Issuu on Google+

palimpsesto2punto0

Cordelia

Serie de ĂĄngeles caĂ­dos -y otros relatos verticales-

Relato


Cordelia

Serie de ĂĄngeles CaĂ­dos -y otros relatos verticales-

palimpsesto2punto0


4


Renglones verticales. (del chino trad. 垂直線) 1. m. pl. lit. Composición literaria resultado del prolapso narrativo. Prolapso narrativo. (del lat. prolapsus narratio) 1. m. lit. Dícese de la alteración de aquellos relatos escritos en renglones verticales, suponiendo irremediablemente la caída, descenso o hundimiento de sus personajes. Dicho proceso también puede desembocar en la desaparición del todo o de ciertas partes de los hechos narrados en los que las palabras se precipitan, a causa de la fuerza de la gravedad que las empuja y arrastra, fuera del relato.

5


6


Parte I

Serie de ángeles Caídos

7


Serie de ángeles caídos

Cordelia

PRÓLOGO

Ya soy apenas un viejo escritorzuelo incapaz de escribir un relato a derechas. Ya se sabe, los años acentúan los vicios antiguos y hacen, de lo que fueron virtudes, vicios nuevos, con lo que termina uno siendo un arrugado cúmulo de defectos acentuados. Se supone que a todos nos ocurre y, en realidad, no le daría más importancia si no fuera porque fue en mi escritura en donde más se acentuó esto que ahora siento como una condena. Desde la niñez, siempre tuve una leve tendencia escribir hacia abajo. Esto que ninguna importancia tenía más que la de darle personalidad a mi escritura fue, con ese paso del tiempo de que hablaba, viciándose, torciéndose y retorciéndose hasta que no fui capaz de unir palabras de otro modo que no fuera en vertical. Y esa es mi eterna condena puesto que a medida que escribo en los renglones verticales, soy testigo impotente de cómo las vidas de mis personajes, palabra a palabra, se precipitan irremediablemente en el abismo del vacío. Martín Toro (1912-2000)

8


Cordelia

Serie de ángeles caidos

ÁNIMA FUGIT Siempre fue considerado por todos un hombre cabal, cuadriculado, guiado por la razón. Podría decirse que había logrado todas sus metas, alcanzado sobradamente sus objetivos personales y laborales. Debería ser feliz. Sin embargo, una angustia vital lo atenazaba constantemente. Llevaba tiempo notando que su alma, como cristal hecha añicos, se le iba escapando a trocitos del cuerpo. En su obsesión, pasaba horas leyendo e investigando en busca de una solución puesto que pensaba que tenía que haber algún modo de soldar los fragmentos que aun le quedaban o, al menos, de impedir que los que consevaba continuaran perdiéndose a saber en qué tipo de nada. No lo comentaba con nadie. ¡Tonterías! le habrían dicho todos aquellos seres equivocados que pensaban que el alma no existía. Cómo si él no fuera más que un compendio de órganos, fluidos, músculos, piel y grasa guiados por un cerebro. Y entre tanta búsqueda infructuosa, percibía, cada vez con más asiduidad, cómo se le iban derramando pedazos de alma. Y si la perdía toda… ¿qué le quedaría? ¿la muerte absoluta? ¿la oscuridad infinita?... sería un monstruo como poco. Una de esas noches, paseando por los blancos pasillos vacíos en continua reflexión obsesiva, le rodó una lágrima por la mejilla. Otro trozo de su alma que perdía. ¡Así que por ahí se escapa! Lo vio todo claro.

9


Serie de ángeles caídos

Cordelia

Sobre las seis de la mañana, en la sala de operaciones número seis de la sexta planta, encontraron al neurocirujano, Sheut Risen, con treinta y tres años de servicio, de excelente reputación en todo el país, inerte en la mesa de operaciones. El examen del forense dictaminó muerte natural. Lo que no se explicó fue por qué, poco antes de morir, se había cosido todos los orificios de su cuerpo.

