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PALIMPSESTO

ISSN 2174-7601 2.0


• Grupo palimpsesto2punto0 SL • En Sevilla, a 30 de Agosto de 2012 • Todos los derechos de los textos y obras publicadas en estas páginas pertenecen a sus autores. • Esta edición esta bajo licencia Creative Commons, según la cual se puede distribuir sin ánimo de lucro, se puede copiar, y se debe reconocer autoría.


Cuaderno de creación

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Año uno, 2012 Publicación trimestral Poesía Narrativa Fotografía Ilustración Ensayo Artículos


NOTA EDITORIAL Se han eliminado las usuales paginaciones, así como la separación explícita de las secciones para volver al principio, a la idea original de cuaderno, a los apuntes los ensayos los borradores. A su vez, esto nos ha permitido reforzar el guiño que hemos querido hacer en este número a nuestro formato padre: la liquidez digital. De ahí el motivo que pixela insitente el diseño del este cuaderno y que nos proporcionó la justificación de la portada. Aceptamos el código QR como “signo lingüístico” y creemos que, como imagen, cumplía con el tema general propuesto y al que hemos acudido con los argumentos siguientes:


ÍNDICE • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • •

Ars Magna Paco Yunque Haikus de la música de la música [fotografía] Aforritmos Hada punk [ilustración] Sin título [ilustración] “Estoy sentado entre el público.” Ella Cansancio [fotografía] Cielos [fotografía] Gota de agua [fotografía] Paisaje solar [fotografía] Hallazgo Desatadme Alí-Vida... Apagón Poesía [ensayo] Collage Reflexiones sobre el Concierto para piano y orquesta n° 4 en Sol Mayor op. 58 de L. Van Beethoven.


ARS MAGNA


[Vito Domínguez Calvo]

Te encontraré en otoño cuando enfermen las sombras y la humedad invada tus gerundios, tus esperas, y esas secas frases del verano hayan hecho raíces en los espejos cóncavos de tus ensueños.


PACO YUNQUE

C

uando Paco Yunque y su madre llegaron a la puerta del colegio, los niños estaban jugando en el patio. La madre le dejó y se fue. Paco, paso a paso, fue adelantándose al centro del patio, con su libro primero, su cuaderno y su lápiz. Paco estaba con miedo, porque era la primera vez que veía a un colegio; nunca había visto a tantos niños juntos. Varios alumnos, pequeños como él, se le acercaron y Paco, cada vez más tímido, se pegó a la pared, y se puso colorado. ¡Qué listos eran todos esos chicos! ¡Qué desenvueltos! Como si estuviesen en su casa. Gritaban. Corrían. Reían hasta reventar. Saltaban. Se daban de puñetazos. Eso era un enredo. Paco estaba también atolondrado porque en el campo no oyó nunca sonar tantas voces de personas a la vez. En el campo hablaba primero uno, después otro, después otro y después otro. A veces, oyó hablar hasta cuatro o cinco personas juntas. Era su padre, su madre, don José, el cojo Anselmo y la Tomasa. Eso no era

ya voz de personas sino otro ruido. Muy diferente. Y ahora sí que esto del colegio era una bulla fuerte, de muchos. Paco estaba asordado. Un niño rubio y gordo, vestido de blanco, le estaba hablando. Otro niño más chico, medio ronco y con blusa azul, también le hablaba. De diversos grupos se


[César Vallejo]alvo]

separaban los alumnos y venían a ver a Paco, haciéndole muchas preguntas. Pero Paco no podía oír nada por la gritería de los demás. Un niño trigueño, cara redonda y con una chaqueta verde muy ceñida en la cintura agarró a Paco por un brazo y quiso arrastrarlo. Pero Paco no se dejó. El trigueño volvió a agarrarlo con más fuerza y lo jaló. Paco se pegó más a la pared y se puso más colorado. En ese momento sonó la campana, y todos entraron a los salones de clase. Dos niños –los hermanos Zumiga –tomaron de una y otra mano a Paco y le condujeron a la sala de primer año. Paco no quiso seguirlos al principio, pero luego obedeció, porque vio que todos hacían lo mismo. Al entrar al salón se puso pálido. Todo quedó repentinamente en silencio y este silencio le dio miedo a Paco. Los Zumiga le estaban jalando, el uno para un lado y el otro para el otro lado, cuando de pronto le soltaron y lo dejaron solo. El profesor entró. Todos los niños estaban de pie, con la mano derecha levantada a la altura de la sien, saludando en silencio y muy erguidos. Paco sin soltar su libro, su cuaderno y su lápiz, se había quedado parado en medio del salón, entre las primeras carpetas de los alumnos y el pupitre del profesor. Un remolino se le hacía en la cabeza. Niños. Paredes amarillas. Grupos de niños. Vocerío. Silencio. Una tracalada de sillas. El profesor. Ahí, solo, parado, en el colegio. Quería llorar. El profesor le tomó de la mano y lo llevó a instalar en una de las carpetas delanteras junto a un niño de su mismo tamaño. El profesor le preguntó: —¿Cómo se llama Ud.? Con voz temblorosa, Paco muy bajito: — Paco.


— ¿Y su apellido? Diga usted todo su nombre. — Paco Yunque. — Muy bien. El profesor volvió a su pupitre y, después de echar una mirada muy seria sobre todos los alumnos, dijo con voz militar: — ¡Siéntense! Un traqueteo de carpetas y todos los alumnos ya estaban sentados. El profesor también se sentó y durante unos momentos escribió en unos libros. Paco Yunque tenía aún en la mano su libro, su cuaderno y su lápiz. Su compañero de carpeta le dijo: — Pon tus cosas, como yo, en la carpeta. Paco Yunque seguía muy aturdido y no le hizo caso. Su compañero le quitó entonces sus libros y los puso en la carpeta. Después, le dijo alegremente: — Yo también me llamo Paco, Paco Fariña. No tengas pena. Vamos a jugar con mi tablero. Tiene torres negras. Me lo ha comprado mi tía Susana. ¿Dónde está tu familia, la tuya? Paco Yunque no respondía nada. Este otro Paco le molestaba. Como éste eran seguramente todos los demás niños: habladores, contentos y no les daba miedo el colegio. ¿Por qué eran así? Y él, Paco Yunque, ¿por qué tenía tanto miedo? Miraba a hurtadillas al profesor, al pupitre, al muro que había detrás del profesor y al techo. También miró de reojo, a través de la ventana, al patio, que estaba ahora abandonado y en silencio. El sol brillaba afuera. De cuando en cuando, llegaban voces de otros salones de clase y ruidos de carretas que pasaban por la calle. ¡Qué cosa extraña era estar en el colegio! Paco Yunque


empezaba a volver un poco de su aturdimiento. Pensó en su casa y en su mamá. Le preguntó a Paco Fariña: — ¿A qué hora nos iremos a nuestras casas? — A las once. ¿Dónde está tu casa? — Por allá. — ¿Está lejos? — Si... No... Paco Yunque no sabía en qué calle estaba su casa, porque acababan de traerlo, hacía pocos días, del campo y no conocía la ciudad. Sonaron unos pasos de carrera en el patio, apareció en la puerta del salón, Humberto, el hijo del señor Dorian Grieve, un inglés, patrón de los Yunque, gerente de los ferrocarriles de la Peruvian Corporation y alcalde del pueblo. Precisamente a Paco le habían hecho venir del campo para que acompañase al colegio a Humberto y para que jugara con él, pues ambos tenían la misma edad. Sólo que Humberto acostumbraba venir tarde al colegio y esta vez, por ser la primera, la señora Grieve le había dicho a la madre de Paco: — Lleve usted ya a Paco al colegio. No sirve que llegue tarde el primer día. Desde mañana esperará a que Humberto se levante y los llevará juntos a los dos. El profesor, al ver a Humberto Grieve, le dijo: — ¿Hoy otra vez tarde? Humberto con gran desenfado, respondió: — Que me he quedado dormido. — Bueno –dijo el profesor–. Que esta sea la última vez. Pase a sentarse. Humberto Grieve buscó con la mirada donde estaba Paco Yunque. Al dar con él, se le acercó y le dijo imperiosamente: — Ven a mi carpeta conmigo.


Paco Fariña le dijo a Humberto Grieve: — No. Porque el señor lo ha puesto aquí. — ¿Y a ti qué te importa? –le increpó Grieve violentamente, arrastrando a Yunque por un brazo a su carpeta. — ¡Señor! –gritó entonces Fariña–, Grieve se está llevando a Paco Yunque a su carpeta. El profesor cesó de escribir y preguntó con voz enérgica: — ¡Vamos a ver! ¡Silencio! ¿Qué pasa ahí? Fariña volvió a decir: — Grieve se ha llevado a su carpeta a Paco Yunque. Humberto Grieve, instalado ya en su carpeta con Paco Yunque, le dijo al profesor: — Sí, señor. Porque Paco Yunque es mi muchacho. Por eso. El profesor lo sabía esto perfectamente y le dijo a Humberto Grieve: — Muy bien. Pero yo lo he colocado con Paco Fariña, para que atienda mejor las explicaciones. Déjelo que vuelva a su sitio. Todos los alumnos miraban en silencio al profesor, a Humberto Grieve y a Paco Yunque. Fariña fue y tomó a Paco Yunque por la mano y quiso volverlo a traer a su carpeta, pero Grieve tomó a Paco Yunque por el otro brazo y no lo dejó moverse. El profesor le dijo otra vez a Grieve: — ¡Grieve! ¿Qué es esto? Humberto Grieve, colorado de cólera, dijo: — No, señor. Yo quiero que Yunque se quede conmigo. — Déjelo, le he dicho. — No, señor. — ¿Cómo? — No.


