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CARMEN SIMÓN SOBRE EL ESCRITOR Nacida en la ciudad de México, fue alumna y becaria del escritor uruguayo Mario Levrero. Vivió unos años en Montevideo, regresó a México y en el 2009 fijó su residencia en Barcelona. En su labor como tallerista, actualmente ofrece su Taller de Escritura Creativa con base en los principios del método creado originalmente por Levrero, y cuya estructura ha seguido desarrollando. Habiendo finalizado su novela de corte existencialista, Todo va a estar bien, y en espera de ser publicada, centra su trabajo literario actual en el mundo onírico. Paralelamente y proyectado a mediano plazo, desarrolla un nuevo libro de relatos

ÍNDICE

El aro cobrizo Posada acueducto La rampa Cuestión de clases En tanto la luz Atráz del escenario El mandamiento

El contenido de estos textos es propiedad y responsabilidad del autor, Par Tres Editores, S.A. de C.V. transmite estos textos de manera gratuita a través de su proyecto de difusión cultural y literaria denominada Biblioteca Digital de Escritores Queretanos. Los autores han seleccionado sus textos para permanecer en dicha biblioteca para su uso única y exclusivamente como difusión literaria, por lo que se prohíbe la reproducción parcial o total de esta obra, por cualquier medio, sin la anuencia por escrito del autor, quien es el titular de los derechos patrimoniales de los mismos.


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El aro cobrizo Cuando un canario se muere debes cortarle la pata. Así sentenció el abuelo al momento de trozarla. Después echó al pájaro en el basurero. El anillo recuperado lo puso dentro de un aro cobrizo, que era el de los muertos; para los recién nacidos destinaba el plateado. Muda, yo asentí con la cabeza mientras traté de disimular el fuerte estremecimiento que me recorrió por todo el cuerpo. Mirándole fijamente a esos pequeños relámpagos azules que tenía por ojos, le pregunté con voz baja, como si temiera despertar al pájaro muerto y mutilado, si no sería lo mismo usar las tijeras y no las manos para eso de la cortadera de la pata. Sin darle importancia al tema –aunque le noté un brillo en la mirada, casi una sonrisa–, él me contestó que lo hiciera como me diera la gana, pues lo importante era controlar la anillada. El abuelo partió esa misma tarde. Su pasaje por treinta días era directo a Madrid; después en tren hacia Castilla y La Mancha, para finalmente llegar a su pueblo natal: Mota del Cuervo. Yo me quedé al cuidado de sus más de doscientos canarios de carretilla; a mi hermano le tocó cuidar de la Mosca, la perra. Cuando nos hizo los encargos, yo primero sentí orgullo, luego la angustia fue ganando terreno al removerse mi escondido temor a las aves. Tal como me lo indicara el abuelo, en la mañana antes de partir a la escuela fui rápidamente a abrir la puerta del cuarto de los pájaros para que se ventilara. Empujé hacia abajo la manija y la puerta cedió con facilidad, pero me recibió echándome encima un caliente y concentrado aliento a plumas que me hizo retroceder; desde afuera y estirando lo más posible el brazo empujé la puerta y me marché. Después de la comida decidí atender a los canarios. Subí con entusiasmo las escaleras que llevaban a la terraza, donde se encontraba el cuarto de los pájaros, pero conforme fui subiendo, el recuerdo del hedor de la mañana mellaba mi entusiasmo; comenzaba a estrechar ese peculiar aroma que despiden los pájaros con la repulsión. Llegué al último peldaño, crucé la terraza y, al escuchar desde ahí su canto, los malos olores desaparecieron y a cambio se instaló la figura corpulenta de mi abuelo, con su calva completa y brillante: sentado sobre un banquillo llenando de música el cuarto con su armónica. Los diez dedos de sus manazas se empeñaban junto con los labios en producir una melodía suave y armoniosamente todos los canarios machos cantaban en su peculiar Biblioteca Digital de Escritores Queretanos

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modo: plantaditos en el palo de la jaula, con el brillante plumaje de sus gargantas erizado y el pico sin abrir. Despreocupada entré al cuarto; los pájaros revolotearon asustados esfumando los cantos de mi recuerdo. Me quedé bien quieta un rato para calmarme el susto yo también, y luego comencé a moverme despacito. A limpiar. La rutina: primero las jaulas individuales; tiro de la minúscula perilla que tiene al frente la bandeja y sale; las semillas desparramadas sobre su cubierta las vuelco dentro de un despostillado platón de cerámica; le quito una de las siete capas de hojas de periódico que una vez por semana se le pone a cada bandeja y la introduzco ya limpia a su jaula respectiva; hago lo mismo con la segunda jaula, y así con todas hasta completar las ochenta y tres. Sesenta de ellas son habitadas cada una por sólo un macho; no pueden estar juntos, porque se pelean a muerte. En las otras veinte se hallan las hembras en apareo acompañadas por su macho y, en la esquina, el nido formado de hilachas de ixtle. Las tres restantes están reservadas para los enfermos; los viejos no cuentan, ellos son sacrificados. Sacrificados… vi de pronto la imagen de mi abuelo, alto y fornido: introduce su enorme mano en la jaula del canario viejo; lo caza al primer intento, sin darle oportunidad a que aletee y al sacarlo levanta su brazo, y con un movimiento rápido, contundente, lo azota contra el piso provocándole una muerte instantánea. Los pelos se me erizaron; cada poro me dolió. Siguen las bandejas de los cuatro jaulones, donde en cada uno se hallan unas veinte pacíficas hembras. Levanto cuidadosamente una de las puertas, voy metiendo la mano y luego el brazo, hasta alcanzar lo que antes fueron unas gloriosas latas de sardinas portuguesas, ahora convertidas en cagados comederos. Los vacío; también retiro la bandeja, le cambio el papel y la introduzco de nuevo al jaulón. De las jaulas chicas retiro los pequeños comederos que, por medio de mínimas puertas laterales hechas como trampas, se quitan con facilidad; vierto sus restos y los acomodo de dos en dos sobre una mesa que hay dentro del cuarto. De los costales de ixtle cojo una parte de níger y otra de linaza por cada tres de alpiste; los revuelvo y, después de servir una cucharadita a cada comedero y ocho a las latas, reparto la comida en las jaulas. Ahí van, pareciera como si no hubieran comido en años. Ahora el agua. En una cubeta pongo los bebederos; en la pileta del lavadero los desarmo, con un cepillito lavo pacientemente cada uno y de nuevo los armo llenos de agua clara. Ya de vuelta, divertida los asigno por colores: jaula verde, bebedero verde; jaula azul, bebedero azul; jaula roja, bebedero rojo, y así hasta terminar. Por último con la escoba de popotillo barro el piso y todo queda estupendo. Me paré entonces en el centro del cuarto a contemplar mi obra y, al ver la cantidad de basura que saqué, no pude más que pensar que a los canarios debía de llamárseles puercos, y a los puercos, pues no sé, porque no les 4

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queda eso de canarios. Pero ahora, así, recién limpitos no apestaban tanto y eso me hacía sentir contenta y los canarios lo parecían también. Cerré la puerta, suspiré y les dije hasta mañana. Fueron pasando los días y, aparte del olor y los aleteos, no sucedió nada extraordinario. Yo fui tomando confianza y hasta una tarde me senté en el centro del cuarto imitando a mi abuelo e intenté sacarle música a la armónica para que los canarios cantaran. Por supuesto, sólo conseguí unos sonidos dispares, sin ton ni son, y los desgraciados pájaros pues ni cantaron, ni nada. Mejor dejé en paz el asunto de la melodía, aunque me fui ciertamente con algo de indignación. Un miércoles al entrar al cuarto, noté que uno de los canarios enfermos estaba tirado sobre la bandeja de la jaula, pero no me atreví a tocarlo. Con la parte de goma de un lápiz, nerviosa lo empujé un poquito y, por lo tieso, me di cuenta de que estaba muerto, muertísimo. Eso me alivió, porque así yo no tuve que rematarlo; sólo quitarle el anillo, sólo quitarle el anillo, me repetí sintiendo la fuerza de los latidos del corazón. Abrí la jaula con las manos temblorosas y tomé al canario muerto con una mezcla de compasión y miedo. Puse el cuerpo sobre la mesa, saqué las tijeras del cajón y las coloqué también ahí mismo. Una tremenda agitación en el pecho seguida de unas fuertes punzadas en el estómago me obligaron a sentarme; evitando mis manos, me restregué con el brazo el sudor de la frente y respiré profundamente varias veces. Cogí las tijeras y, sin tocar al muerto, acerqué sus puntas a la pata anillada, cerré los ojos y dejé caer la guillotina. Miré la escena: ahí estaba el cuerpo mutilado, unas cuantas gotas de sangre y la pata desprendida que aún conservaba el anillo. Utilicé la punta de las tijeras para quitárselo y lo inserté en el aro cobrizo. Después, con la punta del pulgar y del índice de la mano derecha, recogí el cuerpo y lo eché a la basura; en una siguiente operación, lo mismo hice con la pata cortada; al basurero se fue también. Cuando volví al cuarto, ya no tuve ganas de limpiar y, pensando que por un día no pasaba nada, simplemente cerré la puerta. Antes de bajar las escaleras me lavé con detergente las manos una, dos, tres veces, muchas veces; también me pasé agua por la cara y el cuello. Esa noche estuve frente a la tele, pero no disfruté; el pájaro y la pata cortada que estaban en la basura, igual se encontraban dentro de mí. Envidiosa miré a mi hermano tirado bien a gusto en el piso con La Mosca echadita a su lado. Jacinta sirvió la cena, pero yo me fui a la cama sin probar bocado; por fortuna me dormí pronto. A partir de entonces, el temor de otra muerte fue convirtiendo cada día en una tortura. Además, la peste de las plumas se me estaba pegando a la ropa, al cuerpo, y después del baño necesitaba echarme litros de colonia para no sentirla. Los pájaros intuían mi nerviosismo, porque apenas me Biblioteca Digital de Escritores Queretanos

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acercaba a sus jaulas comenzaban a revolotear con violencia. Sin embargo, esos ojos azules me empujaban a soportar. Fueron varias las tardes en las que, desde afuera de su jaula, no hacía más que echarles la comida. Aquello era un cuadro repugnante: los bebederos con más lama que agua; las bandejas llenas de cagazón y el piso del cuarto plagado de granos, cáscaras y plumas; el hedor, nauseabundo. Mi abuelo volvería dentro de dos días y, como yo no podía permitir que él viera ese desastre, decidí hacer una buena limpieza. Aguanté el revoloteo de los pájaros y primero limpié las bandejas de los machos y de las parejas; les puse comida y agua limpias. Pensé entonces en seguir con las jaulas grandes, pues aún me costaba acercarme a las de los enfermos; ni modo, les tocaría de último. Va un jaulón, luego dos y, al meter la mano en el tercero para sacar la lata de comida, una de las hembras inició un revoloteo desenfrenado y enloquecida se golpeó contra los barrotes del jaulón y yo con un tremendo espanto traté de sacar rápidamente mi mano y en eso, la pájara se escapó y voló con locura dentro del cuarto. Instintivamente me puse en cuclillas y me cubrí la cabeza temiendo que me atacara, aunque de reojo traté de seguir su errático vuelo, el cual terminó al estrellarse contra una de las ventanas y caer al piso cerca de mí. De inmediato me levanté apartándome; miré a mi alrededor y vi que los pájaros revoloteaban alterados. Me agaché de nueva cuenta y decidí entonces quedarme quieta antes de que todos enloquecieran; coloqué las dos manos sobre mi pecho, una encima de la otra, pues sentí que los latidos del corazón lo harían estallar. Después de unos minutos comencé a pensar en la cortadera de la pata y las piernas se me aflojaron. Unos minutos después, con movimientos casi imperceptibles, me animé a incorporarme. Del cajón de la mesa saqué el lápiz; temblando me incliné sólo lo imprescindible para alcanzar el cuerpo y, como lo hiciera antes, con la parte de la goma lo toqué. Un leve movimiento estertóreo de las alas me arrancó un grito, aventé el lápiz y corrí hacia la puerta. Desde ahí observé que el pájaro no murió; también que ya no tenía remedio; era obligado el sacrificio. La visión de una mano grande avalanzándose al cuerpo herido, se me presentó una y otra vez como disco rayado; sacudí la cabeza para evitar esa imagen, pero fue inútil, ahí seguía cobrando fuerza. Volví a acercarme al pájaro, con sigilosa lentitud y, del mismo modo en que la visión me lo dictaba, lo agarré de un manotazo y lo azoté con todas mis fuerzas contra el piso; luego empuñé las tijeras y comencé a dar alaridos sin parar. Cuando abrí los ojos, todo era silencio. Una luz tenue iluminaba a Jacinta sentada a la orilla de la cama y, descansando sobre la mesa de noche, las tijeras.

