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0PINION

Por Jesús Blancornelas (*) / ZETA

El Marrano

Ensombrerado como el de los mariachis pero no arriscado ni con florituras, así se veía al dueño de la marrana

I

ban detrás de la marrana a media calle. Todavía sin pelambre y de piel rosada. Los cochinitos caminaban en hilera y veloces. No había necesidad de arriarlos. Por cada zancada de la madre velozmente daban cinco o seis. Se parecían a ese conejito en el comercial de las baterías. Siempre pensé que iban tras de la marrana no por temor a quedarse solos, sino para alcanzar sus inagotables tetas. La hembra dejaba la huella de sus pezuñas. Es que pesaba demasiado. Resoplaba por lo mismo. Me imagino cómo debía retumbar su co-

razón. Llevaba la trompa casi pegada al suelo y por eso iba levantando terregal con cada bufido. Por naturaleza iba buscando que comer. Se me figuraba que no tenía buena vista. Levantaba lo que se encontraba: Hojas de mazorca, cáscaras de naranja, hormigas, excremento y todo lo que estaba en el suelo capaz de meterse al hocico. De cuando en vez el dueño la golpeaba con una vara de mezquite. Resistente y delgadita. Gris y verde silvestre. Así le indicaba por dónde seguir. Entonces ni banqueta había y le impedía pegarse a la pared de las casas. Es que por allí caminaban doñas y

chilpayates. Naturalmente los espantaría. Además de tan pesada, la marrana podía apachurrar contra la pared a sus críos o a un mocoso. Huarache con suela de llanta usada. Camisola de percal. Pantalón-calzón igual. Cobija pequeña al hombro cubriendo el machete bajo al sobaco. Ensombrerado. Casi como el de los mariachis pero no arriscado ni con florituras. Así se veía al dueño de la marrana. Nos gritaba para anunciar “¡Se veeeeendeeen maaaaarrrraaaaanoooosss!”. Todos los del rumbo sabíamos. “Cuando los veas avísame pronto” me advertía mi

OPINIÓN

abuelo. Por eso nada más les divisaba o decían mis camaradas y entraba corriendo a casa. Abría de golpe la puerta. Par en par. Nada más brincaba la aldaba ruidosamente hueca. Le llegaba con tan ansiada novedad a mi viejo. Pantalón, camisa y “yompa” de mezclilla. Sombrero de ala corta pero de palma. Botines y su cuchillo al cinto. En cuanto salía mi abuelo, el dueño de la marrana le veía los ojos de interesado. “Marchante….ofrezca, ¿cuánto me da por los marranitos?”. El regateo empezaba. Tres pesos lo bajito pero jamás arriba de cinco. Nunca el abuelo compraba más de un animalito. “¿Para qué quiero tantos?” decía. Y aunque se los daban baratos en montón ni los agarraba. Llegaban a un arreglo sin mucha discusión. Mis amigos y yo de mirones. Todo terminaba cuando papá grande me decía: “¿Cuál te gusta?”. Y como casi todos eran iguales apuntaba al primero que se me ocurría o estaba más cerca. Entonces el abuelo agarraba fácilmente al animalito. Pegaba de chillidos. Como si fuera un bebé lo cargaba y entraba a la casa. Atravesaba el zaguán de las macetas con helechos. Seguía por el patio enladrillado. A un lado recámaras, baño, pozo y cocina. Al fondo había un cuarto sin techo. Paredes


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