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Palimpsesto2punto0, diciembre, 2010


palimpsesto2punto0 ANTOLOGĂ?A

final


Índice Casa anegada

6

Imperfecto de subjuntivo

7

Mi madurez

8

El cigarro

9

Banda sonora

10

VI.

11

El plan

12

Summertime

13

IV.

14

Nominando

16

Ex libris

17

El fracaso

19

A ciegas

21

Invocación

24

Haiku urbano I

25

Una teoría

26

Nota a tus pies

27

Whodonit

28

Valentín Uzcátegui

31

La decisión

34

Una de policías

35

Desnudo paradójico

40

Facetas de un día medio

42

Muerte de placer

45

Pasado, presente, futuro

50


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Antología

Casa anegada

Ah, te creías que era una metáfora, no? Mira, no es mi costumbre, pero hoy me has cogido de malas y te voy a dar un consejo déjate de poesías, agarra una escoba y comienza a achicar.

22 Febrero, 2010 Pablo Papeles sueltos 6


Antología

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Imperfecto de subjuntivo

Sonó tres veces en medio de la noche. La primera, como un paracaídas que se abriera sigilosamente. La segunda, un nardo que lanzara sus pistilos al aire y rasgara la oscuridad. La tercera, por fin, como una garra seminal que royera en el hueco. Desde una boca apenas. Desde un lugar extraño. Sonó tres veces. Hinchado, dulce, voraz. Era mi nombre y no lo parecía.

28 Febrero, 2010 MeriPink Papeles sueltos 7


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Antología

Mi madurez

Quemar etapas y más etapas. Y, después, cuando ya no hay nada más que pueda arder, vengo yo, el último material inflamable.

17 Marzo, 2010 Pablo Papeles sueltos 8


AntologĂ­a

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El cigarro

18 Marzo, 2010 Juan Luis Una pornografĂ­a personal 9


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Antología

Banda sonora Te gustaría que rompiera con todo, ¿verdad? Que mandase al diablo a esa panda de indeseables —su familia y sus mejores amigos, básicamente— que le dicen que lo vuestro, ten cuidado, no va a ningún sitio, que ojo con ese tío, además de continuas alusiones al mundo cereal —al trigo limpio, sobre todo— que tú, sinceramente, nunca entendiste. Di la verdad, te gustaría que sucediese todo eso, que al final te dijese que, para ella, lo más importante eres tú, que el mundo y la vida sin ti, mi amor —o cualquier otro vocativo afectivo de la misma leche, que el mal gusto siempre tuvo un repertorio amplio—, no tienen sentido. ¿Verdad que te haría ilusión que te dijera que su mundo pende de ti? Así, después, mientras te alejas, oirías nítidamente el estruendo de toda su banda sonora al caer. 12 Mayo, 2010 Pablo Papeles sueltos 10


Antología

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VI.

Las uñas con sus dedos, de las manos y de los pies, todas sus costillas y vértebras, los huesos largos, e incluso el hioides, su esternón, pelvis y el cráneo; sus articulaciones desarticuladas, músculos y tejido graso, los órganos, todo, ahí amontonado al pie del muro como un impulso que ha vuelto a caer. Detrás detrás del muro dicen que se ha visto el resplandor de un manzano verde.

14 Mayo, 2010 Juan Luis Ciudad cer0 11


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Antología

El plan.

No puede ser tan difícil si todos lo hacen. Me digo que basta con mirar hacia otro lado, dejar en paz el móvil y el correo; cambiar de rutina: probar qué tal la espuma del café en el bar ese, ir a Ikea, comprar sábanas nuevas, aguardar a que un día me defraudes. Y sentarme a esperar pacientemente.

17 Mayo, 2010 MeriPink Papeles sueltos 12


Antolog铆a

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Summertime

Un viejo que pasa y escupe, una madre que pone a sus dos hijas a cagar al lado de mi casa, dos que eructan en el chiringuito de enfrente. Bienvenidos todos a la liberaci贸n del verano.

18 Mayo, 2010 Pablo Papeles sueltos 13


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Antología

IV

Fíjate si es sepia esta escena si es piel la captura de sus dedos que hasta me he parado a mirarla si es piel la abertura, si es piel, de la pupila igual que hacemos siempre si es piel el lunar con una fotografía antigua si es piel adherida al reguero de sudor Mira si tú te has parado a fijarla. si es piel, mira si es piel Mirarla como se fijan sus labios pero sin la nostalgia del pariente, a sus labios, fijarla, como se percute señalando cada objeto como serán un objetivo como se encuadra la oscuridad en la luz también figura, esta voz, este beso fijarla a los restos deshechos de esta cama toda nuestra vida. Una arritmia de gestos, pero con pose, ni siquiera la sonrisa a la hora de articularse como abrazo. Es un flash de vencido un escueto brillo de secreción y mancha mientras recogen sus nombres del suelo. Ella y él

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Antología

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y tú, sí, conmigo, mira cómo fijas tus latidos con este silencio compensado a mi respiración silábica directo y final como este punto. El disparo que nos lleva, como mínimo, al cajón más negro junto a los demás fotografías.

27 Mayo, 2010 Juan Luis Ciudad cer0

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Antología

Nominando

Cielo, árbol, pájaro, rosa, montaña, río, agua, y así durante días. Desde que Adán le propusiera nominar todo lo que existía en aquel Edén ni siquiera le había permitido parar para comer o dormir -a eso, le dijo con mirada paternalista, había decidido llamarlo obstinación y sería, añadió, una de sus virtudes-. Cuando decidió que todo tenía ya su nombre pudieron descansar y comer a la sombra del manzano. Entonces, Eva se percató de que había olvidado nombrar de alguna manera la relación que ambos tenían. Bueno, bueno... - decía el obstinado Adán moviendo las manos en un gesto de espera ante la pregunta de la mujer -tampoco creo que sea necesario ponerle nombre a todo con tanta prisa.

