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Programa Institucional de Atención Personalizada y Tutoría Seminario: Jóvenes Universitarios

Jóvenes y Universitarios: Dos experiencias que se acompañan

A manera de introducción. En un evento anterior organizado por este Programa hablábamos de la necesidad de establecer puentes entre el campo de la investigación educativa y los estudios sobre la juventud. Y me parece que el Seminario que iniciamos esta mañana se convierte, sin duda, en uno de esos puentes. En un vaso comunicante entre las complejidades de la vida universitaria y las representaciones y prácticas juveniles.

Parece ser cada vez más evidente que el análisis de los problemas relacionados con la educación debe dialogar con las reflexiones que se han logrado alrededor de otros procesos sociales. Si bien es cierto que nuestra Universidad es autónoma ello no debe confundirse con una condición de independencia respecto del contexto que le rodea. En un brillante y provocador trabajo de Guillermo Jaim Etcheverry titulado “La Tragedia Educativa” el autor va a desarrollar la tesis de que el fracaso escolar no debe pensarse necesariamente como el fracaso del sistema educativo o de la institución escolar, es, señala, el fracaso del modelo cultural y del sistema de valores que, por un lado, reivindica las virtudes de la educación y del conocimiento, y por el otro, muestran como ejemplos de vida y de conducta justamente los modelos opuestos. “Nuestra sociedad que honra la ambición descontrolada, recompensa la codicia, celebra el materialismo, tolera la corrupción, cultiva la superficialidad, desprecia el intelecto y adora el poder adquisitivo, pretende luego dirigirse a los jóvenes para convencerlos, con la palabra [y no con el decisivo papel de los ejemplos, añadiríamos nosotros] de la fuerza del conocimiento, de las bondades de la cultura y de la supremacía del espíritu.” Etcheverry, 20006: 61).


Bajo este marco de reflexión no deben sorprendernos entonces los datos de la Encuesta Nacional de Juventud del 2000, que como señala José Manuel Valenzuela (2002) dan cuenta de que la educación ha perdido centralidad como eje de definición del proyecto nacional y ha dejado de ser un recurso central de movilidad social. “Existe una disociación entre la educación formal escolarizada y las oportunidades laborales. Actualmente menos de la mitad de los jóvenes mexicanos se encuentran estudiando (45.5%) y casi 100% deja de hacerlo antes de cumplir los 35 años. Lo anterior no corresponde con el final de una etapa donde se llegaría a la conclusión de los estudios pues sólo 7.7% de quienes abandonan la escuela lo hacen porque terminaron sus estudios. La situación anterior se vincula con una serie de elementos complejos, donde destacan las presiones económicas como elementos que tapizan el Bien, cómo establecer los puentes o vasos comunicantes entre uno y otro campo, entre la universidad y la juventud. Me parece que son dos las condiciones que se implican:

camino de la deserción escolar.” (Valenzuela, 2002:33) 1. Junto con Adrían de Garay y Miguel Casillas (2002) planteamos la necesidad de reconocer que los estudiantes de la universidad también son jóvenes. Y que quienes se incorporan a esta institución educativa no sólo responden al papel de estudiantes, sino que son parte de los distintos procesos en los que se ve inmersa la juventud mexicana actual. Decíamos anteriormente que “cuando se es estudiante, no sólo se es estudiante, así nada más, se es estudiante y además se es joven, hijo, [añadiríamos trabajador, empleado o asalariado] en algunos casos padre de familia; pero también se es mujer u hombre y desde la condición de género la experiencia estudiantil puede ser significativamente distinta.” (Soto, 2006:50). Sobre esto volveré más adelante cuando trabajemos un poco la noción de juventud. 2. Si en algo estamos de acuerdo con el punto anterior, entonces es importante señalar la necesidad de no individualizar los problemas que observamos en los proceso de aprendizaje de los estudiantes. “Me parece que estas producciones colectivas de sentido [ser mujer u hombre, “hijo de familia” o trabajador] pueden ser importantes para pensar la trayectoria del sujeto estudiantil. Para las tareas de acompañamiento y asesoría de un proyecto como el Programa Institucional