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Posada acueducto Cada día viejos y olvidados recuerdos fueron cobrando vida, aunque se presentaban sin agolparse. Venían a mí en forma pausada como si siguieran un orden, quizá para no atropellarse con la intensidad de las imágenes de lo que recién comenzaba a dejar atrás. Sólo entonces al distinguir esas dos fuentes de recuerdos empecé a tomar conciencia de que en cierto modo mi llegada a Santiago significaba un regreso. El ritmo del frío despertar del Bajío, me resultaba tan ajeno como lo es ahora, aún después del tiempo que llevo aquí. No es fácil olvidarse de la vida tropical. Allá, antes de que el calor me echara de la cama y con tal de alcanzar el fresco, me levantaba a las seis de la mañana para disfrutar de un cafecito, cargado, bien amargo y con mucha azúcar; con el jarro humeando, me sentaba en la orilla de la jardinera que daba a la calle, complacida con mirar pasar. Desde esas horas la gente vestida con ropas blancas y de colores vivos transitaba con un caminar pausado y distendido, tan común de los sitios donde el termómetro llega a marcar con facilidad los cuarenta grados. Ir deprisa significa sudar, pero sudar de verdad. No se me olvida una tarde en que me esperaba Antonio en el bar La Mestiza del centro. Como iba retrasada, pues caminé varias cuadras tan rápido que, apenas me hube sentado en la silla empecé a sudar de manera escandalosa, a pesar del ventilador de techo. Me sentía tan incómoda, cómo podemos echar tanta agua salada de un solo cuerpo; lo peor de todo es que el tipo me encantaba y yo quería quedar de lo más bien. Pero el sudor perseveraba y ahora se me escurría por la cara y se metía en los ojos y yo pensaba en el rimel, que seguro lo tendría a modo de ojeras, en vez de hacerme lindas las pestañas. Y me restregué con el pañuelo, que en pocos minutos quedó como un chicharrón, en mi empeño por encontrar un poco de alivio seco. Mientras yo estaba en todas esas operaciones, él pidió al mesero unas cervezas; luego empecé a sentir el cosquilleo de las gotas que chorreaban por el torso y con horror vi entonces que en mi blusa, además de los acostumbrados círculos en las axilas, estaban marcadas por la humedad y la sal las dos líneas cóncavas de los senos, lo cual provocó que, como si no fuera suficiente el calor externo, un fuego interior se me subiera a la cara. Aún con la vista baja, pero en cierto modo algo divertida, acentué las líneas de la frente levantando los ojos hacia Biblioteca Digital de Escritores Queretanos

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mi amigo quien ya había notado lo mismo que yo y, pues mejor me reí, él también. Eso sí, con tremendo gusto me bebí la cerveza helada. Qué diferente la memoria de los primeros días en que llegué aquí; era el mes de enero y el invierno estaba en su auge. Antes de las diez u once, la mañana estaba muda, no había nada abierto, a excepción de un par de pequeñas cafeterías ubicadas en la plaza principal. Una mañana no hubo nada ni nadie que me hiciera considerar el salirme de la cama, aunque tampoco hubiera nada ni nadie para intentarlo. Había tomado una habitación en la posada Acueducto, un lugar casero y modesto que por casualidad descubrí cuando caminaba en búsqueda de un puesto de periódicos. Los días anteriores estuve dando vueltas por el centro para ver si conseguía un departamento en esa zona; aparte de un par de sitios bastante oscuros y en condiciones desastrosas, no encontré nada más. Quizá el ánimo con el que amanecí no me ayudó mucho; no conocía a nadie en la ciudad y fuera de algunos diálogos casuales con el dependiente de una tienda o la mesera del café, no había podido establecer una conversación con nadie; comenzaba, pues, a resentir la soledad. Así las cosas, me desperté temprano, vi el reloj que marcaba las siete y salí de la cama para orinar. Como sólo traía puesta una camiseta, la heladez me obligó a buscar de inmediato el abrigo de lana que dejara sobre la silla la noche anterior y metí los pies desnudos en los zapatos; detesto las batas y pantuflas, y todos esos accesorios y vestimentas elaboradas para la hora de dormir. Antes de salir del baño me miré al espejo; traía el cabello recién teñido con un tono berenjena, que yo apreciaba quizá más por divertido, aunque siempre apareciera alguien para opinar lo impropio del color para una mujer que pasa los cuarenta años; encontré con gusto que al menos el cambio de ciudad me había hecho bajar un par de kilos. Me preparé un café haciendo malabarismos con una parrilla eléctrica y un pocillo azul que comprara el día anterior; me lo llevé a la cama y ahí lo bebí despacio. Después de un par de sorbos decidí que hacía mucho frío como para bañarse, por lo cual el asunto del agua quedó eliminado automáticamente; a la mitad del café decidí también que hacía mucho frío como para salir a la calle, y con la misma me cobijé y estuve leyendo bien acurrucada formando una pequeña cueva con la manta encima del libro abierto. Un rato después dormía. El hambre me despertó y noté la temperatura templada, vi la hora, las seis y cuarto; me asaltó entonces un repentino temor de pasar la noche en vela y resolví salir. Me puse los jeans, me eché un poco de agua en la cara y me alisé el cabello; con abrigo y botas tomé camino hacia el café de la plaza para comer algo. La comida caliente acompañada de dos vasos de vino, me revivió; pagué y me marché evitando la plática un tanto insulsa con el mesero. Apetecía pasear por los callejones adoquinados, cuyos flancos levanta8

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ban hermosas construcciones coloniales de cantera; todas con balcones de hierro forjado guardando albeantes visillos de encaje y exhibiendo a cambio geranios de todos colores; los había rojos, anaranjados, rosados, blancos, rodeados además por el verdor de sus hojas. La sensación de recorrer paso a paso la historia y la belleza de la ciudad en la que había decidido vivir, tratando de apresar con los ojos y para siempre esas imágenes, resultaba tremendamente significativa. Me quedé un buen rato en uno de los jardines centrales sólo para mirar y mirar, gozando de una sensación de plenitud que crecía a la par de la sensibilidad. Pasadas las once de la noche el frío me hizo huir y regresé a la habitación de la Posada habiendo comprado antes una botella de tinto. Prendí una minúscula radio portátil que cargo para viajar y que me ayuda a reconocer aunque sea de manera mínima los lugares donde ando; esa noche, además, me hizo buena compañía. Destapé la botella y me serví un vaso; encendí un cigarrillo para luego tirarme en la cama a leer. Por supuesto no tenía sueño; ese día dormí lo que no había dormido en una semana completa. Sin embargo, como a la mañana siguiente me esperaba una entrevista de trabajo a las ocho, puse el despertador por aquello del desmadre desatado en mi horario. La última vez que vi la hora era de madrugada, pasaban las cuatro, el cenicero estaba lleno y la botella vacía. Biiiiiip, biiiiiip, biiiiiip... No podía abrir los ojos, ni tampoco levantar la cabeza. Primero pensé que la pesadez provenía de la propia cabeza, pero no sentía ningún malestar que pudiera asociar con ese estado. Como el despertador seguía chillando pensé en apagarlo de un manotazo; intenté sacar la mano de debajo de la almohada y me resultó imposible; al tratar de nuevo, una oscuridad abismal engulló mi voluntad y caí en un pesado aunque corto sueño. Volví a escuchar la alarma y alcancé a abrir el ojo izquierdo; el derecho no respondía. Entre la penumbra apenas pude distinguir la pared a la que estaba pegada mi cama, por lo que deduje que aún era bien de noche y el maldito despertador sonando; tenía que apagarlo. Me encontraba bocabajo y quise virar la cara hacia la derecha para liberar la visión del otro ojo, pero comencé a comprender que estaba adherida a una viscosidad tan pegajosa, que apenas y lograba levantar uno o dos milímetros la cabeza de eso que yo creía era mi almohada. Pensé en mis manos y probé a sacarlas de debajo de la almohada, y sólo alcancé a sentir los dedos, tal y como si yo no tuviera brazos. Pero los dedos estaban adheridos a su vez a la sábana y no respondían a mis órdenes; en un momento de esfuerzo desesperado, creí sentir que el dedo meñique de la mano derecha lograba rascar con la punta de la uña la moldura de la cabecera; pero no dio para más. Un sentimiento de angustia se agolpó en mi garganta, pero antes de que me invadiera del todo, quise probar a incorporarme tratando de levantar el abdomen; inútil fue. A partir del ombligo el pegote era implacable. Biblioteca Digital de Escritores Queretanos

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Las piernas, sí las piernas, casi me felicité por la idea, pues a esas alturas pensar era una lucha heroica contra el terror. No recuerdo bien si primero quise mover los muslos o los pies; en realidad no importa, porque ni unos ni otros respondieron; la pegajosidad de la cama era imposible de vencer. Lo que sí pude notar es que la pierna izquierda permanecía en forma de escuadra con la planta del pie apoyada contra la pierna derecha, que es el modo en que normalmente consigo dormir. Bajito comencé a llorar; conmovida por mi situación, poco a poco el llanto cobró fuerza. Pero, en vez de desahogarme, la garganta se me anudaba más y más; alcanzaba sólo a gemir con dificultad; como la mitad de la boca y de la nariz también estaban pegadas a la almohada, a duras penas conseguía respirar. A pesar de la situación en la que me encontraba, el imaginarme echando lágrimas por tan sólo un ojo, mocos por un orificio y la mueca que seguramente estaría haciendo al expulsar los suspiros por la comisura izquierda de la boca, fue acaparando mi atención y unos minutos después algo parecido a unas carcajadas provenientes del estómago y que morían en el pecho me invadieron, para luego apagarse con lentitud; con ellas apareció una oscuridad más negra y por instinto pensé en quedarme quieta a ver qué sucedía; qué tonta me sentí, pues aunque así lo hubiera querido, no podía moverme. Recordé entonces la frescura que algunas noches busco con el pie en la pared, ya que mi estatura me hace topar con la piesera de la cama donde dejo enrollada otra cobija y al rato siento los pies recalientes y eso me desagrada tanto que no puedo dormir. No sé con exactitud qué pasó después, pero creo que la fuerza del deseo del pie por la pared fresca, me llevó a notar que precisamente lo único que tenía alguna movilidad era la pierna izquierda, por lo que comencé a moverla. A pesar de que era difícil realizar los movimientos guardando la posición de escuadra logré desplazarme, muy poco quizá, pero representaba una evolución importante en esas circunstancias. Este descubrimiento me alentó a esforzarme más; la sudoración se hizo evidente y ahora el cabello se me pegaba a la cara. Insistí, y de pronto la condición de pegajoso empezó a ceder; era como salir del fondo de un aljibe inundado de melaza, para alcanzar un respiro. En esas andaba, cuando empecé a notar que la fricción que experimentaba en el pubis a causa de la forma en que estaba obligada a desplazarme, me provocaba una creciente excitación. Olvidada un poco de mi desgracia y del porqué de mis movimientos, me detuve a gozar y llegué irremediablemente a una placentera explosión interna, que culminó cuando jadeando acompañada de un biiiiiip, biiiiiip, biiiiiip, logré abrir los ojos y vi la luz de la mañana.