4 Junio, 2010 Cordelia Palabras las menos 16


Antología

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Ex libris Un día me llegó por correo, sin remitente, una especie de libro manuscrito. En la tapa, un título que nunca logré traducir sobre el nombre de un autor nórdico del que tan sólo encontré algunas pocas referencias por Internet -y más por lo extraño de su muerte que por la importancia de su obra-. En la primera hoja, se podía ver una enrevesada marca, bajo la cual aparecía la leyenda “Ex libris Loki”. Dediqué meses a traducirlo y, desde que lo hube terminado, no había un sólo día en que no pasara horas leyéndolo: primero de corrido, después releyendo párrafos una y otra vez, volviendo sorprendido cuatro páginas hacia atrás o pasando ocho hacia delante en busca de algún detalle que hubiera dejado pasar. Era la obra de un pobre hombre convencido de que un demoníaco espíritu jugaba a convertirlo lentamente en uno más de los personajes del libro que escribía. Vivía atormentado con la idea de que se volvería papel si la transformación se producía. Página tras página, el autor explicaba cómo había hecho todo lo posible por evitar convertirse en personaje ficticio. No quería pasar la eternidad siendo leído. […] La última vez que Alonso fue visto con vida fue en una biblioteca. Iba totalmente desaliñado. Los que lo vieron coincidían en la descripción de su actitud, en el modo en que hojeaba un antiguo libro con desesperación, como en busca de algo, pasando de una página a otra sin lógica aparente y con la mirada perdida en un más allá del libro que sostenía. No se supo más de él hasta el día en que murió en el incendio en su piso.

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Antología

Cuando los bomberos llegaron, sólo encontraron restos de ceniza por la habitación. En la moqueta, como marca hecha a fuego, se distinguía la forma de su cuerpo. De este modo, pudieron saber que había muerto acurrucado en postura fetal y aferrado a algún objeto aun sin identificar. Todos se inclinaron a pensar en una combustión espontánea, sin embargo, al analizar las cenizas no encontraron ningún resto del hombre cuya forma vieron claramente dibujaba en el suelo, tan sólo eran cenizas de papel quemado. Nadie podría imaginar que este hombre finalmente se había transformado en ficción y había terminado siendo papel ardiendo como un personaje más del libro al que se abrazaba. «Al abrir la puerta me encontré un paquete en el suelo. Sin remitente. Era una especie de libro manuscrito. En la tapa, un título escrito con símbolos de una extraña lengua que no conocía sobre el nombre de un autor español, Alonso Quejino. Pasé largo rato fascinada con lo que vi en la primera hoja. Se trataba una marca enrevesada que se me asemejó a la figura de un hombre acurrucado en postura fetal. Bajo la marca, una leyenda: “Ex libris Loki”. […] »

4 Junio, 2010 Cordelia Serie de ángeles caídos –R 18


Antología

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EL FRACASO Has llamado a la puerta y me saludas como si nada. Te digo que pases. ¿Un café? Solo, como siempre, y sin azúcar. Te sientas y sacas tu libreta que es como una de esas antiguas cajas de galletas, que guardara tu corazón y tus mejores perlas. Me muestras una lista como de la compra: desafinándose, un piano abandonado; sólo una matrícula en la universidad; un trabajo mediocre; y una ristra de amigos que se codean con la prosperidad. Y eso por no hablar -perdónde lo sentimental -disculpa-. El rechazo se prolonga detrás de los cristales. En fin, me pones delante del espejo, me repites con gesto grave y serio.

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Antología

Después del chaparrón pruebo a darle otra vuelta al café, a ver si todo cambia. Pero entonces veo, al fondo de la sala, una ventana abierta y me despista.

6 Junio, 2010 MeriPink Papeles sueltos 20


Antología

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A ciegas

Estaba sentado en su sillón, inmerso en su acostumbrada oscuridad. No alcanzaba a imaginarse lo que en las calles de Alethinon estaba ocurriendo por su causa. Llevaba los últimos tres años sin saber nada de lo que ocurría a su alrededor ya que, desde su decisión, había dejado de leer periódicos, acceder a Internet y, con el tiempo, también de ver la televisión y escuchar la radio. Así que cuando aquellos guardias se lo llevaron por su seguridad, le cogió totalmente por sorpresa. ...

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AntologĂ­a

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Antología

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... Tres años a ciegas. Tres años con ese antifaz de satén negro –recuerdo de una noche de pasión con una morena ardiente que conoció en un tugurio de mala muerte-. Tres años desde que, una noche de desesperación, se lo puso para poder dormir. Llevaba meses de insomnio a consecuencia de la luz de neón que el bar de abajo había colocado junto a su ventana y se sintió tan a gusto con aquella oscuridad que, simplemente, no había sentido la necesidad de volver a quitárselo.

9 Junio, 2010 Cordelia Crónicas de Skótomo 23


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Invocación

Lo sé. Fuera se amontona la belleza como en una cacharrería y crecen tiernas dunas hasta el horizonte. Pero hoy no está a mi lado tu mano, ni se acerca delicadamente tu mirada oscura y el mundo es un lugar profundo, donde mi corazón se ve cercado por la violenta corriente y preguntas sin respuesta Y por más que me repito que sólo tengo que pensar en ti para que tú estés cerca; no viene tu cuerpo, como una pluma, a tenderse a mi lado; ni encuentran mis dedos motivo de juego. Pobre corazón, que aúlla entre la nubes, ¿qué vas a hacer cuando esto haya pasado?

20 Junio, 2010 MeriPink Papeles sueltos 24


AntologĂ­a

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Haiku urbano I

21 Julio, 2010 Cordelia HaikĂş urbano 25


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Antología

Una teoría Tengo la teoría de que si dejo caer un libro de Chandler —La ventana alta, por ejemplo— en una calle concurrida, la explosión resultante dejará frita a toda la gente que esté pasando por allí. La probé el otro día en un centro comercial. Tiré el libro, cayó al suelo, tres o cuatro personas me miraron, y no sucedió nada. Aún creo en mi teoría, solo que la gente a estas alturas es difícil de freír.

