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Intervenciones del Papa Francisco En Roma

MES DE DICIEMBRE, 2013


Intervenciones del Papa Francisco en Roma

En Adviento dejémonos guiar por María que es madre 01 de diciembre de 2013 ¡Queridos hermanos  y  hermanas     Comenzamos  hoy,  primer  domingo  de  Adviento,  un  nuevo  año  litúrgico,  o  sea  un   nuevo   camino   del   Pueblo   de   Dios   con   Jesucristo,   nuestro   pastor   que   nos   guía   en   la   historia   hacia   el   cumplimiento   del   Reino   de   Dios.   Por   lo   tanto   este   día   tiene   una   fascinación   especial,   nos   hace   probar   un   sentimiento   profundo   del   sentido   de   la   historia.     Redescubramos  la  belleza  de  estar  todos  en  camino:  la  Iglesia,  con  su  vocación  y   misión,   y   la   humanidad   entera,   los   pueblos,   las   civilizaciones,   las   culturas,   todos   en   camino  hacia  los  senderos  del  tiempo.  ¿En  camino  hacia  donde?  ¿Hay  una  meta  común?   ¿Cuál  es  esta  meta?     El  Señor  nos  responde  a  través  del  profeta  Isaías:  “Al  final  de  los  días,  el  Monte   del  Templo  del  Señor/  estará firme  en  la  cima  de  los  montes/  y  se  levantará encima  de   las  colinas/  y  hacia  éste  afluirán  todos  los  pueblos./  Vendrán  muchos  pueblos  y  dirán:   /Venid,  subamos  al  monte  del  Señor,  /  al  templo  de  Jacob,  /  para  que  nos  enseñe  sus   vías   /   y   podamos   caminar   por   sus   senderos”.  Esto   es   lo   que   dice   Isaías   sobre   nuestra   meta  a  la  que  nos  dirigimos.     Es   una   peregrinación   universal   hacia   una   meta   común,   que   en   el   antiguo   testamento   es   Jerusalén,   donde   surge   el   templo   del   Señor,   porque   desde   allí,   desde   Jerusalén   ha   venido   la   revelación   del   rostro   de   Dios   y   de   su   ley.   La   revelación   ha   encontrado   en   Jesucristo   su   cumplimiento,   es   el   'templo   del   Señor',   se   ha   vuelto   Él   mismo,   el   Verbo   hecho   carne:   es   Él   la   guía   y   al   mismo   tiempo   la   meta   de   nuestra   peregrinación,   la   peregrinación   de   todo   el   Pueblo   de   Dios;   y   con   su   luz   también   los   otros  pueblos  pueden  caminar  hacia  el  Reino  de  la  justicia  y  de  la  paz.  

Dice   aún   el   profeta:   Romperán   sus   espadas   y   las   harán   arados,   /de   sus   lanzas   harán  hoces;  una  nación  no  levantará más  la  espada/contra  otra  nación,  no  aprenderán   más  el  arte  de  la  guerra'.     Me   permito   de   repetir   esto   que   dice   el   profeta:   escuchen   bien:   'Romperán   sus   espadas  y  las  harán  arados,  /de  sus  lanzas  harán  hoces;  una  nación  no  levantará más  la   espada  /  contra  otra  nación,  no  aprenderán  más  el  arte  de  la  guerra'.     ¿Pero   cuándo   sucederá esto?   Qué hermoso   día   en   el   cual   las   armas   sean   desmontadas   y   transformadas   en   instrumentos   de   trabajo.  Qué lindo   día   será este,   y   esto  es  posible,  apostamos  sobre  la  esperanza  sobre  una  paz  que  será posible.     Este   camino   nunca   ha   concluido.   Como   en   la   vida   de   cada   uno   de   nosotros   es   siempre  necesario  partir  nuevamente,  levantarse  nuevamente,  encontrar  el  sentido  de   la   meta   de   la   propia   existencia.   Así para   la   gran   familia   humana   es   necesario   renovar   2


Intervenciones del Papa Francisco en Roma siempre el   horizonte   común   hacia   el   cual   estamos   encaminados.   ¡El   horizonte   de   la   esperanza!  ¡Ese  horizonte  para  hacer  un  buen  camino!     El  tiempo  de  Adviento  que  hoy  de  nuevo  comenzamos  nos  restituye  el  horizonte   de   la   esperanza,   una   esperanza   que   no   desilusiona   porque   está fundada   sobre   la   palabra  de  Dios.¡Una  esperanza  que  no  desilusiona  simplemente  porque  el  Señor  nunca   desilusiona.  Él  es  fiel  y  Él  nunca  desilusiona!  Pensemos  y  sintamos  esta  belleza.     El   modelo   de   esta   actitud   espiritual,   de   este   modo   de   ser   y   de   caminar   por   el   camino  es  la  Virgen  María.  Una  simple  joven  de  pueblo,  que  lleva  en  su  corazón  toda  la   esperanza   de   Dios.   En   su   vientre,   la   esperanza   de   Dios   ha   tomado   carne,   se   ha   hecho   hombre,  se  ha  hecho  historia:  Jesucristo.  Su  Magnificat  es  el  cántico  del  pueblo  de  Dios   en  camino,  y  de  todos  los  hombres  y  mujeres  que  esperan  en  Dios,  en  la  potencia  de  su   misericordia.     Dejémonos   guiar   por   Ella   que   es   madre,   que   es   mamá y   sabe   cómo   guiarnos,   dejémonos  guiar  por  Ella  en  este  tiempo  de  espera  y  de  vigilancia  operosa".    

Hoy es  la  Jornada  mundial  de  lucha  contra  el  HIV/SIDA.  

Expreso   mi   cercanía   a   las   personas   que   están   afectadas,   especialmente   a   los   niños;   una   cercanía   que   es   muy   concreta   a   través   del   empeño   silencioso   de   tantos   misioneros   y   operadores.   Recemos   por   todos,   también   por   los   médicos   y   los   investigadores.   Que   cada   enfermo,   ninguno   excluido,   pueda   acceder   a   las   curaciones   que  necesita".     “Saludo  con  afecto  a  todos  los  peregrinos  presentes:  las  familias,  las  parroquias,   las   asociaciones.   En   particular   saludo   a   los   fieles   provenientes   de   Madrid,   el   coro   Florilége  de  Bélgica.  Y  concluyó“¡Buon  pranzo  e  arrivederci!”.                       3


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Oración, caridad  y  alabanza  para  preparar  la   Navidad  

2 de  Diciembre  2013  

Prepararse para la Navidad con la oración, la caridad y la alabanza: con el corazón abierto para dejarse encontrar por el Señor que todo lo renueva El que el centurión romano pide con gran fe a Jesús que cure a su siervo: En estos días empezamos un nuevo camino, un camino de la Iglesia… hacia la Navidad. Vayamos al encuentro del Señor, porque la Navidad no es sólo un acontecimiento temporal o un recuerdo de una cosa bonita: La Navidad es algo más: vamos por este camino para encontrarnos con el Señor. ¡La Navidad es un encuentro! Y caminamos para encontrarlo: encontrarlo con el corazón; con la vida; encontrarlo vivo, como Él es; encontrarlo con fe. El Señor, en la palabra que hemos escuchado, se maravilló de este centurión: se maravilló de la fe que él tenia. Él había hecho un camino para encontrarse con el Señor, pero lo había hecho con fe. Por eso no sólo él se ha encontrado con el Señor, sino que ha sentido la alegría de ser encontrado por el Señor. Y este es precisamente el encuentro que nosotros queremos: ¡el encuentro de la fe! Pero más allá de ser nosotros los que encontremos al Señor, es importante dejarnos encontrar por Él: Cuando somos nosotros solos los que encontramos al Señor, somos nosotros – digámoslo, entre comillas– los dueños de este encuentro; pero cuando nos dejamos encontrar por Él, es Él quien entra en nosotros, es Él el que vuelve a hacer todo de nuevo, porque esta es la venida, lo que significa cuando viene Cristo: volver a hacer todo de nuevo, rehacer el corazón, el alma, la vida, la esperanza, el camino. Nosotros estamos en camino con fe, con la fe de este centurión, para encontrar al Señor y, sobre todo, ¡para dejar que Él nos encuentre!. Pero se necesita un corazón abierto: Un corazón abierto, ¡para que Él me encuentre! Y me diga aquello que Él quiere decirme, ¡que no es siempre aquello que yo quiero que me diga! Él es Señor y Él me dirá lo que tiene para mí, porque el Señor no nos mira a todos juntos, como una masa. ¡No, no! Nos mira a cada uno a la cara, a los ojos, porque el amor no es un amor así, abstracto: ¡es un amor concreto! De persona a persona: el Señor Persona me mira a mí, persona. Dejarse encontrar por el Señor es precisamente esto: ¡dejarse amar por el Señor! En este camino hacia la Navidad, nos ayudan algunas actitudes: La perseverancia en la oración, rezar más; la laboriosidad en la caridad fraterna, acercarnos un poco más a los que están necesitados; y la alegría en la alabanza del Señor. Por tanto: la oración, la caridad y la alabanza, con el corazón abierto para que el Señor nos encuentre. 4


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La paz cristiana no es una paz estática, quieta y tranquila sino alegre 03 de Diciembre de 2013

La Iglesia debe ser siempre alegre como Jesús. La Iglesia está llamada a transmitir la alegría del Señor a sus hijos, una alegría que dona la verdadera paz. Paz y alegría. En la primera Lectura tomada del Libro de Isaías, notamos el deseo de paz que todos albergamos. Una paz que, dice Isaías, nos llevará al Mesías. En el Evangelio, en cambio, podemos percibir un poco el alma de Jesús, el corazón de Jesús: un corazón alegre: Pensamos siempre en Jesús cuando predicaba, cuando sanaba, cuando caminaba, iba por las calles, también durante la Última Cena… Pero no estamos tan acostumbrados a pensar en Jesús sonriente, alegre. Jesús estaba lleno de alegría: lleno de alegría. En aquella intimidad con su Padre: ‘Exultó de alegría en el Espíritu Santo y alabó al Padre’. Es precisamente el misterio interno de Jesús, aquella relación con el Padre en el Espíritu. Es su alegría interna, su alegría interior que Él nos da. Y esta alegría es la verdadera paz: no es una paz estática, quieta, tranquila. No, la paz cristiana es una paz alegre, porque nuestro Señor es alegre. Y, también, es alegre cuando habla del Padre: ama tanto al Padre que no puede hablar del Padre sin alegría. Nuestro Dios es alegre. Y Jesús ha querido que su esposa, la Iglesia, también fuese alegre: No se puede pensar en una Iglesia sin alegría y la alegría de la Iglesia es justamente eso: anunciar el nombre de Jesús. Decir: ‘Él es el Señor. Mi esposo es el Señor. Es Dios. Él nos salva, Él camina con nosotros. Y aquella es la alegría de la Iglesia, que en esta alegría de esposa se convierte en madre. Pablo VI decía: "La alegría de la Iglesia es precisamente evangelizar, ir adelante y hablar de su Esposo". Y también transmitir esta alegría a los hijos que ella hace nacer, que ella hace crecer. Y así, contemplamos que la paz de la que nos habla Isaías es una paz que se mueve tanto, es una paz de alegría, una paz de alabanza, una paz que podemos definir ruidosa, en la alabanza, una paz fecunda en la maternidad de nuevos hijos. Una paz que viene justamente de la alegría de la alabanza a la Trinidad y de la evangelización, de ir a los pueblos a decir quién es Jesús. Paz y alegría. Una declaración dogmática, cuando afirma: Tú has decidido así, de revelarte no a los sabios sino a los pequeños: También en las cosas tan serias, como ésta, Jesús es alegre, la Iglesia es alegre. Debe ser alegre. También en su viudez –porque la Iglesia tiene una parte de viuda que espera el regreso de su esposo– también en la viudez, la Iglesia es alegre en la esperanza. Que el Señor nos dé a todos esta alegría, esta alegría de Jesús, alabando al Padre en el Espíritu. Esta alegría de nuestra madre Iglesia en el evangelizar, en el anunciar a su Esposo.

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La relación entre la resurrección de Cristo y la de los hombres. El cuerpo de cada uno de nosotros es resonancia de eternidad Audiencia Miércoles 04 de Diciembre, 2013 Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Hoy vuelvo de nuevo sobre la afirmación: «Creo en la resurrección de la carne». Se trata de una verdad que no es sencilla y nada obvia, porque, viviendo inmersos en este mundo, no es fácil comprender la realidad futura. Pero el Evangelio nos ilumina: nuestra resurrección está estrechamente vinculada a la resurrección de Jesús; el hecho de que Él esté resucitado es la prueba de que existe la resurrección de los muertos. Quisiera entonces, presentar algunos aspectos que relacionan la resurrección de Cristo y nuestra resurrección. Él ha resucitado y así, nosotros también resucitaremos. Antes que nada, la misma Sagrada Escritura contiene un camino hacia la fe plena en la resurrección de los muertos. Esta se expresa como fe en Dios creador de todo hombre, alma y cuerpo, y como fe en Dios liberador, el Dios fiel a la Alianza con su pueblo. El profeta Ezequiel, en una visión, contempla los sepulcros de los deportados que se vuelven a abrir y los huesos secos que reviven gracias a la acción de un espíritu vivificante. Esta visión expresa la esperanza en la futura “resurrección de Israel”, es decir en el renacimiento del pueblo derrotado y humillado (cf. Ez 37,1-14). Jesús, en el Nuevo Testamento, lleva a su cumplimiento esta revelación, y vincula la fe en la resurrección a su misma persona: “Yo soy la Resurrección y la Vida” (Jn 11,25). De hecho, será Jesús el Señor el que resucitará en el último día a todos los que hayan creído en Él. Jesús vino entre nosotros, se hizo hombre como nosotros en todo, menos en el pecado; de este modo nos ha tomado consigo en su camino de vuelta al Padre. Él, el Verbo Encarnado, muerto por nosotros y resucitado, da a sus discípulos el Espíritu Santo como un anticipo de la plena comunión en su Reino glorioso, que esperamos vigilantes. Esta espera es la fuente y la razón de nuestra esperanza: una esperanza que, cultivada y custodiada, se convierte en luz para iluminar nuestra historia personal y comunitaria. Recordémoslo siempre: somos discípulos de Él que ha venido, viene cada día y vendrá al final. Si conseguimos tener más presente esta realidad, estaremos menos cansados en nuestro día a día, menos prisioneros de lo efímero y más dispuestos a caminar con corazón misericordioso en la vía de la salvación. Un segundo aspecto: ¿qué significa resucitar? La resurrección, la resurrección de todos nosotros, ¿eh? Sucederá en el último día, al final del mundo, por obra de la omnipotencia de Dios, que restituirá la vida a nuestro cuerpo reuniéndolo con el alma, por la resurrección de Jesús. Esta es la explicación fundamental: porque Jesús resucitó, nosotros resucitaremos. Tenemos esperanza en la resurrección por que Él nos ha abierto la puerta, nos ha abierto la puerta a la resurrección. Esta transformación en espera, en camino a la resurrección, esta transfiguración de nuestro cuerpo se prepara en esta vida mediante el encuentro con Cristo Resucitado en los Sacramentos, especialmente en la 6


