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RELATOS CORTOS 20 cuentos tenues entre los placeres de la gloria y el dolor de la aflicci贸n

Jorge Londo帽o Ariza


Contenido Autoexorcismo Choque Cuentas patógenas De las sombras a la luz Fricción Desilusión Dulcinea la Blancanieves El Basuriego y la Reina El pintalabios perla rosa encendido Fantasías Olvido Oscilación Silencio Un ensueño Suspiros de guerra Un día cualquiera Un extraño en las gradas Un hombre de blanco Una vez un instante Un ángel sin alas


AUTOEXORCISMO Después de toda una noche de desvelo y tantos días de pensar en lo mismo, llegaba a una conclusión a las seis de la mañana: ¡Tenía que arrancársela del alma!. Con pantalón de gimnasia, sin camisa, descalzo, bañado en un sudor frío y tratando de encontrar ese algo que le apagara el dolor, fue hasta el escaparate por medio litro de ginebra y se bebió la mitad. No fue el efecto superior que le eliminara el ardor en la boca del estómago y la hoguera que le devoraba los entresijos. ¡Tabaco! – Encendió un cigarrillo sin filtro, se lo fumo de dos aspiradas y resopló en bocanadas. ¡Ají! ¡claro ají! – Y se masticó un puñado que tomó de los frascos de la alacena. Desde hacía muchos días venía bebiendo líquidos que no terminaban de calmarle los jadeos. ¡Más ají! - Tenía los ojos melancólicos por una escalofriante decepción. ¡Otro trago de ginebra! – Y con la botella empuñada, bebió hasta llevarse las manos al vientre adolorido. ¡Ahaaaaaa! – Se jactó, abriendo de manera desmesurada la boca y se dejó caer de rodillas en el centro del corredor, con los ojos empapados de lágrimas. Escurrió la botella y lo atacó la tos junto a un vómito amarillo y gelatinoso manchado de sangre que se esparció por el piso, con un extraño olor a perfume que invadió el ambiente del corredor. Otro quejido. Y se quedó tirado sobre las baldosas desmadejado por espacio de una hora, mirando fijamente hacia un solo lugar mientras murmuraba: ¡Descansar! ¡quiero descansar! ¡descansar es lo único que quiero por favor! – Hasta que se quedó dormido. Se levantó para ir a la cama y disfrutar del más placentero descanso. Palmira junio 28 de 1992

CHOQUE Hubo una vez una ansiedad tan veloz, que murió sin saber cuanto tiempo era un instante… Palmira, febrero 26 de 1994

CUENTAS PATÓGENAS Sólo bastaba un tratamiento corto para dilatarle la vida, pero no fue posible. Una inversión de quinientos mil pesos hubiera sido suficiente para aliviarle sus dolencias, pero no fue posible. Fue muy difícil esa suma en un barrio menesteroso en donde había encontrado refugio después de la quiebra. Este lugar fue el sitio adecuado para ocultar su vergüenza ante quienes justificaban la inseguridad del sitio para no pasar a saludarlo; además era muy desagradable ver tanta pobreza junta. De todas maneras, había sido el colega quien había caído en desgracia y a quien el club no le había perdonado haber sido tan estúpido, de haber desatendido los reglamentos, estrategias y protocolos que se le exige a los socios para no llegar a la ruina. De todas maneras, había sido uno de los notables del pueblo y el amigo quien había fallecido; no se podía negar que había sido uno de los suyos. De todas formas, no estaba bien ser indolente ante el hombre que había rodado por los abismos de la angustia… Todos aportaron para cubrir los gastos exequiales y fue preciso pagarle la mejor sala de velación, el mejor féretro, las más hermosas flores, el más elegante coche funerario y sepultarlo en un sito especial del cementerio… Los gastos superaron los tres millones de pesos… Bogotá, febrero 19 de 1993.


DE LAS SOMBRAS A LA LUZ La decisión estaba tomada: la llamaría a un juicio personal por alta traición. Pero surgieron una cantidad de interrogantes: ¿Cómo juzgarla?... ¿matarla?... ¡no y definitivamente no!... Si la matara el malo al final sería él y no ella, era perder. ¿Acosarla y hacerle imposible la vida hasta que ella misma se matase?... ¿sería capaz?... ¡No!... sería como matarla y asumir un juicio moral por la responsabilidad de ese crimen y despertar la solidaridad hacia ella, cuando la consideraba culpable de perfidia. ¿Dejarla vivir y hacerla padecer los rigores del desprecio?... ¡No!. Si había premeditado para traicionarlo mucho menos iba a sentir las tenacidades del desprecio y menos si estaba segura de su amor por ella; incluso ella debería estar muy segura de que no era capaz de matarla. ¿Una golpiza?... ¡No!. Al final llegó a una conclusión aberrante: Las personas tercas les importa un bledo los golpes y menos en algunas mujeres que aunque lloran por los dolores del castigo, en el fondo lo aceptan para mofarse del hombre que necesitan insultar y experimentar la vanidad de sentirse importantes, al palpar los celos de un hombre que se muere por ellas. ¿Olvidarla?... ¡claro! ¡claro! – Se le ocurrió de pronto, mientras su rostro se le ponía más pálido que el de un muerto. ¡Sí! ¡sí! ¡claro! ¡claro! – La mente concretó la idea, ahí estaba el final del negocio…. ¡Pero no!... La cuestión no era olvidarla, sino que ella no lo olvidara a él. ¿Pero cómo conseguir que no lo olvidara para siempre?... ¡Sí! ¡sí!... ahí estaba la manera de llamarla a juicio saliendo ganador, sin resultar implicado en un crimen. La forma de juzgarla y condenarla era estropearle su futuro, el triunfo era hacerla sentir culpable y repudiada por todos, así se haría justicia en su carne y su espíritu aún estando viva, llevando en su frente la marca de la muerte, lo que haría que todos la vieran sombría y despreciable. Ese era el plan perfecto: ¡El suicidio!... ¡claro el suicidio!... un suicidio de hombre y ella sería la culpable. No como una forma estúpida de sacrificio, sino, por el placer de la muerte, dejando constancia de que la vida es hermosa y el matarse una terrible mácula para ella como la culpable que recordarían toda su vida. El desenlace sería por amor y no por decepción, sería una demostración grande de franqueza. Moría entregándolo todo pero ella lo comprendería demasiado tarde. ¡Sería perdedora!... ¿Y si no tuvo consideraciones para el amor las tendría para el dolor?... ¿Y si llegaba a mirarlo con lástima? – fue lo más terrible que se le cruzó por el caletre. Eso no se lo podía permitir, balbució y de inmediato se dijo en voz alta: ¡La fórmula está equivocada!... ¡Lo mejor es el olvido! ¡Sí el olvido! – exclamó mientras se le caían los hombros y se le contraían las entrañas. Omitirla de su vida sería el fin de la historia. Se le iluminó el rostro de alegría y cayó de rodillas acariciando el perdón, como si hubiera relampagueado en medio de la oscuridad… Palmira, agosto 11 de 1992

FRICCIÓN Se juntaron tanto, que brotó una chispa de luz. Fin Palmira, enero de 2001


DESILUSIÓN “Ella iba yo venía, sentí el escozor del momento cumbre, cuando me miró puse cara de idiota fascinado por su belleza”. Facundo Cabral La vi cruzar en la esquina como si se me apareciera la vida. Sus ojos se iluminaron al verme, como quien empezaba a sentirse protegida, sin ni siquiera adivinar lo que se me revolvía por dentro a causa de mis conflictos de mozuelo. Su hermosa cara pálida de niña flacuchenta enternecía mis entrañas de hombre inexperto que le compraba helados y chocolatinas, le llevaba flores y me vanagloriaba de ser anarquista al besarla en una calle delante de quien fuera, en una esquina cualquiera. No pasó mucho tiempo para que nos aprendiéramos de memoria las caricias y sintiéramos la necesidad de nuestra unión corporal. No quedó otra alternativa. Sus padres nos dejaron ir antes de que nos marcháramos sin su permiso. Pero no quería que su amor fuera más elevado que el mío y empecé a buscar nuevas maneras de halagarla hasta ganarle con apreciable ventaja. ¡Cómo la quería!. Yo vivía en una dimensión de colores celestes y sosiegos depurados; esculpí su nombre y cada detalle de su cuerpo en mi memoria: Sus pequitas, el olor natural de sus cabellos y en mis oídos la sonoridad de su risa. Le dije que jamás la abandonaría. Cada sugerencia en sus labios era una orden en mi corazón. Todo lo que ella nombraba empezaba a tener un valor especial para mí; sólo me fijaba en las cosas que ella se fijara y si le parecían bonitas a mí también me parecían; y hasta me resultaban simpáticos sus disgustos por mis regaños como de capataz doméstico, el mismo que termina haciendo lo que dice su mujer. Con ella me gustaba vestirme de cóctel y llevarla a las tertulias; sólo paseábamos a donde ella quería que paseáramos. Terminé queriendo todo lo que venía de su pueblo y sólo bastaba que alguien fuera amistad suya para que de mí también lo fuera. Jamás volví a fijarme en otra fémina. No le ocultaba mi emoción y me llamaba exagerado, le besé los pies en señal de adoración y ella me decía que no se los besara. Lo hice en mi condición de hombre enamorado. ¡Es demasiado tu ternura ¡ - Susurró cuando nos amamos sin cansancio. Un día se le ocurrió preguntarme qué haría yo si ella se consiguiera otro. Mi reacción fue la que cabe suponer. Me mostré sereno y esgrimí mi orgullo de hombre para no inclinar mi conciencia y defender mi dignidad: ¡Si algún día lo hicieras, tenlo por seguro que no me quedará más que sonreír y marcharme en silencio!... Se lo dije con la más absoluta indiferencia. En los días siguientes empezó a sugerir la idea de marcharse de la casa. Jamás le pregunté por qué, ni le respondí nada, pero no paré de colmarla de mimos y cuidados; si bien no volví a comportarme como antes. ¡Ya no nos pertenecemos! – Exclamó con el rostro como de acero y las quijadas que se le reventaban, aunque lo dijo con mucha suavidad. ¡Es una respuesta inteligente a tu pregunta necia! – Le grité y me quedé callado, ella también. Desde ese día cambiaron las cosas y el reflejo que me hacía feliz no lo volví a ver en sus ojos. Le pedí que no me dejara, no contestó y me abrazó como a un niño que se le engaña. Desde hace ocho años vive en otra nación lejana, dicen que vive con uno trigueño, alto, flaco de gafas que por cualquier rabia la sacude del cabello. No he sido capaz de sonreir. Ya ni siento la insalvable soledad que viví en aquella casa al llegar por la noche y creí morirme de tristeza. No lloré. Desde entonces no puedo llorar, creo que tengo pasmado el corazón, me siento árido y es como si se me hubiera secado el paladar. No hace mucho conocí a la Madelina, no es muy bonita pero es muy hembra. Es alta, tiene unas caderas primorosas, lo hombres se mueren por ella y se siente orgullosa de mi. Disfruta que sea rudo con ella y le gusta como bailo. Algunos me consideran afortunado. Nos montamos en su camioneta Ranger a toda velocidad y nos desternillamos a carcajadas para burlarnos del dolor de la vida, ella también tiene de qué burlarse. Nos divertimos sin medida y no me importa cómo hizo su fortuna. Sus amigos me atienden muy bien porque he empezado a ser un buen cuentachistes. Hace algunos días mis compañeros de colegio trajeron un video y me preguntaron si quería volver a verla, cuando asistí con ella a un baile de egresados. Acepté verla nada más que para evaluar mis sentimientos. Me pareció excesivamente escuálida, demasiado insignificante diría yo. Ha escrito pidiéndome que volvamos pero siento que es poco digno volver. Me ha parecido demasiado estúpida la angustia que leí en sus letras; tampoco he sido capaz de escribirle para reclamarle. Ahora me gustan las carcajadas de “Lina”, es menos complicada y nos agrada el ambiente en que vivimos, buscando a cada instante una gracia para cada cosa; embriagándonos por las tardes, escuchando música y enfrentándonos a la vida para no sentirnos solos. Hay días en que me la paso buscando una explicación tras mi conciencia, pero cuando empiezo a vislumbrarla inevitablemente tengo que echar pie atrás. Constantemente me hago a la idea que soy un hombre al que nada puede lastimarlo. Sólo aquel día en que la policía me agarró junto a los amigos de la Madelina después de la balacera con los heridos de cada lado; y fue puesta en evidencia mi vergüenza a causa de las palabras del cabo mal humorado que de un puntapié me lanzó dentro del cajón de la autopatrulla y me gritó complacido: ¡Vamos sanguijuela corrupta!... Palmira, septiembre 15 de 1992 * Me ha parecido muy doloroso escribir esto, pero me ha sido inevitable al ver el cambio de esta relación en un par de amigos y la transformación de un hermano en filosofía.


