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EL SACERDOCIO COMÚN DE LOS FIELES LAICOS NOVENA A LA VIRGEN DE LA PAZ “Estos son mi madre y mis hermanos, el que cumple la voluntad de Dios” Preciosa alabanza de Nuestro Señor Jesucristo a su Madre delante de todos los que lo escuchaban. Más valora el Señor el cumplimiento de la voluntad de Dios que los lazos de la sangre, más valora el Señor la unión en el espíritu que la unidad que brota en los distintos miembros de la misma familia. Y María no sólo es dichosa por ser la Madre de Dios sino también porque es la esclava del Señor, la que hace siempre su voluntad, la que cumple fielmente sin cuestionar al Padre, ni al Hijo ni al Espíritu. Por eso su Hijo Jesús la llama bienaventurada. Bienaventurada Virgen de la Paz que nos muestra la senda de la santidad y de la perfección cumpliendo como nadie el Salmo 39 que hoy proclamábamos: “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad” En esa voluntad de Dios entramos desde que somos concebidos porque la vida es un don generoso, precioso, que viene de Dios. El Sacramento del Bautismo que recibimos nos proporcionó los medios para comenzar a vivir en el Señor. Se nos perdonó el pecado original, fuente de todos los pecados y males que desolan a las personas y al mundo. Se nos entregaron las virtudes de la fe, esperanza y caridad. Dios nos hizo hijos suyos por adopción y miembros vivos del Cuerpo de su Hijo Jesucristo, que es nuestra Santa Iglesia. El día de nuestro bautismo, aunque no recordemos nada, debemos de recordarlo con mucha gratitud hacia Dios y nuestros padres y padrinos que fueron los instrumentos válidos, porque ellos dijeron nuestro nombre y pidieron el sacramento por nosotros. Pues aquel bendito día, después de recibir las aguas bautismales, el sacerdote ungió nuestra cabeza con el Santo Crisma y dijo que éramos para siempre sacerdotes, profetas y reyes. Somos por el Bautismo Iglesia y participamos del triple oficio de Cristo que es Sacerdote, Profeta y Rey. ¡Qué maravilloso descubrimiento! Como bautizado soy de Cristo, soy miembro vivo de su Cuerpo, soy sacerdote, soy profeta, soy rey. ¿Pero qué significa todo esto? Lo vamos a desarrollar en estos tres días.


La palabra sacerdote la hemos reducido a los que han recibido en la Iglesia el sacramento del Orden Sacerdotal. Seguro que si preguntamos a cualquier bautizado: ¿tú sabes que eres sacerdote? nos miraría con cara de extrañeza no entendiendo bien nuestra pregunta. El único sumo y eterno sacerdote es Jesucristo y el único sacerdocio es el de Cristo. ¿Qué misión tiene el sacerdote? Ofrecer sacrificios. Eso es lo que hacían los sacerdotes del Antiguo Testamento, ofrecer sacrificios a Dios una y otra vez implorando el perdón de los pecados. ¿Puede salvar la sangre de los animales que se ofrecían en esos sacrificios? La carta a los hebreos que hemos leído lo ha dicho claramente: ¡NO! El único que puede perdonar es Dios por eso Dios mismo se ofrece a sí mismo como sacrificio definitivo. Su divino Cuerpo y Sangre derramado por nosotros nos salva y esa oblación, esa ofrende se hace una vez para siempre, ya no se repite más. Cristo Sacerdote se ofreció en el altar de la Cruz el Viernes Santo y canceló la deuda del pecado que habíamos contraído con Adán y Eva. Cada vez que celebramos la Eucaristía no repetimos el sacrificio de Cristo, cada vez que celebramos la Eucaristía no repetimos el Viernes Santo, ni la muerte de Jesús, no repetimos, sólo actualizamos, participamos de ese único sacrificio hecho una vez para siempre. Cristo es nuestra Cabeza, nosotros somos los miembros, como miembros vivos de su Cuerpo participamos de la vida de Cristo en todos sus aspectos. Por el Bautismo somos sacerdotes porque Cristo es sacerdote. ¿Cómo es el sacerdocio de los fieles laicos? Se le denomina sacerdocio común de los fieles. Implica en todo fiel laico, en palabras de Juan Pablo II en su exhortación sobre los fieles laicos: “ofreciéndose a sí mismos y todas sus actividades y uniéndolas al sacrificio de Cristo en la cruz y en la Eucaristía”. Si Cristo ofrece su vida por nosotros, el fiel laico ofrece su vida por el mundo identificándose plenamente con Cristo. Muy especialmente todo lo que nos cueste más trabajo, lo que nos produzca más desagrado, más dolor. Mucho más mérito tendrá si lo ofrecemos desde la cruz de nuestras limitaciones y desde el altar de la Eucaristía. La carta a los hebreos nos recordaba que Dios no quiere holocaustos ni sacrificios externos, quiere un corazón humilde, y una voluntad bien dispuesta. Qué bien nos enseña la Virgen María esta lección de sacerdocio común. Ella se ofrece como esclava del Señor, ella ofrece su vida a Dios su


Salvador y sabe estar feliz, contenta en el Magnificat. Sabe estar de pie junto a la cruz en las horas de dolor. Por eso a la Virgen de la Paz, Madre y modelo de los laicos le pedimos que ruegue e interceda por nosotros. Que asĂ­ sea.

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NOVENA VIRGEN DE LA PAZ  

HOMILIA SEGUNDO DIA DE NOVENA

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