10


Cordelia

Serie de ángeles caidos

LASCIVIA SUPERLATIVA - No, si no hace falta que me lo digas. Si ya sé yo por qué me has traído hasta aquí. Estaba sentada de lado. Las piernas, burdamente cruzadas, dejaban ver con total claridad un pubis rasurado de dudosa higiene por debajo de la minifalda de licra. Mientras hablaba, se encendía un cigarro en un gesto que pretendía ser sensual. - Lo que quieres es follarme y yo te lo… - detuvo sus palabras ante un ataque de tos que más que salir de una persona parecía salir de un viejo camión averiado - … yo te lo voy a dar- continuó después de escupir en el suelo las flemas que habían salido de su garganta- No hace falta que me traigas a la fuerza. Él estaba de pie frente a ella, inmóvil por instantes. Tan sólo se había movido levemente para apretar con fuerza, en gesto instintivo, el objeto que sujetaba con la mano. Era un cuadro digno de observar con atención: ella, ahí, aposentando sus no menos de noventa kilos en la endeble silla y bajándose la estrecha camiseta escotada hasta límites insospechados a la vez que, con sonrisa picarona, iba rozando el contorno de sus labios con la lengua. Él frente a ella, estatua de mármol por la perplejidad del momento. - Señorita Inés, por Dios, que podría ser mi madre - dijo al fin el guardia de seguridad mientras le quitaba el cigarro, atónito aún desde que reconociera en aquel esperpento arrugado y ofensivo a su dulce catequista de la infancia - La he traído aquí por que estaba armando escándalo público en el centro comercial. 11


Serie de ángeles caídos

Cordelia

Ya le habían contado que desde hacía unos años padecía de demencia senil. No era el primer escándalo de este tipo que protagonizaba en los últimos tiempos. Sin embargo, lo que presenciaba se le antojaba como un sarcasmo excesivo del destino: esta mujer gorda, arrugada y ordinaria, que le sacaba la lengua y enseñaba los pechos, no sólo había dedicado su vida a los demás, dando cariño, comprensión y caridad, sino también, y sobre todo, a la defensa convencida del mayor de los celibatos.

12


Cordelia

Serie de ángeles caidos

ÚLTIMA NOCHE Otra noche más. Otra noche viviendo un infierno. Estaba nuevamente en la cama, mirando hacia el techo, sin poder dormir y con la culpa martilleándole en el cerebro. Su corazón llevaba un ritmo desorbitado y el sudor había empapado ya la sábana y la almohada. Había regresado otra vez al momento de sufrimiento y culpa. Sabía lo que le esperaba. Un día, otro día, otro día. Irían pasando lentamente, como una tortura, hasta que llegara aquel día, el día, ese día en que el demonio de su interior comenzaría a atacarle, a incitarle, y él, como siempre, tendría que darle lo que le pedía para que se callase. Y vuelta a empezar, vuelta al infierno que comenzaba al meterse en la cama, insomne y culpable. Debería estar acostumbrado, y sin embargo sentía que no podía soportarlo más. Era como si el palpitar desbocado de su corazón obligara a sus pensamientos a acompasarse a ese frenético ritmo. Intenta relajarse, concentrarse en su respiración: inspira, espira, inspira, espira… Pero su corazón iba a otro ritmo y piensa y piensa y piensa en todo lo malo que hace, en lo despreciable que se siente. La culpa… ¿por qué su conciencia le castigaba de esa manera? Intentaba cerrar los ojos, quería dormir. Piensa y piensa y piensa…. El ruido de sus latidos cada vez era más fuerte. Relájate, duerme. Piensa y piensa y piensa… Pronto sonaría el despertador para ir a trabajar. Se levanta de la cama, en un desesperado intento de buscar la paz que le falta. O al menos silencio. Pero siente cómo sus pasos resuenan por el pasillo a la vez que su corazón. Paso y paso y paso… Y oye como sus pensamientos chillan enloquecidamente… Piensa y piensa y piensa... Era imposible. Y luego vendrá lo de 13