DULCINEA LA BLANCANIEVES Como la genialidad de nuestros maestros nos ha llevado por los fascinantes contornos de la gramática y los desarrollos de la preceptiva oral, acudamos a la iniciativa que nos deja la continuidad de la palabra, anhelando el perdón por la inusitada irreverencia. ¿Qué extraño duende viene a proponernos las atractivas seducciones de la gracia?... Vamos, que se aproximan los raciocinios del lenguaje soberano y levitan las hipótesis en la memoria ensimismada: Nada más que por los malabares de la historia, hemos llegado a creer que son sólo fantasías los deliciosos amores de la encantada princesa Dulcinea del Toboso; y que sólo en la habilidad de los hermanos Jacobo y Guillermo Grimm, pudo existir una mujer llamada Blancanieves. ¡Abajo los prestidigitadores orales! quienes han convertido en caricatura verbal, la vida de tan preciosas beldades y tanta virtud, en una mal inventada pesadumbre quijotesca: ¡Dulcinea y Blancanieves, son la misma persona!. Que no nos asombre la revelación, ni nos parezca descabellada la semejanza. La evidencia está en el adjetivo preciso, en la oración sonora, en el noble sustantivo, en la devoción de los poetas, en la imaginación sutil. En la recreativa del Caballero de la Triste Figura, en la ilusión de Cervantes, en el ideal supremo: “Su nombre Dulcinea del Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad, por lo menos ha de ser de princesa , pues es reina y señora mía; su hermosura sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdades todos los posibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas: que sus cabellos son de oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos de cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, que sólo la discreta consideración puede encarecerlas y no compararlas”… Luminoso pincel de la madre enternecida que delineó los labios de la más preciosa doncella. Perfecta afinidad en la sensibilidad de las plumas; cóncavo y convexo entre la princesa de Quijote y la doncella de los Grimm: “¡Oh niña encantada! ojalá tu piel sea blanca como la nieve, tus labios y mejillas rojos como la sangre y tu cabello negro como el ébano. Te llamaré Blancanieves”… Así ocurrió, que un día en un bosque posado sobre una nube, en la clarividencia y distancia de los tiempos subjuntivos, Quijote pudo ver la muerte de una niña de ocho años, hija de un rey, asesinada con un trozo de manzana envenenada por una madrastra malvada que se moría de envidia por su belleza. Así la niña despareció del universo sin que Quijote dijera algo, a razón de sus libros de caballería y las aventuras que lo mantuvieron ocupado. Cuando un compás en sus sucesos le dejó un instante para el amor, se le ocurrió que en una dama en alguna parte del universo, debería estar el espíritu de aquella princesa; y salió a buscarla, hasta que encontró una a quien decidió llamar: Dulcinea del Toboso, ajeno a la realidad de tiempo y espacio alterados en las marañas de su memoria. Es entendible que por encontrarla, haya llegado a confundirla en su desvarío, con una aldeana de trenzas largas y mejillas rosas llamada Aldonza Lorenzo, con la belleza celestial de aquella mujer que visualizó en la amplitud de su ilusión, convirtiéndola en lo más precioso de su enamoramiento. Aceptando que hay un absurdo en esta historia y para acabar de completar esta chifladura, a Don Quijote se le ocurrió dejar de ser loco al final de su vida; y de un plumazo cervantino, le dio por morirse cuerdo a lo don Alonso Quijano, abandonando los espejismos, que afortunadamente hoy los hermanos Jacobo y Guillermo Grimm, nos permiten asegurar que así es mucho más fascinante esta leyenda que de los libros se inició. Una adivinación que se quedó guardada dilató los códigos mentales, una despreocupación prolongó los espacios de ficción, un augurio secreto demoró las señales del mensaje y algo falló en telepatía. Una laguna mental ocasionó el incidente y una lucubración detenida, retardó la excelsa inventiva cervantina, que afortunadamente fue terminada por los Grimm. Por esas cosas del albedrío que tiene el inventor para diseñar con su estilo la dimensión que le parezca; y con la pirueta de un razonamiento que relampagueó en el universo, doscientos cuarenta y siete años después, un hermoso príncipe a caballo trajeado de las mejores galas, llega hasta el bosque en donde en una urna de cristal la princesa Blancanieves, muerta por la reina malvada y custodiada por siete enanos, se levanta en brazos del caballero de la hermosa figura, aniquilada la maldad y arrollada la envidia: “¡Oh príncipe! creo que he estado soñando contigo” – Exclamó deliciosamente la doncella. ¡Ahí estaba el desfacedor de los agravios!, ¡la prolongación cervantina!, el encanto de las letras en la prosopografía de las princesas, los donaires de la fábula y los garbos de la gracia. Ahí estaba la manifestación de los espíritus: “Blanca Nieves y su esposo vivieron felices durante muchos años y con frecuencia visitaban los enanitos y les llevaban regalos”… Hay quienes aseguran que los han visto por los bosques, entre tanto, me quedo aquí cavilando qué será de los pensadores que provocaron el encanto, satisfecho entre las oscilaciones de mi exégesis y las divagaciones que sustentan este disparate. ¿Quién que lo entienda no ha deseado conocer a Dulcinea del Toboso y la inmaculada blancura de un amor como la nieve?... ¡Dulcinea tú eres la libertad, tú Blancanieves la ternura!... Y si alguna vez vieren por ahí a cierto mozalbete besando a una muchacha como si fuera Dulcinea, o mimándola como si fuera una Blancanieves, que no se le tilde de fanático; pues ya saben ustedes, que las dos son la misma persona, o puede ser la talante de un delirio, que de la narrativa se formó. Palmira, mayo 4 de 1.996


EL BASURIEGO Y LA REINA Esta mañana la vi, pasó por mi lado y no me reconoció. Claro que la justifiqué. Han pasado muchos años sin vernos y mucho menos me iba a identificar con un costal repleto de cartones al hombro, con la gorra escurrida hasta las orejas y sucios los zapatos ¡cosas de mi trabajo!. He sido muy feliz al verla tan linda, por algo fue la reina de la belleza. Aún tenía la carita de inocente a mis acostumbrados desvaríos, pues ella no es responsable de que yo me los haya inventado. Hoy me pareció más hermosa que antes, en compañía del esposo y de sus dos hijos; lucía muy importante cuando la vi bajar de ese automóvil que sólo he visto conducir a las personas bonitas. Hoy estoy seguro que fue una buena decisión el haberme hecho el tonto ante sus fantasías y negarme a sus lágrimas aferrada a mi cuello. Gritó que no tenía la razón y a cambio le aseguré que un día no muy lejano comprendería mis planteamientos. Jamás voy a arrepentirme mientras la vea sonriéndole la vida, pues si le hubiera aceptado sus insinuaciones, no sería lo que hoy es. Sabía que no podía privar de tantas cosas bellas a una mujer que se lo merecía todo; pocas alegrías le hubiera brindado mi sueldo de mensajero que compartía con mi madre. Sabía que al no oponerme a ese reinado, la perdería. No estaría tan bonita ni le luciría sobremanera ese vestido de seda, no tendría tantas joyas, ni sería tan importante con su prestigiosa casa de modistos, tan distinguida en mis amados recortes de periódico que llenan las paredes de mi habitación. Es evidente que fue encantador el día que llamé a la puerta de su casa para entregarle el correo y las piernas me temblaron de emoción al verla y en medio de mi inquietud le entablé diálogo y le copié en un papel transparente mis pensamientos alucinados. Sonrió feliz porque le había descubierto la dicha por dentro. Por eso cuando nos vimos por segunda vez, acordamos seguir viéndonos todos los días a la hora de los arreboles para hablar de amor, sus estudios y su deseo de ser alguien trascendental en la vida. Empezamos a planearlo sin sospechar lo indolente de la vida; y yo, por no haber podido ir a la U. sería un importante hombre de negocios, convencido, que para conseguir dinero sólo es necesario dominar las cuatro operaciones elementales. Cierto que todavía no aparecía la propuesta de su reinado y era sólo una princesa que jugueteaba en mi corazón. Era todo un ángel y la más divertida de las jóvenes que entretenía admiradores silenciosos, en un barrio de colores sencillos y gente de pasatiempos comunes. En el momento que empezó su reinado aguanté en silencio pero nos ganó el comité aquel, ofreciéndole todas las garantías para que nos representara, haciéndole ver centenares de oportunidades y ganancias para su futuro. Fingí alegrarme como su familia, sabiendo que los triunfos la esperaban. Y me alejé consciente que en mi sólo había un muchacho que hacía mandados por un escaso sueldo para una reina en un pueblo de desempleados, en donde sólo había oportunidades para el crimen, o la humillación ante los ostentosos del poder. A pesar de mi decisión, conseguir una fortuna se me convirtió en obsesión. ¿Cómo?... delinquir jamás me resultó atractivo y mi ubicación social no era la precisa. Y es que todo coincidió. Mientras ella cosechaba éxitos yo fracasaba. Por esas cosas de las influencias, me lanzaron del trabajo porque un cabecilla recomendó a uno de los suyos y desde entonces nadie pudo ayudarme dizque porque soy conocido como insurrecto, porque en mis monólogos sólo hablo de los derechos humanitarios y las garantías sociales y por eso argumentan que soy poco conveniente para cualquier empresa. Entonces, después de tanto vagabundear por ahí, decidí recolectar excedentes en los contenedores de la ciudad y en las bolsas de los vecindarios. Así gano para el sustento de mi madre que la rematan los achaques de la vejez y el recibo del arriendo en el competitivo mundo del reciclaje. Pero esta mañana fue mucho mi placer cuando pasó por mi lado, me elevé olfateando su perfume y resultó ineludible girar sobre mis talones, bolear mi costal y gritar para mis adentros que soy inmensamente feliz. Esta tarde, al momento de llegar a casa, mi madre tuvo más besos que de costumbre, sonrió como siempre y nos abrazamos porque nuestras miradas adivinaron la misma persona… Después de seguirla un rato iluminada por mi sentimiento anónimo, se perdieron de mi vista en un lujoso almacén en donde no podía entrar. Seguí caminando en busca de mi faena, satisfecho de ser uno de esos hombres que para sus adentros, anda con el convencimiento de haberse salido con las suyas…

