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Historias de parto en la voz de sus protagonistas


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“Alzamos la Voz, historias de parto en la voz de sus protagonistas” © ParirNos Chile Edición: Julieta Cerda, Natasha Toledo, Sylvia Muñoz. Recopilación de relatos: Corporación ParirNos Chile. Diseño y Diagramación: Victoria Martínez Peña (hola@vickymartinez.cl) Esta publicación se realizó en el marco de la campaña “Alzamos la Voz”, Corporación ParirNos Chile. Santiago, 2018. Licencia Creative Commons

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Índice Prólogo 4 Así Parí a Carolina / Pía Villarroel 6 Eramos sólo piedras, tu luz nos hizo estrellas / Julieta Cerda Corvalán 10 Abriendo portales, sanando el alma / Sylvia Muñoz 14 Mi parto en el hospital / Francisca Rodríguez 23 Día 0 - Nacimiento de Teo / Gabriela Pavez Schulbach 27 Sana Sana mamita, con valeriana - Sana Sana partito de hermano / Catalina Seguel 30 Relato de parto de mi primer hijo / Jaime Fuentes Barrera 36 27 de agosto de 2013. Clínica en Temuco. Bono Pad / Camila Paz Contreras 42 Mi tercer embarazo, mi primer parto normal / Fabiola Gesell 45 Nacer entre luz y sombra / Natalia Ramírez 49 Relato de mi primer parto / Camila Hidalgo 53 Respetaré tu camino, nacerás en el amor / María Lucía Lecaros Easton 57 Nacimiento de Magdalena: Sanar mi parto / Yanira Madariaga 61 Mi parto, su nacimiento y mi renacer / Fabiola Yañez 64 El que la sigue la consigue; luchar si sirve - Los niños nacen cuándo y cómo quieren nacer / Valentina Insulza Court 70 Llegaste con la luna llena / Tamara Quitral 73 Dominga y Clara / Violeta Jaramillo

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El arribo de Eluney / Rocío Fierro Millán 81

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PRÓLOGO “Historias positivas de mujeres que tuvieron experiencias maravillosas son una manera irremplazable de transmitir conocimiento sobre las capacidades reales de las mujeres en el parto.” Ina May Gaskin

Hay relatos que merecen ser contados. Pocas mujeres tienen el privilegio de escuchar de la boca de otra mujer que su parto fue maravilloso, que fue la experiencia más placentera y transformadora de su vida. Que se sintió poderosa, libre, que renació y que el amor tocó lo más profundo de su alma. Si todas nos acercáramos al parto con esas historias en nuestra memoria, nos sentiríamos confiadas, con ansias, emoción, pero no temor. La realidad, es que la gran mayoría de las mujeres se acerca al momento de dar a luz con las imágenes de gente corriendo al hospital como si se tratara de la mayor urgencia de sus vidas, que algo muy grave está punto de ocurrir; batas blancas, quirófanos, sueros, médicos, material estéril y monitores se transforman en la salvación. Los medios de comunicación, series, películas, nos muestran este escenario como el único posible y en el cual tenemos que sentirnos seguras. Este no pretende ser un libro escrito por expertos en obstetricia, fisiología ni de análisis social o antropológico del fenómeno del nacimiento en Chile. Ya se han escrito libros desde la mirada académica, poniendo en evidencia la excesiva medicalización en los partos, las intervenciones rutinarias y la violencia a la cual están expuestas las mujeres en las maternidades. Este es un libro que releva las voces que no siempre se consideran cuando se discuten políticas públicas o se enseña sobre el nacimiento humano en las cátedras universitarias. Este es el espacio para los detalles más profundos que solo las mujeres conocen, sus sensaciones, la incertidumbre, los componentes emocionales del parir, sus necesidades más básicas pero trascendentales y, lo más importante, el significado que tuvo para sí mismas su experiencia de parto. Las historias positivas transmiten confianza, inspiran, empoderan. Pueden mostrar opciones que nunca se consideraron, o reafirmar las propias. Las de mujeres que lograron sobreponerse a la violencia obstétrica y tuvieron una experiencia positiva en su siguiente parto, transmiten que sí se puede parir en forma respetuosa. Por otro lado, las historias negativas

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crean consciencia. Muestran realidades, ayudan a tomar decisiones, a empatizar. Para quien lo cuenta, permite integrar la experiencia, juntar las piezas de un caótico rompecabezas, puede dar voz a las emociones, al dolor, al trauma, a la decepción. Sanar, o abrir el camino. Cuando las mujeres vivimos violencia de cualquier tipo y en cualquier contexto, sobre todo en los partos - una de las más invisibles formas de violencia de género-, el sentirnos acompañadas, comprendidas y no juzgadas es fundamental para comenzar el camino de la recuperación de la herida emocional. Las historias positivas de parto no son aquellas con un tipo de parto particular, si no las que dan cuenta de una vivencia positiva para esa mujer, según su propio sentir. Es por esto que quisimos plasmar todo tipo de experiencias: partos institucionales, en clínicas, con menor o mayor grado de intervención, partos en domicilios y cesáreas. Esperamos que muchas mujeres puedan sentirse identificadas, como también los padres, familiares o acompañantes, y esperamos que en un futuro no muy lejano, muchos niños y niñas puedan leer sus propias historias de nacimiento. Como agrupación sin fines de lucro, nos pareció importante romper con las barreras geográficas y económicas al poner a disposición de la comunidad este libro en formato digital y gratuito. Soñamos con llegar a un público con menos acceso a contenidos de calidad sobre el tema. Revelar una mirada amplia y crítica sobre el parto y nacimiento en Chile, no solo como un evento biológico descriptivo con nombres técnicos, medidas, y que gira alrededor del riesgo, el temor y el dolor, sino como una de las experiencias más intensas y emocionalmente transformadoras de la vida de una mujer. También esperamos ser la inspiración para que cada persona escriba sus propios relatos, independiente de cuántos meses, años o décadas hayan pasado. Este compilado rescata las historias de distintas mujeres que cuando dieron a luz a sus hijos renacieron ellas mismas y a partir de sus experiencias de nacimiento, sus vidas dieron un vuelco. Unas cambiaron de paradigma, de profesión u oficio, e incluso varias se convirtieron en activistas para luchar por los derechos del nacimiento. Agradecemos a cada una de las personas que tuvieron la generosidad, la sensibilidad y el coraje de convertir sus propias sensaciones e imágenes vividas en palabras. Estamos seguras que trascenderán más allá de lo que imaginamos, haciendo visible lo invisible. Alzando la voz.

Natasha Toledo Jara Corporación ParirNos Chile Santiago, 8 de mayo del 2018

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Así Parí a Carolina por Pía Villarroel

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En cada cumpleaños de Carolina, es imposible no recordar que su nacimiento fue el cúlmine satisfactorio de un proceso que se había iniciado placentera y amorosamente. La noticia de que nuevamente estaba gestando fue deseadamente inesperada, si bien no estaba en los planes la llegada de un nuevo hijo, contradictoriamente era deseada casi con locura. Mi hijo mayor ha sido un gran maestro y su nacimiento me había enseñado que el parto es de quien gesta y la cicatriz de la innecesárea que llevo en mi vientre así me lo recordaba. El tiempo volaba y la gestación avanzaba. Yo comenzaba con mi segunda iniciación en este sagrado camino espiritual que es la maternidad. Como buen proceso evolutivo, la gestación de mi Carolina fue desestructuradora. Muchos de los cercanos que no compartían la idea de que el parto era mío -yo quería parir a mi hija vaginalmente y en libertad- se alejaron. Habitualmente se asocia parir en libertad con parto natural. Pues bien, yo no los asocio. Para mí el parir en libertad es recuperar la capacidad de decir qué queremos hacer y cómo queremos hacerlo y es indisociable de la capacidad de autonomía que tenemos las mujeres. En este contexto, el parto natural es una de las modalidades de parto. El desafío de encontrar un equipo que velase por mi decisión de tener un parto respetado amoroso e íntimo donde yo y mi deseo fuésemos los protagonistas, se tornó una cruzada. Con un antecedente de cesárea previa ya no era candidata a un parto domiciliario, menos donde yo vivo. Partí a Talagante donde fui bien recibida. A la semana entrante, una colecistitis me mandaba a pabellón con 19 semanas de embarazo. Ahora la gestación debería ser “controlada” por un médico. Así llegué a la consulta de un conocido doctor, y sí, todo lo bueno que se dice de él es cierto. Carolina iba desarrollándose en paz y empujándome a romper con mis miedos. En el tercer trimestre me detectan una cardiopatía y me enteré también de que era portadora de estreptococo grupo B. El miedo me atormenta, el parto vaginal se diluye. No obstante, del médico que me acompañaba y de la matrona que trabaja con él, NUNCA salieron palabras que me hicieran dudar. Mi amado Mauricio y las mujeres sabias con las que me había encontrado, me contuvieron y me devolvieron la paz en momentos difíciles. Enfrentaba las 40+5 semanas de embarazo y ya con la sospecha en mi corazón de que Carolina tocaría la puerta, me sentaba con mi amado a comer muchos completos, a reírnos y llenarnos de amor, apapachos y besos. Algunos días antes había hablado con mi adorada matrona, una amiga que trabaja en el hospital de Curicó, y le había solicitado que cuando iniciase el trabajo de parto, lo confirmase y me administrara la primera dosis de ampicilina para luego yo viajar a Santiago a parir, y en caso de una emergencia ella fuese mi guardiana. Ella accedió. Además, con ella me hacía los monitoreos. Debo recalcar que de ella JAMÁS salió una palabra que me robara la paz, no así de quienes también trabajaban allá (“ya tienes 40 semanas”, “te van a hacer cesárea igual, “estás obsesionada”, “irresponsable que quieres parto normal” … y una larga lista de frases desafortunadas). Era de noche, dormíamos profundamente con mi amado. Con 40+6 semanas de gestación, despertar a cada rato para ir al baño era algo rutinario, no obstante, esa noche era espe-

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cial. Se respiraba oxitocina en mi hogar. Me levantaba, caminaba, me agachaba, me movía, me acostaba, me abrazaban, me dormía, descansaba y me volvía a levantar. Mauricio me pregunta si estoy bien, si ya es hora; le “ordeno” que siga durmiendo y que si lo necesito le avisaré. Tenía el control de todo y a la vez me dejaba llevar por mis propias pulsiones, mi cuerpo era la guía... estaba poderosa. La noche transcurrió igual hasta las 5:59 de la mañana, a las 6:00 AM en punto llegó la avalancha de contracciones. Unas tras otras, se sentían intensas, con dolor, pero SIN sufrimiento alguno... era cierto, ¡estaba en trabajo de parto! Aviso a Mauricio y me meto a la ducha, no eran muchas las palabras que podía articular. La ducha me aisló de todo lo que coordinaba Mauricio afuera: que llegara mi suegra a quedarse con Francisco, que llegara el vecino que conduciría mi camioneta, que los bolsos, que el carnet, etc... El mundo se aceleró y yo empecé a sentir dolor intenso, pero estaba en otro estado de consciencia, mamífera, primitiva, intuitiva y oxitócica. Por fin llegaron los llamados, avisé a mis mujeres cercanas que prendieran su vela, Carolina tocaba la puerta. Los planes iniciales eran: confirmar el trabajo de parto, administrar la primera dosis de ampicilina e irme a Santiago. Llegamos al hospital de Curicó a eso de las 9 am. En la recepción del pensionado no estaba mi Ma-Matrona. Entro al pensionado y en el mesón, por fin ubico a mi adorada matrona. Le cuento que parece que estoy en trabajo de parto y en un abrir y cerrar de ojos ya estaba en la camilla. Me examina y me cuenta que estoy en trabajo de parto activo. Me pregunta si me traslado o me quedo. Le pedí que tomara la decisión con Mauricio, yo no quería decidir ni hacer algo que activara la parte pensante de mi cabeza. Decidieron que me quedara, y me trasladé a una habitación junto a auxiliares y paramédicos (mientras ella llenaba los registros de ingreso), quienes me acomodaron y me empezaron a dar toda clase de indicaciones: “no se altere”, “respire así”, “contrólese”, etc., etc. y como ya les había mencionado, yo estaba poderosa. Con voz firme y decidida hice callar a todo el mundo, quería silencio. En eso aparece mi ángel, y con ella la paz y la calma. Me quedé con ella y con Mauricio y ella con esa mezcla de habilidad/sentido común/destreza e intuición acoge a mi esposo, lo guía y con ello barre cualquier germen adrenérgico. El dolor se me hizo insoportable, la matrona me tactó. Ya estaba con 5 cm de dilatación y muy buena dinámica uterina. Yo solita, sin miedo ni vergüenza pedí la peridural. Ella me preguntó si tenía ginecólogo en Curicó, le dije que no, quería que quien me acompañase, ojalá no apareciera. Partió a buscar equipo y llegó de vuelta con estupendas noticias, no tan sólo había conseguido equipo, sino que además era un equipo de mi respeto y confianza, que entendía mi visión de este proceso, con el que tenía feeling y algo aún más importante, era un equipo respetuoso que, además, lo encabezaba era mujer... Sí, ¡lo reconozco abiertamente!, tengo en sesgo de género (en cuanto a atención en salud) y busco ser atendida por mujeres. Mi matrona me traslada a la que sería sala de parto, la cual quedaba prácticamente en la otra punta del hospital. Ella en ese tácito rol de resguardo, me abriga y me tapa hasta las orejas. Llego a la sala de parto y veo de inmediato otro elemento glorioso... la camilla era adaptable a posición de parto vertical (como las de las SAIP). Llega el anestesista, se fue el dolor y comienza la fiesta, y digo fiesta, pues el ambiente era tan distendido y relajado que nos reíamos a carcajadas. Mauricio mandaba a los preguntones a Santiago y junto a

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Angélica arreglábamos el mundo, “echábamos la talla”, tomábamos fotos, compartíamos recetas, etc. Todo fluía en armonía gozosa. Mi ángel tuvo que salir a hacer en un cortísimo tiempo, las miles de cosas que habitualmente hace, y me dejó junto a otra gran matrona con la cual también tenía mucho feeling. Ella mira mi alocada dinámica uterina y me cuenta que sospecha que Carolina no está en una posición favorable. Por mi cabeza pasaron los mil recuerdos de maniobras horribles que suelen hacerse para ubicar al bebé en la posición “correcta”; no me esperaba que sus hábiles manos simplemente me acomodaran la panza y me pusieran en posición fetal, y claro, la dinámica uterina volvió a su cauce. Había aprendido algo nuevo y de paso estaba por iniciar mi reconciliación con la partería. Llegó mi ángel y partió la otra matrona. Me examina nuevamente. Ya estaba por completar dilatación, pero Carolina no descendía. Sin embargo, no entré en pánico, pues tenía la certeza ABSOLUTA de que iba a parir. Como estaba con peridural casi no me movía. Estaba sentada en mi trono (camilla transformers acomodada), así era poco probable que Carolina descendiera; la matrona me mira, “nos telepatiamos”, y prepara el goteo con oxitocina sintética. A pesar de que estábamos en medio de la tan temida cascada de intervenciones, yo no tenía miedo, estaba plenamente confiada en todo lo que sucedía. El goteo alcanzó apenas a perfundir y yo empecé involuntariamente a pujar. Me examinan, estaba pariendo. La matrona llama a la ginecóloga y yo sentencio que no iba a parir acostada y que no quería episiotomía. Al parecer no había experiencias previas en parto vertical. No importó el “aquí no se hace así”, el respeto por mi decisión prevalecía por sobre la inercia de hacer las cosas siempre igual... armaron la silla y yo sentada, pujaba y pujaba siguiendo mi instinto, animada por mi matrona, respetada por mi ginecóloga. Llegó un momento en que sentí que iba a morir y casi entro en pánico. Angélica me trae al amor nuevamente, yo me voy al planeta parto a buscar a Carolina... un pujo, un grito sostenido, un aullido y mi hija sale de mi vientre Al parecer no había exa mis brazos. Era igual a su hermano, bella, periencias previas en pargrande. Cruzamos miradas. Se detuvo el tiempo en ese instante mágico de sagrado to vertical. No importó el sobrecogimiento. Un 8 de julio del 2014 a “aquí no se hace así”, el las 15:10 horas, con 4220 grs y 52 cm había respeto por mi decisión nacido Carolina Eliana y yo renacía convertida en Diosa a través de un parto entre muprevalecía por sobre la jeres. Había conseguido el que hasta ahora inercia de hacer las cosas es mi logro más importante: parir vaginalsiempre igual... mente y en libertad, después de cesárea.

Gracias a todos por tomarse un instante y leer este relato que, cumpliendo casi un ritual entre las personas que somos activistas por el nacimiento en libertad, lo escribo y libero.

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ร ramos solo piedras, tu luz nos hizo estrellas por Julieta Cerda Corvalรกn

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Carlos y yo nos conocimos tras la primera venida de Pearl Jam a Chile. Apenas lo vi, sentí que quería estar con él. Nos pusimos a pololear y desde entonces compartimos gustos y experiencias como ir a ver a esa banda cada vez que volvían a Chile. Pasaron los años y decidimos embarazarnos. Podría decir que llamé a nuestra cría y que incluso sé el momento exacto en que la concebimos. Me acuerdo de habérselo dicho a Carlos, con una risa nerviosa. Cuando tenía pocos meses me enteré de que nuestra banda volvía. Carlos nos compró entradas finas con asientos numerados, pensando en que estaría panzona. Todos creyeron que yo estaba loca, pero yo estaba super contenta y emocionada, pensando en que iríamos los tres como familia. Era casi un ritual. Era lo que nos había juntado en primer lugar. Pasaron los meses y se acercó el momento. Todo parecía indicar que no podría ir al dichoso recital pues estaría pariendo o recién parida. Me sentí un poco frustrada y molesta porque no estaba ni ahí con quedarme en casa sola, y tampoco esperaba que Carlos dejara de ir, por lo que le pedí a mi cría que se aguantara y fuéramos juntos los tres al evento. Llegó el día y nos preparamos para ir en auto y con plan de emergencia por si las moscas. Mi gine iba a estar ahí también. Me acuerdo de que hacíamos bromas acerca de un posible parto en el estadio, asistida por el doc y Eddie Vedder. Lamentablemente, o por fortuna, eso no pasó y disfrutamos del concierto tranquilamente. Apenas se acabó, mientras caminábamos hacia el auto, me puse las manos en la guatita y dije “Ya poroto, cuando quieras nomás. Gracias por esperarme”. Me sentí feliz de haberlo logrado, y de que mi pollo me escuchara. Esa misma madrugada comencé a sentir molestias, las que fueron incrementándose durante el día. Le avisé a Carlos y se vino temprano de la pega. También le conté a mi doula y ella se alistó para venir a acompañarme. Entremedio de eso, mis hermanas hippies vinieron a regalonearme. Almorzamos juntas, y me dieron masaje, sonoterapia y amorcito. Me acuerdo de haberles dicho que estaba en la quemá y de haber estado un poco irritable. Si lo pienso, estaba un poco asustada y muy ansiosa. A eso de las 6 de la tarde, tenía suficientes contracciones como para decir que estaba entrando en trabajo de parto. Como a esa hora llegó Carlos, algo nervioso -y esforzándose en ocultarlo- y comenzó a prepararse también. Le pasé unos checklists e instrucciones que tenía armadas desde hace rato para ese día -como números de teléfono, maletas que llevar, qué contenían, dónde estaba todo, mapa, qué hacer con los parientes, etc.-, porque me gusta controlarlo todo, y tenía una idea bien clara de cómo quería mi parto. Después de eso ya todo es borroso. Son sonidos, vocalización, agua tibia, contracciones en aumento, olores, y sentirme como un animalito arisco. Tenía ganas de hacerme bolita y estar sola. Por eso el baño de tina que me di me sirvió harto. Me acuerdo de que en un momento Carlos habló por teléfono con la doula, y después, en un lapso que me pareció como cinco minutos, pero en verdad fue de horas, me salí de la tina y me recosté en la cama, mientras la doula me masajeaba la cola y me invitaba a vocali-

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zar. Cuando comencé a botar un poco de sangre, ella nos aconsejó prepararnos para partir a la clínica. El momento se acercaba. Estaba súper incómoda en mi cuerpo, no me podía ni sentar y menos estar de pie. También estaba un poco asustada. No sabía qué esperar. Recuerdo entrar al recibidor de la urgencia aullando en una silla de ruedas. A esas alturas la vocalización no era suficiente, y se me ocurre que solo parecía una loca chillando. Luego, más lagunas mentales. Me ingresaron y revisaron mi dilatación. Más lagunas. Luego, enterarme de que no había salas SAIP lindas y elegantes para mí, enterarme de que casi no había ni cama para mí. Eso como que me enfrió un poco. Me daba rabia, y mi ser controlador estaba colérico. Me apagué. Me voy, vuelvo, me voy. Vuelvo. Estoy en una pieza. Estamos esperando que se desencadene el proceso. Me carga esperar y estoy un poco ansiosa. No sé si lo voy a lograr. Tranquila – nerviosa. Entremedio me ponen una cuestión para revisar a qué se debe el sangrado que era abundante, y descartar cualquier problema. Me voy de nuevo y vuelvo. Parece que dormí una siesta. Estoy fuera del tiempo. Me dan unas galletas y agua, pero me da lata comer porque pienso que me voy a hacer caca, pero igual como. Me da rabia que no dejaron entrar a mi doula para que me hiciera masajes o algo así, pero por suerte está la matrona que igual doulea. No recuerdo cuando apareció, pero sí que hablamos de música, de la vida, de los espíritus del rock. Me vuelvo a ir. Me entero de que mi poroto chico se dio vuelta de nuevo y que la van a girar un poquito. Lo hacen y al rato se vuelve a girar. Porfiada la cabra chica. Algo pasó que ya quedaba menos y me movieron con cama y todo a otro lugar. Armaron una SAIP hechiza. Taparon las ampolletas con papel para que la luz fuera tenue, corrieron el mobiliario y dejaron espacio libre en el centro de la habitación. Tiraron unas mantas o algo similar en el suelo y ahí me tiré yo. Todo mi plan de cómo quería parir se fue al carajo. No tenía la SAIP elegante. Pero tampoco me importaba. Ya no quería parir como en mis sueños. No quise tomar las posturas planeadas, no quise escuchar música, no quise olorcitos, y ahora que lo pienso hasta hubiera preferido que no estuviera ni Carlos ahí. Me molestaba su respiración, que me hablaran. Pero no podía decir nada, estaba como en otra dimensión, inmersa en mis sensaciones. Luego de un rato, en el suelo figurábamos cuatro personas. Carlos detrás mío, y en frente la matrona con el ginecólogo. Todos en cuatro patas conmigo, apoyándome y dándome fuerzas. Ya era de madrugada y yo me sentía agotada, como si me fuera a morir, a desvanecerme, como que si hacía un pichintún más de fuerza me iba a desmayar para siempre. Me dio un poco de susto pensar que como no podía pujar, me tendrían que sacar la guagua. Sentía que no me quedaba más fuerza y me daba un poco de nervio pensar que me podía hacer caca, además. No sé porqué me importaba eso. La Ale me dijo que todo eso no importaba y que no tuviera miedo, que le echara pa’elante nomás, que ya se asomaba mi pollo chico. Saqué fuerzas de no sé dónde y pujé otro poco echándome vuelo con mi cuerpo desnudo y mis calcetines morados, con las patas apoyadas en los hombros del doc y la matrona. Apenas percibí que mi poroto chico estaba saliendo ya no me dolió más nada.

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Ya todo el agotamiento y la fatiga habían desaparecido. Todo era placer, felicidad, alivio. Estaba borracha de amor y de oxitocina, felicidad, placer y goce… Ya todo el agotamiento y la fatiga habían desaparecido. Todo era placer, felicidad, alivio. Estaba borracha de amor y de oxitocina, felicidad, placer y goce… Con Carlos recordamos que cuando nuestro poroto salió de dentro mío, no lloró, pero puso una cara como de “qué onda”. Cuando la puse sobre mi cuerpo le dije “bienvenida mi amor, te estaba esperando. Te amo tanto” y morí de amor. Se desbloqueó una parte de mi corazón y de amor infinito, inconmensurable, que no sabía que existía y jamás creí posible hasta entonces. Era tan feita, arrugadita y colorada, pero al mismo tiempo era la cosa más linda que había visto, lo mejor que he hecho. Una vez sobre mí, mi chini me llenó de un montón de sangre, caca y pipi y ni me miró, pero se arrastró hasta la teta y se tomó un cortito. Era una imagen súper animal, pero muy nuestra. Hasta hoy recuerdo ese olor, esa sensación. Apenas se la pasaron al papá, se miraron el uno al otro y se amaron. Al rato, cortaron el cordón y se la llevaron para las revisiones típicas. El papá estaba ojo al charqui. Tenía la instrucción de nunca separarse de ella. Parí mi placenta y casi logré llevármela, pero el doctor se achaplinó. Me subieron en la camilla y me cosieron el poquito que me rajé. Lo siguiente que recuerdo es que un camillero me lleva de vuelta a la pieza mientras yo sonriendo repetía “me siento TAN bien”.