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La rampa Encontramos a Nacho en calzoncillos frente a la estufa. Con las manos se aferraba a los bordes laterales y la cabeza caía vencida entre el hueco de sus brazos. La única luz de la habitación y del resto de la casa era la que ofrecía el fuego azul de las cuatro hornallas encendidas y un tímido claro que del exterior lograba colarse por entre las delgadísimas cortinas de la ventana. Eran las dos de la mañana. La escena provocó que la sangre se me fuera a los pies y que me quedara inmovilizada por unos instantes. Alberto pasó decidido y vi su figura grande acercarse a la de Nacho; me llamó con el agitar de su brazo rompiendo mi inmovilidad. –Hace un frío del carajo, Nacho, vamos a vestirte para ir al hospital –dijo Alberto con un tono firme que acentuó su voz gruesa y clara. Nacho fue levantando poco a poco la cabeza. El cabello rizado, casi del todo gris, revelaba en su aspecto enmarañado horas de desesperación. Primero fue emergiendo la frente, al tiempo que su nariz larga la representaba primitivamente una línea de luz; en pocas horas las arrugas se mostraban como surcos cincelados. Después fue apareciendo la curvatura de los párpados vencidos; cubrían buena parte de los pequeños ojos que, hundidos casi al punto de perderse en el abismo de la cuenca, eran circundados por unas oscuras ojeras. La boca delgada, casi femenina, apretaba una mueca de dolor que le impedía hablar. El resto del cuerpo, en búsqueda de un poco de calor, temblaba. Meneó la cabeza de un lado hacia otro negando e intentó soltar los brazos, pero sus piernas le advirtieron doblándose que no serían capaces de sostenerlo. Alberto adelantó un paso y extendió las manos en un ademán instintivo por sostener el cuerpo de Nacho, aunque él volvió a aferrarse a los costados de la estufa. Yo miraba la escena y, aunque inmóvil en mi exterior, una turbulencia interna me desplazaba hacia la figura de un delirio. Comencé a sentir miedo. Rápidamente Alberto se quitó el abrigo largo de lana que traía encima del pijama y que, a excepción de su sombrero de fieltro gris, era lo único que había alcanzado a ponerse. Los pies los traía enfundados en unas viejas y gastadas pantuflas que parecían sufrir de sarna. –No hay nada que discutir, vamos a llevarte al hospital, estás grave – ordenó Alberto, asumiendo naturalmente una posición de mando. Me exBiblioteca Digital de Escritores Queretanos

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tendió el abrigo y luego llevó sobre su hombro el brazo izquierdo de Nacho; en medio de varias maniobras difíciles se lo puse, y luego echada en el piso, también le calcé sus huaraches. Pude sentir entre mis manos unos pies gruesos y ásperos; terrosos y abandonados de todo cuidado. No me sorprendió recibir desde ahí el olor ácido y penetrante de los corrales. Al incorporarme escuché débilmente de labios de Nacho. –Mis lentecitos, Sara, mis lentecitos. Me incorporé y busqué los lentes por encima de la mesa de madera y del resto de los escasos y modestos muebles de la habitación que servía de cocina, de comedor y de sala; no los hallé. Tuve intenciones de buscar en el resto de la casa, pero Alberto me advirtió que no perdiéramos tiempo. Eché sobre mis hombros el otro brazo de Nacho y el mío lo crucé por su espalda para ayudar a sostenerlo, tal y como también lo hacía Alberto. Nacho protestaba sabiendo lo inútil de su resistencia y dramáticamente pedía del mismo modo tanto sus lentes como el que lo dejáramos morir tranquilo en su casa. Los diminutivos característicos de su tono cobraron un aire lastimero; mendigaba nuestra respeto a su decisión que nosotros, en el papel de los buenos, traducíamos en una suerte de asesinato. Salimos de la casa y, mientras nos acercábamos hasta el auto, el Naranjos y el Tomillo –los dos perros pastores–, nos custodiaban con sus lamentos a la par de su amo. Hasta me estremeció escuchar el crujir de la grava de la pequeña vereda que a nuestro paso lanzaba voces plañideras. El pecho me percutía a un ritmo acelerado. El miedo crecía pensando en que Nacho pudiera morir en el camino; tampoco quería que muriera en mi auto. No era él un amigo entrañable pero, ciertamente, en los pocos meses de conocerlo había desarrollado una simpatía hacia su persona y más todavía un gusto tremendo por su relación con los animales del rancho, que me recordaba una buena parte de mi infancia ligada a mi padre y al campo. La aspereza de su trato, mal disfrazada con su hablar en diminutivo, se desvanecía mientras Nacho se encontrara entre sus animales. Lo había visto alegremente transformar una cubeta galvanizada en una gran mama tibia de múltiples ubres para alimentar al mismo tiempo a seis becerros glotones. Lo vi también abrazar a un becerrito de escasos días y tumbado sobre la tierra darle biberón, como si fuera su madre. –Sólo te falta tejer chambritas –le decía yo riéndome, pero profundamente conmovida. Él sólo entrecerraba los ojos y ensanchaba su grueso cuerpo ignorándome. Detuve la mirada en su rostro pálido y, sin pensarlo, apreté su mano que caía por mi hombro; quizá era una forma de darle fuerza a mis palabras: –No puedo dejarte así nomás, Nacho, y que te mueras; mañana verás las cosas distintas. Anda, sé bueno y sube al auto. 12

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Los dolores que Nacho sufría no nos permitieron recostarlo sobre el asiento trasero; ni siquiera sentarlo. Se tuvo que colocar en cuatro patas, posición que aumentó su sentimiento de humillación. El goteo involuntario de la orina había rebasado sus calzoncillos y comenzaba a caer sobre la vestidura de tela del asiento. Veíamos caer, también, su dignidad. El olor a orines comenzaba a invadir el auto y, a pesar del frío, bajé la ventanilla de mi puerta, pero de inmediato Alberto protestó y no tuve más remedio que cerrarla. Arranqué rogando que los cuarenta minutos de camino que nos separaban de la ciudad no nos condujeran a la fatalidad; pedía que mágicamente se acortara. Ni Alberto ni yo pronunciamos palabra por varios minutos. Nacho insistía y machacaba nuestros oídos con un ruego inútil porque lo dejáramos morir con dignidad en su casa. Me sacudían sus palabras y dudaba que estuviéramos haciendo lo mejor. Después de todo, qué derecho teníamos de pasar por encima de su voluntad aprovechando su vulnerabilidad y sometiéndolo a lo que él consideraba una humillación que no estaba dispuesto a soportar. Sin embargo, me atacaba también la idea de imaginarlo a sus sesenta años muerto en medio del rancho; sus animales huérfanos, sus becerros sin tetas de donde mamar, y sus cactus cerrando flor en señal de duelo. El Naranjas y el Tomillo formarían con sus aullidos parte del cortejo fúnebre. Después me hice a la idea de que todo su discurso era el desahogo que no se permitía a los hombres por medio del llanto. El dolor debía de ser atroz y soportarlo no era humano; debería estar como La Dolorosa entre sudores y lágrimas y mocos. Lo peor de todo es que mi egoísmo era lo que me hacía conducirme así; yo no podía cargar con la culpa de su muerte y eso era lo que verdaderamente me atormentaba. La carretera era buena, de concreto, pero sin iluminación. Manejar nunca me ha gustado, aunque lo haga con habilidad, pero manejar de noche me provoca un temor irracional haciéndome perder por completo la seguridad. Conducía con las manos apretadas al volante y forzando las mandíbulas. Sentí entonces la mano tibia de Alberto sobre mi pierna derecha. Lo miré y encontré sus ojos claros, grandes y plenos de seguridad. Apretó un poco mi muslo entre sus dedos y una sensación placentera rezagó los temores. Me sentí mejor. Seguimos así el resto del camino y el placer que me ofrecía esa mano grande y tibia se me confundía entre las culpas, el olor a orines y los lamentos de Nacho. En el fondo deseaba estúpidamente que el camino se alargara; las luces de la ciudad anunciaron lo contrario. Alberto me fue indicando el camino para llegar al hospital de la Cruz Roja y, por fin, pude ver con alivio el letrero luminoso de “urgencias” del edificio hospitalario y ahí mismo me estacioné. Como no hubo nadie quien Biblioteca Digital de Escritores Queretanos

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nos recibiera, Alberto se bajó rápidamente del auto. La luz blanca de neón de la puerta de entrada me hizo evidente su aspecto, que hasta ese momento me había resultado de lo más natural. Iba con su pijama de franela a rayas azules en distintos tonos, su sombrero gris y las pantuflas sarnosas. Claro, si yo había llegado a su casa poco antes de la una y media de la mañana apresurándolo para ir a rescatar a Nacho. Alcancé a murmurar un “¡coño, van a creer que está loco!, cuando atravesó las puertas de emergencia. Unos tres o cinco minutos después regresaba empujando una camilla solo y frunciendo el ceño. A grandes voces me decía: –¡No hay camilleros! ¡Tenemos que ingresarlo por la puerta principal para que lo atiendan! Me bajé del auto y abrí la puerta trasera para sacar a Nacho, que se resistía a bajar agarrándose de los cinturones de seguridad del asiento. Alberto abrió la otra puerta y logró soltar sus manos, momento que aproveché para jalarlo de la cintura. Entonces La Dolorosa fue minúscula ante sus gritos de dolor. Lo solté asustada. Sin perder la calma, Alberto arrastró la camilla hacia este costado del auto y me hizo a un lado. Con una mezcla de órdenes y ruegos logró bajar a Nacho y hacerlo subir a la camilla, aunque en vez de acostarse se puso de nueva cuenta en cuatro patas. Alberto me señaló un lateral de la camilla hacia el frente donde me coloqué y él tomó el extremo de la cabecera desde donde comenzó a empujar hasta llegar a la puerta principal. Entramos a los pasillos blancos, largos y abandonados, fantasmales; me indicó que debíamos subir hasta el primer piso por la rampa, pues no existían elevadores. Tratamos de iniciar el ascenso, pero la pendiente resultó excesiva para nuestras fuerzas y nos echaba hacia abajo. Nacho volvió a quejarse y, mientras dábamos marcha atrás, nos dijo que éramos unos cabrones y exigió que lo bajáramos, pero no le hicimos caso. Alberto consiguió detener la camilla y yo hice otro poco agarrando el extremo opuesto. Con cierta contrariedad, pero tratando de mantener la calma, Alberto me pidió volver a colocarme a un costado de la camilla y en la parte del frente, agarrando con fuerza el barandal para ayudarlo en el impulso hacia arriba. Nacho insistía en que lo bajáramos y su voz me aturdía. Alberto dio la orden de ¡empújale, Sara! y los dos intentamos trepar la pendiente con los mismos resultados estériles que antes y las protestas desesperadas de Nacho, que repetía: –¡Cabrones! ¡Cabrones! ¡Déjenme en paz; no tiene derecho! Vi que el rostro de Alberto comenzaba a enrojecer y que, a pesar del frío, ya se le notaba el sudor en la frente. Yo también sudaba y sentía que la espalda se me humedecía. Fue cuando entonces a Alberto se le ocurrió separarse dos o tres metros del inicio de la pendiente para que tomáramos impulso y pudiéramos subir. Vino de nueva cuenta el ¡empújale, Sara! Con el 14