Palmira, marzo 6 de 1993


EL PINTALABIOS PERLA ROSA ENCENDIDO Son muy pocos los casos en que la relación del primer amor tiene un desenlace feliz. Parece que esta primera experiencia estuviera condenada a fracasar. En el espacio de su universo todavía no le ha sido posible encontrar una explicación. Nadie le ha podido dar una respuesta precisa. Ella dijo que tampoco lo supo. De aquello que sí estuvieron seguros, fue del abismo que se amplió entre los dos. Casi todo los enamorados separados recuerdan carcajadas, el aliento, gestos, voces, y hasta composiciones verbales que resultan hermosas de coleccionar, pero en este caso, cuanto más recordaba de ella era su labial; lo lamentable, era que sólo se había fijado en él, después de no volverla a ver. Fue lo más brillante que encontró entre sus recuerdos, después de que en ella se apagó lo enamorado de sus ojos. En todo caso, era lo único que fulguraba entre aquella reminiscencia cuando se le escondió la sonrisa. De almacén en almacén, las empleadas de los cosméticos lo atendieron entre sonrientes y confusas, tratando de acertar las complicadas explicaciones, mientras le enseñaban decenas de marcas y colores, sin que sus ojos se detuvieran en la tonalidad precisa. ¿Y si era un importado?... Muchos distintivos, demasiados matices parecidos. Una compañía los denominan con los nombres naturales y en distintas fábricas un mismo color tiene diferentes nombres, variadas referencias; y en otros casos, un color de distinguen con un número nada más. Con su natural agudeza de pintor, se fijó en los labios de cuanta mujer se le cruzó por el camino. Muchas damas interrogadas sin hacerse entender, pero aprendió que en la mayoría de los casos, las mujeres eligen los lápices labiales por el gusto hacia las tonalidades sin importar su identificación; rara vez se fijan en los rótulos o en las referencias y cuando reparan un detalle no lo memorizan ni se aseguran de los demás. De todo esto le quedaba una conclusión: De los cosméticos femeninos, el que más identidad de mujer tiene por su perfume y color, son los pintalabios, pues nada más evidente como huella de mujer. Al entrar en la biblioteca pública, lo primero que vio fue el destello y casi se le sale el corazón. Una colegiala con rostro de muñeca entre otras muñecas de cabelleras ensortijadas, se aplicaban el brillo perlado entre risas y secretos, para definir entre ellas, a quién le quedaba mejor. Se acercó con indiferencia: ¿Cuál es la marca de su labial?... ¡No lo sé! – Dijo con gracia la muchacha. ¿Podría ver el estuche? – Le sonó como a súplica. Desde aquel tiempo no ha dejado de pintar. La técnica de los coloretes le llama a y sus óleos son de delinear rutilante, que la crítica reconoce como “La serie de las sonrisas de encanto”. Ya no olvidará aquella etiqueta y el nombre que no es propiamente de de perla rosa encendido. Desde aquel momento entendió que entre un pintalabios aplicado y el mismo visto en el tubo, se nos presenta variablemente distinto. Creo que no es necesario explicar porque todos aquellos rostros llevan el mismo tono de labial. Dicen que sus pinturas son apologías a espejismos femeninos que vienen en las noches, le lanzan guiños y besos y después se van. Las más interesadas en aquellas pinturas han sido las mujeres de cóctel en sus exposiciones, a quienes les ha tocado escucharlo entre alelado y sonriente, describiendo matices como quien conoce una belleza escondida, o como si un rayo de luz llegado desde la distancia, le hubiera tocado el corazón. Palmira, febrero 25 de 1994


FANTASÍAS Se escuchan risas infantiles, campanillas navideñas, lucecitas de mariposa, silbatos, chillidos de muñecas… es la alegría de los niños… Era un niño feliz cuando tiró de la cauchera e hizo blanco en la palomita torcaz y tuvo como retribución el aplauso de su padre, que alborozado celebrara la certeza de su hijo. Lloró cuando la sujetó muerta entre sus manos y la sangre le manchó las yemas de sus dedos. No sé por qué hoy me llegan estos recuerdos – Dijo con desamparo. ¡Los hombres no lloran! – Le escuchó decir a sus tíos. ¡Son bonitas las puñaletas! – Dijo el infante ante las hojas brillantes exhibidas en la vitrina del bazar. ¡Los niños a sus juguetes! – Exclamó su papá y conmovido salió presuroso en busca de los más llamativos, en medio de su sentimiento producido por la navidad. ¡Pide el que quieras muchacho! – Dijo el autor de sus días mientras insinuaba un carrito de bomberos. ¡Una pistola! – Gritó el párvulo emocionado. ¡Quiero hacer como en la película que los policías matan a los ladrones! – Aseveró con justicia el niño. ¡Este muchacho será un defensor de la justicia! – Expresó el progenitor. ¡Pumg! ¡pumg! – Salió gritando el infante. ¡Taratatatatatata! – Respondió otro niño que apareció de ocasión. ¡Mi arma es más poderosa que la tuya! – Dijo el pequeño héroe esgrimiendo la similitud de su metralleta, que al otro miraba con entusiasmo. Se detuvo impávido como quien entiende lo grave y bochornoso que es quedar en desventaja, pero se lo guardó en silencio y sin pedir explicaciones averiguó en las películas, cuál era el arma más efectiva a la de su oponente. ¡Una de rayo láser! – Escuchó entre sus amigos mayores. ¡Es fulminante! – Se le afianzó en la recordación. ¡Cómprame una papá! – Y el papá se imaginó viéndolo triunfador en una guerra de armas tecnológicas cuando el arma destellaba lucecitas de colores. No importó el precio que pagó complacido por el entretenimiento de su hijo. Y el chico hizo uso de la superioridad sobre sus rivales. Centenares de muertos le fueron quedando regados por la imaginación, ayudada por los demás chiquillos quienes aceptaban la superioridad del arma y no les quedaba otra alternativa, que arrojarse al suelo fantaseando estar muertos, admitiendo los triunfos del enemigo. ¡Ví una arma poderosa en la televisión, quiero una de esas! – Gritó como aquel que se sentía inferior ante una fuerza frente a la cual le habían enseñado que no se podía flaquear. ¡Los hombres no lloran! – Recordó ¿Qué es lo que quieres? – Preguntó su papá. ¡Quiero un avión con cohetes como el de los soldados papi!. - ¡Hijo…esos juguetes son muy caros y no hay para comprarlos!... ¿Y cómo los demás niños tienen?... - ¡Porque los papás de ellos tienen para pagarlos, nosotros no!. No hubo más juguetes, quería aquellos o nada. Las entrañas se revolvieron de fatalidad y creció el ardor con la rebeldía subconsciente de los años. La frustración del niño alimentó la inconformidad del hombre llevado por el mal ejemplo. Los juguetes caros de la infancia incubaron el dinero con metralletas y puñales como lo aprendió en el lenguaje en las pantallas, más allá de lo ultrasónico y sobredimensional. Es mejor morir valiente en la guerra que estúpido por amor – Fue la enseñanza de la fuerza. Y un día no encontró más qué hacer absorto de tristeza, tomando en sus manos los misiles y se apostó a dispararle al firmamento, teniendo como blanco las estrellas; y lucubró, hasta asegurar que había acabado con todas ellas, dejando el universo a oscuras. De pronto, sus manos se habían manchado con la sangre de su hermano. Despavorido retrocedió mirándose los dedos. Entonces se dio cuenta de su poder y decidió acabar con todo bípedo que se le atravesara en sus intereses, para quedarse dueño absoluto y sin reclamo, de un poder de hombre, ignorando que desde niño ya era el dueño de todo lo que la vida le había puesto en sus manos. Envalentonado no le quedó otra alternativa que egolatrizar su valentía en la derrota. Fueron muchos los muertos pero no podía echar pie atrás, hasta que se sintió incapaz de eliminar a tantos humanos juntos, para creerse poderoso en un ejercicio que le resultó difícil, a pesar de toda su libertad. Al fin se dio cuenta, que la existencia misma le resultaba inalcanzable. Acostado inmóvil entre aquel cubo inclemente, mantuvo mucho tiempo las manos heladas tras la cabeza sin sosiego, cuando se las llevó a la testa y las corrió hacia atrás, ya fue demasiado tarde. Alguien o algo le habían hecho una mala jugada; frunció su ceño, ya no quería compañía alguna, era el dueño de su propia soledad mascullando una existencialidad absoluta. Derrumbado no encontró más que arrastrarse al abandono. Sus manos tras su cabeza, acostado con la espalda contra el suelo, mirando hacia un firmamento sin luna y sin estrellas. Sin galaxias, sin sol… De sorpresa, como nunca lo había calculado, dos lágrimas silenciosas le empañaron las pupilas rememorando un caballito de madera que un día dejó abandonado, reconstruyendo los sufrimientos de su familia y evocando los besos de su madre. Y otra vez, la fuerza del hombre quiso aplastar su sensibilidad. La solidez de los antecedentes saltó otra vez como gatuno sobre su presa y una tonelada de orgullo nuclear le ensombreció la memoria. Una resina de egoísmo le endureció el corazón. Sus labios se le pusieron como de sebo, un narcisismo frenético le torció los labios y en los ojos se le terminó de helar la mirada, como la del imponente sabedor de que la sociedad en medio de su tolerancia, es esquiva e hipócrita, para burlarse en privado de sus más reconocidos criminales. ¡Qué voy a humillarme ante quienes me desprecian en silencio, no quiero compresión, no quiero lástima!... ¡ni siquiera estoy pidiendo que me teman, tampoco estoy pidiendo explicaciones, ni voy dárselas a alguien!... Se le escapó, mientras juraba que jamás pegaría sus manos a la reja… Palmira, julio 10 de 1998