de Atención Personalizada y Tutoría (Papyt) es pertinente no individualizar los problemas a los que se enfrentan los estudiantes universitarios, sino tratar de rescatar las tramas de la complejidad en la que éstos se ven involucrados. (Idem.). Por esta razón no me parece pertinente reducir a la flojera y el aburrimiento, en tanto características personales, las causas del cuestionable desempeño escolar. Y si esto es así, habría que preguntarnos en todo caso ¿cuáles son las razones de que sea aburrido el aprendizaje? ¿a qué se debe el descuido o el abandono por el conocimiento? Dicho de otro modo ¿qué es lo que no aburre y da flojera a los jóvenes? ¿qué es lo que les gusta hacer? Y ¿por qué prefieren hacer eso otro y no estudiar y cultivarse? En fin, una buena parte de las preguntas van para nosotros ¿Cómo construir, crear un público de universitarios interesados por el conocimiento? Porque parafraseando a Savater, no es que la universidad sirva a los estudiantes, sino que los crea. Los construye.

Los construye, sin duda pensando en el cómo (y ahí damos cuenta de las estrategias institucionales) pero una reflexión que parece ser aún más importante nos remite al plano del para qué. Para qué una universidad como la nuestra está interesada en formar psicólogos, médicos, administradores, diseñadores, planificadores, etc. Comentando un texto de Neil Postman titulado “El Fin de la Educación” Fernando Savater plantea cómo Potsman “constata que al hablar de educación escolar la mayoría de los debates giran en torno a los medios adecuados para llevarla a cabo -diseños curriculares, instrumentos audiovisuales, financiación...-en detrimento de los fines que pretenden obtenerse. Nos preocupamos -¡si es que nos preocupamos...!-por el cómo, olvidando el por qué o dando por sentado que todos lo conocemos y compartimos. Pero quizá lo que falta realmente es un por qué inteligible y común a partir del cual propiciar las vías de realización. Y recuerda Postman aquel dicho célebre de Nietzsche […] "El que tiene un por qué para vivir puede soportar casi cualquier cómo". Podíamos complementarlo diciendo que, en el caso de la educación, lo que nos falta fundamentalmente para conseguir el cómo es el impulso que nos daría comprender el por qué.” (El País, 29/04/2000)


Queda esto último sólo como una anotación para provocar la reflexión.

Algo sobre los conceptos Vuelvo nuevamente sobre la idea de reconocer a los estudiantes universitarios como jóvenes. Para ello me ubico en el ángulo de la discusión sobre el sentido de los conceptos. Es decir, ¿de qué hablamos cuando hablamos de los jóvenes? ¿a qué hacemos referencia con la idea de juventud?

Escribió Bourdieu en los años ochenta, “la juventud no es más que una palabra”. Efectivamente, juventud, jóvenes, juvenil, etc., no son más que palabras, sin embargo, habría que añadir a la reflexión que provoca este autor que las palabras están cargadas de sentido, son portadoras de significados y construyen tramas de significación. Bourdieu tampoco ignora esta situación, por ello insiste en que la juventud y la vejez no son algo dado, sino que se construyen socialmente.

Y aquí tenemos entonces un primer nudo problemático, desde dónde o bajo qué criterios se define al joven, cómo es que “se construye socialmente”.