Intervenciones del Papa Francisco en Roma Eucaristía. Nosotros que en esta vida nos nutrimos de su Cuerpo y de su Sangre, resucitaremos como Él, con Él y por medio de Él. Como Jesús resucitó con su propio cuerpo, pero no volvió a una vida terrena, así nosotros resucitaremos con nuestros cuerpos que serán transfigurados en cuerpos gloriosos. Esto no es mentira, ¿eh? ¡Esto es verdad! Nosotros creemos que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo en este momento. ¿Creéis que Jesús está vivo, que está vivo? ¡Ah, no creéis! ¿Creéis o no creéis? Y si Jesús está vivo, ¿pensáis que Jesús nos dejará morir y nunca nos resucitará? ¡No! ¡Él nos espera! Y como Él está resucitado, la fuerza de su resurrección nos resucitará a nosotros. Ya en esta vida nosotros participamos de la resurrección de Cristo. Si es verdad que Jesús nos resucitará al final de los tiempos, es también verdad que, en un aspecto, ya estamos resucitados con Él. ¡La Vida Eterna comienza ya en este momento! Comienza durante toda la vida hacia aquel momento de la resurrección final ¡Ya estamos resucitados! De hecho, mediante el Bautismo, estamos insertos en la muerte y resurrección de Cristo y participamos de una vida nueva, es decir la vida del Resucitado. Por tanto, en la espera de este último día, tenemos en nosotros una semilla de resurrección, como anticipo de la resurrección plena que recibiremos en herencia. Por eso también el cuerpo de cada uno es resonancia de eternidad, por tanto ha de ser respetado siempre; y sobre todo debe ser respetada y amada la vida de todos los que sufren, para que sientan la cercanía del Reino de Dios, de esa condición de vida eterna hacia la que caminamos. Este pensamiento nos da esperanza. Estamos en camino hacia la resurrección. Esta es nuestra alegría: un día encontrar a Jesús, encontrar a Jesús todos juntos. Todos juntos, no aquí en la Plaza, en otra parte, pero alegres con Jesús. Y este es nuestro destino.

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No sólo escuchar la Palabra de Dios, sino ponerla en práctica El Señor es la roca perpetua y la palabra es fuerte y da vida si la raíz es Jesucristo 05 de diciembre de 2013 Escuchar y poner en práctica la palabra del Señor es como construir la casa sobre la roca. Jesús reprendía a los fariseos por conocer los mandamientos pero no realizarlos en su vida: Son palabras buenas, pero si no se ponen en práctica no sólo no sirven, sino que hacen mal: nos engañan, nos hacen creer que tenemos una casa bonita, pero sin base. Una casa que no está construida sobre la roca. Esta figura de la roca se refiere al Señor. Isaías en la primera lectura lo dice: 'Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la roca perpetua'. ¡La roca es Jesucristo! ¡La roca es el Señor! Una palabra es fuerte, da vida, puede ir adelante, puede tolerar todos los ataques, si esta palabra tiene sus raíces en Jesucristo. Una palabra cristiana que no tiene sus raíces vitales en la vida de una persona, en Jesucristo, ¡es una palabra cristiana sin Cristo! ¡Y las palabras cristianas sin Cristo engañan, hacen mal! Un escritor inglés, una vez, hablando de las herejías decía que una herejía es una verdad, una palabra, una verdad, que se ha vuelto loca. Cuando las palabras cristianas están sin Cristo comienzan a andar por su camino de la locura. Una locura que hace convertirse en soberbios. Una palabra cristiana sin Cristo lleva a la vanidad, a la seguridad de uno mismo, al orgullo, al poder del poder. Y el Señor abate a estas personas. Esta es una constante en la Historia de la Salvación. Lo dice Ana, la madre de Samuel; lo dice María en el Magníficat: el Señor abate la vanidad, el orgullo de las personas que se creen ser la roca. Estas personas que solamente van detrás de una palabra, sin Jesucristo: una palabra cristiana también, pero sin Jesucristo, sin la relación con Jesucristo, sin la oración con Jesucristo, sin el servicio a Jesucristo, sin el amor a Jesucristo. Esto es lo que el Señor hoy nos dice: construir nuestra vida sobre esta roca y la roca es Él. Y es por ello que nos hará bien hacer un examen de conciencia para entender como son nuestras palabras, si son palabras que creen ser potentes, capaces de darnos la salvación o si son palabras con Jesucristo. Me refiero a las palabras cristianas, porque cuando no está Jesucristo también esto nos divide entre nosotros, divide en la Iglesia. Pedir al Señor la gracia de ayudarnos en esta humildad, que debemos tener siempre, de decir palabras cristianas en Jesucristo, no sin Jesucristo. Con esta humildad de ser discípulos salvados y de ir adelante no con palabras que, por creerse poderosas, terminan en la locura de la vanidad, en la locura del orgullo. ¡Que el Señor nos dé esta gracia de la humildad de decir palabras con Jesucristo, fundadas en Jesucristo!

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Rezar es 'molestar' a Dios para que nos escuche Cómo rezar, con insistencia y con la certeza de que Dios nos escucha e intervendrá, a su manera y en su momento 06 de diciembre de 2013 La oración tiene dos actitudes: es "necesaria" y al mismo tiempo es "segura" del hecho que Dios, en sus tiempos y en sus modos, cumplirá la necesidad. La oración, cuando es verdaderamente cristiana, oscila entre la necesidad que siempre contiene y la certeza de ser cumplida, aunque si no se sabe exactamente cuando. Quien reza no teme molestar a Dios y nutre una confianza ciega en su amor de Padre. Confianza ciega como la de los dos no videntes del pasaje del Evangelio de hoy, que gritan detrás de Jesús su necesidad de ser sanados. O como el ciego de Jericó, que invoca la intervención del Maestro con una voz más alta de quien quiere callarlo. El mismo Jesús nos ha enseñado a rezar como "el amigo molesto" que mendiga la comida a media noche, o como "la viuda con el juez corrupto". No sé si quizá esto suena mal, pero rezar es un poco molestar a Dios, para que nos escuche. Pero, el Señor lo dice: como el amigo a media noche, como la viuda al juez... Es atraer los ojos, atraer el corazón de Dios hacia nosotros... Y esto lo han hecho también los leprosos que se le acercaron: 'Si tú quieres, puedes curarme'. Lo han hecho con una cierta seguridad. Así, Jesús nos enseña a rezar. Cuando nosotros rezamos, pensamos a veces: 'Pero, sí, yo digo esta necesidad, se lo digo al Señor una, dos, tres veces, pero no con mucha fuerza. Después me canso de pedirlo y me olvido de pedirlo'. Estos gritaban y no se cansaban de gritar. Jesús nos dice: 'Pedid', pero también nos dice: 'Llamad a la puerta' y quien llama a la puerta, perturba, molesta. Insistir hasta los límites de molestar pero también con una certeza inquebrantable. Los ciegos del Evangelio son ejemplo: se siente seguros al pedir salud al Señor. Y la oración tiene estas dos actitudes: es de necesidad y es segura. Oración de necesidad siempre: la oración, cuando pedimos algo, es de necesidad: 'tengo esta necesidad, escúchame, Señor'. Pero también, cuando es verdadera, es segura; '¡Escúchame! Creo que tú puedes hacerlo porque tú lo has prometido. Él lo ha prometido": eh aquí la piedra angular sobre la que se apoya la certeza de una oración. Con esta seguridad nosotros decimos al Señor nuestras necesidades, pero seguros de que Él pueda hacerlo". Rezar es sentir que Jesús nos dirige la pregunta de los dos ciegos: ¿tú crees que puedo hacer esto? Él puede hacerlo. Cuando lo hará, como lo hará no lo sabemos. Esta es la seguridad de la oración. La necesidad de decir la verdad al Señor. 'Soy ciego, Señor. Tengo esta necesidad. Tengo esta enfermedad. Tengo este pecado. Tengo este dolor...', pero siempre la verdad, como es la cosa. Y Él siente la necesidad, pero siente que nosotros pedimos su intervención con seguridad. Pensamos si nuestra oración es de necesidad y es segura: de necesidad porque nos decimos la verdad a nosotros mismos, y segura, porque creemos que el Señor puede hacer aquello que le pedimos. 9


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Las palabras del papa Francisco en el Ángelus de la Inmaculada Recuerda que María nos sostiene en nuestro camino hacia Navidad

8 de Diciembre de 2013 Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Este segundo domingo de Adviento cae en el día de la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, y entonces nuestra mirada es atraída por la belleza de la Madre de Jesús, ¡nuestra Madre! Con gran alegría la Iglesia la contempla «llena de gracia» (Lc 1, 28). Digámoslo tres veces: "Llena de gracia". Todos: ¡Llena de gracia! ¡Llena de gracia! ¡Llena de gracia! y así como Dios la ha mirado desde el primer instante en su diseño de amor. María nos sostiene en nuestro camino hacia la Navidad, porque nos enseña cómo vivir este tiempo de Adviento en la espera del Señor. ¡El Señor viene! ¡Esperémoslo! El Evangelio de san Lucas nos presenta a María, a una joven de Nazaret, pequeña localidad de Galilea, en la periferia del imperio romano y también en la periferia de Israel. Y sin embargo, sobre ella se ha posado la mirada del Señor, que la ha elegido para ser la madre de su Hijo. En vista de esta maternidad, María ha sido preservada del pecado original, es decir, de aquella fractura en la comunión con Dios, con los otros y con el creado, que hiere profundamente a cada ser humano.Pero esta fractura ha sido sanada por adelantado en la Madre de Aquel que ha venido a librarnos de la esclavitud del pecado. La Inmaculada está inscrita en el diseño de Dios; es fruto del amor de Dios que salva el mundo. Y la Virgen no se ha alejado jamás de ese amor: toda su vida, todo su ser es un “sí” a Dios. ¡Pero ciertamente no ha sido fácil para ella! Cuando el Ángel la llama «llena de gracia» (Lc 1, 28), ella se queda «muy turbada», porque en su humildad se siente nada ante Dios. El Ángel la conforta: «No temas María, porque has hallado gracia ante Dios. Y he aquí, que concebirás a un hijo... y le pondrás por nombre Jesús». (v. 30). Este anuncio la turba todavía más, también porque todavía no está desposada con José; pero el Ángel añade: «el Espíritu Santo vendrá sobre ti... Por lo tanto, el que nazca será santo y será llamado Hijo de Dios». (v. 35). María escucha, obedece interiormente y responde: «He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra». (v. 38). El misterio de esta chica de Nazaret, que está en el corazón de Dios, no nos resulta extraño. No es ella que está arriba y nosotros aquí. No, no, estamos conectados. De hecho, ¡Dios fija su mirada de amor sobre cada hombre y cada mujer! Con nombre y apellido. Su mirada de amor está sobre cada uno de nosotros. El Apóstol Pablo afirma que Dios «nos ha elegido antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados». (Ef 1, 4). También nosotros, desde siempre, hemos sido elegidos por Dios para vivir una vida santa, libre del pecado. Es un proyecto de amor que Dios renueva cada vez que nos acercamos a Él, especialmente en los Sacramentos. En esta fiesta, entonces, contemplando a nuestra Madre Inmaculada, bella, reconozcamos también nuestro destino más verdadero, nuestra vocación más profunda: ser amados, ser transformados por el amor. Miremos a ella, y dejémonos mirar por 10


Intervenciones del Papa Francisco en Roma ella; para aprender a ser más humildes, y también más valientes en el seguimiento de la Palabra de Dios; para acoger el tierno abrazo de su Hijo Jesús, un abrazo que nos da vida, esperanza y paz. Os deseo un buen el domingo y una buena fiesta de nuestra madre. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

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Libertad religiosa y paz en Medio Oriente y Tierra Santa 09 de diciembre de 2013 El Evangelio presenta a Cristo que vence las parálisis de la humanidad. Y las parálisis de las conciencias son contagiosas. Con la complicidad de las pobrezas de la historia y de nuestro pecado pueden expandirse y entrar en las estructuras sociales y en las comunidades hasta bloquear a pueblos enteros. Pero, la orden de Cristo puede revertir la situación: ‘¡Levántate y anda!’: Recemos con confianza para que en Tierra Santa y en todo el Medio Oriente la paz pueda siempre levantarse de las paradas demasiado recurrentes y en ocasiones dramáticas. Sin embargo, se paren para siempre las enemistades y las divisiones. Se reanuden rápidamente los acuerdos de paz a menudo paralizados por intereses contrapuestos y oscuros. Sean dadas finalmente las garantías reales para la libertad religiosa de todos, junto al derecho de los cristianos de vivir en paz en donde nacieron, en la patria que aman como ciudadanos desde hace dos mil años, para contribuir como siempre al bien de todos. El aliento ‘a los perdidos de corazón’ lo sentimos dirigido a cuantos en vuestra amada tierra egipcia experimentan inseguridad y violencia, a veces con motivo de la fe cristiana. ‘¡Ánimo: no temáis!’: he aquí las palabras de consuelo que hayan confirmación en la solidaridad fraterna. Agradezco a Dios este encuentro que me permite reforzar vuestra y nuestra esperanza, porque es la misma. Jesús experimentó con la Sagrada Familia la huida y fue hospedado en la tierra generosa de Egipto. Y así invoco al Señor, para que vele por los egipcios que por los caminos del mundo buscan dignidad y seguridad. Y vayamos siempre hacia delante, buscando al Señor, buscando nuevos caminos, nuevas vías para acercarnos al Señor. Y si fuera necesario abrir un agujero en el techo para acercarnos todos al Señor, que nuestra imaginación creativa de la caridad nos lleva a esto: a encontrar y construir caminos de encuentro, caminos de fraternidad, caminos de paz. Pueda la luz de la santa Navidad ser la estrella que nos revele el camino del amor, de la unidad, de la reconciliación y de la paz, dones de los que mi tierra tiene tanta necesidad. Pedimos su bendición, Padre Santo, le esperamos en Egipto.