Serie de ángeles caídos

Cordelia

siempre -piensa y piensa y piensa...- buscando algún rincón en el poder dejar caer los ojos. Piensa y piensa y piensa... Y paso y paso y paso… No supo cómo ocurrió. Había vagado inconscientemente por la casa, paso a paso, y en un instante se encontró delante del armero. Piensa, piensa, piensa. No soy bueno, hago sufrir a todo el mundo, no debería haber nacido, no debería vivir… Piensa. Piensa. Piensa. Se sienta. Piensa. Piensa. Piensa. Las manos ocupadas. Piensa, piensa piensa piens piens pien pien pun pum pum pum

pum… PUM!

14


Cordelia

Serie de ángeles caidos

ADVERSARIO Una vez más, frente a frente. Como todas las mañanas. Observaba su imagen con tensión. La mandíbula rígida mientras su labio superior dibuja un gesto de aversión y los ojos clavándose le, con esa misma mirada fría de cada mañana. Los puños cerrados, apretados con fuerza, como amenaza de un ataque que se mostraba inevitable, pero que nunca había llegado a nada más que a los gestos y palabras. Aún. De pie, en silencio, se concentraba en pensar en el odio que le inspiraba. Era un odio tan visceral, tan intenso, tan suyo. Ese sentimiento le salía tan desde las entrañas que ya lo tenía por natural, innato en su propia manera de ser. Claro que no siempre había sido así. Sin embargo, le costaba recordar aquellos momentos en los que su misma visión no le causara esa sensación de puro odio. De puro asco. - Pero, mírate. Eres repugnante en tu pequeñez- mientras vomitaba las palabras escudriñaba el movimiento de esos labios que le causaban tanta repulsa. Esos labios que lentamente se movían y arrastraban insulto tras insulto, marcando cada sílaba con claridad para que llegaran reptando a sus oídos. Palabras envenenadas que siempre sentía dentro de sí. Cada mañana lo mismo. Se había convertido en todo un ritual. Mirarse de frente. Los músculos tensionados. La mirada como cuchilladas. Los insultos disparados. El odio irremediable... Sin embargo su ritual nunca había llegado a nada más que a los gestos y palabras. Aun. Pero cualquier día su adversario, reflejo 15


Serie de ángeles caídos

Cordelia

de sí mismo en el espejo frente al que cada mañana se sitúa, respondería a su provocación.

16


Cordelia

Serie de ángeles caidos

TRAS ESA SENDA Marchó durante horas invadida por una desesperación trágica. Y sin embargo presentía que ya se había perdido para siempre. Por el viejo barrio, recorrió todas las callejuelas esperando encontrarse tras cada esquina o refugiada en algún rincón oscuro o tal vez sentada en cualquier banco de una luminosa plazoleta en la que cada piedra evocara alguno de los juegos de su niñez. Recorriendo aquellos caminos que permanecían como fiel recuerdo de otros años, invocaba a sus fantasmas con la esperanza de que guiaran su deambular perdido. En esta acera, la panadería que cada mañana invadía el barrio con su olor a pan recién horneado. Aquí la iglesia a la acudían puntuales cada mañana a llevarle a la patrona flores recién cortadas de su jardín. Allá la casa encantada en donde finalmente se descubrió que los extraños ruidos provenían de la carcoma y no de espíritus condenados. Y esa es la senda de piedra que lleva al río… En el viejo camino tan solo la luna alumbraba levemente la oscuridad de aquella noche. Los escalofríos que recorrían su cuerpo hacían castañetear sus dientes en fúnebre melodía, no tanto por el frío y el viento helado que se colaba bajo su ropa, como por la negra certidumbre de lo que allí encontraría, augurio de que ya me había perdido para siempre. Llegó al río y vencida por el llanto se acurrucó a su orilla hasta quedarse dormida. Cuando recobró la conciencia se hallaba rodeada de una espesa niebla que se fue aclarando a medida que los primeros rayos de sol iluminaban los alrededores. Entonces lo vio.

