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SÉPTIMO DÍA DE NOVENA LA PALABRA DE DIOS, PALABRA DE ESPERANZA PARROQUIA EL SALVADOR DE BAEZA D. MARIANO CABEZA PERALTA “Le salió al encuentro, desde el cementerio, donde vivía en los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo” (Mc 5, 14) Queridos hermanos, Qué drama humano nos presenta el evangelio que hemos proclamado esta noche. Nos presenta el dolor físico y moral de la persona, representado en la soledad más absoluta, en la marginación del resto de sus conciudadanos. Nos presenta a un hombre esclavo en todos los aspectos: cepos, cadenas. Nos presenta a un hombre muerto en vida, viviendo en los sepulcros. En definitiva a un hombre que sufre y hace sufrir a los demás junto a la impotencia de los que no pueden hacer nada porque ni tienen medios ni saben cómo ayudar.


En medio de esta situación, en apariencia sin solución, desembarca Jesucristo. Una luz de esperanza llega a la región de los gerasenos. Aquel pobre hombre atormentado es liberado por la Palabra del Señor: “espíritu inmundo, sal de este hombre”. Una palabra dicha con firmeza, con autoridad. Una palabra superior a todas las demás palabras, incluidas las de los espíritus inmundos. Por la Palabra de Jesús el hombre queda liberado de sus esclavitudes, de su dolor, de su sufrimiento. Donde no había esperanza de salvación, por la Palabra del Señor se hace efectiva la salvación de un hijo de Dios. En agradecimiento, nos dice el Evangelio, el sanado fue por todos los lugares próximos dando testimonio sobre Jesucristo, lo que Dios había hecho por él. En este pasaje evangélico sólo hay un aspecto muy desconcertante. Algunos, a pesar de haber visto y oído a la Palabra de vida, valoran más otras cosas. Los porquerizos y los habitantes de aquella región rogaban a Jesús que se marchase de su territorio. La piara de cerdos había caído al lago ahogándose y ellos valoraban más sus cerdos que la salud física y espiritual del endemoniado. Es de nuevo la tragedia del capítulo 1 del evangelio de San Juan al que ya hemos hecho referencia en estos días: La Palabra vino a los suyos y los suyos no la recibieron, prefirieron las tinieblas a la luz. Este pasaje del evangelio de Marcos es un claro exponente del título del séptimo día de novena: La Palabra de Dios, Palabra de esperanza. Nos dice el Papa Benedicto XVI en VD 91: “Lo que la Iglesia anuncia al mundo es la Palabra de la esperanza, el hombre necesita la gran esperanza para poder vivir el propio presente, la gran esperanza que es el Dios que tiene rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo”.


También muchas personas viven hoy con sufrimientos, con dolor, con miedos y angustias. Viven bajo la cadena de esclava del materialismo, o entre los sepulcros de una vida que se queda enterrada en esta realidad presente. Andan gritando libertad, justicia, paz, amor, pero no encuentran nada de lo que proclaman. Para ellos hay una buena noticia, una esperanza bien fundamentada. Es Jesucristo el Señor. Para ellos hay esperanza si son capaces de escuchar, de abrirse a la Palabra de luz y vida que es Jesucristo el Señor. “Por eso la Iglesia es misionera en su esencia. No podemos guardar para nosotros las palabras de vida eterna que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo (…) nos corresponde a nosotros la responsabilidad de transmitir lo que a su vez, hemos recibido por gracia” (VD 91) Esta fue la experiencia del endemoniado. Por la acción de Jesús sintió la imperiosa necesidad de comunicar a los demás las maravillas que Dios había hecho en él. Del encuentro con Jesucristo nace la vocación misionera espontáneamente, como agradecimiento infinito a Aquel que llena nuestra vida de esperanza. La Virgen María, Santa María de la esperanza como la celebramos en el tiempo litúrgico del Adviento, nos enseña esta gran verdad con sus propias palabras en el magníficat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí” Pues pidamos por su poderosa intercesión que no rechacemos nunca la Palabra de Dios en nuestra vida, que nada ni nadie se interponga entre la presencia de Dios y nosotros. Que nunca le roguemos al Señor que se marche de nuestras vidas, de nuestra sociedad, todo lo contrario, que nuestras palabras sean las de los discípulos de Emaús, quédate con nosotros Señor. Que así sea.


