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palmi

guía Palmira, sus desafíos, su opinión.

Palmira, Valle del Cauca, Colombia. Edición especial. Marzo de 2012. Número 05. ISSN 2248-7123

De la galería al centro comercial

Otros fueron los días en que la galería central era el gran centro comercial de la ciudad, hoy está casi en el olvido total, degradada como la economía de los pocos vendedores que todavía esperan la clientela de siempre.

De la ilegalidad a la violencia Como si se tratara de un servicio masivo o, al menos colectivo, miles de motociclistas prestan en Palmira un servicio que contradice todos los estándares del transporte público.


Urge atender en el Siglo XXI a una ciudad de trescientos mil habitantes sin un transporte público o con uno que no puede garantizar las exigencias de la ley que, entre otras cosas, contempla principios rectores como seguridad de los usuarios, movilidad, calidad, cobertura, comodidad, oportunidad, eficiencia medioambiental, libertad de acceso, economía, educación y descentralización. Es el crecimiento de una población el que manifiesta por sí mismo la necesidad de un transporte colectivo que facilite el desarrollo de la vida cotidiana de esa localidad. Es la intensidad en la movilidad de sus habitantes la que debe establecer las rutas, los alcances, las curvas de usuarios, el péndulo de congestión, etc. Teresa Consuelo Cardona G.


CONTENIDO

De la galería al centro comercial Antaño la galería fue más que un centro comercial, fue un lugar de encuentro familiar, de construcción de amistades, centro de negocios y compraventa de mercancías que iban desde cualquier baratija artificial hasta una finca.

Pág. 12

▪▪ Puntos de la historia nacional. Pág. 3 ▪▪ Educación pública y educación contratada. Pág. 4 ▪▪ Con amigos así... Pág. 6 ▪▪ Palmira no tiene... y no debería tener. Pág. 8 ▪▪ La temida legalización de la “droga maldita”. Pág. 9 ▪▪ Residuos peligrosos. Pág. 10 ▪▪ De la ilegalidad a la violencia. Pág. 14 ▪▪ Pensar como oficio de herrero. Pág. 16

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¿Sabía que...

A

ctualmente en el Archivo Nacional de Identificación, ANI, de la Registraduría Nacional del Estado Civil, aparecen inscritas más mujeres que hombres. 17 467 301 mujeres aparecen reportadas frente a 16 729 642 hombres. Que en 2011 un total de 431 827 niñas fueron inscritas en los registros civiles de nacimiento, un poco menos que los 449 535 niños registrados. Que las mujeres en el país empezaron a ejercer el derecho al voto hace cincuenta y cinco años. Que el Acto Legislativo No 3 del 25 de agosto de 1954 le otorgó a la mujer el derecho de sufragar y con base en esta norma 1 835 255 mujeres ejercieron su derecho al voto el 1 de diciembre de 1957, en el Plebiscito Nacional acordado por la Junta Militar de Gobierno a petición de los dos partidos tradicionales del país, en donde aprobó que «las mujeres tendrían los mismos derechos políticos que los varones». Que en el año 1958 las mujeres colombianas pudieron ser elegidas por cuerpos colegiados de representación política y el promedio general de participación política de las mujeres, entre 1958 y 1974 fue de 6.79%. Que de los ciento dos senadores elegidos en marzo de 2010, un total de dieciséis son mujeres; y de los ciento sesenta y seis Representantes a la Cámara, veintidós mujeres fueron elegidas. Que los nombres más comunes de las mujeres colombianas son María (2 692 973), Luz (802 702), Ana (766 267), Sandra (330 112), Diana (316 628), Rosa (316 084), Martha (311 316), Carmen (301 204), Gloria (286 778) y Blanca (262 404). Fuente: Registraduría Nacional del Estado Civil.

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Bulevar de los días

Puntos de la historia nacional Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

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os compendios de historia de todos los países, sea de la India, Egipto, Itálica famosa, Grecia o Britania están narrados por Jenofonte, Herodoto, Tito Livio, Toynbee, Bloch, Henao y Arrubla, Colmenares y miles más. Estudiosos de los acontecimientos que han marcado hitos en el mundo se han alumbrado con velas en bibliotecas, en abadías y han acabado con sus pestañas. Lugares, personajes, hechos han quedado sobre el mapa como alfileres rojos o verdes o como teas incendiarias. Homero lo hizo con Ítaca, Troya, Creta y Cartago y la isla Eea donde habitaba Circe. Rodrigo Díaz, El Cid, nos dejó en los ojos a Burgos, Valencia, Albarracín y Zaragoza. Todos recordamos con horror la biblioteca de Alejandría envuelta en llamas o Auschwitz en los tiempos de Hitler. Cada uno de nosotros ha ido formando en su imaginario el mapa de los sitios en los que descansa cuando desea evadirse de sus penas. El lugar donde nació, el restaurante o la calle donde conoció a su novia, la plaza de Bolívar en la noche con su fuente de colores a donde iban los bogotanos a caminar en familia o nos imaginamos el Pantano de Vargas, o el fuerte del Bárbula, o la Quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta para recordar la gesta libertaria. Colombia tiene ciudades como Cartagena, Cereté, Rionegro, Barichara, Iza, Villa de Leiva, Manizales o Pereira. Valles en los que se contemplan vegas y ríos que pastan como vacas en paz y se deslizan como culebras inocentes. Montañas como las de Santamaría en el Huila, o cerca a Coconuco o Silvia en Cauca, se alzan majestuosas llenas de árboles viejos y con ruidos de una fauna que los colma de caricias en