OLVIDO Era inevitable dejar de pensar en ella. ¿Cómo olvidarla si fue la luz que me sacó de entre las sombras?... Era indispensable entre mis pasos sobre la vereda embriagada por el aroma de las flores. La recordaba a la perfección: sus cabellos desordenados aún con la rebeldía de la infancia; sus arcos enmadejados como surcos solitarios, mostraban la independencia en la custodia de su frente rebosante de pulcritud; su mirada embriagadora como el vino, su sonrisa luminosa e indescifrable como una magia celestial, pero también se mostraba como trampa en el sedal; el aliento de sus besos en mi paladar, sus labios delgados, el alma en nuestras bocas. Se me ocurrió pensar que era un celeste espíritu extraviado, que no me podía pertenecer y que los mortales sólo nos podíamos conformar con nuestras contemplaciones en sus formas, pues no había ni la más mínima oportunidad para el pecado. El olor de su cuerpo me era lo más natural. Para poder que se acercaran las remembranzas que siempre deseaba el más inesperado de los momentos, se necesitaba la soledad. Era una línea larga que se perdía a lo lejos por entre la luz; y el planeta atestiguaba su fuerza en los movimientos de los cañaduzales a ambos lados de la senda, que de pronto se me parecía un “laberinto recto” e infinito (no sé si a una línea recta se le pueda llamar laberinto, pero por no visualizar la salida, quiero llamarlo así) por el que sólo certificaba mis movimientos hacia delante, las diferentes tonalidades de la existencia y las huellas que me suponía. Aunque las fructificaciones de la tierra me aseveraban la previsión de la vida, sentí la necesidad de algo más que eso: la presencia humana. Apresuré mis pasos para lograrlo, pero el camino se me convertía en una banda que se deslizaba bajo mis pies y que entre más apresuraba el paso, la banda era más rápida. Mis pasos resultaban inútiles. Mi cuerpo se fue poniendo caliente, la fiebre era atroz. Tarde me di cuenta de aquella presencia humana: el camino, el surco, el alambrado. Y de pronto, la casa al lado izquierdo del camino. Era más que hermosa. Sentí un grande deseo de entrar y presuroso me introduje buscando el centro de las cosas que me habían invitado a entrar. Estaba vacía. El silencio de sus pasillos estremeció todo mi cuerpo, para luego enternecerme por el recuerdo de las cinceladas en mi memoria y me pregunté por qué desde que la amaba, aprendí a sentir el deseo de beber vino, de escuchar el sonido de un violín, a que me gustaran las cantatas, las sinfónicas, los tangos de Piazzola, el trinar de una guitarra moruna, las composiciones de Perales, las canciones de Emanuel, a dolerme el llanto de los niños, a disfrutar de los paisajes de Henao, a entender el Eclesiastés, Cantares, el mar; aprendí a reír con las ocurrencias de Cervantes, a dolerme por las reyertas entre Capuletos y Montesco y que la muerte de Julieta, se me pareciera un gesto triunfal de la vida venciendo a las tinieblas. Me entretengo contemplando la Venus de Milo, angustiada de no poder hacer nada por recoger el manto que se le cae y me enseñé a verla como la genialidad en homenaje a las ideas. Aprendí a meterme entre los compases de la “Quinta de Beethoven”; a añorar la tierra de los cosacos, a llenarme de fantasía por el sonido de las flautas hindúes, a apasionarme por la fiesta española, a emocionarme escuchando el himno nacional de mi patria y a sentir el gusto de inclinarme delante del Universo para poner mis labios sobre el planeta. Inclino mi cabeza delante de la vida, para no tener que agacharla delante de los hombres. De no haber sido por ella, quizás nunca lo hubiera aprendido. Saliendo de mis caprichos, caminé hasta la cocina: ella con su delantal blanco dándome la espalda. No me volteó a mirar. La bañera: su desnudez a través del cristal y la ducha apagando la tibieza de su cuerpo. Pasé al comedor: muchos alimentos de olores gastronómicos y frutas de todas las especies; ella estaba inclinada y hacía oración con sus manos unidas sobre el borde de la mesa. No la quise interrumpir. Me fui a la sala de espera pensando que allí estaba dispuesta para mí. Ella no estaba. Corrí desesperado a la alcoba: su desnudez sobre el lecho con tendidos de blancos encajes. Mi pecho se puso a punto de reventar. Sus cabellos combinados entre plateados y negros se desparramaban a lo largo de la almohada; su tez sensual, sus manos tras su cabeza; la lanosidad de sus axilas era una muestra clara de su juventud, de sus diez y ocho años apenas cumplidos. Sus senos erectos y sus pezones rosados, tan rosados como sus labios; su talle agudo, sus piernas torneadas y su pelvis bellamente cubierta por la vellosidad que apenas terminaba de poblarse. No me atreví a acercarme, estaba demasiado nervioso para hacerlo. Me sentí incapaz de tocar siquiera con las yemas de mis dedos, aquella pubertad en flor. Fatigado esperé a que me llamara a su lado. No me llamó. Quise extasiarme en sus ojos. No pude hacerlo. Dormía. No sé cuánto tiempo estuve allí contemplándola. Aún sin saber por qué guardé silencio, se me sobrevino pensar que si aquella casa tenía aspecto de hogar y era presencia humana, debería tener vientre, un vientre amoroso. Aprovechando su sueño, corrí por todos los salones vacíos. La soledad era voluptuosa. Pasaron horas buscándole el vientre a aquella casa, pero no se lo encontré. Se me antojó que no era disposición humana, sino algo celeste y que por esa razón no tenía vientre, pero sí debería tener aliento. Yo gritaba muy fuerte e irritado buscándole el aliento, pero no hubo ninguna señal. Nada me respondió. Corrí hasta la alcoba en donde ella dormía, pero ya no había puerta. Sólo había una ventanita muy pequeña con barrotes; me asomé por ella y el fondo era resplandeciente y blanco como las motas del cielo. Yo amaba esa luz y ella se aferraba a mí, dentro de mis sensibles vacíos. Intenté romper los barrotes con mis manos, pero me resultaron demasiado fuertes. Grité pronunciando su nombre esperando que no me respondiera. Y no me respondió. Besé su piel y amoroso la estreché entre mis brazos. Después de estar mucho tiempo entre su fuerza, me levanté de donde estaba encorvado y de rodillas, para marcharme ensimismado con la valentía estúpida que me dejaba el conformismo. Volví a reanudar el camino. De pronto, escuché su voz a mi espalda: Amor mío – me dijo con voz enamorada. Recuerdo que giré como un gato. No vi a alguien. No quise regresar. Una reminiscencia que se iba apagando, se llevaba los desenlaces de la memoria. Algo en mi aliento se estaba desvaneciendo… Otra vez el camino, la luz al frente y la banda que se acelera cada vez que apresuro el paso. No hay otra alternativa, tirar la pluma para poder sortear este camino que me lleva presuroso en busca de esos miles y millares de casas vacías que me esperan… Palmira, septiembre 6 de 1987


OSCILACIÓN Caminando por las calles con los ojos heridos por la fiebre. Un nombre de mujer apretado en el puño. Calle arriba, calle abajo; susurrando, pensando, maldiciendo, resoplando, escupiendo, jadeando, obstinado en darle vueltas y vueltas a la manzana de la zona comercial. Comprimidos los dientes, suspirando, presuroso. Y de pronto, un freno, una parada sorpresiva. Luego, otra vez a toda prisa, sin propósitos fijos, mirando sin ver, sin saber qué hacer, sin precisar a donde ir… Ruidos de automóviles que pasan, se escuchan voces pero no se entiende nada. ¡Más de prisa! Otro giro y el mismo lugar, la misma circunferencia, el mismo sonido, la misma oscilación. ¡La vitrina!... ¡Sííí!... ¡ahí estaba en la misma vitrina!, la misma figura, el mismo reflejo. ¡Sííí!... ¡ahí estaba frente a mí!... mirándome, desafiándome, iracundo, agudizando su odio contra mi… ¡Hijueputa! – le grité levantando mi puño. ¡Ahí estaba reflejado en el gigantesco vidrio!, pero lo volví astillas, lo desaparecí de mi vista, lo dejé en tajadas cortantes; no importa que me haya herido así, pero acabé con él, lo dejé vuelto añicos al estúpido ese… Septiembre 8 de 1993

SILENCIO Le preguntaron si lo amaba y con hundimiento dijo que no. Que lo odiaba – decía. Siempre lo negó, constantemente lo despreció. ¿Por qué lo repudiaba? – nunca lo dijo. Le interrogaron si lo había querido tanto y respondió que no. ¡Algo transitorio! – balbucía. No hubo pesquisa que lograra una confesión, no fue posible destaparle el corazón. Que era una mujer de vida práctica – aseveró siempre. Jamás pronunció palabras tiernas para referirse a él, no rodó por sus mejillas una lágrima, no se dejó vencer en la enfermedad, no se entregó en la agonía; no se rindió en la vejez, jamás brotó de sus labios un recuerdo por él. No brotó de sus labios el perdón y siempre cerró su corazón al ideal que la llamó… Y la muy ingenua se murió convencida de habernos hecho creer que se llevaba el secreto a la tumba…. Septiembre 20 de 1992

UN ENSUEÑO Después de vencer la incertidumbre por el deseo de llegar a La Camelia, capitalicé mis emociones, abrazando a Diego, alimentándome de sus besos. Estábamos sentados sobre el pastizal en medio del ancho potrero: la noche era de un firmamento azul oscuro y la blanca luz del Selene, al igual que la neblina, extrañamente estaban impregnadas de ese misterioso color. Había un majestuoso mantel ampo, que semejaba un pequeño retazo sobre la solemne alfombra verde, matizada por el encanto de la luna llena. Ambos descalzos y vestidos de blanco con ropas de seda, éramos el complemento corporal que armonizaba la paz de nuestros espíritus. Hacía frío. El mantel estaba servido de varias de las frutas de la tierra y una botella de vino rosé añejo semiseco, envuelto en servilleta nos esperaba. Calmaríamos nuestros deseos de comer manzanas y beber el de reserva. Entre las frutas estaban ramilletes de flores en todos sus formas y colores: había muchas rosas y claveles rojos en botón y al lado nuestro sobre el prado, sembradas grandes gladiolos expresivos. Era el altar para rendir sacramento al Todopoderoso y disfrutar de nuestra primera cena, después de recibir su bendición. Seríamos esposos. Yo miraba a Diego y sus ojos eran un remanso de paz, llenos de ternura y sus palabras amorosas: ¡He aquí el que ama tu alma! – Me dijo con alguna musicalidad. - ¿Unidos hasta que nuestro amor se acabe?... - ¡Ojalá para siempre, hasta le muerte y después de la muerte… nuestros cuerpos en la tierra y nuestros espíritus en el Cielo!... - ¿De acuerdo?... - ¡De acuerdo!... ¡que jamás se acabe!... De rodillas nos tomamos de las manos y luego inclinamos nuestras cabezas delante de Nuestro Señor Dios. Nos miramos y estaban llenas de luz nuestras conciencias. ¡Abrázame! – Le dije. Me recosté sobre su tórax y me abrazó por los hombros. Escuché coros celestiales y el silbido del viento era melodía. Estábamos unidos por el Dios Viviente. Un atractivo rayo de luz que jamás habíamos visto, salía del firmamento y cubría nuestras almas, dejándonos una pasiva sensación de tranquilidad, de gozo y de concordia. Era el Dios del Universo presente delante de nosotros. Inclinamos nuestras cabezas para no mirar de frente y temblábamos de emoción. Una bendición se escuchó sobre nosotros antes de marcharse. Desesperados y anhelantes esfuerzos hicimos para que no se marchara, le suplicamos que no nos dejara solos, pero se iba. La Luz empezó a desvanecerse, levanté mi cabeza para mirar. Aquella luz me encandilaba los ojos… Mamá había abierto la ventana de mi alcoba, para que entraran atropellando los rayos del sol sobre mi rostro y despertara, para escribir lo que de mi sueño de esta tarde he copiado. Palmira, enero 18 de 1.983