17


Serie de ángeles caídos

Cordelia

Cerca de la orilla en la que había permanecido ovillada toda la noche, su cuerpo flotaba. Inerte. Aciaga evidencia de que, tras esa senda, realmente se había perdido para siempre.

18


Cordelia

Serie de ángeles caidos

REQUIESCAM "Muerto estabas, y yo sin enterarme"

- Pero si él ya estaba muerto- la anciana no paraba de repetirlo mientras los dos policías la llevaban a declarar. Cuando fueron a su casa tras las recibir quejas de los vecinos por el olor, creyeron estar ante un caso más de síndrome de Diógenes, de ahí que en un principio no pudieran dar crédito a lo que allí encontraron. En la casa hallaron el cuerpo en avanzado estado de descomposición de su marido. Había sido víctima de una espeluznante carnicería. La mujer había perforado al hombre por el pecho con una taladradora tras hacerle ingerir una importante cantidad de somníferos mezclados con la comida. La anciana no negaba los hechos. Admitió haberlo drogado y taladrado. Y, sin embargo, se declaraba inocente de asesinato ya que era imposible matar a alguien que ya estaba muerto. Llevaba años angustiada por la idea de que en su esposo no habitaba ya sentimiento o alguna otra prueba de vida interior, tan sólo parecía ser materia, y tenía la certeza de que no quedaba en él vestigio ninguno de la que fuera su alma. Por eso afirmaba que, aunque se movía, y hablaba, y respiraba, que aunque su corazón latiese y a ojos de todos pareciese normal, él estaba totalmente muerto por dentro antes de que ella actuase. En muchas ocasiones intentó hacérselo ver, pero él -que no se daba cuenta de nada- zanjaba la conversación tachándola de loca. Hasta que simplemente se decidió por abrir paso entre la carne y la sangre, llegar a sus entrañas, donde residía el soplo divino, para 19


Serie de ángeles caídos

Cordelia

poder así confirmar lo que ya sabía. Y, si finalmente resultaba que algún resto de alma permanecía aún preso en su interior, le estaría brindando amorosamente libertad para elevarse allá donde se suponía que descansan las almas de los muertos. - ...y nada había en su interior, tan sólo sustancia humana, vacía de esencia. Créanme, ya estaba muerto... estaba muerto y él sin enterarse.

20


Cordelia

Serie de ángeles caidos

EX LIBRIS Un día me llegó por correo, sin remitente, una especie de libro manuscrito. En la tapa, un título que nunca logré traducir sobre el nombre de un autor nórdico del que tan sólo encontré algunas pocas referencias por Internet (y más por lo extraño de su muerte que por la importancia de su obra) En la primera hoja, se podía ver una enrevesada marca, bajo la cual aparecía la leyenda “Ex libris Loki”. Dediqué meses a traducirlo y, desde que lo hube terminado, no había un sólo día en que no pasara horas leyéndolo: primero de corrido, después releyendo párrafos una y otra vez, volviendo sorprendido cuatro páginas hacia atrás o pasando ocho hacia delante en busca de algún detalle que hubiera dejado pasar. Era la obra de un pobre hombre convencido de que un demoníaco espíritu jugaba a convertirlo lentamente en uno más de los personajes del libro que escribía. Vivía atormentado con la idea de que se volvería papel si la transformación se producía. Página tras página, el autor explicaba cómo había hecho todo lo posible por evitar convertirse en personaje ficticio. No quería pasar la eternidad siendo leído. […] La última vez que Alonso fue visto con vida fue en una biblioteca. Iba totalmente desaliñado. Los que lo vieron coincidían en la descripción de su actitud, en el modo en que hojeaba un antiguo libro con desesperación, como en busca de algo, pasando de una página a otra sin lógica aparente y con la 21