sus piernas. Sin embargo, nuestro país se está llenando como de estrellas negras sobre la vía. Si mira uno desde El Cabo de la Vela hasta Leticia o desde Urabá hasta Mercaderes, o Ipiales en Nariño se tropezará con hitos ingratos. En muchas capitales los alcaldes han dejado el rastro de su ambición y han frustrado a sus electores. Los medios han ido revelando los miles de puntos donde el Ministerio de Minas ha concedido licencias a transnacionales para que exploten, dinamiten, desplacen habitantes, alteren el ambiente y otros miles de sitios donde el Ministerio de Ambiente ha permitido que se hollen recursos naturales. Todo ha sucedido a sabiendas, callada y torpemente a cambio de un favor y unas pequeñas “regalías” de un peso por año, como es el caso de Chocó. Nombres como Apartadó, Mapiripán, Montes de María, Bojayá, Ralito, Soacha, El Palo en Caloto, Caldono, Toribío, Villa Rica, Corinto, Envigado, Miraflores, El Salado, El Tarra, Jamundí, El Chengue, El Naya, Peque, Samaniego, Macayepo, San Carlos de Guaroa, Jamundí, Segovia, Villanueva, Riofrío, Pueblo Bello, Ituango… nos llenan de horror. La lista es enorme y brotan aún sangre y lágrimas al enumerar estos lugares ligados a masacres de las AUC o tomas guerrilleras. No se puede borrar lo que ha sucedido. La historia no es una memoria mp3 o iPad, o una cuartilla de Microsoft en la que se va escribiendo y uno puede corregir o mandar a morir a la papelera. Los hechos dejan una impronta que ni los días o siglos borrarán como no se ha podido hacer con los restos de Tutankhamen o los pectorales del gran señor de Sipán, o el Lavapatas y la reina Rana en San Agustín. El Tribunal podrá ordenar pedir perdón, pero los sitios, los dientes y quijadas y los ojos de los muertos y las vaginas violadas no se olvidarán.

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Columnista invitado

Educación pública y educación contratada Por Miguel Antonio Torres Salcedo

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n examen superficial de la cobertura educativa en nuestro municipio nos lleva a una conclusión que amerita estudio, en lo que hace referencia a la educación pública y la educación contratada. Algunas cifras indican que en Palmira algo más de diez mil estudiantes de básica y educación media cursan sus estudios en instituciones educativas contratadas o regidas por convenios entre ellas y el municipio, supuestamente, para responder a las necesidades de cobertura, ante la incapacidad de ofrecer las plantas locativas y/o los docentes oficiales necesarios por parte del Estado en las instituciones educativas públicas. Curiosamente, esta estrategia de cobertura no encaja con otra realidad que se hace evidente cada año lectivo, cuando los directivos docentes, encabezados por el rector o director de cada I. E., se ve obligado a replantear su nómina docente ante la poca demanda de estudiantes para satisfacer la oferta educativa, que

dichas I. E. ofrecen. Con todas las facilidades y garantías que el Estado propone en cumplimiento de mandatos constitucionales, incluida la gratuidad de la educación. Uno no se explica cómo es posible que una I. E. informe a las autoridades educativas responsables de la nómina docente que carece de la asignación académica para cinco, diez, quince o más docentes al inicio de un año lectivo, a pesar de todas las ofertas y facilidades que el Estado ofrece para que ningún niño en edad escolar se quede por fuera del servicio. Y entonces, los diez mil o más que se encuentran en la educación contratada, ¿por qué no regresan a la educación pública? ¿Qué impide deshacer los convenios con las I. E. privadas? ¿No están sobrando ya los convenios? A menos que las cifras de cobertura en la educación pública y en la contratada no sean reales. Y, de ser así, ¿quién controla los convenios y las contrataciones? Entre otras cosas, también me pregunto: ¿quién ejerce el control interno y de calidad de esas I. E. privadas? ¿Cuáles han sido los resultados, productos e impactos de la educación que allí se imparte, en correspondencia con los controles y estrategias de calidad que con exceso de cuadros y estadísticas se evidencian en la educación pública, en una muy variada escala de desequilibrios entre instituciones, entre jornadas de estudio y aún entre cursos o grupos de una misma jornada? Es conveniente, es válido que se mantengan dichos convenios con instituciones educativas que, en su mayoría, no garantizan la nómina eficiente y suficiente ni la dotación técnica, pedagógica ni locativa, en términos de formación académica, formación en nuevas tecnologías y metodologías que respondan a las exigencias de una educación moderna, activa, proactiva, y a las necesidades de una educación que mar-

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che acorde con los adelantos científicos, técnicos, estructurales y culturales del ser, que debe atender a las demandas de ser persona, ser social, ser político, ser productivo, ser proactivo, ser dialéctico, ser consensuado. ¿Dónde están esas I. E. contratadas? Valdría la pena que las autoridades responsables de la educación en el municipio las identifiquen ante la opinión pública, indicando los convenios, con sus tiempos, número de beneficiarios, valores de contraprestación por los servicios educativos que ofrecen, y los impactos de la educación que allí se imparte, en términos de resultados, en calidad y productividad. ¿Si será que “sobran” docentes en las I. E. públicas cuando los niños con necesidades específicas intelectuales carecen hoy de docentes de apoyo que satisfagan sus expectativas cognitivas, cuando hacen falta el desarrollo de actividades cívicas, ambientales, artísticas, recreativas, culturales y deportivas, de educación sexual y de convivencia de género y sexo, y de las diferencias étnicas con propósitos incluyentes; cuando hace falta que se desarrollen los proyectos transversales que señala la Ley 115, y los que, por necesidad de los avances educativos o por necesidades de ajustes al Plan Educativo Municipal, han surgido con posterioridad

No se explica cómo es posible que una I. E. informe a las autoridades educativas responsables de la nómina docente que carece de la asignación académica al inicio de un año lectivo, a pesar de todas las ofertas y facilidades que el Estado ofrece para que ningún niño en edad escolar se quede por fuera del servicio. a la citada ley? Es hora que se instaure una verdadera educación ciudadana que trascienda los muros de las I. E., y que, sin apartarse de los dictados de la Ley General de Educación, de la Ley 715 y sus normas reglamentarias y los de la cultura universal, pensemos en una educación en consonancia con el contexto de nuestra ciudad, con su identidad y pertenencia, con su vocación productiva, con sus valores, su historia, sus sueños y realidades, con un manejo racional de los recursos nacionales, departamentales provistos, o que se puedan proveer para estos fines.