SUSPIROS DE GUERRA No quiero que me hablen de guerra, ya tuve bastante con la mía... ¿A quién le interesa el dolor de los demás, después de aliviar el suyo?... Todo empezó por esas cosas del orgullo humano, por el recelo natural de dos enamorados que se sienten profundamente atraídos el uno hacia el otro. Dos que se quieren y temen perder las ilusiones; y luego terminan invadiendo las de la otra persona, así sea atropellando el derecho ajeno. Bajo los efectos de la pasión, éramos la pareja que habíamos caído en la avaricia, en la molestia, en la incomodidad, en las ganas del dominio del uno sobre el otro; pero ella fue quien desbordó lo imaginable. Quería tan demasiado, que hasta cayó en la amenaza y el chantaje amoroso. Y fueron sus desafíos de guerra. Hasta que un día, se atrevió a la clara violación de mi hemisferio y el intento de intervensionismo sobre mi independencia humana. Le rogué que evitara el uso de la fuerza en su mirada para calmar sus ansiedades, pues yo estaba dispuesto a entregarlo todo, pero a su debido tiempo. No quiso comprender. Confuso estaba mi entendimiento por la intrusa entre mi memoria; y la mayoría de mis pensamientos estaban atemorizados. Estuve a punto de quejarme ante la Comisión de los Derechos Humanos. Todo mi tiempo prácticamente le pertenecía. De nada sirvieron mis súplicas para que se retirara del área; de nada sirvió la mediación del Consejo de Seguridad de la Organización de Familias Unidas (OFU) y los intentos de paz, se redujeron a una comisión de las dos partes, pero ella insistió en que su carácter era el normal y sus aspiraciones y derechos justos; y sus actuaciones de acuerdo con mis sentimientos. Decía que le debía más de lo que le había dado. Todo fue inútil, se agotó la vía diplomática y se rompió el diálogo. La comisión se declaró impotente a pesar de la voluntad política y determinó que lo arregláramos a nuestra manera. Se terminaron las negociaciones y se fijó la hora señalada para el inicio de las operaciones bajo el código "Suspiros de Guerra". La declaratoria de las hostilidades llevaba las firmas de la Asamblea Familiar en pleno y el visto bueno para la recuperación por la fuerza de mi extensión invadida. Ella insistió en seguir las instrucciones del Mandato de Amigos de su territorio, mientras yo me amparaba en las declaraciones de aliento de mis aliados. El tiempo transcurría hacia la hora cero palpitando con tortura, entre mi convencimiento de que ella era inferior a mi poderío bélico y fácil de aplastar con mis lucubraciones y mis gestos de desprecio. Ella pensaba igual. Se nos notaba en la tensión de nuestras quijadas. Empezamos el desalojo de la población civil. Todas las personas queridas por nosotros, fueron apartadas de nuestro lado y nos quedamos solos con los deseos de hacernos añicos. Temblando de miedo, sentí llegar la hora cero. Empezaron las miradas insultantes, disipadas de ambas partes, arrancadas desde las ardorosas tinieblas de nuestros cerebros. Afloraron las muecas de reproche y los visajes de arrogancia; la exhibición de la vanidad, la frialdad, la distancia, la insensibilidad, el deseo de dejarnos ver como si no nos importara, soportando la incertidumbre de la guerra fría. Uno a uno desfilaron uniformados y armados hasta los dientes nuestros rencores, para completar el número deseado de nuestras tropas. Aprovechando un descuido en su meditación y sin que me detectaran sus radares, hice un sobrevuelo de reconocimiento sobre sus designios y regresé a mi base nada más que para esperar. Mi plan era obligarla a ir hasta el mar en donde yo le caería y los vientos cálidos y las reminiscencias estarían de mi parte. Ella lanzó la primera ofensiva. Luces de color naranja ingeniadas por mi desvelo, cruzaron por mi cabeza una madrugada oscura en que las detonaciones me dejaron las más terribles neuralgias craneanas. De inmediato, respondí la ofensiva con una orden de fuego que estremeció los cimientos de mi refugio. Casi enseguida, recibí una bomba de megatones que levantó un hongo de muerte y su onda explosiva me dejó en el más pavoroso aturdimiento: ¡Ya no lo quiero!. El artefacto fue lanzado desde uno de sus desdenes teledirigido hasta mi zona. Estuve a punto de caer muerto. ¡Qué espantoso fue aquel estallido!. Sonaron las alarmas. Mis gemidos habían alertado a los míos que se asustaron por los extraños sonidos que salían de mi garganta y tasajeaban mis sentidos. Estábamos en guerra. Así entramos en la reyerta atroz de la confrontación armada. Declaraciones iban y venían a través de los despachos de las agencias noticiosas; se hablaba de nosotros por todo el vecindario de nuestros territorios ocupados. Los mísiles tierra aire, se cruzaban desde lo material hasta lo espiritual con descargas expansivas desde el firmamento y que tornaban más oscuro nuestro universo. El cielo era demasiado gris, para encontrarle una salida pacífica al conflicto. Más y más bombas seguían cayendo sobre nuestros sentimientos y deseos. Se formaron incendios pavorosos en nuestras entrañas y brotaron llamaradas y ardor en nuestros ojos heridos de púrpura y miradas agudas anegadas de odio, por ver al uno vencido por el otro. Comenzó la movilización terrestre de cada una de nuestras partes, rumbo al enfrentamiento directo, rencor contra rencor. Disparábamos cañonazos con los argumentos más desaguisados para hacernos daño mutuamente sin importar para nada los métodos. Nos arrastrábamos sobre nuestros vientres fusil en mano hasta agotar la imaginación y resueltos hasta la mollera. El ruido era ensordecedor por toda aquella movilización, mientras dábamos vueltas bajo las noches de insomnio, sintiéndonos rodeados por hogueras y explosiones en medio de nuestro abandono.


El dolor en mis huesos, me obligó un cese en la lucha. Ella aprovechó la pausa y amparada por las sombras de su ansiedad, atacó. Ante la opinión internacional, ella estaba ganando la pugna. Sus desprecios hacia mí eran de dominio público y yo estuve a punto de caer vencido por el horror y la vergüenza, apabullado por las miradas llenas de lástima de los observadores del conflicto. Herido por aquella obstinación, mi arsenal pesado respondió con descargas de indiferencia que le destrozaron la mayor parte de la soberbia. Enrabietado salí a caminar por los alrededores de mi albergue sin temor a nada y rasgué en mi interior, parte del amor más puro y se lo hice saber con un artefacto de ojiva nuclear que yo mismo disparé. Los despachos seguían al tanto sobre la gravedad de la reyerta y la Asamblea General de Familias Unidas (OFU) en medio de la zozobra trataba una solución negociada, pero nada pudieron hacer frente a dos que no queríamos escuchar; y terminaron por contagiarse de nuestra aflicción y la amargura ya no era solamente de los dos, sino de todos los que nos rodeaban. Un instante del tiempo estuvo de mi parte. Logré conseguir el respaldo de los aliados en la Asamblea, para la congelación de toda ayuda económica y la autorización para cruzar las fronteras de su nación. Estaba dispuesto a destruirlo todo y conformarme con saber que yo mismo lo había destruido. Estaba preparado a morir si era preciso. Ya no tenía mérito la vida para mí, si perdía lo más valioso, lo más amado; así hubiera recuperado lo arrebatado. Para su fortuna, ella también encontró ayuda en su alianza y echó mano de los niños como escudos humanos, para evitar que bombardeara directamente su bunker de vanidad que le era lo más valioso y su orgullo de madre que le era lo más digno. Creo que no hace falta explicar la congoja de dos niños en medio de la batalla. Los de su coalición, me dispararon toneladas de vocablos de alto poder explosivo, que menguaron mis rencores; pero también varios de los de su bando resultaron tirados al lado y lado de mi camino. Fue necesaria la urgente intervención de nuestro personal médico y paramédico. Las enfermedades plagaron en los dos frentes: columnas de fuego en nuestros estómagos, dolores de cabeza, fiebres, escalofríos, vigilia, atolondramiento; pero ambos seguimos adelante, no queríamos aparecer como cobardes. Ella se fortalecía con la ayuda económica de sus amigos y allegados, mas para mi fortuna, caía el valor de su moneda; cada vez menos le alcanzaba para comprar todo lo que necesitaba para presumir que era feliz en medio de la guerra y lucir más bonita. Se había equivocado en los excesivos gastos en maquillajes, pintalabios, vestidos de seda, tintes en el cabello y zapatos finísimos. Lo que jamás sospechó, fue el que se le notaba en los ojos que me amaba y sufría por mí; igual que yo. Lo sabíamos en secreto. Decidí proceder con otra práctica, aunque con el temor de poner en peligro la reputación de los míos, pero tocaba. Ubiqué infiltrados en una bien organizada red de espionaje que me mantenía al tanto de lo que estaba sucediendo del otro lado. Esto me permitió conocer cada uno de sus movimientos y estrategias, de sus sentimientos a fondo, de su amor, de su soledad y su dolor. Me enteré de sus fatigas pensando en mí. Así pude atacar sus bases de superioridad que la fortalecían; y lograr la desestabilización de su régimen. Ordené a mis agentes que me nombraran a cada momento delante de ella y reseñaran mi imagen, aprovechando todos los medios audiovisuales. Al sentir mis pasos sobre su orgullo y a punto de la derrota, ordenó las armas químicas de prohibido uso, valiéndose de la profundidad de mis suspiros que habían descubierto en mí sus espías. Asperjó tóxicos que atacaron mi sistema nervioso y respiratorio y que me produjeron quemaduras en el alma; fue imposible evitar aspirar aquel perfume que reconocí de inmediato y que estuvo a punto de vencerme a sus antojos. Lindas jóvenes pilotos sobrevolaron mi área con aquella fragancia camuflada en coqueteos, sin que yo me enterara de la intención de esos sobrevuelos. La sangre me hervía ardorosamente por las venas, pero afortunadamente el objetivo no fue logrado, porque mis ideas estaban celosamente guardadas en lugares secretos de mi conciencia; pero estaba atrapado sin poder salir, dándole y dándole vueltas a mi recalentada cabeza, encerrado en mi problema. Hasta que un día, logré acomodar en mi testa un cambio de procedimiento. Hice un cese al fuego por mi iniciativa y abrí un compás de espera sin retirarme del área, aunque me lastimaban los recuerdos y mis nostalgias al recorrer los sitios en donde habíamos sido felices; para mi fortuna, las máscaras antigases me protegían de aquellos recuerdos que pudieran ser atraídos por mi olfato. No faltaba un pañuelo en mi nariz cuando me sobrevolaba una seducción perfumada y sospechaba que era una timonel amparada en un flirteo de otra bandera al servicio de sus intereses. Una nueva trampa apareció en sus manos y la que jamás sospeché: Empezó a coquetearle a un pais enemigo mío, más apuesto y más rico, que ahora pretendía poner de su parte. De inmediato, empecé relaciones con una joven Isla de hermosas palmeras, aliento acogedor y un oasis de ensueño, quien con todas las garantías de su gobierno, me ofrecía las bondades del asilo. Definitivamente las cosas iban de mal en peor. El haber provocado sobre mí el nerviosismo de los celos le estaba dando resultados; esto nos distanciaba más, porque a ella sólo le interesaba ganar el conflicto, así nos alejáramos definitivamente; en cambio yo buscaba traerla hacia mí, dizque con los argumentos de la guerra, pero no quería que se marchara de mi vida para siempre.