Serie de ángeles caídos

Cordelia

mirada perdida en un más allá del libro que sostenía. No se supo más de él hasta el día en que murió en el incendio en su piso. Cuando los bomberos llegaron, sólo encontraron restos de ceniza por la habitación. En la moqueta, como marca hecha a fuego, se distinguía la forma de su cuerpo. De este modo, pudieron saber que había muerto acurrucado en postura fetal y aferrado a algún objeto aun sin identificar. Todos se inclinaron a pensar en una combustión espontánea, sin embargo, al analizar las cenizas no encontraron ningún resto del hombre cuya forma vieron claramente dibujaba en el suelo, tan sólo eran cenizas de papel quemado. Nadie podría imaginar que este hombre finalmente se había transformado en ficción y había terminado siendo papel ardiendo como un personaje más del libro al que se abrazaba. «Al abrir la puerta me encontré un paquete en el suelo. Sin remitente. Era una especie de libro manuscrito. En la tapa, un título escrito con símbolos de una extraña lengua que no conocía sobre el nombre de un autor español, Alonso Quejino. Pasé largo rato fascinada con lo que vi en la primera hoja. Se trataba una marca enrevesada que se me asemejó a la figura de un hombre acurrucado en postura fetal. Bajo la marca, una leyenda: “Ex libris Loki”. […] » 22


Parte II

Otros relatos verticales

23


Otros relatos verticales

Cordelia

EL MAL FRANCÉS Cada día, al caer el sol, en su mugrienta habitación y bajo la lúgubre luz de una vela, se disponía a llevar a cabo alguna de sus crueles fechorías. François l’Olonnais –conocido por los españoles como Francisco el Olonés-, celebraba constantemente su decisión de no dejar nunca víctimas vivas. Ese halo de misterio -imprescindible por otra parte, como bien sabía- favorecía considerablemente su leyenda. Había logrado que su figura no sólo amedrentase a navegantes españoles y colonos del Caribe, sino que había alcanzado asimismo una reputación tal que hasta el más brutal filibustero de Isla Tortuga se inquietaba con tan sólo oír pronunciar su nombre. Era como un fantasma. Allí donde se decía que había estado no se encontraban jamás más que restos arrasados. Por ello se había convertido en una amenaza invisible, una esencia devastadora que no dejaba testigos a su paso. Entre sus más afamadas artimañas se contaba aquel naufragio en Campeche en el que los españoles, sospechando que se trataba de su embarcación, lo habían dado por muerto tras arrasar con toda la tripulación, a la que no dieron lugar ni a palabras ni a rendiciones. ¡Cómo habría deseado ver sus caras cuando corrió la noticia de que se había ocultado entre los cadáveres bañado en sangre y arena! La idea de huir después disfrazado de español fue una socarronería que siempre que recordaba le dibujaba una negra sonrisa de labios llagados. En un principio sus fechorías se reducían a saqueos y abordajes en los que se conformaba simplemente con acabar con las vidas de todos sus prisioneros. Sin embargo, llegó un momento en que la muerte a secas terminó por resultarle adocenada. Fue cuando se 24