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Abriendo portales, sanando el alma por Sylvia MuĂąoz

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Mirar hacia atrás los nacimientos de mis hijos -de casi 10 años el mayor y 7 la menor- me genera sensaciones que han ido cambiando con el pasar de los años. Mi primera gestación fue muy esperada. Recuerdo el día del test de embarazo, era de noche y los dos lloramos de alegría, me sentí mamá desde ese momento. Quería que de inmediato me creciera la panza y que se moviera. No conocía ningún ginecólogo que no fuera el que me operó unos meses antes de mi gestación, así que pedí hora con él. Llegué las 6 semanas. Escuchamos su corazón en la consulta y ese amor crecía en cada latido. Luego vinieron ecografías, controles, lo común. Recuerdo que, en la consulta del tercer mes le pregunté cuándo programaríamos la cesárea, y él me miró y me dijo “¿cómo? ¡no, el cuerpo de la mujer está hecho para parir!”, que él no hacía cesárea. Me hizo sentido. Salí de esa consulta con la sensación de un leve miedo, pero, claro, tenía que parir. No tenía mucho conocimiento del parto, asumía que las guaguas nacen, el cómo nunca fue tema. Las cesáreas eran lo más cercano en esos momentos, ya que en mi familia había dos cesáreas de sobrinos. Mi mamá tuvo partos, pero no era algo que habláramos comúnmente. Tuve una gestación muy sana, apenas nauseas los primeros meses. Y así pasaron 37 semanas. En el control de la semana 38, un martes, el ginecólogo me dice que mi hijo está listo para nacer, que el viernes viera a la matrona. Me dio su número y que el sábado nos veríamos en la clínica, siempre con una gran sonrisa de confianza. Salimos de la sala con la cara llena de risa, ¡nacería el sábado! Le informamos a la familia. Todos estaban felices. Era el primer nieto, esperado por todos. Nadie preguntó por qué el sábado, ni siquiera nosotros. Esos días fueron de expectación, a ratos me preguntaba por las contracciones ¿dónde están? ¡no he tenido ninguna! – y seguía preparando el bolso. El viernes conocí a la matrona en el hospital donde ella trabajaba. Me hizo pasar al preparto del hospital San José -una de las maternidades más violentas de Chile, ahora lo sé-. Pasé por una sala donde había muchas mujeres solas, llorando, en posición fetal algunas. Miré de reojo, nunca había visto algo así, seguí caminando y agradecí poder pagar un bono pad para irme a una clínica privada, en donde el trato sería mejor. Nunca supe a qué iba a esa cita, nunca pregunté qué haría ahí, pensé que solo conocerla. La matrona me hace pasar y sentarme en una silla ginecológica. Yo estaba sola, mi compañero se quedó afuera, en la entrada del hospital. A duras penas me subí y puse mis piernas abiertas. Expuesta. Me sentía tan rara, pero no podía decirlo, no podía verbalizar, solo dije que estaba incomoda. Asintió. Dijo “voy a hacer un tacto para ver cómo está tu bebé”. “Es lo normal” me dije. “¡Duele!”, me quejé. Ella hurgueteaba mi vagina. Me dolía, me cayeron lágrimas. No sé cuántos minutos fueron. Lloraba. “Listo, te ayudé un poquito para que nazca mañana tu bebé, porque quieres verlo luego ¿cierto?” Entre lágrimas le dije que sí. No me ayudó a incorporarme. Me bajé a duras penas, me dolía adentro, un poco el corazón, sensaciones muy raras. Me dijo que sangraría, que mañana nos veríamos en la clínica a las nueve.

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El camino a casa fue raro. Entre ir a comprar el bono pad y hacer el ingreso a la clínica se fue la tarde. Me dolía la vagina, no la vulva, me dolía adentro, el cuello del útero -que ahora lo sé-. No tuve contracciones en todo el día, solo dolor, un leve sangrado y más dolor. Dormí bien esa noche. Llegamos a la maternidad con los bolsos y las ilusiones que veríamos a nuestro hijo. Nuevamente pasamos con la matrona a una sala. Compañero afuera. Tacto, nada de dilatación. Me dijo: “diré que estás de 3, para que te dejen”. En silencio, moví la cabeza. Llegó una enfermera. Bata. “Llévese sus cosas”. Silla de ruedas, vamos al pre parto. Me subieron y al rato entra mi pareja, estábamos en una sala solos. No sabíamos qué hacer, encendimos la tele. Comienza a entrar gente, enfermeras, técnicos. Nadie miraba, nadie hablaba. Aún no sabíamos qué hacer. Lo primero fue un enema, lavado intestinal. Lo había escuchado, también es normal -me dije-. Le hable como una niña a la enfermera: “¿me dolerá?” y ella mirando la nada, me dice “no lo sé, dése vuelta”. Por mi ano introducen un líquido, creo, nunca vi que era. Indicación: “espera 10 minutos, luego vas a ese baño” (estaba al lado mío). Bueno, digo. Se va, me quedo sola. A los 2 minutos, retorcijones. “¡Hola! necesito ayuda!”, pensaba que no podía ir al baño. Me dijo 10 minutos. No pude más me paré y fui. No había confort, solo toalla para manos al otro lado del cuarto de baño. Me sentía tan humillada. Volvió otra enfermera, me retó, ¡cómo no había esperado! No supe qué decir. Luego, en filita comenzaron las intervenciones. Ahora puedo darle ese nombre a todo lo que me hicieron. La tercera intervención: Suero con oxitocina. Me dijo “ya, ahora vas a ir con él -mi pareja- a caminar en ese pasillo, vas a sentir contracciones -hasta ese momento desconocidas para mí- y cuando no aguantes más, me avisas”. Salimos, con la bata abierta, el brazo con la vía, el suero y el fierro. Como no sabíamos qué hacer, caminamos, nos reíamos de la situación, entre nervios e ignorancia del proceso. Estuvimos muy poco rato ahí. De un momento a otro comencé a sentir mucho dolor, mucho, me aguanté, caminé, abracé a mi compañero. Dolor, dolor, piernas dobladas. “Vamos -le dije-, esto es mucho”. Tacto, 3 de dilatación. ¡Feliz! había avanzado. Me dice que llamará al anestesista “para qué sufrir, ¿verdad?” Asentí. Llega un hombre alto, con una mascarilla, solo vi sus ojos. “Ponte en posición fetal, sin moverte, aunque duela, si no nunca más caminaras” Asentí. De a poco empecé a no sentir. Hormigueo. El que estaba en mi espalda, me decía “listo, ahora me amarás porque te estoy entregando esto”. Comenzó a hacerme cosquillas. Nunca me han gustado las cosquillas, me enojan, y él insistentemente lo hacía. Me sentía tan rara, no podía decirle que parara, que era incómodo. Los demás se sonreían porque era tan simpático. “En unos minutos te sientas para que la guagua comience a bajar. ¡Adiós!” La matrona me pone el monitor. Con mi compañero de la mano, la tele encendida, monitor encendido, todo encendido, mi cuerpo se apagaba. Una enfermera rasura mi pubis. Anestesiada, no sentía las piernas. Sin querer, boto la máquina en un movimiento involuntario. Ella me desaprueba con la mirada. Aún recuerdo su cara. Pedí disculpas.

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Me sentaron en la orilla, con las piernas abiertas para que bajara la guagua. No podía sostenerme sola, me iba hacia los lados. Casi me caigo de la camilla así que mi compañero me afirmaba. Tacto. No sé cuánto tengo. Alguien pide algo a la enfermera, recuerdo que dijo chata y gancho. Me senté y rompió mi bolsa con un ganchillo. Mi cara comenzaba a picar, cada vez más. Me rascaba y rascaba, muy fuerte. Al rato me ve la matrona y me dice “¡No! te romperás la cara. Toma, pasa este algodón mojado”. “Tengo sed”, le digo. “No puedes tomar agua, mójate con el mismo algodón los labios”. Los tenía partidos de sed. Calor, picazón. Apagamos la tele. Monitor fuerte. Me iba a ratos, estaba ahogada. De la mano, seguíamos. Llega el médico. Él tenía una voz fuerte, simpática y fuerte “¡hola, hola! ¿cómo están?” Sonreí. Tacto. No sé nada. Se sientan al lado mío. Sacan su agenda. Me tachan. Hablan de que la próxima semana citan a X mujer. Nunca olvidaré eso. En ese momento no importó, solo escuché eso y nunca dejó de darme vueltas. Listo. Todos se mueven. “Ahora, cuando te pidamos pujar, lo haces. Piernas al pecho, ¡vamos! puja la guagua”. Ok. Pujo la guagua. “¡así no! Abajo, no arriba, no en la cara”. ¡No siento nada! Me bajan las piernas, chata nuevamente en mi trasero. Veo a la matrona meter su mano, giraba el brazo adentro mío. No siento nada, de a poco todo se pone muy extraño. “¡Ahí está! mira papá, ven a ver su pelo. Mira”, sonríe. Nos vamos a pabellón. “Cuando te digamos, te mueves a la camilla del lado”. No puedo, no siento las piernas. “Vamos, inténtalo”. Muevo mi tronco, las piernas quedan en la otra camilla. Me retan. No hablo. Me cambian, me suben las piernas al cabestrillo, me las amarran. Llegan todos, no veo a mi compañero. No podía hablar. No podía respirar bien. Quería llorar. Había mucha, mucha gente. Recuerdo una enfermera o matrona -no lo sé- embarazada al lado mío, me miraba con cara de enojada, miraba su reloj. “¡Vamos, puja!” no puedo. “¡si puedes! si no tengo que meter forceps”. “No, eso no, ¡por favor!” En un momento miro hacia arriba y estaba mi compañero, de verde. Me tocaba la cara con un dedo, me decía que pujara con su dulzura y amor de siempre, que faltaba poco. Lloraba, gritaba ¡no puedo! La matrona se subió sobre mí. No sentía nada. La veía moverse con la cara roja sobre mí. Me movía entera. Me sentía mal.

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“No puedo, no puedo”. Lo escuché llorar. El llanto se alejaba. “¡Es rubiecito! dijo el médico. Nos miramos con mi compañero. Lloraba. Yo solo me iba. El médico me dice “Acá está tu placenta”, miro y veo algo rojo, sonrío. Me traen un bebé envuelto. Pude darle un beso, me sacaron una foto, lo toqué con un dedo. “Anda a verlo -le dije a mi compañeroyo estoy bien”. Así nacieron a mi hijo. Me fui. Me dormí. Desperté en otro lugar. En ese minuto no sabía que había pasado o cuánto rato había pasado. Estaba en un cubículo de cortinas, sola. No sabía que estaba haciendo ahí. A través del techo, veía más camas. No podía hablar. Me toqué la panza, recuerdo. No tenía nada. ¡Nació! me dije. “Hola”, dije bajito. “Despertó la bella durmiente”, escuché de vuelta. Me sentí rara. “Mamita, no puede ver a su guagua hasta que mueva las piernas”. No sentía nada de mis senos hasta los pies, me volví a dormir. Me iba incorporando de a poco. -Listo, ya está bien, lea esta pulsera. Miraba, pero no podía leer. La enfermera se enoja. - ¡Lea! - No entiendo, le digo, no sé qué dice. - ¿Sabe leer? - Sí claro. Pero no puedo, no puedo. - Dice su nombre y RUT. ¿están bien? Era crespa, canosa, cara de hastío. Llego a mi habitación y estaba toda la familia y amigas. No sabía qué hacer, me sentía dormida y hambrienta. La guagua no estaba. Aún no veía a mi hijo. Me decían que era hermoso, todos lo conocían menos yo. Comí fideos con salsa, tenía tanta hambre. Traen a la guagua. -Ya mamá, dele teta. -No sé cómo hacerlo, dije tímidamente. Enfermera crespa y canosa, con cara de hastío. Se pone a llorar la guagua. Era muy bizarro, no sentía nada por él aún. Sí, lo digo desde el más doloroso rincón de mi corazón. No reconocía a esa guagua. ¡Tanto lo esperé y no sé qué hacer! Creo que los eché a todos de la habitación. Estaba superada. Éramos dos guaguas llorando. Los días de la clínica fueron horribles. Mucha visita, la guagua dormía, no podía darle teta, se lo llevaban, visita y visita. Calor, ahogo. ¿Quién era? no sabía dónde estaba mi alma, era un cuerpo. Lloré los 3 días de estadía. Nadie me contuvo. Lloraba cuando se iban todos, estaba sola. No podía mudar a mi guagua,

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no podía darle teta, no podía calmarlo, no podía dormirlo. Ictericia. Incubadora. Culpa. Intentos de lactancia bajo presión. ¿Dónde me había ido? le pedía perdón a la guagua. Perdón, perdón. Alta con tarro de fórmula comprado. “¡Nos vemos en el próximo parto!” me dijo la matrona mientras se iba. Al médico no lo vi más desde que me mostró la placenta. De vuelta a la casa, pechos a reventar de leche, Sulpilán cada 8 horas. Con la guagua en brazos le digo a mi compañero “Nunca más pasaré por esto, esto no está bien. Nunca más”. Lloramos. En casa le di solo de mi leche, que me sacaba entre cada toma, nunca le di relleno. Al mes, recién pude darle directo de mi pecho. Puerperio triste, muy triste. Creo que me enamoré de esta guagua con el tiempo. Con el tiempo pasó a ser mi hijo, mi Cristóbal, que me llenaba. Dejamos de llorar juntos al correr de los meses. Nunca más hable del parto. Nadie te pregunta en todo caso, pasas de ser la gestante, a ser la mamá. “No llores, es normal sentirse así. No llores, tu guagua está sana. No llores, a todas nos pasa”. Siempre agradecí las palabras, pero algo dentro de mí me decía que no, que eso no estaba bien. En el primer control post parto con el ginecólogo, me preguntó ¿Y, estás enamorada de la guagua, cierto? no supe qué decirle. Me preguntó del ánimo, si lloraba. Sí, le dije. “¿quieres ansiolíticos? me pregunta. “No, gracias”, dije. Nunca más lo vi. Un año y ocho meses después, sorpresivamente había llegado una nueva gestación. ¡Lloré tanto ese día! no me sentía preparada para ser mamá nuevamente. ¿Cómo se reparte el amor entre dos hijos? Cristóbal era todo para nosotros y me sentía mal de quitarle ese amor incondicional, le pedí perdón. Al otro día, luego de ese mar de lágrimas, ya me sentía feliz. Era necesario ese duelo, aún no sé por qué, pero me sanó. Lo primero que hice fue pedir hora con ese ginecólogo. Era como para dos semanas más. Entre tanto me resonaba el parto natural. Era el año 2010. Busqué en internet y aparece: Hospital de la Chile, Hospital de Talagante. Pedí horas en ambos, finalmente desistí del Hospital de la Chile y mi corazón y útero dijeron NO a volver con ese tipo. Llegué a Talagante con mi compañero y Cristóbal. Me enamoré del lugar y las matronas me dieron toda la confianza que necesitaba para esta gestación. Les contamos todo lo que habíamos vivido y lo que no queríamos. Tampoco era algo tan rebuscado, solo que me respetaran, que no me presionaran ni trataran mal, que no quería intervenciones a menos que fueran ultra necesarias y consensuadas. Fuimos a los talleres que ellas hacían. Compartimos con algunas parejas. En ese momento, iban poquitas a sus talleres, éramos los únicos que teníamos otro hijo. Fueron pasando las semanas y yo cada vez más segura de esto. Nunca tuve miedo, nunca tuve miedo al dolor que es lo más común. Nunca idealicé tampoco el momento, solo que-

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ría parir. Desde el primer día supe que era una niña, lo confirmó la ecografía. Pasé por varios cuestionamientos sociales, incluso de mi compañero, al principio. “¿Estás segura de que podrás, con todo lo que sufriste en el primero?” “Sí, -le afirmaba-. Esto será distinto”. Él apoyaba no muy convencido. De hecho, durante esta gestación, él estuvo más bien alejado. Era su proceso también. Fue afiatando la relación con nuestro hijo, que, aunque quisiéramos o no, yo me hacía más cargo de él. Gestación sana, con más “molestias” por andar tras otro niño muy juguetón. El trabajo y la vida misma ya no daban respiro ni esa quietud que tuve en la primera gestación. pero siempre tranquila en el corazón. A los tres meses fue el terremoto del 27F. ¡Fue tan angustiante! Muchas contracciones. Trabajaba en un piso 6, así que, en cada réplica, bajar y subir el edificio era agotador. Estuve con licencia unas semanas hasta que pararon las contracciones. Aparte de eso, nada. Todo era muy positivo. Ahora recordando, mis gestaciones fueron muy agradables. Semana 36. Contracciones cada día. Iban, venían. “aguántate un poquito”, le decía. El martes cumplía semanas según la FUR, fuimos a control el lunes. Eran pródromos. Llegaba a consulta y nada, me iba a la casa y me dolía mucho. No sabíamos bien qué hacer. Me daba miedo no alcanzar a llegar. No sabía en ese momento nada de fisiología, cuándo irme, cuándo no. Ahora sé que debí haber esperado un poco más. Le pedí a las matronas que me dejaran. Que sabía que faltaba poco, y que me daba mucha ansiedad estar lejos. Ellas me decían que lo ideal era esperar en la casa, pero que accedían. Me interné el lunes o martes, no recuerdo eso. Contracciones iban y venían, me dolían, pero no avanzaban más. Ahora sé que era miedo, que era soltarlo todo. Pasó un día, quería comer fruta, al igual que todos los días anteriores. Salí a comprar. Las inmediaciones del hospital son muy agradables. Luego me senté en el jardín del hospital y comí mandarinas. Guatita al sol, le hablé a Colomba, que me sentía lista para que naciera y nos conociéramos. Llegó en ese momento mi compañero Lito y una de las matronas. Conversamos, compartimos las mandarinas, nos reímos. No había contracciones. En el atardecer volvieron suaves. Me hizo un eco un médico muy pesado del lugar. Una de las matronas me lo había advertido, así que no tomé en cuenta su pesadez. La guagua está bien, pero hay muy poco líquido. Me asusté, la matrona me miró como diciéndome que estuviera tranquila. El médico dijo “sugiero una cesárea”. Me asusté aún más, pero pensé en un segundo que si era necesario no me arriesgaría, ni a mi guagua. Salimos y mi matrona dijo que no era necesario, que él era de otra línea y no había mucho que hablar. Me calmé. El plan para ese día era descansar, pero también ir tomando decisiones. Quedamos en que, si no avanzaba en la noche, en la mañana me pondrían oxitocina para poder crear una dinámica y luego seguir con lo que el cuerpo fuera haciendo. Le dije de mi miedo a la oxitocina, que en mi anterior parto me habían puesto y era intolerable el dolor, que no quería, que no quería sufrir, que por favor no fuera igual. Nos explicó las cantidades, para qué se buscaba esta vez y que el resultado sería otro. Acepté, aceptamos. Nos quedamos en la habitación esa noche, reímos, lloramos, dormimos, caminamos, escu20


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Mi marido y ambas matronas me hacían masajes, pusieron aromas y una luz baja dejaba en penumbras el lugar. No oía a nadie hablar. Me dejé llevar por esas manos que me relajaban tanto

chamos música, estuvimos en la pelota, masajes. Se fueron las contracciones, mejor descansar. Llegó la mañana e hicieron la inducción, al mediodía ya estaba con cuello borrado y las expansiones estaban rítmicas. Almorzamos. Pelota, masajes, risas entre los dos, conversamos y a ratos me iba en la expansión de mi cuerpo, volvía y risas. De a poco se fue poniendo más serio el asunto. Hace rato ya había bajado la dosis de oxi que me habían puesto y que vi y verifique cuánto era (hoy no lo recuerdo), así que ya estaba mi cuerpo haciendo lo suyo, claro que tuve la ayuda para comenzar. No recuerdo horas, sé que almorcé y al rato me hacen tacto y estaba de 5, eso lo recuerdo perfecto. Nos fuimos de la habitación a la sala de parto. No era SAIP ni pre parto. Me fui en silla de ruedas porque lo quise así. Me daba un poco de pudor cruzar con contracciones todo el hospital y que me vieran, tenía que pasar por lugares públicos, lo preferí así, más rápido. Llegamos y me senté en un bergere que había en ese entonces. Mi marido y ambas matronas me hacían masajes, pusieron aromas y una luz baja dejaba en penumbras el lugar. No oía a nadie hablar. Me dejé llevar por esas manos que me relajaban tanto. Cada vez se hacía más intenso. Me paré de ahí, necesitaba moverme. Cada expansión me tiraba al suelo, me colgaba de mi compañero que me sostenía firme. Cuando se iban, nos quedábamos abrazados de pie. Solo recuerdo oscuridad y calor, aromas ricos. Que él estuviera ahí fue tan agradable. Nos mirábamos a los ojos cuando volvía del lugar que me llevaban las expansiones. Gemía, gemía mucho, ¡aaay, qué rico recordar eso! Cuando fui a una visita en la gestación, me mostraron una silla de parto, me era tan cómoda que dije “¡ahí voy a parir!” y ese día ahí estaba. En un momento la pedí y me senté. ¡La odié tanto! me fue tan incómoda que pedí por favor que se la llevarán. Recuerdo que cada vez se hacía más intenso, me dolía mucho, pero ese dolor se hacía más fuerte cuando tenía flashbacks de mi primer parto. Volvía y decía que no podía, que era mucho. Lito me recordaba que sí podía, que iba bien, que faltaba poco. Me iba en otra expansión, me agachaba, hasta que pasaba, volvía. “¡Que se acabe, por qué estoy en esto! una anestesia y esto se acaba ¿por qué se me ocurrió?” pensaba mientras todo seguía su curso. “No quiero estar más de pie”, digo, o no digo, no lo sé. Miro el reloj y son casi las 5 de la tarde. Para mi han pasado años. Digo en voz alta que nacerá a la misma hora del hermano, 18:05. Nos reímos. “Vamos Colomba -le digo por dentro- ¡ayúdame, ayúdame, que no sé hasta dónde podré!”. Me acariciaba la panza. No recuerdo cómo me senté en la camilla. Fue tan agradable estar ahí. Al lado mío estaba Lito, al otro la matrona. Al frente la otra matrona. En un mo21


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mento divisé a una enfermera que me miró con una sonrisa, desde un rincón, muy callada. Comencé a descontrolarme, gritaba que no podía, que me la sacaran, que no daba más, que quería pujar y no sabía cómo hacerlo. Mi matrona me dijo que iba súper, que siguiera a mi guagua para que saliera, que ya estaba ahí. Me negaba a hacerlo, ¡me dolía tanto! en un momento me sentí crujir, no sabía si los demás podían escucharlo, pensaba, pensaba, recordaba que no podía, que el fórceps… ¡ayyy! no quería que se la llevaran. Dolor, dolor. me dicen que me calme, que está todo bien. Abracé a Lito fuerte, por dentro no quería que me soltara, no quería irme, sentía que me iba a morir. Me ponen oxígeno. Mi matrona me dice que está ahí, pero se devuelve, que su bolsita está íntegra y si quería que la rompiera para que saliera más rápido. Obvio, le dije que sí. Ahora su cabecita ya estaba más abajo, sentí como bajó lentamente luego de eso. Ahora la llamaba gritando. ¡Colomba ven! ¡Hija ven! ¡¡¡¡me duele, me muero, me voy a morir!!!! Mi vulva ardía. - Ahí está la cabecita, ¡tócala! - ¡No quiero! quiero que salga. ¡Gritaba, gritaba mucho! Lito quería mirar, pero no lo solté. - ¡Me duele, me duele! ¡aaaaahhhhh nació! “Aquí está”. La tomé. Estaba calentita, suavecita, sin sangre, sin grasita, con un olor tan rico. Pequeña, de 47 cm. Sentía nuestro cordón latir vigorosamente hasta que se puso frío. Lito lo cortó. ¡Bienvenida hija! Recuerdo que le gritaba que la amaba “Te amo Colomba, te amo, te amo, te amo” le dije mil veces. Lloraba, Lito lloraba. La dejé en mi pecho y con sus tremendos ojos, miraba, no lloraba, solo miraba. Buena lactancia, vino a los minutos. Salí con ganas de correr la maratón. Ahora sé que es la oxitocina, que te inunda para estar alerta con tu bebé. ¡Yo me sentía tan bien! ¡Los veía a todos cansados, y yo estaba impecable! Pequeño desgarro, frente a una episiotomía de mi primer parto, mundo de diferencia. A los meses de ir decantando el nacimiento ¡me sentía tan bien! podría parir mil veces, porque si bien fue intenso, fue una intensidad rica, casi orgásmica, no del orgasmo que conocemos, sino algo mil veces más poderoso, al menos para mí. La llegada de mi hijo me hizo quebrar el cascarón. Pensar que hay cosas que no se pueden seguir normalizando y si bien aún duele la herida del corazón, ha sido tremendamente sanadora su llegada. Lo hemos conversado, él sabe cómo nació. Para él es raro mirarse envuelto y siempre solo en las fotos, mientras que su hermana está desnuda conmigo y “oscuritas” como me dice. Siempre ha sido un niño muy cariñoso y preocupado por los demás. Mi hija me enseñó que todo se puede, que el límite lo ponemos nosotras. Ella es fuerte y poderosa igual que su nacimiento. Hoy, somos una familia activista por los derechos del nacimiento, por el buen nacer. Porque es necesario, porque nos llena, porque es tremendo pasar por ese tipo de violencia, ya sea verbal, física o ambas. Todas y todos merecemos nacer en amor y no por agendas médicas. ¡El parto es de las mujeres!