Sin lugar a dudas un primer acercamiento lo vamos a encontrar en el ejercicio de clasificación que muchas sociedades instituyen para si: la edad, el sexo, la clase, el estado civil, etc. Respecto de la edad y para el caso mexicano vamos a encontrar que el Instituto Mexicano de la Juventud, el IMJ, reconoce a la población de entre 12 y 29 años de edad como la destinataria de sus servicios y programas. La Ley de las y los Jóvenes del Distrito Federal contempla al joven como un sujeto de derecho cuya edad comprende el rango entre los 15 y 29 años de edad. Otros marcos institucionales que tienen incidencia en nuestro país como la Organización Iberoamericana de la Juventud reconocen que “las y los jóvenes conforman un sector social que tiene características singulares en razón de factores psico-sociales, físicos y de identidad que corresponden exclusivamente al tramo de la vida humana que transcurre entre los 15 y los 25 años de edad.” Por su parte la Organización Mundial de la Salud señala que los jóvenes se ubican entre los 19 -20 y 24 años de edad (este organismo hace referencia también a las nociones de preadolescentes, adolescentes jóvenes y jóvenes) y la Organización Internacional del Trabajo habla del periodo comprendido entre los 15 y 24 años de edad. De esta manera podemos percatarnos que los límites de edad no son del todo claros, no existe una concepción homogénea al respecto y seguramente es porque no la puede haber. Sin embargo quisiéramos problematizar esta cuestión desde otro lugar – más allá de si hay o no acuerdo en los parámetros de la edad-y ese otro lugar tiene que ver con la idea de que la delimitación etaria –cualquiera que ésta sea-es insuficiente para pensar la complejidad de procesos que hacen ser a la población juvenil. En este sentido, recuperamos otro de los acercamientos para tratar de comprender qué es aquello que define a la juventud. Nos ubicamos entonces más que en el plano de las clasificaciones, en el campo de las significaciones. Cuando hablamos de significación hacemos referencia a la producción de sentidos y a las formas en que nos representamos el mundo que nos rodea. Es para algunos autores, entre ellos Cornelius Castoriadis, el modo en cómo una sociedad se instituye como tal y se crea así misma como sociedad; es el discurso de la sociedad sobre sí misma, de sus fines y también de sus afectos. Para reiterar aún más esta idea, el conjunto de significaciones (que para este autor son imaginarias y sociales) organiza a la sociedad (la orientan, la emapapan, la dirigen). Y sin duda, una de los modos en que ésta (nuestra sociedad –y en general podemos hablar de las sociedades occidentales-) se organiza es precisamente a través de los sentidos que construye sobre sus actores, sobre los


sujetos que arman y dar cuerpo a la trama social. Es así como se es niño, se es hombre o mujer, se es anciano o se es joven. Siguiendo a Castoriadis (1988:68) “Más allá de definiciones puramente anatómicas o biológicas hombre, mujer e hijo son lo que son en virtud de las significaciones sociales imaginarias que los hacen ser eso.” Parafraseando a nuestro autor, podríamos entonces decir que más allá de definiciones puramente anatómicas

o biológicas, joven es lo que es en virtud de las significaciones sociales imaginarias que lo hacen ser eso.

Una vez dicho esto vamos a plantear que la juventud es una construcción social. Si bien tiene como soporte el aspecto biológico, aquello que se ha dado en llamar el inicio de la pubertad, el foco de nuestra atención se centra en el modo en que este sujeto es significado. Es decir, en las formas que la sociedad tiene de nombrarlo, de representarlo.


Bien, la pregunta entonces es ¿cuáles son esas significaciones imaginarias que dan sentido a la noción de juventud?

La obra “Historia de los jóvenes” que va de la Antiguedad a la Edad Contemporánea es podríamos decir, la historia de las juventudes, es un recorrido por las formas de significación de un sujeto que no siendo niño, no siendo adulto habría que nombrar y cobijar de sentidos. Cito un párrafo de la introducción de este trabajo. “La juventud como producto engendrado socialmente: en ningún lugar ni periodo histórico cabría definir a la juventud mediante meros criterios biológicos o con arreglo a criterios jurídicos. En todas partes y en todo tiempo, sólo existe revestida de valores y símbolos.”