El profesor estaba indignado y repetía, amenazador: — ¡Grieve! ¡Grieve! Humberto Grieve tenía bajo los ojos y sujetaba fuertemente por el brazo a Paco Yunque, el cual estaba aturdido y se dejaba jalar como un trapo por Fariña y por Grieve. Paco yunque tenía ahora más miedo a Humberto Grieve que al profesor, que a todos los demás niños y que al colegio entero. ¿Por qué Paco Yunque le tenía miedo a Humberto Grieve? ¿Por qué este Humberto Grieve solía pegarle a Paco Yunque? El profesor se acercó a Paco Yunque, le tomó por el brazo y le condujo a la carpeta de Fariña. Grieve se puso a llorar, pataleando furiosamente su banco. De nuevo se oyeron pasos en el patio y otro alumno, Antonio Gesdres, –hijo de un albañil–, apareció a la puerta del salón. El profesor le dijo: — ¿Por qué llega usted tarde? — Porque fui a comprar pan para el desayuno. — ¿Y por qué no fue usted más temprano? — Porque estuve alzando a mi hermanito y mamá está enferma y papá se fue al trabajo. — Bueno –dijo el profesor, muy serio–. Párese ahí… Y, además, tiene usted una hora de reclusión. Le señaló un rincón, cerca de la pizarra de ejercicios. Paco Fariña, se levantó entonces y dijo: — Grieve también ha llegado tarde, señor. — Miente, señor –respondió rápidamente Humberto Grieve–. No he llegado tarde. Todos los alumnos dijeron en coro: — ¡Sí, señor! ¡Sí, señor! ¡Grieve ha llegado tarde! — ¡Psch! ¡Silencio! –dijo malhumorado el profesor y todos los niños se callaron. El profesor se paseaba pensativo. Fariña le decía a


Yunque en secreto: — Grieve ha llegado tarde y no lo castigan. Porque su papá tiene plata. Todos los días llega tarde. ¿Tú vives en su casa? ¿Cierto que eres su muchacho? Yunque respondió: — Yo vivo con mi mamá. — ¿En la casa de Humberto Grieve? — Es una casa muy bonita. Ahí está la patrona y el patrón. Ahí está mi mamá. Yo estoy con mi mamá. Humberto Grieve, desde su banco del otro lado del salón, miraba con cólera a Paco Yunque y le enseñaba los puños, porque se dejó llevar a la carpeta de Paco Fariña. Paco Yunque no sabía qué hacer. Le pegaría otra vez el niño Humberto, porque no se quedó con él, en su carpeta. Cuando saldrían del colegio, el niño Humberto le daría un empujón en el pecho y una patada en la pierna. El niño Humberto era malo y pegaba pronto, a cada rato. En la calle. En el corredor también. Y en la escalera. Y también en la cocina, delante de su mamá y delante de la patrona. Ahora le va a pegar, porque le estaba enseñando los puñetes y le miraba con ojos blancos. Yunque le dijo a Fariña: — Me voy a la carpeta del niño Humberto. Y Paco Fariña le decía: — No vayas. No seas zonzo. El señor te va a castigar. Fariña volteó a ver a Grieve y este Grieve le enseñó también a él los puños, refunfuñando no sé qué cosas, a escondidas del profesor. — ¡Señor! –gritó Fariña– Ahí, ese Grieve me está enseñando los puñetes. El profesor dijo: — ¡Psc! ¡Psc! ¡Silencio!... ¡Vamos a ver!... Vamos a hablar


hoy de los peces, y después, vamos a hacer todos un ejercicio escrito en una hoja de los cuadernos, y después me los dan para verlos. Quiero ver quién hace mejor ejercicio, para que su nombre sea escrito en el Cuaderno de Honor del Colegio, como el mejor alumno del primer año. ¿Me han oído bien? Vamos a hacer lo mismo que hicimos la semana pasada. Exactamente lo mismo. Hay que atender bien a la clase. Hay que copiar bien el ejercicio que voy a escribir después en la pizarra. ¿Me han entendido bien? Los alumnos respondieron en coro: — Sí señor. — Muy bien –dijo el profesor–. Vamos a ver. Vamos a hablar ahora de los peces. Varios niños quisieron hablar. El profesor le dijo a uno de los Zumiga que hablase. — Señor –dijo Zumiga–: Había en la playa mucha arena. Un día nos metimos entre la arena y encontramos un pez medio vivo y lo llevamos a mi casa. Pero se murió en el camino... Humberto Grieve dijo: — Señor: yo he cogido muchos peces y los he llevado a mi casa y los he soltado en mi salón y no se mueren nunca. El profesor preguntó: — Pero... ¿los deja usted en alguna vasija con agua? — No señor. Están sueltos, entre los muebles. Todos los niños se echaron a reír. Un chico, flacucho y pálido, dijo: — Mentira, señor. Porque el pez se muere pronto, cuando lo sacan del agua. — No, señor –decía Humberto Grieve–. Porque en mi salón no se mueren. Porque mi salón es muy elegante.


Porque mi papá me dijo que trajera peces y que podía dejarlos sueltos entre las sillas. Paco Fariña se moría de risa. Los Zumiga también. El chico rubio y gordo, de chaqueta blanca, y el otro cara redonda y chaqueta verde, se reían ruidosamente. ¡Qué Grieve tan divertido! ¡Los peces en su salón! ¡Entre los muebles! ¡Como si fuesen pájaros! Era una gran mentira lo que contaba Grieve. Todos los chicos exclamaban a la vez reventando de risa: — Ja! Ja! Ja! Ja! Ja! ¡Miente, señor! Ja! Ja! Ja! Ja! ¡Mentira! ¡Mentira! Humberto Grieve se enojó porque no le creían lo que contaba. Todos se burlaban de lo que había dicho. Pero Grieve recordaba que trajo dos peces a su casa y los soltó en el salón y ahí estuvieron muchos días. Los movió y se movían. No estaba seguro si vivieron muchos días o murieron pronto. Grieve, de todos modos, quería que le creyeran lo que decía. En medio de las risas de todos, le dijo a uno de los Zumiga: — ¡Claro! Porque mi papá tiene mucha plata. Y me ha dicho que va a hacer llevar a mi casa a todos los peces del mar. Para mí. Para que juegue con ellos en mi salón grande. El profesor dijo en alta voz: — ¡Bueno! ¡Bueno! ¡Silencio! Grieve no se acuerda bien, seguramente. Porque los peces mueren cuando... Los niños añadieron en coro: — ...se les saca del agua. — Eso es –dijo el profesor. El niño flacucho y pálido dijo: — Porque los peces tienen sus mamás en el agua y sacándolos, se quedan sin mamás. — ¡No, no, no! –dijo el profesor–. Los peces mueren


fuera del agua, porque no pueden respirar. Ellos toman el aire que hay en el agua, y cuando salen, no pueden absorber el aire que hay afuera. — Porque ya están como muertos –dijo un niño. Humberto Grieve dijo: — Mi papá puede darles aire en mi casa, porque tiene bastante plata para comprar todo. El chico vestido de verde dijo: — Mi papá también tiene plata. — Mi papá también –dijo otro chico. Todos los niños dijeron que sus papás tenían mucho dinero. Paco Yunque no decía nada y estaba pensando en los peces que morían fuera del agua. Fariña le dijo a Paco Yunque: — Y tú, ¿tu papá no tiene plata? Paco Yunque reflexionó y se acordó haberle visto una vez a su mamá con unas pesetas en la mano. Yunque dijo a Fariña: — Mi mamá tiene también mucha plata. — ¿Cuánto? –le preguntó Fariña. — Como cuatro pesetas. Fariña dijo al profesor en voz alta: — Paco Yunque dice que su mamá tiene también mucha plata. — ¡Mentira, señor! –respondió Humberto Grieve– Paco Yunque miente, porque su mamá es la sirvienta de mi mamá y no tiene nada. El profesor tomó la tiza y escribió en la pizarra dando la espalda a los niños. Humberto Grieve, aprovechando de que no le veía el profesor, dio un salto y le jaló de los pelos a Yunque, volviéndose a la carrera a su carpeta. Yunque se puso a llorar.