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Mi parto en el hospital por Francisca RodrĂ­guez

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Mi hija nació en el año 2013 en un hospital en Santiago. A las 35+5 semanas de gestación. Todo se estaba planeando para comprar el famoso bono PAD y poder atenderme en una clínica, ya que había escuchado de pésimas experiencias en el hospital que me correspondía y estaba llena de miedos, pero su parto se adelantó y tuvimos que apegarnos a lo que el sistema público nos ofrecía. Celebramos su baby shower el día 4 de mayo de 2013 y el día 5 de mayo a las 03:00 am comencé a sentir las primeras contracciones. Recuerdo que era igual como cuando uno está menstruando. Le avisé al papá de mi hija lo que pasaba, pero no le tomó importancia y siguió durmiendo, me aguanté hasta las 07:00 y llamé a mi mamá que estaba alojando en una casa cerca a la mía. Ella llegó de inmediato. Fui al baño a lavarme, en mi casa me dijeron que no me bañara. Me di cuenta de que “goteaba”, así que entendí que mis membranas se habían roto. Seguí esperando en mi casa, desayuné algo liviano y las contracciones eran tolerables. Esperábamos que una tía llegara a buscarme para irnos al hospital, y yo por mientras arreglaba el bolso de mi bebé y mío para irnos. Hasta ese momento, yo sin saber nada de partos, lo estaba disfrutando mucho. Me sentía poderosa por lo que estaba viviendo. A las 12:00 pm, más o menos, llegamos al hospital. Me hicieron pasar a la urgencia de maternidad y lo primero que me choqueó fue el frío que hacía en esa sala de espera y lo oscura que era. Me pasaron a monitorizar mis contracciones y mi cuerpo me pedía que me levantara, pero no me dejaron. A este punto las contracciones ya eran muy dolorosas. Un caballero se me acercó mientras esperaba en un box para firmar un papel que decía que aceptaba todo lo que me iba a cobrar ¡y sentí todo tan frío! ¡Yo estaba tan a gusto en mi casa y ahora estaba sola en un box firmando algo que no sabía bien qué era y me hacía sentir que era más importante el presupuesto que el nacimiento de mi bebé! Me atendió una matrona para tomarme mis datos y ponerme el brazalete. Yo había estado resfriada hace unos días y casi no tenía voz. Recuerdo que contesté sus preguntas y me miró con cara apática y me dijo “¿qué le pasa a su voz?”. Ya había pasado un buen rato e hicieron pasar al papá de mi hija. Cuando tenía que pararme para ir, no sé dónde, me vino una contracción dolorosa y le dije que esperara un poco para pararme y la matrona se rió y dijo “¡ay, no se ponga regalona ahora que entró su marido!” y el papá de mi hija me defendió diciéndole que no fuera insensible porque me dolía y se pusieron a discutir. Mientras a mí me subían a una silla de ruedas, la TENS que me trasladó me dijo “no lo voy a llevar arriba, no se lo merece”, refiriéndose al papá de mi hija. Yo me disculpé con ella diciéndole que él estaba nervioso. Ya eran las 14:00 y me subieron a ARO, me dejaron en una cama y yo me puse a llorar. Me vieron llorar, pero no me dijeron nada. Luego me llamaron a una sala de procedimientos y una matrona me hizo tacto. Me venía una contracción, pero ella lo hizo igual y yo me puse a llorar de nuevo en la camilla porque fue muy doloroso y humillante. Ni siquiera me miró a la cara, solamente me dijo que tenía 3 de dilatación y se fue. Luego volví a mi cama y dejaron entrar a mi mamá, pero nunca al papá de mi hija.

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Me mandaron a caminar, tenía ganas de ir al baño y no me dejaron porque decían que podía expulsar a mi bebé si defecaba. Tenía hambre, tenía sed y no me dejaron comer ni beber nada. Mi última comida había sido a las 07:00 de la mañana. A las 19:00 me bajaron a preparto, sola. Mi madre me acompañó en el ARO mientras duraba el horario de visita, pero luego me quedé sola toda la tarde. Cuando me bajaron a preparto, yo sabía que tenía derecho a estar acompañada y pedí que llamaran al papá de mi hija. Siempre me decían que luego lo llamarían, pero nadie lo hacía. A esa hora las contracciones eran terribles. Recuerdo que tenía fiebre, que tenía mucha sed y le rogué a un alumno en práctica que me ayudara, pero él me decía que no podía hacer nada. Me miraba con mucha compasión y me sentí un poco menos vulnerable con su mirada. Él mojaba tórulas de algodón y me las ponía en los labios para calmarme un poco la sed. Mi cuerpo ya no toleraba las contracciones. Cuando terminaba de tener una, mi cuerpo temblaba completo, me desmayaba y volvía a despertar con la contracción siguiente. Muchos doctores pasaron mientras yo estaba ahí, me hacían tacto y decían que estaba dilatada pero mi bebé estaba arriba y no quería bajar. Yo pedía que me pusieran anestesia, pero era como que cualquier cosa que yo dijera no tenía importancia. Por fin llegó el anestesiólogo, pero con una actitud horrible. Me dijo que era muy gorda, así que me tenía que quedar acostada de lado para ponerme la anestesia. Como mis contracciones eran tan intensas, no podía evitar moverme cuando tenía una y él me retaba porque no podía poner la epidural así. Incluso, dejó caer con violencia los instrumentos en la bandeja cuando tuve una contracción y mi cuerpo se movió. Me dijo que si no ponía de mi parte, él no me iba poner nada. Al final me puso la anestesia, a las 21:00. Mis dolores bajaron considerablemente, y comencé a pensar cómo salir luego de ese hospital. Así que llamé al doctor y le dije que tenía deseos de pujar, lo cual era mentira, pero creí que así iban a apurar el proceso. Me revisó y me dijo que mi bebé aún estaba muy arriba. Hicieron pasar al papá de mi hija a las 21:30 y la epidural ya estaba perdiendo el efecto, así que comencé a pujar sola cada vez que tenía una contracción. Lo hice así hasta que no pude soportar más el dolor y a las 21:45 me pusieron un refuerzo de la epidural, pero solo me duró 15 minutos. Volví a las contracciones insoportables, pero me quedé así para poder tener luego a mi hija. A las 00:45 del día 6 de mayo nació mi hija, al tercer pujo salió de mí y yo no podía creer que lo había logrado. El doctor me dijo que tenía mucho líquido, así que iban a revisarla de inmediato y no me la pusieron al pecho. Me tironeó la placenta y me dolió muchísimo. Una TENS se puso a discutir conmigo porque yo quería tocarme la guata y una alumna en práctica me puso 5 puntos sin anestesia porque me desgarré. Me llevaron al pasillo para recuperarme y me dejaron ahí junto con otras 10 mamás en la misma situación que yo. Me sentí como ganado, me sentí vulnerable y no estaba nada feliz con el nacimiento de mi hija. Solamente quería irme a mi casa. Me llevaron a mi hija luego de mucho rato para que le diera pecho. Un hombre me la puso en el pecho y se fue y yo de nuevo me puse a llorar porque me dolía mucho darle pecho.

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Me apretaron las pechugas porque, según ellas, yo tenía exceso de calostro y no le daba pecho a mi hija porque era floja. Solamente quería irme de ahí y estar en mi casa. Después, durante la hospitalización me preguntaron y dijeron de todo. Me fueron a explicar que a mi placenta se le haría una biopsia para saber “qué tenía de malo mi útero que no aguantaba un embarazo de término”. Me apretaron las pechugas porque, según ellas, yo tenía exceso de calostro y no le daba pecho a mi hija porque era floja. Solamente quería irme de ahí y estar en mi casa. Luego del alta, a los cinco días aproximadamente, tuve que volver. Tuve endometritis y casi morí. Me hicieron firmar un consentimiento para que me esterilizaran y yo no estaba 100% consciente, por suerte mi familia se dio cuenta a tiempo y no me hicieron nada. Nunca en mi vida me había sentido tan muerta. ¡Me discriminaron tanto! Dijeron que fue mi culpa, que yo era cochina, que no me había bañado. Tuve tanta fiebre, que perdí el conocimiento y relajé esfínteres. Me preguntaron si era peruana, porque solamente las pacientes peruanas eran tan cochinas que hacían eso. No quisieron cambiarme las sábanas ningún día en esa segunda hospitalización. No quisieron cambiarme la vía venosa y no estaba permeable, la permeabilizaban en cada dosis de antibiótico que me ponían con suero. Esto lo escribí con la mayor cantidad de recuerdos que tengo, porque desde el día del parto hasta mi segunda hospitalización son pocas cosas específicas las que recuerdo. La mayoría de las cosas han tenido que contármelas. Sí recuerdo las sensaciones, el sentirme sola, desamparada, vulnerable en ese hospital, y sentirme maltratada por el personal. Recuerdo que todo me daba asco, que un día el tapón de la vía venosa se me cayó en el baño. Pasaron dos días y el tapón seguía ahí en el mismo lugar. No avisé para saber cuánto tiempo pasaba sin que limpiaran los baños. Tuve ganas de tomar foto a todo, de hacer un reclamo y que se supiera el estado degradante en el que vamos a tener a nuestros bebés. Pero cuando salí de ahí, nunca más quise volver, ni siquiera a buscar el resultado de la biopsia de mi placenta. Me fui del hospital y nunca más fui capaz de volver a esa maternidad. Luego me fui de Santiago a vivir al sur y sentí que cada vez dejaba más lejos esa etapa tan oscura de mi vida. Espero nunca más tener que volver a ella, ya que se robaron lo que tenía que ser el día más maravilloso en mi vida y lo reemplazaron por recuerdos horribles, por traumas y dolores que todavía no he sido capaz de sanar.

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Día 0 Nacimiento de Teo por Gabriela Pavez Schulbach

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14 de Agosto de 2012, 40 semanas de gestación. Me presenté en la clínica temprano en la mañana, ese día nacería Matheus, mi primer hijo. El ginecólogo, una semana antes me había hablado lo “peligroso” de pasarnos de las 40 semanas, indicándome que la mejor opción sería inducir el parto. Nunca dije no, nunca dije “pero”, simplemente fui con el poco coraje que tenía, pensando en “aguantar” las contracciones que, según había leído, serían más duras que las de un parto sin medicación. En ese momento tenía un concepto bastante básico de lo “natural”, del “parir”. Me ingresaron a la clínica, me pasaron una bata de hospital y me indicaron recostarme para poder empezar el monitoreo. Según la mujer que estaba allí (y que se suponía era mi compañera de viaje, la matrona) yo tenía contracciones y con ellas, los latidos de Matheus bajaban. Llamaron al ginecólogo. Me hizo tacto sin siquiera preguntarme o decirme para qué; solo dijo “está muy arriba”, señaló que debía de tener una circular al cuello y que cuando intentaba bajar se ahogaba y eso hacía bajar sus latidos. Prosiguió diciendo: “haremos cesárea”. No recuerdo haber pensado nada, mucho menos haber dicho algo, solo recuerdo la desilusión, el miedo, la ansiedad, la pena. Hoy siento rabia… de ellos… de mí. Lo sacaron, lo envolvieron y lo posaron junto a mi rostro. No pude abrazarlo, sostenerlo, siquiera tocarlo, solo le di un par de besos y se lo llevaron. Lo volví a ver 4 o 5 horas más tarde. Un mes después, de madrugada, sentados en mi cama, tomando teta él me miró y solo entonces nos encontramos. Ese día no lo supe, pero sellé en mí la promesa de no volver a permitir que nadie me sacara otro hijo. El próximo sería yo quien lo pariera, y no volvería a permitir que lo separan de mi lado. Miércoles 14 de septiembre de 2016, 40+3 semanas de gestación Nos metimos a la tina. Nos tomamos un té de hojas de frambuesa mientras miraba la llama de la vela, y le dije a Teo que ya era el momento, que ya estaba todo listo. Era hora de iniciar el parto porque mamá ya estaba lista. Horas antes, había hecho lo último que sentía me faltaba por hacer: compré una cadenita y me colgué al cuello el símbolo de unión familiar que me regaló mi hermano y que no me permitieron usar en la cesárea de Matheus. A las 21:00 hrs. sentí la primera contracción y entendí que el viaje había comenzado. 22:00, 23:00, 3:00, 7:00 hrs. Pasamos toda la noche en la misma dinámica: contracciones rítmicas, pero muy espaciadas aún. Eran las 7:40 cuando la matrona me llamó para saber si debía suspender los controles marcados para ese día, sin embargo, todo indicaba que todavía faltaba camino por andar. Así pasamos todo el jueves. Mi hijo mayor me hacía cariño cuando la contracción me detenía en mis quehaceres. Me prometió sostener al bebé si es que este nacía de improviso. Volvieron a dar las 21:00 hrs., habíamos completado un día entero en trabajo de parto y el cansancio empezó a notarse, no habíamos siquiera podido dormir. Me metí a la tina una vez más. En el calor abrazante del agua, dormité, no pensé en nada, solo estuve allí, lavé mi pelo, lo sequé y lo peiné. Estaba hablando por mensaje de texto con la doula cuando vino una contracción-expansión que me hizo levantarme y sostenerme del respaldo de la cama. Una contracción que no esperaba, que se llevó mi aliento; y con ella como aliada, dimos inicio a la travesía real. Una tras otra, ya no era posible solo respirar, debía vocalizar, moverme; me arrodillaba, me ponía de pie buscando una posición adecuada. Binho (mi marido) me abrazaba, tomaba mi mano y masajeaba mi espalda. Silente, y con su mirada atenta y profunda, era mi compañero. Cuando completamos más de una hora, le pedí a Binho que llamara a la matrona y la

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doula. Era cada vez más duro, sentía miedo, las necesitaba con nosotros. Estaba empezando a sentir que ya no podía más, que no lo conseguiría. Llegó la doula primero, relevó a Binho. Tomó mi mano y apoyada en ella, solté junto al llanto, el miedo que sentía. La matrona no tardó en llegar y juntas convertirían el dormitorio en la cueva en que Teo nacería. El recuerdo es borroso, y si no fuera por una salpicadura de sangre que hay en la muralla, no creería que realmente estuvimos ahí ese día. Ellas con sus manos sabias guiaban mi cuerpo, ayudándome a soltar. Viernes 16 de septiembre Las expansiones no daban tregua, me colgaba de Binho, me abrazaba de la matrona y doula. Pensé en desistir, lo dije muchas veces: “no puedo más”, entonces sentía el calor y la energía de mis compañeros de viaje y me levantaba con más fuerza, dispuesta a traer a mi hijo al mundo. “¡La cadera, me duele la cadera!” Intentamos con la tina, la posición me era incómoda, y pese a lo agradable que era sentir el agua, pronto salimos de ahí. Estaba de pie frente a mi cama, las piernas fatigadas me tiritaban, la contracción venía y me agarraba al cubrecama. Calor en mi cola, ¡qué alivio! y venía otra, ¿Dónde estoy? ¿Teo? ¿Estás ahí? ¿Cadê você meu pai? Las piernas, no me puedo sostener, y entonces venía otra. Intentemos en cuclillas; Mi doula en la silla, sus piernas cual roble me sostenían sin titubear; Binho y la matrona en frente de mí. Quiero pujar. ¡Teo, vem com mamãe! Esperé la contracción, ahí viene. Todos los que estábamos ahí pujamos juntos; sentía el calor en mi vagina, la cadera se abría, el anillo de fuego del que hablan estaba ahí, quemando, sentí su cabeza bajar, y viene otra: ¡Teo, Teo, ven! ¿Cuánto falta? ¿Está ahí? ¿Lo pueden ver? Ya va, lo siento, viene otra, duele. ¡Matheus! Te llamo, hijo mío, tal vez buscando nuevamente tu perdón y también el mío. Ahí está, su cabeza está ahí, estalló la bolsa. Vamos, yo puedo hacerlo. ¡Teo, vem com mamãe! Venía la contracción, pujé con ella, pujamos todos, ¡Teo! Sentí a la doula que me sostenía entre sus piernas pujando conmigo. Sentí a Binho, mi compañero, tomándome la mano y pujando conmigo. Sentí la fuerza de la matrona que me sostenía la otra mano, atenta, vigilando y resguardando el proceso. Ella también pujaba conmigo. Era un círculo de energía; Teo y yo estábamos al centro. ¡Teo, Teo! Está ahí, salió su cabeza, ¡Teo! Aquí vamos… ¡Teo, meu bem! El tiempo se detuvo, líquido, calor. Escucho solo su llanto. Solo somos él y yo. Su primer grito y el mío fundidos en el amor. Su olor; aún puedo sentir el olor cálido de nuestros fluidos, su calor húmedo en mi pecho, su cuerpo estirándose al mundo. Entonces volví a mi cuerpo y a mi mente. Mi matrona sonreía siempre atenta y podía sentir la energía cálida que provenía de la doula que estaba a mi espalda. Lamento no haber visto su rostro. Binho lloraba, “lo hicimos amor, trajimos a Teo”.

El tiempo se detuvo, líquido, calor. Escucho solo su llanto. Solo somos él y yo. Su primer grito y el mío fundidos en el amor. Su olor; aún puedo sentir el olor cálido de nuestros fluidos, su calor húmedo en mi pecho, su cuerpo estirándose al mundo.

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Sana sana mamita, con valeriana por Catalina Seguel


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Mi preparación al parto comenzó hace muchos años, mucho antes de la llegada de un romance a mi vida, antes de que siquiera se me ocurriera ser madre. Todo partió un viernes 6 de diciembre, a mis 12 años, cuando le hablé por primera vez a mi útero. Llevé ambas manos al vientre, sentí un calor profundo, cerré los ojos y en una comunicación mágica le dije “he sentido muchas cosas raras esta semana, hace tiempo que me estás haciendo sentir distinta, mañana es mi primera comunión y entraré de blanco en la iglesia, por favor te pido que la primera vez que sangre, no sea mañana sábado, que sea el domingo, para la inmaculada concepción” y así fue. Llegó el domingo 8 de diciembre, un impulso me llevó al baño y veo en el calzón una mancha que teñía mi ropa con el color del vino. Llamé a mi sobrina, ella entró al baño conmigo y le dije “parece que me hice caca, comí ciruelas” y ella respondió “tu caca es la regla, sí sabes”. A los días organizaron una cena y mi hermana mayor entregó un ramo de rosas rojas que, en medio de un encuentro familiar muy alegre, me hacía sentir que ya nada en mi vida sería igual. Desde ese momento supe que podía quedar embarazada, pues ella explicó todo el ciclo fértil. Supe que el día 14 venía la ovulación y que mi cuerpo podía concebir, ella me dijo, “cada 28 días va a llegar la menstruación” y así fue. Desde ese momento mi ciclo se comporta con la misma exactitud que un reloj, que un ciclo lunar. Al año siguiente, en el mismo día 8 de diciembre, mi sobrina recibió su primera menstruación, su primera luna. No crecí criando muñecas ni jugando a cocinar. Jugaba a encontrar rutas, inventar juegos, regar, vender cosas y portarse bien mal. Vengo de una generación a la que se le ha enseñado a postergar la maternidad, pues primero nos hacen aprender que todos los hombres son malos y quieren aprovecharse de nosotras, embarazarnos y abandonarnos, luego nos dicen que hay que postergar los hijos porque hay que estudiar, luego trabajar, forjar independencia, viajar, disfrutar y finalmente a los 35 ó 40 años pensar en los hijos. Resultado de esto: mujeres netamente productivas, funcionales al sistema y asustadas de tener hijos. Me negué a la maternidad con mucha fuerza, pero un día cualquiera, comencé a sentir una necesidad tremenda de tener un bebé durmiendo al medio de Jaime (mi compañero) y yo. Supe el día y el momento exacto cuando mi cuerpo abrazaba la semilla que traía la mitad de mi hijo. Bastó sólo con desearlo y me preñé. Al principio tuve dudas, como la mayoría de las mujeres que nos gestamos interrumpiendo los planes que nos tenían los papás (estudiar, viajar, trabajar, etc.), sin embargo, nada me quitaba la felicidad de la cara cuando tuve el primer día de atraso. Nació Viktor Aukan, nuestro primer hijo, el niño que abrió las puertas al encuentro con el más profundo autoconocimiento, con los sueños, con la misión en esta vida. Mi bebé, como todo un maestro me ha enseñado tanto y más que una universidad, que cualquier otra vida. Con 20 años lo gestaba y tenía dos grandes certezas, la primera sería sobre su nacimiento y es que siempre negué la posibilidad de una cesárea, en mi cabeza no existía espacio para tal posibilidad, siempre estuve segura de que mi hijo sí o sí nacería como todos los mamíferos. La segunda certeza, era que viviría una experiencia de parto que debía enfrentar sin miedo, pero muy atenta.

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Durante la preñez averigüé tarifas de parto en casa, en el agua, en clínicas con parto respetado y con parteras. Todas y cada una de esas opciones estaban muy lejos de mi bolsillo, era imposible acceder a las mejores formas de nacer porque dichas opciones estaban al alcance de personas que podían pagar millones de pesos. Por ello, es que decidí tener a mi hijo en el sistema público de salud, con una modalidad que se llama “pensionado” en la cual pagas cierto monto de dinero y puedes acceder a tener un mejor trato y a negociar ciertos procedimientos con los médicos. Me hicieron 10 tactos, borraron mi cuello, rompieron mi fuente, indujeron con misoprostol y oxitocina, me anestesiaron porque gritaba demasiado. Por suerte, no me hicieron episiotomía. Estando acostada, pujé dos veces a mi hijo y con mucha suerte pude parirlo. Luego me tiraron la placenta y, obviamente, con ese procedimiento quedó parte de ella prendida a mi útero. Para ese momento, ya no estaba bajo los efectos de la anestesia y pude sentir en carne viva cómo me hacían un legrado, un raspaje. Luego del parto, sentí que algo estuvo mal, mi cuerpo me avisaba que había sido violentada, tenía una sensación similar a la que se siente cuando eres abusada sexualmente. Poco a poco, me hundía en un profundo dolor al que llaman depresión posparto y, quiero dejar claro, que no la produjo mi hijo, la produjo el hospital con toda su violencia y protocolos irrespetuosos. No fue hasta dos años después que pude sanar esa experiencia, reconciliarme con mi cuerpo y perdonarme por haber escogido ese camino para traer a mi primer hijo a este mundo.