A modo de ejemplo, vamos a encontrar cómo en la Italia medieval (siglos XIII al XV) los jóvenes se definían más por criterios morales que por criterios biológicos o económicos. Para Élisabet Crouzet-Pavan en esta época “la juventud era el tiempo de los apetitos y de sus excesos. Aparentemente, sucedía de manera directa a la infancia. A la edad de la debilidad del cuerpo y de los primeros aprendizajes le seguía la de la fragilidad, de la debilidad del alma y de la razón. Por falta de freno y de gobierno, la juventud se entregaba al mal.” (Pág. 217). Por otro lado para Laura Malvano, quien estudia la época del fascismo italiano bajo Mussolini, la imagen de la juventud fue fuertemente capitalizada para la construcción de un proyecto de nación y la elección política de un régimen. La juventud, símbolo de dominio, se constituyó como tal a partir de las ideas de fuerza, salud y vitalidad, “discipula y esperanza del régimen”. “Cómo expresión de lo positivo absoluto, la noción de juventud cubre una amplia gama de valores, cívicos, morales y estéticos.” (Levi, 1996:313)

Encontramos aquí sin duda una fuerte relación entre la juventud y los valores nacionales y patrióticos, de tal modo que la noción de joven operaba como sinónimo de acción, heroísmo, inquietud, abnegación, entusiasmo, vivacidad, fervor. Si habríamos de hacer aquí una lectura, podríamos decir cómo a los criterios morales de la antigua Italia se imponen en la edad moderna los criterios políticos y económicos para definir qué y quiénes son los jóvenes.


Ahora bien, cómo leer el momento actual, para el caso de los jóvenes mexicanos, qué imágenes y qué símbolos los constituyen como tal. Para elucidar un poco la complejidad de este campo de estudio, hemos señalado en otro momento la presencia de una fuerte tensión. Por un lado encontramos que el joven en nuestra sociedad es aquel que todavía no es adulto. En adulto, por su lado, en tanto significación social, es una condición, una realización definitiva que porta significados tales como madurez, experiencia, conocimiento, juicio, sensatez, prudencia, sabiduría, etc. De esta manera tenemos que el joven está en proceso de llegar a ser eso: maduro, experto, sensato, prudente, sabio. Lo anterior quiere decir entonces que la juventud es un paso, un estado pasajero, inacabado e imperfecto, para llegar a ser algo. Por otro lado, en el otro polo de esta tensión, el valor puesto en nuestra sociedad en las ideas de lo novedoso, lo actual, lo moderno parecen conceder a la condición juvenil significados tales como energía, fuerza, resistencia. Roberto Brito Lemus (2000) ha observado ya cómo podemos encontrarnos con “periódicos que piensan joven” o con candidatos políticos que proponen “soluciones jóvenes” con lo cual, señala, se eleva a valor moral la categoría de juventud.

Sólo una breve precisión. La tensión (que no contradicción) antes mencionada, por una lado el joven como sinónimo de desorden y por el otro el joven como valor, no quiere expresar una situación que se de en blanco y en negro, por supuesto que es necesario reconocer la posibilidad de los matices. La condición de género, la vida la capitalina o de provincia, las condiciones en el campo, las opciones económicas, las filiaciones religiosas o políticas, etc., son, todos, elementos que dibujan esas tramas de significación. Por ello para un ejercicio teórico que pone énfasis en el eje de las significaciones –más que en el de las clasificaciones-, son siempre más pertinentes los acercamientos metodológicos al plano de las singularidades –que no individualidades-. Tejer más finamente, la observación, la escucha, con las condiciones particulares de nuestros terrenos investigación: los jóvenes universitarios, los jóvenes migrantes, los jóvenes en situación de reclusión, los jóvenes campesinos, los jóvenes vendedores ambulantes, etcétera.


En fin, sin dejar de hacer una lectura de estos procesos singulares, sí nos parece que los polos de la tensión que hemos señalado constituyen un marco de referencia general para pensar aquí y ahora la condición juvenil. E incluso el polo que hace de la juventud un valuarte del desorden parece tener más peso. La juventud como “divino tesoro” pierde terreno frente a la imagen de la juventud como “divino problema”.

