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De la re vista revista Setiembre de 2008 (Número 7)

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Lo mejor, lo más gustoso es lo que se dice entre paréntesis. Allí están las pequeñas confesiones, las afirmaciones no oficiales de literatos y autores, las dudas que corrompen las teorías y permiten superarlas, la poesía dejada caer en el ensayo árido, el guiño humano de ojos hecho al lector. Fuera y dentro del texto trabajan los paréntesis, ese es su lugar privilegiado. Constanza Farfalla

)

Parte medular de lo publicado en PARÉNTESIS fue seleccionado en base a convocatorias sucesivas realizadas en el ámbito académico-universitario: ensayos, investigación, crítica, narrativa breve, poesía, pintura. En este sentido, mensualmente se recibe el material de docentes, estudiantes e investigadores que pretenden difundir su obra. (Aunque no es imprescindible para publicar la condición de egresado o de universitario, sí lo es la calidad de los trabajos postulantes). PARÉNTESIS deja constancia que los autores de cada texto son responsables de las opiniones vertidas y que lo publicado no genera obligaciones de ningún concepto (propiedad intelectual, derechos de autor o impedimentos contractuales para su publicación) con el grupo editor.

es una edición de Proyecto RAÍCES (grupo de arte y comunicación federado a IDES y con carta de membresía en ICAE) Colaboradores para este número

Participaciones involuntarias

Pablo Silva Olazábal Constanza Farfalla Eduardo Álvarez Pedrosian Juan Pablo Moresco Jimena Etchandy

Mario Levrero Ernest Gellner Ernesto Sábato André Maurois Antonine Artaud Ariwara No Narihira

Elenco y colaboradores estables Bernardo, Horacio Castro, Diego Centeno Ayala, Carlos Cruz, Daniel Furtado, Felipe Infantozzi, Carina Morena, Alejandro Morena, Daniel Olivera, Míguel Ángel Vico, Andrés

La dirección de Paréntesis no se responsabiliza por defecciones en la imagen de los avisos publicitarios, quedando a criterio de los anunciantes la utilización de archivos informáticos de baja resolución.

índice de avances Conversaciones con Mario Levrero. Por Pablo Silva Olazábal............................................................................2 Contra la polifonía posmoderna: Gellner. Por Constanza Farfalla.........................................................................0 Catálogo de libros desleídos..............................................................................................................................0 El hermeneuta del microscopio. Por Eduardo Álvarez Pedrosian.........................................................................0 ¿Quién borra el sueño? Por Juan Pablo Moresco...............................................................................................0 Página en verso. Por Jimena Etchandy..............................................................................................................0

Ilustraciones de Andrés Vico (menos página....)

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Con v ersaciones con Conv versaciones RECOPILADOR: PABLO SILVA OLAZÁBAL A lo largo de cuatro años, Pablo Silva Olazábal asedió al escritor Mario Levrero con preguntas que buscaban conocer las claves de su concepción artística y literaria. Indagó sobre sus ideas acerca de los mecanismos de la creación, sus gustos, sus manías, sus formas de ver el mundo. El resultado es el libro “Conversaciones con Mario Levrero”, (Trilce, 2008) que compone un autorretrato involuntario del escritor uruguayo más influyente de las últimas décadas, del que brindamos los siguientes fragmentos. Arte poética: la imagen —¿Qué papel le adjudicás en la escritura literaria a las técnicas? ¿Y al argumento? —En mi opinión, lo principal, casi diría lo único que importa en literatura, es escribir con la mayor libertad posible. En todo caso podés usar técnicas para corregir, pero jamás para escribir. Aunque en realidad siempre se usan técnicas, pero son técnicas propias que uno va descubriendo, o creando mientras escribe. Si usás técnicas aprendidas, son aprendidas de otros; así nunca escribirás con tu estilo personal, es decir, no se te reconocerá, por mejor escrito que esté el texto. Cuando el autor sabe demasiado sobre el argumento, a veces se apura a contarlo, y la literatura va quedando por el camino. La literatura propiamente dicha es imagen. No quiero decir que haya que evitar cavilaciones y filosofías, y etcétera, pero eso no es lo esencial de la literatura. Una novela, o cualquier texto, puede conciliar varios usos de la palabra. Pero si vamos a la esencia, aquello que encanta y engancha al lector y lo mantiene leyendo, es el argumento contado a través de imágenes. Desde luego, con estilo, pero siempre conectado con tu imaginación. —En ese énfasis por la imagen, ¿no hay riesgo de caer en una suerte de “descripcionismo”, de que sólo prime la imagen? —Yo no creo haber hablado de descripciones; suelen aburrirme mortalmente. Hablé de imágenes, y las imágenes no se contraponen a la acción, sino que la cuentan de la mejor manera. No es lo mismo decir “le dio tremenda trompada”, que decir “el puño chocó contra la carne blanda y la aplastó hasta que se oyó el crujir del hueso”. Tampoco dije que un relato deba consistir exclusivamente en imágenes, sino que eso es la esencia; pero a menudo la esencia pura es desagradable, como por ejemplo la vainilla. Si la mezclás en un refresco pasa mucho mejor. Hago hincapié en las imágenes porque es la gran falla de nuestra literatura; todos somos retóricos, todos cantamos la justa, todos sabemos cómo arreglar los males del país, todos estamos deseosos de mostrar nuestra visión del mundo, todos queremos volcar nuestros sentimientos (oh, las mujeres que escriben poemas llenos de abstracciones: estoy triste, qué mal me siento, el mundo es terrible). Desde el punto de vista literario no dicen nada, pero nada; el lector simplemente se paspa. Mientras tanto, la literatura queda por el camino; el lector se distrae, y la literatura nacional adelgaza y muere. Si agarrás a los grandes, por ejemplo a Felisberto, recordarás sin duda cuando le levantaba las polleras a los muebles, o a la vieja que tomaba mate metiendo la bombilla por un agujero del tul. Son imágenes. Andá al capítulo cuarto de La vida breve, de Onetti, se llama “Naturaleza muerta”, es cien por ciento descriptivo y uno de los fragmentos más notables de nuestra literatura. Sin acción ni personajes ni invención; sólo imágenes. (…) — Me gustaría que opinaras sobre el uso de paréntesis y guiones (¿será signo de inseguridad?). Según algunos, dificultan la lectura. —Sí, dificultan la lectura. La observación es válida sobre todo para el periodismo, que necesita un estilo que facilite las cosas al lector. En literatura, facilitar las cosas al lector no es más importante