Luego del parto, sentí que algo estuvo mal, mi cuerpo me avisaba que había sido violentada, tenía una sensación similar a la que se siente cuando eres abusada sexualmente. Poco a poco, me hundía en un profundo dolor al que llaman depresión posparto y, quiero dejar claro, que no la produjo mi hijo, la produjo el hospital con toda su violencia y protocolos irrespetuosos. Después de vivir esa experiencia traumática me acerqué a las mujeres de mi familia, volví a mis raíces, aprendí de mis tías, mi abuela, mis tías abuelas, mi madre, mis vecinas y entendí que el paso por el hospital me obligó a reencontrar un oficio que había sido ejercido generaciones tras generaciones por las mujeres y hombres de mi familia, la partería. Así fue como llegué a ser partera. Mi formación no tiene un origen claro, me crió una mujer vieja, una señora. Crecí rodeada de mujeres antiguas que dejaron toda su sabiduría conmigo, por ello es que desde niña aprendí a relacionarme con las plantas medicinales, los secretos, la medicina tradicional, los empachos, santiguar, las creencias. Con ello fue imposible no aprender conocimientos

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que sólo entrega la partería. Recuerdo los relatos de mi tía Catalina, mi tía Silvia y de mi madre, respecto de cómo se “mejoraban” las mujeres antes, solas, con partera o con sus maridos. Cuando me comencé a formar como doula, me di cuenta sin querer que yo ya sabía cómo acompañar partos en casa, porque sin querer sabía exactamente qué hierba usar para bajar las placentas, cómo girar un bebé, qué hacer ante alguna que otra urgencia. Pero lo más importante de todo ese conocimiento, es que aprendí a sentir, a intuir, a conocer a una mujer, a leer su cuerpo, sus emociones. Eso también lo aprendí de mis ancestras, brujas, adivinas, parteras. Un camino largo, una escuela de lo cotidiano. Desde que despiertas hasta que duermes y sueñas, nunca dejas de aprender de una mujer vieja. La primera experiencia de parto impulsó y direccionó mi fuerza para trabajar con la maternidad, con las mujeres, sus cuerpos y sus nacimientos. El 2013 gesté la “Tribu de Parto” que acompaña a grupos de madres y padres en la preparación para un parto natural. Jaime al principio no me acompañaba mucho en mis locuras, pues yo invertía mucho tiempo en mi vocación y no generaba dinero. Con los años, fue entendiendo que yo había descubierto mi camino y que nadie ni nada iba a desviarme. Renuncié a mi carrera sólo faltándome la tesis (trabajo social) y es que comprendí que acompañando a la mujer en su vida sería como yo ayudaría en la Tierra a ser más felices a las personas. Mi argumento frente a mi pobreza económica era “el universo provee cuando encuentras la misión” y así ha sido hasta ahora.

Sana Sana, partito de hermano Ya para la gestación de Amador Kallfü, mi segundo hijo, llevaba 3 años acompañando partos y mientras estuve preñada tuve la dicha de atender también. Tuve algia pelviana, no podía caminar y con suerte podía pararme, pero con Amador estábamos seguros de que estábamos haciendo lo correcto. El último parto al que fuimos, ya teníamos 36 semanas, con suerte podía respirar y Florencia nos regalaba un hermoso nacimiento en casa con alumbramiento después de 7 horas. Para mis 37 semanas logré descansar y aprovechar el conchito de gestación que nos quedaba. Ya no tenía la mente tan ocupada y surgieron los temores típicos que tenemos las preñadas y es lo que atribuyo al instinto de protección y crear el nido. Cuando una mami gorila va a parir, está en permanente estado de alerta, busca el mejor lugar para protegerse de las adversidades del clima o de sus depredadores y crea su nidito para parir su cría. Fue en ese periodo cuando decidí parir sola, cuando solté las presiones y me sumergí en esa aventura. Amador me mandó la primera ola de parto. Desperté un miércoles con la vulva húmeda y es que ya estaba soltando tapón mucoso con sangre. En mis dos gestaciones, es el tapón mucoso quien baja como diciéndome “ya estás lista”. Las dos veces que lo he visto, he afirmado con todas mis fuerzas que ya llegó el momento de parir y me entrego… es como si fuese un botón que me pone en modo parto. Esta vez cuando bajó, lo olfateé, sentí su sabor y tragué un poco, porque su olor me fascinó. Pensaba en las perritas que lamen todo el tiempo sus flujos cuando están de parto, por ende, lo hice y al parecer me funcionó. Ese día, dormí una siesta de 8 horas. Debo haber dilatado sin dolor mientras dormía hasta 6-7 centímetros. Recuerdo que mi tía Silvia contaba

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que a ella le venía un pequeño dolor como pinchazo y tenía que correr a la casa porque paría muy rápido a sus guaguas. A las 10:30 de la noche, viene la primera contracción. Viktor, mi hijo mayor, decide irse a dormir con la abuela. 11:00 de la noche y comenzó el viaje. Era una corriente que llegaba con fuerzas desde la punta de todos mis dedos y recorría todo el cuerpo. Al cerrar los ojos, podía sentirla con mayor profundidad y cada vez que se iba, dejaba la sensación post orgásmica, un sentir entre estar y no estar. Volvían las olas cada vez más rápido y yo sentía que las contracciones no me soltaban, como si no me dieran tregua para descansarlas. Vocalizaba, rumeaba, vibraba con el dolor. En una de mis caminatas, abro los brazos en dirección al cielo, levanto mi mentón y visualizo una luz amarilla descendiendo desde alguna estrella, bajando por mi coronilla, expandiéndose en mi vientre lleno de vida y bajando desde mis labios más carnosos hasta las profundidades de la tierra. Entendí que la fuerza viene de otro lado y abrí mis manos con tanto amor para recibirla. Para ese momento, ya había apagado mi neocórtex y logré olvidar todo el control que tenía, todas las expectativas… las olas me botaban, tal cual cuando estás en la playa y la mar te pilla desprevenida, te bota, te tira al suelo. No me dejaba hablar, con suerte podía controlar mi respiración… y bueno, al rato también dejé de controlar mi respiración y comencé a jadear como una perrita, con inspiraciones cortitas, toda drogada de la hormona natural. No planifiqué parto en agua, por tanto no tenía tina, así que Jaime improvisó y llenó una bañera antigua que repletó de hierbas que me mojaron de energía y más contracciones, ja, ja, ja… Sentía que ya venía. Salí, caminé toda abierta, tenía lava en mi vientre, era un volcán, mi cuerpo estaba quemando de caliente sólo por algunos segundos, sentía que mis montañas se derretían… grité frente a la imagen de la virgen de la leche “necesito tu fuerza, ayúdame a parir a mi hijo, llamo a mis abuelas, mis madres, ahora todas de pie conmigo, ustedes las muertas son mis parteras, guíen a Jaime”. En mi plegaria, tuve tiempo de subir las escaleras y pensar que todo estaba caminando muy rápido y me asusté, sumergí las manos en mis adentros y toqué la cabeza de Amador, tibia, suave, con su fuente protegida con el velo amniótico. Tuve miedo, pensé en la muerte, pero decidí no morir ese día, decidí que mi hijo nacería saludable y con mucho apetito. Lo llamé, pujé, masajeé mi vulva y vagina porque sentí que debía hacerlo… di vueltas, me apoyé en la pelota y lo parí, lo parí con fuerza, con valentía, con cada célula del cuerpo. Cada centímetro de mí pujó hasta que salió completamente envuelto por mis tejidos, venía enmantillado y me sorprendía ver sus movimientos afuera como si estuviera dentro. Explotó la fuente, nos mojó, nos despertó. Jaime lo sostiene y lo entrega a mis brazos ¡¡es mi niñito, te amo, chanchito mío!! Lo besé, lamí y olfateé mientras lloraba enérgicamente. Al rato me hinqué, revisé que la placenta estuviera desprendida, puse a Amador al pecho para sentir contracciones, la tomé desde la base del cordón, la pujé, la parí… blanda y viscosa como una mantequilla, así mismo mordí mi placenta, me alimenté de ella, provocada por una enorme fatiga y sed después de dar a luz. Dos horas navegamos. Viktor, mi niño precioso, abrió el camino a todos sus hermanos y hermanas. Fue mi pedacito de wawa quien pasó todas sus presas por entre mis carnes y ambos nos dimos ese

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Salí, caminé toda abierta, tenía lava en mi vientre, era un volcán, mi cuerpo estaba quemando de caliente sólo por algunos segundos, sentía que mis montañas se derretían… grité frente a la imagen de la virgen de la leche “necesito tu fuerza, ayúdame a parir a mi hijo, llamo a mis abuelas, mis madres, ahora todas de pie conmigo, ustedes las muertas son mis parteras, guíen a Jaime. primer masaje, ambos nacimos juntos, pero fue su cuerpo quién le dio memoria de madre a mis caderas para parir a todos mis hijos e hijas. Siempre agradeceré el trabajo que hicimos juntos a pesar de todo lo que tuvimos en contra. Amador, tu nacimiento logró sanar la herida que dejaron las personas que violaron mis profundidades con sus intervenciones. Esas personas me hicieron sentir débil, sumisa, equivocada. Esas personas le dieron la orden de pasividad a mi cuerpo, que por años se movió en la durmiente. Contigo he vuelto a despertar y de paso conmigo han despertado nuestras ancestras que nos acompañan siempre, porque nuestros ríos bañados de sangre corren por la piel y las entrañas gritando que estamos vivas, que la memoria se guarda en las acciones, que ellas viven en mis haceres. A mi compañero, que sabe embarcarse en mis aventuras, Jaime, que navega mis aguas cuando están tranquilas como un caldo y cuando las vuelvo tormentosas, aun así no naufraga de mis torbellinos, porque ama mis aguas, porque somos una sangre, te amo. Para acompañar, hay que tener “fe en la mujer y en las wawas” Para parir, hay que comulgar esa fe.

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Relato de parto de mi primer hijo por Jaime Fuentes Barrera


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¿¿¿Ser padre??? En mi vida lo había pensado como algo que me pasaría, pero me pasó. Recuerdo cuando la Cata me dijo que estaba embarazada y fui a comprar un test de embarazo. Y salió positivo, pero ella ya lo sabía, ¡¡¡Guau!!!! Me dio alegría, mucha alegría. Me acordé cuando miraba a papás con sus hijos jugando en el parque. En mi infancia, veía a mis primos (que son mayores) con su sus hijos jugando por la casa, por el patio. Veía a estos chicuelos con sus papis, me preguntaba qué se sentiría abrazar así a otra personita, besarla, hacerle cosquillas, reírse de cualquier cosa. Bueno, muy pronto lo sabría. Pero ahora se venía algo muy difícil: decirles a mis papás. No estaba -ni estoy- trabajando en lo que estudié (Licenciatura en Artes). No tenía un trabajo estable. No tenía casa, no estaba casado, no había una puta “estabilidad”. Creo que ellos ya tenían asumido que por mi parte no tendrían nietos, pero qué sorpresa les tenía preparada. Muy nervioso les dije que serían abuelos y lo asumieron. Vengo de una familia como muchas, una familia normal. Sin apellidos aristocráticos, que surgen del esfuerzo de sus padres. Un papá y una mamá que trabajan en sus respectivas profesiones. Mi papá ingeniero y mi mamá profesora y como seis títulos más. Una familia con dos hijos, un varón y una nena, yo me llamo como mi padre, mi hermana como mi madre. Cada hijo se llama como sus padres, repetición del patrón. Dos hijos planificados. Cesárea correspondiente, porque mi mamá vio a una vieja en trabajo de parto cuando era chica, quien le dijo que tener una guagua era “como si saliera una cómoda por abajo”. Los padres abastecen a la familia, a sus dos hijos, y que los fines de semana se reúnen, salen, pasean -pienso en lo que dijo un sabio, dijo que la vida es demasiado corta para ser felices sólo los fines de semana-, hacen algunas tareas del colegio, etc. Los padres quieren que sus hijos sean profesionales, que se estabilicen en sus respectivas profesiones universitarias. Que luego se casen, para más adelante empezar a tener sus hijos. Y que sus hijos sean como ellos: jardín, colegio, universidad, trabajo, casa, matrimonio, hijos. Y nuevamente sus hijos: jardín, colegio, universidad, trabajo, casa, matrimonio, hijos, jardín, colegio, universidad, trabajo, casa, matrimonio, hijos… ¿Y para eso venimos al mundo, CARAJO? Quiero ver nacer a mi hijo, lo quiero limpiar (no quiero que una vieja de mierda, idiota y estresada, lo agarre y lo limpie como a una pieza de carne antes de un asado familiar). Con respecto a este tema, puedo agregar que el parto en casa no es tan lejano en mi familia. Mi padre y todos mis tíos nacieron por parto natural en la casa de mis abuelos desde finales de los años veinte hasta el nacimiento de mi papá en agosto de 1947. Además, hay que agregar el hecho de compartir con más de cien niños la leche (hermanos de leche) de la nodriza y partera, la Mamá Pola, una mujer grande y gorda con senos descomunales, una diosa de la fertilidad, una Venus de Willendorf, Kostienki o quizá Laussell. Una mujer que acompañaba el proceso completo, y cuando digo completo, es realmente así. Mi papá me contó que cuando tenía como doce años, todavía tomaba teta de su partera, y ella ya era una mujer octogenaria, la que toda su vida produjo el vital elemento. Trajo vida al mundo, la nutrió, la conservó, le entregó amor a todos esos cientos de niños y jóvenes. Si dar parte de tu tiempo es dar parte de tu vida, recibirlos y darles leche sería… sin palabras. La emoción me embarga.

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Retomando, quiero ver nacer a mi hijo, lo quiero ver crecer, jugar con él todos los días. Quiero que aprenda muchas cosas y que sea feliz de otra forma, una forma más simple, más pura. Quiero que tenga su familia, sus hijos y que le enseñe lo mejor de él. No quiero que otra gente le enseñe por dinero, quiero que aprenda con su familia, mediante el amor de sus papás. Mi mamá no me entiende. Ella es profesora y además trabajó en el Ministerio de Educación casi 30 años. Cómo creer en ese modelo de educación, sabiendo que ella le escribía los discursos a varios Seremi. Puta, si ese huevón que debería dar cátedra sobre educación no sabe escribir, qué mierda pretende de parte de los estudiantes. Con qué cara nos dice que está todo bien y mejorando. La verdad es que el Ministerio y el modelo ese, es para los alumnos (sin luz). Como llaman “alumnos” a los chicos, si tienen más luz que los viejos, intentan apagarlos desde pequeños. ¡Chao, viejos culiaos! Uno dice que le enseñará a los hijos y la verdad es que ellos te enseñan. Amor a todo. Si pelean, al ratito se les olvida y siguen jugando, no hay rencor. Preguntan de todo, dicen lo que se debe decir, no se guardan nada. Una libertad sin tapujos. Son la esencia del ser. “¿Por qué me dicen tengo que guardarme mis peos?” me preguntó un día Viktor. Le dije que una vez escuché decir: “preferible perder un buen amigo que una parte de mi intestino”. La verdad es que los niños vienen puros y nosotros los adultos los ensuciamos. Primero con una nacionalidad y un número, luego un nombre que no los representa y que es como un grillete que los ataja todo el tiempo (mi segundo hijo se llamará “Segundo”). Un jardín con plantitas que crecen como cultivo de Monsanto. Un colegio que parece cárcel, con viejos de mierda que te miran por sobre el hombro. Una universidad que cobra más caro que la cresta y que al final te la haces tú mismo. Un título que te da estatus. Un matrimonio en un lugar caro y la lista de novios en la multitienda, para luego viajar a un hotelcito en Cartagena. El hecho era que Viktor estaba en la guatita de su mamá y no queríamos que se contaminara. La Cata quería un parto vaginal. Cobraban más de un millón las parteras en casa, sus familiares parteras ya estaban viejitas y con miedo a la cárcel. Otro millón parto en el agua. Además, no teníamos casa, ja, ja, pucha, por ser pobres no podíamos. El pensionado era lo que se acomodaba a nuestros ingresos, el bono PAD (Por Adelantado el Dinero, Paguen Antes Deudores…) Otra preocupación para mí. Este famoso bono se compra en la semana 38. Chucha, ¿y si el parto se adelanta? Mi colón no paraba de decirme que estaba ahí, que me acordara de él. En fin, llegó la semana 38 y pagamos el PAD en el hospital. “En un lugar de Peñalolén, de cuyo nombre no quiero acordarme” (pero me acuerdo vez que paso por Vespucio), nacería mi niñito, Viktor. Era un domingo en la noche y la Cata me dijo que estaba lista. Había contracciones bien seguidas. Me pidió que le llenara la tina con agua caliente para darse un bañito relajante. Estuvo como una hora dándose el baño, se vistió, arreglamos algunas cosas que nos faltaban y nos fuimos al Cordillera (que bonito hubiese sido en La Cordillera. Una cabañita armada con amor, paciencia, respetando el entorno y hecha con el entorno. Tierra, agua, piedras y algunos palos para la estructura, techo de quillayes, litres y boldos; un fogón y un altar). Llegamos en el taxi al recinto de hormigón armado y nos recibieron las parteras posmodernas, vestidas con sus atuendos ritualísticos

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del ratón Miguelito y de Winnie the Poo. Con sus caras sabiondas, coloradas y redondas, para ellas éramos unos ignorantes y pobres. Luego supimos en qué consistían sus conocimientos, su magnánimo saber. Un sinfín de frases cliché y rutinas que los años y el Estado han adoptado como adecuadas y necesarias. La verdad es que hubiese preferido seguir siendo ignorante de sus protocolos (aún soy pobre). Nos dijeron que aún no estaba lista, que nos fuéramos para la casa. Nos quedamos en los pasillos y nuestra amiga útera que se hacía presente con mayor regularidad e intensidad nos avisaba que el parto ya venía. La Cata buscaba posiciones en las que las contracciones eran más llevaderas. Resultó ser que, en cuatro sobre los asientos, eran más soportables. En cada contracción, probábamos formas de masaje diferentes. La más apropiada fue cuando me puse detrás de ella (a lo perrito) y le abría las caderas reiteradas veces. En esos años, no sabía lo que era un rebozo, pucha que nos hubiese ayudado. Pasaban las horas y el cansancio era notorio. Agotados, dormíamos cuando no había contracciones. Recuerdo que esos minutos de dormitar eran como horas. Un sueño profundo me embriagaba y, en pleno encuentro con Morfeo, un codazo me despertaba… ya venía la nueva contracción… en cuatro nuevamente y a masajear. Así pasaron las horas y ya se hacía de día. La catarsis del momento, la adrenalina, la emoción, el cansancio, hicieron que el tiempo pasara muy rápido. Y fuimos donde las matronas y ya era la hora. La Cata tenía su cama y deambulaba por los pasillos de la maternidad. Mi suegra nos contó que había caminado mucho en su segundo parto y mi cuñado había nacido antes de entrar al hospital. Parece que a la gente que trabajaba allí no le gustaba que las embarazadas caminaran por sus dominios. Fui a comprar algo de comer y al regresar, la encontré acostada con chupones, monitores y un suero. Creo que ahí fue cuando empezó el sufrimiento de mis amores. Vi su cara de sufrimiento y me echaron de la pieza. Ahí, me fui donde familiares que habían llegado a recibir a mi Viktor. Me parecía raro que, de estar conversando, caminando, riendo, pasara a ser protagonista de “El Exorcista”. Mi profesora de Biología no había sido muy motivadora, por ende, no sabía lo que era la oxitocina. Mi profe de Historia nos dijo que en los campos de exterminio se torturaba y mataba gente, pero no me habló de la oxitocina sintética. “La Cata está lista”- dijo la matrona. Pasó a la camilla y a mí me mandaron a una salita llena de casilleros. Me puse una bata, un gorro y unas fundas para los zapatos. El tiempo no pasaba en aquel cuarto de dos por dos. Había rayones, de weones aburridos. Los típicos. Unos asomados, “pico pal que lee”, “puta la wea aburrida”, pero una frase me llamó la atención por sobre las demás: “Chile para los chilenos”, le saqué una foto si no me creen (bendito morenazi pienso ahora, ese weon sabía de la oxitocina sintética y como buen enfermo mental, disfrutaba que a su pareja le inyectaran esa mierda en su sangre pura). No era el único que había esperado largos minutos ahí. En eso llega la matrona y me dice, “Ya, Jaime, vamos”. La Cata estaba acostada, me miró con carita de amor, la misma que me pone cuando hacemos las guagüitas. Dos pujos y salió mi guachito. Parece que me estaba esperando. Al Viktor lo tomó la carnicera, lo limpió como a una gallina de campo recién muerta, faenando, sacando infundia y grasitas para luego pasársela al pediatra que era un fabricante de quesos. Lo pesó para registrar el calibre, le metió unas mangueras para ver la consistencia y luego de todo aquel ritual, le pasaron el objeto, perdón, el bebé, a mi Catita. Era lindísi-

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mo, blanquito, cachetitos rosados y dos granitos de grasita en la carita. La Cata lo tenía en su pecho y con tanta luz no podía abrir sus ojitos. Le hice una sombra con mis dos manos sobre su cabecita y me puse frente a frente, a 5 centímetros de sus ojitos. Los abrió y me miró con esa carita que nunca olvidaré. La doctora metía y sacaba una herramienta del interior de la Cata. La mascarilla camuflaba su lengua entre dientes, cual diabético enfermizo mirando un pastel relleno de crema pastelera. Sus ojos dejaban ver el empeño que le ponía a dicha labor de raspaje. Una gota de sudor afloraba por entre su gorro esterilizado. Nada debía quedar dentro, todo este proceso expreso debía ser invasivo en su totalidad. La sala de operaciones debía estar lista para la siguiente faena. Entran y salen, entran y salen, y luego la espátula de la doctora entra y sale, entra y sale. La placenta, el chakra olvidado debe salir rapidito. Yo me acerqué a ver lo que ella hacía y me dijo “para allá usted, mire a su guagua no más… déjeme hacer esto”. Yo me acordaba de cuando chico, así de este porte… vi parir perras, chanchas, vacas, yeguas, gatos, cuyes, conejos, y no se le metía nada a las mamitas dentro, algo raro ocurría aquí. Claro, si no se respetan los tiempos, todo es rápido. Pero como uno es ignorante en ese sistema, se tiene que quedar calladito no más, si no, te atienden peor. Viktor mamaba todo el tiempo la teta. La vieja que lo mudaba quería que estuviera en su cuna, solo y llorando. La habitación llena de visitas todo el tiempo, otro gran error. Una bola de nieve y no te das cuenta de nada. La Cata con ganas de dormir, la gente murmurando, cero privacidad. La mujer debe de estar en pelotas, con sus piernas abiertas, la vulva en completo reposo, en oscuridad, con temperatura acogedora y preocupada solamente del bebé y no de trámites, de visitas inescrupulosas, de enfermeras entrometidas, de los celulares que suenan todo el tiempo, de las flores moribundas que ocupan el poco espacio de la mesita, de la primera ropa que se pondrá para no quedar mal con las visitas, etc. En la noche quedaba sola y nadie la atendía, la violencia está siempre presente. Al otro día la misma historia, muchas visitas y no se podía tirar ni un peo. En estos casos deberían prohibir las visitas, que fuese una política a nivel mundial de todas las maternidades. Y si uno se informa sobre estos temas que acongojan a la mujer recién parida y se opone a las visitas,

En estos casos deberían prohibir las visitas, que fuese una política a nivel mundial de todas las maternidades. Y si uno se informa sobre estos temas que acongojan a la mujer recién parida y se opone a las visitas, queda de padre sobre protector, de egoísta, de alaraco.