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impulso tomado en la recta y con todas nuestras fuerzas logramos llegar al inicio de la loma de la pendiente que, furiosa, nos lanzó hacia abajo. Yo iba prácticamente colgando del costado de la camilla y con la punta de los zapatos trataba inútilmente de frenar la carrera hacia abajo, mientras Nacho se agarraba de los barandales de la camilla y pedía auxilio desesperadamente. Alberto tuvo que subir parte del cuerpo a la camilla, para no ser atropellado. En un momento, resultó que los tres íbamos arriba de la camilla y que era la mismísima camilla la que conducía. Al llegar a la recta Alberto bajó los pies para meter freno, aunque lo único que logró fue reducir en algo el impacto contra la pared. Yo no lo podía creer. No podía creer que estuviera a eso de las tres de la mañana luchando por trepar una camilla con un hombre en calzoncillos cubierto a medias por un abrigo y lloriqueando en cuatro patas, y otro más con su pijama rayadito y el rostro encendido, pero colocándose el sombrero que unos segundos antes recogiera del piso, como si se colcara la dignidad perdida en la caída. Tampoco podía creer que nos encontráramos en la Cruz Roja y que, a pesar del escándalo, nadie asomara. ¿Qué era todo esto? Sentí cómo el sudor me corría por la espalda y cómo el corazón agitado le restaba fuerzas a mis piernas. De pronto comencé a reírme; primero discretamente y luego ya fueron francas carcajadas que iban en aumento y que me doblaban obligándome a abrazarme del estómago. Alberto se acercó hacia mí con lentitud y me tomó del brazo con fuerza. El ataque de risa disminuyó y me sentí un poco avergonzada, aunque no lograba controlar del todo las risitas. Me miró fijamente a los ojos y me exigió un nuevo intento echando todas nuestras fuerzas. Entonces me enojé y mis protestas se unieron a las de Nacho, pero fue inútil. Alberto ya se encontraba en posición de arranque y yo me imaginaba que amaneceríamos los tres hospitalizados. Nacho me suplicaba que no le hiciera caso a Alberto, pero yo ya estaba de nueva cuenta en mi posición; no podía nada contrario a la voluntad de Alberto. Eso era clarísimo. ¡Empújale, Sara! volví a escuchar y tomamos vuelo en una recta mayor que la anterior. No sé de dónde sacamos la energía necesaria, pero casi milagrosamente ya nos habíamos posesionado de la joroba de la rampa y arribábamos al primer piso acompañados, por supuesto, de los gritos de Nacho. Unos metros más adelante, sobre el pasillo, vimos una habitación iluminada y hacia allá nos dirigimos. Al entrar encontramos a un minúsculo hombre joven, chaparro y vestido con una bata blanca percudida y con un estetoscopio colgando del cuello. Su piel morena y su ralo bigote negro contrastaban fuertemente con el color de su vestimenta. Nos indicó que pusiéramos la camilla con el enfermo entre dos cortinas que hacían las veces de consultorio. Cuando se acercó a la camilla, Nacho en cuatro patas y con el abrigo abierto que lo exhibía en calzoncillos, le gruñó: Biblioteca Digital de Escritores Queretanos

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–¡Si me tocas te mato, cabrón! El joven médico dio un paso atrás. La figura de Nacho bien podía evocar la de un mastín herido, por lo que se dirigió a Alberto preguntando con cierto tartamudeo: –¿Qué le pasa? –Es la próstata –respondió con naturalidad, mientras extendía las palmas de las manos y abría y cerraba los brazos en un ademán de entendimiento, y agregando–: tiene que ponerle una sonda para evitar que colapse la vejiga. Entonces él meneó negativamente la cabeza y respondió con su tartamudeo: –No puedo, soy pasante, y no contamos con médico de guardia. Llévelo a otro hospital. Nacho sintió que sus ruegos por fin habían sido escuchados y que pronto saldríamos de ese lugar. No estaba tan equivocado. –¿Cómo es posible que no sean capaces de atender una urgencia en la Cruz Roja? –le pregunté indignada en forma de reclamo al hombrecito de blanco que antes creí médico, pero como respuesta recibí simplemente un alzar de hombros. –Consígame una sonda estéril y una cubeta –intervino Alberto–, yo lo canalizo. –No, por favor, no sean malitos, llévenme a mi casa y déjenme morir en paz –pidió lastimeramente Nacho por enécima vez. –No tenemos ese material –dijo con simpleza el hombre de blanco. –¡Vámonos! –ordenó Alberto– y comenzó a empujar la camilla. En silencio recorrimos de regreso el pasillo y al llegar a la rampa, que ahora nos tocaba de bajada, Alberto instruyó con serenidad: –Desde este mismo extremo entre los dos sujetamos la camilla y la hacemos bajar lentamente –agregando para Nacho–: sujétate bien. Con resignación, Nacho se agarró de los barandales y yo, cargando con un hoyo negro en el estómago, sujeté el mismo extremo que Alberto e iniciamos el descenso. Era para nosotros imposible bajar con lentitud, y resistiendo con los pies de frente descendimos abruptamente, aunque logramos detenernos antes de chocar con la misma pared. De ahí al auto. Ayudamos a Nacho a subir y de nuevo estábamos prontos para arrancar. Mientras metía la llave para dar marcha pensaba que nunca antes había reparado en el físico de los camilleros; era tan natural verlos subir y bajar por las rampas de los hospitales, que jamás se me hubiera ocurrido lo titánico de la situación. Estaba absolutamente agotada. Alberto me acarició la cabeza y con suavidad me pidió que me dirigiera al centro de la ciudad. Poco antes de las cuatro de la mañana enfilé el auto hacia la avenida, en medio de fuertes vapores amoniacales. Al entrar al centro me indicó el cruzamiento de calles al que debíamos dirigirnos 16

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para llegar al Sanatorio Alcocer. El estacionamiento estaba abierto y entramos con el coche hasta llegar a la puerta de entrada que aparecía cerrada. Alberto se bajó y tocó el timbre varias veces, pero nadie le respondió. Entre toquido y toquido se quitaba el sombrero, se mesaba los cabellos y se lo volvía a poner. Entonces se decidió a golpear la puerta. Nada. Insistió fuertemente, pero fue inútil. Nadie acudió a la puerta. Yo volví a observar su pinta e imaginé que quizá pensarían que se trataba de un borracho trasnochado y que por eso se negaban siquiera a atender la puerta. Nacho comenzó a quejarse con lamentos profundos; estaba pálido, casi transparente. Desesperado, Alberto se subió al auto y me dijo que fuéramos a una farmacia. Cerca de mi casa había una con servicio nocturno y hacia allí nos dirigimos. Ya en la farmacia, compró la sonda, un sedante y un par de jeringas desechables. Cuando subió al auto, me pidió que fuéramos a mi casa. Nacho protestó de nueva cuenta: –Por favorcito, no sean así; Alberto, no seas cabrón llévame a mi casa. Irritado, Alberto se dio media vuelta desde el asiento del auto y alzando la voz, aunque sin gritar, le dijo con dureza: –Yo te voy a canalizar ahora mismo antes de que revientes, y hazme el favor: ¡ya cállate! Pensé por un momento que Nacho se echaría a llorar, pero no fue así; quizá era yo la que necesitaba llorar. En su posición de cuatro patas seguía goteando orines y, ya en forma de murmullo, persistía en que si su dignidad, en que si su derecho, en que si sus últimos momentos. Alberto se acomodó en el asiento ignorándolo; solamente sacudió ligeramente la cabeza y me pidió que fuéramos a mi casa. A las cuatro y media de la mañana estábamos entrando. Sobre nuestros hombros pusimos los brazos de Nacho y abrazándolo para sostenerlo lo llevamos a mi recámara, le quitamos el abrigo y lo acostamos poniéndole varias almohadas en la espalda para evitar la rotunda posición horizontal, que acentuaba su dolor. Mientras Alberto se lavaba las manos, yo proveía de algodón, alcohol y una cubeta de plástico. La operación comenzó cerca de las cinco de la mañana. –Sara –me llamó Alberto discretamente desde el baño–, necesitaría que estuvieras conmigo por cualquier cosa, pero no sé si tengas condiciones para soportarlo. Yo asentí fingiendo sacrificio. En realidad la sangre nunca me ha asustado y, el imaginar a Alberto introduciéndole en el pene la sonda a todo su largo, desnudaba totalmente mi morbosidad. Y, así, sin un asomo de vergüenza, me puse en mi puesto de guardia. Yo sabía que Alberto había ejercido la medicina y fue por eso, además de su amistad con Nacho, que decidí recurrir a él. También sabía que se retiró tempranamente sin un motivo claro. Alberto le quitó los calzoncillos a Nacho y le explicó que el procedimiento sería doloroso, pero que el alivio le llegaría rápidamente. Comenzó Biblioteca Digital de Escritores Queretanos

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a introducirle con firmeza la sonda por el uréter. Conforme entraba esa sonda, Nacho apretaba los ojos, apretaba los dientes, apretaba las manos, apretaba todo, todo su cuerpo de tanto dolor. Un escalofrío me sacudió; las culpas también me sacudieron. Algunos quejidos se le escaparon involuntariamente, pero el hombre aguantó. En un momento, la sonda se tiñó de rojo; había comenzado a brotar sangre. Después un líquido amarillo que no era otra cosa más que la orina. La espuma y el hedor dijeron, presente. Pasado un minuto los lamentos de Nacho cedieron; la rigidez abandonaba su cuerpo y varios larguísimos ¡ah!, ¡ah!, ¡ah! se derramaron de su garganta ronca, mientras se le vaciaba la vejiga. Era viernes y esa tarde Nacho había conseguido entradas para un espectáculo de canto, que recreaba –con jarras de cerveza sin límite– el cabaret alemán. Y ahí estuvimos, y ahí bebimos y ahí comimos algo también. Al finalizar me dijo él que traía una botella de un excelente vino blanco portugués y decidimos tomarla en mi casa. Allá fuimos; él abrió la botella y, mientras se oxigenaba, se metió al baño. Estuvo un buen rato dentro, pero no le presté atención. Al salir noté que su pantalón estaba mojado; me sorprendió, aunque me quedé callada, porque inmediatamente él me dijo que se sentía mal y que estaba muy apenado y que lo disculpara por favorcito, pero que se marchaba. Yo le pedí que se quedara, que no se fuera así, que podíamos llamar a un médico. Por más que le insistí, no logré convencerlo. Volvió a entrar al baño, esta vez de manera abrupta, y salió consternado y dolorido. Noté que la incontinencia que estaba experimentando le dolía más, que su mismo dolor. No alcancé a decir nada y se marchó. Una hora y media después, preocupada, le llamé por teléfono y casi no podía ni hablar del dolor que le atacaba. Le dije entonces que iba para allá y fue cuando decidí pasar por Alberto para que me acompañara. Cuando dejó de brotar orina por la sonda, Alberto colocó una bolsa de plástico como contenedor. Mi ayuda se limitó a retirar la cubeta y a deshacerme de los orines. Luego le aplicó un sedante por vía intravenosa y, antes de que Nacho se durmiera, le advirtió que era importante ir a un médico a primera hora, porque de lo que sí se podía morir entonces era de una infección. –Gracias, hermanito, me salvaste la vida –alcanzó a decirle Nacho antes de quedarse dormido. Alrededor de las seis de la mañana llevé a Alberto a su casa; nos besamos al despedirnos. Regresé y me acosté a un lado de Nacho para cuidarlo, pero de inmediato me quedé profundamente dormida. Abrí los ojos sobresaltada cerca de las once de la mañana; Nacho aún dormía; me resultó extraño encontrarme con él en la cama. Me levanté con sigilo y preparé un café bien cargado que bebí gustosa. A eso del mediodía lo desperté. Él 18

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localizó a un médico amigo, quien lo citó de inmediato. De entre mi ropa escogí lo menos femenino que encontré para que se pudiera vestir y lo llevé al hospital donde lo citaron a consulta. Al bajar del auto, Nacho me abrazó y me dijo que no tenía con qué agradecerme lo que había hecho por él. Yo cargo todavía con grandes culpas. A Alberto sólo lo volví a ver el domingo, día en que enterramos a Nacho.