31 Julio, 2010 Pablo Papeles sueltos 26


Antología

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Nota a tus pies

Yo quiero ser tu objeto articularme como una lengua en medio de un grito ser voz desvanecerme en tu oído mientras pasas la página pensando -asumidos los ronquidos de tu amantedónde o cuándo habías sentido algo parecido

30 Agosto, 2010 Juan Luis Una pornografía personal 27


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Antología

Whodonit El crimen perfecto no es el que queda sin resolver porque el autor no deja rastro alguno de su identidad ni sus motivos. El crimen perfecto es aquel en el que se dejan pistas e indicios que alguna mente brillante pueda descifrar, y en el que, pese a todo, el autor quede impune. Albah Rizia

Max estaba sentado junto a su lecho mientras ella tomaba la sopa con mucha dificultad. Agatha sabía que iba a morir, el duro invierno que estaban pasando se había ensañado con su débil cuerpo decrépito y cada sorbo penetraba en su garganta como miles de cuchillas afiladas. Él también lo sabe, por eso tenía la mirada tan fija en ella, como quien presenciara un espectáculo -imaginaba la moribunda a su espectador, en el momento de la muerte, puesto en pie y pidiendo un bis en medio de una gran ovación-. Nunca quiso permitirse la debilidad de querer a su marido. Cuando se casaron, pensaba que, en realidad, él tampoco la amaba, sino que se movía guiado por esa afición que sentía por la arqueología, Mírenme todos, señores, me gustan tanto las momias que me casé con una, aunque tampoco es que él fuera ya ningún niño. Sin embargo, había pasado junto a ella los últimos cuarenta y seis años, y pese a que nunca lo expresaría de viva voz, debía admitir que durante ese tiempo le había demostrado su amor. Ella también había aprendido a quererlo. En cierta forma, al menos. Era un ser pusilánime, un segundón oculto tras la sombra de la gran reina del crimen, pero en tantos años no había encontrado otros motivos de reproche hacía él que éstos. De todas formas, no podía dejarse llevar por el sentimentalismo. Había dedicado su vida a planear el crimen perfecto y para ello era imprescindible mantener en todo momento la mente fría.

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La idea del crimen perfecto la venía obsesionando desde muy joven. A ella debía el éxito de sus novelas policíacas. Había pasado su vida recreando crímenes, aportando pistas, guiando a sus lectores y ejercitándolos en la observación de los pequeños detalles, del whodonit, todo con el fin de poder llevar a cabo su propio crimen perfecto. Había tenido mucha paciencia y escogido con mimo todos los detalles: el marido adecuado, el veneno adecuado, las dosis adecuadas durante el tiempo adecuado. Y, por supuesto, todas esas pistas que tan sólo una mente brillante pudiera hilar hasta llevarlas hacia ella -¿qué mérito había en salir impune si no se deja sospecha o prueba alguna del autor de delito?-. Por supuesto que el whodonit incluye pista engañosas que pueden llevar a acusar a algún ser inocente, mientras lo pensaba una mueca se dibujaba en su boca desdentada por la que un hilo de sopa se iba derramando. Ya casi no le quedaban fuerzas para sonreír, ni mucho menos para seguir bebiendo aquella sopa con mercurio. Había llegado la hora. Cerró los ojos. Tenía algo de miedo, sabía que al hacerlo no podría volver a abrirlos más, sin embargo era más fuerte la necesidad de descansar. No sabes, querida, cuánto he aprendido de ti en todos estos años. Mientras Max hablaba, Agatha intentaba abrir los ojos, mirar a su marido, pero le resultaba casi imposible mantenerlos abiertos. No obstante, escuchaba sus palabras con nitidez. Max prosiguió con su discurso con la seguridad de quien ha estudiado pacientemente la naturaleza de la muerte y su fisiología, y la certeza de que tras aquellos párpados cerrados había una conciencia despierta. Habló sin parar durante horas, incluso después de descubrir que no era más que un cuerpo inerte lo que yacía entre las sábanas. Murió sabiendo que había fracasado, que Max lo había destapado todo y no tendría, por tanto, el final policíaco que merecía. Había planeado su propio asesinato soltando algunas pistas que pudieran indicar que ella era la autora, a la vez que dejaba engañosos indicios que podrían llevar a que Max fuera acusado. Sin embargo, él descubrió lo del mercurio, siguió las pistas, observó los pequeños detalles. Así que, mientras ella iba envenándose a sí misma -vieja loca con aires de grandeza-, él la dejaba actuar e iba tras de ella –siempre a su sombra- eliminando todas aquellas

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pruebas que lo señalaban como cruel uxoricida. Fue tan limpio en sus actuaciones que ni siquiera dejó rastro alguno que delatara que aquella muerte no había sido otra cosa que natural. En un alarde de ingenio, se permitió incluso retocar aquella autobiografía de su mujer, un manuscrito que había encontrado oculto bajo la tabla suelta del suelo del despacho -al fin y al cabo, no iba a privarse de aumentar su fortuna publicando la obra póstuma de su amada esposa-. Agatha Christie murió por causas naturales el 12 de enero de 1976 y fue enterrada en St Mary dos días después en un funeral digno del personaje que fue. Max Mallowan no derramó una sola lágrima por su esposa y, por ello fue admirado por todos los asistentes, un acto de entereza propio del marido de la gran reina del crimen. The queen. Cada vez que Max escuchaba el apodo con el que se referían a Ágatha, tenía que hacer esfuerzos por ocultar una sonrisa. Sí, por supuesto, la reina.

