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DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR D. MARIANO CABEZA PERALTA PARROQUIA EL SALVADOR DE BAEZA

Bendito el que viene en el nombre del Señor. Con estas palabras hemos recibido al Señor en la primera celebración de la Semana Santa. Desde el miércoles de ceniza pusimos la mirada en estas celebraciones y sobre todo la tenemos puesta en la noche gloriosa de la Pascua, del tránsito de la muerte a la vida por la resurrección. Nosotros somos ese pueblo congregado que nos relataba el evangelio de San Marcos. Porque si escuchamos la Palabra del Señor, si venimos buscando y deseando su presencia, su experiencia, si de verdad queremos seguirlo muy de cerca estos días santos, entonces también gritaremos jubilosos movidos por el gozo de quien encuentra a Alguien que da sentido a su vida. Pero ya habéis visto, del ambiente festivo de la primera parte de la celebración, hemos pasado a la liturgia de la Palabra donde hemos escuchado al siervo sufriente del profeta Isaías. El Salmo 21 rezado por el mismo Cristo en la Cruz porque estaba dedicado desde antiguo plenamente a El.


La carta a los Filipenses, precioso texto de San Pablo, dedicado a Cristo hombre, pobre y humilde. Y como no, la lectura de la Pasión según el evangelista Marcos. En todas esas lecturas se marca un itinerario difícil, comprometido, doloroso pero no definitivo. El mensaje no es negativo, no es desesperante, no es absurdo. Todo lo contrario, es un mensaje que nos lleva a la madurez como personas y como cristianos. Porque la persona madura no huye ante la realidad sino que la afronta. No deforma la realidad con mentiras sino que busca la verdad, aunque esa verdad sea dolorosa. Es coherente con su forma de pensar y lo manifiesta en la vida de cada día, aunque ello conlleve dificultades. Así es Cristo y así nos pide a nosotros que sigamos su senda. Cristo es el Siervo de Dios que anunciaba el profeta. Siervo de Dios que al ser la misma Palabra de Dios hecha hombre habla especialmente al abatido con palabras de aliento. No ha venido a condenar, a hundir o perder al mundo sino a salvar al mundo. Cristo es el que toma la condición de esclavo siendo Dios, porque sale en busca del que es esclavo, del que es uno de tantos, del montón, baja hasta la misma realidad de la muerte a buscar. Cristo es el hombre crucificado, condenado con un juicio falso e injusto, el aplastado por el que tiene poder y lo utiliza en beneficio propio, el despreciado e injuriado por el que juzga sin conocer, sin saber porqué, del que se deja manipular y llevar por lo que digan los demás. Pero al final de esos textos hay palabras claves que nos dan la pista final, que nos orientan a la última palabra que no la tiene el mundo, ni los poderosos, ni hombre alguno, sino que la tiene sólo Dios. Esas palabras son: En Isaías: El Señor me ayuda. Salmo 21: Señor no te quedes lejos, fuerza mía ven corriendo a ayudarme. Filipenses: Dios lo levantó sobre todo. Evangelio de Marcos: curiosamente un centurión romano, un pagano para ellos dice una grandísima verdad: Realmente este era hijo de Dios. El camino de Cristo es el camino de la Iglesia, de todos los que la componemos, de cada bautizado. La Semana Santa son días muy especiales


que nos hacen conmemorar y rememorar las claves de nuestra fe, pero la Semana Santa es la vida, es nuestra historia. Caminamos por un mundo que necesita palabras de esperanza, gestos distintos que levanten a los demás, que los hagan mirar al cielo. Especialmente estos signos los esperan los más pobres y desfavorecidos, los más hundidos y olvidados, los que menos voz y defensa tienen. Qué importante es que nosotros, imitando a Cristo, estemos ahí, tendiendo puentes, ofreciendo manos, dando palabras de consuelo. Habrá quien no entienda o comparta o incluso tolere nuestra actitud y vendrán críticas, acusaciones falsas, rechazos, persecuciones. Es el camino de Cristo, es la Semana Santa viviente de cada día. Cristo nos enseña a no tener miedo, a no ser pusilánimes. Todo lo contrario: “Ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que me mesaban la barba, no escondía la cara a salivazos e insultos”. Seguir a Cristo es mucho más que un sentimiento positivo hacia El, o ponerse una túnica y un cirio y seguir una imagen durante unas horas, o incluso mucho más que llamarse cristiano. Seguir a Cristo compromete la vida y es un acto tremendo de amor porque supone morir, dejarse romper, ser grano de trigo enterrado, subir a la cruz que otros te ponen. “Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos”. A esto nos invita el Señor a todos nosotros, no sólo a participar de la Semana Santa sino hacer de nuestra vida, de nuestra parroquia, de nuestra fe una Semana Santa continua donde este presente la pasión, muerte y resurrección. Que el Señor Jesús nos fortalezca para que así lo hagamos y que lo externo y público de la Semana Mayor no aparte nuestra mirada ni nuestro oído de aquel que nos habla con Palabras de Vida Eterna. Al Señor se lo pedimos y que así sea. LUNES SANTO San Juan nos cuenta en este relato que hemos proclamado cómo Jesús, seis días antes de la Pascua, en la víspera de ser entregado a la muerte, y siendo muy consciente de que llegaba “su hora” en la que tanto incide este evangelista, va a comer con sus amigos a modo de despedida y agradecimiento.