— ¿Qué es eso? –dijo el profesor, volviéndose a ver lo que pasaba. Paco Fariña, dijo: — Grieve le ha tirado de los pelos, señor. — No, señor –dijo Grieve–. Yo no he sido. Yo no me he movido de mi sitio. — ¡Bueno, bueno! –dijo el profesor–. ¡Silencio! ¡Cállese Paco Yunque! ¡Silencio! Siguió escribiendo en la pizarra; y después preguntó a Grieve: — Si se le saca del agua, ¿qué sucede con el pez? — Va a vivir en mi salón –contestó Grieve. Otra vez se reían de Grieve los niños. Este Grieve no sabía nada. No pensaba más que en su casa y en su salón y en su papá y en su plata. Siempre estaba diciendo tonterías. — Vamos a ver, usted, Paco Yunque –dijo el profesor– ¿Qué pasa con el pez, si se le saca del agua? Paco Yunque, medio llorando todavía por el jalón de los pelos que le dio Grieve, repitió de una tirada lo que dijo el profesor: — Los peces mueren fuera del agua porque les falta aire. — ¡Eso es! –decía el profesor–. Muy bien. Volvió a escribir en la pizarra. Humberto Grieve aprovechó otra vez de que no podía verle el profesor y fue a darle un puñetazo a Paco Fariña en la boca y regresó de un salto a su carpeta. Fariña, en vez de llorar como Paco Yunque, dijo a grandes voces al profesor: — ¡Señor! ¡Acaba de pegarme Humberto Grieve! — ¡Sí, señor! ¡Sí, señor! –decían todos los niños a la vez. Una bulla tremenda había en el salón.


El profesor dio un puñetazo en su pupitre y dijo: — ¡Silencio! El salón se sumió en un silencio completo y cada alumno estaba en su carpeta, serio y derecho, mirando ansiosamente al profesor. ¡Las cosas de este Humberto Grieve! ¡Ya ven lo que estaba pasando por su cuenta! ¡Ahora habrá que ver lo que va a hacer el profesor, que estaba colorado de cólera! ¡Y todo por culpa de Humberto Grieve! — ¿Qué desorden es ése? –preguntó el profesor a Paco Fariña. Paco Fariña, con los ojos brillantes de rabia, decía: — Humberto Grieve me ha pegado un puñetazo en la cara, sin que yo le haga nada. — ¿Verdad, Grieve? — No, señor –dijo Humberto Grieve–. Yo no le he pegado. El profesor miró a todos los alumnos sin saber a qué atenerse. ¿Quién de los dos decía la verdad? ¿Fariña o Grieve? — ¿Quién lo ha visto? –preguntó el profesor a Fariña. — ¡Todos, señor! Paco Yunque también lo ha visto. — ¿Es verdad lo que dice Paco Fariña? –le preguntó el profesor a Yunque. Paco Yunque miró a Humberto Grieve y no se atrevió a responder, porque si decía sí, el niño Humberto le pegaría a la salida. Yunque no dijo nada y bajó la cabeza. Fariña dijo: — Yunque no dice nada, señor, porque Humberto Grieve le pega, porque es su muchacho y vive en su casa. El profesor preguntó a los otros alumnos: — ¿Quién otro ha visto lo que dice Fariña?


— ¡Yo, señor! ¡Yo, señor! ¡Yo, señor! El profesor volvió a preguntar a Grieve: — ¿Entonces, es cierto, Grieve, que le ha pegado usted a Fariña? — ¡No, señor! Yo no le he pegado. — Cuidado con mentir Grieve. ¡Un niño decente como usted, no debe mentir! — No, señor. Yo no le he pegado. — Bueno. Yo creo en lo que usted dice. Yo sé que usted no miente nunca. Bueno. Pero tenga usted mucho cuidado en adelante. El profesor se puso a pasear, pensativo, y todos los alumnos seguían circunspectos y derechos en sus bancos. Paco Fariña gruñía a media voz y como queriendo llorar: — No le castigan, porque su papá es rico. Le voy a decir a mi mamá. El profesor le oyó y se plantó enojado delante de Fariña y le dijo en alta voz: — ¿Qué está usted diciendo? Humberto Grieve es un buen alumno. No miente nunca. No molesta a nadie. Por eso no le castigo. Aquí todos los niños son iguales, los hijos de ricos y los hijos de pobres. Yo los castigo aunque sean hijos de ricos. Como usted vuelva a decir lo que está diciendo del padre de Grieve, le pondré dos horas de reclusión. ¿Me ha oído usted? Paco Fariña estaba agachado. Paco Yunque también. Los dos sabían que era Humberto Grieve quien les había pegado y que era un gran mentiroso. El profesor fue a la pizarra y siguió escribiendo. — ¿Por qué no le dijiste al señor que me ha pegado Humberto Grieve?


— Porque el niño Humberto me pega. — Y, ¿por qué no se lo dices a tu mamá? — Porque si le digo a mi mamá, también me pega y la patrona se enoja. Mientras el profesor escribía en la pizarra, Humberto Grieve se puso a llenar de dibujos su cuaderno. Paco Yunque estaba pensando en su mamá. Después se acordó de la patrona y del niño Humberto. ¿Le pegarían al volver a la casa? Yunque miraba a los otros niños y éstos no le pegaban a Yunque ni a Fariña, ni a nadie. Tampoco le querían agarrar a Yunque en las otras carpetas, como quiso hacerlo el niño Humberto. ¿Por qué el niño Humberto era así con él? Yunque se lo diría ahora a su mamá y si el niño Humberto le pegaba, se lo diría al profesor. Pero el profesor no le hacía nada al niño Humberto. Entonces, se lo diría a Paco Fariña. Le preguntó a Paco Fariña: — ¿A ti también te pega el niño Humberto? — ¿A mí? ¡Qué me va a pegar a mí! Le pego un puñetazo en el hocico y le hecho sangre. ¡Vas a ver! ¡Como me haga alguna cosa! ¡Déjalo y verás! ¡Y se lo diré a mi mamá! ¡Y vendrá mi papá y le pegará a Grieve y a su papá también, y a todos! Paco Yunque le oía asustado a Paco Fariña lo que decía. ¿Cierto sería que le pegaría al niño Humberto? ¿Y que su papá vendría a pegarle al señor Grieve? Paco Yunque no quería creerlo, porque al niño Humberto no le pegaba nadie. Si Fariña le pegaba, vendría el patrón y le pegaría a Fariña y también al papá de Fariña. Le pegaría el patrón a todos. Porque todos le tenían miedo. Porque el señor Grieve hablaba muy serio y estaba mandando siempre. Y venían a su casa señores y señoras que le tenían mucho miedo y obedecían siempre al patrón y a


la patrona. En buena cuenta, el señor Grieve podía más que el profesor y más que todos. Paco Yunque miró al profesor que escribía en la pizarra. ¿Quién era el profesor? ¿Por qué era tan serio y daba tanto miedo? Yunque seguía mirándolo. No era el profesor igual a su papá ni al señor Grieve. Más bien se parecía a otros señores que venían a la casa y hablaban con el patrón. Tenían un pescuezo colorado y su nariz parecía moco de pavo. Sus zapatos hacían risss-risssrisss-risss, cuando caminaba mucho. Yunque empezó a fastidiarse. ¿A qué hora se iría a su casa? Pero el niño Humberto le iba a pegar a la salida del colegio. Y la mamá de Paco Yunque le diría al niño Humberto: “No, niño. No le pegue usted a Paquito. No sea tan malo”. Y nada más le diría. Pero Paco tendría colorada la pierna de la patada del niño Humberto. Y Paco se pondría a llorar. Porque al niño Humberto nadie le hacía nada. Y porque el patrón y la patrona le querían mucho al niño Humberto, y Paco Yunque tenía pena porque el niño Humberto le pegaba mucho. Todos, todos, todos le tenían miedo al niño Humberto y a sus papás. Todos. Todos. Todos. El profesor también. La cocinera, su hija. La mamá de Paco. El Venancio con su mandil. La María que lava las bacinicas. Quebró ayer una bacinica en tres pedazos grandes. ¿Le pegaría también el patrón al papá de Paco Yunque? Qué cosa fea era esto del patrón y del niño Humberto. Paco Yunque quería llorar. ¿A qué hora acabaría de escribir el profesor en la pizarra? — ¡Bueno! –dijo el profesor, cesando de escribir–. Ahí está el ejercicio escrito. Ahora, todos sacan sus cuadernos y copian lo que hay en la pizarra. Hay que copiarlo exactamente igual.