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Baukará

Con amigos así… Por Teresa Consuelo Cardona G.

V

arias veces he incorporado a la cronología de esta columna el tema de los derechos económicos, sociales y culturales establecidos en pactos internacionales e incorporados a la Constitución Nacional. Y en todas esas columnas he observado la ausencia en la intervención del Estado que garantizaría la implementación de esos derechos mediante políticas y prácticas activas. En todas esas ocasiones he instado a la Administración Pública a ser más que un instrumento en manos de los políticos, como suele ser, aunque reconozco que deberían ser los políticos, quienes por concentrar la expresión de la voluntad popular en las urnas, deberían demostrar la calidad de esa voluntad generando tareas que deben ser aplicadas por el ejecutivo. Y si uno hace la tarea, no muy profunda, de revisar lo que de la Administración Pública se dice tanto en Palmira como en otros municipios, tendría que concluir que la inoperancia, ineficiencia, mediocridad e inutilidad de las políticas públicas han sido causadas históricamente por el rompimiento de la continuidad de proyectos políticos. Es una mentira, pero ha permitido la alternancia de grupos en el poder. Esa alternancia podría evitar que dictaduras electorales se posesionaran ilimitadamente y que se produjera la consolidación de un poder despótico y absoluto. Esa alternancia ha permitido, en cambio, el desperdicio innecesario de recursos públicos en tratar de visibilizar los errores de los antecesores y ha facilitado la pequeñez del discurso y de la acción de los gobernantes. Pero, en Palmira el caso actual es diferente. Hay continuidad en el partido de gobierno, lo que no obliga al gobernante a la continuidad en las políticas públicas, pero sí a renunciar a escudarse en los deslices de sus pares. Y lo ha hecho. Ha habi-

do nuevas políticas públicas y pocas quejas de los traumas heredados. La ciudad ha tenido un nuevo discurso, menos turbio, más amplio, más convergente, más coherente. Se notan algunos esfuerzos por mantener la ciudad limpia y gestiones para que no se siga hundiendo en la miseria, desconectada del resto del país. Esta reflexión no es un súbito ataque de ingenuidad, obviamente, se sabe que cuando los sectores políticos deciden tallar e institucionalizar las respuestas a los reclamos de sectores sociales específicos, no lo hacen para resolver el problema que aqueja a la comunidad, sino para desactivar potenciales aprietos políticos que les afectarán en las siguientes elecciones. Así la Administración Pública termina siendo una vitrina en la que se exhibe de manera magnificada y purificada la política y los políticos. Volviendo al asunto de los derechos de tercera generación, concretamente, a los derechos culturales, es preciso anotar que requieren reconocimiento del Estado. Pero ese reconocimiento no remplaza el hecho fundamental de que están ahí, expresados en el comportamiento e idiosincrasia de los habitantes de un espacio territorial. Esas expresiones incluyen, también, la perplejidad comunitaria. Colombia ha ruralizado las ciudades como consecuencia del desplazamiento forzoso y ha trasladado a los complejos habitacionales problemas típicos del campo como la convivencia con animales no domésticos, la resistencia a las decisiones urbanísticas, la tardanza en la formación académica de niños y jóvenes, el atraso tecnológico y las tardías prácticas de prevención en salud. Palmira se mueve entre ese fenómeno y el de la urbanización de las zonas rurales, al trasladar muchos de los problemas típicos del casco urbano a sus corregimientos, en los que se ven a menudo desequilibrios en los sistemas de transporte, medios de transporte ilegales, excesivo consumo de licor, robos callejeros, homicidios por razones pasionales,

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construcciones ilegales, ruido ensordecedor, violencia, deserción escolar, desigualdad social, etcétera. Pero tanto en el campo como en la ciudad, Palmira demuestra tener una cultura bastante trastornada en temas asociados con el cumplimiento de los deberes de los ciudadanos.

La amistad con Palmira exige cariño y respeto para construir una ciudad en la que todos quepamos, en la que podamos vivir armónicamente y en la que podamos hacer uso de nuestros derechos, especialmente, los derechos culturales.

Es posible que uno de los temas neurálgicos en el comportamiento de los palmiranos sea el aseo de la ciudad. Es común que desde los vehículos de servicio público o privado se lancen basuras a las calles; que de las casas se saque la basura en días en que las rutas del aseo no están programadas; que se arrojen escombros en las rutas turísticas, en parques o en zonas verdes; que en los autoservicios se dejen tirados los recipientes desechables sobre la mesa en lugar de depositarlos en la basura; que tras la poda de árboles y plantas se dejen en calles y avenidas residuos que se marchitan por meses; que nadie recoja los excrementos de sus mascotas y, a veces, ni los cadáveres; que muchos palmiranos laven sus vehículos en los lechos de los ríos; que arrojen las basuras de sus paseos al agua de quebradas o ríos; que arrojen sus desechos sólidos frente a colegios u hospitales con la excusa de que ahí los recogen más rápido. Es cierto que todo lo que hacemos, la manera como hablamos, las prácticas cotidianas, lo que comemos y hasta lo que reclamamos pasa por el horizonte de nuestro capital cultural y que la cultura debe ser respetada como un bastión de nuestra identidad. Nuestras manifestaciones culturales nos dan identidad. Sabiendo eso, ¿querríamos ser identificados como la más sucia de todas las ciudades? Prefiero pensar en la cultura, con toda la diversidad que incluye, como en un linimento capaz de ocupar un papel central en la generación de poder y no como en sal sobre una herida. Nuestro municipio tiene muchos problemas