Cuando san Pablo nos decía ayer domingo de Ramos, que Cristo se hizo hombre, uno cualquiera, estaba resaltando su humanidad. Y como un hombre cualquiera Jesús tiene sus amigos, la gente que lo quiere, lo sigue, lo cuida e incluso lo admiran. Jesús corresponde a esa amistad de Marta, Lázaro y María, visitándolos, sentándose con ellos, descansando en el oasis del hogar de Betania. Es una maravilla poder contemplar esta realidad. Siendo Dios omnipotente se hace hombre necesitado de afectos y detalles. No es un Dios encumbrado, lejano, distante que marque los dos espacios bien diferenciados divino-humano. María la de Betania, la que escucha sentada a los pies de Jesús sin cansarse, la que considera todo secundario e innecesario cuando está delante del Señor, quiso, por ese amor que tenía a Jesús, honrarlo con lo mejor que ella consideraba que podía hacer. Perfume, lágrimas, sus cabellos. Postrada en el suelo, humilde, servidora, gesto de amor y respeto hacia Jesús. A los pocos días, el jueves santo, podremos ver una escena muy parecida. Esta vez es Cristo el que se arrodilla y lava los pies a sus discípulos con gran escándalo por parte de estos. María entendió muy bien el camino de Cristo. Entendió muy bien que amar a Cristo es imitar a Cristo. Entendió muy bien todas las enseñanzas que a lo largo de esos años le había escuchado al amigo del alma que venia a descansar a su casa. El mismo Jesús relaciona esa acción de María a la muerte y a la sepultura. Una acción adelantada en vida, igual que la última cena del jueves santo adelanta sacramentalmente el Viernes Santo. El itinerario que nos marca Cristo pasa por la humildad, por el llanto, por la propia vida. Todo para el Señor. Todas las miradas del evangelio de Juan no eran como la de María. Hay otras miradas. Las de Judas y los sumos sacerdotes. Judas miraba el dinero los sumos sacerdotes el mantener su poder, su dominio y su estatus. No era Jesús el centro de su mirada y por tanto puestos a elegir se quedaban con el centro de su mirada. Judas con el dinero, vendió al Señor. Los sumos sacerdotes con su poder, decidieron matar a Jesús y a Lázaro.


Es la cruz de la Iglesia y de los creyentes. Tanto fuera como dentro. Cuando se desvía la mirada y el enfoque central de Jesús, se termina poniendo el corazón allá donde no está Dios. Semana Santa es una llamada de atención. La cuaresma un tiempo que nos reorienta y nos reconduce hacia Dios. Pongamos nuestra mirada en Cristo Jesús, mantengamos el espíritu ardiente en estos días, preparémonos interiormente porque llega el Triduo Pascual, días centrales de nuestra fe. Al Señor se lo pedimos y que así sea.

MARTES SANTO Ayer lunes santo, cenamos en Betania con el Señor, en casa de sus amigos. Hoy Martes Santo nos situamos en Jerusalén, en otra cena, la última y definitiva. Jesús revela varios enigmas que flotan en el ambiente. Revela el nombre y la identidad de aquel que lo va entregar. Revela la inminencia de su muerte y partida entre ellos. Revela las negaciones de Pedro. Es lamentable pensar que dentro del mismo grupo de los doce había un traidor y muchos cobardes. Tanta palabra, tanto gesto, tanto signo portentoso, tanto esforzarse para que luego uno se cegase con el dinero y vendiese a Jesús, al que le confió el ser piedra de su Iglesia lo negase por tres veces y los demás huyeran despavoridos. Un auténtico desastre. Sería juzgado desde fuera como una gestión fracasada. Pero como decíamos el domingo de Ramos, la última palabra no la tiene el hombre, sino Dios. En estas escenas se nos muestra nuestra humanidad, lo que somos nosotros en situación crítica, de presión. Lo poco que es el hombre sin Dios. Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. En la Iglesia y entre nosotros esto ocurre a veces. No hay que buscar críticas, incoherencias, escándalos, fuera de la Iglesia. Muchas veces son sus mismos hijos los que se convierten en feroces acusadores.