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Un cristiano sin esperanza vive una vida sin sentido 10 de Diciembre de 2013

Dios consuela a cada cristiano con ternura, y trae esperanza a su vida. Para prevenir de los peligros de perder la esperanza. Cuando un cristiano olvida la esperanza, o peor, pierde la esperanza, su vida no tiene sentido. Es como si su vida estuviera delante de un muro: nada. Pero el Señor nos consuela y nos atrae con la esperanza, para seguir adelante. Dios no ha tenido miedo a acercarse al ser humano con ternura, y pido a los cristianos que tampoco teman buscar la consolación de Dios. Recrea las cosas. Y la Iglesia no se cansa de decir que esta re-creación es más maravillosa que la creación. El Señor recrea más maravillosamente. Y así visita a su pueblo: recreando, con aquella potencia. El pueblo de Dios tuvo siempre esta idea, este pensamiento, que el Señor vendrá a visitarlo. Recordamos las últimas palabras de José a sus hermanos: ‘Cuando el Señor los visite, lleven mis huesos con ustedes’. El Señor visitará a su pueblo. Es la esperanza de Israel. Pero lo visitará con esta consolación. Y la consolación es este rehacer todo no una vez, tantas veces, con el universo y también con nosotros. Cuando el Señor se acerca nos da esperanza; el Señor rehace con la esperanza; abre siempre una puerta. Siempre. Es bello cómo termina el pasaje de hoy: ‘Como un pastor, él apacienta su rebaño, lo reúne con su brazo; lleva sobre su pecho a los corderos y guía con cuidado a las que han dado a luz’. Aquella imagen del llevar los corderitos sobre el pecho y llevarlos dulcemente a las madres: esta es la ternura. El Señor nos consuela con la ternura. Acercarse y dar esperanza, acercarse con ternura. Pensemos en la ternura que tuvo con los apóstoles, con la Magdalena, con aquellos de Emaús. Se acercaba con ternura: ‘Dame de comer’. Con Tomás: 'Mete tu dedo aquí'. El Señor es siempre así. Así es la consolación del Señor. Que el Señor nos dé a todos nosotros la gracia de no tener miedo de la consolación del Señor, la gracia de ser abiertos: de pedirla, buscarla, porque es una consolación que nos dará esperanza y nos hará sentir la ternura de Dios Padre.

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El juicio final. Constituye un motivo de confianza. No tener miedo, porque si pedimos perdón él nos perdona 11 de diciembre de 2013 Última catequesis sobre el Credo Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Hoy quisiera iniciar la última catequesis sobre nuestra profesión de fe, tratando la afirmación «Creo en la vida eterna». En particular me detengo en el juicio final. ¡No tengáis miedo! Escuchemos lo que dice la Palabra de Dios. Al respecto, leemos en el evangelio de Mateo: Entonces Cristo «vendrá en su gloria, con todos sus ángeles… Y todas las gentes se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros, como separa el pastor las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda… Aquéllos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna» (Mt 25,31-33.46). Cuando pensamos en el regreso de Cristo y en su juicio final, que manifestará, hasta sus últimas consecuencias, el bien que cada uno habrá realizado o habrá dejado de realizar durante su vida terrena, percibimos que nos encontramos ante un misterio que nos supera, que no conseguimos ni siquiera imaginar. Un misterio que casi instintivamente suscita en nosotros una sensación de miedo, y quizás también de trepidación. Pero si reflexionamos bien sobre esta realidad, esta sólo puede agrandar el corazón de un cristiano y ser un gran motivo de consuelo y confianza. A este propósito, el testimonio de las primeras comunidades cristianas resuena muy sugerente. Estas solían acompañar las celebraciones y las oraciones con la aclamación Maranathá, una expresión constituida por dos palabras arameas que, según cómo sean pronunciadas, se pueden entender como una súplica: «¡Ven, Señor!», o como una certeza alimentada por la fe: «Sí, el Señor viene, el Señor está cerca». Es la exclamación con la que culmina toda la Revelación cristiana, al final de la maravillosa contemplación que se nos ofrece en el Apocalipsis de Juan (cfr Ap 22,20). En ese caso, es la Iglesia-esposa que, en nombre de la humanidad, de toda la humanidad, y en cuanto su primicia, se dirige a Cristo, su esposo, deseando ser envuelta por su abrazo; un abrazo, el abrazo de Jesús, que es plenitud de vida y de amor. Si pensamos en el juicio en esta perspectiva, todo miedo disminuye y deja espacio a la esperanza y a una profunda alegría: será precisamente el momento en el que seremos juzgados. Preparados para ser revestidos de la gloria de Cristo, como de una vestidura nupcial, y ser conducidos al banquete, imagen de la plena y definitiva comunión con Dios. Un segundo motivo de confianza se nos ofrece por la constatación de que, en el momento del juicio, no se nos dejará solos. Jesús mismo, en el evangelio de Mateo, es quien preanuncia cómo, al final de los tiempos, aquellos que le hayan seguido tomarán asiento en su gloria, para juzgar junto a él (cfr Mt 19,28). El apóstol Pablo después, escribiendo a la comunidad de Corinto, afirma: «¿No sabéis que los santos juzgarán al mundo? ¡Cuánto más las cosas de esta vida!» (1 Cor 6,2-3). 14


Intervenciones del Papa Francisco en Roma ¡Qué hermoso saber que en esa coyuntura, además de contar con Cristo, nuestro Paráclito, nuestro Abogado ante el Padre (cfr 1 Jn 2,1), podremos contar con la intercesión y la benevolencia de tantos hermanos y hermanas nuestros más grandes que nos han precedido en el camino de la fe, que han ofrecido su vida por nosotros y que siguen amándonos de forma indecible! Los santos ya viven en la presencia de Dios, en el esplendor de su gloria orando por nosotros que aún vivimos en la tierra. ¡Cuánto consuelo suscita en nuestro corazón esta certeza! La Iglesia es verdaderamente una madre y, como una mamá, busca el bien de sus hijos, sobre todo de los más alejados y afligidos, hasta que encuentre su plenitud en el cuerpo glorioso de Cristo con todos sus miembros. Una última sugerencia se nos ofrece en el Evangelio de Juan, donde se afirma explícitamente que «Dios no ha mandado el Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él. Quien cree en él no está condenado; pero quien no cree ya está condenado, porque no ha creído en el Hijo único de Dios» (Jn 3,1718). Esto significa entonces que ese juicio, el juicio ya está en marcha, empieza ahora, en el transcurso de nuestra existencia. Este juicio es pronunciado en cada instante de la vida, como respuesta de nuestra acogida con fe de la salvación presente y operante en Cristo, o bien de nuestra incredulidad, con la consiguiente cerrazón en nosotros mismos. Pero si nos cerramos al amor de Jesús, somos nosotros mismos los que nos condenamos, somos condenados por nosotros mismos. La salvación es abrirnos a Jesús y él nos salva. Y si somos pecadores, todos somos pecadores, todos lo somos, todos, y pedimos perdón, y vamos con el deseo de ser buenos, el Señor nos perdona, pero para esto debemos abrirnos, abrirnos al amor de Jesús, que es más fuerte que todas las demás cosas, el amor de Jesús es grande. El amor de Jesús es misericordioso, el amor de Jesús perdona, pero debes abrirte, y abrirse significa arrepentirse, lamentarse de las cosas que hemos hecho que no son buenas. El Señor Jesús se ha donado y sigue donándose a nosotros, para llenarnos de toda la misericordia y la gracia del Padre. Somos nosotros, por tanto, los que podemos convertirnos en cierto sentido en jueces de nosotros mismos, auto condenándonos a la exclusión de la comunión con Dios y con los hermanos, con la profunda soledad y tristeza que esto produce. No nos cansemos, por tanto, de vigilar nuestros pensamientos y nuestras actitudes, para pregustar desde ahora el calor y el esplendor del rostro de Dios. Será bellísimo ese Dios que en la vida eterna contemplaremos en toda su plenitud. ¡Adelante! Pensando en ese juicio que comienza ahora, que ya ha empezado. ¡Adelante! Haciendo que nuestro corazón esté abierto a Jesús y a su salvación, y ¡Adelante! Sin tener miedo, porque el amor de Jesús es más grande, y si nosotros pedimos perdón por nuestros pecados él nos perdona. Jesús es así. ¡Adelante con esta certeza, que nos llevará a la gloria del cielo! Gracias.

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Hacer silencio para escuchar la ternura de Dios Al igual que los padres hablan como niños para comunicarse con los hijos, Dios también lo hace con nosotros. Hacer un poco de silencio para escuchar a Dios que nos habla con la ternura de un padre y de una madre nos hará bien. 12 de diciembre de 2013 No tanto "lo que dice el Señor" sino "cómo lo dice". Dios nos habla como lo hace un papá y una mamá con su hijo. Cuando un niño tiene una pesadilla, se despierta, llora... papá va y dice: no temas, no temas, estoy yo, aquí. Así nos habla el Señor. 'No temas, gusano de Jacob, larva de Israel'. El Señor tiene este forma de hablarnos: se acerca... Cuando miramos a un papá o una mamá que hablan a su hijo, nosotros vemos que ellos se hacen pequeños y hablan con la voz de un niño y hacen gestos de niños. Uno que mira desde fuera puede pensar: ¡pero estos son ridículos! ¿Se empequeñecen precisamente ahí no? Porque el amor del papá y de la mamá tiene la necesidad de acercarse, digo esta palabra: de abajarse precisamente al mundo del niño. Eh sí: si papá y mamá hablan con normalidad, el niño entenderá igual; pero ellos quieren tomar el modo de hablar del niño. Se acercan, se hacen niños. Y así es el Señor. Los teólogos griegos explicaban esta actitud de Dios con una palabra difícil: la synkatábasi, es decir, "la condescendencia de Dios que desciende a hacer como uno de nosotros". El papá y la mamá dicen también cosas un poco ridículas al niño: "Ah, amor mío, juguete mío..." y todas estas cosas. También el Señor lo dice: 'gusano de Jacob', 'tú eres un gusano para mí, una cosa pequeña, pero te amo tanto'. Este es el lenguaje del Señor, el lenguaje de amor de padre, de madre. ¿Palabra del Señor? Sí, escuchemos eso que nos dice. Pero también veamos como lo dice. Y nosotros tenemos que hacer eso que hace el Señor, hacer lo que dice y hacerlo como lo dice: con amor, con ternura, con esa condescendencia hacia los hermanos. Dios es como la "brisa suave" o -como dice el texto original- "un hilo sonoro de silencio": así "se acerca el Señor, con esa sonoridad del silencio propia del amor. Sin dar espectáculo". Y "se hace pequeño para hacerme poderoso; Él va a la muerte, con la condescendencia, para que yo pueda vivir. Esta es la música del lenguaje del Señor, y nosotros en la preparación a la Navidad debemos sentirla, nos hará bien escucharla, nos hará muy bien. Normalmente, la Navidad parece una fiesta de mucho ruido: nos hará bien hacer un poco de silencio y escuchar estas palabras de amor, estas palabras de tanta cercanía, estas palabras de ternura.... 'Tú eres un gusano, pero yo te amo mucho!' Por esto. Y hacer silencio, en este tiempo en el que, como dice el prefacio, nosotros estamos vigilantes en espera.

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El Papa habla de los cristianos tristes, enjaulados en su preceptos, compromisos, planes revolucionarios o en su espiritualidad Los cristianos alérgicos a los predicadores siempre tienen algo que criticar, pero en realidad tienen miedo de abrir la puerta al Espíritu Santo y se vuelven tristes. 13 de Diciembre de 2013 En el Evangelio del día, Jesús compara la generación de su tiempo con aquellos muchachos siempre descontentos,que no saben jugar con felicidad, que rechazan siempre la invitación de los otros: si hay música, no bailan; si se canta un canto de lamento, no lloran … ninguna cosa les está bien. Aquella gente no estaba abierta a la Palabra de Dios. Su rechazo no es al mensaje, es al mensajero. Rechazan a Juan el Bautista, que no come y no bebe, pero dicen que ¡es un endemoniado!. Rechazan a Jesús, porque dicen que es un glotón, un borracho, amigo de publicanos y pecadores. Siempre tienen un motivo para criticar al predicador: Y ellos, la gente de aquel tiempo, preferían refugiarse en una religión más elaborada: en los preceptos morales, como aquel grupo de fariseos; en el compromiso político, como los saduceos; en la revolución social, como los zelotas; en la espiritualidad gnóstica, como los esenios. Con su sistema bien limpio, bien hecho. Pero al predicador, no. También Jesús les hace recordar: ‘Sus padres han hecho lo mismo con los profetas’. El pueblo de Dios tiene una cierta alergia por los predicadores de la Palabra: a los profetas, los ha perseguido, los ha asesinado. Estas personas dicen aceptar la verdad de la revelación, pero al predicador, la predicación, no. Prefieren una vida enjaulada en su preceptos, en sus compromisos, en sus planes revolucionarios o en su espiritualidad desencarnada. Son aquellos cristianos siempre descontentos de lo que dicen los predicadores: Estos cristianos que son cerrados, que están enjaulados, estos cristianos tristes … no son libres. ¿Por qué? Porque tienen miedo de la libertad del Espíritu Santo, que viene a través de la predicación. Y este es el escándalo de la predicación, del que hablaba San Pablo: el escándalo de la predicación que termina en el escándalo de la Cruz. Escandaliza el hecho que Dios nos hable a través de hombres con límites, hombres pecadores: ¡escandaliza! Y escandaliza más que Dios nos hable y nos salve a través de un hombre que dice que es el Hijo de Dios y que termina como un criminal. Eso escandaliza. Estos cristianos tristes no creen en el Espíritu Santo, no creen en aquella libertad que viene de la predicación, que te advierte, te enseña, te abofetea, también; pero que es precisamente la libertad que hace crecer a la Iglesia: 17


Intervenciones del Papa Francisco en Roma Viendo a esos muchachos que tienen miedo de bailar, de llorar, miedo de todo, que en todo piden seguridad, pienso en esos cristianos tristes que siempre critican a los predicadores de la Verdad, porque tienen miedo de abrir la puerta al Espíritu Santo. Recemos por ellos, y recemos también por nosotros, para que no nos convirtamos en cristianos tristes, quitando al Espíritu Santo la libertad de venir a nosotros a través del escándalo de la predicación.