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que expresar con la mayor exactitud posible lo que el autor quiere decir, y a menudo hacen falta paréntesis y guiones. Algunos, como Faulkner, usan esos paréntesis que abarcan varias páginas. —¿Qué hay con ciertas reglas del “escribir bien”? Cosas como evitar los adverbios terminados en -mente o no repetir palabras... —No se trata tanto de evitar los adverbios sino de no abusar. Forman palabras muy largas, pesadas, y si te encontrás dos o tres en una misma frase suena realmente desagradablemente, verdaderamente realmente desagradablemente. También suelen formar rimas con demasiada facilidad, y la rima en la prosa me hace saltar, si es que es rima. Porque se pueden usar palabras consonantes entre sí sin que formen necesariamente rima; el problema es cuando la consonancia se subraya con alguna puntuación o una forma de ubicación en la frase que lo hace aparecer como un versito; es un problema de métrica + rima. Por otra parte, a veces acumulo esos adverbios a propósito, uno tras otro, para dar énfasis (o por capricho). En El alma de Gardel, por ejemplo, el lector de la editorial me hizo notar una frase cargada de adverbios en “mente”, pero la mantuve porque era a propósito; para mi gusto ahí están distribuidos de tal forma que no pesan. Con respecto a eso de “no repetir palabras”, hay que desconfiar del uso de sinónimos. Cuando encuentro en un texto (a veces incluso en uno mío) un “éste” que sustituye un nombre dicho un poco antes, clavado que se trata de una frase que podría haberse escrito mejor. Si vengo diciendo “casa”, y “casa”, y “casa” y de repente digo “morada” sin nada que lo justifique, me parece de décima. Yo a veces he abusado un poco de las repeticiones, conscientemente, pero cuando no es así, y las detecto durante la corrección, en lugar de sustituir la palabra trato de reorganizar toda la frase, o todo el párrafo. Eso si me molesta, si resulta chocante al oído (porque el lector oye el texto), y sobre todo si se nota que está ahí por torpeza y no en forma deliberada. A veces simplemente se puede eliminar la palabra repetida porque es innecesaria. Pero el uso de sinónimos para ocultar la falta de elaboración es la máxima torpeza. —Y al escribir, ¿les prestás atención a todo eso, son cosas importantes? —Al escribir, nada, sólo escribir, no pensar ni controlar –salvo ese foco de atención crítica para que el inconsciente no te lleve al carajo, pero lateral, como distante, y con mucha cancha para hacer la vista gorda y no trabar la escritura cuando viene fluida. Ser escritor no significa escribir bien (hay quienes escriben mal, como Roberto Arlt, o con un lenguaje poco literario, como Kafka, y sin embargo son grandes escritores), sino estar dispuesto a lidiar durante toda la vida con tus demonios interiores. Y esa lucha no puede ni debe ser impuesta desde afuera, sino que forma parte de la búsqueda o el encuentro personal de cada uno. Por otra parte, sólo son opiniones mías; no es palabra de Dios; lo mejor es usar tu propio criterio. (...) El plagio y la telepatía —Continuando con la Inquisición ¿cómo influye el plagio -o el temor al plagio- en tu creación? Mantuviste guardado un cuento de El portero y el otro durante décadas porque creías que se parecía a otro, hasta que te convenciste y lo publicaste. ¿Por qué ese celo? ¿No denota inseguridad? ¿No pensaste que con eso estabas sustrayendo a los lectores -definitivamente, de haberlo eliminadoalgo que les podría dar placer? ¿que, en definitiva, les podría servir de algo? —El asunto es complicado. Desde que empecé a escribir, hay textos que los notaba como no-míos; o bien venían de una parte mía que me era completamente ajena y aún hostil, o bien había que pensar


Mario que la memoria me había jugado una mala pasada y me había dictado un texto ajeno, borrándome el dato de que no era mío. Un tiempo después surgió una historia escalofriante. Yo había escrito un relato más bien extenso, de punta a punta (un tipo que se despertaba de noche y advertía por azar que su mujer, que dormía a su lado, tenía como una línea sutil en la cara; siguiendo esa línea descubrió que la mujer tenía puesta una máscara, que esa cara que él conocía no era la verdadera. Entonces se levanta y sale a caminar, y ve que la ciudad que él conocía no existía, que eran sólo fachadas, cartones pintados, que unos obreros estaban armando ahora porque se acerca la salida del sol. También ve gente por ahí, actores, que ensayan unos papeles que después van a representar para él cuando salga a la calle; uno hará de vendedor de diarios, etc. Al final el tipo llega a la conclusión de que no puede hacer nada, y se vuelve a la casa, se acuesta otra vez junto a su mujer, apaga la luz y se duerme). Apenas terminé el cuento me dije: esto no es mío. Empecé a llamar por teléfono a todos mis amigos que tuvieran una mínima relación con la literatura, y les pregunté si me habían contado alguna vez una historia como ésa. Nada. De todos modos lo rechacé, me asustó, lo desconocí. Lo destruí ese mismo día. Pasaron dos o tres años, o no sé exactamente cuántos, y conocí a Teresa Porzecanski; nos hicimos amigos y un día me invitó a su casa. Ahí conocí a su marido, Julio Schwartz (que murió el año pasado), (Nota: se refiere a 1999) de cuya extensa biblioteca tenía alguna noticia. Era un tipo muy orgulloso de su biblioteca, y me llevó a conocerla. De pronto toma un libro de un estante y me dice “esto te puede gustar”, y me lo alcanza. Yo lo abro al azar por cualquier lado, y empiezo a leer el cuento aquel que yo había escrito. Lo leí en un minuto, salteando, y estaba más o menos TODO. Con otro estilo, etc., pero el mismísimo argumento. Quedé en estado de shock; no recuerdo qué libro era, ni qué autor, ni cómo se llamaba el cuento. No lo volví a ver, ni siquiera lo busqué. Muy pocas veces me acuerdo de esta anécdota, pero me dejó marcado. Cuando pienso “esto no es mío”, seguro que no es mío. ¿De dónde lo saqué? A raíz de otras experiencias, –que Elvio Gandolfo niega recordarlas, incluso afirma que nunca existieron–, llegué a la conclusión de que me lo

Levrero había pasado Gandolfo por telepatía desde Rosario, donde vivía en aquella época. Desde luego que no hay ninguna certeza al respecto, pero es la explicación más científica que he encontrado. —Tus reparos frente al plagio me recuerdan la anécdota que cuenta Buñuel en su autobiografía Mi último suspiro, sobre Chaplin. Este acostumbraba a tener lápiz y papel sobre la mesita de luz; si soñaba alguna música, la escribía y volvía a dormirse sin temor a olvidarla. Así escribió Candilejas, pero al parecer debió enfrentar un juicio por plagio porque parte de esa música ya había sido compuesta. Por otro lado, no sé si te diste cuenta de que el argumento de tu cuento destruído es el mismo de la película The Truman Show, con Jim Carrey, salvo que allí esa vida impostada –y de mampostería– era transmitida a millones de televidentes. Quizá tu cuento era mejor que el “original”, con lo que tal vez hayas privado a tus lectores de una joyita. Shakespeare tomó prestado argumentos, como el de Romeo y Julieta y los convirtió en obras maestras. —No es que esté especialmente preocupado por el plagio. Lo que me molesta en todos los casos es esa ajenidad, ese sentimiento de que “esto no es mío”. En realidad, cuando escribí mi primera novela, me dediqué a imitar con la mayor precisión a mi alcance al Sr. Kafka; eso no me molesta, y así lo declaré muchas veces. Pero escribir algo y sentir que no es mío es una impresión muy alarmante. Candilejas es un plagio a un tema muy, muy famoso (creo que es el Concierto número 1) de Tchaikowsky. No sé quién le habrá iniciado el juicio; seguramente no fue el autor. Es difícil creer que no se haya dado cuenta, pero esas cosas pasan. (...) —Vi un documental en el canal “People&Arts” que trataba sobre las investigaciones de los rusos en el estudio de la telepatía. Había una entrevista muy interesante a un catedrático y en ella se mostraban experimentos filmados en la Universidad de Leningrado. Incluso decía que en Rusia había programas televisivos tipo talkshow con síquicos/as de gran popularidad. Me sorprendió la afirmación de que esos “poderes síquicos” se agotan; que disminuyen y hasta pueden desaparecer. —Más que “poderes”, son debilidades, porque los fenómenos se dan a costillas del yo, y a la larga el yo se deteriora. Yo me las estoy viendo negras con la falta de voluntad que me aqueja, cada día más. Si se agotan, es porque la persona robustece su yo. No es que