que atender, heredados de manipulaciones, negaciones y exterminios. La ausencia de Estado ha permitido la aplicación de la ley del más fuerte que ha marginado a pobres, desiguales y explotados, y ha favorecido las situaciones de privación, de falta de derechos, y la imposibilidad de reclamar. Pero nosotros no hemos construido una cultura capaz de resistir los males de la política y del abandono del Estado. Sobra recordar que la actual administración de la ciudad fue elegida por un significativo número de votantes que, según manifestó la campaña ganadora de las elecciones, legitimaba la aplicación de sus políticas de gobierno. Es decir, que con el apoyo de las mayorías, el Gobierno local haría una estupenda labor. Pues bien, es preciso recordarles a esos votantes que su compromiso para que la ciudad ganara no terminaba el día de las elecciones o el de la posesión del gabinete, sino que se extiende mientras habiten la ciudad. Es necesario hacerles caer en la cuenta que si los une la amistad con un partido o con un gobernante, sería bueno que fueran también amigos de la ciudad. Tener a la vista que la amistad con Palmira exige cariño y respeto para construir una ciudad en la que todos quepamos, en la que podamos vivir armónicamente y en la que podamos hacer uso de nuestros derechos, especialmente, los derechos culturales. Y de nuestro derecho, si es preciso, de modificar nuestras costumbres por iniciativa propia y no por decreto. Para que Palmira no tenga que decir: “Con amigos así… para qué enemigos”.

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Pensare

Palmira no tiene… y no debería tener Por Pablo Moreno

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stá de moda la caótica idea del transporte masivo en las principales ciudades del país, desde las grandes hasta las que se creen grandes, como algunas capitales intermedias. Dicha modalidad ha ido monopolizando no solo el transporte, sino las vías públicas para privatizarlas. No faltará el alcalde, concejal o funcionario que se le ocurra, muy pronto, proponer para Palmira un sistema de transporte masivo, que parece no estar enfocado en el bienestar de los usuarios sino en el de los empresarios. Como en todo negocio lo que se calcula primero es el potencial de usuarios que pudiera pagar el servicio; en una ciudad como Palmira se podría crear ese potencial, con estudios de mercadeo, sondeos de opinión y “urnas virtuales”, porque cuando hay decisión para crear una necesidad, se crea. Pero, hay varios “peros” que debería enfrentar una hipotética iniciativa como esta. Por un lado, que en Palmira no hay un sistema de transporte masivo que compita con la informalidad o semiformalidad del mototaxismo y con la abundancia de taxis. Pero, además, esta ciudad organizó su sistema vial pensando en las “victorias”, las bicicletas y la “Palmirana de transporte”; son calles estrechas de una sola vía, con andenes altos para los peatones y en notable abandono. Por eso no debería tener un sistema de transporte masivo, como ha ocurrido con ciudades medianas, que a duras penas estaban preparadas para recibir más de tres empresas de buses con una decena de rutas. Más bien, debería aprovechar la cualidad de ciudad intermedia mediana y proyectarse hacia el futuro con una malla vial que integre corregimientos, veredas y pequeñas ciudades circunvecinas. Eso se parecería más a la ciudad del fu-

turo, que difiere del amontonamiento desordenado y anárquico en el que se han convertido nuestras capitales departamentales en Colombia. Uno de los tipos de ciudad del futuro es la que piensa en la gente que la habita y la habitará, antes que en los gremios que la dominan y la dominarán, para ser ciudad multifacética, diversa, pero integrada. Una de las formas de integrar una ciudad así es el rodeo con anillos de acceso que permitan recorrer toda la ciudad a buena velocidad y en menos tiempo. En Palmira, ¿será posible soñar con un anillo de estos a partir de la actual variante que uno se encuentra al entrar desde Cali y que luego se convierte en calle 42, hasta girar hacia el sur terminando en la salida a Pradera? ¿Sería muy complicado continuarla por tramos y etapas, para que en unos lustros tengamos una malla vial originalmente pensada por su facilidad, agilidad y rapidez de tránsito? Otra idea soñada es una ciudad, que siendo mediana y con tendencia a crecer, no pierda su naturaleza pueblerina, mas no porque se atrase y se quede en el abandono de siempre, sino porque conserva y renueva el tradicional tránsito de “victorias”, bicicletas y regula la movilidad de motos y carros particulares. Aquí se necesita de una legislación fuerte que amedrente al violador de los derechos del peatón, al que atropella y huye dejando al herido sin atención, al que se cree campeón de motociclismo cuando a duras penas llegó a mototaxista. Una ciudad así sería una ciudad terminada por etapas y no acabada por el abandono, sería una ciudad ambientada más que una polucionada; en esas condiciones, y después de respetar las pequeñas autonomías sectoriales del transporte pueblerino, caería bien una propuesta de integración del transporte urbano a partir de lo que existe y no de lo que se impone obedeciendo a los negocios de particulares que andan desbrozando ciudades para expoliarlas sin compasión.