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Cuestión de clases Apagué el despertador y me quedé un rato más acurrucada en la cama, bien cubierta con las cobijas hasta las narices; hacía algo de frío y hacía sueño también. Luego, aún adormilada, me senté en el borde de la cama, para minutos después iniciar la rutina diaria. Entré al cuarto de baño y cerrando los ojos encendí la luz. Primero oriné y después me lavé los dientes; la cara no. Al salir, el espejo me detuvo a mirarme. Ese grano en la frente no se apaciguaba y las canas empezaban a ganarle terreno al tinte; mejor ni verme a esas horas, pensé. Seis y catorce anunciaba el reloj, pero me resultaba imposible acelerar los movimientos. Fui a la cocina y me tomé un café bien cargado; ahora podría arrancar. Rápidamente me enfundé unos pantalones negros de licra, luego vino el top y arriba una camiseta y un suéter; por último, me calcé los tenis. Eran las seis con treinta, hora de inicio de la clase; de prisa arranqué el auto hacia el parque de la Alameda. Durante el trayecto, que duró apenas siete minutos, me fui felicitando por haber conseguido levantarme. Al llegar vi con extrañeza que Arturo, el instructor del grupo vestido de un impecable blanco, y los muchachos estaban afuera del parque. Saludé, pregunté qué pasaba y comentaron que el guardia había dicho que a partir de ese día la Alameda no abriría en miércoles. Sin embargo, al ver que algunas personas estaban adentro, les preguntamos por dónde habían entrado, a lo que respondieron que saltando. Otro más nos dijo que por ahí, señalando con el dedo índice el hueco que entre el piso y el portón de hierro hacía la pendiente destinada a los minusválidos. De inmediato cuatro compañeros, por supuesto los más jóvenes y delgados, entraron por el hueco. Les siguió Arturo, quien con un poco más de dificultad por ser tan fornido logró pasar arrastrándose como lagartija. Juan, un hombre joven, de piel clara y algo gordo, se negó de manera rotunda a brincar o a utilizar el hueco. Cristina y yo nos miramos, pero sin atrevernos a seguirlos. Ella, alta, vestida con un traje deportivo que combinaba con sus tenis y también con sus kilitos de más, decidió quedarse fuera. Pero algo me tentó. Crucé una mirada con Cristina, asentí con la cabeza y luego comenzamos a reír. Pues allá voy ignorante o ciega de mis dimensiones. Me puse en cuatro patas con la cabeza apuntando hacia el hueco; metí primero el brazo 20

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derecho y al tratar de introducir el hombro y la cabeza, de plano tuve que echarme de bruces al piso; seguí con el hombro izquierdo y el brazo que salió raspado; me animó el notar que ya había librado una parte del cuerpo y, utilizando como apoyo las palmas de las manos me tiré con entusiasmo hacia adelante, para quedar perfectamente atorada de las caderas; miré hacia atrás e intenté moverme como en zigzag, pero nada, en vez de liberarme, me trancaba más. No puede ser, me decía a mí misma en voz baja, al tiempo que cruzaba los brazos hacia arriba apoyando en ellos la frente para ocultar el rubor. Las sonoras carcajadas de Cristina y de Juan me hicieron reaccionar con enojo diciéndoles que ya los quería ver a ellos cuando intentaran cruzar, aunque de sobra sabía que eso no iba a suceder. Las risas seguían a la par de mis forcejeos, sin embargo, el dolor que empecé a experimentar en la rabadilla me obligó a detenerme y pedirles ayuda; la humillación comenzó a invadirme, ya no le encontraba gusto a lo que pudo parecer un juego. Cristina se hincó ante mi parte trasera esforzándose por no soltar más risas, y con sus grandes manos apretó de los lados mis nalgas; a la orden de jálale, yo intenté de nuevo avanzar, pero nada, su volumen no me permitía hacer movimiento alguno. A esas alturas pensé en unos instantes en lo ridículo de mi situación y me empecé a reír de mí misma, concluyendo con una extraña mezcla de humor y desesperación, que sólo a mí se me pudo haber ocurrido semejante hazaña. El día comenzó a ganar claridad. Dos mujeres que por ahí pasaban, le preguntaron a Cristina que si estábamos en problemas y ella respondió tratando de explicar, entre risitas, cómo llegué a esa situación. Yo sólo sentía un calor intenso que me subía a la cara y ni voltear quise por la vergüenza a la que estaba sometida. Las dos mujeres, de las que sólo alcanzaba a escuchar sus voces, me indicaban arrebatándose la palabra que tratara de girar la cadera, aunque fuera un poquito y que entonces una de ellas empujaría de las piernas y la otra de las nalgas. Yo seguía asombrada y sin poder creer estar en ésas, pero con tal de zafarme hice el intento que por supuesto quedó en nada, excepto en un bochorno mayor. Juan decidió avisarle al instructor. A gritos el hombre lo fue poniendo al tanto, y yo venga a meter la cabeza entre los brazos diciéndome, no puede ser, no puede ser; hacía apenas una hora estaba feliz de la vida acurrucada en mi cama y en un rato más en una posición espantosamente ridícula. Llegó entonces Arturo, se agachó y sus ojos pequeños, ligeramente rasgados aparecieron ante los míos. Todavía me preguntó qué me pasó. Yo por supuesto que ni le contesté, pues él aunque trataba de disimularlo se reía, y a esas alturas el resto de los compañeros me rodeaba, y yo tirada en el piso atorada de las nalgas, y ellos prodigaban ideas y más ideas, todas Biblioteca Digital de Escritores Queretanos

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rayando en la burla obvia. Arturo con un tono serio mal disimulado, me avisó que iba por un guardia del parque para que abriera el portón; cada segundo que pasaba me parecía estar debajo del agua, y como avestruz metí la cabeza de nuevo entre mis brazos, para distanciarme inútilmente de la sorna que hacía el favor de regalar. Escuché sobre el pavimento los pasos firmes de Arturo, quien se iba acercando junto con el vigilante del parque, pero me resultó imposible levantar la cara, por lo que me abstraje de la escena cumbre. Finalmente, después de abierto el candado pude sentir que el portón cedía. Recibí ayuda para incorporarme y, para evitar la sorna mayor, con la cabeza gacha dije un gracias, un adiós y me trepé rápido al auto. Ahora sólo espero que pase un poco de tiempo, para pensar en volver a las clases. Quizá, si llego tarde y me voy antes de que termine...

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En tanto la luz Es otoño y hace frío. A las seis el sol se va. Faltan pocos minutos, lo anuncia esta luz violeta. Las vías del crucero me parecen enormemente anchas, son capaces de albergar ocho carriles cada una; los autos corren velozmente y yo intento cruzar de norte a sur. Me detengo en la esquina para que el semáforo me diga, alto o siga; miro la luz roja encendida conteniendo la silueta de un hombre en señal de detenerse. Una mujer se encuentra parada junto a mí. La miro de reojo y me doy cuenta de que es el exceso de maquillaje lo que la hace verse más vieja; da la impresión de que sus mejillas están caídas no tanto por los años, sino por el peso de la máscara. El cabello teñido de un negro, casi azul, provoca dureza en sus facciones. Pero lo que es insoportable de esta mujer, no es que constantemente pase la mano por sobre su tieso peinado, ni esas uñas que de tan largas se muestran curvas. No. Lo insoportable es su olor: una mezcla de perfume dulzón y grasa rancia, que me invade el gusto; quiero escupir, no me atrevo, siento asco. Me volteo hacia el otro lado y me encuentro junto a un enorme roble. Palpo su tronco grisáceo cubierto de múltiples y finísimas capas de piel, que crujen al recibir mi mano; se le ve descolorido, casi triste con esas dos o tres hojas que tiemblan en sus ramas. Observo el semáforo y la figura de ese hombre rojo permanece. Miro de nuevo a la mujer, ella ni siquiera me nota. A veces pienso que soy tonta y, así en el autobús como ahora, no me atrevo a cambiarme de sitio. Si por fin, después de un esfuerzo logro moverme, empiezo a tratar de justificar esos movimientos con actos estúpidos. Mientras espero para cruzar, miro hacia el oriente que es la dirección de donde vienen los autos en este lado de la avenida y, a pesar de que aún el final de la tarde conserva algo de claridad, un espeso telón negro comienza a posarse frente a mí. Varias veces aprieto y abro los ojos buscando la luz, pero sólo consigo darme cuenta de que en la esquina donde estoy, el semáforo ya no lo distingo y mucho menos la esquina opuesta. Tengo que atravesar los ocho primeros carriles y sólo alcanzo a notar que en el medio de la avenida se forma un estrecho espacio entre los sentidos de circulación, en el cual podré resguardarme antes de cruzar hacia el otro lado de la vía. Los autos corren, unos de ida, otros de vuelta. No sé de dónde vienen ni hacia adónde van. Todo me resulta confuso; el horizonte, oscuro. Biblioteca Digital de Escritores Queretanos

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Llevo una mochila de plástico en color celeste, de esas con forma de salchicha atravesadas de punta a punta por un cierre plástico. A pesar de que no es grande, la siento tremendamente pesada, tanto que no puedo levantarla y mucho menos cargarla en los hombros. Por eso la arrastro, sirviendo de tiro una de las asas; esto es realmente incómodo, porque las asas son cortas y me obligan a avanzar agachada. Sin embargo, no hay otra manera de llevarla conmigo y es, además, mi única pertenencia, es todo lo que me queda. Antes de lanzarme a cruzar la avenida, me aseguro de que los autos estén bien lejos. Aunque trabajosamente, los veo y compruebo que todos permanecen extrañamente enfilados de manera pareja, como si fueran a iniciar una competencia. A medida que avanza la noche, el horizonte se torna más negro y ahora sólo puedo distinguir algunos autos por sus colores brillantes. Me inclino entonces para asir la mochila y empiezo a caminar; su amargo y monótono sonido al rozar contra el oscuro pavimento me atormenta, pero no tengo otro remedio que seguir arrastrándola. Apenas a unos veinte pasos de iniciada la marcha, un ataque convulsivo me tira al piso. No pierdo el sentido, pero me impide abrir los ojos. Aún en medio del estremecimiento y las convulsiones, logro discernir y decido que lo primero que necesito es ver y, después de enormes esfuerzos, consigo levantar unos milímetros los párpados que parecieran cegados por una luz intensa, aunque aparentemente inexistente. Atisbo mínimamente la negrura del pavimento y comienzo una lucha interior contra la fuerza que me mantiene. No sudo, ni sufro. El peligro físico no me atormenta. La extraña consciencia de que, para dominar las convulsiones, el esfuerzo que debo experimentar se refiere exclusivamente a la mente, me abstrae. En medio de esa lucha descubro por el hedor que ahora la mujer de la esquina está nuevamente cerca de mí y sufre también convulsiones. Es grotesco el espectáculo de un cuerpo, como mi cuerpo, sacudiéndose y provocando contorsiones. Vuelvo a concentrarme; es imperativo tomar el control. Aprieto fuertemente los ojos y construyo un cuadro fotográfico en el que estoy incorporándome, y esa imagen pasa por mi cabeza mil veces, como si fuera la única de todo el rollo de un film. Poco a poco las convulsiones cesan; temblorosa me levanto e instintivamente con el brazo derecho retiro la baba espesa que me escurre de la boca. Pienso en que debería ayudar a esa mujer. Trato de acercarme, pero cientos de insectos de un tono oscuro entre azul y gris, y del tamaño de un dedo pulgar están encima de ella; otros más amenazan con acercarse hacia mí. Me paralizo al ver que algunos de estos insectos han empezado a devorar a la mujer a base de minúsculas e incesantes mordidas. La mujer llora y sus lamentos son lastimosos, teñidos con una resignación incomprensible para mí; no hace nada por defenderse. No hay sangre. El trabajo de 24

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estos insectos engullidores es limpio y rápido; su voracidad comienza ya a evidenciar parte del hueso de una de las piernas. La visión de esta escena me provoca estremecimientos; también repulsión y náuseas. Con remordimiento y culpas retrocedo; doy un paso hacia atrás, luego dos, siguen tres pasos más, y decididamente la abandono. Me siento un ser vil y despreciable. La luz verde muestra la silueta de un hombre que avanza y esa imagen me hace sacudir de pronto la cabeza y recordar que he de atravesar los ocho primeros carriles.