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queda de padre sobre protector, de egoísta, de alaraco. Chucha, si esto no es un capricho. Algo estuvo en la matriz por nueve meses, todo un mundo dentro del vientre, las tripas en el cuello, otros órganos amontonados bajo las costillas y luego salen el bebé y su gemela… mínimo un par de semanitas de tranquilidad. Si al final las guaguas son bien parecidas, salvo algunos detallitos. El segundo día, en la tardecita, el Viktor se cagó y recién lo habían mudado, ni cantando llamaba a la enfermera para que repitiera la faena. Se hubiese enojado aún más con este bebé que ya tenía el apodo de llorón de la habitación “x”. Puro amor. Resumen: la primera vez que mudaba y me quedó muy bien, pues había observado la operación con anterioridad. Llega la enfermera y se da cuenta, me pilla con las manos en la caca, se molesta. Me dice que para eso está ella. Chaaaaaaaaaaa. Dos días de hospital, recoges el ajuar que da el gobierno, esperas un taxi y llegas a la casa con familia nueva. Pucha que es fácil la vida. Dejé a Viktor en la cama matrimonial, armé la cuna del Chile Crece. Pasado esto, la Cata y el Viktor dormían a poto suelto. Llegan unas ex compañeras y amigas del colegio de la Cata. Ella dormía raja. Ahora era nuestra casa, eran nuestras reglas. Esperaron como dos horas en el parque frente a la casa, ella seguía durmiendo. Insistieron en verlos. Les dije que en silencio vieran a mis bebés, cumplieron y se fueron. El Viktor comenzó a moverse, muy pronto despertaría. Ahí fue donde caí en cuenta que tenía una guagua chica, que no tenía idea de los cuidados, que mis papás y mis suegros se habían olvidado de todo. Había que puro ponerse vio. Viktor mamaba, pero silenciosamente aparecía otro nuevo problema. Descubriríamos los pezones agrietados y tuve que partir a comprar un saca leche, unas pezoneras, y otros insumos. Fueron de gran ayuda. Una teta estaba muy resentida, la otra, que era la más pequeña, acompañó siempre a mis amores. Pasaban los días, fuimos a los controles, todo bien con el niño. Un día, a la quincena, siento olor a ratón muerto. Era mi amada, que al abrir sus piernas dejó escapar una fétida pestilencia, inolvidable e impactante. Raudos partimos al Hospital y nos dice la doctora que había una endometritis, nada preocupante. Remedios para la Matriz, un poco de Sexo con Drogas y Viktor se encargaba del Rocanrol toda la noche. Éramos unos niños, que con intuición, nos hicimos mapadres de un hermoso niño, Viktor Aukán. La Cata lloraba y yo no entendía qué mierda le pasaba, así estuvo varios días en una nube negra, hasta que me dijo “yo me siento violada, no sé qué me pasa ni qué pasó en el parto, pero yo siento que me violaron, tengo el cuerpo muerto, sé que algo estuvo mal y sólo mis entrañas saben explicarlo, porque no sé qué me pasa, yo no soy así, estoy como sucia, siento que me quitaron al Viktor, ya no lo siento como cuando era mío en mi vientre, algo nos hicieron, no sé qué”. Claro, hoy en día sé perfectamente que lo que pasó, se llama violencia gineco-obstétrica. Pasaron los días y me dice “nuestros próximos hijos van a nacer en la casa sí o sí, yo no vuelvo a pisar el hospital”.

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27 de agosto de 2013. ClĂ­nica en Temuco. Bono Pad por Camila Paz Contreras


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Por sugerencia del ginecólogo que llevó mi parto, ingresé ese 27 a las 5 para ser operada por cesárea a las 21 hrs, ya que mi pequeña, de acuerdo con la última ecografía, era demasiado grande y “cabezona” (tal cual) de modo que no pasaría por el canal de parto. El peso aproximado que me dio para cuando naciera era de casi 5 kilos. Mi guata era grande, así es que pensamos que era posible. Me asusté, nunca quise cesárea, pero el médico dijo que era muy arriesgado esperar al término del embarazo, ya que podía desgarrarme, o peor aún para mí al menos, mi bebé se podía ahogar o sufrir durante el parto...Frente al temor, pocas veces se reacciona con calma. Cuando recuerdo, me da mucha pena y rabia. Rabia por no haber pedido segundas opiniones, pena por confiar en el criterio médico a ciegas y no empoderarme de mi proceso de parto. Rabia y pena, por permitir que sólo el miedo influyera en la decisión de obedecer. Sigo. Llegamos ese día a la hora indicada. Desde el ingreso, me llevan en silla de ruedas -un poco raro para una cesárea programada, pensé-. Me instalaron en la pieza compartida y a esperar. A las 21:15 me llevan al quirófano (?). Estoy desnuda y sola. Bueno, no sola, con gente de delantal y mascarilla. Pregunto por mi marido, me dicen que ya viene. Tiemblo en la camilla, enana para mi cuerpo en ese momento. Tan angostas que son...y yo tan ancha que me sentía. Tengo ganas de llorar, tengo miedo, no quiero cesárea. Una persona me pregunta: ¿y por qué quieres cesárea? yo la miro con sorpresa, ¿quién quiere cesárea? Yo, seguro que no. “Es muy grande mi bebé, es por obligación”- le respondo. Me limpian la espalda para inyectarme la anestesia, raquídea usaron. En eso, entra mi marido, sigo teniendo tanto miedo, pero ahora tengo miedo acompañada. Me ataron a la camilla con los brazos extendidos para no moverme. Otra correa rodea la parte superior de mi panza. Ponen sus sábanas blancas y todo su aparataje para que no vea la intervención misma y comienza el movimiento. Qué fuerza tienen que usar... no sentí dolor físico, más sentía todo el movimiento. Mi guata gigante moviéndose de un lado a otro, con fuerza. Ellos hablando de cualquier cosa, de las compras, del taco, incluso hablaron de un carrete. Ok, no puse realmente atención, pero sí entendía de repente palabras sueltas. 15 minutos. En 15 minutos la sacaron. La pusieron sobre mi pecho y cerca de mi cara. Apenas la vi allí, preciosa, noté que era muy pequeña. Más pequeña y delgada que

Tiemblo en la camilla, enana para mi cuerpo en ese momento. Tan angostas que son...y yo tan ancha que me sentía. Tengo ganas de llorar, tengo miedo, no quiero cesárea. Una persona me pregunta: ¿y por qué quieres cesárea? yo la miro con sorpresa, ¿quién quiere cesárea? Yo, seguro que no. “Es muy grande mi bebé, es por obligación”- le respondo.

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mi hijo mayor. Traté de besarla, pero nadie soltó mis brazos, no podía abrazarla. Temí que se me cayera, después de todo, esa camilla seguía igual de angosta. Mi matrona, a quién conocí ese mismo día, se acercó. Dulce, me hizo cariño. “Es pequeña- me dijo- a veces se equivocan”, “sí” le respondí. Me soltó un brazo para que pudiera abrazar a Almendra Ignacia. Mi marido estuvo cerca todo el tiempo, en realidad,Ñ él la cuidaba, no se habría caído nunca con él ahí. Nos dieron 15 minutos más para vernos. Luego de eso, me llevaron a recuperación. Me tuvieron 2 horas y media, dormí una hora. Quería irme luego, estar con mi hija. Sé que esos momentos son importantes, que lo ideal es permanecer juntas. Sabía que, cuanto antes la pusiera a mi pecho, mejor, pero tenía que recuperarme. Mujer, descansa. Hay tiempo… Volví y allí estaba, pequeña, delgada. Pequeña y delgada. 3 kilos y 100 gramos, me dijeron, 47 cms. ¿Cómo pueden equivocarse tanto? pensé...cómo... Mi hijo mayor pesó 3,850 y midió 53 cms. La diferencia era evidente. Él nació por parto normal, ella habría podido ser de término perfectamente. Podríamos haber tenido un parto normal sin problema. La recuperación de esa cesárea fue lenta y dolorosa. Al día siguiente no me podía sentar sola en la cama del dolor. Imagino que mi estado de tensión, nervio y miedo afectó el proceso y ayudó a que me hinchara más. Aun así, los dolores persistieron más de un mes. Hoy, Almendra tiene 2 años 5 meses. Es perfecta para mí, ja,ja,ja. En cuanto al relato de mi parto, aún me duele.

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Mi tercer embarazo, mi primer parto normal por Fabiola Gesell

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Tengo tres hijos: 4 años y 2 meses, 2 años y 6 meses y 4 meses. El primero nació de urgencia por cesárea a las 34+5 semanas por una preeclamsia. Afortunadamente, anduvo todo bien con él. Aunque lo volví a ver hasta 24 horas después de haber nacido, nunca me sentí pasada a llevar, sólo preocupación por nuestra seguridad. Mi segundo hijo nació a las 38+4 semanas, llegué a la clínica con trabajo de parto, 4 cm de dilatación, con buena presión, pero el ginecólogo ya me había dicho que no podría ser parto normal por el riesgo de rotura de útero, porque yo soy chica y la pelvis no daba. Para mi tercer embarazo tuve más tiempo de indagar sobre la posibilidad de un parto normal después de dos cesáreas. Busqué en internet, me metí en cuanto foro encontré y llegué a una charla con una doula, quién me dijo por primera vez ¡sí se puede!. Maravilloso, había encontrado un sendero, había que encontrar el camino para llegar a puerto. Después de un largo caminar, providencialmente escuché hablar de quien sería mi ginecólogo y mágicamente encontré hora de un viernes para un lunes. Él siempre estaba copado y tenía hora para dos meses más, la suerte estaba de mi lado. Al conversar con él, me dijo que sí existe la posibilidad, hay que ver cómo va el embarazo y si todo va bien, no habría por qué no intentarlo. Salí emocionadísima de la consulta. Todo el embarazo anduvo bien, aunque entre el 5° y 6° mes me sentí demasiado embarazada como de 8 meses, lo que me hizo pensar que no llegaría a las 37 semanas. Tuve contracciones desde el 7° mes, pero no de parto, lo que también me asustó pensando en que se adelantaría el nacimiento de mi tercer hijo. Cuando llegué a la semana 36 me sentí más tranquila, a las 37 estaba feliz. Llegué al final, ahora sólo esperar que mi hijo dé indicios de que ya quiere nacer. El lunes 15 de diciembre, mi profesora de yoga me dice que me cambió la cara, que tengo carita de que ya viene. ¡Uh! Qué emoción, ya quiero tenerlo conmigo y comenzar con trabajo de parto. En la tarde tengo control con mi matrona. Nos miramos “¿hacemos monitoreo?” Después de un minuto, “ya, hagamos monitoreo mejor”, tuve 5 contracciones de buena calidad en menos de 1 hora. “Esto va bien, aún no son de parto, pero el momento se acerca”. Sábado 20, tengo contracciones todo el día cada 20-15 minutos, pero tranquila. No son de parto, pero están buenas. Bajé a jugar con mis hijos un rato y subimos los 9 pisos por las escaleras, ¡uff! A las 23:00 me voy a acostar, ha sido un día intenso y mis hijos siguen jugando emocionados y alborotados con sus tres abuelos en casa, que nos vienen a acompañar para el nacimiento. Cerca de las 3:30 am me desperté con algunas contracciones más fuertes, voy al baño y comienzo a registrarlas cada 10 minutos aproximadamente. Harto más intensas que las del día, desperté a mi marido que me ayudó a llevar el registro y a pasar las contracciones. Me paraba, me acostaba, caminaba, traté de volver a dormir, pero era imposible. Alrededor de las 5:00 comenzaron cada 3 minutos, esperamos que se hicieran rítmicas y se mantuvieran por 2 horas antes de llamar a la matrona y nuestra doula, ya habíamos conversado y acordado que el trabajo de parto sería en la clínica. A las 6:30, mi marido me preparó la tina para relajarme y pasar el dolor de las contracciones. Antes de meterme en la tina, mi marido me dice – estay en trabajo de parto, ¿qué falta en la maleta?

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- No puedo evitar la emoción, llegó el día, nos abrazamos y las lágrimas salieron. Salí del baño y me arreglé para partir. Afuera de nuestra pieza, las abuelas esperan ansiosas para saber cómo estamos y mi suegra (matrona) quiere monitorear mis tiempos para cerciorarse de que estoy en trabajo de parto. A las 6:58, llamé a la matrona y le digo que estoy en trabajo de parto y de acuerdo con lo que hemos conversado, nos vamos a la clínica. Luego llamé a nuestra doula y acordamos vernos allá también. Cerca de las 7:30 llegamos a la clínica y me recibe una matrona. Le doy alguna información, entre eso, que tengo 2 cesáreas y quiero un parto normal, para mi grata sorpresa me dijo en muy buena onda ¡qué valiente! Y así me sentía. Tenía 5 cm de dilatación, otra vez me emociono hasta las lágrimas ¡Sí, 5 cm, súper bien, seguimos!! Me toman la presión (tema sensible, porque soy hipertensa crónica), ¡rayos! Está un poco alta. “Siéntate y relájate” me dice la matrona, “la vamos a volver a tomar”. En la segunda toma, ya bajó y está normal. Nos vamos a la sala de parto, después de ponerme una súper sexy camisa de la clínica. El matrón de turno me recibe y me hace el monitoreo de rigor, los latidos del bebé están bien y las contracciones continúan. A los minutos llega la matrona, me da una contracción muy fuerte y me dan ganas de vomitar. Seguimos en trabajo de parto, caminando libremente por la sala, la matrona pone olores y música. Al rato llega mi doula, con nuevos olores y calorcito. En algún momento llega el ginecólogo, nos saluda y pregunta cómo estamos, todo bien, seguimos esperando. Las contracciones son fuertes, pero todavía no siento la necesidad de anestesia. Camino, muevo las caderas dando espacio para que el bebé baje, me agacho, abrazo a mi marido que me sostiene y me abraza con amor, el dolor de las contracciones aumenta. Como a las 11:00 las contracciones comienzan a ser demasiado fuertes y pido anestesia, ¡anestesia, por favor! El anestesista no llega y siento que no puedo, mi marido me anima: “recupera el control, recupera el control” y me alienta. Trato de enfocarme nuevamente y llega el anestesista. Me tengo que tender en la cama en posición fetal, las contracciones no paran ¡no me puedo quedar quieta, me duele! Las contracciones son muy fuertes. Mi marido y la matrona me ayudan para no moverme. Otra contracción muy fuerte, se rompe la bolsa y comienzo a sentir poco a poco un relajo . . . me quedé dormida, había leído que esto les ocurría a otras mujeres, pero nunca lo creí hasta que me tocó a mí. Al abrir los ojos sólo mi marido estaba en la pieza, al frente mío y me miraba. Dormí lo justo para recuperar un poco de fuerzas (entre 5 y 10 minutos). A los minutos entran la matrona y doula y también mi gine “¿todo bien?”. Sí, contesté. Poco a poco me voy incorporando, sintiendo mis piernas y las contracciones, pero ya no las siento tan intensas, ni el 10% de las últimas que había sentido. Al tacto, tengo entre 8-9 de dilatación, queda poco. Hay que moverse nuevamente para que siga bajando, el cuello todavía no está borrado. Entre la matrona y el gine preparan el lugar para el parto. Eso nunca lo conversamos (yo no hice plan de parto, sólo conversamos algunas cosas generales), pusieron un arco a los pies de la cama y la matrona amarró una camisa de la clínica para que yo me agarrara.

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- Cuélgate – me dice - Chuta, es que no me acomoda- le respondí. Siempre pensé que sería la posición más cómoda para parir, pero no me sentía firme, entonces mi marido se sienta en un banco y me sujeta por detrás mientras yo me “cuelgo” de la camisa ¡ahora sí! Sigo con las contracciones y llego a 10 de dilatación. Mi matrona, con un tacto, me borra lo último que queda del cuello y comienzan los pujos. No recuerdo bien por qué el gine salió de la pieza, los pujos seguían y yo no podía dejar de pujar, no quería dejar de pujar tampoco. La matrona corrió a buscarlo, mientras yo seguía pujando y mi doula dice “ahí viene, se le ve la cabecita”. Ella tuvo que poner su mano para recibir la cabecita de nuestro hijo. Al segundo, llegó el gine apenas a ponerse el guante para recibirlo e inmediatamente me lo puso al pecho, increíble, calientito, ensangrentado. ¡Mi tercer hijo varón! Qué emoción, lo logré, lo logramos, qué felicidad más grande, todo salió perfecto. A los 10 minutos entraron mis hijos con sus abuelos, estaban emocionados por conocer a su hermanito, felicidad máxima y completa. Estoy muy agradecida de todos los que me acompañaron en este camino, en especial del equipo médico, el ginecólogo y la matrona que respetaron todos los tiempos y no me invadieron, dejaron que todo fluyera. Y a mi doula por guiarme en el camino hasta llegar a conseguir nuestro parto vaginal después de dos cesáreas. Agradecida al máximo de mi marido, súper compañero en mi “lucha” por conseguir nuestro parto, que a pesar de los miedos, me apañó en todo momento. Gracias a las mujeres que compartimos historias y nos hace empoderarnos. Mi parto normal súper respetuoso y bien acompañado. Mi hermoso José Pedro que nació por parto normal y respetado después de 2 cesáreas anteriores.

Me toman la presión (tema sensible, porque soy hipertensa crónica), ¡rayos! Está un poco alta. “Siéntate y relájate” me dice la matrona, “la vamos a volver a tomar”. En la segunda toma, ya bajó y está normal.

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Nacer entre luz y sombra por Natalia Ramirez


Hablar de mis partos es fácil y difícil a la vez: fácil, porque son muchos los recuerdos que afloran al evocar esos momentos; difícil, porque fueron muy distintos entre sí y marcaron de manera particular mi vida. He parido tres veces. A tres niñas. Tres niñas maravillosas, valientes y sabias. Hoy, veo a dos de ellas junto a mí, caminando cada día de mi mano, mientras que una me observa atenta y paciente desde la inmensidad del universo que todo lo abarca, que está siempre y que envuelve la existencia desde su invisibilidad. Parí por primera vez a los veinte años. Si bien en ese momento me sentí segura y decidida, hoy, al mirar atrás, puedo ver que era tan sólo una niña llena de miedo e incertidumbre. La maternidad- que me avasalló con su inmensidad- iniciaba con un momento único, mágico e indescriptible. Si bien mi parto fue bastante protocolizado (en un hospital, con ciertos procedimientos que, probablemente, no eran necesarios) siempre lo he recordado como un momento en el que me sentí profundamente acompañada, contenida y comprendida. El equipo médico, que me acompañó durante todo el embarazo, estuvo siempre abierto a respetar y contener. Las contracciones iniciaron un viernes por la noche y el domingo a mediodía ya tenía a Alicia Magdalena en mis brazos. Al principio leves y espaciadas, luego intensas y continuas, fueron la señal de una experiencia que no conocía y que me conduciría al mejor de los finales: conocer al amor de mi vida. Durante el período en que estuve en el hospital antes del parto (siete horas, aproximadamente) fui acompañada por el padre de mi hija –mi pololo entonces, ahora mi marido- y por mi matrona, una bella mujer que me hizo sentir segura y acogida. Comí y bebí agua a voluntad, fue escuchada cada vez que tuve una duda, mis síntomas fueron atendidos sin excepción. Cuando llegó el momento de pujar, lo hice en silencio, tratando de concentrar toda mi fuerza interior en el empuje que mi niña necesitaba para llegar al mundo. Rápidamente la tuve en mis brazos y quedé sin palabras: ¿qué decir ante la inmensidad de la vida?. Lo que vino después es un recuerdo difuso, del que tengo imágenes intermitentes. Una inercia uterina llevó mi presión a límites peligrosamente bajos y puso a los profesionales que me atendían en una situación compleja; afortunadamente se pudo superar y no necesité más que un tratamiento intensivo de hierro para recuperarme. Mi primer parto, el de Alicia Magdalena, siendo en un hospital tan vilipendiado (el hospital de Talca) fue una experiencia positiva que dejó instaurada en mí la idea de que parir puede ser una experiencia grata. Lamentablemente, el tiempo se encargaría de enseñarme que no siempre es así. Cinco años después, y cursando mi segundo embarazo, supe que mi hija en gestación – Emma Sofía- padecía una de las cardiopatías congénitas más graves que existen. En ese instante comenzó lo que, en mi vida, me ha parecido más cercano al infierno. Cuatro meses de incertidumbre, exámenes, visitas a especialistas y un sinfín de experiencias amargas prosiguieron a esa ecografía. Finalmente, mi hija falleció. Su condición era inoperable.


Hablar del parto de Emma es sumergirme en una de las situaciones más dolorosas que he vivido, en donde me he sentido más vulnerada, ignorada y hasta humillada. Por su situación debió nacer en un conocido hospital de la región metropolitana y que recibe a pacientes derivados de todo el país. Conocí, en aquel lugar, lo peor de la salud pública: indolencia, frialdad, abuso de poder, crueldad. Ahondar en detalles me resulta, todavía, doloroso, pero puedo señalar brevemente que fui humillada, ignorada, utilizada por estudiantes en práctica; se utilizó oxitocina sintética sin mi consentimiento y sin anestesia, se me obligó a callar mi dolor, se me negó la posibilidad de estar acompañada y contenida en pre-parto. Tuve que pelear con el personal para que mi marido sacara una fotografía de nuestra hija, la única que tenemos de ella en vida. La traumática experiencia de parto y la devastadora tragedia de ver morir a mi hija, hizo que mi corazón se cerrara completamente ante la idea de una nueva maternidad. El miedo y el dolor eran demasiado grandes. La sola idea de pensar en que pudiera repetirse la historia, me hacía huir de cualquier idea que se relacionara con ser madre. Sin embargo, el tiempo hizo su trabajo de sanación en mí, y al cabo de un par de años estaba lista para –llena de miedo e incertidumbre- dar el salto hacia una nueva ilusión. Aurora Leonor llegó a mis brazos luego de casi 38 semanas de gestación, un día fresco y lluvioso de fines de invierno. Mi tercer parto fue la puerta de entrada a un largo y maravilloso proceso de sanación. Un par de días antes ya lo sabía: no íbamos a llegar a la fecha estipulada, que era a fin de mes. El día anterior, estuve regaloneando mucho con Alicia, intuyendo una despedida... pronto todo cambiaría para siempre. Esa noche llegaron las contracciones, que más bien fueron expansiones de amor. A la mañana siguiente, dejé que todos se fueran y nos quedamos ella y yo. Bailamos y nos conectamos al ritmo de cada expansión. Cuando ya llegó el momento, avisé a todos de su llegada y nos fuimos a la clínica. Y si bien, su nacimiento fue bastante convencional y “protocolar”, me sentí a salvo, respetada y segura. Presenté algunas complicaciones post parto (otra vez la inercia uterina) que impidieron realizar un contacto inmediato. Sin embargo, una vez que estuvimos juntas no nos separamos más: establecimos la lactancia que, hasta el día de hoy, quince meses después, continúa. Siempre he pensado que parir a mis hijas ha sido una de las formas más generosas que me ha dado la vida de sanar heridas. Parir, parir mamíferamente, sentir el poder y la fuerza que nos da el conectarnos profundamente con aquella naturaleza. Jamás culparé ni juzgaré a una mujer que, por opción u obligación, incluso por engaño, es sometida a una cesárea; para mí, por lo menos, el haber parido a mis tres hijas ha sido revelador. Parir a Alicia, siendo tan joven, me dio la fuerza necesaria para sentir que era poderosa y que podría salir adelante en la maternidad. Parir a Emma me permitió sentir que, si bien no pude hacer nada por salvarla, al menos tuve la oportunidad de hacer algo por ella: traerla al mundo cuando ella quiso, y amarla incondicional y profundamente durante las dieciséis horas de vida que compartió con nosotros y, por cierto, seguir amándola por siempre. Parir a Aurora fue la llave para sanar, para creer nuevamente en que se puede nacer en un clima amoroso, para sentir que luego de la feroz tormenta, el arcoíris siempre aparece entre las nubes.


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Definitivamente, no da lo mismo la forma en la que nacemos, y es algo que como sociedad debemos entender con urgencia. Si existieran los protocolos adecuados para atender de manera respetuosa a cada madre que va a parir (y qué pena que se necesiten protocolos para algo que debiera surgir desde el más puro sentido común), si existieran mecanismos predeterminados que orientaran a los profesionales ante la muerte gestacional, neonatal y perinatal, qué distinto sería todo. Más niños nacerían en un clima de amor, más madres vivirían una experiencia trascendental en sus vidas desde la calma y la serenidad. Más felicidad entregaríamos al mundo.

Definitivamente, no da lo mismo la forma en la que nacemos, y es algo que como sociedad debemos entender con urgencia.