25 Septiembre, 2010 Cordelia Papeles sueltos 30


Antología

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Valentín Uzcátegui Valentín Uzcátegui fue un hombre solo, con actitudes incomprensibles y una figura grotesca, que variaba de una pequeña cabeza malformada, con ojos bizarros y labios cuarteados, hasta llegar a una panza desproporcionada que le impedía mirar sus pequeños pies. No se exponía al sol durante mucho tiempo, tenía una palidez de recién nacido. También era muy extraño verlo fuera de su casa, cuando salía se convertía en un espectáculo, con su escasa estatura de un metro sesenta, se escondía de los rayos solares y de las miradas de los vecinos. Siempre caminando rápido y con los puños muy bien cerrados, moviendo las manos de un lado a otro, sin parar, como si los comentarios, risas y burlas lo persiguiera y apuñalaran desde que sale de su tétrica casa hasta llegar al abasto, donde el ciego Manuel, le atendía con mucho cariño, igual que un niño, sin que nadie le advirtiera que servía a un monstruo. Dicen los que tuvieron la desdicha de acercarse en algún momento a Valentín, que su cuerpo emanaba un hedor de inmundicia. Un pálpito-morbo estaba aferrado al aura de ese desorden llamado Valentín Uzcátegui. Tanto hombres como mujeres al pasar frente a la casa de Valentín sentían la mirada penetrante de ese cuarentón enfermo, que los desnudaba y tocaba con asquerosas ideas, ruines fantasías que sólo podían nacer en la mente de un depravado fuera de control. Los vecinos de la abominable morada de Valentín cuentan que, por las noches, de las ventanas laterales, escapan como relámpagos diabólicos, gritos que logran parar los pelos de las ancianitas y contaminar de excitación a los niños de meses. Su casa estaba rodeada por un ambiente pesado, como si las larvas encadenaran a las personas e hicieran que el factor tiempo transcurriera más lento frente a sus ventanas. Muchos decían que era virgen. No aparecía en los anales del prostíbulo y ni en la memoria de las putas del pueblo. Pero cuentan que los fines de semana brotaban las conchas de plátano vacías en su basurero, abiertas por la mitad con extraños amasijos pegajosos dentro. Verdaderamente, Valentín Uzcátegui era un tipo asquerosamente extraño.

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Un buen día Valentín se dispuso a llenar su despensa. Dejó los binoculares en el suelo. Se abrigó para luchar contra la luz solar y salió de su asquerosa morada. Caminaba en zigzag, de árbol en árbol, huyendo de los rayos ultravioleta, escapando de la amenaza calórica que lo hacia sudar y recordar los días de su juventud. Nunca estudió nada, vivía de la pequeña fortuna de sus padres. Se sentía culpable, su ropa aún olía a marihuana. Llevaba dos meses sin probar ni una ramita, porque en un desespero, se fumó hasta la raíz del último arbusto. Cerraba bien los puños, aceleraba el paso. Desde pequeño tuvo miedo que lo descubrieran. Su mente divagaba muchas cosas mientras recorría otra vez la ruta que todos los vecinos conocían de memoria. Los más curiosos se asomaban por las ventanas, también lo hacían los niños que estaban la escuela, mientras que las putas preparaban todo para abrir el prostíbulo. Él sabía que las putas lo miraban, él conocía sus intenciones, pero nunca se imaginó que esa tarde se fueran a consumar gracias a una pequeña apuesta. En la noche anterior, cuando todos los hombres yacían atiborrados de alcohol y el dinero estaba en sus pantimedias, ellas se sentaron a recordar los hombres que habían pasado entre sus piernas. El lechero, el panadero, el ruso, los motilones, el maricón, el carpintero, el barrendero, el ciego, los leñadores, los policías, el bombero, el cura, el presidente del consejo municipal, bueno y pare de contar, todos menos el susodicho Valentín Uzcátegui. Entonces, las chicas tomaron el dinero de sus prendas íntimas, lo metieron en el pote de la brillantina y lo dejaron en custodia del negro José, quien atendía la barra, con el compromiso de que la primera que llevara a Valentín al prostíbulo y lo desvirgara se llevaba todo. Fue Magdalena de la Cruz, después de echarlo a la suerte la ganadora del primer turno. Valentín entró sigiloso al abasto y sistemáticamente, producto por producto, Don Manuel le iba despachando cada una de sus pequeñas excentricidades. Mientras el ciego salía al huerto a buscar un sin fin de hierbas, Magdalena penetró en el estrecho abasto. — Hola Valentín — dijo con una voz muy sensual al oído del monstruoso individuo— Siempre me has gustado mucho, desde niña he estado enamorada de ti.

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Él permanecía totalmente callado, sus puños cerrados se movían nerviosamente, no quería ni respirar. Ella le decía todos los apetitos que tenía de estar con él. Su ojo derecho empezó a palpitar. Sus poros derramaban sudor a cántaros rotos. No aguantó más, dio media vuelta e intentó salir del lugar, pero en ese preciso momento, Magdalena tocó su pecho, lo empujó contra la pared con la intención de manosear su pubis. La respiración de Valentín se hizo aguda y angustiosa. Magdalena seguía moviendo su mano hasta tener un encuentro con la privacidad de Valentín, apretando la pieza de orfebrería más asquerosa del pueblo. Todo pasó en fracciones de segundo. Magdalena se restregaba la mano contra su falda. Valentín se sentía aturdido. Los vapores de marihuana que emanaba su ropa lo impulsaban a buscar más y alimentar su éxtasis. Su excitación, el calor, los recuerdos de su juventud, el miedo a las personas, el cuerpo de Magdalena que instaba a ideas y fantasías morbosas, sus piernas, sus axilas, « sí, sí, sus axilas», el dedo gordo del pie, el grosor de sus pezones, sus lágrimas, «¿Cómo se vería llorando?», el sol, la luna, la lengua cruzando las fronteras de la falda, los grillos de la marihuana, «me tocó, es la primera vez que alguien me toca», se repetía en la mente una y otra vez; era tanta la presión que decidió huir, corrió hacia afuera, al medio de la calle gritando a todo pulmón: «¡Estoy erecto, si, si, lo estoy, miren, miren!». Todos los vecinos salieron a mirar el deprimente espectáculo del maniático. El sol se reflejó sobre la cara de Valentín, achicharrando sus pestañas, secando sus ojos. La saliva se evaporaba de su lengua, su hombro se movía de un lado a otro respondiendo a un tic nervioso, abrió la boca, corrió un líquido blanco y espeso por sus mejillas, luego un largo hilo de sangre antes de derramarse sobre el asfalto caliente. Cayó boca arriba, su erección aún se notaba, claramente fue un infarto fulminante. Todos los vecinos se acercaron para ver el cadáver en un incendio de células que morían junto con el cerebro. Las putas, el cura, las autoridades y todos los vecinos sentían asco. Magdalena se aproximó hasta el pestilente cadáver y muy cínicamente dijo a todos los presentes: —Miren, era verdad, le salieron pelos en la mano. 2 Noviembre, 2010 Luis Perozo cervantes Papeles sueltos 33


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La decisión

a Ricardo Esta mañana me has dicho delante del espejo que ya basta, que has decidido salir de este desgalgadero. Y de hecho has salido a tomar una cerveza. Pasan unas horas del éxodo y no sabes si sentarte o sentirteal fondo de la mesa te contemplan un montón de colillas-. Una voz ronca te repite que tal vez es la hora de cerrar, tú silbas mientras tanto y disimulas e intentas doblegarte en la luz que queda, y lames las últimas cornisas. Hoy la noche está húmeda y parece que un otoño más fresco está doblando las próximas esquinas.