—¿En nuestros cuadernos? –preguntó tímidamente Paco Yunque. — Sí, en sus cuadernos –le respondió el profesor– ¿Usted sabe escribir un poco? — Sí, señor. Porque mi papá me enseñó en el campo. — Muy bien. Entonces, todos a copiar. Los niños sacaron sus cuadernos y se pusieron a copiar el ejercicio que el profesor había escrito en la pizarra. — No hay que apurarse –decía el profesor–. Hay que escribir poco a poco, para no equivocarse. Humberto Grieve preguntó: — ¿Es, señor, el ejercicio escrito de los peces? — Sí. A copiar todo el mundo. El salón se sumió en el silencio. No se oía sino el ruido de los lápices. El profesor se sentó a su pupitre y también se puso a escribir en unos libros. Humberto Grieve, en vez de copiar su ejercicio, se puso otra vez a hacer dibujos en su cuaderno. Lo llenó completamente de dibujos de peces, de muñecos y de cuadritos. Al cabo de un rato, el profesor se paró y preguntó: — ¿Ya terminaron? — Bueno –dijo el profesor–. Pongan al pie sus nombres bien claros. En ese momento sonó la campana del recreo. Una gran algazara volvieron a hacer los niños y salieron corriendo al patio. Paco Yunque había copiado su ejercicio muy bien y salió al recreo con su libro, su cuaderno y su lápiz. Ya en el patio, vino Humberto Grieve y agarró a Paco Yunque por un brazo, diciéndole con cólera: — Ven para jugar al melo. Lo echo de un empellón al medio y le hizo derribar su


libro, su cuaderno y su lápiz. Yunque hacía lo que le ordenaba Grieve, pero estaba colorado y avergonzado de que los otros niños viesen cómo lo zarandeaba el niño Humberto. Yunque quería llorar. Paco Fariña, los dos Zumigas y otros niños rodeaban a Humberto Grieve y a Paco Yunque. El niño flacucho y pálido recogió el libro, el cuaderno y el lápiz de Yunque, pero Humberto Grieve se los quitó a la fuerza, diciéndole: — ¡Déjalos! ¡No te metas! Porque Paco Yunque es mi muchacho. Humberto Grieve llevó al salón de clases las cosas de Paco Yunque y se las guardó en su carpeta. Después, volvió al patio a jugar con Paco Yunque. Le cogió del pescuezo y le hizo doblar la cintura y ponerse en cuatro manos. — Estate quieto así –le ordenó imperiosamente–. No te muevas hasta que yo te diga. Humberto Grieve se retiró a cierta distancia y desde allí vino corriendo y dio un salto sobre Paco Yunque, apoyando las manos sobre sus espaldas y dándole una patada feroz en las posaderas. Volvió a retirarse y volvió a saltar sobre Paco Yunque, dándole otra patada. Mucho rato estuvo así jugando Humberto Grieve con Paco Yunque. Le dio como veinte saltos y veinte patadas. De repente se oyó un llanto. Era Yunque que estaba llorando de las fuertes patadas del niño Humberto. Entonces salió Paco Fariña del ruedo formado por los otros niños y se plantó ante Grieve, diciéndole: — ¡No! ¡No te dejo que saltes sobre Paco Yunque! Humberto Grieve le respondió amenazándole:


— ¡Oye! ¡Oye! ¡Paco Fariña! ¡Paco Fariña! ¡Te voy a dar un puñetazo! Pero Fariña no se movía y estaba tieso delante de Grieve y le decía: — ¡Porque es tu muchacho le pegas y lo saltas y lo haces llorar! ¡Sáltalo y verás! Los dos hermanos Zumiga abrazaban a Paco Yunque y le decían que ya no llorase y le consolaban diciéndole: — ¿Por qué te dejas saltar así y dar de patadas? ¡Pégale! ¡Sáltalo tú también! ¿Por qué te dejas? ¡No seas zonzo! ¡Cállate! ¡Ya no llores! ¡Ya nos vamos a ir a nuestras casas! Paco Yunque estaba siempre llorando y sus lágrimas parecían ahogarle. Se formó un tumulto de niños en torno a Paco Yunque y otro tumulto en torno a Humberto Grieve y a Paco Fariña. Grieve le dio un empellón brutal a Fariña y lo derribó al suelo. Vino un alumno más grande, del segundo año, y defendió a Fariña, dándole a Grieve un puntapié. Y otro niño del tercer año, más grande que todos, defendió a Grieve dándole una furiosa trompada al alumno del segundo año. Un buen rato llovieron bofetadas y patadas entre varios niños. Eso era un enredo. Sonó la campana y todos los niños volvieron a sus salones de clase. A Paco Yunque lo llevaron por los brazos los dos hermanos Zumiga. Una gran gritería había en el salón del primer año, cuando entró el profesor. Todos se callaron. El profesor miró a todos muy serios y dijo como un militar: — ¡Siéntense! Un traqueteo de carpetas y todos los alumnos estaban


ya sentados. Entonces el profesor se sentó en su pupitre y llamó por lista a los niños para que le entregasen sus cuartillas con los ejercicios escritos sobre el tema de los peces. A medida que el profesor recibía las hojas de los cuadernos, las iba leyendo y escribía las notas en unos libros. Humberto Grieve se acercó a la carpeta de Paco Yunque y le entregó su libro, su cuaderno y su lápiz. Pero antes había arrancado la hoja del cuaderno en que estaba el ejercicio de Paco Yunque y puso en ella su firma. Cuando el profesor dijo: “Humberto Grieve”, Grieve fue y presentó el ejercicio de Paco Yunque como si fuese suyo. Y cuando el profesor dijo: “Paco Yunque”, Yunque se puso a buscar en su cuaderno la hoja en que escribió su ejercicio y no lo encontró. — ¿La ha perdido usted –le preguntó el profesor– o no la ha hecho usted? Pero Paco Yunque no sabía lo que se había hecho la hoja de su cuaderno y, muy avergonzado, se quedó en silencio y bajó la frente. — Bueno –dijo el profesor, y anotó en unos libros la falta de Paco Yunque. Después siguieron los demás entregando sus ejercicios. Cuando el profesor acabó de verlos todos, entró de repente al salón el Director del Colegio. El profesor y los niños se pusieron de pie respetuosamente. El Director miró como enojado a los alumnos y dijo en voz alta: — ¡Siéntense! El Director le preguntó al profesor: — ¿Ya sabe usted quién es el mejor alumno de su año? ¿Ya han hecho el ejercicio semanal para calificarlos? — Sí, señor Director –dijo el profesor–. Acaban de hacerlo. La nota más alta la ha obtenido Humberto


Grieve. — ¿Dónde está su ejercicio? — Aquí está, señor Director. El profesor buscó entre todas las hojas de los alumnos y encontró el ejercicio firmado por Humberto Grieve. Se lo dio al Director, que se quedó viendo largo rato la cuartilla. — Muy bien –dijo el Director, contento. Subió al pupitre y miró severamente a los alumnos. Después les dijo con su voz un poco ronca pero enérgica: — De todos los ejercicios que ustedes han hecho, ahora, el mejor es el de Humberto Grieve. Así es que el nombre de este niño va a ser inscrito en el Cuadro de Honor de esta semana, como el mejor alumno del primer año. Salga afuera Humberto Grieve. Todos los niños miraron ansiosamente a Humberto Grieve, que salió pavoneándose a pararse muy derecho y orgulloso delante del pupitre del profesor. El Director le dio la mano diciéndole: — Muy bien, Humberto Grieve. Lo felicito. Así deben ser los niños. Muy bien. Se volvió el Director a los demás alumnos y les dijo: — Todos ustedes deben hacer lo mismo que Humberto Grieve. Deben ser buenos alumnos como él. Deben estudiar y ser aplicados como él. Deben ser serios, formales y buenos niños como él. Y si así lo hacen, recibirá cada uno un premio al fin de año y sus nombres serán también inscritos en el Cuadro de Honor del Colegio, como el de Humberto Grieve. A ver si la semana que viene, hay otro alumno que dé una buena clase y haga un buen ejercicio como el que ha hecho hoy Humberto Grieve. Así lo espero. Se quedó el Director callado un rato. Todos los alumnos


estaban pensativos y miraban a Humberto Grieve con admiración. ¡Qué rico Grieve! ¡Qué buen ejercicio ha escrito! ¡Ése si que era bueno! ¡Era el mejor alumno de todos! ¡Llegando tarde y todo! ¡Y pegándoles a todos! ¡Pero ya lo estaban viendo! ¡Le había dado la mano al Director! ¡Humberto Grieve, el mejor de todos los del primer año! El Director se despidió del profesor, hizo una venia a los alumnos, que se pararon para despedirlo, y salió. El profesor dijo después: — ¡Siéntense! Un traqueteo de carpetas y todos los alumnos estaban ya sentados. El profesor ordenó a Grieve: — Váyase a su asiento. Humberto Grieve, muy alegre, volvió a su carpeta. Al pasar junto a Paco Fariña, le echó la lengua. El profesor subió a su pupitre y se puso a escribir en unos libros. Paco Fariña le dijo en voz baja a Paco Yunque: — Mira al señor, está poniendo tu nombre en su libro, porque no has presentado tu ejercicio. ¡Míralo! Te va a dejar ahora recluso y no vas a ir a tu casa. ¿Por qué has roto tu cuaderno? ¿Dónde lo pusiste? Paco Yunque no contestaba nada y estaba con la cabeza agachada. — ¡Anda! –le volvió a decir Paco Fariña–. ¡Contesta! ¿Por qué no contestas? ¿Dónde has dejado tu ejercicio? Paco Fariña se agachó a mirar la cara de Paco Yunque y le vio que estaba llorando. Entonces le consoló diciéndole: — ¡Déjalo! ¡No llores! ¡Déjalo! ¡No tengas pena! ¡Vamos a jugar con mi tablero! ¡Tiene torres negras! ¡Déjalo! ¡Yo te regalo mi tablero! ¡No seas zonzo! ¡Ya no llores!