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“La Comunión se debe considerar como un remedio y no como un premio” En esta entrevista realizada por Andrea Tornielli para La Stampa, el Papa habla de la Navidad, del sufrimiento de los niños, el sínodo y la reforma de la curia. ¿Qué significa para usted la Navidad? Es el encuentro con Jesús. Dios siempre ha buscado a su pueblo, lo ha guiado, lo ha custodiado, ha prometido que le estará siempre cerca. En el Libro del Deuteronomio leemos que Dios camina con nosotros, nos guía de la mano como un papá con su hijo. Esto es hermoso. La Navidad es el encuentro de Dios con su pueblo. Y también es una consolación, un misterio de consolación. Muchas veces, después de la misa de Nochebuena, pasé algunas horas solo, en la capilla, antes de celebrar la misa de la aurora, con un sentimiento de profunda consolación y paz. Recuerdo una vez aquí en Roma, creo que era la Navidad de 1974, en una noche de oración después de la misa en la residencia del Centro Astalli. Para mí la Navidad siempre ha sido esto: contemplar la visita de Dios a su pueblo. ¿Cuál es el mensaje de la Navidad para las personas de hoy? Nos habla de la ternura y de la esperanza. Dios, al encontrarse con nosotros, nos dice dos cosas. La primera: tengan esperanza. Dios siempre abre las puertas, no las cierra nunca. Es el papá que nos abre las puertas. Segunda: no tengan miedo de la ternura. Cuando los cristianos se olvidan de la esperanza y de la ternura se vuelven una Iglesia fría, que no sabe dónde ir y se enreda en las ideologías, en las actitudes mundanas. Mientras la sencillez de Dios te dice: sigue adelante, yo soy un Padre que te acaricia. Tengo miedo cuando los cristianos pierden la esperanza y la capacidad de abrazar y acariciar. Tal vez por esto, viendo hacia el futuro, hablo a menudo sobre los niños y los ancianos, es decir los más indefensos. En mi vida como sacerdote, yendo a la parroquia, siempre traté de transmitir esta ternura, sobre todo a los niños y a los ancianos. Me hace bien, y pienso en la ternura que Dios tiene por nosotros. ¿Cómo es posible creer que Dios, considerado por las religiones como infinito y omnipotente, se haga tan pequeño? Los Padres griegos la llamaban “synkatabasis”, condescendencia divina. Dios que desciende y está con nosotros. Es uno de los misterios de Dios. En Belén, en el 2000, Juan Pablo II dijo que Dios se convirtió en un niño que dependía totalmente de los cuidados de un papá y de una mamá. Por esto la Navidad nos da tanta alegría. Ya no nos sentimos solos, Dios descendió para estar con nosotros. Jesús se hizo uno de nosotros y sufrió por nosotros el final más terrible en la cruz, el de un criminal.

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Intervenciones del Papa Francisco en Roma A menudo se presenta la Navidad como una fábula de ensueño. Pero Dios nace en un mundo en el que también hay mucho sufrimiento y miseria… Lo que leemos en los Evangelios es un anuncio de alegría. Los evangelistas describen una alegría. No hacen consideraciones sobre el mundo injusto, sobre cómo pudo nacer Dios en un mundo así. Todo esto es fruto de nuestra contemplación: los pobres, el niño que nace en la precariedad. La Navidad no fue una denuncia de la injusticia social, de la pobreza, sino un anuncio de alegría. Todo lo demás son conclusiones que sacamos nosotros. Algunas correctas, otras menos y otras más ideologizadas. La Navidad es alegría, alegría religiosa, alegría de Dios, interior, de luz, de paz. Cuando no se tiene la capacidad o se está en una situación humana que no te permite comprender esta alegría, se vive la fiesta con alegría mundana. Pero entre la alegría profunda y la alegría mundana hay mucha diferencia. Es su primera Navidad como Obispo de Roma, en un mundo lleno de conflictos y guerras… Dios nunca da un don a quien no es capaz de recibirlo. Si nos ofrece el don de la Navidad es porque todos tenemos la capacidad para comprenderlo y recibirlo. Todos, desde el más santo hasta el más pecador, desde el más limpio hasta el más corrupto. Incluso el corrupto tiene esta capacidad: pobrecito, la tiene un poco oxidada, pero la tiene. La Navidad en este tiempo de conflictos es un llamado de Dios, que nos da este don. ¿Queremos recibirlo o preferimos otros regalos? Esta Navidad en un mundo afectado por las guerras me hace pensar en la paciencia de Dios. La principal virtud de Dios, indicada en la Biblia, es que Él es amor. Él nos espera, no se cansa nunca de esperarnos. Él da el don y después nos espera. Esto sucede en la vida de cada uno de nosotros. Hay algunos que lo ignoran. Pero Dios es paciente y la paz, la serenidad de la noche de Navidad, es un reflejo de la paciencia de Dios hacia nosotros. En enero se cumplen cincuenta años del histórico viaje de Pablo VI a la Tierra Santa. ¿Usted va a ir? La Navidad siempre nos hace pensar en Belén, y Belén está en un punto preciso, en la Tierra Santa donde vivió Jesús. En la noche de Navidad pienso, sobre todo, en los cristianos que viven allí, en los que están en dificultades, en todos los que han tenido que abandonar esa tierra por diferentes problemas. Pero Belén sigue siendo Belén. Dios vino a un punto determinado, a una tierra determinada, apareció allí la ternura de Dios, la gracia de Dios. No podemos pensar en la Navidad sin pensar en la Tierra Santa. Hace cincuenta años, Pablo VI tuvo la valentía para salir e ir allá, y así empezó la época de los viajes papales. Yo también deseo ir, para encontrarme con mi hermano Bartolomeo, Patriarca de Constantinopla, y conmemorar con él este quincuagésimo aniversario renovando el abrazo de 1964 entre Papa Montini y Atenágoras en Jerusalén. Nos estamos preparando. Usted ha estado en muchas ocasiones con niños gravemente enfermos. ¿Qué puede decir ante este sufrimiento inocente? 20


Intervenciones del Papa Francisco en Roma Para mí, Dostoyevski ha sido un maestro de vida, y su pregunta, explícita e implícita, siempre ha rondado mi corazón: ¿por qué sufren los niños? No hay explicación. Me viene esta imagen: en cierto momento de su vida, el niño se “despierta”; no entiende muchas cosas, se siente amenazado, empieza a hacer preguntas a su papá o a su mamá. Es la edad del “por qué”. Pero cuando el hijo pregunta, luego no escucha todo lo que le tienes que decir y te acorrala con nuevos “por qué”. Lo que busca, más que una explicación, es la mirada del papá que le da seguridad. Frente a un niño que sufre, la única oración que me viene es la oración del “por qué”. ¿Señor, por qué? Él no me explica nada, pero siento que está viéndome. Entonces puedo decir: “Tú sabes por qué, yo no lo sé y Tú no me lo dices, pero me ves y yo confío en Ti, Señor, confío en tu mirada”. Al hablar sobre el sufrimiento de los niños, no se puede olvidar la tragedia de quienes sufren hambre. Con la comida que dejamos y tiramos podríamos dar de comer a muchísima gente. Si lográramos no desperdiciar, reciclar la comida, el hambre en el mundo disminuiría mucho. Me impresionó leer una estadística que habla de 10 mil niños que mueren de hambre cada día en el mundo. Hay muchos niños que lloran porque tienen hambre. El otro día, en la audiencia del miércoles, atrás de una valla había una joven mamá con su niño de pocos meses. Cuando pasé, el niño lloraba mucho. La mamá lo acariciaba. Le dije: “Señora, creo que el pequeño tiene hambre”. Ella respondió: “Sí, ya es hora…”. Y le dije: “¡Pero dele de comer, por favor!”. Ella tenía pudor, no quería amamantarlo en público, mientras pasaba el Papa. Entonces quisiera decir lo mismo a la humanidad: ¡den de comer! Esa mujer tenía la leche para su niño, en el mundo tenemos suficiente comida para que coman todos. Si trabajáramos con las organizaciones humanitarias y lográramos ponernos todos de acuerdo para no desperdiciar comida, mandándola a los que la necesitan, contribuiríamos mucho para resolver la tragedia del hambre en el mundo. Quisiera repetir a la humanidad lo que dije a aquella mamá: ¡den de comer a los que tienen hambre! Que la esperanza y la ternura de la Navidad del Señor nos sacudan de la indiferencia. Algunos pasajes de la “Evangelii gaudium” le granjearon las acusaciones de los ultraconservadores estadounidenses. ¿Qué siente un Papa cuando escucha que lo definen “marxista”? La ideología marxista está equivocada. Pero en mi vida he conocido a muchos marxistas buenos como personas, y por esto no me siento ofendido. Las palabras que más han sorprendido son las palabras sobre la economía que «mata»…

En la Exhortación no hay nada que no se encuentre en la Doctrina social de la Iglesia. No hablé desde un punto de vista técnico, traté de presentar una fotografía de lo que sucede. La única cita específica fue sobre las teorías del “derrame”, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí 21


Intervenciones del Papa Francisco en Roma mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Se prometía que, cuando el vaso hubiera estado lleno, se habría desbordado y los pobres se habrían beneficiado. En cambio sucede que, cuando está lleno, el vaso, por arte de magia, crece y así nunca sale nada para los pobres. Esta fue la única referencia a una teoría específica. Repito, no hablé como técnico, sino según la Doctrina social de la Iglesia. Y esto no significa ser marxista. Usted anunció una «conversión del papado». ¿Los encuentros con los patriarcas ortodoxos han sugerido alguna vía concreta? Juan Pablo II habló de manera muy explícita sobre una forma de ejercicio del primado que se abra a una situación nueva. Pero no sólo desde el punto de vista de las relaciones ecuménicas, sino también en las relaciones con la Curia y con las Iglesias locales. En estos primeros nueve meses he recibido las visitas de muchos hermanos ortodoxos, Bartolomeo, Hilarion, el teólogo Zizioulas, el copto Tawadros; este último es un místico, entraba a la capilla, se quitaba los zapatos e iba a rezar. Me sentí su hermano. Tienen la sucesión apostólica, los recibí como hermanos obispos. Es un dolor no poder celebrar juntos todavía la eucaristía, pero la amistad existe. Creo que el camino es este: la amistad, el trabajo en común y rezar por la unidad. Nos bendijimos los unos a los otros; un hermano bendice al otro, un hermano se llama Pedro y el otro se llama Andrés, Marco, Tomás… ¿La unidad de los cristianos es una prioridad para usted? Sí, para mí el ecumenismo es prioritario. Hoy existe el ecumenismo de la sangre. En algunos países matan a los cristianos porque llevan consigo una cruz o tienen una Biblia; y antes de matarlos no les preguntan si son anglicanos, luteranos, católicos u ortodoxos. La sangre está mezclada. Para los que matan somos cristianos. Unidos en la sangre, aunque entre nosotros no hayamos logrado dar los pasos necesarios hacia la unidad, y tal vez no sea todavía el tiempo. La unidad es una gracia que hay que pedir. Conocí en Hamburgo a un párroco que seguía la causa de beatificación de un sacerdote católico que fue guillotinado por los nazis porque enseñaba el catecismo a los niños. Después de él, en la fila de los condenados, había un pastor luterano y lo mataron por el mismo motivo. Su sangre está mezclada. Ese párroco me contó que había ido a ver al obispo y le había dicho: “Sigo con la causa, pero de los dos, no sólo del católico”. Este es el ecumenismo de la sangre. Todavía existe hoy, basta leer los periódicos. Los que matan a los cristianos no te piden el documento de identidad para saber en cuál Iglesia fuiste bautizado. Tenemos que tomar en cuenta esta realidad. En la Exhortación apostólica usted invitó a tomar decisiones pastorales prudentes y audaces en cuanto a los sacramentos. ¿A qué se refería? Cuando hablo de prudencia no pienso en una actitud paralizadora, sino en una virtud de quien gobierna. La prudencia es una virtud de gobierno. También lo es la audacia. Hay que gobernar con audacia y con prudencia. Hablé del bautismo y de la comunión como alimento espiritual para seguir adelante, y que se debe considerar como un remedio y no como un premio. Algunos pensaron inmediatamente en los sacramentos para los 22


Intervenciones del Papa Francisco en Roma divorciados que se han vuelto a casar, pero yo nunca hablo de casos particulares: solo quería indicar un principio. Debemos tratar de facilitar la fe de las personas más que controlarla. El año pasado en Argentina denuncié la actitud de algunos sacerdotes que no bautizaban a los hijos de madres solteras. Es una mentalidad enferma. ¿Y en cuanto a los divorciados que se han vuelto a casar? La exclusión de la comunión para los divorciados que viven una segunda unión no es una sanción. Hay que recordarlo. Pero no hablé de esto en la Exhortación. ¿Se ocupará de ello el próximo Sínodo de los obispos? La sinodalidad en la Iglesia es importante: sobre el matrimonio en su conjunto hablaremos en las reuniones del Consistorio en febrero. Después el tema será afrontado en el Sínodo extraordinario de octubre de 2014 y también durante el Sínodo ordinario del año siguiente. En estas sedes se profundizarán y aclararán muchas cosas. ¿Cómo procede el trabajo de sus ocho “consejeros” para la reforma de la Curia? El trabajo es largo. Quienes querían presentar propuestas o enviar ideas ya lo han hecho. El cardenal Bertello recopiló las opiniones de todos los dicasterios vaticanos. Recibimos sugerencias de los obispos de todo el mundo. En la última reunión los ocho cardenales dijeron que hemos llegado al momento de presentar propuestas concretas y en el próximo encuentro, en febrero, me entregarán sus primeras sugerencias. Yo siempre estoy presente en los encuentros, excepto el miércoles en la mañana por la audiencia. Pero no hablo, sólo escucho, y esto me hace bien . Un cardenal anciano me dijo hace algunos meses: “Usted ya comenzó la reforma de la Curia con la misa cotidiana en Santa Marta”. Esto me hizo pensar: la reforma empieza siempre con iniciativas espirituales y pastorales, antes que con cambios estructurales. ¿Cuál es la relación correcta entre la Iglesia y la política? La relación debe ser al mismo tiempo paralela y convergente. Paralela, porque cada uno tiene su camino y sus diferentes tareas. Convergente, sólo para ayudar al pueblo. Cuando las relaciones convergen antes, sin el pueblo, o sin tomar en consideración al pueblo, comienza ese contubernio con el poder político que acaba pudriendo a la Iglesia: los negocios, los compromisos… Hay que proceder paralelamente, cada uno con el propio método, las propias tareas, la propia vocación. Convergentemente solo en el bien común. La política es noble, es una de las formas más altas de caridad, como decía Pablo VI. La ensuciamos cuando la usamos para los negocios. La relación entre la Iglesia y el poder político también puede corromperse, si no converge sólo en el bien común. ¿Puedo preguntarle si tendremos mujeres cardenales?