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CONVERSACIONES CON MARIO L EVRERO dejen de comunicarse, sino que el inconsciente no aflora, no encuentra por dónde asomarse, y la información que se recibe queda oculta. Por otra parte, la gente sujeta a experimentación tarde o temprano empieza a hacer trampas, porque los fenómenos reales son espontáneos, y cuando no se producen tratan de trampear porque ganan algo con eso (les pagan por los experimentos, etc.). O bien desarrollan sin darse cuenta formas de hiperestesia que imitan inconscientemente a la fenomenología paranormal, y en esos casos el margen de error es muchísimo mayor porque uno no puede distinguir si lo que percibe es una información venida “de afuera” o es el fruto de un temor o un deseo, es decir una fantasía. (...) —En varios pasajes el narrador de tu Nick Carter cambia bruscamente de la pimera persona a la tercera ¿hay alguna razón, recordás por qué? —No fue una decisión del yo, ni un cálculo, sino que se presentó así. ¿Cómo me di cuenta de que eso venía en tercera persona? Porque veía al protagonista, que era el narrador, desdoblado; yo ya no lo estaba personificando (percibiendo a través de sus sentidos), sino que lo veía de afuera. —¿Quiere decir que al principio veías el relato desde el punto de vista de Nick Carter pero luego lo veías desde fuera del personaje? ¿Cómo se explica, cómo funciona esto? —Bueno, todo es muy simple: narrás lo que percibís, y lo narrás tal como lo percibís, sin atarte a otra cosa que a esa percepción. Así podés tranquilamente hacer mierda el espacio y el tiempo y la forma narrativa, y sin embargo todo se sostiene en un mágico equilibrio, sólo porque las cosas son así. Y esa percepción del narrador ya tiene un ritmo, una cadencia, un tempo, que es lo que define el estilo del texto. Probablemente porque tenga razón Lacan, que detrás de la imagen está la palabra. (Yo agrego que esa palabra está encriptada, está en un idioma del inconsciente –o quizás a un nivel tan profundo que, sin estar encriptada, no podemos captarla directamente–, y sólo podemos recuperarla cuando se hace imagen; agarramos la imagen y la volvemos a traducir a palabra, en nuestro lenguaje.) La imaginación siempre es la puerta, la vía de comunicación con las cosas profundas ocultas a la consciencia. (...) —Esto enlaza con la cuestión de tu reiterada y no explicada afirmación de que los cuentos o textos “preexisten” antes de ser escritos. Quisiera que aclararas esta duda (y sobre todo, quisiera de alma entender esa aclaración). —Vos sí que me hacés trabajar. Sos un Gran Inquisidor. Insaciable. Trataré de responder, pero no te enojes si repito historias o conceptos, porque tuve que hablar de esto en distintas oportunidades y ya no sé con quién, qué. 1) saber qué es lo que pugna por salir es muy fácil. Te sentás en un sillón cómodo, a solas, en un lugar tranquilo, no completamente a oscuras pero sí con luces no demasiado intensas ni brillantes, te aflojás todo lo posible, dejás vagar la mente, cerrás los ojos, no te duermas todavía, y dejás que empiecen a aparecer imágenes en tu mente, sin buscarlas ni rechazar las que aparezcan aunque no te gusten o te aburran. Después de un rato, en ese desfile de imágenes encontrarás algo que te despierte especial interés o curiosidad, y en ese caso tratás de ver más del asunto, forzás un poquito, apenas un poquito, la atención en esa imagen y tratás de mantenerla un buen rato. No se mantendrá quieta, sino que se desarrollará lo suficiente

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como para darte idea de una historia que la contiene, aunque no sepas cuál. Entonces vas y te ponés a escribir sobre esa imagen o esa historia, sobre lo poco que conozcas, y dejás que salga el texto preexistente. 2) El texto preexistente no sé cuán preexistente es; no sé si está allí desde hace siglos o años o apenas fracciones de segundo antes de que vos lo percibas; tal vez lo percibís cuando llega a la punta de los dedos, una fracción de milisengundo antes de apretar las teclas. No sé cuál es la explicación de todo esto, pero es probable que resida en la existencia de múltiples cerebros que poseemos (tres capas, que yo sepa, en la cabeza: cerebro de reptil, cerebro paleomamífero y cerebro neomamífero, la capa más externa). Algunos de esos cerebros son cuasi cerebros o protocerebros, es decir centros nerviosos (plexos) que tienen cierta autonomía y están situados en distintos lugares del cuerpo, como el pecho o las rodillas, sin ir más lejos. Un modelo del trance hipnótico (Dennis Wier, suizo) lo describe como un estado en que se deshabilitan una serie de funciones (o habilidades) en función de otras. Lo compara con una habitación llena de parlantes a distintos niveles de salida, y sería como bajar el volumen de algunos para poder oír otros. Sin necesidad de llegar a un auténtico estado de trance hipnótico, ese ejercicio de atención que te señalé al principio ayuda a este poder oír (o ver) lo que estaba tapado por volúmenes más fuertes. Una vez en Piriápolis iba, de noche, por un lugar solitario de calles retorcidas, de regreso de la casa de un amigo a quien no encontré. Las veredas estaban llenas de pasto y yo iba por la calle, junto al cordón. De pronto oí un ruido tremendo, como el rugido de un monstruo prehistórico, y vi, en lo alto, una cosa redonda, luminosa, que apareció de golpe. Salté a la vereda para ponerme a salvo de no sé qué calamidad, y pude captar milagrosamente una frase que se formó en mi interior: “Un monstruo de un solo ojo!!!” un instante antes de reconocer que aquel fenómeno era un vehículo municipal, que hasta ese momento nunca había visto, encargado de limpiar con unos cepillos giratorios y chorros de agua los bordes de las veredas, o mejor dicho de las calzadas. El ojo del monstruo era un foco luminoso muy alto incluido en la máquina.Ahí descubrí el origen de las metáforas. “El foco de esa máquina espantosa era como el ojo de un monstruo”. Entonces, vos podés optar por usar metáforas ajenas, y serás un escritor clásico (el alba de rosados dedos), o bien metáforas propias. Para usar metáforas propias podés pensar intensamente durante algún tiempo y sacar a relucir todo tipo de ingeniosidades, pero las más reales y convincentes vienen desde adentro, fabricadas por la percepción directa de otro cerebro, independiente del yo consciente y voluntario. En cualquier caso, la forma de escribir con fuerza y ser colorido y convincente, es prestar atención a lo que viene de adentro, aunque se trate de objetos que están en el mundo exterior. Esos objetos se hacen artísticos o pasan a ser materiales artísticos sólo a través de un proceso en nuestro ser interior. O sea, que no tiene ninguna importancia si tu personaje salió de un hecho policial publicado en los diarios o salió de un sueño; para escribir sobre él de modo literario debés pasarlo previamente por tu máquina de elaboración interior. Creo que está todo bastante claro, ¿o no?

(...)