En un mensaje a los jóvenes y a las jóvenes del mundo, Juan Pablo segundo señala que el mundo de los jóvenes constituye para la iglesia contemporánea una tierra de misión; son, dice, “por todos conocidos los problemas que atormentan a los ambientes juveniles: la caída de los valores, la duda, el consumismo, la droga, la delincuencia, el erotismo, etcétera.” El problema aquí no es quién envía el mensaje, ni tampoco el hecho de adjudicar sólo a los jóvenes una serie de problemas que son atribuibles a toda la sociedad; la cuestión acá es cómo este discurso, estas formas de significar al sujeto joven, penetra en otras esferas de lo social. Por ejemplo la Universidad.

Ser universitario significa ser estudiante, cuando menos eso es lo que casi todos creemos. Estudiante de una universidad o institución de educación superior. La cuestión empieza a ser menos clara cuando nos preguntamos sobre el sentido de ser estudiante. ¿Qué quiere decir ser estudiante? Formarse, capacitarse, informarse, cultivarse en el conocimiento, armarse de competencias. Sin lugar a dudas, no todas estas respuestas aluden a lo mismo. Y si además añadimos que la idea de que ser estudiante universitario se construye, claro está desde el estudiante mismo, desde la institución que lo alberga, desde sus profesores, pero también desde su familia, los amigos, etc., una respuesta sencilla a la pregunta parece casi imposible; bajo este plano ser estudiante puede significar ser responsable, ser afortunado y privilegiado, pero también puede aludir a la idea de perder el tiempo (mucho más para el caso de las mujeres), del sacrificio, la promesa, el cambio.


Señala Carlota Guzman Gómez del CRIM de la UNAM que “Los estudiantes, como subgrupo juvenil, conforman un grupo heterogéneo y realizan la misma actividad: el estudio. No obstante, su edad, sus condiciones materiales, su trayectoria académica, sus búsquedas y aspiraciones son muy diversas. Es en este sentido que se afirma que la identidad de la práctica universitaria no supone la uniformidad de las condiciones de existencia. Las diversas maneras de ser o sentirse estudiante radica en el origen social, los vínculos con la familia, los compromisos económicos, la relación con la cultura y la función simbólica que le confieren a su actividad. La época, el lugar y el contexto político e institucional en el que viven los estudiantes son también elementos que pernean la existencia y que marcan diferencias fundamentales entre los individuos.”

De esta manera, cuando hablamos de los estudiantes podemos dibujar un aspecto central: su heterogeneidad.

Ahora bien, es importante, cuando estamos colocados en el plano de las significaciones, tratar de observar cómo esta diversidad estudiantil no sólo obedece mecánica o linealmente a determinados factores (el origen social, la familia, la institución, etc.) sino que dicha diversidad se produce también en la trama de la experiencia estudiantil.

La idea de experiencia no es tanto una apropiación del contenido del mundo que nos rodea, sino que es creación – producción de ese mundo. Ser entonces estudiante, estudiante universitario no sólo es estar determinado (por el origen social, la familia, la institución). Ser estudiante es también crearse y producirse como tal. La experiencia entonces, en tanto significación del mundo, es no quedar atrapado por lo ya normado; es creación e invención de nuevas formas. Recuperemos nuevamente a Savater: No es que la universidad sirva a los estudiantes, sino que en ella se crean.


La heterogeneidad de los estudiantes podemos anclarla entonces en las diversidad de formas de crearse y creerse como estudiantes, diversidad de formas de actuar y de vincularse con el espacio universitario, de vivirse como estudiantes. Eso que Hugo Zemelman llama las formas de estar y de ser-enel-estar. Entonces, cuales son esas formas de ser y estar de los estudiantes en tanto jóvenes.

Ya en otro momento hemos planteado algunas rutas para pensar en cómo los estudiantes significan su condición de ser universitarios. Abordamos el tema de los encargos, es decir, la serie de expectativas y mandatos familiares, universitarios y sociales que generalmente son depositados para que los estudiantes se hagan cargo de su ejecución. Hablábamos de cómo la institución escolar, la institución científica, pero también la institución familiar y la sociedad esperan del estudiante un buen rendimiento, una fidelidad disciplinaria, una recompensa o una mejora de estatus social. “Se debe agregar –escribimos entonces-que estos encargos no necesariamente son explícitos, pueden circular de manera latente en los mensajes familiares, en la calificación, en los discursos de los docentes, en los proyectos institucionales o perfiles disciplinarios. De cual de todos estos encargos lo estudiantes se hacen cargo, cuáles privilegian y qué otros dejan de lado.