Si bien era cierto que estaba menguada, no estaba vencida. Un chispazo de Luz Divina, de pronto, iluminó sobre los exteriores de mi cabeza y repercutió en mi cerebro. Lo lógico era cambiar de sistema y acabar con el radicalismo. Decidí abandonar el enfrentamiento y empecé la retirada de su territorio. Ella también dejó de disparar. Ninguno de los dos nos atrevimos a proclamarnos la victoria. Era claramente visible nuestro desaliento y nuestro desvelo. Estábamos más delgados y más viejos. Los despachos de las agencias divulgaron el cese de la guerra y de inmediato estalló un júbilo de paz en la comunidad familiar. Hubo un intento de diálogo que fracasó, pero se rompió el hielo y nuestros temperamentos entraron en un proceso de distensión y el levantamiento de las sanciones económicas se dio. Nuestras miradas estaban afligidas y sobre nuestros rostros había un panorama desolador. Las ruinas humeantes en nuestras cabezas comenzaron a apagarse definitivamente, pero nos quedaban las inevitables fisuras en la memoria. El fracaso económico era evidente por el derroche innecesario en lujos, paseos, francachelas, bailoteos y vino, creyendo que con esto se cubría el desamor y demostrábamos lo contrario. Frente al criterio público éramos los más estúpidos perdedores en nuestra política exterior; y por aparentar, nos miraban como a dos tontos y no como a dos valientes que tuvieron la osadía de enfrentarse sin temor. La OFU por fin acordaba el diálogo y buscaba el acercamiento en un sitio neutral. Al principio ambos nos negamos por el resentimiento de los daños causados, pero la Asamblea negoció con sonrisas las indemnizaciones a que teníamos derecho y se acordaron explicaciones mutuas, oraciones, disculpas, invitaciones, paseos, regalos y besos que nos consultaron y se producirían después de nuestro encuentro. Ella abandonaba las relaciones con el pais rico y yo con la Isla de hermosas palmeras. Mientras tanto trabajábamos en la reconstrucción de la ilusión, el retiro de las ruinas y la consolidación de la paz. Aceptamos la desmovilización y desarme para evitar los resquemores de la post-guerra y el retiro definitivo del ejército, artillería y destrucción de las armas convencionales. Centenares de rencores con sus uniformes hechos trizas, regresaron a su lugar de origen. Como punto final, se acordó un organismo imparcial para volvernos a unir, mas el inconveniente de última hora no pudo faltar. ¿Quién de los dos tendería primero la mano del uno hacia el otro y que no se interpretara como una abdicación?... Ahora yo no estaba dispuesto a capitular, ella tampoco. Pero sabíamos que nos estábamos esperando y uno de los dos debía tomar la iniciativa. Entonces en vez de reproches le mandé flores y en vez de desprecios le mandé besos. En vez de gritar para lanzarle una ofensa, levanté la voz para cantarle en la ventana mientras dormía y la desperté una mañana de luz blanca y el trinar de los pájaros. Y vino a mi que la esperé con los brazos abiertos, el amor que nos destellaba por los ojos y las emociones de la reconciliación. Ahora me resultaba agradable su perfume. De nuestros labios brotó el perdón, seguros de que algo hermoso nos esperaba. Con sólo mirarnos y comunicarnos con ese lenguaje silencioso de dos enamorados; tarde nos enterábamos que de la manera más estúpida, habíamos sido víctimas de nuestra propia ofensa. Palmira octubre de 1991.


UN DÍA CUALQUIERA ¿Dónde está muerte tu aguijón Y dónde sepulcro tu victoria?... Corintios 1.15,55 Dakar se levantó aquella mañana como las veces anteriores, pero la sorpresa fue como jamás lo sospechó. Desconcertado se vistió. Nadie advirtió su presencia, no lo captaron los sentidos, no lo registraron las memorias. Más sorprendente aún, fue ver su propio cuerpo desnudo sobre el lecho, con el rostro pálido y la muerte ejerciendo su derecho. Fue infructuoso tratar de despertarlo, fue inútil intentar revivirse a si mismo. Desesperado quiso halar por los cabellos a su hermana para consolarla, pero no pudo asirlos y el recurso del grito, resultó estéril al esfuerzo de su garganta. Quiso arrastrar de la ropa a los presentes pero no pudo agarrarlos. Podía cruzar paredes sin tocarlas y franquear obstáculos sin que sufriera daño su figura. Infarto de Miocardio, dijo el forense. La hipocresía se encargó de los defectos y la lisonja de las virtudes. Lo vistieron como jamás se vistió en toda su vida de hombre solitario, de cerebro sin fronteras, de poeta desvalido. Un centenar de ramos de flores de todas las variedades fueron ubicados alrededor del féretro. Con el dinero de uno de ellos, se hubiera calmado el dolor de una sola de las tantas semanas que padeció, si cualquiera de los dolientes que estaban lamentando la muerte del trovador hubieran decidido ayudarlo. La elegancia se hizo presente para acompañar al reconocido artista a su última morada, ahí estaban los gremios, la sociedad y las entidades cívicas. Los representantes del gobierno no tuvieron para respaldarlo, pero una medalla póstuma le reconocía su prestigio. La mayoría se marchó disimulando la borrachera después de la media noche. Sólo Dakar y su hermana desolada, se quedaron para acompañar a Dakar. En el cementerio se leyeron sus poemas y se cantaron canciones al amigo. Cerca de la fosa, la multitud se aglomeró para mirarlo por última vez, querían recordar el rostro del cadáver, la fulgurante palidez del amigo fallecido. Hubo zozobra y emociones, gritos y apretujones, las mentes estaban confundidas. Con dificultad levantaron la tapa. ¡El ataúd estaba vacío!... ¡el cadáver no estaba!. Resplandecía la blancura satinada y un viento helado estremeció a Dakar que gritaba desesperado frente a la sepultura. Estaba asombrado y radiante de saber que no estaba muerto. Les gritaba que el ataúd vacío resplandecía y él no estaba ahí. Nadie lo escuchó, no lo reconocieron las pupilas, nadie lo encontró. Cerraron el cajón y lo bajaron lentamente, de la misma manera como Dakar volvía a su estado natural de figura viviente, de presencia física habitual. Estaba de pies entre la multitud que empezaba a fijarse en él, pero nadie lo reconoció, nadie lo recordó, a ninguno le importó. Algunos desvaríos se fueron añadiendo a su entelequia y otros desparpajos se fueron afianzando en su cavilación retraída. Desde entonces anduvo explicando que él era Dakar y relatando una “historia absurda” que en sus momentos de lucidez ninguno quiso comprender. Su hermana sonríe y dice que estaba demasiado pálido, flaco y sucio para ser su hermano. Todavía ella se pregunta en dónde pudieron haber quedado las ropas que su hermano tuvo aquella noche. Todos se miraron silenciosos cuando Dakar trató de explicarles que en el cementerio habían sepultado un ataúd vacío; y se ganó algunas palizas de la policía cuando lo encontraron escarbando en esa tumba. No tuvo residencia, no supo decir a dónde iba, ni fue capaz de hacerse identificar entre los vivos. ¡Voy a la Eternidad! – Se le escuchó alguna vez. Hasta que desapareció de los alrededores, no fue claro al explicar de dónde vino. Jamás recibió algo de comer y sus noches siempre fueron de desvelo. Alguna gente recuerda haberle escuchado por los parajes solitarios, lanzando vivas de amor al universo y gritos constantes asegurando que la vida es hermosa y mucho más hermosa de lo que nosotros creemos, que la luz celestial existe y que la gloria también. Palmira, mayo 6 de 1990