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Intervenciones del Papa Francisco en Roma Es una frase que salió de quién sabe dónde. Las mujeres en la Iglesia deben ser valorizadas, no “clericalizadas”. Los que piensan en las mujeres cardenales sufren un poco de clericalismo. ¿Cómo procede el trabajo de limpieza en el IOR? Las comisiones referentes están trabajando bien. Moneyval nos dió un informe bueno, vamos por el buen camino. Sobre el futuro del IOR, veremos. Por ejemplo, el “banco central” del Vaticano sería la Apsa. El IOR fue creado para ayudar a las obras de religión, a las misiones, a las Iglesias pobres. Luego se convirtió en lo que es ahora. ¿Hace un año se habría imaginado que la Navidad de 2013 la habría celebrado en San Pedro? Claro que no. ¿Se esperaba que lo eligieran? No, no me lo esperaba. No perdí la paz mientras aumentaban los votos. Permanecí tranquilo. Y esa paz todavía me acompaña, la considero un don del Señor. Al terminar el último escrutinio, me llevaron al centro de la Sixtina y me preguntaron si aceptaba. Respondí que sí, dije que me habría llamado Francisco. Sólo entonces me alejé. Me llevaron a la habitación contigua para cambiarme. Después, poco antes de asomarme, me arrodillé para rezar durante algunos minutos en compañía de los cardenales Vallini y Hummes en la capilla Paulina.

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“¡La Iglesia no es un refugio para personas tristes, la Iglesia es la casa de la alegría!” Queridos hermanos y hermanas: Hoy es el tercer domingo de Adviento, denominado también ‘domingo Gaudete’, domingo de la alegría. En la liturgia resuena en repetidas ocasiones la invitación a la alegría, a alegrarse, porque el Señor está cerca. ¡La Navidad está cerca! El mensaje cristiano se llama “evangelio”, es decir “buena noticia”, un anuncio de alegría para todo el pueblo; ¡la Iglesia no es un refugio para personas tristes, la Iglesia es la casa de la alegría! Y aquellos que están tristes, encuentran en ella la alegría. Encuentran en ella la verdadera alegría. Pero la del Evangelio no es una alegría cualquiera. Encuentra su razón en el saberse acogidos y amados por Dios. Como nos recuerda hoy, el profeta Isaías (cf. 35,1-6ª. 8a.10), Dios es el que viene a salvarnos y presta socorro especialmente a los descorazonados. Su venida entre nosotros nos fortalece, nos da firmeza, nos dona coraje, hace exultar y florecer el desierto y la estepa, es decir, nuestra vida cuando se vuelve árida. ¿Y cuándo se hace árida nuestra vida? Cuando está sin el agua de la Palabra de Dios y de su Espíritu de amor. Por grandes que puedan ser nuestros límites y nuestra confusión y desaliento, no se nos permite ser débiles y vacilantes ante las dificultades y ante nuestras propias debilidades. Por el contrario, se nos invita a fortalecer nuestras manos, a hacer firmes nuestras rodillas, a tener coraje y a no temer, porque nuestro Dios muestra siempre la grandeza de su misericordia. Él nos da la fuerza para ir adelante. Él está siempre con nosotros para ayudarnos a ir adelante. ¡Es un Dios que nos quiere tanto, nos ama, y por eso está con nosotros, para ayudarnos, para fortalecernos, e ir adelante! ¡Coraje, siempre adelante! Gracias a su ayuda, siempre podemos empezar de nuevo. ¿Cómo comenzar de nuevo? Alguno me puede decir: “No padre, soy un gran pecador, soy una gran pecadora, yo no puedo recomenzar de nuevo”. ¡Te equivocas! ¡Tú puedes recomenzar de nuevo! ¿Por qué? ¡Porque Él te espera! ¡Él está cerca de ti! ¡Él te ama! ¡Él es misericordioso! ¡Él te perdona! ¡Él te da la fuerza de recomenzar de nuevo! ¡A todos! Podemos volver a abrir los ojos, superar la tristeza y el llanto, y cantar un canto nuevo. Y esta alegría verdadera permanece siempre también en la prueba, incluso en el sufrimiento, porque no es superficial, sino que llega a lo más profundo de la persona que se encomienda a Dios y confía en Él. La alegría cristiana, como la esperanza, tiene su fundamento en la fidelidad de Dios, en la certeza de que Él mantiene siempre sus promesas. El profeta Isaías exhorta a aquellos que han perdido el camino y se encuentran en la desesperación, a confiar en la fidelidad del Señor porque su salvación no tardará en irrumpir en sus vidas. Cuantos han encontrado a Jesús, a lo largo del camino, experimentan en el corazón una serenidad y una alegría, de la que nada ni nadie puede privarlos. 25


Intervenciones del Papa Francisco en Roma ¡Nuestra alegría es Cristo, su amor fiel e inagotable! Por lo tanto, cuando un cristiano se vuelve triste, quiere decir que se ha alejado de Jesús. ¡Pero entonces no hay que dejarlo solo! Tenemos que rezar por él y hacerle sentir la calidez de la comunidad. Que la Virgen María nos ayude a acelerar nuestros pasos hacia Belén para encontrar al Niño que ha nacido para nosotros, para la salvación y la alegría de todos los hombres. A Ella el Ángel le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28 ). Ella nos obtenga vivir la alegría del Evangelio en las familias, en el trabajo, en las parroquias y en todos los ambientes. ¡Una alegría íntima, hecha de estupor y ternura. La misma que siente una mamá cuando mira a su niño recién nacido y siente que es un don de Dios, un milagro que sólo puede agradecer!

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'Si falta la profecía se cae en el clericalismo' 16 de diciembre de 2013

Cuando falta la profecía en la Iglesia, falta la vida misma de Dios y predomina el clericalismo. El profeta es el que escucha las palabras de Dios, sabe ver el momento y proyectarse en el futuro. “Tiene dentro de sí estos tres momentos”: el pasado, el presente y el futuro. “El pasado: el profeta es consciente de la promesa y tiene en su corazón la promesa de Dios, la mantiene viva, la recuerda, la repite. Después mira el presente, mira a su pueblo y siente la fuerza del Espíritu para decirle una palabra que lo ayude a levantarse, a continuar el camino hacia el futuro. El profeta es un hombre de tres tiempos: promesa del pasado, contemplación del presente, valentía para indicar el camino hacia el futuro. El Señor siempre ha custodiado a su pueblo, con los profetas, en los momentos difíciles, en los momentos en los que el Pueblo se desanimaba o era destruido, cuando el Templo no estaba, cuando Jerusalén estaba bajo el poder de los enemigos, cuando el pueblo se preguntaba dentro de sí: ‘¡Pero Señor tú nos hiciste esa promesa! ¿Ahora qué pasa?’”. Es lo que “sucedió en el corazón de la Virgen cuando estaba a los pies de la Cruz”. En estos momentos “es necesaria la intervención del profeta. Y el profeta no siempre es recibido, muchas veces es rechazado. El mismo Jesús dice a los fariseos que sus padres asesinaron a los profetas, porque decían cosas que no eran agradables: decían la verdad ¡recordaban la promesa! Y cuando en el pueblo de Dios falta la profecía algo falta: ¡falta la vida del Señor!”. “Cuando no hay profecía la fuerza cae en la legalidad”, predomina el legalismo. Así, en el Evangelio, “los sacerdotes iban a Jesús a pedirle la cartilla de la legalidad: ‘¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¡Nosotros somos los señores del Templo!’”. “No entendían las profecías. ¡Habían olvidado la promesa! No sabían leer los signos del momento, no tenían ni ojos penetrantes ni habían escuchado la Palabra de Dios: ¡solo tenían la autoridad!”: “Cuando en el pueblo de Dios no hay profecía, el vacío que deja es ocupado por el clericalismo: es ese clericalismo que le pregunta a Jesús: ‘¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Con qué legalidad?’. Y la memoria de la promesa y la esperanza de seguir hacia delante se ven reducidas solo al presente, ni pasado ni futuro esperanzador. El presente es legal: si eres legal vas hacia delante”. Pero cuando reina el legalismo, la Palabra de Dios no está y el pueblo de Dios que cree, llora en su corazón, porque no encuentra al Señor: les falta la profecía. Llora “como lloraba la mamá Ana, la mamá de Samuel, pidiendo la fecundidad del pueblo, la fecundidad que viene de la fuerza de Dios, cuando Él despierta la memoria de su promesa y nos empuja hacia el futuro, con la esperanza. ¡Este es el profeta! Este es el hombre del ojo penetrante que escucha las palabras de Dios”: 27


Intervenciones del Papa Francisco en Roma “Que nuestra oración en estos días, en los que nos preparamos para la Natividad del Señor sea: ‘Señor, ¡que no falten los profetas en tu pueblo!’. Todos los bautizados somos profetas. ‘Señor, ¡que no nos olvidemos de tu promesa! ¡Que no nos cansemos de seguir hacia delante! ¡Que no nos encerremos en la legalidad que cierran puertas! Señor, libera a tu pueblo del espíritu del clericalismo y ayúdalo con el espíritu de profecía’”.

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'El apellido a Dios se lo da cada uno de nosotros' 17 de diciembre de 2013

Dios nunca nos deja solos, siempre camina con nosotros. Una vez oí que alguien decía: ‘¡Esta cita del Evangelio parece la lista telefónica!’ Y no, es otra cosa: esta cita del Evangelio es historia y tiene un argumento importante. Es pura historia porque como decía san León Papa, Dios ha enviado a su Hijo. Y Jesús es consustancial al Padre, Dios, pero también consustancial a la Madre, una mujer. Y esta es la consustancialidad de la Madre. Dios se ha hecho historia. Dios se ha querido hacer historia. Está con nosotros. Ha hecho el camino con nosotros. Después del primer pecado en el paraíso, Él tuvo esta idea: hacer el camino con nosotros”. Ha llamado a Abraham, “el primer nombrado en esa lista” y “lo invitó a caminar”. Y Abraham “comenzó ese camino”. Después Isaac, Jacob, Judá. “Así va este camino en la historia”. Dios, ha afirmado el papa, “camina con su pueblo. Dios no ha querido venir a salvarnos sin historia. Él ha querido hacerse historia con nosotros”. Una historia, destacó, que “va de la santidad al pecado. En esta lista hay santos, pero también hay pecadores: Los pecadores de alto nivel, los que han hecho pecados gordos. Dios ha hecho historia con ellos. Pecadores que no han respondido a todo lo que Dios planeaba para ellos. Pensemos en Salomón, tan grande, tan inteligente y terminó, ¡pobrecillo! Sin saber como se llamaba. Pero Dios estaba con él. Esto es bello ¿no? Dios es consustancial a nosotros. Hace historia con nosotros. Es más: cuando Dios quiere decir quien es, dice: ‘Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob’. ¿Pero cuál es el apellido de Dios? Somos nosotros, cada uno de nosotros. Él toma de nosotros el nombre para convertirlo en su apellido. ‘Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, de Pedro, de Marietta, de Armony, de Marisa, de Simón, ¡de todos!’ De nosotros toma el apellido. El apellido de Dios es cada uno de nosotros”. Él, nuestro Dios ha hecho historia con nosotros, ha tomado el apellido de nuestro nombre, se ha dejado escribir la historia por nosotros. Nosotros escribimos esta historia de gracia y pecado y Él va detrás de nosotros”. Esta, ha asegurado, “es la humildad de Dios, la paciencia de Dios, el amor de Dios. ¡Es nuestro!” Y esto, ha confiado, nos conmueve. “Tanto amor, tanta ternura, tener un Dios así. Su alegría ha sido compartir su vida con nosotros. El Libro de la Sabiduría dice que la alegría del Señor está entre los hijos del hombre, con nosotros. Al acercarse la Navidad, nos hace reflexionar: si Él se ha hecho historia con nosotros, si ha tomado su apellido de nosotros, si Él ha querido que nosotros escribiésemos su historia, al menos, dejemos nosotros que Él escriba nuestra historia. Esta es la santidad: ‘Dejar que el Señor escriba nuestra historia’. Esta es la esperanza de Navidad para todos nosotros. Que el Señor te escriba la historia y que tú dejes que te la escriba. ¡Así sea!”.