Pero Paco Yunque s e g u Ă­ a llorando agachado.


venimos desechamos todo menos el da単oy fin

HAIKU


no vuela el p谩jaro (aun el de bonitas plumas) sin raz贸n [Patricia Aguilar]


“Un octeto de ovejas toca calipso” (Carlos Pardo)

de la música sufrir instantes con la certeza de saber que convivieron conmigo /en un pasado el muro se alza para evitar mi existencia a ojos de los demás instantes de relámpagos y pizarra negra en una barandilla mal fijada mientras el gato quiere equipararse al funambulista


[Ángel Muñoz]

ahí es cuando la inocencia veja a la soledad empiezo a hacerme poroso y no por creerme mejor son estos atardeceres desnudos como el niño que fui no atesorar la música es justo lo que necesito qué importa si gano o no al aire en su ámbito bailar sin el peso de las matemáticas no es inalcanzable


[テ]gel Muテアoz]


[Alberto Lamas / Ferrán Destemple]

AFOR R Í TMOS: pequeñas ocurrencias, destellos ebrios y breves cantos compuestos e interpretados por el maestro de ceremonias y “crooner” poético Alberto Lamas. A la batería, marcando el ritmo frenéticamente, Ferran Destemple.


#1. Atropello mi razón en una autopista.

#2. ¿Pop qué? Popque sí.

#3. La primavera la sangre hortera. #4. Con la muerta en lo Stallones.

#5. Todo lujo es un esfuerzo.

#6. Como la curva, que es el embarazo de un espejismo.

#7. Me bronceo con el sol mínimo de una luciérnaga.

#8. De un sorbo, me bebo tu beso.

#9. En las cortinas de humo el corazón suele estar crudo. #10. Hay una frontera de papel sobre este oleaje de fuego.


#11. Hace calor, en el color de tu piel marchita.

#12. Beso de queso, sabor a babor.

#13. ÂżHabrĂĄ champagne francĂŠs en el infierno? #14. La lluvia dorada se congela en el urinario del delirio.

#15. El equilibrio es un everest.


#16. Pura luna virgen.

#17. La extravagancia sin éxito es el óxido de la osadía. #18. Compro ira. Máxima tasación. Agencias abstenerse. #19. “En cinemascopes sólo se pueden filmar serpientes”.

#20. ¿Es de franela la flor de la canela? Canela en Rima.

#21. Sobre el piano de la oscuridad dormitan, en batería, los murciélagos.

#22. Las uñas de tus ojos se han hecho la manilocura.


[Ana Herrera]


[Pablo Macías]

Estoy sentado entre el público. Antes de la actuación, mi madre aparece sobre el escenario. Únicamente no sé hacer nada la oigo balbucear.

Más tarde, mientras follo, vuelvo a pensar en mi madre, en ese sueño en que aparece, drogada y estúpida, sobre el escenario. Es tan solo una imagen para retardar la eyaculación. Aguantar, trato de convencerme cuando embisto, por encima de todo hay que aguantar.


A

[María Rondón]

mi izquierda siempre adelantándome va una mujer resbaladiza, que baila en imágenes de caídas. Las escaleras o el balcón en donde fumo, son sus precipicios más recurrentes, está demás decir que ante cada pequeño laberinto queda encerrada trágicamente, eso está demás decirlo, es obvio. No consigue mucho menos la salida justa del día. Cuando vamos en un carro ocupa un espacio pretencioso; siento cómo, asustadiza, va pegando brincos o suspirando profundamente con estrechez muda; imágenes de carros que pierden los frenos, vías que se desdoblan, esquinas vacías de aquel hombre, o la simple imagen de la ciudad dándole donde más le duela y sin poder detenertese. Lo que la entristece es que dichas figuraciones en lugar de quedarse atrás, como la imagen cruel de un niño corrompido que te mira inocentemente para pedirte comida en un semáforo cualquiera; se van adelantando, más bien, para resurgir en una espiral interminable. Me compadezco honestamente de ella cuando se asusta, cuando cae por un precipicio, sólo porque tiene la costumbre de asomarse aún más, cuando la escalera se le abre y decide jugar con ella un rato, hasta que al final la suelta indignada porque le ha aburrido el juego. Le diría incluso, aunque no le he hablado nunca, que saliera a caminar en las mañanas en un espacio vacío y recto, que estuviera atenta para evitar cualquier caída, ese simple hecho, la ayudará, evitar tropezarse con las cosas, mirar los ojos de la gente que te cierran sus

ELLA


puertas de bruces, y hacerlo con amor, es un gran tropiezo, cada puerta te da en la cara y ni siquiera te desfigura la nariz, o te deja un moretón, simplemente uno se golpea, duele, y tienes que llevar sobre ti el dolor por mucho tiempo. Hasta que te consigues otros ojos que mirar, otra puerta, que seguramente está también cerrada. El azar la mortifica menos que el destino, pero no con menor intensidad: llegar a un sitio. Va siempre apurada escucho cómo murmura como creyendo que nadie la está escuchando ¿Y si el encuentro se ha perdido? ¿Y si el que me espera se ha ido? ¿Habré perdido el autobús, en el que debía trasportarme? ¿Cuándo me invitarán al viaje, aquel? Me aburre escuchar lo que murmura con una desesperación y una tristeza, sin mencionar su afán por retroceder, por volver a viejos sitios para quizás escribir un buen cuento, su afán impetuoso de respirar de cerca los recuerdos. Que los deje ir, que salga corriendo sin rumbo, sin sentido, sin final o que decida ausentarse en el sueño más profundo, le grito sin piedad, con una crueldad cínica, sin contemplación. Luego pienso que quizás lo haga de esta manera porque yo no tengo un lugar al que quiera regresar desesperadamente, que yo no he entrado a los ojos de nadie y los he vuelto mi casa. Y entonces se me hace un nudo en la garganta, y qué pena me da. De pronto siento el golpe y el grito de otro tropiezo, se cayó al salir de la farmacia y ahora está llorando, y le digo la mucha lástima que me da, y vuelve a recordar todas la penas, todos los golpes, y sigo yo con mis mismos gritos, -deja ir esas cosas- deshabita esas imágenes. Pero se hace la que no me escucha cuando responde en su llanto a mis reclamos. Y cuando le da por no levantarse y quedarse postrada en los sitios públicos, yo parto inmediatamente y sé que llegará luego avergonzada y no recordará, eso que sí debería el nombre de la persona que gentilmente la trajo de vuelta al apartamento.


La idea de que seré juzgada yo también, luego, así de la misma manera despiadada. Yo, que entonces, quizás, habré ya tenido a alguien como una casa, o el recuerdo de una, un lugar preferido para mirar al cielo, y que quizás, espero que no, habré perdido; no deja de presentarse. De igual manera no dejo de quejarme o de reírme de “la que siempre cae” como le digo yo. En este preciso momento hace un baile de preludio mientras se comienza a asomar un poco más de lo que debe: caída segura, yo mientras tanto, sé ya cómo maneja su azarosa desesperación, y más de una vez la he escuchado reírse al final del día, algunos de los que sí logra salir, y burlarse de nosotros, los que la pensamos débil, miedosa, resbaladiza, como si todo fuera un chiste mal contado, una trampa para los desatentos, un juego a propósito mal jugado, perdido. Aún no sé la razón exacta de su risa burlona, porque con crueldad sigo pensando que es una risa vacía, único consuelo para tanta caída, huída de la trágica batalla, quizás fuerza para entrar al laberinto el día siguiente, no lo sé realmente. Sólo sé que me abro al día, y ya lista, ella también, al bajar las escaleras va el primer baile, el primer tropiezo, la amo con profunda nostalgia, con rabia, a veces, pero avanzo, la sobrepaso con una sospecha de dignidad herida, y sigo yo también un poco triste, no hay un solo día que no quiera quedarme con ella sentada y abrazarla fuertemente hasta que por fin desaparezca.


[NĂŠlida Cipoletta]


[Ulises Rodr铆guez Zamarripa]

6

2 HALLAZGO

Si la piedra conoci贸 el sedimento en el estanque, sea la calma. Sea el agua, los futuros filamentos, su mortaja: su semilla. Hallazgo del pez.


[Raquel Egea]

el pasillo tiene un final que cada mañana alcanzo con los ojos entreabiertos unas llaves desconocidas suenan como las de casa pero no son las mías las oxidé apretándolas entre las manos esperando tu silencio el asfalto se tuerce estrechando el aire que respiro vértigo los cimientos mueren en gemidos para no dejarme caer cantos de sirena vuelven a arrodillarse ante mi boca desatadme ahora

quiero vida


[Gustavo Vega]


Alí-Vida... Escrito con agua en el suelo de la tierra de Lodéve, a la luz del aire.

HOMENAJE A ALÍ PODRIMJA Con motivo de su muerte en Lodève durante el 15e. Voix de la Mèditerranèe -Festival de poesía-, 2012.