6 Noviembre, 2010 MeriPink Papeles sueltos 34


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Una de policías

La vida es un elemento radioactivo que sin quererlo genera la mortandad o las pasiones.

Martes en la mañana. La policía recogía sus muertos. Fue una noche cruenta, algunas manchas de sangre la testificaban desde la bota del pantalón. Nada alarmante, más cifras para un esquizofrénico estadístico que resuelve tumbas y familias desoladas como si fueran sodokus. A esta hora la patrulla estaría en algún barrio oscuro —condenado a la noche perpetua— siendo desvalijada. Sus compañeros, algunos a la morgue, otros a la UCI, muchos a casa, a vendarse el tobillo, limpiarse la sangre, coser los traumas con un dedal prestado, besar hondamente a sus hijos, hacerle el amor a sus esposas, dejando sus fuerzas impregnadas en la desnudez que, posiblemente, mañana no vuelvan a ver. El metro conduce almas a toda velocidad. Un niño llora en lo último del vagón. Los intervalos de luz irán encandilando a los pasajeros en las próximas tres estaciones —gruesos pilotes de concreto que se siembran en la ciudad como un monumento a la desazón urbana—, para después abrirse paso a través la oscuridad intestinal del túnel, donde otras cuatro paradas permitirán que el oxígeno renueve las células que aún no dejan de moverse al ritmo de los rieles. Cuatro estaciones para llegar finalmente al centro convulso —literalmente palpitante— de la ciudad en digestión. Pronto serán las ocho de la mañana —no ha dormido nada, no será capaz de dormir— en el reloj de su pulsera. Seguía siendo martes. Su hijo menor se alegrará mucho de saber que sigue vivo en un martes. «En cambio la esposa de Ramírez Paz no se pondrá muy feliz». Él no se decidió a tomar el metro hasta que los camilleros de la ambulancia le dieron la dirección del hospital a donde lo llevarían. «Coño, a quien le va a gustar saber que su marido tiene cinco balas en una pierna y no sé cuantas en las bolas».

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Fue una noche intensa. De rutina. No por ello menos intensa. ―Los malos‖ tenían armas automáticas; ellos apenas una pistolita de agua que se encasquilla al segundo disparo. «A todo el mundo se encasquilla esa mierda, no tanto por el óxido como por los nervios». ―La persecución‖ comenzó a las tres de mañana, terminó a las tres y cuarenta y cinco en la esquina de la calle Rotten con avenida Cohelo; le dieron tres vueltas a la manzana llegando al sitio donde comenzaron. Las ventanas de la quinta Rotten se abrieron a lo grande, y decenas de boquillas humeantes empezaron a repeler sus mosquitos mortales sobre las cinco patrullas. «De todas formas ya la pintura no servía para nada». El sonido del disparo —es un estruendo difícil de olvidar—, un elemento curioso. «Sientes que la muerte grita jerónimo cada vez que los oyes». En los auriculares del adolescente que se sienta junto a él los disparos están presentes —tan presentes como en el resto de nuestra sociedad, «en estas tierras se mantiene un culto al disparo»—. Debe ser el gemido de algún cantante de moda que disfruta haciendo ruidos, haciendo ―el ruido‖ —mejor conocido como la melodía que patéticos ciudadanos hilvanan en sus carritos estereofónicos—, pensando en violencia, golpes, violaciones colectivas, extraterrestres, presidentes norteamericanos, pero esencialmente en un dilema existencial: ¿Cómo grito más que tú? Son maledicientes: ―foquiumen‖ o ―Biutifol‖, o cuanta porquería se les ocurra. Pero esos disparos no son la muerte. «Son juegos de niños maricones con piercings, pelo de colores, algún tatuaje temporal más abajo de la zona abdominal o preferiblemente en la frente, y muchas muecas; muchas, todos andróginos y afeminados, llenos de muecas, balas muecas, disparos muecas, todos consumidores de muerte. La muerte la compran en muecas, en gestos infames, marcas Light®, pastillas para el acné y gruesos tomos de farándula colorida y sonriente que muestra sutilmente la etiqueta Hilton en las pantaletas de Madonna. Invierten millones en viajes estelares, jeringas, chupones y sexo industrializado. Su mundo es una mueca que quiere ser disparo». Él prefería no mirarlos. Los auriculares del joven seguían escupiendo blasfemias. Cuando nada puede ser peor entonces llega la hora de recurrir al libro: Eliot, la tierra baldía. El oficial Semprum siempre fue bueno para las letras. «Mi abuela decía: todo nos daña la sopa, y a uno también le pasa, en está caja de concreto sólo podemos darnos el lujo de buscar comida, la ciudad es estricta con eso de ser feliz. Las musas