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Atrás del escenario Percibo el olor oscuro y húmedo de la tierra. Un viento apenas ligero me toca en la cara. No se oye nada. Después de todo, el mundo se mira apaciguado, en una paz negra. Parpadeo tratando de abrir los ojos, pero la tierra me lo impide. Quiero llevar mi mano a la cara, y no puedo; pienso en el movimiento, lo visualizo para allanarle la orden al cerebro; nada. Las piernas tampoco me responden. El cuerpo, mi cuerpo —me doy cuenta—, yace inerte sobre esta tierra que ahora verá inútil su misión de hacer florecer y regresará sin miramientos ni consideraciones a la descomposición, a lo primigenio, a volver tierra todo lo que no se le aparte, a valerse de cuanto gusano, bacteria o bicho rastrero y carroñero brote, en una esclavitud entendida, una esclavitud que prescinde de voluntades y que, sin importarle la soberbia individual, nos alcanza en un rito interminable, ineludible, irremediable, de nacer y morir. No hay más. Eso es todo. Nacer y morir. Unos, pronto; otros, después. Para qué resistirse, para qué desgastarse. De todos modos así será. Quería que se hiciera de noche otra vez, que no amaneciera, que todos los días fueran noches. No me quería levantar, ni esta mañana, ni la de mañana, ni la de ayer. Quizá, si no me hubiera levantado, ahora estaría en mi cama y no aquí. Pero eso no me aliviaría, ya lo sé. Igual amanece, entra la luz y con ella entran las imágenes, entran los recuerdos, el enojo, las culpas. Además, por la mañana, si me vuelvo a dormir sueño muchas cosas y siempre son pesadillas. Ellas me esperan, ahí están acechando el momento en que él se va a la oficina, y yo finjo que duermo, y cuando sale del cuarto pongo una almohada sobre la otra, y me vuelvo a quedar dormida en un artificio inútil para alcanzar de nuevo la noche con tan sólo cerrar los ojos y dormir. Entonces las pesadillas matinales atacan arteramente, me hacen despertar con brusquedad, con violencia, con el corazón deshidratado que retumba su sequía percutiendo en medio de una orquesta ridícula formada por una mesita, las cortinas, el colchón, las ropas sobre la silla, el vaso de agua, la foto de su mamá, la foto de una de sus hijitas, las chanclas, los humores encerrados, un cuadro, los cajones, el clóset y sus prendas; por un espejo que sólo sirve de remedo para fingir las ojeras, los hartazgos, los nudos en la cabeza. Todos, todos, mudos miembros de esa orquesta que siguen su 26

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percutir como si el corazón en vez de tan sólo latir rápidamente, intentara abrirse paso por entre el pecho rompiendo la caja torácica, desgarrando los músculos, reventando la piel, echando sangre, para lograr una suerte de liberación. Pero no, el dolor no termina ahí, sigue, sigue con esa luz anaranjada que me toma desde los pies y que va subiendo al tiempo que me quema por dentro desarmando mi sexo, provocando vuelcos pesados y lastimosos en el vientre; sigue su derrotero y la boca del estómago se queja ardiendo y a su paso los pulmones baten urgidos de oxígeno; atraviesa el pecho y quema más, y llega a la garganta donde aprieta, ahorca hasta derramar las lágrimas; luego emerge y se manifiesta en la cara y siento cómo su calor me quema las mejillas, los labios y hasta las orejas. Esta mañana miré la bóveda de ladrillo rojo que hace de techo en el dormitorio. Miré su cúspide que parecía inalcanzable y en un instante todos esos ladrillos moldeados, cocidos y rojos, colocados magistralmente, hicieron de calabozo, señalaron la prisión de la libertad. Libertad, qué palabra tan extraña, tan ajena, tan extranjera, tan puta. Aventé las cobijas y salté de la cama huyendo del cuarto. Aparecí en la estancia en calzones y camiseta; descalza y despeinada. Irrumpí como una intrusa, pero ante nadie; soy una intrusa de mí misma, sola ante la mañana. Me parece oír sus pasos y atiendo para escuchar. Parpadeo nuevamente con insistencia; poco a poco logro abrir los ojos. Miro hacia la puerta. Sólo se asoma la luz de la tarde que lentamente se extingue. Me alcanza de nuevo ese vientecillo casi imperceptible, pero que logra refregar el olor oscuro de la tierra mezclado con los perfumes ordinarios de la pastilla de jabón. Reconozco, también, un olor a sangre fresca y entiendo de sobra que esa sangre proviene de mí. Trato de girar la cabeza y solamente alcanzo un leve movimiento, pero que me permite ver una parte de lo que debe de ser un charco de sangre. Siento un golpe en el estómago al tomar conciencia de su significado. Otra vez los pasos, los siento más cercanos. Sé que es ella, que estará extrañada por mi ausencia. Su voz dulcemente torpe, sus pasos torpes, su andar torpe, sus palabras impedidas por una lengua excesiva que se mueve independientemente, como si tuviera vida propia, todo regido dentro de un corazón limpio de toda torpeza. Ella repite mi nombre y mi apellido, como si fuera recitación; una y otra vez, cada vez con más fuerza, sin asomo de aburrimiento, como lo ha hecho desde el momento en que se le reveló que mi nombre llevaba un apellido, y al recitarlo yo le contesto, y somos cómplices. Recuerdo cuando a escondidas ella se metió en mi cama acurrucándose a mi lado; atravesó su mano sobre mi vientre, y mi vientre ya no tuvo vuelcos; la abracé y fue cerrando sus ojos chinitos de pestañas lacias, chorreantes siempre de humedades y lagañas, y su mueca se suavizó, casi sonreía. Se quedó dormida sobre mi brazo que la contenía, que la proBiblioteca Digital de Escritores Queretanos

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tegía aunque fuera por un rato, ese mismo brazo que ahora está preso bajo el peso de mi propio cuerpo, un cuerpo que no se mueve, que no se queja, que apenas le da permiso a la piel para saber que es tocada por la tierra oscura y húmeda, como un lecho de madre natura, extendido a su antojo por sobre este rectángulo blanco de uno y medio por dos y medio, y cuya línea en un borde largo y angosto contenedor de aguas, me sirve en este momento de almohada, sin importar su dureza, porque su dureza de escasos diez posibles centímetros de anchura, ya hizo su trabajo, ya cumplió después de años y años de espera el momento cuando por fin sería protagonista en la escena cumbre, de la obra definitiva. Ella sigue llamándome y percibo en su voz titubeante el toque de la incertidumbre. Al instante en que accede a la puerta lanza un grito ronco al encontrarme tendida en medio de tierra y sangre. Trata de articular palabras, pero sólo pronuncia monosílabos sin sentido entreverados de saliva y horror. Quiero decirle que no sufra, porque yo ya no sufro, que es mejor así, pero no puedo hablar; apenas alcanzo a mover los labios y entonces me empeño en una absurda sonrisa que no sé si alcanzo, pero que me esfuerzo por construir como si ayudara a restarle espanto. Ella se acerca y mientras se sienta sobre el piso a mi lado pronuncia nerviosamente su díada impensada e inquebrantable, mi nombre y mi apellido. La veo, llora despacito; yo parpadeo y entorno los ojos, como un lenguaje. Por la cara me pasa cuidadosamente su mano, que siento temblorosa, tratando de borrar la tierra, como si así borrara la escena. Pero es inútil, porque ya ella entró también al reparto por su obstinación en buscar mi compañía, cuando yo sólo podía reservarle irremediablemente dolor. Porque mejor sería que estuviera seca, pero no, estoy inundada de culpas, de rabia y de dolor. Caminaba yo esta mañana de domingo sin propósito consumiendo calles. Él se fue temprano a buscar a sus hijas para llevarlas a la matiné y no volverían sino hasta después de haber comido; irían a uno de esos lugares donde él contaba más con la escenografía, haciendo como que las engañaba para engañarse, para hacer como si no tuviera memoria; necesitamos suprimir la memoria para poder sobrevivir. En mi caminar pasé por un vivero y en su umbral concebí la idea, pero sólo alcancé a reconocer su superficie. Entré y escogí una planta verde y de hojas redondas, pequeñas y carnosas; escogí también la maceta colgante y pedí una bolsa de tierra. Sentí la urgencia, una urgencia desacostumbrada por ir a casa; en ese momento la maceta se convirtió en algo esencial, impostergable; un impulso que entonces sonaba exagerado, pero que se tocaba con la resolución y una estúpida alegría me invadió. Al llegar a casa vi con extrañeza que allí estaba él con las dos niñas y me detuve molesta. Vi que ella, la mayor, forcejaba con él lloriqueando, mientras la más pequeña 28

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rezongaba y regañaba con los modos de un adulto. La escena no me extrañó, era una costumbre; tampoco me extrañó que ella se me abrazara en cuanto estuve a su alcance y tampoco me extrañó que él decidiera dejarla conmigo e irse con la pequeña al parque. Sí me extrañó que yo no le peleara, que aceptara sin soltar reproches. Él no percibió nada y se marchó. Los tiempos de la sensibilidad entre nosotros habían terminado y ambos nos convertimos en nuestros propios monstruos acosadores. Yo seguía desacostumbradamente en paz, porque ya nada podía perturbar ese estado concebido de manera inquebrantable. Yo también entonces, como lo hace ella ahora conmigo, le limpié la cara, le borré los mocos y las lagañas. Luego le preparé sus adoradas palomitas de maíz espolvoreadas con la mezcla de chile, limón y sal, como le encantan –al fin que no estaba él para prohibir el chile que le hace escurrir los mocos, esos abundantes mocos verdes, brillantes, acusadores. Le puse el vídeo de La bella y la bestia, su historia preferida, y le expliqué que mientras tanto yo instalaría en el baño la maceta colgante. Me dio tres besos y entre tartamudeces me pidió que cuando terminara fuera a acompañarla. Asentí con la cabeza, entorné los ojos y le sonreí. Lo primero fue preparar la maceta y plantar la mata; ya lista la dejé sobre el piso del baño. Luego saqué el taladro de la caja de herramientas, el martillo, los taquetes, el desarmador y las armellas. Tomé el banco alto de la cocina, para alcanzar lo más posible; la bóveda del baño no llegaba por supuesto a la altura de las del resto de la casa, pero sí era considerable. Metí el banco al área de la regadera; como no tenía gomas en las patas protestaba con cada movimiento chillando contra el piso. En la mera orilla del asiento coloqué el martillo y el desarmador; los taquetes y las armellas las metí en el bolso delantero de mi pantalón. Le puse la broca adecuada al taladro y lo conecté; portado en la mano semejaba una pistola. Me acerqué a la regadera, pero me di cuenta de que no podía subirme al banco; dejé sobre el piso el taladro y fui por otro banco más pequeño para usarlo a modo de escalón. Regresé, lo coloqué cerca del otro, empuñé de nueva cuenta el taladro, lo acerqué a mi rostro y apreté el gatillo; funcionaba bien. Con todo listo, me descalcé, cargué con la mano izquierda la maceta colgante, subí al banco menor y me pasé al más alto. Ya ahí, y al dejar la maceta sobre el banco que me había servido de peldaño, trastabilleé un poco y rápidamente intenté agarrarme de la barra que sostiene la cortina de baño, la cual por supuesto se cayó. Con el corazón saltándome logré guardar el equilibrio al pescarme con la única mano libre de un mínimo borde que hace de frontera entre la pared de mosaico y el ladrillo de la bóveda. A pesar de ser una tarde tibia de otoño, yo sudaba abundantemente; con un cuidadoso movimiento del antebrazo, me sequé el sudor de la frente y del labio superior. Me quedé quieta por unos instantes —y ahora me doy cuenta—, fue en ese mismísimo Biblioteca Digital de Escritores Queretanos