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Relato de mi primer parto por Camila Hidalgo

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Amanda Victoria nació un 23 de mayo de 2014, a las 1.15 am, en Talagante. Han pasado casi dos años completos desde ese momento, y que transcurrieron para expresar ese viaje en escrito. El gran proceso comenzó iniciando el 22 de mayo. Era cerca de la 1 am y la primera contracción más intensa me despertó. Hasta las 3-4 am intentaba acostarme y dormir entre contracciones. Eran olas intensas más que dolorosas, y luego venía una calma y un placer inigualable, pero desde el principio fueron rítmicas e intensas y no podía ni moverme a su ritmo candente. Ya cuando amaneció sentí que se venía instalando este viaje, aunque a veces seguía dudosa de si pararían y solo era un aviso. A las 6-7 am les avisé a una de las matronas por mensaje y por ese medio fui dándole datos técnicos de dinámica uterina y cosas de ese tipo muy matronil, y consciente de todo. Mi compañero, Luis, llamó a su papá para que nos llevara a hacer la eco por haber superado las 40 semanas, que había agendada hace varios días. Tenía ya 40+2 y no tenía ganas de que la gente en el metro me quedara mirando extraño cuando me movía al son de cada contracción con mis caderas para que Amanda se acomodara. Yo insistía en creer que no era aún el momento y que la ecografía algo nos diría. Mientras estábamos en la espera, las miradas extrañadas y acusadoras fueron incómodas, pero a ratos me empoderaba más en mi viaje y me sentía orgullosa de poder sentir las señales de mi cuerpo. Volvimos a casa con una eco que solo ayudó a estimar un peso completamente normal, y el tiempo que fue pasando era cada vez menos claro. Luis tenía clases y yo le insistí que fuera (tenía la idea de que aún estaba empezando). Se fue a clases y una amiga que se hizo Doula en ese momento, ya estaba al tanto de todo pero estaba trabajando y no llegaría aún. El estar sola me causó un poco de inseguridad, así que Ricardo, mi padrastro, me fue a acompañar. Mi madre llamaba a Ricardo a veces para estar presente, pero yo insistía que no, porque cada momento se volvía más intenso y no quería a nadie cerca, solo a mi doula, que desde que llegó fue una luz en mi camino. Con una mirada ella sabía exactamente lo que necesitaba: un guaterito en la cola, un vaso de agua, un pedazo de chocolate, lo que fuera. Ya como a las 16 horas, vino a verme una amiga colega que andaba cerca y me hizo un tacto. Estaba con 4 centímetros de dilatación y eso me dejó motivada a seguir, ya que todo iba muy bien. En algún momento acepté que viniera mi madre y fue muy gratificante, respetó completamente el silencio y cuando me metí a la tina estuvo mucho rato (creo, porque ya había perdido completamente la noción del tiempo) echándome agua calentita en la guatita. Fue uno de los momentos de mayor conexión con mi porotita y más placentero del trabajo de parto. En algún momento, antes de lo planificado, llegó mi compañero, Luis, y oscureció de repente. Recuerdo algunas contracciones como olas bien intensas y que, entre masajes, guatero, pelota y movimiento, aliviaban el dolor. Solo alcanzaba a descansar abrazada de mi amor en el sillón sentada entre contracciones. Ya no lograba concentrarme en nada, pero sentía que aún faltaba para el encuentro con mi Amanda. En un momento, vino a mi mente un gran antojo por pollo, y no sé cómo lo consiguieron. Apenas lo pude probar.

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Siguió pasando el tiempo y la oscuridad era cada vez más profunda, no había luces fuertes artificiales a mi alrededor. Sentí la presión social de que había que irse al hospital donde habíamos decidido parir (un centro integral del parto) y me vestí con ayuda. Recordaba una y otra vez en mi cabeza una infortunada frase de mi suegra de hace un tiempo cuando le conté que estaría la mayor parte del tiempo en casa antes de irme a parir: “...no vayas a tener la guagua en el auto…” -se refería al suyo, ya que no teníamos el nuestro en Santiago y el traslado en su auto era una opción viable-. Cuando volvía a ratos a la consciencia, me di cuenta de que habían llegado. Desde que sentí el ascensor, le dije a la doula que no quería escucharlos. Me sentía incómoda porque ya había mucha gente (mi madre, mi padrastro, mi compañero, la doula). Organizaron todo y ya estaba lista para irnos. Me balanceaba abrazada de mi compañero en la entrada. Fue el viaje más largo y doloroso (o más molesto, en realidad). Me fui en el auto de la Sole, con Ricardo manejando y la doula de copilota, y con el Lu atrás, acompañándome. En el auto de mis suegros iban ellos y mi madre, siguiéndonos. Cuando llegamos y esperábamos el ingreso, me di cuenta de que el hospital no era la mejor opción para parir, pero ya estaba ahí y no había vuelta atrás o plan B. Las paredes blancas, que tan familiares me eran como matrona y la sala de espera con miradas de curiosidad, me molestaban a tal grado comencé a sentir las contracciones muy fuertes. Entramos a una sala distinta y escuchaba conversaciones del personal que no quería escuchar. Luis acompañaba en silencio y yo pedía una y otra vez a mi doula, hasta que por mucha insistencia llegó y me relajé, la sentía tan empoderada y clara, que eso me causaba mucha tranquilidad y ganas de seguir. Sentía que todo el rato estaba preocupada de que esas matronas que elegí -y que eran súper pro parto natural- dejaran de hacer tantos tactos, preguntarme tantas veces que si quería anestesia, que si quería otra intervención o cualquier cosa, sacándome de mi estado límbico. Era molesto y doloroso, y ellas siempre escudándose en que Amanda estaba en una posición difícil, que tenían que ayudarla y que era necesario. Yo, a cada rato, confiando menos en ellas, no podía corroborarlo, me sentía súper vulnerable a su trato y cuestionamientos. Hay incluso una situación que recuerdo como si fuera ayer: Me rebelé de su manejo intervencionista y le dije a una de las matronas que dejara de tocarme y tactarme. Ella, en un tono poco amable, me dijo: “bueno, entonces ándate a caminar porque estás igual que cuando llegaste”. Esas simples palabras me desmoralizaron por completo, porque no sabía cuánta dilatación tenía, ni cuánto faltaba, ni nada. Hasta llegué a dudar de mi fuerza y de mi capacidad de parir, dudé de mi cuerpo y mi energía. Caminando con bata, en un pasillo frío y feo, le decía a la doula y Luis que me sostenían, que quizás yo no servía para eso (parto natural), que quizás me estaba haciendo la valiente y que no lo lograría nunca. Luis, desde su acompañamiento silencioso y caricias, me apoyaba y contenía físicamente y mi doula con su convencimiento ancestral y energía, me reforzaba que podía, que era poderosa y con sus motivadoras palabras me animaban a continuar. También recuerdo -no sé si antes o después o ambas- que la otra matrona insistía en ofrecerme la epidural una y otra vez, hasta el extremo que me dijo: “es la última oportunidad, porque el anestesista se va y no vuelve”. Nuevamente, no sabía qué hacer, perdí

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el control de mi trabajo de parto, pasaba el tiempo y no sabía cuánto faltaba ni si podía lograrlo, me figuraba luchando contra esas matronas que habían perdido mi confianza, solo quería ver a la Amanda y sentir que ya todo acababa. Entre tanto “no quiero esto, no quiero esto otro” me pusieron un suero glucosado al que estuve muy pendiente de que no le inyectaran oxitocina sintética ni nada. Ellas decían “es solo glucosa para darte un poco de energía y que puedas pujar”, no me dejaban vocalizar ni gritar como yo lo sentía, daban órdenes, sobre todo una de ellas, acerca de algo como que inflara un globo o no sé qué. Se puso muy intenso todo. Yo arriba de la camilla donde me hacían los tactos, intentando mantener mi verticalidad, apretando muy fuerte un arco metálico que había, gritaba con mucha fuerza (eso no lo recuerdo pero en el vídeo y los relatos de mi madre, me enteré). Mi doula me ofrecía chocolate y agua para tener energía. La última frase de la matrona me sirvió y fue lo único que me hizo sentido: “cruza el anillo de fuego”. Lo sentí muy literal y volví a conectarme con la Amanda, la volví a sentir después de tanto estímulo molesto, sentí un anillo de fuego abriéndose en mi vagina para que Amanda saliera de mí. Ahí afloró una energía poderosa que llenó mi cuerpo y cuando Amanda me miró por primera vez, aún conectada conmigo a través del cordón, una emoción indescriptible se apoderó de mí y en ese momento todo comenzó a ser como el parto que había soñado.

Cruza el anillo de fuego”. Lo sentí muy literal y volví a conectarme con la Amanda, la volví a sentir después de tanto estímulo molesto, sentí un anillo de fuego abriéndose en mi vagina para que Amanda saliera de mí. Ahí afloró una energía poderosa que llenó mi cuerpo.

El cordón era corto y Amanda quedó media tirante, pero prohibí que lo cortaran antes de que dejara de latir, lo cortó mi compañero que se puso un poco nervioso, pero lo hizo muy bien. Solo se alejó unos metros de mí en la misma sala para que hiciera piel con piel con su papá y a mí me revisarán y pusieran unos pocos puntos. La pesaron y midieron al lado mío luego de un largo contacto piel con piel, le pusieron la vitamina K en mi pecho y nunca más la separaron de mi lado y nos enamoró con su mirada intensa de sus ojos de aceituna. Esa fue mi primera experiencia de parto vivida desde el otro lado y cambió para siempre mi forma de ver los nacimientos como matrona. Amanda vino a revolucionar nuestras vidas con su energía y carácter y espero que siempre pueda decir lo que siente y piensa y sea una niña feliz.

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Respetaré tu camino, nacerás en el amor por María Lucía Lecaros Easton

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La gestación de Sergito fue un bello camino que me permitió vivirlo en plena consciencia a cada momento, transitando mis luces y sombras, acompañándome a mí misma de una manera mucho más amorosa. El comienzo estuvo cargado de mucho miedo por la reciente pérdida de Alfonsito, con pocas semanas de gestación, pero poco a poco fuimos conectándonos y permitiéndonos creer y confiar. Como doula y terapeuta de maternidad, tenía mucha más información integrada respecto al embarazo de Aurora, mi primera hija, por lo que lo viví con toda la intensidad y me di los espacios que en el de ella no tuve por estar en un marco de salud muy complejo, independiente del proceso de gestación. Así, con mi compañero de vida, asistimos a talleres de parto para que él se integrara activamente, supiera qué podía necesitar y de-construyera las ideas nocivas asociadas al parto de nuestra cultura, que aprendiera a hacerme masajes que apoyaran como analgesia y que aprendiera a leerme. Todo esto, apoyándonos de mi querida gine-doula y amiga, y de mi dulce matrona. Mi corazón estaba abierto al camino que Sergito eligiera, cuidando que la ruta que marcara fuera respetada y llena de amor. Nos preparamos para un parto vaginal después de cesárea. Estábamos empoderados y en sintonía, esperando a que él indicara el momento de nacer. Venía hace algunas semanas sintiendo contracciones, que iban y venían como olas, luego desaparecían y volvían a aparecer. El sábado 18 fue un día especial, porque tenía muchas y muy seguidas, de manera que llamamos a mi matrona y ella viajó a mi ciudad para ver cómo estaba. Sus palabras me dieron calma y me hizo acupuntura para relajar el útero, las señales de mi cuerpo aún mostraban que quedaba tiempo. Ese día, dormí literalmente toda la tarde, y mi gordita con apenas 2 años 9 meses, me acompañó en el sueño. El domingo, las contracciones se fueron haciendo más intensas, me obligaban a parar más seguido y sentía que mi cabeza empezaba a estar en otra dimensión. En la noche, luego de despedir a unas visitas, tomé mi momento sagrado de zambullirme en la tina con mis flores y olores, escuchando de fondo a Rosa Zaragoza. Dentro de mi vientre, Sergito revoloteaba y mi cabeza se disparaba a pensar con ansiedad. Hasta que en un momento me conecto con él y le digo mientras acariciaba mi panza: “Amorcito mío, nacerás cuándo quieras y cómo quieras, tú sabes mejor que yo cuál es nuestro camino y suelto mis expectativas para abrazarte sólo con amor”. Después de estas palabras se tranquilizó y sentí como si en la bañera la tibieza creciera y se expandiera, relajándome hasta el punto de sentirme suspendida. Después de unos momentos, me levanto y me dirijo hacia la estufa que estaba encendida para secarme, camino unos pasos y ¡zas! un torrente de agua caía por mis piernas. Eran las 00:00 del lunes 20 de julio del 2015, con apenas 37 semanas y 5 días de gestación, Sergito nos decía que estaba listo para nacer. Sorprendidos aún, revisamos que no haya sido un escape de mi vejiga. Mi madre corre a revisar con su experiencia y nos confirma. Llamamos a la matrona, que se apresta rápidamente para venir a verme, mientras me pongo una sabanilla para ver el color de las aguas. Ella llega y todo va bien, nuestro objetivo sería esperar a cómo sigue el trabajo de parto para decidir si nos quedábamos y nacía en casa, o si era necesario ir a la clínica. Tras unos momentos, comienza a inyectarme la primera dosis de antibióticos en el marco del tratamiento por tener el Streptococo B y es cuando mi cuerpo

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nos da la primera señal: mis venas -como nunca en la vida- colapsaron, se tornaron duras y amoratadas, y además del dolor no permitían ingresar el líquido. Decidimos entonces partir a la Clínica, nos encontraríamos allá a las 7:00 para contar con una vía donde pudiera recibir el medicamento. La matrona se va de casa cerca de las tres de la mañana. Durante todo ese tiempo las contracciones iban y venían, pero cuando retornaban a cada minuto me sacaban más del afuera para sumergirme adentro, me sentía en expansión. Mi hija revoloteaba por todos lados, cuidada por mis padres, mientras que Sergio me masajeaba la espalda y la cola. Estuvimos así unos momentos hasta que nos fuimos a dormir un poco antes de partir a la clínica. Nos despertamos, desayunamos y partimos. Mi chiquita aún dormida toma su última teta sola, ya la próxima vez sería compartiendo con su hermanito. Siento angustia por separarnos, pero confío en que estará en las mejores manos y me entrego a vivir el momento de intimidad con Sergito. Llegamos a la clínica e ingresamos a una habitación dónde estaríamos el tiempo que precisáramos antes que llegara el momento para trasladarnos a la sala integral de parto. Me sentía cómoda y a mis anchas, hablé con la gine y conversamos sobre cómo iba todo: contracciones que iban y venían, a veces aumentaban, pero de pronto paraban, con nada de dilatación, pero sin presiones de mi equipo. Recuerdo mil veces escuchar “todo el tiempo que necesiten”. Estábamos tranquilos. Sacamos el aceite que prepararon mis mujeres en mi Blessing y puse mi música, Sergio me masajeaba, luego me subía a la pelota, bailaba, comía. De tanto en tanto venía mi matrona acompañarnos, me hacía masajes, hablábamos la gine. Pasaban las horas y el ritmo se mantenía, venían contracciones y luego durante media hora no había movimiento. Dormía. Alrededor de las 16:00 vino mi matrona a ponerme acupuntura para tratar de conseguir mantener el ritmo de contracciones. Pero todo seguía igual. Conversamos sobre utilizar perfusiones de oxitocina para ver si desde ahí lo lográbamos, y lo intentamos. Nada. Me sentía tranquila a pesar de saber que algo estaba pasando, que no comenzaba a dilatarme. Me conectaba cada vez más con el portal del nacimiento y sentía mucho cada segundo. Los latidos de él iban bien, yo tenía ánimo y mi cicatriz respondía de maravillas. Le digo a mi matrona “¿Sabes?, siento como que estuviera golpeando la cadera, como que no estuviera encajado”. Observamos detenidamente mi vientre y la forma que ha ido adoptado es hacia un lado. Me pregunta si puede hacerme un tacto para ver qué está pasando. Accedo. Siento lo mismo que luego ella me informa: Sergito no estaba encajado, estaba suspendido chocando contra mi cadera y mi pelvis tiene una protuberancia ósea que bloquea el canal de parto. Desde lo que siento y lo que sé, converso con mi equipo y decido tener una cesárea. Estaba en mi plan de parto las condiciones en que deseaba que fuera si llegábamos a este punto, y ambas estaban en sintonía con ello, pues si bien mi cesárea previa fue respetada y muy cuidada, había aspectos que en esta ocasión me resultaban fundamentales: dar teta en pabellón, no estar atada, verlo nacer y que el tiempo breve que nos separáramos estuviera con su papá.

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A las 22:00 hrs ingresamos al pabellón, mi música sonaba de fondo y el difusor de aromaterapia funcionaba a mi espalda. Todos en silencio, la ginecóloga y la matrona aportaban miradas dulces y caricias, guardando la solemnidad del momento. No hay arco séptico, ni amarras. Se prepara el momento en que saldrá y al tiempo que bajan la intensidad de las luces, entre mi marido y mi matrona me levantan lo suficiente para que pueda ver cómo sale Sergito de mi vientre. Con un llanto poderoso anuncia su nacimiento, mientras de fondo sonaba Adi Shakti. Mi pequeño guerrero había pasado el portal de vida. Fue un momento mágico, que se mantiene sellado en mi memoria. Rápidamente lo ponen en mi pecho, liberándome de la bata y cubriéndonos con una mantita. Se agarra a la teta con una fuerza descomunal, y me mira con una paz inmensa, nos hacemos cariño largo rato, el tiempo se desvanece. Lo revisa la pediatra sobre mi pecho, fascinada con su instinto. Gobierna la sala un ambiente de contemplación, cada agente haciendo lo que corresponde sin interferir nuestro encuentro. Sentí pasar una eternidad. Después de esto Sergio se va con nuestro bebé a la Neo para pesarlo, medirlo y vestirlo. Tal como era mi deseo, no lo limpian. Durante ese tiempo terminan el proceso quirúrgico, y al llegar a la sala de la recuperación llega de inmediato Sergito, para esperar conmigo y mi marido ese tiempo mientras todo se estabilizaba para poder subir a nuestra habitación. Siempre juntos, cuidados y amándonos. Al día siguiente, llegó a completar nuestro cuadro Aurora, que estaba feliz por la llegada de su hermano. Para mí el nacimiento de Sergito me permitió vivir como protagonista real todo el proceso, consciente, sana, libre, acompañada, rodeada de amor. Dejando en mi vientre una cicatriz que no duele, sino una que honro profundamente.

Sergito revoloteaba y mi cabeza se disparaba a pensar con ansiedad. Hasta que en un momento me conecto con él y le digo mientras acariciaba mi panza: “Amorcito mío, nacerás cuándo quieras y cómo quieras, tú sabes mejor que yo cuál es nuestro camino y suelto mis expectativas para abrazarte sólo con amor.

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Nacimiento de Magdalena: Sanar mi parto por Yanira Madariaga

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La última semana había estado ansiosa... se cumplieron las 40 semanas y ese “límite autoimpuesto” comenzaba a hacer ruido. Lloré abrazada a mi matrona porque sentí miedo… Viernes y sábado de contracciones fuertes pero lejanas. Encerraditos en casa, vi “el primer grito” mientras te conversaba en mi panza gigante. Ya falta menos, pensé... A las 4 de la mañana me despiertan oleadas de contracciones. Miro a Gabriel dormido profundamente a mi lado, también duerme Cristóbal, y me levanto al baño. Cuento los minutos, pasan las horas y siento ¡¡¡ahora sí que vienes hija!!! Contracciones (expansiones) cada 10 minutos. Avanza la hora y me quedo acostada...amanece y ya me incomoda estar acostada. Me levanto, tomo agua, camino y respiro profundo. Ya son las 8... le digo a Cristóbal que la Magda ya viene. Le mando whatsapp a mi madre para que se venga a casa porque ya estoy en trabajo de parto. Despierta Gabriel y me meto a la ducha...me alivia el agüita caliente en mi espalda, ¡no puedo creer que ya comienza mi viaje! Me pongo ropa cómoda, especialmente elegida, mi polera de PARIR (NOS) y las contracciones son fuertes. Desayunamos y llega mamá ¡Alivio! la abrazo y Cristóbal trae la pelota de pilates. Me siento y me muevo, mamá me abraza y sostiene y viene otra y, ¡ohh, ahhh, duele, eh! Antes, mandé whatsapp a mi doula y matrona. Ambas llegaron casi juntas tipo 1 de la tarde. 4 cm de dilatación. Wow, vamos bien. Me pongo a pies pelados a caminar... siento nervios, alivio, temor... ¡¡ya estamos todas!! ¡Que comience la fiesta! Cristóbal y mi matrona arman la piscina, mientras camino de un lado a otro, como leona, como loba buscando una posición cómoda. Las expansiones van y vienen en oleadas que por momentos siento casi insoportables...pero ahí está el masaje en mis pies de la doula. Mi mamá que toma mis manos y me hace cariño, la palabra precisa en el momento adecuado de mi matrona que me da toda la seguridad y fuerza para seguir. Veo de reojo a Gabriel y Cristóbal que entran y salen de escena... todo fluye y bailamos y me meto al agüita caliente. ¡¡Qué alivio!! ¡Qué descanso! me quedo un rato ahí, no sé cuánto. Solo escucho la música y me conecto con cada contracción... siento que falta menos… veo a mi matrona sentada, mi mamá haciendo algo que no sé qué es… mi doula tejiendo en un silencio y respeto único y sagrado, vuelvo a cerrar mis ojos a escuchar la música, oler la lavanda y sentir cada oleada… Pido salir del agua. Como algo, pero me produce vómitos, miro a mi matrona asustada y me dice que es normal, que está todo bien, que las contracciones están haciendo su trabajo... me monitorea y siento los latidos fuertes de mi pequeña... camino, me muevo, abrazo a mi doula...masajes en la espalda y cintura... me acuesto en el sillón y rompo bolsa... líquido transparente y perfecto... sonrío, mi mamá me mira y me hace cariño...me pongo en cuatro patas tomada del sillón y siento la presión del pujo y vocalizo: ahhhhhhoohhhh! Duele y me agarro con fuerza y viene otra: ahhhohhhh, y sollozo, y digo que no puedo más entre sollozos. Pienso que ahora sí que ya falta poco, y me tranquilizan mis mujeres... ¡¡ya falta menos!! y me meto al agua otra vez y me agarro a la piscina, y otra vez las ganas de pujar...ahhhhhhhhhh

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Cierro los ojos y suena Rosa Zaragosa... Siente que el momento llega. Siente: tus huesos son fuertes. Siente: estamos ayudando. Lo divino está contigo. Siente: el niño está en la puerta. Vivirá para abrazarte. Siente: estás en buenas manos y eres parte de la tierra. Tienes lo que necesitas, Madre de todos nosotros. .... y mis manos entrelazadas de mis mujeres...las escucho cantar a coro...pienso que mi madre nunca la ha escuchado ¡¡¡y la canta igual!!!...siento magia. Y siento cómo desciende Magdalena y el ardor de su cabecita coronando... me paro de la piscina... Cristóbal y Gabriel están en la puerta hacia las habitaciones y los escucho decir a ambos: ¡¡vamos mamá!!! La cabecita se asoma y la matrona me pregunta si quiero mirar con el espejo, le digo que no que solo quiero que nazca… Ahhhhhooohhh, un último pujo y yaaaaa ¡¡¡qué felicidad!!! La recibe mi matrona y me la entrega entre mis piernas… ¡Ya no hay dolor! Solo felicidad y oxitocina por montones. ¡¡¡te tengo en mi brazos hijita!!! Me tumbo nuevamente en la piscina, intentas llorar, pero nuestras miradas se cruzan y te calmas en mi regazo... nos quedamos ahí unos minutos, el tiempo detenido contemplando la maravilla de la vida, ¡¡te parí en casa!! Tuve mi parto respetado, tal como quería y tu nacimiento fue sagrado. Bienvenida Magdalena, pequeña valiente. 11 de noviembre 2015 17:37 hrs.

¡Ya no hay dolor! Solo felicidad y oxitocina por montones. ¡¡¡te tengo en mi brazos hijita!!! Me tumbo nuevamente en la piscina, intentas llorar, pero nuestras miradas se cruzan y te calmas en mi regazo... nos quedamos ahí unos minutos, el tiempo detenido contemplando la maravilla de la vida, ¡¡te parí en casa!!