Contra la polifonía posmoder na posmoderna EL YA CLÁSICO CUESTIONAMIENTO DE ERNEST GELLNER MANTIENE SU ACTUALIDAD

La concepción posmoderna se ha apoderado del mundo intelectual actual. Parece ineludible hablar de la crisis de la historia y del gran relato, de la fragmentación de la verdad y de la inaccesibilidad a la realidad del Otro. La epistemología tradicional es desplazada por la hermenéutica, y todos los sistemas de significados son proclamados equivalentes. La noción de lo objetivo se desvanece: la realidad ya no es exterior ni única, sino interna, polimorfa y dependiente. En este marco, lo último que un intelectual desea es ser clasificado de “positivista”. Arriesgándose pese a todo a llevar ese estigma, Ernest Gellner (1925-1995, catedrático de antropología social en Cambridge) se atreve a hacer un análisis crítico del discurso dominante, en un lenguaje depurado del “arsenal” conceptual relativista. Se ubica así en una minoría, criticando con lucidez el discurso altamente predominante en ciencias humanas, con toda la valentía que (más allá de los cuestionamientos que puedan hacérsele a su positivismo) tal acto entraña. Y no sólo esto, sino que va aún más allá: desenmascara al posmoderno para explicarlo políticamente, lo revela en su conservadurismo intrínseco y consecuencial. Una sola voz, un “solo” se levanta contra la “polifonía” del posmodernismo. La actitud posmoderna En su libro Posmodernismo, razón y religión1, objeto de estas notas, E. Gellner dibuja la situación triangular frente a la que se sitúa cualquier espíritu contemporáneo: según su tesis, existen tres grandes opciones intelectuales o posiciones básicas desde las que se puede comprender el mundo actual. El “fundamentalismo religioso” se basa en una revelación, que privilegia su propia fuente dejándola exenta de análisis y que consagra verdades sustanciales; el posmodernismo, espécimen del relativismo, conduce en cambio a un nihilismo tanto moral como cognitivo; y el “fundamentalismo racionalista”, opción a la que Gellner se adhiere, absolutiza un método, un procedimiento –el científico–, pero sin aferrarse a ninguna verdad sustancial: ninguna cultura puede estar, pues, en posesión definitiva de la verdad, aunque debe sí consagrarse a su búsqueda seria. A la hora de caracterizar el movimiento posmodernista, Gellner parodia y ridiculiza. En posesión de una fuerte ironía, escribe: “El posmodernismo es un movimiento contemporáneo. Es fuerte y está de moda. Por encima o más allá de esto, no está nada claro qué diablos es” (37). Así, lo oscuro y vacío de su definición pone de relieve la vacuidad y oscuridad del propio objeto a definir. Gellner destaca sin embargo varios caracteres que sirven para delinear la actitud posmoderna, pese a que la “niebla” lo cubre todo. El intelectual posmoderno rechaza la búsqueda de generalizaciones, a imagen de lo que hace la ciencia, bajo sanción de ser catalogado como “positivista”. No busca hechos externos y objetivos porque considera que todo está transido de significados, no trasladables de cultura a cultura. Así, ...”la teoría” tiende a convertirse en un conjunto de meditaciones pesimistas y oscuras sobre la “inaccesibilidad del otro y sus significados” (38). Todo lo cual desemboca en el absurdo cognitivo, o en la poesía: “En ocasiones, a lo que parecen aspirar es a un collage de proposiciones procedentes tanto de la gente investigada como del investigador, acerca de sus respectivas angustias cognitivas” (43). De esta forma llegamos a los estilos de presentación “dialógicos” y “heteroglósicos”, que evitan presentar hechos únicos, sustituyéndolos en cambio por “voces múltiples”. El collage, el pastiche y la polifonía predominan.

Una consecuencia de esta forma del pensamiento es lo que podemos llamar la “toma del sujeto”: el reducto cartesiano es invadido, convirtiéndose el sujeto que conoce en una voz más esquizofrénicamente ubicada en el “coro”. El sujeto sólo puede pensar y sentir a partir de los paquetes de significados culturalmente inyectados, y éstos se contradicen a sí mismos, por lo que ya no hay descanso ni certidumbre dentro suyo. El posmoderno se sume así en lo que Gellner llama con humor “hipocondría epistemológica”. Su actitud más prototípica es ...”hacer alarde de sus escrúpulos y parálisis interna, recurriendo a la duda y al calambre epistemológico como una justificación para una gran oscuridad y subjetivismo” (62). El movimiento se enorgullece de haber superado la epistemología tradicional, que busca la verdad única, y de jugar en cambio a otro juego: la hermenéutica. Pero al minar los postulados de los que emerge el conocimiento válido, el posmodernismo incurre en el contrasentido de sacralizar la misma ignorancia, el no-conocimiento: “...se entusiasman y emborrachan tanto con la dificultad de explicar el “otro”, que al final ni siquiera intentan alcanzarlo, sino que se contentan con desarrollar el tema de su inaccesibilidad, ofreciendo un tipo de iniciación a una “nube de ignorancia”, a un “no-acceso privilegiado”... La “inaccesibilidad del otro” se convierte en una ciencia”... (75). En resumen, la actitud posmoderna implica según Gellner una “regresión a la subjetividad y a la contemplación del propio ombligo”, una serie interminable de “metabobadas”, una especie de “histeria de la subjetividad”. Un tema de poder. Posmodernismo y asimetría. “El ‘camino hermenéutico a la igualdad cultural’ –todos los conjuntos de significados son iguales– también le coloca a uno plenamente entre los ángeles políticos” (65), des-cubre Gellner, y esa conexión del discurso con el contexto político mundial contemporáneo es la que pretenden desenrollar estos apuntes. La interrogante a responder es si el posmodernismo, discurso que atraviesa las ciencias del hombre, es conservador del orden político, social y cultural establecido o por el contrario subvertidor del mismo, como en apariencia lo es al proclamar la equivalencia de toda cultura y grupo minoritario. A partir del modelo de análisis presentado por Gellner intentaremos indagar en esa zona delicada. En el marco de la historia universal, la gestación del posmodernismo se desenvuelve a partir del período posterior a la Segunda Guerra Mundial: tiempo correspondiente a la descolonización, en que se produce el final de la dominación europea abierta que comenzando con los grandes descubrimientos había alcanzado su auge a principios del siglo XX. Así, subyaciendo a la concepción posmoderna, reposan dos pares de asociaciones de ideas: colonialismo/positivismo descolonización/hermenéutica (y a la larga, posmodernismo) De esta manera, se forma la convicción de que la actitud posmoderna habría nacido ligada al antiimperialismo. El subjetivismo cognitivo (llevado hasta la exacerbación) implica respeto por la variedad cultural, e importa una declaración de igualdad. En cambio la actitud del positivista, traducida en su búsqueda y exposición de hechos claros, objetivos, externos, corresponde a la perpetuación de la dominación colonialista (o patriarcal, etc., ya que es necesario referirse también a la liberación de otros grupos subyugados): constituye una forma de imperialismo. Como corolario, la simple postulación de una realidad transcultural, única y objetiva constituye una peligrosa herramienta de dominación, una artimaña propia de los colonizadores. El posmoderno reconoce en cambio