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momento en que podía haber dado marcha atrás. Tuve una advertencia que ignoré. No quería ver, no quería reflexionar hacia adónde me dirigía y seguí de manera ciega, sin cuestionamientos, hasta con entusiasmo. Lo esencial —justo también ahora lo sé— era acabar con el enojo, con el dolor y con las voces de mis culpas. Decidida, empuñé entonces el taladro, hice puntas de pie sobre el asiento del banco, coloqué sobre el ladrillo de la curva de la bóveda la punta de la broca y disparé el gatillo. El golpe del disparo desató la caída; un vuelco en el vientre me sacudió. Al ir perdiendo el equilibrio fui bajando los talones del pie hasta apoyarlos de nuevo sobre la superficie del asiento del banco; al mismo tiempo trataba de ir llevando hacia adelante el brazo derecho que aún cargaba el taladro. El brazo izquierdo, alargándolo hacia el frente, lo fui estirando más, un poco más y más, en dirección hacia el mínimo borde que anteriormente me había devuelto el equilibrio y con las uñas intentaba asirme infructuosamente; algunas piedrecillas sueltas de yeso comenzaron a rodar. Asustada, alcancé a murmurar un, “no puede ser”. Me fui dando cuenta de que el banco, milímetro a milímetro, iba resbalando del piso y se inclinaba hacia atrás; sentí cómo un látigo de calor azotó mi rostro. Fui abriendo la mano derecha, un dedo, otro, y otro, hasta soltar el taladro que inició su caída; igual camino fueron emprendiendo el martillo y el desarmador; el banco alto también. Yo los seguía de espaldas, y mientras iba yo cayendo, mi pie derecho golpeó la maceta; como todo lo demás, también inició la caída provocando en el camino la del banco chico. Al momento de que mi cuerpo llegaba al piso del baño fui sintiendo cómo golpeaba contra cada uno de los objetos que habían ido cayendo antes que yo, y al tocar de lleno el suelo, la cabeza golpeó contra el borde de la regadera. Pude escuchar el golpazo, pero no sentí dolor. Ella está ahora en la puerta de entrada de la casa esperándolo a él; como un murmullo arrullador puedo oír su recitar interminable y aparentemente sin sentido. Ya no tengo fuerzas para mantener los ojos abiertos. Los voy cerrando lentamente; bajan los párpados como una cortina oscura, pesada, que anuncia ostensiblemente el fin. No importa. Pienso en mi padre y lo llamo, porque ahora lo alcanzaré y los reclamos por su ausencia terminarán. Me parece estar mirándolo en este instante, como en el tiempo en que estuvimos en la playa, yo niña. Recuerdo nítidamente cómo se fue dando todo. Un día salí de mi habitación y el dibujo cuadriculado del piso del patio de la casa me atrapó; desde hacía días me traía obsesionada. Caminé sobre él sin pisar las líneas, como si fuera una manda, recorriendo una y otra vez cada baldosa, mientras recitaba el-que-pisa-la-raya-pisa-la-medalla, el-que-pisa-la-raya-pisa-lamedalla... y no había fuerza humana que me obligara a caminar como todo el mundo lo hace. Al principio en casa se reían al observar la habilidad que 30

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había desarrollado para caminar aprisa sin pisar las rayas que las baldosas marcaban —chicas o grandes, no importaba el tamaño; al correr los meses la risa había dado paso a una mueca de preocupación y después vinieron los gritos, y los remedios desesperados. Inútiles de todos modos. Totalmente ajena a quienes me rodeaban, y volcada sordamente hacia mi interior, con la cabeza gacha yo seguía cuidando cada uno de mis pasos provocando en los demás una suerte de alucinación zigzagueante. Poco antes de que se cumpliera la amenaza de internarme al final del otoño, mi padre decidió llevarme con él unos días a la playa. El piso de la cabañita era de cemento y estaba totalmente alisado; por más que yo repetía incesantemente el-que-pisa-la-raya-pisa-la-medalla, elque-pisa-la-raya-pisa-la-medalla, al segundo día de nuestra llegada, mi caminar se estaba transformando y los ojos pequeños y almendrados de mi padre iban ganando alegría; su brillantez lo anunciaba. Ya casi para entrar el anochecer comencé a sentir una opresión en el pecho, como si cargara una lápida. Por más que mi padre me abrazaba meciéndome sobre sus piernas, yo no lograba respirar con normalidad; en mis ojos se marcaron unas hondas ojeras azuladas; cada tanto un suspiro profundo me hacía estremecer. Entre sus brazos debí haberme quedado dormida, porque antes de que clareara por completo, abrí los ojos y me encontré bien arropada en la cama aunque con la ropa del día anterior, y frente a mí estaba mi padre dormido apretadamente sobre un sillón viejo en el que dominaba el aspecto percudido más que el verde del tapizado. Un zarape tejido en lana cruda lo cobijaba descuidadamente; pude ver que aún llevaba puestos los zapatos y la chamarra de cuero, y que los brazos se mantenían entrelazados como para no dejar escapar el calor del cuerpo. Lo miré por un largo rato; unas cuantas canas comenzaban a aparecer entre su negro y rizado cabello, tan rizado, que se había ganado que le llamaran El Chino, y deseé que no apareciera ni una más de esas plateadas canas, porque eso me avisaba que un día lo perdería; yo no me podía ni siquiera imaginar lo que sería la vida sin él. Respiré profundamente y sólo hasta entonces noté que la dificultad había cedido. También noté que él me había liberado de las apretadas trenzas que sujetaban mi cabellera, las que a veces de tan tensas, hasta sentía que me achinaban los ojos. Sin embargo, y a pesar de la baja temperatura, yo tenía calor, un calor que me sofocaba y que se presentaba como una opresiva luz anaranjada. A pesar de que podía haber permanecido mucho tiempo mirándolo dormir, sentía un deseo irreprimible de salir a tomar aire fresco. Con gran sigilo me levanté, miré que mi abrigo descansaba a los pies de la cama, pero decidí no ponérmelo; creí que no soportaría su peso. Tampoco me calcé. Caminé atravesando silenciosamente la habitación; con tan sólo unos diez pasos había alcanzado la salida. Biblioteca Digital de Escritores Queretanos

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Al momento de abrir la puerta, el aire frío y húmedo de la mañana me dio de golpe en la cara, pero lejos de provocar desánimo, me empujó a salir gustosamente. Entorné la puerta cuidando de no hacer ruido, tomé como un trago una bocanada de aire para saborear su gusto salitroso y me dirigí hacia la orilla del mar hasta donde la espuma de las olas alcanzaba mis pies, y sin importarme la heladez del agua, comencé a caminar a lo largo con paso ligero; en un momento ya corría rápido, rápido, cada vez más rápido; extrañamente conforme corría, iba perdiendo el calor del cuerpo y mi pecho olvidaba por completo el peso que cargaba el día anterior. Quizá la temperatura me hubiera adormecido los pies, pero ciertamente ni los caracoles, ni las piedras alojadas en el camino, podían hacerme daño. Mis largas piernas, desmedidamente largas para mis doce años, lograban un desplazamiento que hasta entonces yo desconocía y mientras salpicaban agua, mi lacio cabello suelto se enredaba divertido con el aire. De pronto, como siguiendo un instinto, levanté entusiasmada los brazos y mis pies desnudos comenzaron a perder piso; tan sólo unos segundos después, habían despegado totalmente de la arena. Era tal la sensación de felicidad que me invadía, que unos cuantos lagrimones se desprendieron de mis ojos. Cuando gané dos o tres metros de altura, entendí que voluntariamente podía dirigir el vuelo y entonces reconocí la libertad. El éxtasis cedió el paso a una paz interior que fue recorriendo cada pedacito del alma. Luego comenzó el descenso, suave, tan suave que primero apenas con las puntas de los pies rozaba la arena; lentamente siguieron las plantas y en un instante mi peso comenzó a marcar la huella sobre la arena mojada. Apenas el día alcanzó la claridad del amanecer tomé el camino de regreso; el estómago me daba dulces vuelcos y los pies, ahora sensibles, se tornaban lívidos. Conforme me acercaba a la cabaña, que se destacaba por el tejido de su techo de palma de guano, pude distinguir la figura de mi padre cerca de la entrada; luego vi que mi abrigo colgaba de su brazo. Apresuré el paso, pero su rostro serio y el puño de la mano sobre su cadera me hicieron detenerme a unos cuantos metros de distancia; él me miraba fijamente entornando los ojos. Yo me pasé las manos por el cabello buscando las apretadas trenzas —como siempre que me ponía nerviosa—, pero al no encontrarlas, inevitablemente le eché a mi padre unos ojos de agradecimiento y una sonrisa tan amplia, que dejaba ver hasta las encías. Como él me la devolvió, yo me reí entonces contagiándolo y sin darnos cuenta ya los dos reíamos a carcajadas, al tiempo que nos acercábamos. Me abrazó fuerte y después de besarme la mejilla, susurró, tienes fiebre, y de inmediato me cubrió con el abrigo; me cargó como a una novia y, mientras yo lo abrazaba reuniendo mis manos alrededor de su cuello, entramos a la cabaña; en un momento más ya estaba yo bien cobijada en la cama y él preparaba una tisana que desprendía vahos de azahares y miel. 32

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Cuando desperté miré hacia la ventana. Faltaba poco para que anocheciera, así lo anunciaban las nubes que en tonos rojizos y anaranjados corrían nerviosas echadas por el viento. Luego miré hacia la puerta, que permanecía abierta, y enmarcado en un tono claro de pino, lograba ver a mi padre, quien con sus manos curtidas tomaba un vaso de cerveza clara y llevaba a su boca algo que mordisqueaba, quizá fueran cacahuates. Sentado sobre un sillón de madera y bejuco, y cojines estampados en diversos tonos de verde, cerca de la ventana y con los pies descansando sobre un taburete pequeño, miraba hacia el mar. Su piel ligeramente morena se había ido oscureciendo por los largos meses que pasaba en los campos sembrando algodón. Ahora le había dado por llevar bigote, que aún le crecía bien negro como antes su cabello, y al mismo tiempo que acentuaba su nariz chata, le daba un gesto de seriedad a sus labios gruesos; no sé por qué razón ese bigote me hacía verle más alto. Todavía con un bostezo bajé perezosa de la cama; sentí tan débiles las piernas que sólo apoyando la palma de la mano sobre la pared pude caminar. Desde la puerta seguí mirando calladamente y noté que nuestras flacas valijas esperaban en la entrada; la cocineta perfectamente limpia y sobre la estufa una pequeña olla de barro despidiendo pausadamente aromas de caldo casero. La estrecha mesita cargaba discreta en pares los platos, los cubiertos, las servilletas y los vasos; una jarra de vidrio rojo, un salero pequeño y una bandeja con pan rociado de ajonjolí tostado, ocupaban el centro. Mis negros ojos flanqueados por dos cortinas oscuras de cabello despeinado, repasaban detenidamente cada centímetro de ese paisaje, adivinando la última vez. A nadie se lo conté, no lo quise compartir, fue sólo mío, mi secreto. Como es también ahora mi secreto esta destrucción y puedo gozar con total cinismo nada más de imaginarlos cuando me encuentren y absurdamente digan con voz de dolor y excitando su morbo, qué accidente tan desgraciado, cómo es posible, pobrecita, no lo puedo creer, si tenía toda la vida por delante, y algunos, como él, hasta llorarán. Y nadie entenderá nada de nada, porque en realidad nadie quiere saber. Sólo yo lo sé, porque finalmente me decidí por la liberación, y el secreto se va conmigo, porque ahora sí, volaré.