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Bulevar de los días

La temida legalización de la “droga maldita” Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

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a legalización de las drogas. Qué tema tan papa caliente y asunto tan espinoso. Qué amigos y enemigos tiene, qué compromisos tan fuertes, que lazos tan largos y qué tentáculos tan escurridizos. Nadie se atreve a tomar la decisión primero. Todos esperan que “el otro” dé el primer paso. Nadie quiere perder el pedazo de la torta. Cuánta gente ha muerto, cuántos han desviado su camino, cuántos jóvenes se ilusionaron con el “vive rápido y goza al máximo”, cuántos empresarios dejaron de serlo y se aliaron con los narcos buscando los lujos, el vuelo y la ganancia fácil, cuántos campesinos cambiaron su producto y su vida pobre por otra más pobre como raspachines. La sociedad cambió. Ya las calles se ven inundadas de los carros chapados como de “alta gama”. Ruedan por la calle Lamborguinis, BMW, Mercedes, Audis, con imberbes al volante. No tenerlo y exhibirlo es signo de ser pobres y exentos de “verraquera”. Hay que ponerles vidrios negros y andar veloces por las vías. Ya el antiguo productor no quiere hacer empresa. Para “amasar” un capital tenía que durar años y años, ser calculador y cuidar la platica. El narcotraficante puso de moda la consigna que estudiar era una pérdida de tiempo y que en tres o cinco años alguien podía abrazar una fortuna. Matar a un familiar era la señal y condición para que el candidato estuviera listo para ingresar al combo y convertirse no en un rufián, sino en todo un patrón o un “bacán”. ¿Por qué los dirigentes muestran desidia, desinterés por legalizar esta actividad tan generalizada? Querer buscar hacer lo que está prohibido, esconder en la manga la carta ganadora, no

¿Por qué los dirigentes muestran desidia, desinterés por legalizar esta actividad tan generalizada? Querer buscar hacer lo que está prohibido, esconder en la manga la carta ganadora, no solo es aumentar el deseo y el arte de los prestidigitadores.

solo es aumentar el deseo y el arte de los prestidigitadores. Por algo a los narcos se les llama mágicos. Ofrecen el polvo milagroso, ofrecen un viaje a la región que pocos pobres han visitado, esconden el escorpión que mata y lo muestran como un fetiche fácilmente alcanzable. Quien acceda a este círculo tendrá placer, mujeres bellas, carros, hipopótamos, islas de la fantasía. Se suele asociar la época del imperio del whisky, el ron y la ginebra con la actual de la coca, el crack y la heroína. Se compara con la de los padrinos Al Capone, la familia Corleone y con la era no acabada de Pablo Escobar, los Rodríguez y otros. Pero son dos cosas muy distintas. Aquellas fraternidades no permitían mezclas, intromisiones. Cuidaban y seleccionaban celosamente sus tentáculos y sus territorios. El narcotráfico, en cambio, permite y busca aliados en todas las capas sociales. Aunque sí se puede asemejar con los métodos de silenciar a los soplones y desertores. Colombia, por medio del presidente Santos, ha puesto sobre la mesa de discusión esta fruta escamoteada. Se ha distraído la atención culpándose de países productores y consumidores. Desde antes de los años setenta —hace más de cincuenta años—, el problema empezó a crecer como copos de nieve que crecen a medida que la cumbre de la sociedad se derrumba. Muy valiente y salvadora será la decisión de permitir, como se hizo un día, con el licor “maldito”, que esta “mata que mata”, esta fruta que se quiere mantener como en el misterio, se haga pública, baje los precios y los campesinos y raspachines ya no se vendan por el miedo.

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Espiral

Residuos peligrosos Por Ana Milena López de Vélez

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i hay algo tan bueno como ser atendidos por nuestro peluquero y salir remozados, es dejar el carro en la estación de servicio para una lavada y un cambio de aceite. Pues a un grupo de ingenieros químicos, investigadores de la Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca, de la Universidad del Valle y de la Universidad Nacional de Bogotá; desde 1998, el cambio de aceite les producía angustia existencial. Sabían que el aceite quemado que quedaba “por ahí” era un residuo peligroso para la naturaleza, incluidos en ésta nosotros, ya que respondemos a su cercanía continuada, entre otras, con un cáncer que nos envía de una al cielo. Claro que no era solamente el aceite quemado. Lo acompañan el filtro de aceite, el líquido de frenos que corroe con voltearlo a mirar, el agua ácida, el ácido sulfúrico, las baterías, el gas radón del aire acondicionado y el plomo de la gasolina, ésta deja residuos en los lodos que salen en la lavada y residuos en la atmósfera con los gases de azufre y CO2. Afortunadamente, ya vienen las ecociudades con carros que se mueven con luz solar o con agua. Y bueno, ¿qué iremos a desarrollar para la antifricción? Las preguntas se volvieron tan amplias con aquello que los colombianos dejábamos “por ahí” después de cada una de nuestras actividades que, en diciembre del año 2005, el gobierno del entonces presidente Álvaro Uribe y el Ministerio de Medio Ambiente publicaron su “Política Ambiental para la Gestión Integral de Residuos o Desechos Peligrosos”. Para saber qué sucedía y cuántos residuos peligrosos generábamos, se adelantaron estudios pilotos entre el año 2000 y 2005. El corredor industrial Cali–Yumbo y Bogotá–Soacha fueron inventariados. Después ingresaron Medellín–Envigado, Bucaramanga–Girón, Mani-

zales–Pereira, Barranquilla–Mamonal, y algún otro que se me escapa, y que arrojaron, por fin, una cifra consolidada: 389 000 toneladas de residuos peligrosos base año 2000. De esos precisos corredores industriales salen trece mil tractomulas de treinta toneladas, una detrás de otra, con una carga que nos hace daño a todos los seres vivos. Y ahora sabemos que la Tierra también se comporta como un ser vivo. Entonces, llegó la hora de barrer sin esconder los sobrantes aburridores debajo del tapete. Llegaron la ley y el orden a comenzar la tarea de poner orden en casa. El Decreto 4741 del 2005 y otros más están construyendo el marco legal. Y por aquí vamos en el 2012, contabilizando cada vez más detalladamente lo que dejamos “por ahí” en todo el país. Ahora lo hacemos municipio por municipio y por sectores productivos. ¿A cuánto llegará la cifra del 2011? Apenas se tenga, el IDEAM nos la comunica-