UN EXTRAÑO EN LAS GRADAS En aquellos edificios de dos pisos con cuartos de alquiler para relaciones transitorias, ya era normal ver a jóvenes imberbes, fruncir las cejas con poses de machos y la incertidumbre aguantando. Fachadas de pálidas pinturas, mujeres de provocaciones sin gracia y vestimentas audaces. Merodeó por la cuadra con las manos en los bolsillos, apreciándola de reojo, creyendo no ser visto, antes de lanzarse a la aventura que intentaba emprender. La quimera le dominaba el carácter a pesar de resistirse en medio de su nerviosismo escondido. Llamativa rubia para el lugar, sentada en las gradas, de ojos hermosos, una ajustada minifalda de franela negra, mostrando las piernas sensuales; unos zapatos suecos, una cara de atenta para parroquianos y un misterio que le envolvía la figura. Lo vio desde que pasó la primera vez, que fue la segunda en la vida que la asaltó el amor, pero no fue capaz de coquetearle como lo había hecho con aquellos a quienes les leyó en sus atisbos la precipitud hormonal y el bochorno de sus necesidades amatorias. Cuando sintió el cosquilleo de la mirada femenina acariciándole la espalda, decidió ponerse de frente a prueba de resistencia. Le sonrió atenta y cerró las piernas cuando el mozuelo la acarició con la mirada, ante el asombro de la robusta y vieja mulata acomodada en el otro extremo de la escalinata, fumándose un tabaco en la comisura del colmillo como de vieja lavandera, con una amplia falda recogida entre los muslos y gesticulando una mueca de reproche ante la presencia del ansioso visitante. Se acercó sonrojado mientras la masticante del cigarro cantaleteaba mofándose del feligrés: ¿Qué buscas chiquillo?... No la escuchó, precipitado en el rostro que lo atraía en silencio; en tanto adulaba, en un encuentro calculado entre la fantasía y la realidad: ¡Usted tiene piernas bonitas! – Le dijo con los ojos bien abiertos y las vísceras de hielo, pero se estabilizó, cuando se vanaglorió de haber sido capaz de saltar el precipicio. Segura de asustarlo aún más, le preguntó con fingida indiferencia: ¿Qué se le ofrece?... Un escalofrío lo registró de los tobillos a las mejillas y se quedó mudo por varios segundos. Le lanzó un beso mientras le temblaban los labios y le sudaban las manos. Le sugirió con un vistazo que la siguiera y se levantó con requiebros rápidamente por la escalera, como quien acudía en cumplimiento del deber. El chico sintió que la fuerza de un torbellino lo succionaba graderíos arriba y complacido se dejó arrastrar, hasta que tropezó con la bruja de bigotes – dueña de la posada – que lo desconcentró con un chillido: ¡Ya sale de aquí vete a coger oficio!. La rubia la miró con regaño y sin pronunciar palabra le dio una orden… Se introdujeron en silencio en un cuarto de cama angosta, un nochero, un espejo, un baño con cortinas y un tragaluz sin vidrio. Desde los aposentos traseros que hacían de vivienda particular del lupanar, llegó la voz infantil del nieto de la dueña, dando voces de susto por el fuego que se acababa de formar: ¡Incendio! ¡incendio! – Gritó el pequeñito y le dio un giro estrepitoso al carrito de bomberos, halándolo con una piola delgada por los alrededores del piso. La rubia le timbró al verlo un tanto absorto y se miraron fijamente, cuando se había despojado del brasier, cosa que no había hecho con ningún forastero. ¡Ven! – exclamó ella con afecto, lo recogió sobre su seno y le preguntó con ansiedad: ¿Es tu primera vez?... Se quedó callado mientras ella empezó a desvestirle la camisa. Se zafó el pantalón sin prisa, hasta que pronunció sorprendido consigo mismo por lo que se le acababa de ocurrir: ¿Planificas?. ¡No! – Susurró ella haciendo el esfuerzo por no reírse. Confundido pegó un salto en busca de la ropa, pero ella hábilmente lo sujetó con gracia y lo miró con confianza. Comenzó a besarlo como si lo amara desde antes y lo acarició de carrera, mientras el novicio sentía que la fragancia de la mujer le gustaba, aunque se mezclaba con el bálsamo ambientador por los rincones. Ella azarada le esculcaba la conciencia y una mariposa amarilla empezó a revoletear por la habitación sin encontrar la salida. ¡Fuego! ¡Fuego! – Gritó el niño haciendo el aullido de sirena y salió correteando por el pasillo con el carrito extintor, añadiendo tiernas voces de sobresalto: ¡Bomberos! ¡Bomberos! ¡Tilín! ¡tilín! ¡tilín! – Entonaba emocionado mientras iba y venía, mientras iba y venía… La llamarada tomó sus dimensiones… ¡Rápido! ¡Rápido! ¡Más rápido, ¡bajen! ¡bajen!, ¡suban! ¡suban!, ¡más rápido! ¡más duro! ¡más duro!... ¡chorro!... ¡chorro!, ¡más!, ¡más!, ¡más!... Dos minutos de agitación, dos minutos de aceleración por el piso, dos minutos de lucha contra el ardor; mientras afuera en la calle, la vida siguió desenvolviéndose distante a los latidos del corazón… ¡Ayayay!... ¡ya! ¡ya! ¡ya!... ¡está mojado!...¿está bien?... ¡Sí, todo está bien!... todo está bien… La mariposa se posó sobre la punta de la sábana desordenada. ¡Tilín! – Se escuchó de manera reposada y se fue con la cabecita revuelta, arrastrando el carrito, entonando tintineos intermitentes de cansancio y jadeos satisfechos, hasta perderse a lo largo del pasillo. Bajó las gradas con paso lento y el alma metida en un cuerpo extraño. Sentía ganas de magullarse a puñetazos con el primero que lo desafiara y de llevarse el mundo por delante. Tenía un sabor a cobre en el paladar y el deseo de echarse un trago doble en las entrañas. La mulata aún recostada sobre los peldaños al verlo pasar lo escudriño de pies a cabeza y le refunfuñó resignada: ¡Ahí vas puñetero de mierda! – No la escuchó. La miró ignorante a sus palabras y ajeno a la picardía de su mirada. Desconcertada se quedó viéndolo partir, masticó el residuo húmedo del pucho, escupió con la punta del labio superior y soltó la más divertida carcajada. Palmira, marzo 17 de 1993


UN HOMBRE DE BLANCO Sorpresa en el Parque Lineal de Palmira Al tenor de las escrituras y el referente teológico a través de la historia, hemos conocido que Jesús de Nazareth se levantó de su tumba, como un ser viviente resucitado. En eso consisten los tres pilares fundamentales de la cristiandad: Primero, creer que Cristo resucitó y vive; segundo, la caridad de nuestras utilidades; y tercero, el perdón eterno y sin condiciones. Por eso nos asombró el hombre que encontramos cuando caminábamos por el sector, en esa eterna discusión sobre el bien y el mal. Ayer en las horas de la mañana en el parque Lineal de Palmira, en el sector comprendido entre las carreras veinticinco y veintiséis, en medio de frondosos árboles, muy cerca de una valla del pintor palmirano Henao, se encontraba sentado un hombre vestido con un traje de blanco, tan singular, que parecía destellar. Su aspecto reflejaba paz y una calma sin igual, difícil de encontrar en los rostros que deambulan diariamente por las calles. Sentado en una actitud reflexiva, su mirada casi perdida en el horizonte, mientras se acariciaba su barba parecía que gozaba de un hastío perspicaz. Su actitud llamó nuestra atención. Empezamos a observarlo sin que él se diera cuenta; algo misterioso lo denotaba, lo que aumentó nuestro interés. No es común encontrar una persona con este aspecto y en una actitud como si la vida le fuese fácil. Nos acercamos y el hombre nos miró con una dulzura que nos enterneció. Lo saludamos, nos respondió amable y le preguntamos: ¿Cuál es su nombre, señor? ¿Les interesa mi nombre? – dijo, mientras nos dibujaba una sonrisa. Queremos saber su nombre, le dijimos ansiosos. Mi nombre es Jesús, dijo con una tonalidad segura. ¿Su nombre es Jesús de Nazaret? – se nos ocurrió ¡Yo soy! – dijo sin temblarle la voz. ¿Qué quiso decir usted con “ama tu prójimo como a ti mismo”? La ternura es una manifestación humana. Su mensaje de ternura poco ha sido escuchado. En estos dos mil años la violencia ha sido el pan de cada día. No sólo de pan vive el hombre. ¿Qué opina de la película La Pasión, de Mel Gibson? Es una emotiva producción cinematográfica, en donde se ha olvidado el mensaje de Pablo que es el auténtico evangelio. ¿Si se hiciera una película sin escenas sangrientas, teniendo en cuenta sólo el tiempo de la prédica antes del Monte de los Olivos, tendría el mismo éxito? Los teatros se quedarían solos. ¿Si la película se hiciera sobre las parábolas y más en la dialéctica de la enseñanza de Pablo, se lograría más interés? Los teatros se quedarían solos. Entonces, ¿cuál ha sido el propósito de su prédica? ¿no ha logrado su objetivo?. Si el ser humano es independiente en su albedrío, en el albedrío es... ¿Por qué se nos piden paz mientras la tierra tiembla, los ríos se desbordan, los volcanes eructan y dañan, los rayos amenazan y matan? Si el hombre no existiera sobre la tierra, de todas maneras la tierra temblaría, los ríos se desbordarían, los volcanes dañarían y los rayos no tendrían a quien matar. ¿Por qué de la amenaza? ¡La amenaza se la van a ganar ustedes si me siguen preguntando huevonadas! El hombre un tanto irritado se levantó, nos miró con desdén y se marchó. Tarde nos dimos cuenta de un orate más de esos que andan por ahí, aunque su presencia y sus palabras, nos dejaron los elementos para la construcción de este relato. Cuando decidimos buscarlo de nuevo para seguir preguntándole, ya no estaba por ninguna parte y los del grupo nos miramos interrogándonos unos a otros, tratando de acertar la realidad. Palmira mayo 15 de 2004


UNA VEZ UN INSTANTE "... Cuando se ha estado haciendo el amor. Uno se acuerda de lo que ha sucedido, pero no puede revivir la sensación misma". Ernest Hemingway

Llegaste a mí como un rayo de luz que encandiló de un solo tajo mis sentidos. Hiciste de mi sorpresa toda una fiesta y reuniste en un instante el tiempo que estuve esperándote. No sé cómo pude mantener mi alma intacta entre vacilaciones corporales. No sé cómo pude resistir tantas sugerencias tentativas, tantos rostros parecidos, tantas bípedas pensantes. Apareciste en la puerta de mi casa, después de haberte buscado entre este laberinto humano, entre este crucigrama de conceptos, entre esta convulsión de las derrotas. Encajabas con medidas precisas en el marco; como razón en la que no es prescindible los testigos. Fue un momento de mutuo reconocimiento: tú, la niña con el deseo de hacer realidad la libertad en medio de ese miedo natural, para brindarle paz a tu hombre sin sosiego. No fueron necesarios esos diálogos comunes, esos símbolos triviales. Estábamos en común acuerdo. Lo sabíamos en nuestras miradas imanadas, en esos rasgos conocidos en que para los dos, no mediaba la sentencia del pecado. Estábamos juntos amando el sentimiento. Difícilmente nos creerían que nos besamos sin mediar palabra. Adoramos el silencio. Creí morirme de alegría. No sé cómo fui dejándome llevar de tus tentaciones, de tu epidermis blanca, de tus destapes simulados, de tus miradas laterales, de tus labios en puchero, de tus sueños yo despierto, de tus helados temblores, de tus convulsionados desesperos, del rubor momentáneo en tus mejillas, de tu rostro angelical de pálida niña consentida, de esa intimidad que empezaba a disfrutar la independencia, al escaparse con el botín de sus años y de la limitación tutelar. ¡Tus danzas persuasivas, tu cuerpo delgado, tus caderas seductoras, la emoción, la desnudez!... Son hermosos los recuerdos: ¡Cómo te dejabas acariciar!... Tus hombros delicados sosteniendo mis temores en el desgaje de tu blusa, desde la finura de tus clavículas... Me abrías las puertas de tu corazón, hacía mía tu ignorancia, me abrías tu santuario, me dabas el permiso, me permitías entrar... Fuimos dueños absolutos de nuestra intimidad. Tus formas firmes y perfectas, tus nalgas de líneas insinuantes, tus piernas de nieves moldeadas, tu pelvis virginal, tus vellitos delicados por todo tu cuerpo y un surco palpable en lo sensitivo de tu vientre. ¡Y de pronto!... como quien llega por una ruta definida, tu sonrisa disfrutando del placer y tus dientes perfectos trasquilando las palabras. Mis manos con fuerza, entrelazadas a las tuyas, llevándote hasta la fantasía que sólo conmigo querías conocer. Llevando mis juicios hasta la libertad en vuelos de blancas palomas de inocentes piquitos inmaculados. Dos erectos capullos rosados en botón; y yo cual picaflor probando livianamente las tiernas mieles, lamiendo gotas de licor y procurando no lastimar tu luz en flor. Fuiste musa que me inspiraste enseñándome el sentido de la fábula. Las yemas de tus dedos tocando los valores de la fuerza, la rusticidez de mis tejidos, la erectez, lo penetrante; desafiabas el misterio, superabas el dolor, hacías tangible lo que buscabas, convirtiéndolo en amor. Tu ambición de ir más allá en busca del Paraíso perdido, de ese fruto prohibido; de superar el entendimiento, de palpar lo desconocido, de encontrarle otro sentido a la razón. Tus ojos cerrados en silencio, tu silencio, nuestro silencio... Tus soñadoras pestañas, tus cabellos desordenados reflejando lo salvaje de tus gestos. En tus labios los quejidos de aflicción y de gozo conformando la armonía... Disfrutabas sentirte entre la trampa, cuando se quiere estar ahí, cuando no se quiere el regreso, cuando se quiere todo o nada sin importar el precio por pagar, cuando se quiere ver qué está del otro lado, cuando es inevitable asomarse al borde del abismo... Tu llanto de niña, tus gestos de mujer, mi fortaleza. Empezabas a aclarar tus interrogantes de niña traviesa. Me elegías a mí, para el infinito de esa primera vez, de tu primera vez, de calmar tus inquietudes. Temblabas, me mirabas, parecías asustada y alertaste mis temores, pero querías aplastar los tuyos y los míos. Tu deseo de mujer, mi frenesí... Y yo, testigo de los dolores de este mundo, tuve miedo de ser quien te despertara a la tristeza, a la amargura, a los intereses de nosotros los mortales, de llevar ese algo en mi conciencia. Me refugié en mis parvulidades. Hasta allí me fuiste a buscar, yo me alegré que me encontraras. Entreabriste tus ojos en medio de tu desordenada, colgante y perfumada cabellera silvestre; y aleteaste coqueta en medio de esa confusión cuando algo llama. No dejaste que me marchara. Siempre tuve temor de mis ofensas corporales a una niña. Me miraste con recelo. Comprendiste mi dolor y me miraste con ternura. Me dabas a entender que tenía todo tu perdón, pero que de marcharme, al volver no te encontraría. ¡Ahora o nunca!. Lo dijiste en tu mirada. Tuve miedo de perderte para siempre. Anhelabas el momento. Lo habías guardado celosamente en el fondo del cofre de tus años. Querías hacer uso de ese capricho que tenemos los humanos. No querías otra oportunidad. No querías otro ni otro día. Entendí que difícilmente me lo perdonarías. Querías sentirte dueña de mi ser y yo me entregaba. Te pertenecían mis entrañas, me dominabas con tu cadencia seductora en tus suaves arañazos. Palmo a palmo disipe tus dudas y reconocí tus líneas con las yemas de mis dedos...