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El mandamiento La sensación de tener dentro de mí dos corazones latiendo a toda velocidad, me obligó a abrir los ojos sobresaltada. Giré sobre el costado izquierdo y con el rabo del ojo miré la hora dándome cuenta de que sólo había logrado dormitar unos minutos. Pasadas las ocho de la mañana me rendí; era inútil intentar dormir. Salí de la cama para darme un baño; de una silla tomé un par de toallas y me calcé las chancletas de hule. Al abrir la puerta del dormitorio el aroma del perfume de mi madre me recordó su presencia, lo que involuntariamente me hizo alzar las cejas y abrir grandes los ojos, como cuando de adolescente era pescada en alguna desobediencia. Ella había venido a pasar unos días a descansar de su asma. Contra mi costumbre de tomar un café al despertar, entré directo a bañarme. Mis dos hijas ya se habían marchado a la escuela, así me lo mostraban las camisetas y los calzones regados por el piso, el bolso abierto de los cosméticos, las toallas echadas despreocupadamente al tubo oxidado de la cortina, un par de discos sin funda sobre la cubierta de la grabadora puesta debajo del lavabo y conectada. Sin embargo, en esta ocasión, ante el tiradero ni siquiera mascullé: pinches cuervas güevonas, ni troné la boca; me daba igual. Sólo deseaba estar dentro del chorro de agua caliente para apaciguarme, pues sentía que el ritmo cardíaco aún lo marcaban las rayas blancas. Me miré en el espejo y noté que en los párpados pesaban los tragos de alcohol y en las ojerotas las veintiséis horas que llevaba sin dormir; apestaba a tabaco también. Pero en el brillo de los ojos, el gozo se mostraba desvergonzadamente. Con la punta del pie y echando hacia los lados lo que encontraba por el camino fui haciéndome espacio, hasta llegar al tapete a la orilla de la ducha; quité las toallas mojadas y las coloqué en el toallero; la que cargaba en el brazo la puse en el mismo tubo; corrí la cortina y abrí la llave del agua caliente mientras me desvestía. Un minuto después estaba dentro del agua con el chorro sobre la cara, mientras comenzaba a reprocharme los excesos, sobre todo teniendo no sólo que ir a la oficina al día siguiente, sino una larga e importante reunión de trabajo a las diez y media de la mañana. Pero no lograba el arrepentimiento; la divertida, en verdad, estuvo buenísima. Después de lavarme el cabello y mientras me pasaba el jabón por el cuerpo volví a sentirme enredada entre las sábanas y las manos 34

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de Maggiani —como acostumbra que lo llamen—, quien en medio de la noche, y entre besos y caricias recién inauguradas, repetía con fuerza mi nombre y mi apellido en esa cama de cuarto de hotel. A Maggiani lo conocí esa misma noche; llegó junto con Augusto, quien iba todo vestido de negro, como ahora se estila, y con María Teresa; luego se nos unieron una atractiva rubia cincuentona de minifalda, y tres cuates más bastante borrachos. Uno de ellos, peinado a la Elvis, ventrudo de tanto chupe y con un ordinario vozarrón que parecía haberse tragado un micrófono, intentó sentarse al lado mío, pero una maniobra certera de Augusto lo impidió; el otro era un moreno flaquísimo y el tercero tenía unos ojos bien azules y el cabello negro, negro. El lugar lograba un decorado, digamos, a la old style. Atrás de la carrera de la barra —que medía fácilmente doce metros de largo—, se extendían de techo a piso y de pared a pared, tres fenomenales anaqueles de madera, como de botica, pintados al aceite, de color crudo y llenos de botellas de todos colores y sabores; las ventanas de vidrios biselados eran guardadas por blancos visillos laboriosamente tejidos. La música en vivo, no obstante las pretensiones del lugar, era mediocre y estruendosa: baladas pop, de las que se usan para ambientar los supermercados o, quizá peor aún, porque desafinaban los instrumentos al tiempo que la cantante daba alaridos, mientras se le ponía la cara roja. Al poco rato de haber llegado, tal gritería comenzaba a ponerme de malas, pero recordé a una amiga cubana que decía: ante lo inminente relájate y goza, chica. Y, precisamente, eso hice. María Teresa era una mujer soltera dedicada a un orfanato; los cuarenta años apenas se le notaban en las manos por unas cuantas pintas oscuras y algunas venas dilatadas. Sin embargo, los pómulos saltados y su escasa sonrisa daban la impresión de estar permanentemente tensa. Pero lo que más resaltaba era la forma de controlar su tiempo y sus posesiones. Durante las horas en que permaneció en el bar mantuvo apretada con la mano izquierda el asa del bolso que tenía en su regazo; en esa misma mano portaba un reloj, al parecer de oro, fuertemente ajustado a la muñeca, el cual consultaba a cada rato. Vestía pantalones negros y un saco cruzado color castaño, que siempre mantuvo abotonado; alrededor del cuello llevaba una mascada celeste, cuyo vértice caía al frente ocupando el pequeño triángulo que la blusa no alcanzaba a cubrir. Sus ojos oscuros eran profundos y buscaban con avidez comunicarse con quien estuviera a su alcance. Maggiani procuró su cercanía y se dio a la tarea de conquistarla; era algo así como un loco reto por poner a prueba la virginidad de María Teresa. Pero sus lenguajes eran opuestos. Después de varias rondas de tragos y de mayor número de intentos por abordarla, él se acercó a mí preguntándome qué le podía decir para que ella cediera —fuera de proponerle matrimonio. Yo, sabiendo que Biblioteca Digital de Escritores Queretanos

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era inútil esa empresa, le aconsejaba una cantidad de pendejadas cursis que nos mataban de la risa y que, por supuesto, sonaban tan falsas que surtían el efecto contrario. Maggiani y yo llegamos al punto de confabularnos para sonsacar a María Teresa y durante más de una hora nos divertimos a sus costillas. Lo único que logramos fue que la pobre mujer abandonara repentinamente el bar, sin que nosotros sintiéramos el menor remordimiento. Augusto, con su cara de ángel de tiempo completo, nos echó con los ojos un reproche que, simplemente, rebotó en nosotros. Los demás no se enteraron de nada. A eso de las cuatro de la mañana, cuando el alcohol ya nos trababa la lengua y hacía precario el equilibrio, Maggiani me dijo al oído que si no quería una raya. Le dije que sí y entonces me preguntó si nos íbamos al baño de los hombres o de las mujeres; mi risa detuvo un buen rato la respuesta y finalmente acepté que fuera en el de las mujeres. Y ahí fuimos los dos. Yo entré primero. Un fuerte olor a desodorante perfumado me recibió, junto con una larga pared cubierta por cuatro o cinco espejos de marco barroco produciendo un efecto multiplicador de imágenes sin fin. Revisé rápidamente que no se hallara nadie, con la mano le hice señas a Maggiani para que entrara y a tremenda velocidad nos metimos en uno de los privados cerrando la puerta con el pasador. Maggiani sacó un sobrecito opaco de la bolsa interior de su saco de lana y depositó una pequeña cantidad del polvo blanco sobre la tapa del excusado; en un santiamén picó y formó dos rayas con el filo de una tarjeta telefónica lamiéndolo después, y luego me ofreció un trozo de popote para que aspirara. En ese momento oímos un taconeo y la risa de dos mujeres. A pesar de sus kilitos de más, Maggiani se trepó de un ágil brinco sobre la orilla del excusado agachándose ligeramente para que no sobresaliera su cabeza. Al verlo en esa posición comencé a reírme y no podía parar; él, poniendo el dedo índice perpendicular a sus labios acompañados del popote, me pidió silencio. Yo me tapé la boca con las dos manos y agachaba la cabeza sobre el pecho haciendo un esfuerzo mayúsculo para no soltar la carcajada; sentía cómo mi cara se iba congestionado y casi no podía respirar, pero me aguanté unos cuantos minutos hasta que las mujeres se marcharon. De inmediato Maggiani saltó al piso y me dio el popote para que consumiera la raya; a mí la risa no me dejaba, por lo que aspiró primero. En tanto él guardaba el resto del sobrecito para más tarde, jalé de dos tirones mi dosis. Antes de abrir la puerta acercamos nuestras caras hasta sentirnos la respiración, lo miré coqueta y me dio entonces un par de besos apurados, casi como picoteando; con nuestro secreto, bajito nos reímos los dos. La salida del baño fue una repetición de la entrada. Antes de alcanzar nuestro sitio, tocó su frente con la mía, para quedar bien cómplices. Con las copas a medias, nada más encontramos en la mesa a 36

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Augusto, al del vozarrón y al de los ojos azules, que querían seguirla en casa de no sé quién. Maggiani me preguntó al oído si me quedaba un rato más con él y yo le contesté moviendo de arriba hacia abajo la cabeza en señal de aceptación. Pagaron la cuenta y, al momento de levantarse de la mesa, Maggiani les hizo un guiño y movió la mano derecha haciendo pequeños círculos, señal que los tres hombres comprendieron, pues se marcharon sin chistar siquiera. Maggiani ordenó al mesero un par de tintos más, que en realidad apenas probamos; luego extendió la mano invitándome a que me levantara de la silla, mientras me decía quedito al oído, están tocando nuestra canción. Y, ahí mismo, pegaditos a nuestros lugares, seguimos el juego iniciando un baile lento, suave; nuestros cuerpos se acercaban a cada paso. Un solo dedo de su mano izquierda sostenida en mi cintura entró debajo de la blusa apenas rozándome la piel. Lo miré fijamente a los ojos por un instante; nuestras bocas se buscaron y sus labios recorrieron los míos sin prisa, minuciosamente, como si fuera una tarea reconocerlos luego entre mil. Por un momento juntos fuimos dueños del tiempo. La música sonaba lejana, apenas perceptible; emanando tibiezas nos separamos lentamente y él me pidió que lo acompañara esa noche. El agua de la ducha se enfrió haciéndome volver de los recuerdos. Abrí entonces los ojos, que se toparon con los húmedos mosaicos claros manchados por el tiempo; cerré las llaves, me envolví en la toalla y respiré profundamente. Consulté el reloj, eran casi las nueve y treinta; recordando la mentada reunión, me arreglé lo más pronto que pude. Al terminar de maquillarme, por un momentito me detuve frente al espejo y sonreí. Recordé la despedida, simple, afectuosa: el copete de su claro y lacio cabello le caía sobre la frente formando un cerquillo; sus mofletes pecosos me sacaron una sonrisa; solamente le dije chau e inclinándome sobre la orilla de la cama donde aún se encontraba, lo besé suavemente en los labios. En voz baja Maggiani sólo repitió mi nombre y mi apellido. Bajé corriendo las escaleras y encontré a mi madre en el comedor con su bata de tono pastel y una taza de té en la mano; su mirada parecía clavada en el crucigrama del periódico. Le di un apurado beso en la mejilla y, antes de que pudiera yo dar siquiera un paso hacia la puerta, volteó a mirarme y me dijo con voz minúscula: aún hueles a alcohol; anda al baño y haz unos buches con el enjuague de menta. Paralizada, yo la miré detenidamente por unos instantes. Hubiera querido marcharme sin hacer caso de sus palabras, pero en vez de eso miré el reloj que marcaba ya las nueve con cincuenta minutos, solté mi bolso sobre la mesa y subí rápidamente las escaleras. Entré al baño y tomé el frasco verde de enjuague bucal que utiliza mi hija, lo destapé y me lo empiné directamente tratando de hacer una apurada gárgara. Pero me atraganté. Comencé a sentir que se me quemaban la Biblioteca Digital de Escritores Queretanos

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garganta y la laringe; de súbito la respiración se me cortó y empecé a asfixiarme. Con la mano izquierda me así de la orilla del lavabo e inicié una lucha espantosa por lograr un respiro. Trataba inútilmente de jalar aire, mientras a un ritmo ajeno a mi voluntad, mi pecho jadeaba y emitía un silbido agudo, insistente, casi escandaloso. Un temblor en los brazos y en las piernas me atacó y apenas pude sostenerme de pie aferrando la otra mano en el lavabo. En ese instante, de golpe encontré mi cara en el espejo: estaba lívida, los ojos chorreaban enormes lágrimas negras y la boca abierta, como en un gemido, coronada por unos labios que habían olvidado el color rojo del labial, para tornarse morados. No podía pedir ayuda, ni tampoco dar un paso; simplemente no tenía fuerzas para reencontrar el equilibrio, las piernas pedían rendirse y caer. No sé de qué manera, pero logré pensar en que debía llegar a las escaleras y tirarme desde allí para que al menos me encontrara mi madre, ella tan cerca, ella tan lejos, eran sólo ocho pasos. Al soltar una de las manos del lavabo, con un rotundo no contestaron las piernas. Quedé de nuevo frente al espejo y me di cuenta de que iba a morir. Ahora sí que me voy a morir —pensé con absurda tranquilidad—, mientras ya sin compás mi pecho silbaba débilmente. Atravesé el espejo con la mirada y vi abrirse ante mí la visión de dos niñas jugando en una alfombra de pasto verde; árboles frondosos y largas ramas; cielo, nubes y sol, un fulgurante sol. Luego vino la penumbra extendiéndose como una mancha y los ojos, claudicando, se cerraban. Su voz, su dulcísima voz diciéndome es nuestra canción y ese dedo rozando mi cintura comenzaban a arrullarme. Un instante de luz interior insistió en que buscara tomar aire. Respondí apenas con la poca fuerza que me quedaba y, finalmente con la ayuda de una milagrosa arcada, entró el aire a mis pulmones. Tres o cuatro arcadas siguieron a la convulsión del estómago provocando un vómito ridículo. Caí lentamente al piso doblándome sobre las piernas, con las manos entrelazadas en el centro del pecho y los ojos echando lágrimas como surtidor. Me salvé, me salvé, alcancé a murmurar roncamente, y reí sin arrepentimiento.

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