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Contra la polifonía posmoder na posmoderna que cada cultura tiene su imagen de la realidad transida de sus propios significados, y que cada una de estas imágenes vale equivalentemente. Sobre estas bases el posmodernismo se autopresenta como un discurso articulado en el proceso de liberación política: como un sistema de ideas emancipador. ¿Pero que ocurre con la imagen de mundo que la visión posmoderna inevitablemente trae adherida? El posmodernismo construye su universo (insoportablemente fragmentado, inaccesible, impresionista) a partir de premisas puestas a priori, no investigadas. Y como se verá, uno de sus problemas principales es que esta construcción de mundo se desconfirma a sí misma. En efecto, negando el hecho central de nuestro tiempo (la existencia de un estilo de conocimiento que, siendo desequilibrantemente poderoso en lo económico, militar y administrativo lleva a que todas las sociedades se vean en la necesidad de adoptarlo), el posmodernismo filosóficamente parte de una supuesta igualdad inicial, de una perfecta simetría. Esta premisa (no demostrada, ya que la propia “inaccesibilidad” del universo lo impide) del igualitarismo hermenéutico es notoriamente desmentida por la situación mundial actual, caracterizada al contrario por una trágica asimetría en los distintos tipos de cognición. El relativismo cognitivo lleva a una parodia grotesca de nuestra situación colectiva actual, del mundo en que vivimos. Así, se ocultan atrás del discurso relativista las dramáticas desigualdades de poder de los distintos estilos de conocimiento; las asimetrías en el poder cognitivo y económico que caracterizan a la situación mundial actual, donde la ciencia y sus espectaculares aplicaciones tecnológicas consagran la hegemonía de las potencias que la poseen. Como cualquier otro discurso, el de la posmodernidad provoca modificaciones en el mundo en que se inserta. ¿Pero en qué dirección van estos cambios, se trata como se invoca de un sistema de ideas liberalizador? El partir de un universo imaginario equivocado (un mundo simétrico) determina que el movimiento tenga consecuencias “perversas”, constituyendo un caso de “profecía que se anula a sí

misma”. En efecto, al esconderse la asimetría y desigualdad reales se bloquean las fórmulas de su superación, como ser el derecho de las culturas tecnológicamente más atrasadas a la discriminación positiva. Si bien el discurso posmoderno no legitima la asimetría, la asegura a través de su propio incidir en el mundo. Si se reconocen desigualdades, éstas deben ser (según la máxima de justicia aristotélica) tratadas desigualmente, a los efectos de su compensación. La postulación, por el contrario, de un mundo simétrico, desemboca en la perpetuación del mundo desigual realmente existente. Utopía engañosamente alcanzada, el simetricismo hermenéutico actúa como una ilusión adormecedora. Desembocamos así en el carácter conservador del posmodernismo, perpetuador del statu quo, de lo establecido, del (des)equilibrio mundial. Otra dominación se disimula detrás de la pantalla de la violencia simbólica, de la presión de los conceptos: la del conocimiento con sus consecuencias sociales y económicas. Ya no se trata de la dominación política, hace ya mucho superada, que ponía a su servicio a los significados para asegurar su sometimiento. Ahora la forma de la dominación ha mutado, pero se vuelve invisible ayudada por la hermenéutica que, gastando todas sus energías en el combate al imperialismo, hace escurrir y oculta los actuales mecanismos de hegemonía. Por otra parte, el nihilismo resultante de las posiciones relativistas (nihilismo que es tanto cognitivo como moral: no puede existir conocimiento más allá de la cultura ni criterios transculturales, y tampoco una moralidad que trascienda lo cultural) refuerza la función conservadora de estas doctrinas. El situarse del lado del ‘no poder saber’ y el reivindicar la imposibilidad del conocimiento también tiene un valor político. La inaccesibilidad a la realidad y al otro es otra de las premisas no demostradas que sustentan filosóficamente al movimiento posmoderno. Pero sus consecuencias políticas son de gran magnitud: “Agonizan tanto en su incapacidad de conocerse a sí mismos y al otro, a cualquier nivel de la regresión, que no necesitan preocuparse demasiado por el “otro”. Si todo en el mundo está fragmentado y es multiforme, nada se parece realmente a nada y nadie puede conocer a otro (o a sí mismo) ni comunicarse. ¿Qué otra cosa puede hacerse como no sea expresar, en una prosa impenetrable, la ansiedad producida por esta situación?” (62). Todo en el posmodernismo estimula a la complacencia y al conformismo. La decisión apriorística respecto a la imposibilidad del conocimiento (tal como era entendido por la epistemología tradicional) entraña profundas consecuencias prácticas y políticas. Conduce a la comodidad, a la falta de acción y a la docilidad. POSMODERNISMO COMO EXPIACION O EXORCISMO Es significativo que el posmodernismo sea más atractivo en aquellas zonas que más se benefician de la asimetría congitiva. Esto resalta aún más la hipocresía subyacente al movimiento. Podemos ver en el posmodernismo, en efecto, un sistema de ideas capaz de cumplir una función psicológica de expiación respecto de los ex colonizadores. El norteamericano o el europeo occidental, en su deseo de exorcizar su antiguo papel de dominador, se entrega a la idea de la multiplicidad de visiones, intentando expiar las culpas de una hegemonía que convalece. Se siente así deslumbrado ante el descubrimiento de que su cultura es simplemente una entre otras, y ante la constatación de la pluralidad de los significados. El postulado evidente de que los significados no son idénticos en todas las culturas se le presenta como una gran revelación. Así, a la culpabilidad que siente por ser más rico y más poderoso que los demás, opone, como un antídoto, su igualitarismo hermenéutico. El relativismo fácil del posmoderno, dice Gellner, es ...”una afectación, especialmente atractiva entre los provincianos más ingenuos de las culturas privilegiadas, quienes suponen que esta

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Contra la polifonía posmoder na posmoderna inversión de su previo punto de vista les va a ayudar, de golpe y porrazo, a expiar sus privilegios, a entender a los otros y a sí mismos, y a comprender nuestra difícil situación común” (92). ELRETORNOALIDEALISMO Otro de los rasgos del posmodernismo, la constante propensión al idealismo, colabora a definir la escasa capacidad subvertidora del movimiento, acentuando su conservadurismo. La primacía que se da a los sistemas de significados, en detrimento de otros sistemas y estructuras, lo ubican en el reverso de la dialéctica marxista, aproximándolo al idealismo hegeliano. Cualquiera de estas explicaciones -materialismo e idealismo- es limitada y por lo tanto inhábil para explicar la realidad en su totalidad. A Gellner le resulta paradójica esta característica del movimiento posmoderno, teniendo en cuenta que ...”los hermeneutas (en todo caso, en el mundo posterior a 1945) tienden a situarse a la izquierda, o en cualquier caso a menudo se oponen críticamente al orden establecido. Cabría esperar que fueran sumamente perceptivos hacia las formas de control coactivo y económico...” (82). Pero los posmodernos están exclusivamente volcados al análisis de la presión conceptual y de la dominación simbólica. Su tendencia es a explicar en términos de significado cualquier tipo de presión, violencia o coerción, marginando el estudio de las estructuras políticas, económicas y sociales, y las presiones que emergen de las mismas. Estas otras esferas, al encontrarse predeterminadas por los sistemas de significados, se desechan como no relevantes para el análisis, lo que llama la atención de Gellner: “Cabría esperar que fueran conscientes de la manera en que la coerción política y económica garantiza e impone los significados, y no que se centraran principalmente, o incluso exclusivamente, en el modo en que los significados se usan para reforzar la desigualdad política y económica”.... (82). Al desinteresarse de otras dominaciones, centrándose en cambio en la simbólica, el análisis hermenéutico ...”engendra una percepción selectiva que, en efecto, hace caso omiso de esas otras presiones, o que incluso por implicación niega su existencia. Si vivimos en un mundo de significados, y los significados agotan el mundo ¿dónde cabría la coerción por el látigo, la pistola o el hambre?” (83). Ahora bien: no puede proclamarse, sin una investigación previa, el predominio de los factores culturales y de los significados por encima de los componentes económicos, políticos y sociales. La sociedad es más bien una amalgama de la totalidad de estos factores, el resultado de la interacción compleja de los mismos. La limitación del método que el posmodernismo propone lleva al movimiento a la ceguera respecto de todos los aspectos no semánticos de las sociedades.

escenario. O sirven para distraer de los verdaderos hilos de la acción, que se mueven en un lugar distante de la escena. En el mejor de los casos, el habla deviene simple catarsis. Sin necesidad de suscribir in totum el positivismo del autor, al que la tan mal tratada hermenéutica le ha hecho a esta altura desmentidos innegables, la posición de Gellner aparece como una bocanada de aire fresco ante la exageración impresionista, subjetivista e idealista de una buena parte del pensamiento de nuestra época.