Cordelia

Otros relatos verticales

decidió por la tortura y el canibalismo. La imagen de sí mismo masticando corazones crudos le resultaba casi poética. Cada noche llevaba a cabo su rutina de crueldad mientras, por las ciudades costeras del caribe, se sobrecogían escuchando los testimonios de sus despiadados hábitos, asiduamente escritos de mano de algún que otro pirata que hubiera participado en los ataques junto al temido filibustero francés. Hasta que un día, como un destello que iluminara su entendimiento, percibió que se encontraba en el crepúsculo de su existencia. Resolvió, entonces, con resignación, que sería él mismo la víctima de su incisiva péndola en la que fue su postrera noche de masacre. Tumbado en su jergón y con una mueca fría - casi imperceptible tras las úlceras de su rostro-, releyó con dificultad el último testimonio, el de su muerte. Consideró que terminar descuartizado y devorado por una tribu del Darién supondría un magnífico colofón a la historia de su otra vida, la que nació de esa misma pluma que ahora sujetaba con una torpeza que evidenciaba la descoordinación de sus extremidades. Esa misma pluma con la que cada día Jean-David Nau había realizado mecánicamente sus labores. Esa misma pluma con la que cada noche el Olonés había llevado a cabo sus múltiples hazañas. Hacía muchos años, Jean-David Nau había partido de Les Sablesd’Olonne hacia las Antillas, atraído por las historias que de los navegantes y piratas rondaban constantemente por su pequeña localidad. No obstante, su cobardía y debilidades pronto le llevaron a ser expulsado del servicio militar, con lo que no pasó jamás de ser más que un gris ayudante del escribano público del puerto de La Martinica, de vida anodina y apática actitud. No prestó gran atención a los primeros síntomas de la sífilis -no 25


Otros relatos verticales

Cordelia

era el aseo una de sus virtudes y no gustaba de observar con atención los detalles de su desgarbado cuerpo- por lo que durante años la enfermedad le pasó desapercibida hasta que las llagas de sus manos y su rostro la hicieron más que evidente incluso a ojos inexpertos. Así que cuando comenzó el tratamiento de mercurio los daños en su cuerpo se habían vuelto ya irreversibles, y más aún los daños de su cordura en donde se ensañó con más brutalidad el mal francés. Al llegar la noche, amparado en su sombría habitación, relataba alguna de esas aventuras en las que se apropiaba de saqueos ajenos o bien creaba luchas inexistentes, ilusorios botines y ficticias escapadas -creyéndolas auténticas en su demencia-, testimonios que invariablemente terminaban circulando por los alrededores del puerto de La Martinica y, de ahí, al resto del mundo, como fidedignas crónicas que formarían parte de la Historia. Ciertamente no reunía las aptitudes necesarias para haber sido aquel fiero pirata que cada noche evocaba, sin embargo poseía una extraordinaria habilidad para lograr que lo que su pluma relataba - de tan real que parecía- fuese a los ojos de todos tan veraz como para haber mantenido durante años en vilo a todas las grandes naciones europeas y sus colonias en América. Nadie sospechaba que, tras ese pusilánime francés que terminó devorado por la sífilis, se ocultaba el Olonés, la leyenda más terrorífica que jamás haya rondado por las aguas del Caribe.

26


Cordelia

Otros relatos verticales

WHODONIT El crimen perfecto no es el que queda sin resolver porque el autor no deja rastro alguno de su identidad ni sus motivos. El crimen perfecto es aquel en el que se dejan pistas e indicios que alguna mente brillante pueda descifrar, y en el que, pese a todo, el autor quede impune. Albah Rizia

Max estaba sentado junto a su lecho mientras ella tomaba la sopa con mucha dificultad. Agatha sabía que iba a morir, el duro invierno que estaban pasando se había ensañado con su débil cuerpo decrépito y cada sorbo penetraba en su garganta como miles de cuchillas afiladas. Él también lo sabe, por eso tenía la mirada tan fija en ella, como quien presenciara un espectáculo imaginaba la moribunda a su espectador, en el momento de la muerte, puesto en pie y pidiendo un bis en medio de una gran ovación-. Nunca quiso permitirse la debilidad de querer a su marido. Cuando se casaron, pensaba que, en realidad, él tampoco la amaba, sino que se movía guiado por esa afición que sentía por la arqueología, Mírenme todos, señores, me gustan tanto las momias que me casé con una, aunque tampoco es que él fuera ya ningún niño. Sin embargo, había pasado junto a ella los últimos cuarenta y seis años, y pese a que nunca lo expresaría de viva voz, debía admitir que durante ese tiempo le había demostrado su amor. Ella también había aprendido a quererlo. En cierta forma, al menos. Era un ser pusilánime, un segundón oculto tras la sombra de la gran reina del crimen, pero en tantos años no había encontrado otros motivos de reproche hacía él que éstos. De todas formas, no podía dejarse llevar por el sentimentalismo. Había dedicado su vida a planear el crimen perfecto y para ello era imprescindible 27