En la práctica cotidiana con los estudiantes podemos observar cómo los encargos van operando para que los estudiantes se coloquen, se posicionen ante su formación profesional de tal o cual manera. La experiencia estudiantil, la experiencia universitaria, es entonces la inserción en un universo de posibilidades. “Ser estudiante, entonces no sólo significa aprender lecciones o teorías y aplicarlas. Ser estudiante universitario parece aludir a un proceso en el que las teorías, los encargos o mandatos y los deseos se tensan; alude a un proceso en el que se dibujan y tejen nuevas formas de significar el mundo, alude incluso a un trabajoso proceso de discriminación ¿qué quiero? y ¿hacia dónde voy?”


Insistimos este ¿qué quiero? y ¿hacia dónde voy? no obedece al plano de la determinación, es otra cosa, es colocación, posición, creación e invención de nuevas formas. Es en síntesis, la construcción del horizonte de posibilidades.

Otra de las rutas que nos ha servido para pensar a los estudiantes jóvenes de nuestra universidad tiene que ver con la idea del espacio. Primero porque la Universidad es básicamente un espacio juvenil, la mayoría de los actores de esta universidad son jóvenes, es decir, son aquellos sujetos que no sólo se encuentra dentro de los parámetros etarios para definir a la juventud, sino que son también portadores del conjunto de significaciones imaginarias que hacen ser a los jóvenes. No son niños, ni adultos -aunque ya estén arriba de los 18-, en general no tienen del todo las responsabilidades de las que los adultos suelen hacerse cargo: trabajar, sostener una familia, responder a los compromisos adjudicados a la vida en pareja, construir un patrimonio, etc. La gran mayoría de nuestros estudiantes son usuarios o beneficiarios –algunos más algunos menos-de lo que sus adultos padres han construido.

Este estado liminal, este estado de moratoria social –como algunos autores también le llaman-ubica al sujeto no sólo en el futuro, en ese ¿qué quiero? y ¿hacia dónde voy? sino que define también las acciones del presente ¿qué hago? y ¿en dónde estoy?.

De este modo tenemos que asumir que la universidad para los jóvenes que son estudiantes no sólo es sinónimo de estudiar, aprender conceptos o teorías y ejercer un dominio sobre cierto campo de conocimiento. Para muchos estudiantes el espacio universitario trasciende lo ya nombrado, pues se convierte también en un espacio de socialización, de búsqueda de amigos, un lugar para encontrar pareja. En la universidad, como en las calles de la ciudad, hay comercio ambulante, se comparten ideologías o afinidades religiosas. Pero es también, como ya lo hemos dicho antes, un espacio que ofrece contención y abrigo, un lugar que permite abandonar las tensiones del hogar, el riesgo de la calle o lo abusos que se dan en el ámbito laboral.


Sobre las formas de vivir el espacio de la universidad (el uso que los estudiantes hacen de los pasillos, las escaleras, las canchas, los jardines, etc.) hemos aprendido mucho de los usuarios del Programa de Educación Abierta para Adultos (PEAPA) que es un proyecto de investigación y de servicio social del Departamento de Educación y Comunicación. El programa, como su nombre lo indica, está destinado a los adultos, sin embargo por motivos que no podemos desarrollar aquí, en los últimos 8 o 10 años los usuarios de este servicio son –prácticamente-todos jóvenes de 15 a 24 más menos. Bien, cuando estos jóvenes llegan a la universidad para tomar sus asesorías –cuyo horario comprende entre la 1 y 4 de la tarde-y están en los pasillos jugando fut bol, o no entran a la -llamada por ellos-“clase” porque prefieren quedarse en el jardín con sus amigos, en las escaleras con la novia o el novio, o porque están en las canchas, nos han obligado a formular cualquier cantidad de preguntas, la principal: si se inscribieron en las asesorías y no entran a ellas –hay que decir que éstas no son obligatorias-, pero tampoco no presentan los exámenes que calendariza en INEA ¿entonces a qué vienen? Y creo que la respuesta no ha sido nada difícil: hemos encontrado que buena parte de lo que buscan es precisamente el espacio, encuentran en la universidad eso que allá afuera es prácticamente inexistente: espacios para la reunión sin que éstos sean comercializados o criminalizados.