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no pagan cuentas, la vida no se conduele con los poetas ni con los güevones. Por eso soy policía». Eliot siempre lo calma. El tono suave y deprimente de la tierra baldía logra llevar a lo mínimo su sobrexcitación urbana. Vuelve a leer los primeros versos. Piensa en la tristeza que embarga a los hombres del mundo —«muchas personas piensan en eso cuando buscan pensar en nada»—. Se agobia al pensar en un Apocalipsis. «Tendrían la razón esos miserables». Ha negado su espiritualidad desde niño, pero el adolescente interrumpe sus pensamientos con grueso escupitajo que fue a dar a piso sintético del metro. «Coño, no respeta el uniforme». El muchacho levanta el mentón, lo mira, espera una repuesta, un quejido, alguna prerrogativa que permita expulsar su intenso conflicto con la autoridad. «Estará pensando: este policía come mierda no tiene cojones». El policía cerró el libro, tal vez reflexionando rápidamente en la diferencia de régimen. En la dictadura un niño mal parecido como ese, hubiera perdido los dientes antes que el escupitajo llegase al suelo. Cerró el libro y lo miró. «No respeta la sangre de Ramírez Paz que tengo zapatos, ni la Centeno, ni la de los perros de la calle Rotten, éste carajito tiene algo en la mirada…» Una voz femenina interrumpe la reacción de Semprum. Es el anuncio de la primera parada del túnel. El policía abre el libro y baja la cabeza mientras ve salir la sombra del adolescente que sigue la voz eléctrica. Su pulso volvió a agitarse. Reconoció a la muerte en ese joven. «El miedo no estaba dentro de él». Cuando no hay miedo la muerte es titiritera de las acciones humanas. «Los hombres sin miedo son la sombra del mismísimo diablo». Volvió a poner su atención en el libro, buscando calmar nuevamente su éxtasis urbano. Leyó unos quince versos antes de percatar los ojos que lo miraban. En el metro las miradas son comunes, puedes deducir con facilidad que sentimiento mueve cada una ellas: hay las exploratorias, que los hombres y mujeres usan para reconocer su espacio; también hay miradas clasistas, muy parecida a la mirada xenofóbica, que intenta reconocer en ti algún aspecto discriminatorio, deducir tu clase social y repelerte —―los fracasados tienen malas vibras‖—; hay miradas eróticas, bien usadas por los hombres para contemplar la perfección femenina. Pero existe una mirada puntiaguda, es la mirada de curiosidad, la que habla de esa sed de información. Era la muchacha que llevaba al niño, ahora callado, sobre su pecho.

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Era muy joven, el niño parecía un juguete entre sus brazos. Sus manos eran pequeñas, ella era pequeña, además reía extasiada: parecía ver por primera vez a un hombre leyendo, o por lo menos, era la primera vez que vía algo impreso de esa forma tan extraña. Él se detuvo a mirarla. Sus ropas estaban un poco sucias, el peso del niño marcaba una gruesa molestia en su alma, un sentimiento soso y tenue que se reflejaba en su mirada: «estaba sufriendo, y quién sabe desde cuando». Pronto hizo que la joven se incomodara y bajara velozmente la cabeza; la culpa había empezado a ser vergüenza. Él se levantó con el vagón en turbulento movimiento, y caminó hasta el puesto vacío que existía junto a ella. Y preguntó ingenuamente: — ¿Has leído a Eliot?, yo tengo en Casa los cuatro cuartetos. Después de decir eso dejó una sonrisa en su esplendoroso rostro de policía amable. La joven, que bien parecía una niña ahora que se le miraba de cerca, sacó su cara de entre el cuerpo del nene, y movió su rostro indicando no. Él dijo algunas parafernalias sobre el premio Nobel y la forma en Pound corregía sus textos; pero ella, tal vez sin notarlo, hizo el gesto típico de un ciudadano que escucha sobre poesía: no entendió nada. Gesto que fue cambiando de matiz hasta llegar al límite de incomprensión. La pobre chica creería que Semprum hablaba en otro idioma. Él se dio cuenta un poco tarde de la inopia que producía su cháchara en el cuerpecillo de la muchacha. Entonces comenzó el silencio: un fenómeno urbano que logra consumir cualquier intento de arte, expresión humana o sentimiento comunicativo. El hosco silencio. «En el silencio también hay un poco de muerte. La percepción de las voces en el silencio es muy parecida a la de muerte física; tu cerebro continúa activo, no puedes moverte, escuchas voces por ecos, comienza la lejanía, las palabras que pronunciaste antes de callar aún siguen en el aire, en tu mente, el médico grita, tú sabes que estás muerto, la enfermera cree estás muerto, te revisa el pito, los camilleros creen que estás muerto, te golpean, te meten en una bolsa asfixiante, tu esposa llora, tus hijos tocan tu pecho y por dentro de maldicen, la urbe se ríe, la muerte está en ti, eres muerte, y sólo él aire te abandona, porque todos tus recuerdos quedan allí, en la inercia de un cuerpo, veintidós días de ecos y voces lejanas, de inmovilidad. La muerte es un gran silencio y la naturaleza urbana imita a la muerte en su caminar.»

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Él ve que ella está preocupada. La mira y toca su hombro: «tranquila» piensa mientras ve como se incorpora destapando suavemente la cara del niño. Semprum vio lo peor, lo deplorable, el porque odiar a algunos dioses. Allí estaba la muerte. La mujer le pidió algo de dinero, con alguna palabrería y el nombre de una medicina que no sería capaz de repetir dos veces. Algún temblor poseía a sus mejillas mientras daba varios billetes de veinte a la joven. No le importó cuánto era, debía dar lo suficiente para pagar sus penas y dejar de sentirse parte de un sistema de autodestrucción. El niño no tenía nariz, había nacido sin tabique, apenas unos orificios irritados que proveían oxígeno a sus pulmones. La mujer lo miró sorprendida. Semprum se levantó simulando fuerza moral y emprendió velozmente su rumbo a la puerta, pero que la joven supo interrumpir para decir en fracciones de segundo, con sus grandes ojos poblados de angustia, como pidiendo una gran ayuda o una oportunidad para salir del infierno: — No se leer. José Semprum sintió vacío su uniforme, miró muy dentro de él y se sintió culpable. Por esa sola palabra, la muerte de Centeno había sido en balde y la pierna que amputarían a Ramírez Paz sería alimento de zamuros. La mujer no sabía leer. Él no podía hacer nada. Acababan de abrir la puerta. Debía salir. El pulso de la ciudad se lo exigía.