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Mi parto, su nacimiento y mi renacer por Fabiola YaĂąez

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El nacimiento de mi hijo cambió mi vida, como le ha sucedido a toda madre que he conocido, pero además sembró en mí la revolución, abrió mis ojos y direccionó mis energías en la lucha del respeto que muchas mujeres habíamos olvidado exigir: parir informadas, amadas y en libertad. Creo que a muchas nos ha pasado: chilena promedio, sobrepeso evidente, alrededor del 1,50 mts, sin ninguna conocida que haya parido, con excepción de tu mamá a tu hermano chico hace 15 años atrás y por cesárea, sin más educación perinatal que la ofrecida por las películas, series y telenovelas. Así como la gran mayoría de las mujeres, enfrenté mi embarazo y parto. Los controles de puerperio fueron un chiste. Para mi desgracia el CESFAM se pasó en paro ese año, así que mientras buscaba el Gine de mis sueños, pedía a las amigas matronas que hicieran los controles y las órdenes de eco. Cuando tenía suerte de encontrar el CESFAM abierto me inscribía en los talleres del Chile Crece al cual sólo asistía yo, la chica que los impartía lamentablemente todo lo que sabía de partos era lo que el powerpoint decía. Con la presión de estar siempre muy gorda y con mi hijo “muy grande para mi pelvis” todo mi entorno me recomendaba, especialmente mi inconsciente, que la cesárea era la mejor opción que tenía. Pero el bono PAD me obligaría a elegir lo contrario: se me fue pasando el tiempo y en el límite encontré un Gine a “todo cachete”, sin reclamos en los foros de internet, con varios diplomados en reconstrucción vaginal y rehabilitación de suelo pélvico, con una consulta llena y de difícil agenda, muy profesional y amoroso en el trato, PERO: que no hacía cesáreas por mero placer. Con el tiempo en contra y la confianza que me dieron todos sus diplomas, lo elegí y adicionalmente, mi compañero por fin se quedó tranquilo: “el doc, podía salvar al niño en caso de cualquier emergencia”; también me calmó un poco, que parecía loca en un mar de contradicciones y miedos, que al final desembocaron en que el día de mi parto, ni siquiera me diera cuenta de que estaba pariendo. Era el día del padre, frío y soleado domingo de junio del 2014, caminé por el museo de trenes haciendo los recuerdos fotográficos del embarazo, sin saber que ese era mi último día de gestación. Siempre tuve hartos dolorcitos y contracciones. Mi trabajo de kine me tenía muy activa y había aprendido que con calor y un rato de reposo, todo volvía a la normalidad. Ese día eran más frecuentes, pero nunca más dolorosas, de noche estaba cansada y con mucho malestar en las “tripas”. Vestida de pies a cabeza de polar y lana, pensé que bajarían mis molestias, no me preocupé mayormente. Me había realizado un aborto en casa años antes, fue muy muy doloroso y aterrador, por eso siempre confié que el parto sería todo un trauma, lo que vivía se parecía más a una infección intestinal, que a lo que mi imaginación podía relacionar con un parto. Mi abuela advertía cada cierto rato, “Esas son contracciones de parto”, pero ¡qué porfiada era mi Yo antes de ser madre!, ¡qué poco valoraba la experiencia de otras mujeres!, ¡qué poco me conocía a mí misma y desconectada de lo que sentía!... Efectivamente eran contracciones de parto, pero yo aún esperaba ponerme a gritar y ni siquiera tenía ganas de hablar. Ya en los últimos viajes desde mi cama hacia el baño, notaba que mi forma de caminar era distinta y adoraba estar sentada en mi WC, me acordaba que ahí mismo, sentada, había abortado y cómo me retorcí de dolor, pero ahora, solo notaba que acostarme era mucho más doloroso. Después de un rato, decidí que no tenía caso de volver a la cama, las ganas de hacer caca eran cada vez más

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seguidas, me acostaba y tenía que devolverme, increíblemente estaba ahí: inconsciente, pariendo, siguiendo un poco mis instintos…¡hasta que no pude pararme del baño sola!… ahí me asusté, grité de miedo, llamé a la matrona que trabajaba con el doc, la había conocido dos días antes, eran las 11:00 pm, llamé dos veces y contestó con voz de sueño, le comenté “me duele mucho, no puedo pararme del baño, no llevo la cuenta de cuánto rato he estado aquí”, a lo que responde: ¿Qué quieres que haga? (interiormente grité ¿qué ¡#$#$” esta vieja es weona?!) verbalmente dije “¿Qué me recomienda usted que haga, no me siento mal, pero parece que estoy de parto?” (aún tenía la esperanza de que faltara más tiempo, caí en la cuenta de que el bendito bono PAD lo debía comprar al otro día, cuando cumpliera 37 semanas) y justo ella consulta: ¿Compró el bono ya?... “no” respondí, algo habló, no entendí qué cosa, ahora sí dolía, no podía escuchar, quería llorar, mi compa preocupado porque no había bono, hablaba en voz alta que no podíamos ir a un hospital público, mi abuela me decía “te lo dije”, en algún momento escuché que mi matrona me decía con desdén, “No puedo ayudarla ahora, vaya a la clínica y me llama para contarme que le dicen” y me corta!... pero no me interesa, viene otra mega contracción, me di cuenta que estaba sin ropa, ¿Cómo me visto?¿Cómo me paro?¿Cómo camino?¡¿Que chucha hago?!... entre contracciones le pedía a todos que me vistieran, que me pararan, sacaran los aros y similares; así como una caricatura para niños, todos corrían y chocaban intentando hacer algo. Yo había hecho los bolsos, pero faltaban cosas, entre ellas las Mimi, benditas toallas que me hicieron pasar mal rato en el post parto. En algún momento pude levantarme del WC, y splash! Rompí membranas, me toqué buscando detener el líquido y me encuentro con la cabeza de mi bebé. Ya era bien evidente que el niño nacería hoy. Me paralizó la idea de no saber nada, de porfiada, de miedosa, me echaba la culpa de que todo este desorden causara problemas en el parto… no quería ni podía caminar, con mucho, mucho, mucho esfuerzo caminé 30 pasos hacia la calle y me subí al auto, si antes me dolía 7 (siendo 1 casi nada y 10 el peor dolor de mi vida), en el auto me dolió 10 sentarme, cada bache y “evento en la calzada” dolía 15, mi abuela intentaba ayudarme y me decía, “respira como perrito”… Finalmente llegamos a la Clínica. Si difícil fue subirme, pararme fue otra lucha, cada paso dolía 15, apenas entré a la Urgencia, me escondí en una orilla de la muralla, mientras mi compañero iba a firmar papeles. Como me vieron “casi pariendo”, me dejaron entrar inmediatamente, pero: “señorita, debe sentarse en la silla de ruedas”, a lo que respondo, “¿en serio?, apenas me pude sentar en el auto, ¿cómo quiere que haga eso ahora?”, el TENS me responde “es la única forma de ingresarla”. Ahí perdí mis ganas, mi voluntad, lo sentí, me rendí… no era que tuviese otra opción, yo había elegido esta forma de parir, pero a la vez, no quería luchar, el dolor ya no me permitía tener los ojos abiertos, no quería abrirlos tampoco, me dejé conducir, me daba ánimos mentalmente “ellos, lo hacen siempre, saben qué están haciendo”, dos segundos después de sentarme en la sillita de ruedas, llegué al triage suplicando que me dijeran donde estaba el baño que ya no aguantaba las ganas de hacer caca. La matrona, sin mirarme, me saluda y me comenta que no puede decirme e n este momento. Amorosamente, me invita a subirme a la camilla ginecológica y sacarme los pantalones… Pensé que era el mundo al revés, insistí en que si me agachaba se me

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salía la guagua, pero más que nada necesitaba hacer caca, ya no lo podía aguantar, menos acostarme de espaldas con las piernas arribas… Nuevamente con un amor y levantando la vista por primera vez, me dice, “mamita, súbase a la camilla y después va al baño” y ahí fue el inicio de la tortura. Si estar sentada dolía 15, acostarme se salía de mi escala de dolor, sentía que la guata se me estiraba hacia atrás por la inclinación de la camilla que levanta la pelvis por sobre el nivel de la cabeza. No podía respirar, ni abrir los ojos, ni escuchar, pero… al fin se dieron cuenta que no estaba mintiendo y que la guagua estaba coronando, “¡NO PUJE!”, no estoy pujando (o al menos eso recuerdo responder) “¡NO PUJE!”, “Saque la mano de mi vagina y yo podré dejar de pujar, es involuntario, no presione, ¡me duele!” [llega otra matrona, supongo, alertada por los gritos de la colega] y ahí, dejé definitivamente de conectarme con el exterior, lloraba de dolor, en silencio, apretando los ojos. Sentía que más gente llegaba, me sacaron la ropa, se presentaban, no entendían, me consultaban cosas, no respondía… quería morir, no pensé en mi bebé, no podía pensar, solo quería que ya fueran días más tarde, cuando esto que estaba viviendo fuera un recuerdo. Me sentaron, abrí los ojos, bajó el dolor, vi que las matronas (3 de ellas) estaban llenas de líquido y sangre. Me asusté, me toqué y mi hijo ya no estaba, no pregunté nada, no podía hablar, quería a mi compañero, ¿dónde chucha está?, me pidieron amorosamente que me subiera a una camilla de pabellón. Recordé que me consultaron si quería epidural y supuse que dije que sí, casi lo recordaba. Fabián, el camillero, chocó con cada muralla que pudo desde el primer piso hasta el 3ro donde estaba el pabellón. Llegamos y otra matrona muy grande, robusta y de edad, me invita a cambiarme de camilla, a sentarme en el borde, a quedarme quieta y respirar hondo, mientras ella posaba su humanidad sobre mí, de tal forma de enrollarme como chanchito de tierra. Lo más difícil de eso era respirar, mis pechos grandes, mi panza grande y esta señora inmensa, hacían que respirar fuera todo un milagro, ni tragar saliva podía. Pusieron el catéter, administraron la epidural, la sentí recorrer los nervios de mis piernas y mucho, mucho frío, de hecho, empecé a tiritar. Nuevamente, me traspasé sola de camilla, y Fabián, ahora con más calma me dejó en pre-parto y ¡taráh! Entra el Gine, me avisaron que harían otro tacto (2do de la noche), les comenté que el primero había sido una barbaridad, que no había sentido otro dolor en mi vida así. Con ese comentario, el doc mira feo a la matrona grande (jamás recuerdo su nombre) y ella le comenta lo que pasó: “venía anterior, las chicas del triage pensaron que había que voltearlo, aunque ya venía casi coronado, se hizo la maniobra “blablá” y la subimos a pabellón”. Ante ese resumen, el gine saca la mano de mi anestesiada vagina y me regala una sonrisa. Invita a la matrona a conversar afuera y me tranquilizan diciendo: “El papá está en la puerta esperando, te dejamos con él y vendré en un minuto a darte más indicaciones”. Entra mi compa y el mundo mejoró, por fin. Con él entran otras TENS que me ponen el monitor, el pulso y me abrigan, porque en ese punto, ya los temblores de mis piernas eran súper grandes. Pasó harto tiempo -no sé cuánto- en que tuve que recostarme semi-sentada e inclinada sobre mi costado izquierdo con una pierna sobre la otra. Raro e incómodo. Sonaba de fondo el monitor, y una tele en una esquina con un programa de fútbol. Con mi compa conversamos sobre lo sorpresivo de todo esto y que faltaba poco para conocer a nuestro tiburoncín.

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Llegó el 3er tacto, dos pujos dirigidos, un poco más de epidural y a pabellón nuevamente. No quería estar sola, pero el acompañante debe vestirse de astronauta, al igual que todos en el pabellón. Cuando estoy con todos los artilugios puestos, las piernas arriba y cubiertas y mi vagina llena de yodo, entra mi compañero. Se escucha: “sujétela aquí, levante acá, puje, puje, ¡bien! ¡nació!” Y silencio… nadie hablaba, todos callados. Miraba a mi bebé, que era una masita blanda y negra sobre las manos del gine, sin saber nada. En blanco, vi que se la pasan a alguien y que ese alguien me da la espalda, ¡eso me traumó! Me movía como gato enjaulado, intentando ver entre las espaldas de esas personas. Nadie hablaba, excepto mi gine. - Si quieres que te deje como de 15 deja de moverte, estoy cosiendo. - ¿Cosiendo qué doctor? - Tranquila. Hice un corte, pero en la mucosa solamente, para que pasara más rápido el bebé, eres muy estrecha. Lo miro y noto el delantal blanco de carnicero, lleno de sangre, salpicado hasta en la cara, sobre los lentes… pero ¡mi bebé! ¡No llora! me impaciento. Esta gente sigue de espaldas, no dicen nada, sacan el reanimador ¡¡¡QUÉ!!! ¡quería morir! No quería parir en el sistema público para que pasara exactamente esto, ¡¿qué pasó?! ¿por qué no llora, por qué nadie habla, por qué no puedo ni hablar?… Llora. ¡Lloró! Está llorando… llaman al padre para que vaya hacia el mesón, y en eso terminan de suturarme. El doctor se empieza a arreglar. Veo a un padre feliz, radiante. Me trae un niño envuelto en una sábana blanca, me lo pone al pecho. Sabía que debía sacarme la ropa, hacer piel con piel, pero sólo atiné a mirarlo. Mi bebé me devolvió la mirada, lo abrazo, veo que no es moreno como su padre sino rosadito como yo y me lo piden. Caigo en la cuenta de que nació mi hijo, pero algo no cuaja, no lo siento como mío, se me parte el corazón, ¡no llevo ni 10 minutos de madre y no reconozco a mi cría como mía! Soy la peor. Lo veo irse en los brazos del orgulloso nuevo padre, del que no sabe qué pasó cuando estuve sola, del que no dimensiona el miedo que siento por haber visto su reanimación… me interrumpen para darme el resumen de la jornada “Soy la Neonatóloga. El bebé está bien, su apgar a los 10 minutos fue 8 se le puso esto, aquello…”, la paro para consultar cuál fue el apgar al nacimiento. Se pone tiesa, pone cara de sorpresa y pide explicaciones con la mirada al Ginecólogo, quien le dice: “Dile no más, entiende súper bien, es kine de niños”. No le quedó otra y con mucho pesar, me cuenta que el apgar fue de 3. Me dijo que estuviera tranquila, que no era predictivo, se despide y se va. Mi resumen mental fue: no reconozco a mi hijo, algo pasó que nació con sufrimiento fetal y puede tener daño neurológico. Nadie dice ni una hueá y más encima, tengo que esperar a que se me pase la anestesia para poder verlo. Me dejan en una sala, junto a otra mujer que está esperando el pabellón, y que grita de dolor. Mi postparto inmediato fue largo y sentido. Fueron 3 horas, perdí sangre, me hicieron transfusión (de la cual me enteré cuando leí la cuenta de la clínica), tenía una hemorragia y adivinen qué, no tenía apósitos, las Mimi no estaban en mi bolso. En mi mar de preocupaciones, desesperación, angustia y necesidad de tener a mi cría en brazos, me sentía como cabra

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chica. Me retaron por no adivinar que entraría de parto a las 36 semanas con 7 días y con bolso incompleto. Además, sentirme abusiva con otras mujeres porque la enfermera tuvo que pedir prestadas las Mimí de otra mamá. Así me quedé, con mi panza vacía -con una mujer sufriendo detrás de la cortina- esperando que bajaran mis escalofríos y mi cuerpo eliminara luego la anestesia. En la sala de puerperio, esperé otras dos horas más. En ese intertanto me pasó a ver mi abuela, pobre viejita, sentada afuera todo ese rato, ¿qué hora es? casi las 8. Miro la tarjeta con los números de teléfonos y el carnet de parto, para darme cuenta de que mi hijo había nacido a las 4:45 am, que yo había ingresado a la clínica pasado las 00:30am, y yo tenía la sensación de que solo habían pasado unas dos horas. A las 9:15 am tuve a mi hijo en brazos, por fin. Se supone que debía amamantarlo. Tenía un folleto de cómo se hacía, no lo logré hasta casi 24 hrs después de su nacimiento y todo ese tiempo fue otra tortura, pero lo tenía en mis brazos, estaba sano y yo no había muerto en el parto -aunque sí me sentía distinta-. Todos estaban felices; Yo estaba feliz, cansada, adolorida, llena de dudas y miedos, pero feliz. A los 6 meses de nacido mi hijo, conocí a otras mujeres, que relatando sus partos nos contuvimos y apoyamos. Recordé todo esto que escribo hoy, pues el trajín de madre me obligó a dejarlo escondido por ahí para continuar. Viví violencia obstétrica y eso me convirtió en activista por los derechos del nacimiento y doula. He contado mi historia incontables veces. A más de 3 años de haber vivido el nacimiento de mi bebé, he profesionalizado mi lucha y di un giro a mi profesión, pues para cambiar el mundo, hay que cambiar la forma de nacer.

Viví violencia obstétrica y eso me convirtió en activista por los derechos del nacimiento y doula. He contado mi historia incontables veces. A más de 3 años de haber vivido el nacimiento de mi bebé, he profesionalizado mi lucha y di un giro a mi profesión, pues para cambiar el mundo, hay que cambiar la forma de nacer.

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El que la sigue la consigue; luchar sí sirve Cesárea respetada I por Valentina Insulza Court

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Mi embarazo fue un embarazo tranquilo, sin ningún problema. Solo era bastante estresante e intenso mi día a día, pues en ese entonces, estaba en un trabajo muy demandante. A pesar de eso, jamás me sentí mal, incluso estando mucho rato de pie y tras pasar largas horas trabajando y movilizándome por varias partes de la región metropolitana. Como era nuestra primera hija, nos preparamos con un curso de parto respetado que nos habían recomendado. Tuve una red de apoyo, tanto de las otras mamás gestantes, como de las profesionales del curso, que sentí me empoderaron para lo que vendría después. Cuando estaba en la semana 20, más o menos, al hacernos la ecografía, nos señalan que tengo una inserción velamentosa del cordón umbilical y que van a tener que ir evaluando semana a semana cómo evoluciona todo mediante ecografías. Nosotros ya habíamos elegido un equipo reconocido como de parto respetado por lo que estábamos de alguna manera tranquilos al respecto. A la semana 37, el médico me comenta que tener un parto vaginal es bastante riesgoso en mis circunstancias pero que es decisión nuestra qué hacer. Nos señala que, dada la condición del cordón, en caso de producirse un problema no hay forma de salvar a nuestra hija, por lo que acordamos una cesárea programada -con el dolor de mi alma ya que nos habíamos preparado para un parto natural-. El doctor que nos atendía tiene el más alto índice de partos naturales en la clínica donde la tuvimos, por lo que confiamos que en este caso sería una cesárea necesaria. A pesar de tener la tranquilidad con el ginecólogo, ahí comenzó una lucha en contra de la clínica. Nos señalaron que separaban a los bebés de sus madres al nacer, durante todo el periodo de recuperación de la anestesia cuando se trataba de una cesárea. Esto nos pareció absurdo y reclamamos ante el director clínico del establecimiento y el jefe de ginecología. Ante esto, mediante una carta nos indicaron que harían un protocolo para respetar nuestro deseo. El día que teníamos programada nuestra cesárea -que era el 27 de julio de 2015, cuando yo estaba de 38+5-, llegamos a la clínica y aparece nuestro doctor con cara de funeral. Nos dice “no me van a creer, pero estamos de muerte. Acaban de sacar un protocolo con horarios restringidos para el apego y nuestro horario justo quedó fuera”. Esto desató la furia mía, pero sobre todo la de mi marido, y junto con el doctor nos fuimos de inmediato a alegar, pidiendo una reunión urgente con el director clínico, la cual se nos negó. El médico nos acompañó y apoyó en todo momento pues la clínica nos había pasado a llevar a todos. Finalmente, ante la negación de toda autoridad, la jefa de matronas me dijo que se comprometía a cumplir todo al día siguiente. ¡Nos fuimos indignados! Por un tema de protocolo -y en realidad falta de voluntad y ahorro de personal-, me ponían en riesgo a mi, a mi hija y de pasada, nos faltaban el respeto. Por eso decidimos irnos y exigirles que al día siguiente nos respetaran todo lo que habíamos peleado y logrado. El doctor nos prometió que nos tendría un equipo tan bueno y respetuoso como el que había programado ese día. Al día siguiente nos cumplieron. Y nuestro médico logró organizar a un grupo de médicos que nos acompañaron e hicieron de la cirugía, una cesárea linda y respetada. Fue un ambiente cálido -a pesar de estar en un pabellón-, con luz tenue, con la música que nosotros queríamos. Ella nació tranquila, dormida y nunca más se separó de mi pecho. Me fui con

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ella a hacer recuperación a una sala SAIP y ella trepó por mi guata hasta encontrar mi pecho y poder agarrarse de él. Fue un parto lindo y tranquilo con un equipo cariñoso y respetuoso de nuestros deseos. ¡Dimos la pelea y lo logramos!

Ella nació tranquila, dormida y nunca más se separó de mi pecho. Me fui con ella a hacer recuperación a una sala SAIP y ella trepó por mi guata hasta encontrar mi pecho y poder agarrarse de él. Los niños nacen cuándo y cómo quieren nacer Cesárea respetada II Salvador es mi segundo hijo. Yo tenía una cesárea previa, por lo que me preparé y busqué un equipo médico que creyera y respetara nuestro deseo de tener un parto vaginal post cesárea. Lo encontré, pero como nada puede darse tan fácil, resulta que a pesar de tener un embarazo mucho más tranquilo que el anterior, ¡mi hijo no se decidía a darse vuelta y ponerse en posición de parto! ¡Estuvo podálico todo el embarazo! Si bien sentí a ratos que se movía, luego volvía siempre a la posición inicial, o sentado, o con los pies hacia abajo parado. Me hice muchas sesiones de acupuntura, estuve en yoga prenatal, me hice moxas y… ¡nada! No quería girarse. Resulta que no se giró y entonces ya, ad portas de otra cesárea, mi conversación con la doctora se tornó a que yo no quería elegir la fecha de nacimiento de mi hijo y quería que me esperaran a iniciar trabajo de parto ¡aunque fuera hasta la semana 40 o más! Yo quería tener las ansiadas contracciones que no había podido tener en mi embarazo anterior, de manera de sentir sus ganas de salir y respetar la naturaleza. Por eso, al final ya no le decía que se diera vuelta, sino que naciera como él quisiera nacer y que todo iba a estar bien. Y así fue. A las 39+6 comencé a tener contracciones. Como no las conocía, pensé que era pubalgia y no me decidí a hablar con mi matrona hasta que ya se hicieron muy frecuentes e insostenibles. Llegue con 4 de dilatación, pero mi hijo no se logró dar vuelta. Fue ahí cuando me dijeron que teníamos que hacer cesárea. Fue mi segunda cesárea respetada. Esta vez con un equipo femenino completo, desde la anestesista, matrona, médicos etc. Así nació mi niño rodeado de puras mujeres empoderadas que lo recibían a este nuevo mundo. No fue un parto fácil por la posición en que estaba, lo que hizo que se demoraran bastante en sacarlo. Parecía como enganchado a mis costillas. Una vez afuera, ahí estaba con sus ojos grandes, ¡observándolo todo! Un niño muy, muy despierto. ¡No nos separamos más! Tengo hasta hoy una lactancia maravillosa, producto sin duda, de haber tenido un trabajo de parto previo a esta cesárea necesaria.