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La Navidad es la fiesta de la confianza y de la esperanza, que supera el pesimismo. 'El cristiano sirve y se abaja’ 18 de diciembre de 2013 Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Este encuentro nuestro se desarrolla en el clima espiritual del Adviento, manifestado más intensamente por la Novena de la Santa Navidad, que estamos viviendo en estos días y que nos lleva a las fiestas navideñas. Por este motivo hoy quisiera reflexionar con vosotros sobre la Navidad de Jesús, fiesta de la confianza y de la esperanza, que supera las inseguridades y el pesimismo. Y la razón de nuestra esperanza es esta: ¡Dios está con nosotros y Dios se fía todavía de nosotros! Pensad bien en esto: ¡Dios está con nosotros y se fía todavía de nosotros! Es generoso este Padre Dios, ¿verdad? Dios viene a habitar con los hombres, elige la tierra como su morada para estar junto al hombre y dejarse encontrar allí donde el hombre vive sus días en la alegría y el dolor. Por tanto, la tierra no es solo “un valle de lágrimas”, sino el lugar donde Dios mismo ha puesto su tienda, es el lugar del encuentro de Dios con el hombre, de la solidaridad de Dios con los hombres. Dios ha querido compartir nuestra condición humana hasta el punto de hacerse una sola cosa con nosotros en la persona de Jesús, que es verdadero hombre y verdadero Dios. Pero hay algo todavía más sorprendente. La presencia de Dios en medio de la humanidad no se ha dado en un mundo ideal, idílico, sino en este mundo real, marcado por cosas buenas y malas, por divisiones, maldad, pobreza, prepotencias y guerras. Él ha elegido habitar en nuestra historia así como es, con todo el peso de sus límites y de sus dramas. Haciendo así se ha demostrado de forma insuperable su inclinación misericordiosa y llena de amor hacia las criaturas humanas. Él es el Dios-con-nosotros, Jesús es Dios-con-nosotros, ¿creéis esto? Hagamos juntos esta confesión. ¡Todos! ¡Jesús es Dios-con-nosotros. ¡Otra vez! ¡Jesús es Dios-con-nosotros!. Muy bien, gracias. Jesús es Dios-con-nosotros, desde siempre y por siempre está con nosotros en los sufrimientos y en los dolores de la historia. La Navidad de Jesús es la manifestación de que Dios se ha puesto del lado del hombre “de una vez y para siempre”, para salvarnos, para levantarnos del polvo de nuestras miserias, de nuestras dificultades, de nuestros pecados. De aquí viene el gran “regalo” del Niño de Belén: una energía espiritual que nos ayuda a no hundirnos en nuestras fatigas, en nuestras desesperaciones, en nuestras tristezas, porque es una energía que nos conforta y transforma el corazón. El nacimiento de Jesús, de hecho, nos lleva a la bella noticia de que somos amados inmensamente y individualmente por Dios, y este amor no solo nos lo hace conocer, ¡sino que nos los da, nos lo comunica! De la contemplación gozosa del misterio del Hijo de Dios nacido por nosotros, podemos extraer dos consideraciones. 30


Intervenciones del Papa Francisco en Roma La primera es que si en la Navidad Dios se revela no como uno que está en las alturas y que domina el universo, sino como El que se abaja. Dios se abaja, desciende a la tierra, pequeño y pobre, esto significa que para ser como Él nosotros no podemos ponernos por encima de los demás, sino abajarnos, ponernos al servicio, hacernos pequeños con los pequeños y pobres con los pobres. Es una cosa fea cuando se ve a un cristiano que no quiere abajarse, que no quiere servir, que se pavonea por todas partes. ¡Es feo! ¡Ese no es un cristiano, es un pagano! ¡El cristiano sirve y se abaja! ¡Hagamos esto de forma que nuestros hermanos y hermanas no se sientan nunca solos! La segunda: si Dios, por medio de Jesús, se ha implicado con el hombre hasta el punto de convertirse en uno de nosotros, quiere decir que cualquier cosa que le hagamos a un hermano y a una hermana se la habremos hecho a Él. Nos lo ha recordado el mismo Jesús: quien haya nutrido, acogido, visitado, amado a uno de los más pequeños y de los más pobres entre los hombres, se lo habrá hecho al Hijo de Dios. Confiémonos a la materna intercesión de María, Madre de Jesús y nuestra, para que nos ayude en esta Santa Navidad, ya muy cercana, a reconocer en el rostro de nuestro prójimo, especialmente de las personas más débiles y marginadas, la imagen del Hijo de Dios hecho hombre. ¡Gracias!

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La humildad nos hace fecundos y la soberbia estériles 19 de diciembre de 2013

La humildad es necesaria para la fecundidad". La intervención de Dios vence la esterilidad de nuestra vida y la hace fecunda. Por tanto, la actitud de la soberbia que nos hace estériles. Muchas veces, en la Biblia, encontramos mujeres estériles a las cuáles el Señor da el don de la vida. De la imposibilidad de dar vida viene la vida. Y esto, también ha sucedido a mujeres no estériles, sino que no tenían esperanza de vida, como Noemí que al final tuvo un nieto: El Señor interviene en la vida de estas mujeres para decirnos: ' Yo soy capaz de dar vida'. También en los profetas está la imagen del desierto, la tierra desierta incapaz de hacer crecer un árbol, un fruto, de hacer germinar algo. 'Pero el desierto será como un bosque -dicen los profetas- será grande, florecerá' ¿Pero el desierto puede florecer? Sí. ¿La mujer estéril puede dar vida? Sí. Esa promesa del Señor: ¡Yo puedo! ¡Yo puedo de la sequía, de vuestra sequía, hacer crecer la vida, la salvación! Yo puedo de la aridez hacer crecer los frutos! Así que la salvación es esto: La intervención de Dios que hace fecundo, que nos da la capacidad de dar vida. Nosotros no podemos hacerlo solos. Además, muchos han hecho la prueba de pensar en nuestra capacidad de salvarnos: ¡También los cristianos eh! Pensemos en los pelagianos, por ejemplo. Todo es gracia. Es la intervención de Dios que nos trae la salvación. Es la intervención de Dios que nos ayuda en el camino de la santidad. Solamente puede Él. ¿Pero por nuestra parte qué hacemos? Primero: reconocer nuestra sequía, nuestra incapacidad de dar vida. Reconocer esto. Segundo, pedir: 'Señor, yo quiero ser fecundo. Yo quiero que mi vida dé vida, que mi fe sea fecunda y vaya adelante y pueda darla a los otros'. 'Señor, yo soy estéril, yo no puedo. Tú puedes. Yo soy un desierto: yo no puedo, Tú puedes'. Esta puede ser la oración de estos días, antes de la Navidad. A continuación ha afirmado que pensemos en cómo los soberbios, los que creen que pueden hacer todo por sí mismos, se ven afectados. Micol, hija de Saúl. Una mujer, que no era estéril, pero era soberbia y no entendía qué era alabar a Dios, es más, reía de la alabanza. Y fue castigada con la esterilidad. La humildad es necesaria para la fecundidad. La humildad de decir al Señor: 'Señor, soy estéril, soy un desierto' y repetir en estos días esas bonitas antífonas que la Iglesia nos hace rezar: 'Oh hijo de David, oh Adonai, oh Sabiduría -hoy- oh raíz de Jesse, oh Emmanuel, ven a darnos vida, ven a salvarnos, porque solo Tú puedes, ¡yo solo no puedo!' Y con esta humildad, la humildad del desierto, la humildad de alma estéril, recibir la gracia, la gracia de florecer, de dar fruto y de dar vida.

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'Un misterio que se publicita no es cristiano' El encuentro con Dios sólo se comprende en el silencio e invita a imitar el ejemplo de la Virgen María 20 de diciembre de 2013 En la historia de la salvación, ni el clamor ni la teatralidad, sino la sombra y el silencio son los "lugares" que Dios ha escogido para manifestarse al hombre. Fronteras evanescentes de las que su misterio ha tomado de vez en cuando una forma visible, se ha hecho carne. Son los momentos de la Anunciación, propuestos por el Evangelio de hoy, sobre todo el pasaje en el que el Ángel le dice a María que el poder del Altísimo la "cubrirá con su sombra". Cómo, en el fondo, casi de la misma sustancia que la sombra también se hizo la nube con la que, Dios había protegido a los judíos en el desierto: El Señor siempre ha cuidado el misterio y ha cubierto el misterio. Un misterio que se publicita no es cristiano, no es el misterio de Dios: ¡es un misterio falso! Y esto es lo que le ha sucedido a la Virgen aquí, cuando recibe a su Hijo: el misterio de su maternidad virginal está cubierto. ¡Está cubierto toda la vida! Y Ella lo sabía. Esta sombra de Dios, en nuestra vida, nos ayuda a descubrir nuestro misterio: el misterio de nuestro encuentro con el Señor, el misterio del camino de nuestra vida con el Señor. Cada uno de nosotros sabe cómo opera misteriosamente el Señor en nuestro corazón, en nuestra alma”. Y cuál es la nube, la potencia, ¿cómo es el estilo del Espíritu Santo para cubrir nuestro misterio?: Esta nube en nosotros, en nuestra vida se llama silencio: el silencio es precisamente una nube que cubre el misterio de nuestra relación con el Señor, de nuestra santidad y nuestros pecados. Este misterio que no podemos explicar. Pero cuando se hace el silencio en nuestra vida, el misterio se pierde, se va. ¡Custodiar el misterio con el silencio! Esa es la nube, esa es la potencia de Dios para nosotros, esa es la fuerza del Espíritu Santo. La Madre de Jesús ha sido el icono perfecto del silencio. Desde el anuncio de su excepcional maternidad hasta el Calvario. Pienso, en cuántas veces se ha callado y cuántas veces no ha dicho lo que sentía para preservar el misterio de la relación con su Hijo, hasta el silencio más crudo, a los pies de la Cruz: El Evangelio no nos dice nada: si ha dicho una palabra o no... Era silenciosa, pero dentro de su corazón, ¡cuántas cosas le decía al Señor! 'Tú, ese día me has dicho que sería grande; tú me has dicho que le darías el Trono de David, su padre, que reinaría para siempre y ahora ¡lo veo ahí, en la Cruz!'. ¡La Virgen era humana! Y tal vez él tenía el deseo de decir: ‘Mentiras! ¡He sido engañada!’: Juan Pablo II decía esto, al hablar de la Virgen en ese momento. Pero Ella, con el silencio, ha cubierto el misterio que no entendía y con este silencio ha dejado que este misterio pudiera crecer y florecer en la esperanza. El silencio es el que custodia el misterio", por lo cual el misterio de nuestra relación con Dios, de nuestro camino, de nuestra salvación no puede ser aireado, publicitado. Que el Señor "nos de a todos la gracia de amar el silencio, de buscarlo y tener un corazón custodiado por la nube del silencio.

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Ángelus: prepararse a la Navidad con el ejemplo de María y José Queridos hermanos y hermanas En este cuarto domingo de Adviento el evangelio nos narra los hechos precedentes al nacimiento de Jesús, y el evangelista Mateo los presenta desde el punto de vista de san José, el prometido esposo de María. José y María vivían en Nazaret; no habitaban todavía juntos porque el matrimonio no se había realizado. En ese tiempo intermedio, María después de haber recibido el anuncio del ángel quedó en cinta por obra del Espíritu Santo. Cuando José se da cuenta de este hecho queda desconcertado. El evangelio no explica cuáles eran sus pensamientos pero nos dice lo esencial: él quiere hacer la voluntad de Dios y está listo a la renuncia más radical. En cambio de defenderse para hacer valer sus derechos, José elige una solución que para él representa un sacrificio enorme: 'Porque era un hombre justo y no quería acusarla públicamente, pensó de repudiarla en secreto'. De manera breve esta frase reasume un verdadero y propio drama interior, si pensamos al amor que José tenía por María. Pero también en tal circunstancia, José quiere hacer la voluntad de Dios y decide, seguramente con gran dolor, despedir a María en secreto. Es necesario meditar sobre estas palabras para entender la prueba que José debió superar en los días anteriores al nacimiento de Jesús. Una prueba similar al sacrificio de Abram cuando Dios le pidió a su hijo Isaac: renunciar a la cosa más preciosa, a la persona más amada. Pero como en el caso de Abram, el Señor interviene: ha encontrado la fe que buscaba y abre un camino diverso, un camino de amor y felicidad: 'José -le dice- no temas de tomar contigo a María, tu esposa. De hecho el niño que ha sido generado en ella proviene del Espíritu Santo'. Este evangelio nos muestra toda la grandeza de animo de José. Él estaba siguiendo un buen proyecto de vida pero Dios reservaba para él otro plan, una misión más grande. José era un hombre que siempre sabía escuchar la voz de Dios, era profundamente sensible a su secreta voluntad, un hombre atento a los mensajes que le llegaban desde lo más profundo del corazón y desde lo alto. No se había obstinado a seguir su proyecto de vida, no permitió que el rencor le envenenara el ánimo, sino que estuvo listo a ponerse a disposición de la novedad que, de manera desconcertante le era propuesta. Es así un hombre bueno que no odiaba, no permitió que el rencor que le envenenara el alma. Cuantas veces nos ha sucedido a nosotros que el odio y la antipatía 34


Intervenciones del Papa Francisco en Roma incluida, el rencor nos envenenan el alma. Y esto nos hace mal. No permitirlo nunca: él es un ejemplo de esto. Y así José se volvió aún más grande. Aceptándose de acuerdo al designio del Señor, José se encuentra plenamente consigo mismo, más allá de sí mismo. Esta libertad de renunciar a lo que es suyo, a la posesión de su propia existencia y esta plena disponibilidad interior a la voluntad de Dios, nos interrogan y nos muestran el camino. Nos disponemos por ello a celebrar la Navidad, contemplando a María y a José: María la mujer llena de gracia y que tuvo el coraje de confiar totalmente en la palabra de Dios. José, el hombre fiel y justo que prefirió creer en el Señor, en cambio de escuchar las voces de la duda y del orgullo humano. Con ellos caminamos hacia Belén”.

