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DOMINGO VI DE PASCUA AÑO A D. MARIANO CABEZA PERALTA PARROQUIA EL SALVADOR DE BAEZA Estamos llegando al final del tiempo pascual y el Señor comienza a anunciarnos la fiesta de Pentecostés, fiesta de la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente. Fiesta de Pentecostés que pondrá punto y final al tiempo de la Resurrección del Señor y que dará paso, de nuevo, al tiempo ordinario hasta que de nuevo comencemos a preparar la venida del Señor con el tiempo de adviento. Las palabras del Señor Jesús han sido claras: “Yo le pediré al Padre que os de otro defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”.


Desde Pentecostés siempre ha estado el Espíritu de Dios guiando a la Iglesia, protegiéndola, inspirándola para renovarse, para ser fiel a los mandatos del Señor. El Espíritu Santo que recibimos el día de nuestro Bautismo pero que se nos entrega en plenitud el día que recibimos el Sacramento de la Confirmación, cuando el sucesor de los apóstoles, que es el Obispo, impone las manos sobre nuestra cabeza y nos unge la frente con Santo Crisma. Era la escena de la primera lectura. Los apóstoles Pedro y Juan imponen las manos sobre las cabezas de los que han recibido el Bautismo en nombre del Señor Jesús. Nos dice la Sagrada Escritura que el Espíritu vino sobre ellos y se llenaron de inmensa alegría. Espíritu de Dios, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria. Espíritu de Dios que fortaleces las debilidades de las personas, que hablas a través de los creyentes, que vives en medio de nosotros para que nunca sintamos soledad o desamparo. Espíritu de Dios, fuego que arde en los corazones de los fieles para vivir y amar como Cristo vivió y nos amó. Espíritu de Dios que nos haces testigos del Dios vivo y nos llama a un servicio sin condiciones a favor de todas las personas. Queridos hermanos, señalaba San Lucas en la primera lectura esta situación en la ciudad de Samaria cuando Felipe predica el Evangelio: “La ciudad se llenó de alegría” Nuestro mundo también necesita alegría, necesita razones para tener esperanza, necesita palabras y gestos que borren la oscuridad del presente y la incertidumbre del futuro. Queremos confiar ese cambio a los políticos, a los banqueros, a los poderosos, a los manifestantes de plazas y de calles. Hoy el Señor nos mira a nosotros y nos dice: “Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza, pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia”. Hoy el Señor nos mira a nosotros como responsables y corresponsables de este mundo. Mira a la Iglesia que somos cada uno de los bautizados para emprender una reforma profunda de nuestra sociedad. ¿Cómo? Con mansedumbre, respeto, paciencia, incluso padeciendo haciendo el bien. Igual que Cristo.


¿Cómo? Guardando los mandamientos del Señor como la mayor prueba de amor a Dios y como el camino seguro para que Dios permanezca en nuestra vida y se nos vaya revelando ampliamente. ¿Cómo? Hablando a los demás de nuestra fe, de nuestras razones, de nuestros fundamentos, de nuestras esperanzas. Y no sólo con palabras, sino acompañando las palabras con la vida, como signo visible de nuestras profundas convicciones. No estamos solos en esta empresa porque el Señor nos asegura: “No os dejaré desamparados”. Tenemos al mismo Espíritu de Dios entre nosotros y tenemos al mismo Jesucristo Resucitado que se quedó con su pueblo para siempre sacramentalmente. Cuerpo y Sangre del Señor Resucitado, alimento de vida eterna para todos nosotros. Queridos niños, vosotros hoy los vais a recibir por primera vez. La primera de muchas si no queréis sentiros desamparados, si no queréis perder la verdadera alegría, si queréis que Dios haga morada en vosotros y se os revele. Por este motivo es un día grande, un día importante. Porque tanto nos ha amado el Señor Jesús, que se ha hecho alimento para nosotros, un alimento que nos salve y nos fortalece. Alimentados por la Eucaristía, vivificados por el Santo Espíritu, viviendo en el seno de la Comunidad cristiana, tenemos todos los medios para ser los amigos del Señor que lo anuncian por donde van pasando. La Virgen María, Madre de Dios y nuestra, modelo de creyente para los creyentes, interceda por todos nosotros en este último domingo del mes de Mayo para que aclamemos siempre al Señor con las palabras y con la vida. Que así sea.


VI DOMINGO DE PASCUA