumbrar a los que no son de Israel, y dar honor a Israel tu pueblo”. Y añadió: “Este niño está destinado a hacer que muchos caigan o se levanten, él será una señal que muchos van a rechazar”. Lo que Simeón quería decir, es que el Mesías nos ha traído una salvación universal. Una iluminación para creyentes y no creyentes. Una luz, que es el propio Cristo, una luz salida del pueblo elegido. Una luz cuya misión en el mundo pagano, irá acompañada de oposición y persecuciones, por parte de su propio pueblo. De hecho, a Jesús lo entregaron y lo mataron los suyos, los judíos.

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Este Pregón de Navidad quedaría incompleto, si no hago mención a una escena del evangelio de San Juan, en la que se establece un diálogo entre Jesús y Nicodemo. Un diálogo sobre el sentido de: “volver a nacer”.

La Biblia nos dice, que Nicodemo era un hombre muy importante. Era un líder. Nicodemo era un rico fariseo, maestro en Israel, y miembro del Sanedrín. Era parte de un grupo de hombres que estudiaban la ley, y tomaban decisiones que la gente tenía que cumplir. Una noche, Nicodemo visitó a Jesús, y le dijo: “Maestro, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos, porque nadie puede demostrar su poder con milagros como tú lo haces, si Dios no está con él”. Entonces, Jesús le dijo: “En verdad te digo, que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios”. Nicodemo le preguntó: “Pero, ¿cómo es posible que un hombre, ya mayor, vuelva a nacer?”. Y Jesús le contestó: “En verdad te digo, que el que no nace del agua y del espíritu no puede entrar en el reino de Dios”.

En este diálogo, Jesús le explicó a Nicodemo, que no estaba hablando de un nacimiento físico. Que lo que se tenía que producir en Nicodemo, y lo que se tiene que producir en cada uno de nosotros, para poder entrar en el reino de Dios, es un nacimiento “espiritual”.

Y a ese nacimiento espiritual es al que nos invita la Navidad. 24


La Navidad nos invita a nacer de nuevo. Nos invita a una conversión diaria, a una renovación interior que se tiene que producir todos los días del año.

La Navidad nos invita a transformarnos en auténticos seguidores de Cristo, y a escuchar a ese Dios que nos dice:

“Venid a mí, todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

Queridos hermanos, el Adviento continúa, la Navidad se acerca, y mi Pregón termina.

Muchas gracias por vuestra atención, y que el Niño Dios os bendiga.

¡¡¡Feliz Navidad!!!

En Baeza, a 17 de Diciembre de 2011.

Toni Martínez Murillo.

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PREGON DE NAVIDAD  

PREGON DE NAVIDAD DE BAEZA 2011. ANTONIA MARTINEZ MURILLO