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rá, ya que es el instituto que recibe la información de todas las corporaciones ambientales del país. La industria manufacturera, y más precisamente la química de los hidrocarburos, produce residuos peligrosos químicos —inertes, ácidos, álcalis, aceites— contabilizados en ciento cincuenta mil toneladas en el 2000. La industria metálica —básica y no básica— produjo ciento cuarenta mil toneladas. La industria minera —petróleo, carbón, oro, minerales, cementos—, sesenta y cinco mil toneladas. La industria de alimentos, veinte mil toneladas; textiles, diez mil; e imprenta, tres mil toneladas. Sigue el sector servicios. De estos, el sector salud produjo cincuenta y seis mil toneladas de residuos peligrosos ese año, entre residuos biológico–infecciosos y medicamentos vencidos. El sector transporte —donde estaría nuestro famoso cambio de aceite— aún no lo sabemos; y

el sector minero–energético produjo noventa y seis mil metros cúbicos, solo de aceites usados, principalmente, en los transformadores. ¿Han visto un cementerio de transformadores? Los residuos peligrosos de la extracción y refinería de petróleo son, principalmente, los lodos contaminados y los desechos de productos químicos. Los residuos peligrosos de la minería son los diferentes polvos minerales que caen, llevados por las brisas tibias sobre las ciudades y poblados, y el mercurio mezclado con las aguas de nuestras quebradas, que llegan a las bocatomas de los acueductos con su carga entre sus brazos. ¡Qué negro presente! Y nadie se quiere quedar en la casa quieto, porque se muere de hambre. ¿Cómo producir sin generar residuos peligrosos? Preguntemos a la naturaleza, que fabrica todo su bioma en un sistema de reciclaje cerrado, donde los subproductos son los impolutos oxígeno y vapor de agua.

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Especial

De la galería al centro comercial Por Pablo Moreno

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tros fueron los días en que la galería central era el gran centro comercial de la ciudad, hoy está casi en el olvido total, degradada como la economía de los pocos vendedores que todavía esperan la clientela de siempre, ahora envejecida, sin la seguridad de poder garantizar las comodidades y servicios que los nuevos centros comerciales están ofertando. Antaño la galería fue más que un centro comercial, fue un lugar de encuentro familiar, de construcción de amistades, centro de negocios y compraventa de mercancías que iban desde cualquier baratija artificial hasta una finca. Reunía en sí lo que hoy está fragmentado: el centro comercial, una red social, un olor de campo, peleas callejeras, pleitos pasionales y la zona de tolerancia que estaba a pocos metros de ella. En esa galería vendían verduras, grano, carnes, lácteos, alimentos, zapatos, ropa, atuendos; sin contar lo que había alrededor como ferretería, pinturas, almacenes de repuestos y de electrodomésticos. En su tiempo la galería tenía que competir con los colosos del comercio como los almacenes Tía y el más nuevo en la ciudad, el Ley. Por su parte, los vendedores de grano y abarrotes tenían que competir con las tiendas esquineras

que fiaban para pagar quincenal o mensualmente, de tal forma, que muchas familias conservaban en lugar visible de sus casas la famosa libreta de la tienda. Esta galería reunía gente de toda clase, esto se podía evidenciar en las salidas del centro por la cantidad de productos comprados, porque un muchacho cargaba los canastos de la señora que asustada trataba de esquivar al que iba

entrando con racimos de plátano, mientras gritaba “va la mancha”. Otra evidencia de este encuentro efímero de clases sociales era el vehículo que abordaban al salir, unos tomaban la carreta de madera y se iban a pie, otros un triciclo para cargar canastos, otros caminaban hasta la próxima parada del bus, que en ese tiempo estaba regulada, otros iban en coche y unos pocos más abordaban el taxi.

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Pero ese tiempo parece haber quedado atrás, nuevos almacenes fueron apareciendo, pequeñas y medianas tiendas de autoservicio se fueron incrementando y ahora los almacenes de cadena han llegado para quedarse definitivamente entre nosotros. Sin embargo, ¿qué cambios ha traído esta nueva ola y qué continuidades aún nos acompañan? El autoservicio es quizá uno de los grandes cambios, eso que produce un sentido de autonomía y libertad bastante artificiales, el cliente puede acceder a los productos direc-

tamente, tocarlos, probarlos, comparar precios y todo lo que pueda hacer ante la vista escrutadora de los vigilantes, que se hacen los que miran para cualquier otro lado menos a ese cliente que no va a la fija. Lo impersonal de la atención al cliente contrasta con la familiaridad del vendedor de antes, el afán por atender al cliente está centrado en el interés de que otros puedan entrar a comprar y pagar. La demasiada familiaridad que pueda evidenciar una cajera o cajero suelen ser sospechosas para los supervisores, ya que la atención al cliente debe ser “profesional”, pague y salga. El ambiente uniforme que se puede encontrar en cualquier ciudad del país o del mundo donde esos almacenes de cadena tienen su sede, hacen sentir al cliente solo en ese sitio, pues lo aíslan del contexto local en el que pueda vivir, enajenándole de la realidad que puede estar atropellándole u oprimiéndole. Estar en ese centro o almacén, así sea para calmar el calor irritante de la calle, lo transporta a un mundo sin contexto, sin entorno, sin ciudades, sin calles diferentes; en fin, está en una burbuja donde parece tener libertad y acceso a todo, pero que al reventarse puede caer en la realidad y salir sin comprar nada. El mobiliario que acompaña al almacén de cadena muestra un cambio notable. Los carros y canastas presta-