17 Noviembre, 2010 Luis Perozo Cervantes Papeles sueltos 39


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Desnudo parad贸jico

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22 Noviembre, 2010 Juan Luis Ensayos para una puesta en escena 41


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Facetas de un día medio El viejo repetía frenéticamente el mismo refrán obsceno: esta verga se jodió, se jodió y se volvió a joder. Movía los brazos con brusquedad y miraba el espejo de la sala mientras decía: lo que les gusta un loco es verga. Sus palpitantes y plateadas sienes no se ponían de acuerdo. Siempre sucedía lo mismo cada vez que el hombre de la boina ocupaba la primera página del diario matutino. Antonini llenaba la sala de imprecaciones y alusiones incoherentes, inentendibles, entre italiano e ingles, con articulaciones castellanas. La peor desgracia para un italiano es no poder tener hijos. Estos cogones inútiles, pero eso le servía para excusar la vaguedad y el descarrilamiento de sus hijastros. Eso lo compre yo, y eso, aquello también, son unos perro mantenidos. Quizás tanta alharaca, pleito político y resentimiento sexual, lograron privar a Clarizza y a Manuel de la calurosa, divina, cuasi perfecta, panorámica de su balcón. El piso 23, el mismo rincón donde hace menos de una década llegaban los amigos de Antonini a ofrecerle los contratos jugosos de autopistas perdidas y asfaltado de barrios sin habitantes. Es normal, si llevan 14 años esperando por su acera, unos cinco o seis años no le harán mucho daño, y la palabra de siempre: esperá que salga el dientón, y te candidatiamos a vos, pa‘ que te pongáis en la buena. Pero el italiano se llenaba de rencor y volvía a estallar contra la sonriente faz del hombre de la boina, que se posaba frente a él, en su periódico matutino. Clarizza va a cumplir dieciséis en agosto, está hablando con Margot por el Messenger, y con David por su celular. La grande y espaciosa habitación ya no poseía ni un vestigio de lo que fueron sus ilusiones infantiles. Todas las Barbies que adornaban las repisas, fueron suplantadas por la mirada curva y seductora de Avril Lavigne; la mórbida figura de Madonna en ínfimas piecitas de ropa sintética y brillante, o el gesto incomprensible de los chicos de RBD. „Margot la colegiala cachonda que te ama‟ dice: Mira marik, q paso cn Dvid el sbado?

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Clarizza sonreía, no sería capaz de decirle, nunca tendría suficiente coraje. Sus dóciles piernas se estremecían al pensarlo. Por alguna manía femenina se acomodó la blusa estampada que tenía puesta y luego, cual vaquero suicida, se levantó un poco los jeans para comenzar el duelo. „Clarabolla‟ dice: M lo mame completico, eso fue fuego x tdos lados „Margot la colegiala cachonda que te ama‟ dice: Y le tomast las fotos q t dije con el cell? Como lo tiene? Un poco sonrojada, sin saber que hacer, consultó de inmediato la página porno que estaba revisando hace algunos minutos. Eligió el pene de su preferencia; ese pene que combinaba la piel blancuzca de David, y que intimidaba con sólo pensar que su novio podía tener algo así entre las piernas. „Clarabolla‟ te envía un archivo: guevogrande.jpg „Margot la colegiala cachonda que te ama” ha aceptado el envío. Archivo enviado. „Margot la colegiala cachonda que te ama” dice: Mana, q guevo! Chama, prestámelo. „Margot la colegiala cachonda que te ama‟ dice: Mentira amiga es broma… yo no seria capaz de eso… vas para la fiesta de esta noche. Va a estar Víctor, el del grupo de regueton y dicen que se va a llevar a una!

Ella aún no salía de la extraña sensación que le ofrecía el pene blanquecino que acaba de enviar; realmente ella no podía sentir atracción por algo tan simple, tan vacío, ¡tan fálico! No la motivaba, en realidad no deseaba apuñalarse sin sentido con algún cabeza hueca que simplemente convulsionara en su interior.

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„Margot la colegiala cachonda que te ama‟ te envía un zumbido. A lo lejos, bueno, no tan lejos; detrás de la gruesa puerta de su habitación ya se escuchaban las voces de Manuel y Antonini en una contienda de infinitos rounds, de incontables victorias y revanchas, de malos recuerdos y traumas hostiles. Por qué nunca me dejan las llaves en el sitio. Y tú, maricón, con los ojos rojos, ¿qué te estás metiendo? „Margot la colegiala cachonda que te ama‟ te ha enviado un zumbido. Lentamente Clarizza deslizo el mouse. ―No admitir a ‗Margot la colegiala cachonda que te ama‘‖. ―aceptar‖. Se dio media vuelta y abalanzó sobre la cama. “Avast! Antivirus le informa. Su sistema tiene virus”. Ella apenas si abre los ojos. Escucha psicóticamente los gritos del italiano. Una última lágrima se precipita sobre la colcha. La ventana está abierta, hay una paisaje hermoso. Clarizza mira con los ojos húmedos la vista corva de la estrellita de rock, se fija en sus manos, en los estigmas de su maquillaje. Sonríe. Piensa. Y actúa.

22 Noviembre, 2010 Luis Perozo Cervantes Papeles sueltos 44


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Muerte de placer Nicolás estaba sentado en su laptop totalmente desnudo, escribiendo apasionadamente las siguientes líneas: 14 de febrero de 1997 Habitación de Mafer. Calle Federación. Gallegos. Nunca en su vida había eyaculado tanto, sus ojos se desprendían en un incontenible erizo que recorría su cuerpo. Sobre el cadáver esta disperso el resultado de su placer. Unos doscientos mililitros de esperma conformaban un fresco abstracto en el cuerpo sin vida de Mafer. La había ahorcado en el desenfreno orgásmico. Aún sus huellas digitales se sentían como relieve en el cuello blanco de su novia difunta. El reloj marcaba más de las seis p.m. y sería imposible ocultar el cadáver a esa hora. Su tez blanca y su cuerpo desnudo, se empalidecían en la orilla de la cama mientras fumaba un cigarrillo que obtuvo de la cartera de Mafer. ¡Todo fue tan sensual! ¿por qué no podía seguir siéndolo?. Empezó a morder los fríos pezones en busca de alguna compensación cósmica por el asesinato. Tocaba su clítoris, pero ya no había de respuesta esa mirada desafiante. Aún así, Nicolás asumió una erección para experimentar. Realmente lo disfrutó. Algo dentro de él lo hacía sentir superior. Él movía el cadáver en muchas posiciones, y no dejaba de hablarle. — Así querías morir ¿no? Aún estado muerta eres excitante. Cuando fueron las diez de la noche, Nicolás se propuso vestir el cuerpo sin vida para disimular. Buscó en el guarda ropas, la vistió de colores claros. La sacó del departamento por la escalera de emergencias; con mucha dificultad la sentó en el puesto del copiloto, hasta que estuvo bien ajustada con el cinturón de seguridad. Sería difícil que alguien en la calle sospechara algo. No vale la pena mirar a los lados, sólo conducir hasta el muelle