Susurraste a mi oído y entonces empecé a remar sobre tu cuerpo muy despacito, como sentí que te gustaba. Deshojaba hasta el fondo tu conciencia reservada. Paso a paso, lentamente provocaba la inocencia; yo recibía tu donación bebiéndome tus lágrimas. Me entregabas tus mieles en las que paladeamos nuestra comunión. Un beso hasta el delirio era el homenaje a nuestro amor. Nos embriagaba ese perfume natural de pensiles humedecidos de rocío. Lamer el destilar de gotas cristalinas en las rejillas de tu cuerpo.... tus pétalos en mis labios... Y dándole un giro al Universo, abrías el compás, dejabas en libertad el vértice; y en vértigo danzante, exhalabas tu lamento de victoria, levantabas tus sienes al firmamento. Enternecidas tus pestañas y sonriente, efluviabas tu húmeda sensualidad. Tu cerebro se llenaba de ese otro rayo luminoso. Sabías la verdad. El mundo te quedaba al descubierto. Una huella escarlata testimoniaba tu pulcritud precisa... Tu canto de turpial, tus gemidos de violín, tu vuelo de jabalina, tu éxtasis de gaviota extraviada; y después de la entrega: el abandono de un mundo infinito por esperar. Estuviste más hermosa que nunca. Yo conocía lo celeste sin desprender mis plantas de la tierra. Con la fuerza de un huracán y con el corazón de un humano, me hacía dueño de lo que tú querías entregar. ¡Gracias amor mío por haberme elegido a mí! – Me callé entre mi memoria. Un vahído sin control revoloteó entre mis membranas cerebrales. Una aceleración incontenible se precipitaba por mis venas. En los aleteos de nuestra cópula dilatada, redimías mi egoísmo varonil. Contraída mi garganta al ver en mi delirio esa otra fuente inalcanzable, mordía la manzana; seducía mis tentaciones su color rojizo y la huella de tu mordisco. Y en goteras eruptivas, dejaba que se escurrieran mis sentidos. En motas blancas de lubricidad tibia sobre tus músculos tiernos se diluían mis temores, se consumían mis alientos. Jubiloso abrí mis alas al Universo. Con inquietud rompías el silencio: ¿Será posible?... Y ansiosa te quedaba un interrogante palpitante en las entrañas. Ahora sólo me pertenecía la ansiedad. Algo quitabas de mi costado. Me atabas a tu falda para que me la pasara aferrado a tus amores. Si me amarré a tu cuerpo tan fuerte, fue por el temor de volver a sentirme solitario. Somos el teorema del amor y de la muerte. Somos aves en un firmamento sólo nuestro. Flotamos por los aires. Tenemos el consentimiento mutuo y en nuestro apego son una ceremonia los cuidados. La luz de un nuevo sol nos embriaga con su gozo. Estábamos unidos, no sé si para siempre, pero estábamos unidos, lo sabían nuestras almas...


UN ANGEL SIN ALAS Era la última corrida de la temporada en la plaza de toros de Cali el día 4 de enero de mil novecientos noventa y cinco, después de que un vaho desafortunado había rondado por los alrededores de Cañaveralejo durante la feria, hasta el punto de que la muerte había dictado su sentencia en el salto al callejón del toro “Marinero” de Achury Viejo, que mató al mozo de espadas Antonio Suárez, en el primer alarido trágico de este establecimiento taurino. La vanidad y la soberbia se habían incrustado en los días de las corridas entre los corazones de un sector de la prensa, los empresarios, apoderados y aficionados interesados en el alboroto. El hervor de las pasiones se puso a punto de reventar en los tendidos y los toros no embestían, la reventa que se caía por primera vez en muchísimos años y que de cierta manera era esa parte que había ayudado a mantener el prestigio de Cañaveralejo. Los toreros que no venían, las amenazas, la alteración de los carteles, que la rebelión de los toreros colombianos. Hacía un calor espantoso cuando Pedrito de Portugal lidiaba el tercero de la tarde de nombre “Cubano” de la ganadería española de Montalvo, divisa azul y amarilla. Fue cuando sentí el olor de aquel perfume que me embriagó los sentidos y que hoy todavía no sé definir; y aunque trato de recordarlo exactamente, no logro estar seguro de lo que siento en lo profundo de mis entrañas. Busqué entre el grupo de mujeres que estaban a mi espalda, pero no logré identificar la dueña de aquella fragancia que me cambiaba la dimensión del tiempo, del espacio y de las cosas que tenía a mi alrededor. Me concentré para olfatear más fuerte procurando calmar mi ansiedad, pero no lo conseguí y cuando abrí los ojos, me zumbaban los oídos y estaba alucinando aunque me froté los párpados para evitarlo. Las fuerzas del bien y del mal se enfrentaban en el ruedo de Cañaveralejo, al lado de los tendidos de sombra, en donde yo palpitaba aceleradamente y sin sosiego. Ahí estaba Pedrito de Portugal con su cara de niño y sus diez y nueve años, trajeado de lila y oro como un ángel que sí tenía sexo, porque era muy guapo y se le notaba la hombría; tenía dos alas largas puntiagudas hacia arriba, de majestuosas plumas blancas y una espada en la mano derecha, que era un rayo de luz demasiado agudo en la punta. El toro tenía los ojos infiltrados de sangre, lanzaba miradas de fuego y una espuma amarilla por la boca; los cuernos eran de acero puro, puntiagudos como agujas y arrojaban destellos con la luz del sol; sobre los lomos tenía un par de alas como de murciélago y las movía al igual que un gallo de pelea. El toro alzaba las pezuñas de sus manos delgadas semejantes a las de una cabra y afiladas como navajas. Pedrito de Portugal se levantaba hacia atrás con un leve movimiento de sus alas, empleando la espada para mantener a distancia al fatal enemigo. El toro retrocedía cuando el ángel lo hería con el haz de luz y emanaba sangre por los costados mientras mugía con su espíritu de mala leche y espantosos aleteos sin poder alcanzar el rival. Parecían dos águilas que se peleaban de frente con sus garras en pleno vuelo, entre tanto, de los tendidos la muchedumbre hacía llegar gritos para el toro y el torero, en una igualada división de opiniones. En la presidencia se asomaba una mujer vestida de púrpura, trenzas largas y orejas en punta hacia arriba con el mando bajo sus pies y se ladeaba como si estuviera borracha, sacando y guardando todas las banderas de la presidencia gritando sin saber qué hacer. El ambiente se fue poniendo cada vez más tenaz sin dejar en claro quién de los dos sería el vencedor y la mujer de la presidencia seguía vociferando que no sabía decidir. Que cambiaran el toro, que sustituyeran al torero, que trajeran otro encierro, que despidieran a la prensa, que viniera otro empresario, que los contratos, que la publicidad, que los derechos... De pronto, en la casilla de los músicos unos ángeles de cabellos canosos y brillantes, trajeados con batas blancas satinadas observando en silencio la contienda, tocaron arpas y trompetas heráldicas para que cesara el espejismo que nos embargaba, mientras detrás de una pilastra en el tendido de sol, un duende se carcajeaba burlándose de los aficionados ofuscados, quienes paseaban un largo manto negro por los graderíos, con letras blancas que decía: “Ha sido retirado todo poder de los contrincantes, para que sea dirimido el conflicto entre el hombre y la bestia”. Entonces Pedrito de Portugal ya no era un ángel, sino que era un torero de los elegidos y el toro ya no tenía alas como de murciélago, sino, la bravura de un auténtico toro de casta. Pedrito sembró las zapatillas en la arena sin moverse un instante y pegó los muletazos con mando y temple hasta que la plaza se enloqueció de alegría gritándole ¡torero! ¡torero!, en un claro dominio de la inteligencia sobre la fuerza bruta y la perspicacia animal. Fue una faena profunda y con sentimiento, ajustándose el toro a la taleguilla, rematando con los pitones en frente de su pecho y una sonrisa con las dimensiones de la gloria. Y era más hermoso el contentamiento que la valentía ante el dolor; mientras de los cielos nos llegaban cánticos triunfales y la plaza se llenaba de una claridad que nos dejaba repletos de amistad a todos los presentes. Entonces acariciamos en nuestros corazones el perdón y los actos de contrición estaban en las bocas de nosotros para no volver a cometer errores premeditados, ni opiniones apresuradas y unos a otros nos abrazamos enternecidos por la emoción; y Pedrito de Portugal paseaba las dos orejas victorioso, saliendo en hombros de los monosabios por la puerta del Señor de los Cristales, dueño de todos los trofeos. El auxiliar de la plaza posó su mano sobre mi hombro para advertirme que ya el público se había marchado de los tendidos y yo estaba solo en un puesto de la barrera. Sin dejar de sonreír y mirándome de lado, me acompañó hasta la salida cuando estaban a punto de cerrar. Me pareció muy sospechoso el que me mirara y sonriera así; pero durante todos estos días, he venido haciéndome a la idea de que el hombre estaba un tanto chiflado; como si le hubiera parecido mucha gracia los visajes de alguien, a quien se le había ocurrido hacer de la celebración y de sus sueños, todo un soliloquio. Cali, enero 5 de 1995

Relatos cortos  

20 cuentos tenues entre los placeres de la gloria y el dolor de la aflicción. Escritos por Jorge Londoño Ariza.

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