das para llevar los productos a la caja de pagos remplazaron los antiguos canastos artesanales que duraban por generaciones. Las bolsas plásticas para llevar los productos obligan a ir en carro propio o ajeno, pero en carro. Las compras al detal son lo predominante y, a menos que alguien esté acostumbrado a comprarle al verdulero más de un plátano, se puede llevar un ejemplar por cada producto, si es lo que necesita no hay problema, después que pague. En medio de todo esto hay poca continuidad con el pasado, pero hay. La oportunidad de sociabilidad que facilitan el encuentro de grupos de interés común, los encuentros ocasionales y los encuentros predeterminados para los negocios. Sin embargo, esta continuidad lleva en sí una ruptura: la comunicación también suele estar contagiada del artificio del centro de reunión, la gente se transporta y se siente más allá de donde en realidad vive. El tiempo no se detiene, el paso de la galería al centro comercial es inevitable, aunque todavía pervivan las amas de casa que prefieren ir a la galería para comprar y ponerse al día, pero los días de estos centros parecen estar contados en algunas otras zonas de la ciudad, pues la inseguridad, las normas higiénicas y el arribismo arrecian con vientos fuertes que empujan a la población hacia los nuevos centros.

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Baukará

De la ilegalidad a la violencia Por Teresa Consuelo Cardona G.

C

on los hechos ocurridos el viernes 9 de marzo, el país se horrorizó por la violencia demostrada por grupos de personas que atacaron las estaciones y casetas de Transmilenio, uno de los servicios de transporte público con que cuenta la capital del país. La sospechosa repetición de movimientos violentos que surgen de la nada y que pretenden desvirtuar la protesta popular y las movilizaciones sociales, se parece mucho a los falsos positivos que ya avergonzaron a nuestro país ante el mundo. Hay que tener en cuenta, por experiencia colombiana, que la violencia es contagiosa. Y que la historia se repite. La gravedad de ese asunto debería preocuparnos como ciudadanos de Palmira. Si uno analiza la fuente de los problemas, nosotros estamos sentados sobre un volcán. Se supone que el transporte en un territorio específico responde a las necesidades de movilidad en óptimas condiciones de su población para garantizar el mejoramiento de la calidad de vida. En ello se basan las protestas de los bogotanos. Los correctivos debieron tomarse desde hace décadas, antes de que el problema creciera tanto. Y los gobernantes debieron ir modernizando los recursos de movilidad oportunamente. Por ello urge atender en el Siglo XXI, a una ciudad de trescientos mil habitantes sin un transporte público o con uno que no puede garantizar las exigencias de la ley que, entre otras cosas, contempla principios rectores como seguridad de los usuarios, movilidad, calidad, cobertura, comodidad, oportunidad, eficiencia medioambiental, libertad de acceso, economía, educación y descentralización. Es el crecimiento de una población el que manifiesta por sí mismo la necesidad de un transporte colectivo que facilite el desarrollo de la vida cotidiana de esa localidad. Es la intensidad en la movilidad

de sus habitantes la que debe establecer las rutas, los alcances, las curvas de usuarios, el péndulo de congestión, etc. Es sabido que la industria del transporte es una de las más grandes del mundo, ya que su existencia es primordial frente al desarrollo. Valdría la pena preguntarse, en el caso de Palmira, qué pasa con la cadena productiva del transporte en la que intervienen usuarios, empresa de transportes y propietarios de los vehículos. Unos y otros deben correlacionarse por las leyes del mercado y ser protegidos por la Constitución y la Ley. Es obvio que el Estado cumple un papel irrelevable frente a todas las cadenas productivas, estimulándolas, regulándolas y sometiéndolas a la ley para beneficio de los ciudadanos. Palmira tiene un muy escaso parque automotor dedicado al servicio público masivo. En su lugar, como si se tratara de un servicio masivo o, al menos colectivo, miles de motociclistas prestan un servicio que contradice todos los estándares del transporte público. Es norma constitucional que todo colombiano tiene derecho a circular libremente por el territorio nacional, pero está sujeto a la intervención y reglamentación de las autoridades para garantía de la seguridad y comodidad de los habitantes, especialmente de los peatones y de los discapacita-