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Como María, abrir el alma a Jesús que nace 23 de diciembre de 2013

En Navidad, como María, hagamos sitio a Jesús que viene La Iglesia, como María, está en espera de un parto. También ella sentía lo que sienten todas las mujeres de aquel tiempo. Siente estas percepciones interiores en su cuerpo, en su alma que el hijo está llegando. María, siente en su corazón que quiere ver el rostro de su Niño. Nosotros como Iglesia, acompañamos a la Virgen en este camino de espera y casi queremos apresurar este nacimiento del Señor. Así, que el Señor viene dos veces, el que conmemoramos ahora, el nacimiento físico y el que sucederá al final de los tiempo. Pero, como afirma san Bernardo, hay también un tercer nacimiento. Hay una tercera vendida del Señor: la de cada día. ¡El Señor cada día visita a su Iglesia! Visita a cada uno de nosotros y también nuestra alma entra en esta semejanza: nuestra alma se parece a la iglesia, nuestra alma se parece a María. Los padres del desierto dicen que María, la Iglesia y nuestra alma son femeninas y que lo que se dice de una, análogamente se puede decir de la otra. Nuestra alma está en espera, en esta espera por la venida del Señor; un alma abierta que llama: ‘¡Ven, Señor!' Y en estos días, también a cada uno de nosotros, el Espíritu Santo nos mueve a hacer esta oración: ¡Ven! ¡Ven!. Todos los días del Adviento, hemos dicho en el prefacio que nosotros, la Iglesia, como María, estamos vigilantes en la espera. Y la vigilancia, ha señalado, es la virtud del peregrino y nosotros todos somos peregrinos. ¿Estamos en espera o estamos cerrados? ¿Estamos vigilantes o estamos seguros en un hotel, a lo largo del camino y no queremos ir más adelante? ¿Somos peregrinos o somos errantes? Por esto, la Iglesia nos invita a rezar esto ‘¡Ven!’, a abrir nuestra alma y que nuestra alma sea, en estos días, vigilante en la espera. ¡Vigilar! Y nuevamente ha preguntado el pontífice ¿qué sucede en nosotros si viene el Señor o si no viene? ¿Hay sitio para el Señor o hay sitio para las fiestas, para hacer compras, hacer ruidos… ¿Nuestra alma está abierta, como está abierta la Santa Madre Iglesia y como estaba abierta la Virgen? ¿O nuestra alma está cerrada y hemos colocado en la puerta un cartel, muy educado, que dice: ‘Se ruega no molestar’? El mundo no termina con nosotros, nosotros no somos los más importantes del mundo: es el Señor, con la Virgen y con la Madre Iglesia! Por esta razón, ha invitado el papa, nos hará bien repetir la invocación: “¡Oh sabiduría, oh llave de David, o Rey de las gentes, ven! Repetir muchas veces ¡Ven!, y buscar que nuestra alma no sea un alma que diga: ‘no molestar’. ¡No! Que sea un alma abierta, que sea un alma grande, para recibir al Señor en estos días y que comience a escuchar lo que mañana en la antífona nos dirá la Iglesia: ‘¡Sabed que hoy viene el Señor y que mañana veréis su gloria!.

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Jesús ha venido a nuestra historia y compartido nuestro camino Homilía del santo padre en la solemne Misa del Gallo en el Vaticano.

24 de diciembre de 2013 1. «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1). Esta profecía de Isaías no deja de conmovernos, especialmente cuando la escuchamos en la Liturgia de la Noche de Navidad. No se trata sólo de algo emotivo, sentimental; nos conmueve porque dice la realidad de lo que somos: somos un pueblo en camino, y a nuestro alrededor –y también dentro de nosotros– hay tinieblas y luces. Y en esta noche, cuando el espíritu de las tinieblas cubre el mundo, se renueva el acontecimiento que siempre nos asombra y sorprende: el pueblo en camino ve una gran luz. Una luz que nos invita a reflexionar en este misterio: misterio de caminar y de ver. Caminar. Este verbo nos hace pensar en el curso de la historia, en el largo camino de la historia de la salvación, comenzando por Abrahán, nuestro padre en la fe, a quien el Señor llamó un día a salir de su pueblo para ir a la tierra que Él le indicaría. Desde entonces, nuestra identidad como creyentes es la de peregrinos hacia la tierra prometida. El Señor acompaña siempre esta historia. Él permanece siempre fiel a su alianza y a sus promesas. «Dios es luz sin tiniebla alguna» (1 Jn 1,5). Por parte del pueblo, en cambio, se alternan momentos de luz y de tiniebla, de fidelidad y de infidelidad, de obediencia y de rebelión, momentos de pueblo peregrino y de pueblo errante. También en nuestra historia personal se alternan momentos luminosos y oscuros, luces y sombras. Si amamos a Dios y a los hermanos, caminamos en la luz, pero si nuestro corazón se cierra, si prevalecen el orgullo, la mentira, la búsqueda del propio interés, entonces las tinieblas nos rodean por dentro y por fuera. «Quien aborrece a su hermano – escribe el apóstol San Juan– está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos» (1 Jn 2,11). 2. Pueblo en camino pero pueblo peregrino que no quiere ser pueblo errante. En esta noche, como un haz de luz clarísima, resuena el anuncio del Apóstol: «Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2,11). La gracia que ha aparecido en el mundo es Jesús, nacido de María Virgen, Dios y hombre verdadero. Ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Ha venido para librarnos de las tinieblas y darnos la luz. En Él ha aparecido la gracia, la misericordia, la ternura del Padre: Jesús es el Amor hecho carne. No es solamente un maestro de sabiduría, no es un ideal al que tendemos y del que nos sabemos por fuerza distantes, es el sentido de la vida y de la historia que ha puesto su 'toldo' entre nosotros. 3. Los pastores fueron los primeros que vieron este 'toldo', que recibieron el anuncio del nacimiento de Jesús. Fueron los primeros porque eran de los últimos, de los marginados. 37


Intervenciones del Papa Francisco en Roma Y fueron los primeros porque estaban en vela aquella noche, guardando su rebaño. El peregrino hacía la vigilia, y ellos la hacían. Con ellos nos quedamos ante el Niño, nos quedamos en silencio. Con ellos damos gracias al Señor por habernos dado a Jesús, y con ellos, desde dentro de nuestro corazón, alabamos su fidelidad: Te bendecimos, Señor, Dios Altísimo, que te has despojado de tu rango por nosotros. Tú eres inmenso, y te has hecho pequeño; eres rico, y te has hecho pobre; eres omnipotente, y te has hecho débil. Que en esta Noche compartamos la alegría del Evangelio: Dios nos ama, nos ama tanto que nos ha dado a su Hijo como nuestro hermano, como luz para nuestras tinieblas. El Señor nos dice una vez más: “No teman” (Lc 2,10). Como han dicho los ángeles a los pastores, 'no teman'. Y también yo les repito: No teman. Nuestro Padre tiene paciencia con nosotros, nos ama, nos da a Jesús como guía en el camino a la tierra prometida. Él es la luz que disipa las tinieblas. Él es la misericordia. Nuestro Padre perdona siempre. Él es nuestra paz. Amén.

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Bendición 'Urbi et orbe': una oración por la paz Por Redacción

A todos ustedes, queridos hermanos y hermanas, venidos de todas partes del mundo a esta Plaza, y a cuantos desde distintos países se unen a nosotros a través de los medios de comunicación, les deseo una ¡Feliz Navidad! En este día, iluminado por la esperanza evangélica que proviene de la humilde gruta de Belén, pido para todos ustedes el don navideño de la alegría y de la paz: para los niños y los ancianos, para los jóvenes y las familias, para los pobres y marginados. Que Jesús, que vino a este mundo por nosotros, consuele a los que pasan por la prueba de la enfermedad y el sufrimiento y sostenga a los que se dedican al servicio de los hermanos más necesitados. ¡Feliz Navidad!. Queridos hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero, ¡Buen díay feliz Navidad! Hago mías las palabras del cántico de los ángeles, que se aparecieron a los pastores de Belén la noche de la Navidad. Un cántico que une cielo y tierra, elevando al cielo la alabanza y la gloria y saludando a la tierra de los hombres con el deseo de la paz. Les invito a todos a hacer suyo este cántico, que es el de cada hombre y mujer que vigila en la noche, que espera un mundo mejor, que se preocupa de los otros, intentado hacer humildemente su proprio deber. Gloria a Dios. A esto nos invita la Navidad en primer lugar: a dar gloria a Dios, porque es bueno, fiel, misericordioso. En este día mi deseo es que todos puedan conocer el verdadero rostro de Dios, el Padre que nos ha dado a Jesús. Me gustaría que todos pudieran sentir a Dios cerca, sentirse en su presencia, que lo amen, que lo adoren. Y que todos nosotros demos gloria a Dios, sobre todo, con la vida, con una vida entregada por amor a Él y a los hermanos. Y paz a los hombres. La verdadera paz no es un equilibrio de fuerzas opuestas. No es pura "fachada", que esconde luchas y divisiones. La paz es un compromiso artesanal, que se logra contando con el don de Dios, con la gracia que nos ha dado en Jesucristo. Viendo al Niño en el Belén, Niño de paz, pensemos en los niños que son las víctimas más vulnerables de las guerras, pero pensemos también en los ancianos, en las mujeres maltratadas, en los enfermos… ¡Las guerras destrozan tantas vidas y causan tanto sufrimiento! Demasiadas ha destrozado en los últimos tiempos el conflicto de Siria, generando odios y venganzas. Sigamos rezando al Señor para que el amado pueblo sirio se vea libre 39


Intervenciones del Papa Francisco en Roma de más sufrimientos y las partes en conflicto pongan fin a la violencia y garanticen el acceso a la ayuda humanitaria. Hemos podido comprobar la fuerza de la oración. Y me alegra que hoy se unan a nuestra oración por la paz en Siria también creyentes de diversas confesiones religiosas. No perdamos nunca la fuerza de la oración. La fuerza para decir a Dios: Señor, concede tu paz a Siria y al mundo entero. Y también a los no creyentes les invito a desear la paz, con un deseo que amplía el corazón, con la oración o el deseo, pero todos por la paz. Concede la paz, Niño, a la República Centroafricana, a menudo olvidada por los hombres. Pero tú, Señor, no te olvidas de nadie. Y quieres que reine la paz también en aquella tierra, destrozada por una espiral de violencia y de miseria, donde muchas personas carecen de techo, agua y alimento, sin lo mínimo indispensable para vivir. Que se afiance la concordia en Sudán del Sur, donde las tensiones actuales ya han provocado víctimas y amenazan la pacífica convivencia de este joven Estado. Tú, Príncipe de la paz, convierte el corazón de los violentos, allá donde se encuentren, para que depongan las armas y emprendan el camino del diálogo. Vela por Nigeria, lacerada por continuas violencias que no respetan ni a los inocentes e indefensos. Bendice la tierra que elegiste para venir al mundo y haz que lleguen a feliz término las negociaciones de paz entre israelitas y palestinos. Sana las llagas de la querida tierra de Iraq, azotada todavía por frecuentes atentados. Tú, Señor de la vida, protege a cuantos sufren persecución a causa de tu nombre. Alienta y conforta a los desplazados y refugiados, especialmente en el Cuerno de África y en el este de la República Democrática del Congo. Haz que los emigrantes, que buscan una vida digna, encuentren acogida y ayuda. Que no asistamos de nuevo a tragedias como las que hemos visto este año, con los numerosos muertos en Lampedusa, no sucedan nunca más. Oh Niño de Belén, toca el corazón de cuantos están involucrados en la trata de seres humanos, para que se den cuenta de la gravedad de este delito contra la humanidad. Dirige tu mirada sobre los niños secuestrados, heridos y asesinados en los conflictos armados, y sobre los que se ven obligados a convertirse en soldados, robándoles su infancia. Señor, del cielo y de la tierra, mira a nuestro planeta, que a menudo la codicia y el egoísmo de los hombres explota indiscriminadamente. Asiste y protege a cuantos son víctimas de los desastres naturales, sobre todo al querido pueblo filipino, gravemente afectado por el reciente tifón. Queridos hermanos y hermanas, en este mundo, en esta humanidad hoy ha nacido el Salvador, Cristo el Señor. No pasemos de largo ante el Niño de Belén. Tenemos miedo de esto, no tengamos miedo que nuestro corazón se conmueva. 40


Intervenciones del Papa Francisco en Roma Dejemos que nuestro corazón se conmueva, se enardezca con la ternura de Dios; necesitamos sus caricias.Las caricias de Dios no producen heridas, las caricias de Dios nos dan paz y fuerza, necesitamos las caricias de Dios. El amor de Dios es grande; a Él la gloria por los siglos. Dios es nuestra paz: pidámosle que nos ayude a construirla cada día, en nuestra vida, en nuestras familias, en nuestras ciudades y naciones, en el mundo entero. Dejémonos conmover por la bondad de Dios.

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Ángelus: recemos por los cristianos perseguidos por su fe La memoria del primer mártir, san Esteban, equilibra una falsa idea edulcorada de la Navidad 26 de diciembre de 2013 Queridos hermanos y hermanas. Ustedes no tienen miedo de la lluvia, son valerosos. La liturgia prolonga la solemnidad de la Navidad durante ocho días: ¡un tiempo de alegría para todo el pueblo de Dios! En este segundo día de la octava, en la alegría de la Navidad se inserta la fiesta de san Esteban, el primer mártir de la Iglesia. El libro de los Actos de los Apóstoles nos lo presenta como “un hombre lleno de fe y de Espíritu Santo”, elegido con otros seis para dar servicio a las viudas y a los pobres en la primera comunidad de Jerusalén. Y nos cuenta su martirio, cuando después de un fogoso discurso que suscitó la ira de los miembros del Sinedrio, fue arrastrado afuera de las murallas de la ciudad y lapidado. Esteban murió como Jesús, pidiendo perdón por sus asesinos. En el clima de la alegría navideña, esta conmemoración podría parecer fuera de contexto. De hecho la Navidad es la fiesta de la vida y nos infunde sentimientos de serenidad y de paz. ¿Por qué entonces turbar su encanto con el recuerdo de una violencia tan atroz? En realidad en la óptica de la fe, la fiesta de san Esteban está en plena sintonía con el significado profundo de la Navidad. En el martirio, de hecho, el amor derrota a la violencia, la vida a la muerte. La Iglesia ve en el sacrificio de los mártires su 'nacimiento al cielo'. Celebramos por lo tanto hoy la 'navidad' de Esteban, que en profundidad se desprende de la Navidad de Cristo. ¡Jesús transforma la muerte de quienes lo aman en aurora de vida nueva! En el martirio de Esteban se reproduce la misma lucha entre el bien y el mal, entre el odio y el perdón, entre la mansedumbre y la violencia, que tuvo su culminación en la cruz de Cristo. La memoria del primer mártir acaba así con una falsa imagen de la Navidad: ¡una imagen de fábula y edulcorada, que en el evangelio no existe! La liturgia nos trae el sentido auténtico de la Encarnación, relacionando Belén al Calvario y recordándonos que la salvación divina implica que la lucha al pecado, pasa por la puerta estrecha de la cruz. Este es el camino que Jesús ha indicado claramente a sus discípulos, como testimonia el evangelio de hoy: 'Serán todos odiados a causa de mi nombre. Pero quién habrá perseverado hasta el final será salvado'. Por eso hoy rezamos de manera particular por los cristianos que sufren discriminación a causa del testimonio que dan de Cristo y del evangelio. Estamos cerca de estos hermanos y hermanas que como san Esteban, son acusados injustamente y objeto de violencias de varios tipos. 42


Intervenciones del Papa Francisco en Roma Estoy seguro que, lamentablemente, son más numerosos hoy que en los primeros tiempos de la Iglesia y que son tantos. Esto sucede especialmente en los lugares en donde la libertad religiosa no está todavía garantizada o no está plenamente realizada. Sucede también en países y ambientes que en sus papeles tutelan la libertad y los derechos humanos, pero donde de hecho los creyentes, especialmente los cristianos, encuentran limitaciones y discriminaciones. Yo quiero pedirles de rezar por estas hermanas y hermanos, unos instantes, todos. Y los recomendamos a la Virgen: Ave María... A un cristiano esto no lo maravilla, porque Jesús lo ha anunciado como ocasión propicia para dar testimonio. Entretanto en el plano civil, la injusticia va denunciada y eliminada. Que María Reina de los Mártires nos ayude a vivir esta Navidad con aquel ardor de fe y de amor que refulge en san Esteban y en todos los mártires de la Iglesia”.