Otros relatos verticales

Cordelia

mantener en todo momento la mente fría. La idea del crimen perfecto la venía obsesionando desde muy joven. A ella debía el éxito de sus novelas policíacas. Había pasado su vida recreando crímenes, aportando pistas, guiando a sus lectores y ejercitándolos en la observación de los pequeños detalles, del whodonit, todo con el fin de poder llevar a cabo su propio crimen perfecto. Había tenido mucha paciencia y escogido con mimo todos los detalles: el marido adecuado, el veneno adecuado, las dosis adecuadas durante el tiempo adecuado. Y, por supuesto, todas esas pistas que tan sólo una mente brillante pudiera hilar hasta llevarlas hacia ella -¿qué mérito había en salir impune si no se deja sospecha o prueba alguna del autor de delito?-. Por supuesto que el whodonit incluye pista engañosas que pueden llevar a acusar a algún ser inocente, mientras lo pensaba una mueca se dibujaba en su boca desdentada por la que un hilo de sopa se iba derramando. Ya casi no le quedaban fuerzas para sonreír, ni mucho menos para seguir bebiendo aquella sopa con mercurio. Había llegado la hora. Cerró los ojos. Tenía algo de miedo, sabía que al hacerlo no podría volver a abrirlos más, sin embargo era más fuerte la necesidad de descansar. No sabes, querida, cuánto he aprendido de ti en todos estos años. Mientras Max hablaba, Agatha intentaba abrir los ojos, mirar a su marido, pero le resultaba casi imposible mantenerlos abiertos. No obstante, escuchaba sus palabras con nitidez. Max prosiguió con su discurso con la seguridad de quien ha estudiado pacientemente la naturaleza de la muerte y su fisiología, y la certeza de que tras aquellos párpados cerrados había una conciencia despierta. Habló sin parar durante horas, incluso después de descubrir que no era más que un cuerpo inerte lo que yacía entre las sábanas.

28


Cordelia

Otros relatos verticales

Murió sabiendo que había fracasado, que Max lo había destapado todo y no tendría, por tanto, el final policíaco que merecía. Había planeado su propio asesinato soltando algunas pistas que pudieran indicar que ella era la autora, a la vez que dejaba engañosos indicios que podrían llevar a que Max fuera acusado. Sin embargo, él descubrió lo del mercurio, siguió las pistas, observó los pequeños detalles. Así que, mientras ella iba envenándose a sí misma -vieja loca con aires de grandeza-, él la dejaba actuar e iba tras de ella – siempre a su sombra- eliminando todas aquellas pruebas que lo señalaban como cruel uxoricida. Fue tan limpio en sus actuaciones que ni siquiera dejó rastro alguno que delatara que aquella muerte no había sido otra cosa que natural. En un alarde de ingenio, se permitió incluso retocar aquella autobiografía de su mujer, un manuscrito que había encontrado oculto bajo la tabla suelta del suelo del despacho -al fin y al cabo, no iba a privarse de aumentar su fortuna publicando la obra póstuma de su amada esposa-. Agatha Christie murió por causas naturales el 12 de enero de 1976 y fue enterrada en St Mary dos días después en un funeral digno del personaje que fue. Max Mallowan no derramó una sola lágrima por su esposa y, por ello fue admirado por todos los asistentes, un acto de entereza propio del marido de la gran reina del crimen. The queen. Cada vez que Max escuchaba el apodo con el que se referían a Ágatha, tenía que hacer esfuerzos por ocultar una sonrisa. Sí, por supuesto, la reina.