OCTAVO DÍA DE NOVENA LA PALABRA DE DIOS Y LA MISIÓN DE LA IGLESIA PARROQUIA EL SALVADOR DE BAEZA D. MARIANO CABEZA PERALTA Queridos hermanos: Anoche era el endemoniado geraseno el que tenía un encuentro liberador con Jesucristo, esta noche es Jairo, jefe de la sinagoga, y una mujer anónima de entre el gentío que apretujaba a Jesús. Distintos lugares geográficos, distintos personajes, algunos con identidad propia, otros anónimos pero todos, absolutamente todos tienen un denominador común: Buscan, tienen inquietud, ponen su esperanza en el Señor. La condición que pone Jesucristo es sencilla y bien clara: “No temas, basta que tengas fe”. Una fe muy sencilla como la hemorroisa que pensaba que con sólo tocar el borde del manto del Señor quedaría curada. Una fe más cultivada, como la de Jairo, jefe de la sinagoga, lugar donde los judíos estudiaban las Escrituras y oraban. En definitiva fe, adhesión al Señor, asentimiento a su persona, a su palabra. El descubrimiento gozoso de que Jesús el carpintero de Nazaret es también Dios. El descubrimiento gozoso de que Dios ha visitado a su pueblo y revela con palabras y obras el proyecto del Padre para el mundo, transformar todo para volver de nuevo a la casa del Padre, de donde nunca teníamos que haber salido. Transformar todas las cosas por medio de Jesucristo, por su muerte y resurrección. Así la hija de Jairo goza de esa transformación pasando de la muerte a la vida. La mujer con flujos de sangre goza de esa transformación quedando sana y restablecida. El endemoniado de Gerasa goza de esa transformación siendo liberado de los espíritus inmundos que lo atormentaban.


Y podríamos seguir relatando casos, circunstancias y personas que tienen esa misma experiencia desde los tiempos del Señor hasta nuestros días. ¿Qué han encontrado estas personas? ¿Qué experiencia común hay en todos ellos si son de épocas distintas, culturas distintas, territorios geográficos distintos? Como la experiencia de las Jornadas Mundiales de la Juventud en Madrid, en agosto de 2011: ¿Qué tienen en común jóvenes, adultos y niños venidos de los cinco continentes? En la noche de la Vigilia de oración, de rodillas ante el Santísimo Sacramento, comenzando por el Papa Benedicto, en silencio sobrecogedor, con los elementos climatológicos en contra, ¿Qué elemento unificador había en aquel lugar? Una respuesta a estas preguntas la encontramos en la VD 92 de mano de Benedicto XVI: “La novedad del anuncio cristiano no consiste en un pensamiento sino en un hecho: El se ha revelado” Y esa así. No es el cristianismo una ideología, una moral, un pensamiento, o un libro sagrado. Es la presencia viva, dinámica y dinamizadora de Dios con nosotros. Es la presencia viva, resucitada y resucitadora de Jesucristo que toca los corazones de los hombres llenándolos de alegría y esperanza, liberándolos de todo miedo, esclavitud y limitación. Esta experiencia común, hace que personas muy distintas y muy distantes en kilómetros, años y siglos se identifiquen plenamente porque Dios es el mismo ayer, hoy y siempre. Por este motivo, toda persona de nuestro tiempo, lo que sepa o no lo sepa necesita este anuncio. Los primeros cristianos consideraron el anuncio del evangelio como una necesidad procedente de la fe, dar a conocer al Dios único y verdadero manifestado en Cristo Jesús a todos los hombres. Aunque venían algunos del judaísmo con la idea arraigada de que Dios sólo lo era del pueblo de Israel, descubrieron bien pronto que la salvación


que Dios trae no está sujeta a un pueblo, a una cultura concreta, o la sangre de Abraham. Descubren la universalidad de la misión de la Iglesia por la universalidad de la Palabra de Dios que está destinada a personas de toda raza, pueblo y nación. Dejando la ciudad madre de Jerusalén, los apóstoles se diseminan por el mundo entero anunciando el evangelio. Cabe destacar la figura de San Pablo, apóstol de los gentiles que en Atenas hace un magnífico anuncio a los que buscan a Jesucristo aún sin saberlo, representado en el monumento al dios desconocido. San Pablo les dice “eso que adoráis sin conocerlo os lo anuncio yo” (Hech 17,23) Pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen Madre de la Palabra, que cada uno de nosotros nos sintamos muy urgidos a la misión de la Iglesia que es llevar la Palabra de Dios a todos los hombres. Que resuene en nuestro corazón el mandato de Jesucristo, Palabra hecha carne: Id al mundo entero y anunciad el evangelio. Que así sea.

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