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Las palabras del papa Francisco en el ángelus de la Sagrada Familia Recordar a las familias que hay que 'saber pedir permiso, dar gracias y pedir perdón. Ciudad del Vaticano, 29 de diciembre de 2013 Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En este primer domingo después de Navidad, la liturgia nos invita a celebrar la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. De hecho, cada pesebre nos muestra a Jesús junto a la Virgen y San José en la gruta de Belén. Dios ha querido nacer en una familia humana, ha querido tener una madre y un padre como nosotros. El Evangelio de hoy nos presenta a la Santa Familia en la vía dolorosa del exilio, buscando refugio en Egipto. José, María y Jesús experimentan la condición dramática de los refugiados, marcada por el miedo, la incertidumbre, la incomodidad (cf. Mt 2,1315.19-23). Por desgracia, en nuestros días, millones de familias pueden identificarse con esta triste realidad. Casi todos los días la televisión y los periódicos dan noticias de los refugiados que huyen del hambre, la guerra y otros graves peligros en busca de seguridad y una vida digna para ellos y sus familias. En tierras lejanas, incluso cuando encuentran trabajo, los refugiados y los inmigrantes no siempre encuentran una acogida verdadera, el respeto, el aprecio de los valores que llevan. Sus expectativas legítimas chocan con situaciones complejas y problemas que parecen insuperables a veces. Por lo tanto, mientras fijamos la mirada sobre la Santa Familia de Nazaret, cuando se ve obligada a convertirse en prófuga, pensemos en el drama de los inmigrantes y refugiados que son víctimas del rechazo y la explotación, que son víctimas de la trata de personas y del trabajo esclavo. Pero también pensemos en los "exiliados", yo los llamaría "exiliados escondidos", aquellos “exiliados” que puedan existir dentro de las propias familias: los ancianos, por ejemplo, que a veces son tratados como un estorbo. Muchas veces pienso que un signo para saber cómo van las cosas en una familia es ver cómo son tratados los niños y los ancianos. Jesús ha querido pertenecer a una familia que ha experimentado este tipo de dificultades, para que nadie se sienta excluido de la cercanía amorosa de Dios. La huida a Egipto a causa de las amenazas de Herodes nos muestra que Dios está allí donde el hombre se encuentra en peligro, donde el hombre sufre, donde se escapa, donde experimenta el rechazo y el abandono; pero también está donde el hombre sueña, espera regresar a su patria en libertad, proyecta y elige a favor de la vida y la dignidad de sí mismo y de sus familiares. Hoy nuestra mirada sobre la Santa Familia se deja atraer también por la simplicidad de la vida que esta lleva en Nazaret. Es un ejemplo que hace tanto bien a nuestras familias, ayudándoles a convertirse cada vez más en comunidades de amor y de reconciliación, en las que se experimenta la ternura, la ayuda mutua, el perdón mutuo. 44


Intervenciones del Papa Francisco en Roma Recordemos las tres palabras clave para vivir en paz y alegría en la familia: “permiso”, “gracias”, “perdón”. Cuando en una familia no se es entrometido, cuando en una familia no se es entrometido y se pide permiso, cuando en una familia no se es egoísta y se aprende a decir gracias, gracias, y cuando en una familia uno se da cuenta de que ha hecho algo malo y sabe pedir perdón, ¡en esa familia hay paz y hay alegría! Recordemos estas tres palabras. Pero podemos repetirlas todos juntos. Permiso, gracias, perdón. Todos: Permiso, gracias, perdón. Pero también quisiera animar a las familias a tomar conciencia de la importancia que tienen en la Iglesia y en la sociedad. El anuncio del Evangelio, de hecho, pasa sobre todo a través de las familias, para luego llegar a los diferentes ámbitos de la vida diaria. Invoquemos con fervor a María Santísima, la Madre de Jesús y Madre nuestra, y a San José, su esposo. Pidámosles que iluminen, conforten y guíen a todas las familias del mundo, para que pueda cumplir con dignidad y serenidad la misión que Dios les ha confiado . Queridos hermanos y hermanas, en el próximo Sínodo de los Obispos se abordará el tema de la familia, y la fase de preparación ya ha iniciado desde hace tiempo. Por eso hoy, fiesta de la Santa Familia, deseo confiar a Jesús, María y José este trabajo sinodal, rezando por las familias de todo el mundo. Os invito a uniros espiritualmente a mí en la oración que ahora recito: Jesús, María y José, en vosotros contemplamos el esplendor del verdadero amor, a vosotros, confiados, nos dirigimos. Santa Familia de Nazaret, haz también de nuestras familias lugar de comunión y cenáculo de oración, auténticas escuelas del Evangelio y pequeñas Iglesias domésticas. Santa Familia de Nazaret, que nunca más haya en las familias episodios de violencia, de obstinación y división; que quien haya sido herido o escandalizado sea pronto consolado y curado. Santa Familia de Nazaret, que el próximo Sínodo de los Obispos haga tomar conciencia a todos del carácter sagrado e inviolable de la familia, de su belleza en el proyecto de Dios. Jesús, María y José, escuchad, acoged nuestra súplica. Amén 45


Intervenciones del Papa Francisco en Roma Dirijo un saludo especial a los fieles que están conectados con nosotros desde Nazaret, Basílica de la Anunciación, donde ha ido el secretario general del Sínodo de los Obispos; desde Barcelona, Basílica de la Sagrada Familia Basílica, donde ha ido el presidente del Consejo Pontificio para la Familia; Loreto, Basílica Santuario de la Santa Casa. Y lo extiendo a los reunidos en diversas partes del mundo para otras celebraciones en las que los principales protagonistas son las familias , como la de Madrid. Por último, saludo con afecto a todos los peregrinos aquí presentes, ¡especialmente a las familias! Sé que hay de la comunidad de rumanos en Roma. Saludo a los jóvenes del Movimiento de los Focolares, venidos de varios países, y al resto de los jóvenes, incluidos los grupos de la diócesis de Milán, Como, Lodi, Padua, Vicenza y Concordia-Pordenone. Saludo a los chicos de Curno y Calcinate con sus catequistas, los fieles de Salcedo, Carzago Riviera, San Giovanni in Persiceto y Modica. Os deseo a todos una hermosa fiesta de la Sagrada Familia, un buen domingo y una buena comida. ¡Hasta pronto!

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Homilía en  la  oración  de  las  Vísperas  en  la  Basílica  de   San  Pedro   31  de  Diciembre  de  2013     “El  apóstol  Juan  define  el  tiempo  presente  de  una  manera  precisa:  “Ha  llegado  la   última  hora”.  Esta  afirmación  que  se  repite  en  la  misa  del  31  de  diciembre,  significa  que   con  la  venida  de  Dios  en  la  historia  estamos  ya  en  los  tiempos  “últimos”,  después  de  los   cuales  el  paso  final  será la  segunda  y  definitiva  venida  de  Cristo.     Naturalmente   aquí se   habla   de   la   'calidad'   del   tiempo,   no   de   su   'cantidad'.   Con   Jesús  ha  venido  la  plenitud  del  tiempo,  plenitud  de  significado  y  plenitud  de  salvación.  Y   no  habrá más  una  nueva  revelación,  pero  la  manifestación  plena  de  lo  que  Jesús  ha  ya   revelado.     En   este   sentido   estamos   ya   en   la   “última   hora”;   cada   momento   de   nuestra   es   vida   es   definitivo   y   cada   acción   nuestra   está cargada   de   eternidad.   De   hecho   la   respuesta   que  damos  hoy  a  Dios  que  nos  ama,  a  Jesucristo,  incide  en  nuestro  futuro.     La  visión  bíblica  y  cristiana  del  tiempo  y  de  la  historia  no  es  cíclica,  pero  linear:  es   un   camino   que   va   hacia   un   cumplimiento.   Un   año   que   ha   pasado   por   lo   tanto   no   nos   lleva  a  una  realidad  que  termina  pero  a  una  realidad  que  se  cumple,  es  un  paso  ulterior   hacia   la   meta   que   está delante   de   nosotros:   una   meta   de   esperanza   y   de   felicidad,   porque   encontraremos   a   Dios,   razón   de   nuestra   esperanza   y   fuente   de   nuestra   esperanza  y  de  felicidad,  porque  encontraremos  a  Dios,  razón  de  nuestra  esperanza  y   fuente  de  nuestra  alegría.     Mientras  llega  su  término  el  año  2013,  recogemos  como  en  un  cesto,  los  días,  las   semanas,   los   mese   que   hemos   vivido,   para   ofrecer   todo   al   Señor.   Y   preguntarnos:   ¿cómo   hemos   vivido   el   tiempo   que   él   nos   ha   donado?   ¿Lo   hemos   vivido   sobretodo   para   nosotros   mismos,   para   nuestros   intereses,   o   hemos   sabido   usarlo   también   para   los   otros?  ¿Cuánto  tiempo  hemos  reservado  para  'estar  con  él',  en  la  oración,  en  el  silencio,   en  la  adoración?     Y   después   pensemos,   nosotros   ciudadanos   romanos   también   a   esta   ciudad   de   Roma.   ¿Qué ha   sucedido   este   año?   ¿Qué está sucediendo,   qué sucederá?   ¿Cómo   es   la   calidad  de  la  vida  en  esta  ciudad?  ¡Depende  de  todos  nosotros!  ¿Cómo  es  la  calidad  de   nuestra   ciudadanía?   ¿Este   año   hemos   contribuido   en   nuestra   pequeña   capacidad   a   volverla  vivible,  ordenada,  acogedora?     De   hecho   el   rostro   de   una   ciudad   es   como   un   enorme   mosaico   cuyos   azulejos   son   todos   los   que   allí viven.   Seguramente   quien   recubre   cargos   públicos   tiene   mayor   responsabilidad,  pero  cada  uno  es  corresponsable  en  el  bien  y  en  el  mal.     Roma  es  una  ciudad  de  una  belleza  única.  Su  patrimonio  espiritual  y  cultural  es   extraordinario.  Y  al  mismo  tiempo  en  Roma  existen  tantas  personas  marcadas  por  las   miserias  materiales  y  morales,  personas  pobres,  infelices,  sufridoras,  que  interpelan  la   conciencia  de  cada  ciudadano.   47


Intervenciones del Papa Francisco en Roma En  Roma  quizás  sentimos  más  fuerte  este  contraste  entre  el  ambiente  majestuoso   y  cargado  de  belleza  artística  y  el  malestar  social  de  quien  hace  más  esfuerzo.  Roma  es   una  ciudad  llena  de  turistas,  pero  también  llena  de  refugiados.  Roma  está llena  de  gente   que   trabaja,   pero   también   de   personas   que   no   encuentran   trabajo   o   realizan   trabajos   mal   pagados   y   a   veces   indignos.   Y   todos   tienen   derecho   a   ser   tratados   con   la   misma   actitud  de  acogida  y  equidad,  porque  cada  uno  es  portador  de  dignidad  humana.     Es  el  último  día  del  año.  ¿Qué haremos,  como  actuaremos  en  el  próximo  año  para   volver   un   poco   mejor   a   nuestra   ciudad?   Roma   del   año   nuevo   tendrá un   rostro   aún   más   bello   si   será aún   más   rica   de   humanidad,   hospedadora,   acogedora.   Si   todos   nosotros   estaremos   atentos   y   seremos   generosos   hacia   quien   está en   dificultad;   si   sabremos   colaborar  con  el  espíritu  constructivo  y  solidario,  en  favor  del  bien  de  todos.     Roma   del   año   nuevo   será mejor   si   no   habrán   personas   que   la   miran   'de   lejos',   como  a  tarjeta  postal,  que  miran  la  vida  solamente  'desde  el  balcón',  sin  involucrarse  en   tantos  problemas  humanos,  problemas  de  hombres  y  mujeres  que  al  final...  y  desde  el   principio,  queramos  o  no,  son  nuestros  hermanos.     En   esta   perspectiva   la   Iglesia   de   Roma   se   siente   impregnada   a   dar   su   contribución  a  la  vida  y  al  futuro  de  la  ciudad.  Pero  es  su  deber,  se  siente  animada  y  a   animar  con  la  levadura  del  evangelio,  a  ser  signo  e  instrumento  de  la  misericordia  de   Dios.     Esta  noche  concluimos  el  Año  del  Señor  2013,  agradeciendo  y  pidiendo  perdón.   Las  dos  cosas  juntas,  agradecemos  y  pedimos  perdón.     Agradecemos   por   todos   los   beneficios   que   Dios   nos   ha   dado,   y   especialmente   por   su  paciencia  y  su  fidelidad,  que  se  manifiestan  en  el  sucederse  de  los  tiempos,  pero  en   modo   singular   en   la   plenitud   del   tiempo   cuando   “Dios   mandó a   su   Hijo,   nacido   de   mujer”.     La   Madre   de   Dios,   en   cuyo   nombre   mañana   iniciaremos   un   nuevo   tramo   de   nuestra  peregrinación  terrena,  nos  enseñe  a  acoger  a  Dios  hecho  hombre,  porque  cada   año,  cada  mes,  cada  día  sea  lleno  de  su  eterno  amor”.    

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Papa santamarta diciembre 2013  

Homilias del Papa Francisco Diciembre de 2013