APAGÓN

I El apagón. Recibido con decepción suspirada. Agitación. Sorpresa ahogada entre miradas sin destino tratando de concretar imposibles. El café no pudo escapar de la cafetera y los objetos se paralizaron, flotando en un abismo. Pero siempre hay velas por prender para morir hipnotizando. Una pincelada de luz y una penumbra: centros del mundo bailando. Da tiempo: a ser mordido por presentimientos, a sonreír antiguas alegrías, a digerir una ausencia, a meter el futuro en un círculo, o a que el pensamiento se deshaga entre los dedos; atando cabos que suavemente se van desatando. II El silencio. Atrae ecos olvidados de tu voz de antaño, o acaso son las muchas palabras que no te he dicho, que me sobrevuelan, que se mezclan con el mundo de los grillos


[Juanfran Molina]

y las maderas que gimen. O acaso son mis pájaros, cayendo uno a uno dentro de mi cabeza. El silencio, que va acumulando sobre los hombros su presencia, su gota fría; filtrando estertores de impaciencia, quejidos de ropa atenazada a los cuerpos, cada uno en el sillón de su miedo. III La quietud. Frágil, interrumpida por los faros de los coches en Ciudad-Procacidad. Exhaladora de alcohol resignado. Cubierta por infinidad de grillos suspendidos en el aire. Compuesta de maderas podridas a punto de ceder y callejuelas desahuciadas por el trapicheo, que se disuelven entre meadas y, envejecidas, muestran los dientes y sólo ves su vacío mientras planean una venganza, convertidas en bocas de lobo difíciles de prever. IV Solo. Sólo tras el apagón comencé a oír tu respiración, y la convertí en mi música.

(EL RELOJ


Sólo tras el apagón comprendí la bruma Sólo tras el apagón encendí la espuma Ahora sé que mi aliento transmite calor a un tiempo acabado. Ahora sé que todas las piedras terminan siendo la misma piedra V La espera. Esperando que se descascarille la negra pared ¿Hasta dónde puede llegar mi puño? ¿qué puedo romper? ¿qué puedo cambiar? ¿qué grita más fuerte, el odio o el amor? Extendí mis manos y sentí la libertad, jugueteando entre mis dedos. Elevé, tembloroso, las palmas y sopesé tu presencia en este agujero. VI Promesa rota de viaje en sorda espiral azulada, que se irá desgastando por los bordes al contacto de tus dedos, siempre tus dedos luz, que muerdes y hasta aquí me llega tu latir: potente, rechinante de rectas y contornos afilados. Luz que chillas, paz carcomida en un segundo. Luz que vuelves cargada de inútiles mensajes. Estallando en mis párpados cuando aún trataban de huir.

SIGUE DESCONTANDO)


POESÍA De una carta de Hölderling a su madre: “el poeta es el más inocente de todos los seres”. Deduzcamos de ahí que esta pretendida inocencia del


[Mariano Cruz]

poeta se refiere tanto a su ser (poeta), como a su ocupa-

ción (poetizar). La inocencia, la pureza, la santidad que Henry Miller descubre en Rimbaud tal y como es descrita en El tiempo de los asesinos. El devenir niño como sagrada exigencia del poeta que va unida a la soledad (no hay nadie más solo que un niño en el fondo, o que aquel que se acompaña de un niño) en la sexta de las Cartas a un joven poeta de Rilke.

El habla es el peligro de los peligros. El poeta no es un escritor. Es un ser inocente. No es un joven, sino es inocente. El rapto de la poesía es la pureza inocente. El ciego es el más inocente y su voz la más fina. Por eso el poeta es una voz, no es escritura. Es vidente: una voz


inocente, cándida; libre de culpa, pero cruel. Inocente no es falto de violencia. Inocente: loco, ciego, vidente. Voz pura. Poetizar es convertir en inocente: librar de toda culpa/deuda. El poeta habla, no escribe. El poeta narra de aquí allá. El poeta es probablemente un Viejo Ciego que camina hasta morir, que camina mientras dice el verso y lo mide caminando (pie). ¿Qué hacen hoy los poetas con el verso? ¿Cómo se enfrentan a él? Es claro que versifican pero… ¿cómo acogen el verso? ¿Qué clase hospitalidad le dispensan? ¿Qué moral del verso profesa hoy un poeta? ¿Camina? Un poeta no escribirá nunca, andará. ¿Se quejará? ¿No dice Deleuze que la elegía es una de las dos fuentes de la poesía? ¿Cúal es la otra? El gran lamento. Sin Auschwitz no habría poesía. La mayoría de los poetas se refieren a la escritura cuando se les pregunta por la poética. Pero la poesía

trasciende la escritura, tiene que ver con la escritura tan solo como un mero accidente del tiempo que nos ha tocado de vivir, como una anomalía de nuestro ahora. Mientras otros géneros o troncos de la literatura, como la novela o el ensayo, están atrapados forzosamente en la escritura y de hecho a veces se cofunden con ella, la poesía revienta esos muros. Es la escritura la que depende de la poesía. En el principio fue la poesía. El poeta no hace más que hablar y hablar y hablar. Y caminar y caminar y caminar. Rimbaud no era joven, era inocente. Caminaba, caminaba, caminaba hasta morir. Hasta después de dejar de ser poeta caminó hasta morir. Suelas de viento. Todo el desierto del Yemen caminado, hasta Aden. ¿Qué es la poesía? Caminar y hablar

:


«Alli pienssan de aguijar, | alli sueltan las riendas. A la exida de Bivar | ovieron la corneja diestra y entrando a Burgos | ovieron la siniestra. Meçio mio Çid los ombros | y engrameo la tiesta: «¡Albriçia, Albar Ffañez, | ca echados somos de tierra!»

La poesía es épica, su fuente es elegíaca e irradia un desprecio absoluto por la lírica. Entendamos la inocencia como esa falta de culpa; ese llegar al mundo sin culpa del poeta concebido sin pecado. Llegar al mundo sin el pecado de la lírica. Poetizar a partir de la fuerza épica y con alegría elegíaca. Esta es la inocencia del poeta que vimos en Rimbaud y que vemos en


algunos, muy pocos, poetas actuales, que llegan sin ese lastre sentimental que oprime a tanta poesía contemporánea, sobre todo femenina. El lirismo nace como un pecado esencialmente femenino. No hay ninguna poesía en el abandono ni en la pérdida. La estrofa sáfica es un tropiezo, cada tres endecasílabos un traspié en forma de pentasílabo (¿es el verso una cuestión moral?); es un caminante atado y amordazado como un animal que agoniza. Mientras, el verso épico es un conatus que ni siquiera forma estrofa, es un seguir, seguir, seguir, paso tras paso. La elegía es el momento real de parar, una lírica solemne, una pérdida cósmica. Poetizar es inventar una lengua sobre la marcha y para la marcha, con la que entenderse con el extraño, tras haber sido arrojado a un continente hostil. Una lengua impropia con la que entenderse con el bárbaro.

Conclusión adelantada El pecado del poeta es la lírica. El concepto de literatura que encierra la noción deleuziana de “novela del periodista” es uno de los componentes de ese concepto de lírica. El sentimentalismo con su Biblia, el Werther. El mal romanticismo, la excrecencia cristiana del amour courtois. Por que el sentimentalismo tiene muchísimo de mundanización de la piedad cristiana. Aunque fue inventado en Alejandría, al menos literariamente, en el siglo II a. C., el amor romántico es un sacerdote secularizado (y una monja). Abelardo y Eloísa. No es esa la inocencia que buscamos. La épica del amor gozoso, elegíaco como en las Elegías de Duino. Son el amor del poeta. Caracterización del sentimentalis-


mo y de la literatura que produce: un amante abandonado es un amante detenido, quieto; que siente, que padece una falsa intensidad en su pecho, un dulce dolor. Eso es el sentimentalismo. El goce de un dulce y detenido dolor. Una dulce piedad dolorida. Un montón de palabras que el místico y el enamorado comparten una a una. Un no sequé que se goza por ventura. Una noche oscura del alma descrita en oximórica. La lírica es esta oximórica. Siempre preferiremos el cantar del destierro y su épica elegíaca a la “noche oscura del alma”. Para escribir como San Juan de la Cruz es preciso estar en pecado. Es muy importante también entender cómo la poesía nace de la vergüenza, de la vergüenza del superviviente, precisamente. Y es más importante aun recordar que el poeta, lejos de ser alguien instalado en el trend de la cultura popular, por mucho que esa cultura se auto-califique de “maldita” o “sucia”, es un vidente. Y la vergüenza del superviviente no es una vergüenza culpable, es una vergüenza sin culpa, como ya hemos visto. La vergüenza del superviviente es la del compromiso vergonzoso que un ser inocente no puede adquirir. Como Primo Levi y Paul Celan que vuelven del Hades para contarlo. Es un vidente, un superviviente, un nómada y aun así, un ser inocente. Nómada: el que no se quiere mover y se mueve, sin embargo. Un poeta no es: Un militante


[Carlos J.J]


Un trabajador Un caricaturista Un profesor Un enamorado etc.

lo mismo, no son poetas, a no ser que la misma comodidad les sea hostil.

El verso y los cuatro. Versificar es contar.