Esta especie de analizador de nuestra comunidad, que es el Programa a que me refiero-es justamente el que nos ha permitido tratar de observar el uso cotidiano de los espacios y cómo éste va definiendo las relaciones entre los sujetos –los estudiantes, los profesores, los administrativos-miembros de esta comunidad.


Y ese uso, esas formas de representar lo espacial nos devuelve nuevamente hacia tema de las significaciones, de las significaciones sobre la juventud. ¿Por qué –me atrevería a decir nunca-se puede ver a una pareja de profesores académicos –pensemos en cualquiera de nosotros-acostado en algún momento de la mañana en el pasto, en el jardín, en pleno apapacho y expresión amorosa? Por qué, los jóvenes sí pueden hacer esto y no genera mayor escándalo, ni castigo (aquí, en la universidad porque sería diferente si lo hicieran en cualquier parque público). Porque dentro de las formas que tenemos de representar la condición juvenil eso está permitido, es normal, es “propio” de los jóvenes que están en Es así como se acompañan ambas experiencias, la experiencia de ser joven y de ser universitario. Yo profesora, también soy universitaria, pero no estoy acompañada de la otra condición por eso no puedo estar así en el jardín. Porque los profesores, que son en automático asumidos como adultos –aunque tengan menos de 30-, estamos constituidos bajo otro conjunto de significaciones. “Somos serios, críticos y nos dedicamos a cosas realmente importantes, nuestras causas son más nobles: la producción o transmisión del conocimiento”. Y “desafortunadamente” no tenemos esa anuencia social que nos permita jugar eróticamente en el jardín. Y esa anuencia empieza por también por los alumnos -no quiero pensar qué dirían sus padres-, no nos podrían ver así porque entonces no “eres un buen maestro”, es necesario entonces responder a la imagen, a la representación del profesor: sentado frente a una computadora o un libro.

una fase de “experimentación”.

Por ello, me parece, que no podemos dejar de pensar al estudiante sin antes haber tendido puentes con su condición de ser joven. La vivencia universitaria, el desempeño escolar, los vínculos académicos que establece, parecen estar siempre atravesados por esta condición juvenil. Y si el ejemplo anterior tiene algo de gracia, no pasa lo mismo cuando circula la idea de que en el desempeño escolar, en los índices de reprobación o deserción están involucradas las “características” de irresponsabilidad, incapacidad e imprudencia. Sucede algo muy parecido cuando un grupo de estudiantes califica a un profesor como incapaz e inexperto por su juventud.


Aquí y antes de cerrar sería importante aclarar que las significaciones sociales imaginarias que cabalgan sobre los jóvenes no sólo son producidas por el mundo adulto, el joven también participa de ello. Es, sin duda, actor de los sentidos que se le atribuyen pero es también autor de éstos; los reproduce, claro está, pero también crea e imagina nuevas formas de ser joven, joven La experiencia juvenil, la experiencia universitaria corren paralelas. Se acompañan y se otorgan sentido una a otra. Insisto, este evento ofrece los hilos necesarios para tender los puentes, los trabajos que aquí se presentaran constituyen miradas, acercamientos indispensables para tratar de comprender –al menos un poco-los complejos escenarios por los que atraviesa el estudiante universitario. Es lo necesario para pensar y para pensar y decir que no son las puras determinaciones quienes traman la vida social, la vida universitaria. universitario.


Jóvenes y Universitarios: Dos experiencias que se acompañan