Nota 1

(Ediciones Paidós, Barcelona, 1994, traducción de Ramón Sarró Maluquer)

“CRATILO” O LA PARALISIS COGNITIVA. PEQUEÑAS CONCLUSIONES PERSONALES Las teorías, actitudes y posturas filosóficas no se inventan sino que circulan y retornan en el tiempo. La parálisis cognitiva propia de algunas corrientes posmodernas no es realmente una inauguración, sino un reestreno. Ya Platón recuerda la actitud adoptada por Cratilo que, habiendo llegado a la conclusión de que no se podía adjudicar ningún atributo verdadero a ningún objeto, se limitaba a señalar a éstos con un dedo. Cratilo es un símbolo de la parálisis a la que puede llevar el nihilismo cognitivo extremo. Esta inmovilidad, producto de la adopción de premisas relativistas, no es una consecuencia inocente de las mismas: en la actualidad aparece como políticamente útil a la sociedad poscolonial. Perder el peso del habla, o fragmentarla en mil voces, implica disminución de presencia: los personajes se vuelven decoración del

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Catálo g o de libros desleídos Catálog go Autor: ARIWARA NO NARIHIRA Título: CUENTOS DE ISE (relatos japoneses del siglo X) XIX Una vez, un hombre tuvo relaciones con una de las acompañantes de las damas de la corte. Mas pronto se alejó de ella. Como él tenía su empleo en los mismos lugares, la muchacha lo divisaba a menudo. El hacía como si no la conociera. La muchacha le envió estos versos: Tan lejos como las nubes en el cielo Mi amante Se aleja de mí Ante mis ojos, empero, El aparece a menudo El hombre contestó: Si como las nubes, en el cielo Yo paso Mi tiempo, Es porque sobre mi montaña El aire es violento. El hombre respondió así porque decía que la muchacha tenía otros amantes. Autor: LA BRUYERE Título: LOS CARACTERES DE TEOFRASTOS (máximas, 1693) Sobre la instrucción tardía Se trata de describir algunos de los inconvenientes en que caen los que, habiendo despreciado en su juventud las ciencias y los ejercicios, quieren reparar esta negligencia a una edad ya avanzada mediante un trabajo con frecuencia inútil. Tal ocurre, cuando un anciano de sesenta años se empeña en aprender versos de memoria, para recitarlos en la mesa, durante un festín, cuando precisamente por faltarle la memoria, se expone a tener que quedarse a la mitad de su empeño. Otra es su propio hijo quien le enseña, un poco tarde, claro está, las evoluciones que es preciso hacer en las filas, tanto a derecha como a izquierda, el manejo de las armas y cual es el uso, en la guerra, de la lanza y del escudo. Si monta a caballo que le han prestado, le excita con la espuela, quiere manejarle, y por hacerle dar vueltas y caracolear, cae pesadamente y se rompe la cabeza. Se lo ve, ora tratando de ejercitarse con la jabalina, lanzarla durante todo un día contra un hombre de madera, bien tirar al arco y disputar con su criado sobre cual de los dos acertará mejor en el blanco con las flechas, para lo cual querrá al principio aprender de él, para al punto ponerse a instruirle y a corregirle cuál si el fuera el más hábil. En fin, viéndose enteramente desnudo al salir de un baño, imitará las actitudes de un luchador, pero por falta de costumbre, de un modo enteramente falto de gracia y agitándose de una manera ridícula. Autor: ANTONIN ARTAUD Título: HELIOGÁBALO O EL ANARQUISTA CORONADO (novela, 1934) Puede que Heliogábalo llegase a Roma en la primavera del año 218 después de una extraña marcha, de un desencadenamiento fulgurante de fiestas a través de todos los Balcanes. Unas veces corriendo a todo tren con su carro, recubierto de toldos, y detrás de él el falo de diez toneladas que seguía al tren, en una especie de jaula monumental, hecha, al parecer para una ballena o un mamut. Otras veces deteniéndose, mostrando sus riquezas, revelando todo lo que

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era capaz de hacer en el terreno de las suntuosidades, de las larguezas, y también de los desfiles extraños ante poblaciones estúpidas y atemorizadas. El Falo, artrastrado por trescientos toros a los que enrabiaban hostigándolos con jaurías de hienas aullantes, pero encadenadas, atravesó, sobre una inmensa carreta abocinada con ruedas de la anchura de los muslos de un elefante, Turquía europea, Macedonia, Grecia, los Balcanes, el Austria actual, a la velocidad de una cebra al galope. Después, de cuando en cuando, comenzaba la música. Quitaban los toldos. Montaban el falo sobre su zócalo, tirando de él mediante cuerdas, con la punta al aire. Y salía la banda de los pederastas, y también de los actores, de los bailarines, de los Galos a los castrados momificados. Y siempre dentro del paroxismo, del frenesí, en el momento en que las voces enronquecidas adquirían un tono de contralto genésico y femenino, Heliogábalo con una especie de araña sobre el pubis, cuyas puntas despellejaban su piel, hacían brotar la sangre a cada movimiento excesivo de sus muslos empolvados con azafrán, sumergido en el oro, cubierto de oro, inmutable, rígido, inútil, inofensivo, llegaba, con la tiara solar, con su manto sobrecargado de piedras, comido por fuegos. Autor: ERNESTO SÁBATO Título: TANGO Discusión y clave (ensayo, 1963) Dedicatoria del autor y tramo inicial del primer capítulo Las vueltas que da el mundo, Borges. Cuando yo era muchacho, en años que ya me parecen pertenecer a una especie de sueño, versos suyos me ayudaron a descubrir melancólicas bellezas de Buenos Aires: en viejas calles de barrio, en rejas y aljibes, hasta en la modesta magia que en las tardecitas puede contemplarse en algún charco en las afueras. Luego, cuando lo conocí personalmente, supimos conversar de esos temas porteños ya directamente, ya con el pretexto de Schopenhauer o Heráclito de Efeso. Luego, años más tarde, el rencor político nos alejó; y así como Aristóteles dice que las cosas se diferencian en lo que se parecen, quizá podríamos decir que los hombres se separan por lo mismo que quieren. Y ahora, alejados como estamos (fíjese lo que son las cosas), yo quisiera convidarlo con estas páginas que se me han ocurrido sobre el tango. Y mucho me gustaría que no le disgustasen. Creameló. 1. HIBRIDAJE Los millones de inmigrantes que se precipitaron sobre este país en menos de cien años, no sólo engendraron esos dos atributos del nuevo argentino que son el resentimiento y la tristeza, sino que prepararon el advenimiento del fenómeno más original del Plata: el tango. Este baile ha sido sucesivamente reprobado, ensalzdo, satirizdo y analizado. Pero Enrique Santos Discépolo, su creador máximo, da lo que yo creo la definición más entrañable y exacta: “Es un pensamiento triste que se baila”. Carlos Ibarguren afirma que el tango no es argentino, que es simplemente un producto híbrido del arrabal porteño. Esta definición no define correctamente al tango, pero lo define bien a Carlos Ibarguren. Es claro: tan doloroso fue para el gringo soportar el rencor del criollo, como para éste ver a su patria invadida por gente extraña, entrando a saco en su territorio y haciendo a menudo lo que André Gide dice que la gente hace en los hoteles: limpiándose los zapatos con las cortinas. Pero los sentimientos genuinos no son una garantía de razonamientos genuinos, sino más bien un motivo de cuarentena; un marido engañado no es la persona en mejores condiciones para juzgar los méritos del amante de su mujer.