Vidente: cuenta el tiempo Para que todos esos persona- que resta. jes puedan llegar a ser poetas deben devenir, deben poder Nómada: cuenta sus pasos. devenir: Nómada. Vidente. Superviviente. Inocente. Traidor. Niño. Si no pueden conseguirlo, han perdido la partida. Un burgués, esto es, un profesional acomodado, o un rentista, que para el caso es

Superviviente: cuenta los afectos con los que no ha de mezclarse. Inocente: cuenta. Los poetas cuentan, no en el sentido narrativo del término sino en el sentido numérico; es decir, hacen lo


primero mediante lo segundo. Esto es, versificar es contar una historia mediante un número. Eso es poetizar.

El traidor cuenta los que quedan por caer A veces nos conformamos, al leer poesía traducida, con la historia: la poesía ya se ha perdido. El idioma de la poesía no necesita ser entendido.

La perversión del género lírico

mientos por una lanza. La lanza siempre por delante. Si la amada de escapa, ha de insultarla, injurirar a su padre y a toda su familia; esto es: enseñar la lanza y comenzar una guerra. La poesía contemporánea ha perdido la lanza y con ella la dignidad. La cantidad de escritores de poesía que hoy en día definen el poetizar con una palabra vergonzante es descorazonadora. Si un poeta tiene que ser un judas, que sea un judas sublime. Un sólo verso conservado de Arquíloco quemará una galaxia entera de versos sentimentales de muchachas que tienen miedo a cumplir los treinta y se les empiecen a caer el culo y las tetas.

Hubo una lírica de verdad, Recordemos a Arquíloco: que ha sido profanada. La “Te espero bebiendo, pero lírica nada tiene que ver con apoyado en mi lanza.” ¿Qué hace que la desgracia amorosa no se transforme en una aburrida melopea sentimental? La lanza. Un buen poeta debe trocar sus senti-


la intimidad. Ni con los sentimientos de una adolescente abandonada. La lírica de hoy se mira al espejo, se ve gorda y entre dieta y dieta, escribe un poema; después se termina su libro de autoayuda. Maldición.

Poesía y peligro El poeta es un hoplita en campaña siempre en peligro de caer, porque estar vivo es correr peligro. Es por esto que un poeta burgués es algo imposible: el burgués ha invertido todos sus recursos en aminorar los riesgos, necesita su rincón caliente, su sillón favorito, sus pantuflas y su café con leche. El poeta no tiene seguridad social, todo aprovisionamiento para el invierno es un lastre para su poesía que no puede sino viajar ligera de equipaje. El poeta está contra las cuerdas y es ahí donde escribe. Y si escribe sobre su sillón favorito, lo hace con un agujero en las suelas. No hay casa en las afueras ni habitación propia. Hay una letrina para tres mil y la vergüenza. Hay el aparador y las tostadas con jamón, sí. Pero el aguejo en las suelas y el siete en el pantalón, también. Andar, sortear alambradas, con la lanza en la mano.


Reflexiones sobre el Concierto para piano y orquesta n째 4 en sol mayor op. 58 de L. Van Beethoven.


[Silvia Murolo]

Prólogo

“Nosotros, seres finitos en el espíritu infinito, hemos nacido solamente para el sufrimiento y para la Alegría, y casi se podría decir que los elegidos reciben la Alegría por medio del sufrimiento.” En este breve fragmento de la carta a la condesa von Erdody escrita por Beethoven en 1815, está desvelado el pensamiento filosófico del compositor que es el fundamento de toda su producción musical. Convencido de que la música era el arte puro y supremo capaz de tratar del infinito y hablar directamente con el alma de los hombres, Beethoven consagró su vida a la busqueda de un len-

guaje musical capaz de expresar sus emociones, su pensamiento y experiencia personal que se erguiría como símbolo universal de la condición del hombre. “La música es la revelación más alta que toda la filosofía. Qué otra cosa es la filosofía sino vivir arrastrándose en las pobrezas de este mundo feroz. No es captadora de imaginación sino de razonamientos afines a las impurezas. Quien una vez ha comprendido mi música, se verá libre de las miserias donde los demás se arrastran.” Él, que había conocido el sufrimiento y la desesperación hasta el punto de considerar el suicidio como la


única solución a sus tormentos, decidió “tomar el destino por el cuello” y sostener con las armas de su arte la ardua lucha de la humanidad contra las fuerzas hostiles, convencido de que las virtudes del hombre junto al sentimiento de fraternidad placarían la ira del destino y restituirían la dignidad y la libertad al ser humano. Por eso Beethoven consideraba el acto de componer como una misión que llevó a cabo hasta el último respiro sin ceder nunca a compromisos, sino siempre con rigor y firmeza. «Bendito sea aquel que ha subyugado todas las pasiones y acude rápido al enérgico cumplimiento de sus deberes bajo todas las circunstancias, sin preocuparse del éxito, pues el motivo de la acción del justo debe reposar en el hecho en sí, jamás en el resultado favorable o desfavorable, sin que el hombre verdaderamente digno de tal nombre, cifre sólo sus determinaciones volitivas en la esperanza de la recompensa»


Concierto n° 4 en sol mayor op. 58 Allegro moderato “Mi reino está en el aire; mi alma vibra en los murmullos del viento”

Al tener una visión panteista de la naturaleza, Beethoven interpretaba los fenómenos naturales como la prueba de la existencia y de la presencia divina. A pesar de su educación católica, desarrolló una concepción muy libre y personal de la religión. No casualmente, uno de sus libros preferidos era Dios en la Naturaleza, de Sturm (Betrachtungen über die Werke Gottes in der Natur). En el primer movimiento del cuarto concierto, el piano, que idealmente representa el ser humano, nos introduce amablemente y con extrema dulzura en un mundo donde reina la comprensión y la armonía y lo hace de una manera muy peculiar, transfigurando y sublimando el tema utilizado en la quinta sinfonía compuesta en la misma época. Ese tema de cuatro notas en que las tres primeras se repiten, en la sinfonía tiene un caracter imperativo y terrorífico y por lo tanto se ha interpretado como “el destino que llama a la puerta”, mientras que en el concierto pierde su


fuerza dominadora y destructora y se convierte en el canto suave y sereno del hombre que vive y respira en armonía con todos los seres vivientes de la tierra. Por eso la orquesta, símbolo de la naturaleza, remata la entrada del piano en pianissimo con la misma dulzura y amabilidad. El rasgo principal del primer movimiento es la gran variedad de los elementos expresivos, armónicos y temáticos en el marco de la unidad y del equilibrio formal además del caracter poético y lírico general y la creación de una atmósfera agreste y pastoral facilitada también por el color peculiar de la tonalidad de sol mayor. El diálogo entre el piano y la orquesta jamás es conflictivo sino una conversación afectuosa y apasionada como si se tratara de un niño que confía a su padre sus penas y sus alegrías.


Andante con moto (Testamento de Heiligenstadt) “¡Oh, hombres que me juzgáis malevolente, testarudo o misántropo! ¡Cuán equivocados estáis! Desde mi infancia, mi corazón y mi mente estuvieron inclinados hacia el tierno sentimiento de bondad, inclusive me encontré voluntarioso para realizar acciones generosas, pero, reflexionad que hace ya seis años en los que me he visto atacado por una dolencia incurable, agravada por médicos insensatos, estafado año tras año con la esperanza de una recuperación, y finalmente obligado a enfrentar el futuro con una enfermedad crónica (cuya cura llevará años, o tal vez sea imposible); nacido con un temperamento ardiente y vivo, hasta susceptible a las distracciones de la sociedad, fui obligado temprano a aislarme, a vivir en soledad, cuando en algún momento traté de olvidar es, oh, cuán duramente fui forzado a reconocer la entonces doble realidad de mi sordera, y aún entonces, era imposible para mí, decirle a los hombres:”¡habla más fuerte, grita! porque estoy sordo.” ¡Ah! Cómo sería posible que yo admitiera tal flaqueza en un sentido que en mí debiera ser mas perfecto que en otros, un sentido que una vez poseí en la mas alta perfección, una perfección tal que pocos en mi profesión disfrutan o han disfrutado –Oh, no puedo hacerlo, entonces perdonadme cuando me veáis retirarme cuando yo me mezclaría con vosotros con agrado, mi desgracia es doblemente dolorosa porque forzosamente ocasiona que sea incomprendido, para mí no puede existir la alegría de la compañía humana, ni los refinados diálogos, ni las mutuas confidencias, solo me puedo mezclar con la sociedad un poco cuando las más grandes necesidades me obligan a hacerlo. Debo vivir como un exilado, si me acerco a la gente un ardiente terror se apodera de mí, el miedo de que pueda