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Después de dos horas de carretera llegaron al lugar seleccionado por Mafer. Entonces su cuerpo se perdió en la profundidad del mar. Nicolás siempre fue un buen escritor, se enamoro de Mafer como loco, estaba dispuesto a todo por ella. Hoy era un día definitivo, escribía un cuento que lo haría inmortal. Su cuerpo desnudo sudaba al pensar en lo que pasaría después de terminar el cuento. Llevaba casi seis meses maquinándolo, pero no podía escribir de él ni una sola palabra hasta la fecha indicada. Ella amaba las contradicciones, y él disfrutaba viéndola reírse mientras ensayaba su plan. Nicolás sudaba, todo su cuerpo desnudo sudaba, al pensar en Mafer, que estaba en la habitación conjunta preparando todo para el último día. Se excitaba nada más al pensar en lo que viviría; de todas formas ¿Cuándo nos queda por vivir?, no tenía remordimiento; un minuto más, un minuto menos ¿Cuál es la diferencia?. Escuchó una serie de ruidos provenientes de la habitación. ¿serán los últimos detalles?, entonces apresuro la escritura. 25 de abril de 1996 Auwa Center – Calle independencia. Gallegos. Nicolás, tontito, ven acá — Dime Mafer, ¿Qué has visto? — ¡Quiero ser como ella! — ¿Cómo quien? — ¡Como la actriz de esa película! La trama trata de una mujer que es violada y asesinada, y justo antes de asesinarla el hombre se da cuenta que la ama, pero ya se ha dispuesto a matarla y debe continuar con su plan. ¿tú continuarías con el plan si amaras? — Para comenzar nunca haría un plan para matarte; pero si tuviera algún plan, no lo continuaría si descubriera mi amor por ti. Son cosas del cine de hollywood, y del cine malo por cierto. — ¿Y si yo te diera en este momento un plan y te pidiera que lo llevarás a cabo por amor? — Vuelves como lo mismo de ayer. Me estas asustando. ¿De qué plan hablas? Yo no pienso asesinar a nadie.

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— ¡por amor! ¿me amas? — Claro que si. — Entonces, calla y toma esto. Mafer saco sutilmente de su cartera un sobre, le dio un beso en la mejilla y lo dejó en sus manos. Mafer abrió la puerta de habitación, su desnudez conmocionó a Nicolás, quien detuvo la escritura para observarla. Ésta se acercó, y puso sus partes candentes en la espalda de Nicolás. Él recostaba su cabeza cansada sobre los suaves senos de Mafer. — Vamos ya tengo todo listo. —Abrió la gaveta, sacó una linda daga con inscripciones egipcias, y la pasó por el cuello de Nicolás.— Ya llegó la hora tontito, ¡quiero ser tu última mujer!, devorarte, quiero cumplir tu deseo. — Espera un momento, me falta poco. Recuerda bien lo que vas a hacer con este cuento. Además quiero darle unos últimos detalles. Para que podamos disfrutar estas últimas dos horas de la tarde. Ella abrió la puerta. Se acostó en la cama, simulando a la maja desnuda. Nicolás respiraba frenéticamente, sentía en su cuerpo una sensación irreprimible, y continuaba escribiendo.

28 de octubre 1997 Hospital Psiquiátrico Penitenciario. – Cárcel de Gallegos. — ¿Después de lo que sucedió en el Auwa Center por qué decidió matarla realmente? — A partir de ese día, todo en la cama cambió. Ensayábamos cada vez que hacíamos el amor. Yo entraba a su cuerpo por las piernas, y aguijoneaba su cuello con mis manos. Fueron las mejores noches que tuve en mi vida. Al principio me daba miedo ese asunto del muelle abadanado, y la ropa que quería ponerse. Pero después sentía atracción por cada uno de esos detalles. Ella fingía que estaba muerta para que practicara las relaciones que debía tener con su cadáver. Todo fue ensayado.

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Un día me dijo que había llegado la hora. Yo había decidido no hacerlo, no podía, la amaba mucho. Esos meses fueron suficientes para querer pasar la vida con ella. Pero había una sombra extraña en sus ojos. Algo que me conducía a obedecerla. Quizás yo también deseaba morir. Me dijo que lo hiciera como un regalo de San Valentín. Las luces se apagaron a las cuatro p.m. comenzando con los besos ya estaban ensayados. Los nervios de la primera y última presentación inundaban mi cuerpo. No podía olvidar que en esa sesión todo tendría fin. Pero me animaba la cara de felicidad que poseía Mafer, para ella, era la sensación que estuvo esperando toda su vida. Fue espectacular, ahora lamento no haberlo grabado, la memoria no me permite recordar cada uno de los detalles. Ella sonreía felizmente, mientras pernoctaban en su cuerpo mis manos con su inefable intención de extinguir sus días. Eso me excitó más, me provocó una sensación irreprimible. Un orgasmo se apodero de su cuerpo y de mis manos mientras la estrangulaba. Ella sonreía, gemía de excitación, gemía sin aire y moría de placer.

27 Noviembre, 2010 Luis Perozo Cervantes Papeles sueltos 48


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Diciembre, 2010


Pasado, presente, futuro

24 Noviembre, 2010 Nela74 Azar instantรกneo


Antología final