El her meneuta del microscopio hermeneuta POR EDUARDO ALVAREZ PEDROSIAN ANTROPÓLOGO

Max Ernst: Le jardín des Hesperides, 1936.

Reflexionemos sobre el carácter político y seductor del discurso médico. Interesante para mí fue trabajar durante medio mes para un anatomopatólogo, como mensajero. Era una mensajería muy particular; por lo general, más allá de algunos trámites extra, lo importante era repartir los informes patológicos a los centros de salud, clientes, y más que nada, ir en busca de ‘piezas’, pedazos de cuerpo humano. Éstos, venían en frasquitos, o si no en bolsas de nylon gruesas, dobles a veces, atadas arriba con un nudo. Dentro, flotaba la ‘pieza’: pedazos de riñones, intestinos, cortes de la piel hasta la carne, vesículas, raspaduras de estómagos, mamas... Y por lo general, el transporte era efectuado en ómnibus, colectivo urbano. La responsabilidad es total. Pero bien, lo importante aquí, es tratar la cuestión del discurso, de los enunciados, los valores que emanaban de las acciones y juicios que el profesional de la salud encarnaba, y cómo es la realidad antropológica del día a día desde el funcionamiento de la salud como red de instituciones específicamente. El discurso médico no es cuestión de poder tan sólo, sino también de seducción. Y es que el discurso médico tiene por cierto mucho de misterioso, de místico, de seductor más allá de las jerarquías y del control que su saber le confiere, pues refiere antes que nada a lo viviente y a la muerte. Antropológicamente, la relación del chamán con el manejo de la vida, del cuerpo, de lo desconocido que nos afecta en lo más sensible, puede rastrearse desde la figura sociocultural del médico actual. Claro está, y de eso es de lo que tratamos aquí, las diferencias entre estas dos formas también son abismales; interviene allí todo el gran proceso de ‘secularización’ o ‘modernización’ o ‘autonomización de los campos’, como se le quiera denominar, que en Occidente se experimenta desde el siglo XIX con más fuerza. Charlándolo con el propio patólogo al respecto, era claro que su oficio real, trataba de una manera de interpretar lo que entraba por sus ojos. Era hermenéutica y de la clásica, pues a través de sus ojos, y gracias a una ‘mirada’ que fue adquiriendo y perfeccionando con la práctica sobre cómo leer los síntomas, él llegaba a construir el diagnóstico que consideraba conveniente. Es hermenéutica pura decíamos también, porque su base radica en que existe un sentido de la cosa, en este caso de los signos anatómicos, verdadero, bueno, original. Y así funciona el laboratorio de análisis anatomopatológico: La ‘pieza’ llega, traída por el mensajero, en este caso el etnógrafo. Luego, un experto del bisturí las prepara limpiándolas, cortándolas de las formas en que sea necesario. Después los fragmentos de cuerpo humano son tratados en unos hornos del tipo para la cerámica, para así llegar a finos pedazos disecados de carne, de distintas partes del cuerpo, que son recubiertos por resina. Posteriormente, una chica, estudiante de medicina, se dedicaba a rebanar en láminas microscópicas las ‘piezas’ ya tratadas por el experto del bisturí. Recién después, llegaban aquellos microscópicos fragmentos de cuerpo humano –hasta hacía poco con vida en los organismos a los que pertenecían– a los ojos, a la mirada del interpretacionista patólogo, el doctor de la medicina occidental. Él se encargaba de ‘ver’ si todo andaba bien o si se trataba de algo dañino, ‘maligno’. De allí redactaba por escrito el diagnóstico, inscribiendo su interpretación derivada de la observación microscópica. El aura de misterio en todo esto es brutal. El poder que tiene el médico aquí frente al material, frente a los conocimientos de interpretación... Para mí principalmente, por ser el mensajero, la

distancia de mi visión frente a la ‘pieza’ respecto de la visión del experto, me parecía abismal. Para las otras personas, hasta para la secretaria, las cosas eran más próximas obviamente. Pero aquí el punto es el siguiente: tanto para los demás funcionarios de la salud subalternos, como para mí, y conmigo para la gran mayoría de los que son y serán pacientes, el médico se presentaba como un personaje misterioso. Detentaba un conocimiento propio, que junto a la experiencia, le proporcionaba una fuerza elocucionaria muy notable. Sus juicios siempre iban dirigidos hacia la Verdad, no importa sobre qué, siempre eran contundentes, buscaban la elocuencia en la presencia del diálogo, enunciaba fundamentándose en una operatoria reflexiva racionalista, explícitamente expuesta como funcionalistautilitarista, y siempre buscando el efecto de clausura, siempre con la última palabra. Rodeado de pequeñas placas ordenadas taxonómicamente, con un buen microscopio enfrente, sobre el escritorio, veía, quizás más allá de lo visible, recordando una infinidad de casos anteriores que le vinieron a la memoria por alguna mancha, algún color, alguna forma que se le presentaba ante sus ojos en ese momento. El trato con cuerpos parlantes, con gente, lo evitaba bastante. La secretaria se encargaba de recepcionar a gente que se hacía presente hasta allí, para buscar la rápida respuesta que necesitaban. Éstas personas se enfrenaban ante un médico que no les mostraba su cara jamás, era un misterio para ellos, un médico de laboratorio, y se lo veía claramente en las actitudes, en el respeto casi sagrado que mostraban cuando aparecían a consultar por si las dudas estaba el resultado de su análisis en especial. Por ejemplo aquella madre ansiosa por el análisis de un lunar extraído a una de sus adolescentes hijas. Una vez me dijo, el patólogo, yendo juntos a buscan un centenar de ‘piezas’ a un nosocomio, que para ser médico se necesitaba mucha paciencia para leer muchos libros, y tener claro que siempre se trabaja con pacientes, con ‘la gente’, y por tanto, todo lo que tuviera que ver con los accesorios de la realidad de la salud complicaba la cuestión:

Requena casi Rivera

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El her meneuta del microscopio hermeneuta problemas sindicales, arreglos hospitalarios... El disciplinamiento médico lleva, para aquellos que se han encauzado en él, muchos años y muchas ‘pestañas quemadas’, como suelen decir los rioplatenses padres de los futuros galenos, los mismos que dicen con orgullo ante la sociedad –como nos supo dramatizar Florencio Sánchez en ‘M’hijo el doctor’. Este disciplinamiento lo había posibilitado para leer, descifrar esos extraños signos, velados para la vista humana inmediata, que hablaba de vida dentro del organismo de gentes, y por tanto tenían que ver con el destino de esas personas, con sus futuros posibles o imposibles. Entre el respeto sagrado y el respeto ante el que tiene el reconocido conocimiento, entre la seducción y el poder que provoca, se encuentra la peripecia que nos ha llevado, a los occidentales, desde las formas religiosas a las científicas. Pero en este devenir, no nos encontramos solamente con oposiciones, sino más bien con transformaciones que hacen igualmente presente al pasado: una verdadera arqueología del saber. La seducción frente a los misterios fácilmente se puede presentar, en un decir, en una acción, en este marco que planteamos, en poder, más aún se hacen copresentes en un mismo enunciado, en una misma valoración del sujeto, tan sólo se trata de un cambio afectivo que impregna al discurso de otros sentimientos. El médico no contaba únicamente con la atracción de sus misterios sino que gracias a ellos, y enmarcado en toda una institucionalización heredada de roles sociales, detentaba el poder que lo autorizaba, legitimaba. Y esto lo hacía más allá de los comentarios sobre las ‘piezas’, se expandía, se explayaba a toda la experiencia de vida, sobre lo que sucedía en aquellos pequeños cuartos del hospital bajo su control y dominio. No olvidaré jamás cuando la vieja computadora le perdió un diagnóstico difícil acabado de concluir, uno que –él mismo dijo lamentándose– le había sido muy difícil y que le ‘había quedado tan bien escrito’. Opiné que la máquina era muy vieja, y que no podía esperar menos de un modelo tan antiguo. Frente al computador de quince años de edad aproximadamente, luego de un segundo y fracciones, giró su cabeza hacia atrás y hacia arriba para decirme que cuando mi mujer me tirara a la basura por llevar treinta años de casados me iba a acordar de lo que había dicho. Al principio no entendía lo que quería decirme. Me lo aclaró mejor, diciéndome que iba a lamentar pensar así sobre las cosas y tener tan poco cariño con ellas como para desecharlas por viejas. Fue entonces cuando comprendí, y le dije, ‘ah, pero para mí las personas no son como las computadoras’; literalmente. Sin respuesta, y con el clima bastante tenso, el ‘diálogo’ quedó por esa, estaba todo dicho. El lugar, un punto de vista omnipotente en el que se colocaba a mirar la realidad tangible de las cosas, concordaba perfectamente con aquél que le reconocían quienes lo rodeaban, incluido el etnógrafo, pero como se puede leer aquí, en esta posición tan ambigua, necesaria para la observación etnográfica. El hermeneuta del microscopio, que me hacía acordar tanto a sus antecesores medievales y clásicos, estaba revestido con su túnica blanca, sus conceptos de expuesta cientificidad y tecnología, de todo el saber moderno, y de la carga que ello representaba socialmente para todos. La ‘mitología científica’ era tangible, palpable, audible claramente, y las relaciones de poder, fluctuantes, constantemente cambiantes en

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cada tono de voz, temática, eran igualmente dirigidas con claridad, reticuladas visiblemente, efectivas para todos los presentes, y respetadas casi por completo.

Referencias bibliográficas Bajtín, M. “El problema de los géneros discursivos”, en Estética de la creación verbal. Siglo XXI, México, 1982 [1951-52]. Barrán, P. et. alt. La medicalización de la sociedad. Nordan Comunidad, Montevideo, 2002. Foucault, M. La arqueología del saber. Siglo XXI, México, 1987 [1969]. -———————— El orden del discurso. Tusquets, Barcelona, 1974 [1971]. Latour, B. Woolgar. S. La vida en el laboratorio. La construcción de los hechos científicos. Alianza, Madrid, 1995 [1979].


¿Quién bor ra el sueño? borra

POR JUAN PABLO MORESCO Se estima que toda persona experimenta promedialmente un sueño cada cuarenta y cinco minutos. La afirmación, ciertamente científica, de inmediato despierta controversia: más de un durmiente regular puede afirmar con convicción que ha sostenido jornadas completas ausentes de la más mínima manifestación onírica. Ni una pluma, ni un flash confuso y luminoso, ni un murmullo lejano y retorcido, ni pasos descalzos que a hurtadillas se roban una imagen. En ocasiones, el sueño comete el crimen perfecto. Pero lo más hermoso es la planta que germina de la incertidumbre, el misterio que crece en el humus del olvido. ¿Por qué el sueño es olvidado? ¿Por qué huye? ¿Por qué deja los zapatos en el umbral de la vigilia y se introduce con la parsimonia de un fantasma aletargado? Los teóricos, los científicos, no tiene más remedio que crear, entonces el psicólogo se vuelve artista. La tesis necesita un segundo, un doble; de manera que desdobla la identidad en roles opuestos y dependientes. En el estado profundo del sueño, un niño se libera y hace malabares con los miedos, ocultos en forma de inscripciones en rollos de papiro en el interior de huevos ancestrales. A su lado, un adulto custodia el juego, protege la estratagema de la mente con la que ha superado sus traumas más complejos. La caída de uno de esos huevos supone la liberación de un miedo insoportable, la destrucción de una muralla defensiva, el tino divino en la flecha dirigida a un talón odioso, a un cajón detestable pero irrenunciablemente propio. El niño, inocentemente torpe en sus movimientos, no domina el equilibrio y uno o más huevos caen y se rompen. Entonces el universo colapsa y los gritos se mezclan con oscuras arañas que devoran la cabeza de los hombres. El niño sonríe, para él todo es una fiesta. Su tranquilidad no duerme en la ignorancia, sino que está inscripta en sus tejidos, garantizada por el plan biológico de sus células compuestas y coordinadas en perfecta armonía con la química del adulto custodio que no necesita ver el impacto para matar al niño y auto-eliminarse dejando desierta la sala de juegos, reiniciándolo todo hasta la próxima noche, pues él fue el niño anteriormente y lo será otra vez. En la lógica, entonces, el doble es verdadero; existe con partes transparentes originadas por la teoría y con otras oscuras, provenientes del misterio del olvido del sueño.

AVISO NUEVO 11


Página en v erso verso Por JIMENA ETCHANDY

Es Que Nada Asume Perderse Presencia Existencia Íntegramente Depredadores Descompuestos Se perfilan como Eterno desperfecto Te demandé pero no No lo sé, no está claro No me hagas preguntas No pretendas estar ahí Porque vas a saberlo Sin parar de saber Y no vas a poder Olvidarte más Nunca más En la vida Ni Jamás Pues no Podés Más No Sí Paz Como Siempre Deseabas Bienvenido Se siente bien? Lo puedo ayudar? Cómo es su nombre? Lindo, largo, aburrido? Pida lo que quiera porque Yo estoy para complacerlo Para darle vida a sus deseos Para desviarlo delirantemente Y para desprenderlo de utopías Que no puede comprar ni pagar Nada más que vidas puedo darle Vidas que gratuitamente existen Y no se comparan al deseo puro Ni a deseos inmateriales de ella Te dejo vacía sin sueños ahora Mirate ahora que sos diferente Monumental pero despojada De cara y dedos y formas Nada te queda adentro Más que el vacío de Pasos que aún no Son verdaderos Ni existen Siquiera

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Investigadores, docentes, estudiantes y lectores en general, convoca a la presentación de material para el próximo número: Ensayo, poesía, cuento, crítica, investigación, pintura, fotografía, grabados. Máxima extensión de los textos: quince mil caracteres Fecha de cierre: 15 de octubre.

publicacionparentesis@gmail.com

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Auspician la edición de PARÉNTESIS: Dirección Nacional de Cultura Centros MEC



Paréntesis de setiembre (mails)