estar en peligro, de que mi condición sea descubierta – así ha sido durante el año pasado que pasé en el campo, ordenado por mi inteligente médico a descansar mi oído tanto como fuera posible, en esto coincidiendo por mi natural disposición, aunque algunas veces quebré la regla, movido por mi instinto sociable. Pero qué humillación, cuando alguien se paraba a mi lado y escuchaba una flauta a la distancia, y yo no escuchaba nada, o alguien escuchaba cantar a un pastor, y yo otra vez no escuchaba nada; estos incidentes me llevaron al borde de la desesperación, un poco más y hubiera puesto fin a mi vida – solo el arte me sostuvo, ah, parecía imposible dejar el mundo hasta haber producido todo lo que yo sentía que estaba llamado a producir, y entonces soporté esta existencia miserable – verdaderamente miserable, una naturaleza corporal hipersensible a la que un cambio inesperado puede lanzar del mejor al peor estado. Paciencia. Está dicho que ahora debo elegirla para que me guíe, así lo he hecho, espero que mi determinación permanecerá firme para soportar hasta que a las inexorables parcas les plazca cortar el hilo. Tal vez mejore, tal vez no; estoy preparado. Forzado ya a mis 28 años a volverme un filósofo, oh, no es fácil, y menos fácil para el artista que para otros. Ser Divino, Tú que miras dentro de lo profundo de mi alma; Tú sabes, Tú sabes que el amor al prójimo y el deseo de hacer el bien habitan allí. Oh, hombres, cuando algún día leáis estas palabras, pensad que habéis sido injustos conmigo, y dejad que se consuele el desventurado al descubrir que hubo alguien semejante a él, que a pesar de todos los obstáculos de la naturaleza, igualmente hizo todo lo que estuvo en sus manos para ser aceptado en la superior categoría de los artistas y los hombres dignos. Ustedes, mis hermanos Carl y Nikolaus, tan pronto como esté muerto, si el Dr. Schmidt aun vive, pídanle en mi nombre que describa mi enfermedad y guarden este documento con la historia de mi enfermedad de modo que en la medida de lo posible, al menos el mundo se reconcilie conmigo después de mi


muerte. Al mismo tiempo los declaro a los dos herederos de mi pequeña fortuna (si puede ser llamada de esa forma). Divídanla justamente, acéptense y ayúdense uno al otro, cualquier mal que me hayáis hecho, lo sabéis, hace tiempo fue olvidado. A ti, hermano Carl te doy especialmente las gracias por el afecto que me has demostrado últimamente. Es mi deseo que vuestras vidas sean mejores y más libres de preocupación que la mía. Recomendad la virtud a vuestros hijos, solo esta puede dar felicidad, no el dinero, hablo por experiencia, solo fue la virtud la que me sostuvo en el dolor, solamente a esta y a mi arte debo el hecho de no haber acabado mi vida con el suicidio. Adiós, y quiéranse uno al otro. Les doy las gracias a todos mis amigos, particularmente al Príncipe Lichnowsky y al Profesor Schmidt. Deseo que los instrumentos del Príncipe L. sean conservados por uno de ustedes, pero que no resulte una pelea este hecho, si pueden serviros de mejor fin, véndanlos, me sentiré contento si puedo seros de ayuda desde la tumba – con alegría me acerco hacia la muerte –. Si esta llega antes de que tenga la oportunidad de mostrar todas mis capacidades artísticas, habrá llegado demasiado temprano. Me pesará mi duro destino y probablemente desearé que hubiera llegado mas tarde, pero aun así estaré satisfecho, ¿no me liberará entonces de mi interminable sufrimiento? Vengas cuando vengas, te recibiré con valor. Adiós y no me olvidéis completamente cuando esté muerto, merezco eso de ustedes. Habiendo yo pensado en vida tantas veces acerca de cómo hacerlos felices, sedlo. Heiglnstadt, 6 de Octubre. Ludwig van Beethowen.


Para mis hermanos Carl y Nikolaus. Para ser leído y ejecutado después de mi muerte. Heiligenstadt, 10 de Octubre de 1802. De esta forma me despido de ustedes -y tristemente en verdad- si esa amada esperanza que traje conmigo cuando llegué de curarme al menos en parte – debo abandonar completamente, igual que las hojas de otoño caen y se marchitan, así se ha destruido la esperanza – me voy – hasta el alto coraje - que a menudo me inspiro en los bellos días de verano – ha desaparecido – Oh, Providencia – otórgame al menos un día de pura felicidad – Ha pasado tanto tiempo desde que la verdadera felicidad resonó en mi corazón – ¿oh, cuándo, oh cuándo, oh, Divinidad la encontraré otra vez, en el templo de la naturaleza y de los hombres? ¿Nunca? No. Oh, eso seria demasiado duro”. Las palabras escritas en este documento, llamado después “Testamento de Heiligenstadt”, explican la extraordinaria intensidad y el dramatismo del segundo movimiento del concierto que está dominado por el contraste violento entre el piano y la orquesta, entre el hombre y su destino. Esta pieza tan breve, probablemente sea la más intensa, la más profunda y hondamnente conmovedora de la literatura musical. Al tema amenazador de “Destino que llama a la puerta” hábilmente elaborado e propuesto por los instrumentos de arco. El piano contesta con un cante lírico y melancólico pero siempre firme y digno. Poco a poco el cante del piano aumenta su intensidad y el diálogo con la orquesta se vuelve más denso. Pero ya el destino escucha con más atención las palabras conmovedoras del hombre y empieza a perder su fuerza amenazadora impresionado también por el valor con que el ser humano soporta sus violentos ataques y los sufrimientos consiguientes.


En ese momento el piano solo declama una melodía de una bellaza sin precedentes y a continuación interviene la orquesta que lo acompaña sumisamente y casi sin voz hasta el final de su camino.

Rondo. Vivace

Desde el lugar más profundo y oscuro, desde la nada, surge la luz y una vida nueva. Desde el pianissimo con que ha terminado el Andante con moto, con la luminosidad liberadora de la tonalidad de do mayor (cuarto grado de sol mayor) y con un ritmo rápido de notas repetidas (elemento distintivo del tema del “Destino que llama a la puerta” ), empieza enseguida el tercero y último movimiento del conceierto n° 4 op. 58 caracterizado por una voluptuosa alegría y un éxtasis de amor trascentente.

Por el clima general y la presencia de algunos temas musicales similares, la pieza se ha considerado precursora del último movimiento de la novena sinfonía para orquesta y coro, el famoso “Himno a la Alegría” sobre un poema de Schiller, el Himno a la fraternidad universal:


Quien haya tenido la dicha de poder contar con un amigo, quien haya logrado conquistar a una mujer amada, que su júbilo se una al nuestro. Aún aquel que pueda llamar suya siquiera a un alma sobre la tierra. Más quien ni siquiera esto haya logrado, ¡que se aleje llorando de esta hermandad! Todos los seres beben de la alegría del seno abrasador de la naturaleza. Tanto los buenos como los malos, siguen su senda de rosas. Ella nos da besos y vino y un fiel amigo hasta la muerte, al gusano le concedió la voluptuosidad, al querubín, la contemplación de Dios. Volad alegres como sus soles a través del inmenso espacio celestial, seguid, hermanos, vuestra órbita, alegres como héroes en pos de la victoria. ¡Abrazaos, millones de hermanos! ¡Que este beso envuelva al mundo entero! ¡Hermanos! ¡Sobre la bóveda estrellada habita un Padre bondadoso! ¿Flaqueáis, millones de criaturas? ¿No intuyes, Mundo, a tu Creador? Búscalo a través de la bóveda celeste, ¡Su morada ha de estar más allá de las estrella


Me apatece terminar este escrito que no pretende ser un análisis completo del concierto para piano n° 4 en sol mayor op. 58 sino simplemente una breve introducción a la escucha, con un fragmento del artículo de J. F. Carbonell, Natura, revista de Montevideo, de Mayo de 1912: “Filósofo de las armónicas sonoridades, fervoroso cultivador de las tradiciones arcaicas, espíritu totalmente posesionado del idealismo platónico, Beethoven se nos presenta como un revelador práctico de las divinas teorías de Pitágoras. Su vida y la misión que en ella desempeñó, fue un incomparable sacerdocio. Por eso cuando tengáis el alma profundamente agitada, debéis oír a Beethoven. Él serenará vuestra tempestad. Vuestro dolor, turbación, duda o desconsuelo: vuestros sentimientos obscuros, confusos, sombríos..., harán resaltar doblemente todos los tesoros de majestuosa pureza que se encierran en la sobrehumana música de Beethoven..... Después, al recordar que lo que acabáis de oír es la inspiración recibida por uno de vuestros semejantes, olvidaréis todos los crímenes y errores de la humanidad, aun aquellos de que hayáis sido víctimas directas; vuestro corazón se henchirá de una piedad inmensa y os sentiréis orgullosos de ser hombres”.


Pr贸xima edici贸n 30 de Noviembre de 2012


en este número

Vito Domínguez Calvo : César Vallejo : Patricia Aguilar : Ángel Muñoz : Alberto Lamas : Ferrán Destemple : Ana Herrera : Pablo Macías : María Rondón : Nélida Cipoletta : Ulises Rodríguez Zamarripa : Raquel Egea : Gustavo Vega : Juanfran Molina : Mariano Cruz : Carlos J.J : Silvia Murolo

Cuaderno de creación nº10  

Publicación trimestral de creación, abierta y gratuita.

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