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Llegaste con la luna llena por Tamara Quitral

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Yo sabía que llegaría antes... ya me habían dicho mis matronas que llegaría antes de las 38 semanas. El día anterior lo hablaba con mi hermana, luego de decir en voz alta “¿traerá la luna llena a Baltasar?” “Nooo, en luna nueva va a llegar” me dijo. “¿En 15 días más? nooo, llegará antes” le dije. Y esa misma madrugada de luna llena mi bebé decidió emprender su viaje. Me desperté a las 4 de la mañana con contracciones dolorosas, pero tolerables. Me fui al baño porque tenía ganas de hacer pipí y vi que estaba botando el tapón mucoso. Desperté a Oscar para avisarle que el bebé ya venía y comenzamos a contar el tiempo entre las contracciones. Sofía dormía en nuestra cama. Me di una ducha porque sabía que pronto nos tendríamos que ir al hospital y llamamos a nuestra doula para avisarle que el proceso ya había comenzado. Las contracciones nunca pararon, pero eran intermitentes. Eran dolorosas y me nacía vocalizar la letra A cuando venían. Trataba de conectarme con mi Baltasar, acariciaba mi vientre y estaba feliz de vivir el proceso de forma natural luego de un parto totalmente inducido. Era maravilloso sentir lo que mi cuerpo era capaz de hacer, a pesar del dolor... Oscar calentó un guatero de semillas para ponerme en la cola y terminó de guardar las cosas que me faltaban en la maleta. Nuestra doula llegó como a las 8 de la mañana y Sofía seguía durmiendo. Yo estaba agachada en la alfombra del living viviendo mis contracciones. La doula puso un aroma rico en el ambiente y me puso otro guatero, me hacía cariño, me sentí contenida... Al rato despertó Sofía y me llamó. Me fui a acostar a su lado mientras ella tomaba desayuno y veía tele. Yo vocalizaba y ella me preguntó qué me pasaba. “Ya viene el bebé, hija” le dije, y se lo tomó de lo más natural. Como a las 10:30 nos despedimos y se fue donde su abuela, sin llantos, sin pena, como una niña grande y me impresionó. Nosotros nos fuimos a la hora después a Talagante. Llegamos allá y yo iba con mucho dolor, la gente me miraba, y llega la matrona a buscarme. Nos fuimos a una sala y me hace tacto, le pido que no me diga cuánta dilatación tengo y me dice que no me preocupe, que eso habíamos acordado, pero pienso que en realidad nunca lo habíamos hablado, no alcancé a entregar mi plan de parto. Llega Oscar y la doula a la sala y él me dice al oído que ya estoy casi lista. Qué alivio escuchar esas palabras... Luego de unos masajes de mi matrona y doula, nos fuimos a la sala de parto. Oscura, calentita, contenida. Me subo a la camilla y me pongo en cuatro patas. Ellas me ponían paños tibios en la planta de los pies, me hacían cariño, masajes. Oscar afirmaba mi mano durante las contracciones. Dolor... dolor... por qué me duele tanto pensaba en mi viaje. Esto no era lo que me habían contado, me han engañado. Cada vez estaba más cerca y quería que terminara. De pronto quise bajarme de la camilla y agacharme, la tierra me llamaba... La matrona le entrega una silla de parto a Oscar donde se sienta y yo me agacho entre sus piernas. Él me afirma con fuerza y me alienta. Las ganas de pujar no aparecían y yo ya no da más de dolor. Llamaba a mi cachorrito a salir, ¡quería alivio, quería verlo! Las contracciones se hicieron más fuertes aún, poderosas, intensas, salvajes, y poco a poco comencé a pujar a mi bebé, a traerlo a este mundo. Esos minutos se me hicieron eternos, mis pies estaban dormidos. La matrona me ofrecía la camilla, pero yo no quería. Quería parir a mi bebé ahí, en la tierra... Escuchaba sus murmullos y pensaba que algo iba mal, ¡por qué no nace! seguía pujando y sacando fuerzas

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de donde ya no tenía. El anillo de fuego. Dolor... Un pujo más y sale la cabeza, no miro. Último pujo y lo veo completo, con sus brazos abiertos listo para el encuentro. Lo ponen en mi pecho y me paro, ahora quiero la camilla. ¡Lo hice, lo hice, lo hice, lo hicimos! La doula me muestra su cordón blanco que ha dejado de latir. Oscar lo corta. Ya no estamos unidos, pero nos conectamos nuevamente a través de la teta. Hermoso, lo que no tuvimos con Sofía. Sanamos. Nunca más nos separamos, ahora está en mis brazos durmiendo, en nuestra luna de leche. Mi cachorrito... gracias por mostrarme lo poderosas que somos...

El anillo de fuego. Dolor... Un pujo más y sale la cabeza, no miro. Último pujo y lo veo completo, con sus brazos abiertos listo para el encuentro. Lo ponen en mi pecho y me paro, ahora quiero la camilla. ¡Lo hice, lo hice, lo hice, lo hicimos!

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Dominga y Clara por Violeta Jaramillo

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Dominga llegó un día martes de febrero, a las 18.50 de la tarde, luna creciente. El sol pegaba en la ventana que estaba cubierta con cortinas oscuras, aun así la pieza estaba muy iluminada. El trabajo de parto había comenzado a las 2 am, el día anterior había botado el tapón mucoso, todo se desarrolló de manera muy ordenada. Las primeras contracciones fueron suaves, caminé un rato por el departamento, pero luego decidí ir a dormir, todo se interrumpió por la rotura de la bolsa, comencé a reír, de nervios me imagino, era cierto, todo lo que preparamos estaba comenzando. Recordé libros, videos, ejercicios, todo en un segundo, me había parado de la cama y me senté en el baño, mientras mi compañero le avisaba a la partera que nos iba a acompañar y a mi madre que vivía a unas cuadras. Sentada ahí, sentí como si un veloz resumen de la gestación pasara frente a mis ojos, estaba feliz, pero nerviosa, ansiosa, no entendía por que rompía bolsa con tan pocas contracciones, ni cuantas horas más iba a durar este viaje, pero lo que jamás pasó por mi mente fue irme de ahí, estaba totalmente segura de la decisión que habíamos tomado en las primeras semanas de gestación, siempre lo supimos y para eso trabajamos, para lograr un parto en casa, no por probar nada, queríamos respeto, queríamos amor, queríamos calma, mi cuerpo de 25 años en ese momento, estaba fuerte, activo, guerrero. Durante la madrugada todo fue lentamente avanzando, mi compañero y la partera decidieron ir a dormir, yo me sentía extasiada, así que puse música y me dedique a respirar, avanzando centímetro a centímetro en soledad, solo Dominga y yo, conversando entre contracciones, dándole ánimos y añorando ver su cara, sus ojos, sus pies vigorosos con los que me daba patadas. Al amanecer había avanzado en mi dilatación, todo iba tranquilo, desayunamos un montón de cosas ricas y saludables que mi mamá había cocinado por la madrugada (así aportó ella. Mi madre cocina delicioso y sus nervios los pasó cocinando). A eso del mediodía llegó mi amiga que sería mi doula. Fue con su hijo (mi ahijado) de tan solo 9 meses, fue increíble como él entendía todo, yo nunca lo noté incómodo ni llorando, con sus grandes ojos contemplaba todo. Mi bella amiga me llevó frutos rojos, y me los daba en la boca entre cada contracción/expansión. Estaba mi hermana menor (también mamá), ella cumplía un rol importante para mi. Era la dueña de casa en esas horas, ella sabía donde estaba todo, servía comida, hervía agua, todo lo práctico. Al mediodía la partera se había ido durante un rato, me había dejado instrucciones por si algo pasaba, ella volvería en un par de horas. La casa estaba llena de gente al momento que comencé mi viaje a las profundidades, el oleaje en que llegaban las contracciones/expansiones era mucho más intenso (la última vez que pregunté la hora y que recuerdo, eran las 4) había vuelto la partera con una ayudante, una mujer del sur, de una comunidad. Estaba mi amiga, mi hermana menor, mi compañero y las dos parteras. A ratos lograba pedir agua, había estado en la tina un rato durante la tarde, luego me recomendaron ir a caminar. Me puse una falda que traía mi amiga (que aún guardo) y caminamos por los patios de los edificios donde vivía. No lograba concentrarme en nada, sentía desesperación y muchas ganas de pujar, mi compañero tomaba firme mi mano, él estuvo siempre ahí a mi lado, pendiente de mis miradas, descifrando lo que nece-

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sitaba, calentando el agua de la tina, hablando bajito y en silencio absoluto cuando le hacía algún gesto para que se callara. De pronto, una fuerza interna me recorrió completa “quiero parir” comencé a decir sin parar mientras me devolvía al departamento. Entré y le dije a la partera que quería pujar, que ya era el momento, ella me sugirió meterme a la tina, el agua estaba caliente. Rápidamente todas las demás mujeres arreglaron la pieza con plásticos, todo indicaba que pronto iba a nacer Dominga. En la tina comencé a pujar, la partera emocionada gritó “¡Coronó, ya va a nacer!” En ese instante me quise parar de ahí, no podía estar en la tina, necesitaba verticalidad, exigí que me sacaran de ahí, como pude me fui caminando a la pieza, realmente no sé cuánto tiempo estuve ahí, solo repetía “hija ven” constantemente. La partera me arengaba a soltar a mi hija que ya estaba aquí. Pujé con fuerza, sentí como si el cuerpo se fuera a partir en dos, por unos segundos me invadió el pánico, pero no me lo permití y a la siguiente contracción, con mucha intensidad pujé y nació Dominga, gordita, mojadita, enrolladita, preciosa guerrera. Aunque parezca gracioso, después de que nació Dominga, comencé a reír, en éxtasis, gritaba “lo logré”. Estaba tan orgullosa de mí misma, abracé fuerte a mi bebita, ella empezó a buscar la teta, mi compañero lloraba emocionado, parecíamos todos drogados. Al poco rato alumbré la placenta, era color violeta intenso, muy hermosa, esa vez decidimos congelarla. Cinco años y cinco días después, nació Clara, a las 9.30 de la mañana de un día sábado, luna creciente, con la pieza totalmente oscura. El viaje tuvo comienzos erráticos, durante varias noches creí que ya era el momento, pero a la luz del día todo se detenía. El día anterior mi equipo ya estaban listas y atentas, había comenzado a botar el tapón mucoso lentamente, y cada cierto rato habían contracciones bien intensas. Mi segunda gestación había sido muy distinta a la anterior, por lo que podríamos suponer que el parto también lo sería, sin embargo, no supe entender lo opuesto que puede llegar a ser todo, estaba esperando señales como las que me había dado el cuerpo anteriormente, pero esto era algo nuevo. Esta vez me acompañé de una partera y una matrona, también vino mi amiga doula, la misma que me había acompañado en el parto de Dominga. Todo fue más tranquilo, silencioso y lento. Clara se hizo esperar. Solo durante la noche del viernes empezaron realmente las contracciones, durante el día habían sido suaves, me dedique a conversar, comer, reír, todo parecía algo mucho más natural, a pesar que semanas antes estuvimos a punto de desistir por una baja en las plaquetas que había aparecido en un examen (que al repetir, todo estaba normal) nuevamente mi convicción era mayor, sentía que debía darle a Clara lo mismo que le di a Dominga, esa misma posibilidad de nacer en libertad y respeto. Cuando ya comenzaron las contracciones, busque la oscuridad para conectarme, tal como había sucedido con Dominga, me quedé en la pieza en silencio, luego con música, diferentes ritmos me movilizaban, todo sucedió mucho más fluido y rápido, nos demoramos en partir pero al encontrar el camino, mi cuerpo entendió todo.

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A eso de las 4 am mi equipo de compañeras de parto estaba desplegando todos sus conocimientos, masajes, posturas, movimientos, ollas con agua caliente para darle vapor a la pieza, aguas de hierbas, y sobretodo apoyo emocional y confianza, me envolvían en amor. Mi cuerpo estaba cansado, llevaba muchas noches sin dormir bien y no había descansado lo suficiente (cuando te recomiendan dormir, debes hacerlo) por lo que junto con la intensidad del oleaje que comenzó a llegar, también mi cuerpo comenzó a bajar su energía. Perdí la noción del tiempo desde el comienzo y la dilatación llegó con rapidez, me concentraba en la fuerza con que Clara venía, a ratos me dormía, aparecían imágenes, que no recuerdo, en una especie de micro sueños entre cada contracción/expansión, mi compañero estaba igual de cansado, pero al mismo tiempo presente y preocupado. Rompí la bolsa en un momento en que nos habíamos acostado a descansar, desde ese momento todo sucedió con mucha rapidez. Usamos agujas para pinchar puntos de acupuntura, recuerdo que yo misma estimulaba las agujas, pesar de mi cansancio, quería estar mucho más presente y activa que en mi parto anterior. Me sugirieron una tina, que prepararon con mucha dedicación, aún no tenía ganas de pujar, pero sentía que mi cuerpo ya estaba alcanzando la dilatación máxima, todo estaba expandiéndose con mucha fuerza. Cuando entré a la tina, sentí mucho alivio, no sé cuánto estuve ahí, pero me permití descansar un rato. Al salir de la tina, la pieza estaba lista, escuchaba que se daban ciertas indicaciones, todo lo hacían con mucho cuidado y respeto, tratando de darme el espacio para lograr por fin el parto. No sé bien cómo, pero me puse a la orilla de la cama apoyada en mis rodillas mientras que mi torso descansaba sobre la cama, en ese momento transité la oscuridad más intensa de mi vida, por primera vez sentí que ya no podía más, no tenía fuerza para pujar, para pensar, para mantener los ojos abiertos, Clara quería nacer y me lo hacía saber. Las voces de mis maravillosas compañeras de parto me ayudaban a seguir en la tierra, me ayudaban a querer hacerlo, una fuerza que me sostenía, mientras mi cuerpo me decía que ya no podía más. No sé cuánto tiempo estuve así, pero de pronto sentí a mi hija llegando, mi cuerpo nuevamente encontraba esa expansión completa, pero esta vez, el nacimiento de Clara fue lento, sentí cada expansión y como liberaban lentamente a mi segunda hija, la tome entre entre mis brazos temblorosos y mis ojos llenos de lágrimas, de miedo y de alegría, mi compañero lloraba y decía muchas cosas que no logro recordar tan claramente. Al final todo resultó bien, la placenta la alumbre dos horas después, transité estados que nunca había vivido antes, pero finalmente creo que fue la experiencia que necesitaba para enfrentarme a la maternidad de dos hijas. Después de mi primer parto, me volví un poco arrogante, experimenté un hermoso viaje y desde esa experiencia siempre creí que solo así podía ser, pero mi segundo parto me vino a enseñar que las cosas no siempre son hermosas y, que la oscuridad y el miedo existen, que si pueden paralizar y que el acompañamiento es fundamental para no atraparse en ese miedo.

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Ahora creo que decir que el parto solo duele no es lo mรกs preciso, parir es sumergirse ante un todo, la posibilidad de vivir todo tipo de reacciรณn y emociรณn, es nuestro tesoro cuando decidimos gestar, es algo que debe vivirse voluntariamente para poder disfrutarlo, para poder parir seres humanos sanos y sobre todo para poder entender el placer que hay cuando lo logras.

(...)parir es sumergirse ante un todo, la posibilidad de vivir todo tipo de reacciรณn y emociรณn, es nuestro tesoro cuando decidimos gestar, es algo que debe vivirse voluntariamente para poder disfrutarlo.

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El arribo de Eluney por Rocío Fierro Millán


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Esta aventura, hija mía, comenzó mucho antes de que nos enamoráramos vertiginosamente con tu padre y de que, precipitada y apresuradamente, te anunciaras con esa sensación eléctrica que acarició mi útero – la primera vez que lo sentí – en el momento de tu concepción. Creo que tu origen se remonta a presencias y fuerzas sutiles e invisibles que hicieron que Marcos y yo nos topáramos en esta vida gracias a nuestro común amor por las montañas… en fin, creo que tú querías llegar a esta vida ¡y pronto! por eso, en menos de 2 meses de arrollador amor y encuentro en el cosmos, te anidaste en mi matriz purificada luego de recorrer durante 10 días junto a tu padre el circuito “O” en Torres del Paine. Yo no tenía noción de la maternidad ni de crianza, pero apenas hicimos el test supe que quería un parto en casa, pues ya llevaba un tiempo de ejercer mi propia autonomía sobre mi salud y mi cuerpo, y no estaba en sintonía con entregarme a las manos de instrumentos extraños en un lugar que no fuera mi nido. No sabía mucho donde encontrar una partera o informarme sobre todo lo que significaba parir en casa, pero siempre estuve segura de que la gestación y el parto se desarrollarían absolutamente normales. Por Facebook supe de una charla de ParirNos sobre violencia obstétrica y herramientas para un parto respetado… vi todos los documentales que mencionaron, leí los textos de Odent y Pariremos con placer, y fui adentrándome en un mar de verdades pisoteadas sobre el poder del cuerpo femenino para parir … Aún así no tenía una red femenina de apoyo, compañía y contención para todo lo que estaba viviendo, y la partera mapuche a la que había recurrido tampoco llenaba ese vacío ni me daba confianza y seguridad. Cuando tenía 5 meses logré ingresar al sistema de salud pública para tener los controles al día, que son un requisito para que una profesional acompañe un parto domiciliario, y felizmente el matrón del consultorio fue siempre respetuoso de nuestra decisión, así que era un peso menos, pues tuvimos que tratar de tranquilizar a nuestras familias, lo que fue agotador. Con 26 semanas me sentía un poco desolada, angustiada y “casualmente” en una clase de medicina andina conocí a una matrona de ascendencia aymara proveniente de Limache, y fue amor a primera vista. Le pedí que me acompañara en el parto, a lo que accedió indicandome que además debíamos contar con la presencia de una amiga matrona que se dedica a los partos en casa y que reside en Santiago, quien podía llegar rápidamente cuando se iniciara el trabajo de parto. Así se fue armando todo, preparando el nido donde nacerías. Compramos los insumos (gasas, guantes, hierbas, lámpara de sal, velas, etc.) Paralelamente ordenábamos también el patio, para poder aprovechar distintos espacios… y cuando sentí que ya estaba todo listo, y también luego de haber estado el día anterior agachada arreglando los cactus, desperté con una incomodidad en la vejiga… era 24 de diciembre y yo cumplía 39 semanas. En la tarde sentí algo a nivel del cérvix, no me di cuenta de que era una contracción hasta que llegó la segunda sensación y Marcos me lo sugirió… empezamos a ponerle atención a la frecuencia: aún no era trabajo de parto. Recuerdo que abriendo los regalos, sentía que las oleadas me invadían, pero no me sentía cómoda porque había visitas en casa y prefería no avisar a todos de que estaba con contracciones, pues no queríamos generar ansiedad y preocupación en la familia y con eso posibles molestias a nuestra privacidad cuando estuviera en trabajo de parto. 82


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Durante el día 25 aún había visitas y las contracciones se mantuvieron de forma intermitente y casi imperceptible. En la tarde el cielo se nubló y empezó a correr viento: sabíamos que eras tú, hijita, que anunciabas tu llegada, pues eres patagona desde tus inicios. En la noche empezó a llover suavemente y se instauraron con más fuerza las oleadas-contracciones y requerían mi mente y mi cuerpo. Cerca de las 00:00 empezamos a cronometrar… unas horas más tarde Marcos dio aviso a las chicas de que ya habíamos comenzado el parto. Esa noche fue tranquila. Ridi, nuestra gata, me acompañó silenciosamente en la cama durante un rato. Con Marcos pusimos algunas canciones y me hizo algunos masajes que aprendimos, aunque no tenía dolor en la espalda el contacto de sus manos me hacía bien. En la mañana del 26 de diciembre llegó la matrona, suave y amorosa. Me dio confianza. Prendimos la estufa, colgamos una sábana en una puerta para que me pudiera afirmar o colgar… vocalizamos Om … más tarde llegó la partera. Inesperadamente en un momento había mucha gente en la casa y eso me incomodaba… Marcos se encargó de echarlos sutilmente, diciéndoles que yo necesitaba tranquilidad y silencio. Luego de eso, sentí que realmente se desencadenaba el trabajo de parto. Las chicas prepararon un baño de tina con las hierbas que me pidieron que reuniera. Me dio un poco de frío y la matrona me secó el pelo … la dilatación no avanzaba mucho … 5 cm … hacia la noche se me fatigaron los muslos y no podía realizar muchas posiciones para ayudar a tu descenso. Marcos y la partera me hacían masajes en mis débiles muslos, fatigados por la falta de oxígeno, pues tu cabecita presionaba mis arterias ilíacas. Esa noche se rompió la bolsa amniótica, y no podía creer que hubiera tanto líquido. Estaba frustrada y sentía impotencia por la fatiga en mis piernas… Trataba de moverme ayudada por la pelota kinésica, iba de una habitación a otra… … Om … no quería música ni bailes … no me dolía la espalda ni el vientre, era una oleada, una incomodidad difusa que invadía todo mi cuerpo y para liberar esa energía era crucial el apoyo de Marcos y de la partera, quienes me acompañaban vocalizando. En un momento de la madrugada introduje mis dedos en mi vagina y sentí tu cabecita, me puse feliz: ¡el trabajo de parto iba avanzando y te sentía directamente con mis manos! Luego vinieron unas débiles deseos de pujar, fui varias veces al baño, vacié completamente mi intestino … Llegó la mañana del 27, el sol era radiante y caluroso y los pujos se hicieron poco a poco más intensos, pero aún no nacías y, cada cierto tiempo, le pedía a la partera que corroborara tus latidos: todo iba bien. Cerca de las 11 de la mañana los pujos se volvieron muy fuertes, yo empleaba toda mi energía en cada uno de ellos, luego descansaba durante ese minuto o par de minutos que sucedía entre uno y otro pujo, hasta se me “apagaba la tele” y despertaba solo para pujar. Ya eran 2 noches sin dormir. Pasaban las horas, estaba preocupada, le comento a la partera que cuando tenía 14 años me pegué fuerte en el cóccix y me dolió por un tiempo y que nunca fui al médico … ella me tranquilizaba. Me preparaba vahos de manzanilla en una bacinica para que yo me sentara y así ayudar a que mi vagina se dilatara. Como casi no podía caminar o hacer otras posiciones que estar en cuatro apoyos, la partera me sugiere que me afirme de la sábana que colgaba en la puerta, para poder flectar las piernas y sostenerme con la fuerza de los brazos. Ya no podía realizar el Om para vocalizar, sino un alarido, no de dolor, sino de esfuerzo. No sé de dónde sacaba fuerzas.

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Durante el trabajo de parto no quise comer mucho, me dieron jugos de chirimoya, chocolate caliente, varias hierbas, de laurel, romero, cuchareé miel, tomé mucha agua, sudaba mucho… ¡estábamos en diciembre y con estufa prendida! Afirmándome de la sábana que estaba colgada en la puerta, con las piernas semiflectadas como una sentadilla, te llamé, te pedí que por favor llegaras luego, estaba agotada y sentía todo el rato que tu cabeza estaba a punto de salir, pero no salía … La partera me puso unas compresas calientes en el cóccix y fue el momento mágico en que sentí un click en mi cóccix y sentí que tu cabeza bajaba… Marcos y La partera se dicen cosas entre risas de alegría… ¡se ve la cabeza! “¡Calienta las mantas en la estufa!” “¡Apúrate Marcos, las mantas!” y entonces siento un alivio supremo … todo lo que sufrí mientras me esforzaba para que salieras se esfumó, tuve noción de que esas 36 horas de arduo trabajo no eran nada, y en ese momento olvidé todos los sucesos que detallo en este relato, todo ese esfuerzo vivido me parecía lejano e irreal … ahora estaba en una nube de ligereza física y mental. Me doy vuelta para mirarte, y ponen unos cojines en el suelo, me preguntan si estoy mareada … flotando en mi nube de amor y expansión te veo a la cara, tus ojitos se encontraron con los míos, y reconozco ese rostro que alguna vez una ecografía esbozó. Me saco la polera. Lloraste 1 segundo antes de que te pusiera sobre mi pecho desnudo. Todo es perfecto en ese momento … la luz del sol de las 13:50 horas nos acompaña en este encuentro mágico, todo es paz y silencio, tu padre nos acompaña, nos abraza. La sensación tan plena y expansiva que vivimos en ese momento me hace sentir nuevamente en esa nube, era todo ligero, simple y presente, todo real y vivo … Más tarde entra mi madre llorando de emoción, se sienta durante unos minutos en el suelo y nos contempla, feliz. Luego nos vamos a recostar a la cama, y tú estás envuelta en unas mantas sobre mi pecho, todos en silencio y calma, felices … la matrona, que se había ausentado retorna justo en este momento. Te pongo junto a mi pezón y succionas suavemente … Esperamos un tiempo más pero no hay señas de que mi cuerpo quiera parir la placenta … para ese entonces el cordón ya no latía, y entonces tu papá lo corta. Me voy con la partera a la otra habitación para alumbrar la placenta, mientras tú papá te viste y con la matrona te miden y pesan. Luego la partera y matrona me hacen masajes en el sacro y me dan unas esencias de ruda, que finalmente me provocan deseos de pujar… y nace la placenta. La guardamos en un recipiente de vidrio para después congelarla (al día siguiente tu papá sacó algunos cotiledones para prepararme con unos nutritivos batidos de fruta, los que me hicieron sentir mucho más repuesta en cuanto los tomé) … Luego me voy a la cama de nuevo a encontrarme contigo. Tu abuelita me lleva caldo de gallina de campo, uvas y sandía … dormimos toda la tarde junto a tu padre, los tres en nuestra cama … Así transcurrieron tus primeras horas y días de vida, en absoluta paz y tranquilidad. Doy gracias al universo y a ti, hija mía, por darme la oportunidad de parirte. Por esta historia, que es la historia de cómo llegaste al mundo.

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