29


Otros relatos verticales

Cordelia

EL INQUILINO No sé por dónde se colaría, tan sólo sé que cuando entré en mi casa allí estaba, pretendidamente ajeno a mi presencia, tumbado en mi sillón, y meneándose de un modo completamente obsceno. De pronto sus ojos verdes se clavaron en mí, no más de un segundo, mientras continuaba con su impúdico ajetreo. Ni siquiera pude reaccionar, me sentí hipnotizado. No lograba apartar los ojos de él, observándolo, concentrado e inmóvil. Disfrutando de la escena cada vez más, e imaginando que era yo el desvergonzado polizón que disfrutaba de su cuerpo bajo la absorta mirada de un voayeur.

Sentía mi lengua, áspera, de la muñeca a los dedos, con cuidado, mientras me adentraba en una espiral de placer que me empujaba a ir más allá. Cerré los ojos para concentrarme en aquellas sensaciones. De abajo hacia arriba, por toda la mano. Continué con los brazos, suavemente, no más que un leve roce que recorría mis extremidades. Iba de uno a otro remoloneando con los pliegues de la axila. Pasaba después la lengua con fuerza y disfrutaba de la sensación de los vellos que arrastraba y arrancaba manteniéndolos en el hosco anverso. En seguida, apremiado por ese impulso interno que no podía reprimir, estiré la pierna y sorprendentemente logré doblarme hasta alcanzar los dedos de mis pies, mostrando una flexibilidad de la que hasta ese momento no había tenido conciencia. Mi lengua pasaba entre ellos, por todos los recovecos, sin dejar más rastro que el de mi saliva. Así, poco a poco, hasta que hube lamido todos los rincones de mi cuerpo. Cuando volví en mí, echado en el sillón, me vi a mí mismo de pie, estático aun en la puerta, observando con sonrisa gatuna cómo había llevado a cabo mi ritual de limpieza.

30


Cordelia

Otros relatos verticales

CHATARRA ¡Chatarrero!¡Chatarrero! La Plaza Grande estaba, como cada tarde, repleta de personajes que iban y venían, que charlaban y tomaban café –sin tostada, gracias- en las terrazas de los bares, sólo que ahora se ven más mendigos y pasan –como este chatarrero de voz cascada- representantes de profesiones que se creían ya extinguidas -se hace extraño a los oídos volver a escuchar a lo lejos la melodía del afilador-. Pasa el escuálido chatarrero, aquejándose de su garganta entre cada uno de los berridos, junto a las mesas de una de esas terrazas. Algunas personas lo observan distraídamente a su paso -no lleva en su carro más que algunas barras de aluminio y libros viejoshasta que finalmente se pierde entre la multitud sin que nadie haya respondido a su desafinada cantinela. No hay ningún suceso digno de una historia en su paso por la Plaza Grande. Nada extraordinario. Ni tan siquiera la pequeña heroicidad de salir de la zona con algún botín más en su haber. Y es que no queda en su vida tiempo para la épica, ni para la emoción. Éste es un lujo que no se da en tiempos de crisis.

31


EPÍLOGO A Martín, que fue, a mi entender, el primero de ellos.

Mientras su cuerpo se precipitaba por ese abismo, pensaba que su final terminaría siendo estrellarse en algún momento e imaginaba sus restos recubiertos de vísceras y sangre -asumiendo que vísceras y sangre hubiera en su interior-. El resto también caía junto a él. Vertiginosamente. Ellos, que fueron como tinta blanca luminosa, dejaban ahora tan sólo a su paso un pequeño rastro de plumas que planeaban por el aire como única prueba ya de su existencia.


Serie de ángeles caídos