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IV DOMINGO DE ADVIENTO AÑO B PARROQUIA EL SALVADOR DE BAEZA D. MARIANO CABEZA PERALTA “Cantaré eternamente las misericordias del Señor” (Sal 88) Ciertamente queridos hermanos nuestra vida debe ser un continuo cantar, alabar y glorificar a nuestro Dios porque es eterna su misericordia. Nunca nos ha dejado de su mano aún cuando la humanidad, soberbia y desagradecida prefirió darle la espalda para convertirse ellos mismos en Dios. Surgió entonces una promesa sorprendente, que sería el mismo Dios en persona quien derrotara al maligno que sembró cizaña en el paraíso concebido por Dios.


Esa promesa se avivó y se definió aun más en el Reinado de David, unos mil años antes de que naciera el Señor Jesús. Lo hemos podido escuchar en la primera lectura del segundo libro de Samuel. Dios promete a David que uno salido de su familia será rey eterno, un hijo para Dios y un Padre para el hijo. Pasó el tiempo, años y años, los profetas no dejaban de recordar al pueblo esas palabras pero nadie sabía cuándo se iban a cumplir. Hasta que mil años después, una muchacha de una aldea de Galilea llamada Nazaret, desposada con José que es de la familia del Rey David porque José era natural de Belén de Judá, el mismo lugar donde nació el Rey David. Esa muchacha es María y recibe la visita del ángel Gabriel comunicándole un mensaje de parte del mismo Dios. Aquí está el cumplimiento en el tiempo, en la historia de la Palabra de Dios: concebirás un hijo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará y su reino no tendrá fin. Jesús de Nazaret, el Mesías, el ungido, el esperado y deseado, el anunciado por Dios y los profetas, por el que todo fue creado, ahora se teje silenciosa y misteriosamente en el seno de la Virgen María para redimir lo que estaba perdido, para dar luz a la tiniebla, para dar alegría a los que viven amargados por el mal y por el pecado. Con que solemnidad lo expresa San Pablo en su carta a los Romanos: “Cristo Jesús, revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos, a El la gloria por los siglos de los siglos”. Cristo Jesús, es la revelación última, máxima del Dios invisible. Es la prueba definitiva del amor y la misericordia de Dios para con nosotros. Es la cercanía del Padre Dios Creador que tanto ama a sus hijos. Mis queridos hermanos, esto es lo que nos disponemos a celebrar en los próximos días. Un encuentro con el mismo Dios en la historia. Eso es el tiempo de Navidad, el encuentro con el Enmanuel, Dios con nosotros,


como lo hicieron los humildes de Israel comenzando por la más humilde y sierva, la santísima Virgen María. Como decíamos en la primera semana de adviento no es sólo recordar un hecho histórico pasado, es actualizar el pasado en el presente abiertos al futuro. Y será en la Eucaristía de estos días de Navidad donde podamos adorar a Dios con nuestra vida como hicieron los magos de oriente. Será en la escucha de la Palabra, en la oración, en la caridad, en la convivencia y fraternidad entre nosotros. Este será el verdadero espíritu navideño, si nos abrimos a Dios y a los hermanos, si deseamos ardientemente la presencia de Dios en nuestras vidas, en nuestro mundo. Si deseamos dar a Dios lo mejor de nosotros mismos convirtiéndonos para ello. Si de verdad “nosotros estamos con Dios” al igual que “Dios está con nosotros”. Lo demás es tan pasajero como los mismos días de navidad que pueden quedar en unas pocas vacaciones, un dolor de cabeza, unos kilos de más y la economía familiar desajustada, que quedan tan apagados y oscuros como los adornos de navidad cuando los quitamos los volvemos a meter en sus cajas para que tengan un largo letargo. Pido al Señor Jesús, que ya viene, por intercesión de la Santísima Virgen María, madre de la esperanza, de la expectación que al igual que ella, digamos un Sí a Dios, un hágase en nosotros siempre su voluntad y que esa disposición positiva, buena, receptiva sea la cuna donde nazca esta noche buena nuestro buen Dios. Que así sea.

IV DOMINGO DE ADVIENTO  

HOMILIA CON MOTIVO DEL IV DOMINGO DE ADVIENTO

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