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dos físicos y mentales, para la preservación de un horario. Estos argumentos son débiles frenun ambiente sano y para la protección del uso te a una movilidad en la que todos los ciudacomún del espacio público. danos salgan beneficiados. Sin embargo, todos Basta con salir a la calle para darse cuen- los eslabones de la cadena productiva se rinta de la proporción de la bomba instalada. Los dieron: los usuarios se rindieron ante el mal palmiranos carecemos de un transporte públi- servicio y la mala calidad de vehículos. Las emco que pueda garantizar mínimamente lo que presas se rindieron ante la competencia ilegal. dice la Ley 1383 de 2010. Para Y los propietarios de vehículos corregir el problema los arguse rindieron y no volvieron a mentos ambientales sobran: invertir en la calidad de los Palmira tiene un un bus puede transportar vehículos. Y el Estado no unas 300 personas en una interviene. El círculo está muy escaso parque ruta por hora, mientras cerrado. Y, como conseautomotor dedicado al que una motocicleta cuencia, se fortalece puede transportar el transporte ilegal servicio público masivo. unas 7 por hora. Se que se ha masificaEn su lugar, como si se requieren unas do como si fuera tratara de un servicio masivo o, 10 motocicletas algo natural. Tal (o menos) para como lo enuncia al menos colectivo, miles de contaminar lo que Fernando Estrada motociclistas prestan un un bus, por lo tanto, en su columna: “Una produciendo la misma masificación desordeservicio que contradice contaminación, las monada de la movilidad es todos los estándares del tos sólo podrían movilizar muestra también de nuestransporte público. unas 70 personas. Menos de tro atraso cultural”. Porque, la cuarta parte. Los argumenal fin y al cabo, el transporte tos de seguridad vial saltan a ilegal es subdesarrollo. la vista: es mucho menor la acPero vernos subdesarrollacidentalidad de buses que de motos o vehículos dos no es un gran problema, sí lo es, en cambio, particulares. Argumentos sobre la desconges- el peligroso giro que puede dar un caso de iletión del espacio vial son evidentes, ya que un galidad a uno de cruda violencia. Si los delitos bus ocupa el espacio que dos vehículos parti- asociados al uso del transporte ilegal aumentan, culares con dos ocupantes y trasporta unas 30 ¿estarán preparadas las autoridades para enpersonas respondiendo a las órdenes de un frentar la furia de las víctimas? ¿Aceptarán los solo conductor. Además, los buses en ruta no motociclistas implicados que están al margen requieren de parqueaderos. de la ley y desistirán de su fuente de ingresos, Se le oponen argumentos de generación pese a que desde sectores políticos se les ha anide empleo, de costos en inversiones para el me- mado a proseguir con su actividad? ¿Los transjoramiento del servicio, de la rigidez de trayec- portadores cumplirán su obligación de operar tos y de horarios, y de la rapidez: según datos un sistema de transporte moderno, eficiente y no oficiales, unos cuatro mil palmiranos de- competitivo? ¿Los palmiranos comprenderán rivan su sustento de la prestación de servicio que movilidad, comodidad, seguridad y acceside transporte ilegal en motocicletas, algunos bilidad son sus derechos? ¿Y el gobierno local afirman que son seis mil. Tener unas vías aptas entenderá que en cualquier momento ese frágil para buses grandes requiere de una inversión equilibro de ausencias se puede romper? Bien considerable; los buses no pueden cambiar sus dice Fabio Márquez que el desastre menos perrutas a voluntad del usuario y deben cumplir verso es el que más se previene. PALMIGUÍA • EDICIÓN ESPECIAL • MARZO • 15


Pensar como oficio de herrero Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

A

l herrero lo conocimos desde que Efestos tomaba en sus manos el hierro, lo introducía en las llamas del fuego, lo endulzaba así, y luego lo moldeaba y le daba la forma que deseaba. Dicen que su cara era fea, que era cojo y su aspecto desaliñado. Incluso, que sus pies los tenía al revés o zambos. En la leyenda infame queda que su madre, la diosa Hera, lo arrojó del Olimpo como desecho no digno de un trono. No ha llegado hasta nosotros ni la foto de sus obras ni el esbozo de su cara. El joven francés Guillaume Cousto lo ha inmortalizado en una talla junto a su forja con el rostro algo erguido como para no dejar ver del todo la fealdad de sus líneas. En cambio sí sabemos que Zeus le asignó por esposa a la bella Afrodita que tuvo un affair con Ares. Botones de adorno, cinturones brillantes, la espada de Aquiles, el manojo de rayos que blandía su padre y el tridente de Poseidón salieron de su yunque creativo. Así debería ser la historia y la fisonomía de quien se enamora de la Palabra y la escoge como su oficio. Borges dijo que el escritor es un dios que va creando a diario el mundo a medida que va saliendo de su mente cada borbotón de letras. El escritor es un herrero que tiene un yunque potente,

un martillo de fuego y un manojo díscolo de hierro que tendrá que meter en el fuego de la verdad. Porque escribir es como casarse con la diosa Palabra. Quien la adopta para vivir con ella a diario deberá hacerlo desde su sillón de mago como algún día lo hizo Efestos con Afrodita. Alguna vez confeccionará botones de oro para cantar a la poesía, la música, la pintura. A veces tronará su brazo como el huracán para vapulear la corrupción, la indolencia, las iniquidades con la espada cortante. A veces tejerá redes de bronce para quemar los maridajes del poder y la soberbia. O cantará las delicias de la vida que pasan inadvertidas en la paz del silencio o la ruidosa fama. La herrería no solo se hizo para ponerle clavos a los mulos y caballos para que corrieran y cargaran en la pista y en los caminos de piedra. No es un oficio ingrato al lado de la candela y la mugre. El escritor con su camisón de piel y su martillo con cabezón de hierro golpeará las teclas, caldeará las palabras, volverá a enfriarlas y ponerlas al rojo vivo hasta que den el perfil y la talla exacta. Es la forma como piensa el buen escritor. Sin importarle un quemón, sin temer el rechazo, sin melindres o contemplaciones por los “fautores” con que se encuentre, o si

hallare lacras o serpientes o sirenas que le canten, o escuche la voz de un genio que le diga: aquí está abierto tu sésamo si dices lo que yo te mando. Para escribir hay que tener cara dura, fuerza de herrero y no jugar con el fuego. El fuego es madre con entrañas de hierro que moldea la verdad. La mente es selva enmarañada de ideas que quieren salir como gazapos o toros salvajes. El martillo y el yunque están en la mano del herrero que deberá macerar las ideas hasta encontrar el equilibrio y la belleza que den sentido a la criatura que está naciendo.

Palmiguía. Edición Especial. Marzo de 2012  

Palmira, sus desafíos, su opinión.