El evangelista San Juan explicaba el origen de esa actitud, concretamente fijándose en Judas: “detrás del pan entró en él Satanás”. El pan de vida por el que entra Jesús o el pan de Satanás por donde entra el odio, la traición, y al final la muerte aplicada por sí mismo. Es una elección que debemos hacer cada uno de nosotros. Es responsabilidad nuestra, de nadie más. Judas hizo lo que hizo porque quiso, nadie lo obligó. Pedro negó a Cristo porque quiso, nadie le empujó a ello. Así cada uno de nosotros en la vida cotidiana también tenemos que hacer nuestras propias opciones, sin escudarnos en la sociedad, o en los demás. Pidamos en esta noche al Señor Jesús, que nuestra opción siempre sea por él, que esa opción glorifique a Dios en nuestra vida y con nuestra vida. Que no apartemos nuestra mirada de El para no sentir el peso de nuestra debilidad y limitación. Al Señor se lo pedimos y que así sea. MIÉRCOLES SANTO

En esta tarde de miércoles santo es el evangelista San Mateo quien nos sienta a la mesa del Señor Jesús para comer la Pascua. Lo que tenía que ser una cena jubilosa, como lo habían hecho otros años, en esta ocasión se encuentra cargada de tensión y drama. Hay un traidor entre ellos. Judas es un hombre decepcionado de Jesús. El había entrado en el grupo de los doce, como todos, con su propia historia personal, con sus ideas, con su forma de ser y de vivir. Había convivido con Jesús durante tres años, tenía incluso un servicio dentro de la comunidad, era el administrador de lo que le iban dando a Jesús como limosna. Había presenciado los milagros de Jesús, cómo se entregaba a todos por igual sin hacer nunca acepción de personas. El problema era que aunque Jesús había pasado por El, Judas no había pasado por Jesús. No había interiorizado la propuesta de Jesús. No se había ajustado al proyecto de Jesús. Ni siquiera cuando el mismo Jesús le dice sin reservas “Tu lo has dicho”, descubriéndolo ante todos como el traidor, recapacita o reacciona. Su dureza llega hasta ese extremo.


Es la reflexión que podemos hacer en este miércoles santo. Cómo nos situamos nosotros frente a Jesús. En esta tarde estamos sentados a su mesa, entorno a esta cena pascual. Comemos y bebemos con El y a El mismo. La Eucaristía pasa por nosotros pero ¿entramos nosotros en el corazón de la Eucaristía? También Jesús nos ha llamado por el bautismo a ser Hijos de Dios, a vivir como Hijos de Dios. Jesús nos ha elegido con una vocación, matrimonial, religiosa, sacerdotal. Desempeñamos servicios dentro de la Iglesia, pero ¿es Cristo el que marca nuestro norte, es el Señor el que va ocupando mi interioridad? Judas se decepcionó. El esperaba una acción inmediata, social y política, un cambio más radical, más inmediato. Quiso al menos no dar por perdidos los tres años que estuvo con Jesús, así que decidió sacar rentabilidad y liquidez a esa mala inversión que había hecho. Después de la negociación la operación se cerró por treinta monedas. Un dinero muy sucio y muy caro. Sucio porque la vida de una persona jamás se puede cuantificar. Es un don sagrado de Dios, inviolable, e imposible de calcular en clave material. Caro porque ese dinero fue un peso insoportable para Judas, un peso en su conciencia que le llevó al suicidio, atentar contra la propia vida. Pidamos al Señor que nos libre de la tentación de creernos en la verdad absoluta desplazando a Dios, única verdad, de nosotros. Pidamos al Señor la humildad para poder abrir nuestra vida a El, sin rebelarnos, sin oponernos. Pidamos al Señor la coherencia suficiente para poder sentarnos a su mesa sin traicionarlo. Que así sea.

HOMILIAS DOMINGO DE RAMOS A MIERCOLES SANTO  

Relación de homilias del Domingo de Ramos al Miercoles Santo de la Semana Santa 2012.

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